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La estrella - Arthur C. Clarke

     Hay tres mil años luz hasta el Vaticano. En otro tiempo creía que el espacio no podía alterar la fe; y lo creía al igual que consideraba fuera de duda el que los cielos cantaran la gloria de la obra de Dios. A la sazón he visto esa obra y mi fe se encuentra considerablemente minada.

Contemplo el crucifijo que pende en la pared de la cabina sobre el ordenador Mark VI y por primera vez en mi vida me pregunto si no será un símbolo vacuo.

No he hablado con nadie todavía, pero la verdad no puede ocultarse. Los datos existen para que alguien los observe, registrados como están en millas incontables de cinta magnética y miles de fotografías que llevamos de regreso a la Tierra. 

Otros científicos las interpretarán tan fácilmente como yo; más fácilmente, sin duda. No soy quien para simular la manipulación de la verdad que tan pésimo prestigio proporcionó a mi orden en los días pasados.

La tripulación está ya bastante deprimida; me pregunto cómo se tomarán esta última ironía. Pocos de cuantos la componen tienen una fe religiosa, y, no obstante, no se aprovecharán de esta arma definitiva usándola contra mí; guerra privada, honrada pero fundamentalmente seria, que ha tenido lugar durante todo el trayecto desde que salimos de la Tierra. 

Era divertido tener a un jesuita de Primer Astrofísico. El doctor Chandler, por ejemplo, nunca pudo asimilarlo del todo (¿por qué serán ateos tan notorios los hombres entregados a la medicina?). A veces me encontraba ante el tablero de observación, donde las luces permanecen siempre amortiguadas y el resplandor de las estrellas con gloria inalterada. 

Se me acercaba entonces y se quedaba contemplando el exterior por la gran escotilla oval, mientras los cielos giraban con lentitud en torno de nosotros a medida que la nave se balanceaba de punta a punta con la escora que no nos habíamos molestado en corregir.

–Bueno, padre –acababa diciendo al final–. Esto prosigue una eternidad tras otra; acaso lo hizo Alguien. Sin embargo ¿cómo puede creer usted que ese Alguien ha de tener un interés especial en nosotros y en nuestro miserable mundillo? Esto es lo que no puedo entender –comenzaba entonces la disputa, mientras las estrellas y las nebulosas giraban en derredor de nosotros en silenciosos e infinitos arcos que se abrían del otro lado del plástico de la escotilla de observación.

En mi sentir, era la aparente incongruencia de mi posición lo que, de veras, divertía a la tripulación. En vano argumentaba yo con mis tres artículos en el Diario Astrofísico y mis cinco de Noticias Mensuales de la Real Sociedad Astronómica. Les recordaba que nuestra orden había conseguido no poca fama por sus trabajos científicos. Podíamos quedar pocos ya, pero desde el siglo XVIII habíamos hecho aportaciones a la astronomía y la geofísica que no podían ni siquiera evaluarse.

¿Dará al traste con mil años de historia mi informe sobre la Nebulosa del Fénix? Me temo, empero, que dará al traste con muchas más cosas.

No sé quién bautizó a la nebulosa con ese nombre que tan malo me parece. Si contiene una profecía, ésta no podrá verificarse hasta dentro de mil años. Hasta la palabra «nebulosa» es equívoca, ya que el Fénix es mucho más pequeño que esas magníficas acumulaciones de gas (la materia de las estrellas nonatas) que se esparcen por toda la longitud de la Vía Láctea. En escala cósmica, por supuesto, la Nebulosa del Fénix es una cabeza de alfiler, una tenue cáscara de gas que rodea a una estrella única.

O lo que queda de esa estrella...

Mientras se alza por encima de las líneas del espectrofotómetro, la rubensiana pesadez de Loyola parece burlarse de mí. ¿Qué habrías hecho tú, Padre, con este conocimiento que me ha sobrevenido, tan alejado del pequeño Mundo que era todo el Universo que tú conociste? ¿Habría triunfado tu fe en la prueba, como la mía ha fallado ante ella?

Miras en la distancia, Padre, pero por mi parte he ido más allá de lo que pudieras haber imaginado cuando fundaste nuestra orden hace dos mil años. Ninguna otra nave investigadora ha ido tan lejos de la Tierra; nos encontramos en las mismísimas fronteras del Universo explorado. 

Nos propusimos alcanzar la Nebulosa del Fénix, lo conseguimos, y regresamos con el conocimiento sobre nuestros hombros. Desearía liberar mis hombros de esa carga, pero en vano te invoco a través de los siglos y los años luz que se alzan entre nosotros.

Las palabras son transparentes en tu libro de reglas:

AD MAIOREM DEI GLORIAM dice el mensaje, pero se trata de un mensaje en que ya no puedo creer. ¿Habrías seguido creyendo tú de haber visto lo que hemos encontrado?

Por supuesto, sabíamos lo que era la Nebulosa del Fénix. Todos los años, sólo en nuestra galaxia explotaban más de cien estrellas, aumentando durante horas o días su fulgor en miles de veces antes de sumergirse en la muerte y la negrura. Son las novas ordinarias, las consabidas catástrofes del Universo. He registrado los espectrogramas y curvas de luz de docenas de ellas desde que comencé a trabajar en el observatorio lunar.

Pero tres o cuatro veces cada mil años tiene lugar algo distinto junto a lo que hasta una nova palidece con total insignificancia.

Cuando una estrella se convierte en supernova puede, durante un breve instante, apagar el brillo de todos los soles de la galaxia. Los astrónomos chinos detectaron una en 1054 sin saber de qué se trataba. Cinco siglos más tarde, en 1572, estalló una supernova en Casiopea con tanto brillo que fue visible a la luz del día. En los mil años transcurridos desde esa fecha han tenido lugar tres explosiones más.

Nuestra misión era visitar los restos de una catástrofe tal para reconstruir los sucesos que la habían precedido y, de ser posible, saber la causa. Nos adentramos con cautela en las capas concéntricas de gas que habían estallado tres mil años antes y que se encontraban todavía en expansión. 

El calor era inmenso y radiaba aún con feroz luz violeta, demasiado tenue empero para hacernos daño. Cuando la estrella explotó, sus estratos exteriores habían irrumpido hacia arriba con velocidad tal que habían salido por completo de su campo de gravitación. 

Hoy forman un caparazón hueco tan grande que puede abarcar mil sistemas solares, rodeando lo que brilla y arde en su centro y que no es sino el objeto fantástico que es ahora la estrella: una masa blanca, más pequeña que la Tierra, pero con un peso un millón de veces mayor.

Las capas de gas brillante nos rodeaban y desvanecían la noche normal de los espacios interestelares. Volamos en el interior de una bomba cósmica que había detonado milenios atrás y cuyos fragmentos incandescentes eran todavía metralla. 

La inmensa escala de la explosión y el hecho de que su onda expansiva hubiera alcanzado ya un volumen de espacio de muchos billones de millas, despojaba a la escena de todo movimiento perceptible. Un ojo desnudo tardaría décadas antes de captar un movimiento en las torturadas espirales de gas; sin embargo, la sensación del estallido lo dominaba todo.

Habíamos comprobado nuestra dirección primaria horas antes y nos encaminábamos despacio a la pequeña estrella que teníamos al frente. Había sido un sol como el nuestro en otro tiempo, pero había despilfarrado en pocas horas la energía que habría mantenido su brillo durante un millón de años. A la sazón se encontraba como un tacaño desplumado que escatimara sus recursos en un intento de reparar su pródiga juventud.

Seriamente, nadie esperaba encontrar planetas. Si alguno había habido antes de la explosión se habría convertido en ráfagas de vapor y su substancia se habría confundido con la estructura de la estrella misma. Pese a todo investigamos rutinariamente, como siempre que nos aproximábamos a un sol desconocido, y dimos con un Mundo diminuto que daba vueltas en torno de la estrella a una distancia inmensa. 

Tenía que haberse tratado del Plutón de aquel desvanecido sistema solar, dando vueltas en las fronteras de la noche. Demasiado lejos del sol central para haber conocido la vida, su distancia misma lo había salvado del destino que sin duda habían seguido todos sus compañeros.

Los fuegos de la explosión habían afectado su capa rocosa y quemado la costra de gas helado que en sus días lo habría cubierto. Aterrizamos y encontramos la bóveda.

Sus constructores habían hecho seguramente lo mismo que habríamos hecho nosotros. La señal monolítica que se erguía sobre la entrada era a la sazón una masa fundida, pero desde que tomamos las primeras fotografías desde lejos supimos que aquello había sido obra de la inteligencia. 

Poco después detectamos la capa de radiactividad que había quedado enterrada en la roca. Aún cuando el pilón que descollaba sobre la Bóveda hubiera sido destruido, esta capa habría permanecido, inmóvil, pero como faro eterno que llamaba a las estrellas. Nuestra nave descendió hacia aquel gigantesco ojo de buey como una flecha corre hacia la diana.

El pilón tenía que haber tenido una milla de altura cuando fue construido, pero a la sazón parecía un cabo de vela que hubiera sido derretido y convertido en amasijo de cera. Nos costó una semana pasar por la capa rocosa fundida, ya que no teníamos las herramientas apropiadas para el caso. 

Nuestro programa original había sido dejado de lado; aquel monumento solitario, que hablaba de un trabajo realizado a una distancia tan grande del sol destruido, sólo podía tener un sentido. Una civilización que había sabido cercana su muerte había alzado su último adiós a la inmortalidad.

Habríamos tardado generaciones enteras en examinar todos los tesoros que encontramos en la Bóveda. Ellos habían tenido mucho tiempo para prepararla, ya que el sol había tenido que dar sus primeros avisos muchos años antes de la explosión final. Todo lo que habían querido preservar, todos los frutos de su genio, lo habían llevado a aquel Mundo distante en los días que habían precedido al fin, esperando que cualquier otra raza los encontrara y no hiciera caso omiso de ellos.

¡Si hubieran tenido un poco más de tiempo! Podían viajar con soltura de un planeta a otro, pero todavía no habían aprendido a salvar los golfos interestelares; y el sistema solar más cercano se encontraba a cien años luz de distancia.

Aun cuando no hubieran sido tan intranquilizadoramente humanos como mostraban sus esculturas, no hubiéramos podido menos que admirarlos y lamentar su destino. Habían dejado miles de registros visuales y máquinas para proyectar éstos, junto con elaboradas instrucciones gráficas de las que no resultaba difícil deducir su lenguaje escrito. 

Examinamos muchos de aquellos registros y revivimos con ellos por vez primera en seis mil años la calidez y hermosura de una civilización que había tenido que ser superior a la nuestra de muchas maneras. Acaso habían dejado memoria sólo de lo mejor. Pero sus mundos eran encantadores y sus ciudades habían sido construidas con una gracia que se relacionaba con la de cualquiera de las nuestras. 

Las contemplamos en pleno funcionamiento y escuchamos su habla musical a través de las centurias. Recuerdo todavía una viva escena: un grupo de niños en un banco de extraña arena azul jugaban con las olas como los niños juegan en la Tierra.

Y hundiéndose en el horizonte, todavía cálido, amable y vitalizador, se encontraba aquel sol que pronto habría de trocarse en traidor y de olvidarse de toda aquella felicidad inocente.

Posiblemente, de no haber estado tan lejos de la Tierra y de no habernos encontrado por ende tan propensos a la soledad, no nos habríamos conmovido tanto. Muchos habíamos visto ruinas de antiguas civilizaciones en otros mundos, pero nunca nos habían afectado tan profundamente.

La tragedia era única. Para una raza, sucumbir y decaer era una cosa, como las naciones y las culturas habían hecho en la Tierra. Pero ser destruida tan completamente en pleno florecimiento, sin dejar supervivientes... ¿cómo podía conciliarse ello con la misericordia de Dios?

Mis colegas me preguntaron esto y les di las respuestas que supe. Acaso tú lo habrías hecho mejor, Pader Loyola, pero nada he encontrado en los Ejercicios Espirituales que pueda servirme. No habían sido malvados; no sé a qué dioses adoraban, si acaso adoraban a alguno. 

Pero los he visto después de muchos siglos y he contemplado durante largos instantes el empeño que pusieron en su último esfuerzo por preservarse mientras ese empeño era iluminado por el sol que estaba amenazado.

Sé las respuestas que me darán mis colegas cuando regrese a la Tierra. Dirán que el Universo no tiene propósito ni plan, puesto que cada año explotan cien soles, en este mismo instante hay una raza en algún lugar del espacio que se encuentra en trance de extinción. Tanto si ha obrado bien como si ha obrado mal en el curso de su existencia, ello no cuenta a la hora definitiva; no hay justicia divina porque no hay Dios.

No obstante, por supuesto, cuanto hemos visto no prueba nada. Quien argumentase así estaría sometido a las leyes de la emoción, no de la lógica. Dios no necesita justificar sus actos ante los hombres. Aquel que hizo el Universo puede destruirlo cuando quiera. Es una arrogancia –peligrosamente próxima a la blasfemia– el decir lo que puede y no puede hacer.

A pesar de los mundos y las civilizaciones incluidas en esta consideración, podría haber aceptado este razonamiento. Pero hay un punto en el que la fe más profunda se resquebraja y, a la sazón, una vez hechos mis cálculos, he alcanzado ese punto.

Antes de llegar a la nebulosa nos era imposible decir cuándo se había producido la explosión. No obstante, a la sazón, gracias a la evidencia astronómica y a los registros encontrados en el planeta superviviente, he podido fechar la catástrofe con precisión. 

Sé en qué año llegó a la Tierra la luz despedida por aquel estruendo colosal. Sé con qué brillantez lució en los cielos terrestres la supernova cuyo cadáver relampagueaba mortecinamente tras nuestra nave. Sé también lo que ocasionó un resplandor a poca altura, antes del alba, brillando como un faro en el oriente.

Razonablemente no puede haber dudas; el viejo misterio está resuelto por fin. Sin embargo... Señor, había tantas estrellas que pudiste haber usado...

¿Qué necesidad había de llevar a aquellas gentes a la destrucción y de que el signo de su aniquilación resplandeciese sobre Belén? 

La luna y el bastón - Zoé Valdés

No es nada fácil ser nieto de unos abuelos imposibles. Sobre todo conociendo que a los abuelos les da la chochería de la vejez con cogerles un amor irracional a los hijos de sus hijos. Como si a través de ellos pudieran alargar su existencia; afanados en aferrarse a la vida sé encaprichan en los chicos con una veneración rayana en la demencia. 

Pepe Babalú había sido criado por los padres de sus padres. Es decir por el negro Dupont y la gallega Clemencia. Las primeras palabras que escuchó Pepe Babalú, en realidad, fue una discusión muy acalorada, a grito pelado. Apenas había transcurrido una hora de su nacimiento. Clemencia deseaba bautizarlo con el nombre de José, y Dupont se negaba contrariado justificando su negativa con el hecho de que ya él había escogido el nombre de Babalú, en honor de su santo Babalú Ayé, al cual él había prometido que si su nieto nacía varón, como era el caso, pues le pondría tal nombre.

-¿Y por qué no Lázaro? -preguntó Clemencia con los brazos en jarra haciendo alusión al nombre católico del santo.
-Porque ya le prometí que sería Babalú, no voy a contradecirlo -replicó Dupont.
-¿No te das cuenta de que se burlarán de él en la escuela? José Babalú suena a predestinado.
-¿Y qué? Tal vez lo sea, puesto que nació un 17 de diciembre. -Fecha dedicada al viejito milagroso.
-No voy a permitir ese nombre, no hay más que hablar... -cortó seca Clemencia.
-¡¿Qué te has creído, vieja bruja, que eres su dueña absoluta?!
-¡Tampoco lo eres tú! Preguntémosle a la niña... Es ella quien debe decidir. ¿Verdad, hija mía, que ese nombre no te gusta? -Clemencia se dirigió a la recién parida.

Mientras los abuelos discutían, las miradas de los padres del bebé iban de un rostro al otro como en un torneo de ping-pong, sin decir ni esta boca es mía. Por fin el padre se pronunció:

-Yo desearía... en fin... no sé qué tú piensas, Dulce, creo que... A mí me gusta mucho, yo le llamaría simplemente Javier.
-¡Ah, no, Javier no se puede achicar, no podré decirle Javierito, suena bobo! -protestó la esposa-. Yo había pensado en Mauricio, era  algo que habíamos convenido de antemano.
-¿Por qué no Javier Mauricio? Además, Mauricio tampoco se puede achicar. ¿Te parece lógico llamarle «Mauricito, ven acá»? Por favor, Dulce, es lo más anodino que he oído- no estuvo de acuerdo el padre de la criatura.
-¡Qué dos nombres horribles! El mejor es José, como tu abuelo, Dulcita, hija, como mi padre, que en gloria esté.
-Yo les señalo que no sería bueno para el niño el hecho de que yo renunciara a la promesa que le hice a san Lázaro.

-Y yo insisto en que san Lázaro estará de acuerdo conmigo de que no hay por qué echarle a perder la infancia a un inocente con ese nombre tan ridículo. Además de que eso lo marca, ¡paf, religioso! Es como si a mí se me ocurriera ponerle «Cristo». 

Y tú sabes que yo soy tan creyente como tú, pero no es justo. Además, somos nosotros quienes vamos a estar lidiando con el bebé, ya que ustedes dos -dijo señalando a los padres- son científicos y apenas salen del laboratorio ese de ratones, y no llegan a la casa hasta las tantas de la noche; pues como seremos los abuelos quienes más responsabilidades tendremos con el crío, al menos debemos sentirnos a gusto, familiarizados, digo yo... En cuanto a ese nombretico de Babalú, no viene al caso, porque añado que como abuela que soy quedaré más tiempo a su cuidado, no me separaré de él. Por lo tanto, José es el nombre justo, corto, fácil, y honrará a mi padre, su bisabuelo. Dicho y hecho, se llamará José.

-José Babalú -rumió áspero Dupont. El padre salió a fumar un cigarro, y la madre se durmió extenuada. Clemencia reviró los ojos a su marido, sin embargo, aceptó esta segunda opción mascullando algo entre dientes, seguramente una maldición gallega.

De más está decir que el José se transformó muy pronto en Pepe. Y al niño no le quedó más remedio que adaptarse al estrambótico apodo, que una vez matriculado en la escuela sus condiscípulos le endilgaron, Pepe Baba, o Pepe el Baba. Es cierto que Pepe le agradaba más, pero cuando su abuelo explicaba el origen de su segundo nombre, y las razones por las cuales lo había elegido, se sentía orgulloso de llevar el nombre de un santo milagroso y venerado. 

Pero con quien más conversaba era con la abuela Clemencia, pues daba pena verla horas y horas, sentada frente a una hoguera, detrás de la casa, en el patio, hablando sola, o mejor dicho, sola no, con el fuego. Mientras eso hacía, las manos acalambradas de la anciana acariciaban una moneda de plata, arrugada y con los bordes desiguales, desgastados por el tiempo.

-Es la luna de mi tierra, hijito. Mi padre, tu bisabuelo, la arrancó del cielo para mí. Sabes, yo nací muy lejos de aquí, en Ribadavia; antes de viajar a Cuba mi madre pidió que le trajera la luna. Él fue a buscarla, a su regreso mi madre había muerto, yo acababa de nacer. Él enterró a mamá, y una semana después se montó en un barco conmigo. Llegué a La Habana con sólo algunos días de nacida, no sé cómo pude resistir el viaje. De pequeña él me hablaba mucho de la luna de su tierra, y me la mostraba, digo, me enseñaba esta moneda, y lloraba por mi madre... 

Luego, al tiempo, se enamoró y se casó aquí con otra y tuve hermanos. Pero, a solas, él y yo siempre hablábamos de allá, de la ría, del fuego, de la luna. Sacaba del bolsillo la moneda, y de pronto, en la noche brillaban dos astros por igual. Entonces a mí me dio por acurrucarme en un rincón del patio, encender un fósforo y prender las yaguas, escuchaba que el fuego me decía cosas, y yo le respondía, así pasaba horas de horas. 

La mujer de mi viejo la cogió con insultarme, con cacarear que yo estaba embrujada, que no era normal como los otros chicos. Mi padre me observaba consternado, hasta que explicó ese algo dentro de mí que yo misma no comprendía, que yo no podía saber. «Tú eres meiga, hija», dijo. A partir de entonces me dejaron tranquila, mi madrastra no fastidió más, y yo seguí cantándole al fuego, escuchándolo sobre todo.

Pepe Babalú se encantaba con esas historias. Su abuela era maga, que era la traducción que él podía hacer de meiga, y esto, claro está, lo colocaba en una posición ventajosa respecto a sus compañeros de clase. En varías ocasiones Dupont llegaba fatigado del trabajo, y al escuchar las historias que su mujer contaba al niño, iba directo a la pila del fregadero, llenaba un cubo de agua, y desde la puerta de salida al patio lo lanzaba contra las llamaradas, apagando el hechizo. Pepe Babalú observaba cariacontecido, y Clemencia hacía muecas a sus espaldas.

-No hagas caso. Es un viejo loco y resentido. Es bueno, yo le quiero, pero es muy dominante.
-¡Loca y dominante eres tú! -exclamaba el abuelo desde el interior de la casa.

Es cierto que su abuela exageraba por momentos. Sobre todo aquella vez cuando se le metió entre ceja y ceja que su nieto asistiera a la Sociedad de Bailes Españoles, para que aprendiera a bailar la jota y la muñeira. Hasta logró convencerlo e inscribirlo, pero Pepe Babalú prefería la parte culinaria de su abuela a la parte artística, hasta que ella misma se dio cuenta de que su nieto no tenía vocación de bailarín. 

O al menos de bailarín gallego, porque lo que era meterle la cintura a un buen guaguancó, eso sí, ay, que sí sí. Bastaba que escuchara a lo lejos un toque de tambor para que su cuerpo se descoyuntara en sandungueo y sabrosura, entonces era Dupont quien sonreía masticando de medio lado el mocho de tabaco. Cuando eso sucedía, el viejo sacaba su bastón. 

Un bastón que siempre se hallaba colgado detrás de la puerta, y con él seguía el ritmo de la música, tocando acompasadamente sobre la piel de chivo del fondo de un taburete. Chivo que rompe tambó con su pellejo paga. Clemencia no podía impedir echarse a reír al contemplar a su nieto, y se ponía, a la par que él, a mover el esqueleto como cualquier cuarterona de solar. 

Al punto Dupont se levantaba del sillón, colocaba un viejo disco en el tocadiscos y tomando a su mujer por la cintura se disponían a bailar un pasodoble. Luego, cuando el disco llegaba a su fin, montaba desde la calle el sonido de los tambores, y la pareja retomaba el remeneo de la rumba de cajón. Pepe Babalú se desternillaba de la risa viéndolos descuajaringados en danza frenética.

Pero una tarde Pepe Babalú regresó de la escuela muy acongojado. Apenas contaba ocho años y una maestra había explicado que en el tiempo de la colonia los negros eran esclavos y los españoles amos, y que estos últimos daban boca abajo a los primeros, y los explotaban y hasta los mataban cruelmente. Dijo: los españoles son malos

El niño apretaba con rabia la mano de su abuela, en el camino de regreso a casa, pero por nada del mundo se atrevió a reprochar lo que pensaba. Esperó a que su abuelo volviera del trabajo, tarde en la noche, pues esa semana el anciano doblaba el turno en la tabaquería. 

Pidió a Clemencia que lo dejara sentarse en el portal con Dupont, y ella asintió, pues debía preparar un dulce, el cual necesitaba reposar toda la madrugada a la luz de la luna llena. A la terrible pregunta del niño, el abuelo respondió:

-Ésa es una manera muy fea de explicar la historia. Mañana mismo iré a hablar con esa maestra. La historia es así, fue un pasado trágico, es cierto, pero tu abuela no tiene nada que ver con eso. Su padre vino de E-paña, pero jamás maltrató a nadie, ni asesinó a nadie, más bien trabajó como una bestia. Hijo, nosotros somos un país mestizo. Indio, negro, español, chino, una sabrosa mezcolanza. ¡Qué estupidez!

Y entonces, a partir de ese día, su abuelo consiguió libros viejos de historia, o de pensadores de otras épocas, poetas del siglo pasado. Pepe Babalú pasaba mucho tiempo sumergido en la lectura. Sólo abandonaba los libros para escuchar fabulosos cuentos de meigas que narraba su abuela, o por otra parte violentas anécdotas de barracones descritas por los antepasados del abuelo.

Una noche Clemencia se puso muy mala, vomitó sangre, no quiso hablar nunca más con el fuego, desaparecieron los exquisitos dulces del fogón, los discos de gaitas o pasodobles no fueron jamás extraídos del chiforrover. El abuelo no cesaba de mesarse las pasas, es decir, el pelo duro, planchado hacia atrás. 

A Pepe Babalú apenas lo dejaban entrar en la habitación donde ella reposaba, luego fue trasladada al hospital, y pasaron varias semanas sin que pudiera verla, hasta que volvieron a traerla, pero para nada estaba curada, al contrario, oyó que su madre dijo que se encontraba peor, mucho peor. Dupont condujo a su nieto al patio; la piel del anciano parecía ceniza, las lágrimas resbalaron por sus mejillas acartonadas.

-Pepe Babalú, no sé cómo explicártelo, pero...
-Ya lo sé, abuelo. Se nos muere. Abuela me ha hablado mucho de la muerte. He aprendido a conversar con el fuego. Me dijo que cuando no esté podré comunicarme con ella a través de la candela. No debemos temer.
-¡Dupont! -escucharon reclamar desde la habitación de Clemencia. Era su voz alterada por los últimos estertores-. ¡Dupont, tráeme la luna! ¡Dupont, la luna, tráemela, por favor!
-Anda, ve, abuelo, no la dejes sola tanto rato, acompáñala.

Asombrado, Pepe Babalú vio cómo Dupont, en lugar de atravesar el pasillo y entrar en el cuarto de la anciana, siguió de largo hasta la puerta principal de la casa, descolgó el viejo bastón de madera, y se perdió por los matorrales del Bosque de La Habana. 

Era raro, pero su abuela había cesado de gritar. Pepe Babalú sintió terror de que hubiera muerto. Decidió entrar en la casa; una vez junto al lecho donde descansaba el apergaminado cuerpo de Clemencia, pudo comprobar que ella respiraba aún, parecía como si durmiera plácidamente, como si todos los dolores se hubieran esfumado de su cuerpo. 

Al rato, el adolescente sintió una presencia inquietante en la casa, se dijo que era probable que alguien ajeno se hubiera colado, tal vez ladrones. Al salir del cuarto fue enceguecido por un reflejo blanquísimo; cuando pudo reabrir los párpados, divisó no sin dificultad que la luz gigante avanzaba hacia él; detrás de aquella forma redonda y luminosa pudo descubrir la silueta de Dupont. 

Traía, nada más y nada menos, que a la luna enganchada en la empuñadura del bastón. Atravesó el umbral del cuarto de la moribunda con la luna a modo de farol. La mujer sonrió, suspiró aliviada, al instante dejó de respirar y la sonrisa se congeló para siempre en el recuerdo de Pepe Babalú.

Algunos años después murió Dupont. Pepe Babalú se hallaba en África, en Angola, en medio de un combate. De súbito le vinieron a la mente las palabras de su abuelo antes de él partir a la guerra.

-La historia por momentos es bella a pesar de ser tan terrible, Pepe Babalú, no lo olvides. Cuando andes por aquellas tierras verás algo muy importante que nos está destinado a ti y a mí; se hallará escondido dentro de un árbol. Es mi prenda, no puedo describírtela porque yo mismo no sé qué forma tiene, pero tú sentirás el deseo de poseerla, y la traerás. No dejes de hacerlo.

El joven se encontraba muy cerca de su mejor amigo, al instante vio un árbol de color rojo vino. El árbol cogió candela inesperadamente, entonces interrogó al fuego, y éste respondió con la voz de Clemencia:
-La prenda de Dupont se halla entre aquellas ramas altas. ¡Búscala!

Pepe Babalú alertó a su amigo de que debía subir al árbol; el otro le desaconsejó que lo hiciera, pues sería peligroso: un bombazo podía caer encima, además el árbol estaba ya envuelto en llamaradas. Pero el muchacho no hizo caso y trepó casi a la velocidad de una pantera. 

En una especie de nido halló un objeto extraño, como una semilla gigantesca, algo muy semejante a un coco seco, pero no lo era con exactitud, sino más bien una suerte de luna polvorienta con pelos secos, del tamaño de una calabaza enana, con tres caracoles incrustados a manera de ojos y de boca. 

Ya se disponía a descender del árbol cuando divisó, allá abajo, el cuerpo destrozado de su compañero, su mejor amigo. De regreso a casa supo que Dupont había fallecido aproximadamente en el mismo momento en que él se había apoderado de la prenda.

En todos esos detalles piensa Pepe Babalú, y se le atraganta el buche de llanto en la garganta. Introduce su mano en el maletín, acaricia aquel amuleto africano, vuelve a cerrar el equipaje. Por la ventanilla del avión que ahora lo conduce a España, distingue la luna llena viajando junto a él, tan desigual en su redondez como esa moneda con la que juguetean sus dedos, su único dinero. 

Queda embelesado con la visión del astro, mientras cree escuchar lejana la voz de Clemencia leyendo en gallego versos de Rosalía de Castro, aclarando que ella había nacido junto a una ría, es decir un río hembra, que no es lo mismo, aunque se escriba casi igual. Y el hombre se pregunta qué dirá aquella gente cuando lo vean aparecer, a él, un mulato de ojos claros, chapurreando el gallego aprendido con abuela Clemencia. ¿Cómo serán sus primos terceros, hijos a su vez de los primos de su abuela? A juzgar por las cartas parecen simpáticos. Incluso ansiosos por conocerlo.

Nuestra Señora de las Golondrinas - Marguerite Yourcenar

El monje Therapion había sido en su juventud el discípulo más fiel del gran Atanasio; era brusco, austero, dulce tan sólo con las criaturas en quienes no sospechaba la presencia de los demonios. En Egipto había resucitado y evangelizado a las momias; en Bizancio había confesado a los Emperadores: había venido a Grecia obedeciendo a un sueño, con la intención de exorcizar a aquella tierra aún sometida a los sortilegios de Pan. 

Se encendía de odio cuando veía los árboles sagrados donde los campesinos, cuando enferman de fiebre, cuelgan unos trapos encargados de temblar en su lugar al menor soplo de viento de la noche; se indignaba al ver los falos erigidos en los campos para obligar al suelo a producir buenas cosechas, y los dioses de arcilla escondidos en el hueco de los muros y en la concavidad de los manantiales. 

Se había construido con sus propias manos una estrecha cabaña a orillas del Cefiso, poniendo gran cuidado en no emplear más que materiales bendecidos. 

Los campesinos compartían con él sus escasos alimentos y aunque aquellas gentes estaban macilentas, pálidas y desanimadas, debido al hambre y a las guerras que les habían caído encima, Therapíon no conseguía acercarlos al cielo. 

Adoraban a Jesús, Hijo de María, vestido de oro como un sol naciente, mas su obstinado corazón seguía fiel a las divinidades que viven en los árboles o emergen del burbujeo de las aguas; todas las noches depositaban, al pie del plátano consagrado a las Ninfas, una escudilla de leche de la única cabra que les quedaba; los muchachos se deslizaban al mediodía bajo los macizos de árboles para espiar a las mujeres de ojos de ónice, que se alimentan de tomillo y miel. 

Pululaban por todas partes y eran hijas de aquella tierra seca y dura donde, lo que en otros lugares se dispersa en forma de vaho, adquiere en seguida figura y sustancia reales. 

Veíanse las huellas de sus pasos en la greda de sus fuentes, y la blancura de sus cuerpos se confundía desde lejos con el espejo de las rocas. Incluso sucedía a veces que una Ninfa mutilada sobreviviese todavía en la viga mal pulida que sostenía el techo y, por la noche, se la oía quejarse o cantar. 

Casi todos los días se perdía alguna cabeza de ganado, a causa de sus hechicerías, allá en la montaña, y hasta meses más tarde no lograban encontrar el montoncito que formaban sus huesos. 

Las Malignas cogían a los niños de la mano y se los llevaban a bailar al borde de los precipicios; sus pies ligeros no tocaban la tierra, pero en cambio el abismo se tragaba los pesados cuerpecillos de los niños. 

O bien alguno de los muchachos jóvenes que les seguían la pista regresaba al pueblo sin aliento, tiritando de fiebre y con la muerte en el cuerpo tras haber bebido agua de un manantial. 

Cuando ocurrian estos desastres, el monje Therapion mostraba el puño en dirección a los bosques donde se escondían aquellas Malditas, pero los campesinos continuaban amando a las frescas hadas casi invisibles y les perdonaban sus fechorías igual que se le perdona al sol cuando descompone el cerebro de los locos, y al amor que tanto hace sufrir. 

El monje las temía como a una banda de lobas, y le producían tanta inquietud como un rebaño de prostitutas. Aquellas caprichosas beldades no lo dejaban en paz: por las noches sentía en su rostro su aliento caliente como el de un animal a medio domesticar que rondase tímidamente por la habitación. Si se aventuraba por los campos, para llevar el viático a un enfermo, oía resonar tras sus talones el trote caprichoso v entrecortado de aquellas cabras jóvenes. 

Cuando, a pesar de sus esfuerzos, terminaba por dormirse a la hora de la oración, ellas acudían a tirarle inocentemente de la barba. No trataban de seducirlo, pues lo encontraban feo, ridículo y muy viejo, vestido con aquellos hábitos de estameña parda y, pese a ser muy bellas, no despertaban en él ningún deseo impuro, pues su desnudez le repugnaba igual que la carne pálida de los gusanos o el dermo liso de las culebras. 

No obstante, lo inducían a tentación, pues acababa por poner en duda la sabiduría de Dios, que ha creado tantas criaturas inútiles y perjudiciales, como si la creación no fuera sino un juego maléfico con el que El se complaciese. 

Una mañana, los aldeanos encontraron a su monje serrando el plátano de las Ninfas y se afligieron por partida doble, pues, por una parte, temían la venganza de las hadas ‑que se marcharían llevándose consigo fuentes y manantiales‑, y por otra parte, aquel plátano daba sombra a la plaza, en donde acostumbraban a reunirse para bailar. 

Mas no hicieron reproche alguno al santo varón, por miedo a malquistarse con el Padre que está en los cielos y que suministra la lluvia y el sol. Se callaron, y los proyectos del monje Therapion contra las Ninfas viéronse respaldados por aquel silencio.

Ya no salía nunca sin coger antes dos pedernales, que escondía entre los pliegues de su manga, y por la noche, subrepticiamente, cuando no veía a ningún campesino por los campos desiertos, prendía fuego a un viejo olivo, cuyo cariado tronco le parecía ocultar a unas diosas, o a un joven pino escamoso, cuya resina se vertía como un llanto de oro. 

Una forma desnuda se escapaba de entre las hojas y corría a reunirse con sus compañeras, inmóviles a lo lejos como corzas asustadas, el santo monje se regocijaba de haber destruido uno de los reductos del Mal. 

Plantaba cruces por todas partes y los jóvenes animales divinos se apartaban, huían de la sombra de aquel sublime patíbulo, dejando en torno al pueblo santificado una zona cada vez más amplia de silencio y de soledad. 

Pero la lucha proseguía pie tras pie por las primeras cuestas de la montaña, que se defendía con sus zarzas cuajadas de espinas y sus piedras resbaladizas, haciendo muy dificíl desalojar de allí a los dioses. 

Finalmente, envueltas en oraciones y fuego, debilitadas por la ausencia de ofrendas, privadas de amor desde que los jóvenes del pueblo se apartaban de ellas, las Ninfas buscaron refugio en un vallecito desierto, donde unos cuantos pinos negros plantados en un suelo arcilloso recordaban a unos grandes pájaros que cogiesen con sus fuertes garras la tierra roja y moviesen por el cielo las mil puntas finas de sus plumas de águila. 

Los manantiales que por allí corrían, bajo un montón de piedras informes, eran harto fríos para atraer a lavanderas y pastores. Una gruta se abría a mitad de la ladera de una colina y a ella se accedía por un agujero apenas lo bastante ancho para dejar pasar un cuerpo. 

Las Ninfas se habían refugiado allí desde siempre, en las noches en que la tormenta estorbaba sus juegos, pues temían al rayo, como todos los animales del bosque, y era asimismo allí donde acostumbraban dormir en las noches sin luna. 

Unos pastores jóvenes presumían de haberse introducido una vez en aquella caverna, con peligro de su salvación y del vigor de su juventud, y no cesaban de alabar aquellos dulces cuerpos, visibles a medias en las frescas tinieblas, y aquellas cabelleras que se adivinaban, más que se palpaban. 

Para el monje Therapion, aquella gruta escondida en la ladera de la peña era como un cáncer hundido en su propio seno, y de pie a la entrada del valle, con los brazos alzados, inmóvil durante horas enteras, oraba al cielo para que le ayudase a destruir aquellos peligrosos restos de la raza de los dioses. 

Poco después de Pascua, el monje reunió una tarde a los más fieles y más recios de sus feligreses; les dio picos y linternas; él cogió un crucifijo y los guió a través del laberinto de colinas, por entre las blandas tinieblas repletas de savia, ansioso de aprovechar aquella noche oscura. 

El monje Therapion se paró a la entrada de la gruta y no permitió que entraran allí sus fieles, por miedo a que fuesen tentados. En la sombra opaca oíanse reír ahogadamente los manantiales. Un tenue ruido palpitaba, dulce como la brisa en los pinares: era la respiración de las Ninfas dormidas, que soñaban con la juventud del mundo, en los tiempos en que aún no existía el hombre y en que la tierra daba a luz a los árboles, a los animales y a los dioses. 

Los aldeanos encendieron un gran fuego, mas hubo que renunciar a quemar la roca; el monje les ordenó que amasaran cemento y acarreasen piedras. A las primeras luces del alba empezaron a construir una capillita adosada a la ladera de la colina, delante de la entrada de la gruta maldita. Los muros aún no se habían secado, el tejado no estaba puesto todavía y faltaba la puerta, pero el monje Therapion sabía que las Ninfas no intentarían escapar atravesando el lugar santo, que él ya había consagrado y bendecido. 

Para mayor seguridad había plantado al fondo de la capilla, allí donde se abría la boca de la gruta, un Cristo muy grande, pintado en una cruz de cuatro brazos desiguales, y las Ninfas, que sólo sabían sonreír, retrocedían horrorizadas ante aquella imagen del Ajusticiado. 

Los primeros rayos del sol se estiraban tímidamente hasta el umbral de la caverna: era la hora en que las desventuradas acostumbraban a salir, para tomar de los árboles cercanos su primera colación de rocío; las cautivas sollozaban, suplicaban al monje que las ayudara y en su inocencia le decían que ‑en caso de que les permitiera huir‑ lo amarían. 

Continuaron los trabajos durante todo el día y hasta la noche se vieron lágrimas resbalando por las piedras, y se oyeron toses y gritos roncos parecidos a las quejas de los animales heridos. Al día siguiente colocaron el tejado y lo adornaron con un ramo de flores; ajustaron la puerta y la cerraron con una gruesa llave de hierro. 

Aquella misma noche, los cansados aldeanos regresaron al pueblo, pero el monje Therapion se acostó cerca de la capilla que había mandado edificar y, durante toda la noche, las quejas de sus prisioneras le impidieron deliciosamente dormir. 

No obstante, era compasivo, se enternecía ante un gusano hollado por los pies o ante un tallo de flor roto por culpa del roce de su hábito, pero en aquel momento parecía un hombre que se regocija de haber emparedado, entre dos ladrillos, un nido de víboras.

Al día siguiente, los aldeanos trajeron cal y embadurnaron con ella la capilla, por dentro y por fuera; adquirió el aspecto de una blanca paloma acurrucada en el seno de la roca. Dos lugareños menos miedosos que los demás se aventuraron dentro de la gruta para blanquear sus paredes húmedas y porosas, con el fin de que el agua de las fuentes y la miel de las abejas dejaran de chorrear en el interior del hermoso antro, y de sostener así la vida desfalleciente de las mujeres hadas. 

Las Ninfas, muy débiles, no tenían ya fuerzas para manifestarse a los humanos; apenas podía adivinarse aquí y allá, vagamente, en la penumbra, una boca joven contraída, dos frágiles manos suplicantes o el pálido color de rosa de un pecho desnudo. 

O asimismo, de cuando en cuando, al pasar por las asperidades de la roca sus gruesos dedos blancos de cal, los aldeanos sentían huir una cabellera suave y temblorosa como esos culantrillos que crecen en los sitios húmedos y abandonados. 

El cuerpo deshecho de las Ninfas se descomponía en forma de vaho, o se preparaba a caer convertido en polvo, como las alas de una mariposa muerta; seguían gimiendo, pero había que aguzar el oído para oír aquellas débiles quejas; ya no eran más que almas de Ninfas que lloraban. 

Durante toda la noche siguiente el monje Therapion continuó montando su guardia de oración a la entrada de la capilla, como un anacoreta en el desierto. Se alegraba de pensar que antes de la nueva luna las quejas habrían cesado y las Ninfas, muertas ya de hambre, no serían más que un impuro recuerdo. 

Rezaba para apresurar el instante en que la muerte liberaría a sus prisioneras, pues empezaba a compadecerlas a pesar suyo, y se avergonzaba de su debilidad. Ya nadie subía hasta donde él estaba; el pueblo parecía tan lejos como si se hallara al otro extremo del mundo; ya no vislumbraba, en la vertiente opuesta al valle, más que la tierra roja, unos pinos y un sendero casi tapado por las agujas de oro. Sólo oía los estertores de las Ninfas, que iban disminuyendo, y el sonido cada vez más ronco de sus propias oraciones. 

En la tarde de aquel día vio venir por el sendero a una mujer que caminaba hacia él, con la cabeza baja, un poco encorvada; llevaba un manto y un pañuelo negros, pero una luz misteriosa se abría camino a través de la tela oscura, como si se hubiera echado la noche sobre la mañana. 

Aunque era muy joven, poseía la gravedad, la lentitud y la dignidad de una anciana y su dulzura era parecida a la del racimo de uvas maduras y a la de la flor perfumada. Al pasar por delante de la capilla miró atentamente al monje, que se vio turbado en sus oraciones.

‑Este sendero no lleva a ninguna parte, mujer ‑le dijo‑. ¿De dónde vienes?

 ‑Del Este, como la mañana ‑respondió la joven‑. ¿Y qué haces tú aquí, anciano monje?

‑He emparedado en esta gruta a las Ninfas que infestaban la comarca ‑dijo el monje‑, y delante de su antro he edificado una capilla. Ellas no se atreven a atravesarla para huir porque están desnudas, y a su manera tienen temor de Dios. Estoy esperando a que se mueran de hambre y de frío en la caverna y cuando esto suceda, la paz de Dios reinará en los campos.

‑¿Y quién te dice que la paz de Dios no se extiende también a las Ninfas lo mismo que a los rebaños de cabras? ‑respondió la joven‑ ¿No sabes que en tiempos de la Creación, Dios olvidó darle alas a ciertos ángeles, que cayeron en la tierra y se instalaron en los bosques, donde formaron la raza de Pan y de las Ninfas? Y otros se instalaron en una montaña, en donde se convirtieron en dioses olímpicos. No exaltes, como hacen los paganos, la criatura a expensas del Creador, pero no te escandalices tampoco de Su Obra. Y dale gracias a Dios en tu corazón por haber creado a Diana y a Apolo.

‑Mi espíritu no se eleva tan alto ‑dijo humildemente el monje‑. Las Ninfas importunan a mis feligreses y ponen en peligro su salvación, de la que yo soy responsable ante Dios, y por eso las perseguiré aunque tenga que ir hasta el Infierno.

‑Y se tendrá en cuenta tu celo, honrado monje ‑dijo sonriendo la joven‑. Pero ¿no puede haber un medio de conciliar la vida de las Ninfas y la salvación de tus feligreses?

Su voz era dulce, como la música de una flauta. El monje, inquieto, agachó la cabeza. La joven le puso la mano en el hombro y le dijo con gravedad:
‑Monje, déjame entrar en esa gruta. Me gustan las grutas, y compadezco a los que en ellas buscan refugio. En una gruta traje yo al mundo a mi Hijo, y en una gruta lo confié sin temor a la Muerte, con el fin de que naciera por segunda vez en su Resurrección.

El anacoreta se apartó para dejarla pasar. Sin vacilar, se dirigió ella a la entrada de la caverna, escondida detrás del altar. La enorme cruz tapaba la abertura; la apartó con cuidado, como un objeto familiar, y se introdujo en el antro.

Se oyeron en las tinieblas unos gemidos aún más agudos, un piar de pájaros y roces de alas. La joven hablaba con las Ninfas en una lengua desconocida, que acaso fuera la de los pájaros o la de los ángeles. Al cabo de un instante volvió a aparecer al lado del monje, que no había parado de rezar.

‑Mira, monje... ‑le dijo‑. Y escucha...

Innumerables grititos estridentes salían de debajo de su manto. Separó las puntas del mismo y el monje Therapion vio que llevaba entre los pliegues de su vestido centenares de golondrinas. Abrió ampliamente los brazos, como una mujer en oración, y dio así suelta a los pájaros. Luego dijo, con una voz tan clara como el sonido del arpa:
‑Id, hijas mías...

Las golondrinas, libres, volaron en el cielo de la tarde, dibujando con el pico y las alas signos indescifrables. El anciano y la joven las siguieron un instante con la mirada, y luego la viajera le dijo al solitario:

 ‑Volverán todos los años, y tú les darás asilo en mi iglesia. Adiós, Therapion.

Y María se fue por el sendero que no lleva a ninguna parte, como mujer a quien poco importa que se acaben los caminos, ya que conoce el modo de andar por el cielo. 

El monje Therapion bajó al pueblo y al día siguiente, cuando subió a decir misa en la capilla, la gruta de las Ninfas se hallaba tapizada de nidos de golondrinas. Volvieron todos los años y se metían en la iglesia, muy ocupadas en dar de comer a sus pequeñuelos o consolidando sus casas de barro, y muy a menudo, el monje Therapion interrumpía sus oraciones para seguir con mirada enternecida sus amores y sus juegos, pues lo que les está prohibido a las Ninfas les está permitido a las golondrinas.

La suprema abominación - Clark Ashton Smith

     Mi nombre es Eibon, hijo de Milaab, el hijo de Uori. Nací en la ciudad de Iqqua, en el trigésimo cuarto año del reinado del rey Xactura, monarca al que mi padre sirvió como encargado de los archivos tal como su padre lo había sido antes de él. A su vez, este cargo tendría que haber recaído en mí; pero los hados inescrutables decretaron otra cosa, y la fortuna de nuestra casa decayó; y mi desventurado padre fue conducido al solitario exilio y a una prematura muerte por el maleficio de los fanáticos e inquisitoriales sacerdotes que servían a la diosa Yhoundeh.

La autoridad temporal de esta jerarquía había ido aumentando en Iqqua, debido a que el rey, vuelto decrépito y senil por el paso de los años, había caído bajo la influencia del archipontífice, cuya elocuente oratoria había logrado que el envejecido monarca desatara una persecución contra todos aquellos considerados como heréticos. Mi padre había incurrido en la ira de este sumo sacerdote a causa de sus inocentes investigaciones de anticuario sobre los rituales prohibidos de Tsathoggua, una oscura divinidad cuyo culto había florecido en ciclos anteriores pero que se encontraba entonces extinguido. Los fanáticos que servían a Yhoundeh consideran a este dios como una abominación y habían logrado desde hacía mucho tiempo extirpar todos los rastros de este aborrecido culto dentro de las fronteras de los territorios que se encontraban sujetos a la soberanía del rey Xactura.

Huérfano de este modo en mi tierna juventud, tuve la fortuna de convertirme en aprendiz de un mago de inmenso y fabuloso renombre llamado Zylac, cuya casa pentagonal de gneis negro —que posteriormente pasaría a ser mía por herencia— se levantaba sobre un desolado promontorio que dominaba las playas del mar boreal. Allí me sentía a salvo de toda persecución que los inquisidores de Iqqua pudieran emprender contra el único hijo del herético archivista, porque hasta entonces los sacerdotes no ejercían su dominio sobre los desiertos páramos y los solitarios riscos de Mhu Thulan, de cuyas áridas y apartadas fragosidades mi maestro y yo éramos en ese entonces los únicos habitantes.

Este Zylac el archimago era de estatura alta e imponente, con tendencia a la delgadez. Su carne, de un tinte cetrino oscuro, estaba cubierta de una red de finas arrugas, ya que su vigor había sido prolongado más allá de la normal cantidad de años que es concedido vivir a la mayor parte de la humanidad. Con una barba de patriarca, su rostro sombrío era severo y lleno de sabiduría, y sus refulgentes e intensos ojos, de una rara pigmentación amarilla, eran en extremo penetrantes. Su comportamiento era afable y sereno pero distante; y su bondad hacia mí era poco común, porque a semejanza de la mayor parte de los taumaturgos, se mantenía alejado de la compañía de sus semejantes humanos, y vivía en medio de los desolados desiertos, prefiriendo el contacto con espíritus del otro mundo y con los ultraterrenos habitantes de remotas esferas al contacto con los hombres.

Pero mi padre, en su calidad de archivista supremo, había hecho frecuentes favores al archimago pues le procuró, para su uso, ciertos raros rollos de preciosos volúmenes u oscuros códices del saber antiguo. Por lo cual puede decirse que, al aceptar mi propuesta de convertirme en su aprendiz, el sabio Zylac no había hecho otra cosa que recompensar muchos antiguos favores recibidos.

Ahora bien, las dotes profundas y preternaturales de Zylac le habían atraído la envidia, mezclada con respeto, de sus colegas que practicaban las artes de la magia negra en las regiones más populosas situadas al sur de la suya; por cuyo magisterio superior era considerado como preeminente entre los magos de Hiperbórea. Bajo su paciente tutela estudié muchos amarillentos rollos de pergamino de pterodáctilo, en los cuales los magos prehistóricos del inmemorial Mu habían redactado las más abstrusas de las fórmulas obtenidas de los demonios.

Hasta altas horas de la noche, a la luz amarillenta de altas velas de sebo de cadáver, leía con cuidado placas recobradas de los senderos de los glaciares en avance de la olvidada Thule, de cuyas runas escritas con sangre aprendí el saber terrible y blasfemo que se creía hubiera muerto en el trascurso de las eras. A través de ladrillos jeroglíficos de arcilla roja cocida, traídos de las islas tropicales de Antilla, en las cuales sahamanes bárbaros habían preservado sus rituales antiguos y de otro modo olvidados, llegué a conocer las suprimidas letanías de los Antiguos.

Finalmente, mi mentor me reveló las selladas crónicas de las oscuras y míticas civilizaciones que habían florecido innumerables eras antes de la aparición del hombre. Estremeciéndome, examinaba las antiguas teurgias de los Voormis, casi humanos y cubiertos de piel, que en anteriores ciclos habían celebrado con arcaicas y grotescas ceremonias a ese mismo Tsathoggua por el estudio de cuyas abandonadas liturgias mi desventurado padre había sufrido la fatal ira del hierofante.

Además, estudié cuidadosamente tabletas primordiales de un metal brillante e imperecedero donde había columnas verticales de una extraña escritura cuneiforme grabada con líneas tan bien delineadas que parecían haber sido hechas con hojas de plumas diamantinas mojadas en un corrosivo veneno. Mi maestro me informó gravemente que en ellas el saber oculta de los seres serpientes prehumanos, cuyo olvidado continente había sido partido por un cataclismo volcánico y se había hundido en el abismo un número indeterminado de eras antes que la tierra de Hiperbórea emergiera del fango primordial, se hallaba preservado del deterioro de las eras geológicas.

Mi maestro había realizado sus estudios más profundos sobre las ciencias mágicas de estas especies desaparecidas, en particular; porque era su más firme convicción que los seres serpientes habían alcanzado un conocimiento superior de las fuerzas que componen la matriz de la Plenitud del espacio y del tiempo, y que su dominio de este saber había superado en gran medida los arcanos más rudimentarios de los Voormis semibestiales de los habitantes prehumanos de la última Thule, sumergida por los glaciares.

Durante innumerables años mi mentor había tratado de encontrar inscripciones antiguas que dataran de la antigua edad de la raza serpentina, sus tabletas cuneiformes de metal perdurable, sus horripilantes ídolos ofídicos y sus monolitos cubiertos de glifos. En el curso de su gradual adquisición de la ciencia de éstos, mi maestro tuvo que reconocer varias dificultades insuperables, la más importante de las cuales era la imposibilidad casi completa de subordinar los preconceptos e inclinaciones de una facultad cognoscitiva meramente humana a las filosofías cósmicas y totalmente extrañas de los seres serpientes. Creía que con el trascurso del tiempo llegaría a superar estas barreras al completo dominio de las invocaciones ofídicas.

En lo que a mí respecta, mientras que voluntariamente reprimía mi innata reacción contra el extraño carácter reptil de estos seres, y facilitaba los experimentos de Zylac con todas las capacidades de que disponía, debo reconocer mi profunda e instintiva repugnancia a estos ofidios, cuya conciencia fríamente inhumana despertaba en mi interior una terrorífica aversión. Era propio de sus orígenes que hubiesen sido adeptos a los abominables cultos del Padre Yig, del oscuro Han y de Byatis, la serpiente barbuda, ya que estas espantosas entidades nunca gozaron del culto de seres humanos en este planeta.

No podía racionalizar mi sentido del horror y del asco, sino que algo en su filosofía desapasionada y contraria a la de los mamíferos despertó en mí un prodigioso malestar, junto con una inquietante ansiedad y ciertas premoniciones de inminentes peligros que no podía detallar con certeza. Traté en vano de comunicar estos vagos y ominosos presagios a mi mentor; pero, con el retraimiento y vehemencia propios de alguien llevado por sus investigaciones más allá del límite extremo del conocimiento humano permisible, desestimó mis inconsistentes presentimientos, los atribuyó a las supersticiones de la inmadurez, e imprudentemente continuó con sus estudios cabalísticos.

Como el continente natal de "la raza ofídica había sucumbido ante un cataclismo natural en las más remotas edades del tiempo registrado, el archimago tuvo forzosamente que buscar sus restos y archivos en las enmarañadas profundidades del abandonado continente meridional de Thuria. Allí, donde ciudades-mausoleo de estelas rajadas y templos vencidos por las eras se iban convirtiendo pedazo a pedazo en montones de escombros, encontró algunas de sus ruinas misteriosas y de pérfida reputación, que coexistían en inquietante proximidad con los restos de las más antiguas moradas humanas, que eran las de los brumosos y míticos Valusios, una cultura extinguida que algunos sabios consideran como un remoto ancestro de la nuestra.

En el undécimo año de mi noviciado, el archimago volvió de una de esas solitarias expediciones por las intransitadas profundidades de las junglas de Thuria trayendo consigo un singular artefacto cargado de terribles y espantosos presagios. Este objeto era un repulsivo rollo prehistórico de arcaica grafía, rescatado de la ruinosa necrópolis de una ciudad antediluviana en la cual había reposado durante varias eras geológicas, preservado de la erosión del tiempo dentro de un tabernáculo de bronce.

Desplegó este códice ante mí en un estado de muy intensa excitación, porque creía que el voluminoso tomo, con sus páginas de placas de metal cubiertas de escritura cuneiforme, encuadernado en piel coriácea y curtida del extinguido diplodoco, no era otra cosa que el propio grimorio o testamento mágico del célebre y sagaz Zloigm, un importante mago de la raza serpentina que había sido tan preeminente entre los taumaturgos de su incierta y remota época como lo era mi maestro entre los magos de su propio tiempo, y cuyos legendarios logros en el arte de la nigromancia me había narrado frecuentemente mi maestro.

Dejándome entregado a mis estudios preordenados, Zylac llevó este primitivo manual de hechicería a lo más recóndito de sus aposentos privados, y durante un período de siete días y siete noches no lo vi en absoluto, mientras él estudiaba infatigablemente el códice prehumano, esforzándose por traducir la primera de las tenebrosas ceremonias de invocación de los espíritus malignos que contenía, de la críptica escritura cuneiforme de los hombres ofidios a nuestra propia lengua. Al emerger en su cámara, al fin de la reclusión mi maestro Zylac anunció el buen resultado de sus esfuerzos, ya que había logrado —como entonces supuso una transliteración tentativa pero completa del conjuro inicial preservado en el grimorio de Zloigm.

Sucedió que esta letanía resultó ser nada menos que una invocación al propio genio nacional o demonio tutelar de la raza serpentina. Al finalizar el rito, el practicante podía anticipar la manifestación real de esta entidad espiritual conjurada de este modo en forma humana, desde sus oscuros límites en alguna dimensión superior del espacio, o desde cualquier recóndito y sobrenatural plano de la existencia que habitualmente ocupara. En esta segunda ocasión volví empero a hacer todo lo posible para despertar el latente sentido de la precaución de mi maestro, argumentando que estaban lejos de ser claras todas las implicancias de un hechizo extraño de un uso tan inusitado y desconocido, y de un objeto sumamente incierto.

Sin embargo, su ferviente entusiasmo le hizo nuevamente olvidar toda elemental precaución. Y aquella noche sus cerrados aposentos privados resonaron con las cacofonías de la antigua ceremonia. Con los más funestos presentimientos, traté de cerrar mis oídos a las modulaciones de los vocablos toscos y atroces, producto de un modo de hablar extraño en tal grado, que la lengua humana nunca fue apta para pronunciar su sibilante ulular. Pero la liturgia de Zloigm seguía gimiendo, y tuve que escuchar, involuntariamente sin embargo, las abominaciones verbales.

Al amanecer mi maestro reapareció, temblando de fatiga, con sus penetrantes ojos amarillos febriles de regocijo, con su vigor aparentemente incólume a los rigores de la ordalía nocturna. Me informo que el conjuro había terminado en un fracaso, y la esencia de la raza ofídica había rehusado aceptar una manifestación humana; pero el imprudente e incauto Zylac seguía teniendo confianza en el logro final de la manifestación. Después de un examen más exhaustivo del grimorio, había encontrado finalmente un elemento ausente que consideraba ahora indispensable para la exitosa realización de la invocación, y éste era cierto elixir cuya fórmula había pasado por alto de algún modo durante su anterior lectura del códice.

Parece que los conjuros nigrománticos de los seres serpiente eran horriblemente diferentes en sus formas profundas y elementales de los rituales utilizados por los magos meramente humanos de las civilizaciones más recientes, y que requerían que se tomaran raras y curiosas drogas o pociones, con cuya ingestión podía alcanzarse una especial condición de receptividad provocada por el narcótico. Solo en el estado semejante al trance que suponía resultaría del uso de este pernicioso narcótico, Zylac podía esperar percibir la ansiada visita o descenso del genio astral que percibían los ofidios, y que era demasiado sutil como para ser percibido de otra manera, con los toscos sentidos de la carne.

Otra vez resultaron desatendidas mis advertencias desesperadas y sumamente apremiantes, y el archimago se puso a trabajar entre los atanores, incensarios y retortas, los burbujeantes recipientes y los crisoles hirvientes de su laboratorio de alquimia, preparando una maloliente poción, de cuyos ingredientes los menos repugnantes y peligrosos eran gotas de raíz de mandrágora, bilis de basiliscos, jugo del mortífero antiar, icor de los esquivos catoblepas, habitantes de la montaña, y orina hirviente de los wyverns. Imprudentemente apuró hasta las heces este licor indeciblemente detestable apenas terminó de prepararlo, retirándose luego a sus aposentos para repetir la demoníaca letanía y para esperar la materialización del demonio-serpiente en el estado de narcosis que exigía el grimorio.

Pero cuando los primeros rayos de la aurora tiñeron de sangre la parte más alta de su torre, y se levantó del catafalco de seda que utilizaba como diván, estaba pálido, descolorido y con el ánimo abatido, ya que el ritual había terminado nuevamente en completo fracaso, y ningún personaje sobrenatural había descendido en el círculo del conjuro durante el sueño nocturno, hipnótico y carente de sueños, de Zylac.

En los días que siguieron trabajé junto a mi mentor y nos esforzamos por retraducir juntos, con un grado mayor de exactitud, los arcaicos caracteres que estaban grabados en las placas metálicas del grimorio prehistórico. Nuestro conocimiento de la escritura de los pre-Valusios era impreciso y en ciertos aspectos sumamente conjetural, y a esta imperfección en el conocimiento de la lengua ofídica atribuía mi maestro los resultados negativos de la invocación y del brebaje narcótico. De este modo, nos dedicamos durante cierto tiempo a estudios lingüísticos y gramáticos, tediosos y rigurosos, pero sin llegar, empero, a descubrir ningún elemento fundamental, ni en la realización del ritual ni en la preparación del elixir, por el cual pudiéramos explicar el fracaso del conjuro.

Durante esas tareas diurnas compartidas, no pude dejar de notar en el aspecto de mi maestro ciertas señales de un deterioro físico de rápido avance, que al principio atribuí a los rigores de nuestra ardua e ininterrumpida labor. Su rostro, por lo general delgado y atezado, se volvió extrañamente abotagado, y su tez, de ordinario oscura, fue adquiriendo en forma gradual una rara y glauca palidez; y la textura de su epidermis, normalmente flexible y elástica, se fue tornando de un modo singular e inquietante áspera y escabrosa, mostrando al poco tiempo los estigmas de una inusitada escamosidad, que no podía explicarse por ningún grado de fatiga.

Una reserva natural me impedía hacer notar al propio Zylac estas observaciones demasiado personales sobre su aspecto. Pero la verdosa y nauseosa palidez de su semblante se fue haciendo claramente pronunciada con el tiempo, lo mismo que la rugosa y escamosa condición de su piel.

Pronto noté asimismo que farfullaba y sibilaba curiosamente al hablar, y que tenía tendencia a pronunciar las vocales con un prolongado susurro muy extraño a sus acentos habituales. Sin embargo, estos signos de degeneración física no se extendieron a su manera de estar de pie o de caminar, porque en esos aspectos no observé el menor deterioro de sus facultades. En realidad parecía deslizarse por los apartamentos y cámaras de la torre con una desacostumbrada flexibilidad, y una gracia casi rejuvenecida, y sus propios ademanes se animaron de una curiosa blandura, una fluidez de movimientos tal que parecía no tener huesos, que yo encontraba tan extraña, como repulsiva, para mí.

Durante este intervalo comencé a experimentar una indescriptible aversión al contacto con él. Hasta el más casual apretón de manos u otro contacto familiar despertaban en mi interior un estremecimiento de repugnancia que parecía virtualmente instintivo y que no podía explicar, así como tampoco podía fingir ignorarlo. Encontré pronto que trataba de evitar basta su sola presencia todas las veces que me era posible; y como durante este período aconteció que se produjo una rara conjunción de los planetas Yli-diomph y Cykranosh —nombres con los cuales los astrólogos hiperbóreos denominan a Júpiter y a Saturno encontré una ocasión para evitar completamente su compañía.

Alegué que la extraordinaria significación horoscópica de este infrecuente aspecto planetario requería mi dedicación durante las horas de la noche y que, como tendría en consecuencia que dormir en los períodos diurnos, se imponía mi total ausencia de su lado. Abstraído en sus estudios gramaticales, el archimago me dio distraídamente permiso para ello, y, separado de él de esta manera, evité con gran alivio el malestar que me causaba su proximidad.

Al terminar esta conjunción celeste, no tuve más remedio que volver con el archimago; pero encontré, con indescriptible alivio que, entretanto, éste había decidido encerrarse dentro de sus aposentos y que ya no necesitaba ni, por eso mismo, deseaba, más ayuda de mi parte.

A partir de entonces, durante muchos días no lo vi; pero frecuentemente oía, por encima del incesante bullicio de las olas que venían a estrellarse y cuya agitada espuma hervía alrededor de la base del acantilado sobre el cual estaba edificada nuestra morada, los sordos cánticos de ciertos rituales que resonaban dentro de las puertas cerradas de sus aposentos privados. Y por la noche vislumbraba el resplandor de fuegos de sacrificio o invocatorios que vacilaban dentro de los arcos góticos de sus estrechas ventanas como la fosforescencia de la descomposición dentro de las oscuras cuencas vacías de una calavera. Pronto creí olfatear en el viento del mar el humo acre de inexplicables sahumerios llevado a las ventanas de mi nariz desde sus habitaciones, o sentí el pesado batir de unas extrañas e invisibles alas en torno del piso más alto, donde moraba, que indicaba la llegada de genios potentes y extratelúricos desde astros remotos.

Lo que intrigaba y confundía mi frustrado conocimiento respecto de esos curiosos fenómenos era que ellos diferían por completo de sus rituales mágicos anteriores, los que habían estado dedicados únicamente a la reconstrucción tentativa de la horrible invocación del espíritu elemental de la raza de los sagaces ofidios. No obstante, estos ritos de ahora eran distintos en sus fines y en su naturaleza; y entre el zumbido de sus letanías oídas a medias creí reconocer uno de los más terribles y severos de los famosos exorcismos de Pnom, mientras que los aromas del incienso que llevaban hacia mí los ululantes vientos tenían el olor de varios de los perfumes de potencia antidemoníaca utilizados habitualmente para alejar, u obtener la expulsión, de indeseables visitantes de los planos astrales o etéreos. Parecía como si, por alguna razón que escapaba de mi comprensión, toda la substancia y el fin de los esfuerzos de Zylac hubieran recientemente cambiado, de un intento de invocar a cierta Presencia divina, a un esfuerzo —que pronto se tornó delirante y hasta histérico por su vigor— para hacer salir de allí a alguna entidad innominada y transmundana, no solo considerada como indeseable, sino también evidentemente temida con una violenta repugnancia y terror, cuya desesperada intensidad yo no podía comprender, pero que despertó en mí las más espantosas y horribles premoniciones.

Cuando varios días habían pasado de ese modo, desde que Zylac se había encerrado tan misteriosamente fuera de mi vista dentro de la reclusión de sus aposentos, sin salir de allí ni una vez para alimentarse o distraerse, hice acopio de valor y golpeé la puerta de su cámara, preguntando solícitamente por su estado de salud. A mis oídos solo llegó el silencio de la habitación situada al otro lado; eso, y un singular e inexplicable ruido de frotamiento. Al reiterar mis ansiosas preguntas, logré al fin obtener una respuesta del interior; pero el habla de Zylac había caído en un estado tan farfullante y sibilante durante el período que acababa de trascurrir, que solo haciéndolas repetir logré comprender sus palabras: éstas eran una severa advertencia para que me abstuviera de entrar, y dejara de perturbar sus experimentos de hechicería, ya que no necesitaba nada.

Y otra vez llegó a mis oídos ese ruido horriblemente sugestivo de algo que frotaba o rozaba, como si algún bulto grande, torpe y rugoso se estuviera arrastrando lenta y penosamente sobre el piso de mosaicos de la cámara situada del otro lado de la puerta.

Se me ocurrió pensar entonces que la degeneración corporal cuyas señales había distinguido anteriormente en el aspecto y en el porte del archimago quizá había avanzado durante su prolongado y furtivo evitar de mi presencia y que el proceso degenerativo tal vez había afectado su mente, hasta el punto de trastornar su sano juicio. Por lo cual, sin hacer caso de sus exhortaciones para que me abstuviera de entrar y lo dejara solo como deseaba, exhortaciones que me fueron comunicadas en una imitación tan repugnante del habla humana, con un horripilante silbido que se prolongaba en los sonidos aspirados, que hacía casi irreconocibles las palabras, forcé ambas hojas de la puerta.

Clavé la vista en Aquello que se retorcía y se deslizaba con hórrida y serpentina gracia sobre el piso de mosaicos, y, dando un alarido de increíble horror, huí de la visión de la Cosa: quedó grabada para siempre en mi palpitante cerebro la brevísima y sumamente evanescente imagen de esta suprema abominación. Tomando una garrafa de vidrio llena del Alkahest, que todo lo devora, vacié impulsivamente su corrosivo contenido sobre la innominada anormalidad que se retorcía y se deslizaba sobre su vientre; y ésta desapareció entre los vapores hirvientes y fétidos, con un sobrenatural e infrahumano grito sibilante.

Y supe entonces que ninguna cosa viviente podía resistir, ni por un instante, el bautismo con aquel potente ácido; empero me volví y huí de la alta casa de gneis negro que se elevaba sobre su escarpada elevación por encima de las atronadoras olas del océano septentrional; e, ignorando los peligros implícitos en la potencial venganza de los sacerdotes de Yhouhdeh, me encaminé hacia las más saludables regiones meridionales y los modos habituales de trato humano normal durante una temporada.

Y cuando, con el tiempo, volví para establecer nuevamente mi morada en la torre pentagonal que se alzaba sobre el desolado promontorio de la península extrema de Mhu Thulan, que era ahora mi propia heredad, y para reanudar mis estudios ocultos, lo hice con la inconmovible determinación de evitar para siempre toda práctica o lectura cuidadosa de los aborrecibles y atroces rituales de los conscientes ofidios de la prehumana Valusia ... recordando aquella Cosa verde, escamosa y viscosa que se había desenroscado del otro lado del umbral de la cámara interior, alzando hacia mí, sobre un cuello alargado y ondulante, aquella horrenda cabeza de cobra en forma de cuña y totalmente inhumana ... debajo de cuya frente con deformes arrugas habían clavado una mirada tan lastimosa en mis propios ojos los inconfundibles ojos amarillos del archimago.