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Las aventuras de Thibaud De La Jacquiére - Charles Nodier

Un rico comerciante de Lyon llamado Jacques de la Jacquiére fue elegido preboste de la ciudad a causa de su probidad y de los grandes bienes que había adquirido sin manchar su honor y reputación. Era caritativo con los pobres y bienhechor de todos los necesitados.

Thibaud de la Jacquiére, su hijo único, tenía un carácter completamente diferente. Era un muchacho muy guapo, pero un pillo redomado que había aprendido a destrozar los cristales de todas las casas, a seducir a las mozas y a jurar y blasfemar con los hombres de armas del rey, en cuyo ejército servía como oficial de estandarte. 

Tanto en París, en Fontainebleau como en las otras ciudades por donde pasaba el rey, todo el mundo hablaba de las maldades cometidas por Thibaud. Un día, este rey, que era Francisco I, escandalizado por la conducta del joven Thibaud, lo envió de vuelta a Lyon, a casa de sus padres, con el fin de que se reformara.

El buen preboste vivía entonces en la plaza de Bellecour. Thibaud fue recibido en la casa paterna con suma alegría. Con motivo de su llegada, se dio un gran banquete a los parientes y amigos. Todos bebieron a su salud, haciendo votos para que el joven Thibaud se convirtiera en un muchacho prudente, sensato y buen cristiano. Pero aquellos votos tan caritativos no le hicieron mella; por el contrario, le disgustaron. Cogió de la mesa una copa de oro, la llenó de vino y dijo:

—¡Sagrada muerte del gran diablo!, quiero ofrecerle, en este vino, mi sangre y mi alma si algún día llego a ser más hombre de bien de lo que soy actualmente.

Estas palabras hicieron poner los pelos de punta a todos los convidados al banquete. Se santiguaron, y algunos se levantaron de la mesa y abandonaron la casa del preboste. Thibaud también se levantó y fue a tomar el fresco a la plaza de Bellecour, donde se encontró con dos de sus antiguos camaradas, tan malos sujetos como él. Thibaud los abrazó de un modo efusivo, los hizo entrar a su casa y los invitó a beber.

A partir de aquel día empezó a llevar una vida pecaminosa que destrozó el corazón de su pobre padre. Este se encomendó a san Jaime, su patrón, y llevó ante su imagen un cirio de diez libras adornado con dos abrazaderas de oro, cada una de un peso de cinco marcos. Pero al querer colocar el cirio sobre el altar, se le cayó de las manos y derribó al suelo una lámpara de plata que ardía ante el santo. Interpretó este doble accidente como un mal presagio, y regresó triste y deprimido a su casa.

Aquel mismo día, Thibaud volvió a invitar a sus amigos; y cuando empezó a anochecer, salieron a tomar aire a la plaza de Bellecour y a pasearse por las calles de la ciudad, confiando encontrar algo que les divirtiese. Pero la noche era tan espesa que no encontraron muchacha ni mujer alguna. Thibaud, impaciente por este fracaso y molesto por no poder conseguir compañía femenina, exclamó, gritando como un energúmeno enfurecido y rabioso:

—¡Sagrada muerte del gran diablo!, prometo que le entregaré mi alma y toda mi sangre si la gran diablesa, su hija, acude a este lugar y acepta mi amor.

Estas sacrílegas palabras disgustaron profundamente a sus amigos, ya que estos no eran tan pecadores como Thibaud, y uno de ellos le dijo:

—Mi querido amigo, piensa que el demonio, por ser enemigo de los hombres, ya les hace bastante daño sin necesidad de que lo llamen invocando su nombre.

Mas el incorregible Thibaud respondió:

—Pues a pesar de todo, cumpliré mi palabra y haré lo que he dicho.

Momentos después, vieron salir de una calle vecina a una joven dama con el rostro cubierto por un espeso velo, que no impedía adivinar su encanto y hermosura. Un negrito la seguía. Este dio un traspié, se cayó al suelo y rompió la linterna. 

La joven dama pareció asustarse muchísimo y, como no sabía qué hacer, Thibaud se apresuró a acercarse a ella, del modo más correcto que pudo, y le ofreció su brazo para conducirla a su casa. Después de unos momentos de vacilación, la desconocida aceptó, y Thibaud, volviéndose hacia sus amigos, les dijo en voz baja:

—Como habéis visto, aquel a quien he invocado no me ha hecho esperar mucho... Buenas noches, amigos míos.

Los dos camaradas comprendieron lo que aquel quería decirles y se marcharon riéndose.

Thibaud ofreció su brazo a la dama y ambos se pusieron en marcha. El negrito iba delante de ellos, aunque llevaba apagada la linterna. La hermosa joven parecía estar tan nerviosa y asustada que apenas podía seguir a su joven acompañante, pero poco a poco se fue tranquilizando y se apoyó con más energía en el brazo de Thibaud. 

De vez en cuando daba un falso paso y se agarraba con más fuerza a su joven caballero. Entonces Thibaud, tratando de retenerla por todos los medios, le puso la mano sobre el corazón, aunque con mucha discreción para no asustarla.

Caminaron durante tanto tiempo que al final Thibaud llegó a suponer que se habían extraviado por las calles de Lyon. Pero este detalle más bien le agradó, ya que así, pensó, tendría más tiempo para conquistar a aquella bella y desconocida dama. No obstante, como sentía una gran curiosidad por saber quién era la hermosa joven, le rogó que tomara asiento en un banco de piedra para que descansase. 

Ella consintió, y nuestro joven amigo se sentó a su lado, cogió su mano con un gesto galante y le rogó, con delicada educación, que contara quién era. La hermosa dama pareció sorprendida en un principio, pero luego, ya más tranquilizada, dijo:

—Me llamo Orlandine; al menos así me llamaban las personas que convivían conmigo en el castillo de Sombre, en los Pirineos. En aquel lugar sólo vi a mi ama de compañía, que era sorda, a una criada tan tartamuda que hubiera sido mejor que fuese muda del todo, y un viejo portero que era ciego. Este portero no tenía mucho trabajo que hacer, pues sólo abría la puerta una vez al año, y eso a un caballero que venía sólo a cogerme la barbilla y hablar con mi dueña; conversaciones de las que no me enteraba de nada, ya que se desarrollaban en lengua vasca, idioma que no domino. Gracias a Dios que sabía hablar cuando me encerraron en el castillo de Sombre, pues de lo contrario jamás lo habría conseguido, dadas las personas que me habían puesto como acompañantes o vigilantes... en mi prisión. En cuanto al portero, sólo lo veía cuando nos pasaba la comida a través de la reja de la única ventana que teníamos. A decir verdad, mi ama de llaves me gritaba al oído extrañas lecciones de moral; pero me enteraba tan poco como si hubiese sido tan sorda como ella, pues me hablaba de los deberes del matrimonio, pero no me decía qué era el matrimonio. A menudo, mi sirvienta se empeñaba en contarme historias y aseguraba que eran muy interesantes, pero como no podía seguir más allá de la segunda frase, se veía forzada a renunciar y se retiraba mientras se disculpaba tartamudeando.

»Ya le he dicho que había un señor que venía a verme una vez al año. Cuando cumplí los quince años, aquel caballero me hizo subir a una carroza, junto con mi ama de compañía. En ella estuvimos viajando durante tres días consecutivos y, al llegar la tercera noche, o quizá el crepúsculo, salimos de la carroza. Recuerdo perfectamente que un hombre abrió la portezuela y nos dijo:

»—En este instante están ustedes en la plaza de Bellecour; y aquella es la mansión del preboste, Jacques de la Jacquiére. ¿Dónde desean que las conduzca?

»—Entre usted en la primera puerta cochera después de la del preboste —repuso mi ama de llaves.

Al oír estas palabras, el joven Thibaud puso mucha atención, ya que era su vecino, un gentilhombre llamado señor de Sombre, quien vivía en aquella mansión y quien, por añadidura, era sumamente celoso.

—De modo que entramos en la puerta cochera —continuó Orlandine—, y allí, subiendo por una escalera de mármol, me condujeron a unas inmensas y hermosas cámaras; luego, caminamos por un pasadizo oscuro, al final del cual había una escalera de caracol. Subimos por ella hasta llegar a una torre muy alta, cuyas ventanas estaban tapadas con gruesas cortinas verdes. Por lo demás, la torre estaba bastante iluminada. Mi dueña, después de hacerme sentar en un hermoso butacón tapizado de terciopelo negro, me entregó su rosario para que ocupara mi tiempo en actos piadosos, y se marchó cerrando la puerta con dos vueltas de llave.

»Cuando me vi sola, tiré el rosario, saqué unas tijeras que había ocultado en mi corsé e hice una abertura en la cortina verde que ocultaba la ventana de la torre. Entonces vi, a través de otra ventana de una mansión vecina, una habitación muy iluminada en la que cenaban tres jóvenes caballeros y tres señoritas. Cantaban, bebían, reían y se abrazaban...

Orlandine dio otros detalles más sobre aquella escena que presenció; detalles que estuvieron a punto de hacer reír a mandíbula batiente al joven Thibaud, pues se trataba de una cena que él había dado a sus dos amigos y a tres señoritas de la ciudad.

—Estaba yo atenta a todo lo que allí pasaba —continuó Orlandine—, cuando de repente oí que se abría la puerta. Cogí el rosario de inmediato, me senté en el sillón y vi entrar a mi ama. Esta me tomó de la mano, sin decirme una sola palabra, me llevó de nuevo a la carroza y me hizo subir a ella. Se puso en marcha y, después de un largo trayecto, llegamos a la última casa de la barriada. En realidad se trataba de una cabaña, aunque por dentro estaba dotada de todas las comodidades. Su aspecto es magnífico; cosa que podrá usted comprobar dentro de un momento, si el negrito encuentra el camino, ya que veo que al fin ha conseguido volver a encender la linterna.

—¡Oh, bella extraviada! —interrumpió Thibaud, mientras le besaba galantemente la mano—. Le agradecería muchísimo que me diga si vive sola en esa casita.

—Sí, vivo sola —respondió la dama—, acompañada de ese negrito y de mi ama de llaves. Mas no creo que ella pueda venir esta noche. El señor que me condujo la noche pasada a esta casita me envió decir, hace unas dos horas, que fuese a unirme con él en casa de una de sus hermanas; como no podía enviarme su carroza, ya que la había enviado a recoger a un sacerdote, decidí ir a pie. Cuando mi ama y yo íbamos por una de esas calles, un individuo me detuvo para decirme que era muy bella. Entonces ella, como es sorda, creyó que me estaba insultando, por lo que se puso a censurarle su vergonzosa conducta con agrias palabras. Luego acudieron otras personas que se unieron a la querella. Tuve miedo y huí; el negrito me siguió corriendo, pero tropezó y rompió la linterna. Fue entonces, caballero, cuando tuve el honor de encontrarme con usted.

Thibaud se disponía a prodigarle unas galanterías cuando el negrito apareció con la linterna encendida. Se pusieron en marcha de inmediato y, al cabo de cierto tiempo, llegaron a la casita aislada, cuya puerta abrió el negrito con una llave que llevaba atada a su cinturón.

El interior de la casa estaba magníficamente adornado y, entre aquellos muebles de nobles maderas, se veían unos butacones tapizados de terciopelo de Génova, con franjas rojas, y una cama cubierta de muaré de Venecia. Pero nada de aquella magnífica y soberbia ornamentación atraía la atención de Thibaud; sólo tenía ojos para Orlandine.

El negrito puso un mantel sobre la mesa y preparó la cena. Entonces, Thibaud se dio cuenta de que el negrito no era un niño, como había creído desde un principio, sino una especie de enano viejo, muy negro y con el rostro más feo del mundo. 

Este pequeño enano se presentó instantes después llevando una bandeja con cuatro apetitosas perdices y una botella de excelente vino. Se pusieron a la mesa. Apenas Thibaud hubo tomado unos bocados y unos cuantos sorbos de vino, sintió como una especie de fuego sobrenatural que circulaba por sus venas. 

Mientras, Orlandine seguía con tranquilidad comiendo, pero observaba con insistencia a su convidado, algunas veces con una mirada tierna y cándida, y otras con unos ojos tan llenos de malicia que el joven caballero ya no sabía qué hacer ni qué pensar.

Al fin, el negrito vino, quitó la comida y el mantel y se retiró de inmediato. Entonces, Orlandine cogió la mano de Thibaud y le dijo:

—Dígame, guapo caballero, ¿cómo quiere que pasemos la velada? Un momento; se me ocurre una idea; aquí hay un espejo. Pongámonos enfrente y juguemos a hacer pantomimas como solía hacer en el castillo de Sombre. Me divertía mucho al ver que mi ama de llaves era muy distinta a mí. Ahora quiero saber si usted es diferente de mí.

Orlandine puso dos sillas delante del espejo y luego aflojó el cuello de Thibaud, mientras decía:

—Su cuello es casi igual que el mío; las espaldas también. Pero en lo referente al pecho, ¡cuánta diferencia! El año pasado mi pecho era como el suyo, pero luego engordé y ya ni me reconozco. Quítese el cinturón, el jubón y todos esos cordones...

Thibaud, no pudiendo contenerse más, llevó a Orlandine a la cama cubierta con muaré de Venecia y se creyó el más feliz de los hombres. Pero aquella felicidad no duró mucho tiempo. El desgraciado joven sintió unas garras agudas que se le clavaban en la espalda. Empezó a gritar llamando a Orlandine, pero esta ya no estaba allí. En su lugar vio un horrible conjunto de formas repugnantes, siniestras y misteriosas...

—¡Yo no soy Orlandine! —dijo el monstruo con voz cavernosa—. ¡Soy Belcebú!

Thibaud quiso pronunciar el nombre de Jesús, pero el diablo, que adivinó su intención, le apretó la garganta con sus dientes, impidiéndole pronunciar el sagrado nombre.

Al día siguiente por la mañana, unos campesinos que se dirigían a vender sus legumbres al mercado de Lyon oyeron unos gemidos procedentes de una granja abandonada situada cerca del camino y que servía de vertedero. Entraron en ella y encontraron a Thibaud tumbado sobre una carroña medio podrida. 

Lo cogieron y lo transportaron a la casa de su padre, el preboste de Lyon. El desdichado caballero de la Jacquiére reconoció a su hijo. Luego colocaron al joven en una cama y pronto recobró el conocimiento. Entonces dijo con voz débil: «Abran la puerta a ese santo ermitaño».

Al principio nadie comprendió lo que quería decir; mas luego fueron y abrieron la puerta, y penetró por ella un venerable religioso que solicitó humildemente que lo dejaran a solas con Thibaud. 

Durante mucho tiempo se oyó la voz del ermitaño aconsejando al joven, exhortándolo, como asimismo los suspiros del desgraciado Thibaud. Cuando la voz dejó de oírse, todos entraron en la habitación. El ermitaño había desaparecido y sobre la cama yacía muerto el hijo del preboste, con un crucifijo entre las manos.

Los elfos - Ludwig Tieck

–¿Dónde está nuestra pequeña María?

–Está jugando en el prado con el hijo de nuestro vecino contestó la mujer.

–No vayan a perderse –dijo el padre, preocupado–, son tan atolondrados.

La madre echó un vistazo a los pequeños y les llevó su merienda a la mesa.

–¡Qué calor hace! –dijo el muchacho mientras la niña se abalanzaba sobre las rojas cerezas.

–Tengan cuidado, niños –dijo la madre–, no vayan muy lejos de casa ni se adentren en el bosque; su papá y yo vamos al campo.

El joven Andrés contestó:

–¡Oh, no hay por qué preocuparse! El bosque nos asusta y vamos a quedarnos sentados cerca de la casa, donde hay gente.

Al momento, la mujer se retiró y salió acompañada de su esposo. Cerraron ambos la puerta de la casa y se dirigieron al campo y los prados para inspeccionar a los peones y, al mismo tiempo, la cosecha de heno. 

La casa se situaba en una pequeña y verde loma, rodeada por un declive con empalizadas que abarcaban también los huertos y los invernaderos; un poco más abajo, se extendía el pueblo, y a lo lejos se elevaba el palacio ducal. 

Martín arrendaba la propiedad señorial y vivía con su esposa y su única hija, contento porque cada año ahorraba con la perspectiva de hacerse, a costa de su trabajo, un hombre rico ya que la tierra era fértil y el señor conde más bien benévolo.

Al caminar junto a su mujer en dirección de los campos, miró con alegría en torno suyo y dijo:

–Qué distinta es esta región de la otra en que vivíamos, Brígida. Aquí todo es tan verde, el pueblo es abundante en frutos, la tierra derrocha pastos y hermosas flores, todas las casas son alegres y limpias, y los habitantes, ricos. Hasta pienso que los bosques son aquí más hermosos y el cielo más azul; hasta donde alcanza la vista, puede verse el gozo y la alegría ante la generosidad de la Naturaleza.

–En cuanto se está más allá del río –dijo Brígida–, se encuentra uno como en otra Tierra, todo tan triste y raquítico. Cuanto forastero viene, afirma que nuestro pueblo es el más bello de la región.

–Con excepción del valle de abetos –contestó él–. Mira hacia allá, qué negro y triste se ve ese apartado lugar dentro de toda la alegría que lo circunda. Detrás de los obscuros abetos están la humeante casita, los cobertizos derruidos, el hilo de agua que pasa de largo con aire triste. 

–Es cierto –dijo la mujer, mientras permanecían de pie–. Al acercarse a ese lugar, se vuelve uno triste y temeroso sin saber la razón de ello. ¿Quiénes serán en realidad esos que viven allí y por qué se mantienen alejados de toda comunidad como si no tuvieran la conciencia tranquila?

–Pobre chusma –contestó el joven arrendatario–. Parecen gitanos que roban y engañan en lo apartado, y quizá allí sea su escondite. Lo único que me asombra es que el muy benévolo señorío los tolere.

–Podría también ser gente pobre –dijo la mujer, compasivamente– que se avergüenza de su pobreza, aunque uno no tiene realmente razón al culparlos de nada; lo único que da en qué pensar es que no muestran devoción hacia la iglesia. Y no se sabe de qué viven pues el jardincillo, que parece estar completamente abandonado, no los puede ni siquiera alimentar, ni tampoco poseen sus propios campos.

–Sólo Dios sabe en qué se ocupen –continuó Martín, mientras reanudaba sus pasos–, pues ningún ser humano pasa junto a ellos, y el lugar que habitan está apartado y embrujado, de manera que ni los muchachos más traviesos se atreven a acercarse.

Continuaron conversando mientras se encaminaban al campo. Aquella obscura región de la que hablaban estaba situada fuera del pueblo. En una pendiente rodeada de abetos se veía una casita y diversas construcciones pertenecientes a varias granjas casi del todo destruidas. Muy de vez en cuando llegaba a apreciarse el humo de las chimeneas, y más rara todavía era la presencia de gente. 

En una sola ocasión, un curioso que se había atrevido a acercarse advirtió en un banco, delante de la casita, unas horribles mujeruchas vestidas con harapientas ropas acompañadas de unos niños igualmente feos y sucios que se revolcaban entre sus faldas; algunos perros de obscuro pelaje corrían cerca de ellos; al caer la noche, un individuo misterioso que nadie conocía cruzó el camino a la altura del arroyo y entró en la casita; más tarde, a lo lejos, podían verse entre la obscuridad diversas siluetas que se movían como sombras alrededor de una fogata campestre. 

La pendiente, los abetos y la casita derruida daban en verdad una extrañísima impresión dentro del verde y alegre paisaje, en comparación con las blancas casitas del pueblo y el reluciente y magnífico palacio.

Los niños se habían comido la fruta; sintieron deseos de correr, y la pequeña y ágil María le ganó en todas las ocasiones al lento Andrés.

–¡Eso no tiene ninguna gracia! –exclamó finalmente Andrés–. ¡Vamos a hacerlo ahora más lejos, entonces si veremos quién gana!

–Como quieras –dijo la pequeña–. Sólo que no podemos correr hacia donde está el río.

–No –contestó Andrés–. Pero allá, en la colina, donde está el gran peral, a un cuarto de hora de aquí. Yo corro dando vuelta a la izquierda, por la pendiente de los abetos, y tú, que puedes hacerlo, corres por el lado derecho del campo, y los dos llegamos a la misma meta. Entonces veremos quién es el que corre mejor.

–Bueno. Así no nos estorbaremos en el camino; además, mi papá dice que es la misma distancia en dirección de la colina yendo de este lado o más allá de la casa de los gitanos –dijo María, y en seguida comenzó a correr.

Andrés se apresuró tan velozmente que María, al tomar por la derecha, ya no lo alcanzó a ver mas.

–Es realmente un tonto –se dijo–, pues me será suficiente un poco de valor para cruzar el pequeño puente, pasar cerca de la casita y salir del solar hacia el otro lado; así llegaré mucho antes que Andrés.

Ya estaba delante del arroyo, al pie de la colina de abetos.

–¿Cruzo el puente? ¡Qué miedo! –se dijo.

Un falderillo blanco ladraba allí cerca con todo su ímpetu. Al asustarse, el animal le pareció a María como un monstruo y retrocedió inopinadamente.

–¡Ay! –dijo–. Andresito está ahora muy adelantado y yo sigo aquí, como una estatua, pensándolo todavía.

El perro ladraba sin parar; al mirarlo con más detenimiento no le pareció tan horrible sino, por el contrario, muy gracioso: tenía un collar rojo del que colgaba un reluciente cascabel, y toda vez que levantaba la cabeza meneándose al ladrar, el cascabel se dejaba oír encantadoramente.

–¡Eh, sólo tengo que decidirme! –exclamó la pequeña María–. Corro lo más que pueda y ¡rápido, rápido! salgo otra vez al camino. ¡Este animalillo no me ha de devorar tan rápidamente!

Al decir esto, la resuelta y vivaz niña se lanzó hacia el puentecillo y pasó a toda carrera junto al perro, que sin ladrar más le hizo fiestas alrededor. De pronto estaba en la pendiente, de manera que los negros abetos le impedían la vista hacia los contornos de la casa paterna y el resto del paisaje.

Vaya que estaba sorprendida. La rodeaba el jardín de flores más vistoso y alegre, sembrado de tulipanes, rosas y azucenas de incomparables y bellos colores; mariposas azul y púrpura se mecían en los pétalos, aves multicolores se colgaban de los emparrados en las jaulas de lustrosas rejas mientras cantaban hermosas melodías, y algunos niños, en albeantes y cortos vestiditos, de pelo rubio y rizado y de ojos claros, saltaban alrededor. 

Unos jugaban con corderitos, otros daban de comer a los pájaros o bien recolectaban flores que se regalaban mutuamente. Otros más comían cerezas, uvas y albaricoques rojizos. No podía verse ninguna casita. En cambio, una amplia y hermosa casa, con puerta de hierro en artístico y noble talle, lucía en medio de ese espacio. 

María estaba absorta y maravillada, y ni siquiera supo orientarse; pero, como no era nada tonta, en pocos instantes se acercó al primer niño que vio y le tendió la mano para saludarlo.

–¡Qué sorpresa que vengas a visitarnos! –dijo la deslumbrante niña a la que había saludado–. Te he visto correr y saltar allá afuera, pero te has asustado con nuestro perrito.

–¿Entonces no son ustedes ningunos gitanos bribones, como dice Andrés? ¡Vaya! Pero si es un tonto, y ¡el día entero habla sin ton ni son!

–Quédate con nosotros –dijo la maravillosa niña–, te gustará.

–Pero es que estamos corriendo.

–Regresarás a tiempo. ¡Toma y come! 

María comió y encontró la fruta tan dulce como nunca había saboreado ninguna, y Andrés, la carrera y la advertencia de sus padres se borraron por completo de su mente.

Una mujer muy alta, vestida con lujo deslumbrante, se acercó y preguntó por la niña extranjera.

–Hermosa mujer –le dijo María–, vine corriendo hasta aquí y ella me invitó a quedarme.

–Tú sabes, Zerina –dijo la hermosa mujer–, que ella sólo tiene permiso por poco tiempo y, además, tenías que haberme preguntado antes que todo.

–Pensé –dijo la deslumbrante niña– que si la habían dejado cruzar el puente podía entonces quedarse; ya la hemos visto correr a menudo por el campo y tú misma te has deleitado con su carácter alegre y vivaz; al fin y al cabo, tendrá que abandonarnos muy pronto.

–No, yo quiero quedarme aquí –dijo María–. Esto es muy bonito; además, aquí están las cosas más agradables que he visto, sobre todo las fresas y las cerezas. Allá afuera no es tan espléndido como aquí.

La mujer, vestida con sus prendas doradas, se alejó sonriendo y muchos de los niños saltaron entonces alrededor de la alegre María bromeando con ella y animándola a bailar; otros le llevaron corderitos y juguetes maravillosos; unos más tocaron sus instrumentos y cantaron. 

Pero se mantuvo especialmente junto a la compañera que conoció desde su llegada pues era la más amable y simpática de todos. La pequeña María exclamaba una y otra vez:

–Quiero quedarme siempre con ustedes para que sean mis hermanos.

Ante ello, todos los niños se reían abrazándola.

–Ahora vamos a hacer un bonito juego –dijo Zerina.

Corrió velozmente al interior del palacio y volvió con una diminuta caja dorada que guardaba un brillante polen. Tomó un poco de él con sus deditos y esparció algunos granos en el verde suelo. De pronto, se vio crujir el césped en forma de olas y, luego de breves momentos, surgieron de inmediato rosales que crecieron y se desarrollaron al instante, invadiendo el espacio con el más dulce aroma. 

María tomó también un poco de polvo y, cuando lo hubo esparcido, aparecieron blancas azucenas y multicolores claveles. A un movimiento de Zerina, desaparecieron las flores apareciendo otras en su lugar.

–Ahora –dijo Zerina–, prepárate para algo mejor.

Puso entonces dos piñones en el suelo, los pisoteó enérgicamente hasta hundirlos en la tierra y, al momento, dos verdes arbustos comenzaron a erguirse ante los niños.

–Cógete fuerte de mí –le dijo Zerina.

María puso sus brazos alrededor de su tierno cuerpo. Sin pensarlo, se sintió elevada, los arbolillos crecieron debajo de las niñas con asombrosa rapidez hasta que los altos pinos se arqueaban y las niñas tuvieron que mantenerse abrazadas entre las rojas nubes del atardecer, balanceándose de uno a otro lado en medio de besos. 
 
Los otros pequeños subían y bajaban con suma agilidad por entre las ramas de los árboles; se hacían bromas y daban empujones con muchas risas al encontrarse en el camino. Uno de los niños cayó a causa del amontonamiento de los otros y voló entonces por los aires, si bien bajó lenta y seguramente a tierra. 
 
Por último, María sintió miedo, la otra pequeña entonó algunas canciones con voz muy clara y los árboles descendieron tan rápidamente como se habían elevado hasta las nubes.

Entraron por la puerta de hierro hacia el palacio. Sentadas allí, hermosas mujeres, tanto ancianas como jóvenes, se deleitaban dentro de la sala circular comiendo agradables frutas. Entre tanto, podía escucharse una hermosa y sutil melodía. 

En la bóveda había palmeras pintadas, flores y follajes entre los que subían y bajaban, haciendo gráciles movimientos, varias figuras infantiles. 

Las imágenes variaban y centelleaban en los más encendidos colores, de acuerdo con la música; al momento, el verde y el azul se encendían como una diáfana luz y, con tonos de flama dorada y púrpura, el color se opacaba hasta languidecer; entonces los niños, desnudos entre los follajes de flores, parecían avivarse y tomar aliento a través de sus labios rojos de rubí de manera que podía verse el fulgor de los dientecillos y de los ojos azul celeste.

Desde la estancia, una escalera de hierro conducía a un gran hipogeo. Allí, entre una gran cantidad de oro, plata y piedras preciosas, refulgían gemas de infinitos colores; había en las paredes hermosos vasos que parecían rebosantes de magníficos tesoros, y oro trabajado en varias maneras que brillaba con un familiar tono rojizo. 

Incontables enanitos se hallaban ocupados en seleccionar las piezas a fin de ponerlas en los vasos. Otros, jorobados y contrahechos, de largas y enrojecidas narices, traían con muchos trabajos, jadeantes casi hasta inclinar la frente contra el piso, como los molineros bajo su carga de trigo, unos sacos de los que caían al suelo granos de oro. 

En seguida saltaban torpemente de un lado a otro y tomaban las piedrecillas rodantes que iban escapándose; no era raro que, en medio de su inquietud, uno golpeara al otro de manera que caían al suelo, atolondrados bajo su propio peso. Ponían caras hoscas y desdeñosas cuando ella reía ante sus gestos de fealdad. 

Encogido, sentado hasta el fondo, estaba un diminuto anciano a quien Zerina saludó ceremoniosamente en tanto que él agradecía con una severa inclinación de su cabeza. Tenía en la mano un cetro y puesta en la cabeza una corona; todos los demás enanos parecían reconocerlo como su señor y obedecían sus indicaciones.

–¿Qué pasa ahora? –preguntó, malhumorado, cuando las niñas se le acercaron un poco más.

María guardó silencio, temerosa, pero su compañera contestó que sólo habían ido a echar un vistazo a los sótanos.

–¡Las niñerías de siempre! –exclamó el viejo–. ¿No terminará nunca el ocio? –y tras esto, volvió a sus ocupaciones haciendo pesar y seleccionar diversas piezas de oro; envió a otros enanos afuera, y a uno más lo regañó.

–¿Quién es ese señor? –preguntó María.

–Nuestro príncipe del Metal –dijo la pequeña, mientras seguían caminando.

Parecían estar nuevamente afuera; se encontraban en la orilla de un lago. Sin embargo, no había Sol ni podían ver el cielo. Una barquita las recibió y Zerina remó incansablemente. Fue veloz la travesía. En medio del lago, María vio miles de carrizos, canales y afluentes ramificándose desde su centro en todas direcciones.

–Estas aguas corren bajo nuestro jardín hacia el lado derecho –dijo la deslumbrante niña–. Por ello, todo florece tan fresco. Desde aquí puede bajarse a la gran corriente del río. 

De pronto, desde todos los canales, apareció una multitud de niños, y todos se acercaban nadando; muchos llevaban guirnaldas de juncos y lirios; otros, puntas de coral, y otros más iban tocados con retorcidas conchas. 

Un confuso barullo resonaba alegremente desde las obscuras riberas; entre los pequeños era posible apreciar los movimientos de las más hermosas mujeres, y muchos niños a la vez saltaban sin cesar y se colgaban de ellas besándolas en el cuello y los hombros. 

Todas saludaron a la extranjera mientras ésta cruzó el lago en medio de ese alboroto, hasta internarse en un afluente del río, cada vez más estrecho. Por último, la barca se detuvo. Se despidieron de ella y Zerina tocó una roca que se abrió como una puerta y una roja figura femenina las condujo hacia abajo.

–¿Se están divirtiendo? –preguntó Zerina.

–Están tan agitados y contentos como uno los puede ver –contestó la mujer–, y el calor es extremadamente agradable.

Subieron por una escalera circular y, de pronto, María se vio en una sala tan iluminada que, al entrar, sus ojos quedaron deslumbrados. Tapices de un rojo intenso nutrían con una brasa púrpura los muros, y cuando la mirada de María se hubo adaptado vio, para su sorpresa, cómo ciertas figuras saltaban y danzaban sobre los tapices en medio de la mayor alegría y con tan grácil constitución y proporción, que no podía imaginarse otra cosa más cautivante. 

Sus cuerpos semejaban al bermejo metal, y parecía como si la inquieta sangre pulsara visiblemente dentro de ellos. Mostraban su risa ante la niña extranjera saludando con repetidas inclinaciones, pero cuando María intentó acercarse, Zerina la retuvo de pronto con fuerza, gritándole:

–¡Vas a quemarte, María, todo eso es fuego!

María sintió el calor:

–¿Por qué estas figuras tan tiernas no salen y juegan con nosotros? –preguntó a su amiga.

–Porque así como tú vives en el aire, ellas tienen que permanecer en el fuego; de otro modo, morirían. Mira qué bien se sientan, cómo ríen y gritan; allí, bajo tierra, los ríos de fuego se expanden en todas direcciones. Por su causa, crecen ahora las flores, las frutas y los sarmientos; los rojos ríos corren al lado de los riachuelos, y así estos seres de cambiantes llamas se mantienen siempre activos y alegres. Pero es ya demasiado fuego para ti. Vamos otra vez al jardín.

En el jardín, el escenario era distinto. El brillo de la Luna reposaba en cada pétalo, los pájaros permanecían en silencio y los niños dormían, en variados grupos, entre el verde follaje. Pero María y su amiguita no sentían ningún cansancio; en medio de largas conversaciones, paseaban bajo la cálida noche de verano.

Al amanecer, se refrescaron con frutas y leche. María dijo:

–Cambiemos de ambiente y salgamos al abetal para ver de cerca los abetos.

–Con mucho gusto –dijo Zerina–. Así podrás visitar a nuestros guardias, que seguramente van a gustarte. Están en lo alto del terraplén, entre los árboles.

Caminaron entre multicolores jardines, cruzando florestas repletas de ruiseñores; luego ascendieron por colinas rebosantes de parras y, después de seguir el intrincado curso de un claro hilo de agua, llegaron por fin al abetal y al declive que limitaba la región.

–¿Cómo es posible –preguntó María– que adentro tengamos que caminar tanto y afuera la distancia sea tan corta?

–No sé cómo sucede, pero así es –contestó la amiga.

Ascendieron hasta el sombrío abetal y un viento frío venía a acariciarlas desde el exterior; el paisaje parecía cubrirse por completo de niebla. En lo alto, extrañas figuras, cuyos rostros parecían cubiertos de polvo harinoso, estaban de pie, semejantes a las repugnantes cabezas de las lechuzas blancas. 

Se hallaban cubiertas con rugosos abrigos de gruesa y burda lana, y sostenían, abiertos, unos paraguas de extraña piel; soplaban y abanicaban sin parar con alas de murciélago que incidentalmente miraban, absortos, a través de los pliegues.

–Quisiera reír y siento miedo –dijo María.

–Ésos son nuestros buenos y laboriosos guardianes –replicó la pequeña compañera de juegos–. Aquí permanecen produciendo aire a fin de que todo extranjero que quiera acercarse experimente un extraño temor. Están cubiertos de esa manera por la lluvia y el frío pues no soportan ninguna de las dos cosas. Aquí abajo nunca llega nieve ni viento, ni hay frío; aquí es el eterno verano y la eterna primavera, pero si no se relevaran en sus puestos, morirían completamente.

–Pues, ¿quiénes son ustedes? –preguntó María cuando descendían de nuevo entre aromas florales–. ¿O no tienen un nombre con el que uno les pueda reconocer?

–Nos llamamos elfos –dijo la amable niña–. Según he podido escuchar, así nos nombran en el Mundo.

Escucharon un tumulto que surgía del prado más cercano.

–¡Llegó la hermosa ave! –les gritaron los niños, a la distancia.

Todos se agitaban dentro de la estancia. Entre tanto, vieron cómo jóvenes y viejos se apresuraban a cruzar el umbral y cómo se regocijaban; dentro resonaba una música plena de júbilo. 

Al entrar, vieron la circular estancia repleta de las más variadas figuras; todos miraban por encima en dirección de la enorme ave que, con su lujoso plumaje, describía lentamente múltiples círculos. La música se escuchaba más alegre que nunca, y colores y luces cambiaban con increíble rapidez. 

Finalmente, la música se detuvo y el ave se lanzó estrepitosamente por encima de una refulgente corona que flotaba bajo un elevado ventanal, iluminando desde lo alto la bóveda. Su plumaje era de colores verde y púrpura, y a través de él corrían las más brillantes líneas doradas; en su cabeza se movía una diadema de pequeñas plumas, tan claras y luminosas que relampagueaban como si fueran gemas. El pico era rojo y las patas de un azul intenso. 

A cada movimiento del ave, todos los colores lucían entreverados y todas las miradas, embelesadas, se prendían de él. Sus dimensiones eran las de un águila. Al abrir su luminoso pico, una dulce melodía escapó de su agitado pecho en tonos más hermosos aun que los del apasionado ruiseñor; el canto cobraba fuerza y se esparcía como una masa de rayos de luz, de manera que todos, incluso los más pequeñuelos, no podían contener las lágrimas de alegría y entusiasmo. 

Cuando terminó, todos se inclinaron delante del ave, que de nuevo voló en círculos bajo la bóveda, disparándose a través de la puerta y lanzándose hacia el despejado cielo, donde pronto pareció tan sólo un punto rojo, tan rápidamente que, al instante, desapareció en las alturas.

–¿Por qué están todos tan contentos? –preguntó María, inclinándose hacia la hermosa niña, que en ese instante le pareció más pequeña que el día anterior.

–¡Viene el rey! –dijo la pequeña–. Muchos de nosotros todavía no lo hemos visto, y adonde quiera que se dirige hay fortuna y alegría. Mucho tiempo lo hemos esperado, más ansiosamente que ustedes esperan la primavera después de un largo invierno; y ahora anunció su venida con este hermoso mensajero. 

Esta agradable e inteligente ave, que nos ha sido enviada en el servicio del rey, se llama Fénix. Vive en tierras lejanas, en Arabia, en la copa de un árbol del cual sólo hay uno en el Mundo, así como no existe un segundo Fénix. Cuando se siente viejo, fabrica un nido a partir de bálsamos e inciensos, lo enciende y se prende fuego a sí mismo, de modo que muere cantando; de las aromáticas cenizas se levanta otra vez el rejuvenecido Fénix con renovada hermosura. 

Muy raro es que emprenda el vuelo, así que aquellos que llegan a verlo –siendo que tal cosa sucede una vez en siglos– lo inscriben en sus memorias y esperan de ello acontecimientos maravillosos. Pero ahora, amiga mía, tienes también que partir pues no te está concedida la presencia del rey.

Entonces la hermosa mujer del vestido de oro se aproximó entre el tumulto, le hizo señas a María y se alejó con ella bajo una solitaria alameda.

–Tienes ahora que abandonarnos, mi querida niña –le dijo–. El rey quiere mantener su corte en este lugar durante los próximos veinte años o incluso más; se esparcirán fertilidad y bendiciones por todo el país y especialmente aquí. 

Los manantiales y los ríos serán más abundantes, todos los campos y los jardines, más ricos, y más noble el vino, más pródigo el prado y más fresco y verde el bosque; correrán más suaves vientos, ningún granizo perjudicará las cosechas ni inundación alguna amenazará a los hogares. 

Toma este anillo y piensa en nosotros, pero cuídate de hablarle a alguien acerca de nosotros pues si lo haces nos veremos obligados a abandonar esta tierra, y toda la gente de los alrededores, como también tú, carecerán de la fortuna y de las bendiciones que nuestra cercanía les otorga. Besa por última vez a tu compañera y adiós.

Al salir, Zerina lloraba; mientras tanto, María se inclinó para abrazarla y se separaron. Estando ya en el estrecho puente, el aire frío sopló sobre su espalda, desde el abetal, y el falderillo la saludó con sus ladridos dejando oír su cascabel; se volvió para echar una mirada y se apresuró a salir; la densidad de los abetos, la obscuridad de las casitas derruidas y las brumosas siluetas le inspiraron un angustioso temor.

–¡Cómo se habrán preocupado esta noche mis padres por mí! –se dijo, al encontrarse de nuevo en el campo–. Y no les puedo decir dónde estuve ni lo que he visto. Además, nunca lo creerían.

Dos hombres pasaron a su lado, la saludaron, y ella les escuchó decir:

–¡Qué chica más guapa! ¿De dónde será?

María apuró sus pasos al dirigirse a la casa paterna. Los árboles, apenas ayer rebosantes de frutos, se veían ahora raquíticos y sin follaje. La casa estaba pintada de otro color y un nuevo granero se levantaba a su lado. María se sorprendió tanto que creía estar en un sueño. Bajo tal turbación, abrió la puerta de la casa, su padre se hallaba sentado a la mesa, entre una mujer desconocida y un joven extranjero.

–¡Dios mío, padre! –exclamó–. ¿Dónde está mi madre?

–¿Tu madre? –dijo la mujer, presintiendo algo; precipitadamente, dio un paso hacia adelante–. ¡Vaya! ¿No serás...? ¡Pero claro, claro! Eres María, mi perdida que creían muerta, la única, querida María.

La había reconocido por un pequeño lunar debajo del mentón, por sus ojos y por su figura. Todos la abrazaron, todos estaban alegremente emocionados y los padres se enjugaban las abundantes lágrimas. María se sorprendió al notar que casi igualaba en estatura a su padre, y no alcanzaba a comprender que su madre hubiese cambiado y envejecido tanto. Preguntó por el nombre del joven.

–Es Andrés, el hijo de nuestro vecino –dijo Martín–. ¿Cómo es que vuelves tan inesperadamente después de siete largos años? ¿Dónde has estado? ¿Por qué no nos has enviado noticias tuyas?

–¿Siete años? –preguntó María al no poder orientarse en sus ideas y recuerdos–. ¿Siete años enteros?

–Sí, sí –dijo Andrés, riéndose y tomándole cordialmente la mano–. Te gané, María, llegué hace siete años al peral y he vuelto; y tú, lenta, ¿apenas vas llegando?

Le preguntaron una y otra vez, le insistieron, pero ella, recordando la advertencia, no pudo dar ninguna respuesta. Casi le impusieron el cuento de que se había perdido al subirse a un carro que pasaba; que se había ido a un lugar extraño donde no supo indicar a la gente cuál era su hogar paterno; cómo había ido a parar a una ciudad lejana, donde unas buenas gentes la habían educado y amado; cómo éstas habían muerto y ella se había acordado de su lugar de origen y había decidido hacer el viaje de regreso.

–Dejémoslo así –dijo la madre––. Ya es suficiente con tenerte otra vez a nuestro lado. ¡Mi hijita, mi única, mi todo!

Andrés se quedó a cenar; María aún estuvo desorientada. La casa le parecía pequeña y obscura, le sorprendía su traje, limpio y sencillo, pero le resultaba totalmente ajeno; observó el anillo en su dedo, su oro brillaba a raudales y una piedra de un rojo refulgente resaltaba todavía más. A la pregunta de su padre, contestó que el anillo era un regalo de sus benefactores.

Anhelaba el momento de irse a dormir y, finalmente, se retiró. A la mañana siguiente se sentía serena, había ordenado mejor sus ideas y fue capaz de responder a la gente del pueblo que acudió a saludarla. 

Andrés, que había ido muy temprano, se mostraba afable y alegre, así como dispuesto a servirla. La muchacha, de quince años cumplidos, le había causado gran impresión, e incluso la noche anterior no había podido dormir. La mandaron llamar del palacio, adonde fue y tuvo que contar su historia, que ya había aprendido bien. 

El anciano señor y su mujer admiraron su buen comportamiento, pues era modesta sin ser tímida, respondía cortésmente y con buenas palabras a todas las preguntas que se le hacían; la timidez ante los nobles y ante aquellos de que se rodeaban había desaparecido, pues al comparar estas salas y sus adornos con los prodigios y la elevada belleza que había visto en la estancia secreta de los elfos, este lujo terrenal le parecía opaco, y la presencia de la gente, insignificante. Los jóvenes estaban sumamente encantados con su belleza.

Era febrero. Los árboles se cubrieron mucho antes de lo habitual con su frondosidad. El ruiseñor nunca había aparecido tan pronto. La primavera se presentó en el país con un mayor esplendor, tanto como no podían recordarlo los ancianos mayores. 
 
De todas partes brotaron manantiales que surtían de agua en abundancia a prados y vergeles. Las colinas parecían haber crecido, las regiones donde las parras de uva maduraban se elevaron notablemente, los frutales florecieron como nunca, y una bendición plena de aromas se expandía sobre el paisaje en forma de nubes y de pétalos. 
 
Todo se daba asombrosamente bien, no hubo día en que faltara el agua ni tempestad alguna que dañara las cosechas, el vino brotaba enrojecido de inmensos racimos y los habitantes del pueblo se admiraban sobrecogidos como en mitad de un dulce sueño. El año siguiente fue igual, si bien la gente ya se había acostumbrado a lo maravilloso. En otoño, María cedió a los ruegos de Andrés y de sus propios padres: se hizo su novia y en invierno se casó con él.

Muchas veces recordaba con honda nostalgia su viaje a la región oculta de los abetos; permanecía callada y seria. A pesar de lo hermoso que era todo cuanto la rodeaba, conocía algo todavía más hermoso; por ello, una ligera melancolía transformaba su ser con serena tristeza. 

Le dolía escuchar a su padre o a su marido hablar de los gitanos y bribones que se suponía vivían en la obscura pendiente; muchas veces quiso defenderlos, sobre todo ante Andrés, quien parecía encontrar cierto placer al hablar mal de ellos, pues ella sabía que eran los benefactores de la región. 

No obstante, reprimía siempre sus palabras. Así vivió durante un año, y al siguiente se puso la mar de contenta ante la llegada de una hija, a la cual le dio el nombre de Elfriede, seguramente en recuerdo de los elfos.

La joven pareja vivía con Martín y Brígida en la misma casa, que era suficientemente amplia, y ayudaba a los viejos en los quehaceres domésticos. 

La pequeña Elfriede mostró pronto capacidades y talentos especiales: caminó prematuramente y pudo hablar todo cuando aún no cumplía los primeros doce meses; más aún, después de varios años era tan lista y sensata y de tan extraordinaria belleza que todos la veían con admiración, en tanto su madre no podía dejar de pensar en su semejanza con los relucientes niños que habitaban en la pendiente de los abetos. 

A Elfriede no le agradaba estar con los demás niños; por el contrario, evitaba, hasta el punto de parecer tímida, sus entusiastas juegos, y prefería más que nada estar a solas. Entonces se apartaba en un rincón y leía o trabajaba con ahínco en su delicada costura. 

Muchas veces se le veía profundamente ensimismada o bien caminar de un lado a otro, hablando excitadamente consigo misma. Gustosos, sus padres la dejaban pues era una niña sana y alegre. Pero las respuestas y comentarios extrañamente inteligentes los hacía sentirse preocupados.

–Niños tan listos –dijo la abuela Brígida– a menudo no llegan a mayores, no están hechos para este Mundo. Además, la niña es extraordinariamente hermosa y no se hallará a gusto en este Mundo.

La pequeña tenía la particularidad de disgustarse mucho cuando era ayudada en sus quehaceres; quería siempre hacerlo todo por sí misma. Casi a diario era la primera en levantarse, se aseaba con mucho esmero y se vestía ella sola. 

Era muy cuidadosa por las noches; al guardar sus ropas y vestidos, absolutamente nadie, incluida su madre, tenía permitido acercarse a sus cosas. Su madre la miraba hacer en medio de tales caprichos; aún no sospechaba nada. 

Pero no salió de su asombro cuando, un día de fiesta en que iban de visita al castillo, al mudarle la ropa entre forcejeos, gritos y llantos de la niña descubrió en su pecho, colgada de una cadenita, una extraña medalla de oro; en ella reconoció de inmediato una de las tantas que había visto en la bóveda subterránea. 

La pequeña se asustó mucho, confesó haberla encontrado en el jardín y, al gustarle tanto, la guardó celosamente. Le rogó con tanta insistencia y ternura que le permitiera quedársela, que María se la sujetó de nuevo al cuello y, pensativa y silenciosamente, se encaminó con ella hacia el castillo.

A un costado de la casa había una troje y una construcción donde guardaban los aperos de labranza. Detrás, se hallaba un pequeño prado con un viejo cobertizo que nadie visitaba debido a que después de la nueva disposición de los edificios quedaba muy lejos del jardín. 
 
Era en esa soledad donde Elfriede prefería permanecer; allí nadie la perturbaba, de manera que sus padres no la veían durante gran parte del día. Una tarde, cuando María estaba en las viejas construcciones tratando de poner orden y de hallar alguna cosa, notó que a través de una grieta del muro un rayo de luz caía dentro de la habitación. 
 
Se le ocurrió mirar a través de la grieta para observar a su hija, hallándose con que le fue posible apartar un ladrillo flojo y, de esta manera, ver directamente hacia el cobertizo. Elfriede estaba sentada junto a su banquito y, a su lado, la muy conocida Zerina; ambas jugaban y se divertían en medio de una graciosa armonía. La elfa abrazó a la hermosa niña y, un tanto triste, le dijo:

–¡Mi adorada criatura! Así como contigo, jugué con tu madre cuando siendo pequeña nos visitó. Pero ustedes los humanos crecen demasiado rápido y se convierten rápidamente en gente adulta y razonable. Eso me pone completamente triste. ¡Ah, si permanecieran niños al igual que yo!

–Me gustaría tanto complacerte –dijo Elfriede–, pero todos los míos piensan que muy pronto entraré en razón y que no jugaré más, pues doy claras muestras de ser una niña precoz. ¡Ay! ¡Por si fuera poco, no te volveré a ver a ti, querida Zerinita! Pasa como con las flores de los árboles: ¡qué magnífico el floreciente manzano con sus rojizos y henchidos botones! El árbol crece y se ensancha tanto que cada hombre que camina a su vera piensa también que será algo especial; después llega el Sol, el florecimiento de sus ramas deviene tan felizmente con el duro núcleo en sus entrañas que más tarde excreta el colorido adorno y lo arroja al suelo. Entonces ya no puede ayudársele más en su triste desarrollo, y ha de volver a dar sus frutos hasta el otoño. Ciertamente, una manzana es también placentera y agradable pero insignificante al lado de este florecimiento primaveral. Así ocurre también con la gente; no puedo alegrarme por el hecho de llegar a ser un adulto. ¡Ay, si pudiera visitaros una sola vez!

–Desde que el rey vive con nosotros –dijo Zerina– es absolutamente imposible, pero yo vengo a verte muchas veces sin que nadie me vea ni lo sepa, querida; soy invisible en el aire y vuelo como un pájaro. ¡Oh, vamos a estar juntas mucho tiempo, mientras sigas siendo una pequeña! Y ahora, ¿qué puedo hacer para complacerte?

–Debes quererme tanto como yo te guardo en el corazón; pero hagamos una rosa para nosotras.

Zerina tomó de su pecho su conocido cofrecillo, arrojó dos granos al suelo y, al momento, brotó de él un verde arbusto con un par de rosas de un rojo intenso y que parecían inclinarse y besarse entre sí. Sonrientes, cortaron las rosas y el arbusto desapareció.

–¡Oh, si tan sólo la vida de esta rosa no fuera tan breve! –dijo Elfriede–. Encendida criatura, milagro de la Tierra.

–¡Dame! –dijo la elfa, quien aspiró el capullo antes de besarlo tres veces–. Ahora –dijo al devolvérselo– se mantendrá fresco y floreciente hasta el invierno.

–Quiero guardar esta rosa como si fuera tu propia imagen –dijo Elfriede–; quiero guardarla en el rincón más secreto de mi habitación para besarla todas las noches y todos los días como si fueras tú misma.

–El Sol se está poniendo –dijo Zerina–; ya tengo que irme a casa.

Se abrazaron una vez más y Zerina desapareció.

Por la noche, María tomó a su niña, con una sensación de angustia y respeto, entre sus brazos. A partir de entonces, le dio a su muchachita mayor libertad que antes y, en ocasiones, tranquilizó a su marido cuando éste iba en busca de la niña, lo cual venía haciendo desde tiempo atrás pues no acababa de gustarle su excesivo retraimiento y temía que pudiera volverse una ingenua y poco avispada muchacha. 
 
Sigilosamente, la madre iba repetidas veces ante la grieta del muro y, con frecuencia, encontraba a la pequeña y deslumbrante elfa sentada al lado de su hija, ocupadas ambas en algún juego o en una muy seria conversación.

–¿Te gustaría volar? –preguntó en una ocasión Zerina a su amiguita.

–¡Cuánto me gustaría! –exclamó Elfriede.

De inmediato el hada abrazó a la niña y se elevó con ella de manera que ambas se mantuvieron a la altura del cobertizo. La madre, inquieta, olvidó toda precaución y asomó, asustada, la cabeza con objeto de no perderlas de vista; de pronto Zerina levantó su dedo y, sonriente, la amenazó; descendió con la niña, la estrechó contra su corazón y desapareció. A menudo María fue advertida por la maravillosa niña, quien meneaba la cabeza amenazándola si bien siempre con amables gestos.

María le había dicho muchas veces, en tono de riña, a su marido:

–¡Eres injusto con la gente que habita la casita!

Cuando Andrés insistía en que le explicara por qué estaba en contra de la opinión del pueblo e incluso de la del conde, creyéndose mejor entendida, ella se contenía y, desconcertada, guardaba silencio.

Un día, Andrés llegó a casa a la hora de la comida más impetuoso que otras veces; llegó a afirmar que era necesario desterrar a esa canalla en virtud de que era perniciosa para la región. Ella exclamó entonces, llena de indignación:

–¡Calla! Ellos son nuestros benefactores.

–¿Nuestros benefactores? –preguntó Andrés, sorprendido–. ¿Los vagabundos?

Un arranque de cólera incontenible la llevó a contarle a su marido la historia de su juventud bajo la promesa de guardar el más absoluto silencio, y como se mostrara mayormente incrédulo ante sus palabras y ladeaba la cabeza haciendo más patente su escepticismo, lo condujo a la habitación desde donde acostumbraba observar a su hija y, para su sorpresa, vio a la elfa en el cobertizo jugando con ella.

No supo qué decir. Dejó escapar una exclamación de asombro ante la cual Zerina alzó la vista. Al momento, ésta se puso pálida, tembló con cierta agitación y se mostró hosca sin poder contener su expresión alterada, todo lo cual la hizo comportarse en una actitud amenazante antes de decirle a Elfriede:

–Tú no tienes la culpa de esto, corazón mío, pero nunca conocerán la prudencia por más inteligentes que se crean.

Abrazó a la pequeña, sobresaltada y apuradamente, y voló en seguida como un cuervo, lanzando roncos graznidos, en dirección de los abetos, más allá del jardín.

Al anochecer, la pequeña se mantuvo en extremo callada y, llorando, besaba su rosa. María se sintió presa de angustia; Andrés apenas si dijo algo: se hizo la noche. De pronto susurraron los árboles, los pájaros volaron lanzando angustiosos garlidos, se escuchó el redoble de un trueno que sacudió la Tierra y asimismo quejumbrosas voces que el viento parecía acercar y alejar. 
 
María y Andrés no tenían valor ni para levantarse. Se envolvieron en sus mantas y aguardaron el día temblando de miedo. Por la mañana, la cosa fue tranquilizándose; todo se mantenía en silencio cuando el Sol penetraba con su luz en lo alto de los bosques.

Andrés se levantó y se vistió; al despertar, María se dio cuenta de que la piedra de su anillo se había opacado. Al abrir la puerta, el Sol brillaba ante ellos claramente pero casi no reconocieron el paisaje que había en torno suyo. La frescura del bosque había desaparecido, las colinas eran más bajas, los arroyos corrían cansinos y casi secos, el cielo estaba gris. 

Cuando dirigieron la mirada hacia el abetal, los abetos no les parecieron ni más obscuros ni más tristes que los otros árboles. No había en las casitas situadas detrás de ellos nada que pudiera inspirar ningún temor. Varios aldeanos llegaban y contaban los extraños sucesos de la noche anterior; algunos incluso fueron hasta los solares donde vivían los supuestos gitanos, quienes muy probablemente, según dijeron, se habían ido ya, pues las casitas estaban deshabitadas y su interior se apreciaba como siempre, semejante al de las casas de la gente pobre; incluso parte del mobiliario había sido abandonado.

Elfriede le dijo en secreto a su madre:

–Mamá, por la noche, cuando no podía conciliar el sueño por el miedo a los truenos y me puse a rezar fervientemente, se abrió de pronto la puerta y entró mi compañera de juegos para despedirse. Traía un veliz y tenía puesto un sombrero; traía también un cayado enorme para el camino. Estaba visiblemente enfadada contigo, pues ahora tendrá que soportar las peores y más dolorosas penas por tu causa. ¡Tanto te había amado siempre! De cualquier manera, según dijo ella, abandonarán contra su voluntad nuestra región.

María le prohibió hablar acerca del asunto. Entre tanto, el barquero llegó del otro lado del río; contó cosas extraordinarias. Al caer la noche, según dijo, un hombre de elevada estatura y de aspecto extraño llegó con él para alquilarle la embarcación hasta la hora del amanecer, pero a condición de que se quedara tranquilamente durmiendo en su casa o, al menos, no pasara de la puerta hacia afuera.

–Tenía miedo –continuó el anciano–, pero ese extraño asunto no me dejaba dormir. Me escurrí silenciosamente hacia la ventana y miré hacia afuera buscando con los ojos el río. Grandes y turbulentas nubes flotaban en el cielo y los bosques lejanos susurraban temiblemente. Mi cabaña parecía temblar, y lamentos y aullidos parecían irla cercando lentamente. Entonces miré de pronto una luz blanca que se extendía y se hacía más ancha, como miles y miles de astros caídos del cielo. Palpitando con mucho brillo, se agitó sobre la pendiente del abetal, avanzó a través del campo y se esparció a lo largo de las aguas del río. Entonces escuché por todos lados, como si alguien caminara torpemente, algo parecido a un tintineo y, luego, murmullos. Se dirigieron hacia mi barca y todos treparon a ella; grandes y pequeñas siluetas luminosas, hombres, mujeres y al parecer niños, así como un alto y extraño hombre que iba al frente de ellos hacia la otra orilla. Miles nadaban en las aguas del gran río, al lado de la embarcación, mientras en el aire flotaban luces y nubes blancas, y no había quién diera término a sus lamentos y quejas por tener que viajar tan lejos. El golpe de los remos sobre el agua producía un murmullo aislado de todo lo demás, y después, de pronto, surgió el silencio. Muchas veces atracaba la barca y volvía en todas las ocasiones con una nueva carga. Llevaban consigo muchos toneles de gran peso, que cargaban y hacían rodar unos asquerosos enanos que los acompañaban; parecían diablos o duendes, yo no lo se. Más tarde, en medio de un ondulante fulgor, llegó un engalanado séquito. Un anciano, que montaba un corcel blanco, parecía ser el centro en torno al cual todos se apretujaban; sólo pude apreciar la cabeza del caballo cubierto por completo con unos bellos y lustrosos mantos. El viejo llevaba sobre su cabeza una corona tan brillante que, cuando cruzó el río en dirección de la orilla opuesta, pensé que el Sol quería elevarse y la aurora flameaba frente a mí. Así transcurrió toda la noche; por último me dormí, a la vez alegre y temeroso. Por la mañana todo estaba tranquilo, pero el río casi desapareció, y es tanta su merma que tendré dificultades para gobernar mi embarcación.

En el transcurso de ese mismo año, cuanto abarca la vista iba decreciendo. Los bosques morían, los veneros se agotaban y la región –antaño la común alegría de los viajeros– estaba en el otoño tan asolada, diezmada y yerma por todas partes, que apenas si se mostraba un pequeño sitio, en medio del mar terroso, donde crecieran pálidos yerbajos. 

Los frutales habían desaparecido, las viñas se perdieron y el aspecto del paisaje era tan triste que al año siguiente el conde abandonó con su familia el castillo, que con el curso del tiempo quedó en ruinas.

Elfriede, sumida en la mayor tristeza, contemplaba noche y día su rosa. Recordaba a su compañera de juegos y, a medida que se doblaba y secaba la flor, también ella iba inclinando su cabecita, hasta consumirse antes de llegar la primavera. María iba a plantarse muchas veces enfrente de la casita e imploraba y lloraba por la dicha perdida. Se consumió al igual que su pequeña hija y murió al cabo de pocos años. Entonces el viejo Martín se fue a vivir con su yerno a la región donde antaño había vivido.