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Con los ojos cerrados - Reinaldo Arenas

A usted sí se lo voy a decir, porque sé que si se lo cuento a usted no se me va a reír en la cara ni me va a regañar. Pero a mi madre no. A mamá no le diré nada, porque de hacerlo no dejaría de pelearme y de regañarme. Y, aunque es casi seguro que ella tendría la razón, no quiero oír ningún consejo ni advertencia.  
Por eso. Porque sé que usted no me va a decir nada, se lo digo todo. Ya que solamente tengo ocho años voy todos los días a la escuela. Y aquí empieza la tragedia, pues debo levantarme bien temprano -cuando el pimeo que me regaló la tía Grande Ángela sólo ha dado dos voces -porque la escuela está bastante lejos.  
A eso de las seis de la mañana empieza mamá a pelearme para que me levante y ya a las siete estoy sentado en la cama y estrujándome los ojos. Entonces todo lo tengo que hacer corriendo: ponerme la ropa corriendo, llegar corriendo hasta la escuela y entrar corriendo en la fila pues ya han tocado el timbre y la maestra está parada en la puerta.  
Pero ayer fue diferente ya que la tía Grande Ángela debía irse para Oriente y tenía que coger el tren antes de las siete. Y se formó un alboroto enorme en la casa. Todos los vecinos vinieron a despedirla, y mamá se puso tan nerviosa que se le cayó la olla con el agua hirviendo en el piso cuando iba a pasar el agua por el colador para hacer el café, y se le quemo un pie.  
Con aquel escándalo tan insoportable no me quedó más remedio que despertarme. Y, ya que estaba despierto, pues me decidí a levantarme.
La tía Grande Ángela, después de muchos besos y abrazos, pudo marcharse. Y yo salí en seguida para la escuela, aunque todavía era bastante temprano.
Hoy no tengo que ir corriendo, me dije casi sonriente. Y eché a andar bastante despacio por cierto. Y cuando fui a cruzar la calle me tropecé con un gato que estaba acostado en el contén de la acera. Vaya lugar que escogiste para dormir -le dije-, y lo toqué con la punta del pie. Pero no se movió. Entonces me agaché junto a él y pude comprobar que estaba muerto. El pobre, pensé, seguramente lo arrolló alguna máquina, y alguien lo tiró en ese rincón para que no lo siguieran aplastando. Qué lástima, porque era un gato grande y de color amarillo que seguramente no tenía ningún deseo de morirse. Pero bueno: ya no tiene remedio. Y seguí andando.
Como todavía era temprano me llegué hasta la dulcería, porque aunque está lejos de la escuela, hay siempre dulces frescos y sabrosos. En esta dulcería hay también dos viejitas de pie en la entrada, con una jaba cada una, y las manos extendidas, pidiendo limosnas... Un día yo le di un medio a cada una, y las dos me dijeron al mismo tiempo: Dios te haga un santo. Eso me dio mucha risa y cogí y volví a poner otros dos medios entre aquellas manos tan arrugadas y pecosas. Y ellas volvieron a repetir Dios te haga un santo, pero ya no tenía tantas ganas de reírme. Y desde entonces, cada vez que paso por allí, me miran con sus caras de pasas pícaras y no me queda más remedio que darles un medio a cada tina. Pero ayer sí que no podía darles nada, ya que hasta la peseta de la merienda la gasté en tortas de chocolate. Y por eso salí por la puerta de atrás, para que las viejitas no me vieran.
Ya sólo me faltaba cruzar el puente, caminar dos cuadras y llegar a la escuela.
En ese puente me paré un momento porque sentí una algarabía enorme allá abajo, en la orilla del río. Me arreguindé a la baranda y miré: un coro de muchachos de todos tamaños tenían acorralada una rata de agua en un rincón y la acosaban con gritos y pedradas. La rata corría de un extremo a otro del rincón, pero no tenía escapatoria y soltaba unos chillidos estrechos y desesperados. Por fin, uno de los muchachos cogió una vara de bambú y golpeó con fuerza sobre el torno de la rata, reventándola. Entonces todos los demás corrieron hasta donde estaba el animal y tomándolo, entre saltos y gritos de triunfo, la arrojaron hasta el centro del río. Pero la rata muerta no se hundió. Siguió flotando bocarriba hasta perderse en la corriente.
Los muchachos se fueron con la algarabía hasta otro rincón del río. Y yo también eché a andar.
Caramba -me dije-, qué fácil es caminar sobre el puente. Se puede hacer hasta con los ojos cerrados, pues a un lado tenernos las rejas que no lo dejan a uno caer al agua y del otro, el contén de la acera que nos avisa antes de que pisemos la calle. Y para comprobarlo cerré los ojos y seguí caminando. Al principio me sujetaba con una mano a la baranda del puente, pero luego ya no fue necesario. Y seguí caminando con los ojos cerrados. Y no se lo vaya usted a decir a mi madre, pero con los ojos cerrados uno ve muchas cosas, y hasta mejor que si los lleváramos abiertos... Lo primero que vi fue una gran nube amarillenta que brillaba unas veces más fuerte que otras, igual que el sol cuando se va cayendo entre los árboles. Entonces apreté los párpados bien duros y la nube rojiza se volvió de color azul. Pero no solamente azul, sino verde. Verde y morada. Morada brillante como si fuese un arcoiris de esos que salen cuando ha llovido mucho y la tierra está casi ahogada.
Y, con los ojos cerrados, me puse a pensar en las calles y en las cosas; sin dejar de andar. Y vi a mi tía Grande Ángela saliendo de la casa. Pero no con el vestido de bolas rojas que es el que siempre se pone cuando va para Oriente, sino con un vestido largo y blanco. Y de tan alta que es parecía un palo de teléfono envuelto en una sábana. Pero se veía bien.
Y seguí andando. Y me tropecé de nuevo con el gato en el contén. Pero esta vez, cuando lo rocé con la punta del pie, dio un salto y salió corriendo, Salió corriendo el gato amarillo brillante porque estaba vivo y se asustó cuando lo desperté. Y yo me reí muchísimo cuando lo vi desaparecer, desmandado y con el lomo erizado que parecía soltar chispas.
Seguí caminando, con los ojos desde luego bien cerrados. Y así fue como llegué de nuevo a la dulcería. Pero como no podía comprarme ningún dulce pues ya me había gastado hasta la última peseta de la merienda, me conformé con mirarlos a través de la vidriera. Y estaba así, mirándolos, cuando oigo dos voces detrás del mostrador que me dicen: ¿No quieres comerte algún dulce? Y cuando alcé la cabeza vi que las dependientes eran las dos viejitas que siempre estaban pidiendo limosas a la entrada de la dulcería. No supe qué decir. Pero ellas parece que adivinaron mis deseos y sacaron, sonrientes, una torta grande y casi colorada hecha de chocolate y de almendras. Y me la pusieron en las manos.  
Y yo me volví loco de alegría con aquella torta tan grande y salí a la calle.
Cuando iba por el puente con la torta entre las manos, oí de nuevo el escándalo de los muchachos. Y (con los ojos cerrados) me asomé por la baranda del puente y los vi allá abajo, nadando apresurados hasta el centro del río para salvar una rata de agua, pues la pobre parece que estaba enferma y no podía nadar.
Los muchachos sacaron la rata temblorosa del agua y la depositaron sobre una piedra del arenal para que se oreara con el sol. Entonces los fui a llamar para que vinieran hasta donde yo estaba y comernos todos juntos la torta de chocolate, pues yo solo no iba a poder comerme aquella torta tan grande.
Palabra que los iba a llamar. Y hasta levanté las manos con la torta y todo encima para que la vieran y no fueran a creer que era mentira lo que les iba a decir, y vinieron corriendo. Pero entonces, puch, me pasó el camión casi por arriba en medio de la calle que era donde, sin darme cuenta, me había parado.
Y aquí me ve usted: con las piernas blancas por el espatadrapo y el yeso. Tan blancas como las paredes de este cuarto, donde sólo entran mujeres vestidas de blanco para darme un pinchazo o una pastilla también blanca.
Y no crea que lo que le he contado es mentira. No vaya a pensar que porque tengo un poco de fiebre y a cada rato me quejo del dolor en las piernas, estoy diciendo mentiras, porque no es así. Y si usted quiere comprobar si fue verdad, vaya al puente, que seguramente debe estar todavía, toda desparramada sobre el asfalto, la torta grande y casi colorada, hecha de chocolate y almendras, que me regalaron sonrientes las dos viejecitas de la dulcería.

El Cometa Halley - Reinaldo Arenas

Aquella madrugada de verano de 1891 (sí, de 1891) en que Pepe el Romano huye con la virginidad de Adela, mas no con su cuerpo, todo parece haber terminado de una manera sumamente trágica para las cinco hijas de Bernarda Alba: Adela, la amante de Pepe, colgando de la viga de su cuarto de soltera, Angustias con sus cuarenta años de castidad intactos, y el resto de las hermanas, Magdalena, Amelia y Martirio, también condenadas a la soltería y al claustro.

No sucedieron las cosas, sin embargo, de esa manera. Y si García Lorca dejó la historia trunca y confusa, lo justificamos. Aún más arrebatado —y con razón— que sus propios personajes, se fue detrás de Pepe el Romano, «ese gigante con algo de centauro que respiraba como si fuera un león»... Pocas semanas después (pero ésa es otra historia) el pobre Federico perecía a manos de aquel espléndido truhán, quien luego de desvalijarlo, ay, y sin siquiera primero satisfacerlo (hombre cruelísimo), le cortó la garganta.

Pues bien, mientras Bernarda Alba disponía, con implacable austeridad, los funerales de su hija, las cuatro hermanas, ayudadas por la Poncia, descolgaron a Adela y entre bofetadas, gritos y reproches la resucitaron o, sencillamente, la hicieron volver de su desmayo.

Ya la voz de Bernarda Alba conminaba a las cinco mujeres a que abrieran la puerta, cuando, todas a una, decidieron que, antes de seguir viviendo bajo la égida de aquella vieja temible, era mil veces preferible darse a la fuga. Ayudadas por la Poncia, las cinco hermanas saltaron por la ventana de la casa, saltaron también la tapia y el establo y ya en pleno descampado (bajo una luna —hay que reconocerlo— espléndidamente lorquiana) el hecho de que se sintieran por primera vez libres abolió momentáneamente sus recíprocos rencores. Las cinco hermanas se abrazaron llorando de alegría y no sólo juraron abandonar aquella casa y aquel pueblo, sino toda Andalucía y toda España. Un tramo después las alcanzó la Poncia, a pesar de su cólera, y con un júbilo que tenía por origen no la felicidad de las señoritas sino la caída de Bernarda Alba, les entregó todas las joyas de la casa, sus propios ahorros y hasta la dote reservada para la boda de Angustias. Las muchachas le rogaron que las acompañara. Pero su sitio —respondió ella— no estaba del otro lado del mar, sino junto a la habitación de Bernarda Alba, cuyos gritos de rabia la arrullarían —así dijo— mejor que el mismísimo océano.

Se fueron.

Mientras Federico expiraba insatisfecho, ellas, cantando a veces los versos del poeta moribundo, atravesaron infinitos campos de girasoles, abandonaron Córdoba y Sevilla, se internaron en la Sierra Morena y ya en Cádiz sacaron un pasaje para La Habana, donde llegaron un mes después todavía eufóricas y como rejuvenecidas.

Alquilaron casa en la calle del Obispo, cerca del mar. Y esperaron (demasiado seguras) el arribo de los futuros amantes. Pero con excepción de Adela, ninguna de las otras hermanas parecía tener suerte con los hombres. Angustias se pasaba día y noche junto a la reja de la ventana, pero en vano. Magdalena, larga y treintona, paseaba todas las tardes por El Prado, logrando sólo que un Teniente de Dragones la atropellase con el caballo además de insultarla por obstruir el tráfico. Amelia, con su joroba, no recogía más que burlas y una que otra pedrada propinada por algún negrito del Manglar (por cierto que una noche, varios jovencitos del cuerpo de Voluntarios Españoles intentaron tirarla a los fosos del Castillo de la Fuerza, acusándola de bruja y de haberle faltado el respeto a los soldados del Rey). En cuanto a Martirio, tal vez con la esperanza de que algo se le pegara, no le perdía pie ni pisada a Adela, cuyo vientre aumentaba por días al igual que el número de sus amantes.

Pero aunque las demás hermanas sabían, y se resentían, de la vida amorosa que con tantos éxitos llevaba Adela en La Habana, el escándalo y la condena unánime sólo estallaron cuando ella dio a luz. Veinticinco hombres rotundos (entre ellos seis negros, cuatro mulatos y un chino) reclamaron la paternidad del niño, alegando que el mismo era sietemesino. Las cuatro hermanas, que vieron en el rostro del recién nacido la imagen de Pepe el Romano, no pudieron tolerar aquella ofensa —aquel triunfo— de Adela. La declararon maldita y decidieron abandonarla. También decretaron que el niño no era digno de vivir con una madre tan disoluta, por lo que se lo llevaron, no sin antes bautizarlo en la Catedral con el nombre de José de Alba. Adela lloró con sinceridad, pero allí estaban sus veinticinco pretendientes para consolarla.

Angustias, Magdalena, Amelia y Martirio decidieron establecerse cerca del mar, en un pueblo retirado. Luego de hacer numerosas indagaciones optaron por instalarse en Cárdenas.

El pueblo (ahora lo llaman ciudad) era minúsculo, absolutamente provinciano y aburrido, tan diferente de la calle del Obispo, siempre llena de pregones, carruajes, olores, mujeres, caballos y hombres. Cosas todas que de algún modo las desesperaban, obligándolas a ponerse el mejor traje, las mejores prendas, el mejor perfume, y salir a la calle... Pero en Cárdenas nada de eso era necesario. Las vecinas no se oían, y en cuanto a los hombres, siempre estaban lejos, pescando o trabajando en la tierra.

—Nacer mujer es el mayor de los castigos— dijo en voz alta Angustias cuando terminaron de instalarse en la nueva vivienda.

Y, tácitamente, desde ese mismo instante las cuatro hermanas se prometieron dejar de ser mujer.

Y lo lograron.

La casa se llenó de cortinas oscuras. Ellas mismas se vistieron de negro y, a la manera de su tierra, se encasquetaron cofias grises que no se quitaban ni en los peores días de verano, verano que aquí es infinito. Los cuerpos, sin aspiraciones, se abandonaron al sopor y a la desmesura del trópico, perdiendo las pocas formas que aún tenían. Todas se dedicaron, con pasión bovina y reglamentaria, a la educación del sobrino.

Desde luego, en aquella casa jamás se mencionó el nombre de Adela ni por equivocación. José, o Pepe, era para ellas, y aun para él, el sobrino traído de España luego de la muerte en parto de la madre. La historia era tan verosímil como cualquier otra, y como era además patética, todos, hasta ellas mismas, terminaron creyéndola. También con el tiempo —y ya habían pasado dieciocho años de su llegada a la isla— hasta ellas mismas se olvidaron no sólo de la historia de Adela, sino de la misma Adela. Por lo demás, las nuevas calamidades que hubieron de enfrentar unidas les fueron creando nuevos recuerdos o pesadillas: la guerra de independencia, que a ellas las discriminaba, la hambruna del 97, el nacimiento de una república que, en lugar de instaurar el fin de la guerra, parecía más bien desencadenar incesantes rebeliones. Y como si todo aquello fuera poco, una suerte de insolente populacho —la morralla, lo llamaban ellas— se había instalado por todos los sitios, y de alguna forma (ya las llamaban despectivamente «las monjas españolas») querían que ellas se integrasen a aquella suerte de barahúnda no sólo escandalosa sino también grotesca.

Pero las hermanas Alba se amurallaron aún más en su castidad y también en la próxima vejez, dedicando todos sus esfuerzos al cuidado de su sobrino, quien era ya un bello adolescente, tímido y de pelo ensortijado (como su padre), y que sólo salía a la calle a vender las flores de papel y esperma o los tejidos de punto que sus tías le entregaban.

A pesar de la envidia de algunos, la vida recogida y realmente intachable de las cuatro hermanas adquirió en toda Cárdenas una suerte de distante admiración. «Las monjas españolas» llegaron a ser las mujeres más respetadas del pueblo. Y cuando se quería elogiar en alguna mujer su moralidad, casi siempre se decía «es tan casta como una de las hermanitas Alba». El cura del pueblo (ellas iban siempre a misa acompañadas por su sobrino) las citaba como ejemplo de «tesón y moralidad cristiana». La fama llegó a su apoteosis cuando el párroco las elogió en un sermón un domingo de Pascua. Cierto que Angustias hacía también a veces de sacristana del viejo cura y, acompañada por sus tres hermanas, desempolvaba el altar, barría la iglesia y baldeaba el piso con tanta disciplina que tal parecía que el espíritu de Bernarda Alba la estuviese supervisando. Pero hay que reconocer que aquel trabajo lo hacían ellas no por obligación o por hipocresía, sino por devoción.

Lo único que interrumpía la monótona vida de las cuatro mujeres eran sus visitas dominicales a la orilla del mar. Vestidas de negro hasta los tobillos con sus mejores trajes, con grandes sombrillas también negras, llegaban hasta la costa más bien desolada de Cárdenas y allí, de pie entre la arena y los pedernales, permanecían a veces más de una hora, como extraños y gigantescos cuervos a quienes el incesante batir del mar los hechizase. Antes del oscurecer emprendían el regreso a la casa envueltas en esa luz insólitamente violeta que es atributo exclusivo de aquella región. Entonces parecía como si vinieran de una fiesta. José, sentado en el portal, las esperaba con el producto de la venta que ese día, por ser domingo, era mayor. Ellas entraban en la casa no sin antes mirar con cierto discreto orgullo la pequeña placa (VILLALBA FLORES Y TEJIDOS) que desde hacía años habían colocado junto a la puerta.

Todo parecía indicar que la vida de aquellas mujeres, cada día más devotas y silenciosas, iba a derivar hacia una beatería casi enfermiza donde todos sus movimientos estarían regidos por el toque de las campanas.

También es necesario tomar en cuenta el comportamiento del sobrino. Solitario, tímido, correctamente vestido (esto es, asfixiándose dentro de aquellos trajes negros), no tenía más trato con el exterior que el estrictamente necesario para realizar la venta de la mercancía de la cual vivían. Tenía dieciocho años, pero nadie le conocía novia o amiga alguna. Tampoco parecía que necesitase de otro cariño que de aquél, maternal y a la vez distante, que sus tías le brindaban. Y ese cariño compartido bastaba también para llenar la vida de las cuatro mujeres. Sí, ninguna de ellas se acordaba ya de haber tenido —las palabras son de la Poncia— «una lagartija entre los pechos». Mucho menos de que alguna vez llevaran entre las piernas —la expresión es de Martirio— «una especie de llamarada».

Cierto que nadie puede conocer su fin, pero el de las hermanas Alba en Cárdenas parecía que iba a ser apacible o, al menos, muy remoto de toda exaltación o escándalo.

Algo insólito tendría que ocurrir para sacar aquellas vidas, extasiadas en su propia renuncia, de sus sosegadas rutinas. Y así fue. Un acontecimiento fuera de lo común sucedió en aquella primavera de 1910. La tierra fue visitada por el cometa Halley.

No vamos a enumerar aquí las espeluznantes catástrofes que, según la prensa de aquella época, ocurrirían a la llegada del cometa. Las bibliotecas conservan esos documentos. Baste con decir que el más popular (y hoy justamente olvidado) de los escritores de aquel momento, el señor García Markos (quien, naturalmente, también se consideraba astrónomo), autor de libros como Astrología para las damas y Lo que las señoritas deben conocer de las estrellas, además de El amor en los tiempos del vómito rojo, dio a la publicidad una serie de artículos que en pocas semanas recorrieron el mundo y donde, con cierta verborrea seudocientífica, se explicaba que al entrar la cola del cometa en la atmósfera terrestre, ésta se vería contaminada («enrarecida») por un gas mortal que significaría el fin de la vida en todo nuestro planeta, pues, citamos, «al combinarse el oxígeno de la atmósfera con el hidrógeno de la cola cometaria, la asfixia inmediata sería inevitable». Esta descabellada información (descabellada ahora que han pasado cuarenta años de su publicación), quizás por lo insólita y dramática fue tomada muy en serio. Por otra parte, como hipótesis no era fácil de rebatir: el cometa, según García Markos, se acercaba un poco más a la tierra cada vez que repetía su visita. Ese año —¿por qué no?— podía llegar el fin... También el seudocientífico afirmaba que, conjuntamente con el fin del mundo, nos azotaría una plaga de centauros, hipogrifos, peces ígneos, extrañas aves viscosas, ballenas fosforescentes y «otros monstruos estratosféricos» que, producto de la colisión, caerían también sobre este mundo junto con una lluvia de aerolitos. Y todo eso fue también tomado al pie de la letra por la inmensa mayoría. No olvidemos que aquéllos (como todos) eran tiempos mediocres en los que la estupidez se confundía con la inocencia y la desmesura con la imaginación.

El cura de Cárdenas acogió con fanático beneplácito las predicciones apocalípticas del señor García Markos y todos sus seguidores. En un sermón inspirado y fatalista vaticinó abiertamente el fin del mundo. Un fin clásico, tal como lo anunciaba la Biblia, envuelto en llamas. Y, naturalmente, ese fin se debía a que las incesantes cadenas de excesos e impiedades cometidos por el hombre durante toda su trayectoria habían colmado ya la cólera divina. El fin no sólo era, pues, inminente, sino merecido. Lo cual no impidió, sin embargo, que muchos de los habitantes de Cárdenas (y seguramente de otros sitios) se dedicaran a la construcción de refugios subterráneos donde perentoriamente guarecerse hasta que el fatídico cometa se alejase de nuestra órbita. Es cierto que también algunos cardenenses, en vez de tomar precauciones contra el desastre, lo adelantaron quitándose la vida. En el municipio se conservan cartas desesperadas de madres que antes que enfrentarse a la conflagración universal prefirieron adelantarse a ella junto con toda su prole.

El cura, por supuesto, condenó esos suicidios, así como también la construcción de albergues para evitar el fin. Ambas acciones, declaró en otro sermón, eran actos soberbios, paganos y hasta ilegales, puesto que intentaban eludir la justicia divina.

Cuando Angustias, Martirio, Magdalena y Amelia volvían de escuchar el sermón, encontraron a su sobrino en el jardín, donde acababa de construir un refugio con capacidad para cinco personas.

—Vuelve a tapar ese hueco —ordenó Angustias con voz lenta pero imperturbable.

Y como el sobrino protestara, las cuatro hermanas volvieron a colocar la tierra en su sitio. Terminada la faena, Martirio comenzó a sembrar las plantas que Pepe había arrancado.

—Mujer —le llamó la atención Magdalena—, no comprendes que todo eso ya es inútil.

Martirio, que sostenía en alto unas posturas de jazmines del Cabo, empezó a llorar.

—Entren —ordenó Angustias empujando a las hermanas—. ¿No se dan cuenta de que están dando un espectáculo? ¿Qué dirán los vecinos?

—¿Y tú no te das cuenta de que eso tampoco tiene ya ninguna importancia? —le dijo entonces Martirio secándose las lágrimas.

Por un momento Angustias pareció dudar, pero enseguida dijo:

—Tal vez nuestros últimos actos sean los que más se tomen en cuenta.

Y las cuatro hermanas entraron en la casa.

Oscurecía.

Llegaba, pues, la fatídica noche del 11 de abril de 1910. Para las primeras horas de la madrugada estaba anunciada la conjunción del Halley con la tierra, y, por lo tanto, el fin del mundo.

Es de señalarse que, a pesar de las apasionadas e incesantes prédicas del señor cura, algunos cardenenses no las tomaron en consideración. Otros, aunque estaban convencidos de que esa noche sería el fin, no se dedicaron al arrepentimiento y la oración, sino que, por el contrario, como eran ya las últimas horas que les quedaban en este mundo, decidieron disfrutarlas por lo grande. Desde por la tarde empezaron a salir a la calle grupos de jóvenes borrachos, quienes, además de provocar un barullo insólito para aquel pueblo, cantaban cosas atrevidísimas y usaban expresiones no menos desvergonzadas. A esos grupos se les unieron varias mujeres que hasta entonces llevaban una vida más o menos discreta. De modo que el barullo alteraba a veces hasta la letanía de las oraciones que, encabezada por Angustias, era repetida por sus hermanas.

En medio de aquel escándalo, oyeron el ruido de un carruaje que se detenía frente a la casa, y pocos segundos después los golpes de alguien que tocaba a la puerta.

—¡No abran! —gritó Angustias sin soltar el rosario.

Pero los golpes se hacían cada vez más fuertes, por lo que las cuatro hermanas, escoltadas por José de Alba, decidieron asomarse al exterior.

Frente a la puerta, que ahora se acababa de abrir con innumerables precauciones, estaba Adela. Vestía un hermosísimo traje de noche hecho de tafetán verde con encajes rojos, guantes blancos, mantilla también roja y espléndidos botines de fieltro; en las manos traía un bellísimo abanico hecho con plumas de pavo real y un bolso de lentejuelas que tiró al corredor para abrazar a sus hermanas. Pero éstas retrocedieron espantadas. Adela, sin inmutarse, entró en la casa contoneándose a la vez que le hacía una señal al cochero para que bajase el equipaje, un monumental baúl con excelentes vinos, copas de Baccarat, un gramófono y un óleo que era una reproducción ampliada del retrato de Pepe el Romano.

—Parece que la única cristiana que hay en esta familia soy yo
—dijo avanzando por la sala—. Me he acordado de ustedes en el momento extremo. Y, además, las perdono.

—Pero nosotros no —rechazó Angustias.

—Chica —respondió Adela, y ya se quitaba los zapatos—, entonces no sé cuál es tu religión, si ni siquiera en un momento como éste eres capaz de perdonar a tu propia hermana.

Y miró para el rosario que Angustias aún sostenía entre los dedos y que en estos momentos le pareció un objeto extraño, casi un estorbo.

—Hermanitas —dijo Adela emocionada y aprovechando la confusión que sus últimas palabras habían causado—, he venido porque ésta es la última noche. ¿No se dan cuenta? ¡La última noche que nos queda en el mundo! Al igual que nos escapamos juntas de aquel mundo que nos pertenecía y aborrecíamos, también quisiera que nos fuéramos juntas de éste donde de tan diferente manera hemos vivido, pero donde nunca, ¡ni un solo día!, he dejado de recordarlas.

Y si algo más iba a agregar no pudo hacerlo. Su cabeza se hundió entre los rojos tules de su falda y comenzó a sollozar.

Martirio fue la primera en acercársele y, arrodillándose, le abrazó las piernas. Al momento llegaron Amelia y Magdalena, también llorando. Por último Angustias le tomó una mano y señalando hacia José de Alba, le dijo a Adela:

—Ése es tu hijo. No creo que tengas ya mucho tiempo para explicarle quién eres.

—Ni es necesario —contestó Adela—. Él ya es un hombre y lo puede comprender todo.

Un hombre, era un hombre, se dijo para sí mismo con júbilo José de Alba, y no pudo impedir que sus mejillas se ruborizasen.

—Un hombre —repitió Adela—. Y muy guapo, como su padre.

Y luego de decirle al cochero que atendiese los caballos, fue hasta el gran baúl y comenzó a desempacar. Puso las copas y las botellas de vino sobre la mesa, sacó el enorme retrato de Pepe el Romano y, antes de que pudiera levantarse protesta alguna, colgó el espléndido lienzo (era una obra de Landaluze) en la pared de la sala.

Ante la vista de aquella imagen, las hermanas Alba quedaron súbitamente transformadas.

—Sí —continuó Adela, mirando arrobada al cuadro y luego a su hijo—, es el retrato de su padre, aunque más guapo. Y pensar que he venido a conocerte precisamente cuando se acaba el mundo. ¡Un sacacorchos!

—¿Cómo? —dijo Angustias, asombrada ante esa transición en el discurso de Adela.

—Sí, chica, un sacacorchos. ¿O es que vamos a esperar el fin del mundo sin tomarnos una copa?

Angustias fue a poner alguna objeción. Pero allí estaba Martirio con un sacacorchos.

—¿De dónde lo sacaste? —interrogó Magdalena asombrada—. En esta casa eso nunca se había utilizado.

—No lo utilizas tú porque nunca has cocinado. Pero, ¿con qué crees que se abren aquí las botellas de vinagre?

—¡Hombre! Pero parece mentira —interrumpió Adela llenando las copas de un excelente vino rojo—; se acaba el mundo y ustedes discuten por un sacacorchos. Tomad las copas y vamos al jardín a ver el cometa.

—No aparece hasta la medianoche —dijo Amelia.

—Se ve que no estás al día —objetó Adela—. A medianoche es cuando se acaba el mundo, pero desde que oscureció se puede ver el cometa. ¿Es que no han leído los diarios de La Habana?

—Nunca leemos esas cosas —protestó Angustias.

—Ustedes se lo pierden —dijo Adela—, y ya sí que es demasiado tarde.

Y tomando la mano de su hijo que la contemplaba embelesado, salieron al jardín.

Era una noche espléndida como sólo en ciertos lugares del trópico, y específicamente en Cuba, suelen observarse. De la tierra y del mar brotaba una pálida fosforescencia. Cada árbol parecía sobrecogerse sobre su propia aureola. El cielo, en aquel pequeño pueblo donde aún se desconocía la electricidad, resplandecía con la potencia de un insólito candelabro. Allí estaban todas las constelaciones, las más lejanas estrellas, lanzando una señal, un mensaje tal vez complicado, tal vez simple, pero que ya ellos no podrían descifrar jamás. La Cruz de Mayo (aunque estábamos en abril) se dibujaba perfectamente; Las Siete Cabrillas eran inconfundibles, Orión parpadeaba rojizo, lejano y a la vez familiar. Una luna de primavera se elevaba sobre el mar formando un camino que se perdía sobre las aguas. Sólo un cuerpo como una serpiente celeste rompía la armonía de aquel cielo. El cometa Halley hacía su aparición en la tranquila y rutilante inmensidad de la bóveda austral. Entonces, con voz remota, pero muy clara, Adela empezó a cantar.

Abrir puertas y ventanas

las que vivís en el pueblo,

el segador pide rosas

para adornar su sombrero.

Y súbitamente, como si un poderoso impulso, por muchos años contenido, se desatase, el resto de las hermanas la corearon.

El segador pide rosas

para adornar su sombrero.

Cantaban, y Adela, que había tenido la precaución de llevar una botella de vino, volvió a llenar las copas.

Abrir las puertas y ventanas

las que vivís en el pueblo.

Vamos a casarnos a la orilla del mar.

A la orilla del mar...

Y otra vez se vaciaron las copas. Entonces Adela comenzó a hablar.

—Sí —dijo, señalando para el cometa—. Esa bola de fuego que ahora cruza el cielo y que dentro de pocas horas nos aniquilará, es la bola de fuego que todas ustedes —y señaló tambaléandose a sus cuatro hermanas— llevan entre las piernas y que, por no haberla apagado en su momento oportuno, ahora se remonta y solicita justa venganza —aquí algunas intentaron protestar, pero Adela siguió hablando a la vez que servía más vino—. Esa bola de fuego es el carbón encendido que Bernarda Alba quería ponerle en la vagina a la hija de la Librada por haber sido mujer. ¡Hermanas!, esa bola de fuego son ustedes, que no quisieron apagar en vida sus deseos, como lo hice yo, y ahora van a arder durante toda la eternidad. Sí, es un castigo. Pero no por lo que hemos hecho, sino por lo que hemos dejado de hacer. ¡Pero aún hay tiempo! ¡Pero aún hay tiempo! —gritó Adela irguiéndose en medio del jardín, mezclando su voz con las canciones que los borrachos cantaban por las calles en espera del fin—. Aún hay tiempo, no de salvar nuestras vidas, pero sí de ganarnos el cielo. ¿Y cómo se gana el cielo? —interrogó ya ebria, junto a una de las matas de jazmín del Cabo—. ¿Con odio o con amor? ¿Con abstinencia o con placer? ¿Con sinceridad o con hipocresía? —se tambaleó, pero José de Alba, que ya se había transfigurado en la viva estampa de Pepe el Romano, la sujetó, y ella, en agradecimiento, le dio un beso en la boca—.¡Dos horas! ¡Nos quedan dos horas! —dijo mirando su hermosísimo reloj de plata, regalo de un pretendiente holandés—. Entremos en la casa y que nuestros últimos minutos sean de verdadera comunión amorosa.

Las seis figuras entraron tambaleándose en la sala. El calor del trópico las hizo despojarse, con la ayuda de Adela, de casi todas las indumentarias. Las cofias, los guantes, los sobretodos, las faldas y hasta las enaguas desaparecieron. La misma Adela desprendió a su hijo del bombín, el saco, la corbata y hasta la camisa. Así, semidesnudo, lo llevó hasta el retrato de Pepe el Romano y propuso un brindis general. Todos levantaron las copas.

—No sé lo que va a pasar aquí —dijo Angustias, pero sin acento de protesta; y como se tambaleara, buscó apoyo en el brazo de su sobrino.

—Un momento— dijo Adela, y llegándose hasta el baúl extrajo el gramófono que colocó en la mesa de centro.

De inmediato toda la casa se llenó con la música de un cuplé cantado por Raquel Meller.

No fue necesario organizar las parejas. Angustias bailaba con Pepe, Magdalena lo hacía con Amelia, y Martirio conducía a Adela, quien en ese momento, desprendiéndose de la blusa, confesaba que nunca se había acostumbrado al calor del trópico.

—No fue por amor a Pepe el Romano por lo que te delaté ante mamá —le dijo Martirio a manera de respuesta—, sino por ti.

—Siempre lo sospeché —le respondió Adela. Y ambas mujeres se abrazaron.

Como el clamor de los borrachos en la calle era ensordecedor (sólo faltaban una hora y tres minutos para que se acabase el mundo), decidieron cerrar las ventanas, correr las cortinas y poner el gramófono a todo volumen. Alguien, en uno de sus giros, apagó las luces. Y toda la casa quedó iluminada sólo por las estrellas, la luna y el cometa Halley.

Cuando la Meller cantaba Fumando espero (y de acuerdo con los cálculos sólo faltaban cuarenta y cinco minutos para el fin del mundo), Adela, entreabriendo la puerta, le hizo una señal al cochero para que entrase. Éste, un liberto estupendo del barrio de Jesús María, hizo una aparición jubilosa, liberándose al momento de su librea, su chaqueta y sus botas de cuero.

Antes de que se le acabase la cuerda al gramófono, tanto José de Alba como el cochero habían abrazado respectivamente a las cinco mujeres ya muy ligeras de ropa. Volvieron a llenarse las copas, y todos, ya desnudos, se entregaron al amor bajo el enorme retrato de Pepe el Romano.

—No vamos a esperar el fin del mundo dentro de estas cuatro paredes —dijo Adela—. Salgamos a la calle.

Las cinco hermanas Alba salieron desnudas a la calle acompañadas por José, que no se había quitado los calzoncillos, y por el cochero, quien sólo llevaba puestas sus espuelas.

Nunca, mientras el cielo gire (y confiamos en que no cese de girar jamás), se oirán en las calles de Cárdenas alaridos tan descomunales como los que entonces se emitieron. El cochero, instruido, justo es confesarlo, por Adela, poseía sucesivamente a las cinco mujeres, siendo sustituido de inmediato por José de Alba, quien debutó con verdadera maestría. Por último, numerosos campesinos («gañanes», según palabras de la propia Angustias) se unieron también a la cabalgata, poseyendo repetidamente a todas las mujeres, quienes al parecer no se daban por vencidas. Sólo Martirio aprovechaba a veces la confusión para abandonar los brazos de algún rufián e irse hasta los pechos de Adela. Hubo un momento en que estas dos hermanas (y ya sólo faltaban quince minutos para el fin del mundo) entraron en la casa, regresando al momento con el cuadro de Pepe el Romano.

—Ahora podemos continuar —dijo Adela, poniendo el óleo de cara a las estrellas.

Sólo faltaban cinco minutos para que el cometa Halley ocupase el centro del cielo.

Y lo ocupó. Y siguió su trayectoria. Y desapareció por el horizonte. Y amaneció. Y al mediodía, cuando las hermanas Alba despertaron, se sorprendieron, no por estar en el infierno o en el paraíso, sino en medio de la calle mayor de Cárdenas completamente desnudas y abrazadas a varios campesinos, a un cochero y a José de Alba, cuya juventud, inmune a tantos combates, emergía una vez más por entre los cuerpos sudorosos. Lo único que había desaparecido era el retrato de Pepe el Romano, pero nadie lo echó de menos.

—Pues a la verdad que parece que no se acabó el mundo —dijo medio dormida Adela, y desperezándose convenció a sus hermanas de que lo mejor que podían hacer era volver a la casa.

Guiaba la procesión Angustias, cuyos cincuenta y ocho años por primera vez recibían en pelotas la luz del sol; la seguía Magdalena del brazo del cochero; detrás, Amelia, con alguien que decía ser carpintero sin empleo. Y remataba la comitiva la apretada trilogía formada por Martirio, Adela y José. Así cruzaron el jardín, siempre oloroso a jazmines del Cabo, y entraron en la casa.

Pero antes de trasponer el corredor, Adela arrancó la placa de la puerta, VILLALBA FLORES Y TEJIDOS, sustituyéndola esa misma tarde por otra más pintoresca y reluciente que ostentaba el nombre de EL COMETA HALLEY.

El Cometa Halley fue uno de los más famosos y prestigiosos prostíbulos de toda Cárdenas, e incluso de toda Matanzas. Expertos en la materia afirman que podía competir con los de la misma Habana y aun con los de Barcelona y París. Durante muchos años fue espléndidamente atendido por sus fundadoras, las hermanas Alba, educadas y generosas matronas como ya en esta época (1950) no se encuentran. Ellas congeniaban el amor con el interés, el goce con la sabiduría, la ternura con la lujuria...Pero aquí hacemos mutis, pues nuestra condición de respetables caballeros de la orden de la Nueva Galaxia (sí, somos astrónomos y condecorados por el municipio de Jagüey Grande) nos impide dar más detalles sobre la vida de esas señoras. Sólo podemos afirmar, y con amplio conocimiento de causa, que ninguna de ellas murió virgen.