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La luna y el bastón - Zoé Valdés

No es nada fácil ser nieto de unos abuelos imposibles. Sobre todo conociendo que a los abuelos les da la chochería de la vejez con cogerles un amor irracional a los hijos de sus hijos. Como si a través de ellos pudieran alargar su existencia; afanados en aferrarse a la vida sé encaprichan en los chicos con una veneración rayana en la demencia. 

Pepe Babalú había sido criado por los padres de sus padres. Es decir por el negro Dupont y la gallega Clemencia. Las primeras palabras que escuchó Pepe Babalú, en realidad, fue una discusión muy acalorada, a grito pelado. Apenas había transcurrido una hora de su nacimiento. Clemencia deseaba bautizarlo con el nombre de José, y Dupont se negaba contrariado justificando su negativa con el hecho de que ya él había escogido el nombre de Babalú, en honor de su santo Babalú Ayé, al cual él había prometido que si su nieto nacía varón, como era el caso, pues le pondría tal nombre.

-¿Y por qué no Lázaro? -preguntó Clemencia con los brazos en jarra haciendo alusión al nombre católico del santo.
-Porque ya le prometí que sería Babalú, no voy a contradecirlo -replicó Dupont.
-¿No te das cuenta de que se burlarán de él en la escuela? José Babalú suena a predestinado.
-¿Y qué? Tal vez lo sea, puesto que nació un 17 de diciembre. -Fecha dedicada al viejito milagroso.
-No voy a permitir ese nombre, no hay más que hablar... -cortó seca Clemencia.
-¡¿Qué te has creído, vieja bruja, que eres su dueña absoluta?!
-¡Tampoco lo eres tú! Preguntémosle a la niña... Es ella quien debe decidir. ¿Verdad, hija mía, que ese nombre no te gusta? -Clemencia se dirigió a la recién parida.

Mientras los abuelos discutían, las miradas de los padres del bebé iban de un rostro al otro como en un torneo de ping-pong, sin decir ni esta boca es mía. Por fin el padre se pronunció:

-Yo desearía... en fin... no sé qué tú piensas, Dulce, creo que... A mí me gusta mucho, yo le llamaría simplemente Javier.
-¡Ah, no, Javier no se puede achicar, no podré decirle Javierito, suena bobo! -protestó la esposa-. Yo había pensado en Mauricio, era  algo que habíamos convenido de antemano.
-¿Por qué no Javier Mauricio? Además, Mauricio tampoco se puede achicar. ¿Te parece lógico llamarle «Mauricito, ven acá»? Por favor, Dulce, es lo más anodino que he oído- no estuvo de acuerdo el padre de la criatura.
-¡Qué dos nombres horribles! El mejor es José, como tu abuelo, Dulcita, hija, como mi padre, que en gloria esté.
-Yo les señalo que no sería bueno para el niño el hecho de que yo renunciara a la promesa que le hice a san Lázaro.

-Y yo insisto en que san Lázaro estará de acuerdo conmigo de que no hay por qué echarle a perder la infancia a un inocente con ese nombre tan ridículo. Además de que eso lo marca, ¡paf, religioso! Es como si a mí se me ocurriera ponerle «Cristo». 

Y tú sabes que yo soy tan creyente como tú, pero no es justo. Además, somos nosotros quienes vamos a estar lidiando con el bebé, ya que ustedes dos -dijo señalando a los padres- son científicos y apenas salen del laboratorio ese de ratones, y no llegan a la casa hasta las tantas de la noche; pues como seremos los abuelos quienes más responsabilidades tendremos con el crío, al menos debemos sentirnos a gusto, familiarizados, digo yo... En cuanto a ese nombretico de Babalú, no viene al caso, porque añado que como abuela que soy quedaré más tiempo a su cuidado, no me separaré de él. Por lo tanto, José es el nombre justo, corto, fácil, y honrará a mi padre, su bisabuelo. Dicho y hecho, se llamará José.

-José Babalú -rumió áspero Dupont. El padre salió a fumar un cigarro, y la madre se durmió extenuada. Clemencia reviró los ojos a su marido, sin embargo, aceptó esta segunda opción mascullando algo entre dientes, seguramente una maldición gallega.

De más está decir que el José se transformó muy pronto en Pepe. Y al niño no le quedó más remedio que adaptarse al estrambótico apodo, que una vez matriculado en la escuela sus condiscípulos le endilgaron, Pepe Baba, o Pepe el Baba. Es cierto que Pepe le agradaba más, pero cuando su abuelo explicaba el origen de su segundo nombre, y las razones por las cuales lo había elegido, se sentía orgulloso de llevar el nombre de un santo milagroso y venerado. 

Pero con quien más conversaba era con la abuela Clemencia, pues daba pena verla horas y horas, sentada frente a una hoguera, detrás de la casa, en el patio, hablando sola, o mejor dicho, sola no, con el fuego. Mientras eso hacía, las manos acalambradas de la anciana acariciaban una moneda de plata, arrugada y con los bordes desiguales, desgastados por el tiempo.

-Es la luna de mi tierra, hijito. Mi padre, tu bisabuelo, la arrancó del cielo para mí. Sabes, yo nací muy lejos de aquí, en Ribadavia; antes de viajar a Cuba mi madre pidió que le trajera la luna. Él fue a buscarla, a su regreso mi madre había muerto, yo acababa de nacer. Él enterró a mamá, y una semana después se montó en un barco conmigo. Llegué a La Habana con sólo algunos días de nacida, no sé cómo pude resistir el viaje. De pequeña él me hablaba mucho de la luna de su tierra, y me la mostraba, digo, me enseñaba esta moneda, y lloraba por mi madre... 

Luego, al tiempo, se enamoró y se casó aquí con otra y tuve hermanos. Pero, a solas, él y yo siempre hablábamos de allá, de la ría, del fuego, de la luna. Sacaba del bolsillo la moneda, y de pronto, en la noche brillaban dos astros por igual. Entonces a mí me dio por acurrucarme en un rincón del patio, encender un fósforo y prender las yaguas, escuchaba que el fuego me decía cosas, y yo le respondía, así pasaba horas de horas. 

La mujer de mi viejo la cogió con insultarme, con cacarear que yo estaba embrujada, que no era normal como los otros chicos. Mi padre me observaba consternado, hasta que explicó ese algo dentro de mí que yo misma no comprendía, que yo no podía saber. «Tú eres meiga, hija», dijo. A partir de entonces me dejaron tranquila, mi madrastra no fastidió más, y yo seguí cantándole al fuego, escuchándolo sobre todo.

Pepe Babalú se encantaba con esas historias. Su abuela era maga, que era la traducción que él podía hacer de meiga, y esto, claro está, lo colocaba en una posición ventajosa respecto a sus compañeros de clase. En varías ocasiones Dupont llegaba fatigado del trabajo, y al escuchar las historias que su mujer contaba al niño, iba directo a la pila del fregadero, llenaba un cubo de agua, y desde la puerta de salida al patio lo lanzaba contra las llamaradas, apagando el hechizo. Pepe Babalú observaba cariacontecido, y Clemencia hacía muecas a sus espaldas.

-No hagas caso. Es un viejo loco y resentido. Es bueno, yo le quiero, pero es muy dominante.
-¡Loca y dominante eres tú! -exclamaba el abuelo desde el interior de la casa.

Es cierto que su abuela exageraba por momentos. Sobre todo aquella vez cuando se le metió entre ceja y ceja que su nieto asistiera a la Sociedad de Bailes Españoles, para que aprendiera a bailar la jota y la muñeira. Hasta logró convencerlo e inscribirlo, pero Pepe Babalú prefería la parte culinaria de su abuela a la parte artística, hasta que ella misma se dio cuenta de que su nieto no tenía vocación de bailarín. 

O al menos de bailarín gallego, porque lo que era meterle la cintura a un buen guaguancó, eso sí, ay, que sí sí. Bastaba que escuchara a lo lejos un toque de tambor para que su cuerpo se descoyuntara en sandungueo y sabrosura, entonces era Dupont quien sonreía masticando de medio lado el mocho de tabaco. Cuando eso sucedía, el viejo sacaba su bastón. 

Un bastón que siempre se hallaba colgado detrás de la puerta, y con él seguía el ritmo de la música, tocando acompasadamente sobre la piel de chivo del fondo de un taburete. Chivo que rompe tambó con su pellejo paga. Clemencia no podía impedir echarse a reír al contemplar a su nieto, y se ponía, a la par que él, a mover el esqueleto como cualquier cuarterona de solar. 

Al punto Dupont se levantaba del sillón, colocaba un viejo disco en el tocadiscos y tomando a su mujer por la cintura se disponían a bailar un pasodoble. Luego, cuando el disco llegaba a su fin, montaba desde la calle el sonido de los tambores, y la pareja retomaba el remeneo de la rumba de cajón. Pepe Babalú se desternillaba de la risa viéndolos descuajaringados en danza frenética.

Pero una tarde Pepe Babalú regresó de la escuela muy acongojado. Apenas contaba ocho años y una maestra había explicado que en el tiempo de la colonia los negros eran esclavos y los españoles amos, y que estos últimos daban boca abajo a los primeros, y los explotaban y hasta los mataban cruelmente. Dijo: los españoles son malos

El niño apretaba con rabia la mano de su abuela, en el camino de regreso a casa, pero por nada del mundo se atrevió a reprochar lo que pensaba. Esperó a que su abuelo volviera del trabajo, tarde en la noche, pues esa semana el anciano doblaba el turno en la tabaquería. 

Pidió a Clemencia que lo dejara sentarse en el portal con Dupont, y ella asintió, pues debía preparar un dulce, el cual necesitaba reposar toda la madrugada a la luz de la luna llena. A la terrible pregunta del niño, el abuelo respondió:

-Ésa es una manera muy fea de explicar la historia. Mañana mismo iré a hablar con esa maestra. La historia es así, fue un pasado trágico, es cierto, pero tu abuela no tiene nada que ver con eso. Su padre vino de E-paña, pero jamás maltrató a nadie, ni asesinó a nadie, más bien trabajó como una bestia. Hijo, nosotros somos un país mestizo. Indio, negro, español, chino, una sabrosa mezcolanza. ¡Qué estupidez!

Y entonces, a partir de ese día, su abuelo consiguió libros viejos de historia, o de pensadores de otras épocas, poetas del siglo pasado. Pepe Babalú pasaba mucho tiempo sumergido en la lectura. Sólo abandonaba los libros para escuchar fabulosos cuentos de meigas que narraba su abuela, o por otra parte violentas anécdotas de barracones descritas por los antepasados del abuelo.

Una noche Clemencia se puso muy mala, vomitó sangre, no quiso hablar nunca más con el fuego, desaparecieron los exquisitos dulces del fogón, los discos de gaitas o pasodobles no fueron jamás extraídos del chiforrover. El abuelo no cesaba de mesarse las pasas, es decir, el pelo duro, planchado hacia atrás. 

A Pepe Babalú apenas lo dejaban entrar en la habitación donde ella reposaba, luego fue trasladada al hospital, y pasaron varias semanas sin que pudiera verla, hasta que volvieron a traerla, pero para nada estaba curada, al contrario, oyó que su madre dijo que se encontraba peor, mucho peor. Dupont condujo a su nieto al patio; la piel del anciano parecía ceniza, las lágrimas resbalaron por sus mejillas acartonadas.

-Pepe Babalú, no sé cómo explicártelo, pero...
-Ya lo sé, abuelo. Se nos muere. Abuela me ha hablado mucho de la muerte. He aprendido a conversar con el fuego. Me dijo que cuando no esté podré comunicarme con ella a través de la candela. No debemos temer.
-¡Dupont! -escucharon reclamar desde la habitación de Clemencia. Era su voz alterada por los últimos estertores-. ¡Dupont, tráeme la luna! ¡Dupont, la luna, tráemela, por favor!
-Anda, ve, abuelo, no la dejes sola tanto rato, acompáñala.

Asombrado, Pepe Babalú vio cómo Dupont, en lugar de atravesar el pasillo y entrar en el cuarto de la anciana, siguió de largo hasta la puerta principal de la casa, descolgó el viejo bastón de madera, y se perdió por los matorrales del Bosque de La Habana. 

Era raro, pero su abuela había cesado de gritar. Pepe Babalú sintió terror de que hubiera muerto. Decidió entrar en la casa; una vez junto al lecho donde descansaba el apergaminado cuerpo de Clemencia, pudo comprobar que ella respiraba aún, parecía como si durmiera plácidamente, como si todos los dolores se hubieran esfumado de su cuerpo. 

Al rato, el adolescente sintió una presencia inquietante en la casa, se dijo que era probable que alguien ajeno se hubiera colado, tal vez ladrones. Al salir del cuarto fue enceguecido por un reflejo blanquísimo; cuando pudo reabrir los párpados, divisó no sin dificultad que la luz gigante avanzaba hacia él; detrás de aquella forma redonda y luminosa pudo descubrir la silueta de Dupont. 

Traía, nada más y nada menos, que a la luna enganchada en la empuñadura del bastón. Atravesó el umbral del cuarto de la moribunda con la luna a modo de farol. La mujer sonrió, suspiró aliviada, al instante dejó de respirar y la sonrisa se congeló para siempre en el recuerdo de Pepe Babalú.

Algunos años después murió Dupont. Pepe Babalú se hallaba en África, en Angola, en medio de un combate. De súbito le vinieron a la mente las palabras de su abuelo antes de él partir a la guerra.

-La historia por momentos es bella a pesar de ser tan terrible, Pepe Babalú, no lo olvides. Cuando andes por aquellas tierras verás algo muy importante que nos está destinado a ti y a mí; se hallará escondido dentro de un árbol. Es mi prenda, no puedo describírtela porque yo mismo no sé qué forma tiene, pero tú sentirás el deseo de poseerla, y la traerás. No dejes de hacerlo.

El joven se encontraba muy cerca de su mejor amigo, al instante vio un árbol de color rojo vino. El árbol cogió candela inesperadamente, entonces interrogó al fuego, y éste respondió con la voz de Clemencia:
-La prenda de Dupont se halla entre aquellas ramas altas. ¡Búscala!

Pepe Babalú alertó a su amigo de que debía subir al árbol; el otro le desaconsejó que lo hiciera, pues sería peligroso: un bombazo podía caer encima, además el árbol estaba ya envuelto en llamaradas. Pero el muchacho no hizo caso y trepó casi a la velocidad de una pantera. 

En una especie de nido halló un objeto extraño, como una semilla gigantesca, algo muy semejante a un coco seco, pero no lo era con exactitud, sino más bien una suerte de luna polvorienta con pelos secos, del tamaño de una calabaza enana, con tres caracoles incrustados a manera de ojos y de boca. 

Ya se disponía a descender del árbol cuando divisó, allá abajo, el cuerpo destrozado de su compañero, su mejor amigo. De regreso a casa supo que Dupont había fallecido aproximadamente en el mismo momento en que él se había apoderado de la prenda.

En todos esos detalles piensa Pepe Babalú, y se le atraganta el buche de llanto en la garganta. Introduce su mano en el maletín, acaricia aquel amuleto africano, vuelve a cerrar el equipaje. Por la ventanilla del avión que ahora lo conduce a España, distingue la luna llena viajando junto a él, tan desigual en su redondez como esa moneda con la que juguetean sus dedos, su único dinero. 

Queda embelesado con la visión del astro, mientras cree escuchar lejana la voz de Clemencia leyendo en gallego versos de Rosalía de Castro, aclarando que ella había nacido junto a una ría, es decir un río hembra, que no es lo mismo, aunque se escriba casi igual. Y el hombre se pregunta qué dirá aquella gente cuando lo vean aparecer, a él, un mulato de ojos claros, chapurreando el gallego aprendido con abuela Clemencia. ¿Cómo serán sus primos terceros, hijos a su vez de los primos de su abuela? A juzgar por las cartas parecen simpáticos. Incluso ansiosos por conocerlo.

El Cometa Halley - Reinaldo Arenas

Aquella madrugada de verano de 1891 (sí, de 1891) en que Pepe el Romano huye con la virginidad de Adela, mas no con su cuerpo, todo parece haber terminado de una manera sumamente trágica para las cinco hijas de Bernarda Alba: Adela, la amante de Pepe, colgando de la viga de su cuarto de soltera, Angustias con sus cuarenta años de castidad intactos, y el resto de las hermanas, Magdalena, Amelia y Martirio, también condenadas a la soltería y al claustro.

No sucedieron las cosas, sin embargo, de esa manera. Y si García Lorca dejó la historia trunca y confusa, lo justificamos. Aún más arrebatado —y con razón— que sus propios personajes, se fue detrás de Pepe el Romano, «ese gigante con algo de centauro que respiraba como si fuera un león»... Pocas semanas después (pero ésa es otra historia) el pobre Federico perecía a manos de aquel espléndido truhán, quien luego de desvalijarlo, ay, y sin siquiera primero satisfacerlo (hombre cruelísimo), le cortó la garganta.

Pues bien, mientras Bernarda Alba disponía, con implacable austeridad, los funerales de su hija, las cuatro hermanas, ayudadas por la Poncia, descolgaron a Adela y entre bofetadas, gritos y reproches la resucitaron o, sencillamente, la hicieron volver de su desmayo.

Ya la voz de Bernarda Alba conminaba a las cinco mujeres a que abrieran la puerta, cuando, todas a una, decidieron que, antes de seguir viviendo bajo la égida de aquella vieja temible, era mil veces preferible darse a la fuga. Ayudadas por la Poncia, las cinco hermanas saltaron por la ventana de la casa, saltaron también la tapia y el establo y ya en pleno descampado (bajo una luna —hay que reconocerlo— espléndidamente lorquiana) el hecho de que se sintieran por primera vez libres abolió momentáneamente sus recíprocos rencores. Las cinco hermanas se abrazaron llorando de alegría y no sólo juraron abandonar aquella casa y aquel pueblo, sino toda Andalucía y toda España. Un tramo después las alcanzó la Poncia, a pesar de su cólera, y con un júbilo que tenía por origen no la felicidad de las señoritas sino la caída de Bernarda Alba, les entregó todas las joyas de la casa, sus propios ahorros y hasta la dote reservada para la boda de Angustias. Las muchachas le rogaron que las acompañara. Pero su sitio —respondió ella— no estaba del otro lado del mar, sino junto a la habitación de Bernarda Alba, cuyos gritos de rabia la arrullarían —así dijo— mejor que el mismísimo océano.

Se fueron.

Mientras Federico expiraba insatisfecho, ellas, cantando a veces los versos del poeta moribundo, atravesaron infinitos campos de girasoles, abandonaron Córdoba y Sevilla, se internaron en la Sierra Morena y ya en Cádiz sacaron un pasaje para La Habana, donde llegaron un mes después todavía eufóricas y como rejuvenecidas.

Alquilaron casa en la calle del Obispo, cerca del mar. Y esperaron (demasiado seguras) el arribo de los futuros amantes. Pero con excepción de Adela, ninguna de las otras hermanas parecía tener suerte con los hombres. Angustias se pasaba día y noche junto a la reja de la ventana, pero en vano. Magdalena, larga y treintona, paseaba todas las tardes por El Prado, logrando sólo que un Teniente de Dragones la atropellase con el caballo además de insultarla por obstruir el tráfico. Amelia, con su joroba, no recogía más que burlas y una que otra pedrada propinada por algún negrito del Manglar (por cierto que una noche, varios jovencitos del cuerpo de Voluntarios Españoles intentaron tirarla a los fosos del Castillo de la Fuerza, acusándola de bruja y de haberle faltado el respeto a los soldados del Rey). En cuanto a Martirio, tal vez con la esperanza de que algo se le pegara, no le perdía pie ni pisada a Adela, cuyo vientre aumentaba por días al igual que el número de sus amantes.

Pero aunque las demás hermanas sabían, y se resentían, de la vida amorosa que con tantos éxitos llevaba Adela en La Habana, el escándalo y la condena unánime sólo estallaron cuando ella dio a luz. Veinticinco hombres rotundos (entre ellos seis negros, cuatro mulatos y un chino) reclamaron la paternidad del niño, alegando que el mismo era sietemesino. Las cuatro hermanas, que vieron en el rostro del recién nacido la imagen de Pepe el Romano, no pudieron tolerar aquella ofensa —aquel triunfo— de Adela. La declararon maldita y decidieron abandonarla. También decretaron que el niño no era digno de vivir con una madre tan disoluta, por lo que se lo llevaron, no sin antes bautizarlo en la Catedral con el nombre de José de Alba. Adela lloró con sinceridad, pero allí estaban sus veinticinco pretendientes para consolarla.

Angustias, Magdalena, Amelia y Martirio decidieron establecerse cerca del mar, en un pueblo retirado. Luego de hacer numerosas indagaciones optaron por instalarse en Cárdenas.

El pueblo (ahora lo llaman ciudad) era minúsculo, absolutamente provinciano y aburrido, tan diferente de la calle del Obispo, siempre llena de pregones, carruajes, olores, mujeres, caballos y hombres. Cosas todas que de algún modo las desesperaban, obligándolas a ponerse el mejor traje, las mejores prendas, el mejor perfume, y salir a la calle... Pero en Cárdenas nada de eso era necesario. Las vecinas no se oían, y en cuanto a los hombres, siempre estaban lejos, pescando o trabajando en la tierra.

—Nacer mujer es el mayor de los castigos— dijo en voz alta Angustias cuando terminaron de instalarse en la nueva vivienda.

Y, tácitamente, desde ese mismo instante las cuatro hermanas se prometieron dejar de ser mujer.

Y lo lograron.

La casa se llenó de cortinas oscuras. Ellas mismas se vistieron de negro y, a la manera de su tierra, se encasquetaron cofias grises que no se quitaban ni en los peores días de verano, verano que aquí es infinito. Los cuerpos, sin aspiraciones, se abandonaron al sopor y a la desmesura del trópico, perdiendo las pocas formas que aún tenían. Todas se dedicaron, con pasión bovina y reglamentaria, a la educación del sobrino.

Desde luego, en aquella casa jamás se mencionó el nombre de Adela ni por equivocación. José, o Pepe, era para ellas, y aun para él, el sobrino traído de España luego de la muerte en parto de la madre. La historia era tan verosímil como cualquier otra, y como era además patética, todos, hasta ellas mismas, terminaron creyéndola. También con el tiempo —y ya habían pasado dieciocho años de su llegada a la isla— hasta ellas mismas se olvidaron no sólo de la historia de Adela, sino de la misma Adela. Por lo demás, las nuevas calamidades que hubieron de enfrentar unidas les fueron creando nuevos recuerdos o pesadillas: la guerra de independencia, que a ellas las discriminaba, la hambruna del 97, el nacimiento de una república que, en lugar de instaurar el fin de la guerra, parecía más bien desencadenar incesantes rebeliones. Y como si todo aquello fuera poco, una suerte de insolente populacho —la morralla, lo llamaban ellas— se había instalado por todos los sitios, y de alguna forma (ya las llamaban despectivamente «las monjas españolas») querían que ellas se integrasen a aquella suerte de barahúnda no sólo escandalosa sino también grotesca.

Pero las hermanas Alba se amurallaron aún más en su castidad y también en la próxima vejez, dedicando todos sus esfuerzos al cuidado de su sobrino, quien era ya un bello adolescente, tímido y de pelo ensortijado (como su padre), y que sólo salía a la calle a vender las flores de papel y esperma o los tejidos de punto que sus tías le entregaban.

A pesar de la envidia de algunos, la vida recogida y realmente intachable de las cuatro hermanas adquirió en toda Cárdenas una suerte de distante admiración. «Las monjas españolas» llegaron a ser las mujeres más respetadas del pueblo. Y cuando se quería elogiar en alguna mujer su moralidad, casi siempre se decía «es tan casta como una de las hermanitas Alba». El cura del pueblo (ellas iban siempre a misa acompañadas por su sobrino) las citaba como ejemplo de «tesón y moralidad cristiana». La fama llegó a su apoteosis cuando el párroco las elogió en un sermón un domingo de Pascua. Cierto que Angustias hacía también a veces de sacristana del viejo cura y, acompañada por sus tres hermanas, desempolvaba el altar, barría la iglesia y baldeaba el piso con tanta disciplina que tal parecía que el espíritu de Bernarda Alba la estuviese supervisando. Pero hay que reconocer que aquel trabajo lo hacían ellas no por obligación o por hipocresía, sino por devoción.

Lo único que interrumpía la monótona vida de las cuatro mujeres eran sus visitas dominicales a la orilla del mar. Vestidas de negro hasta los tobillos con sus mejores trajes, con grandes sombrillas también negras, llegaban hasta la costa más bien desolada de Cárdenas y allí, de pie entre la arena y los pedernales, permanecían a veces más de una hora, como extraños y gigantescos cuervos a quienes el incesante batir del mar los hechizase. Antes del oscurecer emprendían el regreso a la casa envueltas en esa luz insólitamente violeta que es atributo exclusivo de aquella región. Entonces parecía como si vinieran de una fiesta. José, sentado en el portal, las esperaba con el producto de la venta que ese día, por ser domingo, era mayor. Ellas entraban en la casa no sin antes mirar con cierto discreto orgullo la pequeña placa (VILLALBA FLORES Y TEJIDOS) que desde hacía años habían colocado junto a la puerta.

Todo parecía indicar que la vida de aquellas mujeres, cada día más devotas y silenciosas, iba a derivar hacia una beatería casi enfermiza donde todos sus movimientos estarían regidos por el toque de las campanas.

También es necesario tomar en cuenta el comportamiento del sobrino. Solitario, tímido, correctamente vestido (esto es, asfixiándose dentro de aquellos trajes negros), no tenía más trato con el exterior que el estrictamente necesario para realizar la venta de la mercancía de la cual vivían. Tenía dieciocho años, pero nadie le conocía novia o amiga alguna. Tampoco parecía que necesitase de otro cariño que de aquél, maternal y a la vez distante, que sus tías le brindaban. Y ese cariño compartido bastaba también para llenar la vida de las cuatro mujeres. Sí, ninguna de ellas se acordaba ya de haber tenido —las palabras son de la Poncia— «una lagartija entre los pechos». Mucho menos de que alguna vez llevaran entre las piernas —la expresión es de Martirio— «una especie de llamarada».

Cierto que nadie puede conocer su fin, pero el de las hermanas Alba en Cárdenas parecía que iba a ser apacible o, al menos, muy remoto de toda exaltación o escándalo.

Algo insólito tendría que ocurrir para sacar aquellas vidas, extasiadas en su propia renuncia, de sus sosegadas rutinas. Y así fue. Un acontecimiento fuera de lo común sucedió en aquella primavera de 1910. La tierra fue visitada por el cometa Halley.

No vamos a enumerar aquí las espeluznantes catástrofes que, según la prensa de aquella época, ocurrirían a la llegada del cometa. Las bibliotecas conservan esos documentos. Baste con decir que el más popular (y hoy justamente olvidado) de los escritores de aquel momento, el señor García Markos (quien, naturalmente, también se consideraba astrónomo), autor de libros como Astrología para las damas y Lo que las señoritas deben conocer de las estrellas, además de El amor en los tiempos del vómito rojo, dio a la publicidad una serie de artículos que en pocas semanas recorrieron el mundo y donde, con cierta verborrea seudocientífica, se explicaba que al entrar la cola del cometa en la atmósfera terrestre, ésta se vería contaminada («enrarecida») por un gas mortal que significaría el fin de la vida en todo nuestro planeta, pues, citamos, «al combinarse el oxígeno de la atmósfera con el hidrógeno de la cola cometaria, la asfixia inmediata sería inevitable». Esta descabellada información (descabellada ahora que han pasado cuarenta años de su publicación), quizás por lo insólita y dramática fue tomada muy en serio. Por otra parte, como hipótesis no era fácil de rebatir: el cometa, según García Markos, se acercaba un poco más a la tierra cada vez que repetía su visita. Ese año —¿por qué no?— podía llegar el fin... También el seudocientífico afirmaba que, conjuntamente con el fin del mundo, nos azotaría una plaga de centauros, hipogrifos, peces ígneos, extrañas aves viscosas, ballenas fosforescentes y «otros monstruos estratosféricos» que, producto de la colisión, caerían también sobre este mundo junto con una lluvia de aerolitos. Y todo eso fue también tomado al pie de la letra por la inmensa mayoría. No olvidemos que aquéllos (como todos) eran tiempos mediocres en los que la estupidez se confundía con la inocencia y la desmesura con la imaginación.

El cura de Cárdenas acogió con fanático beneplácito las predicciones apocalípticas del señor García Markos y todos sus seguidores. En un sermón inspirado y fatalista vaticinó abiertamente el fin del mundo. Un fin clásico, tal como lo anunciaba la Biblia, envuelto en llamas. Y, naturalmente, ese fin se debía a que las incesantes cadenas de excesos e impiedades cometidos por el hombre durante toda su trayectoria habían colmado ya la cólera divina. El fin no sólo era, pues, inminente, sino merecido. Lo cual no impidió, sin embargo, que muchos de los habitantes de Cárdenas (y seguramente de otros sitios) se dedicaran a la construcción de refugios subterráneos donde perentoriamente guarecerse hasta que el fatídico cometa se alejase de nuestra órbita. Es cierto que también algunos cardenenses, en vez de tomar precauciones contra el desastre, lo adelantaron quitándose la vida. En el municipio se conservan cartas desesperadas de madres que antes que enfrentarse a la conflagración universal prefirieron adelantarse a ella junto con toda su prole.

El cura, por supuesto, condenó esos suicidios, así como también la construcción de albergues para evitar el fin. Ambas acciones, declaró en otro sermón, eran actos soberbios, paganos y hasta ilegales, puesto que intentaban eludir la justicia divina.

Cuando Angustias, Martirio, Magdalena y Amelia volvían de escuchar el sermón, encontraron a su sobrino en el jardín, donde acababa de construir un refugio con capacidad para cinco personas.

—Vuelve a tapar ese hueco —ordenó Angustias con voz lenta pero imperturbable.

Y como el sobrino protestara, las cuatro hermanas volvieron a colocar la tierra en su sitio. Terminada la faena, Martirio comenzó a sembrar las plantas que Pepe había arrancado.

—Mujer —le llamó la atención Magdalena—, no comprendes que todo eso ya es inútil.

Martirio, que sostenía en alto unas posturas de jazmines del Cabo, empezó a llorar.

—Entren —ordenó Angustias empujando a las hermanas—. ¿No se dan cuenta de que están dando un espectáculo? ¿Qué dirán los vecinos?

—¿Y tú no te das cuenta de que eso tampoco tiene ya ninguna importancia? —le dijo entonces Martirio secándose las lágrimas.

Por un momento Angustias pareció dudar, pero enseguida dijo:

—Tal vez nuestros últimos actos sean los que más se tomen en cuenta.

Y las cuatro hermanas entraron en la casa.

Oscurecía.

Llegaba, pues, la fatídica noche del 11 de abril de 1910. Para las primeras horas de la madrugada estaba anunciada la conjunción del Halley con la tierra, y, por lo tanto, el fin del mundo.

Es de señalarse que, a pesar de las apasionadas e incesantes prédicas del señor cura, algunos cardenenses no las tomaron en consideración. Otros, aunque estaban convencidos de que esa noche sería el fin, no se dedicaron al arrepentimiento y la oración, sino que, por el contrario, como eran ya las últimas horas que les quedaban en este mundo, decidieron disfrutarlas por lo grande. Desde por la tarde empezaron a salir a la calle grupos de jóvenes borrachos, quienes, además de provocar un barullo insólito para aquel pueblo, cantaban cosas atrevidísimas y usaban expresiones no menos desvergonzadas. A esos grupos se les unieron varias mujeres que hasta entonces llevaban una vida más o menos discreta. De modo que el barullo alteraba a veces hasta la letanía de las oraciones que, encabezada por Angustias, era repetida por sus hermanas.

En medio de aquel escándalo, oyeron el ruido de un carruaje que se detenía frente a la casa, y pocos segundos después los golpes de alguien que tocaba a la puerta.

—¡No abran! —gritó Angustias sin soltar el rosario.

Pero los golpes se hacían cada vez más fuertes, por lo que las cuatro hermanas, escoltadas por José de Alba, decidieron asomarse al exterior.

Frente a la puerta, que ahora se acababa de abrir con innumerables precauciones, estaba Adela. Vestía un hermosísimo traje de noche hecho de tafetán verde con encajes rojos, guantes blancos, mantilla también roja y espléndidos botines de fieltro; en las manos traía un bellísimo abanico hecho con plumas de pavo real y un bolso de lentejuelas que tiró al corredor para abrazar a sus hermanas. Pero éstas retrocedieron espantadas. Adela, sin inmutarse, entró en la casa contoneándose a la vez que le hacía una señal al cochero para que bajase el equipaje, un monumental baúl con excelentes vinos, copas de Baccarat, un gramófono y un óleo que era una reproducción ampliada del retrato de Pepe el Romano.

—Parece que la única cristiana que hay en esta familia soy yo
—dijo avanzando por la sala—. Me he acordado de ustedes en el momento extremo. Y, además, las perdono.

—Pero nosotros no —rechazó Angustias.

—Chica —respondió Adela, y ya se quitaba los zapatos—, entonces no sé cuál es tu religión, si ni siquiera en un momento como éste eres capaz de perdonar a tu propia hermana.

Y miró para el rosario que Angustias aún sostenía entre los dedos y que en estos momentos le pareció un objeto extraño, casi un estorbo.

—Hermanitas —dijo Adela emocionada y aprovechando la confusión que sus últimas palabras habían causado—, he venido porque ésta es la última noche. ¿No se dan cuenta? ¡La última noche que nos queda en el mundo! Al igual que nos escapamos juntas de aquel mundo que nos pertenecía y aborrecíamos, también quisiera que nos fuéramos juntas de éste donde de tan diferente manera hemos vivido, pero donde nunca, ¡ni un solo día!, he dejado de recordarlas.

Y si algo más iba a agregar no pudo hacerlo. Su cabeza se hundió entre los rojos tules de su falda y comenzó a sollozar.

Martirio fue la primera en acercársele y, arrodillándose, le abrazó las piernas. Al momento llegaron Amelia y Magdalena, también llorando. Por último Angustias le tomó una mano y señalando hacia José de Alba, le dijo a Adela:

—Ése es tu hijo. No creo que tengas ya mucho tiempo para explicarle quién eres.

—Ni es necesario —contestó Adela—. Él ya es un hombre y lo puede comprender todo.

Un hombre, era un hombre, se dijo para sí mismo con júbilo José de Alba, y no pudo impedir que sus mejillas se ruborizasen.

—Un hombre —repitió Adela—. Y muy guapo, como su padre.

Y luego de decirle al cochero que atendiese los caballos, fue hasta el gran baúl y comenzó a desempacar. Puso las copas y las botellas de vino sobre la mesa, sacó el enorme retrato de Pepe el Romano y, antes de que pudiera levantarse protesta alguna, colgó el espléndido lienzo (era una obra de Landaluze) en la pared de la sala.

Ante la vista de aquella imagen, las hermanas Alba quedaron súbitamente transformadas.

—Sí —continuó Adela, mirando arrobada al cuadro y luego a su hijo—, es el retrato de su padre, aunque más guapo. Y pensar que he venido a conocerte precisamente cuando se acaba el mundo. ¡Un sacacorchos!

—¿Cómo? —dijo Angustias, asombrada ante esa transición en el discurso de Adela.

—Sí, chica, un sacacorchos. ¿O es que vamos a esperar el fin del mundo sin tomarnos una copa?

Angustias fue a poner alguna objeción. Pero allí estaba Martirio con un sacacorchos.

—¿De dónde lo sacaste? —interrogó Magdalena asombrada—. En esta casa eso nunca se había utilizado.

—No lo utilizas tú porque nunca has cocinado. Pero, ¿con qué crees que se abren aquí las botellas de vinagre?

—¡Hombre! Pero parece mentira —interrumpió Adela llenando las copas de un excelente vino rojo—; se acaba el mundo y ustedes discuten por un sacacorchos. Tomad las copas y vamos al jardín a ver el cometa.

—No aparece hasta la medianoche —dijo Amelia.

—Se ve que no estás al día —objetó Adela—. A medianoche es cuando se acaba el mundo, pero desde que oscureció se puede ver el cometa. ¿Es que no han leído los diarios de La Habana?

—Nunca leemos esas cosas —protestó Angustias.

—Ustedes se lo pierden —dijo Adela—, y ya sí que es demasiado tarde.

Y tomando la mano de su hijo que la contemplaba embelesado, salieron al jardín.

Era una noche espléndida como sólo en ciertos lugares del trópico, y específicamente en Cuba, suelen observarse. De la tierra y del mar brotaba una pálida fosforescencia. Cada árbol parecía sobrecogerse sobre su propia aureola. El cielo, en aquel pequeño pueblo donde aún se desconocía la electricidad, resplandecía con la potencia de un insólito candelabro. Allí estaban todas las constelaciones, las más lejanas estrellas, lanzando una señal, un mensaje tal vez complicado, tal vez simple, pero que ya ellos no podrían descifrar jamás. La Cruz de Mayo (aunque estábamos en abril) se dibujaba perfectamente; Las Siete Cabrillas eran inconfundibles, Orión parpadeaba rojizo, lejano y a la vez familiar. Una luna de primavera se elevaba sobre el mar formando un camino que se perdía sobre las aguas. Sólo un cuerpo como una serpiente celeste rompía la armonía de aquel cielo. El cometa Halley hacía su aparición en la tranquila y rutilante inmensidad de la bóveda austral. Entonces, con voz remota, pero muy clara, Adela empezó a cantar.

Abrir puertas y ventanas

las que vivís en el pueblo,

el segador pide rosas

para adornar su sombrero.

Y súbitamente, como si un poderoso impulso, por muchos años contenido, se desatase, el resto de las hermanas la corearon.

El segador pide rosas

para adornar su sombrero.

Cantaban, y Adela, que había tenido la precaución de llevar una botella de vino, volvió a llenar las copas.

Abrir las puertas y ventanas

las que vivís en el pueblo.

Vamos a casarnos a la orilla del mar.

A la orilla del mar...

Y otra vez se vaciaron las copas. Entonces Adela comenzó a hablar.

—Sí —dijo, señalando para el cometa—. Esa bola de fuego que ahora cruza el cielo y que dentro de pocas horas nos aniquilará, es la bola de fuego que todas ustedes —y señaló tambaléandose a sus cuatro hermanas— llevan entre las piernas y que, por no haberla apagado en su momento oportuno, ahora se remonta y solicita justa venganza —aquí algunas intentaron protestar, pero Adela siguió hablando a la vez que servía más vino—. Esa bola de fuego es el carbón encendido que Bernarda Alba quería ponerle en la vagina a la hija de la Librada por haber sido mujer. ¡Hermanas!, esa bola de fuego son ustedes, que no quisieron apagar en vida sus deseos, como lo hice yo, y ahora van a arder durante toda la eternidad. Sí, es un castigo. Pero no por lo que hemos hecho, sino por lo que hemos dejado de hacer. ¡Pero aún hay tiempo! ¡Pero aún hay tiempo! —gritó Adela irguiéndose en medio del jardín, mezclando su voz con las canciones que los borrachos cantaban por las calles en espera del fin—. Aún hay tiempo, no de salvar nuestras vidas, pero sí de ganarnos el cielo. ¿Y cómo se gana el cielo? —interrogó ya ebria, junto a una de las matas de jazmín del Cabo—. ¿Con odio o con amor? ¿Con abstinencia o con placer? ¿Con sinceridad o con hipocresía? —se tambaleó, pero José de Alba, que ya se había transfigurado en la viva estampa de Pepe el Romano, la sujetó, y ella, en agradecimiento, le dio un beso en la boca—.¡Dos horas! ¡Nos quedan dos horas! —dijo mirando su hermosísimo reloj de plata, regalo de un pretendiente holandés—. Entremos en la casa y que nuestros últimos minutos sean de verdadera comunión amorosa.

Las seis figuras entraron tambaleándose en la sala. El calor del trópico las hizo despojarse, con la ayuda de Adela, de casi todas las indumentarias. Las cofias, los guantes, los sobretodos, las faldas y hasta las enaguas desaparecieron. La misma Adela desprendió a su hijo del bombín, el saco, la corbata y hasta la camisa. Así, semidesnudo, lo llevó hasta el retrato de Pepe el Romano y propuso un brindis general. Todos levantaron las copas.

—No sé lo que va a pasar aquí —dijo Angustias, pero sin acento de protesta; y como se tambaleara, buscó apoyo en el brazo de su sobrino.

—Un momento— dijo Adela, y llegándose hasta el baúl extrajo el gramófono que colocó en la mesa de centro.

De inmediato toda la casa se llenó con la música de un cuplé cantado por Raquel Meller.

No fue necesario organizar las parejas. Angustias bailaba con Pepe, Magdalena lo hacía con Amelia, y Martirio conducía a Adela, quien en ese momento, desprendiéndose de la blusa, confesaba que nunca se había acostumbrado al calor del trópico.

—No fue por amor a Pepe el Romano por lo que te delaté ante mamá —le dijo Martirio a manera de respuesta—, sino por ti.

—Siempre lo sospeché —le respondió Adela. Y ambas mujeres se abrazaron.

Como el clamor de los borrachos en la calle era ensordecedor (sólo faltaban una hora y tres minutos para que se acabase el mundo), decidieron cerrar las ventanas, correr las cortinas y poner el gramófono a todo volumen. Alguien, en uno de sus giros, apagó las luces. Y toda la casa quedó iluminada sólo por las estrellas, la luna y el cometa Halley.

Cuando la Meller cantaba Fumando espero (y de acuerdo con los cálculos sólo faltaban cuarenta y cinco minutos para el fin del mundo), Adela, entreabriendo la puerta, le hizo una señal al cochero para que entrase. Éste, un liberto estupendo del barrio de Jesús María, hizo una aparición jubilosa, liberándose al momento de su librea, su chaqueta y sus botas de cuero.

Antes de que se le acabase la cuerda al gramófono, tanto José de Alba como el cochero habían abrazado respectivamente a las cinco mujeres ya muy ligeras de ropa. Volvieron a llenarse las copas, y todos, ya desnudos, se entregaron al amor bajo el enorme retrato de Pepe el Romano.

—No vamos a esperar el fin del mundo dentro de estas cuatro paredes —dijo Adela—. Salgamos a la calle.

Las cinco hermanas Alba salieron desnudas a la calle acompañadas por José, que no se había quitado los calzoncillos, y por el cochero, quien sólo llevaba puestas sus espuelas.

Nunca, mientras el cielo gire (y confiamos en que no cese de girar jamás), se oirán en las calles de Cárdenas alaridos tan descomunales como los que entonces se emitieron. El cochero, instruido, justo es confesarlo, por Adela, poseía sucesivamente a las cinco mujeres, siendo sustituido de inmediato por José de Alba, quien debutó con verdadera maestría. Por último, numerosos campesinos («gañanes», según palabras de la propia Angustias) se unieron también a la cabalgata, poseyendo repetidamente a todas las mujeres, quienes al parecer no se daban por vencidas. Sólo Martirio aprovechaba a veces la confusión para abandonar los brazos de algún rufián e irse hasta los pechos de Adela. Hubo un momento en que estas dos hermanas (y ya sólo faltaban quince minutos para el fin del mundo) entraron en la casa, regresando al momento con el cuadro de Pepe el Romano.

—Ahora podemos continuar —dijo Adela, poniendo el óleo de cara a las estrellas.

Sólo faltaban cinco minutos para que el cometa Halley ocupase el centro del cielo.

Y lo ocupó. Y siguió su trayectoria. Y desapareció por el horizonte. Y amaneció. Y al mediodía, cuando las hermanas Alba despertaron, se sorprendieron, no por estar en el infierno o en el paraíso, sino en medio de la calle mayor de Cárdenas completamente desnudas y abrazadas a varios campesinos, a un cochero y a José de Alba, cuya juventud, inmune a tantos combates, emergía una vez más por entre los cuerpos sudorosos. Lo único que había desaparecido era el retrato de Pepe el Romano, pero nadie lo echó de menos.

—Pues a la verdad que parece que no se acabó el mundo —dijo medio dormida Adela, y desperezándose convenció a sus hermanas de que lo mejor que podían hacer era volver a la casa.

Guiaba la procesión Angustias, cuyos cincuenta y ocho años por primera vez recibían en pelotas la luz del sol; la seguía Magdalena del brazo del cochero; detrás, Amelia, con alguien que decía ser carpintero sin empleo. Y remataba la comitiva la apretada trilogía formada por Martirio, Adela y José. Así cruzaron el jardín, siempre oloroso a jazmines del Cabo, y entraron en la casa.

Pero antes de trasponer el corredor, Adela arrancó la placa de la puerta, VILLALBA FLORES Y TEJIDOS, sustituyéndola esa misma tarde por otra más pintoresca y reluciente que ostentaba el nombre de EL COMETA HALLEY.

El Cometa Halley fue uno de los más famosos y prestigiosos prostíbulos de toda Cárdenas, e incluso de toda Matanzas. Expertos en la materia afirman que podía competir con los de la misma Habana y aun con los de Barcelona y París. Durante muchos años fue espléndidamente atendido por sus fundadoras, las hermanas Alba, educadas y generosas matronas como ya en esta época (1950) no se encuentran. Ellas congeniaban el amor con el interés, el goce con la sabiduría, la ternura con la lujuria...Pero aquí hacemos mutis, pues nuestra condición de respetables caballeros de la orden de la Nueva Galaxia (sí, somos astrónomos y condecorados por el municipio de Jagüey Grande) nos impide dar más detalles sobre la vida de esas señoras. Sólo podemos afirmar, y con amplio conocimiento de causa, que ninguna de ellas murió virgen.