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Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 1)

El negro animal con forma de caballo se detuvo en la helada senda. Con la cabeza vuelta hacia la izquierda y hacia arriba, contempló el castillo en lo alto de la fulgurante montaña, igual que su jinete.

—No —dijo por fin el hombre.

La negra bestia siguió cabalgando, y el hielo crujió bajo sus hendidos cascos metálicos y la nieve flotó alrededor de ellos.

—Empiezo a sospechar que no hay camino —anunció el animal al cabo de un rato—. Casi hemos dado media vuelta.

—Lo sé —replicó el embozado jinete de las botas verdes—. Yo podría escalar esto, pero eso significaría dejarte aquí.

—Arriesgado —contestó su montura—. Conoces mi valor en determinadas situaciones... en especial la situación a que vas a exponerte.

—Cierto. Pero si no hay otro remedio...

Siguieron avanzando un rato, haciendo periódicas pausas para examinar la prominencia.

—Dilvish, la pendiente tenía una parte más suave... más atrás, a cierta distancia —anunció el animal—. Con un buen impulso, puedo dejarte bastante arriba. No en la cumbre, pero cerca.

—Si no hay otro remedio, Black, iremos por allí —replicó el jinete. El aliento que humeaba ante él fue arrastrado por el viento—. Pero podríamos seguir buscando antes. ¡Vaya! ¿Qué es...?

Una oscura silueta se precipitaba montaña abajo. Cuando parecía estar a punto de chocar con el hielo delante de Black, extendió unas alas verde claro, similares a las de un murciélago, y se elevó. Dio rápidas vueltas, cobró altura, se precipitó hacia ellos.

De inmediato la espada estuvo en la mano de Dilvish, sostenida verticalmente ante él. Se echó hacia atrás, con los ojos fijos en la criatura que se aproximaba. Al ver el arma, el atacante se desvió, para volver inmediatamente. Dilvish atacó y falló el golpe. La criatura se alejó velozmente otra vez.

—Es obvio que nuestra presencia ha dejado de ser un secreto —comentó Black, volviéndose para quedar frente a la criatura voladora.

El atacante descendió de nuevo y Dilvish asestó otro golpe. La criatura se desvió en el último instante, siendo alcanzada por el filo de la espada. Cayó, revoloteó, se elevó, dio varias vueltas, ascendió a más altura, se alejó. Comenzó a remontar la ladera de la Torre de Hielo.

—Sí, parece que hemos perdido la ventaja de la sorpresa —observó Dilvish—. En realidad, pensaba que él nos habría visto antes.

Envainó la espada.

—Vamos a buscar ese camino... si es que hay alguno.

Prosiguieron su marcha alrededor de la base de la montaña. 

Igual que un cadáver, el rostro verde y blanco miraba desde el espejo. Nadie había de pie ante el cristal para proyectar esa imagen. El alto salón de piedra se reflejaba detrás del rostro, con los raídos tapices de sus paredes, varias estrechas ventanas, la pesada y larga mesa con un candelabro flameando en el extremo más alejado. El viento emitía gemidos en una chimenea cercana, aplanando y alargando las llamas alternativamente en el amplio hogar.

El rostro parecía estar contemplando a los comensales: un hombre joven, delgado, moreno y de ojos oscuros, ataviado con una casaca negra de verdes bordes, que jugueteaba con la comida y cuyos nerviosos gestos ponían sus dedos en contacto continuo con un grueso anillo de negro metal que tenía una piedra de color rosa y colgaba de una cadena alrededor del cuello; y una joven, de cabello y ojos iguales que los del hombre, cuyos generosos labios se curvaban de vez en cuando formando raras y breves sonrisas mientras comía con mejor apetito. La joven llevaba sobre los hombros una capa marrón y roja, con las puntas plegadas en su regazo. Sus ojos no eran tan hundidos como los del hombre y no se agitaban tanto.

La criatura del espejo movió sus pálidos labios.

—Se acerca la hora —anunció con voz grave e inexpresiva.

El joven se inclinó y cortó un trozo de carne. La mujer alzó su vaso de vino. Algo pareció agitarse un momento en una de las ventanas. En alguna parte del alargado pasillo situado a la derecha de la joven, una voz agónica gritó:

—¡Soltadme! ¡Oh, por favor, no hagáis esto! ¡Por favor! ¡Me hace mucho daño!

La joven sorbió el vino.

—Se acerca la hora —repitió el ser del espejo.

—Ridley, ¿me pasas el pan? —pidió la mujer.

—Ten.

—Gracias.

La joven cortó un trozo y lo mojó en la salsa. El hombre la observó mientras comía, como si ese acto le fascinara.

—Se acerca la hora —repitió la criatura.

De pronto Ridley golpeó la mesa. Los cubiertos resonaron. Gotas de vino cayeron en su plato.

—Reena, ¿no puedes hacer callar a ese maldito? —preguntó Ridley.

—Pero si tú lo llamaste —dijo dulcemente ella—. ¿No puedes agitar tu varita o chasquear tus dedos y decirle las palabras adecuadas?

El joven golpeó de nuevo la mesa, medio levantado de su silla.

—¡No se burlará de mí! —exclamó—. ¡Hazlo callar!

Reena meneó lentamente la cabeza.

—No es mi estilo de magia —replicó, con menos dulzura—. Yo no bromeo con cosas como esa...

Del pasillo llegaron más gritos.

—¡Qué daño! ¡Oh, por favor! ¡Duele tanto!

—... O como esa —dijo Reena con más seriedad—. Además, entonces me explicaste que tenía una finalidad útil.

Ridley se dejó caer en la silla.

—No era... yo mismo —replicó en voz baja. Cogió el vaso y lo apuró.

Un individuo con cara de momia y delantal oscuro salió corriendo del sombrío rincón próximo al hogar para llenar de nuevo el vaso. Muy tenue, y a gran distancia, se produjo un matraqueo, como de cadenas. Una oscura silueta chocó con otra ventana. Ridley manoseó la cadena que llevaba al cuello y siguió bebiendo.

—Se acerca la hora —anunció el cadavérico rostro del espejo.

Ridley le lanzó el vaso. Este se rompió, pero el espejo permaneció intacto. Quizás una levísima sonrisa asomó en las comisuras de los espectrales labios. El criado se apresuró a traer otro vaso.

Hubo más gritos en el corredor. 

—Esto va mal —afirmó Dilvish—. Hemos dado más de una vuelta. No veo ningún camino fácil para subir.

—Ya sabes cómo son los magos. En especial este.

—Cierto.

—Tendrías que haber preguntado al hombre lobo que encontraste hace poco.

—Demasiado tarde. Si seguimos, pronto llegaremos a esa pendiente que has mencionado, ¿no es cierto?

—Por fuerza —replicó Black, sin dejar de andar—. Me vendría bien un cubo de jarabe infernal. Incluso me conformaría con vino.

—Ojalá tuviera vino para mí. No he vuelto a ver a esa criatura voladora.

Dilvish observó el cielo cada vez más oscuro y el lugar donde el castillo, cubierto de nieve y hielo, se alzaba con una ventana iluminada en lo alto.

—A menos que la haya visto volando hacia allí —dijo—. Difícil asegurarlo, con la nieve y las sombras.

—Qué extraño que él no enviara algo más mortífero.

—He pensado en eso.

Continuaron largo rato. La pendiente de la ladera se suavizó conforme avanzaban y el muro de hielo adoptó una inclinación ligeramente menor. Dilvish reconoció la zona que habían cruzado antes, aunque las huellas de los cascos de Black estaban completamente borradas.

—Estás bastante escaso de provisiones, ¿verdad? —preguntó Black.

—Sí.

—Entonces creo que sería mejor hacer algo... pronto.

Dilvish examinó la pendiente mientras avanzaban por el pie de la montaña.

—Es un poco mejor, delante —observó Black. Y añadió—: Ese mago que conocimos, Strodd, tuvo una buena idea.

—¿A qué te refieres?

—Se dirigió hacia el sur. Odio este frío.

—No pensaba que te molestara a ti también.

—Hace mucho más calor donde yo nací.

—¿Preferirías estar allí?

—Ya que lo mencionas, no.

Varios minutos después bordearon una masa de hielo. Black se detuvo y volvió la cabeza.

—Esa es la ruta que yo elegiría... allí. Desde aquí puedes examinarla mejor.

Dilvish recorrió la pendiente con sus ojos. Tres cuartas partes de la distancia al castillo. Más arriba la pared ascendía abrupta y empinada.

—¿Hasta dónde crees que podrás llevarme? —preguntó Dilvish.

—Tendré que pararme cuando la montaña sea vertical. ¿Podrás escalar el resto?

Dilvish se protegió los ojos con la mano y observó:

—No lo sé. Tiene mal aspecto. Pero lo mismo pasa con el declive. ¿Estás seguro de poder llegar tan lejos?

Black guardó silencio unos instantes.

—No, no lo estoy —dijo—. Pero hemos dado una vuelta completa y este es el único lugar donde creo que tenemos una posibilidad.

Dilvish bajó los ojos.

—¿Qué opinas?

—Intentémoslo. 

—¡No entiendo cómo puedes estar tan tranquila comiendo así! —observó Ridley mientras dejaba bruscamente el cuchillo—. ¡Esto es desagradable!

—Hay que conservar la fuerza cuando llegan las calamidades —replicó Reena. Dio otro bocado—. Además, la comida es excepcionalmente buena esta noche. ¿Cuál de ellos la preparó?

—No lo sé. No sé diferenciarlos. Solo les doy órdenes.

—Se acerca la hora —afirmó el espejo.

Algo chocó de nuevo con la ventana y se detuvo, un oscuro perfil suspendido allí. Reena suspiró, dejó los cubiertos, se levantó. Dio la vuelta a la mesa y se acercó a la ventana.

—¡No pienso abrir la ventana con un tiempo como este! —gritó—. ¡Ya te lo había dicho! ¡Si quieres entrar, baja por una chimenea! ¡O no entres, como más te guste!

Escuchó un momento el rápido parloteo al otro lado del vidrio.

—¡No, ni una vez más! —dijo después—. ¡Te lo advertí antes de que salieras!

Dio media vuelta y caminó airosamente hasta la silla. Su sombra danzó en un tapiz con el flameo de las velas.

—¡Oh, no!... ¡Por favor, no!... ¡Oh! —llegaron los gritos del pasillo.

Reena se acomodó en la silla una vez más, dio un último bocado, sorbió más vino.

—Tenemos que hacer algo —dijo Ridley mientras acariciaba el anillo de la cadena—. No podemos continuar sentados.

—Yo estoy bastante cómoda —respondió la joven.

—Estás metida en esto tanto como yo.

—Ni mucho menos.

—Él no lo considerará así.

—Yo no estaría tan seguro.

Ridley resopló desdeñosamente.

—Tus encantos no te salvarán del arreglo de cuentas.

El labio inferior de Reena sobresalió formando un fingido puchero.

—Por si fuera poco, insultas a mi feminidad.

—¡Estás irritándome, Reena!

—Ya sabes lo que debes hacer, ¿no?

—¡No! —Ridley golpeó la mesa con el puño—. ¡No lo haré!

—Se acerca la hora —dijo el espejo.

El joven se tapó la cara con las manos y bajó la cabeza.

—Tengo... tengo miedo... —dijo en voz baja.

Al verle así, un gesto de preocupación arrugó la frente y entrecerró los ojos de Reena.

—Tengo miedo de... del otro —dijo él.

—¿Puedes imaginar otra salida?

—¡Haz algo! ¡Tienes poderes!

—No a ese nivel —dijo ella—. El otro es el único que puede tener una oportunidad, no sé de nadie más.

—¡Pero él no es digno de confianza! ¡Ya no puedo prever sus actos!

—Pero él es cada vez más fuerte. Pronto tendrá la fuerza suficiente.

—N-no lo sé...

—¿Quién nos metió en este lío?

—¡Eso no es justo!

Ridley bajó las manos y levantó la cabeza mientras se producía un estrépito en el interior de la chimenea. Partículas de hollín y argamasa cayeron sobre las llamas.

—¡Oh, lo que faltaba!

—Ese murciélago loco... —empezó a decir Ridley, volviendo la cabeza.

—Mira, eso tampoco está bien —afirmó Reena—. Al fin y al cabo...

Se esparcieron cenizas cuando un pequeño cuerpo chocó con los llameantes leños, rebotó, saltó en el suelo agitando sus largas alas membranosas y verdes para sacudirse las chispas del pelaje. Tenía el tamaño de un monito, con una cara arrugada, casi humana. Chilló mientras saltaba, y alguno de los sonidos era extraño, como si se tratara de maldiciones humanas. Finalmente se quedó totalmente quieto, encorvado, levantó la cabeza y volvió sus encendidos ojos hacia la pareja.

—¡Habéis intentado quemarme! —dijo con agudos chirridos.

—¡Vamos! ¡Nadie ha intentado quemarte! —dijo Reena.

—¡Has dicho «chimenea»! —gritó la criatura.

—Hay muchas chimeneas ahí arriba —contestó Reena—. Es bastante estúpido elegir una con humo.

—¡No es estúpido!

—¿Qué otra cosa puede decirse?

La criatura olisqueó varias veces.

—Lo siento —dijo Reena—. Pero podías haber tenido más cuidado.

—Se acerca la hora —dijo el espejo.

La criatura volvió su menuda cabeza, sacó la lengua.

—Mucho sabes tú —dijo—. Él... ¡Él me ha pegado!

—¿Quién? ¿Quién te ha pegado? —preguntó Ridley.

—El Vengador. —Hizo un amplio gesto hacia abajo con su ala derecha—. Él está ahí abajo.

—¡Oh, no! —Ridley palideció—. ¿Estás seguro?

—Él me ha golpeado —repitió la criatura. Después fue dando botes por el suelo, batió el aire con sus alas y voló hasta el centro de la mesa.

En algún lugar, tenuemente, resonó una cadena.

—¿Cómo sabes que es el Vengador? —preguntó Ridley.

La criatura saltó en la mesa, agarró el pan con sus garras, se metió un trozo en la boca y masticó ruidosamente.

—Mis pequeñas, mis preciosas —cantó al cabo de unos instantes mientras observaba el salón.

—¡Basta! —dijo Reena—. ¡Responde a su pregunta! ¿Cómo sabes que es él?

El extraño ser alzó las alas hasta sus orejas.

—¡No grites! ¡No grites! —chilló—. ¡Lo he visto! ¡Lo sé! Él golpeó... ¡mi pobre costado!... ¡con una espada! —Hizo una pausa para abrazarse con sus alas—. Yo solo quería verlo de cerca. Mis ojos no son tan buenos... ¡Cabalga en una bestia demoníaca! Da vueltas, da vueltas... ¡a la montaña! Viene, viene... ¡hacia aquí!

Ridley lanzó una mirada a Reena. La joven apretó los labios, después agitó la cabeza.

—A menos que vuele, jamás llegará a la torre —dijo—. No era un animal alado, ¿verdad?

—No. Un caballo —replicó la criatura, y agarró de nuevo el pan.

—Había una cuesta en la faz del sur —dijo Ridley—. Pero no. Ni aun así. Ni con un caballo...

—Un caballo demoníaco.

—¡Ni con un caballo demoníaco!

—¡El dolor! ¡El dolor! ¡No puedo soportarlo! —sonó un estridente grito.

Reena alzó su vaso, vio que estaba vacío, lo dejó en la mesa. El hombre con cara de momia salió corriendo de las sombras para llenarlo. Durante unos instantes la pareja observó cómo comía la criatura.

—No me gusta esto —dijo por fin Reena—. Ya sabes lo tortuoso que puede ser él.

—Lo sé.

—Y botas verdes —chirrió la criatura—. Botas Elfas. Siempre cae de pie. Vosotros me quemasteis, él me pegó... ¡Pobre Meg! ¡Pobre Meg! Él también os cogerá...

Saltó y se deslizó por el suelo.

—¡Mis pequeñas, mis preciosas! —gritó.

—¡Aquí no! ¡Sal de aquí! —chilló Ridley—. ¡Cambia o vete! ¡Que no se acerquen aquí!

—¡Pequeñas! ¡Preciosas! —sonó la menguante voz mientras Meg salía por el pasillo en dirección a los gritos.

Reena vertió vino en el vaso, bebió un poco, se lamió los labios.

—La hora ha llegado —anunció de repente el espejo.

—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó Reena.

—No me siento bien —dijo Ridley. 

Al llegar al pie de la pendiente, Black se detuvo y permaneció quieto como una estatua largo rato, examinando el lugar. La nieve seguía cayendo. El viento arrastraba los copos.

Al cabo de varios minutos, Black avanzó y comprobó el declive; trepó varios pasos, se paró apoyando todo su peso, pateó y escarbó con sus cascos, con la cabeza baja. Finalmente retrocedió ladera abajo y dio media vuelta.

—¿Cuál es el veredicto? —inquirió Dilvish.

—Quiero intentarlo pese a todo. Mi estimación de las posibilidades no ha variado. ¿Tienes alguna idea de lo que vas a hacer si... o mejor dicho, cuando llegues a la cima?

—Buscar problemas —dijo Dilvish—. Defenderme siempre. Golpear al instante si veo al enemigo.

Black se alejó poco a poco de la montaña.

—Casi todos tus hechizos son de tipo ofensivo —afirmó Black—. Y usarlos es terrible, excepto en casos extremos. Deberías tomarte tiempo para aprender otros inferiores e intermedios, ¿sabes?

—Lo sé. Esta es una buena ocasión para una conferencia sobre la situación del arte.

—Lo que trato de decir es que si te atrapan arriba, sabes cómo acabar con todo el lugar y contigo al mismo tiempo. Pero no sabes ningún hechizo para abrir la cerradura de una puerta...

—¡Ese hechizo no es sencillo!

—Nadie ha dicho que lo fuera. Solo estoy apuntando tus deficiencias.

—Es un poco tarde para eso, ¿no te parece?

—Temo que sí —replicó Black—. Pues bien, hay tres buenos encantamientos generales de protección contra ataque mágico. Sabes igual que yo que tu enemigo puede superar cualquiera de los tres. Pero los más potentes podrían frenarlo el tiempo suficiente para que tú hicieras algo. No puedo dejarte marchar sin la protección de uno de ellos.

—En ese caso, ejecuta el más potente conmigo.

—Cuesta un día entero hacerlo.

Dilvish meneó la cabeza.

—¿Con este frío? Demasiado tiempo. ¿Qué me dices de los otros?

—El primero podemos rechazarlo como insuficiente contra cualquier buen practicante del arte. El segundo precisa casi una hora para ejecutarlo. Te ofrecerá excelente protección para cerca de medio día.

Dilvish guardó silencio un momento.

—Manos a la obra —dijo por fin.

—De acuerdo. Pero a pesar de todo, habrá criados para ocuparse del lugar. Probablemente te encontrarás superado en número.

Dilvish se encogió de hombros.

—Esa servidumbre puede ser poco importante —dijo—, y no hay necesidad de tener gran protección en un lugar tan inaccesible como este. Correré el riesgo.

Black llegó al lugar que consideró suficientemente alejado de la pendiente. Dio media vuelta y miró la torre.

—Descansa ahora —dijo— mientras preparo tu protección. Probablemente será la última que tengas durante algún tiempo.

Dilvish suspiró y se inclinó. Black habló con extraña voz. Sus palabras parecieron crepitar en el helado aire.


(CONTINUARÁ...) 

Los parajes de Aache - Roger Zelazny

En su viaje por los países del Norte, Dilvish el Maldito recorrió un día un tortuoso camino en un valle cubierto de pinos bajos. Su gran montura negra parecía incansable, pero llegó un momento en que Dilvish se detuvo para sacar provisiones y preparar una comida. Sus verdes botas no produjeron sonido alguno sobre las agujas de los pinos cuando extendió su capa y puso encima la comida.

—Alguien se acerca.

—Gracias.

Dilvish preparó su espada y empezó a comer de pie. Al poco, un barbudo hombretón que montaba un garañón roano dobló un recodo y aflojó el paso.

—¡Eh! ¡Viajero! —llamó el desconocido—. ¿Puedo acompañarte?

—Puedes.

El hombretón se detuvo y desmontó. Al acercarse, sonrió.

—Rogis es mi nombre —dijo—. ¿Y el tuyo?

—Dilvish.

—¿Has viajado mucho?

—Sí, desde el sudeste.

—¿También haces una peregrinación al santuario?

—¿Qué santuario?

—El de la diosa Aache, en lo alto de esa colina. —Señaló camino arriba.

—No, ni siquiera conocía su existencia. ¿Cuál es su virtud?

—La diosa puede absolver de asesinato a cualquier hombre.

—¿Sí? ¿Y haces la peregrinación por este motivo?

—Sí. La he hecho a menudo.

—¿Vienes de muy lejos?

—No, vivo en la carretera. Eso hace la vida mucho más fácil.

—Creo que empiezo a entender.

—Perfecto. Si eres tan amable de pasarme tu bolsa, evitarás a la diosa el trabajo de una nueva absolución.

—Ven y cógela —dijo Dilvish, y sonrió.

Rogis entrecerró los ojos.

—No muchos hombres me han dicho eso.

—Y quizá yo sea el último.

—Hum. Soy más corpulento que tú.

—Lo he notado.

—Estás haciendo difíciles las cosas. ¿Querrías mostrarme si llevas suficientes monedas para que valga la pena nuestro esfuerzo?

—Creo que no.

—¿Y qué te parecería esto? Partimos tu dinero, y ninguno de los dos se arriesga a que corra la sangre.

—No.

Rogis suspiró.

—Ahora la situación es violenta. Veamos, ¿eres arquero? No. Ningún arco. Ningún arma arrojadiza, tampoco. Yo diría que puedo irme sin que me alcances.

—¿Para tenderme una emboscada más tarde? Temo no poder consentirlo. Esto es un asunto de futura defensa propia.

—Qué pena —dijo Rogis—. Pero correré el riesgo de todas formas.

Se volvió hacia su montura y dio media vuelta con la espada en la mano. Pero el arma de Dilvish ya estaba desenvainada, y el Maldito paró el primer golpe y contraatacó. Rogis lanzó una maldición, evitó otro golpe y atacó. Así siguió el combate, seis pases más, y luego la hoja de Dilvish perforó el abdomen de su rival.

Una mirada de sorpresa cruzó el semblante de Rogis, que soltó su espada para aferrar la que le hería. Dilvish la arrancó y observó caer al salteador.

—Un día desgraciado para ambos —murmuró Rogis.

—Más para ti, diría yo.

—No escaparás de esto tan fácilmente, ¿sabes?... Soy favorito de la diosa...

—Pues ella tiene un gusto peculiar para elegir favoritos.

—He sido su siervo. Ya verás... —y sus ojos se nublaron y se desplomó con un gemido.

—Black, ¿has oído hablar de esta diosa?

—No —replicó la estatua metálica de su caballo—, pero hay muchas cosas en este territorio de las que no sé nada.

—En ese caso, vámonos de aquí.

—¿Y Rogis?

—Lo dejaremos en el cruce como advertencia de que el mundo es un lugar más seguro. Desataré su caballo y que él mismo encuentre el camino de regreso.

Esa noche, muchos kilómetros más al norte, Dilvish vio perturbado su sueño. Soñó que la sombra de Rogis llegaba al campamento y se arrodillaba junto a él, sonriente, para ponerle las manos en el cuello. Dilvish despertó asfixiándose, y una espectral luz pareció apagarse junto a él.

—¡Black! ¡Black! ¿Has visto algo?

Silencio en principio.

—Estaba muy lejos —fue finalmente la réplica de la inmóvil estatua—, pero veo señales rojas en tu cuello. ¿Qué ha sucedido?

—Soñé que Rogis estaba aquí, que intentaba estrangularme. —Dilvish tosió y escupió.

—Ha sido más que un sueño —decidió.

—Abandonaremos pronto este lugar.

—Cuanto antes, mejor.

Al cabo de un rato, Dilvish volvió a dormirse. En determinado momento, Rogis estaba de nuevo con él. Esta vez el ataque fue muy repentino e incluso más violento. Dilvish despertó dando puñetazos, pero sus golpes iban dirigidos al aire. No le quedó ya duda alguna respecto a la luz, con la espectral silueta de Rogis.

—Black, despierta —dijo—. Debemos desandar el camino, visitar aquel santuario, conjurar a este fantasma. Un hombre tiene que dormir.

—Estoy dispuesto. Estaremos allí un poco después de que rompa el día.

Dilvish levantó el campamento y montó.

El santuario era una baja e irregular construcción de madera apoyada en la roca de la colina, llena de rojizas vetas, cerca de la cumbre. El sol matutino caía sobre su fachada, donde una doble puerta de madera, toscamente tallada, permanecía cerrada. Dilvish desmontó y trató de abrirla. Al comprobar que estaba atrancada, la golpeó con fuerza.

Al cabo de larga demora, la parte izquierda de la puerta se abrió y un hombrecillo de ojos claros y muy juntos asomó la cabeza. Llevaba una tosca vestidura marrón.

—¿Quién eres tú para molestarnos a esta hora? —inquirió el hombre.

—Un caballero incordiado por alguien que afirmó tener relaciones especiales con tu diosa. Deseo librarme de cualquier maldición o encantamiento que pese sobre mí.

—Ah, eres tú. Llegas muy pronto. Entra.

El desconocido abrió la puerta de par en par y Dilvish entró. La habitación estaba sencillamente amueblada con algunos bancos y un pequeño altar. Había otra puerta al fondo. Un vacío camastro, desarreglado, se hallaba cerca de una pared, junto a una estrecha ventana.

—Me llamo Task. Toma asiento. —El hombre señaló los bancos.

—Seguiré de pie.

El hombrecillo se encogió de hombros.

—Muy bien. —Se acercó al camastro y plegó las mantas—. Quieres librarte de la maldición, para evitar que el fantasma de Rogis te estrangule.

—¡Lo sabes!

—Naturalmente. A la diosa no le gusta que asesinen a sus siervos.

Dilvish vio que Task, con diestros movimientos, ocultaba una botella de un raro vino meridional en el interior de la plegada manta. También notó que en cuanto el hombrecillo escondía las manos en la vestidura, otro costoso anillo se esfumaba de sus dedos.

—Tampoco las víctimas de los siervos gozan mucho cuando las asesinan.

—Pse. ¿Has venido aquí para blasfemar o para que te absuelvan?

—He venido aquí para librarme de esta condenada maldición.

—Para eso, debes hacer una ofrenda.

—¿En qué debe consistir?

—En primer lugar, todo tu dinero, piedras preciosas o metales de valor que lleves contigo.

—¡La diosa es tan salteadora como sus siervos!

Task sonrió.

—Todas las religiones tienen su lado secular. Los devotos de la diosa no son muchos en esta región escasamente poblada, y las donaciones de los fieles no siempre bastan para cubrir los gastos de mantenimiento.

—Has dicho «en primer lugar». En primer lugar quieres todos mis objetos de valor. ¿Y en segundo?

—Bien, es simplemente justo que sustituyas tú mismo la vida que has destruido. Un año de servicio por tu parte sería suficiente.

—¿Haciendo qué?

—Bien, recaudar tributos de los viajeros, igual que Rogis.

—Me niego —dijo Dilvish—. Pide otra cosa.

—Ninguna otra cosa serviría. Esa es tu penitencia.

Dilvish dio media vuelta. Paseó de un lado a otro. Se detuvo.

—¿Qué hay detrás de esa puerta? —preguntó de repente, señalando la parte trasera de la habitación.

—Es un recinto sagrado, reservado para los ele...

Dilvish se acercó a la puerta.

—¡No puedes entrar ahí!

Abrió de golpe la puerta.

—...¡Y menos con una espada!

Dilvish entró. Había lamparillas de aceite encendidas. Vio paja en el suelo, notó humedad y un olor peculiar que no reconoció; por lo demás, la habitación estaba vacía. Pero una enorme y pesada puerta estaba ligeramente entreabierta en la parte opuesta, y Dilvish creyó oír ruido de arañazos, algo que retrocedía.

Task estaba junto a él cuando avanzó hacia la puerta. Le cogió del brazo pero no pudo detenerle. Dilvish abrió la puerta y miró.

Nada. Oscuridad y una sensación de lejanía. Roca a un lado. Una cueva.

—Es un espacio para almacenamiento.

Dilvish cogió una lamparilla y entró. Al avanzar, el olor se intensificó, igual que la humedad. Task le siguió.

—Este lugar está peligrosamente oscuro. Hay grietas profundas, abismos. Podrías resbalar...

—¡Silencio! ¡O te echaré por el primer agujero que vea!

Task retrocedió varios pasos. Dilvish avanzó con precaución, sosteniendo en alto la lamparilla. Tras pasar junto a un saliente rocoso, contempló una miríada de chispas. Un estanque, agitado hacía poco.

—Aquí ha venido —dijo Dilvish—, sea lo que sea. —Se acercó al estanque—. Lo esperaré. Sí. Tengo la impresión de que deberá salir, tarde o temprano. ¿Qué es?

—La diosa... —dijo Task en voz baja—. Deberías irte. Acabo de recibir un mensaje. Tu sentencia de un año ha sido anulada. Deja solamente el dinero.

Dilvish se echó a reír.

—¿Acaso las diosas regatean? —preguntó.

«Algunas veces» —sonó una voz en su mente—. «Dejémoslo así».

Un escalofrío recorrió sus extremidades.

—¿Por qué te escondes? —dijo Dilvish.

«No muchos mortales pueden contemplar a los de mi raza».

—No me gusta el chantaje, ni humano ni sobrenatural. ¿Y si tirara esta roca a tu estanque?

De pronto, el agua se agitó. El rostro de una mujer salió y contempló al guerrero. Sus ojos eran verdes y muy grandes, su piel sumamente pálida. Espesos bucles de cabello negro cubrían su cabeza igual que un casco. Su barbilla era puntiaguda, y había un rasgo antinatural en la forma de su lengua cuando la diosa habló.

—Muy bien, ya me ves —afirmó—. Tengo intención de enseñarte más.

Aache siguió saliendo del agua, cuello, hombros, pechos, totalmente blanca, y de repente cualquier apariencia humana se desvaneció, porque bajo su cintura había tantas extremidades, largas y esbeltas, que Dilvish no pudo contarlas.

Dilvish lanzó un grito y la espada apareció en su mano. Estuvo a punto de tirar la lamparilla.

—No pretendo hacerte daño alguno —sonó la voz ligeramente insegura—. Recuerda que tú mismo pediste esta audiencia.

—Aache... ¿qué eres? —preguntó él.

—Mi raza es vieja. No hay más que decir. Me has causado problemas.

—Tu siervo trató de matarme.

—Lo sé. Es obvio que se equivocó de víctima, qué pena. Voy a tener hambre.

La espada se revolvió en la mano de Dilvish.

—¿Qué pretendes decir?

—Como miel.

—¿Miel?

—Un líquido dulce producido por pequeños insectos voladores en el lejano sur.

—Sé lo que es, pero no lo entiendo.

—Es mi principal exigencia dietética. Necesito miel. No hay flores, no hay abejas tan al norte. Debo mandar a buscarla. Es costoso traerla desde tan lejos.

—¿Y por eso robas a los viajeros?

—Debo tener dinero, para comprarla. Mis siervos me la traen.

—¿Por qué te sirven de esta forma?

—Podría decir por devoción, pero seamos sinceros. En algunos casos, puedo controlar desde lejos a los hombres.

—¿De la misma forma que me enviaste a aquel fantasma?

—No puedo controlarte directamente, como hacía con Rogis. Pero puedo causarte malos sueños.

Dilvish agitó la cabeza.

—Tengo la sensación de que cuanto más me aleje de aquí, menos me afectará este poder.

—No te equivocas. Así pues, vete. Jamás serías un buen siervo para mí. Quédate el dinero. Déjame.

—Espera. ¿Tienes muchos siervos?

—Eso no es de tu incumbencia.

—No, no lo es. Pero tengo una idea. Hay riqueza mineral en este valle, ¿lo sabías?

—No lo sé. No comprendo a qué te refieres.

—Hace años participé en trabajos de minería. Cuando cabalgaba ayer por el valle, vi indicios de depósitos minerales. Creo que son muy ricos en metal oscuro y que los metalistas del sur lo pagarán bien. Si tienes bastantes siervos para cavar y purificar el metal, estarías mucho mejor que robando a los transeúntes.

—¿Lo crees realmente?

—Sería muy fácil averiguarlo, si me prestas algunos hombres.

—¿Por qué haces esto por mí?

—Tal vez para que este rincón del mundo sea un poco más seguro.

—Extraña razón. Vuelve al santuario. Estoy llamando a los siervos y poniéndolos a tus órdenes. Comprueba si es posible hacer esto, luego vuelve a verme... solo.

—Lo haré... Aache.

De repente, la diosa desapareció y el estanque chispeó. Dilvish se volvió y encontró la fija mirada de Task. Se marcharon juntos sin pronunciar palabra.

Durante los días que siguieron, extrajeron mineral, construyeron una fundición y el trabajo empezó. Dilvish sonrió al contemplar la transformación del oscuro metal en barras. Aache sonrió también cuando el guerrero se lo comunicó.

—¿Y hay mucho más? —preguntó ella.

—Una montaña entera. La semana próxima podemos tener bastante para llenar un vagón. Después podremos acelerar el proceso.

Dilvish se arrodilló junto al estanque. Los dedos de Aache salieron, tocaron tentativamente la mano del guerrero. Al ver que él no retrocedía, la diosa sacó el brazo y le acarició la mejilla.

—Casi deseo que fueras de mi raza —dijo, y después desapareció de nuevo.

«Ha pasado mucho tiempo desde que esta región era calurosa y podía tener flores y abejas» —dijo Black—. «Ella debe ser muy vieja».

—Imposible saberlo —respondió Dilvish mientras paseaban por la cima de la montaña y contemplaban el valle donde se alzaba el humo—. Pero si sólo hace falta miel para transformarla en una criatura honrada, vale la pena este pequeño retraso.

—¿Quiere ella que lleves un cargamento al sur la próxima semana?

—Sí.

—¿Y después?

—Sus siervos podrán encargarse de todo a partir de entonces.

—¿Como esclavos?

—No, ella podrá pagarles en cuanto esto marche.

—Entiendo. Una cosa...

—¿Sí?

—No confíes en ese sacerdote, Task.

—No. Tiene gustos muy costosos. Creo que se ha metido en el bolsillo parte de los beneficios.

—De eso no sabía nada. Lo he dicho porque lo considero un hombre que teme ser sustituido.

—Pronto tranquilizaré su mente a ese respecto, con mi marcha.

La mañana de la partida era radiante. Tan sólo había algunas ráfagas que arrastraban nieve fundente cuando Dilvish inició el descenso. Los siervos habían cantado mientras cargaban el carretón la tarde anterior. Y esa mañana rodearon a Dilvish, dejando ver sus dientes por los que brotaba su alegre respiración, y le dieron palmaditas en hombros y espalda, le cargaron de provisiones y le acompañaron en su chirriante camino.

—No aprecio el trabajo de tiro —comentó Black en cuanto estuvieron fuera del alcance de los oídos del campamento.

—Te lo recompensaré algún día.

—Lo dudo, pero lo recordaré.

Ningún bandido se acercó a Dilvish, porque los bosques ya se habían librado de ellos. Avanzaron con más rapidez en cuanto salieron de la cadena de valles, y por la tarde ya habían recorrido varias leguas. Dilvish comió mientras cabalgaba y Black prosiguió a paso regular.

Poco antes del atardecer, oyeron el ruido de un jinete que se acercaba por detrás. Se detuvieron al reconocer a Task a lomos del roano de Rogis. El caballo estaba cubierto de espuma y jadeaba. Casi cayó cuando Task tiró de las riendas junto al carretón.

—¿Qué ocurre? —preguntó Dilvish.

—Desaparecido. No existe. Cenizas —dijo el sacerdote.

—¡Habla con sentido!

—El santuario ha ardido por completo. Una lamparilla... con la paja...

—¿Y Aache?

—Quedó atrapada detrás... no pudo abrir la puerta...

—¿Muerta?

—Muerta.

—¿Por qué llegas a la carrera?

—Tenía que alcanzarte, para discutir mi parte del negocio.

—Entiendo.

Dilvish vio que Task lucía todos sus anillos.

—Ahora será mejor acampar. Tu caballo no puede seguir.

—Perfectamente. ¿En aquel campo?

—Servirá.

Esa noche, Dilvish tuvo un extraño sueño: abrazaba fuertemente a una mujer, la acariciaba de un modo casi brutal y temía mirarla. Le despertó un grito de horror.

Al incorporarse, vio un fulgor espectral sobre la silueta de Task. La luz ya estaba apagándose, pero él jamás olvidaría su perfil.

—¿Aache...?

«Duerme, mi único amigo, mi querido amigo» —llegaron de alguna parte las palabras—. «Sólo he venido a recoger lo que es mío. No es tan dulce como la miel, pero tendrá que servir...»

Dilvish tapó los restos del sacerdote sin mirarlos. Partió la mañana siguiente. Cabalgó en silencio el día entero.