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En el bosque - Ryunosuke Akutagawa

  DECLARACIÓN DEL LEÑADOR INTERROGADO POR EL OFICIAL DE INVESTIGACIONES

DE LA KEBUSHI

-Yo confirmo, señor oficial, mi declaración. Fui yo el que descubrió el cadáver. Esta mañana, como lo hago siempre, fui al otro lado de la montaña para hachar abetos. El cadáver estaba en un bosque al pie de la montaña. ¿El lugar exacto? A cuatro o cinco cho, me parece, del camino del apeadero de Yamashina. Es un paraje silvestre, donde crecen el bambú y algunas coníferas raquíticas.

El muerto estaba tirado de espaldas. Vestía ropa de cazador de color celeste y llevaba un eboshi de color gris, al estilo de la capital. Sólo se veía una herida en el cuerpo, pero era una herida profunda en la parte superior del pecho. Las hojas secas de bambú caídas en su alrededor estaban como teñidas de suho. No, ya no corría sangre de la herida, cuyos bordes parecían secos y sobre la cual, bien lo recuerdo, estaba tan agarrado un gran tábano que ni siquiera escuchó que me acercaba.

¿Si encontré una espada o algo ajeno? No. Absolutamente nada. Solamente encontré, al pie de un abeto vecino, una cuerda, y también un peine. Eso es todo lo que encontré alrededor, pero las hierbas y las hojas muertas de bambú estaban holladas en todos los sentidos; la víctima, antes de ser asesinada, debió oponer fuerte resistencia. ¿Si no observé un caballo? No, señor oficial. No es ese un lugar al que pueda llegar un caballo. Una infranqueable espesura separa ese pa­raje de la carretera.

 

 

DECLARACIÓN DEL MONJE BUDISTA INTERROGADO POR EL MISMO OFICIAL

-Puedo asegurarle, señor oficial, que yo había visto ayer al que encontraron muerto hoy. Sí, fue hacia el mediodía, creo; a mitad de camino entre Sekiyama y Yamashina. El marchaba en dirección a Sekiyama, acompañado por una mu­jer montada a caballo. La mujer estaba velada, de manera que no pude distinguir su cara. Me fijé solamente en su kimono, que era de color violeta. En cuanto al caballo, me parece que era un alazán con las crines cortadas. ¿Las medidas? Tal vez cuatro shaku cuatro sun, me parece; soy un religioso y no entiendo mucho de ese asunto. ¿El hombre? Iba bien ar­mado. Portaba sable, arco y flechas. Sí, recuerdo más que nada esa aljaba laqueada de negro donde llevaba una veintena de flechas, la recuerdo muy bien.

¿Cómo podía adivinar yo el destino que le esperaba? En verdad la vida humana es como el rocío o como un relámpago... Lo lamento... no encuentro palabras para expresarlo...

 

DECLARACIÓN DEL SOPLÓN INTERROGADO POR EL MISMO OFICIAL

-¿El hombre al que agarré? Es el famoso bandolero llamado Tajomaru, sin duda. Pero cuando lo apresé estaba caído sobre el puente de Awataguchi, gimiendo. Parecía haber caído del caballo. ¿La hora? Hacia la primera del Kong, ayer al caer la noche. La otra vez, cuando se me escapó por poco, llevaba puesto el mismo kimono azul y el mismo sable largo. Esta vez, señor oficial, como usted pudo comprobar, llevaba también arco y flechas. ¿Que la víctima tenía las mis­mas armas? Entonces no hay dudas. Tajomaru es el asesino. 

Porque el arco enfundado en cuero, la aljaba laqueada en negro, diecisiete flechas con plumas de halcón, todo lo tenía con él. También el caballo era, como usted dijo, un alazán con las crines cortadas. Ser atrapado gracias a este animal era su destino. Con sus largas riendas arrastrándose, el caballo estaba mordisqueando hierbas cerca del puente de piedra, en el borde de la carretera.

De todos los ladrones que rondan por los caminos de la capital, este Tajomaru es conocido como el más mujeriego. En el otoño del año pasado fueron halladas muertas en la capilla de Pindola del templo Toribe, una dama que venía en peregrinación y la joven sirvienta que la acompañaba. Los rumores atribuyeron ese crimen a Tajomaru. Si es él el que mató a este hombre, es fácil suponer qué hizo de la mujer que venía a caballo.

No quiero entrometerme donde no me corresponde, señor oficial, pero este aspecto merece ser aclarado.


 

DECLARACION DE UNA ANCIANA INTERROGADA

POR EL MISMO OFICIAL

-Sí, es el cadáver de mi yerno. Él no era de la capital; era funcionario del gobierno de la provincia de Wakasa. Se llamaba Takehiro Kanazawa. Tenía veintiséis años. No. Era un hombre de buen carácter, no podía tener enemigos.

¿Mi hija? Se llama Masago. Tiene diecinueve años. Es una muchacha valiente, tan intrépida como un hombre. No conoció a otro hombre que a Takehiro. Tiene cutis moreno y un lunar cerca del ángulo externo del ojo izquierdo. Su rostro es pequeño y ovalado.

Takehiro había partido ayer con mi hija hacia Wakasa. ¡Quién iba a imaginar que lo esperaba ese destino! ¿Dónde está mi hija? Debo resignarme a aceptar la suerte corrida por su marido, pero no puedo evitar sentirme inquieta por la de ella. Se lo suplica una pobre anciana, señor oficial: investigue, se lo ruego, qué fue de mi hija, aunque tenga que arrancar hierba por hierba para encontrarla. Y ese bandolero... ¿Cómo se llama? ¡Ah, sí Tajomaru! ¡Lo odio! No solamente mató a mi yerno, sino que... (Los sollozos ahogaron sus palabras.

 

CONFESION DE TAJOMARU

Sí, yo maté a ese hombre. Pero no a la mujer. ¿Que dónde está ella entonces? Yo no sé nada. ¿Qué quieren de mí? ¡Escuchen! Ustedes no podrían arrancarme por medio de torturas, por muy atroces que fueran, lo que ignoro. Y como nada tengo que perder, nada oculto.

Ayer, pasado el mediodía, encontré a la pareja. El velo agitado por un golpe de viento descubrió el rostro de la mujer. Sí, sólo por un instante... Un segundo después ya no lo veía. La brevedad de esta visión fue causa, tal vez, de que esa cara me pareciese tan hermosa como la de Bosatsu. Repentinamente decidí apoderarme de la mujer, aunque tuviese que matar a su acompañante.

¿Qué? Matar a un hombre no es cosa tan importante como la que ustedes creen. El rapto de una mujer implica necesariamente la muerte de su compañero. Yo solamente mato mediante el sable que llevo en mi cintura, mientras que voso­tros matáis por medio del poder, del dinero, y hasta de una palabra aparentemente benévola. Cuando matáis vosotros, la  sangre no corre, la víctima continúa viviendo. ¡Pero no la habéis matado menos! Desde el punto de vista de la gravedad de la falta, me pregunto quién es más criminal. (Sonrisa iró­nica.)

Pero mucho mejor es tener a la mujer sin matar al hombre. Mi humor del momento me indujo a tratar de hacerme de la mujer sin atentar, en lo posible, contra la vida del hombre. Sin embargo, como no podía hacerlo en el concurrido camino a Yamashina, me arreglé para llevar a la pareja a la montaña.

Resultó muy fácil. Haciéndome pasar por otro viajero, les conté que allá, en la montaña, había una vieja tumba, y que en ella yo había descubierto gran cantidad de espejos y de sables. Para ocultarlos de la mirada de los envidiosos los había enterrado en un bosque al pie de la montaña. Yo buscaba a un comprador para ese tesoro, que ofrecía a precio vil. El hombre se interesó visiblemente por la historia... Luego... ¡Es terrible la avaricia! Antes de media hora, la pareja había tomado conmigo el camino de la montaña.

Cuando llegamos ante el bosque, dije a la pareja que los tesoros estaban enterrados allá, y les pedí que me siguieran para verlos. Enceguecido por la codicia, el hombre no encontró motivos para dudar, mientras la mujer prefirió esperar montada en el caballo. Comprendí muy bien su reacción ante la cerrada espesura; era precisamente la actitud que yo espe­raba. De modo que, dejando sola a la mujer, penetré en el bosque seguido por el hombre.

Al comienzo, sólo había bambúes. Después de marchar durante un rato, llegamos a un pequeño claro junto al cual se alzaban unos abetos... Era el lugar ideal para poner en prác­tica mi plan. Abriéndome paso entre la maleza, lo engañé diciéndole con aire sincero que los tesoros estaban bajo esos abetos. El hombre se dirigió sin vacilar un instante hacia esos árboles enclenques. 

Los bambúes iban raleando, y llegamos al pequeño claro. Y apenas llegamos, me lancé sobre él y lo derribé. Era un hombre armado y parecía robusto, pero no esperaba ser atacado. En un abrir y cerrar de ojos estuvo atado al pie de un abeto. ¿La cuerda? Soy ladrón, siempre llevo una atada a mi cintura, para saltar un cerco, o cosas por el estilo. Para impedirle gritar, tuve que llenarle la boca de hojas secas de bambú.

Cuando lo tuve bien atado, regresé en busca de la mujer, y le dije que viniera conmigo, con el pretexto de que su ma­rido había sufrido un ataque de alguna enfermedad. De más está decir que me creyó. Se desembarazó de su ichimegasa y se internó en el bosque tomada de mi mano. Pero cuando advirtió al hombre atado al pie del abeto, extrajo un puñal que había escondido, no sé cuándo, entre su ropa. 

Nunca vi una mujer tan intrépida. La menor distracción me habría cos­tado la vida; me hubiera clavado el puñal en el vientre. Aun reaccionando con presteza fue difícil para mí eludir tan fu­rioso ataque. Pero por algo soy el famoso Tajomaru: conse­guí desarmarla, sin tener que usar mi arma. Y desarmada, por inflexible que se haya mostrado, nada podía hacer. Obtuve lo que quería sin cometer un asesinato.

Sí, sin cometer un asesinato, yo no tenía motivo alguno para matar a ese hombre. Ya estaba por abandonar el bosque, dejando a la mujer bañada en lágrimas, cuando ella se arrojó a mis brazos como una loca. 

Y la escuché decir, entrecorta­damente, que ella deseaba mi muerte o la de su marido, que no podía soportar la vergüenza ante dos hombres vivos, que eso era peor que la muerte. Esto no era todo. Ella se uniría al que sobreviviera, agregó jadeando. En aquel momento, sentí el violento deseo de matar a ese hombre. (Una oscura emoción produjo en Tajomaru un escalofrío.)

Al escuchar lo que les cuento pueden creer que soy un hombre más cruel que ustedes. Pero ustedes no vieron la cara de esa mujer; no vieron, especialmente, el fuego que brillaba en sus ojos cuando me lo suplicó. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí el deseo de que fuera mi mujer, aunque el cielo me fulminara. 

Y no fue, lo juro, a causa de la lascivia vil y licenciosa que ustedes pueden imaginar. Si en aquel momento decisivo yo me hubiera guiado sólo por el instinto, me habría alejado después de deshacerme de ella con un puntapié. Y no habría manchado mi espada con la sangre de ese hombre. Pero entonces, cuando miré a la mu­jer en la penumbra del bosque, decidí no abandonar el lugar sin haber matado a su marido.

Pero aunque había tomado esa decisión, yo no lo iba a matar indefenso. Desaté la cuerda y lo desafié. (Ustedes habrán encontrado esa cuerda al pie del abeto, yo olvidé llevármela.) Hecho una furia, el hombre desenvainó su espada y, sin decir palabra alguna, se precipitó sobre mí. 

No hay nada que contar, ya conocen el resultado. En el vigésimo tercer asalto mi espada le perforó el pecho. ¡En el vigésimo tercer asalto! Sentí admiración por él, nadie me había resis­tido más de veinte... (Sereno suspiro.)

Mientras el hombre se desangraba, me volví hacia la mujer, empuñando todavía el arma ensangrentada.

¡Había desaparecido! ¿Para qué lado había tomado? La busqué entre los abetos. El suelo cubierto de hojas secas de bambú no ofrecía rastros. Mi oído no percibió otro sonido que el de los estertores del hombre que agonizaba.

Tal vez al comenzar el combate la mujer había huido a través del bosque en busca de socorro. Ahora ustedes deben tener en cuenta que lo que estaba en juego era mi vida: apoderándome de las armas del muerto retomé el camino hacia la carretera. ¿Qué sucedió después? No vale la pena contarlo. Diré apenas que antes de entrar en la capital vendí la espada. Tarde o temprano sería colgado, siempre lo supe. Condénenme a morir. (Gesto de arrogancia.)

 

CONFESION DE UNA MUJER QUE FUE AL TEMPLO DE KIYOMIZU

-Después de violarme, el hombre del kimono azul miró burlonamente a mi esposo, que estaba atado. ¡Oh, cuánto odio debió sentir mi esposo! Pero sus contorsiones no hacían más que clavar en su carne la cuerda que lo sujetaba. Instinti­vamente corrí, mejor dicho, quise correr hacia él. Pero el bandido no me dio tiempo, y arrojándome un puntapié me hizo caer. 

En ese instante, vi un extraño resplandor en los ojos de mi marido... un resplandor verdaderamente extraño... Cada vez que pienso en esa mirada, me estremezco. Imposi­bilitado de hablar, mi esposo expresaba por medio de sus ojos lo que sentía. Y eso que destellaba en sus ojos no era cólera, ni tristeza. No era otra cosa que un frío desprecio hacia mí. Más anonadada por ese sentimiento que por el golpe del bandido, grité alguna cosa y caí desvanecida.

No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que recuperé la conciencia. El bandido había desaparecido, y mi marido seguía atado al pie del abeto. Incorporándome penosamente sobre las hojas secas, miré a mi esposo: su expresión era la misma de antes: una mezcla de desprecio y de odio glacial. ¿Vergüenza? ¿Tristeza? ¿Furia? ¿Cómo calificar a lo que sentí en ese momento? Terminé de incorporarme, vacilante, me aproximé a mi marido, y le dije:

-Takehiro, después de lo que he sufrido y en esta situa­ción horrible en que me encuentro, ya no podré seguir con­tigo. ¡No me queda otra cosa que matarme aquí mismo! ¡Pero también exijo tu muerte. Has sido testigo de mi ver­güenza! ¡No puedo permitir que me sobrevivas!

Se lo dije gritando. Pero él, inmóvil, seguía mirándome como antes, despectivamente. Conteniendo los latidos de mi corazón, busqué la espada de mi esposo. El bandido debió llevársela, porque no pude encontrarla entre la maleza. El arco y las flechas tampoco estaban. Por casualidad, encontré cerca mi puñal.

Lo tomé, y levantándolo sobre Takehiro, repetí:

-Te pido tu vida. Yo te seguiré.

Entonces, por fin movió los labios. Las hojas secas de bambú que le llenaban la boca le impedían hacerse escuchar. Pero un movimiento de sus labios casi imperceptible me dio a entender lo que deseaba. Sin dejar de despreciarme, me estaba diciendo: «Mátame».

Semiconsciente, hundí el puñal en su pecho, a través de su kimono.

Y volví a caer desvanecida. Cuando desperté, miré a mi alrededor. Mi marido, siempre atado, estaba muerto desde hacía tiempo. Sobre su rostro lívido, los rayos del sol poniente, atravesando los bambúes que se entremezclaban con las ramas de los abetos, acariciaban su cadáver. 

Después... ¿qué me pasó? No tengo fuerzas para contarlo. No logré matarme. Apliqué el cuchillo contra mi garganta, me arrojé a una laguna en el valle... ¡Todo lo probé! Pero, puesto que sigo con vida, no tengo ningún motivo para jactarme. (Triste sonrisa.) Tal vez hasta la infinitamente misericorde Bosatsu abandonaría a una mujer como yo. Pero yo, una mujer que mató a su esposo, que fue violada por un bandido... qué podría hacer. Aunque yo... yo... (Estalla en sollozos.)

 

LO QUE NARRÓ EL ESPÍRITU POR LABIOS DE UNA BRUJA

-El salteador, una vez logrado su fin, se sentó junto a mi mujer y trató de consolarla por todos los medios. Naturalmente, a mí me resultaba imposible decir nada; estaba atado al pie del abeto. Pero la miraba a ella significativamente, tratando de decirle: «No le escuches, todo lo que dice es mentira». Eso es lo que yo quería hacerle comprender. Pero ella, sentada lánguidamente sobre las hojas muertas de bambú, miraba con fijeza sus rodillas. 

Daba la impresión de que prestaba oídos a lo que decía el bandido. Al menos, eso es lo que me parecía a mí. El bandido, por su parte, escogía las palabras con habilidad. Me sentí torturado y enceguecido por los celos. El le decía: «Ahora que tu cuerpo fue manci­llado tu marido no querrá saber nada de ti. ¿No quieres abandonarlo y ser mi esposa? Fue a causa del amor que me inspiraste que yo actué de esta manera». Y repetía una y otra vez semejantes argumentos.

Ante tal discurso, mi mujer alzó la cabeza como extasiada. Yo mismo no la había visto nunca con expresión tan bella. ¿Y qué piensan ustedes que mi tan bella mujer respondió al ladrón delante de su marido maniatado? Le dijo: «Llévame donde quieras». (Aquí, un largo silencio.)

Pero la traición de mi mujer fue aún mayor. ¡Si no fuera por esto, yo no sufriría tanto en la negrura de esta noche! Cuando, tomada de la mano del bandolero, estaba a punto de abandonar el lugar, se dirigió hacia mí con el rostro pálido, y señalándome con el dedo a mí, que estaba atado al pie del árbol, dijo: «¡Mata a ese hombre! ¡Si queda vivo no podré vivir contigo!». Y gritó una y otra vez como una loca: «¡Má­talo! ¡Acaba con él!». 

Estas palabras, sonando a coro, me siguen persiguiendo en la eternidad. Acaso pudo salir alguna vez de labios humanos una expresión de deseos tan horrible? ¿Escuchó o ha oído alguno palabras tan malignas? Palabras que... (Se interrumpe, riendo extrañamente.)

Al escucharlas, hasta el bandido empalideció. «¡Acaba con este hombre!». Repitiendo esto, mi mujer se aferraba a su brazo. El bandido, mirándola fijamente, no le contestó. Y de inmediato la arrojó de una patada sobre las hojas secas. (Estalla otra vez en carcajadas.)  

Y mientras se cruzaba lentamente de brazos, el bandido me preguntó: «¿Qué quieres que haga? ¿Quieres que la mate o que la perdone, ¿no tienes que hacer otra cosa que mover la cabeza? ¿Quieres que la mate? ...».

Solamente por esta actitud, yo habría perdonado a ese hombre. (Silencio.)

Mientras yo vacilaba, mi esposa gritó y se escapó, internándose en el bosque. El hombre, sin perder un segundo, se lanzó tras ella, sin poder alcanzarla. Yo contemplaba inmóvil esa pesadilla.

Cuando mi mujer se escapó, el bandido se apoderó de mis armas, y cortó la cuerda que me sujetaba en un solo punto. Y mientras desaparecía en el bosque, pude escuchar que mur­muraba:

«Esta vez me toca a mí». Tras su desaparición, todo volvió a la calma. Pero no. «¿Alguien llora?», me pregunté. Mientras me liberaba, presté atención: eran mis propios sollozos los que había oído. (La voz calla, por tercera vez, haciendo una larga pausa.)

Por fin, bajo el abeto, liberé completamente mi cuerpo dolorido. Delante mío relucía el puñal que mi esposa había dejado caer. Asiéndolo, lo clavé de un golpe en mi pecho. Sentí un borbotón acre y tibio subir por mi garganta, pero nada me dolió. A medida que mi pecho se entumecía, el silencio se profundizaba ¡Ah, ese silencio! 

Ni siquiera cantaba un pájaro en el cielo de aquel bosque. Sólo caía, a través de los bambúes y los abetos, un último rayo del sol que desaparecía... Luego ya no vi bambúes ni abetos. Tendido en tierra, fui envuelto por un denso silencio. 

En aquel mo­mento, unos pasos furtivos se me acercaron. Traté de volver la cabeza, pero ya me envolvía una difusa oscuridad. Una mano invisible retiraba dulcemente el puñal de mi pecho. La sangre volvió a llenarme la boca. Ese fue el fin. Me hundí en la noche eterna para no regresar...


Los elfos - Ludwig Tieck

–¿Dónde está nuestra pequeña María?

–Está jugando en el prado con el hijo de nuestro vecino contestó la mujer.

–No vayan a perderse –dijo el padre, preocupado–, son tan atolondrados.

La madre echó un vistazo a los pequeños y les llevó su merienda a la mesa.

–¡Qué calor hace! –dijo el muchacho mientras la niña se abalanzaba sobre las rojas cerezas.

–Tengan cuidado, niños –dijo la madre–, no vayan muy lejos de casa ni se adentren en el bosque; su papá y yo vamos al campo.

El joven Andrés contestó:

–¡Oh, no hay por qué preocuparse! El bosque nos asusta y vamos a quedarnos sentados cerca de la casa, donde hay gente.

Al momento, la mujer se retiró y salió acompañada de su esposo. Cerraron ambos la puerta de la casa y se dirigieron al campo y los prados para inspeccionar a los peones y, al mismo tiempo, la cosecha de heno. 

La casa se situaba en una pequeña y verde loma, rodeada por un declive con empalizadas que abarcaban también los huertos y los invernaderos; un poco más abajo, se extendía el pueblo, y a lo lejos se elevaba el palacio ducal. 

Martín arrendaba la propiedad señorial y vivía con su esposa y su única hija, contento porque cada año ahorraba con la perspectiva de hacerse, a costa de su trabajo, un hombre rico ya que la tierra era fértil y el señor conde más bien benévolo.

Al caminar junto a su mujer en dirección de los campos, miró con alegría en torno suyo y dijo:

–Qué distinta es esta región de la otra en que vivíamos, Brígida. Aquí todo es tan verde, el pueblo es abundante en frutos, la tierra derrocha pastos y hermosas flores, todas las casas son alegres y limpias, y los habitantes, ricos. Hasta pienso que los bosques son aquí más hermosos y el cielo más azul; hasta donde alcanza la vista, puede verse el gozo y la alegría ante la generosidad de la Naturaleza.

–En cuanto se está más allá del río –dijo Brígida–, se encuentra uno como en otra Tierra, todo tan triste y raquítico. Cuanto forastero viene, afirma que nuestro pueblo es el más bello de la región.

–Con excepción del valle de abetos –contestó él–. Mira hacia allá, qué negro y triste se ve ese apartado lugar dentro de toda la alegría que lo circunda. Detrás de los obscuros abetos están la humeante casita, los cobertizos derruidos, el hilo de agua que pasa de largo con aire triste. 

–Es cierto –dijo la mujer, mientras permanecían de pie–. Al acercarse a ese lugar, se vuelve uno triste y temeroso sin saber la razón de ello. ¿Quiénes serán en realidad esos que viven allí y por qué se mantienen alejados de toda comunidad como si no tuvieran la conciencia tranquila?

–Pobre chusma –contestó el joven arrendatario–. Parecen gitanos que roban y engañan en lo apartado, y quizá allí sea su escondite. Lo único que me asombra es que el muy benévolo señorío los tolere.

–Podría también ser gente pobre –dijo la mujer, compasivamente– que se avergüenza de su pobreza, aunque uno no tiene realmente razón al culparlos de nada; lo único que da en qué pensar es que no muestran devoción hacia la iglesia. Y no se sabe de qué viven pues el jardincillo, que parece estar completamente abandonado, no los puede ni siquiera alimentar, ni tampoco poseen sus propios campos.

–Sólo Dios sabe en qué se ocupen –continuó Martín, mientras reanudaba sus pasos–, pues ningún ser humano pasa junto a ellos, y el lugar que habitan está apartado y embrujado, de manera que ni los muchachos más traviesos se atreven a acercarse.

Continuaron conversando mientras se encaminaban al campo. Aquella obscura región de la que hablaban estaba situada fuera del pueblo. En una pendiente rodeada de abetos se veía una casita y diversas construcciones pertenecientes a varias granjas casi del todo destruidas. Muy de vez en cuando llegaba a apreciarse el humo de las chimeneas, y más rara todavía era la presencia de gente. 

En una sola ocasión, un curioso que se había atrevido a acercarse advirtió en un banco, delante de la casita, unas horribles mujeruchas vestidas con harapientas ropas acompañadas de unos niños igualmente feos y sucios que se revolcaban entre sus faldas; algunos perros de obscuro pelaje corrían cerca de ellos; al caer la noche, un individuo misterioso que nadie conocía cruzó el camino a la altura del arroyo y entró en la casita; más tarde, a lo lejos, podían verse entre la obscuridad diversas siluetas que se movían como sombras alrededor de una fogata campestre. 

La pendiente, los abetos y la casita derruida daban en verdad una extrañísima impresión dentro del verde y alegre paisaje, en comparación con las blancas casitas del pueblo y el reluciente y magnífico palacio.

Los niños se habían comido la fruta; sintieron deseos de correr, y la pequeña y ágil María le ganó en todas las ocasiones al lento Andrés.

–¡Eso no tiene ninguna gracia! –exclamó finalmente Andrés–. ¡Vamos a hacerlo ahora más lejos, entonces si veremos quién gana!

–Como quieras –dijo la pequeña–. Sólo que no podemos correr hacia donde está el río.

–No –contestó Andrés–. Pero allá, en la colina, donde está el gran peral, a un cuarto de hora de aquí. Yo corro dando vuelta a la izquierda, por la pendiente de los abetos, y tú, que puedes hacerlo, corres por el lado derecho del campo, y los dos llegamos a la misma meta. Entonces veremos quién es el que corre mejor.

–Bueno. Así no nos estorbaremos en el camino; además, mi papá dice que es la misma distancia en dirección de la colina yendo de este lado o más allá de la casa de los gitanos –dijo María, y en seguida comenzó a correr.

Andrés se apresuró tan velozmente que María, al tomar por la derecha, ya no lo alcanzó a ver mas.

–Es realmente un tonto –se dijo–, pues me será suficiente un poco de valor para cruzar el pequeño puente, pasar cerca de la casita y salir del solar hacia el otro lado; así llegaré mucho antes que Andrés.

Ya estaba delante del arroyo, al pie de la colina de abetos.

–¿Cruzo el puente? ¡Qué miedo! –se dijo.

Un falderillo blanco ladraba allí cerca con todo su ímpetu. Al asustarse, el animal le pareció a María como un monstruo y retrocedió inopinadamente.

–¡Ay! –dijo–. Andresito está ahora muy adelantado y yo sigo aquí, como una estatua, pensándolo todavía.

El perro ladraba sin parar; al mirarlo con más detenimiento no le pareció tan horrible sino, por el contrario, muy gracioso: tenía un collar rojo del que colgaba un reluciente cascabel, y toda vez que levantaba la cabeza meneándose al ladrar, el cascabel se dejaba oír encantadoramente.

–¡Eh, sólo tengo que decidirme! –exclamó la pequeña María–. Corro lo más que pueda y ¡rápido, rápido! salgo otra vez al camino. ¡Este animalillo no me ha de devorar tan rápidamente!

Al decir esto, la resuelta y vivaz niña se lanzó hacia el puentecillo y pasó a toda carrera junto al perro, que sin ladrar más le hizo fiestas alrededor. De pronto estaba en la pendiente, de manera que los negros abetos le impedían la vista hacia los contornos de la casa paterna y el resto del paisaje.

Vaya que estaba sorprendida. La rodeaba el jardín de flores más vistoso y alegre, sembrado de tulipanes, rosas y azucenas de incomparables y bellos colores; mariposas azul y púrpura se mecían en los pétalos, aves multicolores se colgaban de los emparrados en las jaulas de lustrosas rejas mientras cantaban hermosas melodías, y algunos niños, en albeantes y cortos vestiditos, de pelo rubio y rizado y de ojos claros, saltaban alrededor. 

Unos jugaban con corderitos, otros daban de comer a los pájaros o bien recolectaban flores que se regalaban mutuamente. Otros más comían cerezas, uvas y albaricoques rojizos. No podía verse ninguna casita. En cambio, una amplia y hermosa casa, con puerta de hierro en artístico y noble talle, lucía en medio de ese espacio. 

María estaba absorta y maravillada, y ni siquiera supo orientarse; pero, como no era nada tonta, en pocos instantes se acercó al primer niño que vio y le tendió la mano para saludarlo.

–¡Qué sorpresa que vengas a visitarnos! –dijo la deslumbrante niña a la que había saludado–. Te he visto correr y saltar allá afuera, pero te has asustado con nuestro perrito.

–¿Entonces no son ustedes ningunos gitanos bribones, como dice Andrés? ¡Vaya! Pero si es un tonto, y ¡el día entero habla sin ton ni son!

–Quédate con nosotros –dijo la maravillosa niña–, te gustará.

–Pero es que estamos corriendo.

–Regresarás a tiempo. ¡Toma y come! 

María comió y encontró la fruta tan dulce como nunca había saboreado ninguna, y Andrés, la carrera y la advertencia de sus padres se borraron por completo de su mente.

Una mujer muy alta, vestida con lujo deslumbrante, se acercó y preguntó por la niña extranjera.

–Hermosa mujer –le dijo María–, vine corriendo hasta aquí y ella me invitó a quedarme.

–Tú sabes, Zerina –dijo la hermosa mujer–, que ella sólo tiene permiso por poco tiempo y, además, tenías que haberme preguntado antes que todo.

–Pensé –dijo la deslumbrante niña– que si la habían dejado cruzar el puente podía entonces quedarse; ya la hemos visto correr a menudo por el campo y tú misma te has deleitado con su carácter alegre y vivaz; al fin y al cabo, tendrá que abandonarnos muy pronto.

–No, yo quiero quedarme aquí –dijo María–. Esto es muy bonito; además, aquí están las cosas más agradables que he visto, sobre todo las fresas y las cerezas. Allá afuera no es tan espléndido como aquí.

La mujer, vestida con sus prendas doradas, se alejó sonriendo y muchos de los niños saltaron entonces alrededor de la alegre María bromeando con ella y animándola a bailar; otros le llevaron corderitos y juguetes maravillosos; unos más tocaron sus instrumentos y cantaron. 

Pero se mantuvo especialmente junto a la compañera que conoció desde su llegada pues era la más amable y simpática de todos. La pequeña María exclamaba una y otra vez:

–Quiero quedarme siempre con ustedes para que sean mis hermanos.

Ante ello, todos los niños se reían abrazándola.

–Ahora vamos a hacer un bonito juego –dijo Zerina.

Corrió velozmente al interior del palacio y volvió con una diminuta caja dorada que guardaba un brillante polen. Tomó un poco de él con sus deditos y esparció algunos granos en el verde suelo. De pronto, se vio crujir el césped en forma de olas y, luego de breves momentos, surgieron de inmediato rosales que crecieron y se desarrollaron al instante, invadiendo el espacio con el más dulce aroma. 

María tomó también un poco de polvo y, cuando lo hubo esparcido, aparecieron blancas azucenas y multicolores claveles. A un movimiento de Zerina, desaparecieron las flores apareciendo otras en su lugar.

–Ahora –dijo Zerina–, prepárate para algo mejor.

Puso entonces dos piñones en el suelo, los pisoteó enérgicamente hasta hundirlos en la tierra y, al momento, dos verdes arbustos comenzaron a erguirse ante los niños.

–Cógete fuerte de mí –le dijo Zerina.

María puso sus brazos alrededor de su tierno cuerpo. Sin pensarlo, se sintió elevada, los arbolillos crecieron debajo de las niñas con asombrosa rapidez hasta que los altos pinos se arqueaban y las niñas tuvieron que mantenerse abrazadas entre las rojas nubes del atardecer, balanceándose de uno a otro lado en medio de besos. 
 
Los otros pequeños subían y bajaban con suma agilidad por entre las ramas de los árboles; se hacían bromas y daban empujones con muchas risas al encontrarse en el camino. Uno de los niños cayó a causa del amontonamiento de los otros y voló entonces por los aires, si bien bajó lenta y seguramente a tierra. 
 
Por último, María sintió miedo, la otra pequeña entonó algunas canciones con voz muy clara y los árboles descendieron tan rápidamente como se habían elevado hasta las nubes.

Entraron por la puerta de hierro hacia el palacio. Sentadas allí, hermosas mujeres, tanto ancianas como jóvenes, se deleitaban dentro de la sala circular comiendo agradables frutas. Entre tanto, podía escucharse una hermosa y sutil melodía. 

En la bóveda había palmeras pintadas, flores y follajes entre los que subían y bajaban, haciendo gráciles movimientos, varias figuras infantiles. 

Las imágenes variaban y centelleaban en los más encendidos colores, de acuerdo con la música; al momento, el verde y el azul se encendían como una diáfana luz y, con tonos de flama dorada y púrpura, el color se opacaba hasta languidecer; entonces los niños, desnudos entre los follajes de flores, parecían avivarse y tomar aliento a través de sus labios rojos de rubí de manera que podía verse el fulgor de los dientecillos y de los ojos azul celeste.

Desde la estancia, una escalera de hierro conducía a un gran hipogeo. Allí, entre una gran cantidad de oro, plata y piedras preciosas, refulgían gemas de infinitos colores; había en las paredes hermosos vasos que parecían rebosantes de magníficos tesoros, y oro trabajado en varias maneras que brillaba con un familiar tono rojizo. 

Incontables enanitos se hallaban ocupados en seleccionar las piezas a fin de ponerlas en los vasos. Otros, jorobados y contrahechos, de largas y enrojecidas narices, traían con muchos trabajos, jadeantes casi hasta inclinar la frente contra el piso, como los molineros bajo su carga de trigo, unos sacos de los que caían al suelo granos de oro. 

En seguida saltaban torpemente de un lado a otro y tomaban las piedrecillas rodantes que iban escapándose; no era raro que, en medio de su inquietud, uno golpeara al otro de manera que caían al suelo, atolondrados bajo su propio peso. Ponían caras hoscas y desdeñosas cuando ella reía ante sus gestos de fealdad. 

Encogido, sentado hasta el fondo, estaba un diminuto anciano a quien Zerina saludó ceremoniosamente en tanto que él agradecía con una severa inclinación de su cabeza. Tenía en la mano un cetro y puesta en la cabeza una corona; todos los demás enanos parecían reconocerlo como su señor y obedecían sus indicaciones.

–¿Qué pasa ahora? –preguntó, malhumorado, cuando las niñas se le acercaron un poco más.

María guardó silencio, temerosa, pero su compañera contestó que sólo habían ido a echar un vistazo a los sótanos.

–¡Las niñerías de siempre! –exclamó el viejo–. ¿No terminará nunca el ocio? –y tras esto, volvió a sus ocupaciones haciendo pesar y seleccionar diversas piezas de oro; envió a otros enanos afuera, y a uno más lo regañó.

–¿Quién es ese señor? –preguntó María.

–Nuestro príncipe del Metal –dijo la pequeña, mientras seguían caminando.

Parecían estar nuevamente afuera; se encontraban en la orilla de un lago. Sin embargo, no había Sol ni podían ver el cielo. Una barquita las recibió y Zerina remó incansablemente. Fue veloz la travesía. En medio del lago, María vio miles de carrizos, canales y afluentes ramificándose desde su centro en todas direcciones.

–Estas aguas corren bajo nuestro jardín hacia el lado derecho –dijo la deslumbrante niña–. Por ello, todo florece tan fresco. Desde aquí puede bajarse a la gran corriente del río. 

De pronto, desde todos los canales, apareció una multitud de niños, y todos se acercaban nadando; muchos llevaban guirnaldas de juncos y lirios; otros, puntas de coral, y otros más iban tocados con retorcidas conchas. 

Un confuso barullo resonaba alegremente desde las obscuras riberas; entre los pequeños era posible apreciar los movimientos de las más hermosas mujeres, y muchos niños a la vez saltaban sin cesar y se colgaban de ellas besándolas en el cuello y los hombros. 

Todas saludaron a la extranjera mientras ésta cruzó el lago en medio de ese alboroto, hasta internarse en un afluente del río, cada vez más estrecho. Por último, la barca se detuvo. Se despidieron de ella y Zerina tocó una roca que se abrió como una puerta y una roja figura femenina las condujo hacia abajo.

–¿Se están divirtiendo? –preguntó Zerina.

–Están tan agitados y contentos como uno los puede ver –contestó la mujer–, y el calor es extremadamente agradable.

Subieron por una escalera circular y, de pronto, María se vio en una sala tan iluminada que, al entrar, sus ojos quedaron deslumbrados. Tapices de un rojo intenso nutrían con una brasa púrpura los muros, y cuando la mirada de María se hubo adaptado vio, para su sorpresa, cómo ciertas figuras saltaban y danzaban sobre los tapices en medio de la mayor alegría y con tan grácil constitución y proporción, que no podía imaginarse otra cosa más cautivante. 

Sus cuerpos semejaban al bermejo metal, y parecía como si la inquieta sangre pulsara visiblemente dentro de ellos. Mostraban su risa ante la niña extranjera saludando con repetidas inclinaciones, pero cuando María intentó acercarse, Zerina la retuvo de pronto con fuerza, gritándole:

–¡Vas a quemarte, María, todo eso es fuego!

María sintió el calor:

–¿Por qué estas figuras tan tiernas no salen y juegan con nosotros? –preguntó a su amiga.

–Porque así como tú vives en el aire, ellas tienen que permanecer en el fuego; de otro modo, morirían. Mira qué bien se sientan, cómo ríen y gritan; allí, bajo tierra, los ríos de fuego se expanden en todas direcciones. Por su causa, crecen ahora las flores, las frutas y los sarmientos; los rojos ríos corren al lado de los riachuelos, y así estos seres de cambiantes llamas se mantienen siempre activos y alegres. Pero es ya demasiado fuego para ti. Vamos otra vez al jardín.

En el jardín, el escenario era distinto. El brillo de la Luna reposaba en cada pétalo, los pájaros permanecían en silencio y los niños dormían, en variados grupos, entre el verde follaje. Pero María y su amiguita no sentían ningún cansancio; en medio de largas conversaciones, paseaban bajo la cálida noche de verano.

Al amanecer, se refrescaron con frutas y leche. María dijo:

–Cambiemos de ambiente y salgamos al abetal para ver de cerca los abetos.

–Con mucho gusto –dijo Zerina–. Así podrás visitar a nuestros guardias, que seguramente van a gustarte. Están en lo alto del terraplén, entre los árboles.

Caminaron entre multicolores jardines, cruzando florestas repletas de ruiseñores; luego ascendieron por colinas rebosantes de parras y, después de seguir el intrincado curso de un claro hilo de agua, llegaron por fin al abetal y al declive que limitaba la región.

–¿Cómo es posible –preguntó María– que adentro tengamos que caminar tanto y afuera la distancia sea tan corta?

–No sé cómo sucede, pero así es –contestó la amiga.

Ascendieron hasta el sombrío abetal y un viento frío venía a acariciarlas desde el exterior; el paisaje parecía cubrirse por completo de niebla. En lo alto, extrañas figuras, cuyos rostros parecían cubiertos de polvo harinoso, estaban de pie, semejantes a las repugnantes cabezas de las lechuzas blancas. 

Se hallaban cubiertas con rugosos abrigos de gruesa y burda lana, y sostenían, abiertos, unos paraguas de extraña piel; soplaban y abanicaban sin parar con alas de murciélago que incidentalmente miraban, absortos, a través de los pliegues.

–Quisiera reír y siento miedo –dijo María.

–Ésos son nuestros buenos y laboriosos guardianes –replicó la pequeña compañera de juegos–. Aquí permanecen produciendo aire a fin de que todo extranjero que quiera acercarse experimente un extraño temor. Están cubiertos de esa manera por la lluvia y el frío pues no soportan ninguna de las dos cosas. Aquí abajo nunca llega nieve ni viento, ni hay frío; aquí es el eterno verano y la eterna primavera, pero si no se relevaran en sus puestos, morirían completamente.

–Pues, ¿quiénes son ustedes? –preguntó María cuando descendían de nuevo entre aromas florales–. ¿O no tienen un nombre con el que uno les pueda reconocer?

–Nos llamamos elfos –dijo la amable niña–. Según he podido escuchar, así nos nombran en el Mundo.

Escucharon un tumulto que surgía del prado más cercano.

–¡Llegó la hermosa ave! –les gritaron los niños, a la distancia.

Todos se agitaban dentro de la estancia. Entre tanto, vieron cómo jóvenes y viejos se apresuraban a cruzar el umbral y cómo se regocijaban; dentro resonaba una música plena de júbilo. 

Al entrar, vieron la circular estancia repleta de las más variadas figuras; todos miraban por encima en dirección de la enorme ave que, con su lujoso plumaje, describía lentamente múltiples círculos. La música se escuchaba más alegre que nunca, y colores y luces cambiaban con increíble rapidez. 

Finalmente, la música se detuvo y el ave se lanzó estrepitosamente por encima de una refulgente corona que flotaba bajo un elevado ventanal, iluminando desde lo alto la bóveda. Su plumaje era de colores verde y púrpura, y a través de él corrían las más brillantes líneas doradas; en su cabeza se movía una diadema de pequeñas plumas, tan claras y luminosas que relampagueaban como si fueran gemas. El pico era rojo y las patas de un azul intenso. 

A cada movimiento del ave, todos los colores lucían entreverados y todas las miradas, embelesadas, se prendían de él. Sus dimensiones eran las de un águila. Al abrir su luminoso pico, una dulce melodía escapó de su agitado pecho en tonos más hermosos aun que los del apasionado ruiseñor; el canto cobraba fuerza y se esparcía como una masa de rayos de luz, de manera que todos, incluso los más pequeñuelos, no podían contener las lágrimas de alegría y entusiasmo. 

Cuando terminó, todos se inclinaron delante del ave, que de nuevo voló en círculos bajo la bóveda, disparándose a través de la puerta y lanzándose hacia el despejado cielo, donde pronto pareció tan sólo un punto rojo, tan rápidamente que, al instante, desapareció en las alturas.

–¿Por qué están todos tan contentos? –preguntó María, inclinándose hacia la hermosa niña, que en ese instante le pareció más pequeña que el día anterior.

–¡Viene el rey! –dijo la pequeña–. Muchos de nosotros todavía no lo hemos visto, y adonde quiera que se dirige hay fortuna y alegría. Mucho tiempo lo hemos esperado, más ansiosamente que ustedes esperan la primavera después de un largo invierno; y ahora anunció su venida con este hermoso mensajero. 

Esta agradable e inteligente ave, que nos ha sido enviada en el servicio del rey, se llama Fénix. Vive en tierras lejanas, en Arabia, en la copa de un árbol del cual sólo hay uno en el Mundo, así como no existe un segundo Fénix. Cuando se siente viejo, fabrica un nido a partir de bálsamos e inciensos, lo enciende y se prende fuego a sí mismo, de modo que muere cantando; de las aromáticas cenizas se levanta otra vez el rejuvenecido Fénix con renovada hermosura. 

Muy raro es que emprenda el vuelo, así que aquellos que llegan a verlo –siendo que tal cosa sucede una vez en siglos– lo inscriben en sus memorias y esperan de ello acontecimientos maravillosos. Pero ahora, amiga mía, tienes también que partir pues no te está concedida la presencia del rey.

Entonces la hermosa mujer del vestido de oro se aproximó entre el tumulto, le hizo señas a María y se alejó con ella bajo una solitaria alameda.

–Tienes ahora que abandonarnos, mi querida niña –le dijo–. El rey quiere mantener su corte en este lugar durante los próximos veinte años o incluso más; se esparcirán fertilidad y bendiciones por todo el país y especialmente aquí. 

Los manantiales y los ríos serán más abundantes, todos los campos y los jardines, más ricos, y más noble el vino, más pródigo el prado y más fresco y verde el bosque; correrán más suaves vientos, ningún granizo perjudicará las cosechas ni inundación alguna amenazará a los hogares. 

Toma este anillo y piensa en nosotros, pero cuídate de hablarle a alguien acerca de nosotros pues si lo haces nos veremos obligados a abandonar esta tierra, y toda la gente de los alrededores, como también tú, carecerán de la fortuna y de las bendiciones que nuestra cercanía les otorga. Besa por última vez a tu compañera y adiós.

Al salir, Zerina lloraba; mientras tanto, María se inclinó para abrazarla y se separaron. Estando ya en el estrecho puente, el aire frío sopló sobre su espalda, desde el abetal, y el falderillo la saludó con sus ladridos dejando oír su cascabel; se volvió para echar una mirada y se apresuró a salir; la densidad de los abetos, la obscuridad de las casitas derruidas y las brumosas siluetas le inspiraron un angustioso temor.

–¡Cómo se habrán preocupado esta noche mis padres por mí! –se dijo, al encontrarse de nuevo en el campo–. Y no les puedo decir dónde estuve ni lo que he visto. Además, nunca lo creerían.

Dos hombres pasaron a su lado, la saludaron, y ella les escuchó decir:

–¡Qué chica más guapa! ¿De dónde será?

María apuró sus pasos al dirigirse a la casa paterna. Los árboles, apenas ayer rebosantes de frutos, se veían ahora raquíticos y sin follaje. La casa estaba pintada de otro color y un nuevo granero se levantaba a su lado. María se sorprendió tanto que creía estar en un sueño. Bajo tal turbación, abrió la puerta de la casa, su padre se hallaba sentado a la mesa, entre una mujer desconocida y un joven extranjero.

–¡Dios mío, padre! –exclamó–. ¿Dónde está mi madre?

–¿Tu madre? –dijo la mujer, presintiendo algo; precipitadamente, dio un paso hacia adelante–. ¡Vaya! ¿No serás...? ¡Pero claro, claro! Eres María, mi perdida que creían muerta, la única, querida María.

La había reconocido por un pequeño lunar debajo del mentón, por sus ojos y por su figura. Todos la abrazaron, todos estaban alegremente emocionados y los padres se enjugaban las abundantes lágrimas. María se sorprendió al notar que casi igualaba en estatura a su padre, y no alcanzaba a comprender que su madre hubiese cambiado y envejecido tanto. Preguntó por el nombre del joven.

–Es Andrés, el hijo de nuestro vecino –dijo Martín–. ¿Cómo es que vuelves tan inesperadamente después de siete largos años? ¿Dónde has estado? ¿Por qué no nos has enviado noticias tuyas?

–¿Siete años? –preguntó María al no poder orientarse en sus ideas y recuerdos–. ¿Siete años enteros?

–Sí, sí –dijo Andrés, riéndose y tomándole cordialmente la mano–. Te gané, María, llegué hace siete años al peral y he vuelto; y tú, lenta, ¿apenas vas llegando?

Le preguntaron una y otra vez, le insistieron, pero ella, recordando la advertencia, no pudo dar ninguna respuesta. Casi le impusieron el cuento de que se había perdido al subirse a un carro que pasaba; que se había ido a un lugar extraño donde no supo indicar a la gente cuál era su hogar paterno; cómo había ido a parar a una ciudad lejana, donde unas buenas gentes la habían educado y amado; cómo éstas habían muerto y ella se había acordado de su lugar de origen y había decidido hacer el viaje de regreso.

–Dejémoslo así –dijo la madre––. Ya es suficiente con tenerte otra vez a nuestro lado. ¡Mi hijita, mi única, mi todo!

Andrés se quedó a cenar; María aún estuvo desorientada. La casa le parecía pequeña y obscura, le sorprendía su traje, limpio y sencillo, pero le resultaba totalmente ajeno; observó el anillo en su dedo, su oro brillaba a raudales y una piedra de un rojo refulgente resaltaba todavía más. A la pregunta de su padre, contestó que el anillo era un regalo de sus benefactores.

Anhelaba el momento de irse a dormir y, finalmente, se retiró. A la mañana siguiente se sentía serena, había ordenado mejor sus ideas y fue capaz de responder a la gente del pueblo que acudió a saludarla. 

Andrés, que había ido muy temprano, se mostraba afable y alegre, así como dispuesto a servirla. La muchacha, de quince años cumplidos, le había causado gran impresión, e incluso la noche anterior no había podido dormir. La mandaron llamar del palacio, adonde fue y tuvo que contar su historia, que ya había aprendido bien. 

El anciano señor y su mujer admiraron su buen comportamiento, pues era modesta sin ser tímida, respondía cortésmente y con buenas palabras a todas las preguntas que se le hacían; la timidez ante los nobles y ante aquellos de que se rodeaban había desaparecido, pues al comparar estas salas y sus adornos con los prodigios y la elevada belleza que había visto en la estancia secreta de los elfos, este lujo terrenal le parecía opaco, y la presencia de la gente, insignificante. Los jóvenes estaban sumamente encantados con su belleza.

Era febrero. Los árboles se cubrieron mucho antes de lo habitual con su frondosidad. El ruiseñor nunca había aparecido tan pronto. La primavera se presentó en el país con un mayor esplendor, tanto como no podían recordarlo los ancianos mayores. 
 
De todas partes brotaron manantiales que surtían de agua en abundancia a prados y vergeles. Las colinas parecían haber crecido, las regiones donde las parras de uva maduraban se elevaron notablemente, los frutales florecieron como nunca, y una bendición plena de aromas se expandía sobre el paisaje en forma de nubes y de pétalos. 
 
Todo se daba asombrosamente bien, no hubo día en que faltara el agua ni tempestad alguna que dañara las cosechas, el vino brotaba enrojecido de inmensos racimos y los habitantes del pueblo se admiraban sobrecogidos como en mitad de un dulce sueño. El año siguiente fue igual, si bien la gente ya se había acostumbrado a lo maravilloso. En otoño, María cedió a los ruegos de Andrés y de sus propios padres: se hizo su novia y en invierno se casó con él.

Muchas veces recordaba con honda nostalgia su viaje a la región oculta de los abetos; permanecía callada y seria. A pesar de lo hermoso que era todo cuanto la rodeaba, conocía algo todavía más hermoso; por ello, una ligera melancolía transformaba su ser con serena tristeza. 

Le dolía escuchar a su padre o a su marido hablar de los gitanos y bribones que se suponía vivían en la obscura pendiente; muchas veces quiso defenderlos, sobre todo ante Andrés, quien parecía encontrar cierto placer al hablar mal de ellos, pues ella sabía que eran los benefactores de la región. 

No obstante, reprimía siempre sus palabras. Así vivió durante un año, y al siguiente se puso la mar de contenta ante la llegada de una hija, a la cual le dio el nombre de Elfriede, seguramente en recuerdo de los elfos.

La joven pareja vivía con Martín y Brígida en la misma casa, que era suficientemente amplia, y ayudaba a los viejos en los quehaceres domésticos. 

La pequeña Elfriede mostró pronto capacidades y talentos especiales: caminó prematuramente y pudo hablar todo cuando aún no cumplía los primeros doce meses; más aún, después de varios años era tan lista y sensata y de tan extraordinaria belleza que todos la veían con admiración, en tanto su madre no podía dejar de pensar en su semejanza con los relucientes niños que habitaban en la pendiente de los abetos. 

A Elfriede no le agradaba estar con los demás niños; por el contrario, evitaba, hasta el punto de parecer tímida, sus entusiastas juegos, y prefería más que nada estar a solas. Entonces se apartaba en un rincón y leía o trabajaba con ahínco en su delicada costura. 

Muchas veces se le veía profundamente ensimismada o bien caminar de un lado a otro, hablando excitadamente consigo misma. Gustosos, sus padres la dejaban pues era una niña sana y alegre. Pero las respuestas y comentarios extrañamente inteligentes los hacía sentirse preocupados.

–Niños tan listos –dijo la abuela Brígida– a menudo no llegan a mayores, no están hechos para este Mundo. Además, la niña es extraordinariamente hermosa y no se hallará a gusto en este Mundo.

La pequeña tenía la particularidad de disgustarse mucho cuando era ayudada en sus quehaceres; quería siempre hacerlo todo por sí misma. Casi a diario era la primera en levantarse, se aseaba con mucho esmero y se vestía ella sola. 

Era muy cuidadosa por las noches; al guardar sus ropas y vestidos, absolutamente nadie, incluida su madre, tenía permitido acercarse a sus cosas. Su madre la miraba hacer en medio de tales caprichos; aún no sospechaba nada. 

Pero no salió de su asombro cuando, un día de fiesta en que iban de visita al castillo, al mudarle la ropa entre forcejeos, gritos y llantos de la niña descubrió en su pecho, colgada de una cadenita, una extraña medalla de oro; en ella reconoció de inmediato una de las tantas que había visto en la bóveda subterránea. 

La pequeña se asustó mucho, confesó haberla encontrado en el jardín y, al gustarle tanto, la guardó celosamente. Le rogó con tanta insistencia y ternura que le permitiera quedársela, que María se la sujetó de nuevo al cuello y, pensativa y silenciosamente, se encaminó con ella hacia el castillo.

A un costado de la casa había una troje y una construcción donde guardaban los aperos de labranza. Detrás, se hallaba un pequeño prado con un viejo cobertizo que nadie visitaba debido a que después de la nueva disposición de los edificios quedaba muy lejos del jardín. 
 
Era en esa soledad donde Elfriede prefería permanecer; allí nadie la perturbaba, de manera que sus padres no la veían durante gran parte del día. Una tarde, cuando María estaba en las viejas construcciones tratando de poner orden y de hallar alguna cosa, notó que a través de una grieta del muro un rayo de luz caía dentro de la habitación. 
 
Se le ocurrió mirar a través de la grieta para observar a su hija, hallándose con que le fue posible apartar un ladrillo flojo y, de esta manera, ver directamente hacia el cobertizo. Elfriede estaba sentada junto a su banquito y, a su lado, la muy conocida Zerina; ambas jugaban y se divertían en medio de una graciosa armonía. La elfa abrazó a la hermosa niña y, un tanto triste, le dijo:

–¡Mi adorada criatura! Así como contigo, jugué con tu madre cuando siendo pequeña nos visitó. Pero ustedes los humanos crecen demasiado rápido y se convierten rápidamente en gente adulta y razonable. Eso me pone completamente triste. ¡Ah, si permanecieran niños al igual que yo!

–Me gustaría tanto complacerte –dijo Elfriede–, pero todos los míos piensan que muy pronto entraré en razón y que no jugaré más, pues doy claras muestras de ser una niña precoz. ¡Ay! ¡Por si fuera poco, no te volveré a ver a ti, querida Zerinita! Pasa como con las flores de los árboles: ¡qué magnífico el floreciente manzano con sus rojizos y henchidos botones! El árbol crece y se ensancha tanto que cada hombre que camina a su vera piensa también que será algo especial; después llega el Sol, el florecimiento de sus ramas deviene tan felizmente con el duro núcleo en sus entrañas que más tarde excreta el colorido adorno y lo arroja al suelo. Entonces ya no puede ayudársele más en su triste desarrollo, y ha de volver a dar sus frutos hasta el otoño. Ciertamente, una manzana es también placentera y agradable pero insignificante al lado de este florecimiento primaveral. Así ocurre también con la gente; no puedo alegrarme por el hecho de llegar a ser un adulto. ¡Ay, si pudiera visitaros una sola vez!

–Desde que el rey vive con nosotros –dijo Zerina– es absolutamente imposible, pero yo vengo a verte muchas veces sin que nadie me vea ni lo sepa, querida; soy invisible en el aire y vuelo como un pájaro. ¡Oh, vamos a estar juntas mucho tiempo, mientras sigas siendo una pequeña! Y ahora, ¿qué puedo hacer para complacerte?

–Debes quererme tanto como yo te guardo en el corazón; pero hagamos una rosa para nosotras.

Zerina tomó de su pecho su conocido cofrecillo, arrojó dos granos al suelo y, al momento, brotó de él un verde arbusto con un par de rosas de un rojo intenso y que parecían inclinarse y besarse entre sí. Sonrientes, cortaron las rosas y el arbusto desapareció.

–¡Oh, si tan sólo la vida de esta rosa no fuera tan breve! –dijo Elfriede–. Encendida criatura, milagro de la Tierra.

–¡Dame! –dijo la elfa, quien aspiró el capullo antes de besarlo tres veces–. Ahora –dijo al devolvérselo– se mantendrá fresco y floreciente hasta el invierno.

–Quiero guardar esta rosa como si fuera tu propia imagen –dijo Elfriede–; quiero guardarla en el rincón más secreto de mi habitación para besarla todas las noches y todos los días como si fueras tú misma.

–El Sol se está poniendo –dijo Zerina–; ya tengo que irme a casa.

Se abrazaron una vez más y Zerina desapareció.

Por la noche, María tomó a su niña, con una sensación de angustia y respeto, entre sus brazos. A partir de entonces, le dio a su muchachita mayor libertad que antes y, en ocasiones, tranquilizó a su marido cuando éste iba en busca de la niña, lo cual venía haciendo desde tiempo atrás pues no acababa de gustarle su excesivo retraimiento y temía que pudiera volverse una ingenua y poco avispada muchacha. 
 
Sigilosamente, la madre iba repetidas veces ante la grieta del muro y, con frecuencia, encontraba a la pequeña y deslumbrante elfa sentada al lado de su hija, ocupadas ambas en algún juego o en una muy seria conversación.

–¿Te gustaría volar? –preguntó en una ocasión Zerina a su amiguita.

–¡Cuánto me gustaría! –exclamó Elfriede.

De inmediato el hada abrazó a la niña y se elevó con ella de manera que ambas se mantuvieron a la altura del cobertizo. La madre, inquieta, olvidó toda precaución y asomó, asustada, la cabeza con objeto de no perderlas de vista; de pronto Zerina levantó su dedo y, sonriente, la amenazó; descendió con la niña, la estrechó contra su corazón y desapareció. A menudo María fue advertida por la maravillosa niña, quien meneaba la cabeza amenazándola si bien siempre con amables gestos.

María le había dicho muchas veces, en tono de riña, a su marido:

–¡Eres injusto con la gente que habita la casita!

Cuando Andrés insistía en que le explicara por qué estaba en contra de la opinión del pueblo e incluso de la del conde, creyéndose mejor entendida, ella se contenía y, desconcertada, guardaba silencio.

Un día, Andrés llegó a casa a la hora de la comida más impetuoso que otras veces; llegó a afirmar que era necesario desterrar a esa canalla en virtud de que era perniciosa para la región. Ella exclamó entonces, llena de indignación:

–¡Calla! Ellos son nuestros benefactores.

–¿Nuestros benefactores? –preguntó Andrés, sorprendido–. ¿Los vagabundos?

Un arranque de cólera incontenible la llevó a contarle a su marido la historia de su juventud bajo la promesa de guardar el más absoluto silencio, y como se mostrara mayormente incrédulo ante sus palabras y ladeaba la cabeza haciendo más patente su escepticismo, lo condujo a la habitación desde donde acostumbraba observar a su hija y, para su sorpresa, vio a la elfa en el cobertizo jugando con ella.

No supo qué decir. Dejó escapar una exclamación de asombro ante la cual Zerina alzó la vista. Al momento, ésta se puso pálida, tembló con cierta agitación y se mostró hosca sin poder contener su expresión alterada, todo lo cual la hizo comportarse en una actitud amenazante antes de decirle a Elfriede:

–Tú no tienes la culpa de esto, corazón mío, pero nunca conocerán la prudencia por más inteligentes que se crean.

Abrazó a la pequeña, sobresaltada y apuradamente, y voló en seguida como un cuervo, lanzando roncos graznidos, en dirección de los abetos, más allá del jardín.

Al anochecer, la pequeña se mantuvo en extremo callada y, llorando, besaba su rosa. María se sintió presa de angustia; Andrés apenas si dijo algo: se hizo la noche. De pronto susurraron los árboles, los pájaros volaron lanzando angustiosos garlidos, se escuchó el redoble de un trueno que sacudió la Tierra y asimismo quejumbrosas voces que el viento parecía acercar y alejar. 
 
María y Andrés no tenían valor ni para levantarse. Se envolvieron en sus mantas y aguardaron el día temblando de miedo. Por la mañana, la cosa fue tranquilizándose; todo se mantenía en silencio cuando el Sol penetraba con su luz en lo alto de los bosques.

Andrés se levantó y se vistió; al despertar, María se dio cuenta de que la piedra de su anillo se había opacado. Al abrir la puerta, el Sol brillaba ante ellos claramente pero casi no reconocieron el paisaje que había en torno suyo. La frescura del bosque había desaparecido, las colinas eran más bajas, los arroyos corrían cansinos y casi secos, el cielo estaba gris. 

Cuando dirigieron la mirada hacia el abetal, los abetos no les parecieron ni más obscuros ni más tristes que los otros árboles. No había en las casitas situadas detrás de ellos nada que pudiera inspirar ningún temor. Varios aldeanos llegaban y contaban los extraños sucesos de la noche anterior; algunos incluso fueron hasta los solares donde vivían los supuestos gitanos, quienes muy probablemente, según dijeron, se habían ido ya, pues las casitas estaban deshabitadas y su interior se apreciaba como siempre, semejante al de las casas de la gente pobre; incluso parte del mobiliario había sido abandonado.

Elfriede le dijo en secreto a su madre:

–Mamá, por la noche, cuando no podía conciliar el sueño por el miedo a los truenos y me puse a rezar fervientemente, se abrió de pronto la puerta y entró mi compañera de juegos para despedirse. Traía un veliz y tenía puesto un sombrero; traía también un cayado enorme para el camino. Estaba visiblemente enfadada contigo, pues ahora tendrá que soportar las peores y más dolorosas penas por tu causa. ¡Tanto te había amado siempre! De cualquier manera, según dijo ella, abandonarán contra su voluntad nuestra región.

María le prohibió hablar acerca del asunto. Entre tanto, el barquero llegó del otro lado del río; contó cosas extraordinarias. Al caer la noche, según dijo, un hombre de elevada estatura y de aspecto extraño llegó con él para alquilarle la embarcación hasta la hora del amanecer, pero a condición de que se quedara tranquilamente durmiendo en su casa o, al menos, no pasara de la puerta hacia afuera.

–Tenía miedo –continuó el anciano–, pero ese extraño asunto no me dejaba dormir. Me escurrí silenciosamente hacia la ventana y miré hacia afuera buscando con los ojos el río. Grandes y turbulentas nubes flotaban en el cielo y los bosques lejanos susurraban temiblemente. Mi cabaña parecía temblar, y lamentos y aullidos parecían irla cercando lentamente. Entonces miré de pronto una luz blanca que se extendía y se hacía más ancha, como miles y miles de astros caídos del cielo. Palpitando con mucho brillo, se agitó sobre la pendiente del abetal, avanzó a través del campo y se esparció a lo largo de las aguas del río. Entonces escuché por todos lados, como si alguien caminara torpemente, algo parecido a un tintineo y, luego, murmullos. Se dirigieron hacia mi barca y todos treparon a ella; grandes y pequeñas siluetas luminosas, hombres, mujeres y al parecer niños, así como un alto y extraño hombre que iba al frente de ellos hacia la otra orilla. Miles nadaban en las aguas del gran río, al lado de la embarcación, mientras en el aire flotaban luces y nubes blancas, y no había quién diera término a sus lamentos y quejas por tener que viajar tan lejos. El golpe de los remos sobre el agua producía un murmullo aislado de todo lo demás, y después, de pronto, surgió el silencio. Muchas veces atracaba la barca y volvía en todas las ocasiones con una nueva carga. Llevaban consigo muchos toneles de gran peso, que cargaban y hacían rodar unos asquerosos enanos que los acompañaban; parecían diablos o duendes, yo no lo se. Más tarde, en medio de un ondulante fulgor, llegó un engalanado séquito. Un anciano, que montaba un corcel blanco, parecía ser el centro en torno al cual todos se apretujaban; sólo pude apreciar la cabeza del caballo cubierto por completo con unos bellos y lustrosos mantos. El viejo llevaba sobre su cabeza una corona tan brillante que, cuando cruzó el río en dirección de la orilla opuesta, pensé que el Sol quería elevarse y la aurora flameaba frente a mí. Así transcurrió toda la noche; por último me dormí, a la vez alegre y temeroso. Por la mañana todo estaba tranquilo, pero el río casi desapareció, y es tanta su merma que tendré dificultades para gobernar mi embarcación.

En el transcurso de ese mismo año, cuanto abarca la vista iba decreciendo. Los bosques morían, los veneros se agotaban y la región –antaño la común alegría de los viajeros– estaba en el otoño tan asolada, diezmada y yerma por todas partes, que apenas si se mostraba un pequeño sitio, en medio del mar terroso, donde crecieran pálidos yerbajos. 

Los frutales habían desaparecido, las viñas se perdieron y el aspecto del paisaje era tan triste que al año siguiente el conde abandonó con su familia el castillo, que con el curso del tiempo quedó en ruinas.

Elfriede, sumida en la mayor tristeza, contemplaba noche y día su rosa. Recordaba a su compañera de juegos y, a medida que se doblaba y secaba la flor, también ella iba inclinando su cabecita, hasta consumirse antes de llegar la primavera. María iba a plantarse muchas veces enfrente de la casita e imploraba y lloraba por la dicha perdida. Se consumió al igual que su pequeña hija y murió al cabo de pocos años. Entonces el viejo Martín se fue a vivir con su yerno a la región donde antaño había vivido.