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Amanecer - Robert Bloch

En el cielo silbaron las cabezas de torpedo cargadas con explosivos, y el fragor de su paso hizo temblar la montaña.

En las profundidades de su abovedado santuario, el hombre permanecía sentado, deifico e inescrutable, enterado de todo lo que estaba sucediendo. No tenía necesidad de salir desde su refugio para contemplar el cielo.

Sabía lo que estaba sucediendo: lo supo desde aquella noche en que el Sol parpadeó y se apagó. Un anunciante, embutido en la bata blanca símbolo de las artes curativas, estaba emitiendo un importante mensaje acerca del laxante más popular del mundo: el que la mayoría de la gente prefería, el que cuatro de cada cinco médicos usaban personalmente. En medio de su elogio de aquel nuevo y sorprendente descubrimiento, hizo una pausa para advertir al auditorio que se dispusiera a escuchar un boletín especial.

Pero el boletín no llegó; un momento después, la pantalla ennegreció y rugió el trueno.

Durante toda la noche, la montaña tembló, y el hombre sentado tembló también; no por miedo al futuro, sino por miedo al presente. Esperaba aquello, por ese motivo se encontraba allí. Otros hablaron del asunto durante años. Circularon rumores, advertencias solemnes y comentarios en las tabernas. Pero los que esparcían rumores, y los que hacían advertencias, y los que comentaban en los bares, no efectuaron movimiento alguno. Se quedaron en la ciudad y sólo él había huido.

Algunos de ellos lo sabían, se quedaron para aceptar el inevitable final del mejor modo posible, y él los admiraba por su valor. Otros trataron de ignorar el futuro, y él los detestaba por su ceguera. No obstante, a todos compadecía.

Había comprobado, hace mucho tiempo, que el valor no era suficiente, y que la ignorancia no representaba la salvación. Las palabras prudentes y las palabras estúpidas son idénticas en un sentido: no detienen la tormenta. Y cuando la tormenta se acerca, lo mejor es huir.

Él se había preparado aquel refugio montañoso, a mucha altura sobre la ciudad, y estaba a salvo, y estaría a salvo durante los años siguientes. Otros hombres de igual riqueza podían haber hecho lo mismo, pero fueron demasiado listos o demasiado estúpidos para enfrentarse con la realidad. De modo que mientras ellos esparcían sus rumores y pronunciaban sus advertencias y hacían sus comentarios, él se había construido su refugio; revestido de plomo, y aprovisionado de todo lo que podía necesitar durante muchos años, incluida una generosa provisión del laxante más popular del mundo.

Por fin llegó el alba y los ecos del trueno se apagaron, y el hombre se dirigió a un refugio especial, desde el cual podía enfocar su telescopio sobre la ciudad. Miró y remiró, pero allí no había nada que ver. Nada, excepto nubes en remolino que giraban cubriendo, con su negrura, el inflamado horizonte.

Se convenció que tendría que bajar a la ciudad si quería ver, y efectuó los adecuados preparativos.

En primer lugar, un traje especial fabricado a base de tela aislante y láminas de plomo, difícil y costoso de obtener. El traje era un alto secreto; del tipo que sólo poseían los generales del Pentágono. No podían procurárselos a sus esposas, y tenían que robarlos para sus amantes. Pero él tenía uno. Y se lo puso.

Una plataforma móvil le ayudó a descender hasta la base de la montaña, donde había un automóvil esperándole. Lo puso en marcha, las puertas se cerraron automáticamente detrás de él, y emprendió el camino hacia la ciudad. A través de la mirilla de su casco aislante contempló la niebla amarilla, y condujo lentamente, a pesar que no encontró ningún otro vehículo ni señales de vida.

Al cabo de un rato la niebla desapareció y pudo contemplar el paisaje rural. Arboles amarillos e hierba amarilla silueteándose contra un cielo amarillo en el cual grandes nubes negras giraban y giraban.

Un cuadro de Van Gogh, se dijo a sí mismo, sabiendo que era una mentira. Ya que ninguna mano de artista había destrozado los cristales de las granjas, arrancando la pintura de las paredes de los graneros ni estrujado el cálido aliento de los rebaños que pacían en los campos, dejándolos en pie, helados, muertos.

Condujo a lo largo de la ancha carretera que desembocaba en la ciudad; una carretera que habitualmente hervía de objetos multicolores, que eran vehículos a motor. Pero no había ningún automóvil en toda la longitud de la arteria.

No los vio hasta que se acercó a los suburbios. Al doblar una curva, estuvo a punto de chocar contra varios de ellos. Y le invadió el pánico y se detuvo.

La carretera, ante él, aparecía llena de automóviles hasta donde alcanzaba la vista: una masa sólida, guardabarros contra guardabarros, dispuesta a avanzar hacia él con chirriantes ruedas.

Pero las ruedas no giraban.

Los automóviles estaban muertos. Toda la carretera era un cementerio de automóviles. El hombre cruzó el lugar a pie, inclinándose reverentemente ante los cadáveres de los Cadillac, los cadáveres de los Chevrolet, los cadáveres de los Buicks. Delante de sus ojos tenía la evidencia de unas muertes violentas; los cristales destrozados, los guardabarros aplastados, retorcidos.

Las señales de la lucha eran lastimosas de ver; aquí había un diminuto Volkswagen, aplastado entre dos poderosos Lincolns; allí, un MG había muerto debajo de las ruedas de un impresionante camión. Pero ahora todo estaba inmóvil. Los Dodges, y los Hornets, y los Ramblers…

Resultaba duro para él comprobar la tragedia que sorprendió a las personas que iban en el interior de aquellos vehículos: también estaban muertas, desde luego, pero su fallecimiento no era tan impresionante. Tal vez su pensamiento había sido afectado por la actitud de la época, en la cual un hombre tendía a ser cada vez menos identificado como un individuo, y cada vez más considerado de acuerdo con la valoración simbólica del automóvil que conducía. 
 
Cuando un desconocido conducía por la calle, rara vez se pensaba en él como en una persona; la inmediata reacción era: «Ahí va un Ford… ahí va un Pontiac… ahí va un Jaguar descapotable». Y los hombres se jactaban de sus automóviles, en vez de hacerlo de sus cualidades personales. De modo que, en cierto sentido, la muerte de los automóviles era más importante que la muerte de sus propietarios. No parecía que los seres humanos hubieran muerto en un frenético esfuerzo por huir de la ciudad; eran los automóviles los que habían efectuado un esfuerzo final para escapar, y habían fracasado.

Continuó caminando por la carretera hasta que llegó a las primeras filas de los suburbios. Allí, las huellas de la destrucción eran más evidentes. Las explosiones habían hecho su efecto. En el campo, la pintura había sido arrancada de las paredes, pero en los suburbios las paredes habían sido arrancadas de los edificios. No todas las viviendas estaban derruidas. Había muchas casas en pie, pero en su interior no se apreciaba la menor señal de vida. Los aparatos de radio y televisión estaban muertos.

Vio entorpecido su avance por montones de escombros. Al parecer, una de aquellas explosiones había afectado a aquella zona de un modo directo; su camino estaba bloqueado por un montón de los heterogéneos restos de Exurbia.

Pasó por encima o dio un rodeo alrededor de Cajas de Kleenex, cabezas artificiales que habían colgado de los escaparates de las tiendas, artículos para automóviles, arrugadas listas de compra y garabateadas notas de citas con el psiquiatra.
 
Se detuvo ante unos Grandes Almacenes, y sus pies se enredaron con los camisones de nilón, cajas de supositorios desodorantes y un montón de discos de Harry Belafonte.

Le resultaba difícil de avanzar con normalidad, ya que las calles estaban llenas de vehículos destrozados y las aceras aparecían bloqueadas por los trozos o las fachadas enteras de los edificios. Estructuras enteras fueron arrancadas de cuajo, y, en algunas casas, quedó al descubierto el interior de las habitaciones. Aparentemente, la explosión se produjo de un modo repentino, sin previo aviso, ya que había pocos cadáveres en las calles y los que se encontraban en el interior de los inmuebles parecían haber encontrado la muerte mientras desempeñaban sus ocupaciones habituales.

Continuó caminando, y evitó deliberadamente mirar los cadáveres. Pero no podía evitar verlos, y con la costumbre la repugnancia se convirtió en simple aprensión. Que luego dejó paso a la curiosidad.

Al pasar por delante del patio de recreo de una escuela, se alegró que el final se produjera sin violencia. Probablemente, una ola de gas paralizante se había extendido a través de toda aquella zona antes de la explosión.

El centro de la ciudad era una masa de obra de albañilería, formando caprichosas figuras, como diseñadas por un arquitecto demente. Aquí y allí había diminutos capullos de llama brotando desde los intersticios de enormes nubes.

El hombre vaciló, preguntándose si sería conveniente aventurarse más allá. Entonces vio la colina que servía de fondo a la ciudad, y la imponente estructura que era el nuevo Edificio Federal. Estaba allí, milagrosamente intacto, y a través de la niebla el hombre pudo ver la bandera que ondeaba todavía en su tejado. Allí podía haber vida aún, y el hombre sabía que no quedaría satisfecho si no lo comprobaba.

Pero, antes de alcanzar su objetivo, encontró otras pruebas de existencia. Mientras se movía entre los escombros se dio cuenta que no estaba sólo en aquel caos central.

Dondequiera que las llamas ardían y parpadeaban, había figuras furtivas moviéndose cerca del fuego. Para espanto suyo, se dio cuenta que estaban avivando los incendios; quemando barricadas que no podían ser apartadas de otro modo, para poder entrar y saquear en las tiendas. Algunos de los saqueadores estaban silenciosos y avergonzados, otros se mostraban petulantes; pero todos estaban condenados a muerte, definitivamente desahuciados.
 
El saber esto impidió al hombre intervenir. Que robaran y saquearan a su antojo; dentro de unas cuantas horas, o de unos cuantos días, la radiación produciría su inevitable final.

Nadie se interpuso en su paso. Tal vez el casco y el traje protectores parecían un uniforme oficial. Continuó caminando y vio:

En el interior de una tienda de bebidas, un hombre descalzo, que llevaba un abrigo de visón, entregando botellas a una brigada formada por cuatro chiquillos…
 
Una anciana de pie junto a la derruida caja fuerte de un Banco, metiendo fajos de billetes en un saco. En un rincón yacía el cadáver de una mujer de pelo blanco, abrazada a un montón de monedas…

Un soldado y una mujer con el brazalete de la Cruz Roja, transportando una camilla hacia la bloqueada entrada de una iglesia parcialmente derruida. Imposibilitados de entrar, el soldado dio un puntapié a una de las ventanas laterales y por ella introdujeron la camilla…

Una mujer con el rostro de una modelo de Vogue, tendida en la calle. Al parecer, había sido sorprendida por la explosión mientras respondía a la llamada del deber, ya que una mano delgada, aristocrática, agarraba todavía el cordón de su caja de sombreros…

Un hombre delgado, saliendo de la tienda de un prestamista y cargado con una enorme tuba. Desapareció momentáneamente en una carnicería y volvió a salir, con la trompa de su tuba llena de salchichas…

Unos estudios de radio, casi destruidos, con su sala de sonido decorada con los carteles de las quince variedades distintas de los Cigarrillos Preferidos por los Norteamericanos, y de las veinte marcas de la Cerveza Preferida por los Norteamericanos…

Una mujer sentada en la calle, llorando sobre el cadáver de un gatito…

Un autobús aplastado contra un pared; los pasajeros empujándose para salir, incluso en el rigor mortis…

Los cuartos traseros de un león de piedra delante de lo que fue la Biblioteca Pública; en la escalinata de la entrada, el cadáver de una anciana cuya bolsa de la compra se había desparramado por el suelo, junto a ella: dos novelas policiacas, un ejemplar de Peyton Place, y el último número del Reader´s Digest…

Un chiquillo que empuñaba una pistola de juguete y disparaba contra su hermanita, gritando: «¡Bang! ¡Estás muerta!»
 
(Y lo estaba).

El hombre caminaba lentamente ahora, entorpecido por obstáculos materiales y espirituales. Se acercó al edificio de la colina dando un rodeo; evitando la repugnancia, la curiosidad morbosa, la piedad inútil, el horror indescriptible…

Sabía que había otros hombres allí, en el corazón de la ciudad, algunos entregados a actos de misericordia, otros a heroicos actos de pillaje. Pero él los ignoraba a todos, ya que todos estaban muertos. La misericordia carecía ya de significado, y no había posibilidad de rescate de las radiaciones. Algunos de los que pasaban junto a él le llamaban; pero él continuaba su camino haciendo oídos sordos, sabiendo que sus palabras eran simples estertores de moribundos.

Pero, de pronto, mientras trepaba por la ladera de la colina, notó que estaba llorando. Las lágrimas, cálidas y salobres, descendieron por sus mejillas y empañaron la superficie interior de su casco, de modo que ya no pudo ver nada con claridad. Y así fue como salió del círculo interior; del círculo interior de la ciudad, el círculo interior del infierno de Dante.

Sus lágrimas cesaron de fluir y su visión se aclaró. Delante de él se erguía la impresionante mole del Edificio Federal, intacto… o casi.

A medida que se acercaba a la enorme escalinata principal observó que había evidentes señales de cuarteamiento y de corrosión sobre la superficie de la estructura. La explosión sólo dañó directamente a las esculturas que adornaban el gran arco que daba acceso al edificio; las estatuas simbólicas fueron arrancadas de sus pedestales y estaban en el suelo, destrozadas. El hombre las contempló sin ocultar cierto asombro.

Luego penetró en el interior del edificio. Los centinelas continuaban montando guardia, pero ninguno de ellos le impidió el paso, probablemente porque llevaba un traje protector todavía más complicado e impresionante que los suyos.

En el interior del edificio, un pequeño ejército de funcionarios de poca categoría y de oficiales de alta graduación hormigueaba por los pasillos, subía y bajaba las escaleras. No había ascensores, desde luego: habían cesado de funcionar cuando se cortó la energía eléctrica. Pero el hombre podía subir a pie.

Sentía deseos de subir, ya que para eso había ido allí. Deseaba contemplar la ciudad desde las alturas del edificio. Embutido en su traje protector, parecía un autómata, y como un autómata subió escalera tras escalera hasta que llegó al piso más alto.

Pero allí no había ventanas, únicamente oficinas rodeadas de paredes. Avanzó por un largo pasillo hasta llegar al final. Allí se abría un gran cubículo cuadrado iluminado por la claridad que penetraba a través de la pared de cristal del fondo.

Un hombre estaba sentado ante un escritorio, empuñando un receptor telefónico y maldiciendo en voz baja. Miró con curiosidad al intruso, observó el uniforme aislante, y volvió a sus maldiciones.

De modo que era posible acercarse a la pared del fondo y contemplar la gran ciudad. Mejor dicho, el enorme cráter donde estuvo asentada la gran ciudad.

La noche se mezclaba con el apagado resplandor del horizonte, pero allí no había oscuridad. Las pequeñas bombas incendiarias habían ido extendiendo el fuego, al parecer empujado por el viento, y ahora el hombre contemplaba un inmenso océano de llamas. 
 
Todo estaba envuelto en unas inmensas olas rojizas. Mientras contemplaba aquel espectáculo, las lágrimas acudieron de nuevo a sus ojos, aunque sabía que no habría lágrimas suficientes para apagar aquellos incendios.

Se volvió hacia el hombre sentado ante el escritorio, notando por primera vez que llevaba uno de los uniformes reservados para los generales.

Por lo tanto, debía ser el comandante en jefe. Sí, ahora estaba seguro de ello ya que, alrededor del escritorio, el suelo estaba inundado de papeles. Tal vez eran mapas anticuados, tal vez eran tratados anticuados. Poco importaba ya lo que pudieran ser.

Detrás del escritorio, colgado de la pared, había otro mapa, y este importaba mucho. Estaba literalmente cubierto de banderitas negras y rojas, y al hombre le costó muy poco descifrar su significado. Las banderitas rojas significaban destrucción, ya que una de ellas se encontraba clavada sobre el nombre de aquella ciudad. Y había una sobre Nueva York, una sobre Chicago, Detroit, Los Angeles… sobre todos y cada uno de los centros importantes.

Miró al general, y finalmente fluyeron las palabras.

–Debe ser terrible.

–Sí, terrible -dijo el general.

–Millones y millones de muertos.
 
–Muertos.

–Las ciudades destruidas, el aire envenenado, y ninguna posibilidad de escape. Ninguna posibilidad de escape a ninguna parte del mundo.

–Ninguna posibilidad.

El hombre se volvió hacia la ventana y contempló el Infierno una vez más. Pensando: Este es el fin del mundo.
 
Miró de nuevo al general, y suspiró.

–Pensar que hemos sido derrotados -susurró.

El resplandor rojo creció, y a su luz vio el rostro del general, exultante de alegría.

–¿Qué está diciendo, hombre? – dijo orgullosamente el general, mientras las llamas crecían y crecían-. ¡Hemos ganado!

La nueva temporada - Robert Bloch

 Harry Hoaker esperaba entre bastidores cuando las luces se apagaron.
La familiar melodía sonó en estéreo; a la izquierda del presentador se vio un anuncio que enmarcó en un halo dorado su alegre rostro de fuertes mandíbulas. El presentador era gordo, porque los gordos resultan graciosos.

–Hola Harry –saludó el presentador.
Alargó las sílabas finales de cada palabra, de manera que el saludo sonó más bien así: «¡Holaaa Harryyy!». Lo cual también resultó gracioso.
Siguió el estridente sonido de trompetas que se fundió con los aplausos. La luz del proyector se desvió a la derecha y apareció Harry, que avanzó hasta el centro del escenario mientras los aplausos aumentaban fragorosamente.
Aquélla solía resultarle la parte más difícil: esperar a que la oleada de sonidos se acallara hasta quedar allí en medio, de pie, en el expectante silencio. Aunque ya se había convertido en una cuestión de rutina, algo mecánico, automático.
Harry desechó ese pensamiento, y miró al frente. Los focos, en lo alto, iluminaban el estudio, pero le impedían ver al público.
–Sé que estáis ahí...; os oigo respirar.
Recordó haber utilizado aquella antigua frase cuando los chistes arreciaban como las bombas durante un ataque aéreo. Y vaya si arreciaban; en los viejos tiempos, aquello era como una repetición instantánea de Pearl Harbor.
Pero esta noche empezaba una nueva temporada, y mientras Harry agradecía los aplausos, hizo una repetición de cosecha propia. Para los telespectadores, ocuparía el centro del escenario en diez segundos; pero Harry conocía más detalles de la historia: llegar al centro del escenario le había costado veinte años.
Hacía veinte años... En aquella época, la espera sí que resultaba verdaderamente ardua: ahí de pie, con aquel sombrero cómico y los pantalones enormes que se ponía para el programa infantil.
Tres años tuvo que luchar con dientes y uñas hasta conseguir abandonar el gueto de los sábados por la mañana. Después, lo único que logró obtener fue un programa concurso de la tarde y ocupar una línea dentro del organigrama. Una labor penosa por demás: trabajó con amas de casa chillonas que se meaban en las bragas ante preguntas tan difíciles como «¿Qué soberana de Inglaterra fue conocida con el sobrenombre de la “Reina Virgen”? Le daré una pista... No se llamaba Elizabeth Taylor».
Pero Harry jugó bien sus cartas; por su cuenta, invitaba a un par de escritores que le proporcionaban material decente, y aquello dio resultado. Cuando este canal decidió hacerle la competencia a Johnny Carson con un programa nocturno de entrevistas, el agente de Harry le defendió a capa y espada para que él hiciese de presentador, y ganó la batalla.
Al principio, se había sentido aterrado, pero el agente le había dado su palabra.

–No te preocupes, muchacho, ahí fuera hay los suficientes noctámbulos e insomnes como para aumentar tus niveles de audiencia. Lo único que tienes que hacer es mantenerte fiel al sistema.
Su consejo funcionó, y también Harry, los primeros años. Sacaba partido de los guionistas, los exprimía hasta obtener todas las ideas al cabo de una o dos temporadas, y luego los reemplazaba por otros más frescos. Todos ellos le dejaron un legado de historias humorísticas y chistes que fueron adquiriendo un formato. 

Los telespectadores se lo tragaban todo y él se tragaba a sus invitados..., los masticaba y luego los escupía. Un plantel completo de astutos programadores le suministraba los personajes célebres de la época: todo aquel que tuviera un nuevo programa en la cadena y todo aquel bajo contrato que no contara con un programa, pero necesitaba promocionarse. 

La mezcla se endulzaba con estrellas negociables, que anunciaban los estrenos de sus películas; cantantes de la lista de éxitos que presentaban sus nuevas grabaciones; viejos mitos invitados a promocionar sus autobiografías; incluso unos cuantos escritores verdaderos, que le iban muy bien para rellenar huecos cuando necesitaba a alguien que no provocara la risa. Estaba claro que aquello era un sistema. Y funcionaba.

Ahora, el plantel de guionistas estaba formado por siete personas, y Harry ni siquiera tenía que perder tiempo con ellos en pensar los chistes o en revisar guiones: todo salía por la pantalla apuntadora y él debía limitarse a leer. Si un chiste no funcionaba, les cabía la posibilidad de borrarlo de la grabación antes de transmitir el programa esa noche.
Con el transcurso de los años. Harry se había ido facilitando aún más las cosas; pasó de cinco a tres programas semanales, y utilizó «invitados especiales» como relleno; gente buena, aunque no demasiado buena. Aquello le ayudó, al igual que los largos meses de verano de reposiciones programadas cada año. A veces, aquellas largas ausencias lo volvían inactivo; los críticos comentaban que se estaba convirtiendo en un presentador perezoso y temperamental; pero a Harry no le importaba con tal de que jamás adivinaran el verdadero motivo.
Ignoraban que estaba enfermo.
Durante mucho tiempo ni siquiera él lo había sabido, porque con la bebida y las píldoras lograba seguir adelante. Pero un buen día, un par de temporadas antes, no logró superar las pruebas físicas.
Le habían dicho que no era el SIDA, pero que podía tratarse de lo que los médicos denominaron una mutación del virus. En realidad, el nombre era lo que menos importaba; lo que contaba era que tenía la enfermedad y ésta lo tenía a él.
Le prescribieron un tratamiento a base de unas píldoras de reciente aparición, y logró seguir adelante hasta que comenzó a perder peso. Entonces, le recetaron radiaciones de cobalto, que le hicieron perder el cabello, pero se puso peluca y nadie lo notó. Sin embargo, llegó un momento en que el cobalto dejó de funcionar: y él también, justo antes de que comenzaran las reposiciones de verano de la temporada anterior, lo cual le dio un margen de tres meses para someterse a la primera operación de corazón y recuperarse.
Harry volvió a sentirse en forma hacia el otoño; pero en algún momento de aquella época, en enero o febrero, no estaba muy seguro de cuándo había ocurrido, las cosas comenzaron a desmoronarse y los médicos hablaron de transplante. El resto de la temporada era un recuerdo borroso: una semana estaba en pie y otra en la cama, tomaba nuevas píldoras, se sometía a nuevas pruebas, probaba nuevos tratamientos. Vivió de un programa al otro con el alma en vilo hasta el hiato estival.
Entonces se pusieron a trabajar. Los comentarios que había oído durante todos aquellos años y a los que no había prestado atención –injertos de piel, amputaciones, prótesis– se convirtieron en realidad; aunque no demasiado, porque lo mantenían atontado con inyecciones mientras experimentaban
técnicas radicales en él. No recordaba todo lo que le hicieron, pero ahora volvía a estar en forma.
Un milagro médico, lo llamaban los doctores; y además del fajo de billetes que les entregaba en pago de sus honorarios, tenía que darles otro fajo para comprar su silencio.
Los aplausos cesaron y Harry se enfrentó ahora al silencio. Esbozó una sonrisa forzada, y se colocó de cara a la pantalla apuntadora y acometió el monólogo de apertura sin tropiezos. Algunas de las frases ingeniosas no las entendió del todo porque eran típicas y tópicos, y él había perdido el contacto con el mundo exterior. A pesar de eso, como la pantalla apuntadora le indicaba incluso dónde hacer las pausas, cuando las hacía, se oían las risas.
Una nueva temporada, pero con el sistema de antes, aunque con más trucos: selección informatizada de material para asegurarse de que estuviera en la onda de la actualidad, profundos análisis demográficos para escoger como público a los candidatos adecuados. Los de producción sabían qué hacer y la forma de hacerlo: controlaban los niveles de audiencia y enganchaban a los telespectadores. Existía una gran diferencia con la época en la que Steve Allen como pionero de los programas con entrevistas en vivo, cuando no había la posibilidad de disimular los «gazapos».
Harry soltó otra frase ingeniosa, esperó las consabidas risas, se dio unos golpecitos en la chistera y aprovechó para sacarle partido a la doble toma. Sencillo.
Sólo que no era tan sencillo como parecía. La pantalla apuntadora seguía presentándole los textos, se oían las risas, pero algo fallaba.
Parpadeó a la luz que ocultaba al público pero lo revelaba a él y se preguntó cuánto vería aquella gente, cuánto sabría.
¿Cómo iban a saber nada? Hacía años que su estilo de vida protegía su intimidad. Nunca concedía entrevistas; tampoco leía las que sus publicistas se encargaban de hacer imprimir. Las reuniones de personal y las conferencias oficiales de empresa se realizaban por circuito cerrado de televisión. No le quedaba tiempo para perderlo con amigos o conocidos; no daba fiestas ni asistía a ellas.
Desde su último divorcio –cielos, de aquello hacía más de seis años ya–, no había tenido una mujer, ni siquiera una chica de compañía; tampoco le hacían falta. Una limusina lo conducía al estudio y luego de regreso a su automatizada casa; el personal de seguridad y de servicio cumplía con su obligación sin tropiezos. Si la bebida mataba sus días y las píldoras apaciguaban sus noches, nada de ello se filtraba a la prensa, de manera que... ¿cómo iba nadie a enterarse?
El problema residía en que aquello tenía el efecto de un bumerán: la gente no sabía nada de él, pero tampoco él sabía nada de la gente. Había perdido el contacto, y desde que su problema comenzara, se había desconectado por completo. Cuando cayó enfermo, dejó de leer los periódicos; toda aquella porquería sobre los nuevos problemas sanitarios era un rollo y no quería asustarse con las noticias de los telediarios. Lo único que veía en la televisión eran las películas antiguas, y las estrellas que habían actuado en ellas estaban muertas.

Estrellas muertas, ¡eso sí que tenía gracia! El público se reía de aquel mismo momento, pero ignoraba que el mismo Harry era prácticamente una estrella muerta, un cerebro dentro de un cuerpo mecanizado, un producto de la cirugía plástica, un montón de órganos artificiales sostenidos por impulsos eléctricos y sistemas informatizados.
Nadie lo sabía, y si dependía de él, aquello continuaría en secreto a lo largo de la nueva temporada. Era hora de olvidarse del pasado y prestar atención a lo que hacía. En aquel mismo instante, la pantalla apuntadora le indicaba que debía presentar al primer invitado.
Harry leyó la presentación y apareció un atleta que avanzó hacia él y le estrechó la mano antes de que ocuparan sus asientos en el centro del escenario. El atleta era grande, corpulento, barbudo: Harry se sorprendió al notar que la mano de aquél estaba muy fría, y que el apretón había sido bastante débil. Los nervios, claro; era extraño cómo aquellos simios atiborrados de esteroides tenían sudores fríos delante del público.
En fin, aquello era pan comido, sólo tenía que limitarse a leer la pantalla apuntadora. Harry le dio el pie y esperó la respuesta.
No la obtuvo.
Harry repitió el pie asegurándose de que el atleta lo escuchara. ¿O acaso no lo había oído? El pelmazo seguía ahí sin pestañear «¿Qué diablos pasa.... no me dirán que es analfabeto?»
Harry lo miró con curiosidad, y susurró por lo bajo:

–¡Estamos en el aire, desgraciado! Contéstame, di algo, por el amor de Dios...
Ni una sola palabra. El rostro del atleta permaneció inexpresivo, por completo.
En aquel momento, el de Harry también quedó carente de expresión, pero por dentro estaba que ardía. «Cielos, el tío se que ha quedado paralizado, está en Babia...»
El instinto acudió en su ayuda: se dirigió al público y se sacó de la manga un chiste antiguo. No es que fuera demasiado ingenioso, pero cualquier cosa era mejor a estar en el aire y con la boca cerrada.
El atleta no movió ni un solo músculo, sino que siguió sentado allí, completamente inmóvil.
Sólo cabía hacer una cosa: sacarle de allí, y de prisa. Harry hizo la señal, un gesto con la mano, y dos rubias pechugonas subieron al escenario contoneándose. «Las azafatas de Harry», así las llamaban, pero su verdadera misión era la de echarle una mano en emergencias como aquélla. Y mientras él comentaba jocosamente que al invitado debía de haberle dado un repentino ataque de pie de atleta, las sonrientes muchachas ayudaron al hombre a levantarse del asiento.
Maldición, eso de ayudarle era demasiado decir, porque fueron incapaces de moverlo, el tío seguía allí, duro como una piedra. Harry soltó otra ocurrencia para llamar la atención del público mientras las chicas, que habían dejado de sonreír, prácticamente levantaron en vilo al enorme simio y lo sacaron del escenario con los pies arrastrando.
«¿Y ahora qué?» Harry volvió a hacer una señal y el gordo presentador acudió a rescatarle; subió pesadamente al escenario y soltó un chiste que no tenía nada que ver con lo ocurrido. Harry levantó la mirada y comprobó que la pantalla apuntadora había avanzado a toda velocidad y le indicaba que debía anunciar una pausa para la publicidad.
Mientras pasaban los anuncios, apagó el micrófono y preguntó a toda prisa:
–¿Qué ocurre aquí?

–La computadora está abajo –respondió el presentador. Y se alejó con paso rígido, sin agregar una palabra más.

–Eh, vuelve aquí...
Harry levantó la voz, pero el otro se limitó a apresurar el paso, y sacudió las piernas al tropezar contra el telón de fondo en sus prisas por llegar a las bambalinas.
El miedo impulsó a Harry a pulsar los botones del extremo de la mesa que había junto a su silla: había alertado al director que ocupaba la cabina de control.
No recibió respuesta. Otro anuncio apareció en la pantalla del monitor, pero aquello no le dijo nada. Harry parpadeó cuando miró las luces hasta que logró fijar la vista en la cabina acristalada que se elevaba en la pared trasera del estudio.
La cabina estaba vacía.
No había director. Ni equipo de producción, ni siquiera un ingeniero de sonido.
Harry miró todo aquello con fijeza. «¿Qué ocurre aquí? No me digas que ahora lo tienen todo informatizado.... las cámaras, los niveles de sonido, los cambios de luces, los decorados...»
Desesperado, echó un vistazo hacia la zona de bambalinas, y al instante, deseó no haberlo hecho. Allí estaba el presentador, despatarrado boca abajo en el suelo, junto al inerte atleta. Mientras Harry los observaba, dos enfermeros se les acercaron, se arrodillaron junto a la gorda silueta del presentador y le quitaron la chaqueta y la camisa. A toda prisa comenzaron a pulsar los brillantes circuitos empotrados en su espalda desnuda y a manipular las conexiones.

«¡Conexiones!»
Harry se hizo algunas consideraciones de cosecha propia: «¡Cielo santo, ese tipo es como yo! Y el atleta también».
El anuncio desapareció de la pantalla del monitor y Harry volvió a estar en el aire. Sus ojos buscaron la pantalla apuntadora, pero no la encontraron. Lo único que le quedaba por hacer era volver a conectar el micrófono y ganar tiempo.
Pero el micrófono no funcionaba. Estaba tan muerto como el presentador y el atleta y...
Entonces cayó en la cuenta de todo lo ocurrido. Él no era el único. Algo se había estado cociendo mientras él permanecía aislado. Harry recordó los rumores acerca de una epidemia. Seguramente, aquello debía de haberse prolongado durante un largo período; pero todo había continuado bajo cuerda. Y en la cumbre, las personas como él abundaban cada vez más: cascarones vacíos con vida artificial.
¿Hasta dónde se habría extendido la epidemia? ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que los presidentes estuvieran programados, hasta que los robots gobernaran el mundo? Llamarlo milagro médico no cambiaba las cosas: aquello era una conspiración. Alguien tendría que dar la alarma, decir la verdad, ¡y pronto!
En ese momento, Harry oyó un suave murmullo, supo que su micrófono volvía a estar conectado; un sistema automático de apoyo había corregido el desperfecto. Pero a él le correspondía corregir el otro desperfecto, el gran desperfecto.
Enfrentándose a las luces que lo separaban del público, la voz de Harry llenó el vacío de palabras. Debía advertirles en ese preciso instante, aunque fuera lo último que hiciese.

–¿Podéis oírme? Entonces, ¡huid de aquí! Tenéis que comprender que todo esto no es real. Que yo no soy real. Decídselo a vuestros amigos. ¡No permitáis que las computadoras os dominen, no permitáis que los órganos artificiales y los trasplantes electrónicos os conviertan en zombies! Es lo que me ha ocurrido a mí y puede que os pase a vosotros si no hacéis algo ahora mismo. Buscad una cura para esto... ¡Volved a la realidad antes de que sea demasiado tarde!

Harry hizo una pausa, y esperó la reacción.
Y la obtuvo: una explosión de sonido procedente de la banda sonora de las risas.
Era de suponer, claro. Siempre había una banda de sonido para las risas, y otra que suavizaba los aplausos.
Pero después de tantos años de experiencia. Harry había aprendido a distinguir la diferencia entre la risa prefabricada y la verdadera. Y aquella explosión de alegría era mecánica. Entre el público, nadie reía, nadie aplaudía, nadie reaccionaba porque nadie sabía cómo hacerlo, a menos que el apuntador les soplara. Aquél era un programa cómico, él era un hombre gracioso y el público no podía reaccionar por sí solo a una advertencia inesperada.
A lo largo de todos aquellos años en que la cirugía había ido robándole el cuerpo, alguien se había quedado con los cerebros de la gente. Las computadoras pensaban por ellos, los medios de comunicación les dictaban su estilo de vida. Hacer el amor, conducir coches o sacudir los puños en manifestación de protesta, todo eran cuestiones de pura mímica. Las máquinas confeccionaban los productos y las máquinas los promocionaban; eran máquinas las que compraban los productos y eran máquinas las que los utilizaban. La vida real no existía ya; sólo como su programa: invitados de mentira, improvisaciones de mentira y presentador de mentira.
La única realidad que Harry logró encontrar fue su propia desesperación. ¿De qué servirían las advertencias? Los telespectadores no iban a oír lo que él dijera, sería eliminado de la grabación.
Pero aún quedaba un modo. Mediante la comunicación verbal. En ella estaba la respuesta. Si lograra llegar al público del estudio, si lograra hacérselo creer, entonces, al salir, ellos se encargarían de propagar la verdad. Y tenía que convencerlos en ese mismo instante, porque aquélla era su última oportunidad.
Harry se enfrentó a las luces, luchó contra el cegador brillo, se obligó a establecer un contacto visual con las siluetas que permanecían sentadas, en silencio, entre las sombras de allá abajo. Se le nubló la vista, luego se le aclaró y logró ver la vacía amplitud del estudio.
No había público.
No había público..., nadie, sólo Harry y la pantalla apuntadora. Por la luz destellante del anotador eléctrico, supo que éste había vuelto a funcionar, que le indicaba su próxima frase.
Como un autómata. Harry comenzó a leer las palabras en voz alta. Al diablo con todo, una nueva temporada empezaba. El espectáculo debía continuar, y un chiste era un chiste.
Y si no había público, qué más daba. Siempre contaría con las risas de la banda de sonido.

Los esponsales inenarrables - Robert Bloch

    Avis sabía muy bien que no estaba tan enferma como decía el doctor Clegg. Simplemente, sólo estaba cansada de la vida. Se trataba, acaso, de una especie de ganas de morir; o simplemente, del aburrimiento profundo que le infundían aquellos jóvenes pícaros que se dirigían a ella empezando con estas palabras: «¡Oh, rara Avis!»

Pero actualmente se sentía mejor. La fiebre había bajado hasta no ser más que un velo blanco que la cubría, una cosa que habría podido apartar de un gesto, si no hubiera sido tan agradable refugiarse debajo, acurrucarse contra su calor reconfortante.

Al darse cuenta de la realidad, Avis sonrió: la monotonía era, en verdad, lo único que no la aburría. Al fin y al cabo, la verdadera, la derrengante rutina era la esterilidad de la agitación. En comparación, esta tranquila sensación de quietud, esta dulce serenidad parecía rica y fértil. Rica y fértil... Creadora... Matriz.

Las palabras se enlazaban. Retorno a la matriz. Cuarto negro, lecho caliente; acostarse como perrillo de fusil en la reparadora, la nutricia letargia de la fiebre...

Eso no era realmente la matriz; no había remontado tan lejos; lo sabía. Pero esto le recordaba los días de aquellos tiempos de su niñez. De cuando era una niñita de ojos oscuros devorados por la curiosidad. Una niñita que vivía sola en una casona grande y antigua, como una princesa de leyenda en un castillo encantado.

Ah, claro, su tío y su tía también vivían allá, y no era realmente un castillo... ¡y nadie sabía que ella era princesa! Salvo Marvin Mason, hay que decirlo.

Marvin vivía al lado, e iba a veces a jugar con ella. Subían a su cuarto y miraban por el ojo de buey de la claraboya, pequeño párpado que se abría al cielo.

Marvin sabía, seguramente, que era princesa; que su cuarto era una torre de marfil y el ojo de perra una ventana encantada. Cuando se subían a una silla para mirar fuera, veían el mundo detrás del firmamento.

A veces ella no estaba segura de si Marvin veía real y sinceramente el mundo de más allá de la ventana; acaso dijera que sí, sencillamente, porque la amaba.

Pero escuchaba con sosiego las historias que ella le contaba de aquel mundo maravilloso. A veces le contaba las que había leído en los libros; otras veces, se las inventaba ella misma. Los sueños no vinieron hasta más tarde; unas historias que también contó a Marvin.

Y he ahí lo que sucedía: empezaba bien, pero de una manera o de otra las palabras acababan enredándose. Y no siempre encontraba las frases precisas para lo que había visto en sueños. Eran unos sueños muy especiales. Sólo le venían las noches en que tía May se había dejado la ventana abierta, y también, además, si no había luna. Entonces se acostaba en la cama, muy apelotonadita, hecha un ovillo y esperaba que el viento llegase a través del ojo de libélula. Vendría suavemente y ella sentiría en la frente y el cuello como la caricia de sus dedos. Unos dedos dulces y frescos que apenas le rozaban la cara, unos dedos apaciguadores que la hacían desenroscarse y abrirse como una flor que las sombras venían a libar.

Ella se adormecía en la espaciosa cama y las sombras entraban en cortejo por la ventana. Una noche que no estaba dormida, vio cómo llegaban las sombras, y supo que eran reales. Entraban traídas por la brisa y se reunían a su entorno. Quizá fuesen las sombras, y no el viento, las que tuvieran aquel dulce frescor. Quizá fuesen también las sombras las que la acariciaban y jugueteaban con su cabello hasta que se dormía.

Y entonces no le faltaba nunca la visita de los sueños. Llegaban siguiendo siempre el mismo camino, igual que el viento y las sombras. Bajaban del cielo por el ojo de pavo real. Había voces que ella escuchaba sin poder entenderlas, colores que veía sin poder nombrarlos, formas que entreveía pero que no se parecían a nada de lo que había visto en los libros.

Algunas veces, las mismas voces, los mismos colores y las mismas formas venían repetidamente, y aprendió a reconocerlas, en cierto modo. Una de las voces era grave, rezongante, y parecía salir directamente del interior de su propia cabeza, aunque ella sabía muy bien que procedía en realidad de la especie de pirámide negra y brillante que tenía ojos en las puntas de los brazos. Aquello no parecía ser ni viscoso ni repulsivo; no había motivo para asustarse. Avis no comprendía por qué Marvin Mason la hacía callar, cuando ella empezaba a hablarle de aquellos sueños.

Claro, era un chiquillo nada más; cogía miedo y huía a casa, con su madre. Avis no tenía madre, no tenía sino a tía May; pero a ésta no le habría contado nunca aquellas cosas. Además, ¿por qué habría tenido que contárselas? A ella los sueños no le daban miedo, ¡eran tan claros, tan interesantes!

A veces, en días grises, lluviosos, cuando no había otra cosa que hacer que jugar con la muñeca o recortar imágenes para pegarlas en el álbum, Avis deseaba que la noche se diera prisa en llegar para poder soñar y revivir todas aquellas cosas.

Acabó por gustarle quedarse en cama todo el día y alegar que se había resfriado, para no tener que ir a la escuela. Avis mantenía entonces la vista fija en el ojo de tórtola y esperaba la llegada de los sueños. Pero durante el día no venían nunca; sólo venían por la noche.

Con frecuencia se preguntaba cómo sería allá arriba. Los sueños debían venir del cielo, estaba segura. Las voces y las formas vivían allá arriba, en algún lugar al otro lado de la ventana. Tía May pretendía que los sueños los producían los desarreglos intestinales; pero Avis sabía muy bien que no era cierto.

Tía May se inquietaba siempre por los dolores de barriga de Avis y le reprochaba que no saliera a jugar fuera de casa. Decía que si estaba pálida y delicaducha era porque no salía. Pero Avis se encontraba bien, y además, tenía aquellos secretos que repasar en su mente. Ahora ya casi no veía nunca a Marvin Mason, ni se tomaba la molestia de leer. Por otra parte, aquello de ser princesa ya no la divertía. Los sueños eran muchísimo más reales; podía hablar con aquellas voces y pedirles que, cuando se fueran, se la llevaran con ellas.

Avis llegó a ser casi capaz de entender todo lo que decían; había eso brillante que se contentaba con columpiarse en la abertura de la ventana y aquello otro que tenía el aire de ser mucho más que lo que ella, Avis, podía ver... y esto producía en su cabeza una música familiar. No un estribillo, siempre igual, ¡ah, no! ¡Era más bien una especie de poema! En sus sueños, Avis le pedía que se la llevara de aquí. Montaría sobre sus espaldas y volaría con ella más allá de las estrellas. Era una picardía pedirle que volase, pero Avis sabía que, fuera, tenía alas. Unas alas grandes como el mundo.

Avis argüía y suplicaba, pero las voces le hacían comprender que no podían llevarse consigo a las niñitas pequeñas. O, en fin, algo así. Porque aquello era demasiado frío y estaba demasiado lejos, y habría que la transformarla.

Y Avis contestaba que le importaba poco el cambiar, que quería marcharse. Les dejaría hacer todo lo que quisieran, con tal que se la llevasen. ¡Ah, sería formidable poder hablarles continuamente, bañarse en aquel dulce frescor y soñar eternamente!

Una noche vinieron en mayor número que las veces anteriores. Se columpiaban en la abertura del ojo de ruiseñor y por todo el cuarto. Las había tan curiosas que se podía ver a través de ellas, y a veces se montaban unas sobre otras.

Avis se daba cuenta de que, durmiendo, estallaba en carcajaditas nerviosas; pero no podía remediarlo. Después se calmó y las escuchó.

Le dijeron que todo estaba dispuesto. Que iban a llevársela. Sólo que no debía decir nada a nadie, ni tener miedo. Que regresarían pronto. Que no podían llevársela tal como era ahora, y que ella debía querer transformarse.

Avis respondió que sí. Ellas, todas, rumorearon una especie de melodía y se fueron.

La mañana siguiente, Avis estaba enferma de verdad, muy grave, y no tenía ningunas ganas de levantarse. Tenía tanto calor que apenas podía respirar, y cuando tía May le trajo la bandeja, no pudo engullir ni un solo bocado.

Aquella noche no soñó. Le dolía la cabeza y no paraba de revolverse. De todos modos, fuera había luna llena, y los sueños tampoco habrían venido. Sabía que llegarían cuando la luna se hubiera marchado, no había de hacer otra cosa que esperar. Además, estaba tan enferma que no lo lamentaba demasiado. Era preciso que mejorase antes de poder partir, o hacer lo que fuere.

Al día siguiente el doctor Clegg vino a verla. Era un buen amigo de tía May y la visitaba con frecuencia; además, era su médico particular.

El doctor Clegg le cogió la mano, preguntándole qué era lo que no le marchaba bien aquella mañana a la damita. Avis estaba con demasiada fiebre para responder nada en absoluto, y, por otra parte, tenía una cosa brillante en la boca. El doctor cogió el objeto, lo examinó y meneó la cabeza. Se marchó un rato después, y entonces entraron tía May y tío Roscoe. Le hicieron engullir una especie de medicamento que tenía un sabor espantoso.

Empezaba a ser de noche; fuera se preparaba una tormenta. Avis casi no podía hablar, y cuando cerraron el ojo de gato no tuvo fuerzas para pedirles, por favor, que dejasen la ventana abierta esta noche, porque no había luna y vendrían a buscarla, a ella.

Luego todo empezó a girar y girar; tía May se acercó a la cama y pareció aplanarse como una sombra o una de aquellas formas que ella esperaba, aunque haciendo un ruido de trueno que estallaba al exterior. Ahora Avis dormía, dormía profunda y dulcemente, a pesar de que oía los truenos; aunque, por lo demás, no eran verdaderos truenos. Nada era verdadero, excepto las formas. Sí, nada era real sino las voces, las formas y los colores...

...Entraban por el ojo de serpiente, que ya no estaba cerrado porque Avis lo había abierto y ella estaba allá arriba, más alto de lo que hubiera ascendido nunca hasta entonces; aunque así, sin cuerpo, era fácil, y pronto tendría uno nuevo, si bien las formas querían también el antiguo, puesto que se lo habían llevado igualmente. Además, todo esto le daba igual, porque no lo necesitaba para nada y ahora ellas iban a llevar su ulnagr Yuggoth Farnomi ilyaa...

Fue en este instante cuando la encontraron tía May y tío Roscoe y, de un tirón, la hicieron bajar de la ventana. Más tarde dijeron que Avis había gritado a todo pulmón; que de no ser así se habría marchado sin que ellos se dieran cuenta.

Después de todo esto, el doctor Clegg la condujo al hospital. Allá no había ojo de tortuga y la gente entraba a verla toda la noche. Los sueños cesaron.

Cuando se hubo restablecido lo suficiente para volver a casa, descubrió que la ventana también había desaparecido.

Tía May y tío Roscoe la habían condenado porque Avis era sonámbula. La muchacha no sabía qué era ser sonámbula, pero adivinaba que tenía algo que ver con su enfermedad y con los sueños, que ya no volvían.

Porque parecía que entonces los sueños habían desaparecido definitivamente. No había manera de hacerlos volver, y, por otra parte, ella no tenía tantísimas ganas de que volvieran. Actualmente se divertía mucho jugando con Marvin Mason, y pronto volvería a la escuela en cuanto empezase el semestre próximo.

Ahora, sin ojo de búho que mirar, dormía muy bien por las noches. Tía May y tío Roscoe estaban contentos, y el doctor Clegg decía que iba a ser un demonio de preciosidad...

Avis lo recordaba todavía como si hubiera sido ayer. U hoy. O mañana.

Recordaba cómo había crecido. Cuando Marvin Mason se enamoró de ella. Todo lo que experimentó la noche que tía May y tío Roscoe perecieron en el accidente de Leedsville. Triste momento aquél.

Otro mal momento todavía: cuando Marvin se marchó. Ahora estaba sirviendo en las colonias. Avis se había quedado sola en aquella casona grande, que actualmente le pertenecía.

Reba venía todos los días para ocuparse de la casa, y el doctor Clegg pasaba de vez en cuando, incluso cuando hubo cumplido ya los veinte años y heredado oficialmente la finca.

No parecía aprobar la clase de vida que ella había decidido vivir y en diversas ocasiones le preguntó por qué no cerraba la casona y se iba a vivir en un pisito de la ciudad. Al médico le inquietaba ver que Avis no manifestaba el menor deseo de conservar las amistades que había hecho en el colegio. Y esto recordaba vivamente a la joven la solicitud que el doctor demostraba por ella cuando no era más que una niña.

Pero Avis ya no era una niña. E iba a ponerlo de manifiesto suprimiendo lo que había representado siempre, para ella, el símbolo del dominio de los mayores. Hizo abrir otra vez la alta ventana redonda de su dormitorio.

Era algo estúpido. Avis se dio cuenta en aquel mismo momento; pero, para ella, aquello revestía un significado particular, porque aquello restablecía en cierto modo el lazo con su niñez. Y en aquello se resumía su dicha: en la niñez y siempre en la niñez.

Ausente Marvin Mason, tía May y tío Roscoe difuntos, poca cosa quedaba con que poblar el presente. Entonces Avis subía a su cuarto y se hundía en los álbumes de recortes que había coleccionado durante su infancia. Había guardado también las muñecas y los viejos cuentos de hadas, que ahora hojeaba para ayudarse a pasar las largas tardes solitarias. Con tales diversiones, uno casi llega a perder la noción del tiempo. Los objetos que la rodeaban no habían cambiado. Ah, claro, Avis era mucho más alta, y la cama ya no tenía un aire tan impresionante, ¡ni la ventana estaba tan arriba!

Pero ambos estaban allí. Ambos esperaban a la niña en que se convirtió de nuevo cuando, al caer la noche, se enroscó como una pelotita y se escondió entre las sábanas; se escondió para fijar la mirada en el ojo de buey, aquel párpado que se abría contra el cielo. Avis aspiraba de todo corazón a soñar otra vez. Al principio no lo consiguió.

Al fin y al cabo era ya una mujer adulta, estaba prometida, iba a casarse y no era ningún personaje de Peter Ibbetson. Aquellos sueños de su infancia habían sido bastante estúpidos.

Quizá. Pero eran muy hermosos. Sí, incluso cuando estuvo tan enferma que faltó poco para que se cayera de la ventana. Hasta aquella vez habla sido muy agradable soñar. Evidentemente, aquellas voces y aquellas formas no habían sido más que obsesiones de neurótica, como decía Freud. Esto lo sabían todos.

¿Y si todos se equivocaban?

Supongamos que todo aquello hubiera sido real. Supongamos que los sueños no sean, simplemente, manifestaciones del subconsciente provocadas por una indigestión o un aumento de colesterol. ¿Y si los sueños fuesen producidos, en realidad, por impulsos electrónicos o radiaciones planetarias emitidas en la misma longitud de onda que tuviera la mente del durmiente?

El pensamiento es un impulso eléctrico. ¿Puede ser que el que sueña actúe como una especie de médium sumido en un estado de receptividad particular? Si el durmiente posee la rara facultad de actuar como catalizador, es posible que lo que ve aparecer no sean fantasmas, sino criaturas de otro mundo, o de otra dimensión. Se podría pensar que los sueños se alimentan de la sustancia misma del soñador, al igual que los espíritus se convierten en ectoplasmas absorbiendo la energía del médium.

Avis lo pensó y volvió a pensar, y cuando hubo desarrollado su teoría, se dijo que todo parecía perfectamente coherente. Aunque, a pesar de ello, no hablaría con nadie de su descubrimiento. El doctor Clegg se reiría en sus propias narices, o, peor aún, se contentaría con bajar la cabeza. Tampoco Marvin Mason habría estado de acuerdo. Nadie quería verla soñar. La trataban siempre como a una chiquilla.

Muy bien, se haría la chiquilla, una chiquilla que ahora podía hacer todo lo que quisiera. Y soñaría.

Muy poco tiempo después de haber tomado esta decisión vio retornar los sueños. Casi como si hubieran esperado que los aceptase plenamente por lo que eran.

Sí, retornaron, lentamente, poquito a poco. Avis observó que si se concentraba sobre el pasado, durante el día, si se esforzaba en recordar la infancia, facilitaba el proceso. Y por esta razón pasó cada día más y más tiempo en su cuarto, dejando los cuidados de la casa confiados a Reba. Si quería aire fresco, siempre podía mirar por la ventana. Estaba muy alta y era pequeña; pero bastaba que Avis se subiera a una silla para que pudiera ver el cielo y las nubes que lo escondían a trozos, mientras esperaba la llegada de la noche.

Entonces se acostaba en la gran cama y aguardaba al viento. El viento se acercaba suavemente, y las tinieblas se deslizaban dentro del cuarto; y pronto podía escuchar el cuchicheo de las voces apagadas.

Las voces fueron las primeras que regresaron; pero eran débiles, lejanas. Poco a poco ganaron en intensidad, y Avis pudo observar de nuevo las diferencias y reconocer las distintas entonaciones individuales.

Tímidamente, con muchas vacilaciones, las formas reaparecieron a su vez. Cada noche se hacían más claras. Avis Long (una chiquilla de grandes ojos redondos en una espaciosa cama bajo el ojo de terciopelo) las esperaba con impaciencia.

Ya no estaba sola. No tenía necesidad de ver amigos ni de hablar con aquel viejo imbécil de doctor Clegg. Ni por qué perder el tiempo hablando tonterías con Reba, ni de hacer melindres con motivo de las comidas. No tenía necesidad de vestirse para salir. De día, tenía la ventana; de noche, los sueños.

Así las cosas, un buen día se sintió singularmente débil y le sobrevino esta curiosa enfermedad. Pero no era esto lo que esperaba en cuanto a transformación física.

Su espíritu continuaba intacto, lo sabía. Poco importaba el número de veces que el doctor Clegg se había quejado de ella y hablado de llamar a un «especialista»; no tenía miedo. Claro, sabía que la verdad era que querían que la examinase un psiquiatra. Aquel viejo chocho no se cansaba de soltar discursitos zalameros aludiendo a su «retirada de la realidad» y sus «mecanismos de fuga».

Clegg no sabía nada de sueños. Por lo demás, Avis no se lo habría explicado. El médico no había sabido imaginar nunca la riqueza, la plenitud, el sentimiento de conquista que procuraba el hábito de ponerse en contacto con otros mundos.

Actualmente Avis estaba al corriente de todo esto. Las voces y las formas que entraban por el ojo de mochuelo venían de otros mundos. Como una niña cándida, las había atraído por su propia simplicidad. Ahora, al esforzarse conscientemente en hallar otra vez su ingenuidad infantil, las veía retornar.

Llegaban de otros universos, de unos universos de belleza y esplendor. De momento Avis no podía ir a su encuentro más que en alas de los sueños; pero un día... un día, muy pronto, traspasaría la barrera.

Las voces cuchichearon señalando su cuerpo. Dijeron algo relacionado con un viaje, que hablaba de «cambio». Aquello no se podía expresar con palabras usuales; pero ella les tenía confianza y, después de todo, un cambio físico significaba poca cosa, si una se fijaba en el fin perseguido.

Pronto se habría restablecido y estaría fuerte. Bastante fuerte para decir sí. Y entonces vendrían a buscarla, cuando la luna lo permitiese. Hasta aquel momento, ella podía reforzar su determinación, su manera de soñar.

Avis Long estaba tendida en la inmensa cama, bien calentita, en las tinieblas, aquellas tinieblas que penetraban de manera visible por la ventana abierta. Las formas se insinuaban, se enroscaban en los lienzos, se alimentaban de la noche misma, crecían, palpitaban, lo envolvían todo.

Las formas la tranquilizaron con respecto a su cuerpo; pero a la joven la tenía sin cuidado y les dijo que no le daba importancia, porque creía que el cuerpo era accesorio y que sí, que consideraría aquello, de buena gana, como un cambio, con tal de poder partir, lo cual, sabía, dependía exclusivamente de ellas.

No es más allá de las estrellas, sino entre las estrellas, en medio de ellas, donde reside la esencia, tiniebla de las tinieblas, porque Yuggoth no es más que un símbolo; aunque no, esto no es cierto, no hay símbolos, porque todo es realidad, y sólo es la percepción lo limtitado... porque... ch'yar ul'nyar shaggornith...

Nos cuesta trabajo hacernos comprender — pero yo te comprendo — tú no puedes resistirte — yo no quiero resistirme — tratarán de impedírtelo — nada podrá impedírmelo porque yo les pertenezco — sí, y tú perteneces - y es para muy pronto — sí, es para pronto — muy pronto — sí, sí, muy, muy pronto...

Marvin Mason no esperaba que le recibieran de este modo, ni pensarlo. Avis no había escrito, ni había venido a la estación, evidentemente..., pero la posibilidad de que estuviera enferma de gravedad no había cruzado por su mente.

El muchacho se había ido derechamente a casa de Avis, y le causó una trágica sorpresa el encontrar al doctor Clegg a la puerta.

El anciano médico tenía un semblante apenado, y la primera frase que pronunció contribuyó todavía a reforzar esta sensación. Estaban sentados cara a cara, abajo, en la biblioteca. Mason sentíase incómodo dentro del uniforme, y el anciano se mostraba demasiado repleto de vocabulario profesional.

—En fin, ¿qué hay, doctor?

—No sé. Una ligera fiebre crónica. Insomnio. Lo he comprobado todo: ni vestigio de tuberculosis o de infección maligna. Su mal no es... orgánico.

—¿Quiere decir que es el espíritu...?

El doctor Clegg se hundió profundamente en el sillón y bajó la cabeza.

—Le podría contar muchas cosas, Mason. Las teorías de la medicina psicosomática, los beneficios de la psiquiatría, la... Pero importa poco. Sería una hipocresía.

»He hablado con Avis, o, más bien, he tratado de hablarle. Ella no decía gran cosa; pero lo poco que ha explicado me ha trastornado profundamente. Y su conducta me ha inquietado más todavía. Usted adivinará adónde quiero ir a parar, imagino, si le digo que Avis lleva la vida de una niña de ocho años. La vida que llevaba a dicha edad.

Mason frunció el entrecejo.

—¡No me dirá que sube otra vez a sentarse en su cuarto y a mirar por la ventana!

El doctor Clegg hizo un signo afirmativo.

—Pues yo creía que la habían cerrado tiempo atrás, cuando se dieron cuenta de que Avis era sonámbula y que...

—La hizo abrir de nuevo meses atrás. Y Avis no sido nunca sonámbula.

—¿Qué quiere decir?

—Avis Long no ha paseado nunca en sueños. Me acuerdo muy bien de la noche en que la encontré sobre el marco de la ventana. No sobre la mesita, porque no la había. Estaba encaramada sobre la pieza de apoyo de la ventana abierta, con la mitad del cuerpo afuera, como un perrito que hubiera probado de saltar demasiado alto.

»Pero no había ninguna silla debajo, ninguna escalera. Ningún medio para llegar allá arriba. Sencillamente, ella estaba allí... y nada más.

El médico volvió la cara antes de continuar.

—No me pregunte qué significa esto. No podría, ni querría, explicarlo. Habría debido hablarle de las cosas que cuenta..., sus sueños y las presencias que vienen a verla. Las presencias que quieren llevársela.

»Mason, es usted quien debe intervenir. Honradamente, yo no puedo hacerla encerrar; por una razós muy sencilla: la reclusión no significa nada para los sueños. No se puede construir muralla alguna para protegerse de ellos.

»Pero usted puede rodearla de afecto, puede curarla. Usted es el único que puede cuidarla, que puede despertar su interés por la realidad. Ah, ya sé que esta perspectiva tiene el aire de un romanticismo exagerado y estúpido, tanto como la otra debe de parecer loca y abracadabrante.

»Y sin embargo, es así. Es lo que ocurre. En este preciso instante ella duerme en su cuarto y oye las voces..., lo sé muy bien. Pruebe, pues, de hacerle oír la de usted.

Mason salió del aposento y empezó a subir las escaleras.

 —Pero ¿qué quiere decir eso de «no puedo casarme contigo»?

Mason contemplaba el cuerpo sumido en un revoltijo de sábanas. Probó de esquivar la mirada directa de los ojos curiosamente infantiles de Avis, como también evitaba mirar la negra, siniestra abertura de la ventana redonda.

—No puedo, y no hay más que hablar.

Hasta su voz parecía tener un acento infantil. Los tonos agudos, penetrantes, habrían podido salir muy bien de los labios de una niña, una niña fatigada, medio dormida, y ligeramente irritada de que la hubieran despertado con un sobresalto.

—Pero tus proyectos..., tus cartas...

—Lo siento. No puedo hablar. Sabes que no he estado bien. Sin duda el doctor Clegg te lo habrá dicho, abajo.

—Pero ahora vas mucho mejor —insistió Mason—. Dentro de pocos días volverás a estar en pie.

Avis meneó la cabeza. Una sonrisa —la sonrisa equívoca de una niña desobediente— levantó las comisuras de sus labios.

—No puedes comprenderlo, Marvin. No podrás comprenderlo nunca. Tú perteneces a... esto. —Un ademán indicó la estancia— Yo pertenezco a otra parte.

Y la mano señalaba, inconscientemente, hacia la ventana.

Ahora Marvin alzó la mirada. No podía evitarlo; el agujero redondo y negro se abría sobre la nada. O sobre... algo. Fuera, el cielo estaba negro, sin luna. Un viento frío venía a rodar como una ola alrededor de la cama.

—Cerraré la ventana —dijo, procurando adoptar un tono sosegado y previsor.

—No.

—Niña, estás enferma; vas a resfriarte.

Incluso cuando acusaba, la voz de Avis parecía curiosamente aguda. La joven se sentó, muy erguida y se encaró con él.

—Tú estás celoso, Marvin. Tienes celos de mí. De ellas. No me dejarías soñar nunca. No me dejarías partir jamás. Y yo quiero irme. Ellas van a venir a buscarme.

»Yo sé por qué te ha enviado acá, el doctor Clegg. Quiere que me convenzas de que baje otra vez. Quiere encerrarme, como también quiere cerrar la ventana. Quiere que me esté aquí porque tiene miedo. Todos tenéis miedo de lo que hay allá... fuera.

»Pues todo eso no sirve de nada; no podrás detenerme. No podrás detenerlas.

—Cálmate, querida...

—Me da igual. ¿Crees que me preocupo de lo que hagan de mí, desde que sé que podré partir? No tengo miedo. Sé que no puedo partir tal como soy ahora. Sé que primero tienen que transformarme. Hay ciertos puntos que quieren guardar secretos por motivos que sólo ellas saben. Si te contara ciertas cosas, te aterrorizarías. En cambio, yo no tengo miedo. Tú piensas que estoy enferma y loca... No digas lo contrario.

»Me siento bastante bien, bastante fuerte para verlas cara a cara y enfrentarme con su mundo. Eres tú el que está demasiado afectado para soportar todo esto.

Avis había terminado gritando, con un gemidito agudo de rabieta infantil.

—Mañana abandonamos esta casa, tú y yo —dijo Mason—. Nos vamos. Nos casaremos y seremos felices eternamente, como en los libros de cuentos de hadas. Lo que le pasa a usted, princesa, es que no ha crecido. Todas estas historias de duendes y de reinos exteriores...

Avis lanzó un chillido.

Mason simuló que no lo oía.

—Y para empezar voy a cerrar esta ventana.

Avis siguió chillando. Sus gritos se convirtieron en aullido estridente cuando Mason estiró el brazo y empujó el vidrio redondo sobre la negra abertura. El viento trató de oponerse a sus esfuerzos, pero él cerró la ventana y aseguró el pestillo.

De súbito, unas manos se le hundieron en la garganta, por detrás, mientras los gritos estallaban en sus oídos.

—Te mataré —gritó Avis.

Era el grito de una niña enfurecida. Pero no había nada de infantil ni de débil en la fuerza que movía aquellos dedos encarnizados. Mason se deshizo de ella, sin aliento.

Luego, repentinamente, el doctor Clegg apareció en la habitación. Brilló una jeringa hipodérmica y se hundió con un destello de plata.

Condujeron a la muchacha a la cama y la acostaron. Las blancas sábanas formaban como un aderezo alrededor del rostro cansado de la niña dormida.

Ahora la ventana estaba bien cerrada. Todo había quedado ya en orden cuando los dos hombres apagaron la luz y se retiraron de puntillas.

 Mason suspiraba delante del fuego.

—Poco importa cómo, pero mañana me la llevo de aquí —se prometió—. Quizá haya sido demasiado repentino, todo esto... Volver a mitad de la noche y precipitarme a despertarla. No he sido muy delicado. Pero había algo en ella, algo en la atmósfera del cuarto, que me ha aterrorizado.

El doctor Clegg encendió la pipa.

—Lo sé —rubricó—. Es esto lo que me impide comprender lo que pasa. Hay mucho más que una simple alucinación.

—Voy a pasar la noche aquí —continuó Mason—, por si ocurriera algo.

—Avis dormirá —aseguró el médico—. Puede darlo por seguro.

—A pesar de todo, estaré más tranquilo si me quedo. Empiezo a tener una idea propia sobre todo eso que cuenta... Esos otros mundos, y los cambios que han de producirse en el cuerpo de ella antes del viaje... Esto tiene algo que ver con la ventana, probablemente. Y se parece mucho a un deseo de suicidarse.

—¿Intuición de la muerte? Es posible. Hubiera debido prever esta posibilidad. Sueños premonitorios... Pensándolo bien, Mason, me quedaré con usted. Podríamos instalarnos bastante cómodamente aquí, ante la lumbre.

Se hizo el silencio.

Sería más de la medianoche cuando los dos hombres abandonaron sus respectivos puestos para acercarse al fuego.

Un ruido agudo se desarticuló en fragmentos estridentes. Ambos estuvieron en pie antes de que el eco argentino se apagase, y se precipitaron hacia las escaleras.

No intercambiaron ni una sola palabra. Arriba el ruido había cesado, y sólo el sordo golpear de sus pisadas en los escalones rompía el silencio. Cuando se pararon delante de la puerta de Avis Long pareció que el silencio se condensaba. Era un silencio total, perfecto, casi palpable.

La mano del médico fue en busca del pestillo y lo hizo girar. Sin resultado.

—¡Cerrada! —exclamó—. Se habrá levantado y habrá pasado el cerrojo.

Mason arrugó el ceño.

—¡La ventana...! ¿Cree que habrá podido...?

El doctor Clegg no respondió. Volvióse y lanzó el macizo hombro contra la puerta, poniendo de relieve los músculos del cuello. Las tablas crepitaron y cedieron. Mason pasó la mano y abrió desde el interior.

Entraron en el oscuro cuarto, el doctor Clegg delante, tanteando en busca del interruptor. La dura claridad eléctrica inundó la estancia.

Movidos por un terrible presentimiento, los dos hombres levantaron la vista instintivamente hacia la claraboya, el «ojo de buey», de lo alto de la pared.

El aire frío de la noche se desparramaba por la abertura desmenuzada cuyo cristal había volado a pedazos, como bajo el golpe de un puño gigante. Dispersos por todas partes, brillaban fragmentos de vidrio; pero no se veía rastro de proyectil alguno. No obstante, era evidente que el cristal lo habían roto desde el exterior.

—El viento —murmuró Mason con voz débil.

Pero al decirlo no se atrevió a mirar al doctor Clegg. No hacía viento; apenas una brisa muy leve, dulce y fresca que acariciaba las cortinas y hacía danzar las sombras en la pared. Unas sombras que oscilaban en silencio en torno a la cama grande del fondo de la habitación.

La brisa, el silencio y las sombras los envolvían cuando se acordaron por fin de mirar al lecho.

Reposando sobre la blanca almohada, el semblante de Avis estaba vuelto hacia ellos. El doctor Clegg dedujo lo que Mason había comprendido por instinto. Los ojos de Avis Long se habían cerrado para siempre.

Pero no fue esto lo que hizo estremecerse a Mason... no era la vista de la muerte lo que le arrancó un grito al doctor.

El pacífico rostro vuelto hacia ellos entre los velos de la muerte no tenía nada de amedrentador. No, en la cara no había nada que hiciera temblar...

Sobre la blanca almohada, los rasgos de Avis Long manifestaban una serenidad perfecta.

Pero su cuerpo había... huido.