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Los parajes de Aache - Roger Zelazny

En su viaje por los países del Norte, Dilvish el Maldito recorrió un día un tortuoso camino en un valle cubierto de pinos bajos. Su gran montura negra parecía incansable, pero llegó un momento en que Dilvish se detuvo para sacar provisiones y preparar una comida. Sus verdes botas no produjeron sonido alguno sobre las agujas de los pinos cuando extendió su capa y puso encima la comida.

—Alguien se acerca.

—Gracias.

Dilvish preparó su espada y empezó a comer de pie. Al poco, un barbudo hombretón que montaba un garañón roano dobló un recodo y aflojó el paso.

—¡Eh! ¡Viajero! —llamó el desconocido—. ¿Puedo acompañarte?

—Puedes.

El hombretón se detuvo y desmontó. Al acercarse, sonrió.

—Rogis es mi nombre —dijo—. ¿Y el tuyo?

—Dilvish.

—¿Has viajado mucho?

—Sí, desde el sudeste.

—¿También haces una peregrinación al santuario?

—¿Qué santuario?

—El de la diosa Aache, en lo alto de esa colina. —Señaló camino arriba.

—No, ni siquiera conocía su existencia. ¿Cuál es su virtud?

—La diosa puede absolver de asesinato a cualquier hombre.

—¿Sí? ¿Y haces la peregrinación por este motivo?

—Sí. La he hecho a menudo.

—¿Vienes de muy lejos?

—No, vivo en la carretera. Eso hace la vida mucho más fácil.

—Creo que empiezo a entender.

—Perfecto. Si eres tan amable de pasarme tu bolsa, evitarás a la diosa el trabajo de una nueva absolución.

—Ven y cógela —dijo Dilvish, y sonrió.

Rogis entrecerró los ojos.

—No muchos hombres me han dicho eso.

—Y quizá yo sea el último.

—Hum. Soy más corpulento que tú.

—Lo he notado.

—Estás haciendo difíciles las cosas. ¿Querrías mostrarme si llevas suficientes monedas para que valga la pena nuestro esfuerzo?

—Creo que no.

—¿Y qué te parecería esto? Partimos tu dinero, y ninguno de los dos se arriesga a que corra la sangre.

—No.

Rogis suspiró.

—Ahora la situación es violenta. Veamos, ¿eres arquero? No. Ningún arco. Ningún arma arrojadiza, tampoco. Yo diría que puedo irme sin que me alcances.

—¿Para tenderme una emboscada más tarde? Temo no poder consentirlo. Esto es un asunto de futura defensa propia.

—Qué pena —dijo Rogis—. Pero correré el riesgo de todas formas.

Se volvió hacia su montura y dio media vuelta con la espada en la mano. Pero el arma de Dilvish ya estaba desenvainada, y el Maldito paró el primer golpe y contraatacó. Rogis lanzó una maldición, evitó otro golpe y atacó. Así siguió el combate, seis pases más, y luego la hoja de Dilvish perforó el abdomen de su rival.

Una mirada de sorpresa cruzó el semblante de Rogis, que soltó su espada para aferrar la que le hería. Dilvish la arrancó y observó caer al salteador.

—Un día desgraciado para ambos —murmuró Rogis.

—Más para ti, diría yo.

—No escaparás de esto tan fácilmente, ¿sabes?... Soy favorito de la diosa...

—Pues ella tiene un gusto peculiar para elegir favoritos.

—He sido su siervo. Ya verás... —y sus ojos se nublaron y se desplomó con un gemido.

—Black, ¿has oído hablar de esta diosa?

—No —replicó la estatua metálica de su caballo—, pero hay muchas cosas en este territorio de las que no sé nada.

—En ese caso, vámonos de aquí.

—¿Y Rogis?

—Lo dejaremos en el cruce como advertencia de que el mundo es un lugar más seguro. Desataré su caballo y que él mismo encuentre el camino de regreso.

Esa noche, muchos kilómetros más al norte, Dilvish vio perturbado su sueño. Soñó que la sombra de Rogis llegaba al campamento y se arrodillaba junto a él, sonriente, para ponerle las manos en el cuello. Dilvish despertó asfixiándose, y una espectral luz pareció apagarse junto a él.

—¡Black! ¡Black! ¿Has visto algo?

Silencio en principio.

—Estaba muy lejos —fue finalmente la réplica de la inmóvil estatua—, pero veo señales rojas en tu cuello. ¿Qué ha sucedido?

—Soñé que Rogis estaba aquí, que intentaba estrangularme. —Dilvish tosió y escupió.

—Ha sido más que un sueño —decidió.

—Abandonaremos pronto este lugar.

—Cuanto antes, mejor.

Al cabo de un rato, Dilvish volvió a dormirse. En determinado momento, Rogis estaba de nuevo con él. Esta vez el ataque fue muy repentino e incluso más violento. Dilvish despertó dando puñetazos, pero sus golpes iban dirigidos al aire. No le quedó ya duda alguna respecto a la luz, con la espectral silueta de Rogis.

—Black, despierta —dijo—. Debemos desandar el camino, visitar aquel santuario, conjurar a este fantasma. Un hombre tiene que dormir.

—Estoy dispuesto. Estaremos allí un poco después de que rompa el día.

Dilvish levantó el campamento y montó.

El santuario era una baja e irregular construcción de madera apoyada en la roca de la colina, llena de rojizas vetas, cerca de la cumbre. El sol matutino caía sobre su fachada, donde una doble puerta de madera, toscamente tallada, permanecía cerrada. Dilvish desmontó y trató de abrirla. Al comprobar que estaba atrancada, la golpeó con fuerza.

Al cabo de larga demora, la parte izquierda de la puerta se abrió y un hombrecillo de ojos claros y muy juntos asomó la cabeza. Llevaba una tosca vestidura marrón.

—¿Quién eres tú para molestarnos a esta hora? —inquirió el hombre.

—Un caballero incordiado por alguien que afirmó tener relaciones especiales con tu diosa. Deseo librarme de cualquier maldición o encantamiento que pese sobre mí.

—Ah, eres tú. Llegas muy pronto. Entra.

El desconocido abrió la puerta de par en par y Dilvish entró. La habitación estaba sencillamente amueblada con algunos bancos y un pequeño altar. Había otra puerta al fondo. Un vacío camastro, desarreglado, se hallaba cerca de una pared, junto a una estrecha ventana.

—Me llamo Task. Toma asiento. —El hombre señaló los bancos.

—Seguiré de pie.

El hombrecillo se encogió de hombros.

—Muy bien. —Se acercó al camastro y plegó las mantas—. Quieres librarte de la maldición, para evitar que el fantasma de Rogis te estrangule.

—¡Lo sabes!

—Naturalmente. A la diosa no le gusta que asesinen a sus siervos.

Dilvish vio que Task, con diestros movimientos, ocultaba una botella de un raro vino meridional en el interior de la plegada manta. También notó que en cuanto el hombrecillo escondía las manos en la vestidura, otro costoso anillo se esfumaba de sus dedos.

—Tampoco las víctimas de los siervos gozan mucho cuando las asesinan.

—Pse. ¿Has venido aquí para blasfemar o para que te absuelvan?

—He venido aquí para librarme de esta condenada maldición.

—Para eso, debes hacer una ofrenda.

—¿En qué debe consistir?

—En primer lugar, todo tu dinero, piedras preciosas o metales de valor que lleves contigo.

—¡La diosa es tan salteadora como sus siervos!

Task sonrió.

—Todas las religiones tienen su lado secular. Los devotos de la diosa no son muchos en esta región escasamente poblada, y las donaciones de los fieles no siempre bastan para cubrir los gastos de mantenimiento.

—Has dicho «en primer lugar». En primer lugar quieres todos mis objetos de valor. ¿Y en segundo?

—Bien, es simplemente justo que sustituyas tú mismo la vida que has destruido. Un año de servicio por tu parte sería suficiente.

—¿Haciendo qué?

—Bien, recaudar tributos de los viajeros, igual que Rogis.

—Me niego —dijo Dilvish—. Pide otra cosa.

—Ninguna otra cosa serviría. Esa es tu penitencia.

Dilvish dio media vuelta. Paseó de un lado a otro. Se detuvo.

—¿Qué hay detrás de esa puerta? —preguntó de repente, señalando la parte trasera de la habitación.

—Es un recinto sagrado, reservado para los ele...

Dilvish se acercó a la puerta.

—¡No puedes entrar ahí!

Abrió de golpe la puerta.

—...¡Y menos con una espada!

Dilvish entró. Había lamparillas de aceite encendidas. Vio paja en el suelo, notó humedad y un olor peculiar que no reconoció; por lo demás, la habitación estaba vacía. Pero una enorme y pesada puerta estaba ligeramente entreabierta en la parte opuesta, y Dilvish creyó oír ruido de arañazos, algo que retrocedía.

Task estaba junto a él cuando avanzó hacia la puerta. Le cogió del brazo pero no pudo detenerle. Dilvish abrió la puerta y miró.

Nada. Oscuridad y una sensación de lejanía. Roca a un lado. Una cueva.

—Es un espacio para almacenamiento.

Dilvish cogió una lamparilla y entró. Al avanzar, el olor se intensificó, igual que la humedad. Task le siguió.

—Este lugar está peligrosamente oscuro. Hay grietas profundas, abismos. Podrías resbalar...

—¡Silencio! ¡O te echaré por el primer agujero que vea!

Task retrocedió varios pasos. Dilvish avanzó con precaución, sosteniendo en alto la lamparilla. Tras pasar junto a un saliente rocoso, contempló una miríada de chispas. Un estanque, agitado hacía poco.

—Aquí ha venido —dijo Dilvish—, sea lo que sea. —Se acercó al estanque—. Lo esperaré. Sí. Tengo la impresión de que deberá salir, tarde o temprano. ¿Qué es?

—La diosa... —dijo Task en voz baja—. Deberías irte. Acabo de recibir un mensaje. Tu sentencia de un año ha sido anulada. Deja solamente el dinero.

Dilvish se echó a reír.

—¿Acaso las diosas regatean? —preguntó.

«Algunas veces» —sonó una voz en su mente—. «Dejémoslo así».

Un escalofrío recorrió sus extremidades.

—¿Por qué te escondes? —dijo Dilvish.

«No muchos mortales pueden contemplar a los de mi raza».

—No me gusta el chantaje, ni humano ni sobrenatural. ¿Y si tirara esta roca a tu estanque?

De pronto, el agua se agitó. El rostro de una mujer salió y contempló al guerrero. Sus ojos eran verdes y muy grandes, su piel sumamente pálida. Espesos bucles de cabello negro cubrían su cabeza igual que un casco. Su barbilla era puntiaguda, y había un rasgo antinatural en la forma de su lengua cuando la diosa habló.

—Muy bien, ya me ves —afirmó—. Tengo intención de enseñarte más.

Aache siguió saliendo del agua, cuello, hombros, pechos, totalmente blanca, y de repente cualquier apariencia humana se desvaneció, porque bajo su cintura había tantas extremidades, largas y esbeltas, que Dilvish no pudo contarlas.

Dilvish lanzó un grito y la espada apareció en su mano. Estuvo a punto de tirar la lamparilla.

—No pretendo hacerte daño alguno —sonó la voz ligeramente insegura—. Recuerda que tú mismo pediste esta audiencia.

—Aache... ¿qué eres? —preguntó él.

—Mi raza es vieja. No hay más que decir. Me has causado problemas.

—Tu siervo trató de matarme.

—Lo sé. Es obvio que se equivocó de víctima, qué pena. Voy a tener hambre.

La espada se revolvió en la mano de Dilvish.

—¿Qué pretendes decir?

—Como miel.

—¿Miel?

—Un líquido dulce producido por pequeños insectos voladores en el lejano sur.

—Sé lo que es, pero no lo entiendo.

—Es mi principal exigencia dietética. Necesito miel. No hay flores, no hay abejas tan al norte. Debo mandar a buscarla. Es costoso traerla desde tan lejos.

—¿Y por eso robas a los viajeros?

—Debo tener dinero, para comprarla. Mis siervos me la traen.

—¿Por qué te sirven de esta forma?

—Podría decir por devoción, pero seamos sinceros. En algunos casos, puedo controlar desde lejos a los hombres.

—¿De la misma forma que me enviaste a aquel fantasma?

—No puedo controlarte directamente, como hacía con Rogis. Pero puedo causarte malos sueños.

Dilvish agitó la cabeza.

—Tengo la sensación de que cuanto más me aleje de aquí, menos me afectará este poder.

—No te equivocas. Así pues, vete. Jamás serías un buen siervo para mí. Quédate el dinero. Déjame.

—Espera. ¿Tienes muchos siervos?

—Eso no es de tu incumbencia.

—No, no lo es. Pero tengo una idea. Hay riqueza mineral en este valle, ¿lo sabías?

—No lo sé. No comprendo a qué te refieres.

—Hace años participé en trabajos de minería. Cuando cabalgaba ayer por el valle, vi indicios de depósitos minerales. Creo que son muy ricos en metal oscuro y que los metalistas del sur lo pagarán bien. Si tienes bastantes siervos para cavar y purificar el metal, estarías mucho mejor que robando a los transeúntes.

—¿Lo crees realmente?

—Sería muy fácil averiguarlo, si me prestas algunos hombres.

—¿Por qué haces esto por mí?

—Tal vez para que este rincón del mundo sea un poco más seguro.

—Extraña razón. Vuelve al santuario. Estoy llamando a los siervos y poniéndolos a tus órdenes. Comprueba si es posible hacer esto, luego vuelve a verme... solo.

—Lo haré... Aache.

De repente, la diosa desapareció y el estanque chispeó. Dilvish se volvió y encontró la fija mirada de Task. Se marcharon juntos sin pronunciar palabra.

Durante los días que siguieron, extrajeron mineral, construyeron una fundición y el trabajo empezó. Dilvish sonrió al contemplar la transformación del oscuro metal en barras. Aache sonrió también cuando el guerrero se lo comunicó.

—¿Y hay mucho más? —preguntó ella.

—Una montaña entera. La semana próxima podemos tener bastante para llenar un vagón. Después podremos acelerar el proceso.

Dilvish se arrodilló junto al estanque. Los dedos de Aache salieron, tocaron tentativamente la mano del guerrero. Al ver que él no retrocedía, la diosa sacó el brazo y le acarició la mejilla.

—Casi deseo que fueras de mi raza —dijo, y después desapareció de nuevo.

«Ha pasado mucho tiempo desde que esta región era calurosa y podía tener flores y abejas» —dijo Black—. «Ella debe ser muy vieja».

—Imposible saberlo —respondió Dilvish mientras paseaban por la cima de la montaña y contemplaban el valle donde se alzaba el humo—. Pero si sólo hace falta miel para transformarla en una criatura honrada, vale la pena este pequeño retraso.

—¿Quiere ella que lleves un cargamento al sur la próxima semana?

—Sí.

—¿Y después?

—Sus siervos podrán encargarse de todo a partir de entonces.

—¿Como esclavos?

—No, ella podrá pagarles en cuanto esto marche.

—Entiendo. Una cosa...

—¿Sí?

—No confíes en ese sacerdote, Task.

—No. Tiene gustos muy costosos. Creo que se ha metido en el bolsillo parte de los beneficios.

—De eso no sabía nada. Lo he dicho porque lo considero un hombre que teme ser sustituido.

—Pronto tranquilizaré su mente a ese respecto, con mi marcha.

La mañana de la partida era radiante. Tan sólo había algunas ráfagas que arrastraban nieve fundente cuando Dilvish inició el descenso. Los siervos habían cantado mientras cargaban el carretón la tarde anterior. Y esa mañana rodearon a Dilvish, dejando ver sus dientes por los que brotaba su alegre respiración, y le dieron palmaditas en hombros y espalda, le cargaron de provisiones y le acompañaron en su chirriante camino.

—No aprecio el trabajo de tiro —comentó Black en cuanto estuvieron fuera del alcance de los oídos del campamento.

—Te lo recompensaré algún día.

—Lo dudo, pero lo recordaré.

Ningún bandido se acercó a Dilvish, porque los bosques ya se habían librado de ellos. Avanzaron con más rapidez en cuanto salieron de la cadena de valles, y por la tarde ya habían recorrido varias leguas. Dilvish comió mientras cabalgaba y Black prosiguió a paso regular.

Poco antes del atardecer, oyeron el ruido de un jinete que se acercaba por detrás. Se detuvieron al reconocer a Task a lomos del roano de Rogis. El caballo estaba cubierto de espuma y jadeaba. Casi cayó cuando Task tiró de las riendas junto al carretón.

—¿Qué ocurre? —preguntó Dilvish.

—Desaparecido. No existe. Cenizas —dijo el sacerdote.

—¡Habla con sentido!

—El santuario ha ardido por completo. Una lamparilla... con la paja...

—¿Y Aache?

—Quedó atrapada detrás... no pudo abrir la puerta...

—¿Muerta?

—Muerta.

—¿Por qué llegas a la carrera?

—Tenía que alcanzarte, para discutir mi parte del negocio.

—Entiendo.

Dilvish vio que Task lucía todos sus anillos.

—Ahora será mejor acampar. Tu caballo no puede seguir.

—Perfectamente. ¿En aquel campo?

—Servirá.

Esa noche, Dilvish tuvo un extraño sueño: abrazaba fuertemente a una mujer, la acariciaba de un modo casi brutal y temía mirarla. Le despertó un grito de horror.

Al incorporarse, vio un fulgor espectral sobre la silueta de Task. La luz ya estaba apagándose, pero él jamás olvidaría su perfil.

—¿Aache...?

«Duerme, mi único amigo, mi querido amigo» —llegaron de alguna parte las palabras—. «Sólo he venido a recoger lo que es mío. No es tan dulce como la miel, pero tendrá que servir...»

Dilvish tapó los restos del sacerdote sin mirarlos. Partió la mañana siguiente. Cabalgó en silencio el día entero.

En el bosque - Ryunosuke Akutagawa

  DECLARACIÓN DEL LEÑADOR INTERROGADO POR EL OFICIAL DE INVESTIGACIONES

DE LA KEBUSHI

-Yo confirmo, señor oficial, mi declaración. Fui yo el que descubrió el cadáver. Esta mañana, como lo hago siempre, fui al otro lado de la montaña para hachar abetos. El cadáver estaba en un bosque al pie de la montaña. ¿El lugar exacto? A cuatro o cinco cho, me parece, del camino del apeadero de Yamashina. Es un paraje silvestre, donde crecen el bambú y algunas coníferas raquíticas.

El muerto estaba tirado de espaldas. Vestía ropa de cazador de color celeste y llevaba un eboshi de color gris, al estilo de la capital. Sólo se veía una herida en el cuerpo, pero era una herida profunda en la parte superior del pecho. Las hojas secas de bambú caídas en su alrededor estaban como teñidas de suho. No, ya no corría sangre de la herida, cuyos bordes parecían secos y sobre la cual, bien lo recuerdo, estaba tan agarrado un gran tábano que ni siquiera escuchó que me acercaba.

¿Si encontré una espada o algo ajeno? No. Absolutamente nada. Solamente encontré, al pie de un abeto vecino, una cuerda, y también un peine. Eso es todo lo que encontré alrededor, pero las hierbas y las hojas muertas de bambú estaban holladas en todos los sentidos; la víctima, antes de ser asesinada, debió oponer fuerte resistencia. ¿Si no observé un caballo? No, señor oficial. No es ese un lugar al que pueda llegar un caballo. Una infranqueable espesura separa ese pa­raje de la carretera.

 

 

DECLARACIÓN DEL MONJE BUDISTA INTERROGADO POR EL MISMO OFICIAL

-Puedo asegurarle, señor oficial, que yo había visto ayer al que encontraron muerto hoy. Sí, fue hacia el mediodía, creo; a mitad de camino entre Sekiyama y Yamashina. El marchaba en dirección a Sekiyama, acompañado por una mu­jer montada a caballo. La mujer estaba velada, de manera que no pude distinguir su cara. Me fijé solamente en su kimono, que era de color violeta. En cuanto al caballo, me parece que era un alazán con las crines cortadas. ¿Las medidas? Tal vez cuatro shaku cuatro sun, me parece; soy un religioso y no entiendo mucho de ese asunto. ¿El hombre? Iba bien ar­mado. Portaba sable, arco y flechas. Sí, recuerdo más que nada esa aljaba laqueada de negro donde llevaba una veintena de flechas, la recuerdo muy bien.

¿Cómo podía adivinar yo el destino que le esperaba? En verdad la vida humana es como el rocío o como un relámpago... Lo lamento... no encuentro palabras para expresarlo...

 

DECLARACIÓN DEL SOPLÓN INTERROGADO POR EL MISMO OFICIAL

-¿El hombre al que agarré? Es el famoso bandolero llamado Tajomaru, sin duda. Pero cuando lo apresé estaba caído sobre el puente de Awataguchi, gimiendo. Parecía haber caído del caballo. ¿La hora? Hacia la primera del Kong, ayer al caer la noche. La otra vez, cuando se me escapó por poco, llevaba puesto el mismo kimono azul y el mismo sable largo. Esta vez, señor oficial, como usted pudo comprobar, llevaba también arco y flechas. ¿Que la víctima tenía las mis­mas armas? Entonces no hay dudas. Tajomaru es el asesino. 

Porque el arco enfundado en cuero, la aljaba laqueada en negro, diecisiete flechas con plumas de halcón, todo lo tenía con él. También el caballo era, como usted dijo, un alazán con las crines cortadas. Ser atrapado gracias a este animal era su destino. Con sus largas riendas arrastrándose, el caballo estaba mordisqueando hierbas cerca del puente de piedra, en el borde de la carretera.

De todos los ladrones que rondan por los caminos de la capital, este Tajomaru es conocido como el más mujeriego. En el otoño del año pasado fueron halladas muertas en la capilla de Pindola del templo Toribe, una dama que venía en peregrinación y la joven sirvienta que la acompañaba. Los rumores atribuyeron ese crimen a Tajomaru. Si es él el que mató a este hombre, es fácil suponer qué hizo de la mujer que venía a caballo.

No quiero entrometerme donde no me corresponde, señor oficial, pero este aspecto merece ser aclarado.


 

DECLARACION DE UNA ANCIANA INTERROGADA

POR EL MISMO OFICIAL

-Sí, es el cadáver de mi yerno. Él no era de la capital; era funcionario del gobierno de la provincia de Wakasa. Se llamaba Takehiro Kanazawa. Tenía veintiséis años. No. Era un hombre de buen carácter, no podía tener enemigos.

¿Mi hija? Se llama Masago. Tiene diecinueve años. Es una muchacha valiente, tan intrépida como un hombre. No conoció a otro hombre que a Takehiro. Tiene cutis moreno y un lunar cerca del ángulo externo del ojo izquierdo. Su rostro es pequeño y ovalado.

Takehiro había partido ayer con mi hija hacia Wakasa. ¡Quién iba a imaginar que lo esperaba ese destino! ¿Dónde está mi hija? Debo resignarme a aceptar la suerte corrida por su marido, pero no puedo evitar sentirme inquieta por la de ella. Se lo suplica una pobre anciana, señor oficial: investigue, se lo ruego, qué fue de mi hija, aunque tenga que arrancar hierba por hierba para encontrarla. Y ese bandolero... ¿Cómo se llama? ¡Ah, sí Tajomaru! ¡Lo odio! No solamente mató a mi yerno, sino que... (Los sollozos ahogaron sus palabras.

 

CONFESION DE TAJOMARU

Sí, yo maté a ese hombre. Pero no a la mujer. ¿Que dónde está ella entonces? Yo no sé nada. ¿Qué quieren de mí? ¡Escuchen! Ustedes no podrían arrancarme por medio de torturas, por muy atroces que fueran, lo que ignoro. Y como nada tengo que perder, nada oculto.

Ayer, pasado el mediodía, encontré a la pareja. El velo agitado por un golpe de viento descubrió el rostro de la mujer. Sí, sólo por un instante... Un segundo después ya no lo veía. La brevedad de esta visión fue causa, tal vez, de que esa cara me pareciese tan hermosa como la de Bosatsu. Repentinamente decidí apoderarme de la mujer, aunque tuviese que matar a su acompañante.

¿Qué? Matar a un hombre no es cosa tan importante como la que ustedes creen. El rapto de una mujer implica necesariamente la muerte de su compañero. Yo solamente mato mediante el sable que llevo en mi cintura, mientras que voso­tros matáis por medio del poder, del dinero, y hasta de una palabra aparentemente benévola. Cuando matáis vosotros, la  sangre no corre, la víctima continúa viviendo. ¡Pero no la habéis matado menos! Desde el punto de vista de la gravedad de la falta, me pregunto quién es más criminal. (Sonrisa iró­nica.)

Pero mucho mejor es tener a la mujer sin matar al hombre. Mi humor del momento me indujo a tratar de hacerme de la mujer sin atentar, en lo posible, contra la vida del hombre. Sin embargo, como no podía hacerlo en el concurrido camino a Yamashina, me arreglé para llevar a la pareja a la montaña.

Resultó muy fácil. Haciéndome pasar por otro viajero, les conté que allá, en la montaña, había una vieja tumba, y que en ella yo había descubierto gran cantidad de espejos y de sables. Para ocultarlos de la mirada de los envidiosos los había enterrado en un bosque al pie de la montaña. Yo buscaba a un comprador para ese tesoro, que ofrecía a precio vil. El hombre se interesó visiblemente por la historia... Luego... ¡Es terrible la avaricia! Antes de media hora, la pareja había tomado conmigo el camino de la montaña.

Cuando llegamos ante el bosque, dije a la pareja que los tesoros estaban enterrados allá, y les pedí que me siguieran para verlos. Enceguecido por la codicia, el hombre no encontró motivos para dudar, mientras la mujer prefirió esperar montada en el caballo. Comprendí muy bien su reacción ante la cerrada espesura; era precisamente la actitud que yo espe­raba. De modo que, dejando sola a la mujer, penetré en el bosque seguido por el hombre.

Al comienzo, sólo había bambúes. Después de marchar durante un rato, llegamos a un pequeño claro junto al cual se alzaban unos abetos... Era el lugar ideal para poner en prác­tica mi plan. Abriéndome paso entre la maleza, lo engañé diciéndole con aire sincero que los tesoros estaban bajo esos abetos. El hombre se dirigió sin vacilar un instante hacia esos árboles enclenques. 

Los bambúes iban raleando, y llegamos al pequeño claro. Y apenas llegamos, me lancé sobre él y lo derribé. Era un hombre armado y parecía robusto, pero no esperaba ser atacado. En un abrir y cerrar de ojos estuvo atado al pie de un abeto. ¿La cuerda? Soy ladrón, siempre llevo una atada a mi cintura, para saltar un cerco, o cosas por el estilo. Para impedirle gritar, tuve que llenarle la boca de hojas secas de bambú.

Cuando lo tuve bien atado, regresé en busca de la mujer, y le dije que viniera conmigo, con el pretexto de que su ma­rido había sufrido un ataque de alguna enfermedad. De más está decir que me creyó. Se desembarazó de su ichimegasa y se internó en el bosque tomada de mi mano. Pero cuando advirtió al hombre atado al pie del abeto, extrajo un puñal que había escondido, no sé cuándo, entre su ropa. 

Nunca vi una mujer tan intrépida. La menor distracción me habría cos­tado la vida; me hubiera clavado el puñal en el vientre. Aun reaccionando con presteza fue difícil para mí eludir tan fu­rioso ataque. Pero por algo soy el famoso Tajomaru: conse­guí desarmarla, sin tener que usar mi arma. Y desarmada, por inflexible que se haya mostrado, nada podía hacer. Obtuve lo que quería sin cometer un asesinato.

Sí, sin cometer un asesinato, yo no tenía motivo alguno para matar a ese hombre. Ya estaba por abandonar el bosque, dejando a la mujer bañada en lágrimas, cuando ella se arrojó a mis brazos como una loca. 

Y la escuché decir, entrecorta­damente, que ella deseaba mi muerte o la de su marido, que no podía soportar la vergüenza ante dos hombres vivos, que eso era peor que la muerte. Esto no era todo. Ella se uniría al que sobreviviera, agregó jadeando. En aquel momento, sentí el violento deseo de matar a ese hombre. (Una oscura emoción produjo en Tajomaru un escalofrío.)

Al escuchar lo que les cuento pueden creer que soy un hombre más cruel que ustedes. Pero ustedes no vieron la cara de esa mujer; no vieron, especialmente, el fuego que brillaba en sus ojos cuando me lo suplicó. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí el deseo de que fuera mi mujer, aunque el cielo me fulminara. 

Y no fue, lo juro, a causa de la lascivia vil y licenciosa que ustedes pueden imaginar. Si en aquel momento decisivo yo me hubiera guiado sólo por el instinto, me habría alejado después de deshacerme de ella con un puntapié. Y no habría manchado mi espada con la sangre de ese hombre. Pero entonces, cuando miré a la mu­jer en la penumbra del bosque, decidí no abandonar el lugar sin haber matado a su marido.

Pero aunque había tomado esa decisión, yo no lo iba a matar indefenso. Desaté la cuerda y lo desafié. (Ustedes habrán encontrado esa cuerda al pie del abeto, yo olvidé llevármela.) Hecho una furia, el hombre desenvainó su espada y, sin decir palabra alguna, se precipitó sobre mí. 

No hay nada que contar, ya conocen el resultado. En el vigésimo tercer asalto mi espada le perforó el pecho. ¡En el vigésimo tercer asalto! Sentí admiración por él, nadie me había resis­tido más de veinte... (Sereno suspiro.)

Mientras el hombre se desangraba, me volví hacia la mujer, empuñando todavía el arma ensangrentada.

¡Había desaparecido! ¿Para qué lado había tomado? La busqué entre los abetos. El suelo cubierto de hojas secas de bambú no ofrecía rastros. Mi oído no percibió otro sonido que el de los estertores del hombre que agonizaba.

Tal vez al comenzar el combate la mujer había huido a través del bosque en busca de socorro. Ahora ustedes deben tener en cuenta que lo que estaba en juego era mi vida: apoderándome de las armas del muerto retomé el camino hacia la carretera. ¿Qué sucedió después? No vale la pena contarlo. Diré apenas que antes de entrar en la capital vendí la espada. Tarde o temprano sería colgado, siempre lo supe. Condénenme a morir. (Gesto de arrogancia.)

 

CONFESION DE UNA MUJER QUE FUE AL TEMPLO DE KIYOMIZU

-Después de violarme, el hombre del kimono azul miró burlonamente a mi esposo, que estaba atado. ¡Oh, cuánto odio debió sentir mi esposo! Pero sus contorsiones no hacían más que clavar en su carne la cuerda que lo sujetaba. Instinti­vamente corrí, mejor dicho, quise correr hacia él. Pero el bandido no me dio tiempo, y arrojándome un puntapié me hizo caer. 

En ese instante, vi un extraño resplandor en los ojos de mi marido... un resplandor verdaderamente extraño... Cada vez que pienso en esa mirada, me estremezco. Imposi­bilitado de hablar, mi esposo expresaba por medio de sus ojos lo que sentía. Y eso que destellaba en sus ojos no era cólera, ni tristeza. No era otra cosa que un frío desprecio hacia mí. Más anonadada por ese sentimiento que por el golpe del bandido, grité alguna cosa y caí desvanecida.

No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que recuperé la conciencia. El bandido había desaparecido, y mi marido seguía atado al pie del abeto. Incorporándome penosamente sobre las hojas secas, miré a mi esposo: su expresión era la misma de antes: una mezcla de desprecio y de odio glacial. ¿Vergüenza? ¿Tristeza? ¿Furia? ¿Cómo calificar a lo que sentí en ese momento? Terminé de incorporarme, vacilante, me aproximé a mi marido, y le dije:

-Takehiro, después de lo que he sufrido y en esta situa­ción horrible en que me encuentro, ya no podré seguir con­tigo. ¡No me queda otra cosa que matarme aquí mismo! ¡Pero también exijo tu muerte. Has sido testigo de mi ver­güenza! ¡No puedo permitir que me sobrevivas!

Se lo dije gritando. Pero él, inmóvil, seguía mirándome como antes, despectivamente. Conteniendo los latidos de mi corazón, busqué la espada de mi esposo. El bandido debió llevársela, porque no pude encontrarla entre la maleza. El arco y las flechas tampoco estaban. Por casualidad, encontré cerca mi puñal.

Lo tomé, y levantándolo sobre Takehiro, repetí:

-Te pido tu vida. Yo te seguiré.

Entonces, por fin movió los labios. Las hojas secas de bambú que le llenaban la boca le impedían hacerse escuchar. Pero un movimiento de sus labios casi imperceptible me dio a entender lo que deseaba. Sin dejar de despreciarme, me estaba diciendo: «Mátame».

Semiconsciente, hundí el puñal en su pecho, a través de su kimono.

Y volví a caer desvanecida. Cuando desperté, miré a mi alrededor. Mi marido, siempre atado, estaba muerto desde hacía tiempo. Sobre su rostro lívido, los rayos del sol poniente, atravesando los bambúes que se entremezclaban con las ramas de los abetos, acariciaban su cadáver. 

Después... ¿qué me pasó? No tengo fuerzas para contarlo. No logré matarme. Apliqué el cuchillo contra mi garganta, me arrojé a una laguna en el valle... ¡Todo lo probé! Pero, puesto que sigo con vida, no tengo ningún motivo para jactarme. (Triste sonrisa.) Tal vez hasta la infinitamente misericorde Bosatsu abandonaría a una mujer como yo. Pero yo, una mujer que mató a su esposo, que fue violada por un bandido... qué podría hacer. Aunque yo... yo... (Estalla en sollozos.)

 

LO QUE NARRÓ EL ESPÍRITU POR LABIOS DE UNA BRUJA

-El salteador, una vez logrado su fin, se sentó junto a mi mujer y trató de consolarla por todos los medios. Naturalmente, a mí me resultaba imposible decir nada; estaba atado al pie del abeto. Pero la miraba a ella significativamente, tratando de decirle: «No le escuches, todo lo que dice es mentira». Eso es lo que yo quería hacerle comprender. Pero ella, sentada lánguidamente sobre las hojas muertas de bambú, miraba con fijeza sus rodillas. 

Daba la impresión de que prestaba oídos a lo que decía el bandido. Al menos, eso es lo que me parecía a mí. El bandido, por su parte, escogía las palabras con habilidad. Me sentí torturado y enceguecido por los celos. El le decía: «Ahora que tu cuerpo fue manci­llado tu marido no querrá saber nada de ti. ¿No quieres abandonarlo y ser mi esposa? Fue a causa del amor que me inspiraste que yo actué de esta manera». Y repetía una y otra vez semejantes argumentos.

Ante tal discurso, mi mujer alzó la cabeza como extasiada. Yo mismo no la había visto nunca con expresión tan bella. ¿Y qué piensan ustedes que mi tan bella mujer respondió al ladrón delante de su marido maniatado? Le dijo: «Llévame donde quieras». (Aquí, un largo silencio.)

Pero la traición de mi mujer fue aún mayor. ¡Si no fuera por esto, yo no sufriría tanto en la negrura de esta noche! Cuando, tomada de la mano del bandolero, estaba a punto de abandonar el lugar, se dirigió hacia mí con el rostro pálido, y señalándome con el dedo a mí, que estaba atado al pie del árbol, dijo: «¡Mata a ese hombre! ¡Si queda vivo no podré vivir contigo!». Y gritó una y otra vez como una loca: «¡Má­talo! ¡Acaba con él!». 

Estas palabras, sonando a coro, me siguen persiguiendo en la eternidad. Acaso pudo salir alguna vez de labios humanos una expresión de deseos tan horrible? ¿Escuchó o ha oído alguno palabras tan malignas? Palabras que... (Se interrumpe, riendo extrañamente.)

Al escucharlas, hasta el bandido empalideció. «¡Acaba con este hombre!». Repitiendo esto, mi mujer se aferraba a su brazo. El bandido, mirándola fijamente, no le contestó. Y de inmediato la arrojó de una patada sobre las hojas secas. (Estalla otra vez en carcajadas.)  

Y mientras se cruzaba lentamente de brazos, el bandido me preguntó: «¿Qué quieres que haga? ¿Quieres que la mate o que la perdone, ¿no tienes que hacer otra cosa que mover la cabeza? ¿Quieres que la mate? ...».

Solamente por esta actitud, yo habría perdonado a ese hombre. (Silencio.)

Mientras yo vacilaba, mi esposa gritó y se escapó, internándose en el bosque. El hombre, sin perder un segundo, se lanzó tras ella, sin poder alcanzarla. Yo contemplaba inmóvil esa pesadilla.

Cuando mi mujer se escapó, el bandido se apoderó de mis armas, y cortó la cuerda que me sujetaba en un solo punto. Y mientras desaparecía en el bosque, pude escuchar que mur­muraba:

«Esta vez me toca a mí». Tras su desaparición, todo volvió a la calma. Pero no. «¿Alguien llora?», me pregunté. Mientras me liberaba, presté atención: eran mis propios sollozos los que había oído. (La voz calla, por tercera vez, haciendo una larga pausa.)

Por fin, bajo el abeto, liberé completamente mi cuerpo dolorido. Delante mío relucía el puñal que mi esposa había dejado caer. Asiéndolo, lo clavé de un golpe en mi pecho. Sentí un borbotón acre y tibio subir por mi garganta, pero nada me dolió. A medida que mi pecho se entumecía, el silencio se profundizaba ¡Ah, ese silencio! 

Ni siquiera cantaba un pájaro en el cielo de aquel bosque. Sólo caía, a través de los bambúes y los abetos, un último rayo del sol que desaparecía... Luego ya no vi bambúes ni abetos. Tendido en tierra, fui envuelto por un denso silencio. 

En aquel mo­mento, unos pasos furtivos se me acercaron. Traté de volver la cabeza, pero ya me envolvía una difusa oscuridad. Una mano invisible retiraba dulcemente el puñal de mi pecho. La sangre volvió a llenarme la boca. Ese fue el fin. Me hundí en la noche eterna para no regresar...