La noche del vals y el nocturno - Francisco Tario
Me hallaba yo en un ángulo de la terraza, sofocado por la furia de la danza. Los músicos, en el interior del salón, limpiaban sus frentes rojas y el director de orquesta ordenaba su corbata blanca. Lánguidas parejas de enamorados discurrían por los jardines húmedos cuyas emanaciones no eran más sugerentes que las de las mujercitas pálidas. La luna, rosada, alta, era una extraña perla suspendida misteriosamente sobre el mundo... Invisible y bello, contemplaba yo el espectáculo calladamente junto a los muslos de una dríada de mármol. Entonces, cuando mi abstracción era absoluta, percibí una voz tan dulce que igualaba las melodías más dulces de mi música. Atendí, notando que la voz me hablaba. —¿Quién eres? —pregunté en seguida, sin lograr distinguir figura alguna. —Adivina —insinuó la voz muy tiernamente. Me llevé un dedo a los labios, inclinándome sobre la balaustrada. Luego tomé entre mis dedos una madreselva y balbucí: —¡No sé! —Adivina... —¿Eres también música? —suger...