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Granny - Ron Goulart

Se podía escuchar al viejo gritando por encima del sonido de la tormenta, emitiendo el agudo grito por una boca sin dientes.

Roy McAlbin, de estatura media y un ligero exceso de peso, sacó un cigarrillo del bolsillo de su impermeable y se apoyó sobre el borde de la balaustrada. La lluvia caía pesadamente, dejándole únicamente la espalda libre.

—¿Y qué es eso, doctor Caswell?

—No soy médico, míster McAlbin —dijo el delgado Caswell, de edad media, que estaba de pie sobre el felpudo situado junto a la entrada del edificio de oficinas.

—Está bien, míster Caswell, ¿por qué ese viejo está gritando allá en su cabaña?

Caswell restregó la palma de su mano izquierda sobre el pomo de cristal de la puerta de su oficina, y frunció el ceño, mirando por encima de la balaustrada de madera.

—Míster McAlbin, siento simpatía por el hecho de que como periodista, aun cuando sea un periodista libre sin compromiso con ninguna publicación, siente curiosidad. Pero no puedo empezar a contestar todas las preguntas que se le ocurran.

—Tampoco es usted un psicólogo, ¿verdad?

—No, yo no lo soy, aunque aquí en Paxville Woods disponemos tanto de doctores calificados como de personal psicológico acreditado.

—También ha conseguido a uno de los más conocidos pintores primitivistas de América —dijo McAlbin por entre el humo de su cigarrillo con filtro, restregándose después las húmedas y mofletudas mejillas con los dedos—. Hay una gran cantidad de gente interesada en Granny Goodwaller, míster Caswell.

—Sí, lo sabemos, míster McAlbin —contestó Caswell—. Pero sigue usted poniendo un terrible énfasis en la palabra "conseguido".

—Bueno, le diré una cosa —dijo—, siento una gran curiosidad por saber por qué Granny Goodwaller abandonó su apartamento hace tres meses y se marchó a la colina, a su villa de Paxville. Me pregunto por qué está ahora aquí, en Paxville Woods, en una cabaña en la que nadie puede entrar. Me gustaría hacerle una entrevista.

—Sí, le comprendí desde la primera vez que se presentó y me planteó su caso —dijo Caswell, dejando de restregar el pomo de cristal y acercándose más a McAlbin—. Paxville es un lugar maravilloso para gente mayor. Allí, detrás del bosque, disponemos de casas y apartamentos donde nuestros ancianos, individualmente o por parejas, pueden vivir sus últimos años rodeados de una bien ordenada comodidad. Aquí, en el hospital y en la zona de cabañas disponemos evidentemente de mayores facilidades de tipo médico. Disponemos incluso de unos cuantos bungalós privados destinados a cuidados intensivos.

—¿Quiere decir eso que Granny está enferma?

—Granny tiene noventa años —dijo Caswell—. Como usted dice, es una de las grandes artistas norteamericanas. Nos sentimos muy honrados cuando ella decidió, hace ya cerca de dos años, venir a vivir a nuestro complejo de Paxville, que por entonces acababa de iniciar sus actividades. Ella es una mujer muy anciana, míster McAlbin. Necesita muchos cuidados y no puede ser entrevistada.

—¿Pero sigue pintando aún?

—Sí, Granny conserva su fortaleza y sigue produciendo bastante. Si visita usted cualquiera de las exquisitas galerías de arte de Paxville Village, o bien la galería de Brimstone, podrá ver expuestas sus últimas obras. Puede que los óleos originales resulten un poco caros para alguien que se dedica al juego de escribir libremente, pero también podrá encontrar deliciosas tarjetas de saludo y algunos grabados.

—Ya he visto las pinturas en Paxville —dijo McAlbin.

El anciano que habitaba la cabaña individual de la colina había dejado de gritar. La lluvia, fría y dura, seguía cayendo. La tarde estaba empezando a oscurecerse.

—La exhibición de pinturas de Granny en la galería Marcus de Nueva York..., se trata de obras recientes, ¿verdad?

—Sí —contestó Caswell—. La Marcus Card Company ayudó a Granny a hacerse famosa, y ella insiste en que sean ellos los que consigan sus mejores obras. Bueno, en realidad, no puedo concederle mucho más tiempo, míster McAlbin. Gracias por su interés por Granny. Le voy a decir que ha venido usted y estoy seguro de que eso hará aparecer en su rostro una sonrisa triste y dulce.

—¿Dónde trabaja ahora? ¿En esa cabaña suya? —preguntó McAlbin arrojando la colilla por encima de la balaustrada, hacia el césped cortado que había cerca del porche.

—Sí, a veces pinta en la cabaña —confirmó Caswell—. Además, dispone de un gran taller aquí, en nuestro edificio principal.

—¿Podría verlo?

—Se trata simplemente de una gran habitación, llena de lienzos extendidos, y que huele mucho a pintura y a trementina.

—El ver los lugares donde trabajan los artistas me ayuda mucho —dijo McAlbin—. Aún tengo la intención de escribir algo sobre Granny Goodwaller y su trabajo. Como usted no me va a permitir visitarla, lo menos que podría hacer es dejarme ver el lugar donde ella crea sus pinturas.

Después de un breve bufido, Caswell dijo:

—Está bien. Venga por aquí —comenzó a andar a lo largo del porche y, volviéndose, frunció el ceño y dijo—: Y, por favor, no arroje más colillas sobre el césped.

McAlbin abandonó el lugar quince minutos después. Bajo su impermeable, envuelto en un paño lleno de pintura, llevaba una espátula y una taza de té que había cogido en el frío estudio, mientras Caswell le bajaba un álbum lleno de pruebas de tarjetas de saludo. 

Mientras avanzaba por el camino empedrado, dirigiéndose hacia la zona de aparcamiento, McAlbin metió las manos en los bolsillos de su impermeable. Unas dos docenas de cabañas se extendían por las cinco o seis hectáreas de terreno de Paxville. 

La hierba y los arbustos se veían limpios y cuidados; la mayor parte de las flores empezaban a descolorarse y a marchitarse. McAlbin había llegado hasta aquí, en Connecticut, impulsado por un presentimiento. «Estoy en lo cierto», se dijo a sí mismo. Subió a su coche y se dirigió hacia la ciudad.

.-.-.-.-.-.-.-

Las hojas secas se inclinaban y caían, chocando contra las pequeñas ventanas emplomadas de la galería de arte de Brimstone. McAlbin se colocó un puño pálido en el bolsillo de su abrigo y produjo con su lengua un sonido que trataba de ser un débil eco del viento y de las hojas muertas. 

«No, no», murmuró. Estaba ahora de pie, apoyado contra una de las paredes de la gran sala de la galería, después de haber pasado cuidadosamente de un cuadro de Granny Goodwaller a otro. Ahora se había detenido ante una luminosa escena de niñas pequeñas que le estaban colocando una silla de montar a un poni, en medio de un campo veraniego: figuras pequeñas, un poni de patas tiesas y color marrón. «No», repitió McAlbin.

—De ninguna manera —dijo una voz amable justo a su lado.

McAlbin se volvió dándose cuenta de la presencia de una jovencita de pelo castaño, cuyo rostro aún estaba arrebolado a causa del viento mañanero que soplaba en el exterior.

—¿Perdón? —dijo él.

—Estabas mirando de un modo negativo y sólo quería asegurarte que las niñas también tienen ponis de ese color —las pecas configuraron dos débiles arcos bajo sus luminosos ojos—. Yo lo tuve, por ejemplo.

—Estás tranquilizándome —dijo McAlbin—. Cuando era chico nunca tuve un poni, aunque sí una bicicleta. Mi tío la pintó con el mismo color que ese feo caballo.

—No pareces sentir mucha simpatía por el trabajo de Granny.

—No. Si esta rama del arte dependiera de gente con la misma clase de gusto que yo, me temo que no tardaría en desmoronarse toda tu industria sobre Granny Goodwaller.

—No se trata exactamente de mi industria —dijo la chica—. Yo soy copropietaria de una tienda de regalos situada cerca de Paxville Village.

—A propósito, me llamo Roy McAlbin —le dijo—. Soy un periodista libre. ¿Quién eres tú?

—Nan Hendry —dijo la joven, sonriendo tranquilamente—. ¿Entonces no has venido a esta parte de Connecticut para ver nuestras famosas pinturas?

—Sí, aunque no exactamente para admirarlas.

Nan se llevó la mano izquierda a la mejilla, pasándosela por el arco que formaban las pecas.

—No te acabo de entender.

—Mira, Nan —preguntó—, ¿estarías interesada en que cenáramos juntos?

—Sí, eso podría ser agradable. ¿Quieres decir esta misma noche?

.-.-.-.-.-.

McAlbin volvió a llenar su copa y dejó la botella de vino sobre la mesa, cerca de su mano.

—Me agrada esta pequeña posada —le dijo a Nan— y este pequeño restaurante. Existe en todo el lugar una cierta sensación de europeísmo —los leños colocados en la cercana chimenea crepitaban y se movían, y él se detuvo un momento.— Aunque no deberían servir este vino de Nueva York. No, los únicos vinos buenos de tipo doméstico proceden de unos cuantos vinateros de California, muy poco conocidos.

—¿Has estado en muchos sitios? —preguntó la guapa chica—. ¿En Europa y en todos los Estados Unidos?

—Claro. Una de las grandes ventajas del trabajo libre es la de poder viajar. Sólo necesito llevarme la cámara fotográfica, un poco de ropa limpia y mi máquina de escribir portátil. En realidad, ni siquiera la necesito porque puedo tomar notas taquigráficas; en cuanto a la historia, la puedo escribir más tarde en alguna máquina alquilada, o simplemente la puedo telegrafiar. Todo depende de para quién esté trabajando.

—¿Y quién es en este caso?

—Por ahora, para nadie. No voy a decir nada sobre todo esto hasta que no consiga más material. Después, me dirigiré a alguna de las revistas semanales de noticias, o bien a una revista ilustrada. Les venderé toda la historia por unos honorarios adecuados, sin mayor compromiso.

—¿Qué estás investigando exactamente? No es que trate de fisgonear en tu método de trabajo. Sin embargo, siento curiosidad e interés.

McAlbin bebió un sorbo de vino.

—Eso está bien, Nan. Quiero decirte una cosa: uno se encuentra con una gran cantidad de chicas, tanto aquí como en ultramar, que no se preocupan lo más mínimo por lo que hace un tipo como yo. Cualquier clase de conversación profesional las aburre. No es que se trate de chicas especialmente domésticas. Se trata simplemente de unas imbéciles, poco más. Cuando un hombre llega a los treinta años, y ésa es la edad que he cumplido hace apenas tres semanas, la sociedad cree que debe haberse asentado en alguna parte. Sin embargo, yo no puedo ver ninguna razón por la que tenga que hacerlo, especialmente con una imbécil.

—Evidentemente, no estás casado.

—No. La mayor parte de las mujeres no se atreverían a seguir una vida errante como la mía —dijo—. Hace ya seis años que hago este trabajo, casi siete, prácticamente desde que terminé el servicio militar. Te voy a decir otra cosa porque pareces una clase de chica excepcional, una chica capaz de comprender: siento un verdadero impulso por descubrir la verdad, descubrir la verdad y sacarla a la luz. A veces, la verdad hace daño a la gente; en otras ocasiones incluso la destruye. Pero uno no puede dejar que eso preocupe demasiado. La verdad es como una especie de antorcha, y uno tiene que mantenerla encendida.

—Sí, puedo comprender eso, Roy —Nan se tocó la mejilla y sonrió—. Existe una gran cantidad de hombres que no tienen el mismo valor que tú. Eso me hace pensar en mi padre.

—¿De verdad? —preguntó McAlbin echándose a reír—. No es ése mi caso; al menos no lo puedo decir así. Mis padres nunca se atrevieron a hacer demasiadas cosas. Ahora, soy más o menos un huérfano.

—Lo siento.

—Se trata simplemente de la verdad. No hay nada por lo que preocuparse.

—Me siento realmente interesada por tu trabajo, Roy —dijo Nan—. Si quieres hablar sobre el proyecto que ahora llevas entre manos, me gustaría escuchar lo que digas. Supongo que, a veces, la clase de trabajo que haces puede llegar a ser muy solitario.

—Bien —dijo él—. No se trata de material relacionado con ningún escándalo matrimonial, ni con ningún crimen sindical. Ni siquiera se trata de una cuestión política. Sin embargo, creo que hay aquí una bonita y pequeña cosecha y voy a tratar de llegar al fondo de las cosas. Mira, hace un par de semanas me encontraba en San Francisco y vi una exhibición de nuevas pinturas hechas por tu Granny Goodwaller. Pasé por San Francisco sin sentirme siquiera con ánimos para ver a los amigos que tengo allí. Ellos siguen creyendo que estoy en el Pacífico o en algún lugar parecido. En cualquier caso, Nan, tuve oportunidad de ver esas pinturas y algo me conmocionó. No sé cómo es que nadie se ha dado cuenta de ello hasta ahora. Probablemente es porque Granny Goodwaller ocupa un lugar bastante peculiar dentro del arte norteamericano; no se trata de una verdadera artista y, sin embargo, tampoco es una simple pintora comercial. Es una pintora primitivista, de acuerdo, pero que ha alcanzado un gran éxito. Y que es muy rica.

—¿Qué es lo que notaste? —preguntó Nan, inclinándose hacia él.

—Las pinturas son falsas —dijo McAlbin.

Nan quedó fuertemente impresionada y frunció el ceño.

—¿Quieres decir que alguien está vendiendo pinturas falsificadas de Granny Goodwaller?

—Eso fue lo primero que pensé —dijo McAlbin—. Así es que con mucho cuidado y lo más sutilmente que pude, hice algunas preguntas a la gente de la galería de arte. Se trataba de una tranquila galería de arte situada en la Post Street, y conseguí descubrir que recibían las pinturas de Paxville, Connecticut, de la galería instalada en la ciudad residencial que ha estado manejando los ingresos de Granny desde hace varios años.

—Pero, Roy —dijo la chica—, ¿qué puede significar eso?

—Si estoy en lo cierto —contestó—, y tengo bastantes conocimientos de pintura como para estar bastante seguro, eso significa que en Paxville está sucediendo algo malo. Mira, Nan, ya he descubierto con anterioridad un par de casos de fraudes artísticos, aunque las falsificaciones se referían a pinturas de maestros antiguos. Estoy seguro de que la docena de pinturas que pude contemplar en San Francisco son falsificaciones. También sucede lo mismo con la mayor parte de las que están exhibidas en Paxville, con diez de las quince que se encuentran en la galería de Brimstone, donde nos encontramos esta mañana.

Nan respiró profundamente.

—¿Qué crees que está sucediendo exactamente, hoy?

—Puede suceder que Granny, que ya tiene noventa años, no pueda realizar todo ese trabajo con la rapidez con que solía hacerlo y disponga de un ayudante para asistirla en el cumplimiento de los pedidos —se reclinó en el asiento, poniéndose cómodo; la luz del fuego de la chimenea se reflejó en su rostro rechoncho—. Sin embargo, Nan, he venido aquí porque se me ocurrió otra idea, que ahora estoy tratando de comprobar.

—¿Cuál es tu teoría?

—Toda la instalación de Paxville se encuentra en un recinto privado —dijo McAlbin—. Lo he comprobado. También he descubierto que Granny Goodwaller no tiene parientes cercanos. Suponte que la anciana se haya dado un golpe y ya no pueda pintar más —se restregó la copa de vino contra su mejilla—. Suponte, que es lo que realmente me intriga, suponte que la anciana y la decana de los pintores primitivistas norteamericanos se puso enferma y murió. Puede que a la gente que está alrededor de Paxville le interese aparentar que está viva.

—Eso sería terrible —dijo la chica—. ¿Por qué razón va alguien a pretender que Granny esté viva si ha muerto realmente?

—Mientras las pinturas de Granny sigan saliendo de su estudio, seguirá llegando a Paxville una gran cantidad de dinero. Caswell y un par de sus hombres son socios en una empresa que comercia con la venta de las pinturas de Granny, comercializándolas. Como ya sabes, además, también utilizan sus pinturas para confeccionar tarjetas de saludo y calendarios.

—Sí, yo misma los vendo en mi tienda de regalos —Nan dejó descansar sus delgadas manos sobre la mesa, sacudiendo la cabeza—. Supongo que lo que tú sugieres es algo remotamente posible, Roy. Sin embargo, parece algo demasiado terrible para que alguien se atreva a hacerlo. ¿Qué dicen las otras personas con las que has discutido tu teoría?

—No soy de esa clase de tipos que se confían a todo el mundo —dijo McAlbin con suavidad—. Normalmente, no lo hago.

—Bueno, aprecio que hayas confiado en mí. Tu teoría es bastante inquietante.

—No se trata únicamente de una teoría —dijo él—. Cuando estuve en Paxville hace un par de días me llevé de allí una espátula y una taza de té, que se supone pertenecen a Granny. Una vez que termine aquí voy a hacer que comprueben las huellas digitales en Washington..., y hay huellas digitales suficientes para realizar esa comprobación.

—Está bien —dijo Nan—. ¿Y cuánto tiempo te quedarás aquí?
—Aún quiero dar un vistazo a la cabaña de Granny en los terrenos de Paxville —dijo McAlbin—. Y como quiero mantener mi mente muy abierta, hasta intentaré ver personalmente a la propia Granny.

—Quizá pueda ayudarte.

—¿De verdad?

Ella volvió a fruncir el ceño.

—Pensaré sobre este asunto y ya te diré algo —dijo ella.

—De todos modos, he estado hablando demasiado de mí mismo —observó McAlbin—. Cambiemos de tema, Nan. Habla de ti misma.

La joven miró sus manos, bajando la mirada y mordiéndose el labio. Después, sonrió, mirándole a él.

—Está bien, Roy...

.-.-.-.-.-.-.-

El día siguiente amaneció seco y claro. A las diez de la mañana, Nan le llamó. McAlbin había estado sentado sobre el borde de la cama, en su habitación de la posada Brimstone, tomando notas en uno de los cuadernos de colegial que le gustaba utilizar.

—Creo que puedo ayudarte —dijo la joven.

McAlbin garabateó su nombre en el margen del cuaderno.

—¿De qué modo, Nan? No quiero que te mezcles en este asunto de Paxville.

—Lo que me contaste anoche resultó algo muy inquietante para mí. No me gusta que se haga una cosa así precisamente aquí —dijo ella—. Está bien, dices que no estás absolutamente seguro. Creo que deberías estarlo. Y creo que puedo ser capaz de ayudarte a encontrar algo más.

—Lo aprecio mucho, Nan. Sin embargo, hay riesgos...

—No dejes que te eche abajo tus planes, Roy. Pero, en cualquier caso, tengo una idea.

—Adelante, dímela.

—Conozco a uno de los celadores de Paxville Woods. Independientemente de lo que pienses que está sucediendo allí, te puedo asegurar que Ben es un hombre honrado.

—Ben, está bien, ¿y...?

—Me dijiste que querías penetrar en el interior del recinto para echar un vistazo a la cabaña donde vive Granny.

—Así es. ¿Quieres decir que ese amigo tuyo, el honrado Ben, puede introducirme en el recinto?

—Se lo puedo preguntar. Pero primero quería estar segura de que tú estabas de acuerdo.

McAlbin asintió con un movimiento instintivo de cabeza hacia el receptor.

—No parece mal.

—Me pondré en contacto con Ben y trataré de organizar algo para esta noche, o para cualquier noche no muy lejana —dijo la joven con su voz suave y amable—. Si no te importa, me gustaría llevarte allí en mi coche.

—No estoy convencido de que eso sea muy seguro para ti.

—Roy, quiero ayudarte, por favor.

—Está bien, Nan —admitió, asintiendo de nuevo.

—Te llamaré pronto, en cuanto sepa algo.

—Gracias, Nan. Te lo agradezco.

Poco menos de dos horas después, ella le volvió a llamar.

Aquella tarde, McAlbin se encontraba envuelto en el pesado crepúsculo, escuchando. Todo a su alrededor estaba rodeado por una estremecedora tranquilidad. Extendió la mano y tocó la puerta de hierro en la enorme verja que rodeaba todo el recinto. Después, muy lentamente, hizo girar la manija. La puerta se abrió y no sonó ninguna alarma. Dio un suspiro. El amigo de Nan había cumplido lo prometido. 

McAlbin atravesó la puerta y la volvió a cerrar tras él. Se encontraba en el bosque, lleno de árboles rectos, cuyas hojas caídas crujían al ser pisadas. Avanzó lentamente hacia la colina, moviéndose lo más silenciosamente que pudo.

Tras haber descendido unos minutos, vio las luces de las cabañas que deseaba encontrar. En aquel sector, tres de las seis cabañas tenían luces encendidas. McAlbin se detuvo, aún en el bosque, y sacó de un bolsillo un croquis hecho a lápiz. 

La cabaña de Granny era la tercera de la izquierda. Levantó la mirada del dibujo, dirigiéndola hacia las cabañas. En la de ella había ventanas iluminadas. Plegó el papel y sacó su cámara fotográfica en miniatura.

No había sirvientes cerca de la cabaña. Permaneció a la sombra de los árboles y se aseguró de ello. Después, mientras la noche comenzaba a caer lentamente a su alrededor, McAlbin avanzó por el campo. Se inclinó bastante al llegar cerca de la vivienda de Granny y se aproximó paralelamente al seto que la rodeaba. Después, se fue elevando, mirando muy cuidadosamente hacia la ventana iluminada.

Una radio estaba tocando música antigua en su interior. Escuchó el sonido producido por el balanceo de una mecedora. McAlbin ajustó su cámara y se aproximó a la ventana. Se levantó por completo y pudo mirar hacia su interior. Había un caballete en la habitación construida con troncos de pino. 

Sobre el caballete vio una pintura, semiacabada, de gente menuda en un trineo. McAlbin vio una cabeza gris y una espalda cubierta por un chal de lana. Una mano estaba extendiendo débilmente una turbia pintura marrón sobre los flancos de un diminuto caballo. Hizo una fotografía.

La mano dejó entonces la espátula a un lado, se quitó la peluca gris. Caswell se levantó, se quitó el chal de la espalda y apuntó una pistola directamente hacia la ventana.

McAlbin saltó, corrió... en una nueva dirección, tratando de no seguir el mismo camino por donde había venido.

Las últimas luces del día habían desaparecido y una suave oscuridad azulada llenaba todo el bosque. Los árboles terminaron por convertirse en sombras negras. Sin embargo, se sentía rodeado por una tranquila y ominosa claridad. 

McAlbin se apretó los fuertes dedos de sus manos contra su blando pecho, aspirando la mayor cantidad de aire que pudo. Trató de respirar en silencio, pero no podía evitar un ligero silbido mientras subía lentamente por la colina, atravesando el bosque.

Se detuvo un momento, escuchando para ver si alguien le perseguía, pero no oyó nada. Una tenue y fría neblina se estaba extendiendo por entre los desnudos troncos de los árboles. Continuó su camino hacia arriba. Las hojas crujían a cada paso que daba, por mucho cuidado que llevara, señalando así el camino que seguía. 

McAlbin se detuvo de nuevo, escuchando con atención. No escuchó ningún sonido, a excepción de los que él mismo producía. Sus costillas empezaban a dolerle, apretándole los pulmones. Suspiró y reanudó su ascenso.

McAlbin no podía seguir una marcha rápida entre los árboles. Tuvo la impresión de que estaban cambiando de posición. Deteniéndose, echó un vistazo hacia la fría oscuridad. Inhaló aire con rapidez, sobrecogido. En la cresta de la colina había alguien, de pie, en silencio y esperando. Alguien estaba esperando pacientemente, oscuro y recto, como uno de los árboles muertos. 

Estaba seguro de que allá arriba había alguien, un hombre, justo a su izquierda; probablemente, se trataba de uno de los mozos, un hombre grande y ancho que se le había anticipado. McAlbin se agachó, dejándose caer sobre sus manos y rodillas y empezó a avanzar lentamente, apartándose de la figura que le esperaba. Se mantuvo agachado, arrastrando sus delicadas palmas y rodillas sobre las espinas y los trozos astillados de ramas caídas. 

Algunos minutos después, se levantó, explorando los contornos, volviendo a dejarse caer con rapidez. Había alguien más, recortado sobre el horizonte, esperándole; otro hombre, de pie, con los brazos cruzados y las piernas separadas; se trataba de una figura imprecisa, borrosa a causa de la creciente neblina, pero, sin duda alguna, estaba allí.

Empezó a arrastrarse en una nueva dirección, ahora con mayor lentitud. Trató de no hacer ningún ruido, de moverse y respirar sin atraer ninguna atención. La neblina se espesó, aumentando el frío de la noche a medida que esta avanzaba. McAlbin miró su reloj. Se dio cuenta entonces de que sólo hacía trece minutos que estaba en el bosque. Suspiró de nuevo y siguió avanzando.

Mucho tiempo después, aunque en realidad sólo habían pasado unos once minutos, llegó a una esquina del bosque y vio ante él el pequeño claro del camino donde Nan había aparcado su coche. Ella seguía allí; el vehículo se dibujaba borrosamente entre las sombras, bajo las ramas bajas de un árbol de hoja perenne. 

Sin preocuparse entonces por las alarmas, McAlbin corrió hacia la cerca de hierro, buscó un hueco adecuado y saltó sobre ella. No sonó ninguna alarma.

Cayó en el terreno exterior del recinto y corrió hacia el coche. Abrió la puerta del asiento situado junto al del conductor y se introdujo en el coche.

—Larguémonos de aquí —dijo y, de pronto, se detuvo, quedando inmovilizado por la sorpresa.

Caswell estaba sentado ante el volante y tenía en la mano derecha el mismo pequeño revólver con el que le había apuntado antes. Utilizando su mano izquierda, la extendió y pulsó el conmutador de la radio del vehículo.

—Tratando de conseguir un informe meteorológico. Parece como si mañana pudiéramos tener nieve. Todo parece indicarlo así, ¿no le parece?

McAlbin recuperó su respiración, dando una boqueada y preguntó:

—¿Dónde está Nan?

—Uno de mis empleados la llevó a casa.

—No puede seguir con todo esto, Caswell; no me puede seguir la pista como si se tratara de cazar a un animal salvaje, y tampoco puede raptar a Nan Hendry. Estamos en una zona suburbana de Connecticut, y no en un antiguo reino feudal.

—Ella no ha sido raptada; se encuentra perfectamente —dijo Caswell—. Sucede sencillamente que Nan parece estar de nuestra parte, como muchas otras personas. Usted mismo, míster McAlbin, indicó la gran cantidad de residentes de nuestra zona que dependen de Granny para vivir. Entre unas cosas y otras, la anciana representa aproximadamente un millón y medio anual para todos nosotros. Cuando murió esta primavera pasada, decidimos ignorar el hecho. Su estilo, terriblemente simplista, resulta muy fácil de imitar. Un joven artista, amigo de Nan, pinta para nosotros los nuevos cuadros de Granny. Nadie, excepto usted, ha descubierto nuestra pequeña operación.

—Cometí un error al confiarme a Nan, ¿verdad?

—Nunca se confíe a nadie si no tiene necesidad de hacerlo —replicó Caswell—. Desearía que un par de docenas de personas, tanto dentro como fuera de Paxville, no tuvieran por qué estar enteradas del asunto de Granny. Sin embargo, un plan tan complejo como este requiere a menudo contar con un gran número de participantes.

—Se supone que Granny Goodwaller ya tiene noventa años. ¿Durante cuánto tiempo cree que la va a poder mantener con vida?

—Por lo menos durante otros cinco años —dijo Caswell—. Eso nos reportará más de cinco millones de dólares; quizá más si conseguimos realizar un par de proyectos mercantiles en los que estamos trabajando ahora. Después, podremos permitirnos el lujo de hacerla morir. La codicia se apoderaría de todos si tratáramos de mantener el asunto de un modo indefinido; además, podrían surgir sospechas. Afortunadamente, Granny, al igual que usted, no tenía familiares inmediatos, nadie que nos pudiera causar problemas. Ella también era una persona que sólo dependía de sí misma y de su trabajo.

—Yo no dejo de tener ciertas conexiones. ¿Qué está usted pensando hacer?

—Sé que posee usted un tenaz y a menudo cruel espíritu de dedicación a la verdad —dijo Caswell—. ¿Dejarle marchar? No, eso no funcionaría para nosotros. No se le puede sobornar, ni se puede confiar en usted para que mantenga la boca cerrada. Por otra parte, me preocupa esa taza de té que cogió. Puede que mis huellas estén en ella, y también están en los archivos de ciertos lugares. No, durante todo ese tiempo no le podremos dejar marchar.

—¿Qué forma tan arrogante de hablar es esa? ¿Cree usted que me puede asesinar simplemente porque he descubierto su juego?

—No vamos a asesinarle, míster McAlbin —replicó Caswell—. Sólo vamos a mantenerle aquí y a evitar que nos cause problemas.

—¿Cómo cree que va a poder mantenerme aquí, en una vieja cabaña y entre unos viejos?

—Eso es algo bastante simple —dijo Caswell.

La puerta situada detrás de McAlbin se abrió y alguien puso una mano sobre su boca, tiró de su cuerpo y le sacó del coche.

Al cabo de una semana le habían arrancado todos los dientes, teñido el cabello de blanco, arrugado la piel y le habían alojado en un bungaló de cuidados intensivos donde le administraron drogas. 

Le dijeron que era un anciano muy enfermo... y, durante un largo período de tiempo, él creyó lo que le dijeron.

Dilvish, El Maldito - Roger Zelazny (Parte 2 y última)

Estaban cabalgando con el ocaso y la luz del sol poniente servía para enturbiar en parte, aunque no todas, las agitadas visiones que flotaban alrededor: los amenazadores árboles de apariencia consciente cuyas ramas oscilaban como huesudos dedos, con un tacto frío, flojo y molesto; las criaturas grisáceas que daban vueltas y que de vez en cuando se lanzaban hacia Dilvish y se apartaban de los tajos de su espada; los seres tentaculares que se deslizaban detrás de Black, con las extremidades extendidas pero incapaces de seguir el paso del animal metálico, y el viento helado que parecía más que viento, lleno de veloces escamas y franjas negras, con olor a sepultura... En cuanto a los ocasionales ruidos de animales que oía, Dilvish no supo de qué versión de la realidad procedían.

Conforme el sol descendía por el oeste y las sombras se alargaban, el otro mundo y su constante luz plateada iba predominando en el duelo por dominar los sentidos de Dilvish. Si acaso, el mundo fantasma parecía más brillante, aunque sus nieblas eran proporcionalmente más densas. 

Dilvish se sintió agobiado por la posibilidad de que los objetos de aquel plano pudieran cobrar densidad con respecto a él mientras el día decaía en su mundo.

Algo de elefantinas proporciones se aproximaba por la izquierda de forma amenazadora. Avanzaba con rapidez para su tamaño, pero no podía igualar el paso de Black y pronto quedó atrás y se perdió de vista. Dilvish suspiró y miró al frente. Zarcillos, sólo en parte palpables, fustigaron sus calzones y mangas.

Cuando Black aflojó el paso para doblar un recodo del camino, Dilvish notó un peso repentino en la espalda y garras que se clavaban en sus hombros.

Tras revolverse y extender las manos, agarró un cuello bajo una grotesca cabeza con pico que se proyectaba hacia la suya. La fuerza del impacto y los movimientos le forzaron a soltarse de la silla. 

Al caer del lomo de Black, el mundo fantasma se desvaneció. La criatura, similar a un ave y del tamaño de un perrillo, dejó escapar un grito agudo y gorjeante, agitó sus membranosas alas al tocar el suelo, pero Dilvish la agarró con fuerza y se revolvió para caer encima de ella.

El extraño animal dio la vuelta debajo de Dilvish nada más caer, trató de alejarse dando tirones y agitó las alas contra la cabeza del hombre. Tras liberar su cuello de otro tirón, dio un salto atrás y miró alocadamente en todas direcciones. A continuación se lanzó al aire y planeó hacia la derecha de la senda hasta desaparecer entre los árboles.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Dilvish, acercándose a Black.

—Has logrado transportar a esa criatura del plano fantasma al nuestro —replicó Black—. La habías cogido cuando perdiste el contacto con el circuito del cinto, y la has tirado al suelo contigo. Felicidades. Tengo la impresión de que eso no ocurre muy a menudo.

—Vámonos de aquí antes de que vuelva —dijo Dilvish mientras montaba—. La sensación de éxito está bastante embarullada. ¿Qué hará ese animal en nuestro mundo, de todas formas?

—Probablemente seguirte para intentarlo otra vez —respondió Black—. Pero apuesto a que no durará demasiado. No sabe mucho de nuestro mundo y los predadores olerán la diferencia perfectamente. Algo acabará liquidándolo. —Black prosiguió la marcha—. Aunque será muy interesante —añadió en tono meditativo— si se topa con algún pollo.

—¿Por qué? —inquirió Dilvish.

—Conozco a ese animal por mis viajes en el otro plano, hace mucho tiempo —dijo Black—. Si uno de ellos llega aquí y encuentra gallinas, al poco tiempo hay nidadas de basiliscos. Les gusta comprobar con gallinas, y ese es el resultado normal. —El camino era recto y Black apretó de nuevo el paso—. Por fortuna, los basiliscos tampoco duran mucho en este plano.

—Es agradable saberlo —dijo Dilvish, agachándose bajo una rama fantasma, mientras su visión se adaptaba al otro plano.

La luz diurna huyó del mundo normal, y las formas de este se volvieron sombrías e inmateriales. El otro plano cobró mayor brillantez, más apariencia sólida. Para comprobarlo, Dilvish extendió la mano y arrancó una alargada hoja, aserrada y oscura, de un árbol que se agitó con el paso de Black. 

De inmediato la hoja se enrolló en la mano y sus puntas horadaron la piel con la sensación de una infinidad de picaduras de insecto. Dilvish maldijo mientras se la arrancaba y la tiraba.

—Curiosidad otra vez —observó Black—. No atormentes a las plantas. Son muy sensibles.

Dilvish replicó con una obscenidad y se frotó la mano.

Siguieron cabalgando varias horas, a velocidad mayor que la que cualquier caballo puede mantener. Dejaron atrás grandes y amenazadoras criaturas; otras más pequeñas y más rápidas las eludieron o se enzarzaron brevemente con ellas. Dilvish sufrió picaduras en el muslo izquierdo y en el brazo derecho.

—Eres muy afortunado, no se hallan entre los ejemplares venenosos —había comentado Black.

—¿Por qué no me siento afortunado? —había replicado Dilvish.

Finalmente llegaron a una elevación del terreno en el otro mundo, aunque el camino continuaba recto y llano. Hasta entonces habían encontrado declives y descensos en su plano, creando la impresión de cabalgar por el aire sobre el brillante paisaje, pero en ese momento Dilvish pensó por primera vez que iba a meterse en la ladera de la colina.

—¡Despacio, Black! ¡Despacio! —gritó Dilvish, en el mismo instante que una silueta humana salía de la grieta de una roca situada a la derecha para tomar posición en la senda ante ellos—. ¿Qué...?

—Lo veo —dijo Black—. He estado haciendo comprobaciones. Puedo mencionar que el paraje no es famoso por su habitación humana.

La figura, la de un viejo con una oscura capa, hizo un gesto con el bastón como si les rogara que se detuvieran.

—Paremos y veamos qué desea —dijo Dilvish.

Black se detuvo. El anciano sonrió.

—¿Qué desea? —preguntó Dilvish.

El viejo levantó una mano. Respiraba con dificultad.

—Un momento —dijo—. Debo recuperar el aliento. He estado proyectándome por todas partes, tratando de localizarlos. Duro trabajo.

—El cinto —dijo Dilvish.

El otro asintió.

—El cinto —convino—. Estás llevándolo en mala dirección.

—¿Sí?

—Sí. Por esto no recibirás nada de los kallusanos, ni siquiera las gracias. Son un pueblo bárbaro.

—Entiendo —dijo Dilvish—. Apuesto a que sois sacerdote de Salbacus, en Sulvar.

—¿Cómo podría negarlo? —preguntó el hombre—. Por desgracia, no poseo el poder de transportar un objeto como el cinto de un plano a otro ni de un lugar a otro. Por tanto, es precisa vuestra cooperación. Quiero asegurarles que serán bien recompensado por ello.

—¿Qué desea, exactamente, que haga yo?

—Desde este plano, observamos el hurto del cinto —respondió el anciano—. Previendo el robo, nuestro ejército ya estaba movilizado. Nuestros oficiales empezaban a trasladarlo en esta dirección cuando Fly se apoderó del cinto. Nuestro ejército prosigue su marcha, pero los kallusanos lo saben y se han movilizado. También los elfos vienen hacia aquí, desde el oeste.

—¿Pretende decir que estoy entre dos ejércitos movilizados?

—Exactamente. Bien, también tenemos destacadas fuerzas de ataque y grupos de exploración. Hay uno a menos de media hora en este camino. Lleva la estatua del templo de Salbacus. Sería más sencillo que diera media vuelta y fuera a su encuentro. Devolviera el cinto y el oficial del grupo le daría un salvoconducto para ir a Sulvar. Sería un héroe allí, y le pagarían bien. Por otra parte, también hay gente nuestra que pretende acabar con usted...

—Espere  un momento —dijo Dilvish—. Ser un héroe y recibir buen pago siempre es agradable, pero ¿qué me dice de este plano y de las bestias que veo ahora mismo y que se acercan de nuevo?

El sacerdote se echó a reír.

—El primer sacerdote de Salbacus que tenga ese cinto en sus manos anulará la maldición, no tema. ¿De acuerdo?

Dilvish no replicó.

—¿Qué opinas, Black? —musitó.

—Parece menos costoso matarte que recompensarte —respondió Black—. Por otro lado, los kallusanos se alegrarán de recuperar lo que les pertenece, y saben que tú no fuiste el primero en cogerlo porque conocen al ladrón.

—Cierto —dijo Dilvish.

—¿De acuerdo? —repitió el sacerdote.

—Creo que no —replicó Dilvish—. El cinturón es de los otros.

El sacerdote meneó la cabeza.

—No creo que alguien que cabalga por la campiña haga cosas como esta simplemente porque piensa que es correcto —dijo—. Es perversidad, eso es. Ese cinto ha sido robado y recuperado tantas veces que hemos perdido el rastro del principio de las cosas. No defienda espectrales nociones de honor, dando vueltas como un molino de viento y sin llegar a ninguna parte. Sea razonable.

—Lo lamento —dijo Dilvish—. Pero así va a ser.

—En ese caso —dijo el otro—, las tropas lo recogerán de sus restos.

Bajó su bastón de tal modo que la punta quedó extendida, como una lanza, hacia Dilvish. Al instante, Black se encabritó y el fuego danzó en sus ojos y el humo ondeó en su hocico.

En ese momento, un hombre bajito y regordete que vestía una capa marrón y también llevaba un bastón, salió de la grieta de la roca.

—Un momento, Izim —dijo, volviendo el bastón hacia el otro.

—¡Maldita sea! ¡Precisamente cuando acababa mi turno! —observó el sacerdote de Salbacus.

—Forastero, sigue cabalgando —dijo el recién llegado—. Soy sacerdote de Cabolus. Una fuerza de Kallusan se dirige hacia aquí, llevando la estatua de Cabolus. En cuanto el cinto ciña su cintura, las cosas se resolverán satisfactoriamente.

El sacerdote de Salbacus atacó con el bastón al segundo hombre, que paró el golpe, respondió y saltó a un lado. De inmediato, apuntó la punta de su bastón hacia el otro hombre y brotó una oleosa llama. El sacerdote llamado Izim bajó su báculo y de la punta salieron chorros de vapor que mojaron la llama del otro. Atacó de nuevo con el bastón y el otro paró el golpe.

—¡Se me ha ocurrido una duda! —gritó Dilvish— ¡Con respecto a la identificación! Con tantas tropas y dioses avanzando por la campiña, ¿cómo se distingue la estatua de Cabolus de la de Salbacus?

—¡Cabolus tiene la mano derecha levantada! —gritó el sacerdote bajito mientras golpeaba en el hombro al otro.

—¡Si cambia de opinión —exclamó Izim mientras hacía tropezar al otro—, Salbacus tiene la mano izquierda levantada!

El sacerdote de inferior estatura rodó en el suelo, se levantó y golpeó al otro en el estómago.

—Sigamos cabalgando —dijo Dilvish, y Black se adentró en la ladera y se hizo la oscuridad.

Dilvish perdió la noción del tiempo con la claustrofobia que siguió. Luego, vagamente, su mundo apareció como si lo viera a través de una nube de humo. Miró hacia atrás por encima del hombro y vio que había salido la luna.

—Espero que al menos hayas aprendido a no entablar conversación con personas que tratan de robarte —dijo Black.

—Bien, debes admitir que ese hombre tenía un relato interesante.

—Estoy seguro de que Jelerak dispone de fascinantes relatos, si de eso se trata.

Dilvish no respondió. Miró fijamente el lugar donde una lucecita había aparecido entre los árboles.

—¿Fuego de campamento? —dijo por fin.

—Yo diría que sí —replicó Black.

—Kallusanos o sulváreos, me pregunto...

—No creo que hayan puesto un letrero.

—Afloja el paso. Yo diría que se impone la clandestinidad.

Black obedeció y sus movimientos se hicieron silenciosos. Dilvish continuaba experimentando la sensación de estar bajo tierra, de que su mundo normal era un paraje en sombras alrededor de él mientras se desplazaban a un lado del camino, dejaban este y se adentran en el bosque. Black siguió hacia la izquierda y hacia adelante, describiendo una trayectoria circular en dirección al fuego. Dilvish esperaba no salir pronto de la colina fantasma, para no confundirse con imágenes dobles.

El bosque que recorrían parecía espectral; todos los sonidos se confundían y árboles y piedras tenían un rasgo apagado, como en un sueño. Las ráfagas de un apenas perceptible viento ponían en movimiento las ramas de los árboles que, como gestos en lo alto, se percibían a ambos lados. Dilvish creyó oír un aleteo detrás de él en un momento dado, se detuvo, aguardó, observó y no vio nada más. Nada surgió para desafiarle. Prosiguieron después por el oscurecido paisaje, hasta que Dilvish olió la hoguera y escuchó tenues sonidos de voces masculinas.

—Será mejor que continúe a pie —dijo Dilvish—. Las botas elfas son magníficas para acechar.

Black se detuvo.

—Me tomaré tiempo y te seguiré en silencio —dijo—. Si me necesitas de repente, estaré allí en seguida.

Dilvish desmontó. Al separarse de Black y del cinto de la alforja, la noche perdió en parte su característica espectral, como si el mundo se destapara poco a poco. El olor a moho y tierra mojada se hizo más intenso. El volumen de los sonidos nocturnos aumentó. Las voces del campamento también parecían más fuertes, el fuego más brillante.

Dilvish avanzó agachado entre los árboles protectores, y caminó a gatas e hizo más lentos todos sus movimientos al acercarse al borde del campamento. Finalmente se detuvo y observó. Al cabo de un rato Black llegó muy despacio junto a él y se quedó totalmente inmóvil.

Había allí una decena de hombres, recostados o yendo de un lado a otro del campamento, todos ellos portando armas y ataviados como para la guerra. Diversos caballos estaban atados contra el viento. La tierra estaba muy pisada y en algunos puntos parecía removida. 

Había ramas diseminadas por todas partes, tal vez para alimentar la hoguera. Más allá de esta y hacia la izquierda había una litera de plataforma. Asegurado y atado encima de ella había algo similar a una estatua, por lo que Dilvish pudo ver. Su visión estaba obstruida en parte por los dos hombres que se encontraban conversando ante la estatua.

—¡Muévanse, maldita sea! —dijo en voz baja Dilvish.

Pero transcurrieron varios minutos antes de que ello sucediera. Cuando los hombres se apartaron por fin, empero, Dilvish suspiró.

—Muy bien —musitó a Black—. El brazo derecho está levantado. Puedo devolver el cinto a la banda de Cabolus y quedar fuera del juego.

Se levantó, retrocedió, abrió la alforja y sacó el cinto.

—Aguardaré aquí —dijo Black—, preparado.

—Perfectamente —dijo Dilvish, y avanzó.

Se abrió paso por una pantalla de ramas y se quedó inmóvil. Jamás era buena práctica entrar corriendo sin previo aviso en un campamento militar, decidió. Un instante después el hombre, al que había considerado oficial, se volvió hacia él. Varios soldados próximos a la hoguera repararon también en su presencia y se levantaron con las manos extendidas hacia sus armas. Dilvish alzó su vacía mano derecha.

—¿Han recibido un mensaje —preguntó— relacionado con el cinto?

El hombre que había supuesto estaba al mando del grupo permaneció inmóvil un instante y luego asintió. Avanzó.

—Sí —dijo—. ¿Lo tiene?

Dilvish levantó la mano izquierda y dejó que el cinto se desenrollara como una impetuosa cascada.

—Lo cogí al hombre que lo robó —afirmó—. Él murió.

Avanzó, extendiendo el cinto.

—Tómenlo —dijo—. Lo aguardábamos desde la última visita de nuestro sacerdote. Nosotros...

Dilvish se detuvo; había notado debajo del pie algo blanco de un matorral de altas hierbas. Se agachó de pronto, cogió un objeto y lo levantó.

Lo que sostenía era una mano de hombre.

—¿Qué es esto? —exclamó mientras la soltaba.

Saltó hacia un lado y sacó la espada. Hundió la punta del arma en un lugar donde la tierra estaba removida. Era una tumba poco profunda. Un movimiento de barrido dejó al descubierto un fragmento enterrado de pierna.

El oficial se abalanzó hacia él con el rostro contorsionado, pero Dilvish agitó la espada en posición de guardia. El otro se detuvo al instante y levantó una mano para detener a sus hombres, que avanzaban hacia ellos.

—Una patrulla de sulváreos nos atacó aquí antes —explicó—. Los superamos y les ofreció un entierro decente... más de lo que ellos habrían hecho por nosotros, estoy convencido.

—Y luego actuaron para eliminar cualquier indicio del conflicto...

—¿A quién le gustarían semejantes recuerdos siniestros alrededor del campamento?

—En tal caso, ¿por qué taparlos donde cayeron, estorbando? ¿Por qué no trasladarlos a cierta distancia? Hay algo extraño aquí...

—Estábamos cansados —dijo el oficial— después de marchar durante un día entero. Déjalo así, forastero. Entrégueme el cinto ahora y se librará de su carga.

Extendió una mano y dio un paso al frente.

—A menos que...

El soldado dio otro paso y el arma de Dilvish se agitó hacia él.

—Un momento —dijo Dilvish—. Se me acaba de ocurrir otra explicación.

—¿Qué sería...? —preguntó el oficial, deteniéndose de nuevo.

—Supongamos que son los sulváreos. Supongamos que hubieran caído sobre este destacamento de kallusanos, que los hubieran matado a todos... y luego, tras haber recibido el mensaje de que yo venía hacia aquí, se apresuraron a limpiar todo esto y esperaron para reclamar el cinto...

—Eso es mucho suponer —dijo el oficial—, y al igual que muchas historias descabelladas, no sé ninguna forma de refutarla.

—Bien, tal como yo lo entiendo, el bando del dios que luce el cinto es el que tiende a ganar estos conflictos. —Dilvish dio un paso hacia la izquierda, se puso de lado, sin dejar de mantenerse en guardia y retrocedió hacia la estatua—. Por tanto, voy a devolver el cinto a Cabolus y seguiré mi camino.

—¡Alto! —exclamó el oficial mientras desenvainaba su espada—. ¡Sería sacrílego que sus manos no sagradas realizaran ese acto! 

—Lo he llevado encima muchas horas —dijo—, y por lo tanto el daño ya debe estar hecho... y aquí no veo a nadie que tenga un aspecto particularmente sacerdotal... Correré el riesgo.

—¡No!

El oficial se lanzó hacia él, con la espada en alto. Dilvish paró el golpe y contraatacó. Oyó ruido de cascos, y una silueta negra con apariencia de caballo salió del bosque y cayó sobre los otros hombres que corrían hacia Dilvish.

Black aplastó a varios soldados con su ímpetu inicial. Después dio media vuelta, se empinó y atacó con los cascos... y Dilvish supo que el fuego estaba ardiendo en su montura.

Dilvish se deshizo de su rival con un tajo en el cuello y continuó retrocediendo ante el ataque de otros tres hombres.

Dilvish cayó apoyado en una rodilla y acometió con la espada una maniobra que el soldado más cercano no había previsto. Pero los otros dos se separaron y trataron de cercarle.

Al otro lado del claro, brotaron las llamas de Black, y Dilvish oyó los gritos de los que caían ante ellas.

Dilvish esquivó al soldado que estaba a su derecha y se abalanzó sobre el otro, y trabó combate con él. En cuanto las espadas chocaron, no obstante, comprendió que había cometido un error. 

El hombre era rápido, en cuanto a destreza, por encima de la media. No parecía haber forma de acabar con él rápidamente o hacerlo retroceder para enfrentarse con el otro, que en ese mismo momento debía estar preparándose a saltar sobre Dilvish. 

Este, casi frenéticamente, empezó a dar vueltas, con la esperanza de colocar a su adversario entre él y el segundo soldado. Sin embargo, su rival se opuso a la maniobra, haciendo más lento su retroceso en diagonal. Y por el rabillo del ojo Dilvish vio que Black estaba demasiado lejos para acudir a tiempo en su ayuda.

Escuchó de nuevo el silbido, y el batir de alas. Reconoció a su némesis del plano fantasma, que volaba hacia él entre los árboles.

Dilvish paró el golpe de su adversario, saltó hacia atrás y se lanzó agachado ante el segundo soldado, con la espada en alto, en posición de guardia.

La deslizante sombra había virado hacia él mientras saltaba. Ya muy cerca, la criatura abrió las alas pero no logró detenerse a tiempo. Chocó con la espalda del segundo soldado, que cayó entre Dilvish y el otro. El caído se revolvió y atacó a la bestia con su espada. El animal saltó por debajo de la hoja, le hirió en el hombro y le buscó la cara con las garras.

Todavía agachado, Dilvish atacó la corva del otro hombre, que chilló ante el impacto. Tras levantarse, vio la oportunidad de asestar un golpe definitivo y lo ejecutó.

Al volverse, Dilvish vio que el ave fantasma acababa de perforar con su pico el cuello del hombre caído y estaba apartándose de la roja fuente que allí brotaba, con sus oscuros ojos fijos en él. Batió con fuerza las alas y saltó hacia Dilvish.

La espada centelleó y la cabeza de la criatura voló hacia la derecha mientras el cuerpo continuaba avanzando, despidiendo un fluido azul claro por el muñón del cuello. Dilvish se apartó y el cuerpo pasó junto a él y siguió corriendo sin rumbo después de tocar el suelo.

Dilvish comprobó que no había atacantes lanzándose hacia él; Black continuaba pateando cuerpos. Envainó la espada y desandó el camino de la lucha en busca del cinto, que había caído durante la pelea. Se agachó por fin y lo recogió cerca del cadáver del primer atacante. Lo limpió de tierra y se volvió hacia la estatua.

—Aquí está, Cabolus —anunció mientras avanzaba—. Voy a devolverte el cinto. Apreciaría mucho que despidieras a las bestias del plano fantasma y anularas mi visión del lugar. Lamento que mis manos no estén limpias, pero han tenido que pasar por ahí.

Se arrodilló y colocó el cinto alrededor de la cintura de la estatua. De inmediato notó que se suavizaba la luz en las proximidades, y las facciones toscamente talladas que tenía ante él le parecieron más naturales aunque menos humanas. Retrocedió acto seguido mientras brotaba luz de las cuencas oculares y en la mano alzada.

—¡Muy bien! ¡Oh, muy bien! —sonó una voz detrás.

Dilvish dio media vuelta y se encontró ante la figura poco menos que sólida del grueso sacerdote que había conocido con anterioridad. El ojo izquierdo del recién llegado estaba cerrado por la hinchazón y en la frente tenía una herida. Se apoyaba con fuerza en su bastón.

—Los combates astrales parecen tan duros como los normales —observó Dilvish.

—Tendría  que ver al otro sacerdote —dijo el visitante—. Ha hecho un buen trabajo, forastero —y en ese instante el sacerdote señaló el campamento—, con un excelente sacrificio de sangre para calentar el corazón del viejo Cabolus.

—La razón ha sido un poco más temporal que espiritual —observó Dilvish.

—No importa, no importa... —musitó el sacerdote—. Se ha granjeado la buena voluntad de Cabolus. Puesto que el equilibrio ha vuelto a romperse, pronto celebraremos un festín en Sulvar, y habrá ejecuciones, incendios y excelente botín. Será recompensado por vuestra colaboración.

—Ya que habéis recuperado el cinto, ¿por qué no limitarse a dar por concluido el asunto y volver al hogar?

El sacerdote enarcó una ceja.

—Está  bromeando —dijo—. Ellos empezaron. Necesitaban una lección. De todos modos es nuestro turno. Ellos han hecho lo mismo con nosotros en vida mía. Y además, las tropas ya están en marcha. Imposible hacerlas regresar en este momento sin alguna acción, habría problemas. No, esa es la esencia del asunto. En realidad, algunos soldados llegarán aquí dentro de poco. Puede unirse a nuestro bando. Será un honor combatir por Cabolus... y tendrá una parte del botín.

Mientras tanto, Black se había acercado en silencio y estaba escuchando.

—Me pregunto —dijo por fin la negra montura— si habrá encontrado alguna gallina mientras estaba por aquí... —Estaba contemplando la cabeza caída del ave fantasma.

—Gracias por vuestra amable oferta —dijo Dilvish a la imagen del sacerdote—. Pero me espera un largo viaje y no deseo demorarme. Renuncio a mi parte del botín. —Montó a Black—. Buenas noches, sacerdote.

—En tal caso, el templo reclamará vuestra parte —dijo el sacerdote, sonriente—. Buenas noches pues, y que la bendición de Cabolus lo acompañe.

Dilvish se estremeció antes de saludar con una inclinación de cabeza.

—Pongamos pies en polvorosa —dijo Black—, y evitemos cualquier campo de batalla.

Black se volvió hacia el sur y se adentró en el bosque, dejando en el claro manchado de sangre la reluciente estatua del brazo levantado y al nebuloso sacerdote del ojo hinchado. La descabezada ave fantasma fue dando tumbos por el claro una vez más, y cayó después, agitando las alas y derramando fluido, cerca de un cadáver y de la hoguera. 

En lontananza sonaban las vibraciones de una tropa de caballería en pleno avance. La luna flotaba más alta, pero las sombras eran claras y vacuas. Black bajó la cabeza y todo desapareció dando vueltas.

La tarde siguiente, en otro camino que serpenteaba hacia el sur a través del bosque, una mujer joven salió corriendo de los árboles y se acercó a los viajeros.

—¡Buen caballero! —gritó a Dilvish—. ¡Mi amado yace herido en lo alto de esta colina! ¡Unos salteadores nos atacaron hace poco! ¡Por favor, vengan y ayúdenlo!

—Alto, Black —dijo Dilvish.

—Claro —dijo Black en un siseo casi inaudible—. Es uno de los juegos más viejos del libro. Tú la sigues y un par de hombres armados te tienden una emboscada. Los derrotas y la mujer te dará una cuchillada en la espalda. Incluso hay baladas con este tema. ¿No aprendiste nada ayer?

Dilvish contempló los hinchados ojos de la joven, observó cómo retorcía sus manos.

—Ella podría estar diciendo la verdad, compréndelo —dijo en voz baja.

—¡Por favor, caballero! ¡Por favor! ¡Venga en seguida! —gritó la mujer.

—Aquel primer sacerdote tenía bastante razón, diría yo —observó Black.

Dilvish le dio una palmada en el cuello y hubo un tenue sonido metálico.

—Maldito si lo dices, maldito si no lo dices —comentó Dilvish mientras desmontaba.

Luitpold Von Iss - Coraly Pirmez


El prior del convento de S... en Austria volvía a su celda después del oficio de la noche. Cansado de la dura jornada, se sentó antes de echarse a dormir.
Era a mediados de las vacaciones de septiembre.
El religioso había asistido por la mañana a los funerales de un alumno del colegio, que había muerto a los quince años de edad.
Los padres del difunto quisieron que, desde el púlpito, el prior pronunciara una oración fúnebre, según se acostumbraba cuando fallecía un miembro de su casa condal.
El superior no se había negado a ello; pero, se acordaba como si fuera ahora, la preparación del pequeño discurso no le había resultado fácil, pues, por nada en el mundo, el santo varón habría consentido en deformar la verdad.
¿Y qué se podía decir del adolescente? ¿Qué virtudes había practicado?
De una poderosa familia, futuro heredero de altos títulos, poseedor de un mayorazgo, este hijo único había sido adorado por sus padres y adulado por sus numerosos vasallos, sirvientes y criados, siempre a sus órdenes.
El muchacho poseía atractivas cualidades físicas: era guapo, gentil, de modales distinguidos; pero, desgraciadamente, era orgulloso, egoísta, muy ignorante y nada sumiso. Fue precisamente la desobediencia lo que le acarreó, tan joven, la muerte.
Comunicaron al prior que, de vuelta de una expedición de pesca, Luitpold se había resfriado.
Los más célebres doctores de Viena, llamados con toda urgencia, habían tranquilizado a los padres sobre la curación de la enfermedad, pero, no obstante, recomendaron al joven conde no tomar, por unos días, el aire de la noche.
A pesar de los consejos de la docta facultad, el estudiante se escapó a la mañana siguiente, a medianoche, para pasear por el bosque, pues un guarda de caza le había asegurado que el urogallo de las montañas dejaría oír su misterioso canto.
Y realmente el gran urogallo había aparecido, cosa inaudita en septiembre. Luitpold había oído el grito fantástico y vio brillar a la luz de la luna el suntuoso plumaje; pero Luitpold había vuelto temblando al castillo y, ocho días más tarde, se marchaba de este mundo. La crónica de la aldea señorial lo narraba de este modo.
–¡Pobre nuestro joven conde! –gemían los villanos mientras agonizaba–; en su delirio sólo habla de gallos salvajes, corzos, ciervos y ortegas. ¡Oh, destino!, ¡no será él quien vea estos bosques, no será su fusil el que derribará al gran urogallo, el pájaro de la desgracia...!
Antes de pronunciar la oración fúnebre, el prior preguntó por los últimos momentos del difunto.
–¿Había recibido los santos sacramentos?
–¡Ciertamente, reverendo! –había contestado el bailío, administrador de los bienes de la noble casa–. La señora condesa no quiso descuidar este punto de las buenas costumbres.
Pero el ayuda de cámara confesó, muy bajo, que el capellán había sido llamado a la cabecera del moribundo un cuarto de hora antes de su muerte y, si el joven señor recibió la comunión, continuó más bajo todavía, la recibiría durante los últimos minutos que preceden a la eternidad.
–¿Y el muchacho –preguntó el prior– supo al menos que iba a morir?
–No, reverendo padre, la señora condesa no permitió que se lo dijeran. Ella misma dijo al capellán del pueblo, enviado en el último momento, que el señor Luitpold, alumno de la abadía de S..., era muy pío: «bastaría con insinuarle con delicadeza –añadió– que para lograr una pronta recuperación, haría bien en confesarse y comulgar, pues la madre deseaba que tomara parte, pasado mañana, en una cacería a caballo por los llanos del condado». Sobre todo, había insistido varias veces la señora condesa: «¡no os olvidéis de hablarle tal como os he indicado, no fuera que el chico se asustara!».
–¡Vaya, vaya! –suspiró el religioso que escuchaba con atención.
–Para los villanos y el guarda de caza –prosiguió el ayuda de cámara–, la muerte del joven señor es una pérdida.
–¿Y esto por qué? –preguntó el prior, ávido de encontrar un tema para su discurso.
–Pues bien, reverendo, el difunto era muy generoso en sus excursiones de placer: el conde regalaba varios florines para recompensar al guarda que le indicaba un nido de currucas o una nidada de perdigones, y no se olvidaba de gratificar al que le traía o mariposas para su colección, o edelweiss para su herbario, o un ruiseñor para su pajarera. ¡Siempre mi señor remuneraba los pequeños servicios!
El prior aprovechó estas explicaciones obtenidas de una fuente tan verídica.
Durante la oración fúnebre, se extendió ampliamente sobre el pesar de los padres, habló de los magnánimos instintos de la flor de generosidad encerrada en el corazón del hijo que lloraban; esta flor que, bien cultivada, se habría transformado más adelante en bellas obras de caridad.
El superior de la abadía acababa de entrar, como decíamos, en su celda y pensaba en la magnificencia de los funerales del joven conde y también, en menor grado, en la oración fúnebre pronunciada.
«Realmente no ha estado del todo mal –pensó con secreta complacencia–, lo he conseguido. Y no obstante era difícil, con tan pocos argumentos...»; pero, al darse cuenta de estos efluvios de vanidad, el religioso se apresuró a retractarse y suspiró profundamente.
Una vaga tristeza invadía su corazón. Ya la había sentido durante el servicio divino y ahora volvía a apoderarse de él.
De repente, hostigaron su espíritu terribles pensamientos sobre el destino eterno de Luitpold.
«¡Dónde estará su alma! –se preguntaba con angustia el prior–. ¡Oh, Señor, tened piedad, tened piedad de ella!»
Y el abad, abatido por el peso de una inquietud indefinible, olvidándose de su descanso que le era tan necesario, se arrodilla y empieza a rezar el rosario.
En ese momento, llaman a la puerta de su celda. Un golpe seco, rudo.
«¿Quién puede llamar a estas horas? –se dijo–. Es medianoche, ya hace tiempo que acompañé a los monjes a sus celdas.
»¡Pero no!, es una ilusión, no han llamado, porque habría oído el benedicamus domine que nuestra regla ordena decir cuando se llama a la puerta del prior».
Y continúa rezando el rosario. Pero vuelven a llamar.
El religioso se levanta. Antes de que llegue a su pequeña puerta, se abre sola y entran dos personajes.
Silenciosamente, se colocan a ambos lados de la puerta y hacen un signo imperativo al abad.
El religioso comprende. Esta señal indica: ¡En marcha, nosotros te seguimos!
Más tarde se dio cuenta: si el prior se hubiera negado a cumplir esta orden, habría sido inútil.
Salió de la celda.
Los fantasmas, inclinándose ante el abad, se colocaron uno a su derecha y otro a su izquierda.
Ante ellos, las puertas de los claustros se abrieron y cerraron como por encanto.
Aunque la noche era lluviosa, sin luna ni estrellas centelleantes, el camino estaba iluminado por un extraño resplandor que surgía de sus acompañantes.
El de la derecha llevaba un pequeño cáliz o, mejor, una custodia de oro; el de la izquierda, una espada luminosa que brillaba en la sombría noche.
Los fantasmas tenían alas de una blancura radiante. Blancura parecida a la de sus vestidos, que recordaban a la nieve cuando brilla bajo el sol.
«¡Son ángeles! –se dijo el viejo admirado–. Qué pueden desear de mí, pobre pecador, estos enviados celestiales».
–¡Seguidnos! –dijeron, como si respondieran al pensamiento del religioso.
Y los siguió, mientras intentaba comparar las voces de los fantasmas con las melodiosas notas del órgano de la catedral de Viena.
Después de andar bastante tiempo, llegaron al cementerio. El perfume del romero y de los cipreses impregnaba el aire. La verja de hierro macizo se abrió ante ellos, como se habían abierto sin ruido las puertas del monasterio.
Se encaminaron hacia las tumbas pertenecientes a las familias de patricios.
Pronto llegaron ante una capilla sepulcral, cuyos revestimientos eran de mármol jaspeado.
El ángel de la espada luminosa tocó la puerta de bronce repujada de escudos de armas. Se abrió.
«¡Es el sepulcro de los condes de Iss...! –pensó el prior, emocionado–. Esta mañana ha recibido al último vástago de este ilustre nombre».
Los ángeles entrarón.
El religioso los seguía. Vio, a la luz de una lamparilla que temblaba en un pequeño nicho, una larga hilera de tumbas: varias de mármol negro representaban a un caballero completamente armado; otras, a una joven en actitud de orar; otras aún, una columna rota; algunas sostenían la mitra y el báculo. Pero todas tenían un punto en común: el escudo de la casa de Iss... esculpido en el frontispicio «oro en la faja de las gules».
Esta casa tenía alianzas hasta con el trono.
Los ángeles se detuvieron ante la última tumba. Era un mausoleo de mármol de Carrara. Llevaba inscrito un único nombre:
LUITPOLD
el último de nuestra raza
En este momento un enorme ruido, parecido al bramido del trueno, agitó el recinto sepulcral: la espada del ángel había partido el mausoleo y la parte superior de la tumba se abrió estrepitosamente.
–Acercaos y contemplad –dijo el ángel al religioso.
¿Qué vio? ¡Ah, es espantoso decirlo...! Vio lo que fue Luitpold, conde von Iss...
Está allí, muerto... el sudario roto deja el cadáver al descubierto. Un reptil, especie de serpiente marina, roe el corazón y las entrañas. La cabeza está intacta... la boca abierta... De esta boca pende un objeto brillante, diáfano, como el diamante, reluciente como el sol.
El segundo ángel deposita entre las manos del religioso el cáliz de oro e indica, con un gesto respetuoso, el objeto brillante que se encuentra entre los dientes y el paladar sin rozar con ninguno de ellos.
El religioso se inclina y toma, con la patena, la hostia consagrada, el cuerpo y la sangre de Nuestro Señor Jesucristo.
Y los ángeles se arrodilan y exclaman: ¡Sanctus, Sanctus, Sanctus, Dominus Deus exercituum!
El religioso ha comprendido.
Poniendo de nuevo la santa hostia en el cáliz, el prior se arrodilla y adora.
Es la hostia que Luitpold recibió momentos antes de partir hacia la eternidad, sin que la condesa, ciega por el cariño, permitiera que se advirtiese a su desgraciado hijo que moriría y que debía prepararse para la muerte.
Esta narración que precede puede leerse en los Recuerdos históricos, manuscrito del reverendo padre Von Bartel, prior de la abadía de S..., en Austria, muerto en olor de santidad el 17 de septiembre de 1785. Fue escrito hace cien años. El documento del prior acaba de este modo: «Me desperté de rodillas por la mañana en la capilla de nuestro convento.
»Pensé que había tenido un triste sueño, ¡realmente triste!
»Sin duda –me dije a mí mismo–, me habré quedado solo, según la costumbre, después de rezar las completas y me habrá sorprendido el sueño...
»Mientras, recopilando mis recuerdos, me acordé perfectamente de que la víspera había subido la gran escalera hacia las nueve de la noche, para acompañar a nuestros religiosos a sus celdas...
»Estaba en este punto de mis pensamientos cuando entró el hermano sacristán. Venía a adornar el altar para la primera misa que se celebra a las cuatro.
»El hermano, mirándome, parecía sorprendido».
–¿Cómo, reverendo padre prior, habéis dado un paseo tan de mañana con este tiempo lluvioso?
»–¿Por qué me lo preguntáis, hermano Adalberto?
»–¡Pero, padre prior, los zapatos os traicionan: habéis andado por caminos enfangados... y no hablemos de la sotana!, también os acusa... está empapada de lluvia».
»Sus palabras me trastornaron y, sin contestar al querido hermano, que me miraba con curiosidad, incluso boquiabierto, encendí los cirios del altar y quise coger la llave del tabernáculo.
»No estaba en su escondite.
»Maquinalmente, metí la mano en el bolsillo de mi sotana: ¡la pequeña llave dorada, con borlas de oro, estaba allí!
»¡Incomprensible, inexplicable!
»Últimamente, no había distribuido la santa comunión al pueblo..., ¿cómo era posible que la llave del tabernáculo estuviese en mi bolsillo?
»Temblando abrí la puertecilla de cobre cincelado...
»¡Dios mío!, todavía tiemblo al escribirlo...
»La abrí... y vi... ¡el cáliz de oro! ¡Este cáliz escondido en la abadía, pero que yo..., ¡yo!, había visto en las manos del ángel y que yo mismo había sostenido para tomar... de la boca de un cadáver el cuerpo de Dios vivo!
»¡Y en este cáliz, ayer desconocido, una hostia!
»Cerré llorando la puerta del tabernáculo y prometí al Señor que nadie sabría, antes de mi muerte, lo que había ocurrido aquella noche de septiembre del año 1784.
»Mientras, preparándome para ofrecer el santo sacrificio, intentaba tranquilizarme.
»"Dios –me dije– ha permitido este milagro porque Luitpold recibió demasiado cerca de su muerte la santa hostia, y las especies no pudieron ser consumidas..., sufriendo una profanación en la boca de un cadáver...
»No, no, lo que he visto no es de ningún modo un indicio de la reprobación de esta alma...".
»Y me puse a rezar por ella.
»Pero, durante la celebración de la misa, soporté el peso de una angustia mortal.
»Hacia las ocho y media, el guarda de las tumbas vino al convento, donde está su hijo entre nuestros hermanos conversos.
»Lo encontré cuando me dirigía al coro para salmear la sexta y la nona. Se me acercó y me pidió permiso para decirme algo sorprendente, extraordinario, ¡inalaudito!
»–Bien, ¿qué tienes que decirme?
»–Esta mañana, reverendo padre prior, cuando iba a poner aceite en la lámpara mortuoria del mausoleo Von Iss..., ¡encontré la tumba del conde Luitpold partida en dos y las letras de su nombre rotas!
»Después de las vísperas me dirigí hacia el mausoleo.
»¡Sí, la piedra estaba rota de arriba abajo; no obstante, los pedazos de Carrara habían sido reunidos y leí, grabado en letras de fuego, esta palabra que hará temblar a los sacrílegos: ¡Condenado!».