Avis sabía muy bien
que no estaba tan enferma como decía el doctor Clegg. Simplemente, sólo estaba
cansada de la vida. Se trataba, acaso, de una especie de ganas de morir; o
simplemente, del aburrimiento profundo que le infundían aquellos jóvenes
pícaros que se dirigían a ella empezando con estas palabras: «¡Oh, rara Avis!»
Pero actualmente se sentía mejor. La fiebre había bajado
hasta no ser más que un velo blanco que la cubría, una cosa que habría podido
apartar de un gesto, si no hubiera sido tan agradable refugiarse debajo,
acurrucarse contra su calor reconfortante.
Al darse cuenta de la realidad, Avis sonrió: la monotonía
era, en verdad, lo único que no la aburría. Al fin y al cabo, la verdadera, la
derrengante rutina era la esterilidad de la agitación. En comparación, esta
tranquila sensación de quietud, esta dulce serenidad parecía rica y fértil.
Rica y fértil... Creadora... Matriz.
Las palabras se enlazaban. Retorno a la matriz. Cuarto
negro, lecho caliente; acostarse como perrillo de fusil en la reparadora, la
nutricia letargia de la fiebre...
Eso no era realmente la matriz; no había remontado tan
lejos; lo sabía. Pero esto le recordaba los días de aquellos tiempos de su
niñez. De cuando era una niñita de ojos oscuros devorados por la curiosidad.
Una niñita que vivía sola en una casona grande y antigua, como una princesa de
leyenda en un castillo encantado.
Ah, claro, su tío y su tía también vivían allá, y no era
realmente un castillo... ¡y nadie sabía que ella era princesa! Salvo Marvin
Mason, hay que decirlo.
Marvin vivía al lado, e iba a veces a jugar con ella.
Subían a su cuarto y miraban por el ojo de buey de la claraboya, pequeño
párpado que se abría al cielo.
Marvin sabía, seguramente, que era princesa; que su cuarto
era una torre de marfil y el ojo de perra una ventana encantada. Cuando
se subían a una silla para mirar fuera, veían el mundo detrás del firmamento.
A veces ella no estaba segura de si Marvin veía real y
sinceramente el mundo de más allá de la ventana; acaso dijera que sí,
sencillamente, porque la amaba.
Pero escuchaba con sosiego las historias que ella le
contaba de aquel mundo maravilloso. A veces le contaba las que había leído en
los libros; otras veces, se las inventaba ella misma. Los sueños no vinieron
hasta más tarde; unas historias que también contó a Marvin.
Y he ahí lo que sucedía: empezaba bien, pero de una manera
o de otra las palabras acababan enredándose. Y no siempre encontraba las frases
precisas para lo que había visto en sueños. Eran unos sueños muy especiales.
Sólo le venían las noches en que tía May se había dejado la ventana abierta, y
también, además, si no había luna. Entonces se acostaba en la cama, muy
apelotonadita, hecha un ovillo y esperaba que el viento llegase a través del
ojo de libélula. Vendría suavemente y ella sentiría en la frente y el cuello
como la caricia de sus dedos. Unos dedos dulces y frescos que apenas le rozaban
la cara, unos dedos apaciguadores que la hacían desenroscarse y abrirse como
una flor que las sombras venían a libar.
Ella se adormecía en la espaciosa cama y las sombras
entraban en cortejo por la ventana. Una noche que no estaba dormida, vio cómo
llegaban las sombras, y supo que eran reales. Entraban traídas por la brisa y
se reunían a su entorno. Quizá fuesen las sombras, y no el viento, las que
tuvieran aquel dulce frescor. Quizá fuesen también las sombras las que la acariciaban
y jugueteaban con su cabello hasta que se dormía.
Y entonces no le faltaba nunca la visita de los sueños.
Llegaban siguiendo siempre el mismo camino, igual que el viento y las sombras.
Bajaban del cielo por el ojo de pavo real. Había voces que ella
escuchaba sin poder entenderlas, colores que veía sin poder nombrarlos, formas
que entreveía pero que no se parecían a nada de lo que había visto en los
libros.
Algunas veces, las mismas voces, los mismos colores y las
mismas formas venían repetidamente, y aprendió a reconocerlas, en cierto modo.
Una de las voces era grave, rezongante, y parecía salir directamente del
interior de su propia cabeza, aunque ella sabía muy bien que procedía en
realidad de la especie de pirámide negra y brillante que tenía ojos en las
puntas de los brazos. Aquello no parecía ser ni viscoso ni repulsivo; no había
motivo para asustarse. Avis no comprendía por qué Marvin Mason la hacía callar,
cuando ella empezaba a hablarle de aquellos sueños.
Claro, era un chiquillo nada más; cogía miedo y huía a
casa, con su madre. Avis no tenía madre, no tenía sino a tía May; pero a ésta
no le habría contado nunca aquellas cosas. Además, ¿por qué habría tenido que
contárselas? A ella los sueños no le daban miedo, ¡eran tan claros, tan interesantes!
A veces, en días grises, lluviosos, cuando no había otra
cosa que hacer que jugar con la muñeca o recortar imágenes para pegarlas en el
álbum, Avis deseaba que la noche se diera prisa en llegar para poder soñar y
revivir todas aquellas cosas.
Acabó por gustarle quedarse en cama todo el día y alegar
que se había resfriado, para no tener que ir a la escuela. Avis mantenía
entonces la vista fija en el ojo de tórtola y esperaba la llegada de los
sueños. Pero durante el día no venían nunca; sólo venían por la noche.
Con frecuencia se preguntaba cómo sería allá arriba. Los
sueños debían venir del cielo, estaba segura. Las voces y las formas vivían
allá arriba, en algún lugar al otro lado de la ventana. Tía May pretendía que
los sueños los producían los desarreglos intestinales; pero Avis sabía muy bien
que no era cierto.
Tía May se inquietaba siempre por los dolores de barriga de
Avis y le reprochaba que no saliera a jugar fuera de casa. Decía que si estaba
pálida y delicaducha era porque no salía. Pero Avis se encontraba bien, y
además, tenía aquellos secretos que repasar en su mente. Ahora ya casi no veía
nunca a Marvin Mason, ni se tomaba la molestia de leer. Por otra parte, aquello
de ser princesa ya no la divertía. Los sueños eran muchísimo más reales; podía
hablar con aquellas voces y pedirles que, cuando se fueran, se la llevaran con
ellas.
Avis llegó a ser casi capaz de entender todo lo que decían;
había eso brillante que se contentaba con columpiarse en la abertura de la
ventana y aquello otro que tenía el aire de ser mucho más que lo que ella,
Avis, podía ver... y esto producía en su cabeza una música familiar. No un
estribillo, siempre igual, ¡ah, no! ¡Era más bien una especie de poema! En sus
sueños, Avis le pedía que se la llevara de aquí. Montaría sobre sus espaldas y
volaría con ella más allá de las estrellas. Era una picardía pedirle que
volase, pero Avis sabía que, fuera, tenía alas. Unas alas grandes como el
mundo.
Avis argüía y suplicaba, pero las voces le hacían
comprender que no podían llevarse consigo a las niñitas pequeñas. O, en fin,
algo así. Porque aquello era demasiado frío y estaba demasiado lejos, y habría
que la transformarla.
Y Avis contestaba que le importaba poco el cambiar, que
quería marcharse. Les dejaría hacer todo lo que quisieran, con tal que se la
llevasen. ¡Ah, sería formidable poder hablarles continuamente, bañarse en aquel
dulce frescor y soñar eternamente!
Una noche vinieron en mayor número que las veces
anteriores. Se columpiaban en la abertura del ojo de ruiseñor y por todo
el cuarto. Las había tan curiosas que se podía ver a través de ellas, y a veces
se montaban unas sobre otras.
Avis se daba cuenta de que, durmiendo, estallaba en
carcajaditas nerviosas; pero no podía remediarlo. Después se calmó y las escuchó.
Le dijeron que todo estaba dispuesto. Que iban a
llevársela. Sólo que no debía decir nada a nadie, ni tener miedo. Que
regresarían pronto. Que no podían llevársela tal como era ahora, y que ella
debía querer transformarse.
Avis respondió que sí. Ellas, todas, rumorearon una especie
de melodía y se fueron.
La mañana siguiente, Avis estaba enferma de verdad, muy
grave, y no tenía ningunas ganas de levantarse. Tenía tanto calor que apenas
podía respirar, y cuando tía May le trajo la bandeja, no pudo engullir ni un
solo bocado.
Aquella noche no soñó. Le dolía la cabeza y no paraba de
revolverse. De todos modos, fuera había luna llena, y los sueños tampoco
habrían venido. Sabía que llegarían cuando la luna se hubiera marchado, no
había de hacer otra cosa que esperar. Además, estaba tan enferma que no lo
lamentaba demasiado. Era preciso que mejorase antes de poder partir, o hacer lo
que fuere.
Al día siguiente el doctor Clegg vino a verla. Era un buen
amigo de tía May y la visitaba con frecuencia; además, era su médico
particular.
El doctor Clegg le cogió la mano, preguntándole qué era lo
que no le marchaba bien aquella mañana a la damita. Avis estaba con demasiada
fiebre para responder nada en absoluto, y, por otra parte, tenía una cosa
brillante en la boca. El doctor cogió el objeto, lo examinó y meneó la cabeza.
Se marchó un rato después, y entonces entraron tía May y tío Roscoe. Le
hicieron engullir una especie de medicamento que tenía un sabor espantoso.
Empezaba a ser de noche; fuera se preparaba una tormenta.
Avis casi no podía hablar, y cuando cerraron el ojo de gato no tuvo
fuerzas para pedirles, por favor, que dejasen la ventana abierta esta
noche, porque no había luna y vendrían a buscarla, a ella.
Luego todo empezó a girar y girar; tía May se acercó a la
cama y pareció aplanarse como una sombra o una de aquellas formas que ella
esperaba, aunque haciendo un ruido de trueno que estallaba al exterior. Ahora
Avis dormía, dormía profunda y dulcemente, a pesar de que oía los truenos;
aunque, por lo demás, no eran verdaderos truenos. Nada era verdadero, excepto
las formas. Sí, nada era real sino las voces, las formas y los colores...
...Entraban por el ojo de serpiente, que ya no
estaba cerrado porque Avis lo había abierto y ella estaba allá arriba, más alto
de lo que hubiera ascendido nunca hasta entonces; aunque así, sin cuerpo, era
fácil, y pronto tendría uno nuevo, si bien las formas querían también el
antiguo, puesto que se lo habían llevado igualmente. Además, todo esto le daba
igual, porque no lo necesitaba para nada y ahora ellas iban a llevar su ulnagr
Yuggoth Farnomi ilyaa...
Fue en este instante cuando la encontraron tía May y tío
Roscoe y, de un tirón, la hicieron bajar de la ventana. Más tarde dijeron que
Avis había gritado a todo pulmón; que de no ser así se habría marchado sin que
ellos se dieran cuenta.
Después de todo esto, el doctor Clegg la condujo al
hospital. Allá no había ojo de tortuga y la gente entraba a verla toda
la noche. Los sueños cesaron.
Cuando se hubo restablecido lo suficiente para volver a
casa, descubrió que la ventana también había desaparecido.
Tía May y tío Roscoe la habían condenado porque Avis era
sonámbula. La muchacha no sabía qué era ser sonámbula, pero adivinaba que tenía
algo que ver con su enfermedad y con los sueños, que ya no volvían.
Porque parecía que entonces los sueños habían desaparecido
definitivamente. No había manera de hacerlos volver, y, por otra parte, ella no
tenía tantísimas ganas de que volvieran. Actualmente se divertía mucho jugando
con Marvin Mason, y pronto volvería a la escuela en cuanto empezase el semestre
próximo.
Ahora, sin ojo de búho que mirar, dormía muy bien
por las noches. Tía May y tío Roscoe estaban contentos, y el doctor Clegg decía
que iba a ser un demonio de preciosidad...
Avis lo recordaba todavía como si hubiera sido ayer. U hoy.
O mañana.
Recordaba cómo había crecido. Cuando Marvin Mason se
enamoró de ella. Todo lo que experimentó la noche que tía May y tío Roscoe
perecieron en el accidente de Leedsville. Triste momento aquél.
Otro mal momento todavía: cuando Marvin se marchó. Ahora
estaba sirviendo en las colonias. Avis se había quedado sola en aquella casona
grande, que actualmente le pertenecía.
Reba venía todos los días para ocuparse de la casa, y el
doctor Clegg pasaba de vez en cuando, incluso cuando hubo cumplido ya los
veinte años y heredado oficialmente la finca.
No parecía aprobar la clase de vida que ella había decidido
vivir y en diversas ocasiones le preguntó por qué no cerraba la casona y se iba
a vivir en un pisito de la ciudad. Al médico le inquietaba ver que Avis no
manifestaba el menor deseo de conservar las amistades que había hecho en el
colegio. Y esto recordaba vivamente a la joven la solicitud que el doctor
demostraba por ella cuando no era más que una niña.
Pero Avis ya no era una niña. E iba a ponerlo de manifiesto
suprimiendo lo que había representado siempre, para ella, el símbolo del
dominio de los mayores. Hizo abrir otra vez la alta ventana redonda de su
dormitorio.
Era algo estúpido. Avis se dio cuenta en aquel mismo
momento; pero, para ella, aquello revestía un significado particular,
porque aquello restablecía en cierto modo el lazo con su niñez. Y en
aquello se resumía su dicha: en la niñez y siempre en la niñez.
Ausente Marvin Mason, tía May y tío Roscoe difuntos, poca
cosa quedaba con que poblar el presente. Entonces Avis subía a su cuarto y se
hundía en los álbumes de recortes que había coleccionado durante su infancia.
Había guardado también las muñecas y los viejos cuentos de hadas, que ahora
hojeaba para ayudarse a pasar las largas tardes solitarias. Con tales
diversiones, uno casi llega a perder la noción del tiempo. Los objetos que la
rodeaban no habían cambiado. Ah, claro, Avis era mucho más alta, y la cama ya
no tenía un aire tan impresionante, ¡ni la ventana estaba tan arriba!
Pero ambos estaban allí. Ambos esperaban a la niña en que
se convirtió de nuevo cuando, al caer la noche, se enroscó como una pelotita y
se escondió entre las sábanas; se escondió para fijar la mirada en el ojo de buey,
aquel párpado que se abría contra el cielo. Avis aspiraba de todo corazón a
soñar otra vez. Al principio no lo consiguió.
Al fin y al cabo era ya una mujer adulta, estaba prometida,
iba a casarse y no era ningún personaje de Peter Ibbetson. Aquellos
sueños de su infancia habían sido bastante estúpidos.
Quizá. Pero eran muy hermosos. Sí, incluso cuando estuvo
tan enferma que faltó poco para que se cayera de la ventana. Hasta aquella vez
habla sido muy agradable soñar. Evidentemente, aquellas voces y aquellas formas
no habían sido más que obsesiones de neurótica, como decía Freud. Esto lo
sabían todos.
¿Y si todos se equivocaban?
Supongamos que todo aquello hubiera sido real. Supongamos
que los sueños no sean, simplemente, manifestaciones del subconsciente
provocadas por una indigestión o un aumento de colesterol. ¿Y si los sueños
fuesen producidos, en realidad, por impulsos electrónicos o radiaciones
planetarias emitidas en la misma longitud de onda que tuviera la mente del
durmiente?
El pensamiento es un impulso eléctrico. ¿Puede ser que el
que sueña actúe como una especie de médium sumido en un estado de receptividad
particular? Si el durmiente posee la rara facultad de actuar como catalizador,
es posible que lo que ve aparecer no sean fantasmas, sino criaturas de otro
mundo, o de otra dimensión. Se podría pensar que los sueños se alimentan de la
sustancia misma del soñador, al igual que los espíritus se convierten en
ectoplasmas absorbiendo la energía del médium.
Avis lo pensó y volvió a pensar, y cuando hubo desarrollado
su teoría, se dijo que todo parecía perfectamente coherente. Aunque, a pesar de
ello, no hablaría con nadie de su descubrimiento. El doctor Clegg se reiría en
sus propias narices, o, peor aún, se contentaría con bajar la cabeza. Tampoco
Marvin Mason habría estado de acuerdo. Nadie quería verla soñar. La trataban
siempre como a una chiquilla.
Muy bien, se haría la chiquilla, una chiquilla que ahora
podía hacer todo lo que quisiera. Y soñaría.
Muy poco tiempo después de haber tomado esta decisión vio
retornar los sueños. Casi como si hubieran esperado que los aceptase plenamente
por lo que eran.
Sí, retornaron, lentamente, poquito a poco. Avis observó
que si se concentraba sobre el pasado, durante el día, si se esforzaba en
recordar la infancia, facilitaba el proceso. Y por esta razón pasó cada día más
y más tiempo en su cuarto, dejando los cuidados de la casa confiados a Reba. Si
quería aire fresco, siempre podía mirar por la ventana. Estaba muy alta y era
pequeña; pero bastaba que Avis se subiera a una silla para que pudiera ver el
cielo y las nubes que lo escondían a trozos, mientras esperaba la llegada de la
noche.
Entonces se acostaba en la gran cama y aguardaba al viento.
El viento se acercaba suavemente, y las tinieblas se deslizaban dentro del
cuarto; y pronto podía escuchar el cuchicheo de las voces apagadas.
Las voces fueron las primeras que regresaron; pero eran
débiles, lejanas. Poco a poco ganaron en intensidad, y Avis pudo observar de
nuevo las diferencias y reconocer las distintas entonaciones individuales.
Tímidamente, con muchas vacilaciones, las formas
reaparecieron a su vez. Cada noche se hacían más claras. Avis Long (una
chiquilla de grandes ojos redondos en una espaciosa cama bajo el ojo de terciopelo)
las esperaba con impaciencia.
Ya no estaba sola. No tenía necesidad de ver amigos ni de
hablar con aquel viejo imbécil de doctor Clegg. Ni por qué perder el tiempo
hablando tonterías con Reba, ni de hacer melindres con motivo de las comidas.
No tenía necesidad de vestirse para salir. De día, tenía la ventana; de noche,
los sueños.
Así las cosas, un buen día se sintió singularmente débil y
le sobrevino esta curiosa enfermedad. Pero no era esto lo que esperaba en
cuanto a transformación física.
Su espíritu continuaba intacto, lo sabía. Poco importaba el
número de veces que el doctor Clegg se había quejado de ella y hablado de
llamar a un «especialista»; no tenía miedo. Claro, sabía que la verdad era que
querían que la examinase un psiquiatra. Aquel viejo chocho no se cansaba de
soltar discursitos zalameros aludiendo a su «retirada de la realidad» y sus
«mecanismos de fuga».
Clegg no sabía nada de sueños. Por lo demás, Avis no se lo
habría explicado. El médico no había sabido imaginar nunca la riqueza, la
plenitud, el sentimiento de conquista que procuraba el hábito de ponerse en
contacto con otros mundos.
Actualmente Avis estaba al corriente de todo esto. Las
voces y las formas que entraban por el ojo de mochuelo venían de otros
mundos. Como una niña cándida, las había atraído por su propia simplicidad.
Ahora, al esforzarse conscientemente en hallar otra vez su ingenuidad infantil,
las veía retornar.
Llegaban de otros universos, de unos universos de belleza y
esplendor. De momento Avis no podía ir a su encuentro más que en alas de los
sueños; pero un día... un día, muy pronto, traspasaría la barrera.
Las voces cuchichearon señalando su cuerpo. Dijeron algo
relacionado con un viaje, que hablaba de «cambio». Aquello no se podía expresar
con palabras usuales; pero ella les tenía confianza y, después de todo, un
cambio físico significaba poca cosa, si una se fijaba en el fin perseguido.
Pronto se habría restablecido y estaría fuerte. Bastante
fuerte para decir sí. Y entonces vendrían a buscarla, cuando la luna lo permitiese.
Hasta aquel momento, ella podía reforzar su determinación, su manera de soñar.
Avis Long estaba tendida en la inmensa cama, bien
calentita, en las tinieblas, aquellas tinieblas que penetraban de manera
visible por la ventana abierta. Las formas se insinuaban, se enroscaban en los
lienzos, se alimentaban de la noche misma, crecían, palpitaban, lo envolvían
todo.
Las formas la tranquilizaron con respecto a su cuerpo; pero
a la joven la tenía sin cuidado y les dijo que no le daba importancia, porque
creía que el cuerpo era accesorio y que sí, que consideraría aquello, de buena
gana, como un cambio, con tal de poder partir, lo cual, sabía, dependía
exclusivamente de ellas.
No es más allá de las estrellas, sino entre las estrellas,
en medio de ellas, donde reside la esencia, tiniebla de las tinieblas, porque
Yuggoth no es más que un símbolo; aunque no, esto no es cierto, no hay
símbolos, porque todo es realidad, y sólo es la percepción lo limtitado...
porque... ch'yar ul'nyar shaggornith...
Nos cuesta trabajo hacernos comprender — pero yo te
comprendo — tú no puedes resistirte — yo no quiero resistirme — tratarán de
impedírtelo — nada podrá impedírmelo porque yo les pertenezco — sí, y tú
perteneces - y es para muy pronto — sí, es para pronto — muy pronto — sí, sí,
muy, muy pronto...
Marvin Mason no esperaba que le recibieran de este modo, ni
pensarlo. Avis no había escrito, ni había venido a la estación,
evidentemente..., pero la posibilidad de que estuviera enferma de gravedad no
había cruzado por su mente.
El muchacho se había ido derechamente a casa de Avis, y le
causó una trágica sorpresa el encontrar al doctor Clegg a la puerta.
El anciano médico tenía un semblante apenado, y la primera
frase que pronunció contribuyó todavía a reforzar esta sensación. Estaban
sentados cara a cara, abajo, en la biblioteca. Mason sentíase incómodo dentro
del uniforme, y el anciano se mostraba demasiado repleto de vocabulario
profesional.
—En fin, ¿qué hay, doctor?
—No sé. Una ligera fiebre crónica. Insomnio. Lo he
comprobado todo: ni vestigio de tuberculosis o de infección maligna. Su mal no
es... orgánico.
—¿Quiere decir que es el espíritu...?
El doctor Clegg se hundió profundamente en el sillón y bajó
la cabeza.
—Le podría contar muchas cosas, Mason. Las teorías de la
medicina psicosomática, los beneficios de la psiquiatría, la... Pero importa
poco. Sería una hipocresía.
»He hablado con Avis, o, más bien, he tratado de hablarle.
Ella no decía gran cosa; pero lo poco que ha explicado me ha trastornado
profundamente. Y su conducta me ha inquietado más todavía. Usted adivinará
adónde quiero ir a parar, imagino, si le digo que Avis lleva la vida de una
niña de ocho años. La vida que llevaba a dicha edad.
Mason frunció el entrecejo.
—¡No me dirá que sube otra vez a sentarse en su cuarto y a
mirar por la ventana!
El doctor Clegg hizo un signo afirmativo.
—Pues yo creía que la habían cerrado tiempo atrás, cuando
se dieron cuenta de que Avis era sonámbula y que...
—La hizo abrir de nuevo meses atrás. Y Avis no sido nunca
sonámbula.
—¿Qué quiere decir?
—Avis Long no ha paseado nunca en sueños. Me acuerdo muy
bien de la noche en que la encontré sobre el marco de la ventana. No sobre la
mesita, porque no la había. Estaba encaramada sobre la pieza de apoyo de la
ventana abierta, con la mitad del cuerpo afuera, como un perrito que hubiera
probado de saltar demasiado alto.
»Pero no había ninguna silla debajo, ninguna escalera.
Ningún medio para llegar allá arriba. Sencillamente, ella estaba allí... y nada
más.
El médico volvió la cara antes de continuar.
—No me pregunte qué significa esto. No podría, ni querría,
explicarlo. Habría debido hablarle de las cosas que cuenta..., sus sueños y las
presencias que vienen a verla. Las presencias que quieren llevársela.
»Mason, es usted quien debe intervenir. Honradamente, yo no
puedo hacerla encerrar; por una razós muy sencilla: la reclusión no significa
nada para los sueños. No se puede construir muralla alguna para protegerse de
ellos.
»Pero usted puede rodearla de afecto, puede curarla. Usted
es el único que puede cuidarla, que puede despertar su interés por la realidad.
Ah, ya sé que esta perspectiva tiene el aire de un romanticismo exagerado y
estúpido, tanto como la otra debe de parecer loca y abracadabrante.
»Y sin embargo, es así. Es lo que ocurre. En este preciso
instante ella duerme en su cuarto y oye las voces..., lo sé muy bien. Pruebe,
pues, de hacerle oír la de usted.
Mason salió del aposento y empezó a subir las escaleras.
—Pero ¿qué quiere decir eso de «no puedo casarme contigo»?
Mason contemplaba el cuerpo sumido en un revoltijo de
sábanas. Probó de esquivar la mirada directa de los ojos curiosamente
infantiles de Avis, como también evitaba mirar la negra, siniestra abertura de
la ventana redonda.
—No puedo, y no hay más que hablar.
Hasta su voz parecía tener un acento infantil. Los tonos
agudos, penetrantes, habrían podido salir muy bien de los labios de una niña,
una niña fatigada, medio dormida, y ligeramente irritada de que la hubieran
despertado con un sobresalto.
—Pero tus proyectos..., tus cartas...
—Lo siento. No puedo hablar. Sabes que no he estado bien.
Sin duda el doctor Clegg te lo habrá dicho, abajo.
—Pero ahora vas mucho mejor —insistió Mason—. Dentro de
pocos días volverás a estar en pie.
Avis meneó la cabeza. Una sonrisa —la sonrisa equívoca de
una niña desobediente— levantó las comisuras de sus labios.
—No puedes comprenderlo, Marvin. No podrás comprenderlo
nunca. Tú perteneces a... esto. —Un ademán indicó la estancia— Yo pertenezco a
otra parte.
Y la mano señalaba, inconscientemente, hacia la ventana.
Ahora Marvin alzó la mirada. No podía evitarlo; el agujero
redondo y negro se abría sobre la nada. O sobre... algo. Fuera, el cielo estaba
negro, sin luna. Un viento frío venía a rodar como una ola alrededor de la
cama.
—Cerraré la ventana —dijo, procurando adoptar un tono
sosegado y previsor.
—No.
—Niña, estás enferma; vas a resfriarte.
Incluso cuando acusaba, la voz de Avis parecía curiosamente
aguda. La joven se sentó, muy erguida y se encaró con él.
—Tú estás celoso, Marvin. Tienes celos de mí. De ellas. No
me dejarías soñar nunca. No me dejarías partir jamás. Y yo quiero irme. Ellas
van a venir a buscarme.
»Yo sé por qué te ha enviado acá, el doctor Clegg. Quiere
que me convenzas de que baje otra vez. Quiere encerrarme, como también quiere
cerrar la ventana. Quiere que me esté aquí porque tiene miedo. Todos tenéis
miedo de lo que hay allá... fuera.
»Pues todo eso no sirve de nada; no podrás detenerme. No
podrás detenerlas.
—Cálmate, querida...
—Me da igual. ¿Crees que me preocupo de lo que hagan de mí,
desde que sé que podré partir? No tengo miedo. Sé que no puedo partir tal como
soy ahora. Sé que primero tienen que transformarme. Hay ciertos puntos que
quieren guardar secretos por motivos que sólo ellas saben. Si te contara
ciertas cosas, te aterrorizarías. En cambio, yo no tengo miedo. Tú piensas que
estoy enferma y loca... No digas lo contrario.
»Me siento bastante bien, bastante fuerte para verlas cara
a cara y enfrentarme con su mundo. Eres tú el que está demasiado afectado para
soportar todo esto.
Avis había terminado gritando, con un gemidito agudo de
rabieta infantil.
—Mañana abandonamos esta casa, tú y yo —dijo Mason—. Nos
vamos. Nos casaremos y seremos felices eternamente, como en los libros de
cuentos de hadas. Lo que le pasa a usted, princesa, es que no ha crecido. Todas
estas historias de duendes y de reinos exteriores...
Avis lanzó un chillido.
Mason simuló que no lo oía.
—Y para empezar voy a cerrar esta ventana.
Avis siguió chillando. Sus gritos se convirtieron en
aullido estridente cuando Mason estiró el brazo y empujó el vidrio redondo
sobre la negra abertura. El viento trató de oponerse a sus esfuerzos, pero él
cerró la ventana y aseguró el pestillo.
De súbito, unas manos se le hundieron en la garganta, por
detrás, mientras los gritos estallaban en sus oídos.
—Te mataré —gritó Avis.
Era el grito de una niña enfurecida. Pero no había nada de
infantil ni de débil en la fuerza que movía aquellos dedos encarnizados. Mason
se deshizo de ella, sin aliento.
Luego, repentinamente, el doctor Clegg apareció en la
habitación. Brilló una jeringa hipodérmica y se hundió con un destello de
plata.
Condujeron a la muchacha a la cama y la acostaron. Las
blancas sábanas formaban como un aderezo alrededor del rostro cansado de la
niña dormida.
Ahora la ventana estaba bien cerrada. Todo había quedado ya
en orden cuando los dos hombres apagaron la luz y se retiraron de puntillas.
Mason suspiraba delante del fuego.
—Poco importa cómo, pero mañana me la llevo de aquí —se prometió—.
Quizá haya sido demasiado repentino, todo esto... Volver a mitad de la noche y
precipitarme a despertarla. No he sido muy delicado. Pero había algo en ella,
algo en la atmósfera del cuarto, que me ha aterrorizado.
El doctor Clegg encendió la pipa.
—Lo sé —rubricó—. Es esto lo que me impide comprender lo
que pasa. Hay mucho más que una simple alucinación.
—Voy a pasar la noche aquí —continuó Mason—, por si
ocurriera algo.
—Avis dormirá —aseguró el médico—. Puede darlo por seguro.
—A pesar de todo, estaré más tranquilo si me quedo. Empiezo
a tener una idea propia sobre todo eso que cuenta... Esos otros mundos, y los
cambios que han de producirse en el cuerpo de ella antes del viaje... Esto
tiene algo que ver con la ventana, probablemente. Y se parece mucho a un deseo
de suicidarse.
—¿Intuición de la muerte? Es posible. Hubiera debido prever
esta posibilidad. Sueños premonitorios... Pensándolo bien, Mason, me quedaré
con usted. Podríamos instalarnos bastante cómodamente aquí, ante la lumbre.
Se hizo el silencio.
Sería más de la medianoche cuando los dos hombres
abandonaron sus respectivos puestos para acercarse al fuego.
Un ruido agudo se desarticuló en fragmentos estridentes.
Ambos estuvieron en pie antes de que el eco argentino se apagase, y se precipitaron
hacia las escaleras.
No intercambiaron ni una sola palabra. Arriba el ruido
había cesado, y sólo el sordo golpear de sus pisadas en los escalones rompía el
silencio. Cuando se pararon delante de la puerta de Avis Long pareció que el
silencio se condensaba. Era un silencio total, perfecto, casi palpable.
La mano del médico fue en busca del pestillo y lo hizo
girar. Sin resultado.
—¡Cerrada! —exclamó—. Se habrá levantado y habrá pasado el
cerrojo.
Mason arrugó el ceño.
—¡La ventana...! ¿Cree que habrá podido...?
El doctor Clegg no
respondió. Volvióse y lanzó el macizo hombro contra la puerta, poniendo de
relieve los músculos del cuello. Las tablas crepitaron y cedieron. Mason pasó
la mano y abrió desde el interior.
Entraron en el oscuro cuarto, el doctor Clegg delante,
tanteando en busca del interruptor. La dura claridad eléctrica inundó la
estancia.
Movidos por un terrible presentimiento, los dos hombres
levantaron la vista instintivamente hacia la claraboya, el «ojo de buey», de lo
alto de la pared.
El aire frío de la noche se desparramaba por la abertura
desmenuzada cuyo cristal había volado a pedazos, como bajo el golpe de un puño
gigante. Dispersos por todas partes, brillaban fragmentos de vidrio; pero no se
veía rastro de proyectil alguno. No obstante, era evidente que el cristal lo
habían roto desde el exterior.
—El viento —murmuró Mason con voz débil.
Pero al decirlo no se atrevió a mirar al doctor Clegg. No
hacía viento; apenas una brisa muy leve, dulce y fresca que acariciaba las
cortinas y hacía danzar las sombras en la pared. Unas sombras que oscilaban en
silencio en torno a la cama grande del fondo de la habitación.
La brisa, el silencio y las sombras los envolvían cuando se
acordaron por fin de mirar al lecho.
Reposando sobre la blanca almohada, el semblante de Avis
estaba vuelto hacia ellos. El doctor Clegg dedujo lo que Mason había
comprendido por instinto. Los ojos de Avis Long se habían cerrado para siempre.
Pero no fue esto lo que hizo estremecerse a Mason... no era
la vista de la muerte lo que le arrancó un grito al doctor.
El pacífico rostro vuelto hacia ellos entre los velos de la
muerte no tenía nada de amedrentador. No, en la cara no había nada que hiciera
temblar...
Sobre la blanca almohada, los rasgos de Avis Long
manifestaban una serenidad perfecta.
Pero su cuerpo había... huido.