Fue a la hora de las brujas, en lo más negro ya de la noche, cuando
Ichabod, con su cresta de gallo orgulloso ahora caída, meditabundo y con mucho
dolor en su amargado corazón, tomó el camino de vuelta por las laderas de los
cerros desde los que se dominaba Tarry Town...
Aquellos lugares que de manera
tan distinta había contemplado, y con el ánimo no menos distinto, pocas horas
antes, cuando aún el día era hermoso. La noche, ahora, se mostraba tan triste
como él; acaso, igual de dolorida.
Abajo y a lo lejos, el Tappan Zee,
profundamente negro, albergaba una luz que en la lejanía se mostraba siniestra,
la lámpara que se mecía en el mástil de una embarcación pequeña allí anclada, a
merced del vaivén moroso de las aguas. Puede que fuese aquella pequeña embarcación
que había contemplado con deleite por la tarde, pero ahora le pareció
totalmente distinta, incluso infame.
A las doce de la noche, en aquel aterrador
silencio que todo lo presidía, oyó el maestro poco después el ladrido largo y
agudo, pero muy débil, como lastimero, de un perro guardián; lo sintió tan
lejos que se dijo que ni los perros querrían ya acercarse a él. También le
parecía sentir, de tarde en tarde, el canto de un gallo, pero lo tenía por un
simple eco como escapado de sus sueños; o como llegado de una granja en la que
nadie querría ya darle alojamiento ni comida.
Por donde pasaba nada vivo se
veía, ni se percibía; acaso, únicamente, el canto monocorde y melancólico de
los grillos, el croar impertinente de una rana de las ciénagas, quejumbrosa,
como si no pudiera dormir bien en aquella tan propicia humedad o como si la
hubiese despertado él mismo al pasar por allí con su caballo.
Todas las historias de aparecidos, de muertos y de fantasmas, que
había oído contar aquella noche, comenzaron a agitarse entonces en su cabeza,
cual si se le hubiera metido un torbellino en ella... La noche, encima, era
cada vez más negra, según se adentraba en el bosque; las estrellas del cielo
parecían haberse clavado en la bóveda celeste como sin brillo, ocultas a cada
poco por algunas nubes que pasaban.
Jamás se había sentido el bueno de Ichabod ni tan solo ni tan desgraciado
como aquella noche; llegaba ya a uno de esos puntos tenidos por malditos en
todas las leyendas de la región, un lugar, al parecer, favorito de los
espectros, cuando de pronto se topó con un árbol enorme, un tulipero que se
alzaba por encima de todos los demás, como un mojón gigantesco animado por la
savia; un mojón tan poderoso de ramas como otros árboles lo son de tronco...
Aquellas ramas del tulipero ofrecían, en su retorcimientos, figuras tan
fantásticas como incontables que tocaban el suelo para remontarse después hasta
el aire; era el árbol, por cierto, en el que cayó cautivo de los seres de la
noche, según la leyenda, el pobre y malogrado mayor André, que así, perdiendo
allí la vida, le dio nombre, al punto de que todos en la región se referían a
él como el árbol del mayor André.
Las gentes del lugar, cuando lo mentaban, lo
hacían con una mezcla de temor y de reverencia supersticiosa, y acto seguido se
lamentaban de la suerte trágica del mayor, un héroe desventurado, como si con
su evocación cariñosa quisieran espantarlo para que no se les apareciera entre
lamentos y gritos desgarradores.
Cuando más se iba aproximando Ichabod a tan terrorífico árbol, y para
quitarse de encima el miedo, comenzó a silbar inopinadamente... Mas oyó
entonces que era respondido con un silbido idéntico... Se dijo, empero, que no
era más que una ráfaga de viento súbito que le llegó a través de las retorcidas
ramas del tulipero...
No obstante, cuando ya estuvo prácticamente bajo el
árbol, dejó de silbar y detuvo su cabalgadura. Algo informe, de lo que sólo
percibía un color blanco, pendía de una de las fuertes ramas; urgió de nuevo a
su caballo, para acercarse, y comprobó entonces que no colgaba de rama alguna cualquier cosa, sino que el tronco mostraba una herida en
su corteza, como si hubiera sido alcanzada por un rayo.
No tuvo apenas tiempo
de respirar en paz, sin embargo, pues al punto escuchó un gemido largo y
sentido... Se puso a temblar; apenas podía controlar ahora la mandíbula y sus
piernas; así y todo, armándose de valor de nuevo, siguió un poco más allá, y
otra vez aliviado comprobó que aquello no había sido más que el sonido hecho
por dos ramas que se rozaban a merced de la brisa... Salió Ichabod de los
dominios del árbol, pues, pero no había escapado con ello al peligro que se
cernía sobre él.
A unas doscientas yardas del árbol cruzaba el camino un arroyuelo que
se precipitaba hacia una zona de légamos conocida como el pantano de Wiley.
Para cruzarlo, unos troncos hábilmente dispuestos ofrecían el paso propio de un
puente, y del lado de la corriente del arroyuelo varios castaños y robles, por
cuyos troncos trepaba la hierba, se cerraban como una bóveda sobre aquel paso
tan improvisado como eficaz.
Algo en su interior, entonces, le hizo sentir una
cierta aprensión, como si unos pasos más allá no hubiese otra cosa que una
gruta oscura y sin salida... Atravesar aquello, pues, le supondría la prueba
más difícil de superar.
Sabía bien el maestro, además, que fue entre aquellos
árboles, robles y castaños, donde se escondieron los soldados que, más allá de
la leyenda, tendieron la emboscada al mayor André; eso, y la leyenda en sí
misma, hicieron que el puente fuera tenido por todos como un lugar maldito, que
sólo debía cruzarse de noche y en compañía... Y él iba solo... Ahora comprendía
bien el terror de sus alumnos cuando, con la oscuridad de los días de invierno,
tenían que atravesarlo para regresar a sus casas una vez concluidas las
lecciones.
Cuanto más se aproximaba su montura al riachuelo, más fuerte le latía
en el pecho el corazón a Ichabod, como si le fuera a hacer saltar las
costillas. Pero, respirando hondo, haciendo acopio de todo el valor y de toda
la fuerza de voluntad que hubo de requerirse para no dar marcha atrás, fustigó
violentamente a su caballo, le clavó los tacones de sus botas en los ijares, en
la esperanza de que el penco saliese casi de estampida para cruzar aquello
cuanto antes, pero el mal bicho que era aquel caballo, resabiado e indolente,
no hizo más que un violento escorzo hacia su derecha, para que su jinete se
golpeara de manera brutal contra un árbol...
El maestro, ahora tan enfadado
como preso del pánico, y que a cada segundo que pasaba en aquel lugar sentía
aún más miedo, tiró de las riendas, sin embargo, hacia el lado contrario, para
herir en los belfos al caballo con el bocado y obligarlo así a seguir el rumbo
que quería...
Más fue inútil; el penco se echó a galope, sí, pero no para cruzar lo que su jinete le indicaba, sino para
tirarse de costado, violentamente, como si hubiera sido abatido por un
disparo, contra unas zarzas repletas de espinas que había a la izquierda del
camino.
Aún maltrecho, se levantó Ichabod, volvió a montar y castigó con una
dureza inimaginable al bruto, sacudiéndole con la fusta aún más fuerte que
antes y clavándole los tacones de sus botas en los ijares con auténtica saña...
El viejo Pólvora relinchó, se puso de manos y salió otra vez a galope... Mas
justo cuando llegaba a la embocadura del puente se paró en seco, como las
mulas...
A punto estuvo de salir lanzado el maestro por encima de las orejas
del penco, y si no lo hizo fue porque se agarró con fuerza al cuello de la
bestia malvada... Iba a castigarlo de nuevo con otra ración de fustazos, pero
entonces percibió unas pisadas en el agua... Al tétrico amparo ofrecido por la
bóveda de los árboles apenas vio una sombra informe, erguida, alargada y ancha,
quieta, como abrigada en la oscuridad cual fiera dispuesta a lanzarse sobre el
viajero que osara entrar en sus dominios.
El vello del pobre pedagogo se erizaba a
impulsos del terror que lo embargaba. ¿Qué podía hacer o decir? Era demasiado
tarde para girar la grupa de su caballo y escapar por donde había venido;
además, podía tratarse de un espectro, de un fantasma, de un espíritu, seres
del aire capaces de atravesarlo incluso de cara al viento.
Así que, haciendo
acopio de los últimos rescoldos de valor y de cordura que ardían en su pecho y
en su cabeza, y a despecho de su voz en un hilo, escuchó no sin sorpresa que de
su boca salía una pregunta: «Quién eres?» Como la sombra no respondiera repitió
la pregunta. Y tampoco obtuvo respuesta. Así que no le quedó otra que atizar
con la fusta de nuevo al maldito Pólvora, clavándole con saña los tacones una
vez más, cantar con voz temblorosa y en un puro grito uno de sus salmos y
galopar por donde había llegado...
Mas justo entonces la sombra se interpuso en
su camino, abandonando su anterior escondite, para cerrarle el paso. Ahora, a
corta distancia, podía distinguir mejor la sombra, que adquiría forma: a pesar
de la lobreguez de la noche vio a un jinete corpulento que montaba un altísimo
y muy fuerte caballo negro.
No parecía ni molesto ni amigable. Ichabod, no
obstante, hizo que su caballo siguiera, al paso ahora, y cuando llegó a su
altura el jinete se apartó, lo dejó pasar, y luego siguió junto al maestro,
situando su caballo del lado por el que no veía su penco, que ahora parecía
tranquilo y manso, manejable.
Concluyó Ichabod su salmo y se decidió entonces
a mirar a su nocturno compañero, a pesar del miedo, recordando de golpe
aquella aventura de la apuesta que narrara Brom el Huesos... Eso fue lo que le
hizo fustigar de nuevo a su penco, en la esperanza de dejar atrás al
fantasma... Mas picó espuelas el jinete maldito para alcanzarlo de nuevo, sin
mayor esfuerzo de su montura.
Al maestro no se le ocurrió otra cosa que tirar
atrás de las bridas, para hacer más lento el paso de su jamelgo. Pero el jinete
hizo lo mismo. A Ichabod le latía entonces el corazón de manera que casi se le
oía, más aún que el retumbar de los cascos de los caballos en el silencio de la
noche.
Se puso a cantar otro salmo, que ahora, empero, no le salió; tenía la
boca seca por el pánico, la lengua se le pegaba al paladar y no le salían ni
una nota, ni una palabra de la primera estrofa... Su compañero nocturno parecía
obstinado en su silencio, algo que aún le resultaba más temible al maestro.
Pronto, empero, sabría el porqué.
Descendían ambos, emparejadas sus monturas, por la
ladera de una leve colina, en la claridad que auspiciaba el fondo del
firmamento y la ausencia en aquella zona de bosque, cuando se percató, aun
mirándole de reojo, de que aquel ser era aún más corpulento de lo que ya de por
sí le había parecido antes; y que no tenía cabeza, lo que hará comprender a
cualquiera la clase de pánico que, sobre los ya padecidos, embargó ahora al
pobre pedagogo...
Mucho más, ni habría que decirlo, cuando comprobó cómo el
jinete apoyaba su propia cabeza, que llevaba hasta entonces bajo un brazo, en
el arzón de la silla de su caballo. Mil escalofríos, como latigazos, sacudieron
de arriba abajo el cuerpo de Ichabod, empavorecido. No pudo pensar nada, ni
considerar por más tiempo su situación; comenzó a pegar a su caballo con manos
y pies...
Pólvora, al menos, obedeció esta vez, lanzándose a galope tendido...
Pero fue en vano, porque de inmediato tuvo de nuevo a su altura al jinete sin
cabeza; galopaban en una enloquecida carrera, sacando chispas de las piedras
los cascos de sus caballos; inclinado sobre el cuello de su penco, Ichabod
sentía que su traje flotaba en el aire, lo que le complacía pues le daba la
sensación de que podría dejar atrás al fantasma...
Pero llegaron juntos hasta
el cruce de caminos en el que se tomaba el que conducía hasta Sleepy Hollow;
entonces, Pólvora, que parecía poseído por un demonio, cambió inopinadamente de
rumbo, y en vez de girar a la derecha, como procedía, se tiró en su loca
carrera por la cuesta de un sendero arenoso que llevaba desde
los árboles al puente, ese otro puente famoso de las historias de aparecidos,
el grande que lleva a la colina frondosa en la que se alzan la iglesia encalada
que tiene a su vera el camposanto.
Hasta ese preciso momento, el pánico que
también sentía el pobre penco parecía otorgarle cierta ventaja sobre el
fantasma, aun cuando, desde luego, no fuera tan buen jinete como el
decapitado... Pero cuando llevaba recorrida no más de la mitad del sendero,
sintió que se le aflojaban las cinchas de la silla de montar y algo así como
si su penco se le escurriera entre las piernas.
Trató de equilibrarse y de asir
la silla de montar con las piernas, para que no se le fuera, pero nada; se
salvó de una terrible caída, y del consiguiente batacazo, aferrándose con todas
sus fuerzas al cuello y a las crines del penco, mientras su silla caía irremediablemente
al suelo y era pisoteada, lo oyó perfectamente, por los cascos del caballo del
fantasma que estaba a punto de darle alcance.
Así y todo, pensó en la ira de
Hans Van Ripper cuando le contara que había destrozado su silla de montar
preferida, la que solía poner los domingos a su montura... Pero fue sólo un
instante; lo que sufría ahora era insuperable; los enfados de Van Ripper
resultaban una tontería comparado con aquello...
Sentía cada vez más cercano al
fantasma; Ichabod, que no era precisamente un jinete indio, iba peor que mal
montando a pelo y a todo galope, y a punto estaba de caerse por un lado, cuando
lograba rehacerse y a punto estaba de caer por el otro lado; además, golpeaban
tan brutalmente sus nalgas contra los huesos del penco, que le parecía
inminente el batacazo; al menos así, se decía, si se tronchaba el cuello
acabaría de una vez por todas aquella pesadilla...
Un claro entre los árboles le hizo cobrar mayor
confianza, sin embargo, y ansió embocar el puente que conducía a la iglesia
cuanto antes, ya que era aquél el camino que había tomado inopinadamente su
caballo. La luz de la luna, que caía trémula sobre las aguas, le hizo saber que
no erraba en sus pronósticos.
Vio casi acto seguido el encalado de la iglesia,
que refulgía en la oscuridad a través de los árboles; recordar que allí, en el
puente, se había esfumado el fantasma cuando compitió contra Brom el Huesos,
le hizo sentir alivio. «Si llego en cabeza al puente estaré a salvo», pensó; y
justo en ese momento oyó a sus espaldas el resoplido del caballo del fantasma,
un caballo igualmente fantasmagórico, que casi le quemaba; volvió a fustigar al
viejo Pólvora y cruzó en cabeza el puente, levantando un estrépito de tablas
bajo su galope.
Ya del otro lado, no pudo evitar volverse con la esperanza de
que, al igual que en el relato del fanfarrón, y cual parecía norma en los
fantasmas, se hubiera hecho una llamarada de fuego su perseguidor, esfumándose
de inmediato... Pero lo que vio, empero, fue mucho más aterrador; se irguió el
jinete en su montura sobre los estribos, tomó su cabeza con una mano y la lanzó
con fuerza hacia Ichabod, que no pudo esquivar tan espantoso proyectil... La
cabeza del fantasma se estrelló contra la suya con un sonido de piedras que se
entrechocaran... Cayó a tierra; Pólvora, el jinete decapitado y su caballo
negro pasaron por encima de aquel cuerpo yaciente como una simple brisa.
A la mañana siguiente el malencarado Van Ripper
encontró su viejo caballo a las puertas de su casa, sin montura, claro, y
arrastrando la brida... El pobre penco, sabio a fin de cuentas, saciaba su
hambre y trataba de olvidarse de la noche anterior arrancando a mordiscos
puñados de hierba.
Ichabod, por el contrario, no hizo acto de presencia, a
pesar de que era la hora del desayuno. Llegó la hora del almuerzo, y por muy
raro que le pareciera al granjero, tampoco apareció. Sin él en la escuela, los
alumnos pasaban el rato junto al riachuelo; nadie sabía nada acerca de su
maestro...
Comenzó a temer Van Ripper, ya avanzada la
tarde, que algo malo le hubiera ocurrido; además albergaba aún la esperanza de
que, con la aparición de Ichabod, lo hiciera también su silla de montar. Varias
averiguaciones dieron pronto su fruto... Encontraron sus huellas, y a un lado
del camino, aunque enterrada casi por completo en el suelo arenoso y un tanto
destrozada, hallaron también la silla de montar del viejo holandés.
Las huellas
conducían hasta el puente; desde allí vieron flotar el sombrero del infortunado
Ichabod en la parte donde las aguas eran más negras y profundas; no muy lejos,
cerca de la orilla, vieron también una calabaza partida.
Pronto se organizó una partida para rastrear el
curso del riachuelo, pero fue en vano; nadie albergó al final duda alguna sobre
lo que más evidente era, esto es, que Ichabod no estaba por allí, ni vivo ni
muerto.
Luego, Hans Van Ripper, que se instituyó en una especie de albacea testamentario
del maestro, examinó sus pertenencias... Apenas nada; dos camisas y otra medio
rota; un par de corbatas de lazo, dos pares, o acaso sólo uno, de medias, unos
viejos pantalones de pana, una navaja mohosa, un libro de salmos con gran
cantidad de marcas en cada página, un diapasón roto...
Los libros y el
mobiliario de la escuela, por otra parte, pertenecían
a la comunidad, salvo la Historia de la brujería, de Cotton
Mather, y un Almanaque de Nueva Inglaterra, además de un volumen que
trataba de los oráculos y otro sobre los sueños... Entre las páginas del libro
sobre los sueños había una hoja de papel llena de tachaduras y borrones de
tinta, el resultado de un intento que hiciera el pobre maestro por dedicar unos
sentidos versos a la joven heredera de los Van Tassel.
Aquellos libros tan
mágicos y el poema frustrado fueron a parar al fuego, de la mano del propio Van
Ripper, quien decidió en el preciso instante de arrojarlos a las llamas, y
después de haberles echado un vistazo somero, que sus hijos jamás volverían a
pisar una escuela, harto convencido como lo estaba de que nada bueno podía
obtenerse de la lectura ni de la escritura... Por lo demás, se dijo el
granjero, parecía evidente que si Ichabod tenía ahorrado algún dinero, al
margen del que había recibido un par de días atrás como paga por su trabajo,
había desaparecido con él mismo.
El caso de la desaparición del maestro fue la comidilla de todos en la
iglesia, el domingo siguiente. Grupos de chismosos, aquí y allá, en el jardín
de la iglesia y hasta entre las tumbas del camposanto, hablaban largamente de
ello, especulando sobre mil posibilidades a cual más descabellada; después,
como de paseo, y sin dejar de hablar del caso, cruzaron el puente y caminaron
por la orilla, deteniéndose especialmente en los puntos donde se hallaron el
sombrero del maestro y la calabaza partida.
Las historias de Brouwer, de Brom
el Huesos, y muchas otras más, dieron mucho que pensar y opinar a todo el
mundo... Así que, después de sopesar estas y aquellas posibilidades, mientras
fumaban plácidamente sus pipas de aromático tabaco, los hombres de Sleepy
Hollow concluyeron que la única solución al enigma la ofrecía el hecho
inequívoco de que el pobre maestro había sido raptado por el fantasma del
jinete sin cabeza.
Como Ichabod era soltero y no tenía deudas, la gente dejó de
pensar en él y en su desaparición muy pronto, no tenían por qué estrujarse por
más tiempo la sesera... Se habilitó otra casa como escuela y pronto hubo en el
pueblo un nuevo maestro.
Es verdad, en cualquier caso, que un viejo granjero que ha estado
recientemente en Nueva York, ahora que han transcurrido ya unos cuantos años
desde que desapareció Ichabod Crane, añade nuevos elementos de misterio a la
historia, lo que sin duda encantará a todos en Sleepy Hollow, pues cuenta que
Ichabod Crane sigue vivo.
Asegura que huyó del valle por miedo a una nueva
aparición del fantasma y también por el dolor que le causó el rechazo de la
hija de Van Tassel. Dice también que vive en un lugar muy apartado, donde poco después de su llegada siguió ejerciendo la
docencia mientras estudiaba leyes, lo que le facultó para desempeñarse como
abogado y entrar con éxito en política, apareciendo en los periódicos varias
veces cuando se presentó en una candidatura...
Dice también este hombre que no
hace mucho ha sido nombrado juez del Ten Pound Court. En lo que a Brom el Huesos respecta, sólo cabe decir que, poco
después de la desaparición de quien fuera su rival en amores, condujo
triunfante a la bella Katrina al altar... Y como no podía ser de otra manera,
cada vez que Brom el Huesos oía decir algo sobre la calabaza partida que se
halló en el río, un poco más allá de donde flotaba el sombrero del maestro, se
moría de risa...
Eso hizo pensar a más de uno que a buen seguro sabía bastante
más de lo que decía sobre la desaparición de Ichabod, pero no creo digna de ser
tenida en cuenta tal opinión, pues según las viejas comadres de Sleepy Hollow,
tan sabias ellas para emitir juicios sobre asuntos así de escabrosos, Ichabod
fue apartado de este mundo por medios perfectamente sobrenaturales.
Como era de esperar, tan abracadabrante suceso se ha convertido ya en
una de las historias favoritas de las gentes de la región, que lo narran en las
noches de invierno al calor de la lumbre. El puente maldito, así las cosas, se
ha convertido en uno de los lugares que más cuidadosamente evitan quienes en
este valle moran, presos de un terror supersticioso a tan inocente lugar...
Acaso tal sea la razón de que hace unos pocos años se decidiera desviar el
camino que llevaba a la iglesia, y que hacía obligatorio el paso por el
puente, por la orilla de la presa del molino.
La que fue escuela en donde
impartió sus enseñanzas Ichabod Crane no es más que una casa en ruinas
lamentables; quienes se atreven a pasar relativamente cerca de sus paredes
desconchadas y húmedas de moho, lo hacen con bastante aprensión, despacio para
no pisar fuerte, pues cuentan que allí vive, nada menos, el fantasma del pobre
Ichabod.
Los mozos que labran la tierra, por su parte, cuando regresan agotados
a sus casas, tras una larga y dura jornada,
sobre todo en el verano, cuando empieza a anochecer, aseguran que se oye en la
lejanía la voz de quien fuera el maestro de Sleepy Hollow entonando uno de sus
salmos tan melancólicamente que se les parte el corazón de pena.
POST SCRIPTUM
Por. Mr. Knickerbocker, de su puño y letra
La historia precedente va escrita, en su mayor
parte, con las mismas palabras que escuché en una reunión celebrada en el
Ayuntamiento de la antañona ciudad de Manhattoes, lleno aquel día de muchas y muy importantes gentes
del lugar.
El narrador de la historia era un
anciano venerable y de trato exquisito, todo un caballero a pesar de su raído
traje que a primera vista hacía que se le tomara por un pordiosero.
Tenía aquel hombre un rostro en el que eran
perceptibles, a la vez, la tristeza y una cierta jovialidad, lo que hacía
pensar inevitablemente en que hacía muchos esfuerzos para desviar nuestra
atención de sus trazas más que menesterosas.
En cuanto concluyó su narración, estallaron los
presentes en risas, si no en carcajadas, sobre todo un par de concejales que
allí había, hombres un tanto groseros, por lo demás, de esos que suelen dormir
durante las sesiones del Ayuntamiento... No obstante, había también entre la
concurrencia otro anciano, alto, seco, adusto, de pobladas cejas, que miraba a
todos con bastante severidad, incluso con desprecio.
Con las manos sobre la
mesa unas veces, y cruzado de brazos otras, inclinaba a menudo la cabeza y parecía
preocupado, como si una espantosa carga lo abrumase. Era uno de esos caballeros
de edad, circunspectos y severos, que sólo ríen cuando de veras tienen motivos
para hacerlo. O cuando la ley se les muestra favorable tras una dura querella.
Una vez cesaron las risas destempladas de los
demás y se hizo de nuevo el silencio en la sala, apoyó un brazo en el
reposabrazos del sillón, se puso el otro a la cadera, preguntó alzando las
cejas elocuentemente, como en sorpresa burlona, cuál era la moraleja de aquella
historia y qué se pretendía demostrar a través de la misma.
Entonces, el
narrador, que justo en ese preciso momento bebía un buen vaso de vino para
refrescarse la garganta y los labios, secos por la vehemencia de que hizo gala
al contar la historia, se quedó con el vaso a medio camino unos segundos, miró
a quien lo interpelaba tan sarcásticamente, aunque con un aire, sin embargo, de
bondad y hasta de gran deferencia e incluso aceptación de sus palabras,
depositó después el vaso en la mesa, lentamente, mientras tomaba aire, y
observó que la historia, atendiendo a la más inequívoca lógica de los propios
hechos, no pretendía más que demostrar lo que a continuación se expone:
«Que no hay situación en la vida de la que no
se pueda extraer ventaja, e incluso obtener placer, siempre y cuando sepamos
aprovecharnos de ella.
»Que, en lógica consecuencia, pues, quien se
atreva a echar una carrera a un jinete muerto, tendrá muchas posibilidades de
sufrir un accidente.
»Ergo, si un maestro de escuela pueblerina
resulta rotundamente rechazado por una joven y hermosa holandesa a la que
pretende, de inmediato obtendrá dicho maestro el beneficio de una buena carrera
profesional en la abogacía y hasta en la política».
El caballero de las pobladas cejas frunció y
alzó éstas una y otra vez, sorprendido por tan apabullante silogismo; mientras,
el viejecito del traje raído le contemplaba, o eso me pareció, con un inmenso y
no menor sarcástico aire de triunfo.
El adusto caballero, al fin, no tuvo sino
que reconocer que todo aquello estaba muy bien, que el argumento había sido
bien defendido, aunque mostró una leve objeción: en cualquier caso, tal
historia, para su gusto y para sus entendederas, resultaba un tanto extravagante,
añadiendo que, encima, le habían quedado sin aclaración un par de puntos.
«Le aseguro, caballero, que ni yo mismo me creo
la mitad de ese cuento», le respondió entonces el narrador.