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La noche de Margaret Rose - Francisco Tario

Decía la carta, escrita poco menos que ilegiblemente:

 

"X. X. Esq.,

91 Cromwell Road.

Londres S. W. 7.

Margaret Rose Lane, inglesa, de 28 años, casada con un multimillonario yanqui, lo invita a usted muy íntimamente a jugar al ajedrez el sábado en la noche."

 

Y al pie, con caracteres de imprenta, aparecía una serie de indicaciones muy minuciosas referentes a la situación exacta de la finca, sobre la ruta de Brighton, a unos veinticinco kilómetros de la costa.

 

Margaret Rose Lane, en mis borrosos recuerdos, se reducía exclusivamente a esto: a una chiquilla muy pálida, etérea, vestida de verde y que jugaba al ajedrez admirablemente.

Escarbando en la memoria, logré, no obstante, reconstruir más tarde determinados pormenores.

Nos conocimos en Roma —no acierto a precisar con ocasión de qué sencillo incidente— en la iglesia de San Sebastián, momentos antes de descender a las catacumbas. La acompañaba, creo, una institutriz francesa, présbita o algo por el estilo, y la chiquilla debía contar por aquel entonces diecisiete o dieciocho años. 

Recuerdo con singular perfección, por cierto, la figura de ella en el antro subterráneo, un poco adelante de mí, portando la misteriosa vela encendida, y cuyos reflejos azules o grises temblaban sobre su cabellera negra como una lengua de fuego sobre cualquier superficie húmeda. 

Resultaba indescriptiblemente sugestivo el contraste de los dos personajes que precedían: el guía —un carmelita de cabellos rizosos y nariz aguileña— y aquella espiritual muchacha, silenciosa, tímida, frecuentemente suspirante, que caminaba altivamente por entre las fosas abiertas y los cráneos diseminados.

Tres veces más nos encontramos. Una, fortuitamente, en el Foro Romano, y las restantes, de común acuerdo, en su propio hotel —¿Hotel Londres?— acompañada de sus familiares. (No recuerdo en qué número, pero tres probablemente.) Durante estas dos últimas entrevistas me fue dado comprobar con natural sorpresa la habilidad poco común de la joven para jugar al ajedrez. Creo que no logré ganarle una sola partida.

Ya a punto de despedirnos la última noche —ellos zarpaban de Napóles próximamente— recuerdo muy bien que me dijo:

—Pronto, muy pronto, Mr. X, se olvidará usted de Margaret Rose...

Esto no tiene mayor importancia y lo habría olvidado sin lugar a dudas, a no ser por lo que ocurrió a continuación.

Nos hallábamos ambos en la sala de lectura del hotel, sentados ante una mesita cuadrada, con mi rey en jaque mate, cuando la joven tendió su mano sobre el tablero y añadió compungidamente:

—¿Por qué es tan ingrata la gente, Mr. X?

Yo aduje no sé qué falso y estúpido razonamiento, pretendiendo disuadirla de tan amarga verdad, mas contra lo que podría esperarse, su reacción fue de lo más inusitado. Retiró el brazo lentamente, palideció de un modo angustioso, clavó en mí sus ojos febriles y balbució con un acento, diré de justo sonambulismo:

—Está bien. Sí, no nos volveremos a ver más...

Acto seguido se cubrió el rostro con las manos y rompió a llorar desconsoladamente.

Apareció la dama francesa, y he aquí lo más singular del caso. Lejos de mostrarse sorprendida o alarmada, se aproximó silenciosamente a la chiquilla, la ayudó a incorporarse ofreciéndole la mano y procedió a secar sus lágrimas, según se hace con una criatura. Entonces, dirigiéndose a mí, con la gravedad más embarazosa, suplicó:

—Disculpe usted, caballero. Creo que le sea fácil comprender.

Las vi alejarse rumbo al vestíbulo y nunca más volví a ver a Miss Margaret Rose.

Yo regresé a América, y veinte días después de mi llegada a Nueva York recibí inesperadamente una tarjeta postal desde Londres. Margaret Rose me recordaba, "agradeciendo infinitamente los excelentes ratos que le había deparado en Italia".

Esta, su imprevista y extraña misiva de hoy, es, a partir de aquella fecha, la primera noticia suya.

¡Cuan sensacional e insospechada es a pesar de todo la vida!

 

A mis cincuenta años, con el cabello blanco y roído el espíritu por un sinfín de achaques físicos y morales, me satisface plenamente percatarme de las reservas de optimismo y vigor que aún conservo bajo estos huesos. No es común ni mucho menos que un hombre en semejantes condiciones logre hallar algo realmente interesante o atractivo en las sencillas y melancólicas cosas que nos rodean. 

El amor, la perfecta salud física, la avidez por tanto placer ignorado, exageran las bellezas existentes. Un día azul y cálido nos exalta; una luna redonda y limpia nos conmueve; sentimos, como parte de nuestra circulación sanguínea, el flujo y reflujo de la marea; la música nos arranca lágrimas o gritos de insensato júbilo; el alcohol remueve nuestros más profundos instintos; la noche nos place por obscura y propicia; el día, por luminoso y alegre. Y ese vibrar de nuestros músculos, ese estampido continuo de nuestro corazón, esa hambre insaciable de todas nuestras potencias físicas e intelectuales, dotan a la realidad de un ropaje opulento de lozanía, transparencia y ardor. De un ropaje que, por desdicha, va destiñéndose lamentablemente a medida que el tiempo avanza, hasta que definitivamente, inexorablemente, como una bella tarde que concluye o un cacharro que se rompe, nos encontramos rodeados de una inanición, una frialdad y unas espantosas tinieblas.

A través de la ventanilla del ferrocarril, contemplo ahora el campo fecundado por los transportes de la primavera. Una dulce y variable brisa mece los juncos, los tallos vivos de las flores, las ramas irisadas de los árboles, la ropa blanca puesta a secar sobre las piedras de los corrales. 

Pasta o abreva el ganado, sumergidas sus pezuñas en el corazón húmedo de la hierba. Cruzan ligeras y alegres las golondrinas, chillando estridentemente. Los arroyos tiemblan con un temblor divinamente musical y tierno. El humo azul o pardo del carbón se tiende alto, alto, bajo el firmamento metálico, desgarrándose en fragmentos —nubes sin coordinación, inconsistentes, absorbidas fatalmente por esa inmensidad solemne y luminosa.

Y yo experimento, en virtud de estos nada sensacionales y siempre repetidos acontecimientos, una impresión de impaciencia que recuerda la del sediento frente a un manantial de agua pura y susurrante. 

Como un genuino adolescente o un ser que jamás ha rebasado los linderos de sus comarcas, presto una atención desmedida a cuanto se desarrolla a mí alrededor. Lógico sería, no obstante, que tras recorrer la mitad del mundo y presenciar —y sufrir también— hechos por demás dolorosos, esta campiña inglesa tan lisa, tan insubstancial, tan flemática, me impulsara a desdoblar el diario y apartar mi vista de lo que mi vista ha contemplado innúmeras veces. 

Pero lejos de ser así, miro al sol bajar, bajar allá en el horizonte, y en mi interior algo también desciende, se ensombrece, calla, y temo —algún día necesariamente ha de ser— que fenezca.

Tal noción de lo inevitable y la luz que se va extinguiendo ocasionan, como de costumbre, que mi ánimo decline y mis pensamientos sean más densos.

Tiro, pues, de la cortinilla, y en el solitario compartimiento del express me entrego a otro género de reflexiones.

Margaret Rose... Margaret Rose... ¡Cuan lejano y obscuro se me representa aquel encuentro! Como si hubieran caído otros diez años a partir del día en que recibí su última carta, escasamente logro ahora revivir el más insignificante detalle. 

Sin embargo, no he dejado de pensar en todo ello durante los últimos días; no he cejado, hasta obtener de mi memoria una información conveniente. Y repito, hoy, ahora más intensamente que nunca, la existencia y proximidad de semejante mujer se me antoja absurda.

Leo y releo su incomprensible mensaje, que conservo en el bolsillo.

Margaret Rose... Cierro los ojos, con objeto de acoplar bien sus rasgos fisonómicos y, en cambio, evoco intempestivamente un ademán suyo, olvidado por completo: aquel de extender su mano fina y blanca hacia una pieza del ajedrez, tocarla después por la punta y hacerla al fin deslizarse sobre el tablero con un movimiento raudamente misterioso... Margaret Rose... singular y extraña criatura, siempre vestida de verde, a quien veo ahora reclinada contra un árbol, exhausta, sofocada por el tórrido sol italiano, observando cuanto la rodea con una expresión peculiar de insensibilidad o desconfianza... Margaret Rose... en la actualidad casada con un multimillonario yanqui...

El tren da una brusca sacudida, se detiene ruidosamente, y cruzan por el pasillo en ese instante gran número de viajeros con su exiguo equipaje en la mano.

...¿Una chocante aventura de amor? ¿Un candoroso e inocente rapto de sentimentalismo? ¿Una excentricidad, entre infantil y enfermiza, de una mujer rica y joven que se aburre? ¿Un propósito secreto, una necesidad urgente y grave de ayuda, insoluble para mí, pero angustiosa e intransferible para ella? ¿Un chantaje? ¿Una cobarde venganza de mis numerosos enemigos...?

Cuando echo pie a tierra, un hombrecillo azafranado se me acerca en el andén de la estación e inquiere mi nombre. Tan luego me identifica toma mi maleta decididamente, invitándome con un gesto a seguirlo. Él delante, yo detrás, cruzamos la sala de espera, descendemos unos peldaños negruzcos y llegamos hasta un espléndido carruaje tirado por un magnífico tronco de caballos blancos.

De la obscuridad total de la noche emergen a ambos lados del camino aisladas luces muy débiles, a cuyo resplandor, sin embargo, el follaje adquiere una vivacidad submarina y misteriosa. Los caballos, en pleno galope, se internan por regiones profundas, inusitadamente sombrías, y cuyo murmullo es en extremo agradable. 

Las curvas son numerosas, a veces muy pronunciadas, y yo tengo que asirme fuertemente del vehículo a fin de no salir despedido. Percibo, casi a intervalos iguales, el golpe del látigo en el aire. Croan las ranas en un próximo estanque que adivino, desaparecen ocasionalmente los faroles, los caballos aceleran su marcha y, arriba, un puñado de insignificantes estrellas tiembla sobre el cielo cárdeno y compacto.

De pronto, las luces de una casa que a simple vista me parece gigantesca se destacan sobre las copas de los árboles, a regular distancia. Nos detenemos frente a una gran verja, cubierta a tramos por floridas y exuberantes enredaderas. En el edificio —simultáneamente a nuestra llegada— se van apagando las luces, hasta quedar una sola ventana iluminada en la planta alta. Se apea el cochero y yo lo imito, disponiéndome a seguirlo. Enciende una lamparilla eléctrica. 

Durante diez minutos, más o menos, bordeamos la enorme huerta, bajo una imponente masa de fronda que el viento arrulla blandamente. Una pequeña puerta ojival, empotrada en el espeso muro a manera de cripta, parece ser de momento nuestro destino. Mi acompañante posa la maleta, extrae una llave del bolsillo, introduce ésta en la cerradura y la puerta cede, no sin cierta resistencia. 

En el interior la luz es escasa, algo amarillenta y titubeante. Ascendemos a tientas a lo largo de una empinada escalera de caracol que trepa hacia las tinieblas. Las paredes desnudas, la ausencia total de mobiliario y cierto olor penetrante a guisos y especias, me advierten que nos hallamos en la zona de servicio. Empero, no se escucha ruido o voz alguna, cual si la casa estuviese deshabitada o todos sus moradores durmieran.

Ya arriba, cruzamos un vasto corredor de piedra, que cubre raída alfombra escarlata. Otra puerta que franqueamos. Un pequeño recibidor, totalmente a obscuras, y una puerta más, contra la cual el cochero golpea enérgicamente. 

Pretendo, a un tiempo, hacer aceptar a éste una propina, dando por terminado mi viaje, pero él rehusa una vez y otra. Desaparece al cabo con mi equipaje y yo distingo los pasos blandos de alguien que se aproxima en la silenciosa estancia. La puerta, en efecto, se abre, y me encuentro de manos a boca con Margaret Rose Lane en persona.

Margaret Rose —ahora sí recuerdo— exactamente igual a como la conocí hace diez años. Igual de lánguida, de pálida, tal vez un poco más frágil, con sus dos ojos negros, fenomenales —¡no sé cómo haberlos llegado a olvidar tan fácilmente!— y su cabellera negra, lacia, recogida sobre la nuca.

Permanecemos en pie uno frente a otro, en silencio, mirándonos atentamente. Ella esboza una sonrisa y yo, sin explicarme la causa, no encuentro nada oportuno que decir. Lo intento en vano repetidas veces.

—Margaret...—articulo al cabo trabajosamente.

Muy grave, muy aérea, con su bata verde hasta los tobillos, cierra la puerta con llave y me muestra un asiento.

Ocupo el sillón, exageradamente mullido y amplio, del cual emerge mi tronco como el de un exiguo arbusto en una gran zanja. Se sienta ella frente a mí, con una extraña impasibilidad en el rostro. Nos separa una mesita de ajedrez con las piezas listas. Arde —no sé por qué razón en primavera— un fuego gigantesco en la chimenea de piedra. El salón parece inmenso, dando la impresión de hallarse vacío.

—Margaret... —prorrumpo de nuevo; y mi voz es tan lejana que me sorprendo de ser yo mismo quien esté hablando—. ¿Es todo esto acaso un sueño?

Ella sonríe, fijas, fijas sus fenomenales pupilas en mí.

—¿Es esto un sueño? —repito instintivamente, tratando de provocar otra vez aquel terrible eco que se escurre por los muros, casi corpóreo.

Ríe y no habla, tal vez complacida de mi turbación.

Y en efecto: una desazón agudísima, completamente indescifrable, yase apoderando de mí a cada minuto que transcurre. Una sensación por demás extraña, ni de incomodidad o angustia, ni de ansiedad o sobresalto, ni de pavor o desconfianza, sino propiamente de vacío, de inestabilidad o ausencia, como si mi personalidad, pongo por caso, fuese anulada gradualmente por otra personalidad intrusa que ocupara su lugar. Bien como al despertar de un sueño, bien como al entrar en él...

—Margaret —insisto; y del techo se desploma una voz que no es la mía—: "Margareeeet".

Continúo:

—No sé de qué singular impresión he sido víctima al penetrar en este lugar y encontrarme con usted de nuevo. ¡Discúlpeme! Cuando recibí su carta, hace apenas unos días, me sentí poseído por un vivo afán de recordar, recordar juntos y libremente aquellos lejanos momentos de Italia. Pero ahora, vistas sensatamente las cosas, no sé si deba reprocharme el haber acudido a la cita. No es prudente ser irreflexivo y considero haberlo sido esta vez de sobra...

Ríe, ríe ella; mostrando sus dientes pequeños, cuadrados. Y la risa le agita el cuerpo y se estrella después contra los muros, con un sonido semejante al que produce el granizo golpeando un tejado de lámina.

—No, no es prudente lo que hemos hecho...

No cesa de reír, tapándose el rostro con ambas manos, y estoy a punto de saltar sobre ella para hacer cesar de una vez por todas aquella risa.

—¿Se burla usted de mí? —exclamo reprimiéndome, pero comprendiendo ya que algo más grave y siniestro se esconde tras de aquellos labios convulsos.

Ríe, ríe y me mira, un poco ladeada la cabeza.

—¿Es para esto, Margaret Rose, es para esto para lo que usted me ha hecho venir a su casa? ¿Es para esto...?

Una sobreexcitación inaudita se ha apoderado ya de mí. No acierto a coordinar bien mis reflexiones y mucho menos a buscar un medio juicioso de acallar aquella risa que, penetrándome por los oídos, se derrumba en las tinieblas de mi cuerpo resquebrajándome los nervios.

—¡Basta, basta ya, Margaret! —suplico incorporándome, aunque sin decidirme a ir hasta ella—. Es posible que se halle usted fatigada, un poco enferma... Convendría que se retirara a descansar ¿le parece? ¡Le prometo volver en cuanto usted me lo indique!

Ríe ahora más escandalosamente, examinándome de arriba abajo. Ríe, y aquella catarata de risa que amenaza con no terminar nunca le ha sonrojado levemente las mejillas y llenado de lágrimas los ojos. Ríe, y en la lóbrega intimidad de la estancia aquella boca abierta, crispada, se ilumina intermitentemente con el fulgor de las llamas. Ríe, ríe, mientras me apresto a salir, encaminándome hacia la puerta. 

Pero de pronto calla. Y un silencio desmesurado, sobrenatural, se extiende en torno mío; un silencio no semejante a ningún otro, que me hace detenerme. Vuelvo el rostro, temiendo encontrarme con un cuerpo exánime sobre la alfombra y me hallo, en cambio, con un semblante hierático, frío, perfectamente inmóvil, sobre un cuello erizado y firme como la punta de una roca. Nos miramos desconfiadamente, tal vez asustados de nosotros mismos. 

Permanecemos así largo rato, yo al extremo opuesto de la estancia. El silencio o mi sangre zumba. Llamean los leños. Y, maquinalmente, como si aquella extraña personalidad a que he aludido antes actuara ahora sobre mis músculos, hasta tal punto que todo intento de defensa es vano, giro en redondo, vuelvo sobre mis pasos, torno al sillón, y me siento.

Enorme, profundo y alucinante es el silencio que reina.

Pero Margaret Rose echa atrás la cabeza, entrecierra un poco sus fenomenales ojos y musita con una languidez malsana, moviendo rítmicamente los labios:

—¡Esta estúpida risa!

Suspira.

—¡Es horrible esta risa, Mr. X! ¡Horrible horrible esta risa que no sé de dónde me brota...!

Yace inmóvil, con una visible expresión de tristeza, en un completo abandono, dejando fluir las palabras, dulces, acariciantes, dolorosas.

—Horrible horrible, porque en las noches, cuando todos duermen y nadie escucha, la risa anda por ahí suelta, golpeándose contra las puertas siempre cerradas. ¡También son horribles las puertas cerradas, Mr. X!

No sé qué especie de fascinación emana de su rostro, ahora extático.

—Contra una huerta cerrada uno llama ansiosamente y nadie abre... Contra una puerta cerrada no queda nada qué hacer: sólo reír, reír, y la risa es un tormento. ¡Mas ni aún así se abre! Podemos dejar allí nuestras entrañas, caer sin sentido o volvernos locos, y no hay una sola mano que empuje la puerta... ¿No es esto detestable, Mr. X?

Más y más su inmovilidad se intensifica, y su mirada se pierde en la bóveda invisible, y sus palabras brotan enervantes, demasiado lentas, como un veneno mortífero aunque de sabor extraordinariamente exquisito.

—¡Esta maldita risa!

Otra vez el silencio insufrible.

Y una idea pavorosa, incomprensiblemente olvidada, se ilumina en mi cerebro. Una idea de cuya naturaleza no había tenido hasta ahora el menor atisbo y que me deja paralizado allí sobre el asiento, en estado poco menos que inconsciente.

"Margaret Rose Lane había fallecido hace tiempo."

¿Cuánto? No puedo aclararlo en tan espantosos momentos, pero la certeza de tal hecho no ofrece lugar a dudas. Tal vez cinco años, seis... ¿Acaso no recuerdo muy distintamente el momento preciso de recibir la noticia? Un diario en el club, cierta noche...

—¡Margaret! —exclamo incorporándome bruscamente, con un temblor irreprimible en los labios—. ¡Margaret! ¿Es cierto?

Debió sobrecogerla mi voz, el sudor que me arroyaba por las sienes, mi expresión indudablemente diabólica, porque su actitud es por completo distinta a la adoptada hasta ahora. Se incorpora también, avanza sin ruido —como un verdadero fantasma— y muy próxima a mí, hasta hacerme sentir la tibieza de su aliento, pregunta:

—Mr. X, ¿qué le ocurre? ¿Se siente usted enfermo? ¡Oh, tranquilícese!

—¡Margaret! ¡Margaret! —prorrumpo retrocediendo, tratando de evitar a toda costa el menor contacto con aquel ser abominable—. ¡Dígame la verdad, es preciso!

—¿La verdad? —sonríe muy tristemente y, ante mi creciente anonadamiento, reclina con suavidad su cabeza en mi hombro—. La verdad, Mr. X, es que soy muy desdichada...

Prosigue:

—¡He pensado en usted como no puede imaginarse! —y dos lentas y amargas lágrimas le arroyan hasta los labios, se le desprenden del rostro y saltan sobre mi hombro—. ¡Mi vida pudo haber sido tan distinta...! Pero era aún una chiquilla, ¿me recuerda usted bien? No tuve valor. ¡Oh! Si aquella misma tarde la tierra se hubiera desplomado y todo hubiese concluido en un segundo habría sido mejor...

Llora, llora, y ambos, de pie junto a la lámpara encendida, no somos sino dos seres absurdos, especie de ilusiones, cuya presencia habría sobrecogido al ánimo más templado de la tierra.

—¡Algún día si usted gusta le haré mis confesiones y usted se horrorizará! ¡Qué terrible, oh, qué terrible y espantoso ha sido todo!

Mira con inquietud repentina a todos lados, como temiendo que esté por presentarse aquello de lo que tan desesperadamente habla.

—Cuando subíamos de las catacumbas, sobre el último peldaño de la escalera, usted me ofreció su mano. Era ya dentro de la iglesia... El carmelita aguardaba... Mademoiselle Fournier se había quedado un poco atrás...Yo dije: "Lléveme con usted para siempre, se lo ruego". Era mi salvación, la única oportunidad de ser realmente libre. Pero el miedo ahogó mi voz y usted no me oyó, Mr. X. Ni al día siguiente, ni después, volví a atreverme; no, no me atreví. ¡Y el drama no tuvo remedio!

Sus cabellos fríos rozándome el rostro y el temblor convulso de sus brazos alrededor de mi cuello son las dos únicas cosas que percibo con mediana realidad. El resto: aquella voz melodiosa y titubeante; el fuego que vomita la chimenea; los muros altos y ennegrecidos; los muebles en las sombras; las lágrimas ya frías sobre mi carne... son testigos confusos y horripilantes del dolor de una mujer infame que sufre sobrehumanamente, con dolores nada parecidos a los de los hombres.

—¡El drama no tuvo remedio! ¡El drama no tuvo remedio! —insiste ciñéndose a mí.

Y otra voz en las alturas, por encima de la gran araña en penumbra, repite melancólicamente: "¡El drama no tuvo remedio!"

Criatura inconsolable, infinitamente desdichada, víctima tal vez de algún tormento monstruoso y secreto, Margaret Rose vacía su alma en mi alma; y yo, progresivamente, sin esperanza, inevitablemente, como un moribundo en su sopor, voy abandonándome al éxtasis, a cierta especie de ebriedad espiritual —no sé si inconsciente o tácita— y a un desmoronamiento físico, típicamente agónico. 

No obstante, mediante un segundo de lucidez intensísima capaz de iluminar el cerebro de todos los hombres, logra substraerme al hechizo de aquella voz de ultratumba y me desprendo de la mujer con violencia. La arrojo contra el asiento. Cae ella del primer golpe, su débil cuerpo enrollado como un trozo de serpentina. Negros, fenomenales los ojos, fijos en mí sin expresión alguna.

Puedo gritar:

—¡Estás muerta! ¡Estás muerta! ¡No oses moverte más porque estás muerta!

Y ella calla, infinitamente triste, mirándome bien a los ojos, con una mirada tan semejante a la de un perro, que me estremezco.

—¡Estás muerta! ¡Estás muerta! —continúo gritando—. ¡Aparta, porque estás muerta!

De pie, bajo el invisible techo, pregoné mil veces creo durante la noche entera la verdad pavorosa y escalofriante. Y creo también que, durante todo ese tiempo, sus ojos no pestañearon o se movieron, fijos, fijos en mí, fenomenales y negros.

—¡Estás muerta! ¡Estás muerta!

Debió ser un rapto de locura mutua, no sé.

A poco, Margaret Rose tendía graciosamente su mano blanca y larga hacia un alfil del tablero y, haciéndole deslizar por entre las demás piezas, balbucía tiernamente, con su voz cálida y tranquila:

—-Jaque mate.

De nuevo me derrotaba, y de nuevo iniciábamos otra partida.

—-Jaque mate -—otra vez.

Así repetidas veces.

—¡Oh, Margaret Rose! Juega usted admirablemente.

Y el humo de nuestros dos cigarrillos se mezclaba en la atmósfera pesada, ascendía hasta el techo, formaba bellas nubes ondulantes y se perdía, perfumado y alegre, en las dulces sombras nocturnas. Y reíamos confiadamente, y evocaba ella con frases interrumpidas tantas y tantas olvidadas reminiscencias: el carmelita austero, de espesos cabellos ensortijados, que pronunciaba el inglés con cierta entonación sollozante; los pinos lánguidos y solitarios de la Vía Apia, semejantes, en los atardeceres romanos, a largas copas de zafiro, rebosantes de un vino denso y escarlata; el Pincio, con sus fuentes espumosas; Santa María la Mayor, San Pietro in Vincoli; el Trevi, el Foro, las negras rejas de encaje...Y las piezas se deslizaban sobre el tablero, gemía muy dulcemente la brisa, asomaba a intervalos la luna, y un bienestar casi voluptuoso me recorría las venas.

No, no logré derrotarla.

—Admirablemente, admirable... —exclamo al fin, dándome por vencido.

Mas, inopinadamente —clarea ya el alba—, Margaret Rose me mira aterrada, pálida como un trozo de mármol. Sus ojos rebasan las órbitas, sus brazos tiemblan convulsamente. No sé qué dentro de ella, como un pájaro endemoniado, comienza a despertar y manifestarse. 

Chasca los dientes, gime, contrae los músculos del cuello, trata de apartar la mesa con sus piernas rígidas, se endereza un poco, ríe, y, al cabo, lanza un pavoroso grito, increíblemente prolongado que recorre la estancia y después huye por la casa. 

Fijos, fijos en mí sus fenomenales ojos, parecen no lograr desasirse de algo que los cautiva, que los subyuga, que los espanta y los somete irresistiblemente. Me pongo en pie, sobresaltado, comprendiendo que algo muy grave sucede. La llamo inútilmente por su nombre; la sacudo por los hombros; fríos, fríos están sus brazos y cubierta de sudor su frente...

Ha transcurrido el tiempo y aún aquel grito se enrosca afuera entre los árboles.

—¡Margaret! ¡Margaret Rose! —imploro.

Y los ojos fijos, irracionales.

—¡Margaret Rose!

Suenan pasos cercanos y una puerta se abre. De la penumbra, no sé a través de qué cortinajes o sombras, emerge un hombre en pijama, alto, joven, atlético. Viene descalzo y con los cabellos enmarañados sobre la frente. Justamente conturbado, no repara en mí. Por el contrario, cruza a mi lado a toda prisa, en dirección a la joven. La acaricia, la besa, le ordena unos cabellos sueltos tras de la oreja. Se sienta sobre el brazo del sillón.

—Margaret Rose... Mi pobre Margaret Rose... —le dice persuasiva, doloridamente, pasándole sin cesar la mano por la frente.

—¡Caballero! —me decido a exclamar, con un febril estremecimiento en los párpados.

Mas el hombre continúa sin advertirme, acariciando aquel exangüe y sudoroso cuerpo.

—Margaret Rose, anda a dormir, criatura... Otro día jugarás al ajedrez, ¿te parece? Margaret Rose, obedéceme...

—¡Caballero! —grito por segunda vez, con todas mis fuerzas—. ¡Caballero!

Margaret Rose abre suavemente los ojos y, al verme de pie frente a ella, torna a gritar tan frenéticamente como antes, señalándome con un dedo.

—"James! ¡Ahí está, ahí...! ¡Míralo!

Y se desploma sin sentido.

Su marido mira hacia donde yo estoy —rozándole casi la espalda— y mueve tristemente la cabeza. Luego, con su esposa en brazos, cruza a mi lado misteriosamente. Así los veo desaparecer, lúgubres, silenciosos, lentos, por entre los cortinajes rojos...

Y yo   descubro,   alarmado,   que   no   soy   ya   sino   un melancólico y horripilante fantasma.

La noche del muñeco - Francisco Tario

 Me hubiera gustado ser asesino, cirquero o soldado, y soy, en cambio, un grotesco muñeco de trapo: lívido, enclenque, sin ninguna belleza. Tengo dos ojos pasmados e insulsos, demasiado redondos; dos orejas monstruosas y blandas que me llenan de vergüenza; una nariz chata, con dos orificios absurdos por donde meterán sus deditos los niños en cuanto caiga en manos de ellos. Tengo una boca ancha, sin dientes, que se prolonga hacia abajo en un rictus de amargura; mi cara es deforme, antipática y blanca como la luna; mis piernecitas y brazos penden del tronco sin ninguna gracia, con sus dedotes tan pésimamente imitados que a todos producen risa...

Nadie me mira. Nadie me compra.

Desde mi solitario ataúd de cartón veo desfilar por las aceras rostros de niñas y niños que se trastornan de gozo ante cualquier chuchería: una aldeana panzona, una pistola de agua, un camello con su botín, un carro de bomberos. Los veo saltar y chillar con sus piernecitas rosadas y sus vocecitas tan frescas. Los ojos se les inundan de llanto, retratada en ellos la alegría. Pero no me compran, no se percatan siquiera de mi presencia; cuando más, detienen en mí sus miradas perdidas con una expresión titubeante o desconfiada. ¡Yo los entiendo de sobra! Se preguntan:

"¿Y qué es eso tan viejo y tan feo que está al fondo del escaparate?"

Las personas mayores se ríen, se mofan de mí; pero esto no me importa en absoluto. Las personas mayores son gente mal educada y sin ningún sentimiento.

En cierta ocasión, por ejemplo, descubrí desde mi celda a un caballero extremadamente elegante que llevaba un niño de la mano. Repasaban ambos el escaparate en busca, me imagino, de un juguete de primer orden. Miraban, miraban y no me veían. De pronto, me estremecí. Sobre mis ruinosas carnes de trapo acababan de posarse los ojos claros del niño. Reflexioné:

"¡Si me llevara...! El niño parece rico y me dará los mejores tratos. Me conducirá asimismo a un soberbio palacio y me hará dormir en su propia camita: una camita muy tibia, muy suave, junto a una ventana, con las sábanas de lino y las almohadas de pluma. A él le narrarán por las noches cuentos encantadores y, yo, fingiendo dormir, podré escucharlos perfectamente. Jugaré con su gato y su perro, con sus otros juguetes... ¡No me destrozará!"

Tal cosa pensaba yo, cuando el niño levantó su carita hacia el caballero que lo acompañaba y preguntó algo que no acerté a comprender, porque hablaba un lenguaje extraño. Entonces el caballero me observó estupefacto y, señalándome con un dedo, rompió a reír del modo más innoble. Se burlaba ignominiosamente, despiadadamente, como no debe burlarse nadie de las cosas tristes y feas. Los vi alejarse por entre los carruajes, y aquella noche no conseguí cerrar los ojos.

—¡Qué miserable he nacido! —me decía continuamente.

Y miraba en la penumbra hacia los juguetitos más pueriles, tratando de dar con algo más deplorable que yo. No pude encontrarlo. Aun el soldadito de plomo es apuesto: tiene su fusil o su espada, sus charreteras, su cinturón de charol, sus bigotes muy bien simulados. La pelota es esférica, rueda, sube al cielo, tiene colores muy vivos y un olor muy especial. Las herramientas de carpintero son útiles y brillan. Los orangutanes tienen su pelo sedoso; los osos, su mirada suplicante; los pingüinos, sus alas graciosas. Y yo soy tan torpe, tan áspero. Tengo dispuestos los miembros de tan maldita forma, que soy incapaz de ejecutar un movimiento agradable y ligero; un movimiento, pongo por caso, como los que realizan a diario esas bailarinas aladas, vestidas de tul, que son mis únicas amigas en este bazar abominable.

Y así es evidentemente. Vivo solo, arrumbado, como un tonto despreciable transportado a un planeta de hombres listos.

Mientras dura el día, me entretengo en la vitrina. La calle es céntrica, muy concurrida, y por ella desfilan cosas subyugantes, todas reales: caballos que trotan, perros que ladran y hacen sonar sus uñas, niños que chupan golosinas, tranvías con pasajeros en sus asientos, policías muy serios... Cada día pasan cosas distintas y, cuando además hace buen sol, los colores brillan irresistiblemente hasta herirme la vista. Así me distraigo.

Pero de noche, en cuanto el empleado echa abajo la cortina de acero y apaga todas las luces, la soledad me envuelve, siento frío, y me entran unas ganas locas de llorar. Y lloro. Lloro a escondidas, sin ningún aspaviento, medio muerto de miedo, pues aunque mi dolor es muy profundo, cierta vez que las bailarinas me sorprendieron en semejante trance ocurrió un hecho verdaderamente vergonzoso. Me preguntaron ellas, del modo más solícito:

—Bobby, ¿qué tienes? ¿Por qué lloras?

Y Petrouchka replicó altaneramente, según es su costumbre:

—Llora por feo... ¡por eso llora!

Mas no conforme con eso, hizo venir a todos sus amigotes para que me formaran corro y me pincharan las nalgas con alfileres. No obstante, admiro a Petrouchka. Petrouchka es un muñeco caro que no parece muñeco. Es travieso, inteligente, dicharachero y audaz. Tanto, que afirma ser conocido en el mundo entero: aun por las personas que van a los teatros y se visten de levita; aun por las personas que habitan países remotos y hablan lenguas horribles; aun por esas señoronas tan vanidosas que cruzan la calle abrumadas de pieles, mientras yo me achicharro de calor en la vitrina...

Hay noches en que Petrouchka se emborracha —temo que con vodka— y ronda el comercio saltando y bailando. Canta una música extraña que sin saber por qué me entristece. Alguien grita entonces:

—¡Calla, Petrouchka!

Y él canta y canta.

—¡Calla, Petrouchka, te digo!

Pero él no se somete a nadie. ¿Será un revolucionario?

Una vez, me arriesgué y le dije:

—¿Qué es eso que cantas, Petrouchka?

Y él, dando una patada en el suelo, replicó al punto con su voz ronca y tonante:

—¡Canto mi música!

—¿Y cuál es tu música? —indagué, asombrado.

Soltó una carcajada tan espantosa que hizo temblar los cristales. Luego, dando palmadas, se puso a chillar, hecho un loco:

—¡Pinocho! ¡Pinocho! ¡Pinocho!

Acudió el bufón del bazar, que ha viajado mucho. Petrouchka le dijo:

—Anda, dile a este tonto qué es lo que canto.

Y Pinocho, con sus narizotas rojas, me tocó en el codo con el mayor misterio.

—¡Mi pobre Bobby! Canta... pues canta lo que compuso para él el señor Stravinsky.

Dicho esto, el aludido empezó a correr de un lado para otro, dando increíbles piruetas y escupiendo las paredes. Cuando se detenía gritaba, exhalando vahos de nicotina y cerveza:

—¿Has oído? ¡El señor Stravinsky! ¡El señor Stravinsky! Pero ¿qué sabes tú de eso, indecente pelele? ¿Has ido acaso alguna vez a la ópera?

Todos se rieron de mí, y los que estaban en sueños despertaron. Me retiré, pues, a dormir compungidamente, pensando qué agradable hubiera sido tener una mamá muy buena que en vez de reprenderme o mofarse me consolara diciéndome:

—¡Infeliz Bobby, no llores! ¡Algún día el señor Stravinsky compondrá para ti algo muy importante!

Y yo replicaría entonces, entre riendo y llorando:

—Sí, para que se burlen de mí los hombres...

Es de noche y rondo por el local. Todo está en silencio. Oigo, apenas, la lluvia que cae afuera y el ronquido de los muñecos niños. Nunca he visto la calle a semejantes horas, pero debe ser tan pavorosa que no sé cómo haya quien se arriesgue a transitar por ella... Avanzo en puntas, sigilosamente, procurando no hacer ruido. Unos muñecos duermen en paz, reclinadas sus cabecitas en los estuches nuevos, con sus ojitos azules cerrados y las manos sobre el pecho. Puesto que son bellos y caros, sus sueños deben ser exquisitos: lo adivino en la actitud de sus miembros, en las sonrisas de sus bocas. Extasiado me acerco y descubro sus corazoncitos latiendo, latiendo. Quisiera despertarlos e informarme:

—Dime, ¿qué sueñas?

Otros —los más apuestos— frecuentan rincones obscuros y blandos, acompañados de dulces amiguitas a quienes cortejan, abrazan o narran misteriosas leyendas. Sus compañeras sonríen, agitan sus cuerpecitos y al fin ceden. Y ellos les posan los labios sobre las mejillas de ellas, oprimen sus cinturitas tan puras, les ordenan artísticamente las trenzas, les deshacen las arrugas del vestido, las arrullan entre sus brazos.

Hay un muñeco poeta al que se disputan aquí las mujeres. Es un personaje rubio, con las pupilas de lapislázuli y las manos de terciopelo. Ellas lo asedian, lo miman, le bailan. Y él sonríe fascinado, gentil, con una sonrisa tan amplia que a mí no me cabría en el rostro a menos que me mordiera una oreja.

—Poeta amigo —le susurran—. Dinos algo.

El poeta, entonces, con su voz ágil, apasionadamente, desgrana una de esas poesías románticas que yo quisiera estar escuchando siempre.

Pero he aquí que ahí viene. ¿Me escondo? ¿Huyo? Inútil, me ha visto. Mas, ¿por qué tiemblan mis manos? ¿Por qué me zumban las sienes?

¡Ah! Viene con Mariuca, la bailarina blanca, la bailarina alada, la más divina de las bailarinas del mundo. ¡Cómo amo a Mariuca! La amo perdidamente, delirantemente, insensatamente, con todo mi corazón de trapo, con mi pobre alma de muñeco. Pero ella es tan dulce que lo sabe y no se burla; ni siquiera se lo ha confiado a nadie. ¡Mariuca! ¡Mariuca!

Durante las noches, cuando todos duermen y la melancolía me invade, ella se desliza hasta mi aposento y me sacude por los hombros.

—Bobby tonto, ¿qué tienes?

Siempre, siempre me dice lo mismo.

Yo pienso que soy feo, que estoy solo y que soy ya un hombre. Me turbo, no hallo qué contestar. Al punto Mariuca se inclina, apoya sus manos en las mías y me besa. Pero no me besa en la boca, sino en la frente. Me besa, no como muñeca tentadora y joven, sino como muñeca fea y piadosa. Y se va. Y yo comprendo por qué se marcha.

Ahí viene: coqueta, perfumada, linda. Viene con el poeta del brazo. Él la mira emocionadamente y, a intervalos, hunde sus dedos finos entre los bucles de ella. ¿Qué le estará proponiendo? ¡Cuan bellos deben sonar sus madrigales!

Se me acercan. Me detengo, sin saber qué dirección tomar. Vacilo. Acto seguido, Mariuca me tiende la mano y el poeta repara en mí con lástima. Ella prorrumpe:

—¡Venimos de la iglesia! —y me muestra un azahar.

Creo que voy a desmayarme.

—¿Te has casado, Mariuca?

—¡Me he casado, Bobby! ¿No te alegra?

Muevo afirmativamente la cabeza, apretando los labios.

—¿No te alegra? —repite.

—Sí me alegra —respondo.

—¡Invitémosle a la fiesta! —sugiere el novio, con un dejo de amargura.

Mariuca consiente, y ambos se miran largo tiempo a los ojos, igual que si no hubiera nadie frente a ellos.

Pronto, se organiza el sarao. Los novios, dando palmadas, despiertan a todo el mundo. Algunos muñecos, amodorrados, acuden a regañadientes, mas pronto se entusiasman y comienzan a dar saltos mortales alocadamente. Otros chillan, sacudiendo campanillas y violines; suenan trompetas y risas; coplas; se encienden los farolillos chinos; se despeja el local, apartando a los juguetes de poca monta. Los músicos se instalan sobre un mueble muy alto... Alguien golpea el tambor... Estallan cohetes de colores... Fuera, cae triste la lluvia: chip, chip, chip... Ruedan trenes, bicicletas, cochecitos... ¡Es una baraúnda indescriptible que está a punto de enloquecerme!

Comienza, por fin, el baile y cada cual toma a su pareja. Suena un vals. Otro. Otro. Una especie de polka. Y yo miro evolucionar a las muñecas con sus falditas transparentes y cortas, con sus piernecitas rollizas, con sus pechos como melocotones. Bailan, bailan regocijadamente, arrebatadamente, como muñecas que son, suspendidas de los hombros de los muñecos, haciendo alardes de precisión y gracia.

En esto distingo una voz a mi lado que me hiela la sangre de espanto. Es Mariuca invitándome.

—¿No bailas?

Tengo lágrimas en los ojos.

Replico:

—¿Contigo?

—¡Conmigo, claro!

Me toma violentamente y pierdo casi el sentido. Mis pies, cada vez más torpes por la vergüenza, se enredan en las piernas de ella, la rasguñan. Estoy a punto de caer. Oigo la música remota, demasiado confusa, cual si sonara en el pico de una montaña y yo me hallara en el fondo de un precipicio.

Musito:

—Si no sé bailar, Mariuca...

Mas ella está tan alegre que no presta atención a lo que digo. Gira, gira, inventando nuevas cabriolas.

Y los espectadores ríen a mandíbula batiente, se desternillan; se azotan unos contra otros, exagerando su júbilo; me lanzan bromas impías; se mofan de mis ojos redondos, de mi vientre polvoso, de mis pantorrillas torcidas, de mis orejas. Algunos me arrojan canicas, con la esperanza de verme caer; pero yo me sostengo no sé de qué modo, y también giro, grotesco, humillado, hecho un andrajo, con los ojos repletos de llanto y el corazón partido por la mitad.

Cuando concluye la danza, todo el mundo rodea a la novia, agasajándola, y yo me escabullo secretamente hacia la soledad bienhechora, adonde no haya ruido ni luces. Allí me siento y lloro. Lloro a gusto, fatalmente olvidado. Lloro por Mariuca que ya tiene marido; lloro por esa música tan triste que están tocando; lloro por los niños pobres que no tienen juguetes. Lloro, y cuando no me restan ya más lágrimas, me duermo. Y tengo un sueño prodigioso; tan prodigioso como creo que no exista otro en el mundo.

Sueño que amanece, que el sol brilla ardientemente, que los pajaritos cantan, que se entreabren las flores... y que me escapo. Que huyo por calles desconocidas y tenebrosas en las cuales no hay tranvías, ni perros de carne, ni señoronas con pieles, ni caballeros con niños de la mano... Que me interno en un portalón muy viejo, enlodado por la lluvia de la noche, y que trepo por una escalera muy empinada, parecida a las de los carros de bomberos. Casi estoy a punto de caer muerto de fatiga y miedo, cuando percibo una voz lastimosa que me pregunta:

—¿Eres nuevo en esta casa?

Es un niño pobre que juega con dos canicas de barro. Está sucio, casi desnudo, y se echa de ver que no se limpia nunca las narices. Pero sus ojos brillan animadamente, cual si en su interior latiera un alma distinta a la de las demás personas. Enmudezco, me hago su amigo. Y jugamos juntos: yo con una canica y él con otra. Tan pronto nos aburrimos, me dice:

—Ven. Te invito a mi casa.

Lo acompaño alegremente, siguiendo un corredor de madera que conduce a un cuartucho demasiado obscuro, entre cuyas sombras un hombre limpia su organillo.

—¡Es mi papá! —exclama mi amigo, muy orgulloso.

—¿Y tu mamá? —le pregunto en voz baja.

—¡Oh, no tengo! —prorrumpe—. ¿Es que todos los niños han de tener mamá?

Casi simultáneamente el hombre del organillo repara en nosotros, saliendo al encuentro de su hijo.

—¡Hijo! —le grita abrazándolo, para después levantarlo en peso.

Y le acaricia, y le besa. Cosas que yo no había visto antesentre los hombres.

El niño pobre suplica:

—Es Bobby, mi amigo. No tiene casa, papá, mamá... ¡no tiene nada! ¿Quieres que viva conmigo?

El músico me toma asimismo en sus brazos y me levanta hasta la altura de la lámpara. Pero asustado tal vez de mi fealdad, duda. Vuelve a depositarme en el suelo. Sin embargo, escucho a poco de sus labios lo que jamás soñé que me dijera nadie:

—¡Es un niño hermoso ciertamente!

Y despierto con un grito de júbilo en el fondo de aquella vitrina maldita.