INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta William Hope Hodgson. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta William Hope Hodgson. Mostrar todas las entradas

La Cosa invisible - William Hope Hodgson (Parte 2 y última)

»Me había puesto en pie en el instante en que me di cuenta de que nada se cernía sobre mí, y ahora estaba decidido a revisar el presbiterio y a comprobar si la daga se había movido. Así que abandoné el banco y salí al pasillo central, donde me detuve bruscamente, pues una repugnancia casi irresistible me impedía avanzar hacia aquella parte de la capilla. 

»Un escalofrío constante y singular me recorría la columna vertebral arriba y abajo, y un dolor sordo se apoderó de la parte inferior de la espalda, como si luchara conmigo mismo para dominar aquella repentina sensación de terror y horror. Les diré que nadie que no haya pasado por ese tipo de experiencia puede hacerse una idea del dolor físico y real que produce, consecuencia de la intensa tensión nerviosa que esos terrores sobrenaturales provocan en el sistema nervioso. Permanecí inmóvil, sintiéndome claramente enfermo. 

»Pero conseguí reponerme en cosa de medio minuto, y eché a andar, supongo que con la misma gracia que un autómata de hojalata, moviendo continuamente la linterna de izquierda a derecha y de atrás hacia delante y sobre mi cabeza. Y la mano con la que empuñaba el revólver sudaba tanto que el arma casi se me resbala. No suena muy heroico, ¿verdad? 

»Atravesé el breve presbiterio y llegué al peldaño que conducía a la pequeña puerta de la verja del presbiterio. Dirigí la luz de la linterna hacia la daga. Sí, pensé, todo está en orden. De pronto me pareció que faltaba algo, y me incliné hacia delante para mirar por encima de la verja, manteniendo la luz en alto. Mi sospecha había sido espantosamente acertada. La daga no estaba. Solo la vaina en forma de cruz seguía suspendida sobre el altar.

»Un repentino y aterrado fogonazo de la imaginación hizo que me imaginara la daga moviéndose a uno y otro lado de la capilla, como con voluntad propia, pues fuera cual fuera la fuerza que la guiaba, desde luego no era visible. Me volví hacia la izquierda para mirar aterrorizado a mi espalda, alzando la linterna para ayudar a mis ojos. En ese mismo instante recibí un tremendo golpe en el lado izquierdo del pecho, y me desplomé hacia atrás, cayendo al pasillo, mi armadura resonando con fuerza en el horrible silencio. 

»Aterricé de espaldas y me deslicé a lo largo del pulido mármol. Golpeé con el hombro izquierdo uno de los bancos de la primera fila, y eso me incorporó, medio aturdido. Luché por ponerme en pie, terriblemente mareado y dolorido, pero el miedo que me dominaba hizo que no me importara. Había perdido la linterna y el revólver, y estaba tan desorientado que no sabía dónde estaba. Agaché la cabeza y huí en la completa oscuridad para golpearme contra un banco. Salté hacia atrás, tambaleándome, me recuperé un poco y corrí al centro del pasillo, tapándome el rostro con los brazos envueltos en cota de malla. Choqué contra mi cámara, tirándola entre los bancos. Me di contra la pila bautismal y me tambaleé hacia atrás. 

»Entonces vi que estaba en la salida. Busqué enloquecido la llave en el bolsillo de la bata. La encontré y palpé febrilmente la puerta buscando la cerradura. La encontré, metí la llave, la giré, abrí la puerta de golpe y salí. Cerré de un portazo y me apoyé contra ella, jadeando, mientras volvía a palpar enloquecido buscando la cerradura, esta vez para cerrar la puerta a lo que fuera que hubiera en la capilla. Lo conseguí y empecé a palpar estúpidamente las paredes del corredor buscando el camino. Llegué al salón, y poco después a mi habitación.

»Una vez en ella, me senté un tiempo hasta calmarme y recuperar un asomo de normalidad. Algo después comencé a quitarme la armadura y vi que tanto la cota de malla como el peto habían resultado traspasados a la altura del pecho. Y de pronto comprendí que aquella cosa había buscado mi corazón.

»Me desnudé con rapidez y descubrí que la piel del pecho, encima del corazón, había recibido un corte lo bastante profundo como para que un poco de sangre me manchara la camisa, pero nada más. Y tenía todo el pecho contusionado y me dolía terriblemente. Ya imaginarán lo que habría pasado de no llevar armadura. En todo caso, lo asombroso era que no hubiera perdido el conocimiento.

»Aquella noche no me acosté, sino que me quedé sentado en el borde de la cama, pensando y esperando el alba, pues si quería ocultar que había hecho un duplicado de la llave debía arreglar el desorden de la capilla antes de que sir Alfred Jarnock entrara en ella.

»En cuanto la pálida luz de la mañana fue lo bastante intensa como para mostrarme el interior de mi habitación, bajé en silencio a la capilla. Abrí la puerta calladamente y con los nervios en tensión. La gélida luz del alba iluminaba claramente el lugar… Todo parecía envuelto en una calma espectral y ultraterrena. ¿Entienden la sensación? Esperé varios minutos en la puerta a que aumentase la luz, y supongo que mi valor. Un extraño rayo luminoso del sol naciente se filtraba por el gran ventanal de la fachada este, bañando toda la capilla con luz coloreada. Entonces hice un tremendo esfuerzo y me obligué a entrar.

»Recorrí el pasillo hasta donde había derribado mi cámara en la oscuridad. Las patas del trípode asomaban desde el interior de un banco, y esperaba encontrar la máquina hecha pedazos, pero no había sufrido más daño que la rotura del cristal en que se apoya la placa.

»Volví a colocar la cámara en la posición desde la que había tomado la última fotografía; pero retiré la placa que había expuesto con el flash y me la guardé en un bolsillo, lamentando no haber tomado otra foto cuando oí los extraños sonidos del presbiterio.

»Tras colocar la cámara fotográfica, fui al altar a recobrar la linterna y el revólver, que, como ya dije, había soltado al ser apuñalado. Encontré la linterna en el suelo, cerca del púlpito, irremediablemente deformada, con las cortinillas rotas. Debía haber seguido sujetando el revólver hasta que choqué con el banco, porque se encontraba en el suelo del pasillo, justo donde debía haber chocado con la esquina del banco. Estaba intacto.

»Tras recuperar ambos objetos, me dirigí hacia la verja del presbiterio, para ver si la daga había vuelto, o la habían devuelto, a su vaina sobre el altar. Pero antes de llegar tuve la sorpresa de descubrir la daga en el suelo del presbiterio, inmóvil y ominosa sobre el mármol pulimentado del suelo, a cosa de un metro de donde había sido golpeado. 

»Me pregunto si ustedes, si alguno de ustedes, puede comprender el nerviosismo que me asaltó al ver esa cosa. Salté hacia delante en un impulso súbito e irracional, y puse el pie sobre la daga para sujetarla allí. ¿Entienden lo que les digo? ¿De veras? Durante cosa de un minuto creo que fui incapaz de agacharme para cogerla. Cuando por fin lo hice y la tuve en las manos, se me pasó el susto, y al recuperar el raciocinio (y supongo que la luz del día) me sentí como un asno. Y esto me pareció natural, se lo aseguro. 

»Pero es que había sentido un miedo completamente desconocido para mí. ¡Y no lo digo por el mal chiste del asno! Me refiero a lo peculiar que me resultó descubrir en aquel momento un nuevo matiz o clase de miedo que hasta entonces había estado lejos de mi conocimiento o imaginación. ¿No les parece?

»Examiné minuciosamente la daga, dándole vueltas una y otra vez entre las manos, y me di cuenta de que lo hacía sin llegar a empuñarla. Era como si de un modo inconsciente me sorprendiera el que no se moviera en mis manos. Pero esa sensación desapareció. La extraña arma no presentaba signo alguno de haber apuñalado a alguien, aunque el color oscuro de la hoja era ligeramente más claro en la redondeada punta que había traspasado la armadura.

»Una vez concluí el examen de la daga, subí el peldaño del presbiterio y crucé la puertecita de la verja. A continuación, me arrodillé sobre el altar, devolví la daga a su vaina y volví a cruzar la verja, cerrando la puertecita detrás de mí y sintiéndome muy a disgusto por dejar esa horrible arma en su lugar acostumbrado. 

»Sin pararme a analizar a fondo mis sentimientos, yo diría que tenía la convicción irracional, y nada consciente, de que la probabilidad de peligro era mayor con ella en el lugar donde había estado los últimos cinco siglos que estando fuera de él. Pero cuando recuerdo el aspecto “ominoso” que parecía tener esa cosa en el suelo del presbiterio, no creo que esta sea una buena explicación. 

»Solo sé que, una vez devolví la daga a su sitio, tuve un ataque de nervios y solo me detuve a recoger la linterna de donde la había dejado, sin dejar de mirar el arma, tras lo cual me alejé a paso raudo por el pasillo y salí de ese lugar.

»Una vez cerré la puerta detrás de mí, me di cuenta de lo considerable que había sido mi tensión nerviosa. Ya no consideraba al anciano sir Alfred un hipocondríaco por tomar tantísimas precauciones con la capilla. Y de pronto me pregunté si no estaría al tanto de alguna tragedia pasada relacionada con la daga.

»Regresé a mi habitación, me lavé, me afeité y me vestí, tras lo cual leí un poco. Luego bajé la escalera y pedí al mayordomo en funciones que me preparara algunos bocadillos y una taza de café.

»Media hora más tarde me dirigía a Burtontree, caminando todo lo deprisa que podía, ya que se me había ocurrido una idea que estaba ansioso por poner en práctica. Llegué al pueblo poco antes de las ocho y media, y encontré al fotógrafo con la puerta aún cerrada. No esperé, y llamé hasta que apareció sin la bata de trabajo, claro indicio de que aún no había acabado de desayunar. Le expliqué en pocas palabras que quería usar su cuarto oscuro inmediatamente, y al instante lo puso a mi disposición.

»Había llevado conmigo la placa que había tomado con flash, y en cuanto estuve listo empecé su revelado. Pero no fue esa la placa que metí primero en la solución, sino la segunda, la que había estado en la cámara todo el tiempo que yo había esperado a oscuras. Recordarán que había dejado todo el tiempo el objetivo destapado, por lo que el presbiterio había estado, por así decirlo, bajo observación.

»Todos ustedes conocen mis experimentos con “fotografía sin luz”, o sea con luz no visible, inspirados en los trabajos que se han hecho con rayos X. Pero deben entender que, pese a intentar revelar esa placa “no expuesta”, no tenía ninguna idea clara de cuál sería el resultado, apenas la vaga esperanza de que pudiera mostrarme algo.

»Fue esa posibilidad lo que me hizo observar con el mayor interés y concentración la acción del líquido revelador sobre la placa. Por fin vi aparecer una ligera mancha negra en la parte superior, seguida de otras, indefinidas y de contornos imprecisos. Cogí el negativo y lo acerqué a la luz. Las manchas eran bastante pequeñas y prácticamente se concentraban en uno de los extremos de la placa, y, como ya he dicho, les faltaba definición. Aun así, bastaron para excitarme, por lo que volví a sumergirla en la solución.

»La observé durante varios minutos, sacándola una o dos veces para un examen más detenido, pero sin conseguir imaginarme lo que podían representar aquellas manchas, hasta que de pronto pensé que en uno o dos lugares su forma sugería la cruz de la daga. Pero eran formas tan indefinidas que me inducían a la prudencia y no dejarme impresionar en exceso por tan incómoda semejanza, aunque debo confesar que esa simple idea bastaba para suscitarme algunos escalofríos.

»Prolongué algo más el revelado, puse el negativo en el hiposulfito y empecé a trabajar con la otra placa. Se reveló sin problemas y pronto tuve un negativo bastante decente, similar en todos los aspectos (salvo en la diferencia de luz) al tomado el día anterior. Tras fijarlo y lavarlo unos minutos con agua del grifo junto al que no había estado “expuesto”, los dejé durante quince minutos en una solución de alcohol desnaturalizado, tras lo cual los llevé a la cocina del fotógrafo y los sequé en el horno.

»Mientras se secaban las placas, el fotógrafo y yo hicimos una ampliación del negativo tomado con luz de día. Luego hicimos lo mismo con los dos que acababa de revelar, lavándolos lo más deprisa posible, pues no quería dejar huellas en ellos, y los secamos con alcohol.

»Una vez hecho esto los llevé a la ventana y los examiné a fondo, empezando por el que parecía mostrar oscuras dagas en varios lugares. Pero ni siquiera la ampliación me convencía de que las marcas representaran algo anormal. Por ello la dejé a un lado, decidido a no permitir que mi imaginación viera armas en aquellos contornos indefinidos.

»Cogí las otras dos ampliaciones que, como recordarán, las dos eran del presbiterio, y empecé a compararlas. Las examiné durante algunos minutos, sin distinguir diferencia alguna en la escena captada, hasta que, de pronto, vi algo en lo que diferían. En la segunda ampliación, la del negativo tomado con flash, la daga no estaba en su vaina. Pero yo estaba seguro de que estaba enfundada minutos antes de tomar la fotografía.

»Tras aquel descubrimiento me puse a comparar las dos ampliaciones de un modo muy diferente a mi anterior examen. Le pedí al fotógrafo una regla graduada y llevé a cabo una comparación metódica y exacta de los detalles de ambas fotografías.

»De pronto tropecé con algo que me llenó de excitación. Dejé la regla, pagué al fotógrafo y abandoné la tienda, saliendo a la calle. Me llevaba las tres ampliaciones, tras enrollarlas a medida que caminaba. Tuve la suerte de encontrar un coche de punto en una esquina de aquella misma calle, con lo que no tardé en volver al castillo.

»Me apresuré a subir a mi habitación para dejar allí las fotografías, y bajé en busca de sir Alfred Jarnock, pero me encontré con el señor George Jarnock, que me dijo que su padre estaba demasiado indispuesto para levantarse, y que prefería que nadie entrase en la capilla mientras él no se levantase.

»El joven Jarnock medio se deshizo en disculpas por su padre, resaltando el hecho de que quizá sir Alfred se mostraba prudente en exceso, pero que, considerando lo sucedido, debía admitir que las precauciones estaban justificadas. También añadió que su padre se había comportado siempre así, incluso antes del horrible ataque sufrido por el mayordomo, llevando siempre la llave encima y sin permitir el acceso al lugar salvo para el servicio religioso, y para la hora diaria en que se efectuaba la limpieza antes de mediodía.

»Asentí con la cabeza a todo ello, pero, en cuanto el joven se fue, cogí mi duplicado de la llave y me dirigí a la capilla. Entré y la cerré tras de mí, y procedí a realizar algunos experimentos particularmente interesantes e incluso singulares. Todos los realicé con éxito, hasta el punto de que abandoné el lugar sumido en un estado de febril excitación. Pregunté por el señor George Jarnock, y me dirigieron al saloncito.

»—Venga conmigo —dije cuando lo encontré—. Écheme una mano, por favor. Tengo que mostrarle algo peculiar en extremo.

»Era evidente que estaba sumamente perplejo, pero me siguió enseguida. Hizo un montón de preguntas mientras caminábamos, a las cuales contesté negando con la cabeza y rogándole que esperase un poco.

»Lo conduje a la armería. Allí le sugerí que cogiera a un maniquí vestido con armadura por un lado, mientras yo lo cogía por el otro. Él asintió, aunque evidentemente extrañado, y entre los dos nos lo llevamos hasta la puerta de la capilla. 

»Cuando me vio sacar la llave y abrir, pareció aún más estupefacto, pero se contuvo, sin duda esperando una explicación por mi parte. Entramos en la capilla y cerré la puerta detrás de nosotros, tras lo cual transportamos el maniquí con su armadura hasta la puerta de la verja, donde lo dejamos descansando en la tarima circular de madera.

»—¡Atrás! —grité de repente cuando el joven Jarnock hizo ademán de abrir la puerta—. ¡Por Dios, hombre, no haga eso!

»—¿Que no haga qué? —preguntó, medio perplejo y medio irritado por mis palabras y modales.

»—Un instante —dije—. Hágase un momento a un lado y observe.

»Se apartó hacia la izquierda mientras yo cogía el maniquí entre mis brazos y lo ponía de cara al altar, de forma que quedase cerca de la puertecita. Entonces, manteniéndome bien apartado a la derecha, empujé al maniquí por detrás, para que presionara ligeramente la puerta, abriéndola. En ese mismo instante, el maniquí recibió un golpe tremendo que lo arrojó hasta el pasillo, con su armadura rebotando sonora y estruendosamente contra el pulido mármol del suelo.

»—¡Cielo santo! —exclamó el joven Jarnock, apartándose de la verja, con el rostro muy pálido.

»—Acérquese y mire esa cosa —dije, y lo conduje hasta donde había caído el maniquí, cuyas extremidades superiores aparecían curiosamente desarticuladas, en extraña contorsión.

»Me incliné sobre él y señalé con el dedo. Allí, justo en medio del peto de grueso acero, estaba clavada “la daga del dolor”.

»—¡Cielo santo! —repitió el joven Jarnock—. ¡Cielo santo! ¡Es la daga! ¡Esta cosa ha sido apuñalada del mismo modo que Bellet!

»—Sí —repliqué, y le vi echar un rápido vistazo hacia la entrada de la capilla. Pero debo hacerle justicia y decir que no se movió ni un centímetro.

»—Venga a ver cómo ha pasado —dije, y le guié de vuelta a la verja del presbiterio.

»De la pared situada a la izquierda del altar, descolgué un instrumento de hierro, largo y curiosamente adornado, muy similar a una lanza corta. Inserté la punta en un agujero situado en el poste izquierdo de la puerta de la verja. Hice fuerza hacia arriba y el poste se dividió verticalmente en dos partes y una de ellas se inclinó hacia atrás, hacia el altar, como si tuviera bisagras en la base. 

»Esa parte siguió inclinándose, dejando la otra mitad del poste todavía en pie. Seguí empujando la parte movediza y bajándola, hasta que se oyó un chasquido y una parte del suelo se deslizó a un lado, mostrando una cavidad alargada y poco profunda, que bastaba para contener esa mitad transversal del poste. Apoyé todo mi peso en la palanca y la hice entrar en el nicho. A continuación se oyó un sonido metálico, como el de algún tope moviéndose para contener el potente resorte que se había puesto en marcha.

»Luego fui a por el maniquí y, tras unos instantes de forcejeo, conseguí sacar la daga de la armadura. Coloqué la empuñadura de la antigua arma en un agujero situado en la parte superior del poste, donde encajó sin problemas con la punta hacia arriba. 

»Tras esto volví a coger mi palanca y a empujar con fuerza, haciendo descender el poste unos treinta centímetros más, hasta el fondo de la cavidad, alojándolo en ella con otro chasquido. Retiré la palanca, y la estrecha sección de suelo volvió a su primitiva posición, ocultando poste y daga, sin que se distinguiera de la superficie que lo circundaba.

»Entonces cerré la puerta de la verja y los dos nos colocamos a un lado. Cogí mi palanca y empujé la puerta con ella, abriéndola. Al instante se oyó un ruido sordo, y algo atravesó el aire con un silbido, golpeando la pared de la capilla. Era la daga. Entonces indiqué a Jarnock que la otra mitad del poste había vuelto a su lugar, adquiriendo un aspecto tan sólido como el que se encontraba a la derecha de la puerta.

»—¡Ahí la tiene! —dije, volviéndome hacia el joven y dando una palmada al montante que podía separarse en dos—. Esa es la cosa “invisible” que usaba la daga, pero ¿quién diablos es la persona que pone la trampa? —repuse mirándolo fijamente.

»—Mi padre es el único con llave —dijo—. Así que es prácticamente imposible que alguien entre a hacer nada.

»Volví a mirarlo, pues era obvio que seguía sin llegar a una conclusión.

»—Verá, señor Jarnock —dije, quizá con más brusquedad de la que debiera, considerando lo que debía decirle—, ¿está usted totalmente seguro de que sir Alfred se encuentra… mentalmente equilibrado?

»Me miró medio espantado y se ruborizó lentamente. Entonces me di cuenta de lo poco delicado que había sido con mi pregunta.

»—No… no lo sé —respondió, tras una breve pausa, y después guardó silencio, salvo por uno o dos comentarios incoherentes.

»—Diga la verdad. ¿No ha sospechado nada en alguna ocasión? No tema contármelo.

»—Bueno —respondió despacio—. Admito que a veces he pensado que padre estaba algo… algo raro. Quizá. A veces. Pero siempre he querido pensar que me equivocaba. Siempre esperé que nadie más se diera cuenta. Verá, quiero mucho al viejo.

»—Con razón —dije, tras asentir con la cabeza—. No hay ninguna necesidad de organizar un escándalo por lo sucedido. Pero deberíamos hacer algo discretamente. Sin ruido, ya sabe. Creo que usted debería tener una charla con su padre para decirle que hemos descubierto lo de esta cosa —añadí tocando el poste.

»El joven Jarnock, muy agradecido por mi consejo, me estrechó la mano con fuerza, cogió mi llave y salió de la capilla. Regresó cerca de una hora después, con aire alterado. Me dijo que mis conclusiones eran por completo acertadas. Había sido sir Alfred Jarnock quien ponía la trampa, tanto la noche en que casi muere el mayordomo como la noche de la víspera. 

»De hecho, parecía ser que hacía muchos años que el anciano señor venía poniéndola en marcha cada noche. Había conocido su existencia por un antiguo manuscrito de la biblioteca del castillo. Se había concebido y usado en eras pretéritas para proteger los cálices de oro del rito, que parece ser que se guardaban en un nicho oculto en la parte posterior del altar.

»Sir Alfred Jarnock había utilizado aquel nicho para ocultar en secreto las joyas de su esposa, que había muerto doce años antes. El joven me contó que su padre no había vuelto a ser el mismo desde entonces.

»Le mencioné que me tenía desconcertado que la noche en que alcanzó al mayordomo se hubiera dispuesto la trampa antes del servicio, pues, si le había entendido bien, su padre acostumbraba a poner la trampa a última hora de la noche para desconectarla en la mañana antes de que alguien entrase en la capilla. Él me contestó que su padre, en un momento de pérdida de memoria (por otra parte natural en su neurótico estado), debía haberla dispuesto demasiado pronto, siendo eso lo que había estado a punto de provocar una tragedia.

»Nada más puedo contarles del asunto. Por lo que pude descubrir, el anciano no está loco en el sentido popular de la palabra. Es extremadamente neurótico y ha desarrollado cierta hipocondría, probablemente debido a la impresión y la pena ocasionadas por la muerte de su esposa, lo cual lo abocó a largos años de tristes meditaciones y a un exceso de soledad y fúnebres pensamientos. De hecho, el joven Jarnock me contó que su padre a veces se pasaba horas enteras rezando en la capilla.

Carnacki acabó de hablar y se inclinó hacia delante para rellenar la pipa.

—Pero no nos ha contado cómo descubrió el secreto del poste dividido, ni todo lo demás —dije, hablando por los cuatro.

—¡Ah, eso! —replicó Carnacki, dando unas vigorosas bocanadas a la pipa—. Al comparar las fotos, descubrí que la que había tomado de día mostraba que el poste izquierdo de la puerta de la verja tenía mayor grosor que la tomada de noche con flash. Eso fue lo que me puso sobre la pista. Comprendí al momento que el fondo del asunto debía estar en algún truco mecánico, y no en algo de naturaleza sobrenatural. Examiné el poste, y el resto fue sencillo, como han visto.

Se levantó y fue hasta la repisa de la chimenea.

—Por cierto, quizá están interesados en echar un vistazo a la llamada «daga del dolor». El joven Jarnock tuvo la amabilidad de regalármela, como pequeño recuerdo de mi aventura.

Nos la pasó para que la examináramos, mientras él guardaba silencio ante el fuego, dando bocanadas a su pipa con aire meditabundo.

—Jarnock y yo hicimos lo necesario para que la trampa no volviera a funcionar —comentó al cabo de unos momentos—. Como ven, yo tengo la daga, y el viejo Bellet ya puede levantarse, así que el asunto ha podido acallarse con discreción. A pesar de todo, supongo que la capilla jamás perderá su reputación de lugar peligroso. Y ahora ya es seguro guardar en ella objetos de valor.

—Hay dos cosas que todavía no ha explicado —dije—. ¿Qué cree que fue lo que hizo aquellos sonidos metálicos cuando estaba a oscuras en la capilla? ¿Y cree que los pasos apagados eran reales, o solo imaginados, producto del cansancio y la tensión?

—No sé con seguridad a qué se debían los sonidos metálicos —replicó Carnacki—. Es algo que me tiene un tanto desconcertado. Solo se me ocurre que el resorte que hacía funcionar el poste debió «ceder» un poco, desplazándose ligeramente en su escondrijo. De suceder así, y dada la tensión que soportaba, debió hacer un ruido muy fuerte. Y cualquier sonido, por débil que sea, llega muy lejos en medio de la noche cuando uno piensa en «fantasmas». Supongo que me entienden.

—Sí —concedí—. ¿Y los otros sonidos?

—Bueno, pues lo mismo… Quiero decir que el extraordinario silencio puede explicar eso. Pudieron ser sonidos corrientes a los que no se presta atención en condiciones normales, o quizá solo imaginaciones mías. Es imposible decirlo. A mí me resultaron desagradablemente reales. En cuanto al ruido de algo reptando, estoy casi seguro de que una de las patas del trípode de mi cámara se deslizó unos centímetros, y en ese caso bien pudo hacer que se cayera la tapa del objetivo, lo cual explicaría el golpecito seco que oí a continuación.

—¿Cómo explica que la daga estuviese en su sitio, sobre el altar, la primera vez que la examinó aquella noche? —pregunté
—. ¿Cómo podía estar allí si en ese mismo momento estaba en la trampa?

—¡Ese fue mi error! —replicó Carnacki—. La daga no podía estar en la vaina, pero yo creí que sí lo estaba. Comprendan que la extraña forma en cruz de la vaina hace creer que está el arma completa. Su empuñadura sobresale muy poco de la parte superior de la vaina… ¡Todo un inconveniente para quien quiera desenvainarla con rapidez!

Asintió mientras nos miraba y bostezó, mirando entonces el reloj.

—¡Fuera todos! —dijo con tono amistoso, usando su frase habitual—. Quiero irme a la cama.

Nos levantamos, le estrechamos la mano y nos precipitamos a la noche y el silencio del camino, rumbo a nuestras casas.

La Cosa invisible - William Hope Hodgson (Parte 1)

Carnacki había regresado a Cheyne Walk, en Chelsea. Fui consciente de tan interesante hecho por la postal de redacción concisa y peculiar que releía en ese momento y por la cual se requería mi presencia en su casa no más tarde de las siete de esa misma tarde. 

Tanto yo como los demás miembros de su círculo estrictamente limitado de amigos sabíamos que el señor Carnacki había pasado en Kent las tres semanas anteriores, pero nada más. Carnacki era extravagantemente reservado y parco en palabras, y solo hablaba cuando estaba dispuesto a ello, y entonces tanto sus otros tres amigos —Jessop, Arkright, Taylor— como yo recibíamos una postal o un cable solicitando nuestra presencia. 

Ninguno se lo había perdido nunca voluntariamente, pues, tras una cena decente, Carnacki se acomodaba en su gran sillón y encendía la pipa mientras esperaba a que nos sentáramos cómodamente en nuestro asiento y lugar acostumbrado. Y entonces empezaba a hablar.

Aquella noche en concreto fui el primero en llegar y encontré a Carnacki sentado, fumando tranquilamente mientras leía el periódico. Se levantó, me estrechó la mano con firmeza, señaló una silla y volvió a sentarse, sin llegar a pronunciar palabra.

Yo por mi parte tampoco dije nada. Lo conocía demasiado bien como para importunarlo con preguntas o hablando del tiempo, por lo que cogí asiento y un cigarrillo. Entonces llegaron los otros tres, tras lo cual pasamos una hora agradable y entretenida cenando.

Una vez concluida la cena, Carnacki se acomodó en su gran sillón y, tal como he dicho que tenía por costumbre, llenó la pipa y dio unas bocanadas mientras miraba pensativo el fuego de la chimenea. Los demás nos pusimos cómodos también, cada uno a su manera. Uno o dos minutos después, Carnacki empezó a hablar, prescindiendo de comentarios preliminares y yendo sin rodeos a la historia que sabíamos que tenía que contarnos:

—Acabo de llegar de casa de sir Alfred Jarnock, en Burtontree, al sur de Kent —dijo, sin apartar la mirada del fuego—. Últimamente han tenido allí lugar sucesos extraordinarios y el señor George Jarnock, su primogénito, me envió un cable preguntándome si podía acercarme para contribuir a aclarar un poco las cosas. Así que fui.

»Al llegar, descubrí que el castillo tenía adosada una vieja capilla con una notable reputación de estar lo que popularmente se califica como “encantada”. Descubrí que se habían sentido muy orgullosos de ello, hasta que sucedió algo muy desagradable que les recordó que los fantasmas de la familia no siempre se conforman con ser meramente ornamentales, por así decirlo.

»Sé que resulta casi risible que te digan que un respetado fenómeno sobrenatural se ha vuelto inesperadamente peligroso, y más en este caso, en que el “encantamiento” era considerado poco más que un viejo mito, salvo cuando anochecía, momento en que parecía volverse más plausible.

»Pero, fuera como fuera, no cabía duda alguna de que lo que moraba en el lugar, y que podría calificarse de “esencia encantadora”, se había vuelto repentinamente peligrosa, incluso letal, pues el viejo mayordomo había estado a punto de morir una noche en la capilla, apuñalado por una peculiar daga antigua.

»De hecho, se supone popularmente que es esa daga lo que “encanta” la capilla. Al menos, dentro de la familia siempre se ha transmitido de padres a hijos que la daga atacaría al enemigo que osara aventurarse en la capilla después del anochecer. Lo cual, por supuesto, siempre se había asumido con la misma seriedad con que la gente se toma la mayoría de las historias de fantasmas, o sea como algo cuya naturaleza no es preocupantemente real. 

»Quiero decir con esto que la mayoría de la gente no se plantea si cree mucho o poco en asuntos sobrenaturales o extraños, y por lo general nunca tiene oportunidad de descubrirlo. De hecho, y como ya saben ustedes, soy tan escéptico como el que más respecto a la veracidad de las historias de fantasmas; soy lo que podría calificarse de escéptico sin prejuicios. 

»No tiendo a creer o no creer en algo “por principios”, como he descubierto que sí les sucede a muchos idiotas y, lo que es más, algunos de ellos no se avergüenzan de ufanarse de tan absurdo hecho. Considero que todos los “encantamientos” están por demostrar mientras yo no los examine en persona, y me veo obligado a admitir que noventa y nueve casos de cada cien acaban resultando ser pura farsa e imaginación. ¡Pero el centésimo! Bueno, si no fuera por ese centésimo, pocas historias podría contarles… ¿verdad?

»Por supuesto, tras el ataque al mayordomo resultó evidente que al menos “algo” había en la vieja historia de la daga, por lo que me encontré con que todo el mundo ya estaba medio convencido de que esa extraña arma antigua había atacado de verdad al mayordomo, ya fuese mediante el concurso de alguna fuerza inherente a ella, cosa que eran curiosamente incapaces de explicar, o mediante la intervención de alguna cosa o monstruo invisible del ultramundo.

»Mi considerable experiencia me decía que lo más probable era que el mayordomo hubiera sido acuchillado por algún humano tangible y cruel.

»Naturalmente, lo primero era comprobar la posibilidad de intervención humana, por lo que me dispuse a interrogar a fondo a los más enterados de la tragedia.

»El resultado de los interrogatorios me agradó y me sorprendió a la vez, pues me daba motivos para pensar que me había tropezado con una de esas “manifestaciones auténticas” extraordinariamente raras en las que participa una fuerza del más allá. O, utilizando una terminología más popular, un auténtico caso de casa encantada.

»Estos son los hechos: la noche del domingo anterior, toda la casa de sir Alfred Jarnock asistió como siempre a la misa familiar en la capilla. Verán, el párroco oficia allí dos misas cada domingo, tras cumplir con sus deberes en la iglesia pública situada a unos cinco kilómetros de distancia.

»Al final del oficio, sir Alfred Jarnock, su hijo, el señor George Jarnock, y el párroco se demoraron unos minutos charlando en la capilla, mientras el viejo mayordomo Bellet apagaba las velas.

»De pronto el párroco recordó que por la mañana se había dejado en el altar su devocionario, y pidió al mayordomo que se lo cogiera antes de apagar todas las velas.

»He resaltado especialmente esto porque es importante, dado que nos proporciona la fortuna de tener testigos de un momento extraordinario. Verán, al volverse el párroco para dirigirse a Bellet hizo que tanto sir Alfred Jarnock como su hijo miraran en dirección al mayordomo, y fue en ese preciso instante, con los tres mirando, cuando resultó apuñalado… allí mismo, ante sus ojos, completamente iluminado por las velas.

»Una vez interrogado el señor George Jarnock, quien contestó a mis preguntas en lugar de sir Alfred Jarnock, puesto que el anciano se encontraba muy nervioso y afectado por lo acaecido, y su hijo deseaba evitar en todo lo posible que reviviera la escena, decidí visitar temprano al párroco.

»Su versión fue precisa y detallada, y era evidente que había recibido la sorpresa de su vida. Me describió todo el asunto: Bellet, ante la verja del presbiterio, dirigiéndose hacia el devocionario, completamente solo; y la puñalada, “salida de la nada”, dijo; y la fuerza prodigiosa con que se asestó, que arrojó al anciano de cabeza al centro de la capilla. Fue “como la coz de un enorme caballo”, me dijo el párroco, y sus benévolos y viejos ojos brillaban ardientes e intensos al recordar lo que había presenciado y que cuestionaba todo lo que había creído hasta ese momento.

»Cuando lo dejé, reanudó lo que estaba escribiendo y que había dejado a un lado al llegar yo. Estoy seguro de que estaba escribiendo el primer sermón nada ortodoxo de su vida. Era un hombre entrañable y me habría gustado oírlo.

»El último a quien visité fue al mayordomo. Se encontraba terriblemente debilitado y muy nervioso, por supuesto, pero no pudo decirme nada que no indicara la presencia de alguna fuerza en la capilla. Me contó hasta el mínimo detalle la misma historia que ya me habían contado los demás. Se dirigía a apagar las velas del altar y a coger el devocionario del párroco, cuando algo lo golpeó con tremenda fuerza en el lado izquierdo del pecho y lo arrojó hacia el pasillo.

»Una vez lo examinaron se vio que había sido apuñalado por la daga que siempre pendía sobre el altar, y de la que les hablaré en un momento. Por fortuna, el arma se había clavado a unos centímetros del corazón al penetrar justo debajo de la clavícula, rompiéndola con la tremenda fuerza del impacto, para luego traspasarlo limpiamente y asomar junto a un omóplato.

»El pobre hombre no podía hablar mucho, y lo dejé enseguida, pero lo que me contó bastó para convencerme de que era indiscutible que en el momento de ser atacado no había nadie a escasos metros de él, lo cual ya me habían comunicado tres testigos fiables y responsables, además del propio Bellet.

»Tras esto, debía registrar la capilla, que es pequeña y extremadamente antigua. Es un edificio de paredes sólidas al que solo se puede acceder por una puerta dentro del mismo castillo, cuya llave se encontraba en poder de sir Alfred Jarnock, y de la que el mayordomo no tenía duplicado.

»La capilla tiene forma oblonga, con el presbiterio y el altar aislados el uno del otro por una verja. En la nave hay dos tumbas, pero ninguna en el presbiterio, que está vacío a excepción de dos altos candelabros y de la verja, más allá de la cual se encuentra el altar de mármol, desnudo a excepción de cuatro pequeños candelabros, dos a cada lado.

»Encima del altar pende la “daga del dolor”, como he sabido que la llaman. Imagino que el término proviene de un antiguo manuscrito en pergamino, que describe la daga y sus supuestas propiedades sobrenaturales. La descolgué y la examiné, minuciosa y metódicamente. La hoja tiene veinticinco centímetros de largo, con una anchura de cinco en la base, y termina en una punta redondeada pero afilada bastante peculiar. Es de doble filo.

»La vaina de metal es singular por tener una guarda que la cruza de forma perpendicular, lo cual, teniendo en cuenta que la vaina en sí continúa ascendiendo hasta cubrir de forma poco práctica parte de la empuñadura, le da una apariencia de cruz. Resulta evidente que esto es algo intencionado, por la imagen de un Cristo crucificado grabada en un lado, mientras que en el otro lado hay una inscripción en latín: “Mía es la venganza, y me la tomaré”. Una asociación de ideas extraña y terrible, como ven. La hoja de la daga tiene grabado en antiguas letras mayúsculas: “Vigilo. Ataco”. En el pomo puede verse un pentáculo.

»Esta es una descripción bastante precisa de esa antigua y peculiar arma con la curiosa e inquietante reputación de asesinar (ya sea por propia voluntad o por mano de algo invisible) a cualquier enemigo de la familia Jarnock que se aventure en la capilla después del anochecer. Puedo asegurarles aquí y ahora que, antes de irme, tuve buenos motivos para despejar algunas incógnitas, pues yo mismo probé la naturaleza letal de esa cosa.

»Pero, como supondrán, en aquel momento de la investigación yo aún estaba en el estadio en el que consideraba sin probar la existencia de una fuerza sobrenatural. Así que examiné a fondo la capilla, sondeando e inspeccionando paredes y suelo, casi decímetro a decímetro, prestando especial atención a las dos tumbas.

»Al final de este examen, cogí una escalera y examiné con detalle el techo abovedado. Pasé tres días de esta guisa y para la tarde del tercer día había comprobado a mi completa satisfacción que no había en toda la capilla un lugar en el que pudiera esconderse un ser vivo, y que la única forma de entrar y salir de la misma era por la puerta del castillo, que siempre estaba cerrada, y cuya llave guardaba el propio sir Alfred Jarnock, tal y como les he dicho. Por supuesto, con esto quiero decir que era la única entrada posible para los seres materiales.

»Pero, verán, en caso de descubrir otra entrada, fuera o no secreta, eso seguiría sin explicar de forma lógica el misterio del increíble ataque. Pues ya he dicho que el mayordomo fue atacado ante los ojos del párroco, de sir Alfred Jarnock y de su hijo. Y el propio Bellet sabía que no le había tocado ningún ser vivo… El párroco había dicho que ese acto inhumanamente brutal había “salido de la nada”. Produce escalofríos, ¿verdad?

»¡Y eso era lo que querían que yo aclarase!

»Tras meditarlo considerablemente, tracé un plan. Le propuse a sir Alfred Jarnock pasar una noche en la capilla para vigilar constantemente la daga. Al oír aquello, el viejo caballero —un hombrecillo enjuto y nervioso— se negó a seguir escuchándome. Estuve seguro de que al menos él no dudaba de que hubiera alguna fuerza sobrenatural y peligrosa rondando la capilla por las noches. 

»Me informó de que tenía por costumbre cerrar la capilla con llave, para que nadie, fuera por imprudencia o fuera por descuido, se viera afrontando cualquier peligro nocturno que pudiese albergar de noche, y que, tras lo sucedido al mayordomo, no podía permitirme hacer algo así.

»Pude ver que sir Alfred Jarnock hablaba muy en serio y que se sentiría muy culpable si me permitía tener esa experiencia y me acaecía algún daño, por lo que no le contradije. Entonces, alegando su poca salud y la fatiga de los años, me dio las buenas noches y me dejó allí, con la impresión de que era un viejo caballero muy educado, aunque bastante supersticioso.

»Pero aquella noche, cuando me desvestía, se me ocurrió el modo de conseguir mi objetivo y entrar en la capilla después de oscurecer, sin poner nervioso a sir Alfred Jarnock. A la mañana siguiente, cuando me dejaran la llave, sacaría un molde de ella y mandaría hacer un duplicado. En cuanto tuviera mi propia llave podría hacer lo que me pareciese.

»Por la mañana llevé a cabo mi idea. Pedí la llave, diciendo que quería fotografiar el presbiterio a la luz del día. Una vez hecho esto, cerré con llave la capilla y se la entregué a sir Alfred Jarnock, tras hacer antes un molde en jabón. Me llevaba la placa expuesta, con su pasador, pero dejando la cámara dentro sin recogerla, pues esa noche quería sacar una segunda fotografía del presbiterio usando el mismo encuadre.

»Fui a Burtontree con la placa y el molde en el trozo de jabón. Le dejé el jabón al ferretero local, que también hacía de cerrajero, el cual me prometió tener el duplicado listo en dos horas. Así lo hice, visitando en el intervalo a un fotógrafo con el que revelé la placa, y con quien la dejé secándose, diciéndole que pasaría a por ella al día siguiente. Al cabo de dos horas fui a por la llave, que encontré terminada a mi satisfacción. Y volví al castillo.

»Aquella noche, después de cenar, pasé un par de horas jugando al billar con el joven Jarnock. Luego tomé una taza de café y me fui a mi habitación, diciendo que me encontraba tremendamente cansado. Él asintió y me dijo que se sentía igual. Fue una alegría, pues quería que la casa se recogiera lo antes posible.

»Cerré la puerta de mi habitación y de debajo de la cama, donde las había escondido a primera hora de la tarde, saqué varias piezas de una armadura, que había cogido de la armería. También había una cota de malla, con una especie de capucha de malla para proteger la cabeza.

»Me puse algunas partes de la armadura, que encontré extremadamente incómodas, y la cota de malla encima. No sé nada de armaduras, pero por lo que pude saber luego, debí ponerme partes de dos diferentes. El caso es que me encontraba incómodo, torpe y rígido, e incapaz de mover brazos y piernas con naturalidad. Pero mis planes requerían que llevase el cuerpo protegido. Me puse la bata encima de la cota de malla y metí el revólver en un bolsillo, y el flash en el otro. En la mano llevaba una linterna sorda.

»En cuanto estuve listo, salí al pasillo central y escuché. Los preparativos me habían llevado un tiempo considerable, y para entonces el gran salón y las escaleras estaban en tinieblas y toda la casa parecía en silencio. Retrocedí y cerré mi puerta con llave. Entonces, bajé las escaleras lenta y silenciosamente hasta el salón y me metí por el pasillo que conducía a la capilla.

»Llegué a la puerta y probé con la llave. Encajó perfectamente, y un momento después me encontraba en la capilla, con la puerta cerrada a mis espaldas, envuelto por un siniestro y absoluto silencio, y el vago contorno de las coloreadas vidrieras emplomadas hacía aún más evidente la oscuridad y soledad del lugar.

»Sería una estupidez negar ahora que no estaba tranquilo. Tenía los nervios de punta. Intenten cualquiera de ustedes imaginarse allí parados en el oscuro silencio, recordando no solo la leyenda que acompañaba al lugar, sino lo que le había ocurrido al viejo mayordomo no hacía tanto. Puedo decirles que, estando allí, me era fácil creer que en el aire de la capilla pudiera haber algo invisible cerniéndose sobre mí. Pero pensaba llegar al fondo del asunto, así que me aferré al poco valor que tenía y me puse manos a la obra.

»Lo primero que hice fue encender la linterna, y recorrer cuidadosamente el lugar, examinando cada rincón y recoveco. No encontré nada anormal. Al llegar a la verja, alcé la linterna y alumbré la daga con ella. Seguía colgada sobre el altar, pero recuerdo que al mirarla se me pasó la palabra “ominosa” por la mente. No obstante, alejé esa idea, pues no necesitaba contribuir a la situación con pensamientos incómodos.

»Completé la ronda del lugar con una consciencia creciente de su desagradable desolación y su frío extremo; una atmósfera de lúgubre frialdad parecía envolverlo todo, y el silencio era abominable.

»Al concluir el registro me dirigí a donde había dejado la cámara enfocando al presbiterio. Saqué una placa virgen de la mochila que había dejado bajo el trípode y la inserté en la cámara, descorriendo el obturador. Destapé el objetivo, saqué el flash y apreté el disparador. Un fogonazo intenso y brillante hizo visible de golpe todo el interior de la capilla, para desaparecer a continuación con la misma rapidez. A la luz de mi linterna volví a preparar el obturador y cambié la placa fotográfica, para tener una placa lista para su exposición.

»Una vez hecho esto, cerré la linterna y me senté en uno de los bancos cercanos a mi cámara fotográfica. No podría decir qué esperaba que ocurriera, pero tenía la extraordinaria sensación, casi la convicción, de que iba a ocurrir algo extraño o terrible. Era como si lo supiese con certeza, ¿saben?

»Transcurrió una hora de absoluto silencio. Supe que fue una hora por el lejano y débil campaneo del reloj que había sobre los establos. Hacía un frío terrible, pues, como había descubierto durante mi inspección, el lugar carecía de cualquier estufa o conducto de calefacción, así que la temperatura era tan desasosegante que acompañaba a mi estado mental. Me sentía como si fuera una especie de marisco humano envuelto en hojalata y congelado en frío y desánimo. 

»De algún modo, la oscuridad que me rodeaba parecía apretarme gélidamente el rostro. No sé si alguno de ustedes ha tenido alguna vez esa sensación, pero en ese caso sabrá lo desagradablemente desconcertante que resulta. Y entonces, de pronto, tuve la horrible sensación de que algo se movía. No es que oyera algo, sino que tuve una especie de conocimiento intuitivo de que algo se había movido en la oscuridad. ¿Imaginan cómo me sentía?

»El valor me abandonó de repente. Me tapé el rostro con los brazos envueltos en cota de malla. Quería protegerlo. Tenía la súbita y desagradable sensación de que algo flotaba en la oscuridad sobre mí. ¡Eso sí que era pánico! Habría gritado de no aterrarme hacer ruido… Y entonces, de pronto, oí algo. Oí al final del pasillo central un sonido sordo y metálico, como el que haría un pie enfundado en cota de malla al pisar el suelo de piedra. Permanecí inmóvil. Luché con todas mis fuerzas para recobrar el valor. No podía apartar las manos del rostro, pero noté que recuperaba el control de mi coraje. 

»Bajé los brazos con un poderoso esfuerzo, y erguí el rostro en la oscuridad. Y les digo que me respeto por haber tenido ese gesto, ya que en ese momento creí de verdad que iba a morir. Pero, debido al lento cambio de ánimo que me ayudó a hacer ese esfuerzo, en aquel momento me afectó menos la idea de morir que la extrema cobardía que tan inesperadamente me había dominado por unos momentos.

»¿Me explico con claridad? Estoy seguro de que comprenderán que este sentimiento de respeto personal por mis actos no es en absoluto una egolatría malsana, pues no ignoro el estado de ánimo en que me hallaba. Quiero decir que ya sé que habría sido mucho más digno de mención que me hubiera descubierto el rostro solo mediante mi fuerza de voluntad, sin que mediara cambio de ánimo alguno. Pero, incluso así, sigue siendo un acto digno de respeto. Me siguen, ¿verdad?

»Y, ¿saben?, ¡al final nada me tocó! De modo que al poco tiempo ya había recuperado algo de mi estado normal, sintiéndome lo bastante calmado como para continuar con el asunto sin más desánimos.

»Yo diría que solo habían pasado unos minutos cuando, cerca del presbiterio, volví a oír el mismo ruido metálico de antes, como el de un pie calzado con cota de malla avanzando con cautela. ¡Por Júpiter! Me quedé rígido. Y entonces se me ocurrió que ese sonido podía ser la daga agitándose sobre el altar. No era una idea especialmente cuerda, dado que el ruido era demasiado fuerte y pesado para tener ese origen. Pero es comprensible que, en aquellos momentos, mi razón estuviera dispuesta a someterse a cualquier vuelo de mi imaginación. 

»Recuerdo ahora que la idea de que aquella cosa absurda pudiera animarse y atacarme no acudió a mí con un sentimiento de posibilidad o realidad, sino que pensaba de forma un tanto vaga en algún monstruo invisible del ultramundo intentando coger la daga. Recordaba cómo había descrito el viejo párroco el ataque sufrido por el mayordomo… “salido de la nada”. Y la forma en que describió la tremenda fuerza del golpe “como la coz de un enorme caballo”. Imaginarán lo agobiante del discurrir de mis pensamientos.

»Busqué la linterna a tientas, con cuidado. La encontré cerca de mí, en el banco, y descubrí la luz con un movimiento brusco y repentino. Dirigí el haz hacia el pasillo, a uno y otro lado del presbiterio, pero nada pude ver que me asustara. Me volví rápidamente y dirigí el haz luminoso a uno y otro lado de la parte trasera de la capilla, luego a uno y otro lado de mi persona, y hacia delante y detrás, hacia el techo y hacia del suelo de mármol, pero allí no había nada visible que pudiera asustarme, nada que me pusiera la carne de gallina; solo la capilla, fría y eternamente silenciosa. Ya conocen la sensación.

»Me había puesto en pie mientras proyectaba la luz por la capilla. Saqué el revólver, hice un tremendo esfuerzo de voluntad para apagar la luz y volví a sentarme en la oscuridad, para continuar con mi tenaz vigilancia.

»Me pareció que transcurrió una media hora, quizá más, sin que ningún sonido rompiese la intensa quietud. Había ido tranquilizándome, puesto que la luz de la linterna al recorrer el lugar había hecho que me sintiera a este lado de la frontera de lo normal, proporcionándome algo de ese sentimiento irracional de seguridad que consigue un niño asustado por la noche al taparse la cabeza bajo las sábanas. Esto ilustra lo ilógicos y humanos que eran mis pensamientos, puesto que ya saben ustedes que la criatura, ser o cosa que había efectuado tan extraordinario y horrendo ataque contra el viejo mayordomo debía ser invisible.

»Así que imagínenme allí, sentado en la oscuridad, entorpecido por la armadura, el revólver en una mano y la linterna en la otra, listo para abrirla. Y fue entonces, tras ese pequeño intervalo de relativo alivio tras un intenso pavor, cuando volví a encontrarme con los nervios a flor de piel, pues me pareció oír algo en alguna parte del silencio absoluto de la capilla. Escuché, tenso y envarado, con el corazón latiéndome por un instante en los oídos, y, entonces, me pareció volver a oírlo. 

»Estuve seguro de que algo se había movido al final del pasillo. Me esforcé por ver algo en la oscuridad y, mirase donde mirase, mis ojos solo me mostraron negrura en la negrura, por lo que no hice caso de lo que me revelaban pues, incluso a la escasa claridad de la vidriera del presbiterio, mis ojos me revelaron vagas sombras pasando constantemente ante ella, fantasmales y silenciosas. 

»Reinó un instante de extraño silencio, que me pareció espantoso, o así lo sentí entonces, y, de pronto, creí volver a oír un sonido, cerca de mí, y esta vez infinitamente furtivo. Era como si unos pasos largos y suaves avanzaran despacio por el pasillo central.

»¿Pueden imaginar cómo me sentí? No creo que puedan. Me quedé inmóvil, casi tanto como las efigies de piedra de las dos tumbas, y continué allí sentado, rígido. Entonces imaginé que esos pasos provenían de la capilla. Y, por unos instantes, estuve seguro de que no podía haberlos oído… de que jamás los había oído.

»Transcurrieron unos minutos particularmente largos, y mis nervios debieron calmarse un poco, pues recuerdo que fui lo bastante consciente de mis sensaciones como para darme cuenta de que me dolían los músculos de los hombros por la forma en que los había contraído allí sentado, encogido y tenso. 

»Piensen que yo seguía sintiendo un temor considerable, aunque parecía haber perdido eso que yo llamaría “sentido de peligro inminente”. El caso es que, extrañamente, sentí que tenía un respiro, una interrupción temporal de la malignidad que me rodeaba. Me resulta imposible expresar con más claridad lo que sentía, pues tampoco yo soy capaz de entenderlo con más claridad.

»Sin embargo, no quiero que me imaginen allí sentado y relajado, pues tenía tal tensión nerviosa que mi ritmo cardíaco se salía de lo normal, y el latir de la sangre resonaba en ocasiones en mis oídos, lo cual me producía la sensación de no poder oír con claridad. Una sensación terrible, sobre todo en aquellas circunstancias.

»Y yo estaba allí sentado, escuchando con cuerpo y alma, como suele decirse, cuando de pronto volví a tener la horrenda convicción de que algo agitaba el aire del lugar. La sensación me petrificó, y mi cabeza se tensó como si se me hubiera puesto todo el cuero cabelludo de punta. Aquello era tan real que hasta sentía dolor, de una forma tan peculiar como intensa; me dolía toda la cabeza. 

»Sentí el enorme impulso de volver a taparme el rostro con los brazos cubiertos de cota de malla, pero conseguí sobreponerme. De haber cedido a ese impulso, habría salido corriendo de allí. Así que continué sentado, cubierto de sudor frío (es la pura verdad), mientras un escalofrío me recorría la espalda…

»Y entonces, de pronto, volvió a parecerme oír el sonido de aquellos pasos poderosos y lentos en el pasillo, pero esta vez mucho más cercanos a mí. Hubo un horrendo pero breve silencio, durante el cual tuve la sensación de que algo enorme se inclinaba hacia mí desde el pasillo… Y entonces, a través del tronar de la sangre en mis oídos, me llegó un leve sonido desde donde estaba la cámara, un desagradable sonido como de algo reptando, seguido de un golpecito seco. 

»Tenía la linterna preparada en la mano izquierda, y la destapé, desesperado, alzándola sobre mí, pues estaba convencido de que allí había algo. Pero no vi nada. Apunté inmediatamente la luz hacia la cámara y hacia el pasillo, pero seguía sin haber nada visible. Giré sobre mí mismo, trazando a mi alrededor una gran circunferencia con el haz luminoso, iluminando aquí y allí, a uno y otro lado, pero no me mostró nada.



(CONTINUARÁ...)

Los habitantes de la isleta Middle - William Hope Hodgson

-Es aquélla -exclamó el viejo ballenero dirigiéndose a mi amigo Trenhern, mientras el yate costeaba lentamente la Isla Nightingale. El viejo señalaba con el cabo de una ennegrecida pipa de arcilla una pequeña isleta a estribor de la proa.

-Es aquélla, señor -repitió-. La Isleta Middle y pronto tendremos un buen panorama de la ensenada. Aunque no afirmo que la nave esté aún allí, señor, y si lo está, tenga en cuenta que le dije durante todo el tiempo que no había nadie en ella cuando subimos a bordo -volvió a llevarse la pipa, a la boca dándole un par de chupadas lentas, mientras Trenhern y yo escrutábamos la isleta a través de los prismáticos.

Estábamos en el Atlántico Sur. Al norte, a lo lejos, se veía difusamente el pico torvo, golpeado por los vientos de la Isla Tristán, la mayor de las que integran el grupo Da Cunha, mientras que en el horizonte occidental podíamos distinguir en forma poco nítida la Isla Inaccesible. Sin embargo, estas dos eran de poco interés para nosotros. Era la Isleta Middle, frente a la costa de la Isla Nightingale, la que atraía nuestra atención.

Había poco viento y el yate avanzaba lento en el agua de color oscuro. Pude ver que mi amigo estaba torturado por la impaciencia de saber si la ensenada aún retenía los restos del navío que había llevado a su bienamada. Por mi parte, aunque sentía mucha curiosidad, no tenía la mente tan ocupada como para excluir un asombro semiconsciente ante la extraña coincidencia que nos había llevado a aquella búsqueda. Durante seis largos meses mi amigo había esperado en vano noticias del Happy Return, en el que había embarcado su amada hacia Australia, en un viaje por motivos de salud. Sin embargo, nada se había sabido y se lo daba por perdido, pero Trenhern, desesperado, había realizado un último esfuerzo. Había hecho publicar avisos a todos los periódicos más importantes del mundo y esta medida había tenido cierto éxito en la forma del viejo ballenero que estaba junto a él. Este hombre, atraído por la recompensa ofrecida, había suministrado información voluntaria respecto a un casco desmantelado, que llevaba el nombre Happy Return en la proa y en la popa, con el que se había encontrado en su último viaje en una extraña ensenada del costado Sur de la Isleta Middle. Sin embargo no le había dado esperanzas a mi amigo de encontrar a su amor perdido o, en realidad, de encontrar nada vivo en él porque había subido a bordo con la tripulación de un bote sólo para descubrir que estaba completamente abandonado y -según nos dijo- no habían permanecido allí ni un momento. Ahora me inclino a pensar que inconscientemente debe haberlo impresionado la inexpresable desolación y la atmósfera misteriosa que invadía a la nave, y de la que nosotros mismos pronto seríamos conscientes. Justamente su próxima observación demostró que mi suposición era correcta.

-Ninguno de nosotros quiso tener mucho que ver con la nave. Uno no se sentía cómodo a bordo. Y estaba demasiado limpia y ordenada para mi gusto.

- ¿Qué quiere decir con limpia y ordenada? -pregunté, intrigado por la manera en que lo había expresado.

-Bueno -contestó-, así era. Le daba a uno la impresión de que un montón de gente acababa de abandonarla y podía volver en cualquier bendito minuto. Sabrá lo que quiero decir, señor, cuando la aborde -meneó la cabeza sabiamente y volvió a chupar la pipa.

Durante un momento lo miré dubitativo; después me volví y miré a Trenhern, pero era evidente que no había notado las últimas observaciones del viejo marino. Estaba demasiado ocupado en mirar con el catalejo la islita, como para advertir lo que pasaba a su alrededor. De pronto emitió un grito grave y se volvió hacia el viejo ballenero.

- ¡Pronto, Williams! -dijo-. ¿Es éste el sitio? -señaló con el catalejo. Williams se llevó una mano a los ojos y miró.

-Es allí, señor -contestó después de una pausa.

- ¿Pero... pero dónde está la nave? -preguntó mi amigo con voz temblorosa-. No veo señales de ella.

Tomó a Williams del brazo y lo sacudió con repentino temor.

-Todo marcha bien, señor -exclamó Williams-. No hemos avanzado lo suficiente hacia el sur como para tener un buen panorama de la ensenada. Se estrecha en la boca y la nave está bien adentro. La verá en un minuto.

Ante esas palabras, Trenhern le soltó el brazo, con el rostro un poco mas compuesto, aunque muy ansioso. Durante un minuto se apoyó sobre la baranda, como buscando apoyo. Después giró hacia mí.

-Henshaw -dijo-. Estoy temblando... Yo..Yo...

-Vamos, vamos, viejo -contesté y deslicé mi brazo en el suyo. Después, pensando en ocupar de algún modo su atención, le sugerí que debía ordenar que prepararan uno de los botes para bajarlo. Lo hizo y después estuvimos escrutando un momento más la estrecha abertura entre las rocas. Poco a poco, a medida que nos íbamos adelantando a ella, advertía que penetraba a considerable profundidad dentro de la isleta y entonces, por fin, apareció algo a lo lejos, entre las sombras de la ensenada. Era como la popa de un navío proyectándose detrás de las altas paredes de la entrada rocosa y cuando me hice cargo del hecho, emití una interjección, señalándoselo a Trenhern con considerable excitación.

Habían bajado el bote; Trenhern y yo junto con la tripulación del bote, y el viejo ballenero al timón, enfilábamos directamente hacia la entrada en la costa de la Isleta Middle.

Pronto nos encontramos en medio del ancho cinturón de algas que rodeaba la isleta y minutos después nos deslizamos en las aguas límpidas, oscuras de la ensenada, con las rocas elevándose a cada lado de nosotros en paredes desnudas, inaccesibles, que parecían tocarse en las alturas.

Pasaron unos segundos antes de que atravesáramos el pasaje y entráramos a un pequeño mar circular rodeado de ásperos acantilados que se alzaban sobre todos los costados a una altura de más de cien metros. Era como si mirásemos desde el fondo de un pozo gigantesco. Sin embargo lo notamos poco entonces porque estábamos pasando bajo la popa de un navío y, al mirar hacia arriba, leí en letras blancas Happy Return.

Me volví hacia Trenhern. Tenía el rostro blanco y sus dedos jugueteaban con los botones de la casaca; su respiración era irregular. Un instante después, Williams tuvo el bote junto a la nave y Trenhern y yo trepamos a bordo. Williams nos siguió, llevando la amarra del bote; la aseguró en una abrazadera y después se volvió para guiarnos.

Mientras caminábamos sobre cubierta, los pies golpeaban con un sonido vacío que denunciaba nuestra desolación, mientras que las voces, cuando hablamos, parecieron traer un eco desde los acantilados circundantes con una extraña vibración hueca, que nos llevó de inmediato a hablar en susurros. Y así empecé a comprender lo que Williams había querido decir cuando dijo "Uno no se sentía cómodo a bordo".

-Fíjense lo limpia y ordenada que está la bendita -dijo, deteniéndose después de unos pasos-. No es natural -hizo un gesto con la mano hacia los avíos de cubierta que nos rodeaban-. Todo está como si acabara de llegar a puerto y no fuera un bendito barco náufrago.

Siguió hacia la popa, siempre abriendo la marcha. Era tal como había dicho. Aunque los mástiles y los botes de la nave habían desaparecido, estaba extraordinariamente limpia y ordenada, las cuerdas -las que quedaban- prolijamente enrolladas en las cabillas y en ningún punto de las cubiertas se podía discernir alguna señal de desorden. Trenhern lo había captado al mismo tiempo que yo y ahora me tomó del hombro con una mano rápida, nerviosa.

-Observa, Henshaw -dijo en un susurro excitado-, esto demuestra que algunos estaban vivos cuando entró aquí... -hizo una pausa como para recobrar el aliento-. Pueden estar... pueden estar...

Se detuvo una vez más y señaló sin una palabra la cubierta. Había pasado más allá de las palabras.

¿Abajo? -dije, tratando de hablar con animación.

Asintió con la cabeza, escrutándome el rostro en busca de combustible para la repentina esperanza que se había encendido dentro de él. Entonces llegó la voz de Williams que estaba de pie ante la escalera de entrada a las cabinas.

-Vamos, señor. No voy a bajar solo.

-Sí, vamos, Trenhern -grité-. Nunca se sabe qué puede pasar.

Llegamos juntos a la escalera y él me hizo señas para que entrara antes. Se estremecía. Al pie de las escaleras, Williams hizo una pausa, después dobló a la izquierda y entró en la cámara. Cuando atravesamos el umbral, me impactó una vez más la extrema pulcritud del lugar. No había señales de apuro o confusión; todo estaba en su sitio como si el mayordomo hubiera ordenado el departamento un momento antes, y desempolvado la mesa y los utensilios. Sin embargo, por lo que sabíamos, yacía allí un casco desmantelado desde hacía al menos cinco meses.

- ¡Tienen que estar aquí! ¡Tienen que estar aquí! -oí que murmuraba mi amigo, y yo, aunque recordaba que Williams la había encontrado así hacía tantos meses, apenas pude evitar unirme a su creencia.

Williams había cruzado al costado de estribor de la cámara y vi que se acercaba a una de las puertas. Esta se abrió, y el ballenero se dio vuelta y le hizo un gesto a Trenhern.

-Vea, señor -dijo-. Esta debe haber sido la cabina de su joven dama; hay prendas femeninas colgadas y sobre la mesa el tipo de objetos que ellas usan...

No terminó; Trenhern atravesó la cámara de un salto, y lo tomó del cuello y el brazo.

-Cómo se atreve... a profanar... -dijo casi en un chillido y de inmediato lo sacó en vilo del pequeño cuarto-. Cómo... cómo... -jadeó, y se agachó para levantar un cepillo con mango de plata que Williams había dejado caer ante el inesperado ataque.

-No quise ofender, señor -contestó el viejo ballenero con voz asombrada, en la que había un matiz de, justa ira-. No quise ofender. No iba a robar la bendita cosa.

Se golpeó la manga de la casaca con la palma de la mano y cruzó una mirada hacia mí, como para hacerme testigo de la verdad de su afirmación. Sin embargo, apenas noté lo que decía porque oí que mi amigo gritaba dentro de la cabina de su bienamada y en la voz se mezclaba una admirable profundidad de esperanza, y temor y perplejidad. Un instante después irrumpió en la cámara; sostenía algo blanco en la mano. Era un almanaque. Lo giró hacia arriba para mostrar la fecha en la que estaba puesto.

- ¡Miren! -gritó-. ¡Lean la fecha!

Cuando mis ojos captaron el significado de las pocas figuras visibles, se me aceleró la respiración y me incliné hacia adelante, mirando con fijeza. El almanaque había sido puesto en la fecha de ese mismo día.

-JBuen Dios! -murmuré y luego-: ¡Es un error! í Es sólo casualidad!

Y seguí mirándolo.

-No lo es -replicó Trenhern con vehemencia-. Ha sido puesto en este día... -se interrumpió un momento. Luego, después de una pausa breve y extraña gritó-: ¡Oh, Dios mío! ¡Haz que pueda encontrarla!

Se volvió con aspereza hacia Williams.

-¿En qué fecha estaba puesto?... i Rápido! -casi gritaba.

Williams lo miró confundido.

- ¡Maldición! -gritó mi amigo, casi fuera de sí-. ¡Cuando usted subió a bordo antes!

-Nunca he visto antes esa bendita cosa, señor -contestó el ballenero-. No nos quedamos a bordo.

- ¡Por Dios, hombre! -gritó Trenhern-. ¡Qué lástima! ¡Oh, qué lastima! -después giró y corrió hacia la puerta de la cámara.

Al llegar al umbral miró por sobre el hombro. - ¡Vamos! ¡Vamos! -llamó-. Están en algún sitio. Se están escondiendo... ¡Busquen!

Y eso hicimos, pero aunque recorrimos el navío entero, de proa a popa, no encontramos el menor signo de vida. Sin embargo, en todas partes predominaba aquella extraordinaria limpieza y aquel orden, y no el desorden salvaje de un barco náufrago y abandonado; a medida que pasábamos de un lugar a otro y de cabina en cabina, continuaba experimentando la sensación de que habían estado habitados hasta un momento antes.

Pronto terminamos con la búsqueda, y al no encontrar lo que buscábamos, nos miramos confundidos, casi sin hablar. Fue Williams el primero que dijo algo inteligible.

-Es como le dije, señor; no había nada vivo a bordo.

Ante esto Trenhern no respondió nada y un minuto después Williams volvió a hablar.

-No falta mucho para que caiga la noche, señor, y tendríamos que salir de este sitio mientras haya un poco de luz.

En vez de contestarle, Trenhern le preguntó si alguno de los botes estaba allí cuando lo abordaron antes y ante la respuesta negativa cayó otra vez en su silencioso retraimiento.

Un momento después, me atreví a llamarle la atención sobre lo que había dicho Williams acerca de regresar al yate antes de que se fuera la luz. Ante esto, asintió vagamente con un movimiento de cabeza y caminó hacía el costado, seguido por Williams y yo. Un minuto después estábamos en el bote y enfilábamos a mar abierto.

Durante la noche, no habiendo sitio seguro para anclar, el yate siguió afuera, siendo la intención de Trenhern desembarcar en la Isleta Middle y buscar algún rastro de la tripulación perdida del Happy Return. Si eso no daba resultados, iba a llevar a cabo una prolija exploración de la Isla Niglítingale y de la Isleta de Stoltenkoff antes de abandonar toda esperanza.

Empezó a ejecutar la primera parte del plan en cuanto amaneció porque su impaciencia era demasiado intensa como para esperar más.

Sin embargo, antes de que desembarcáramos en la Isleta, le pidió a Williams que llevara el bote a la ensenada. Tenía la creencia, que en cierto modo me afligía, de que iba a traer a la tripulación y a su bienamada de regreso a la nave. Me sugirió -buscando sin cesar en mi rostro la mutua esperanza que tal vez hubieran estado ausentes el día anterior, debido a alguna expedición a la isla en busca de vegetales comestibles. Y yo (recordando la fecha en el almanaque) pude mirarlo alentadoramente; aunque de no haber mediado ese hecho, me hubiera sentido incapaz de apoyar su creencia.

Penetramos por el pasaje al gran pozo entre acantilados. La nave, cuando nos arrimamos a ella, se veía pálida e irreal en la luz grisácea del amanecer envuelto en niebla; sin embargo lo advertimos apenas porque la excitación y esperanza evidentes de Trenhern se estaban volviendo contagiosas. Fue él quien abrió ahora la marcha hacia la penumbra de la cámara. Una vez allí, Williams y yo vacilamos con cierto temor natural, mientras que Trenhern cruzó a la puerta del cuarto de su amada. Alzó la mano y golpeó, y en la quietud subsiguiente oí cómo latía nítido y veloz mi corazón. No hubo respuesta y Trenhern volvió a golpear con los nudillos sobre los paneles; los golpes resonaron huecamente a través de la cámara y las cabinas vacías. El suspenso de la espera casi me descompuso; después Trenhern tomó bruscamente el picaporte, lo hizo girar y abrió la puerta de par en par. Lo oí emitir una especie de gruñido. La cabinita estaba vacía.

Un instante después, lanzó un grito y reapareció en la cámara sosteniendo el mismo almanaque pequeño. Corrió hacia mí y me lo puso en las manos con un grito desarticulado. Lo miré. Cuando Trenhern me lo había mostrado el día anterior mostraba la fecha 27; ahora la habían cambiado al 28.

-¿Qué significa esto, Henshaw? ¿Qué significa? -preguntó desvalido.

Sacudí la cabeza.

-¿Seguro que no lo cambiaste ayer... por accidente?

- ¡Completamente seguro! -dijo.

-¿A qué están jugando? -siguió-. Esto no tiene sentido... -hizo una pausa; después repitió- ¿Qué significa esto?

-Sólo Dios lo sabe --murmuré-. Estoy perplejo.

-¿Quiere decir que alguien estuvo aquí desde ayer? -preguntó Williams a esta altura.

Asentí.

- ¡Por Dios, entonces, señor! -dijo-. ¡Son fantasmas!

- ¡Refrene su lengua, Williams! -gritó mi amigo, volviéndose salvajemente hacia él.

Williams no dijo nada, pero caminó hacia la puerta.

-¿A dónde va? -pregunté.

-A cubierta, señor -contestó-. ¡En este viaje no he firmado ningún papel para tratar con espíritus! -y subió con paso inseguro la escalera de entrada.

Trenhern no parecía haber advertido las últimas observaciones porque cuando volvió a hablar, al parecer estaba siguiendo una cadena de ideas.

-Mira -dijo-. No están viviendo a bordo, es evidente. Tienen algún motivo para mantenerse alejados. Se están escondiendo en algún lugar... tal vez en una caverna.

- ¿Qué hay acerca del almanaque, entonces? ¿Crees ... ?

-Sí, se me ocurre que deben venir a bordo por la noche. Debe de haber algo que los mantiene alejados durante el día. Quizás un animal salvaje o algo así que los podría ver durante el día.

Sacudí la cabeza. Era todo demasiado improbable. Si había algo que podía alcanzarlos a bordo de la nave, estando como estaba rodeada por el mar, en el fondo de un gran pozo entre los acantilados, entonces me parecía que no estarían seguros en ningún lugar; además, podían quedarse bajo cubierta durante el día y yo no podía concebir nada que pudiera alcanzarlos allí. Se alzó una multitud de objeciones adicionales en mi mente. Y además sabía perfectamente bien que no había animales salvajes de ningún tipo en las Islas. ¡No! Era obvio que no se lo podía explicar de ese modo. Y, sin embargo... estaba el cambio inexplicable del almanaque. Mi cadena de razonamientos terminaba en una niebla. Parecía inútil aplicar cualquier tipo de sentido común al problema y me volví una vez más hacia Trenhern.

-Bueno -dije-, no hay nada aquí y, después de todo, puede haber algo de cierto en lo que afirmas, aunque que me cuelguen si puedo encontrar la punta del ovillo.

Abandonamos la cámara y volvimos a cubierta. Luego nos encaminamos a proa y miramos en el castillo de proa, pero, tal como esperaba, no encontramos nada. Después de eso nos alejamos en el bote y decidimos examinar la Isleta Middle. Tuvimos que remar para salir de la ensenada y rodear la costa un poco hasta encontrar un lugar adecuado de desembarco.

En cuanto desembarcamos, sacamos el bote a lugar seguro y dispusimos el orden de la exploración. Williams y yo íbamos a llevarnos un par de hombres cada uno para rodear la costa en direcciones opuestas hasta que nos encontráramos, examinando de paso todas las cavernas que halláramos. Trenhern se dirigiría a la cima y escrutaría la Isleta desde allí.

Williams y yo cumplimos con nuestra parte y nos encontramos cerca del sitio donde habíamos levantado el bote. El no tenía nada que informar y yo tampoco. No pudimos ver rastros de Trenhern y poco después, como no aparecía, le dije a Williams que se quedara junto al bote mientras yo subía la elevación para buscarlo. Pronto llegué a la cima y descubrí que estaba de pie en el borde del enorme pozo en que yacía el navío naufragado. Miré a mi alrededor y, hacia la izquierda:, vi a mi amigo tendido boca abajo con la cabeza sobre el filo del abismo, evidentemente mirando hacia el barco.

-Trenhern -llamé con suavidad, para no alarmarlo.

Alzó la cabeza y miró en mi dirección; al verme, me hizo señas y me apresuré en llegar a su lado.

-Agáchate -dijo en voz baja-. Quiero que veas algo.

Cuando me tendí junto a él, le di un vistazo a su cara; estaba muy pálida. Después me asomé por sobre el borde y miré la tenebrosa profundidad.

- ¿Ves lo que quiero decir? -preguntó, hablando aún en un susurro.

-No -dije-. ¿Dónde?

-Allí -señaló-. En el agua a estribor del Happy Return.

Mirando en la dirección indicada, cerca de los restos de la nave, distinguí varios objetos pálidos, de forma oval.

-Peces -dije-. ¡Qué extraños!

- ¡,No! -replicó él-. i Rostros!

- ¡Qué!

- ¡Rostros!

Me arrodillé y lo miré.

-Mi querido Trenhern, estás dejando que este asunto te afecte demasiado... Sabes que cuentas con toda mi simpatía. Pero...

- ¡Mira -dijo-, se están moviendo, nos están mirando! -hablaba en voz baja, ignorando por completo mi protesta.

Me tendí otra vez y miré. Tal como había dicho, se estaban moviendo y cuando miré se me ocurrió una idea repentina. Me puse en pie bruscamente.

- ¡Lo tengo! -grité excitado-. Si estoy en lo cierto eso podría dar cuenta del abandono de la nave. ¡Me pregunto por qué no lo pensamos antes!

-¿Qué? -preguntó con voz cansada y sin alzar la cabeza.

-Bien, en primer lugar, viejo, ésas no son caras, como bien lo sabes, pero te diré lo que es probable que sean: los tentáculos de algún tipo de monstruo marino, un kraken, o un pulpo... algo por el estilo. Me es fácil imaginar a una criatura de esa clase habitando ahí abajo y del mismo modo puedo comprender que si tu amada y la tripulación del Happy Return están vivos, se sientan inclinados a apartarse lo más posible del viejo barco si tengo razón... ¿eh?

Cuando terminé de explicar mi solución del misterio, Trenhern estaba en pie. La cordura había vuelto a sus ojos y había un rubor de excitación reprimida a medias en las mejillas hasta entonces pálidas.

-Pero... pero... pero... ¿y el almanaque? -jadeó.

-Bueno, pueden atreverse a subir a bordo por la noche, o en cierto momento de las mareas, en los que tal vez hayan descubierto que hay poco peligro. Desde luego, no puedo afirmarlo, pero parece probable y nada más natural que llevar un registro de los días, o lo pueden haber puesto en fecha sin pensar, de paso. Hasta podría tratarse de tu bienamada contando los días desde que se separó de ti.

Me volví y espié otra vez por sobre el borde del acantilado; las formas flotantes habían desaparecido. Entonces Trenhern me tironeó del brazo.

-Vamos, Henshaw, vamos. Regresaremos al yate y traeremos armas. Voy a matar a ese monstruo si aparece.

Una hora más tarde estábamos de regreso con dos de los botes del yate y sus tripulantes, todos armados con machetes, arpones, pistolas y hachas. Trenhern y yo habíamos elegido un pesado revólver cada uno.'

Los botes fueron arrimados y se les ordenó a los hombres que abordaran el barco náufrago, y allí, contando con suficiente comida, pasaron el resto del día, vigilando con atención en busca de señales de cualquier cosa.

Sin embargo, cuando se acercó la noche, manifestaron una considerable inquietud; por último enviaron al viejo ballenero a popa a decirle a Trenhern que no se quedarían a bordo del Happy Return después de caer la noche: obedecerían cualquier orden que les diera en el yate, pero no habían sido contratados para permanecer a bordo de un barco dirigido por fantasmas.

Una vez que oyó a Williams, mi amigo le dijo que llevara sus hombres al yate, pero que regresara en uno de los botes con cosas para dormir, ya que él y yo íbamos a quedamos a pasar la noche a bordo del barco. Esto era lo primero que yo oía del asunto, pero cuando lo reconvine me dijo que tenía plena libertad para volver al yate. Por su parte había decidido quedarse y ver si venía alguien.

Como es natural, después de eso tuve que quedarme. Pronto regresaron con los implementos de dormir y después de recibir órdenes de mi amigo para que vinieran a buscamos al romper el día, nos dejaron a solas para pasar la noche.

Bajamos los implementos de dormir y los acomodamos sobre la mesa de la cámara; después subimos y paseamos por la cubierta de popa, fumando, hablando seriamente... escuchando; pero nada llegaba a nuestros oídos, a no ser la voz grave del mar más allá del cinturón de algas. Llevábamos los revólveres porque sólo sabíamos que podíamos llegar a necesitarlos. Sin embargo, el tiempo fue pasando sin accidentes, excepto una ocasión en que Trenhern dejó caer pesadamente la culata del arma sobre la cubierta. Justamente entonces, desde todos los acantilados que nos rodeaban, rebotó hacia nosotros un estallido grave, hueco, atemorizante. Era como el gruñido de una bestia enorme. Pronto la oscuridad se hizo total en el fondo de aquel pozo tremendo. Por lo que podía juzgar, una niebla había bajado sobre la Isleta y formado una especie de tapa enorme sobre el pozo. Cuándo bajamos eran alrededor de las doce. Creo que para entonces hasta Trenhern había empezado a advertir que habernos quedado era un poco imprudente; si éramos atacados, al menos abajo, podríamos resistir mejor. En cierto sentido el temor incierto que yo sentía no era inducido por la idea del gran monstruo que creía haber visto cerca de la nave durante el día, sino más bien por algo innombrable en el aire mismo, como si la atmósfera del lugar fuera un medio conductor del terror. Sin embargo, serenándome con un esfuerzo, atribuí tal impresión a mis nervios en tensión, de tal modo que pronto, habiéndose ofrecido Trenhern para hacer la primera guardia, quedé dormido sobre la mesa de la cámara, dejándolo sentado junto a mí con el revólver sobre las rodillas.

Entonces, mientras dormía, tuve un sueño de una nitidez tan extraordinaria que me parecía estar despierto. Soñé que de pronto Trenhern respingaba y se ponía en pie de un salto. En el mismo instante, oí una voz suave que llamaba" ¡Tren! ¡Tren!". Venía desde la puerta de la cámara y, en mi sueño, me daba vuelta y veía un rostro muy hermoso, con dos ojos enormes, admirables. " ¡Un ángel!" susurraba para mis adentros; entonces supe que me había equivocado y que era el rostro de la amada de Trenhern. La había visto sólo una vez, justo antes de que se embarcara. Mis ojos fueron de ella hacia Trenhern. Había dejado el revólver sobre la mesa y ahora ella tendía los brazos hacia él. La oí murmurar " ¡Ven!" y después Trenhern estuvo a su lado. Los brazos de la muchacha lo rodearon y después, juntos, atravesaron el umbral. Oí los pies de él sobre la escalera y después de eso mi sueño se convirtió en un descanso vacío, sin sueños.

Me despertó un grito terrible, tan espantoso que me pareció despertar más a la muerte que a la vida. Durante tal vez medio minuto estuve sentado entre mis implementos de dormir, inmovilizado por el hielo del miedo, pero no me llegó ningún otro sonido, así que mi sangre volvió a correr por las venas y tendí la mano en busca del revólver. Lo aferré, aparté las mantas y salté al piso. La cámara estaba inundada por una tenue luz grisácea que se filtraba por el tragaluz de arriba. Era apenas suficiente para mostrarme que Trenhern no estaba presente y que el revólver estaba sobre la mesa, en el sitio donde lo había colocado en mi sueño. Ante esto, lo llamé vivamente, pero la única respuesta que obtuve fue el eco vacío y fantasmal de las vacías cabinas circundantes. Después corrí hacia la puerta y luego escaleras arriba hasta la cubierta. Allí, en la brumosa luz del amanecer, miré a lo largo de las cubiertas desnudas, pero no vi a Trenhern por ningún lado. Alcé la voz y grité. Los acantilados torvos, circulares atraparon el nombre y lo hicieron resonar mil veces, hasta que pareció que, desde la penumbra de los alrededores una multitud de demonios gritaba " ¡Trenhern! ¡Trenhern! ¡Trenhern! ¡Trenhern!". Corrí a babor y miré por sobre la borda: ¡Nada! Volé a estribor; mis ojos captaron algo: varios objetos que flotaban a poca distancia de la superficie. Miré con atención y el corazón pareció detenérseme de pronto en el pecho. Estaba contemplando una veintena de rostros pálidos, ultraterrenos, que me devolvían la mirada con ojos tristes. Parecían oscilar y temblar en el agua, pero por lo demás no había movimientos. Debo de haberme quedado así durante muchos minutos porque, bruscamente, oí un sonido de remos y después se deslizó alrededor de la popa el bote del yate'

-Hacia la proa, vamos -oí gritar a Williams-. ¡Aquí estamos, señor!

El bote rozó el costado.

-Cómo la han... -empezó Williams, pero me pareció haber visto algo que se me acercaba por cubierta, lancé un grito y salté hacia el bote., Aterricé sobre uno de los bancos.

- ¡Apártenlo! ¡Apártenlo! -aullé y tomé uno de los remos para ayudar.

- ¿Y el señor Trenhern, señor? -interpuso Williams.

- ¡Está muerto! -grité-. ¡Apártenlo! ¡Apártenlo!

Y los hombres, contagiados por mi miedo, remaron hasta que en pocos instantes estábamos -a veinte metros de la nave. Allí hubo una pausa.

- ¡Llévelo mar afuera, Williams! -grité, frenético por la cosa con la que me había encontrado-. ¡Llévelo mar afuera!

Y ante estas palabras, Williams dirigió el bote hacia el pasaje que comunicaba con el mar. Esto nos hizo pasar cerca de la popa del barco naufragado y mientras pasábamos por debajo alcé la cabeza hacia la masa sobresaliente. Cuando lo hice, un rostro difuso, bello se asomó sobre el remate de la proa y me miró con grandes ojos apenados. Tendió los brazos hacia mí y grité con fuerza porque las manos eran como las garras de un animal salvaje.

Mientras me desmayaba, la voz de Williams me llegó en un bramido ronco de puro terror. Les gritaba a los tripulantes:

-¡Remen! ¡Remen! ¡Remen!