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La noche de Margaret Rose - Francisco Tario

Decía la carta, escrita poco menos que ilegiblemente:

 

"X. X. Esq.,

91 Cromwell Road.

Londres S. W. 7.

Margaret Rose Lane, inglesa, de 28 años, casada con un multimillonario yanqui, lo invita a usted muy íntimamente a jugar al ajedrez el sábado en la noche."

 

Y al pie, con caracteres de imprenta, aparecía una serie de indicaciones muy minuciosas referentes a la situación exacta de la finca, sobre la ruta de Brighton, a unos veinticinco kilómetros de la costa.

 

Margaret Rose Lane, en mis borrosos recuerdos, se reducía exclusivamente a esto: a una chiquilla muy pálida, etérea, vestida de verde y que jugaba al ajedrez admirablemente.

Escarbando en la memoria, logré, no obstante, reconstruir más tarde determinados pormenores.

Nos conocimos en Roma —no acierto a precisar con ocasión de qué sencillo incidente— en la iglesia de San Sebastián, momentos antes de descender a las catacumbas. La acompañaba, creo, una institutriz francesa, présbita o algo por el estilo, y la chiquilla debía contar por aquel entonces diecisiete o dieciocho años. 

Recuerdo con singular perfección, por cierto, la figura de ella en el antro subterráneo, un poco adelante de mí, portando la misteriosa vela encendida, y cuyos reflejos azules o grises temblaban sobre su cabellera negra como una lengua de fuego sobre cualquier superficie húmeda. 

Resultaba indescriptiblemente sugestivo el contraste de los dos personajes que precedían: el guía —un carmelita de cabellos rizosos y nariz aguileña— y aquella espiritual muchacha, silenciosa, tímida, frecuentemente suspirante, que caminaba altivamente por entre las fosas abiertas y los cráneos diseminados.

Tres veces más nos encontramos. Una, fortuitamente, en el Foro Romano, y las restantes, de común acuerdo, en su propio hotel —¿Hotel Londres?— acompañada de sus familiares. (No recuerdo en qué número, pero tres probablemente.) Durante estas dos últimas entrevistas me fue dado comprobar con natural sorpresa la habilidad poco común de la joven para jugar al ajedrez. Creo que no logré ganarle una sola partida.

Ya a punto de despedirnos la última noche —ellos zarpaban de Napóles próximamente— recuerdo muy bien que me dijo:

—Pronto, muy pronto, Mr. X, se olvidará usted de Margaret Rose...

Esto no tiene mayor importancia y lo habría olvidado sin lugar a dudas, a no ser por lo que ocurrió a continuación.

Nos hallábamos ambos en la sala de lectura del hotel, sentados ante una mesita cuadrada, con mi rey en jaque mate, cuando la joven tendió su mano sobre el tablero y añadió compungidamente:

—¿Por qué es tan ingrata la gente, Mr. X?

Yo aduje no sé qué falso y estúpido razonamiento, pretendiendo disuadirla de tan amarga verdad, mas contra lo que podría esperarse, su reacción fue de lo más inusitado. Retiró el brazo lentamente, palideció de un modo angustioso, clavó en mí sus ojos febriles y balbució con un acento, diré de justo sonambulismo:

—Está bien. Sí, no nos volveremos a ver más...

Acto seguido se cubrió el rostro con las manos y rompió a llorar desconsoladamente.

Apareció la dama francesa, y he aquí lo más singular del caso. Lejos de mostrarse sorprendida o alarmada, se aproximó silenciosamente a la chiquilla, la ayudó a incorporarse ofreciéndole la mano y procedió a secar sus lágrimas, según se hace con una criatura. Entonces, dirigiéndose a mí, con la gravedad más embarazosa, suplicó:

—Disculpe usted, caballero. Creo que le sea fácil comprender.

Las vi alejarse rumbo al vestíbulo y nunca más volví a ver a Miss Margaret Rose.

Yo regresé a América, y veinte días después de mi llegada a Nueva York recibí inesperadamente una tarjeta postal desde Londres. Margaret Rose me recordaba, "agradeciendo infinitamente los excelentes ratos que le había deparado en Italia".

Esta, su imprevista y extraña misiva de hoy, es, a partir de aquella fecha, la primera noticia suya.

¡Cuan sensacional e insospechada es a pesar de todo la vida!

 

A mis cincuenta años, con el cabello blanco y roído el espíritu por un sinfín de achaques físicos y morales, me satisface plenamente percatarme de las reservas de optimismo y vigor que aún conservo bajo estos huesos. No es común ni mucho menos que un hombre en semejantes condiciones logre hallar algo realmente interesante o atractivo en las sencillas y melancólicas cosas que nos rodean. 

El amor, la perfecta salud física, la avidez por tanto placer ignorado, exageran las bellezas existentes. Un día azul y cálido nos exalta; una luna redonda y limpia nos conmueve; sentimos, como parte de nuestra circulación sanguínea, el flujo y reflujo de la marea; la música nos arranca lágrimas o gritos de insensato júbilo; el alcohol remueve nuestros más profundos instintos; la noche nos place por obscura y propicia; el día, por luminoso y alegre. Y ese vibrar de nuestros músculos, ese estampido continuo de nuestro corazón, esa hambre insaciable de todas nuestras potencias físicas e intelectuales, dotan a la realidad de un ropaje opulento de lozanía, transparencia y ardor. De un ropaje que, por desdicha, va destiñéndose lamentablemente a medida que el tiempo avanza, hasta que definitivamente, inexorablemente, como una bella tarde que concluye o un cacharro que se rompe, nos encontramos rodeados de una inanición, una frialdad y unas espantosas tinieblas.

A través de la ventanilla del ferrocarril, contemplo ahora el campo fecundado por los transportes de la primavera. Una dulce y variable brisa mece los juncos, los tallos vivos de las flores, las ramas irisadas de los árboles, la ropa blanca puesta a secar sobre las piedras de los corrales. 

Pasta o abreva el ganado, sumergidas sus pezuñas en el corazón húmedo de la hierba. Cruzan ligeras y alegres las golondrinas, chillando estridentemente. Los arroyos tiemblan con un temblor divinamente musical y tierno. El humo azul o pardo del carbón se tiende alto, alto, bajo el firmamento metálico, desgarrándose en fragmentos —nubes sin coordinación, inconsistentes, absorbidas fatalmente por esa inmensidad solemne y luminosa.

Y yo experimento, en virtud de estos nada sensacionales y siempre repetidos acontecimientos, una impresión de impaciencia que recuerda la del sediento frente a un manantial de agua pura y susurrante. 

Como un genuino adolescente o un ser que jamás ha rebasado los linderos de sus comarcas, presto una atención desmedida a cuanto se desarrolla a mí alrededor. Lógico sería, no obstante, que tras recorrer la mitad del mundo y presenciar —y sufrir también— hechos por demás dolorosos, esta campiña inglesa tan lisa, tan insubstancial, tan flemática, me impulsara a desdoblar el diario y apartar mi vista de lo que mi vista ha contemplado innúmeras veces. 

Pero lejos de ser así, miro al sol bajar, bajar allá en el horizonte, y en mi interior algo también desciende, se ensombrece, calla, y temo —algún día necesariamente ha de ser— que fenezca.

Tal noción de lo inevitable y la luz que se va extinguiendo ocasionan, como de costumbre, que mi ánimo decline y mis pensamientos sean más densos.

Tiro, pues, de la cortinilla, y en el solitario compartimiento del express me entrego a otro género de reflexiones.

Margaret Rose... Margaret Rose... ¡Cuan lejano y obscuro se me representa aquel encuentro! Como si hubieran caído otros diez años a partir del día en que recibí su última carta, escasamente logro ahora revivir el más insignificante detalle. 

Sin embargo, no he dejado de pensar en todo ello durante los últimos días; no he cejado, hasta obtener de mi memoria una información conveniente. Y repito, hoy, ahora más intensamente que nunca, la existencia y proximidad de semejante mujer se me antoja absurda.

Leo y releo su incomprensible mensaje, que conservo en el bolsillo.

Margaret Rose... Cierro los ojos, con objeto de acoplar bien sus rasgos fisonómicos y, en cambio, evoco intempestivamente un ademán suyo, olvidado por completo: aquel de extender su mano fina y blanca hacia una pieza del ajedrez, tocarla después por la punta y hacerla al fin deslizarse sobre el tablero con un movimiento raudamente misterioso... Margaret Rose... singular y extraña criatura, siempre vestida de verde, a quien veo ahora reclinada contra un árbol, exhausta, sofocada por el tórrido sol italiano, observando cuanto la rodea con una expresión peculiar de insensibilidad o desconfianza... Margaret Rose... en la actualidad casada con un multimillonario yanqui...

El tren da una brusca sacudida, se detiene ruidosamente, y cruzan por el pasillo en ese instante gran número de viajeros con su exiguo equipaje en la mano.

...¿Una chocante aventura de amor? ¿Un candoroso e inocente rapto de sentimentalismo? ¿Una excentricidad, entre infantil y enfermiza, de una mujer rica y joven que se aburre? ¿Un propósito secreto, una necesidad urgente y grave de ayuda, insoluble para mí, pero angustiosa e intransferible para ella? ¿Un chantaje? ¿Una cobarde venganza de mis numerosos enemigos...?

Cuando echo pie a tierra, un hombrecillo azafranado se me acerca en el andén de la estación e inquiere mi nombre. Tan luego me identifica toma mi maleta decididamente, invitándome con un gesto a seguirlo. Él delante, yo detrás, cruzamos la sala de espera, descendemos unos peldaños negruzcos y llegamos hasta un espléndido carruaje tirado por un magnífico tronco de caballos blancos.

De la obscuridad total de la noche emergen a ambos lados del camino aisladas luces muy débiles, a cuyo resplandor, sin embargo, el follaje adquiere una vivacidad submarina y misteriosa. Los caballos, en pleno galope, se internan por regiones profundas, inusitadamente sombrías, y cuyo murmullo es en extremo agradable. 

Las curvas son numerosas, a veces muy pronunciadas, y yo tengo que asirme fuertemente del vehículo a fin de no salir despedido. Percibo, casi a intervalos iguales, el golpe del látigo en el aire. Croan las ranas en un próximo estanque que adivino, desaparecen ocasionalmente los faroles, los caballos aceleran su marcha y, arriba, un puñado de insignificantes estrellas tiembla sobre el cielo cárdeno y compacto.

De pronto, las luces de una casa que a simple vista me parece gigantesca se destacan sobre las copas de los árboles, a regular distancia. Nos detenemos frente a una gran verja, cubierta a tramos por floridas y exuberantes enredaderas. En el edificio —simultáneamente a nuestra llegada— se van apagando las luces, hasta quedar una sola ventana iluminada en la planta alta. Se apea el cochero y yo lo imito, disponiéndome a seguirlo. Enciende una lamparilla eléctrica. 

Durante diez minutos, más o menos, bordeamos la enorme huerta, bajo una imponente masa de fronda que el viento arrulla blandamente. Una pequeña puerta ojival, empotrada en el espeso muro a manera de cripta, parece ser de momento nuestro destino. Mi acompañante posa la maleta, extrae una llave del bolsillo, introduce ésta en la cerradura y la puerta cede, no sin cierta resistencia. 

En el interior la luz es escasa, algo amarillenta y titubeante. Ascendemos a tientas a lo largo de una empinada escalera de caracol que trepa hacia las tinieblas. Las paredes desnudas, la ausencia total de mobiliario y cierto olor penetrante a guisos y especias, me advierten que nos hallamos en la zona de servicio. Empero, no se escucha ruido o voz alguna, cual si la casa estuviese deshabitada o todos sus moradores durmieran.

Ya arriba, cruzamos un vasto corredor de piedra, que cubre raída alfombra escarlata. Otra puerta que franqueamos. Un pequeño recibidor, totalmente a obscuras, y una puerta más, contra la cual el cochero golpea enérgicamente. 

Pretendo, a un tiempo, hacer aceptar a éste una propina, dando por terminado mi viaje, pero él rehusa una vez y otra. Desaparece al cabo con mi equipaje y yo distingo los pasos blandos de alguien que se aproxima en la silenciosa estancia. La puerta, en efecto, se abre, y me encuentro de manos a boca con Margaret Rose Lane en persona.

Margaret Rose —ahora sí recuerdo— exactamente igual a como la conocí hace diez años. Igual de lánguida, de pálida, tal vez un poco más frágil, con sus dos ojos negros, fenomenales —¡no sé cómo haberlos llegado a olvidar tan fácilmente!— y su cabellera negra, lacia, recogida sobre la nuca.

Permanecemos en pie uno frente a otro, en silencio, mirándonos atentamente. Ella esboza una sonrisa y yo, sin explicarme la causa, no encuentro nada oportuno que decir. Lo intento en vano repetidas veces.

—Margaret...—articulo al cabo trabajosamente.

Muy grave, muy aérea, con su bata verde hasta los tobillos, cierra la puerta con llave y me muestra un asiento.

Ocupo el sillón, exageradamente mullido y amplio, del cual emerge mi tronco como el de un exiguo arbusto en una gran zanja. Se sienta ella frente a mí, con una extraña impasibilidad en el rostro. Nos separa una mesita de ajedrez con las piezas listas. Arde —no sé por qué razón en primavera— un fuego gigantesco en la chimenea de piedra. El salón parece inmenso, dando la impresión de hallarse vacío.

—Margaret... —prorrumpo de nuevo; y mi voz es tan lejana que me sorprendo de ser yo mismo quien esté hablando—. ¿Es todo esto acaso un sueño?

Ella sonríe, fijas, fijas sus fenomenales pupilas en mí.

—¿Es esto un sueño? —repito instintivamente, tratando de provocar otra vez aquel terrible eco que se escurre por los muros, casi corpóreo.

Ríe y no habla, tal vez complacida de mi turbación.

Y en efecto: una desazón agudísima, completamente indescifrable, yase apoderando de mí a cada minuto que transcurre. Una sensación por demás extraña, ni de incomodidad o angustia, ni de ansiedad o sobresalto, ni de pavor o desconfianza, sino propiamente de vacío, de inestabilidad o ausencia, como si mi personalidad, pongo por caso, fuese anulada gradualmente por otra personalidad intrusa que ocupara su lugar. Bien como al despertar de un sueño, bien como al entrar en él...

—Margaret —insisto; y del techo se desploma una voz que no es la mía—: "Margareeeet".

Continúo:

—No sé de qué singular impresión he sido víctima al penetrar en este lugar y encontrarme con usted de nuevo. ¡Discúlpeme! Cuando recibí su carta, hace apenas unos días, me sentí poseído por un vivo afán de recordar, recordar juntos y libremente aquellos lejanos momentos de Italia. Pero ahora, vistas sensatamente las cosas, no sé si deba reprocharme el haber acudido a la cita. No es prudente ser irreflexivo y considero haberlo sido esta vez de sobra...

Ríe, ríe ella; mostrando sus dientes pequeños, cuadrados. Y la risa le agita el cuerpo y se estrella después contra los muros, con un sonido semejante al que produce el granizo golpeando un tejado de lámina.

—No, no es prudente lo que hemos hecho...

No cesa de reír, tapándose el rostro con ambas manos, y estoy a punto de saltar sobre ella para hacer cesar de una vez por todas aquella risa.

—¿Se burla usted de mí? —exclamo reprimiéndome, pero comprendiendo ya que algo más grave y siniestro se esconde tras de aquellos labios convulsos.

Ríe, ríe y me mira, un poco ladeada la cabeza.

—¿Es para esto, Margaret Rose, es para esto para lo que usted me ha hecho venir a su casa? ¿Es para esto...?

Una sobreexcitación inaudita se ha apoderado ya de mí. No acierto a coordinar bien mis reflexiones y mucho menos a buscar un medio juicioso de acallar aquella risa que, penetrándome por los oídos, se derrumba en las tinieblas de mi cuerpo resquebrajándome los nervios.

—¡Basta, basta ya, Margaret! —suplico incorporándome, aunque sin decidirme a ir hasta ella—. Es posible que se halle usted fatigada, un poco enferma... Convendría que se retirara a descansar ¿le parece? ¡Le prometo volver en cuanto usted me lo indique!

Ríe ahora más escandalosamente, examinándome de arriba abajo. Ríe, y aquella catarata de risa que amenaza con no terminar nunca le ha sonrojado levemente las mejillas y llenado de lágrimas los ojos. Ríe, y en la lóbrega intimidad de la estancia aquella boca abierta, crispada, se ilumina intermitentemente con el fulgor de las llamas. Ríe, ríe, mientras me apresto a salir, encaminándome hacia la puerta. 

Pero de pronto calla. Y un silencio desmesurado, sobrenatural, se extiende en torno mío; un silencio no semejante a ningún otro, que me hace detenerme. Vuelvo el rostro, temiendo encontrarme con un cuerpo exánime sobre la alfombra y me hallo, en cambio, con un semblante hierático, frío, perfectamente inmóvil, sobre un cuello erizado y firme como la punta de una roca. Nos miramos desconfiadamente, tal vez asustados de nosotros mismos. 

Permanecemos así largo rato, yo al extremo opuesto de la estancia. El silencio o mi sangre zumba. Llamean los leños. Y, maquinalmente, como si aquella extraña personalidad a que he aludido antes actuara ahora sobre mis músculos, hasta tal punto que todo intento de defensa es vano, giro en redondo, vuelvo sobre mis pasos, torno al sillón, y me siento.

Enorme, profundo y alucinante es el silencio que reina.

Pero Margaret Rose echa atrás la cabeza, entrecierra un poco sus fenomenales ojos y musita con una languidez malsana, moviendo rítmicamente los labios:

—¡Esta estúpida risa!

Suspira.

—¡Es horrible esta risa, Mr. X! ¡Horrible horrible esta risa que no sé de dónde me brota...!

Yace inmóvil, con una visible expresión de tristeza, en un completo abandono, dejando fluir las palabras, dulces, acariciantes, dolorosas.

—Horrible horrible, porque en las noches, cuando todos duermen y nadie escucha, la risa anda por ahí suelta, golpeándose contra las puertas siempre cerradas. ¡También son horribles las puertas cerradas, Mr. X!

No sé qué especie de fascinación emana de su rostro, ahora extático.

—Contra una huerta cerrada uno llama ansiosamente y nadie abre... Contra una puerta cerrada no queda nada qué hacer: sólo reír, reír, y la risa es un tormento. ¡Mas ni aún así se abre! Podemos dejar allí nuestras entrañas, caer sin sentido o volvernos locos, y no hay una sola mano que empuje la puerta... ¿No es esto detestable, Mr. X?

Más y más su inmovilidad se intensifica, y su mirada se pierde en la bóveda invisible, y sus palabras brotan enervantes, demasiado lentas, como un veneno mortífero aunque de sabor extraordinariamente exquisito.

—¡Esta maldita risa!

Otra vez el silencio insufrible.

Y una idea pavorosa, incomprensiblemente olvidada, se ilumina en mi cerebro. Una idea de cuya naturaleza no había tenido hasta ahora el menor atisbo y que me deja paralizado allí sobre el asiento, en estado poco menos que inconsciente.

"Margaret Rose Lane había fallecido hace tiempo."

¿Cuánto? No puedo aclararlo en tan espantosos momentos, pero la certeza de tal hecho no ofrece lugar a dudas. Tal vez cinco años, seis... ¿Acaso no recuerdo muy distintamente el momento preciso de recibir la noticia? Un diario en el club, cierta noche...

—¡Margaret! —exclamo incorporándome bruscamente, con un temblor irreprimible en los labios—. ¡Margaret! ¿Es cierto?

Debió sobrecogerla mi voz, el sudor que me arroyaba por las sienes, mi expresión indudablemente diabólica, porque su actitud es por completo distinta a la adoptada hasta ahora. Se incorpora también, avanza sin ruido —como un verdadero fantasma— y muy próxima a mí, hasta hacerme sentir la tibieza de su aliento, pregunta:

—Mr. X, ¿qué le ocurre? ¿Se siente usted enfermo? ¡Oh, tranquilícese!

—¡Margaret! ¡Margaret! —prorrumpo retrocediendo, tratando de evitar a toda costa el menor contacto con aquel ser abominable—. ¡Dígame la verdad, es preciso!

—¿La verdad? —sonríe muy tristemente y, ante mi creciente anonadamiento, reclina con suavidad su cabeza en mi hombro—. La verdad, Mr. X, es que soy muy desdichada...

Prosigue:

—¡He pensado en usted como no puede imaginarse! —y dos lentas y amargas lágrimas le arroyan hasta los labios, se le desprenden del rostro y saltan sobre mi hombro—. ¡Mi vida pudo haber sido tan distinta...! Pero era aún una chiquilla, ¿me recuerda usted bien? No tuve valor. ¡Oh! Si aquella misma tarde la tierra se hubiera desplomado y todo hubiese concluido en un segundo habría sido mejor...

Llora, llora, y ambos, de pie junto a la lámpara encendida, no somos sino dos seres absurdos, especie de ilusiones, cuya presencia habría sobrecogido al ánimo más templado de la tierra.

—¡Algún día si usted gusta le haré mis confesiones y usted se horrorizará! ¡Qué terrible, oh, qué terrible y espantoso ha sido todo!

Mira con inquietud repentina a todos lados, como temiendo que esté por presentarse aquello de lo que tan desesperadamente habla.

—Cuando subíamos de las catacumbas, sobre el último peldaño de la escalera, usted me ofreció su mano. Era ya dentro de la iglesia... El carmelita aguardaba... Mademoiselle Fournier se había quedado un poco atrás...Yo dije: "Lléveme con usted para siempre, se lo ruego". Era mi salvación, la única oportunidad de ser realmente libre. Pero el miedo ahogó mi voz y usted no me oyó, Mr. X. Ni al día siguiente, ni después, volví a atreverme; no, no me atreví. ¡Y el drama no tuvo remedio!

Sus cabellos fríos rozándome el rostro y el temblor convulso de sus brazos alrededor de mi cuello son las dos únicas cosas que percibo con mediana realidad. El resto: aquella voz melodiosa y titubeante; el fuego que vomita la chimenea; los muros altos y ennegrecidos; los muebles en las sombras; las lágrimas ya frías sobre mi carne... son testigos confusos y horripilantes del dolor de una mujer infame que sufre sobrehumanamente, con dolores nada parecidos a los de los hombres.

—¡El drama no tuvo remedio! ¡El drama no tuvo remedio! —insiste ciñéndose a mí.

Y otra voz en las alturas, por encima de la gran araña en penumbra, repite melancólicamente: "¡El drama no tuvo remedio!"

Criatura inconsolable, infinitamente desdichada, víctima tal vez de algún tormento monstruoso y secreto, Margaret Rose vacía su alma en mi alma; y yo, progresivamente, sin esperanza, inevitablemente, como un moribundo en su sopor, voy abandonándome al éxtasis, a cierta especie de ebriedad espiritual —no sé si inconsciente o tácita— y a un desmoronamiento físico, típicamente agónico. 

No obstante, mediante un segundo de lucidez intensísima capaz de iluminar el cerebro de todos los hombres, logra substraerme al hechizo de aquella voz de ultratumba y me desprendo de la mujer con violencia. La arrojo contra el asiento. Cae ella del primer golpe, su débil cuerpo enrollado como un trozo de serpentina. Negros, fenomenales los ojos, fijos en mí sin expresión alguna.

Puedo gritar:

—¡Estás muerta! ¡Estás muerta! ¡No oses moverte más porque estás muerta!

Y ella calla, infinitamente triste, mirándome bien a los ojos, con una mirada tan semejante a la de un perro, que me estremezco.

—¡Estás muerta! ¡Estás muerta! —continúo gritando—. ¡Aparta, porque estás muerta!

De pie, bajo el invisible techo, pregoné mil veces creo durante la noche entera la verdad pavorosa y escalofriante. Y creo también que, durante todo ese tiempo, sus ojos no pestañearon o se movieron, fijos, fijos en mí, fenomenales y negros.

—¡Estás muerta! ¡Estás muerta!

Debió ser un rapto de locura mutua, no sé.

A poco, Margaret Rose tendía graciosamente su mano blanca y larga hacia un alfil del tablero y, haciéndole deslizar por entre las demás piezas, balbucía tiernamente, con su voz cálida y tranquila:

—-Jaque mate.

De nuevo me derrotaba, y de nuevo iniciábamos otra partida.

—-Jaque mate -—otra vez.

Así repetidas veces.

—¡Oh, Margaret Rose! Juega usted admirablemente.

Y el humo de nuestros dos cigarrillos se mezclaba en la atmósfera pesada, ascendía hasta el techo, formaba bellas nubes ondulantes y se perdía, perfumado y alegre, en las dulces sombras nocturnas. Y reíamos confiadamente, y evocaba ella con frases interrumpidas tantas y tantas olvidadas reminiscencias: el carmelita austero, de espesos cabellos ensortijados, que pronunciaba el inglés con cierta entonación sollozante; los pinos lánguidos y solitarios de la Vía Apia, semejantes, en los atardeceres romanos, a largas copas de zafiro, rebosantes de un vino denso y escarlata; el Pincio, con sus fuentes espumosas; Santa María la Mayor, San Pietro in Vincoli; el Trevi, el Foro, las negras rejas de encaje...Y las piezas se deslizaban sobre el tablero, gemía muy dulcemente la brisa, asomaba a intervalos la luna, y un bienestar casi voluptuoso me recorría las venas.

No, no logré derrotarla.

—Admirablemente, admirable... —exclamo al fin, dándome por vencido.

Mas, inopinadamente —clarea ya el alba—, Margaret Rose me mira aterrada, pálida como un trozo de mármol. Sus ojos rebasan las órbitas, sus brazos tiemblan convulsamente. No sé qué dentro de ella, como un pájaro endemoniado, comienza a despertar y manifestarse. 

Chasca los dientes, gime, contrae los músculos del cuello, trata de apartar la mesa con sus piernas rígidas, se endereza un poco, ríe, y, al cabo, lanza un pavoroso grito, increíblemente prolongado que recorre la estancia y después huye por la casa. 

Fijos, fijos en mí sus fenomenales ojos, parecen no lograr desasirse de algo que los cautiva, que los subyuga, que los espanta y los somete irresistiblemente. Me pongo en pie, sobresaltado, comprendiendo que algo muy grave sucede. La llamo inútilmente por su nombre; la sacudo por los hombros; fríos, fríos están sus brazos y cubierta de sudor su frente...

Ha transcurrido el tiempo y aún aquel grito se enrosca afuera entre los árboles.

—¡Margaret! ¡Margaret Rose! —imploro.

Y los ojos fijos, irracionales.

—¡Margaret Rose!

Suenan pasos cercanos y una puerta se abre. De la penumbra, no sé a través de qué cortinajes o sombras, emerge un hombre en pijama, alto, joven, atlético. Viene descalzo y con los cabellos enmarañados sobre la frente. Justamente conturbado, no repara en mí. Por el contrario, cruza a mi lado a toda prisa, en dirección a la joven. La acaricia, la besa, le ordena unos cabellos sueltos tras de la oreja. Se sienta sobre el brazo del sillón.

—Margaret Rose... Mi pobre Margaret Rose... —le dice persuasiva, doloridamente, pasándole sin cesar la mano por la frente.

—¡Caballero! —me decido a exclamar, con un febril estremecimiento en los párpados.

Mas el hombre continúa sin advertirme, acariciando aquel exangüe y sudoroso cuerpo.

—Margaret Rose, anda a dormir, criatura... Otro día jugarás al ajedrez, ¿te parece? Margaret Rose, obedéceme...

—¡Caballero! —grito por segunda vez, con todas mis fuerzas—. ¡Caballero!

Margaret Rose abre suavemente los ojos y, al verme de pie frente a ella, torna a gritar tan frenéticamente como antes, señalándome con un dedo.

—"James! ¡Ahí está, ahí...! ¡Míralo!

Y se desploma sin sentido.

Su marido mira hacia donde yo estoy —rozándole casi la espalda— y mueve tristemente la cabeza. Luego, con su esposa en brazos, cruza a mi lado misteriosamente. Así los veo desaparecer, lúgubres, silenciosos, lentos, por entre los cortinajes rojos...

Y yo   descubro,   alarmado,   que   no   soy   ya   sino   un melancólico y horripilante fantasma.

La risa del Vampiro - Robert Bloch

 El destino nos juega extrañas bromas, ¿no es así? Hace seis meses yo era un psiquiatra de fama, y en la práctica de mi profesión gozaba de un éxito más que moderado; hoy soy un interno en un sanatorio para enfermos mentales. En mi especialidad como alienista y médico, habla confiado muchas veces a mis pacientes a la misma institución en la que hoy me encuentro confinado, y ahora -¡ironía de las ironías!- soy su hermano en mi desgracia.

Y no obstante, en realidad no estoy loco. Me enviaron aquí porque quise decir la verdad, y no era la clase de verdad que los hombres se atreven a revelar o a reconocer. Soy consciente de que mi papel en el asunto me llevó a sufrir una fuerte depresión nerviosa, pero no me afectó demasiado. Mi historia es cierta; lo juro -pero ellos no me creyeron. Naturalmente, no tenía pruebas  suficientes que ofrecer; no he visto al Profesor Chaupin desde aquella noche repleta de acontecimientos del pasado Agosto, y mis subsiguientes investigaciones fallaron al acreditar su pretensión a un puesto en Newberry College: Esto, no obstante, sólo atestigua la validez de mi declaración; una declaración que me envió a este vergonzoso confinamiento, a una muerte en vida que aborrezco.

Hay otra prueba concreta que podría dar si me atreviera, pero sería demasiado horrible. No debo conducirles al mismo lugar de aquel cementerio desconocido, indicarles el pasadizo que se abre bajo aquella tumba. Es mejor que sufra solo, que el mundo se ahorre el conocimiento que destruye la cordura. Con todo, es difícil para mi vivir así, y a la monotonía de mis días se añade el tormento sin fin de mis sueños nocturnos. Es por esto que he decidido escribir este relato. Quizás el desarrollo de mi historia servirá de algún modo a aliviar el difícil peso de mis recuerdos.

El asunto empezó un día del pasado Agosto en mi oficina de la ciudad. Aquella mañana había sido una aburrida espera, y la larga y cálida tarde llegaba a su fin cuando la enfermera hizo entrar al primer paciente. Era un caballero que venía a verme por primera vez; un hombre que se presentó como el Profesor Alexander Chaupin, de Newberry College. Hablaba de una forma sibilante, con un peculiar acento extranjero que me hizo presumir que no era natural de este país. Le invité a que se sentara y procuré estudiarlo rápidamente mientras aceptaba mi invitación.

Era alto y delgado. El cabello comenzaba a blanquear, tirando a platino, aunque por su aspecto general aparentaba  tener unos cuarenta años. Sus ojos verdes, vacilantes, se hundían bajo una pálida frente protuberante, bajo unas cejas largas y  oscuras. La nariz era ancha, con sensuales ventanillas, pero sus labios eran delgados, un contraste físico que en seguida llamó mi atención. Las huesudas manos que descansaban sobre la mesa eran extraordinariamente pequeñas, con largos dedos rematados por uñas afiladas, y pensé que se dedicaba a trabajos de consulta y al estudio. Su postura flexible era como la de una pantera en reposo; tenía la desenvoltura de un aventurero y los modales refinados. A la luz del sol pude observar su rostro, y vi que todo su semblante estaba cubierto con una red de finas arrugas. También noté la extraña palidez de su piel, que indicaba alguna afección dermatológica. Pero lo más extraño de él era su modo de vestir. La ropa, evidentemente nueva, era incongruente en dos aspectos: demasiado elegante para presentarse a aquella hora y además, no parecía hecha para él. Su traje era curiosamente holgado, los pantalones grises a rayas le pendían, y la chaqueta parecía desplomarse sobre su cuerpo. Había barro seco en sus zapatos de cuero y no llevaba sombrero. Sin duda, era un tipo excéntrico, quizás, un esquizofrénico, con tendencia a la hipocondría.

Me preparé para hacerle las preguntas de rutina, pero en seguida me interrumpió. Me dijo que era un hombre de negocios, y que me iba a informar al instante de sus dificultades, sin necesidad de preliminares o presentaciones. Se acomodó en el sillón, donde la luz del sol se diluía en sombras, se aclaró la garganta y empezó.

Dijo que estaba preocupado por ciertas cosas que había leído y oído; le proporcionaban extraños sueños, y a menudo le procuraban periodos de incontrolable melancolía. Esto interfería en su trabajo, y por consiguiente no podía hacer nada, pues sus  obsesiones estaban fundadas en la realidad. Finalmente había decidido venir a verme para hacer un análisis de sus dificultades.

Le pedí que me contara sus sueños e imaginaciones, esperando oír una de las usuales descripciones del dispéptico. Mi suposición, sin embargo, demostró ser funestamente incorrecta.

El sueño más corriente sucedía en lo que llamaré el Cementerio de la Misericordia, por razones que pronto se sabrán. Este se hallaba en un antiguo lugar, grande y medio abandonado en la parte más vieja de la ciudad, que había sido próspera a Últimos del pasado siglo. El lugar exacto de sus visiones nocturnas era dentro y en los alrededores de cierta bóveda recluida, situada en la parte más arcaica y derruida del cementerio, y los incidentes del sueño siempre sucedían de noche, bajo una pálida y sepulcral luna. Fantásticas  visiones parecían acariciar lúgubremente el paisaje nocturno, y habló vagamente de voces que oía a medias que le instaban a avanzar hasta que se encontraba en el paseo de grava que conducía a las puertas de la tumba.

Por lo general, sus   sueños empezaban de esta manera, en medio de un sueño tranquilo. De pronto, se hallaba caminando por la noche por un sendero bordeado de árboles y entraba en esta tumba desatando las cadenas enmohecidas que cerraban sus puertas. Una vez dentro, no hallaba dificultad en conducir sus pasos por la oscuridad, sino que con misteriosa familiaridad se dirigía directamente a cierto nicho que estaba entre los ataúdes. Entonces, se arrodillaba y apretaba un pequeño y escondido resorte o palanca entre las desmenuzadas piedras del suelo. Un pivote mostrándole una pequeña entrada que conducía a una caverna que se hallaba empotrada abajo. Al llegar aquí habló del húmedo salitre que emanaba de este pasadizo y de los peculiares olores nauseabundos que salían de la profunda oscuridad. No obstante, en sus sueños no se sentía repelido, sino que entraba rápidamente en la misma y después descendía por una serie de interminables y largas escaleras cortadas en la piedra y la tierra, y bruscamente se encontraba en el fondo.

Luego empezaba otro largo viaje a través de laberintos y bóvedas sepulcrales. Sucesivamente, vagaba por cavas y criptas, túneles y horadados fosos abismales, todos envueltos en la negrura de la noche inmemorable.

Al llegar aquí se detuvo en su narración, y su voz se redujo a un estridente y excitado susurro.

El horror venía siempre después. Se encontraba en una sucesión de cámaras oscuramente iluminadas, y mientras permanecía encubierto en las sombras, veía cosas. Estos eran los moradores de la cueva de abajo; los lívidos engendros que hacían presa en la muerte: éste era su botín. Habitaban en cavernas oscuras construidas con huesos humanos y adoraban los dioses primitivos ante altares en forma de cráneo. Había galerías que conducían a las tumbas y fosos aún más hondos en donde estaban al acecho de sus presas vivas. Estos eran los espantosos seres nocturnos que contemplaba en sus sueños: eran los vampiros.

Debió haber visto la expresión de mi cara, pero no titubeó. Su voz, mientras continuaba, se hacía más tensa.

No tenía intención de describir esos monstruos, excepto para decir que era horroroso contemplarlos. Era fácil para él reconocerlos a causa de ciertos actos signficativos que siempre ejecutaban. Era la visión de estos actos, más que otra cosa, lo que lo horrorizaba. Hay cosas que no deben siquiera insinuarse a mentes sanas, y entre ellas se encontraban las que le perseguían por las noches. En sus visiones, esos seres no se le acercaban y parecían no preocuparse de su presencia; continuaban entregándose a horrendos festines en las cámaras sepulcrales o a unirse en orgías sin nombre. Pero de esto no diría más. Sus viajes nocturnos siempre acababan con el tránsito de una vasta procesión de estas monstruosidades por una caverna aún más profunda, un viaje que veía desde el borde superior. Una visión rápida y estremecedora de los reinos inferiores le recordaban el Infierno de Dante, y gritaba en sus sueños, mientras veía la procesión demoníaca desde el borde, había perdido pie precipitándose dentro del enjambre sepulcral que había abajo. Aquí, su sueño terminaba afortunadamente y se despertaba bañado en sudor frío.

Noche tras noche, las visiones se sucedían, pero esto no era lo peor de sus preocupaciones. ¡Su auténtica obsesión, su verdadero pavor consistía en el conocimiento de que estas visiones eran ciertas!

Al llegar aquí le interrumpí con impaciencia, pero él insistió en proseguir. ¿No había visitado el cementerio desde sus primeros sueños y no había encontrado la misma bóveda que reconocía a través de sus visiones? ¿Y qué había de los libros? Le habían enviado para que iniciara una extensa investigación entre los libros particulares de la biblioteca de un colega antropólogo. Seguramente, yo, como hombre instruido, debía admitir las veladas y sutiles verdades reveladas de modo tan furtivo en tales libros como Los misterios del Gusano, de Ludvig Prinn, o el grotesco Ritos Negros, del místico Luveh-Kerapht, el sacerdote del escondido Bast. Recientemente, había emprendido algunos estudios en el loco y legendario Necronomicon de Abdul Alhazred. No pudo impugnar el misterio que se halla detrás de todas esas cosas como el censurado e infame Fábula de Nyarlathotep, o La leyenda de Elder Saboth.

Aquí irrumpió en un divagador discurso sobre los oscuros secretos míticos, con frecuencia alusiones a las antiguas creencias, como el labuloso Leng, el oscuro N'ken y el diablo encantado Nis; también habló de las blasfemias de la luna de Yiggurath y la secreta parábola de Byagoonae, el Sin Rostro.

Era evidente que estos desvaríos eran la llave que abría sus dificultades, y con este argumento conseguí calmarle lo suficiente para explicárselo.

Sus lecturas e investigaciones le habían producido este ataque, y añadí que no debía someter su cerebro a estas meditaciones, y que estas cosas son peligrosas para las mentes normales. Había leído y oído lo suficiente para saber que tales ideas no estaban concebidas para que los hombres las buscaran o comprendieran. Además, no debía tomarse demasiado en serio estos pensamientos. pues después de todo, estas leyendas eran únicamente alegóricas. No existen vampiros ni demonios mitológicos, debía verse que estos sueños podían ser interpretados simbólicamente.

Cuando terminé, se sentó en silencio durante un momento. Dio un suspiro y luego habló con mucha cautela. Para mí era muy fácil decirlo, pero él pensaba diferente. ¿No había reconocido el lugar de sus sueños?

Intervine con una observación sobre la influencia del subconsciente, pero él, sin hacer caso de mi aseveración, continuó.

Luego, me informó con una voz que vibraba con una excitación histérica, me contaría lo  peor. Aún no me había contado  todo lo que sabía y lo que le había ocurrido cuando descubrió la bóveda de su sueño en el cementerio. No se había detenido al ver corroborar sus visiones. Hacía algunas noches, había llegado aún más lejos. Entró en la necrópolis y encontró el nicho en la pared; descendió las escaleras y sorprendió el resto. Cómo se las arregló para regresar, nunca lo supo, pero en todas estas excursiones, que habían sido tres, él había siempre regresado y por lo visto se había ido a dormir, y a la mañana siguiente siempre estaba en la cama. Era cierto -me dijo-, ¡había visto esos seres! Ahora, debía ayudarle en seguida, antes de que cometiera algún acto irreflexivo.

Le calmé con dificultad, mientras procuraba encontrar un método de tratamiento lógico y eficiente. Se hallaba casi al borde de la locura. De nada serviría persuadirle o intentar convencerle de que había soñado todos aquellos incidentes, de que su sistema nervioso le había llevado a alucinaciones afines. No podía esperar que él se diera cuenta, en su estado presente, que los libros responsables de su enfermedad habían sido escritos por mentes desordenadas y con el propósito de producir locos delirios. Era evidente que el único camino abierto era alegrarle, y luego demostrarle concretamente el completo engaño de sus creencias.

Por lo tanto, en respuesta a sus reiterados ruegos, cerramos un trato. El se comprometía a conducirme al lugar donde pretendía que ocurrían sus sueños y viajes, y después, demostrarme la verdad de lo que había manifestado. En resumidas cuentas, quedamos que a las diez de la noche del día siguiente nos encontraríamos en el cementerio. Su satisfacción fue tan grande al saber que estaba dispuesto a acompañarle, que casi era patético el verlo, y me sonrió como un chiquillo cariñoso a quien le han regalado un nuevo juguete.

Le prescribí un sedante suave para que lo tomara aquella noche, arreglé los menores detalles de nuestra futura cita y nos despedimos hasta  la noche siguiente.

Su partida me dejó en un estado de gran excitación. ¡Por fin veía un caso digno de estudio: un profesor inteligente, un colega bien educado, sujeto a grotescas pesadillas como un niño de tres años! En el acto decidí escribir una monografía sobre los procedimientos que debía seguir. Estaba seguro de que después de la noche siguiente podría demostrar de una manera concluyente la falsedad de sus aberraciones y efectuar una cura inmediata. La noche la pasé en un frenesí de investigaciones y meditaciones calculadas, y la mañana siguiente en una rápida lectura de la edición expurgada del conde d'Erlette Cultes des Goules.

El anochecer me encontró dispuesto para la tarea. A las diez, provisto de altas botas, una chaqueta de lana gruesa y un casco de minero con una lámpara en el extremo, me hallaba de pie en la entrada del cementerio. Estaba dispuesto a recibir al Profesor Alexander Chaupin. Debo confesar que sentía una extraña inquietud y un espantoso terror nocturno. No sentía ningún placer en seguir aquella desagradable tarea. De pronto, me hallé ansioso esperando la llegada de mi paciente, aunque sólo fuera para tener una compañía.

Por fin llegó, vestido como el día anterior, y al parecer, de mejor humor. Juntos escalamos la baja muralla que rodeaba la necrópolis. Luego, me condujo a través de un jardín de grava iluminado por la luna y dentro de las sombras que se deslizaban, de un silencioso bosquecillo en el corazón del cementerio. Aquí, las piedras de las tumbas parecían mirar de soslayo burlonamente en medio de la oscuridad, y los rayos de la luna no penetraban hasta ese lugar. Un terror atávico me estremeció involuntariamente, mientras mi mente insistía, desatada en su locura, en escuchar el tráfago de los gusanos. No me preocupé en dejar que mis pensamientos descansaran sobre las sepulturas, o la diabólica densidad de las sombras que las circundaban. Sentí un consuelo cuando Chaupin, imperturbable, me condujo al fin por una larga avenida cubierta de árboles hasta los prohibidos portales de la tumba que pretendía haber profanado.

No voy a entrar en detalles sobre lo que siguió, ni les contaré cómo desatamos las cadenas que cerraban la tumba, ni a describir el espantoso interior del mausoleo. Es suficiente para mí declarar que la promesa de Chaupin fue ampliamente cumplida, pues encontró el nicho a la luz de nuestros cascos de minero. Encontró el nicho y apretó el botón secreto, hasta que se nos mostró el túnel que había abajo. Me quedé horrorizado ante esta inesperada revelación, y una ráfaga de temor hirió mis sentidos manteniéndolos en un estado de tensión sobrenatural. Debía de haber estado mirando dentro de aquel negro orificio durante varios minutos. Ninguno de los dos decíamos nada.

Por primera vez vacilé. Ya no tenía duda respecto a la validez de las declaraciones del profesor. Me las había demostrado más allá de toda duda. No obstante, esto no significaba que estuviera completamente cuerdo; esto no lo curaba de su obsesión. Me di cuenta, con repulsión, que mi trabajo estaba muy lejos de haber llegado a su fin, de que debíamos descender hasta aquellas profundidades y dejar arregladas de una vez para siempre todas aquellas preguntas todavía sin respuesta. No estaba preparado para creer en aquellas jerigonzas incoherentes de Chaupin sobre imaginarios vampiros; la mera existencia de un pasaje hacia una tumba no conducía necesariamente a demostrar sus otras pretensiones. Quizá si fuera con él hasta el fondo del foso, su mente podría al fin descansar respecto a su singular sospecha. Pero aunque me horrorizaba reconocer la posibilidad, ¿por qué suponer que había realmente una malvada y retorcida verdad en su relato y que abajo algo nos acechaba, esperándonos? ¿Alguna banda de refugiados? ¿Fugitivos que acaso huían de la ley? ¿Quién podía residir en aquel foso? Quizás accidentalmente habían encontrado aquel lugar escondido. En este caso, ¿qué pasaría luego?

Aún así, algo me dijo que debíamos continuar y comprobarlo con nuestros ojos. A este impulso interior, Chaupin añadió sus ruegos. “Déjeme que le muestre la verdad -dijo- y ya no dudará más. Después de esto creería y sólo con la creencia podría ayudarle. Me rogaba que continuara, pero si me negaba tendría que pedir a la policía que hiciera una investigación del lugar.

Fue esto último lo que me decidió. No podía permitir que mi nombre se viera envuelto en un escándalo. Si el hombre estaba loco, ya sabría cuidar de mí. Si no lo estaba... bueno, pronto lo íbamos a ver. Por consiguiente, le di mi consentimiento, aunque de mala gana, para continuar, y luego me puse a su lado para que me enseñara el camino.

La entrada parecía la boca de un monstruo mitológico. Bajamos por una escalera en declive en forma de serpentina hasta el pasaje de piedra húmeda que estaba socavado en la sólida roca. El túnel era caliente y húmedo y en el aire flotaba el olor de vida putrefacta. Era como un viaje por el más fantástico reino de la pesadilla, un viaje que conducía a los secretos desconocidos bajo los cadáveres enterrados. Aquí todo era secreto excepto para los gusanos, y mientras continuábamos, empecé a desear que siguieran así. Estaba, en realidad, presa del más espantoso pánico, aunque Chaupin parecía extrañamente tranquilo.

Varios factores contribuían a mi creciente inquietud. No me gustaban las furtivas ratas que roían incesantemente desde innumerables agujeros diminutos que se alineaban en la segunda espiral del pasaje. Un enjambre de ellas invadió la escalera; blandas, gruesas y abotargadas. Empecé a comprender la causa de aquella hinchazón y las probables fuentes de su alimentación. Luego, también me di cuenta de que Chaupin parecía saber el camino perfectamente, ¿y si fuera cierto que él había estado antes aquí, entonces, qué pasaba con el resto de su historia?

Al mirar hacia abajo, recibí todavía otra sorpresa. En las escaleras no había polvo. ¡Parecía como si las hubieran estado usando constantemente! Durante un momento, mi mente rehusó comprender la importancia de este descubrimiento, pero cuando al fin estalló claramente en mi cerebro, me sentí de pronto lleno de asombro. No me atrevía a mirar otra vez, no fuera que mi imaginación evocara la probable imagen de lo que podía subir de abajo y ascender por aquella escalera.

Rápidamente, encubriendo mi terror pueril, me apresuré a seguir a mi silencioso guía, cuya vela lanzaba extrañas sombras sobre los agujeros de la pared. Me daba cuenta de lo nervioso que me ponía todo aquel asunto y en vano traté de razonar conmigo mismo, ahuyentando los temores para concentrarme en algún objeto definido.

Mientras proseguíamos no había nada tranquilizador a nuestro alrededor. Las paredes resquebrajadas del túnel parecían vacías y espantosas a la luz de la antorcha. Sentí de pronto que este antiguo sendero no había sido construido para nada normal o parecido a la normalidad, y no temí que mis pensamientos incidieran en las últimas revelaciones que podrían encontrarse más adelante. Durante un buen rato nos deslizamos en el más absoluto silencio.

Abajo, abajo, abajo, nuestro camino cada vez se estrechaba más hacia una oscuridad más profunda y húmeda. Luego, la escalera terminó bruscamente en una cueva. Había una luz azulada, fosforescente, como ultravioleta, y me pregunté cuál sería su origen. Me mostró una extensión abierta pequeña y de superficie lisa, de donde colgaban hileras de colosales estalactitas y varios pilares de gran anchura. Al fondo, en la densa oscuridad, había unas aberturas que daban a otras excavaciones que conducían a perspectivas sin fin de una noche olvidada. Un aire de horror heló mi corazón; parecía que habíamos profanado con nuestra intrusión algunos misterios que hubiera sido mejor no ver. Empecé a temblar, pero Chaupin me agarró fuertemente y hundió sus finos dedos en mis hombros mientras me aconsejaba que guardara silencio.

Hablaba con voz bisbiseante mientras caminábamos juntos, uno al lado del otro, en aquella oscura y sombría caverna bajo tierra; murmuraba aterradoramente lo que nos acechaba en la oscuridad. Quería demostrar ahora que sus palabras eran ciertas; debía esperar aquí mientras él se adelantaba en las tinieblas: al regresar, me traería las pruebas. Al decir esto, dio unos pasos rápidos hacia delante, desapareciendo casi inmediatamente en una de las excavaciones que nos precedían. Me dejó tan de repente que no tuve ni tiempo de decirle que me oponía a su propuesta.

Me senté en la oscuridad y esperé, sin atrever a preguntarme qué era lo que esperaba. ¿Volvería Chaupin? ¿Era todo un monstruoso engaño? ¿Estaba Chaupin loco, o todo era cierto?  En ese caso, ¿qué podría sucederle en aquel laberinto del fondo? ¿Y qué me pasaría a mí? Había sido un loco en venir, todo el asunto era una locura. Quizás aquellos libros no eran tan absurdos como pensaba: la tierra puede abrigar los secretos más horribles en su pecho sin piedad.

La luz arrojaba sombras sobre las paredes de estalactitas y se estrechaba alrededor del oscuro círculo luminescente que procuraba mi pequeña antorcha. No me gustaban esas sombras: eran retorcidas, enfermizas, desconcertadamente profundas. El silencio era aún más potente; parecía insinuar cosas sin nombre que aún debían venir: se burlaba de manera intolerable de mi creciente miedo y soledad. Los minutos se arrastraban como larvas y nada rompía aquella mortal quietud.

Entonces llegó el grito: un grito rápido, que iba en aumento, de inenarrable locura, brotó sobre el aire sepultado, y sentí que mi alma se partía, pues sabía muy bien lo que aquel grito significaba. Ahora sabía -ahora, cuando era demasiado tarde- que las palabras de Chaupin eran ciertas.

Pero no me atreví a detenerme a reflexionar, pues en seguida oí unas suaves pisadas que llegaban de lo más profundo de las tinieblas, el crujiente escarbar de frenéticos movimientos. Me volví y subí corriendo la escalera subterránea con la velocidad que da la más profunda desesperación. No necesitaba mirar atrás; mis horrorizados oídos captaron claramente la cadencia de unos pies que corrían. No oía nada más que el clamor de esos pies o zarpas hasta que mi aliento raspaba en mis oídos cuando daba la vuelta a la primera espiral de aquellas interminables escaleras. Me tambaleé hacia arriba, jadeando, ahogándome: una verificación en mi alma que consumía cualquier pensamiento, excepto el del miedo mortal y la risa de horror. ¡Pobre Chaupin!

Me parecía que los ruidos se acercaban cada vez más; luego brotó un ronco aullido en las escaleras directamente debajo de mí. Un bestial aullido que me dejó extenuado con sus tonos infrahumanos, acompañado de una risa nauseabunda y espantosa. ¡Estaban llegando!

Seguí corriendo, al rítmico trueno de los pasos de abajo. No me atrevía a mirar hacia atrás, pero sabía que se estaban acercando al hueco de la escalera. Los cabellos se erizaron en mi nuca, mientras aceleraba el tramo de escalera sin fin que se retorcía como una serpiente en la tierra. Me afanaba con dificultad y chillé con todas mis fuerzas, pero los horrorosos aullidos me pisaban los talones. Arriba, arriba, arriba, más cerca, más cerca, más cerca, mientras mi cuerpo ardía de angustia y espanto.

Por fin se terminaron las escaleras y yo trepaba locamente por la estrecha abertura mientras los monstruos corrían por la oscuridad a pocos pasos de mí. Llegué cuando la luz de mi casco se apagaba; luego, atasqué la piedra en su sitio, lleno aún de los rostros de los primeros horrores que se adelantaban. Pero al hacerlo, la moribunda luz llameó por un segundo y pude ver al primero de mis perseguidores al resplandor de la luz. Luego se apagó. Cerré de golpe el portal y pude llegar tambaleándome al mundo de los mortales.

Nunca olvidaré aquella noche, por más que quisiera borrar aquellos espantosos recuerdos; nunca más encontraré el sueño que tanto ansiaba. No me atrevo ni a matarme por temor a que me entierren en lugar de ser quemado; aunque la muerte sería bien recibida por lo que he llegado a ser. Nunca lo olvidaré, pues ahora conozco toda la verdad del asunto; pero hay un recuerdo por el que daría incluso mi alma para conseguir borrarlo para siempre de mi cerebro, aquel momento loco cuando vi a los monstruos a la luz de la antorcha: la risa, los babeantes horrores de abajo.

¡Pues el primero y principal de todos fue la risa del malvado monstruo conocido por los hombres como el Profesor Chaupin!