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Asesinato en Bardsley Mews - Agatha Christie

 Capítulo IX

—Bonita manera de derrumbarse —decía Japp con aire profesional algo más tarde.

Él y Poirot iban en automóvil por la carretera de Brompton.

—Sabía que el juego había terminado —replicó Poirot distraído.


—Tenemos muchos cargos contra él —dijo Japp—. Dos o tres 
nombres supuestos, un asunto algo dudoso acerca de un cheque falso y otro muy interesante de cuando estaba en el Ritz y se hacía llamar el coronel de Bathe. Estafó a media docena de comerciantes de Piccadilly. De momento le tenemos detenido bajo este cargo… hasta que se concluya este caso. ¿A qué viene su idea de marchar al campo, amigo mío?


—Mi querido colega, cada caso debe ser llevado apropiadamente, y todo debe quedar aclarado. Ahora voy en busca del misterio que usted insinuó: «El Misterio del Neceser Desaparecido».


—Yo lo llamé «El Misterio del Neceser»… eso es lo que yo dije… 

Y no ha desaparecido, que yo sepa.


—Espere, *mon ami*.


El coche enfiló la avenida Mews. Ante la puerta del número catorce Jane Plenderleith acababa de apearse de un pequeño «Austin Seven», vestida para jugar al golf.


Miró a los dos hombres, y sacando una llave se dispuso a abrir la puerta.


—¿Quieren pasar?


Abrió la puerta y Japp la siguió hasta el saloncito. Poirot se entretuvo unos momentos en el zaguán, murmurando:


—*C’est embêtant*… qué difícil resulta salir de estas mangas.


Al poco rato entró en el saloncito sin su abrigo, mas Japp frunció los labios bajo su bigote. Había oído el ligero crujido de la puerta del armario al ser abierta.


Japp le dirigió una mirada interrogadora y Poirot le hizo una seña de asentimiento.


—No queremos entretenerla, señorita Plenderleith —exclamó el inspector rápidamente—. Solo hemos venido a preguntarle si podría darnos el nombre del abogado de la señora Allen.


—¿De su abogado? —La joven movió la cabeza—. Ni siquiera sabía que lo tuviera.


—Bueno, cuando alquiló esta casa con usted, alguien debió redactar el contrato…


—No, creo que no. Fui yo quien la alquiló. La escritura está a mi nombre. Barbara me pagaba la mitad de la renta. Todo se hizo sin formalidades de ninguna clase.


—Ya. ¡Oh! Bueno, supongo que entonces no nos queda nada que hacer aquí.


—Siento no poder ayudarles —dijo Jane.


—La verdad es que no tiene gran importancia. —Japp dirigiose a la puerta—. ¿Ha estado jugando al golf?


—Sí. —Jane enrojeció—. Supongo que me considerarán inhumana. Pero la verdad es que el estar en esta casa me deprimía. Tuve que salir y hacer algo… cansarme… o hubiera estallado.


Habló con gran vehemencia. 
Poirot intervino rápidamente.

—Lo comprendo, *mademoiselle*. Es muy comprensible… y natural. Permanecer aquí sentada pensando… no, no debe resultar agradable.


—Celebro que lo comprenda —repuso Jane.


—¿Pertenece a algún club?


—Sí, juego en Wentworth.

—Ha hecho un día espléndido —comentó Hércules Poirot—. ¡Cielos, ahora quedan pocas hojas en los árboles! Una semana atrás los bosques estaban magníficos.

—Hoy ha hecho una mañana maravillosa.


—Buenas tardes, señorita Plenderleith —dijo el inspector—. Ya le comunicaré cuando haya algo definitivo. A decir verdad, hemos detenido a un hombre como sospechoso.


—¿A qué hombre?


Le miró con ansiedad.


—El mayor Eustace.


Asintió y, dando media vuelta, se agachó para acercar una cerilla al fuego.


—¿Y bien? —preguntó Japp cuando el coche hubo doblado la esquina de una avenida.


Poirot sonrió.


—Fue muy sencillo. Esta vez la llave estaba en la cerradura.


—¿Y…?


Poirot volvió a sonreír.


—*Eh bien*, los palos de golf no estaban…


—Naturalmente. La chica no es tonta. ¿Faltaba algo más?

Poirot asintió.

—Sí, amigo mío… ¡el neceser!


Japp apretó el acelerador.


—¡Maldición! —dijo—. ¡Sabía que había algo! Pero ¿qué diablos es? Lo registré a conciencia.


—Mi pobre Japp… pero ¿acaso no es… cómo diría yo… «evidente, mi querido Watson»?


Japp le dirigió una mirada desesperada.


—¿Adónde vamos? —preguntó.


Poirot consultó su reloj.


—Aún no son las cuatro. Podríamos ir a Wentworth antes de que oscurezca.


—¿Cree usted que de veras estuvo allí la señorita Plenderleith?


—Sí… debió suponer que lo comprobaríamos. Oh… sí; creo que nos dirán que estuvo allí.


Japp gruñó.


—Oh, bueno, vamos allá. Aunque no puedo imaginar lo que tiene que ver ese neceser con el crimen. No consigo relacionarlo con él.


—Precisamente, amigo mío, estoy de acuerdo con usted… no tiene nada que ver.


—Entonces…, ¿por qué…? ¡No me diga! Orden y método y todo saldrá por sus pasos contados. ¡Oh, bueno, hace un día espléndido!


El automóvil corría, volaba, y llegaron al Club de Golf de Wentworth poco después de las cuatro y media. No había mucha gente, por ser día laborable.


Poirot dirigiose al encargado y preguntó por los palos de la señorita Plenderleith, diciendo que los necesitaba para jugar al día siguiente.


El encargado llamó a un muchacho, que estuvo buscando entre los que había en un rincón, y al fin trajo un saco con las iniciales J. P.


—Gracias —dijo Poirot, y antes de marcharse volviose para preguntar—: ¿No se dejó también un neceser?


—Hoy no, señor. Lo hubiese dejado en la conserjería.


—¿Vino hoy por aquí?


—Sí, la he visto.


—¿Qué muchacho la acompañó, lo sabe? Echa de menos su neceser y no recuerda dónde pudo dejarlo.


—No fue ningún chico. Vino aquí y compró un par de pelotas, y solo se llevó dos palos. Me parece recordar que llevaba un pequeño neceser en la mano.


Poirot despidiose dándole las gracias, y los dos hombres dieron la vuelta a la caseta del club. Poirot se detuvo un momento para contemplar el paisaje.


—Es bonito, ¿verdad? El verde oscuro de los pinos… y luego el lago. Sí, el lago.


Japp le miró en el acto.


—Esa es su idea, ¿verdad?


Poirot sonrió.


—Creo posible que alguien haya visto algo. Yo de usted procuraría averiguarlo.

Un dulce sabor a muerte - Ellis Peters

 En la clara mañana de principios de mayo en que puede situarse propiamente el comienzo del increíble asunto de las reliquias de Gwytherin, fray Cadfael llevaba levantado desde mucho antes de prima. Trasplantaba plantones de repollo antes de que avanzara la jornada, y tenía todos sus pensamientos puestos en el nacimiento, el desarrollo y la fertilidad. 

De ningún modo pensaba en los sepulcros, los relicarios y las muertes violentas, ya fuera de santos, pecadores o simples hombres honrados y falibles como él. Nada turbaba su paz como no fuera el deber de entrar a oír misa y participar en la subsiguiente media hora de capítulo que siempre solía prolongarse unos diez minutos más. Lamentaba tener que apartarse de sus agradables ocupaciones en el huerto, pero no podía eludir sus deberes. 

Al fin y al cabo, había elegido la vida de claustro con los ojos bien abiertos y no podía quejarse de las tareas menos placenteras. Todo el resto le agradaba y le permitía experimentar la clase de satisfacción que sintió entonces, cuando enderezó la espalda y miró complacido a su alrededor. 

Dudaba de que en todo el reino hubiera un huerto benedictino más hermoso o mejor provisto de hierbas útiles no solo para condimentar las carnes, sino también como remedios medicinales. 

Los principales huertos y tierras de la abadía de San Pedro y San Pablo de Shrewsbury se extendían al norte del camino, fuera del recinto monástico, pero allí, en aquel huerto cerrado en el interior de las murallas, cerca de las redes que usaba el abad para atrapar peces y del riachuelo que alimentaba el molino de la abadía, fray Cadfael ejercía un dominio absoluto. 

El herbario, en particular, constituía su reino: él mismo lo había completado poco a poco, a lo largo de quince años de esfuerzos, añadiéndole muchas plantas exóticas que cuidadosamente había cultivado, tras haberlas recogido en una errante juventud que le había llevado nada menos que hasta Venecia, Chipre y Tierra Santa. 

Fray Cadfael se había incorporado tarde a la vida monástica, como una maltrecha embarcación que buscara, al final, un puerto tranquilo donde reposar. Sabía muy bien que, en los primeros años de sus votos, los novicios y los sirvientes legos solían señalarle con el dedo entre murmullos de asombro:

—¿Ves a aquel fraile que trabaja en el huerto? ¿Ese tan corpulento que se balancea sobre una y otra pierna como un marinero? Viéndole así, ¿a que no imaginas que de joven participó en una cruzada? Estuvo con Godofredo de Bouillon en Antioquía, cuando los sarracenos se rindieron. Y se hizo a la mar como capitán cuando el rey de Jerusalén gobernaba en toda la costa de Tierra Santa, ¡y sirvió luchando diez años contra los corsarios! Ahora nadie lo diría, ¿verdad?
 
Fray Cadfael, por su parte, no veía nada insólito en su agitada existencia; no había olvidado nada y no se arrepentía de nada. No descubría la menor contradicción entre los placeres de la batalla y la aventura y las suaves delicias que ahora le deparaba aquella quietud. Aderezada, eso sí, con algún pequeño desliz siempre que podía, ya que los manjares bien sazonados le eran irresistibles, pero quietud al fin. 

Una embarcación varada, y a mucha honra. Probablemente, los jóvenes que le miraban a hurtadillas con tanta curiosidad comentarían también en voz baja que, en una vida como la suya, no debieron faltar encuentros con mujeres, no todos ellos puramente caballerescos, y se preguntarían qué fundamento era aquel para una vida conventual. 

En lo de las mujeres, tenían razón. Aparte de Riquilda, que naturalmente se había cansado de esperar su regreso al cabo de diez años y se había unido en matrimonio con un acaudalado hidalgo de buenas perspectivas en el condado y sin la menor intención de irse a la guerra, recordaba a otras damas de distintos países, con las cuales había gozado de encuentros agradables por ambas partes y sin daño para ninguna. 

Bianca, la que sacaba agua de la fuente de piedra de Venecia; Ariadna, la griega del barco; Mariam, la viuda sarracena que vendía especias y frutas en Antioquía y que lo consideró lo bastante hombre como para reemplazar durante algún tiempo al que había perdido. Ni las relaciones ligeras ni las más serias dejaron en él la menor huella. 

Cadfael se daba por bien pagado, y el hecho de haberlas experimentado formaba parte del armonioso equilibrio que ahora le permitía saborear aquella serena vida contemplativa y le daba paciencia y perspicacia para soportar las sencillas almas enclaustradas, para quienes el hábito benedictino era una vocación de por vida y no un oportuno retiro como para él. 

Cuando ya se ha hecho todo lo demás, el cuidado de un huerto conventual es una tarea de lo más agradable y satisfactoria. No concebía llegar a semejante estancamiento sin antes haber hecho otra cosa. Cinco minutos más, y tendría que lavarse las manos y dirigirse a la iglesia para oír misa. 

Los utilizó para rodear su recóndito y perfumado reino de pálidas flores en el que fray Juan y fray Columbano, dos jóvenes tonsurados hacía apenas un año, se hallaban ocupados en arrancar malas hierbas y recortar los setos. Lustrosas y mates, viscosas o cubiertas de suave pelusa, las hojas mostraban todas las variantes posibles de verde. 

Casi todas las flores eran pequeñas, tímidas y casi furtivas, con suaves colores lilas, tenues azules y pálidos amarillos, dado que su importancia estribaba tan solo en la producción de semillas. Toda suerte de hierbas crecían allí: ruda, salvia, romero, borraja, jengibre, menta, tomillo, hierba álsine, hierbabuena, ajedrea, mostaza, hinojo, tanaceto, albahaca, eneldo, perejil, madreselva y mejorana. 

A todos sus ayudantes les había enseñado sus usos y también sus peligros, ya que el beneficio de las hierbas reside en su adecuada proporción, y una dosis excesiva puede ser peor que la enfermedad. Humildes en sus ropajes, modestas en sus colores, apiñadas y tímidas, las hierbas solo llamaban la atención por su difusa dulzura cuando el sol las iluminaba. 

Sin embargo, detrás de aquellas sencillas hierbas sin pretensiones, crecían otras más altas y esplendorosas, lechos de peonías cultivadas por sus aromáticas semillas, y altivos capullos de adormideras de pálidas hojas, cuya cerrada armadura apenas permitía adivinar el blanco o el negro púrpura de sus pétalos. Se mantenían tan erguidas como los hombres de baja estatura y provenían de la región oriental del Mediterráneo, desde donde

Cadfael había traído hacía mucho tiempo las semillas de sus antepasados, cultivándolas y cruzándolas en su propio huerto, antes de plantar allí aquella perfeccionada progenie con la que elaboraba remedios contra el dolor, el principal enemigo del hombre. El dolor y la ausencia de sueño, el cual es, a su vez, el remedio más beneficioso contra el dolor.

Ambos jóvenes, con los hábitos levantados hasta las rodillas, enderezaron la espalda y se sacudieron la tierra de las manos, conscientes como él de la hora que era. Por nada del mundo fray Columbano hubiera dejado de cumplir un solo ápice de sus deberes ni tolerado semejante falta en ninguno de sus hermanos. Era un joven muy apuesto y de excelente planta, cuya redonda e impresionante cabeza denotaba a las claras su pertenencia a una noble familia normanda. 

Siendo el segundón, le habían destinado a la vida monástica, lo mejor que se podía hacer cuando no se heredaban tierras. Tenía un lacio cabello rubio y grandes ojos azules, y su modesto porte, combinado con la palidez de su rostro, tendía a oscurecer la fuerza muscular de su figura. 

Fray Columbano no resultaba un compañero muy agradable porque, a pesar de su admirable constitución física, poseía una estructura mental de alarmante sensibilidad y era muy dado a los accesos de tensión emocional, a los escrúpulos de conciencia y a visiones apocalípticas en total desacuerdo con lo que hubiera cabido esperar de la solidez de su cráneo. Pero, siendo joven e idealista, ya tendría tiempo de superar aquellos tormentos. 

Fray Cadfael llevaba varios meses trabajando con él y tenía depositadas grandes esperanzas en aquel joven tan voluntarioso, enérgico y casi excesivamente servicial. Tal vez se sentía en deuda con su aristocrática estirpe y temía que un fallo por su parte empañara el brillo de su linaje. ¡No se puede pertenecer a una noble cuna normanda sin destacar en todo! 

Fray Cadfael, que descendía de una antigua familia galesa sin pretensiones sobrehumanas, se compadecía de las víctimas de semejante trampa y toleraba con ecuanimidad a fray Columbano, corrigiendo filosóficamente sus ocasionales excesos. El jugo de las paganas adormideras le había calmado más de una vez, cuando su fervor religioso se desbocaba.

¡Sea como fuere, semejantes insensateces no tenían la menor cabida en el otro! Fray Juan era tan vulgar y corriente como su nombre; un joven sencillo de nariz respingona, con un indomable anillo de vigorosos bucles cobrizos alrededor de su tonsura. 

Estaba perennemente hambriento y su principal interés por las cosas que se cultivaban en los huertos consistía en averiguar si eran comestibles y si su sabor era agradable. Cuando llegara el otoño, ya encontraría el medio de adentrarse en las arboledas frutales. De momento, se conformaba con ayudar a fray Cadfael a arrancar lechugas tempranas, a la espera de que maduraran los dulces frutos.

Era fray Juan un alma hermosa, alegre y jovial que parecía haber ido a parar a aquella recoleta existencia sin percatarse de que se equivocaba de sitio. Fray Cadfael advertía en él una malicia semejante a la suya propia, pese a que aún no había tenido ocasión de ejercitarse en el vasto mundo, por lo que no le cabía la menor duda de que aquel curioso pájaro de cresta roja algún día emprendería el vuelo. Entre tanto, el joven intentaba distraerse como podía y, a veces, la oportunidad se le presentaba en lugares inesperados.

—Tengo que ser puntual —dijo fray Juan, bajándose los faldones del hábito y restregándose tranquilamente las manos en las posaderas para sacudirse la tierra—. Esta semana soy lector.

Cadfael recordó que así era, en efecto, y pensó que, por muy aburridos que fueran los pasajes que eligieran para él en el refectorio y por muy sosos que fueran los santos y mártires cuyos prodigios tuviera que celebrar en el capítulo, Juan siempre se las arreglaba para infundirles dramatismo e interés. Si le hubieran asignado la decapitación de Juan el Bautista, hubiera hecho temblar los cimientos del monasterio.

—Tú lees para la gloria de Dios y de los santos, hermano —le recordó Columbano con cariñoso reproche y humildad un tanto ofensiva—, ¡no para la tuya!

Lo cual demostraba lo poco que sabía de tales cosas o lo hipócrita que podía llegar a ser.

—Siempre tengo en mi mente este bendito pensamiento —dijo fray Juan con irrefrenable deleite, guiñándole el ojo a Cadfael a espaldas de su compañero mientras los tres caminaban entre los arbustos hacia la puerta del abad y al gran patio.

El ágil y delgado joven y el fornido veterano de cincuenta y siete años, con su abombado pecho y sus torcidas piernas, seguían modestamente al otro. ¿Fui yo alguna vez —se preguntó Cadfael, acompañando con sus pesados andares de marinero las largas y flexibles zancadas del muchacho— tan joven y vehemente como él? 

Tenía que hacer un esfuerzo para recordar que Columbano contaba veinticinco años y era el vástago de una linajuda y poderosa familia, cuya fortuna no debía de estar enteramente fundada en la devoción religiosa.

La tercera misa del día no era solemne y, a su término, los monjes benedictinos de la abadía de Shrewsbury se dirigían en procesión desde el coro hasta la sala capitular donde todos ocupaban ordenadamente su escaño, encabezados por el abad Heriberto. 

El abad era viejo, afable y extremadamente dúctil, un anciano asceta, deseoso de que la paz y la armonía reinaran a su alrededor. Su figura era anodina, pero la bondad de su rostro cautivaba a todos sin excepción. Los novicios y los discípulos se encontraban a gusto en su presencia siempre que conseguían acercarse a él, lo cual no era muy fácil porque normalmente se interponía la imponente mole del prior Roberto.

El prior Roberto Pennant, por cuyas venas circulaba una mezcla de sangre inglesa y galesa, medía más de metro ochenta de estatura, se movía con elegancia, tenía el cabello gris plateado pese a contar solamente cincuenta años, y poseía un rostro alargado de aristocráticas y hermosas facciones y una altiva frente marmórea. 

En los condados del interior del país no había hombre que luciera mejor la mitra, merced a su estatura sobrehumana y su autoridad, y en toda Inglaterra no había hombre más consciente de ello ni más dispuesto a demostrarlo a la primera oportunidad. Su erguido porte, al cruzar la sala capitular hacia su sitial, parecía un ensayo para el pontificado.

Le seguía fray Ricardo, el viceprior y su antítesis; corpulento, desgarbado, afectuoso, benévolo y de gran inteligencia, pero con una enorme pereza mental. Era difícil que le nombraran prior cuando Roberto finalizara su mandato, habiendo tantos hombres más jóvenes que ambicionaban el puesto y no dudarían en realizar cualquier sacrificio con tal de conseguirlo.

Después de Ricardo venían los demás monjes en sus distintas jerarquías. Fray Benito, el sacristán; fray Anselmo, el chantre; fray Mateo, el cillerero; fray Dionisio, el hospitalario; fray Edmundo, el enfermero; fray Osvaldo, el limosnero; fray Jerónimo, el amanuense del prior; y fray Pablo, el maestro de novicios. 

Les seguía toda la comunidad del monasterio, por cierto muy numerosa. Entre los últimos, fray Cadfael se encaminó hacia su rincón preferido en la parte de atrás, escasamente iluminado y medio oculto tras una de las columnas de piedra. Puesto que no ostentaba ningún cargo de responsabilidad, nunca le llamaban para hablar en capítulo sobre los distintos asuntos de la casa y, si encima el tema en cuestión era aburrido, fray Cadfael aprovechaba el tiempo para dormir, cosa que, gracias a la costumbre, podía hacer sentado y con la espalda bien erguida sin que nadie le viera en su oscuro rincón. 

Tenía un sexto sentido que en caso necesario le hacía despertar de forma inmediata y verosímil. Más de una vez había contestado a una pregunta sin vacilar, estando dormido cuando se la formulaban. Aquella mañana de mayo en particular permaneció despierto el tiempo suficiente como para disfrutar de la última e improbable onza de dramatismo en la vida de algún anónimo santo, cuya festividad se celebraba aquel día; sin embargo, cuando el cillerero empezó a exponer un complicado asunto sobre una herencia destinada en parte al altar de Nuestra Señora y en parte a la enfermería, fray Cadfael se dispuso a echar una cabezadita. 

Al fin y al cabo, sabía que, una vez se resolviera la cuestión de un par de malhechores de poca monta, buena parte del tiempo restante se dedicaría a la campaña del prior Roberto encaminada a conseguir las reliquias y el patronazgo de algún poderoso santo para el monasterio. Desde hacía varios meses, apenas se hablaba de otra cosa. 

De hecho, el prior lo tenía entre ceja y ceja desde que la casa cluniacense de Wenlock redescubriera con gran júbilo y orgullo la tumba de su primera fundadora, santa Milburga, y colocara triunfalmente sus reliquias en el altar. ¡Un priorato desconocido situado a pocas leguas de distancia con su propia santa milagrera, y la gran casa benedictina de Shrewsbury tan vacía de reliquias como un cepillo de limosnas saqueado! Era algo que el prior Roberto no podía tolerar. 

Llevaba un año o más recorriendo las comarcas fronterizas, en busca de algún santo de reserva, y su mirada se dirigía esperanzada al País de Gales, donde era bien sabido que en el pasado los santos y santas abundaban tanto como las setas en otoño y eran tenidos en tan poco aprecio como estas. Fray Cadfael no tenía el menor interés en oír sus lamentos y exhortaciones. Y se durmió. 

El calor del sol reverberó desde las afiladas aristas de la pálida roca recalentada y le chamuscó el rostro mientras el árido polvo suspendido en el aire le quemaba la garganta. Desde el lugar donde permanecía agazapado con sus compañeros, vio la larga cresta de la muralla y los yelmos de los centinelas de las torres centelleando bajo la inmisericorde luz. 

Un paisaje excavado en piedra roja y fuego, todo hecho de precipicios profundos y rocas escarpadas, sin ninguna hoja verde que lo suavizara y, frente a él, el objeto de todos sus viajes, la ciudad santa de Jerusalén coronada de torres y constelada de cúpulas en el interior de sus murallas blancas. El polvo de la batalla flotando en el aire impedía ver con claridad el bastión y la puerta, y los ásperos gritos y el fragor de las armaduras le ensordecían. 

De un momento a otro esperaba oír el sonido de la trompeta anunciando el asalto final y procuraba agacharse todo lo posible, pues había aprendido a respetar el alcance y la precisión del corto y curvado arco sarraceno. Vio que los estandartes emergían de sus escondrijos y se adelantaban, ondeando al cálido viento. Vio el destello de la trompeta levantada y se dispuso a oír su sonido estridente.

El sonido que le despertó de golpe fue por demás estridente, pero no fue un trompetazo ni le impulsó a lanzarse al asalto triunfal de Jerusalén. Cadfael se encontraba de nuevo en su escaño del oscuro rincón de la sala capitular y se había levantado con la misma consternación y alarma que los demás. 

El grito que le había despertado estaba transformándose en una serie de gemidos desgarradores y sollozos entrecortados que hubieran podido ser de extremo dolor o de extremo éxtasis. 

En el espacio abierto del centro de la sala capitular, fray Columbano yacía boca abajo, retorciéndose y agitándose como un pez fuera del agua, al tiempo que se golpeaba la frente y las manos contra las baldosas y movía las piernas largas y pálidas, desnudas hasta las rodillas a causa de las contorsiones, en medio de unos increíbles gritos nacidos de la excitación física. Sus hermanos más próximos le rodeaban impotentes y el prior Roberto levantaba las manos, entre exhortaciones y exclamaciones.

Fray Cadfael y fray Edmundo, el enfermero, se acercaron simultáneamente a Columbano, se arrodillaron uno a cada lado y le sujetaron para que no se destrozara el cerebro contra las baldosas o se descoyuntara las articulaciones con sus movimientos.

—Mal caduco —sentenció fray Edmundo, introduciéndole entre los dientes la gruesa cuerda de la correa de Columbano y un pliegue de su hábito para evitar que se mordiera la lengua.

Fray Cadfael no estaba tan seguro del diagnóstico porque aquellos gruñidos desesperados no eran los propios de un ataque epiléptico, sino más bien los de una mujer histérica en pleno paroxismo. Sea como fuere, la medida calmó en parte los gritos e incluso pareció disminuir la fuerza de las convulsiones, aunque estas se renovaron en cuanto le aflojaron la sujeción.

—¡Pobre joven! —balbució el abad Heriberto desde atrás—. ¡Una dolencia tan cruel y repentina! ¡Tratadle con cuidado! Llevadlo a la enfermería. Debemos orar por su restablecimiento.

El episodio concluyó con cierto desorden. Con la ayuda de fray Juan y otros monjes más habilidosos, envolvieron a fray Columbano con una sábana, inmovilizándole los brazos y las piernas para que no se hiciera daño, le separaron los dientes con un trozo de madera en lugar de la tela, que hubiera podido atragantarlo y asfixiarlo, y le trasladaron en unas parihuelas a la enfermería. 

Allí lo acostaron, sujetándolo con correas alrededor del pecho y los muslos. El joven gimió, gruñó y se agitó, pero cada vez con menos fuerza. Cuando, al final, consiguieron que bebiera un sorbo del jugo de adormideras de fray Cadfael, sus gemidos se convirtieron en lastimeros susurros, y la violencia de su lucha contra la inmovilidad se redujo considerablemente.

—Cuidadle bien —dijo el prior, mirando al joven con inquietud—. Creo que alguien debería vigilarle constantemente, por si le repite el ataque. Vos tenéis otros enfermos que atender y no podéis permanecer a su lado día y noche. Fray Jerónimo, lo encomiendo a vuestras atenciones y os exonero de todos vuestros deberes mientras él os necesite.

—¡Lo haré con sumo placer y rezaré con insistencia! —contestó fray Jerónimo.
Siendo el más próximo colaborador del prior Roberto y su más fiel servidor, no era de extrañar que fuera inevitablemente elegido siempre que Roberto exigía una estricta obediencia y una meticulosa información, ambas cosas probablemente muy necesarias en el caso de un miembro de la comunidad víctima de lo que en otros lugares se hubiera calificado de simple ataque de locura.

—Quedaos con él, sobre todo por la noche —dijo el prior—. De noche, la resistencia de un hombre flaquea y los males corporales pueden apoderarse nuevamente de él. Si duerme tranquilo, vos también podréis descansar, pero no os alejéis, por si os necesita.

—Se dormirá en cuestión de una hora —terció fray Cadfael sin la menor vacilación— y es muy posible que pase al sueño natural antes de que anochezca. Si Dios quiere, mañana ya habrá sanado.

Cadfael pensaba, por su parte, que fray Columbano apenas ejercitaba el cuerpo y la mente y se vengaba de aquellas privaciones mediante excesos medio voluntarios y medio involuntarios, dignos no solo de compasión sino también de reproche. 

Sin embargo, se guardaba mucho de afirmarlo sin reservas. No estaba seguro de conocer a sus hermanos adoptivos lo bastante como para juzgarlos sin temor a equivocarse. Bueno, a fray Juan… ¡tal vez sí! Pero, tanto en la vida conventual como fuera de ella, los frailes Juanes alegres, sinceros y extrovertidos eran más bien escasos.

A la mañana siguiente fray Jerónimo se presentó en el capítulo con expresión exaltada, como si estuviera a punto de comunicar una noticia trascendental. Ante el leve reproche del abad Heriberto por haber abandonado al enfermo sin permiso, cruzó sumisamente las manos e inclinó la cabeza sin perder en ningún momento su extasiado aplomo.

—Padre, me trae aquí un deber que me ha parecido todavía más urgente. He dejado dormido a fray Columbano, aunque no muy tranquilo, ya que incluso en sueños sufre tormentos. Dos hermanos legos lo vigilan. Si he obrado mal, me atendré humildemente a las consecuencias.

—¿Nuestro hermano no está mejor? —preguntó preocupado el abad.

—Aún está profundamente turbado y, cuando se despierta, delira. ¡Pero, a lo que iba, padre! ¡Hay una esperanza segura para él! Esta noche he recibido una milagrosa visita. He venido para comunicaros lo que la divina misericordia me ha inspirado. Padre, en las primeras horas del amanecer, me quedé dormido junto al lecho de fray Columbano y tuve un sueño prodigioso.

Todos le escuchaban con atención y hasta fray Cadfael se había despertado por completo.

—Pero bueno, ¿ahora otro? —le susurró maliciosamente al oído fray Juan—. ¡Es una epidemia!

—Padre, me pareció que el muro de la estancia se abría y que penetraba una gran luz, a través de la cual una hermosa y radiante doncella se situaba junto al lecho de nuestro hermano y me hablaba. Me dijo que su nombre era Winifreda y que en el País de Gales existe una fuente sagrada precisamente en el lugar donde ella sufrió martirio. Añadió que si fray Columbano se bañaba en sus aguas recuperaría la salud y el uso de los sentidos. Después pronunció una bendición sobre la casa, se desvaneció en medio de una luz cegadora, y yo desperté.

Sobre el murmullo de excitación que recorrió toda la sala capitular se elevó la voz del prior Roberto en reverente triunfo:

—¡Padre abad, hemos recibido una guía de lo alto! Nuestra búsqueda de un santo nos ha atraído esta señal de favor, en prenda de que debemos perseverar.

—¡Winifreda! —dijo el abad en tono dubitativo—. No recuerdo muy bien la historia de esa santa mártir. Hay tantas en el País de Gales. Ciertamente, tendríamos que enviar a fray Columbano a su manantial sagrado. Sería una ingratitud rechazar un presagio tan claro. Pero ¿dónde se encuentra exactamente?

El prior Roberto miró a su alrededor en busca de los pocos galeses que había entre los monjes, pasó presurosamente por alto a fray Cadfael, que nunca había sido uno de sus preferidos —tal vez debido al peculiar brillo de sus ojos o a su pasado notoriamente mundano—, y se detuvo complacido en el anciano fray Rhys, que estaba medio senil, pero era doctrinalmente seguro y tenía la vasta, aunque caprichosa, memoria de los viejos.

—Hermano, ¿podéis contarnos la historia de esa santa y decirnos dónde está su manantial?

El anciano tardó un poco en advertir que era el centro de la atención. Permanecía encogido como un pajarillo, le faltaban los dientes y estaba acostumbrado a ser objeto de un tolerante olvido. Empezó con cierta vacilación, pero se animó en seguida, en cuanto vio que todos los ojos estaban fijos en él.

—¿Santa Winifreda decís, padre? Todo el mundo conoce a Santa Winifreda. Encontraréis su fuente por el nombre que recibió el lugar, Holywell, no lejos de Chester. Pero ella no está allí. No hallaréis su sepultura en Holywell.

—Habladnos de ella —le instó el prior Roberto en tono casi servil, movido por su entusiasmo—. Contadnos su historia.

—Santa Winifreda —declamó el anciano, empezando a disfrutar de su hora de gloria— era hija única de un caballero llamado Tevyth que vivía en aquellas comarcas cuando los príncipes aún eran paganos. Pero aquel caballero y todos los suyos fueron convertidos por san Bruno, a quien ofreció cobijo y le hizo construir una iglesia. La joven era todavía más devota que sus padres, oía misa todos los días y había decidido consagrar su virginidad a Dios. Pero aconteció que un domingo cayó enferma y se quedó en casa mientras los demás se iban a la iglesia. Llegó a su puerta el príncipe de aquella región, Cradoc, el hijo del rey, que se había enamorado de ella desde lejos. Porque debéis saber que la joven era muy hermosa. ¡Muy hermosa! —repitió fray Rhys, relamiéndose los labios de gusto. El prior Roberto se molestó visiblemente ante aquella desvergüenza, pero se abstuvo de interrumpir su relato con un reproche—. Alegó estar acalorado y sediento después de una jornada de caza —añadió fray Rhys en tono de misterio— y pidió un poco de agua. La joven le franqueó la entrada y le ofreció de beber. Entonces —el anciano monje elevó la voz y se inclinó en su holgado hábito, levantándose con un vigor que ninguno de los presentes hubiera imaginado en él— le manifestó sus intenciones y la estrechó en sus brazos. ¡Así! —El esfuerzo era casi demasiado para él y, además, el prior le estaba mirando alarmado. Rhys refrenó su entusiasmo y recuperó su dignidad—. La fiel doncella le rechazó con suaves palabras y huyó a otra  estancia, se encaramó a una ventana y corrió hacia la iglesia. El príncipe Cradoc montó en su caballo y le dio alcance cerca de la iglesia, donde, temeroso de que ella revelara su infamia, la decapitó con su espada.

Fray Rhys esperó el consabido murmullo de horror, piedad e indignación, junto con un revuelo de manos unidas en actitud de plegaria y de redondos ojos admirados.

—¿De ese modo tan devoto alcanzó su muerte y su glorificación? —preguntó fray Jerónimo con entusiasmo.

—¡De ninguna manera! —contestó fray Rhys. Nunca le había tenido demasiada simpatía a fray Jerónimo—. San Bruno y la congregación de fieles salían en aquel momento de la iglesia y vieron lo ocurrido. El santo lanzó una terrible maldición contra el asesino, el cual cayó inmediatamente de hinojos y empezó a fundirse como la cera en el fuego hasta que todo su cuerpo desapareció en la hierba. Entonces san Bruno tomó la cabeza de la doncella y la colocó en su cuello. La carne volvió a juntarse y la joven recobró la vida, y en el lugar de su resurrección surgió la fuente sagrada.

Todos esperaron mudos de asombro, pero él les dejó esperar. Lo ocurrido después de la muerte no le interesaba.

—¿Y después? —le apremió el prior Roberto—. ¿Qué hizo la santa después de su resurrección?

—Fue en peregrinación a Roma —contestó fray Rhys con indiferencia—, asistió a un gran sínodo de santos y fue nombrada abadesa de una comunidad de monjas en Gwytherin, cerca de Llanrwst. Allí vivió muchos años y obró muchos prodigios en su vida, si vida podemos llamarla, puesto que ya había estado muerta una vez.

Con un encogimiento de hombros, el fraile dio a entender que no sentía el menor respeto por aquel residuo de vida. La chica tuvo su oportunidad con el príncipe Cradoc y la desaprovechó; su inclinación natural la llevaba a ser abadesa de un monasterio y ya no había más que decir.

De pie con su imponente estatura, en medio de un círculo de luz que se filtraba a través de las columnas de la sala capitular, el prior Roberto miró con expresión exultante y ojos autoritarios al abad Heriberto.

—Padre, ¿no os parece que nuestra reverente búsqueda de un patrón de gran poder y santidad ha sido guiada por la mano divina? Esta bondadosa santa nos ha visitado personalmente en el sueño de fray Jerónimo, incitándonos a llevarle a nuestro hermano enfermo. ¿Acaso no es lícito esperar que ella nos guíe en nuestros afanes? Si atiende nuestras plegarias y devuelve la salud de alma y cuerpo a fray Columbano, ¿no podríamos abrigar la esperanza de que viniera en persona y habitara entre nosotros, suplicando humildemente la autorización de la Iglesia para tomar sus veneradas reliquias y acogerlas dignamente en Shrewsbury? ¡A la mayor gloria y lustre de nuestra casa!

—¡Y del prior Roberto! —susurró fray Juan al oído de Cadfael.

—Ciertamente, parece que nos ha mostrado un favor singular —reconoció el abad Heriberto.

—En tal caso, padre, ¿me dais licencia para que hoy mismo envíe a fray Columbano a Holywell con el debido acompañamiento?

—Hacedlo —dijo el abad— con las plegarias de todos nosotros, y así regrese sano y salvo, convertido en el heraldo de Santa Winifreda.

Poco después de la comida del mediodía, el perturbado, delirando todavía con palabras inconexas, fue sacado por un portalón para iniciar la primera etapa de su viaje a lomos de una mula, sentado en una silla muy alta capaz de ofrecerle un poco de seguridad en caso de que le diera otro ataque, con fray Jerónimo a un lado y un fornido hermano lego al otro, dispuestos a sujetarle en caso necesario. 

Columbano miró a su alrededor con grandes y patéticos ojos infantiles como si no conociera a nadie, pero se dejó conducir sumisa y confiadamente a donde le llevaban.

—No me hubiera venido nada mal un viajecito a Gales —comentó fray Juan, mirándoles con expresión nostálgica mientras doblaban la esquina y desaparecían en dirección al puente sobre el río Severn—. Pero yo no hubiera tenido a buen seguro las esperadas visiones. Eso lo hará mejor Jerónimo.

—Muchacho —dijo fray Cadfael con indulgencia—, cada día eres más descreído.

—¡De ninguna manera! Estoy tan dispuesto a creer en los milagros y la santidad de la doncella como el que más. Sabemos que los santos tienen poder de ayudar y bendecir, y yo creo que también tienen buena voluntad. Pero, cuando el sueño lo tiene el fiel sabueso del prior Roberto, ¡tú lo que me pides es que crea en su santidad y no en la de la doncella! En cualquier caso, ¿no es su favor una gloria suficiente? No veo por qué razón tienen que ir a desenterrar sus huesos. Eso más parece una tarea de sepultureros que un asunto de la Iglesia. Y tú piensas lo mismo que yo —dijo el joven con firmeza, mirando a Cadfael directamente a los ojos.

—Cuando quiera oír mi propio eco —replicó Cadfael—, hablaré primero, por lo menos. Ven, tenemos que cavar aquella franja del fondo para plantar unas berzas.

La delegación a Holywell estuvo ausente cinco días y regresó al monasterio al anochecer, envuelta por el resplandor de la gracia celestial mientras sus tres componentes entraban en el patio, entonando oraciones bajo una fina llovizna. En medio, iba fray Columbano, erguido y rebosante de entusiasmo, si así se podía describir a alguien tan humilde en su alegría. 

Su semblante era claro y luminoso y sus ojos estaban llenos de asombro e inteligencia. Nunca alguien pareció más cuerdo que él ni menos propenso a sufrir ataques de mal caduco. Se encaminó directamente a la iglesia para dar gracias a Dios y a Santa Winifreda de rodillas y después los tres se dirigieron desde el altar a informar debidamente al abad, al prior y al viceprior en los aposentos del abad.

—Padre —dijo fray Columbano, rebosante de gozo y felicidad—, no tengo capacidad para contaros lo que me ha ocurrido porque sé menos que esos que me han cuidado en mi delirio. Yo solo sé que emprendí este viaje como un hombre dominado por una pesadilla y fui a donde me llevaron sin poder valerme por mí mismo ni saber lo que hacía. Y, de pronto, fue como si despertara de la pesadilla en una clara mañana de primavera. Me vi desnudo sobre la hierba junto a una fuente mientras estos buenos hermanos me mojaban con un agua cuyo contacto me sanó. Entonces me reconocí a mí mismo y les reconocí a ellos, y solo me pregunté dónde estaba y cómo había llegado hasta allí. Cosa de la que ellos gustosamente me informaron. Después nos fuimos los tres, acompañados de mucha gente del lugar, a oír misa en una pequeña iglesia cerca del manantial. Ahora sé que debo mi salud a la intercesión de Santa Winifreda, a la cual alabo y venero con todo mi corazón, lo mismo que a Dios, que fue quien la indujo a compadecerse de mí. El resto os lo contarán estos hermanos.

El hermano lego era corpulento y taciturno, estaba muy cansado —porque era el que había hecho todo el trabajo— y ya empezaba a hartarse un poco de aquella historia. Hizo las adecuadas exclamaciones en los momentos precisos, pero dejó el relato en las hábiles manos de fray Jerónimo, el cual lo refirió todo en sus menores detalles. 

Cómo llevaron al paciente a la aldea de Holywell, pidieron ayuda a los aldeanos y estos les indicaron el lugar donde la santa resucitó después de su martirio, junto a la cristalina fuente de la que seguía manando el agua sagrada, recogida en una pila de piedra. 

Allí condujeron al delirante Columbano, le despojaron del hábito, la camisa y los calzones y le arrojaron encima el agua milagrosa. Inmediatamente, el joven se irguió, elevó las manos en actitud de plegaria y dio gracias a Dios por la recuperación de su mente. 

Después, preguntó asombrado a sus compañeros cómo había llegado hasta allí y qué le había ocurrido y vio premiada su humildad, gracias a la santa por cuya intercesión había recuperado la salud.

—Padre, las gentes de allí nos dijeron que la santa está efectivamente enterrada en Gwytherin, donde murió una vez cumplida su misión, y que en el lugar donde reposa su cuerpo se han obrado muchos milagros. Pero afirman que, después de tanto tiempo, su tumba está olvidada y descuidada, por lo que tal vez ella desea ser trasladada a un lugar donde acudan a venerarla los peregrinos y así pueda derramar con largueza sus gracias y bendiciones sobre cuantos la invoquen.

—Ha sido una inspiración que vos presenciarais este milagro —dijo el prior Roberto, alto y espléndido tras haber visto recompensada su fe—, y habéis expresado lo que yo sentía al escucharos. Sin duda, Santa Winifreda nos pide que acudamos a rescatarla, tal como ella ha rescatado a fray Columbano. Muchos necesitan de su bondad y no la conocen. En nuestras manos, sería ensalzada como merece y muchos que necesitan sus gracias sabrían dónde acudir para recibirlas. Rezo para que podamos preparar esta expedición de fe a la que ella nos convoca. Padre abad, dadme vuestra licencia para dirigir la petición a la Iglesia de forma que esta gloriosa santa pueda descansar entre nosotros y ser nuestro mayor orgullo. Porque estoy firmemente convencido de que tal es su voluntad y su deseo.

—¡En nombre de Dios —dijo devotamente el abad Heriberto—, apruebo este proyecto e invoco para él las bendiciones del cielo!

—Lo tenía todo previsto de antemano —dijo fray Juan entre envidioso y despectivo, inclinándose sobre la hierbabuena—. Todo ese asombro y maravilla y ese preguntar quién era Santa Winifreda y dónde podía encontrársela. Lo sabía desde un principio. Ya la había elegido entre todos los santos olvidados que descubrió en el País de Gales, y pensó que era la más fácil de conseguir y la que a él le daría más lustre. Pero tenía que darlo a conocer por medios milagrosos. Habrá otro prodigio siempre que necesite allanar el camino hasta que consiga trasladar la doncella a la iglesia para su propia gloria. La empresa será muy ardua y con ella pretende subir muy alto. Empieza con una visión, una curación milagrosa y la gracia divina que guía sus pasos. Está tan claro como la nariz que tienes en la cara.

—¿Crees —preguntó fray Cadfael— que fray Columbano también participa en la intriga lo mismo que fray Jerónimo, y que el episodio del ataque fue una simulación? Tendría que estar muy seguro de mi recompensa en el cielo antes de ofrecerme a romper las baldosas con mi frente, aunque fuera para proporcionarle un milagro al prior Roberto.

Fray Juan frunció el ceño con una expresión muy seria.

—No, no lo creo. Todos sabemos que nuestro humilde cordero blanco es propenso a estremecerse de horror ante un peligro y a experimentar éxtasis después de una vigilia o un ayuno. Probablemente el agua helada que le echaron encima en Holywell fuera lo más apropiado para devolverle los sentidos. ¡Hubiéramos conseguido el mismo resultado arrojándole al estanque de los peces! No, yo no diría que él ha tenido parte en eso…, por lo menos a sabiendas. Pero él les dio la oportunidad de ofrecernos una espléndida demostración de gracia. ¡Recuerda que fue Jerónimo el encargado de vigilarle por la noche! Para que haya una visión se necesita solo un hombre, pero tiene que ser el hombre adecuado —fray Juan estrujó tristemente unas hojas tiernas entre las palmas de sus manos, y la fragancia se esparció por el aire de las primeras horas matinales—. Y serán también hombres adecuados quienes acompañen al prior Roberto en su expedición al País de Gales —añadió fray Juan con amarga certeza—. ¡Ya lo verás!

No cabía la menor duda, aquel joven estaba deseando volver a ver el mundo y respirar una bocanada de aire fresco fuera de los muros del monasterio. Fray Cadfael reflexionó, no solo por simpatía hacia su joven ayudante sino también por ciertos anhelos placenteros que él mismo experimentaba en aquellos momentos. 

Un acontecimiento tan trascendental en el, por otra parte, monótono curso de la vida monástica no podía desperdiciarse. ¡Sin contar las indudables posibilidades de distracción que se les ofrecerían!

—¡Cierto! —exclamó en tono pensativo—. Tal vez convendría hacer algo para allanar las dificultades. Ciertamente no es bueno que en Gales se queden con la impresión de que Jerónimo es lo mejor que tenemos en Shrewsbury.

—Tú tienes tantas posibilidades como yo de ser invitado —dijo fray Juan con su habitual franqueza—. Jerónimo tiene el puesto asegurado porque el prior Roberto necesita a su mano derecha. El pobre e inocente Columbano fue el instrumento de la gracia y podrían utilizarlo de nuevo para el mismo fin. Al viceprior tienen que llevarlo consigo para guardar las formas. ¿Qué podríamos hacer para acompañarles? Aún tardarán unos días en marcharse; los carpinteros y cinceladores están trabajando mucho en el espléndido relicario para la santa, pero les llevará algún tiempo terminarlo. ¡Aguza tu ingenio, hermano! ¡No hay nada que no puedas hacer, si te lo propones! ¡Con el prior o sin el prior!

—Vaya, vaya, ¿quién dijo que no tenías fe? —se preguntó fray Cadfael, seducido y desarmado—. Podría intentar abrirme camino, tiene que haber algún medio de hacerlo, pero ¿cómo voy a recomendar a un pícaro desvergonzado como tú? ¿Qué sabes hacer para justificar tu presencia en semejante misión?

—Sé cuidar muy bien de las mulas —contestó fray Juan esperanzado—, y no pensarás que el prior Roberto pretende ir a pie, ¿verdad? ¿O que él mismo cuidará y dará de comer y beber a las bestias? ¿O que limpiará el estiércol? Necesitarán de alguien que haga las tareas más pesadas y que les sirva. ¿Por qué no yo?

Era algo, en efecto, en lo que nadie parecía haber pensado todavía. ¿Por qué llevar a un lego, habiendo un monje que cantaba con dulce voz en la misa y que, encima, estaba dispuesto a hacer el trabajo más duro? El muchacho se merecía aquella excursión ya que no desdeñaba hacer un sacrificio a cambio. Además, podría ser útil antes de que terminara todo aquello. Si no para el prior Roberto, por lo menos para fray Cadfael.

—Ya veremos —dijo este, mientras su vigoroso protegido reanudaba la labor que tenía entre manos.

Sin embargo, después del almuerzo, durante la soñolienta media hora que los viejos dedicaban a la siesta y los novicios a los juegos, fray Cadfael fue a ver al abad Heriberto en su estudio.

—Padre abad, tengo la impresión de que emprenderemos este peregrinaje a Gwytherin sin haber considerado plenamente todos los detalles. Primero, debemos enviarle un mensaje al obispo de Bangor, a cuya jurisdicción pertenece Gwytherin, ya que, sin su aprobación, el asunto no puede llevarse adelante. Además, aunque no es esencial tener a alguien que hable correctamente el galés dado que el obispo domina sin duda el latín, no todos los párrocos de Gales lo hablan y es absolutamente necesario poder hablar libremente con el sacerdote de Gwytherin en caso de que el obispo apruebe nuestra misión. Pero lo más importante es que la sede episcopal de Bangor se halla bajo la soberanía del rey de Gwynedd, cuya benevolencia y autorización es tan necesaria como la de la Iglesia. Los príncipes de Gwynedd hablan solo el galés, aunque tienen muy doctos escribientes. El padre prior tiene sin duda ciertos conocimientos de galés, pero…

—Eso es verdad —dijo el abad Heriberto, hombre que se desalentaba fácilmente por cualquier cosa—. Son conocimientos muy superficiales, y la conformidad del rey es de la máxima importancia. Fray Cadfael, el galés es vuestra lengua materna y no tiene secretos para vos. ¿Podríais…? Sí, ya sé, el huerto… Pero, con vuestra ayuda, no habría ninguna dificultad.

—En el huerto —dijo fray Cadfael— todo está muy adelantado y puedo ausentarme diez días o más sin que ocurra ningún percance. Tendría mucho gusto en ser el intérprete y ofrecer mi ayuda en Gwytherin.

—¡Sea! —dijo el abad, lanzando un sincero suspiro de alivio—. Id con el prior Roberto y sed nuestra voz ante el pueblo de Gales. Yo mismo sancionaré vuestra misión, y tendréis mi autoridad.

El abad era un viejo bondadoso, amable, muy experimentado y carente de ambición, santurronería y firmeza. Había dos maneras de plantearle la cuestión de fray Juan. Cadfael eligió la más honrada y sencilla.

—Padre, aquí hay un joven monje sobre cuya vocación tengo ciertas dudas, pero sobre cuya bondad no tengo ninguna. Le aprecio de veras y me gustaría que encontrara su verdadero camino porque, cuando lo encuentre, no se apartará de él. Sin embargo, puede que su camino no esté a nuestro lado. Os suplico que me permitáis llevarle conmigo como cortador de leña y aguador para darle un plazo de reflexión.

El abad Heriberto se mostró consternado y preocupado, pero también comprensivo. Tal vez recordaba tiempos lejanos en que su propia vocación atravesó períodos tormentosos.
 —Lamentaría negarle la posibilidad de elegir a cualquiera que estuviera más capacitado para servir a Dios en otro lugar —dijo—. ¿Quién de nosotros puede decir que nunca ha echado la mirada hacia atrás? —Después hizo una pregunta delicada, abordando el aspecto que más le preocupaba, aunque con rostro cautamente despreocupado—: No le habréis planteado esta cuestión al prior Roberto, ¿verdad?

—No, padre —contestó virtuosamente fray Cadfael—. No me pareció bien cargar sobre sus espaldas una responsabilidad tan pequeña, cuando ya soporta otra tan grande.

—¡Bien hecho! —convino sinceramente el abad—. No estaría bien distraer su mente en esta fase del gran proyecto. Yo no le diría nada sobre los motivos de la incorporación de este joven al grupo. El prior Roberto, en su inconmovible certidumbre, no vería con buenos ojos a un hombre que mira hacia atrás, una vez puesta la mano en el arado.

—Y sin embargo, padre, no todos estamos hechos para ser labradores. Algunos podrían ser más útiles trabajando de otra forma.

—¡Cierto! —dijo el abad, esbozando una cautelosa sonrisa mientras pensaba en el recurrente, pero a menudo olvidado misterio del propio fray Cadfael—. Confieso que con frecuencia me he preguntado… ¡Pero no importa! Muy bien, pues, decidme el nombre de este joven fraile, y lo tendréis.

Una conflagración imperfecta - Ambrose Bierce

Una mañana de junio de 1872, temprano, asesiné a mi padre, acto que me impresionó vivamente en esa época. Esto ocurrió antes de mi casamiento, cuando vivía con mis padres en Wisconsin. 

Mi padre y yo estábamos en la biblioteca de nuestra casa, dividiendo el producto de un robo que habíamos cometido esa noche. Consistía, en su mayor parte, en enseres domésticos, y la tarea de una división equitativa era dificultosa. Nos pusimos de acuerdo sobre las servilletas, toallas y cosas parecidas, y la platería se repartió casi perfectamente, pero ustedes pueden imaginar que cuando se trata de dividir una única caja de música en dos, sin que sobre nada, comienzan las dificultades. 

Fue esa caja musical la que trajo el desastre y la desgracia a nuestra familia. Si la hubiéramos dejado, mi padre podría estar vivo ahora.

Era una exquisita y hermosa obra de artesanía, incrustada de costosas maderas, curiosamente tallada. No solo podía tocar gran variedad de temas sino que también silbaba como una codorniz, ladraba como un perro, cantaba como el gallo todas las mañanas, se le diera cuerda o no, y recitaba los Diez Mandamientos. 

Fue esta última maravilla la que ganó el corazón de mi padre y lo llevó a cometer el único acto deshonroso de su vida, aunque posiblemente hubiera cometido otros si le hubiera perdonado ese: trató de ocultarme la caja aunque yo sabía muy bien que en lo que le concernía, el robo había sido llevado a cabo principalmente para conseguirla.

Mi padre tenía la caja de música escondida bajo la capa; habíamos usado capas como disfraz. Me había asegurado solemnemente que no la había tomado. Yo sabía que sí, y sabía algo que, evidentemente, él ignoraba: o sea, que la caja cantaría con la luz del día y lo traicionaría si me era posible prolongar la división de bienes hasta esa hora. 

Todo ocurrió como yo lo deseaba: cuando la luz de gas empezó a palidecer en la biblioteca y la forma de las ventanas se vio oscuramente tras las cortinas, un largo cocorocó salió de abajo de la capa del caballero, seguido de algunos compases del aria de Tannhäuser y finalizando con un sonoro clic. 

Sobre la mesa, entre nosotros, había una pequeña hacha de mano que habíamos usado para penetrar en la infortunada casa; la tomé. El anciano, viendo que ya de nada servía esconderla por más tiempo, sacó la caja de música de entre su capa y la puso sobre la mesa.

—Córtala en dos si así la prefieres —dijo—. He tratado de salvarla de la destrucción.

Era un apasionado amante de la música y tocaba la armónica con expresión y sentimiento.

Dije:

—No discuto la pureza de sus motivos: sería presunción de mi parte querer juzgar a mi padre. Pero los negocios son los negocios; voy a efectuar la disolución de nuestra sociedad a menos que usted consienta en usar en futuros robos un cascabel.

—No —dijo después de reflexionar un momento—, no, no podría hacerlo, parecería una confesión de deshonestidad. La gente diría que desconfías de mí.

No pude dejar de admirar su temple y su sensibilidad; por un momento me sentí orgulloso de él y dispuesto a disimular su falta, pero un vistazo a la enjoyada caja de música me decidió, y, como ya lo dije, saqué al anciano de este valle de lágrimas. 

Una vez hecho sentí una pizca de desasosiego. No solo era mi padre —el autor de mis días— sino que sin duda el cadáver sería descubierto. Era ya pleno día y en cualquier momento mi madre podía entrar a la biblioteca. Bajo tales circunstancias consideré que lo prudente era suprimirla también, cosa que hice. Pagué luego a todos los sirvientes y los despedí.

Esa tarde fui a ver al jefe de Policía, le conté lo que había hecho y le pedí consejo. Me hubiera resultado muy penoso que los acontecimientos tomaran estado público. Mi conducta hubiera sido unánimemente condenada y los periódicos la usarían en mi contra si alguna vez obtenía un cargo de gobierno. 

El jefe comprendió la fuerza de estos razonamientos; él era también un asesino de amplia experiencia. Después de consultar con el juez que presidía la Corte de Jurisdicción Variable me aconsejó esconder los cadáveres en una de las bibliotecas, tomar un fuerte seguro sobre la casa y quemarla. Cosa que procedí a hacer.

En la biblioteca había una estantería que mi padre comprara recientemente a un inventor chiflado y que no había llenado de libros. El mueble tenía la forma y el tamaño parecidos a esos antiguos roperos que se ven en los dormitorios que no tienen placard, pero se abría de arriba abajo como un camisón de señora. Tenía puertas de vidrio. 

Había amortajado a mis padres y ya estaban bastante rígidos como para mantenerse erectos, de modo que los puse en la biblioteca de la que había sacado los estantes. Cerré la puerta con llave y pinché unas cortinitas en las portezuelas de vidrio. El inspector de la compañía de seguros pasó media docena de veces frente al mueble sin sospechar nada.

Esa noche, después de obtener mi póliza, prendí fuego a la casa y, a través de los bosques, me dirigí a la ciudad, que distaba dos millas, en donde me las arreglé para encontrarme en el momento en que la alegría estaba en su punto más alto. Con gritos de aprehensión por la suerte de mis padres me uní a la multitud y llegué con ellos al lugar del incendio unas dos horas después de haberlo provocado. 

La ciudad entera estaba allí cuando llegué precipitadamente. La casa estaba completamente consumida, pero en el extremo del lecho de encendidas ascuas, enhiesta e incólume se veía esa biblioteca. El fuego había quemado las cortinas, dejando a la vista las puertas de vidrio, a través de las cuales la fiera luz roja iluminaba el interior. 

Allí estaba mi querido padre, «igualito a cuando vivía», y a su lado la compañera de pesares y alegrías. No tenían ni un pelo chamuscado y las vestimentas estaban intactas. Conspicuas eran las heridas de sus cabezas y gargantas, que en la prosecución de mis designios me había visto obligado a infligirles. La gente guardaba silencio como en presencia de un milagro. El espanto y el terror habían atado todas las lenguas. Yo mismo me sentía muy afectado.

Unos tres años después, cuando los acontecimientos aquí relatados se habían borrado casi de mi memoria, fui a Nueva York para ayudar a pasar algunos bonos americanos falsos. Cierto día, mirando distraídamente una mueblería, vi la réplica exacta de mi biblioteca.

—La compré por una bicoca a un inventor que abandonó el oficio, como me explicó el vendedor. Decía que era a prueba de fuego porque los poros de la madera fueron rellenados a presión hidráulica con alumbre y el vidrio está hecho de asbesto. No creo que sea realmente a prueba de fuego… se la puedo dar al precio de una biblioteca común.

—No —le dije—, si usted no puede garantizar que es a prueba de fuego, no la llevaré.

Y le di los buenos días. No la hubiera llevado a ningún precio, me despertaba recuerdos sumamente desagradables. 

Los crímenes de la calle Morgue - Edgar Allan Poe (Parte 4 y última)

Era una minuciosa descripción anatómica y descriptiva del gran orangután leonado de las islas de la India oriental. La gigantesca estatura, la prodigiosa fuerza y agilidad, la terrible ferocidad y las tendencias imitativas de estos mamíferos son bien conocidas. Instantáneamente comprendí todo el horror del asesinato.

—La descripción de los dedos —dije al terminar la lectura— concuerda exactamente con este dibujo. Solo un orangután, entre todos los animales existentes, es capaz de producir las marcas que aparecen en su diseño. Y el mechón de pelo coincide en un todo con el pelaje de la bestia descrita por Cuvier. De todas maneras, no alcanzo a comprender los detalles de este aterrador misterio. Además, se escucharon dos voces que disputaban y una de ellas era, sin duda, la de un francés.

—Cierto. Y recordará usted que, casi unánimemente, los testigos declararon haber oído decir a esa voz las palabras: «Mon Dieu!». Dadas las circunstancias, uno de los testigos (Montani, el confitero) acertó al sostener que la exclamación tenía un tono de reproche o reconvención. Sobre esas dos palabras, pues, he apoyado todas mis esperanzas de una solución total del enigma. 

»Un francés estuvo al tanto del asesinato. Es posible —e incluso muy probable— que fuera inocente de toda participación en el sangriento episodio. El orangután pudo habérsele escapado. Quizá siguió sus huellas hasta la habitación; pero, dadas las terribles circunstancias que se sucedieron, le fue imposible capturarlo otra vez. El animal anda todavía suelto. 

»No continuaré con estas conjeturas (pues no tengo derecho a darles otro nombre), ya que las sombras de reflexión que les sirven de base poseen apenas suficiente profundidad para ser alcanzadas por mi intelecto, y no pretenderé mostrarlas con claridad a la inteligencia de otra persona. Las llamaremos conjeturas, pues, y nos referiremos a ellas como tales. Si el francés en cuestión es, como lo supongo, inocente de tal atrocidad, este aviso que dejé anoche cuando volvíamos a casa en las oficinas de Le Monde (un diario consagrado a cuestiones marítimas y muy leído por los navegantes) lo hará acudir a nuestra casa.

Me alcanzó un papel, donde leí:
 

 CAPTURADO.—En el Bois de Boulogne, en la mañana del... (la mañana del asesinato), se ha capturado un gran orangután leonado de la especie de Borneo. Su dueño (de quien se sabe que es un marinero perteneciente a un barco maltés) puede reclamarlo, previa identificación satisfactoria y pago de los gastos resultantes de su captura y cuidado. Presentarse al número... calle... Faubourg Saint-Germain... tercer piso.

—Pero, ¿cómo es posible —pregunté— que sepa usted que el hombre es un marinero y que pertenece a un barco maltés?

—No lo sé —dijo Dupin— y no estoy seguro de ello. Pero he aquí un trocito de cinta que, a juzgar por su forma y su grasienta condición, debió de ser usado para atar el pelo en una de esas largas queues de que tan orgullosos se muestran los marineros. Además, el nudo pertenece a esa clase que pocas personas son capaces de hacer, salvo los marinos, y es característico de los malteses. 

»Encontré esta cinta al pie de la varilla del pararrayos. Imposible que perteneciera a una de las víctimas. De todos modos, si me equivoco al deducir de la cinta que el francés era un marinero perteneciente a un barco maltés, no he causado ningún daño al estamparlo en el aviso. Si me equivoco, el hombre pensará que me he confundido por alguna razón que no se tomará el trabajo de averiguar. 

»Pero si estoy en lo cierto, hay mucho ganado. Conocedor, aunque inocente de los asesinatos, el francés vacilará, como es natural, antes de responder al aviso y reclamar el orangután. He aquí cómo razonará: «Soy inocente y pobre; mi orangután es muy valioso y para un hombre como yo representa una verdadera fortuna. ¿Por qué perderlo a causa de una tonta aprensión? Está ahí, a mi alcance. Lo han encontrado en el Bois de Boulogne, a mucha distancia de la escena del crimen. ¿Cómo podría sospechar alguien que ese animal es el culpable? 

»La policía está desorientada y no ha podido encontrar la más pequeña huella. Si llegaran a seguir la pista del mono, les será imposible probar que supe algo de los crímenes o echarme alguna culpa como testigo de ellos. Además, soy conocido. El redactor del aviso me designa como dueño del animal. Ignoro hasta dónde llega su conocimiento. Si renuncio a reclamar algo de tanto valor, que se sabe de mi pertenencia, las sospechas recaerán, por lo menos, sobre el animal. Contestaré al aviso, recobraré el orangután y lo tendré encerrado hasta que no se hable más del asunto».

En ese momento oímos pasos en la escalera.

—Prepare las pistolas —dijo Dupin—, pero no las use ni las exhiba hasta que le haga una seña.

La puerta de entrada de la casa había quedado abierta y el visitante había entrado sin llamar, subiendo algunos peldaños de la escalera. Pero, de pronto, pareció vacilar y lo oímos bajar. Dupin corría ya a la puerta cuando advertimos que volvía a subir. Esta vez no vaciló, sino que, luego de trepar decididamente la escalera, golpeó en nuestra puerta.

—¡Adelante! —dijo Dupin con voz cordial y alegre.

El hombre que entró era, con toda evidencia, un marino, alto, robusto y musculoso, con un semblante en el que cierta expresión audaz no resultaba desagradable. Su rostro, muy atezado, aparecía en gran parte oculto por las patillas y los bigotes. Traía consigo un grueso bastón de roble, pero al parecer esa era su única arma. Inclinóse torpemente, dándonos las buenas noches en francés; a pesar de un cierto acento suizo de Neuchâtel, se veía que era de origen parisiense.

—Siéntese usted, amigo mío —dijo Dupin—. Supongo que viene en busca del orangután. Palabra, se lo envidio un poco; es un magnífico animal, que presumo debe de tener gran valor. ¿Qué edad le calcula usted?

El marinero respiró profundamente, con el aire de quien se siente aliviado de un peso intolerable, y contestó con tono reposado:

—No podría decirlo, pero no tiene más de cuatro o cinco años. ¿Lo guarda usted aquí?

—¡Oh, no! Carecemos de lugar adecuado. Está en una caballeriza de la rue Dubourg, cerca de aquí. Podría usted llevárselo mañana por la mañana. Supongo que estará en condiciones de probar su derecho de propiedad.

—Por supuesto que sí, señor.

—Lamentaré separarme de él —dijo Dupin.

—No quisiera que usted se hubiese molestado por nada —declaró el marinero—. Estoy dispuesto a pagar una recompensa por el hallazgo del animal. Una suma razonable, se entiende.

—Pues bien —repuso mi amigo—, eso me parece muy justo. Déjeme pensar: ¿qué le pediré? ¡Ah, ya sé! He aquí cuál será mi recompensa: me contará usted todo lo que sabe sobre esos crímenes en la rue Morgue.

Dupin pronunció las últimas palabras en voz muy baja y con gran tranquilidad. Después, con igual calma, fue hacia la puerta, la cerró y guardó la llave en el bolsillo. Sacando luego una pistola, la puso sin la menor prisa sobre la mesa.

El rostro del marinero enrojeció como si un acceso de sofocación se hubiera apoderado de él. Levantándose, aferró su bastón, pero un segundo después se dejó caer de nuevo en el asiento, temblando violentamente y pálido como la muerte. No dijo una palabra. Lo compadecí desde lo más profundo de mi corazón.

—Amigo mío, se está usted alarmando sin necesidad —dijo cordialmente Dupin—. Le aseguro que no tenemos intención de causarle el menor daño. Lejos de nosotros querer perjudicarlo: le doy mi palabra de caballero y de francés. Estoy perfectamente enterado de que es usted inocente de las atrocidades de la rue Morgue. Pero sería inútil negar que, en cierto modo, se halla implicado en ellas. Fundándose en lo que le he dicho, supondrá que poseo medios de información sobre este asunto, medios que le sería imposible imaginar. 

»El caso se plantea de la siguiente manera: usted no ha cometido nada que no debiera haber cometido, nada que lo haga culpable. Ni siquiera se le puede acusar de robo, cosa que pudo llevar a cabo impunemente. No tiene nada que ocultar ni razón para hacerlo. Por otra parte, el honor más elemental lo obliga a confesar todo lo que sabe. Hay un hombre inocente en la cárcel, acusado de un crimen cuyo perpetrador puede usted denunciar.

Mientras Dupin pronunciaba estas palabras, el marinero había recobrado en buena parte su compostura, aunque su aire decidido del comienzo habíase desvanecido por completo.

—¡Dios venga en mi ayuda! —dijo, después de una pausa—. Sí, le diré todo lo que sé sobre este asunto, aunque no espero que crea ni la mitad de lo que voy a contarle... ¡Estaría loco si pensara que van a creerme! Y, sin embargo, soy inocente, y lo confesaré todo aunque me cueste la vida.

En sustancia, lo que nos dijo fue lo siguiente: poco tiempo atrás, había hecho un viaje al archipiélago índico. Un grupo del que formaba parte desembarcó en Borneo y penetró en el interior a fin de hacer una excursión placentera. Entre él y un compañero capturaron al orangután. Como su compañero falleciera, quedó dueño único del animal. 

Después de considerables dificultades, ocasionadas por la indomable ferocidad de su cautivo durante el viaje de vuelta, logró finalmente encerrarlo en su casa de París, donde, para aislarlo de la incómoda curiosidad de sus vecinos, lo mantenía cuidadosamente recluido, mientras el animal curaba de una herida en la pata que se había hecho con una astilla a bordo del buque. Una vez curado, el marinero estaba dispuesto a venderlo.

Una noche, o más bien una madrugada, en que volvía de una pequeña juerga de marineros, nuestro hombre se encontró con que el orangután había penetrado en su dormitorio, luego de escaparse de la habitación contigua donde su captor había creído tenerlo sólidamente encerrado. Navaja en mano y embadurnado de jabón, habíase sentado frente a un espejo y trataba de afeitarse, tal como, sin duda, había visto hacer a su amo espiándolo por el ojo de la cerradura. 

Aterrado al ver arma tan peligrosa en manos de un animal que, en su ferocidad, era harto capaz de utilizarla, el marinero se quedó un instante sin saber qué hacer. Por lo regular, lograba contener al animal, aun en sus arrebatos más terribles, con ayuda de un látigo, y pensó acudir otra vez a ese recurso. Pero al verlo, el orangután se lanzó de un salto a la puerta, bajó las escaleras y, desde ellas, saltando por una ventana que desgraciadamente estaba abierta, se dejó caer a la calle.

Desesperado, el francés se precipitó en su seguimiento. Navaja en mano, el mono se detenía para mirar y hacer muecas a su perseguidor, dejándolo acercarse casi hasta su lado. Entonces echaba a correr otra vez. Siguió así la caza durante largo tiempo. Las calles estaban profundamente tranquilas, pues eran casi las tres de la madrugada. 

Al atravesar el pasaje de los fondos de la rue Morgue, la atención del fugitivo se vio atraída por la luz que salía de la ventana abierta del aposento de madame L’Espanaye, en el cuarto piso de su casa. Precipitándose hacia el edificio, descubrió la varilla del pararrayos, trepó por ella con inconcebible agilidad, aferró la persiana que se hallaba completamente abierta y pegada a la pared, y en esta forma se lanzó hacia adelante hasta caer sobre la cabecera de la cama. Todo esto había ocurrido en menos de un minuto. Al saltar en la habitación, las patas del orangután rechazaron nuevamente la persiana, la cual quedó abierta.

El marinero, a todo esto, se sentía tranquilo y preocupado al mismo tiempo. Renacían sus esperanzas de volver a capturar a la bestia, ya que le sería difícil escapar de la trampa en que acababa de meterse, salvo que bajara otra vez por el pararrayos, ocasión en que sería posible atraparlo. Por otra parte, se sentía ansioso al pensar en lo que podría estar haciendo en la casa. Esta última reflexión indujo al hombre a seguir al fugitivo. 

Para un marinero no hay dificultad en trepar por una varilla de pararrayos; pero, cuando hubo llegado a la altura de la ventana, que quedaba muy alejada a su izquierda, no pudo seguir adelante; lo más que alcanzó fue a echarse a un lado para observar el interior del aposento. Apenas hubo mirado, estuvo a punto de caer a causa del horror que lo sobrecogió. 

Fue en ese momento cuando empezaron los espantosos alaridos que arrancaron de su sueño a los vecinos de la rue Morgue. Madame L’Espanaye y su hija, vestidas con sus camisones de dormir, habían estado aparentemente ocupadas en arreglar algunos papeles en la caja fuerte ya mencionada, la cual había sido corrida al centro del cuarto. 

Hallábase abierta, y a su lado, en el suelo, los papeles que contenía. Las víctimas debían de haber estado sentadas dando la espalda a la ventana, y, a juzgar por el tiempo transcurrido entre la entrada de la bestia y los gritos, parecía probable que en un primer momento no hubieran advertido su presencia. El golpear de la persiana pudo ser atribuido por ellas al viento.

En el momento en que el marinero miró hacia el interior del cuarto, el gigantesco animal había aferrado a madame L’Espanaye por el cabello (que la dama tenía suelto, como si se hubiera estado peinando) y agitaba la navaja cerca de su cara imitando los movimientos de un barbero. La hija yacía postrada e inmóvil, víctima de un desmayo. 

Los gritos y los esfuerzos de la anciana señora, durante los cuales le fueron arrancados los mechones de la cabeza, tuvieron por efecto convertir los propósitos probablemente pacíficos del orangután en otros llenos de furor. Con un solo golpe de su musculoso brazo separó casi completamente la cabeza del cuerpo de la víctima. La vista de la sangre transformó su cólera en frenesí. 

Rechinando los dientes y echando fuego por los ojos, saltó sobre el cuerpo de la joven y, hundiéndole las terribles garras en la garganta, las mantuvo así hasta que hubo expirado. Las furiosas miradas de la bestia cayeron entonces sobre la cabecera del lecho, sobre el cual el rostro de su amo, paralizado por el horror, alcanzaba apenas a divisarse. La furia del orangután, que, sin duda, no olvidaba el temido látigo, se cambió instantáneamente en miedo. 

Seguro de haber merecido un castigo, pareció deseoso de ocultar sus sangrientas acciones, y se lanzó por el cuarto lleno de nerviosa agitación, echando abajo y rompiendo los muebles a cada salto y arrancando el lecho de su bastidor. Finalmente se apoderó del cadáver de mademoiselle L’Espanaye y lo metió en el cañón de la chimenea, tal como fue encontrado luego, tomó luego el de la anciana y lo tiró de cabeza por la ventana.

En momentos en que el mono se acercaba a la ventana con su mutilada carga, el marinero se echó aterrorizado hacia atrás y, deslizándose sin precaución alguna hasta el suelo, corrió inmediatamente a su casa, temeroso de las consecuencias de semejante atrocidad y olvidando en su terror toda preocupación por la suerte del orangután. Las palabras que los testigos oyeron en la escalera fueron las exclamaciones de espanto del francés, mezcladas con los diabólicos sonidos que profería la bestia.

Poco me queda por agregar. El orangután debió de escapar por la varilla del pararrayos un segundo antes de que la puerta fuera forzada. Sin duda, cerró la ventana a su paso. Más tarde fue capturado por su mismo dueño, quien lo vendió al Jardin des Plantes en una elevada suma.

Lebon fue puesto en libertad inmediatamente después que hubimos narrado todas las circunstancias del caso —con algunos comentarios por parte de Dupin— en el bureau del prefecto de policía. Este funcionario, aunque muy bien dispuesto hacia mi amigo, no pudo ocultar del todo el fastidio que le producía el giro que había tomado el asunto, y deslizó uno o dos sarcasmos sobre la conveniencia de que cada uno se ocupara de sus propios asuntos.

—Déjelo usted hablar —me dijo Dupin, que no se había molestado en replicarle—. Deje que se desahogue; eso aliviará su conciencia. Me doy por satisfecho con haberlo derrotado en su propio terreno. De todos modos, el hecho de que haya fracasado en la solución del misterio no es ninguna razón para asombrarse; en verdad, nuestro amigo el prefecto es demasiado astuto para ser profundo. No hay fibra en su ciencia: mucha cabeza y nada de cuerpo, como las imágenes de la diosa Laverna, o, a lo sumo, mucha cabeza y lomos, como un bacalao. Pero después de todo es un buen hombre. Lo estimo especialmente por cierta forma maestra de gazmoñería, a la cual debe su reputación. Me refiero a la manera que tiene de nier ce qui est, et d’expliquer ce qui n’est pas.


 

Los crímenes de la calle Morgue - Edgar Allan Poe (Parte 3)

 He dicho ya que sus caprichos eran muchos y variados, y que je les ménageais (pues no hay traducción posible de la frase). En esta oportunidad Dupin rehusó toda conversación vinculada con los asesinatos, hasta el día siguiente a mediodía. Entonces, súbitamente, me preguntó si había observado alguna cosa peculiar en el escenario de aquellas atrocidades.

Algo había en su manera de acentuar la palabra, que me hizo estremecer sin que pudiera decir por qué.

—No, nada peculiar —dije—. Por lo menos, nada que no hayamos encontrado ya referido en el diario.

—Me temo —repuso Dupin— que la Gazette no haya penetrado en el insólito horror de este asunto. Pero dejemos de lado las vanas opiniones de ese diario. Tengo la impresión de que se considera insoluble este misterio por las mismísimas razones que deberían inducir a considerarlo fácilmente solucionable; me refiero a lo excesivo, a lo outré de sus características. 

»La policía se muestra confundida por la aparente falta de móvil, y no por el asesinato en sí, sino por su atrocidad. Está asimismo perpleja por la aparente imposibilidad de conciliar las voces que se oyeron disputando, con el hecho de que en lo alto solo se encontró a la difunta mademoiselle L’Espanaye, aparte de que era imposible escapar de la casa sin que el grupo que ascendía la escalera lo notara. 

»El salvaje desorden del aposento; el cadáver metido, cabeza abajo, en la chimenea; la espantosa mutilación del cuerpo de la anciana, son elementos que, junto con los ya mencionados y otros que no necesito mencionar, han bastado para paralizar la acción de los investigadores policiales y confundir por completo su tan alabada perspicacia. Han caído en el grueso pero común error de confundir lo insólito con lo abstruso. 

»Pero, justamente a través de esas desviaciones del plano ordinario de las cosas, la razón se abrirá paso, si ello es posible, en la búsqueda de la verdad. En investigaciones como la que ahora efectuamos no debería preguntarse tanto «qué ha ocurrido», como «qué hay en lo ocurrido que no se parezca a nada ocurrido anteriormente». En una palabra, la facilidad con la cual llegaré o he llegado a la solución de este misterio se halla en razón directa de su aparente insolubilidad a ojos de la policía.

Me quedé mirando a mi amigo con silenciosa estupefacción.

—Estoy esperando ahora —continuó Dupin, mirando hacia la puerta de nuestra habitación— a alguien que, si bien no es el perpetrador de esas carnicerías, debe de haberse visto envuelto de alguna manera en su ejecución. Es probable que sea inocente de la parte más horrible de los crímenes. 

»Confío en que mi suposición sea acertada, pues en ella se apoya toda mi esperanza de descifrar completamente el enigma. Espero la llegada de ese hombre en cualquier momento... y en esta habitación. Cierto que puede no venir, pero lo más probable es que llegue. Si así fuera, habrá que retenerlo. He ahí unas pistolas; los dos sabemos lo que se puede hacer con ellas cuando la ocasión se presenta.

Tomé las pistolas, sabiendo apenas lo que hacía y, sin poder creer lo que estaba oyendo, mientras Dupin, como si monologara, continuaba sus reflexiones. Ya he mencionado su actitud abstraída en esos momentos. Sus palabras se dirigían a mí, pero su voz, aunque no era forzada, tenía esa entonación que se emplea habitualmente para dirigirse a alguien que se halla muy lejos. Sus ojos, privados de expresión, solo miraban la pared.

—Las voces que disputaban y fueron oídas por el grupo que trepaba la escalera —dijo— no eran las de las dos mujeres, como ha sido bien probado por los testigos. Con esto queda eliminada toda posibilidad de que la anciana señora haya matado a su hija, suicidándose posteriormente. Menciono esto por razones metódicas, ya que la fuerza de madame de L’Espanaye hubiera sido por completo insuficiente para introducir el cuerpo de su hija en la chimenea, tal como fue encontrado, amén de que la naturaleza de las heridas observadas en su cadáver excluye toda idea de suicidio. 

»El asesinato, pues, fue cometido por terceros, y a estos pertenecían las voces que se escucharon mientras disputaban. Permítame ahora llamarle la atención, no sobre las declaraciones referentes a dichas voces, sino a algo peculiar en esas declaraciones. ¿No lo advirtió usted?

Hice notar que, mientras todos los testigos coincidían en que la voz más ruda debía ser la de un francés, existían grandes desacuerdos sobre la voz más aguda o —como la calificó uno de ellos— la voz áspera.

—Tal es el testimonio en sí —dijo Dupin—, pero no su peculiaridad. Usted no ha observado nada característico. Y, sin embargo, había algo que observar. Como bien ha dicho, los testigos coinciden sobre la voz ruda. Pero, con respecto a la voz aguda, la peculiaridad no consiste en que estén en desacuerdo, sino en que un italiano, un inglés, un español, un holandés y un francés han tratado de describirla, y cada uno de ellos se ha referido a una voz extranjera. Cada uno de ellos está seguro de que no se trata de la voz de un compatriota. 

»Cada uno la vincula, no a la voz de una persona perteneciente a una nación cuyo idioma conoce, sino a la inversa. El francés supone que es la voz de un español, y agrega que «podría haber distinguido algunas palabras si hubiera sabido español». El holandés sostiene que se trata de un francés, pero nos enteramos de que, como no habla francés, testimonió mediante un intérprete. El inglés piensa que se trata de la voz de un alemán, pero el testigo no comprende el alemán. El español «está seguro» de que se trata de un inglés, pero «juzga basándose en la entonación», ya que no comprende el inglés. El italiano cree que es la voz de un ruso, pero nunca habló con un nativo de Rusia

»Un segundo testigo francés difiere del primero y está seguro de que se trata de la voz de un italiano. No está familiarizado con la lengua italiana, pero al igual que el español, «está convencido por la entonación». Ahora bien: ¡cuán extrañamente insólita tiene que haber sido esa voz para que pudieran reunirse semejantes testimonios! ¡Una voz en cuyos tonos los ciudadanos de las cinco grandes divisiones de Europa no pudieran reconocer nada familiar! 

»Me dirá usted que podía tratarse de la voz de un asiático o un africano. Ni unos ni otros abundan en París, pero, sin negar esa posibilidad, me limitaré a llamarle la atención sobre tres puntos. Un testigo califica la voz de «áspera, más que aguda». Otros dos señalan que era «precipitada y desigual». Ninguno de los testigos se refirió a palabras reconocibles, a sonidos que parecieran palabras.

»No sé —continuó Dupin— la impresión que pudo haber causado hasta ahora en su entendimiento, pero no vacilo en decir que cabe extraer deducciones legítimas de esta parte del testimonio —la que se refiere a las voces ruda y aguda—, suficientes para crear una sospecha que debe de orientar todos los pasos futuros de la investigación del misterio. 

»Digo «deducciones legítimas», sin expresar plenamente lo que pienso. Quiero dar a entender que las deducciones son las únicas que corresponden, y que la sospecha surge inevitablemente como resultado de las mismas. No le diré todavía cuál es esta sospecha. Pero tenga presente que, por lo que a mí se refiere, bastó para dar forma definida y tendencia determinada a mis investigaciones en el lugar del hecho.

»Transportémonos ahora con la fantasía a esa habitación. ¿Qué buscaremos en primer lugar? Los medios de evasión empleados por los asesinos. Supongo que bien puedo decir que ninguno de los dos cree en acontecimientos sobrenaturales. Madame y mademoiselle L’Espanaye no fueron asesinadas por espíritus. Los autores del hecho eran de carne y hueso, y escaparon por medios materiales. ¿Cómo, pues? 

»Afortunadamente, solo hay una manera de razonar sobre este punto, y esa manera debe conducirnos a una conclusión definida. Examinemos uno por uno los posibles medios de escape. Resulta evidente que los asesinos se hallaban en el cuarto donde se encontró a mademoiselle L’Espanaye, o por lo menos en la pieza contigua, en momentos en que el grupo subía las escaleras. Vale decir que debemos buscar las salidas en esos dos aposentos. 

»La policía ha levantado los pisos, los techos y la mampostería de las paredes en todas direcciones. Ninguna salida secreta pudo escapar a sus observaciones. Pero como no me fío de sus ojos, miré el lugar con los míos. Efectivamente, no había salidas secretas. Las dos puertas que comunican las habitaciones con el corredor estaban bien cerradas, con las llaves por dentro. Veamos ahora las chimeneas. 

»Aunque de diámetro ordinario en los primeros ocho o diez pies por encima de los hogares, los tubos no permitirían más arriba el paso del cuerpo de un gato grande. Quedando así establecida la total imposibilidad de escape por las vías mencionadas nos vemos reducidos a las ventanas. Nadie podría haber huido por la del cuarto delantero, ya que la muchedumbre reunida lo hubiese visto. 

»Los asesinos tienen que haber pasado, pues, por las de la pieza trasera. Llevados a esta conclusión de manera tan inequívoca, no nos corresponde, en nuestra calidad de razonadores, rechazarla por su aparente imposibilidad. Lo único que cabe hacer es probar que esas aparentes «imposibilidades» no son tales en realidad.

»Hay dos ventanas en el aposento. Contra una de ellas no hay ningún mueble que la obstruya, y es claramente visible. La porción inferior de la otra queda oculta por la cabecera del pesado lecho, que ha sido arrimado a ella. La primera ventana apareció firmemente asegurada desde dentro. Resistió los más violentos esfuerzos de quienes trataron de levantarla. 

»En el marco, a la izquierda, había una gran perforación de barreno, y en ella un solidísimo clavo hundido casi hasta la cabeza. Al examinar la otra ventana se vio que había un clavo colocado en forma similar; todos los esfuerzos por levantarla fueron igualmente inútiles. La policía, pues, se sintió plenamente segura de que la huida no se había producido por ese lado. Y, por tanto, consideró superfluo extraer los clavos y abrir las ventanas.

»Mi examen fue algo más detallado, y eso por la razón que acabo de darle: allí era el caso de probar que todas las aparentes imposibilidades no eran tales en realidad.

»Seguí razonando en la siguiente forma... a posteriori. Los asesinos escaparon desde una de esas ventanas. Por tanto, no pudieron asegurar nuevamente los marcos desde el interior, tal como fueron encontrados (consideración que, dado lo obvio de su carácter, interrumpió la búsqueda de la policía en ese terreno). Los marcos estaban asegurados. Es necesario, pues, que tengan una manera de asegurarse por sí mismos. 

»La conclusión no admitía escapatoria. Me acerqué a la ventana que tenía libre acceso, extraje con alguna dificultad el clavo y traté de levantar el marco. Tal como lo había anticipado, resistió a todos mis esfuerzos. Comprendí entonces que debía de haber algún resorte oculto, y la corroboración de esta idea me convenció de que por lo menos mis premisas eran correctas, aunque el detalle referente a los clavos continuara siendo misterioso. Un examen detallado no tardó en revelarme el resorte secreto. Lo oprimí y, satisfecho de mi descubrimiento, me abstuve de levantar el marco.

»Volví a poner el clavo en su sitio y lo observé atentamente. Una persona que escapa por la ventana podía haberla cerrado nuevamente, y el resorte habría asegurado el marco. Pero, ¿cómo reponer el clavo? La conclusión era evidente y estrechaba una vez más el campo de mis investigaciones. Los asesinos tenían que haber escapado por la otra ventana. 

»Suponiendo, pues, que los resortes fueran idénticos en las dos ventanas, como parecía probable, necesariamente tenía que haber una diferencia entre los clavos, o por lo menos en su manera de estar colocados. Trepando al armazón de la cama, miré minuciosamente el marco de sostén de la segunda ventana. Pasé la mano por la parte posterior, descubriendo en seguida el resorte que, tal como había supuesto, era idéntico a su vecino. Miré luego el clavo. Era tan sólido como el otro y aparentemente estaba fijo de la misma manera y hundido casi hasta la cabeza.

»Pensará usted que me sentí perplejo, pero si así fuera no ha comprendido la naturaleza de mis inducciones. Para usar una frase deportiva, hasta entonces no había cometido falta. No había perdido la pista un solo instante. Los eslabones de la cadena no tenían ninguna falla. Había perseguido el secreto hasta su última conclusión: y esa conclusión era el clavo

»Ya he dicho que tenía todas las apariencias de su vecino de la otra ventana; pero el hecho, por más concluyente que pareciera, resultaba de una absoluta nulidad comparado con la consideración de que allí, en ese punto, se acababa el hilo conductor. «Tiene que haber algo defectuoso en el clavo», pensé. Al tocarlo, su cabeza quedó entre mis dedos juntamente con un cuarto de pulgada de la espiga. El resto de la espiga se hallaba dentro del agujero, donde se había roto. 

»
La fractura era muy antigua, pues los bordes aparecían herrumbrados, y parecía haber sido hecho de un martillazo, que había hundido parcialmente la cabeza del clavo en el marco inferior de la ventana. Volví a colocar cuidadosamente la parte de la cabeza en el lugar de donde la había sacado, y vi que el clavo daba la exacta impresión de estar entero; la fisura resultaba invisible. Apretando el resorte, levanté ligeramente el marco; la cabeza del clavo subió con él, sin moverse de su lecho. Cerré la ventana, y el clavo dio otra vez la impresión de estar dentro.

»Hasta ahora, el enigma quedaba explicado. El asesino había huido por la ventana que daba a la cabecera del lecho. Cerrándose por sí misma (o quizá ex profeso) la ventana había quedado asegurada por su resorte. Y la resistencia ofrecida por este había inducido a la policía a suponer que se trataba del clavo, dejando así de lado toda investigación suplementaria.

»La segunda cuestión consiste en el modo del descenso. Mi paseo con usted por la parte trasera de la casa me satisfizo al respecto. A unos cinco pies y medio de la ventana en cuestión corre una varilla de pararrayos. Desde esa varilla hubiera resultado imposible alcanzar la ventana, y mucho menos introducirse por ella. 

»Observé, sin embargo, que las persianas del cuarto piso pertenecen a esa curiosa especie que los carpinteros parisienses denominan ferrades; es un tipo rara vez empleado en la actualidad, pero que se ve con frecuencia en casas muy viejas de Lyon y Bordeaux. Se las fabrica como una puerta ordinaria (de una sola hoja, y no de doble batiente), con la diferencia de que la parte inferior tiene celosías o tablillas que ofrecen excelente asidero para las manos. En este caso las persianas alcanzan un ancho de tres pies y medio. 

»Cuando las vimos desde la parte posterior de la casa, ambas estaban entornadas, es decir, en ángulo recto con relación a la pared. Es probable que también los policías hayan examinado los fondos del edificio; pero, si así lo hicieron, miraron las ferrades en el ángulo indicado, sin darse cuenta de su gran anchura; por lo menos no la tomaron en cuenta. Sin duda, seguros de que por esa parte era imposible toda fuga, se limitaron a un examen muy sumario. 

»Para mí, sin embargo, era claro que si se abría del todo la persiana correspondiente a la ventana situada sobre el lecho, su borde quedaría a unos dos pies de la varilla del pararrayos. También era evidente que, desplegando tanta agilidad como coraje, se podía llegar hasta la ventana trepando por la varilla. Estirándose hasta una distancia de dos pies y medio (ya que suponemos la persiana enteramente abierta), un ladrón habría podido sujetarse firmemente de las tablillas de la celosía. 

»Abandonando entonces su sostén en la varilla, afirmando los pies en la pared y lanzándose vigorosamente hacia adelante habría podido hacer girar la persiana hasta que se cerrara; si suponemos que la ventana estaba abierta en este momento, habría logrado entrar así en la habitación.

»Le pido que tenga especialmente en cuenta que me refiero a un insólito grado de vigor, capaz de llevar a cabo una hazaña tan azarosa y difícil. Mi intención consiste en demostrarle, primeramente, que el hecho pudo ser llevado a cabo; pero, en segundo lugar, y muy especialmente, insisto en llamar su atención sobre el carácter extraordinario, casi sobrenatural, de ese vigor capaz de cosa semejante.

»Usando términos judiciales, usted me dirá sin duda que para «redondear mi caso» debería subestimar y no poner de tal modo en evidencia la agilidad que se requiere para dicha proeza. Pero la práctica de los tribunales no es la de la razón. Mi objetivo final es tan solo la verdad. Y mi propósito inmediato consiste en inducirlo a que yuxtaponga la insólita agilidad que he mencionado a esa voz tan extrañamente aguda (o áspera) y desigual sobre cuya nacionalidad no pudieron ponerse de acuerdo los testigos y en cuyos acentos no se logró distinguir ningún vocablo articulado.

Al oír estas palabras pasó por mi mente una vaga e informe concepción de lo que quería significar Dupin. Me pareció estar a punto de entender, pero sin llegar a la comprensión, así como a veces nos hallamos a punto de recordar algo que finalmente no se concreta. Pero mi amigo seguía hablando.

—Habrá notado usted —dijo— que he pasado de la cuestión de la salida de la casa a la del modo de entrar en ella. Era mi intención mostrar que ambas cosas se cumplieron en la misma forma y en el mismo lugar. Volvamos ahora al interior del cuarto y examinemos lo que allí aparece. Se ha dicho que los cajones de la cómoda habían sido saqueados, aunque quedaron en ellos numerosas prendas. Esta conclusión es absurda. No pasa de una simple conjetura, bastante tonta por lo demás. ¿Cómo podemos asegurar que las ropas halladas en los cajones no eran las que estos contenían habitualmente? 

»Madame L’Espanaye y su hija llevaban una vida muy retirada, no veían a nadie, salían raras veces, y pocas ocasiones se les presentaban de cambiar de tocado. Lo que se encontró en los cajones era de tan buena calidad como cualquiera de los efectos que poseían las damas. Si un ladrón se llevó una parte, ¿por qué no tomó lo mejor... por qué no se llevó todo? En una palabra: ¿por qué abandonó cuatro mil francos en oro, para cargarse con un hato de ropa? El oro fue abandonado. 

»La suma mencionada por monsieur Mignaud, el banquero, apareció en su casi totalidad en los sacos tirados por el suelo. Le pido, por tanto, que descarte de sus pensamientos la desatinada idea de un móvil, nacida en el cerebro de los policías por esa parte del testimonio que se refiere al dinero entregado en la puerta de la casa. Coincidencias diez veces más notables que esta (la entrega del dinero y el asesinato de sus poseedores tres días más tarde) ocurren a cada hora de nuestras vidas sin que nos preocupemos por ellas. 

»En general, las coincidencias son grandes obstáculos en el camino de esos pensadores que todo lo ignoran de la teoría de las probabilidades, esa teoría a la cual los objetivos más eminentes de la investigación humana deben los más altos ejemplos. En esta instancia, si el oro hubiese sido robado, el hecho de que la suma hubiese sido entregada tres días antes habría constituido algo más que una coincidencia. Antes bien, hubiera corroborado la noción de un móvil. 

»Pero, dadas las verdaderas circunstancias del caso, si hemos de suponer que el oro era el móvil del crimen, tenemos entonces que admitir que su perpetrador era lo bastante indeciso y lo bastante estúpido como para olvidar el oro y el móvil al mismo tiempo.

»Teniendo, pues, presentes los puntos sobre los cuales he llamado su atención —la voz singular, la insólita agilidad y la sorprendente falta de móvil en un asesinato tan atroz como este—, echemos una ojeada a la carnicería en sí. Estamos ante una mujer estrangulada por la presión de unas manos e introducida en el cañón de la chimenea con la cabeza hacia abajo. 

»Los asesinos ordinarios no emplean semejantes métodos. Y mucho menos esconden al asesinado en esa forma. En el hecho de introducir el cadáver en la chimenea admitirá usted que hay algo excesivamente inmoderado, algo por completo inconciliable con nuestras nociones sobre los actos humanos, incluso si suponemos que su autor es el más depravado de los hombres. Piense, asimismo, en la fuerza prodigiosa que hizo falta para introducir el cuerpo hacia arriba, cuando para hacerlo descender fue necesario el concurso de varias personas.

»Volvámonos ahora a las restantes señales que pudo dejar ese maravilloso vigor. En el hogar de la chimenea se hallaron espesos (muy espesos) mechones de cabello humano canoso. Habían sido arrancados de raíz. Bien sabe usted la fuerza que se requiere para arrancar en esa forma veinte o treinta cabellos. Y además vio los mechones en cuestión tan bien como yo. Sus raíces (cosa horrible) mostraban pedazos del cuero cabelludo, prueba evidente de la prodigiosa fuerza ejercida para arrancar quizá medio millón de cabellos de un tirón. 

»La garganta de la anciana señora no solamente estaba cortada, sino que la cabeza había quedado completamente separada del cuerpo; el instrumento era una simple navaja. Lo invito a considerar la brutal ferocidad de estas acciones. No diré nada de las contusiones que presentaba el cuerpo de madame L’Espanaye. Monsieur Dumas y su valioso ayudante, monsieur Etienne, han decidido que fueron producidas por un instrumento contundente, y hasta ahí la opinión de dichos caballeros es muy correcta. 

»El instrumento contundente fue evidentemente el pavimento de piedra del patio, sobre el cual cayó la víctima desde la ventana que da sobre la cama. Por simple que sea, esto escapó a la policía por la misma razón que se les escapó el ancho de las persianas: frente a la presencia de clavos se quedaron ciegos ante la posibilidad de que las ventanas hubieran sido abiertas alguna vez.

»Si ahora, en adición a estas cosas, ha reflexionado usted adecuadamente sobre el extraño desorden del aposento, hemos llegado al punto de poder combinar las nociones de una asombrosa agilidad, una fuerza sobrehumana, una ferocidad brutal, una carnicería sin motivo, una grotesquerie en el horror por completo ajeno a lo humano, y una voz de tono extranjero para los oídos de hombres de distintas nacionalidades y privada de todo silabeo inteligible. ¿Qué resultado obtenemos? ¿Qué impresión he producido en su imaginación?

Al escuchar las preguntas de Dupin sentí que un estremecimiento recorría mi cuerpo.

—Un maníaco es el autor del crimen —dije—. Un loco furioso escapado de alguna maison de santé de la vecindad.

—En cierto sentido —dijo Dupin—, su idea no es inaplicable. Pero, aun en sus más salvajes paroxismos, las voces de los locos jamás coinciden con esa extraña voz escuchada en lo alto. Los locos pertenecen a alguna nación, y, por más incoherentes que sean sus palabras, tienen, sin embargo, la coherencia del silabeo. Además, el cabello de un loco no es como el que ahora tengo en la mano. Arranqué este pequeño mechón de entre los dedos rígidamente apretados de *madame* L’Espanaye. ¿Puede decirme qué piensa de ellos?

—¡Dupin... este cabello es absolutamente extraordinario...! ¡No es cabello humano! —grité, trastornado por completo.

—No he dicho que lo fuera —repuso mi amigo—. Pero antes de que resolvamos este punto, le ruego que mire el bosquejo que he trazado en este papel. Es un facsímil de lo que en una parte de las declaraciones de los testigos se describió como «contusiones negruzcas, y profundas huellas de uñas» en la garganta de mademoiselle L’Espanaye, y en otra (declaración de los señores Dumas y Etienne) como «una serie de manchas lívidas que, evidentemente, resultaban de la presión de unos dedos».

»Notará usted —continuó mi amigo, mientras desplegaba el papel— que este diseño indica una presión firme y fija. No hay señal alguna de deslizamiento. Cada dedo mantuvo (probablemente hasta la muerte de la víctima) su terrible presión en el sitio donde se hundió primero. Le ruego ahora que trate de colocar todos sus dedos a la vez en las respectivas impresiones, tal como aparecen en el dibujo.

Lo intenté sin el menor resultado.

—Quizá no estemos procediendo debidamente —dijo Dupin—. El papel es una superficie plana, mientras que la garganta humana es cilíndrica. He aquí un rodillo de madera, cuya circunferencia es aproximadamente la de una garganta. Envuélvala con el dibujo y repita el experimento.

Así lo hice, pero las dificultades eran aún mayores.

—Esta marca —dije— no es la de una mano humana.

—Lea ahora —replicó Dupin— este pasaje de Cuvier. 

 

(CONTINUARÁ...)