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Hechos tocantes al difunto Arthur Jermyn y su Familia - H. P. Lovecraft (Parte 1)

La vida es algo espantoso; y desde el trasfondo de lo que conocemos de ella asoman indicios demoníacos que la vuelven a veces infinitamente más espantosa. La ciencia, ya opresiva en sus tremendas revelaciones, será quizá la que aniquile definitivamente nuestra especie humana —si es que somos una especie aparte—; porque su reserva de insospechados horrores jamás podrá ser abarcada por los cerebros mortales, en caso de desatarse en el mundo. 

Si supiéramos qué somos, haríamos lo que hizo Arthur Jermyn, que empapó sus ropas de petróleo y se prendió fuego una noche. Nadie guardó sus restos carbonizados en una urna, ni le dedicó un monumento funerario, ya que aparecieron ciertos documentos, y cierto objeto dentro de una caja, que han hecho que los hombres prefieran olvidar. Algunos de los que lo conocían niegan incluso que haya existido jamás.

Arthur Jermyn salió al páramo y se prendió fuego después de ver el objeto de la caja, llegado de África. Fue este objeto, y no su raro aspecto personal, lo que lo impulsó a quitarse la vida. Son muchos los que no habrían soportado la existencia, de haber tenido los extraños rasgos de Arthur Jermyn; pero él era poeta y hombre de ciencia, y nunca le importó su aspecto físico. 

Llevaba el saber en la sangre; su bisabuelo, el barón Robert Jermyn, había sido un antropólogo de renombre; y su tatarabuelo, Wade Jermyn, uno de los primeros exploradores de la región del Congo, y autor de diversos estudios eruditos sobre sus tribus animales, y supuestas ruinas. Efectivamente, Wade estuvo dotado de un celo intelectual casi rayano en la manía; su extravagante teoría sobre una civilización congoleña blanca le granjeó sarcásticos ataques, cuando apareció su libro, Reflexiones sobre las diversas partes de África. En 1765, este intrépido explorador fue internado en un manicomio de Huntingdon.

Todos los Jermyn poseían un rasgo de locura, y la gente se alegraba de que no fueran muchos. La estirpe carecía de ramas, y Arthur fue el último vástago. De no haber sido así, no se sabe qué habría podido ocurrir cuando llegó el objeto aquel. Los Jermyn jamás tuvieron un aspecto completamente normal; había algo raro en ellos, aunque el caso de Arthur fue el peor, y los viejos retratos de familia de la Casa Jermyn anteriores a Wade mostraban rostros bastante bellos. 

Desde luego, la locura empezó con Wade, cuyas extravagantes historias sobre África hacían a la vez las delicias y el terror de sus nuevos amigos. Quedó reflejada en su colección de trofeos y ejemplares, muy distintos de los que un hombre normal coleccionaría y conservaría, y se manifestó de manera sorprendente en la reclusión oriental en que tuvo a su esposa. Era, decía él, hija de un comerciante portugués al que había conocido en África, y no compartía las costumbres inglesas. Se la había traído, junto con un hijo pequeño nacido en África, al volver del segundo y más largo de sus viajes; luego, ella lo acompañó en el tercero y último, del que no regresó. Nadie la había visto de cerca, ni siquiera los criados, debido a su carácter extraño y violento. 

Durante la breve estancia de esta mujer en la mansión de los Jermyn, ocupó un ala remota y fue atendida tan sólo por su marido. Wade fue, efectivamente, muy singular en sus atenciones para con la familia; pues cuando regresó de África, no consintió que nadie atendiese a su hijo, salvo una repugnante negra de Guinea. A su regreso, después de la muerte de lady Jermyn, asumió él enteramente los cuidados del niño.

Pero fueron las palabras de Wade, sobre todo cuando se encontraba bebido, las que hicieron suponer a sus amigos que estaba loco. En una época de la razón como el siglo XVIII, era una temeridad que un hombre de ciencia hablara de visiones insensatas y paisajes extraños bajo la luna del Congo; de gigantescas murallas y pilares de una ciudad olvidada, en ruinas e invadida por la vegetación, y de húmedas y secretas escalinatas que descendían interminablemente a la oscuridad de criptas abismales y catacumbas inconcebibles. 

Especialmente, era una temeridad hablar de forma delirante de los seres que poblaban tales lugares: criaturas mitad de la jungla, mitad de esa ciudad antigua e impía… seres que el propio Plinio habría descrito con escepticismo, y que pudieron surgir después de que los grandes monos invadiesen la moribunda ciudad de las murallas y los pilares, de las criptas y las misteriosas esculturas. 

Sin embargo, después de su último viaje, Wade hablaba de esas cosas con estremecido y misterioso entusiasmo, casi siempre después de su tercer vaso en el Knight’s Head, alardeando de lo que había descubierto en la selva y de que había vivido entre ciertas ruinas terribles que él sólo conocía. Y al final hablaba en tales términos de los seres que allí vivían, que lo internaron en el manicomio. 

No manifestó gran pesar cuando lo encerraron en la celda enrejada de Huntingdon, ya que su mente funcionaba de forma extraña. A partir del momento en que su hijo empezó a salir de la infancia, le fue gustando cada vez menos el hogar, hasta que últimamente parecía amedrentarlo. El Knight’s Head llegó a convertirse en su domicilio habitual; y cuando lo encerraron, manifestó una vaga gratitud, como si para él representase una protección. Tres años después, murió.

Philip, el hijo de Wade Jermyn, fue una persona extraordinariamente rara. A pesar del gran parecido físico que tenía con su padre, su aspecto y comportamiento eran en muchos detalles tan toscos que todos acabaron por rehuirle. Aunque no heredó la locura como algunos temían, era bastante torpe y propenso a periódicos accesos de violencia. De estatura pequeña, poseía, sin embargo, una fuerza y una agilidad increíbles. 

A los doce años de recibir su título se casó con la hija de su guardabosque, persona que, según se decía, era de origen gitano; pero antes de nacer su hijo, se alistó en la marina de guerra como simple marinero, lo que colmó la repugnancia general que sus costumbres y su unión habían despertado. Al terminar la guerra de América, se corrió el rumor de que iba de marinero en un barco mercante que se dedicaba al comercio en África, habiendo ganado buena reputación con sus proezas de fuerza y soltura para trepar, pero finalmente desapareció una noche, cuando su barco se encontraba fondeado frente a la costa del Congo.

Con el hijo de Philip Jermyn, la ya reconocida peculiaridad familiar adoptó un sesgo extraño y fatal. Alto y bastante agraciado, con una especie de misteriosa gracia oriental pese a sus proporciones físicas un tanto singulares, Robert Jermyn inició una vida de erudito e investigador. Fue el primero en estudiar científicamente la inmensa colección de reliquias que su abuelo demente había traído de África, haciendo célebre el apellido en el campo de la etnología y la exploración. 

En 1815, Robert se casó con la hija del séptimo vizconde de Brightholme, con cuyo matrimonio recibió la bendición de tres hijos, el mayor y el menor de los cuales jamás fueron vistos públicamente a causa de sus deformidades físicas y psíquicas. Abrumado por estas desventuras, el científico se refugió en su trabajo, e hizo dos largas expediciones al interior de África. 

En 1849, su segundo hijo, Nevil, persona especialmente repugnante que parecía combinar el mal genio de Philip Jermyn y la hauteur de los Brightholme, se fugó con una vulgar bailarina, aunque fue perdonado a su regreso, un año después. Volvió a la mansión Jermyn, viudo, con un niño, Alfred, que sería con el tiempo padre de Arthur Jermyn.

Decían sus amigos que fue esta serie de desgracias lo que trastornó el juicio de Robert Jermyn; aunque probablemente la culpa estaba tan sólo en ciertas tradiciones africanas. El maduro científico había estado recopilando leyendas de las tribus onga, próximas al territorio explorado por su abuelo y por él mismo, con la esperanza de explicar de alguna forma las extravagantes historias de Wade sobre una ciudad perdida, habitada por extrañas criaturas. 

Cierta coherencia en los singulares escritos de su antepasado sugería que la imaginación del loco pudo haber sido estimulada por los mitos nativos. El 19 de octubre de 1852, el explorador Samuel Seaton visitó la mansión de los Jermyn llevando consigo un manuscrito y notas recogidas entre los onga, convencido de que podían ser de utilidad al etnólogo ciertas leyendas acerca de una ciudad gris de monos blancos gobernada por un dios blanco. 

Durante su conversación, debió de proporcionarle sin duda muchos detalles adicionales, cuya naturaleza jamás llegará a conocerse, dada la espantosa serie de tragedias que sobrevinieron de repente. Cuando Robert Jermyn salió de su biblioteca, dejó tras de sí el cuerpo estrangulado del explorador; y antes de que consiguieran detenerlo, había puesto fin a la vida de sus tres hijos: los dos que no habían sido vistos jamás, y el que se había fugado. 

Nevil Jermyn murió defendiendo a su hijo de dos años, cosa que consiguió, y cuyo asesinato entraba también, al parecer, en las locas maquinaciones del anciano. El propio Robert, tras repetidos intentos de suicidarse, y una obstinada negativa a pronunciar un solo sonido articulado, murió de un ataque de apoplejía al segundo año de su reclusión.

Alfred Jermyn fue barón antes de cumplir los cuatro años, pero sus gustos jamás estuvieron a la altura de su título. A los veinte, se había unido a una banda de músicos, y a los treinta y seis había abandonado a su mujer y a su hijo para enrolarse en un circo ambulante americano. Su final fue repugnante de veras. Entre los animales del espectáculo con el que viajaba, había un enorme gorila macho de color algo más claro de lo normal; era un animal sorprendentemente tratable y de gran popularidad entre los artistas de la compañía. 

Alfred Jermyn se sentía fascinado por este gorila, y en muchas ocasiones los dos se quedaban mirándose a los ojos largamente, a través de los barrotes. Finalmente, Jermyn consiguió que le permitiesen adiestrar al animal asombrando a los espectadores y a sus compañeros con sus éxitos. Una mañana, en Chicago, cuando el gorila y Alfred Jermyn ensayaban un combate de boxeo muy ingenioso, el primero propinó al segundo un golpe más fuerte de lo habitual, lastimándole el cuerpo y la dignidad del domador aficionado. 

Los componentes de «El Mayor Espectáculo del Mundo» prefieren no hablar de lo que siguió. No se esperaban el grito escalofriante e inhumano que profirió Alfred, ni verlo agarrar a su torpe antagonista con ambas manos, arrojarlo con fuerza contra el suelo de la jaula, y morderlo furiosamente en la garganta peluda. Había cogido al gorila desprevenido; pero este no tardó en reaccionar; y antes de que el domador oficial pudiese hacer nada, el cuerpo que había pertenecido a un barón había quedado irreconocible.

(CONTINUARA...)

Sheebae, la reina de las serpientes - Carter Scott

¡He vivido este último año elevado a los máximos techos de la emoción, la pasión, el riesgo, la locura y el terror!

Ahora que he llegado al final, cuando se me obliga a descender al terreno de los simples mortales, advierto que la frialdad de ánimo propia del ser superior en el que me he convertido, me lleva a mojar la pluma en el tintero con una violencia inevitable, a la vez que la página de mi libreta de anotaciones me parece un oído enorme, el más objetivo, que recogerá de una forma permanente mi protesta frente a la social incomprensión de este miserable 1875, en el que Inglaterra, mi país de origen –¡pero nunca el de mis sentimientos!– se ve gobernado por la megalomanía de una mujer, la reina Victoria, y por el intelectualismo capitalista de un judío, Benjamín Disraeli...

Acepto que he de dar por finalizado mi ciclo vital, mi desafío a la moral establecida por los cobardes, cuando sólo cuento treinta y cuatro años. ¡Pero nadie conseguirá arrebatarme el privilegio de haber conseguido vivir hermanado con el máximo riesgo, gracias a mi ambición de querer probar que el hombre puede llegar a igualarse con los dioses cuando es capaz, de superar sus propias debilidades!

Luego de esta necesaria introducción, conviene también que deje muy patente que mi amor por Sheebae nació del pánico.

Hace diecisiete meses, veintiocho días y cinco horas, aproximadamente, yo me encontraba en un calvero africano, donde presencié, sumido en un éxtasis provocado por el miedo más ancestral, la victoria de Sheebae sobre un joven león que debió cometer el error de echarse a dormir lejos de la manada...

¡Con qué dominio y seguridad de su cuerpo de ocho metros de longitud formó los tres anillos que trituraron la resistencia del felino desesperado! ¡Con qué ceremonial parsimonia se lo fue tragando hasta llegar al final del corto rabo desprovisto de pelos!

Los temblores que acusé al superar la parálisis a la que me había visto sometido durante un tiempo que fui incapaz de precisar –semanas después, gracias a mis estudios sobre el comportamiento de la especie de Python sebae, a la cual pertenece Sheebae como su representante más espléndido, pude calcular que casi todos mis sentidos habían sufrido un agarrotamiento que duró unas dos horas–, unido a la recuperación de la visión consciente, me permitieron comprender que debía escapar de allí, lo más rápidamente posible. ¡Porque no quería ser devorado de aquella infernal manera!

Mi humanidad física logró alejarse de la gigantesca serpiente, pero no ocurrió lo mismo con mi todo interno. Y es que el recuerdo de la anulación de mis defensas, hasta quedar convertido en un amasijo de carne paralizado por el pánico, me transformó de una forma definitiva. 

Como siempre me había considerado un hombre valiente, dueño de una inteligencia capaz de enfrentarse y superar cualquier peligro del mundo, el tropiezo inesperado con «la magnificación del poder» sirvió para descubrirme mi gran equivocación. 

Durante muchos días únicamente pensé en que podía haber sido devorado igual que el joven león: los dientes largos y curvados clavándose en mi cuerpo, el abrazo múltiple y aplastante, el chasquido de mis costillas y mis pulmones reventados; y cuando la muerte me hubiese privado de la visión, la dilatación exagerada, inverosímil, de la cabeza de Sheebae, dispuesta a tragarse la mía en el momento que su piel le transmitiese que mi corazón ya había dejado de latir...

¡La magnificación del poder!

Ésta es la valoración que merecía la forma de caza de la pitón, de esa criatura terrible y mayestática que se adueñó de mis noches, hasta que, una vez regresé a Londres, me dejé envolver por el reto de pánico que se me había inoculado, igual que una droga de hábito fulminante, en aquel calvero africano favorecido por el sol y por la lujuria de la salvaje naturaleza.

Como dispongo del suficiente dinero y tiempo para conquistar hasta la más cara de mis ambiciones, me entregué a una exhaustiva investigación sobre el comportamiento, el habitáculo y la supervivencia de la Python sebae. Después, cuando estimé que disponía de la necesaria información, acondicioné los sótanos de mi mansión, con el fin de que reprodujese lo más exactamente posible el entorno natural en el que vive y caza la reina de las serpientes.

Para esta labor debí recurrir a varios especialistas, a todos los cuales me cuidé de hacerles creer que mis pretensiones se ceñían a las del zoólogo que se conforma con estudiar, alimentar y mantener con vida a un solo animal. De esta forma fui superando todas las dificultades, especialmente las de conseguir la misma temperatura y humedad de las selvas africanas.

¡Cómo agradecí los amplios conocimientos técnicos y científicos que he podido acumular desde la niñez gracias a mi curiosidad insaciable!

Este saber me ha permitido cuidar de todos los árboles, palmeras y plantas que llenan las tres grandes estancias que he dedicado a Sheebae, la reina de las serpientes.

Sin embargo, la máxima dificultad se me presentó al adquirir la seguridad de que me hallaba en las idóneas condiciones para volver a África, con el fin de capturar, sin dañarla, a mi admirada pitón.

Me entrevisté con varios cazadores profesionales, que trabajaban para los zoológicos más importantes de Europa y de los Estados Unidos de América. Pero ninguno me convenció, debido a que eran demasiado amigos de la legalidad: registros de entrada y salida del «animal capturado» en los distintos países por los que pasáramos, cuarentenas obligatorias, inspección oficial del habitáculo artificial que yo había instalado, sometimiento a no sé cuantos procesos de sanidad, etc.

Cuando ya empezaba a creer que soñaba con un imposible, fui a tropezarme con Alastair Chubb, el dueño del «espectáculo más fiero y salvaje del mundo». La habilidad de éste para aceptar o pagar sobornos, la petulancia de su conversación y la seguridad extravertida de su cinismo me dijeron que él era la persona que estaba buscando.

–O sea que usted desea una pitón seba –comentó tras una pinta de cerveza negra, humedecidos los bigotes y utilizando sus ojos porcinos como máquina registradora de las libras que iba a sacarme–. Le diré que yo he tenido una en mi espectáculo, pero debí sacrificarla.

–¿Cómo es posible?–pregunté sorprendido, pero sin notar que mi obsesión hubiera decrecido ni un ápice.

–Se pasaba todo el tiempo dormida durante los días, y hasta las semanas, que duraba su digestión interminable. ¡Con una gruesa manguera de goma pintada hubiera conseguido el mismo efecto en el público! Claro que sus razones seguramente han de ser muy opuestas a las mías, mister Crowley. Yo pretendía ofrecer una atracción salvaje, feroz, mientras que usted...

–Me mueve un interés científico –contesté rápidamente, procurando que no le pareciesen desmedidas mis verdaderas intenciones, ya que esto hubiese incrementado su ambición.

–Ya lo entiendo. Usted es un apasionado de la ciencia. Como tiene algo en la cabeza que pretende comprobar lo antes posible, no desea ver obstaculizados sus deseos por culpa de las burocracias aduaneras y sanitarias de nuestra «reglamentada» Gran Bretaña.

–En efecto, míster Chubb. ¿Cuándo saldremos de viaje y qué me costará su colaboración?

–¡Me gusta hacer tratos con personas tan prácticas y directas como usted, amigo mío! Concédame ocho días para contratar el barco, reclutar a los hombres y comprar todo el equipo necesario. Respecto al precio total... ¿Qué le parecen dos mil cuatrocientas libras pagadas antes de salir de Londres?

–Serán tres mil libras, que dejaré a su nombre en un banco para que usted las cobre cuando hayamos regresado con éxito del viaje. A lo que no me negaré es a entregarle una primera suma a cuenta ahora mismo, que deduciré del importe total, míster Chubb.

–Ya veo que es usted un hombre desconfiado...

–Sólo prudente, «amigo mío».

Después de esta entrevista, pocas veces se nos presentó la ocasión de volver a mantener una charla tan larga en las nueve semanas que estuvimos respirando el mismo aire infecto y comiendo idénticas provisiones. 

Cada uno sabía lo que esperaba del otro: él se limitó a actuar con una gran eficacia, y yo me mantuve a la espera, sin entorpecer para nada todo el desarrollo de la rutina de un largo viaje y de una expedición bastante fatigosa.

Las primeras dificultades se presentaron cuando indiqué imperiosamente en un mapa el lugar donde se encontraba el calvero, y ordené que se diera caza a Sheebae, a la que describí con todo detalle, llegando hasta el extremo de dibujarla con una fidelidad que sólo hubiera superado la fotografía.

–Me parece que su interés es algo más que científico, míster Crowley –murmuró el astuto canalla al comprobar mi obstinación–. Yo me atrevería a calificarlo de morbosa sugestión. ¿Cuándo vio usted a esa pitón tan peculiar?

–¡Creo que no es el momento de hacerle oír una información que considero inútil! ¡En el caso de que lo estimase necesario, podría aumentar la factura de sus gastos, míster Chubb! ¡Pero nada más que quiero a Sheebae, y no me conformaré con ninguna otra serpiente!

–De acuerdo, míster Crowley. Usted es el que manda. Confiemos en que el «animalito» continúe con vida...

Dejó la frase sin concluir, cargada con una ironía preñada de amenazas. En el acto se dispuso a seleccionar los ojeadores que debían localizar a la reina de las serpientes.

Tres días más tarde, apareció en mi tienda con el brillo de la codicia destilando en sus ojos, lo que pasé por alto ante la evidencia de que sus noticias iban a ser de lo más prometedoras:

–¡Ya la tenemos en nuestras manos, míster Crowley! Hemos colocado un cebo vivo, como usted nos indicó, y la daremos caza en el momento que «su animalito» esté haciendo la digestión... Pero, ¿qué le sucede a usted ahora?

Mi nerviosismo había crecido hasta tales extremos, que me incorporé apresuradamente dispuesto a conducir personalmente la captura y el traslado de Sheebae a la jaula especial.

En este empeño me mostré tan celoso, tan exigente y estricto, que descubrí hasta qué punto me dominaba la obsesión. Porque, además, al tener en mi poder a la reina de las serpientes, ya no fui capaz de separarme de su lado. Amaba las tonalidades de su piel, el poderío de su cabeza durmiente y la dimensión impresionante de sus anillos. Contemplándola empecé a combatir mi pánico.

De esta forma, en el momento que la vi abrir los ojos, con todas las furias encerradas en sus diamantes visuales, un rescoldo de miedo todavía vibró en mis nervios; mientras, una sonrisa de complicidad me ponía en contacto con aquella criatura irracional a la que únicamente había conseguido vencer, temporalmente, con la ayuda de otros hombres y de unas trampas mecánicas. 

Pero las cosas hubieran sido muy distintas de encontrarnos los dos en el mismo entorno natural, y disponiendo de las únicas armas de la astucia, la habilidad, la inteligencia y la fuerza...

Pero la burlona curiosidad de Alastair Chubb, siempre al acecho de mi relación con la reina de las serpientes, me llevó al convencimiento de que debía ocultar mi obsesión si no quería que aquel maldito me convirtiese en una víctima a la que chantajear en base a «un comportamiento que nuestra sociedad civilizada no dudaría en tachar de locura».

Recurrí al alcohol y a la morfina para doblegar los impulsos que me arrastraban a la bodega del barco, en la que se guardaba, acondicionada escrupulosamente, la jaula de Sheebae.

Algunas veces fui a echarla un vistazo exhibiendo un sentido del humor fingido, propio de la embriaguez química, con el que pretendía dar idea de que mi trato con «la bestia» era el propio del tirano inteligente que es capaz de domesticar a «lo más salvaje». 

Pero mi voz estropajosa y mis torpes palabras sólo servían para desatar las risas de la tripulación, sin que consiguieran eliminar la codicia del que ya se había convertido en mi peor enemigo.

* * *

Hace un año exacto que la pitón hermosísima y despiadada, la magnificación viva del poder irracional, quedó aposentada en el habitáculo artificial de la vieja mansión de los Crowley, herederos directos del rey Arthur y dueños de los títulos más nobles de toda la Gran Bretaña.

Y casi por aquellas mismas fechas se produjo el primer encuentro con el fascinante «espectáculo de la derrota humana»...

¡Cielos Santos...! ¿Puede existir algo más hermoso? ¡De qué forma tan personal comprendí por qué los antiguos habitantes de Roma olvidaban la injusticia social y su propia hambre al contemplar los números espeluznantes que les ofrecía en el circo la sabiduría y la pasión de los césares!

Había estado esperando la visita de Alastair Chubb desde el momento que le firmé la autorización para que cobrase el dinero que yo había ingresado en el banco a su nombre. Apareció en mi despacho más sonriente que nunca, tan codicioso como en las proximidades del calvero africano y con una oferta que no me causó ni el menor asombro:

–Su interés por esa pitón me ha venido quitando el sueño, míster Crowley. Porque estaba seguro de que yo podía darle una aplicación en mi espectáculo, pero no encontraba la solución. ¡Solución que ya tengo! –Comprendí que no venía a chantajearme, por eso me gustó la variante de su ambición, pues le situaba en unas condiciones de inferioridad frente a mi crueldad; al mismo tiempo, él seguía exponiendo sus propósitos–: El asunto se basa en comprobar exactamente en qué momento Sheebae va a decidirse a cazar. 

Entonces, montaríamos un espectáculo similar al que a usted tanto le fascinó, pero con un añadido que prolongaría el morbo: dado que la víctima engullida es adivinable, por sus formas externas, a través de las dilataciones de la piel de la serpiente, dejaríamos que esta deformación «tan sugerente» desapareciese lentamente a medida que se fueran cubriendo las distintas fases de la digestión de «nuestra estrella»...

–¿Dónde encontraría el público interesado en pagar por ese «numerito»? –pregunté simulando un escepticismo que no podía sentir.

–En muchos lugares de Londres y de otras ciudades importantes, míster Crowley. Me refiero a personas cultivadas, sensibles y aficionadas a los refinamientos más morbosos. Como entenderá, organizaríamos unas exhibiciones privadas, muy selectivas, a las que asistirían únicamente aquellos que supieran callar el placer excepcional que les hayamos ofrecido...

–Por sus palabras, he de entender que da por hecho que mi respuesta va a ser afirmativa. ¿Cuánto tiempo tardaría yo en recuperar el dinero invertido y en qué basa usted su derecho a participar en ese negocio tan fantasioso?

–Estoy dispuesto a aportar mil libras iniciales, a cuidarme de la selección de los futuros clientes y a repartir el cincuenta por ciento de los beneficios con usted. ¿Qué le parece?

–Pues, mire... Si he de serle sincero, me cuesta aceptar cualquier trato referente a Sheebae, cuando no creo haber podido saber adaptarla al habitáculo que le tenía reservado... ¡Ciertamente me siento muy preocupado!

–¿Cómo es posible si usted me dijo que había contado con el asesoramiento de los mejores especialistas? –preguntó el canalla, introduciendo el torpe hocico de su curiosidad en la carnaza que yo le estaba ofreciendo con mi hábil mentira.

–Si desea puede verlo usted con sus propios ojos... Tal vez sus consejos, cuando se haga cargo de la situación a la que me enfrento, me permitan tomar una decisión irremediable...

–¿A qué se refiere usted, míster Crowley?

–Como ya me anticipó usted hace tiempo, la ineficacia de una Python sebae en cautividad resulta tan desesperante que, sintiéndolo mucho, creo que terminaré viéndome obligado a sacrificarla.

–¡No hable usted así cuando sólo lleva cinco días manteniéndola en esta mansión! –protestó el feriante, vivamente interesado.

Se dispuso a acompañarme a los sótanos. Procuré marchar delante, con pasos indecisos y sin hablar. En cuanto llegamos a la puerta de gruesa madera y sólidas bisagras y cerraduras, le proporcioné una escopeta de caza, yo me armé con otra y alcancé el manojo de llaves.

El crujido de la cerradura trepó por el silencio que nos rodeaba con un eco de largas resonancias; luego, empujé el alto batiente, para introducirme en la selva artificial que la ciencia, la imaginación y mi dinero habían recreado; mientras que detrás, todavía con la ausencia de sonidos debido a que nuestros pasos quedaban amortiguados entre una alta maleza, me llegó el susurro de asombro de mi acompañante. 

En seguida, capté las palpitaciones de su miedo, porque nos rodeaban las lianas, los arbustos, las ramas bajas de los árboles y todos esos lugares que podían servir de emplazamiento al ataque de nuestra enemiga despiadada. Dejé que transcurriesen unos gozosos minutos, hasta que me di la vuelta dispuesto a que él recuperase la confianza con esta pregunta intencionadamente «inocente»:

–Supongo que no pensará usted que he dejado suelta a la serpiente, ¿verdad, míster Chubb? Ahora vamos armados por simple precaución, aunque le aseguro que me ofrece una gran confianza la jaula de vidrio en la que Sheebae se encuentra encerrada. ¿Qué le parece todo lo que le rodea?

–¡Sorprendente! ¿Cómo se produce este calor sofocante y de dónde proviene la humedad de la hierba y de la maleza...? ¿Ehh...? ¡No... NOOO...!

¡¡Allí estaba la reina de las serpientes!!

El estúpido feriante pasó del miedo al terror, y de la sorpresa moderada al asombro paralizante en unos segundos. ¡Porque acababa de ser apresado por los anillos trituradores de la pitón, que excepcionalmente no le clavó los curvados puñales de sus dientes!

Por eso se quedó sin habla, sin reacción física alguna, con los ojos y la boca sometidos a la máxima dilatación, pudiendo ver pero totalmente indefenso; mientras, la muerte más espeluznante le aplastaba en un abrazo ineludible, el aire se le reventaba en los pulmones con el estallido de sus costillas y de sus venas; su estómago y sus intestinos se vaciaban por todos los orificios de un cuerpo reducido a la enésima parte de su volumen. 

Con la brutal expulsión de su existencia, cuando ya el corazón estaba paralizado, se produjo el inverosímil agigantamiento de la cabeza y de las fauces de la hambrienta Sheebae...

¡A qué ritual tan fascinante pude asistir al contemplar cómo la poderosa máquina viva, perfecta, iba procediendo a tragarse entero el cadáver del ex codicioso...! ¡Me sentí inundado por una tromba de reacciones orgásmicas!

Pero, inmóvil y con la escopeta en posición de disparo, aún tuve lucidez, para comprender que aquellas botas claveteadas no facilitarían la digestión de «mi amada». Por eso corrí a evitar el mal, sin pensar que me estaba sometiendo a un riesgo inmenso. Logré descalzar los pies flojos, balanceantes, cuando las fauces de la pitón gigantesca ya habían alcanzado la cintura de Alastair Chubb.

Después, retrocedí a mi «platea particular», para continuar asistiendo al morboso espectáculo, sintiendo por primera vez que el terror se convertía en una comunicación satánica entre el poderoso irracional y el astuto racional que era yo.

Al igual que el fanático que obtiene en exclusiva individual, para su único goce, la propiedad de una obra de arte, supe que las horas que estaba disfrutando eran mías, en un excepcional privilegio, pero que sólo podría tener una continuidad si me cuidaba de repetir el espectáculo...

Es que lo insufrible de aquel sublime instante se hallaba en la certeza, cada vez más evidente, de que tendría un final. ¡Por eso me recreé en su contemplación, sin perderme ni el más insignificante de los detalles!

Permanecí allí hasta que se produjo la total ingestión de la víctima; y todavía me quedé esperando a que las paredes internas de Sheebae se fueran desplazando, siempre con una lentitud pasmosa, para que las costillas se fijaran alternativamente después de adelantarse con el fin de que el inmenso estómago se colocara sobre el alimento... ¡De esta manera la última silueta de Alastair Chubb quedó esculpida bajo la piel reticulada y palpitante de glotonería!

Debido a las dimensiones de mi ex enemigo, supuse que la digestión de la reina de las serpientes se prolongaría por espacio de unas tres o cuatro semanas. Quieta entre la agradable maleza, aunque existía la posibilidad de que, inesperadamente, se deslizara en busca de agua.

Dos días más tarde, me vi importunado por la presencia de unos detectives de Scotland Yard, debido a que algunas personas habían oído decir al feriante que iba a hacerme una visita. No me resultó difícil inventar una mentira creíble, con lo que salvé el primer obstáculo con relativa comodidad.

Los problemas comenzaron a plantearse cuando mi exigente familiar, tan amiga de las fiestas y de todo tipo de pamplinas sociales, convirtió en una especie de deporte su empeño por liberarme de la repentina soledad en lo que yo había caído. Mi primera reacción fue la de enfadarme con todos ellos, porque me negaba a separarme ni un solo minuto de Sheebae.

Pero, ¿es posible espantar a varias decenas de las personas más influyentes de un país como Inglaterra y a sus cientos de fieles servidores?

Debí rendirme ante el acoso permanente, sobre todo porque supe que se estaba intentando sobornar a mis criados con el afán de averiguar «qué adorable mujercita había sido capaz de retener en casa a un misógino como vuestro amo».

Sin embargo, mi desesperación se esfumó en el momento que encontré una utilidad «comestible» a mis salidas de casa: la selección de las presas que servirían de banquete a la reina de las serpientes y, a la vez, cumplirían el papel de actores principales y únicos del más espeluznante de los espectáculos que un ser humano puede organizar para su autodeleite.

De esta manera acabé con prima Agatha –¡nadie pudo abrazar tan «apasionadamente» a esa vieja lasciva!–, con tío Henry –¡qué rojo se puso ese devorador de salchichas, que nunca pudo suponer que iba a morir convertido en el «más gesticulante» de sus alimentos favoritos!–, con mi sobrina Kate –¡cómo chascaron sus horribles verdes ojos gatunos bajo las dagas de los dientes de Sheebae!– y con tantos otros...

¡Hasta que la malsana curiosidad de mamá vino a situar el techo de mi encadenamiento a la magnificación del poderío irracional!

Ella se había negado a vivir en la mansión Crowley, dejándomela para mí solo, como airada protesta frente a mi repulsa a que se hubiera casado por segunda vez. Con el desgranar de los años, empezó a servirse de terceros en un intento de reconciliación que yo jamás alenté. Pero la muerte de su marido, un estúpido constructor de casas para la clase media, me obligó a asistir al entierro –empujado por otro de mis impulsos morbosos–. Desde entonces se impusieron unas visitas recíprocas, cada seis u ocho meses, que jamás se prolongaron más allá de los tres días.

La vieja cotilla, máscara de afeites que revelaban aún más su fealdad y las heridas de la edad, se empeñó en averiguar qué motivaba mis largas visitas al sótano. Estoy seguro de que, influenciada por la novela romántica-decadente francesa, llegó a suponer que yo ocultaba allí una especie de «dama de las camelias». Como se hallaba al tanto de mis astucias y recelos, se cuidó de buscarme las vueltas –¡con qué demoníaca sagacidad actuó la condenada!–, hasta que consiguió descubrir el escondite del manojo de llaves...

Me encontraba acostado en mi dormitorio cuando escuché la campana de alarma. Alcé la cabeza hacia el tablero, y el desplazamiento de la casilla número dos me indicó que había sido abierto el habitáculo de Sheebae. Salté del lecho, desprecié las babuchas, encendí una lámpara de petróleo a la vez que me lanzaba en busca de la escalera, y llegué a la puerta cuando ya era inútil todo intento de salvarla...

¡El hedor embriagador de la muerte golpeó sádicamente mis fosas nasales!

Corrí en busca del espectáculo, ¡del más terrorífico espectáculo, y me encontré con la materialización del abrazo supremo: la cabeza de mamá pendía totalmente destrozada, con el cuello descoyuntado, y se escuchaban los postreros chasquidos de sus huesos...!

Cuando la boca de la reina de las serpientes se dilató, siempre en unas proporciones que me resultaban inverosímiles, acusé el impulso de huir de allí, de maldecir el grado de perversión al que había llegado. Pero me mantuve quieto, clavado en la tierra, sin voluntad...

Una acre saliva se había condensado en mi garganta, mis ojos se quedaron sin brillo y mis labios dibujaron una mueca de sonrisa idiota. Sin embargo, de repente, me sentí más fuerte que nunca. Estaba en aquella selva artificial, presenciando el más horrendo de los crímenes que puede cometer un ser humano, y no había perdido el sentido...

¡Porque el prodigio único de aquel espectáculo sólo se hallaba reservado a los dioses: Calígula, Nerón... y Richard Crowley, yo!

El acto de deglución del cadáver de mamá fue como un parto al revés. Por mi capricho ella se iba a transformar en proteínas de vida dentro del cuerpo de Sheebae, mientras que suyo fue el mérito de darme la existencia expulsándome desde su interior...

¿No es ésta la mejor demostración de las cotas de terror que fui capaz de soportar sin dejarme vencer por los prejuicios sociales y morales de los lazos sanguíneos...?

No obstante, a lo largo de las semanas siguientes, se hicieron demasiado frecuentes las visitas de un sabueso de Scotland Yard, el cual también se empeñó en visitar el habitáculo de Sheebae...

¡Y con su muerte llegó la culminación de un año de locura y terror dominados por un ser superior!

* * *

Ahora sé que la policía viene a detenerme. Esta mañana me ha telefoneado un viejo amigo, alertándome porque ignora la magnitud de mi conducta, la cual, según los convencionalismos de una civilización de cobardes, es considerada un delito infrahumano...

¿Cómo podría escapar si no dispongo del tiempo suficiente para llevarme a la reina de las serpientes?

Después de las seis horas que me ha llevado rellenar estas páginas de mi cuadernillo de anotaciones, ya sólo me resta una decisión: entregarme al abrazo de Sheebae, para encontrar mi féretro en su poderoso cuerpo, ser «más suyo» que de ninguna otra manera. Llevarme al más allá la certeza de que no ha existido en el mundo mayor Amor que el que me une a la más bella y satánica de las criaturas vivas...

Dentro de unos segundos, cuando abandone la escritura y marche en busca del más fantástico de los suicidios románticos, contaré con otro placer en exclusiva: saber cómo va a producirse mi muerte, segundo a segundo, y cómo mi cadáver irá siendo «sepultado» en el espléndido cuerpo de mi amada. ¡Convirtiéndose en una parte vital de la magnificación del poderío irracional que ella, la reina de las serpientes, representa!

P.D.: ¡Si no entendéis mi comportamiento, peor para vosotros, cobardes!