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Cerdo - Roald Dahl

I

Érase una vez un hermoso niño que vino al mundo en la ciudad de Nueva York y a quien sus padres, llenos de alegría, pusieron por nombre Lexington.

En cuanto la madre regresó del hospital, con él en brazos, le dijo a su marido:
—Cariño, tienes que llevarme a cenar a un restaurante maravilloso para celebrar la llegada de nuestro hijo y heredero.

Su marido la besó con ternura y le dijo que una mujer capaz de tener un niño tan hermoso como Lexington se merecía ir a donde quisiera; pero ¿se encontraba ya con fuerzas suficientes para empezar a ir de un lado a otro por la ciudad y trasnochar?, añadió.

«No», respondió ella, pero daba igual.

Así que aquella noche los dos se pusieron ropa de gala y se fueron al restaurante mejor y más caro de la ciudad, tras haber dejado al pequeño Lexington al cuidado de una niñera especializada, escocesa por más señas, y que les costaba veinte dólares al día. 

Cada uno se comió una langosta gigantesca, y se bebieron una botella de champán, y después fueron a un club nocturno, donde bebieron otra botella y estuvieron sentados durante varias horas, con las manos entrelazadas, mientras recordaban y discutían, admirados, cada uno de los rasgos físicos de su encantador hijo recién nacido.

Volvieron a su casa, situada en el East Side de Manhattan, hacia las dos de la madrugada; el marido pagó al taxista y se palpó los bolsillos para buscar la llave. Al rato anunció que la debía haber dejado en el bolsillo del otro traje y propuso que tocasen el timbre para que bajase la niñera y les abriese. Una niñera que cobra veinte dólares diarios tiene que estar dispuesta a que la saquen de la cama en mitad de la noche, dijo el marido.

Así que tocó el timbre. Esperaron. No pasó nada. Llamó de nuevo, un timbrazo largo y ruidoso. Esperaron otro minuto. Retrocedieron unos pasos por la acera y gritaron el nombre de la niñera (McPottle) hacia las ventanas del cuarto del niño, que estaba en el tercer piso, pero tampoco obtuvieron respuesta. La casa estaba oscura y silenciosa. 

La mujer empezó a sentir miedo: su hijo estaba prisionero en esa casa, se dijo, a solas con McPottle. ¿Y quién era McPottle? Solo hacía dos días que la conocían, y tenía unos labios finos, ojillos acusadores, la pechera almidonada y, como se estaba demostrando, una costumbre de dormir demasiado profundamente, que no la hacía persona de fiar. Si no oía el timbre de la puerta, ¿cómo demonios iba a oír el llanto de un niño? En aquel preciso instante el pobrecillo podía estar tragándose la lengua o ahogándose con la almohada.

—No usa almohada —dijo el marido—, así que no te preocupes. Pero, si te empeñas, entraremos.

Con tanto champán se sentía muy valiente; se agachó, deshizo la lazada de uno de sus zapatos de charol negro y se lo quitó. Después, cogiéndolo por la punta, lo lanzó con fuerza hacia la ventana del comedor, que estaba en el piso bajo.

—Ya está —dijo sonriendo—. Lo descontaremos de la paga de McPottle.

Avanzó unos pasos y, con mucho cuidado, pasó una mano por el agujero que había en el cristal y abrió el pestillo. Después levantó la ventana.

—Primero te subiré a ti, madrecita —dijo, y tomó a su mujer por la cintura y la alzó del suelo.

Con este movimiento, la gran boca roja de ella quedó a la altura suya, muy cerca, y empezó a besarla. Sabía por experiencia que a las mujeres les gusta mucho que las besen en esta posición, los cuerpos apretados con fuerza y las piernas balanceándose en el aire, de manera que siguió haciéndolo un buen rato, mientras ella agitaba los pies y hacía ruidos guturales, como si estuviera tragando algo. 

Por fin, el marido le dio la vuelta y comenzó a introducir a la mujer con delicadeza en el comedor por la ventana abierta. En ese momento un coche patrulla de la policía se dirigía silenciosamente hacia ellos. Se detuvo a unos treinta metros de distancia y tres polis de origen irlandés saltaron del coche y echaron a correr hacia el marido y la mujer, revólver en mano.

—¡Manos arriba! —gritaban los policías—. ¡Manos arriba!

Pero al marido le era imposible cumplir la orden sin soltar a su mujer, y si lo hubiera hecho ella se hubiera caído al suelo o bien se hubiera quedado colgando, con la mitad del cuerpo dentro de la casa y la otra fuera, postura terriblemente incómoda para una mujer; de modo que siguió empujándola galantemente para que entrara. 

Los polis, que habían recibido medallas por matar ladrones, abrieron fuego de inmediato, y a pesar de que todavía estaban corriendo y de que, sobre todo la señora, les ofrecía un blanco verdaderamente pequeño, lograron encajar varios tiros directos a los dos cuerpos, suficientes para que en ambos casos resultaran fatales.

Y así es como quedó huérfano el pequeño Lexington cuando apenas contaba doce días de edad.

II

Los familiares se enteraron de la muerte de la pareja por los periódicos, y los tres policías recibieron una medalla. A la mañana siguiente los parientes más cercanos, así como dos empleados de la funeraria, tres abogados y un cura se dirigieron a la casa de la ventana rota en sendos taxis. 

Se reunieron en el salón todos ellos y se sentaron en círculo en sillones y sofás, fumando cigarrillos y bebiendo jerez mientras discutían qué hacer con el niño de la habitación de arriba, Lexington el huérfano.

En seguida se puso de manifiesto que ninguno estaba dispuesto a asumir la responsabilidad del niño, y la discusión se prolongó durante todo el día. Todos afirmaron tener un deseo enorme, casi irresistible, de hacerse cargo de él, y lo hubiesen hecho con sumo gusto a no ser porque su casa era demasiado pequeña, o porque ya tenían un niño y no podían mantener otro, o porque no sabrían qué hacer con el nene cuando se fueran al extranjero en verano, o porque empezaban a cargarse de años y cuando el niño se hiciese mayor no se encontraría a gusto, y así sucesivamente. Naturalmente, todos sabían que el padre tenía grandes deudas, que la casa estaba hipotecada y que, en consecuencia, al acoger al niño no percibirían ni un céntimo.

A las seis de la tarde seguían discutiendo como locos; de pronto llegó de Virginia una vieja tía del fallecido padre (cuyo apellido era Glosspan), y sin quitarse siquiera los guantes ni el sombrero ni darse un respiro para sentarse, ajena a los que le ofrecían martini, whisky o jerez, anunció muy decidida a los familiares allí reunidos su intención de hacerse cargo de la criatura a partir de ese mismo momento. 

Y aún más, añadió, asumiría todas las responsabilidades financieras, incluyendo la educación, y todos los demás podían volverse a sus respectivas casas con la conciencia tranquila. Dicho lo cual trotó escaleras arriba, entró en el cuarto del niño, arrancó a Lexington de su cuna y salió apresuradamente de la casa con la criatura fuertemente apretada entre sus brazos, mientras los familiares seguían allí sentados y sonreían con alivio. 

McPottle, la niñera, contemplaba la escena en lo alto de la escalera, rígida y acusadora, con los labios apretados y los brazos cruzados sobre la pechera almidonada.

Y así fue como Lexington, a los trece días de edad, abandonó la ciudad de Nueva York y se dirigió hacia el sur para vivir con su tía abuela Glosspan en el estado de Virginia.

III

La tía Glosspan tenía casi setenta años cuando pasó a ser tutora de Lexington, pero nadie lo hubiera dicho al verla. Era tan vivaz como una mujer de la mitad de años; tenía un rostro pequeño y arrugado, pero todavía bastante hermoso, y unos encantadores ojos pardos que despedían chispitas al mirar. 

Era soltera, aunque nadie hubiera imaginado esto tampoco, porque la tía Glosspan no tenía ningún aspecto de solterona. Nunca estaba amargada ni malhumorada o irritable; no tenía bigote ni sentía la menor envidia de los demás, cosa que raramente puede decirse de una solterona o de una señora virgen, aunque, por supuesto, no se sabe a ciencia cierta si la tía Glosspan era ambas cosas.

Pero era una vieja excéntrica, de eso no cabe duda. Durante los últimos treinta años había vivido sola y aislada en una casita en la ladera de las montañas Blue Ridge, a varios kilómetros del pueblo más cercano. Tenía dos hectáreas de tierras de pasto, un huerto, un jardín, tres vacas, una docena de gallinas y un buen gallo.

Y ahora también tenía al pequeño Lexington.

Era una vegetariana rigurosa y consideraba el consumo de carne no solo algo insano y repugnante, sino terriblemente cruel. Consumía alimentos limpios, como leche, mantequilla, huevos, queso, verdura, nueces, hierbas y frutas, y le gustaba pensar que ningún animal sería sacrificado por ella, ni siquiera una gamba. Una vez, cuando una gallina marrón murió en la flor de la vida al poner huevos, la tía Glosspan se quedó tan triste que también estuvo a punto de dejar de comer estos productos.

No tenía ni la más elemental noción sobre niños pequeños, pero no le preocupaba lo más mínimo. En la estación de ferrocarril de Nueva York, mientras esperaba el tren que les llevaría a Virginia a ella y a Lexington, compró seis biberones, dos docenas de pañales, una caja de imperdibles, un cartón de leche para el viaje y un librito en rústica titulado El cuidado de los niños. ¿Qué más podía desear? Y cuando el tren se puso en marcha le dio un poco de leche al niño, le cambió los pañales a su manera y lo puso a dormir en el asiento. Después leyó El cuidado de los niños de cabo a rabo.

—Esto no tiene nada de particular —dijo, tirando el libro por la ventana—. Absolutamente nada de particular.

Y, curiosamente, no lo tenía. Una vez en casa, todo fue estupendamente. El pequeño Lexington bebía su leche y eructaba, chillaba y dormía exactamente como debía hacerlo un buen niño, y la tía Glosspan resplandecía de alegría cada vez que lo miraba, y lo cubría de besos todo el día.

IV

Cuando cumplió seis años Lexington era un niño guapísimo, de pelo largo y dorado y ojos de un azul oscuro como el aciano. Era listo y alegre, y aprendía a ayudar a su vieja tía en la finca: recogía los huevos del gallinero, daba vueltas a la manivela de la batidora de mantequilla, sacaba patatas del huerto y buscaba hierbas silvestres en la ladera de la montaña. Pronto tendría que empezar a pensar en su educación, se dijo la tía Glosspan.

Pero no podía soportar la idea de mandarlo lejos, al colegio. Lo quería tanto que le partiría el corazón separarse de él, aunque fuese por poco tiempo. Claro que en el pueblo había un colegio, pero tenía un aspecto espantoso, y si lo mandaba allí estaba segura de que lo obligarían a comer carne desde el primer día.

—¿Sabes una cosa, cielo? —le dijo en una ocasión, mientras el niño la miraba hacer queso, sentado en un taburete de la cocina—. La verdad es que no veo ningún motivo para no darte clases yo misma.

El niño se la quedó mirando con sus grandes ojos azules y le dirigió una encantadora sonrisa de confianza:
—Sería fantástico —dijo.

—Y lo primero que haría sería enseñarte a cocinar.
—Me encantaría, tía Glosspan.

—Te guste o no, tendrás que aprender algún día —dijo ella—. Los vegetarianos no podemos elegir entre tantas comidas como la gente corriente, y por eso tenemos que emplear lo que está a nuestro alcance con el doble de habilidad.

—Tía Glosspan —dijo el chico—, ¿qué comen las personas normales que no comamos nosotros?
—Animales —contestó ella, meneando la cabeza con desagrado.

—¿Quieres decir animales vivos?
—No —respondió la anciana—. Muertos.

El chico reflexionó un momento.
—¿Quieres decir que cuando se mueren se los comen en vez de enterrarlos?
—No esperan a que se mueren, bonito. Los matan.

—¿Y cómo los matan, tía Glosspan?
—Normalmente, les cortan el cuello con un cuchillo.

—¿Pero qué clase de animales?
—Vacas y cerdos sobre todo, y también ovejas.

—¡Vacas! —exclamó el niño—. ¿Como Daisy, o Snowdrop, o Lily?
—Eso es, bonito mío.

—¿Pero cómo se los comen, tía Glosspan?
—Los cortan en trozos y los guisan. Como más les gusta la carne es cuando está roja y sangrante y pegada al hueso. Les encanta comer pedazos de carne de vaca rezumando sangre.

—¿También se comen los cerdos?
—Les chiflan.

—Pedazos de carne de cerdo sangrienta —dijo el chico—. ¿Te imaginas? ¿Y qué más comen, tía Glosspan?
—Pollos.

—¿Pollos?
—A millones.

—¿Con plumas y todo?
—No, las plumas no. Anda, corre fuera y trae a la tía Glosspan un manojo de cebollinos, ¿quieres, mi vida?

Poco después empezaron las clases. Cubrían cinco áreas: lectura, escritura, geografía, aritmética y cocina, y esta última era la más apreciada por ambos, maestra y alumno. El joven Lexington demostró en seguida un talento verdaderamente extraordinario en esta materia. 

Era un cocinero nato, habilidoso y rápido. Manejaba las sartenes como un malabarista y era capaz de cortar una patata en veinte rodajas delgadas como papel de fumar en menos tiempo del que tardaba su tía en pelarla. Tenía un paladar de una sensibilidad exquisita y en un tazón de sopa de cebolla era capaz de descubrir la existencia de una hojita de salvia. 

A la tía Glosspan todo esto le resultaba un poco sorprendente en un muchacho tan joven, y la verdad es que no sabía qué hacer. Pero no podía sentirse más orgullosa y predecía un futuro brillante para el chico.

—Es una auténtica bendición contar con un jovencito como tú para que me cuide cuando empiece a chochear —decía.

Al cabo de dos años abandonó por completo la cocina, dejando a Lexington la responsabilidad de guisar él solo para toda la casa. El chico tenía entonces diez años, y la tía Glosspan, casi ochenta.

Con la cocina a su disposición, Lexington empezó a experimentar inmediatamente con platos de su invención. Ya no le interesaban sus comidas favoritas de toda la vida. Sentía una necesidad imperiosa de crear. Tenía cientos de ideas nuevas.

—Empezaré por un soufflé de castañas —dijo.

Lo hizo y lo sirvió para cenar aquella misma noche. Fue un éxito clamoroso.

—¡Eres un genio! —exclamó la tía Glosspan, saltando de su silla para besarle en ambas mejillas—. ¡Pasarás a la historia!

De ahí en adelante raro era el día en que no presentaba en la mesa una nueva y suculenta creación: sopa de castañas de Brasil, chuletas de maíz americano, ragoût vegetal, tortilla de diente de león, buñuelos de crema de queso, sorpresas rellenas de col, chalotas à la bonne femme, mousse picante de remolacha, ciruelas Stroganoff, pan con queso tostado a la holandesa, rábanos a caballo, tartas flambeadas de agujas de pícea y muchas otras delicias. 

La tía Glosspan aseguraba que jamás había probado platos tan ricos, y por la mañana, mucho antes de la hora de comer, salía al porche y se sentaba en su mecedora a pensar sobre la próxima comida, relamiéndose y aspirando los aromas que salían por la ventana de la cocina.

—¿Qué vas a hacer hoy, chico? —gritaba.
—A ver si lo adivinas, tía Glosspan.

—A mí me huele un poco a buñuelos de salsifí —decía, aspirando con fuerza.

Y entonces salía aquel niño de diez años con una sonrisa triunfal y una cacerola grande y humeante de un estofado delicioso hecho enteramente con chirivías e hierbas.

—¿Sabes lo que deberías hacer? —le dijo su tía mientras devoraba el estofado—. Coger papel y lápiz y escribir un libro de cocina.

El niño la miró desde el otro extremo de la mesa masticando lentamente chirivías.

—¿Por qué no? —exclamó la anciana—. Te he enseñado a escribir y a guisar, y lo único que tienes que hacer es juntar las dos cosas. Escribe un libro de cocina y te harás famoso en el mundo entero.

—Muy bien —dijo el niño—. Lo haré.

Y aquel mismo día Lexington empezó a escribir la primera página de una obra monumental que habría de ocuparle el resto de su vida. Lo tituló Comer bien y sanamente.

Siete años más tarde, cuando tenía diecisiete, había recogido unas nueve mil recetas, todas originales, todas deliciosas.

Pero su tarea quedó interrumpida bruscamente por la trágica muerte de la tía Glosspan. Una noche sufrió un fuerte ataque y Lexington, que se había precipitado a su dormitorio para ver por qué hacía tanto ruido, se la encontró en la cama aullando y maldiciendo, el cuerpo encogido, formando complicados nudos. 

Era una visión espantosa, y el agitado joven saltaba de un lado a otro en pijama, retorciéndose las manos sin saber qué hacer. Finalmente fue a la charca del prado de las vacas a sacar un cubo de agua y se lo echó por la cabeza con la idea de calmarla, pero solo sirvió para intensificar la excitación de la anciana, que expiró en menos de una hora.

—Esto es terrible —se dijo el pobre chico, tras pellizcarla varias veces para asegurarse de que estaba muerta—. ¡Y ha sido tan rápido, y así, de repente! Si hace solo unas horas parecía estar estupendamente y hasta se sirvió tres buenos platos de mi último invento, hamburguesas de setas a la diabla, y me dijo que estaba riquísimo...

Después de sollozar con amargura durante varios minutos, pues quería mucho a su tía, se rehízo, la sacó de la casa y la enterró detrás del establo.

Al día siguiente, mientras arreglaba las cosas de la anciana, se topó con un sobre dirigido a él con la caligrafía de la tía Glosspan. Lo abrió y sacó dos billetes de cincuenta dólares y una carta:

«Querido muchacho —decía la carta—: sé que no has bajado de la montaña desde que tenías trece días de edad; pero en cuanto yo muera tienes que ponerte un par de zapatos, una camisa limpia, bajar al pueblo e ir a ver al médico. Pídele un certificado de defunción que demuestre que he muerto y llévaselo a mi abogado, un hombre llamado Samuel Zuckermann, que vive en Nueva York y tiene una copia de mi testamento. El señor Zuckermann lo solucionará todo. El dinero de este sobre es para pagar al médico por el certificado y para el viaje a Nueva York. El señor Zuckermann te dará más dinero cuando llegues allí, y es mi deseo que lo uses para ampliar tus investigaciones sobre temas culinarios y vegetarianos, y que sigas trabajando en ese gran libro hasta que esté acabado en todos los aspectos y te sientas satisfecho de él. Tu tía, que te quiere, Glosspan.»

Lexington, que siempre había hecho lo que le ordenaba su tía, se guardó el dinero, se puso unos zapatos y una camisa limpia y bajó al pueblo, donde vivía el médico.

—¿La vieja Glosspan? —dijo el médico—. ¡Dios mío! ¿Ha muerto?
—Sí, ha muerto —replicó el joven—. Si viene usted a casa conmigo, la desenterraré y podrá comprobarlo usted mismo.

—¿A qué profundidad la has enterrado? —preguntó el médico.
—Yo diría que a un metro y medio o dos.

—¿Cuánto tiempo hace de eso?
—Unas ocho horas.

—Entonces, está muerta —declaró el médico—. Aquí tienes el certificado.


VI

Tenemos a nuestro héroe camino de Nueva York para ver a Samuel Zuckermann. Viajó a pie y durmió junto a los setos, alimentándose de moras y hierbas silvestres, y tardó dieciséis días en llegar a la gran ciudad.

—¡Qué sitio tan fantástico! —exclamó, mirando a su alrededor en la esquina de la calle Cincuenta y siete con la Quinta Avenida—. No hay gallinas ni vacas por ningún lado, y las mujeres no se parecen en lo más mínimo a tía Glosspan.

En cuanto a don Samuel Zuckermann, no se parecía a ninguna persona que Lexington hubiera visto hasta entonces. Era un hombre pequeño y engreído, de mejillas lívidas y una gran nariz de color magenta, y cuando sonreía, en ciertos puntos del interior de su boca lanzaban destellos unos trocitos de oro de una forma prodigiosa. En su lujoso despacho estrechó cálidamente la mano de Lexington y le felicitó por la muerte de su tía.

—Supongo que sabrá usted que su querida tutora era una mujer con una fortuna considerable.
—¿Se refiere a las vacas y las gallinas?

—Me refiero a medio millón de billetes.
—¿Cuánto?

—Medio millón de dólares, muchacho, y se lo ha dejado todo a usted.

El señor Zuckermann se echó hacia atrás en su silla y cruzó las manos sobre su amplia barriga. Al mismo tiempo introdujo a escondidas el dedo índice de la mano derecha entre el chaleco y la camisa para rascarse la piel en torno a la circunferencia del ombligo: su ejercicio favorito, que le producía un extraño placer.

—Naturalmente, tendré que descontar el cincuenta por ciento por mis servicios —añadió—; pero aun así le quedan a usted doscientos cincuenta billetes de mil.

—¡Soy rico! —exclamó Lexington—. ¡Es fantástico! ¿Cuándo puedo recoger el dinero?

—Bueno —dijo el señor Zuckermann—, tiene usted la suerte de que mantengo unas relaciones bastante cordiales con los recaudadores de impuestos de por aquí, y confío en que podré convencerlos de que renuncien a todos los impuestos atrasados y derechos mortuorios.

—Es usted muy amable —murmuró Lexington.
—Naturalmente, tendré que darle a algunas personas un pequeño honorario.

—Lo que usted diga, señor Zuckermann.
—Pienso que con cien mil será suficiente.

—Por Dios, ¿no le parece un poco excesivo?
—Jamás se debe dar una propina pequeña a un inspector de impuestos ni a un policía —dijo el señor Zuckermann—. Recuérdelo.

—Pero, entonces, ¿cuánto me queda a mí? —preguntó el joven con timidez.
—Ciento cincuenta mil. Pero de eso tiene que restar los gastos del funeral.

—¿Gastos del funeral?
—Tiene usted que pagar a la funeraria, ¿o es que no lo sabía?

—Pero, señor Zuckermann, si la enterré yo mismo detrás del establo.
—No lo pongo en duda —replicó el abogado—. ¿Y qué?

—Pues que no ha intervenido ninguna funeraria.
—Escuche —dijo el señor Zuckermann pacientemente—. Puede que usted lo ignore, pero en este Estado hay una ley que dice que el beneficiario de un testamento no recibirá un solo céntimo de su herencia hasta que haya pagado a la funeraria.

—¿Quiere decir que eso es una ley?
—Claro que sí, y además muy buena. Una de nuestras grandes instituciones nacionales es la funeraria, y hay que protegerla a toda costa.

El señor Zuckermann, junto con un grupo de médicos de gran conciencia cívica, era propietario de una empresa que poseía una cadena de nueve lujosas funerarias en la ciudad, por no mencionar una fábrica de ataúdes en Brooklyn y una escuela de embalsamadores para posgraduados en Washington Heights. Por tanto, la celebración de la muerte era, a sus ojos, un asunto profundamente religioso. La verdad es que le conmovía tremendamente; podría decirse que casi tanto como la Navidad conmueve a los tenderos.

—No tenía usted derecho a enterrar a su tía así —dijo—. Ningún derecho.
—Lo siento, señor Zuckermann.

—Es algo completamente subversivo.
—Haré lo que usted diga, señor Zuckermann. Lo único que quiero saber es cuánto me darán al final, cuando haya pagado todo.

Se hizo el silencio. El señor Zuckermann suspiró, frunció el ceño y continuó sobándose con el dedo el borde del ombligo a escondidas.

—¿Digamos quince mil? —sugirió, haciendo relampaguear una gran sonrisa de oro—. Es una bonita cifra, en números redondos.

—¿Puedo llevármelo esta misma tarde?
—No veo por qué no.

El señor Zuckermann llamó al cajero jefe y le dijo que le diera a Lexington quince mil dólares del fondo dedicado a gastos menores y que este a su vez firmase un recibo. El joven, encantado de recibir por fin algo, cogió el dinero agradecido y lo metió en su mochila. Después estrechó calurosamente la mano del señor Zuckermann, le dio las gracias por su ayuda y salió del despacho.

—¡El mundo es mío! —exclamó nuestro héroe al llegar a la calle—. Tengo quince mil dólares para vivir hasta que se publique mi libro, y después tendré mucho más.

Se quedó allí parado, sin saber muy bien hacia dónde ir. Torció a la izquierda y empezó a pasear despacio calle abajo, contemplando la ciudad.

—Qué olor tan asqueroso —se dijo, olfateando el aire—. Es insoportable.

Sus delicados nervios olfativos, adiestrados para percibir únicamente los deliciosos aromas culinarios, se sentían torturados por el hedor de los gases de gasolina que despedían los autobuses.

—Tengo que marcharme de aquí antes de que se me destroce la nariz —se dijo—. Pero antes habrá que comer algo. Estoy desfallecido.

El pobre chico no había tomado más que hierbas y bayas silvestres durante las dos últimas semanas, y su estómago clamaba por una comida sólida. Me apetecería una chuleta de maíz, se dijo, o unos buñuelos de salsifí bien jugosos.

Cruzó la calle y entró en un pequeño restaurante. Hacía calorcito y estaba oscuro y silencioso. Aparte de él, el único cliente era un hombre con un sombrero marrón que estaba absorto, inclinado sobre su comida y no levantó la mirada cuando entró Lexington.

Nuestro héroe se acomodó en la mesa del rincón y colgó la mochila detrás de la silla. Esto va a ser muy interesante, se dijo. En mis diecisiete años de vida solo he probado los guisos de dos personas: los de tía Glosspan y los míos, a menos que cuente a McPottle, la niñera, que debió calentarme el biberón unas cuantas veces cuando era pequeñito. Ahora estoy a punto de probar el arte de un cocinero nuevo, y con un poco de suerte recogeré alguna idea útil para mi libro.

Un camarero salió de las sombras, se acercó a Lexington y se detuvo junto a su mesa.

—¿Cómo está usted? —preguntó Lexington—. Quisiera una chuleta de maíz grande, por favor. Pásela veinticinco segundos por cada lado, en una cazuela muy caliente con crema agria, y espolvoree unas hierbas aromáticas antes de servirla, a no ser que el cocinero jefe conozca un método más original, en cuyo caso lo probaré con mucho gusto.

El camarero ladeó la cabeza y miró detenidamente a su cliente.

—¿Quiere usted puerco asado con col? Es lo único que nos queda. 

—¿Asado de qué?

El camarero sacó del bolsillo de su pantalón un pañuelo bastante repugnante, lo desplegó con brusco molinete, como si restallase un látigo, y se sonó la nariz, produciendo un fuerte ruido de líquido.

—¿Lo quiere o no? —volvió a preguntar, secándose las narices.

—No tengo ni la más remota idea de lo que es —contestó Lexington—, pero me encantaría probarlo. Es que estoy escribiendo un libro de cocina, sabe usted, y yo...

—¡Una de puerco con col! —gritó el camarero, y desde la trastienda del restaurante, allá lejos en la oscuridad, le respondió una voz.

El camarero desapareció. Lexington cogió de la mochila su tenedor y su cuchillo, regalo de la tía Glosspan cuando tenía seis años. Eran de plata maciza, y desde que se los regaló no había usado otros instrumentos para comer. Mientras esperaba a que llegase la comida se dedicó a abrillantarlos cariñosamente con un trozo de muselina.

El camarero volvió al poco tiempo con un plato en el que se veía una gruesa tajada blanco-grisácea de una sustancia caliente. Lexington se inclinó hacia adelante, ansioso por olfatearlo en cuanto se lo sirvieran. Se le habían dilatado las aletas de la nariz para recibir el aroma, y le temblaban.

—¡Pero esto es una auténtica maravilla! —exclamó—. ¡Qué aroma! ¡Es fantástico!

El camarero retrocedió un paso, observando con curiosidad a su cliente.

—¡En mi vida había olido una cosa tan deliciosa! —exclamó nuestro héroe al tiempo que empuñaba el cuchillo y el tenedor—. ¿De qué está hecho?

El hombre del sombrero marrón se le quedó mirando y después volvió a concentrarse en su comida. El camarero se retiraba hacia la cocina.

Lexington cortó un trocito de carne, la empaló en el tenedor de plata y se lo acercó a la nariz para olfatearlo una vez más. A continuación se lo metió en la boca y empezó a masticarlo despacio, los ojos entrecerrados y el cuerpo en tensión.

—¡Es fantástico! —exclamó—. ¡Es un sabor completamente nuevo! ¡Ay, Glosspan, mi querida tía, cuánto me gustaría que estuvieses aquí conmigo para probar este plato tan extraordinario! ¡Camarero, venga inmediatamente! ¡Tengo que hablar con usted!

El asombrado camarero le observaba desde el otro extremo del comedor y no parecía muy dispuesto a aproximarse.

—Si viene a hablar conmigo, le haré un regalo —dijo Lexington, agitando un billete de cien dólares—. Venga usted, por favor.

El camarero volvió a la mesa con precaución, agarró el dinero y se lo acercó a la cara, mirándolo desde todos los ángulos. Después lo deslizó rápidamente en su bolsillo.

—¿Qué puedo hacer por usted, amigo mío? —preguntó.

—Verá —dijo Lexington—, si usted me dice con qué está hecho este delicioso plato y cómo está preparado exactamente, le daré otros cien.

—Ya se lo he dicho —replicó el hombre—. Es puerco.
—¿Y qué es eso exactamente?

—¿Nunca ha comido puerco asado? —le preguntó el camarero mirándolo fijamente.
—Por lo que más quiera, buen hombre, dígame lo que es y déjese de misterios.

—Pues cerdo —contestó el camarero—. Se mete en el horno y ya está.
—¡Cerdo!

—El puerco es cerdo. ¿Es que no lo sabía?
—¿Quiere decir que esto es carne de cerdo?

—Se lo garantizo.
—Pero..., pero... es imposible —tartamudeó el joven—. La tía Glosspan, que sabía de comida más que nadie, decía que la carne de cualquier clase es asquerosa, repugnante, horrible, nauseabunda y sucia. Y, sin embargo, este trozo que tengo en el plato es lo más exquisito que he probado nunca. ¿Cómo explica usted eso? Estoy seguro de que tía Glosspan no me hubiera dicho que era repugnante si no lo fuera.

—A lo mejor su tía no sabía cocinarlo —dijo el camarero.
—¿Usted cree?

—Es posible. Sobre todo con el cerdo: o se hace muy bien o no hay quien se lo coma.

—¡Eureka! —exclamó Lexington—. ¡Apuesto a que es eso lo que le pasaba, que lo hacía mal! —le ofreció al camarero otro billete de cien dólares—. Lléveme a la cocina —dijo—. Presénteme al genio que ha preparado esta carne.

El camarero llevó a Lexington a la cocina inmediatamente, y allí el joven conoció al cocinero, que era un hombre mayor con una erupción en el cuello.

—Esto le costará otros cien —dijo el camarero. Lexington lo complació de buena gana, pero en esta ocasión dio el dinero al cocinero.

—Mire, he de admitir que me ha dejado muy confundido lo que acaba de decirme el camarero —dijo—. ¿Está usted completamente seguro de que ese plato tan exquisito que he comido estaba preparado con carne de cerdo?

El cocinero alzó la mano derecha y se puso a rascarse la erupción del cuello.

—Bueno —respondió mirando al camarero y haciéndole un astuto guiño—, lo único que puedo decirle es que creo que era carne de cerdo.

—¿Quiere decir que no está seguro?
—Nunca se puede estar seguro.

—Pero ¿qué otra cosa podría ser?
—Pues... —empezó a decir el cocinero muy despacio, mirando aún al camarero— existe la posibilidad de que fuera un pedazo de carne humana.

—¿Quiere decir de hombre?
—Sí.

—¡Dios mío!
—O de mujer. Cualquiera de las dos cosas, porque saben igual.

—Me deja usted sorprendido —replicó el joven.
—Nunca te acostarás sin saber una cosa más.

—Desde luego.
—De hecho, últimamente el carnicero nos manda mucha carne de esta en lugar de cerdo —añadió el cocinero.

—¿En serio?
—El problema es que casi no se puede distinguir una de la otra. Son las dos muy buenas.

—El trozo que acabo de comer era sencillamente extraordinario.
—Me alegro de que le haya gustado —dijo el cocinero—, pero si quiere que le sea sincero, creo que era cerdo. Vamos, estoy casi seguro.

—¿Completamente seguro?
—Pues sí.

—En ese caso habrá que pensar que tiene usted razón —dijo Lexington—. Así que, por favor, dígame —y aquí tiene otros cien dólares por la molestia—, explíqueme cómo lo ha preparado exactamente.

El cocinero, tras guardarse el dinero, inició una descripción colorista de cómo usar una tajada de cerdo, mientras el joven, que no deseaba perderse una sola palabra de tan gran receta, se sentó a la mesa de la cocina y apuntó todos los detalles en su cuaderno.

Cuando el hombre terminó, le preguntó:
—¿Eso es todo?

—Efectivamente.
—Tiene que haber algo más.

—Para empezar, hay que contar con una buena pieza de carne —añadió el cocinero—. En eso consiste la mitad del secreto. Tiene que ser un buen cerdo, y tiene que estar bien despiezado, porque si no queda asqueroso por muy bien que se cocine.

—Enséñeme a hacerlo —dijo Lexington—. Despiéceme uno ahora para que aprenda.

—En la cocina no matamos cerdos —dijo el cocinero—. Lo que usted acaba de comer nos ha llegado de un matadero del Bronx.

—¡Pues deme la dirección!

El cocinero le dio la dirección, y nuestro héroe, tras deshacerse en agradecimientos por su amabilidad, se precipitó a la calle, cogió un taxi y se dirigió al Bronx.

VII

El matadero era un edificio grande de ladrillo, de cuatro pisos, y a su alrededor había un olor dulzón y fuerte, como de almizcle. En la verja se veía un gran cartel que decía: SE ADMITE LA ENTRADA DE VISITANTES A CUALQUIER HORA. Animado por él, Lexington atravesó la verja y entró en el patio empedrado que rodeaba el edificio.

Siguió una serie de señales (LAS VISITAS CON GUÍA POR AQUÍ) y finalmente llegó a un cobertizo de hierro ondulado que se encontraba muy lejos del edificio principal (SALA DE ESPERA PARA VISITANTES). Entró tras llamar educadamente a la puerta.

En la sala de espera había seis personas delante de él. Había una señora gorda con sus dos hijos, de unos nueve y once años, una pareja joven de ojos brillantes que parecían estar en plena luna de miel y una mujer pálida con largos guantes blancos sentada muy erguida y que miraba al frente, con las manos cruzadas en el regazo. Nadie hablaba. 

Lexington pensó si estarían todos escribiendo libros de cocina, como él, pero cuando se lo preguntó no le contestó nadie. Los adultos se limitaron a sonreír misteriosa y disimuladamente y negaron con la cabeza, y los dos niños se le quedaron mirando como si se tratara de un loco.


Pronto se abrió la puerta y un hombre de cara sonrosada y alegre asomó la cabeza y dijo:
—El siguiente, por favor.

La madre y los dos chicos se levantaron y salieron. Al cabo de unos diez minutos volvió el mismo hombre y repitió: «El siguiente, por favor», y la pareja en luna de miel se puso de pie de un salto y lo siguió afuera.

Entraron dos nuevos visitantes y se sentaron. Eran un hombre de mediana edad y su mujer, también de mediana edad, que llevaba una cesta de mimbre con comida.

—El siguiente, por favor —dijo el guía, y la mujer de los largos guantes blancos se levantó y se fue.

Entraron algunas personas más y tomaron asiento en las sillas de madera de respaldo recto.

El guía regresó por tercera vez al cabo de poco tiempo, y en esta ocasión era el turno de Lexington.

—Sígame, por favor —le dijo el guía, cruzando el patio delante del joven para dirigirse al edificio principal.

—¡Qué interesante es esto! —exclamó Lexington, saltando sobre un pie y luego sobre el otro—. Ojalá estuviese conmigo mi querida tía Glosspan y viese lo que voy a ver yo.

—Yo solo explico los preliminares —dijo el guía—. Después le pondré en manos de otra persona.

—Lo que usted quiera —replicó el joven, fascinado.

En primer lugar visitaron una zona amplia rodeada por una valla en la puerta trasera del edificio, donde holgazaneaban varios cientos de cerdos.

—Aquí es donde empiezan —explicó el guía—, y por allí entran.
—¿Dónde?

—Por allí —el guía señaló un cobertizo alargado de madera que se alzaba junto al muro exterior de la fábrica—. Lo llamamos el corral de encadenado. Por aquí, por favor.

Tres hombres con altas botas de caucho conducían una docena de cerdos al corral de encadenado en el momento en que se acercaban Lexington y el guía, así que entraron todos juntos.

—Mire cómo los amarran —dijo el guía.

Por dentro, el cobertizo era simplemente una habitación desnuda de madera sin techo, pero había un cable de acero con ganchos que se movía lentamente por una pared, paralelo al suelo, a menos de un metro de altura. Cuando llegaba al extremo del cobertizo el cable cambiaba bruscamente de dirección y trepaba verticalmente, atravesando el techo abierto, hacia el piso superior del edificio principal.

Los doce cerdos estaban amontonados en el extremo del cobertizo, sin moverse, con expresión de miedo. Uno de los hombres con botas de caucho bajó una cadena de metal de la pared y avanzó hacia el animal más cercano, por detrás. Se agachó y colocó con rapidez un extremo de la cadena en torno a una de las patas traseras del animal. Ató el otro extremo a un gancho del cable móvil cuando lo tuvo al alcance de la mano. 

El cable siguió moviéndose y la cadena se tensó. La pata del cerdo recibió un tirón hacia atrás y hacia arriba y luego el animal empezó a retroceder, arrastrándose, pero no se cayó. Era un cerdo bastante ágil y logró mantener el equilibrio sobre tres patas, saltando con una sola y luchando contra la cadena que tiraba de él, pero fue retrocediendo más y más hasta que al llegar al final del cobertizo, donde el cable cambiaba de dirección y subía, la pobre bestia perdió pie bruscamente y quedó colgando. El aire se llenó de chillidos de protesta.


—Es un proceso realmente fascinante —dijo Lexington—, pero ¿qué era ese ruido raro, ese chasquido que se oyó en el momento en que subía el cerdo?

—Probablemente, la pata —contestó el guía—. O la pelvis.
—¿Y eso no importa?

—¿Por qué iba a importar? —replicó el guía—. Los huesos no se comen.

Los hombres con botas de caucho no paraban de encadenar cerdos; los colgaban uno tras otro y los hacían pasar por el techo entre fuertes gruñidos de protesta.

—Esta receta no consiste solamente en recoger hierbas sin más —dijo Lexington—. La tía Glosspan jamás hubiera hecho una cosa así.

En ese momento, mientras Lexington miraba el último cerdo que subía hacia el techo, un hombre con botas de caucho se le acercó con precaución por detrás y ató un extremo de la cadena en torno al tobillo del muchacho, colgando el otro extremo del cinturón móvil. 

Al momento siguiente, sin que le diera tiempo a darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, nuestro héroe perdió el equilibrio y se vio arrastrado hacia atrás por el piso de cemento del corral de encadenado.


—¡Paren! —gritó—. ¡Deténganlo todo! ¡Se me ha enganchado una pierna!

Pero al parecer no le oyó nadie, y cinco segundos más tarde el infeliz joven fue arrancado del suelo y arrastrado hacia arriba. Pasó por el tejado abierto del corral, colgando cabeza abajo, agarrado por un tobillo y culebreando como un pez.

—¡Socorro! —gritó—. ¡Socorro! ¡Ha habido una terrible equivocación! ¡Paren las máquinas! ¡Déjenme bajar!

El guía se quitó el puro de la boca y miró serenamente hacia arriba, al joven que ascendía rápidamente, pero no dijo nada. Los hombres de las botas de caucho ya habían salido a recoger el siguiente grupo de cerdos.

—¡Sálveme! —chilló nuestro héroe—. ¡Déjeme bajar! ¡Por favor, déjeme bajar!

Pero ya se acercaba al piso superior del edificio, y allí el cinturón móvil se retorció como una serpiente y entró por un gran agujero de la pared, una especie de portal sin puerta; y en el umbral, esperando para recibirlo, cubierto con un delantal de caucho amarillo con manchas oscuras y contemplando el mundo como San Pedro a las puertas del cielo, estaba el matarife.

Lexington le vio del revés y solo breves segundos, pero aun así observó inmediatamente la expresión de paz y benevolencia en el rostro de aquel hombre, el alegre brillo de sus ojos, la sonrisilla melancólica, los hoyuelos de las mejillas... y todo aquello le hizo concebir esperanzas.

—¿Qué tal? —le preguntó el matarife sonriendo.
—¡Rápido! ¡Sálveme! —gritó nuestro héroe.

—Con mucho gusto —replicó el matarife y, cogiendo delicadamente a Lexington por una oreja con la mano izquierda, alzó la derecha y con suma habilidad le abrió la yugular con un cuchillo.

El cinturón continuó moviéndose y Lexington con él. Todo seguía del revés, y la sangre que le salía del cuello se le metía en los ojos, pero aun veía un poco y tuvo la borrosa impresión de encontrarse en una habitación enorme y alargada, en cuyo extremo había una gran caldera de agua humeante y a su alrededor unas oscuras siluetas, medio ocultas por el vapor, que bailaban blandiendo largas varas. 

Le pareció que la cinta transportadora pasaba justo por encima del caldero y que los cerdos caían uno tras otro al agua hirviendo, y que uno de ellos llevaba unos largos guantes blancos en las patas delanteras.


De repente nuestro héroe empezó a sentir mucho sueño, pero hasta que su fuerte corazón no hubo bombeado la última gota de sangre no pasó de este mundo, el mejor de todos los mundos posibles, al otro.

Dulces para esa dulzura - Robert Bloch

Irma no tenía figura de bruja.

Tenía unos rasgos menudos, regulares, un cutis melocotón y crema, ojos azules, y cabello rubio, casi ceniciento. Además, era una niñita de ocho años.

—¿Por qué la fastidia así? —sollozaba miss Pall—. De este modo le vino la idea, al principio: porque él la llama brujita.

Sam Steever acomodó nuevamente la voluminosa barriga en el crujiente sillón giratorio y plegó las gordas manos sobre el regazo. Su adiposa máscara de abogado permanecía impasible; pero estaba bastante afligido.

Las mujeres como miss Pall no deberían sollozar nunca. Las gafas les resbalan, la delgada nariz se les encoge, los arrugados párpados se les enrojecen y el lacio cabello se les desordena.

—Por favor, domínese —invitaba Sam Steever—. Quizá si discutiéramos ese asunto, desde el principio hasta el fin, de una manera sensata...

—¡No me importa! —miss Pall se sorbía las lágrimas—. Yo no vuelvo allá. No lo soporto. Y a fin de cuentas, tampoco puedo hacer nada. Aquel hombre es su hermano, y ella es la hija de su hermano. La responsabilidad no pesa sobre mí. Yo hice cuanto pude...

—Claro que hizo cuanto pudo —Sam Steever sonrió benignamente, como si miss Pall fuese la presidente de un jurado—. Lo comprendo perfectamente. A pesar de lo cual, no comprendo por qué se ha trastornado usted tanto, querida señorita.

Miss Pall se quitó las gafas y se secó los ojos con un pañuelo estampado de flores. Luego depositó la mojada pelota de tela en el bolso, apretó el cierre, se puso los lentes de nuevo y se irguió en la silla.

—Muy bien, míster Steever —dijo—. Voy a esforzarme lo mejor que sepa para enterarle bien de los motivos que me inducen a dejar de ser una empleada de su hermano.

La buena mujer reprimió un sorbetón tardío, y continuó:

—Me presenté a John Steever hace dos años, como usted sabe ya, respondiendo a un anuncio en que se solicitaba un ama de llaves. Cuando descubrí que había de actuar de gobernanta de una niña de seis años, huérfana de madre, me descorazoné. Ignoro por completo el arte de cuidar niños.

—Los seis primeros años John contrató una niñera profesional —dijo, asintiendo Sam Steever—. Ya sabe usted que la madre de Irma murió al dar a luz.

—Sí, estoy al corriente del caso —contestó miss Pall, en tono remilgado—. Naturalmente, una niña solitaria, abandonada, enternece el corazón de cualquiera. ¡Y aquella niña estaba tan terriblemente sola...! Ah, míster Steever, si usted la hubiera visto, refugiándose cabizbaja por los rincones de aquella casona tan antigua y fea...

—Sí, la vi, la vi —asintió prestamente Sam Steever con el deseo de evitar otro arranque—. Y sé cuanto ha hecho usted por Irma. Mi hermano es bastante irreflexivo, y hasta un poco egoísta, a veces. No comprende.

—Es cruel —declaró miss Pall con súbita vehemencia—. Cruel y perverso. Aunque sea su hermano, yo afirmo que no sirve para padre de ningún niño. Cuando yo llegué allí, la pequeña tenía los bracitos negros y morados de golpes. El padre solía coger un cinturón...

—Lo sé. A veces pienso que John no se ha recobrado nunca del choque que sufrió al morir su esposa. Por eso estuve tan contento cuando vino usted, querida dama. Pensé que lograría mejorar la situación.

—Lo intenté —gimoteó miss Pall—. Usted sabe que lo intenté. En dos años, nunca levanté la mano contra la niña, aunque su hermano me ha dicho muchísimas veces que la castigara. «Déle una paliza a la brujita —solía recomendarme—. Es lo único que le hace falta: una buena azotaina.» Y entonces la pequeña se escondía detrás de mí y me pedía en un susurro que la protegiese. Pero no lloraba, míster Steever. ¿Sabe usted que nunca la he visto llorar?

Sam Steever se sentía vagamente irritado y un tanto aburrido. Deseaba que la madura clueca siguiera con su polluelo. Por ello sonrió y rezumó meladura.

—Pero ¿qué problema se le plantea, exactamente, querida señora?

—Cuando llegué, todo marchaba estupendamente. Nos aveníamos muy bien. Empecé a enseñar las primeras letras a Irma... y me llevé la sorpresa de ver que ya leía a la perfección. Su hermano negó que él le hubiera enseñado; pero la niña se pasaba horas acurrucada en el sofá, con un libro en las manos. «Muy propio de ella —solía decir el padre—. Una brujita antinatural. No juega con las otras niñas. Es una brujita.» Así se expresaba siempre, míster Steever. Como si la pequeña fuese una especie de... no sé qué. ¡Y en cambio, es tan dulce, sosegada y bonita!

»¿Tan raro es que leyese? Yo misma era como ella, de niña; porque..., pero no importa.

»De todos modos, tuve una sorpresa mayúscula el día que la vi manejar la Enciclopedia Británica. "¿Qué estás leyendo, Irma?", le pregunté: Ella me lo enseñó. Era el artículo sobre brujería.

»¿Ve usted cuán mórbidos pensamientos ha inculcado su hermano en aquella pobre cabecita?

»Yo hice cuanto pude. Salí a comprarle juguetes. Ya sabe usted que no tenía ninguno en absoluto; ni una triste muñeca. ¡Ni siquiera sabía jugar! Probé de hacerle tomar afición a otras niñas de la vecindad; pero fue inútil. Las otras no la entendían a ella, y ella no comprendía a las otras. Hubo escenas desagradables. Los pequeños son crueles; no reflexionan. Y su padre no la dejaba asistir a la escuela pública. Tenía que instruirla yo...

«Entonces le traje la arcilla de escultor. Le gustó. Se pasaba horas haciendo caras de arcilla. Para una niña de seis años, Irma demostraba verdadero talento.

»Hacíamos muñecas y yo les cortaba y cosía vestidos. El primer año fue un año de dicha, míster Steever. Sobre todo durante los meses aquellos que su hermano pasó en América del Sur. Pero este año, a su regreso..., ¡no sabría ni comentarlo siquiera!

—Por favor —dijo Sam Steever—. Debe comprenderlo. John no es feliz. La pérdida de la esposa, el declive de su negocio de importación, y la bebida... Pero, en fin, usted ya está enterada de todo eso.

—De lo único que estoy enterada es de que odia a su hija —atajó viva y repentinamente miss Pall—. La odia. Quiere que sea mala; para poderla azotar. «Si usted no vapulea a esta brujita, lo haré yo», suele decir. Y entonces se la lleva arriba y le da con el cinturón... Debe usted hacer algo, míster Steever, si no quiere que acuda a las autoridades yo misma.

Y la loca chismosa lo haría, sin duda, pensó Sam Steever. Remedio: otra dosis de meladura.

—Pero ¿y en cuanto a Irma...? —insistió él.

—Oh, también ha cambiado. Desde que su padre ha regresado, este año. Ya no quiere jugar conmigo, y apenas me mira. Es como si yo la hubiera defraudado, míster Steever, al no protegerla de aquel hombre. Además..., ella misma se cree bruja.

Una locura. Una locura total, increíble. Sam Steever hizo crujir el sillón, al ponerse erguido.

—Ah, no es preciso que me mire así, míster Steever. Se lo dirá ella misma... ¡si va usted un día de visita a la casa!

El hombre percibió el tono de reproche de la voz de la gobernanta y quiso apaciguarla con un movimiento de cabeza conciliador.

—Me lo dijo con todas las letras —prosiguió miss Pall—. Si su padre quiere que sea bruja, lo será. Y no quiere jugar conmigo, ni con nadie, porque las brujas no juegan. Esta víspera de Todos los Santos pasada quería que le diese una escoba. ¡Ah, si no fuese tan trágico, sería divertido! Esa niña está perdiendo el juicio.

»Hace unas semanas, creí que había cambiado. Fue cuando me pidió, un domingo, que la llevase al templo. "Quiero ver el bautismo", me dijo. Imagínese ¡una niña de ocho años interesada en bautismos! Lee demasiado; ahí está el mal.

»Pues bien, fuimos a la iglesia y estuvo tan dulce como ella sola sabe serlo con su vestidito azul nuevo, y cogida de mi mano. Yo estaba orgullosa de ella, míster Steever, realmente orgullosa.

»Pero después se encerró, una vez más, e inmediatamente, en su concha. Anda por la casa, leyendo, corre por el patio al atardecer y habla consigo misma.

»La causa quizá esté en que su hermano no quisiera traerle un gatito. Ella le importunaba pidiéndole un gato negro. El le preguntó para qué lo quería, y ella respondió: "Porque las brujas siempre tienen un gato negro." Entonces él se la llevó arriba.

»Yo no se lo puedo impedir, ya sabe usted. Volvió a pegarle la noche que nos quedamos sin electricidad y no supimos encontrar las velas. El dijo que ella las había robado. ¡Imagínese, acusar a una niña de ocho años de robar velas!

.«Aquello fue el principio del fin. Entonces hoy, cuando el padre ha encontrado a faltar el cepillo para el cabello...

—¿Dice usted que le pegaba con el cepillo para el cabello?

—Sí. Ella ha confesado que lo robó. Ha dicho que lo necesitaba para su muñeco.

—Pero ¿no ha dicho usted antes que no tiene muñecas ni muñecos?

—En efecto; pero se hizo uno. Al menos yo creo que se lo hizo. Nunca lo he visto... ya que nunca quiere enseñarnos nada; ni nos habla en la mesa. Es imposible gobernarla, simplemente.

»Aunque el muñeco ése que se hizo... es pequeño. Lo sé porque a veces lo lleva escondido bajo el brazo. Le habla y lo acaricia; pero no quiere enseñárnoslo, ni a mí ni a él. Cuando él le preguntó por el cepillo del cabello, ella respondió que lo había cogido para el muñeco.

«Entonces su hermano se ha dejado arrastrar por una cólera terrible... ¡Se había pasado toda la mañana en la habitación empinando el codo de nuevo! Oh, no crea que no lo sé. Pero ella se ha limitado a sonreír, y ha dicho que ahora ya podía volver a cogerlo. Y se ha ido a su mesita escritorio y se lo ha entregado. No lo había estropeado nada; me fijé en que el cepillo conservaba aún el cabello del padre.

»A pesar de lo cual, él se lo ha arrancado de la mano, y luego se ha puesto a golpearle los hombros con el cepillo, y le ha retorcido el brazo, y luego...

Miss Pall se acurrucó en la silla y extrajo unos tremendos y agitados sollozos del angosto pecho.

Sam Steever le dio unas palmaditas en el hombro, agitándose a su alrededor como un elefante sobre un canario herido.

—Eso es todo, míster Steever. He venido a verle, directamente. No quiero volver a la casa aquella ni para recoger mis cosas. No puedo soportarlo más... su manera de pegarle... y el ver cómo ella no lloraba, sino que únicamente se reía, y reía, y reía... A veces creo que, de verdad, es una bruja... que su padre la ha convertido en una bruja...

Sam Steever cogió el teléfono. El timbre había roto el alivio de silencio que quedara después de la precipitada marcha de miss Pall.

—Hola... ¿Eres tú, Sam?

Sam reconoció la voz de su hermano, algo maleada por la bebida.

—Sí, John.

—Supongo que la vieja murciélago ha ido corriendo a verte para dar rienda suelta a la lengua.

—Si te refieres a miss Pall, la he visto, en efecto.

—No le hagas caso. Yo te lo explicaré todo.

—¿Quieres que vaya a verte? Hace meses que no te visito.

—Pues enseguida no. Tengo hora con el médico esta tarde.

—¿Te encuentras mal?

—Me duele el brazo. Será reúma, o algo así. Me aplico un poco de diatermia. Pero mañana te llamaré y pondremos en claro todo ese enredo.

—De acuerdo.

Pero el día siguiente John Steever no llamó. Más o menos a la hora de cenar, Sam le llamó a él.

Cosa rara, respondió al teléfono Irma. Su vocecita delgada, estridente tenía un acento débil, en los oídos de Sam.

—Papá está arriba, durmiendo. Ha estado enfermo.

—Bueno, no le molestes. ¿De qué se trata? ¿Del brazo?

—De la espalda, ahora. Dentro de poco tendrá que volver al consultorio del médico.

—Dile que le llamaré mañana, pues. Eh..., ¿marcha bien todo, Irma? Quiero decir si no echas de menos a miss Pall,

—No. Me alegro de que se fuera. Es una tonta.

—Ah. Sí. Comprendo. Pero, si necesitas algo, telefonéame. Y espero que papá se restablezca.

—Sí. Yo también —respondió Irma. Y en seguida se puso a reír, y luego colgó.

La tarde siguiente, cuando John Steever telefoneó a Sam en la oficina de éste, no hubo risitas. Tenía la voz sobria, con la sobriedad aguda del dolor.

—Sam..., por el amor de Dios, ven. ¡A mí me pasa algo!

—¿Qué hay?

—Este dolor... ¡me está matando! Tengo que verte, pronto.

—Me espera un cliente en el despacho; pero me desembarazaré de él. Oye, espera un minuto. ¿Por qué no llamas al médico?

—Ese curandero no puede ayudarme. Me recetó diatermia para el brazo y ayer me la recetó para la espalda.

—¿No te remedió?

—El dolor desapareció, sí. Pero se ha renovado. Me siento... como aplastado. Tengo una opresión aquí, en el pecho. No puedo respirar.

—Por lo que dices, parece una pleuresía. ¿Por qué no lo llamas?

—No es pleuresía. Me examinó ya. Me dijo que estaba más sano que un dólar nuevo. No, orgánicamente no tengo nada anormal. Pero no pude explicarle la verdadera causa.

—¿La verdadera causa?

—Sí. Los alfileres. El alfiler que ese pequeño demonio está clavando en el muñeco que se hizo. En el brazo, en la espalda. Ahora me tiene cogido. No puedo bajar a impedírselo y apoderarme del muñeco. Y nadie más lo creería. Pero es el muñeco, no cabe duda; el que se hizo con cera y con el cabello de mi cepillo. Oh..., al hablar, sufro... ¡Ah, la brujita del diablo! Corre, Sam. Prométeme que harás algo..., lo que sea..., que le quitarás el muñeco..., que te apoderarás del muñeco...

Media hora después, a las cuatro y treinta, Sam Steever entraba en casa de su hermano.

Irma le abrió la puerta.

Sam tuvo un sobresalto al verla plantada allí, risueña e imperturbable, con el cabello rubio pálido peinado inmaculadamente para atrás, dejando al descubierto el rosado óvalo de la cara. Parecía una muñequita, exactamente. Una muñequita...

—Hola, tío Sam.

—Hola, Irma. Tu papá me ha telefoneado, ¿no te lo ha dicho? Decía que no se encontraba muy bien...

—Ya lo sé. Pero ahora está perfectamente. Duerme. Algo le sucedió a Sam Steever; una gota de agua glacial le bajó por el espinazo.

—¿Duerme? —repitió con voz ronca—. ¿Arriba?

Y antes de que la niña hubiese abierto la boca, subía los escalones a saltos hasta el segundo piso y recorría el pasillo a grandes zancadas, hasta el cuarto de John.

John yacía en la cama. Estaba dormido; solamente dormido. Sam Steever notaba el subir y bajar acompasado del pecho al respirar. Tenía la faz tranquila, sosegada.

Entonces la gota de agua fría se evaporó, y Sam tuvo fuerzas para murmurar:

—Tonterías —entre dientes, al mismo tiempo que se volvía.

Mientras bajaba, improvisaba planes apresuradamente. Unas vacaciones de seis meses, para su hermano... Se abstendrían de llamarlo una cura... Un orfanato para Irma; le darían ocasión de alejarse de aquella morbosa casona antigua, de tantos y tantos libros...

A mitad de las escaleras, se detuvo. Mirando por encima de la barandilla, vio a Irma en el sofá, acurrucadita como una bolita blanca. Hablaba a una cosa que tenía acunada en los brazos y que iba meciendo con el movimiento del cuerpo.

De modo que la muñeca (o el muñeco) existían, después de todo.

Sam Steever bajó de puntillas, silenciosamente y se acercó a Irma.

—Hola —dijo.

La niña dio un salto y levantó ambos brazos para cubrir por completo lo que fuere que estuviera mimando, y que ahora estrechaba contra sí.

A Sam Steever se le ocurrió la idea de una muñeca apretada por el pecho...

Irma levantaba los ojos hacia él, convertida en una máscara de inocencia. En aquella media luz, su cara parecía realmente una máscara. La máscara de una niña que escondía..., ¿qué?

—Papá está mejor ahora, ¿verdad que sí? —balbució Irma.

—Sí, mucho mejor.

—Yo sabía que lo estaría.

—Pero me temo que tendrá que marcharse a gozar de un descanso. Un descanso muy largo.

Una sonrisa se filtró a través de la máscara.

—Perfecto —dijo la niña.

—Naturalmente —continuó Sam—, tú no podrías quedarte sola aquí. Me estaba preguntando..., quizá podríamos enviarte a una escuela, o a una especie de hogar de...

Irma se puso a reír.

—Ah, no debe preocuparse por mí —replicó. Y dejó sitio en el sofá mientras Sam se sentaba; pero en seguida se levantó de un salto, al verle acercarse a ella.

Con el movimiento, los brazos de Irma se apartaron algo del cuerpo, y Sam Steever vio un par de piernecitas delgadas colgando bajo el codo. Eran unas piernas vestidas con pantalones y que lucían unos trocitos de cuero por zapatos.

—¿Qué tienes ahí, Irma? —preguntó Sam—. ¿Es un muñeco?

Y pausadamente extendió la regordeta mano. Irma retrocedió.

—No puede verlo —dijo.

—Pues yo quiero verlo. Miss Pall me dijo que haces unos muñecos preciosos.

—Miss Pall es tonta. Y usted también. Vayase.

—Por favor, Irma. Déjame verlo.

Pero mientras estaba hablando, Sam Steever contemplaba ya la parte superior del muñeco, que quedó un momento al descubierto, al retroceder Irma. Era una cabeza perfecta, con mechones de cabello sobre una cara blanca. El crepúsculo disimulaba la fisonomía, pero a pesar de todo Sam reconoció los ojos, la nariz, la barbilla...

Y no pudo continuar fingiendo.

—¡Dame ese muñeco, Irma! —ordenó secamente—. Sé qué es. Sé quién es...

Por un instante, la máscara desapareció de la faz de Irma, y Sam tuvo ante su mirada la imagen del miedo descarnado.

La niña lo sabia. Sabía que él lo sabía.

Pero en seguida, con la misma presteza, la máscara volvió a su sitio.

Irma volvía a ser ni más ni menos que una chiquilla dulce, mimada y terca mientras movía la cabeza alegremente y le miraba con malicia de picaruela.

—¡Oh, tío Sam! —exclamó riendo—. ¡Qué tonto es usted! ¡Si esto no es ni siquiera un muñeco de verdad...!

—¿Qué es, entonces? —murmuró él. Irma se rió de nuevo, levantando la figura mientras contestaba:

—Pues... ¡es caramelo, únicamente!

—¿Caramelo?

Irma hizo un gesto afirmativo. Luego, con gesto rápido, se metió la cabecita de la imagen en la boca.

Y la cortó de un mordisco.

Arriba sonó un solo grito, desgarrador.

Mientras Sam Steever se volvía y subía las escaleras corriendo, la pequeña Irma, todavía mascando gravemente, salió por la puerta principal y se hundió en la noche.