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El enemigo - Antón Chéjov

Es de noche. La criadita Varka, una muchacha de trece años, mece en la cuna al nene y le canturrea:
 
«Duerme, niño bonito, que viene el coco...»
 
Una lamparilla verde encendida ante el icono alumbra con luz débil e incierta. Colgados a una cuerda que atraviesa la habitación se ven unos pañales y un pantalón negro. La lamparilla proyecta en el techo un gran círculo verde; las sombras de los pañales y el pantalón se agitan, como sacudidas por el viento, sobre la estufa, sobre la cuna y sobre Varka.
 
La atmósfera es densa. Huele a piel y a sopa de col.
 
El niño llora. Está hace tiempo afónico de tanto llorar; pero sigue gritando cuanto le permiten sus fuerzas. Parece que su llanto no va a acabar nunca.
 
Varka tiene un sueño terrible. Sus ojos, a pesar de todos sus esfuerzos, se cierran, y, por más que intenta evitarlo, da cabezadas. Apenas puede mover los labios, y se siente la cara como de madera y la cabeza pequeñita cual la de un alfiler.
 
«Duerme, niño bonito...», balbucea.
 
Se oye el canto monótono de un grillo escondido en una grieta de la estufa. En el cuarto inmediato roncan el maestro y el aprendiz Afanasy. La cuna, al mecerse, gime quejumbrosa. Todos estos ruidos se mezclan con el canturreo de Varka en una música adormecedora, que es grato oír desde la cama. Pero Varka no puede acostarse, y la musiquita la exaspera, pues le da sueño y ella no puede dormir; si se durmiese, los amos le pegarían.
 
La lamparilla verde está a punto de apagarse. El círculo verde del techo y las sombras se agitan ante los ojos medio cerrados de Varka, en cuyo cerebro semidormido nacen vagos ensueños.
 
La muchacha ve en ellos correr por el cielo nubes negras que lloran a gritos, como niños de teta. Pero el viento no tarda en barrerlas, y Varka ve un ancho camino, lleno de lodo, por el que transitan, en fila interminable, coches, gentes con talegos a la espalda y sombras. A uno y otro lado del camino, envueltos en la niebla, hay bosques. De pronto, las sombras y los caminantes de los talegos se tienden en el lodo.
—¿Para qué hacen eso? —les pregunta Varka.
 
—¡Para dormir! —contestan—. Queremos dormir.
 
Y se duermen como lirones.
Cuervos y urracas, posados en los alambres del telégrafo, ponen gran empeño en despertarlos.
 
«Duerme, niño bonito...», canturrea entre sueños Varka.
Momentos después sueña hallarse en casa de su padre. La casa es angosta y oscura. Su padre, Efim Stepanov, fallecido hace tiempo, se revuelca por el suelo. Ella no lo ve, pero oye sus gemidos de dolor. Sufre tanto —atacado de no se sabe qué dolencia—, que no puede hablar. Jadea y rechina los dientes.
 
—Bu—bu—bu—bu...
 
La madre de Varka corre a la casa señorial a decir que su marido está muriéndose. Pero ¿por qué tarda tanto en volver? Hace largo rato que se ha ido y debía haber vuelto ya.
 
Varka sueña que sigue oyendo quejarse y rechinar los dientes a su padre, acostada en la estufa.
Mas he aquí que se acerca gente a la casa. Se oye trotar de caballos. Los señores han enviado al joven médico a ver al moribundo. Entra. No se le ve en la oscuridad, pero se le oye toser y abrir la puerta.
 
—¡Enciendan luz! —dice.
 
—¡Bu—bu—bu! —responde Efim, rechinando los dientes.
 
La madre de Varka va y viene por el cuarto buscando cerillas. Unos momentos de silencio. El doctor saca del bolsillo una cerilla y la enciende.
 
—¡Espere un instante, señor doctor! —dice la madre.
 
Sale corriendo y vuelve a poco con un cabo de vela.
 
Las mejillas del moribundo están rojas, sus ojos brillan, sus miradas parecen hundirse extrañamente agudas en el doctor, en las paredes.
 
—¿Qué es eso, muchacho? —le pregunta el médico, inclinándose sobre él—. ¿Hace mucho que estás enfermo?
 
¡Me ha llegado la hora, excelencia! —contesta, con mucho trabajo, Efim—. No me hago ilusiones...
 
—¡Vamos, no digas tonterías! Verás cómo te curas...
 
—Gracias, excelencia; pero bien sé yo que no hay remedio... Cuando la muerte dice aquí estoy, es inútil luchar contra ella...
 
El médico reconoce detenidamente al enfermo y declara:
 
—Yo no puedo hacer nada. Hay que llevarlo al hospital para que lo operen. Pero sin pérdida de tiempo. Aunque es ya muy tarde, no importa; te daré cuatro letras para el doctor y te recibirá. ¡Pero en seguida, en seguida!
 
—Señor doctor, ¿y cómo va a ir? —dice la madre—. No tenemos caballo.
 
—No importa; hablaré a los señores y les dejarán uno.
 
El médico se va, la vela se apaga y de nuevo se oye el rechinar de dientes del moribundo.
 
—Bu—bu—bu—bu...
 
Media hora después se detiene un coche ante la casa; lo envían los señores para llevar a Efim al hospital. A los pocos momentos el coche se aleja, conduciendo al enfermo.
 
Pasa, al cabo, la noche y sale el sol. La mañana es hermosa, clara. Varka se queda sola en casa; su madre se ha ido al hospital a ver cómo sigue el marido.
 
Se oye llorar a un niño. Se oye también una canción:
 
«Duerme niño bonito...»
 
A Varka le parece su propia voz la voz que canta.
 
Su madre no tarda en volver. Se persigna y dice:
 
—¡Acaban de operarlo, pero ha muerto! ¡Santa gloria haya!... El doctor dice que se le ha operado demasiado tarde; que debía habérsele operado hace mucho tiempo.
 
Varka sale de la casa y se dirige al bosque. Pero siente de pronto un tremendo manotazo en la nuca. Se despierta y ve con horror a su amo, que le grita:
 
—¡Mala pécora! ¡El nene llorando y tú durmiendo!
 
Le da un tirón de orejas; ella sacude la cabeza, como para ahuyentar el sueño irresistible, y empieza de nuevo a balancear la cuna, canturreando con voz ahogada.
 
El círculo verde del techo y las sombras siguen produciendo un efecto letal sobre Varka, que, cuando su amo se va, torna a dormirse. Y empieza otra vez a soñar.
 
De nuevo ve el camino enlodado. Infinidad de gente, cargada con talegos, yace dormida en tierra. Vorka quiere acostarse también; pero su madre, que camina a su lado, no la deja; ambas se dirigen a la ciudad en busca de trabajo.
 
—¡Una limosnita, por el amor de Dios! —implora la madre a los caminantes—. ¡Compasión, buenos cristianos!
 
—¡Dame el niño! —grita de pronto una voz que le es muy conocida a Varka—. ¡Otra vez dormida, mala pécora!
 
Varka se levanta bruscamente, mira en torno suyo y se da cuenta de la realidad: no hay camino, ni caminantes, ni su madre está junto a ella; sólo ve a su ama, que ha venido a darle teta al niño.
 
Mientras el niño mama, Varka, de pie, espera que acabe. El aire empieza a azulear tras los cristales; el círculo verde del techo y las sombras van palideciendo. La noche le cede su puesto a la mañana.
 
—¡Toma al niño! —ordena a los pocos minutos el ama, abotonándose la camisa—. Siempre está llorando. ¡No sé qué le pasa!
 
Varka coge al niño, lo acuesta en la cuna y empieza otra vez a mecerlo. El círculo verde y las sombras, menos perceptibles a cada instante, no ejercen ya influjo sobre su cerebro. Pero, sin embargo, tiene sueño; su necesidad de dormir es imperiosa, irresistible. Apoya la cabeza en el borde de la cuna y balancea el cuerpo al par que el mueble, para despabilarse; pero los ojos se le cierran y siente en la frente un peso plúmbeo.
 
—¡Varka, enciende la estufa! —grita el ama, al otro lado de la puerta.
Es de día. Hay que comenzar el trabajo.
 
Varka deja la cuna y corre por leña a la porchada. Se anima un poco; es más fácil resistir el sueño andando que sentado.
 
Lleva leña y enciende la estufa. La niebla que envolvía su cerebro se va disipando.
 
—¡Varka, prepara el samovar! —grita el ama.
 
Varka empieza a encender astillas, mas su ama la interrumpe con una nueva orden:
 
—¡Varka, límpiale los chanclos al amo!
 
Varka, mientras limpia los chanclos, sentada en el suelo, piensa que sería delicioso meter la cabeza en uno de aquellos zapatones para dormir un rato. De pronto, el chanclo que estaba limpiando crece, se infla, llena toda la estancia. Varka suelta el cepillo y empieza a dormirse; pero hace un nuevo esfuerzo, sacude la cabeza y abre los ojos cuanto puede, en evitación de que los chismes que hay a su alrededor sigan moviéndose y creciendo.
 
—¡Varka, ve a lavar la escalera! —ordena el ama, a voces—. ¡Está tan cochina, que cuando sube un parroquiano me avergüenzo!
 
Varka lava la escalera, barre las habitaciones, enciende después otra estufa, va varias veces a la tienda. Son tantos sus quehaceres, que no tiene un momento libre.
 
Lo que más trabajo le cuesta es estar de pie, inmóvil, ante la mesa de la cocina, mondando papas. Su cabeza se inclina, sin que ella lo pueda evitar, hacia la mesa; las papas toman formas fantásticas; su mano no puede sostener el cuchillo. Sin embargo, es preciso no dejarse vencer por el sueño: está allí el ama, gorda, malévola, chillona. Hay momentos en que le acomete a la pobre muchacha una violenta tentación de tenderse en el suelo y dormir, dormir, dormir...
 
Transcurre así el día. Llega la noche.
 
Varka, mirando las tinieblas enlutar las ventanas, se aprieta las sienes, que se siente como de madera, y sonríe de un modo estúpido, completamente inmotivado. Las tinieblas halagan sus ojos y hacen renacer en su alma la esperanza de poder dormir.
 
Hay aquella noche una visita.
 
—¡Varka, enciende el samovar! —grita el ama.
 
El samovar es muy pequeño, y para que todos puedan tomar té hay que encenderlo cinco veces.
 
Luego Varka, en pie, espera órdenes, fijos los ojos en los visitantes.
 
—¡Varka, ve por vodka! Varka, ¿dónde está el sacacorchos? ¡Varka, limpia un arenque!
 
Por fin la visita se va. Se apagan las luces. Se acuestan los amos.
 
—¡Varka, abraza al niño! —es la última orden que oye.
 
Canta el grillo en la estufa. El círculo verde del techo y las sombras vuelven a agitarse ante los ojos medio cerrados de Varka y a envolverle el cerebro en una niebla.
 
«Duerme, niño bonito...» canturrea la pobre muchacha con voz soñolienta.
 
El niño grita como un condenado. Está a dos dedos de encanarse.
 
Varka, medio dormida, sueña con el ancho camino enlodado, con los caminantes del talego, con su madre, con su padre moribundo. No puede darse cuenta de lo que pasa en torno suyo. Sólo sabe que algo la paraliza, pesa sobre ella, le impide vivir. Abre los ojos, tratando de inquirir qué fuerza, qué potencia es ésa, y no saca nada en limpio. Sin alientos ya, mira el círculo verde, las sombras... En este momento oye gritar al niño y se dice: «Ese es el enemigo que me impide vivir.»
 
El enemigo es el niño.
 
Varka se echa a reír. ¿Cómo no se le ha ocurrido hasta ahora una idea tan sencilla?
 
Completamente absorbida por tal idea se levanta, y, sonriendo, da algunos pasos por la estancia. La llena de alegría el pensar que va a librarse al punto del niño enemigo. Lo matará y podrá dormir lo que quiera.
 
Riéndose, guiñando los ojos con malicia, se acerca con tácitos pasos a la cuna y se inclina sobre el niño.
 
Le atenaza con ambas manos el cuello. El niño se pone azul, y a los pocos instantes muere.
 
Varka entonces, alegre, dichosa, se tiende en el suelo y se queda al punto dormida con un sueño profundo.

Una noche de espanto - Antón Chéjov

Iván Ivanovitch Panibidin estaba pálido cuando, con voz cargada de emoción, comenzó a narrar su experiencia:

«Una espesa niebla cubría todo el pueblo en el último día del año. Yo volvía a mi hogar después de haber celebrado una fiesta en el de un amigo. La mayor parte del tiempo la dedicamos a comentar sucesos relacionados con el espiritismo. Las calles oscuras que me vi obligado a cruzar carecían de alumbrado, aunque me he acostumbrado a caminar sirviéndome de las manos para no tropezar con los obstáculos que, por cierto, acostumbran a estar siempre en el mismo lugar, debido a que en mi barrio no sucede casi nada. He de advertir que estaba residiendo en Moscú, casi en el extrarradio. El camino resultaba bastante largo, lo que propició que empezaran a bullir mis pensamientos. Pronto noté que un cierto pesar agobiaba mi corazón y mi mente...

»“Tu vida agoniza... Debes pedir perdón de tus pecados y errores...”, me advirtió el espíritu de Espinosa, al que me atreví a consultar durante la sesión.

»Le supliqué que me comunicara algo más preciso y entonces, además de insistir con el mismo mensaje, incorporó otro más amenazador:

»“Va a suceder esta misma noche”.

»Yo nunca había creído en los espíritus. Sin embargo, debo reconocer que las ideas sobre la muerte y las apariciones, junto a toda la parafernalia que se monta a su alrededor, me repelen... ¿Acaso se deba a que me aterrorizan?

»Reconozco que la muerte puede llegar a ser necesaria y, sin que lo podamos remediar, es inevitable. No obstante, resulta un concepto que me deja demolido, como una piltrafa humana...

»Y en aquel momento, atravesando la niebla del suburbio moscovita, a lo que se había venido a unir una lluvia persistente que calaba los huesos, junto a un viento que ululaba a la manera de un fantasma gimiente, yo me notaba indefenso. Estaba solo, ya que no se escuchaba la presencia de ningún peatón, así como era imposible saber si las ventanas de las casas próximas se hallaban iluminadas. Mi alma comenzó a dejarse invadir por un miedo lógico. Cuando me tenía por un hombre ajeno a los prejuicios más convencionales de la sociedad, empecé a correr de prisa sin atreverme a mirar hacia atrás. Presentía que si giraba la cabeza, para comprobar lo que sucedía a mis espaldas, descubriría que me estaba persiguiendo un fantasma o cualquier otro espectro...».

Panibidin suspiró profundamente, se sirvió un vaso de agua, lo bebió y prosiguió con una voz más nítida:

«Ese pavor ilógico, aunque comprensible después de la experiencia vivida, seguía conmigo, obstinado en no dejarme. Subí por la escalera hasta llegar al cuarto piso del edificio y, al momento, procuré buscar refugio en mi dormitorio. Se hallaba a oscuras. El viento ululaba con más fuerza en la chimenea, igual que si se lamentara de que no le hubiese dejado entrar en casa.

»Si debía aceptar las advertencias de Espinosa, me iba a morir aquella misma noche... ¿Quizá lo que estaba escuchando era el fúnebre preámbulo sonoro de mi final? ¡Qué espanto! Encendí una cerilla. Entonces la intensidad del viento se incrementó, hasta el punto de que sus gemidos se transformaron en unos aullidos rabiosos. Los postigos de las ventanas se agitaron como si fueran a saltar de un momento a otro. Es posible que alguien estuviera tirando de ellos hacia dentro.

 »“Pobres desgraciados los que no cuentan con una vivienda como la mía en una noche tan horrible como ésta”, me dije, angustiado.

»A partir de aquel momento dejé de ser dueño de mis pensamientos, es decir, no pude controlarlos de una forma coherente... Ya que en el momento que la llamita de la cerilla me permitió ver lo que había en mi dormitorio... ¡Algo pavoroso, increíble, apareció ante mis ojos!

»Ahora lamento que una ráfaga de viento no hubiese brotado antes para apagar la débil fuente de luz, que yo sujetaba con dos dedos. Dado que esto me hubiese librado del motivo que me dejó sin habla, erizó mis cabellos y llenó mi cuerpo de temblores... Aullé, di unos pasos hacia atrás, dirigiéndome instintivamente a la puerta y, preso del terror, de un arrebato de locura y desesperación terminé por cerrar los ojos...

»“¡Y es que en el centro de mi dormitorio había un ataúd!”

»La llamita de la cerilla se consumió pocos segundos más tarde. En medio de la oscuridad, caí en la cuenta de que no desaparecía la imagen del ataúd, porque se hallaba grabada en mi cerebro, con la nitidez de un reflejo que se perpetúa en el cristal, con la particularidad de que yo no lo veía mentalmente al revés... Sabía que estaba tapizado en rosa, que en la tapa abierta destacaba una cruz de galón dorado y que sus asas y pies eran de bronce... ¿Podía importarme algo estar deduciendo que hasta los personajes más ricos de Moscú hubieran querido dormir su último sueño en un ataúd como el que a mí me esperaba?

»Sin pararme a analizar lo ocurrido, preferí abandonar mi piso y, como si me persiguiera el peor de mis enemigos, bajé corriendo por las escaleras. Volví a servirme de las manos, tanteando para localizar la barandilla, las paredes y las otras referencias que me permitieron salir a la calle. Todo estaba a oscuras, y casi tropecé al enredarse mis pies con los bajos de mi abrigo, que era excesivamente largo. Todavía me resulta incomprensible cómo pude seguir avanzando sin romperme ningún hueso en una caída.

»Nada más que me encontré en la calle, busqué el apoyo de un farol encendido. Intenté tranquilizarme. La niebla se había aligerado. Casi podía escuchar mi corazón alterado, al mismo tiempo que lo sentía dolorido. Además se me había quedado reseca la garganta... Es posible que me hubiera asombrado menos descubrir que en mi dormitorio estaba actuando un ladrón, un perro hidrofóbico y hasta el fuego... Tampoco me hubiera causado tanta impresión el desplome del techo o si se hubiera abierto el piso bajo mis pies... Todos estos accidentes forman parte de lo inesperado, dentro de una lógica racional...

»Pero, ¿con qué diabólica intención se había dejado un ataúd en mi dormitorio? Debo reconocer que era ostentoso, acaso lo que yo hubiera deseado para mi entierro, muchos años más tarde... ¿Quién había decidido llevarlo a la humilde vivienda de un miserable empleado público? ¿Por qué no comprobé si estaba vacío o había un muerto en su interior? ¿Y quién podía ser el desgraciado que merecía como velatorio mi habitación?

»“En el caso de no responder a un milagro, sólo puede ser un homicidio”, pensé, cada vez más asustado.

»Mi mente se estaba perdiendo en un laberinto de vacilaciones. De pronto, recordé que yo siempre dejaba cerrada la puerta de mi casa, y el escondite de la llave sólo lo conocían mis amigos más íntimos. Sin embargo, ninguno de ellos sería capaz de introducir un ataúd en mi dormitorio. Es posible que el fabricante lo dejase allí por equivocación; pero si aceptaba esta suposición, debía considerar absurdo que no se lo hubiera llevado al comprobar que nadie le pagaba la mercancía o le firmaba un justificante de entrega.

»Quizá ese espíritu que me anticipó la muerte se había cuidado de traérmelo o de “materializar” el ataúd allí donde yo lo pudiese ver.

»Debo insistir que no creía en el espiritismo, como sigo pensando actualmente. Sin embargo, debo aceptar que un hecho de esas características puede desconcertar a la persona con los nervios más templados.

»“Tiene que haber una respuesta lógica –me decía–. Soy un pusilánime que se deja llevar por lo que no comprende, un chiquillo que huye de lo que le asusta. Seguro que he sufrido una alucinación. Cuando entré en casa, me hallaba tan sugestionado por la sesión de espiritismo, que mis ojos contemplaron lo que no existía. ¡Ésta es la verdad! ¿Existe otra respuesta más coherente?”

»La lluvia me estaba empapando. El viento se obstinaba en tirarme al suelo y el gorro y el abrigo parecían querer abandonarme... Me notaba calado hasta los huesos... Era un suicidio continuar quieto en aquel lugar. Pero, ¿adónde podía dirigirme? ¿Regresar a mi hogar para enfrentarme a la realidad de ese ataúd? Me negué a pensar esta posibilidad. Me hallaba convencido de que enloquecería si volvía a tenerlo delante, porque acaso guardase un cadáver. Preferí ir a pasar el resto de la noche en la casa de mi mejor amigo...».

Panibidin sacó un pañuelo y se secó el sudor que cubría su frente, dejó escapar un suspiro y, después, continuó la narración de su historia:

«Mi amigo no se encontraba en su hogar. Llamé repetidamente en la puerta y, cuando me convencí de su ausencia, busqué la llave detrás de una de las vigas del techo. Contaba con su autorización para hacer uso de la vivienda cuando lo creyese necesario. Abrí y entré en aquel lugar tan confortable. Nada más quitarme el abrigo empapado, me dejé caer en un sofá. Me notaba agotado. Allí no se veía nada, y de nuevo había debido recurrir a las manos para no caerme. Saqué la caja de cerillas y encendí una. Pero la débil claridad no me dejó satisfecho. Al contrario, lo que pude contemplar aumentó el terror que ya sentía. Dudé unos momentos, creyendo estar delante de una alucinación, hasta que escapé de aquel lugar... ¡Porque allí había otro ataúd, pero que doblaba en tamaño al primero!

»Creo que el color marrón le confería un aspecto más macabro... ¿Cómo había llegado allí? No podía aceptar otra idea: en los dos casos había sufrido una alucinación... Aunque debiera considerar imposible que en todos los lugares donde pudiera entrar tuviera que cargar con la visión del ataúd... o de la muerte.

»Al parecer yo estaba sufriendo una enfermedad nerviosa, desencadenada por la sesión de espiritismo y por las macabras advertencias de Espinosa.

»“¡Me estoy volviendo loco!”, pensé, cada vez más confundido, y cogiéndome la cabeza con las dos manos. “¡Dios! ¿Habrá una solución para todo esto?”

»La cabeza no dejaba de darme vueltas... Sentía las piernas tan flojas que casi eran incapaces de sostenerme... Llovía cada vez con más intensidad, y mis ropas estaban empapadas. Había perdido el gorro y el abrigo, ya que los dejé en la casa de la que acababa de escapar... No me atreví a recuperarlos. Continuaba diciendo que era víctima de una alucinación y, no obstante, el pánico me paralizaba. Mi cara se hallaba inundada de sudor, que la lluvia no conseguía lavar del todo. Los pelos se me erizaban...

»Me dominaba la locura y no tardaría en coger una pulmonía. Por fortuna, me acordé de que en aquella misma calle residía un médico conocido, que también había asistido a la sesión espiritista. Decidí ir a pedirle ayuda y consejo. Como todavía no se había casado, su hogar estaba en el quinto piso de un gran edificio.

»Mis nervios aún debieron enfrentarse a un nuevo choque emocional... En el momento que empezaba a subir por la escalera, escuché un ruido tremendo. Pronto comprendí que alguien estaba bajando frenéticamente, después de haber cerrado una puerta con gran estrépito, al mismo tiempo que no dejaba de chillar: “¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡A mí, portero!”

»Unos momentos más tarde llegó a mi lado alguien, al que debí sujetar antes de que cayera rodando por los escalones.

»–¡Pagostof! –exclamé al reconocer al médico–. ¿Qué le ha ocurrido? ¿De qué huye usted?

»Aquel infeliz se me quedó mirando, angustiado, y me cogió las manos de una forma convulsiva. Su rostro aparecía lívido y le costaba respirar. Le temblaba el cuerpo y sus ojos no podían fijar la atención en un punto, al mismo tiempo que estaban demasiado abiertos...

»–¿De verdad que es usted, Panibidin? –me preguntó con voz vacilante–. ¿Realmente es usted? ¡Su rostro no puede verse más pálido, como el mío! ¡Cielo santo! ¿No forma parte de la alucinación? ¡Al verle mi pánico aumenta...

»–Pero, ¿qué le sucede a usted? ¿Cómo actúa de una forma tan demencial?

»–¡Amigo del alma! ¡Lo mucho que me alegra tenerle ante mí! ¡Ha llegado en el momento más oportuno! Ahora sé que la sesión espiritista ha trastocado mis nervios... ¿Se imagina lo que he encontrado en mi dormitorio? ¡Un ataúd!

»Sin poder creer lo que acababa de oír, le pedí que lo repitiera.

»–¡Es un ataúd! ¡Un verdadero ataúd! –exclamó el médico, dejándose caer en el rellano de la escalera–. Nunca me he tenido por un cobarde; sin embargo, hasta el mismo Satanás se aterrorizaría si encontrara un ataúd en su dormitorio, nada más salir de una sesión de espiritismo.

»Seguidamente, le conté mi experiencia, aunque entrecortadamente y balbuciendo. Esto supuso que nos quedásemos mudos, mirándonos sin poder comprender la realidad. Después, para asegurarnos de que todo aquello no formaba parte de una pesadilla, en la que nosotros jugábamos el papel de sonámbulos, nos pellizcamos uno al otro.

»–Ambos hemos sentido el dolor dijo el médico, después de concederse unos minutos para la reflexión–. Ahora sabemos que no formamos parte de un sueño o de una alucinación. Los ataúdes no son producidos por un fenómeno óptico, pues existen realmente. ¿Qué podemos hacer?

»Estuvimos más de una hora entrecruzando suposiciones y realizando conjeturas. Mientras tanto, nos habíamos helado. Al final decidimos controlar nuestro pánico y entrar en la casa del médico. Antes solicitamos la presencia del portero, con el fin de que fuese testigo de lo que iba a suceder. Nada más entrar, encendimos una vela, y nos encontramos ante un ataúd tapizado con brocado blando y borlas doradas. Nuestro acompañante se persignó con devoción.

»–Ahora vamos a comprobar –dijo el médico, tembloroso– si se encuentra vacío... u ocupado por un cadáver.

»Pero no nos atrevíamos a dar ese paso. Minutos más tarde, el médico se aproximó y, rechinándole los dientes de pavor, levantó la tapa con manos temblorosas. Miramos el interior... y comprobamos que el ataúd se hallaba vacío.

»Allí no se encontraba ningún muerto, pero sí una nota en la que se había escrito lo que sigue:

»“Entrañable amigo: Creo que estarás al tanto de que los asuntos económicos de mi suegro anclan mal: le acosan los acreedores. Pronto se verá ante la humillación de sufrir un embargo, lo que supondrá la ruina de la familia y el deshonor. Acabamos de tomar la decisión de esconder todo lo valioso que poseemos. Dado que la fortuna de mi suegro se compone de ataúdes (desde antiguo tiene fama de fabricar los mejores del pueblo), vamos a salvar los más valiosos. Espero que tú, al ser un buen amigo, me ayudarás en tan amargo momento. Con esta idea te hago depositario de uno de los ataúdes, con el ruego de que lo conserves hasta que dejemos de vemos amenazados. Precisamos la ayuda de algunos amigos y conocidos. Te lo ruego, hazme este favor. Sólo vas a tener el ataúd una semana, ¡te lo prometo! Estoy pidiendo la misma ayuda a cada uno de mis amigos, sabiendo que no se negarán a ser solidarios con mi infortunio. Tu amigo, Tchelustin.”

»Como consecuencia de lo sucedido aquella noche estuve enfermo de los nervios a lo largo de tres meses. Por otra parte, nuestro amigo, el yerno del fabricante de ataúdes, conservó casi toda su fortuna y su honor. Actualmente dirige una funeraria y construye mausoleos y panteones. Sin embargo, como he sabido que sus negocios marchan mal, todas las noches, en el momento que entro en mi casa, temo encontrar junto a mi lecho un catafalco o un panteón entero».