¡He vivido este último año elevado a los
máximos techos de la emoción, la pasión, el riesgo, la locura y el terror!
Ahora que he llegado al final, cuando se me
obliga a descender al terreno de los simples mortales, advierto que la frialdad
de ánimo propia del ser superior en el que me he convertido, me lleva a mojar
la pluma en el tintero con una violencia inevitable, a la vez que la página de
mi libreta de anotaciones me parece un oído enorme, el más objetivo, que
recogerá de una forma permanente mi protesta frente a la social incomprensión
de este miserable 1875, en el que Inglaterra, mi país de origen –¡pero nunca el
de mis sentimientos!– se ve gobernado por la megalomanía de una mujer, la reina
Victoria, y por el intelectualismo capitalista de un judío, Benjamín
Disraeli...
Acepto que he de dar por finalizado mi ciclo
vital, mi desafío a la moral establecida por los cobardes, cuando sólo cuento
treinta y cuatro años. ¡Pero nadie conseguirá arrebatarme el privilegio de
haber conseguido vivir hermanado con el máximo riesgo, gracias a mi ambición de
querer probar que el hombre puede llegar a igualarse con los dioses cuando es
capaz, de superar sus propias debilidades!
Luego de esta necesaria introducción,
conviene también que deje muy patente que mi amor por Sheebae nació del pánico.
Hace diecisiete meses, veintiocho días y
cinco horas, aproximadamente, yo me encontraba en un calvero africano, donde
presencié, sumido en un éxtasis provocado por el miedo más ancestral, la
victoria de Sheebae sobre un joven león que debió cometer el error de echarse a dormir
lejos de la manada...
¡Con qué dominio y seguridad de su cuerpo de
ocho metros de longitud formó los tres anillos que trituraron la resistencia
del felino desesperado! ¡Con qué ceremonial parsimonia se lo fue tragando hasta
llegar al final del corto rabo desprovisto de pelos!
Los temblores que acusé al superar la
parálisis a la que me había visto sometido durante un tiempo que fui incapaz de
precisar –semanas después, gracias a mis estudios sobre el comportamiento de la
especie de Python
sebae, a la cual pertenece Sheebae como su representante
más espléndido, pude calcular que casi todos mis sentidos habían sufrido un
agarrotamiento que duró unas dos horas–, unido a la recuperación de la visión
consciente, me permitieron comprender que debía escapar de allí, lo más rápidamente
posible. ¡Porque no quería ser devorado de aquella infernal manera!
Mi humanidad física logró alejarse de la
gigantesca serpiente, pero no ocurrió lo mismo con mi todo interno. Y es que el
recuerdo de la anulación de mis defensas, hasta quedar convertido en un amasijo
de carne paralizado por el pánico, me transformó de una forma definitiva.
Como
siempre me había considerado un hombre valiente, dueño de una inteligencia
capaz de enfrentarse y superar cualquier peligro del mundo, el tropiezo
inesperado con «la magnificación del poder» sirvió para descubrirme mi gran
equivocación.
Durante muchos días únicamente pensé en que podía haber sido
devorado igual que el joven león: los dientes largos y curvados clavándose en
mi cuerpo, el abrazo múltiple y aplastante, el chasquido de mis costillas y mis
pulmones reventados; y cuando la muerte me hubiese privado de la visión, la
dilatación exagerada, inverosímil, de la cabeza de Sheebae, dispuesta a tragarse
la mía en el momento que su piel le transmitiese que mi corazón ya había dejado
de latir...
¡La magnificación del poder!
Ésta es la valoración que merecía la forma de
caza de la pitón, de esa criatura terrible y mayestática que se adueñó de mis
noches, hasta que, una vez regresé a Londres, me dejé envolver por el reto de
pánico que se me había inoculado, igual que una droga de hábito fulminante, en
aquel calvero africano favorecido por el sol y por la lujuria de la salvaje
naturaleza.
Como dispongo del suficiente dinero y tiempo
para conquistar hasta la más cara de mis ambiciones, me entregué a una
exhaustiva investigación sobre el comportamiento, el habitáculo y la
supervivencia de la
Python sebae. Después, cuando estimé que disponía de
la necesaria información, acondicioné los sótanos de mi mansión, con el fin de
que reprodujese lo más exactamente posible el entorno natural en el que vive y
caza la reina de las serpientes.
Para esta labor debí recurrir a varios
especialistas, a todos los cuales me cuidé de hacerles creer que mis
pretensiones se ceñían a las del zoólogo que se conforma con estudiar,
alimentar y mantener con vida a un solo animal. De esta forma fui superando
todas las dificultades, especialmente las de conseguir la misma temperatura y
humedad de las selvas africanas.
¡Cómo agradecí los amplios conocimientos
técnicos y científicos que he podido acumular desde la niñez gracias a mi
curiosidad insaciable!
Este saber me ha permitido cuidar de todos
los árboles, palmeras y plantas que llenan las tres grandes estancias que he
dedicado a Sheebae, la reina de las serpientes.
Sin embargo, la máxima dificultad se me
presentó al adquirir la seguridad de que me hallaba en las idóneas condiciones
para volver a África, con el fin de capturar, sin dañarla, a mi admirada pitón.
Me entrevisté con varios cazadores
profesionales, que trabajaban para los zoológicos más importantes de Europa y
de los Estados Unidos de América. Pero ninguno me convenció, debido a que eran
demasiado amigos de la legalidad: registros de entrada y salida del «animal
capturado» en los distintos países por los que pasáramos, cuarentenas
obligatorias, inspección oficial del habitáculo artificial que yo había
instalado, sometimiento a no sé cuantos procesos de sanidad, etc.
Cuando ya empezaba a creer que soñaba con un
imposible, fui a tropezarme con Alastair Chubb, el dueño del «espectáculo más
fiero y salvaje del mundo». La habilidad de éste para aceptar o pagar sobornos,
la petulancia de su conversación y la seguridad extravertida de su cinismo me
dijeron que él era la persona que estaba buscando.
–O sea que usted desea una pitón seba –comentó tras una pinta de cerveza negra, humedecidos los bigotes y
utilizando sus ojos porcinos como máquina registradora de las libras que iba a
sacarme–. Le diré que yo he tenido una en mi espectáculo, pero debí
sacrificarla.
–¿Cómo es posible?–pregunté sorprendido, pero
sin notar que mi obsesión hubiera decrecido ni un ápice.
–Se pasaba todo el tiempo dormida durante los
días, y hasta las semanas, que duraba su digestión interminable. ¡Con una
gruesa manguera de goma pintada hubiera conseguido el mismo efecto en el
público! Claro que sus razones seguramente han de ser muy opuestas a las mías,
mister Crowley. Yo pretendía ofrecer una atracción salvaje, feroz, mientras que
usted...
–Me mueve un interés científico –contesté
rápidamente, procurando que no le pareciesen desmedidas mis verdaderas
intenciones, ya que esto hubiese incrementado su ambición.
–Ya lo entiendo. Usted es un apasionado de la
ciencia. Como tiene algo en la cabeza que pretende comprobar lo antes posible,
no desea ver obstaculizados sus deseos por culpa de las burocracias aduaneras y
sanitarias de nuestra «reglamentada» Gran Bretaña.
–En efecto, míster Chubb. ¿Cuándo saldremos
de viaje y qué me costará su colaboración?
–¡Me gusta hacer tratos con personas tan
prácticas y directas como usted, amigo mío! Concédame ocho días para contratar
el barco, reclutar a los hombres y comprar todo el equipo necesario. Respecto
al precio total... ¿Qué le parecen dos mil cuatrocientas libras pagadas antes
de salir de Londres?
–Serán tres mil libras, que dejaré a su
nombre en un banco para que usted las cobre cuando hayamos regresado con éxito
del viaje. A lo que no me negaré es a entregarle una primera suma a cuenta
ahora mismo, que deduciré del importe total, míster Chubb.
–Ya veo que es usted un hombre desconfiado...
–Sólo prudente, «amigo mío».
Después de esta entrevista, pocas veces se
nos presentó la ocasión de volver a mantener una charla tan larga en las nueve
semanas que estuvimos respirando el mismo aire infecto y comiendo idénticas
provisiones.
Cada uno sabía lo que esperaba del otro: él se limitó a actuar con
una gran eficacia, y yo me mantuve a la espera, sin entorpecer para nada todo
el desarrollo de la rutina de un largo viaje y de una expedición bastante
fatigosa.
Las primeras dificultades se presentaron
cuando indiqué imperiosamente en un mapa el lugar donde se encontraba el
calvero, y ordené que se diera caza a Sheebae, a la que describí con todo detalle,
llegando hasta el extremo de dibujarla con una fidelidad que sólo hubiera
superado la fotografía.
–Me parece que su interés es algo más que
científico, míster Crowley –murmuró el astuto canalla al comprobar mi
obstinación–. Yo me atrevería a calificarlo de morbosa sugestión. ¿Cuándo vio
usted a esa pitón tan peculiar?
–¡Creo que no es el momento de hacerle oír
una información que considero inútil! ¡En el caso de que lo estimase necesario,
podría aumentar la factura de sus gastos, míster Chubb! ¡Pero nada más que
quiero a Sheebae, y no me conformaré con ninguna otra serpiente!
–De acuerdo, míster Crowley. Usted es el que
manda. Confiemos en que el «animalito» continúe con vida...
Dejó la frase sin concluir, cargada con una
ironía preñada de amenazas. En el acto se dispuso a seleccionar los ojeadores
que debían localizar a la reina de las serpientes.
Tres días más tarde, apareció en mi tienda
con el brillo de la codicia destilando en sus ojos, lo que pasé por alto ante
la evidencia de que sus noticias iban a ser de lo más prometedoras:
–¡Ya la tenemos en nuestras manos, míster
Crowley! Hemos colocado un cebo vivo, como usted nos indicó, y la daremos caza
en el momento que «su animalito» esté haciendo la digestión... Pero, ¿qué le
sucede a usted ahora?
Mi nerviosismo había crecido hasta tales
extremos, que me incorporé apresuradamente dispuesto a conducir personalmente
la captura y el traslado de Sheebae a la jaula especial.
En este empeño me mostré tan celoso, tan
exigente y estricto, que descubrí hasta qué punto me dominaba la obsesión.
Porque, además, al tener en mi poder a la reina de las serpientes, ya no fui
capaz de separarme de su lado. Amaba las tonalidades de su piel, el poderío de
su cabeza durmiente y la dimensión impresionante de sus anillos. Contemplándola
empecé a combatir mi pánico.
De esta forma, en el momento que la vi abrir
los ojos, con todas las furias encerradas en sus diamantes visuales, un
rescoldo de miedo todavía vibró en mis nervios; mientras, una sonrisa de
complicidad me ponía en contacto con aquella criatura irracional a la que
únicamente había conseguido vencer, temporalmente, con la ayuda de otros
hombres y de unas trampas mecánicas.
Pero las cosas hubieran sido muy distintas
de encontrarnos los dos en el mismo entorno natural, y disponiendo de las
únicas armas de la astucia, la habilidad, la inteligencia y la fuerza...
Pero la burlona curiosidad de Alastair Chubb,
siempre al acecho de mi relación con la reina de las serpientes, me llevó al
convencimiento de que debía ocultar mi obsesión si no quería que aquel maldito
me convirtiese en una víctima a la que chantajear en base a «un comportamiento
que nuestra sociedad civilizada no dudaría en tachar de locura».
Recurrí al alcohol y a la morfina para
doblegar los impulsos que me arrastraban a la bodega del barco, en la que se
guardaba, acondicionada escrupulosamente, la jaula de Sheebae.
Algunas veces fui a echarla un vistazo
exhibiendo un sentido del humor fingido, propio de la embriaguez química, con
el que pretendía dar idea de que mi trato con «la bestia» era el propio del
tirano inteligente que es capaz de domesticar a «lo más salvaje».
Pero mi voz
estropajosa y mis torpes palabras sólo servían para desatar las risas de la
tripulación, sin que consiguieran eliminar la codicia del que ya se había
convertido en mi peor enemigo.
* * *
Hace un año exacto que la pitón hermosísima y
despiadada, la magnificación viva del poder irracional, quedó aposentada en el
habitáculo artificial de la vieja mansión de los Crowley, herederos directos
del rey Arthur y dueños de los títulos más nobles de toda la Gran Bretaña.
Y casi por aquellas mismas fechas se produjo
el primer encuentro con el fascinante «espectáculo de la derrota humana»...
¡Cielos Santos...! ¿Puede existir algo más
hermoso? ¡De qué forma tan personal comprendí por qué los antiguos habitantes
de Roma olvidaban la injusticia social y su propia hambre al contemplar los
números espeluznantes que les ofrecía en el circo la sabiduría y la pasión de
los césares!
Había estado esperando la visita de Alastair
Chubb desde el momento que le firmé la autorización para que cobrase el dinero
que yo había ingresado en el banco a su nombre. Apareció en mi despacho más
sonriente que nunca, tan codicioso como en las proximidades del calvero
africano y con una oferta que no me causó ni el menor asombro:
–Su interés por esa pitón me ha venido
quitando el sueño, míster Crowley. Porque estaba seguro de que yo podía darle
una aplicación en mi espectáculo, pero no encontraba la solución. ¡Solución que
ya tengo! –Comprendí que no venía a chantajearme, por eso me gustó la variante
de su ambición, pues le situaba en unas condiciones de inferioridad frente a mi
crueldad; al mismo tiempo, él seguía exponiendo sus propósitos–: El asunto se
basa en comprobar exactamente en qué momento Sheebae va a decidirse a cazar.
Entonces, montaríamos un espectáculo similar al que a usted tanto le fascinó,
pero con un añadido que prolongaría el morbo: dado que la víctima engullida es
adivinable, por sus formas externas, a través de las dilataciones de la piel de
la serpiente, dejaríamos que esta deformación «tan sugerente» desapareciese
lentamente a medida que se fueran cubriendo las distintas fases de la digestión
de «nuestra estrella»...
–¿Dónde encontraría el público interesado en
pagar por ese «numerito»? –pregunté simulando un escepticismo que no podía
sentir.
–En muchos lugares de Londres y de otras
ciudades importantes, míster Crowley. Me refiero a personas cultivadas,
sensibles y aficionadas a los refinamientos más morbosos. Como entenderá,
organizaríamos unas exhibiciones privadas, muy selectivas, a las que asistirían
únicamente aquellos que supieran callar el placer excepcional que les hayamos
ofrecido...
–Por sus palabras, he de entender que da por
hecho que mi respuesta va a ser afirmativa. ¿Cuánto tiempo tardaría yo en
recuperar el dinero invertido y en qué basa usted su derecho a participar en
ese negocio tan fantasioso?
–Estoy dispuesto a aportar mil libras
iniciales, a cuidarme de la selección de los futuros clientes y a repartir el
cincuenta por ciento de los beneficios con usted. ¿Qué le parece?
–Pues, mire... Si he de serle sincero, me
cuesta aceptar cualquier trato referente a Sheebae, cuando no creo haber
podido saber adaptarla al habitáculo que le tenía reservado... ¡Ciertamente me
siento muy preocupado!
–¿Cómo es posible si usted me dijo que había
contado con el asesoramiento de los mejores especialistas? –preguntó el
canalla, introduciendo el torpe hocico de su curiosidad en la carnaza que yo le
estaba ofreciendo con mi hábil mentira.
–Si desea puede verlo usted con sus propios
ojos... Tal vez sus consejos, cuando se haga cargo de la situación a la que me
enfrento, me permitan tomar una decisión irremediable...
–¿A qué se refiere usted, míster Crowley?
–Como ya me anticipó usted hace tiempo, la
ineficacia de una
Python sebae en cautividad resulta tan desesperante
que, sintiéndolo mucho, creo que terminaré viéndome obligado a sacrificarla.
–¡No hable usted así cuando sólo lleva cinco
días manteniéndola en esta mansión! –protestó el feriante, vivamente
interesado.
Se dispuso a acompañarme a los sótanos.
Procuré marchar delante, con pasos indecisos y sin hablar. En cuanto llegamos a
la puerta de gruesa madera y sólidas bisagras y cerraduras, le proporcioné una
escopeta de caza, yo me armé con otra y alcancé el manojo de llaves.
El crujido de la cerradura trepó por el
silencio que nos rodeaba con un eco de largas resonancias; luego, empujé el
alto batiente, para introducirme en la selva artificial que la ciencia, la
imaginación y mi dinero habían recreado; mientras que detrás, todavía con la
ausencia de sonidos debido a que nuestros pasos quedaban amortiguados entre una
alta maleza, me llegó el susurro de asombro de mi acompañante.
En seguida,
capté las palpitaciones de su miedo, porque nos rodeaban las lianas, los
arbustos, las ramas bajas de los árboles y todos esos lugares que podían servir
de emplazamiento al ataque de nuestra enemiga despiadada. Dejé que
transcurriesen unos gozosos minutos, hasta que me di la vuelta dispuesto a que
él recuperase la confianza con esta pregunta intencionadamente «inocente»:
–Supongo que no pensará usted que he dejado
suelta a la serpiente, ¿verdad, míster Chubb? Ahora vamos armados por simple
precaución, aunque le aseguro que me ofrece una gran confianza la jaula de
vidrio en la que
Sheebae se encuentra encerrada. ¿Qué le parece todo lo
que le rodea?
–¡Sorprendente! ¿Cómo se produce este calor
sofocante y de dónde proviene la humedad de la hierba y de la maleza...?
¿Ehh...? ¡No... NOOO...!
¡¡Allí estaba la reina de las serpientes!!
El estúpido feriante pasó del miedo al
terror, y de la sorpresa moderada al asombro paralizante en unos segundos.
¡Porque acababa de ser apresado por los anillos trituradores de la pitón, que
excepcionalmente no le clavó los curvados puñales de sus dientes!
Por eso se quedó sin habla, sin reacción
física alguna, con los ojos y la boca sometidos a la máxima dilatación,
pudiendo ver pero totalmente indefenso; mientras, la muerte más espeluznante le
aplastaba en un abrazo ineludible, el aire se le reventaba en los pulmones con
el estallido de sus costillas y de sus venas; su estómago y sus intestinos se
vaciaban por todos los orificios de un cuerpo reducido a la enésima parte de su
volumen.
Con la brutal expulsión de su existencia, cuando ya el corazón estaba
paralizado, se produjo el inverosímil agigantamiento de la cabeza y de las
fauces de la hambrienta Sheebae...
¡A qué ritual tan fascinante pude asistir al
contemplar cómo la poderosa máquina viva, perfecta, iba procediendo a tragarse
entero el cadáver del ex codicioso...! ¡Me sentí inundado por una tromba de
reacciones orgásmicas!
Pero, inmóvil y con la escopeta en posición
de disparo, aún tuve lucidez, para comprender que aquellas botas claveteadas no
facilitarían la digestión de «mi amada». Por eso corrí a evitar el mal, sin
pensar que me estaba sometiendo a un riesgo inmenso. Logré descalzar los pies
flojos, balanceantes, cuando las fauces de la pitón gigantesca ya habían
alcanzado la cintura de Alastair Chubb.
Después, retrocedí a mi «platea particular»,
para continuar asistiendo al morboso espectáculo, sintiendo por primera vez que
el terror se convertía en una comunicación satánica entre el poderoso
irracional y el astuto racional que era yo.
Al igual que el fanático que obtiene en
exclusiva individual, para su único goce, la propiedad de una obra de arte,
supe que las horas que estaba disfrutando eran mías, en un excepcional
privilegio, pero que sólo podría tener una continuidad si me cuidaba de repetir
el espectáculo...
Es que lo insufrible de aquel sublime
instante se hallaba en la certeza, cada vez más evidente, de que tendría un
final. ¡Por eso me recreé en su contemplación, sin perderme ni el más
insignificante de los detalles!
Permanecí allí hasta que se produjo la total
ingestión de la víctima; y todavía me quedé esperando a que las paredes
internas de Sheebae se fueran desplazando, siempre con una lentitud pasmosa, para que las
costillas se fijaran alternativamente después de adelantarse con el fin de que
el inmenso estómago se colocara sobre el alimento... ¡De esta manera la última
silueta de Alastair Chubb quedó esculpida bajo la piel reticulada y palpitante
de glotonería!
Debido a las dimensiones de mi ex enemigo,
supuse que la digestión de la reina de las serpientes se prolongaría por
espacio de unas tres o cuatro semanas. Quieta entre la agradable maleza, aunque
existía la posibilidad de que, inesperadamente, se deslizara en busca de agua.
Dos días más tarde, me vi importunado por la
presencia de unos detectives de Scotland Yard, debido a que algunas personas
habían oído decir al feriante que iba a hacerme una visita. No me resultó
difícil inventar una mentira creíble, con lo que salvé el primer obstáculo con
relativa comodidad.
Los problemas comenzaron a plantearse cuando
mi exigente familiar, tan amiga de las fiestas y de todo tipo de pamplinas
sociales, convirtió en una especie de deporte su empeño por liberarme de la
repentina soledad en lo que yo había caído. Mi primera reacción fue la de
enfadarme con todos ellos, porque me negaba a separarme ni un solo minuto de Sheebae.
Pero, ¿es posible espantar a varias decenas
de las personas más influyentes de un país como Inglaterra y a sus cientos de
fieles servidores?
Debí rendirme ante el acoso permanente, sobre
todo porque supe que se estaba intentando sobornar a mis criados con el afán de
averiguar «qué adorable mujercita había sido capaz de retener en casa a un
misógino como vuestro amo».
Sin embargo, mi desesperación se esfumó en el
momento que encontré una utilidad «comestible» a mis salidas de casa: la
selección de las presas que servirían de banquete a la reina de las serpientes
y, a la vez, cumplirían el papel de actores principales y únicos del más
espeluznante de los espectáculos que un ser humano puede organizar para su
autodeleite.
De esta manera acabé con prima Agatha –¡nadie
pudo abrazar tan «apasionadamente» a esa vieja lasciva!–, con tío Henry –¡qué
rojo se puso ese devorador de salchichas, que nunca pudo suponer que iba a
morir convertido en el «más gesticulante» de sus alimentos favoritos!–, con mi
sobrina Kate –¡cómo chascaron sus horribles verdes ojos gatunos bajo las dagas
de los dientes de
Sheebae!– y con tantos otros...
¡Hasta que la malsana curiosidad de mamá vino
a situar el techo de mi encadenamiento a la magnificación del poderío
irracional!
Ella se había negado a vivir en la mansión
Crowley, dejándomela para mí solo, como airada protesta frente a mi repulsa a
que se hubiera casado por segunda vez. Con el desgranar de los años, empezó a
servirse de terceros en un intento de reconciliación que yo jamás alenté. Pero
la muerte de su marido, un estúpido constructor de casas para la clase media,
me obligó a asistir al entierro –empujado por otro de mis impulsos morbosos–.
Desde entonces se impusieron unas visitas recíprocas, cada seis u ocho meses, que
jamás se prolongaron más allá de los tres días.
La vieja cotilla, máscara de afeites que
revelaban aún más su fealdad y las heridas de la edad, se empeñó en averiguar
qué motivaba mis largas visitas al sótano. Estoy seguro de que, influenciada
por la novela romántica-decadente francesa, llegó a suponer que yo ocultaba
allí una especie de «dama de las camelias». Como se hallaba al tanto de mis
astucias y recelos, se cuidó de buscarme las vueltas –¡con
qué demoníaca sagacidad actuó la condenada!–, hasta que consiguió descubrir el
escondite del manojo de llaves...
Me encontraba acostado en mi dormitorio
cuando escuché la campana de alarma. Alcé la cabeza hacia el tablero, y el
desplazamiento de la casilla número dos me indicó que había sido abierto el
habitáculo de
Sheebae. Salté del lecho, desprecié las babuchas,
encendí una lámpara de petróleo a la vez que me lanzaba en busca de la
escalera, y llegué a la puerta cuando ya era inútil todo intento de salvarla...
¡El hedor embriagador de la muerte golpeó
sádicamente mis fosas nasales!
Corrí en busca del espectáculo, ¡del más
terrorífico espectáculo, y me encontré con la materialización del abrazo
supremo: la cabeza de mamá pendía totalmente destrozada, con el cuello
descoyuntado, y se escuchaban los postreros chasquidos de sus huesos...!
Cuando la boca de la reina de las serpientes
se dilató, siempre en unas proporciones que me resultaban inverosímiles, acusé
el impulso de huir de allí, de maldecir el grado de perversión al que había
llegado. Pero me mantuve quieto, clavado en la tierra, sin voluntad...
Una acre saliva se había condensado en mi
garganta, mis ojos se quedaron sin brillo y mis labios dibujaron una mueca de
sonrisa idiota. Sin embargo, de repente, me sentí más fuerte que nunca. Estaba
en aquella selva artificial, presenciando el más horrendo de los crímenes que
puede cometer un ser humano, y no había perdido el sentido...
¡Porque el prodigio único de aquel
espectáculo sólo se hallaba reservado a los dioses: Calígula, Nerón... y
Richard Crowley, yo!
El acto de deglución del cadáver de mamá fue
como un parto al revés. Por mi capricho ella se iba a transformar en proteínas
de vida dentro del cuerpo de Sheebae, mientras que suyo fue el mérito de
darme la existencia expulsándome desde su interior...
¿No es ésta la mejor demostración de las
cotas de terror que fui capaz de soportar sin dejarme vencer por los prejuicios
sociales y morales de los lazos sanguíneos...?
No obstante, a lo largo de las semanas
siguientes, se hicieron demasiado frecuentes las visitas de un sabueso de
Scotland Yard, el cual también se empeñó en visitar el habitáculo de Sheebae...
¡Y con su muerte llegó la culminación de un
año de locura y terror dominados por un ser superior!
* * *
Ahora sé que la policía viene a detenerme.
Esta mañana me ha telefoneado un viejo amigo, alertándome porque ignora la
magnitud de mi conducta, la cual, según los convencionalismos de una
civilización de cobardes, es considerada un delito infrahumano...
¿Cómo podría escapar si no dispongo del
tiempo suficiente para llevarme a la reina de las serpientes?
Después de las seis horas que me ha llevado
rellenar estas páginas de mi cuadernillo de anotaciones, ya sólo me resta una
decisión: entregarme al abrazo de Sheebae, para encontrar mi féretro en su
poderoso cuerpo, ser «más suyo» que de ninguna otra manera. Llevarme al más
allá la certeza de que no ha existido en el mundo mayor Amor que el que me une
a la más bella y satánica de las criaturas vivas...
Dentro de unos segundos, cuando abandone la
escritura y marche en busca del más fantástico de los suicidios románticos,
contaré con otro placer en exclusiva: saber cómo va a producirse mi muerte,
segundo a segundo, y cómo mi cadáver irá siendo «sepultado» en el espléndido
cuerpo de mi amada. ¡Convirtiéndose en una parte vital de la magnificación del
poderío irracional que ella, la reina de las serpientes, representa!
P.D.: ¡Si no entendéis mi comportamiento,
peor para vosotros, cobardes!