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Cerdo - Roald Dahl

I

Érase una vez un hermoso niño que vino al mundo en la ciudad de Nueva York y a quien sus padres, llenos de alegría, pusieron por nombre Lexington.

En cuanto la madre regresó del hospital, con él en brazos, le dijo a su marido:
—Cariño, tienes que llevarme a cenar a un restaurante maravilloso para celebrar la llegada de nuestro hijo y heredero.

Su marido la besó con ternura y le dijo que una mujer capaz de tener un niño tan hermoso como Lexington se merecía ir a donde quisiera; pero ¿se encontraba ya con fuerzas suficientes para empezar a ir de un lado a otro por la ciudad y trasnochar?, añadió.

«No», respondió ella, pero daba igual.

Así que aquella noche los dos se pusieron ropa de gala y se fueron al restaurante mejor y más caro de la ciudad, tras haber dejado al pequeño Lexington al cuidado de una niñera especializada, escocesa por más señas, y que les costaba veinte dólares al día. 

Cada uno se comió una langosta gigantesca, y se bebieron una botella de champán, y después fueron a un club nocturno, donde bebieron otra botella y estuvieron sentados durante varias horas, con las manos entrelazadas, mientras recordaban y discutían, admirados, cada uno de los rasgos físicos de su encantador hijo recién nacido.

Volvieron a su casa, situada en el East Side de Manhattan, hacia las dos de la madrugada; el marido pagó al taxista y se palpó los bolsillos para buscar la llave. Al rato anunció que la debía haber dejado en el bolsillo del otro traje y propuso que tocasen el timbre para que bajase la niñera y les abriese. Una niñera que cobra veinte dólares diarios tiene que estar dispuesta a que la saquen de la cama en mitad de la noche, dijo el marido.

Así que tocó el timbre. Esperaron. No pasó nada. Llamó de nuevo, un timbrazo largo y ruidoso. Esperaron otro minuto. Retrocedieron unos pasos por la acera y gritaron el nombre de la niñera (McPottle) hacia las ventanas del cuarto del niño, que estaba en el tercer piso, pero tampoco obtuvieron respuesta. La casa estaba oscura y silenciosa. 

La mujer empezó a sentir miedo: su hijo estaba prisionero en esa casa, se dijo, a solas con McPottle. ¿Y quién era McPottle? Solo hacía dos días que la conocían, y tenía unos labios finos, ojillos acusadores, la pechera almidonada y, como se estaba demostrando, una costumbre de dormir demasiado profundamente, que no la hacía persona de fiar. Si no oía el timbre de la puerta, ¿cómo demonios iba a oír el llanto de un niño? En aquel preciso instante el pobrecillo podía estar tragándose la lengua o ahogándose con la almohada.

—No usa almohada —dijo el marido—, así que no te preocupes. Pero, si te empeñas, entraremos.

Con tanto champán se sentía muy valiente; se agachó, deshizo la lazada de uno de sus zapatos de charol negro y se lo quitó. Después, cogiéndolo por la punta, lo lanzó con fuerza hacia la ventana del comedor, que estaba en el piso bajo.

—Ya está —dijo sonriendo—. Lo descontaremos de la paga de McPottle.

Avanzó unos pasos y, con mucho cuidado, pasó una mano por el agujero que había en el cristal y abrió el pestillo. Después levantó la ventana.

—Primero te subiré a ti, madrecita —dijo, y tomó a su mujer por la cintura y la alzó del suelo.

Con este movimiento, la gran boca roja de ella quedó a la altura suya, muy cerca, y empezó a besarla. Sabía por experiencia que a las mujeres les gusta mucho que las besen en esta posición, los cuerpos apretados con fuerza y las piernas balanceándose en el aire, de manera que siguió haciéndolo un buen rato, mientras ella agitaba los pies y hacía ruidos guturales, como si estuviera tragando algo. 

Por fin, el marido le dio la vuelta y comenzó a introducir a la mujer con delicadeza en el comedor por la ventana abierta. En ese momento un coche patrulla de la policía se dirigía silenciosamente hacia ellos. Se detuvo a unos treinta metros de distancia y tres polis de origen irlandés saltaron del coche y echaron a correr hacia el marido y la mujer, revólver en mano.

—¡Manos arriba! —gritaban los policías—. ¡Manos arriba!

Pero al marido le era imposible cumplir la orden sin soltar a su mujer, y si lo hubiera hecho ella se hubiera caído al suelo o bien se hubiera quedado colgando, con la mitad del cuerpo dentro de la casa y la otra fuera, postura terriblemente incómoda para una mujer; de modo que siguió empujándola galantemente para que entrara. 

Los polis, que habían recibido medallas por matar ladrones, abrieron fuego de inmediato, y a pesar de que todavía estaban corriendo y de que, sobre todo la señora, les ofrecía un blanco verdaderamente pequeño, lograron encajar varios tiros directos a los dos cuerpos, suficientes para que en ambos casos resultaran fatales.

Y así es como quedó huérfano el pequeño Lexington cuando apenas contaba doce días de edad.

II

Los familiares se enteraron de la muerte de la pareja por los periódicos, y los tres policías recibieron una medalla. A la mañana siguiente los parientes más cercanos, así como dos empleados de la funeraria, tres abogados y un cura se dirigieron a la casa de la ventana rota en sendos taxis. 

Se reunieron en el salón todos ellos y se sentaron en círculo en sillones y sofás, fumando cigarrillos y bebiendo jerez mientras discutían qué hacer con el niño de la habitación de arriba, Lexington el huérfano.

En seguida se puso de manifiesto que ninguno estaba dispuesto a asumir la responsabilidad del niño, y la discusión se prolongó durante todo el día. Todos afirmaron tener un deseo enorme, casi irresistible, de hacerse cargo de él, y lo hubiesen hecho con sumo gusto a no ser porque su casa era demasiado pequeña, o porque ya tenían un niño y no podían mantener otro, o porque no sabrían qué hacer con el nene cuando se fueran al extranjero en verano, o porque empezaban a cargarse de años y cuando el niño se hiciese mayor no se encontraría a gusto, y así sucesivamente. Naturalmente, todos sabían que el padre tenía grandes deudas, que la casa estaba hipotecada y que, en consecuencia, al acoger al niño no percibirían ni un céntimo.

A las seis de la tarde seguían discutiendo como locos; de pronto llegó de Virginia una vieja tía del fallecido padre (cuyo apellido era Glosspan), y sin quitarse siquiera los guantes ni el sombrero ni darse un respiro para sentarse, ajena a los que le ofrecían martini, whisky o jerez, anunció muy decidida a los familiares allí reunidos su intención de hacerse cargo de la criatura a partir de ese mismo momento. 

Y aún más, añadió, asumiría todas las responsabilidades financieras, incluyendo la educación, y todos los demás podían volverse a sus respectivas casas con la conciencia tranquila. Dicho lo cual trotó escaleras arriba, entró en el cuarto del niño, arrancó a Lexington de su cuna y salió apresuradamente de la casa con la criatura fuertemente apretada entre sus brazos, mientras los familiares seguían allí sentados y sonreían con alivio. 

McPottle, la niñera, contemplaba la escena en lo alto de la escalera, rígida y acusadora, con los labios apretados y los brazos cruzados sobre la pechera almidonada.

Y así fue como Lexington, a los trece días de edad, abandonó la ciudad de Nueva York y se dirigió hacia el sur para vivir con su tía abuela Glosspan en el estado de Virginia.

III

La tía Glosspan tenía casi setenta años cuando pasó a ser tutora de Lexington, pero nadie lo hubiera dicho al verla. Era tan vivaz como una mujer de la mitad de años; tenía un rostro pequeño y arrugado, pero todavía bastante hermoso, y unos encantadores ojos pardos que despedían chispitas al mirar. 

Era soltera, aunque nadie hubiera imaginado esto tampoco, porque la tía Glosspan no tenía ningún aspecto de solterona. Nunca estaba amargada ni malhumorada o irritable; no tenía bigote ni sentía la menor envidia de los demás, cosa que raramente puede decirse de una solterona o de una señora virgen, aunque, por supuesto, no se sabe a ciencia cierta si la tía Glosspan era ambas cosas.

Pero era una vieja excéntrica, de eso no cabe duda. Durante los últimos treinta años había vivido sola y aislada en una casita en la ladera de las montañas Blue Ridge, a varios kilómetros del pueblo más cercano. Tenía dos hectáreas de tierras de pasto, un huerto, un jardín, tres vacas, una docena de gallinas y un buen gallo.

Y ahora también tenía al pequeño Lexington.

Era una vegetariana rigurosa y consideraba el consumo de carne no solo algo insano y repugnante, sino terriblemente cruel. Consumía alimentos limpios, como leche, mantequilla, huevos, queso, verdura, nueces, hierbas y frutas, y le gustaba pensar que ningún animal sería sacrificado por ella, ni siquiera una gamba. Una vez, cuando una gallina marrón murió en la flor de la vida al poner huevos, la tía Glosspan se quedó tan triste que también estuvo a punto de dejar de comer estos productos.

No tenía ni la más elemental noción sobre niños pequeños, pero no le preocupaba lo más mínimo. En la estación de ferrocarril de Nueva York, mientras esperaba el tren que les llevaría a Virginia a ella y a Lexington, compró seis biberones, dos docenas de pañales, una caja de imperdibles, un cartón de leche para el viaje y un librito en rústica titulado El cuidado de los niños. ¿Qué más podía desear? Y cuando el tren se puso en marcha le dio un poco de leche al niño, le cambió los pañales a su manera y lo puso a dormir en el asiento. Después leyó El cuidado de los niños de cabo a rabo.

—Esto no tiene nada de particular —dijo, tirando el libro por la ventana—. Absolutamente nada de particular.

Y, curiosamente, no lo tenía. Una vez en casa, todo fue estupendamente. El pequeño Lexington bebía su leche y eructaba, chillaba y dormía exactamente como debía hacerlo un buen niño, y la tía Glosspan resplandecía de alegría cada vez que lo miraba, y lo cubría de besos todo el día.

IV

Cuando cumplió seis años Lexington era un niño guapísimo, de pelo largo y dorado y ojos de un azul oscuro como el aciano. Era listo y alegre, y aprendía a ayudar a su vieja tía en la finca: recogía los huevos del gallinero, daba vueltas a la manivela de la batidora de mantequilla, sacaba patatas del huerto y buscaba hierbas silvestres en la ladera de la montaña. Pronto tendría que empezar a pensar en su educación, se dijo la tía Glosspan.

Pero no podía soportar la idea de mandarlo lejos, al colegio. Lo quería tanto que le partiría el corazón separarse de él, aunque fuese por poco tiempo. Claro que en el pueblo había un colegio, pero tenía un aspecto espantoso, y si lo mandaba allí estaba segura de que lo obligarían a comer carne desde el primer día.

—¿Sabes una cosa, cielo? —le dijo en una ocasión, mientras el niño la miraba hacer queso, sentado en un taburete de la cocina—. La verdad es que no veo ningún motivo para no darte clases yo misma.

El niño se la quedó mirando con sus grandes ojos azules y le dirigió una encantadora sonrisa de confianza:
—Sería fantástico —dijo.

—Y lo primero que haría sería enseñarte a cocinar.
—Me encantaría, tía Glosspan.

—Te guste o no, tendrás que aprender algún día —dijo ella—. Los vegetarianos no podemos elegir entre tantas comidas como la gente corriente, y por eso tenemos que emplear lo que está a nuestro alcance con el doble de habilidad.

—Tía Glosspan —dijo el chico—, ¿qué comen las personas normales que no comamos nosotros?
—Animales —contestó ella, meneando la cabeza con desagrado.

—¿Quieres decir animales vivos?
—No —respondió la anciana—. Muertos.

El chico reflexionó un momento.
—¿Quieres decir que cuando se mueren se los comen en vez de enterrarlos?
—No esperan a que se mueren, bonito. Los matan.

—¿Y cómo los matan, tía Glosspan?
—Normalmente, les cortan el cuello con un cuchillo.

—¿Pero qué clase de animales?
—Vacas y cerdos sobre todo, y también ovejas.

—¡Vacas! —exclamó el niño—. ¿Como Daisy, o Snowdrop, o Lily?
—Eso es, bonito mío.

—¿Pero cómo se los comen, tía Glosspan?
—Los cortan en trozos y los guisan. Como más les gusta la carne es cuando está roja y sangrante y pegada al hueso. Les encanta comer pedazos de carne de vaca rezumando sangre.

—¿También se comen los cerdos?
—Les chiflan.

—Pedazos de carne de cerdo sangrienta —dijo el chico—. ¿Te imaginas? ¿Y qué más comen, tía Glosspan?
—Pollos.

—¿Pollos?
—A millones.

—¿Con plumas y todo?
—No, las plumas no. Anda, corre fuera y trae a la tía Glosspan un manojo de cebollinos, ¿quieres, mi vida?

Poco después empezaron las clases. Cubrían cinco áreas: lectura, escritura, geografía, aritmética y cocina, y esta última era la más apreciada por ambos, maestra y alumno. El joven Lexington demostró en seguida un talento verdaderamente extraordinario en esta materia. 

Era un cocinero nato, habilidoso y rápido. Manejaba las sartenes como un malabarista y era capaz de cortar una patata en veinte rodajas delgadas como papel de fumar en menos tiempo del que tardaba su tía en pelarla. Tenía un paladar de una sensibilidad exquisita y en un tazón de sopa de cebolla era capaz de descubrir la existencia de una hojita de salvia. 

A la tía Glosspan todo esto le resultaba un poco sorprendente en un muchacho tan joven, y la verdad es que no sabía qué hacer. Pero no podía sentirse más orgullosa y predecía un futuro brillante para el chico.

—Es una auténtica bendición contar con un jovencito como tú para que me cuide cuando empiece a chochear —decía.

Al cabo de dos años abandonó por completo la cocina, dejando a Lexington la responsabilidad de guisar él solo para toda la casa. El chico tenía entonces diez años, y la tía Glosspan, casi ochenta.

Con la cocina a su disposición, Lexington empezó a experimentar inmediatamente con platos de su invención. Ya no le interesaban sus comidas favoritas de toda la vida. Sentía una necesidad imperiosa de crear. Tenía cientos de ideas nuevas.

—Empezaré por un soufflé de castañas —dijo.

Lo hizo y lo sirvió para cenar aquella misma noche. Fue un éxito clamoroso.

—¡Eres un genio! —exclamó la tía Glosspan, saltando de su silla para besarle en ambas mejillas—. ¡Pasarás a la historia!

De ahí en adelante raro era el día en que no presentaba en la mesa una nueva y suculenta creación: sopa de castañas de Brasil, chuletas de maíz americano, ragoût vegetal, tortilla de diente de león, buñuelos de crema de queso, sorpresas rellenas de col, chalotas à la bonne femmemousse picante de remolacha, ciruelas Stroganoff, pan con queso tostado a la holandesa, rábanos a caballo, tartas flambeadas de agujas de pícea y muchas otras delicias. 

La tía Glosspan aseguraba que jamás había probado platos tan ricos, y por la mañana, mucho antes de la hora de comer, salía al porche y se sentaba en su mecedora a pensar sobre la próxima comida, relamiéndose y aspirando los aromas que salían por la ventana de la cocina.

—¿Qué vas a hacer hoy, chico? —gritaba.
—A ver si lo adivinas, tía Glosspan.

—A mí me huele un poco a buñuelos de salsifí —decía, aspirando con fuerza.

Y entonces salía aquel niño de diez años con una sonrisa triunfal y una cacerola grande y humeante de un estofado delicioso hecho enteramente con chirivías e hierbas.

—¿Sabes lo que deberías hacer? —le dijo su tía mientras devoraba el estofado—. Coger papel y lápiz y escribir un libro de cocina.

El niño la miró desde el otro extremo de la mesa masticando lentamente chirivías.

—¿Por qué no? —exclamó la anciana—. Te he enseñado a escribir y a guisar, y lo único que tienes que hacer es juntar las dos cosas. Escribe un libro de cocina y te harás famoso en el mundo entero.

—Muy bien —dijo el niño—. Lo haré.

Y aquel mismo día Lexington empezó a escribir la primera página de una obra monumental que habría de ocuparle el resto de su vida. Lo tituló Comer bien y sanamente.

Siete años más tarde, cuando tenía diecisiete, había recogido unas nueve mil recetas, todas originales, todas deliciosas.

Pero su tarea quedó interrumpida bruscamente por la trágica muerte de la tía Glosspan. Una noche sufrió un fuerte ataque y Lexington, que se había precipitado a su dormitorio para ver por qué hacía tanto ruido, se la encontró en la cama aullando y maldiciendo, el cuerpo encogido, formando complicados nudos. 

Era una visión espantosa, y el agitado joven saltaba de un lado a otro en pijama, retorciéndose las manos sin saber qué hacer. Finalmente fue a la charca del prado de las vacas a sacar un cubo de agua y se lo echó por la cabeza con la idea de calmarla, pero solo sirvió para intensificar la excitación de la anciana, que expiró en menos de una hora.

—Esto es terrible —se dijo el pobre chico, tras pellizcarla varias veces para asegurarse de que estaba muerta—. ¡Y ha sido tan rápido, y así, de repente! Si hace solo unas horas parecía estar estupendamente y hasta se sirvió tres buenos platos de mi último invento, hamburguesas de setas a la diabla, y me dijo que estaba riquísimo...

Después de sollozar con amargura durante varios minutos, pues quería mucho a su tía, se rehízo, la sacó de la casa y la enterró detrás del establo.

Al día siguiente, mientras arreglaba las cosas de la anciana, se topó con un sobre dirigido a él con la caligrafía de la tía Glosspan. Lo abrió y sacó dos billetes de cincuenta dólares y una carta:

«Querido muchacho —decía la carta—: sé que no has bajado de la montaña desde que tenías trece días de edad; pero en cuanto yo muera tienes que ponerte un par de zapatos, una camisa limpia, bajar al pueblo e ir a ver al médico. Pídele un certificado de defunción que demuestre que he muerto y llévaselo a mi abogado, un hombre llamado Samuel Zuckermann, que vive en Nueva York y tiene una copia de mi testamento. El señor Zuckermann lo solucionará todo. El dinero de este sobre es para pagar al médico por el certificado y para el viaje a Nueva York. El señor Zuckermann te dará más dinero cuando llegues allí, y es mi deseo que lo uses para ampliar tus investigaciones sobre temas culinarios y vegetarianos, y que sigas trabajando en ese gran libro hasta que esté acabado en todos los aspectos y te sientas satisfecho de él. Tu tía, que te quiere, Glosspan.»

Lexington, que siempre había hecho lo que le ordenaba su tía, se guardó el dinero, se puso unos zapatos y una camisa limpia y bajó al pueblo, donde vivía el médico.

—¿La vieja Glosspan? —dijo el médico—. ¡Dios mío! ¿Ha muerto?
—Sí, ha muerto —replicó el joven—. Si viene usted a casa conmigo, la desenterraré y podrá comprobarlo usted mismo.

—¿A qué profundidad la has enterrado? —preguntó el médico.
—Yo diría que a un metro y medio o dos.

—¿Cuánto tiempo hace de eso?
—Unas ocho horas.

—Entonces, está muerta —declaró el médico—. Aquí tienes el certificado.


VI

Tenemos a nuestro héroe camino de Nueva York para ver a Samuel Zuckermann. Viajó a pie y durmió junto a los setos, alimentándose de moras y hierbas silvestres, y tardó dieciséis días en llegar a la gran ciudad.

—¡Qué sitio tan fantástico! —exclamó, mirando a su alrededor en la esquina de la calle Cincuenta y siete con la Quinta Avenida—. No hay gallinas ni vacas por ningún lado, y las mujeres no se parecen en lo más mínimo a tía Glosspan.

En cuanto a don Samuel Zuckermann, no se parecía a ninguna persona que Lexington hubiera visto hasta entonces. Era un hombre pequeño y engreído, de mejillas lívidas y una gran nariz de color magenta, y cuando sonreía, en ciertos puntos del interior de su boca lanzaban destellos unos trocitos de oro de una forma prodigiosa. En su lujoso despacho estrechó cálidamente la mano de Lexington y le felicitó por la muerte de su tía.

—Supongo que sabrá usted que su querida tutora era una mujer con una fortuna considerable.
—¿Se refiere a las vacas y las gallinas?

—Me refiero a medio millón de billetes.
—¿Cuánto?

—Medio millón de dólares, muchacho, y se lo ha dejado todo a usted.

El señor Zuckermann se echó hacia atrás en su silla y cruzó las manos sobre su amplia barriga. Al mismo tiempo introdujo a escondidas el dedo índice de la mano derecha entre el chaleco y la camisa para rascarse la piel en torno a la circunferencia del ombligo: su ejercicio favorito, que le producía un extraño placer.

—Naturalmente, tendré que descontar el cincuenta por ciento por mis servicios —añadió—; pero aun así le quedan a usted doscientos cincuenta billetes de mil.

—¡Soy rico! —exclamó Lexington—. ¡Es fantástico! ¿Cuándo puedo recoger el dinero?

—Bueno —dijo el señor Zuckermann—, tiene usted la suerte de que mantengo unas relaciones bastante cordiales con los recaudadores de impuestos de por aquí, y confío en que podré convencerlos de que renuncien a todos los impuestos atrasados y derechos mortuorios.

—Es usted muy amable —murmuró Lexington.
—Naturalmente, tendré que darle a algunas personas un pequeño honorario.

—Lo que usted diga, señor Zuckermann.
—Pienso que con cien mil será suficiente.

—Por Dios, ¿no le parece un poco excesivo?
—Jamás se debe dar una propina pequeña a un inspector de impuestos ni a un policía —dijo el señor Zuckermann—. Recuérdelo.

—Pero, entonces, ¿cuánto me queda a mí? —preguntó el joven con timidez.
—Ciento cincuenta mil. Pero de eso tiene que restar los gastos del funeral.

—¿Gastos del funeral?
—Tiene usted que pagar a la funeraria, ¿o es que no lo sabía?

—Pero, señor Zuckermann, si la enterré yo mismo detrás del establo.
—No lo pongo en duda —replicó el abogado—. ¿Y qué?

—Pues que no ha intervenido ninguna funeraria.
—Escuche —dijo el señor Zuckermann pacientemente—. Puede que usted lo ignore, pero en este Estado hay una ley que dice que el beneficiario de un testamento no recibirá un solo céntimo de su herencia hasta que haya pagado a la funeraria.

—¿Quiere decir que eso es una ley?
—Claro que sí, y además muy buena. Una de nuestras grandes instituciones nacionales es la funeraria, y hay que protegerla a toda costa.

El señor Zuckermann, junto con un grupo de médicos de gran conciencia cívica, era propietario de una empresa que poseía una cadena de nueve lujosas funerarias en la ciudad, por no mencionar una fábrica de ataúdes en Brooklyn y una escuela de embalsamadores para posgraduados en Washington Heights. Por tanto, la celebración de la muerte era, a sus ojos, un asunto profundamente religioso. La verdad es que le conmovía tremendamente; podría decirse que casi tanto como la Navidad conmueve a los tenderos.

—No tenía usted derecho a enterrar a su tía así —dijo—. Ningún derecho.
—Lo siento, señor Zuckermann.

—Es algo completamente subversivo.
—Haré lo que usted diga, señor Zuckermann. Lo único que quiero saber es cuánto me darán al final, cuando haya pagado todo.

Se hizo el silencio. El señor Zuckermann suspiró, frunció el ceño y continuó sobándose con el dedo el borde del ombligo a escondidas.

—¿Digamos quince mil? —sugirió, haciendo relampaguear una gran sonrisa de oro—. Es una bonita cifra, en números redondos.

—¿Puedo llevármelo esta misma tarde?
—No veo por qué no.

El señor Zuckermann llamó al cajero jefe y le dijo que le diera a Lexington quince mil dólares del fondo dedicado a gastos menores y que este a su vez firmase un recibo. El joven, encantado de recibir por fin algo, cogió el dinero agradecido y lo metió en su mochila. Después estrechó calurosamente la mano del señor Zuckermann, le dio las gracias por su ayuda y salió del despacho.

—¡El mundo es mío! —exclamó nuestro héroe al llegar a la calle—. Tengo quince mil dólares para vivir hasta que se publique mi libro, y después tendré mucho más.

Se quedó allí parado, sin saber muy bien hacia dónde ir. Torció a la izquierda y empezó a pasear despacio calle abajo, contemplando la ciudad.

—Qué olor tan asqueroso —se dijo, olfateando el aire—. Es insoportable.

Sus delicados nervios olfativos, adiestrados para percibir únicamente los deliciosos aromas culinarios, se sentían torturados por el hedor de los gases de gasolina que despedían los autobuses.

—Tengo que marcharme de aquí antes de que se me destroce la nariz —se dijo—. Pero antes habrá que comer algo. Estoy desfallecido.

El pobre chico no había tomado más que hierbas y bayas silvestres durante las dos últimas semanas, y su estómago clamaba por una comida sólida. Me apetecería una chuleta de maíz, se dijo, o unos buñuelos de salsifí bien jugosos.

Cruzó la calle y entró en un pequeño restaurante. Hacía calorcito y estaba oscuro y silencioso. Aparte de él, el único cliente era un hombre con un sombrero marrón que estaba absorto, inclinado sobre su comida y no levantó la mirada cuando entró Lexington.

Nuestro héroe se acomodó en la mesa del rincón y colgó la mochila detrás de la silla. Esto va a ser muy interesante, se dijo. En mis diecisiete años de vida solo he probado los guisos de dos personas: los de tía Glosspan y los míos, a menos que cuente a McPottle, la niñera, que debió calentarme el biberón unas cuantas veces cuando era pequeñito. Ahora estoy a punto de probar el arte de un cocinero nuevo, y con un poco de suerte recogeré alguna idea útil para mi libro.

Un camarero salió de las sombras, se acercó a Lexington y se detuvo junto a su mesa.

—¿Cómo está usted? —preguntó Lexington—. Quisiera una chuleta de maíz grande, por favor. Pásela veinticinco segundos por cada lado, en una cazuela muy caliente con crema agria, y espolvoree unas hierbas aromáticas antes de servirla, a no ser que el cocinero jefe conozca un método más original, en cuyo caso lo probaré con mucho gusto.

El camarero ladeó la cabeza y miró detenidamente a su cliente.

—¿Quiere usted puerco asado con col? Es lo único que nos queda. 

—¿Asado de qué?

El camarero sacó del bolsillo de su pantalón un pañuelo bastante repugnante, lo desplegó con brusco molinete, como si restallase un látigo, y se sonó la nariz, produciendo un fuerte ruido de líquido.

—¿Lo quiere o no? —volvió a preguntar, secándose las narices.

—No tengo ni la más remota idea de lo que es —contestó Lexington—, pero me encantaría probarlo. Es que estoy escribiendo un libro de cocina, sabe usted, y yo...

—¡Una de puerco con col! —gritó el camarero, y desde la trastienda del restaurante, allá lejos en la oscuridad, le respondió una voz.

El camarero desapareció. Lexington cogió de la mochila su tenedor y su cuchillo, regalo de la tía Glosspan cuando tenía seis años. Eran de plata maciza, y desde que se los regaló no había usado otros instrumentos para comer. Mientras esperaba a que llegase la comida se dedicó a abrillantarlos cariñosamente con un trozo de muselina.

El camarero volvió al poco tiempo con un plato en el que se veía una gruesa tajada blanco-grisácea de una sustancia caliente. Lexington se inclinó hacia adelante, ansioso por olfatearlo en cuanto se lo sirvieran. Se le habían dilatado las aletas de la nariz para recibir el aroma, y le temblaban.

—¡Pero esto es una auténtica maravilla! —exclamó—. ¡Qué aroma! ¡Es fantástico!

El camarero retrocedió un paso, observando con curiosidad a su cliente.

—¡En mi vida había olido una cosa tan deliciosa! —exclamó nuestro héroe al tiempo que empuñaba el cuchillo y el tenedor—. ¿De qué está hecho?

El hombre del sombrero marrón se le quedó mirando y después volvió a concentrarse en su comida. El camarero se retiraba hacia la cocina.

Lexington cortó un trocito de carne, la empaló en el tenedor de plata y se lo acercó a la nariz para olfatearlo una vez más. A continuación se lo metió en la boca y empezó a masticarlo despacio, los ojos entrecerrados y el cuerpo en tensión.

—¡Es fantástico! —exclamó—. ¡Es un sabor completamente nuevo! ¡Ay, Glosspan, mi querida tía, cuánto me gustaría que estuvieses aquí conmigo para probar este plato tan extraordinario! ¡Camarero, venga inmediatamente! ¡Tengo que hablar con usted!

El asombrado camarero le observaba desde el otro extremo del comedor y no parecía muy dispuesto a aproximarse.

—Si viene a hablar conmigo, le haré un regalo —dijo Lexington, agitando un billete de cien dólares—. Venga usted, por favor.

El camarero volvió a la mesa con precaución, agarró el dinero y se lo acercó a la cara, mirándolo desde todos los ángulos. Después lo deslizó rápidamente en su bolsillo.

—¿Qué puedo hacer por usted, amigo mío? —preguntó.

—Verá —dijo Lexington—, si usted me dice con qué está hecho este delicioso plato y cómo está preparado exactamente, le daré otros cien.

—Ya se lo he dicho —replicó el hombre—. Es puerco.
—¿Y qué es eso exactamente?

—¿Nunca ha comido puerco asado? —le preguntó el camarero mirándolo fijamente.
—Por lo que más quiera, buen hombre, dígame lo que es y déjese de misterios.

—Pues cerdo —contestó el camarero—. Se mete en el horno y ya está.
—¡Cerdo!

—El puerco es cerdo. ¿Es que no lo sabía?
—¿Quiere decir que esto es carne de cerdo?

—Se lo garantizo.
—Pero..., pero... es imposible —tartamudeó el joven—. La tía Glosspan, que sabía de comida más que nadie, decía que la carne de cualquier clase es asquerosa, repugnante, horrible, nauseabunda y sucia. Y, sin embargo, este trozo que tengo en el plato es lo más exquisito que he probado nunca. ¿Cómo explica usted eso? Estoy seguro de que tía Glosspan no me hubiera dicho que era repugnante si no lo fuera.

—A lo mejor su tía no sabía cocinarlo —dijo el camarero.
—¿Usted cree?

—Es posible. Sobre todo con el cerdo: o se hace muy bien o no hay quien se lo coma.

—¡Eureka! —exclamó Lexington—. ¡Apuesto a que es eso lo que le pasaba, que lo hacía mal! —le ofreció al camarero otro billete de cien dólares—. Lléveme a la cocina —dijo—. Presénteme al genio que ha preparado esta carne.

El camarero llevó a Lexington a la cocina inmediatamente, y allí el joven conoció al cocinero, que era un hombre mayor con una erupción en el cuello.

—Esto le costará otros cien —dijo el camarero. Lexington lo complació de buena gana, pero en esta ocasión dio el dinero al cocinero.

—Mire, he de admitir que me ha dejado muy confundido lo que acaba de decirme el camarero —dijo—. ¿Está usted completamente seguro de que ese plato tan exquisito que he comido estaba preparado con carne de cerdo?

El cocinero alzó la mano derecha y se puso a rascarse la erupción del cuello.

—Bueno —respondió mirando al camarero y haciéndole un astuto guiño—, lo único que puedo decirle es que creo que era carne de cerdo.

—¿Quiere decir que no está seguro?
—Nunca se puede estar seguro.

—Pero ¿qué otra cosa podría ser?
—Pues... —empezó a decir el cocinero muy despacio, mirando aún al camarero— existe la posibilidad de que fuera un pedazo de carne humana.

—¿Quiere decir de hombre?
—Sí.

—¡Dios mío!
—O de mujer. Cualquiera de las dos cosas, porque saben igual.

—Me deja usted sorprendido —replicó el joven.
—Nunca te acostarás sin saber una cosa más.

—Desde luego.
—De hecho, últimamente el carnicero nos manda mucha carne de esta en lugar de cerdo —añadió el cocinero.

—¿En serio?
—El problema es que casi no se puede distinguir una de la otra. Son las dos muy buenas.

—El trozo que acabo de comer era sencillamente extraordinario.
—Me alegro de que le haya gustado —dijo el cocinero—, pero si quiere que le sea sincero, creo que era cerdo. Vamos, estoy casi seguro.

—¿Completamente seguro?
—Pues sí.

—En ese caso habrá que pensar que tiene usted razón —dijo Lexington—. Así que, por favor, dígame —y aquí tiene otros cien dólares por la molestia—, explíqueme cómo lo ha preparado exactamente.

El cocinero, tras guardarse el dinero, inició una descripción colorista de cómo usar una tajada de cerdo, mientras el joven, que no deseaba perderse una sola palabra de tan gran receta, se sentó a la mesa de la cocina y apuntó todos los detalles en su cuaderno.

Cuando el hombre terminó, le preguntó:
—¿Eso es todo?

—Efectivamente.
—Tiene que haber algo más.

—Para empezar, hay que contar con una buena pieza de carne —añadió el cocinero—. En eso consiste la mitad del secreto. Tiene que ser un buen cerdo, y tiene que estar bien despiezado, porque si no queda asqueroso por muy bien que se cocine.

—Enséñeme a hacerlo —dijo Lexington—. Despiéceme uno ahora para que aprenda.

—En la cocina no matamos cerdos —dijo el cocinero—. Lo que usted acaba de comer nos ha llegado de un matadero del Bronx.

—¡Pues deme la dirección!

El cocinero le dio la dirección, y nuestro héroe, tras deshacerse en agradecimientos por su amabilidad, se precipitó a la calle, cogió un taxi y se dirigió al Bronx.

VII

El matadero era un edificio grande de ladrillo, de cuatro pisos, y a su alrededor había un olor dulzón y fuerte, como de almizcle. En la verja se veía un gran cartel que decía: SE ADMITE LA ENTRADA DE VISITANTES A CUALQUIER HORA. Animado por él, Lexington atravesó la verja y entró en el patio empedrado que rodeaba el edificio.

Siguió una serie de señales (LAS VISITAS CON GUÍA POR AQUÍ) y finalmente llegó a un cobertizo de hierro ondulado que se encontraba muy lejos del edificio principal (SALA DE ESPERA PARA VISITANTES). Entró tras llamar educadamente a la puerta.

En la sala de espera había seis personas delante de él. Había una señora gorda con sus dos hijos, de unos nueve y once años, una pareja joven de ojos brillantes que parecían estar en plena luna de miel y una mujer pálida con largos guantes blancos sentada muy erguida y que miraba al frente, con las manos cruzadas en el regazo. Nadie hablaba. 

Lexington pensó si estarían todos escribiendo libros de cocina, como él, pero cuando se lo preguntó no le contestó nadie. Los adultos se limitaron a sonreír misteriosa y disimuladamente y negaron con la cabeza, y los dos niños se le quedaron mirando como si se tratara de un loco.


Pronto se abrió la puerta y un hombre de cara sonrosada y alegre asomó la cabeza y dijo:
—El siguiente, por favor.

La madre y los dos chicos se levantaron y salieron. Al cabo de unos diez minutos volvió el mismo hombre y repitió: «El siguiente, por favor», y la pareja en luna de miel se puso de pie de un salto y lo siguió afuera.

Entraron dos nuevos visitantes y se sentaron. Eran un hombre de mediana edad y su mujer, también de mediana edad, que llevaba una cesta de mimbre con comida.

—El siguiente, por favor —dijo el guía, y la mujer de los largos guantes blancos se levantó y se fue.

Entraron algunas personas más y tomaron asiento en las sillas de madera de respaldo recto.

El guía regresó por tercera vez al cabo de poco tiempo, y en esta ocasión era el turno de Lexington.

—Sígame, por favor —le dijo el guía, cruzando el patio delante del joven para dirigirse al edificio principal.

—¡Qué interesante es esto! —exclamó Lexington, saltando sobre un pie y luego sobre el otro—. Ojalá estuviese conmigo mi querida tía Glosspan y viese lo que voy a ver yo.

—Yo solo explico los preliminares —dijo el guía—. Después le pondré en manos de otra persona.

—Lo que usted quiera —replicó el joven, fascinado.

En primer lugar visitaron una zona amplia rodeada por una valla en la puerta trasera del edificio, donde holgazaneaban varios cientos de cerdos.

—Aquí es donde empiezan —explicó el guía—, y por allí entran.
—¿Dónde?

—Por allí —el guía señaló un cobertizo alargado de madera que se alzaba junto al muro exterior de la fábrica—. Lo llamamos el corral de encadenado. Por aquí, por favor.

Tres hombres con altas botas de caucho conducían una docena de cerdos al corral de encadenado en el momento en que se acercaban Lexington y el guía, así que entraron todos juntos.

—Mire cómo los amarran —dijo el guía.

Por dentro, el cobertizo era simplemente una habitación desnuda de madera sin techo, pero había un cable de acero con ganchos que se movía lentamente por una pared, paralelo al suelo, a menos de un metro de altura. Cuando llegaba al extremo del cobertizo el cable cambiaba bruscamente de dirección y trepaba verticalmente, atravesando el techo abierto, hacia el piso superior del edificio principal.

Los doce cerdos estaban amontonados en el extremo del cobertizo, sin moverse, con expresión de miedo. Uno de los hombres con botas de caucho bajó una cadena de metal de la pared y avanzó hacia el animal más cercano, por detrás. Se agachó y colocó con rapidez un extremo de la cadena en torno a una de las patas traseras del animal. Ató el otro extremo a un gancho del cable móvil cuando lo tuvo al alcance de la mano. 

El cable siguió moviéndose y la cadena se tensó. La pata del cerdo recibió un tirón hacia atrás y hacia arriba y luego el animal empezó a retroceder, arrastrándose, pero no se cayó. Era un cerdo bastante ágil y logró mantener el equilibrio sobre tres patas, saltando con una sola y luchando contra la cadena que tiraba de él, pero fue retrocediendo más y más hasta que al llegar al final del cobertizo, donde el cable cambiaba de dirección y subía, la pobre bestia perdió pie bruscamente y quedó colgando. El aire se llenó de chillidos de protesta.


—Es un proceso realmente fascinante —dijo Lexington—, pero ¿qué era ese ruido raro, ese chasquido que se oyó en el momento en que subía el cerdo?

—Probablemente, la pata —contestó el guía—. O la pelvis.
—¿Y eso no importa?

—¿Por qué iba a importar? —replicó el guía—. Los huesos no se comen.

Los hombres con botas de caucho no paraban de encadenar cerdos; los colgaban uno tras otro y los hacían pasar por el techo entre fuertes gruñidos de protesta.

—Esta receta no consiste solamente en recoger hierbas sin más —dijo Lexington—. La tía Glosspan jamás hubiera hecho una cosa así.

En ese momento, mientras Lexington miraba el último cerdo que subía hacia el techo, un hombre con botas de caucho se le acercó con precaución por detrás y ató un extremo de la cadena en torno al tobillo del muchacho, colgando el otro extremo del cinturón móvil. 

Al momento siguiente, sin que le diera tiempo a darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, nuestro héroe perdió el equilibrio y se vio arrastrado hacia atrás por el piso de cemento del corral de encadenado.


—¡Paren! —gritó—. ¡Deténganlo todo! ¡Se me ha enganchado una pierna!

Pero al parecer no le oyó nadie, y cinco segundos más tarde el infeliz joven fue arrancado del suelo y arrastrado hacia arriba. Pasó por el tejado abierto del corral, colgando cabeza abajo, agarrado por un tobillo y culebreando como un pez.

—¡Socorro! —gritó—. ¡Socorro! ¡Ha habido una terrible equivocación! ¡Paren las máquinas! ¡Déjenme bajar!

El guía se quitó el puro de la boca y miró serenamente hacia arriba, al joven que ascendía rápidamente, pero no dijo nada. Los hombres de las botas de caucho ya habían salido a recoger el siguiente grupo de cerdos.

—¡Sálveme! —chilló nuestro héroe—. ¡Déjeme bajar! ¡Por favor, déjeme bajar!

Pero ya se acercaba al piso superior del edificio, y allí el cinturón móvil se retorció como una serpiente y entró por un gran agujero de la pared, una especie de portal sin puerta; y en el umbral, esperando para recibirlo, cubierto con un delantal de caucho amarillo con manchas oscuras y contemplando el mundo como San Pedro a las puertas del cielo, estaba el matarife.

Lexington le vio del revés y solo breves segundos, pero aun así observó inmediatamente la expresión de paz y benevolencia en el rostro de aquel hombre, el alegre brillo de sus ojos, la sonrisilla melancólica, los hoyuelos de las mejillas... y todo aquello le hizo concebir esperanzas.

—¿Qué tal? —le preguntó el matarife sonriendo.
—¡Rápido! ¡Sálveme! —gritó nuestro héroe.

—Con mucho gusto —replicó el matarife y, cogiendo delicadamente a Lexington por una oreja con la mano izquierda, alzó la derecha y con suma habilidad le abrió la yugular con un cuchillo.

El cinturón continuó moviéndose y Lexington con él. Todo seguía del revés, y la sangre que le salía del cuello se le metía en los ojos, pero aun veía un poco y tuvo la borrosa impresión de encontrarse en una habitación enorme y alargada, en cuyo extremo había una gran caldera de agua humeante y a su alrededor unas oscuras siluetas, medio ocultas por el vapor, que bailaban blandiendo largas varas. 

Le pareció que la cinta transportadora pasaba justo por encima del caldero y que los cerdos caían uno tras otro al agua hirviendo, y que uno de ellos llevaba unos largos guantes blancos en las patas delanteras.


De repente nuestro héroe empezó a sentir mucho sueño, pero hasta que su fuerte corazón no hubo bombeado la última gota de sangre no pasó de este mundo, el mejor de todos los mundos posibles, al otro.

El zapato maravilloso (travesura) - Marcus Aguinis

    Aprieta su carita contra los barrotes fríos del balcón. No consigue pasar la cabeza, pero logra ver el asfalto azul, seis pisos abajo. En el centro de la calle, solo, brilloso, está su zapatito derecho. Lo anduvo buscando en cajones, bajo las camas, en la heladera, en los bolsos de mamá. ¿Cómo fue a parar allí? No recuerda haberlo arrojado. Tampoco fue su hermanito: tiene apenas cuatro meses y no sale de la cuna. 
 
    En su casa no hay gatos ni perros, aunque hace tiempo que los pide con lágrimas y sonrisas al inflexible papá (es mamá la que no los quiere; dice que ensucian todo, pero la que ensucia es ella, basta con mirar la cocina).

La punta del zapato enfrenta a los vehículos. Se le arrojan encima con apuro, como bólidos. Pero no lo destruyen. A lo sumo agitan sus cordones como si fueran cabellos.

Ricardito permanece encantado en su atalaya. No hubiera sospechado que el zapato goza de poderes. Es nuevo, se lo compraron con urgencia antes de su reciente cumpleaños. 

Venía oyendo repetir a mamá que necesita zapatos, pero pasaban los días sin que trajera la anunciada caja. No entendía para qué hablaba tanto del asunto: cuando él deseaba una golosina, le bastaba agenciarse unas monedas y bajar al quiosco. Mamá no tenía más que ir a la zapatería.

Es evidente que le gustaba quejarse sin motivo. Antes del cumpleaños corrió como una loca. Y además de cursar las invitaciones y preparar la torta y comprar las bebidas y colgar banderitas e inflar los globos, tuvo que salir a buscar zapatos. 

Si le hubiera hecho caso a él, los zapatos ya habrían estado en casa mucho antes. ¡Y también destrozados!, replicó ella. Se los trajo a último momento para que lucieran nuevos, no porque le faltara tiempo. ¡Ufa, qué complicada es mamá!

Hermoso el zapatito derecho. Ahora lo ve hermoso. Brilla sobre el asfalto más que su par izquierdo, tranquilo en la caja, indiferente, vulgar. Este zapatito derecho le recuerda al Súper ratón. Se ríe de las moles que amenazan aplastarlo. No se mueve de su sitio, ni se bambolea con las ráfagas violentas, ni siquiera se molesta en enderezar la punta un poco desviada hacia los edificios de enfrente. 

Los gigantes braman, rabiosos. Ahora vienen de a cuatro juntos, rozándose los costados. Forman un ejército interminable. El semáforo de la esquina los detiene cada tres minutos. Entonces el valiente zapatito respira en medio de la planicie asfáltica. Como un luchador insigne, que no reclama ayuda, sino que espera con regodeo a sus enemigos. Y los enemigos se vuelven a abalanzar en tropel fragoroso. Pero no logran despedazarlo. Este lugar es mío, yo lo conquisté.

Ricardito se quedaría horas gozando la aventura.

Pero su madre lo llama. En ese momento el semáforo frena la jauría. Pronto se repetirá la lucha y el pequeño deberá soportar la arremetida de los monstruos. Su madre sigue llamando. Luz verde: ¡los monstruos arrancan! Hay uno más pequeño, amarillento, que se mete entre los cuatro. Su rueda izquierda le pasará exactamente por encima. Será inevitable el accidente. Mamá ya profiere gritos. Pasa el amarillento en línea recta. Detrás siguen los otros, blancos, rojos, azules, negros. Aún no puede distinguir la calzada. Es un río de elefantes mecánicos. Más largo que nunca. Su madre le sacude el hombro. El semáforo no cambia de color. Su madre lo quiere arrancar de los barrotes. Ricardito no se suelta. Y profiere una exclamación de júbilo. ¡Está intacto!: sólo le desviaron la puntera. ¡Es el vencedor! Su madre también lo reconoce. Pero no se alegra. Le aplica un tirón de pelos a Ricardito: ¡por qué lo arrojaste a la calle! Está furiosa, no entiende nada Y corre a buscarlo. En un instante llega al cordón de la vereda. Se la nota impaciente, la nueva correntada de vehículos le impide acercarse, se retuerce los dedos, está segura que lo arruinarán, adiós dinero; la pobre ignora sus poderes mágicos. El semáforo concede un respiro. Lo levanta, lo examina por arriba y por abajo, asombrada, y aparece tras Ricardito con mejor semblante.

Después de comer, mientras ella lava la vajilla y papá lee el diario, se esconde con el zapato en el placard. Deja unos centímetros de abertura para que penetre una raya de luz. El placard es muy confortable. El aroma de vestidos, frazadas, sábanas, le resulta embriagador. Apoya sus pies sobre un montículo de blusas y su espalda contra los abrigos colgantes. 

En la penumbra no hay demasiado orden. Mejor. Acaricia el empeine del zapatito mágico. Lo felicita. No tiene un solo raspón. Aquí, en la punta, deben estar sus ojos invisibles. Con ellos miraba y desafiaba el aluvión de autos. Y de cada uno de los agujeros por donde pasa el cordón emergían sus puñitos de acero, con los que lograba apartar las ruedas asesinas. 

Contempla sus propios puños y los supone idénticos a los del zapatito. Cuando el auto amarillento se le fue directamente encima, pudo ser que el zapatito se hubiera abierto como una alfombra y después hubiera recuperado su forma primitiva. Tiene muchas maneras de hacer la guerra. Puede agrandarse de golpe. Agrandarse mucho, mucho, de manera que los monstruos, en lugar de aplastarlo, se encuentren corriendo dentro de su panza, como bichitos insignificantes.

¡Zas! su hermanito empieza a llorar. Tiene hambre y está aburrido. Iría a consolarlo, pero se lo prohibieron. Le mostraría su zapatito maravilloso. Quizá entienda más que sus padres. Cuando vinieron sus amigos para el cumpleaños, presentó al bebé con orgullo; la mayoría lo contempló de lejos, con cierto temor; algunos apoyaron sus manos en el borde de la cuna preguntando cómo se llama, qué come, si habla y otras tonterías; y hubo también uno bastante atrevido que le acercó el dedo a la boca. El hermanito se divertía, pero mamá, “para que no molestara”, lo encerró en el dormitorio. El pobre se perdió el espectáculo de títeres además de la torta con velitas.

El bebé pesa más que el zapato. Pero Ricardito lo puede sacar de la cuna y volverlo a poner. No obstante, cada vez que lo intenta, mamá y papá vienen corriendo con la mano en el corazón. Una vez casi se le cae a mamá del cambiador blanco y Ricardito ni la retó, ni le tiró de las mechas, ni le prohibió que lo siguiera cambiando. Tampoco le dejan darle el biberón: dicen que se ahoga. Sin embargo, también se ahoga cuando lo sostiene papá y ni hablar cuando es la vecina del octavo piso.

Se acordaron del pequeño prisionero cuando papá tuvo listo el aparato de fotografías. Le mojaron la boca con agua azucarada, lo movieron de aquí para allá y por último consiguieron tranquilizarlo con un chupete embebido en miel. Pero papá se empeñaba en sacarle una instantánea sin chupete. No había caso: o el chupete o los berridos. Está bien —terminó por rendirse—: encajale el tapón y que se calle. Ricardito pidió una foto teniéndolo en brazos, sin éxito. Lo recluyeron nuevamente en el dormitorio.

Terminaba el cumpleaños. Quedaban cinco chicos. Papá y mamá acompañaron a los padres de Miguel hasta la calle. Se entretuvieron largo rato contándose las peripecias del último veraneo. Al regresar, en el ascensor coincidieron sobre el éxito de la fiestita: concurrieron muchos niños y les costó relativamente poco; lo más caro fue la animadora, que accedió a cobrarles la mitad por ser amiga de tía Justa. Se sentían cansados y con ganas de dormir. Pronto vendrían a buscar a los niños restantes.

De súbito les chocó el extraño silencio. Los cinco chicos permanecían alineados en el living, de frente al largo sofá. Estallaron risas y aplausos cuando apareció el títere, detrás del respaldo que servía de referencia escénica. Mamá casi se desmaya. 

Ricardito movía el títere para arriba y para abajo, izquierda y derecha. La redonda cabecita del muñeco sonreía con inédita felicidad. Y parecía hablarle a la audiencia. Sus ojitos brillaban. Sus bracitos algo flexionados y rígidos parecían dispuestos a cumplir con las amenazas que profería la voz en falsete. 

Papá se abalanzó hacia el sofá, tropezó con varios cuerpos y se lo arrancó a Ricardito. El muñeco, tras un instante de perplejidad, se asustó y rompió a llorar. La madre, aún pálida, se apresuró a meterle el chupete y, recibiéndolo de papá, lo estrechó contra su pecho con exageradas e inoportunas muestras de cariño. 

Encima de arruinarle la actuación, lo hicieron aparecer como un supermimado. Papá dio un manotazo contra Ricardito, que salió corriendo. Desde entonces ya no le permiten jugar en ningún momento y bajo ninguna forma con el bebé.

Ahora tiene un zapato maravilloso. En cuanto mamá se distraiga en el lavadero, sentará a su hermanito sobre el brillante empeine. El zapato crecerá hasta convertirse en un bote. Y saldrá volando. ¡Qué contento se sentirá el pobre, que se la pasa encerrado en su cuna celeste! Verá los techos, y la parte superior de los árboles. Se cruzará con algunos pájaros. Desde arriba todo es distinto. 

Lo comprobó en el Italpark, cuando lo llevaron a dar una vuelta en la rueda gigante. Al principio tuvo miedo y se agarró tan fuerte de la baranda que sus nudillos se pusieron blancos como la miga, pero a la segunda vuelta ya se soltó y pudo regocijarse con el colorido mundo, que pululaba a sus pies. Su hermanito se lo agradecerá cuando pueda hablar.

En este momento lo están llamando a gritos otra vez. Insisten que se bañe todas las noches. Pero a Ricardito no le gusta el primer contacto con el agua. Es cierto que después se acostumbra y se divierte, tardando en salir. Entonces protestan porque se baña demasiado. 

Una vez armaron un escándalo porque se bañaba a oscuras. Como si el agua necesitara de la luz para limpiar la mugre. Simplemente se había olvidado de encenderla, o no tuvo ganas de hacerlo, y como la bañera ya tenía suficiente agua, cerró la puerta y se zambulló. Estaba encantado. Chapoteaba que daba gusto. Se sentía en un lago. No divisaba la costa. Algunas gotas prendían lucecitas. Así debía ser el mar. Nadando un poco llegaría a la isla donde crecen bananas silvestres. Le pareció distinguir una montaña. Nadaba y cantaba. Algunos peces dibujaban anillos alrededor de sus piernas y brazos. Le faltaba poco para llegar. Ya tocaba la arena del fondo. Qué delicia... En eso estalla un fogonazo que lo ciega. Espanta el lago, los peces brillantes, la isla. Un toallón cae sobre su cabeza y mamá lo arranca con reproches sin sentido.

Nuevo conflicto: su madre no acepta que duerma con el zapato mágico. Si fueras mujer —explica— tendrías una muñeca, pero ¡un zapato sobre la almohada!... Papá propone cambiarlo por el astronauta, soñarás con un lindo viaje; el zapato es sucio, nadie duerme con un zapato al lado de la cara. 

Ricardito no cede: aprieta con energía al pequeño objeto. La madre suspira: veo que te has arrepentido, casi lo perdés; no se te ocurra tirarlo de nuevo por el balcón. Ricardito piensa que no vale la pena insistir que él no lo tiró, que no es un zapato vulgar sino maravilloso, y lo acomoda en el suelo, junto a la cama. Sus padres se alejan gratificados y tan ignorantes como vinieron.

Después de varios días consigue llevar a cabo su audaz plan aéreo. Mamá lo controla como nunca. Y cuando ella sale, baja la insoportable vecina del octavo. Su hermanito no da más de aburrimiento: come, duerme y llora. Con el llanto le dice a Ricardito que se apure, por favor, para hacerlo volar en el zapato maravilloso por sobre las terrazas y los árboles.

Se presenta la ansiada ocasión. Mamá tiende ropa aprovechando la espléndida mañana. La vecina del octavo está enferma; enhorabuena. Corre al dormitorio y saca a su hermanito de la cuna. Pesa más que la última vez. No importa. Lo acuesta sobre el zapato mágico. Pero algo lo asusta y empieza a llorar. Cuando reingresa la madre ha conseguido, felizmente, depositarlo en su sitio y simula ofrecerle el chupete. 

Ricardito piensa que el bebé tiene razón: el zapato no puede transformarse en bote dentro del cuarto y salir volando por la estrecha ventana. Sus grandiosos poderes se manifiestan al aire libre, en plena calle, sobre la hermosa cancha de asfalto. Allí colocará la maravilla y a su hermanito encima. Los autos se asombrarán cuando se convierta en bote y alce vuelo en el mismo instante que el semáforo marque verde.

Introduce el objeto prodigioso en su bolsillo para conservar las manos libres. Carga a su hermanito y llama el ascensor. No llora, sus ojitos redondos tienen el mismo júbilo que cuando actuaba de títere. Seguramente imagina su fabuloso viaje entre los gorriones. Ningún enemigo cierra el paso, mamá sigue en el lavadero. Llegan a la vereda. 

El semáforo detiene a los monstruos rugientes. Hay que proceder rápido. Se lanza a la calle, descarga el bebé, acomoda el zapato, sube al bebé sobre el zapato. Pronto se transformará en bote y navegará por el aire. Desde el balcón podrá contemplar el espectáculo. Ya no verá la solitaria y breve rayita de cuero, sino el bulto lechoso de su hermanito que empieza a ser rodeado por las confortables paredes del bote volador.

El semáforo suprime el freno y los monstruos arrancan como bólidos. En la primera línea son cuatro. Su zapatito se transformará a tiempo, le alcanzan los poderes para actuar de manera fulminante. Y ante el desconcierto general, iniciará su elevación. Pero no lo hace aún... Las moles se aproximan a la carrera. Braman con rabia. Aunque se lo propusieran, ya no podrían frenar. 

Ricardito confía en su zapato. Sabe que se reserva el efecto espectacular para el último instante. Como en la tele. Se ensanchará de golpe. En el preciso momento en que las ruedas se abalancen sobre su hermanito, dará un brinco a las alturas. Entonces el torrente mecánico y violento pasará sobre la calle limpia de obstáculos.

Ya tocan a su hermanito. ¡Ahora o nunca!... Los autos negros y rojos y azules y cremas siguen corriendo con pareja velocidad. Lanzan gases, los neumáticos queman. El suelo es arrasado por las llamaradas.

Otra vez cambia la luz del semáforo. La calle se vacía. No hay rastros del zapatito mágico ni del bebé. Mira hacia arriba y descubre el luminoso bote sobrevolando majestuosamente la ciudad.

Esa noche, cuando le ordenan que se vaya a dar el baño, tiene ganas de contar el prodigio. Pero mamá, concentrada en preparar el biberón, no entiende estas cosas.

Terrible, cuando piensa uno en ello - Graham Greene

Cuando el niño me miró y guiñó los ojos desde su cesto de mimbre, depositado en el asiento frente al mío y en algún lugar entre Reading y Slough, me sentí incómodo. Era como si hubiera descubierto mi oculto interés.

Es terrible lo poco que cambiamos. Con mucha frecuencia un antiguo conocido, alguien con quien no nos hemos cruzado en cuarenta años, desde que ocupaba un pupitre lleno de cicatrices y manchado de tinta no lejos del nuestro, nos para en la calle con su inoportuna memoria. 

Ya de niños llevamos el futuro en nosotros. La ropa no puede cambiarnos, las ropas son el uniforme de nuestro carácter y nuestro carácter cambia tan poco como la forma de la nariz y la expresión de los ojos.

En los trenes mi afición ha sido siempre descubrir en los rasgos de un niño al hombre futuro, el que frecuenta los bares, el que vagabundea por las calles, el que asiste a bodas elegantes. 

Sólo hay que imaginarlo con la gorra de género o el sombrero de copa gris, el uniforme del triste, alegre o presuntuoso futuro. Pero siempre he sentido cierto desdén por los niños que he estudiado con tan superior sabiduría (ellos apenas lo notan). 

La semana pasada me sobresaltó que una criatura no sólo me pescara en plena observación, sino también que me hiciera ese gesto de entendimiento, como si participara de mi clarividencia respecto al futuro que le estaba destinado.

Su madre lo había dejado solo por unos minutos en el asiento frente al mío. Me había sonreído, con el tácito acuerdo de que cuidaría de su hijo unos instantes. Después de todo, ¿qué podía pasarle a la criatura? (Quizás ella no estuviera tan segura de su sexo como yo. Claro que ella sabía qué ocultaban los pañales, pero las formas engañan: las partes se alteran, se hacen operaciones...) Ella no podía ver lo que yo había visto: el sombrero hongo, el paraguas colgado del brazo. (Aunque no se veía ningún brazo bajo la manta estampada con conejos rosa.)

Cuando me cercioré de que la mujer había salido del vagón, me incliné sobre el cesto y le hice una pregunta. Nunca había ido tan lejos en mis indagaciones.

-¿Qué quieres tomar?
Sus labios produjeron una firme pompa blanca, parda en los bordes. No había la menor duda de su respuesta: «Un vaso de la mejor cerveza».
-Hace mucho que no te veo... ya sabes... en el lugar de siempre.

Sonrió, haciendo estallar la pompa. Después volvió a hacerme un guiño. Sin duda decía: « ¿Otra más?».
A mi vez, hice una pompa. Hablábamos el mismo lenguaje.
Volvió la cabeza ligeramente a un lado. No quería que nadie oyera lo que iba a decirme.
-¿Sabes algún soplo?

Mi pregunta no debe interpretarse mal. Yo no buscaba información sobre las carreras. Desde luego no podía verle el cuerpo bajo la manta con los conejos rosa pero sabía perfectamente bien que llevaba chaleco cruzado y que no tenía nada que ver con las pistas. Su madre podría regresar en cualquier momento, de modo que dije rápidamente:
-Mis corredores de bolsa son Druce, Davis y Burrows.
Me miró con ojos inyectados. En la comisura de los labios empezó a formársele una línea de saliva.
-Oh, ya sé que no son tan buenos. Pero en este momento me recomiendan que compre Grandes Almacenes.

El niño dio un chillido de dolor. Podría creerse que se debía al aire pero yo sabía que no. En su club no servían mejunjes.
-Te advierto que no estoy de acuerdo -dije.
Dejó de quejarse, hizo otra pompa, una resistente pompa que persistió en sus labios.
Entendí en seguida lo que quería decirme.
-Es mi ronda -dije-. ¿Qué te parece si pedimos algo fuerte?
Asintió.
-¿Whisky?
Sé que muy pocos podrán creerme, pero levantó un poco la cabeza y sin lugar fijó la mirada en mi reloj.
-¿Un poco temprano? -dije-. ¿Una ginebra con angostura?

No necesité esperar su respuesta.
-Sírvalas bien grandes -dije al imaginario camarero.
El niño hizo estallar la pompa, de modo que agregué:
-Suprima la angostura.
-Bueno -dije-, aquí tienes. A tu salud.
Sonreímos satisfechos.
-No sé que me aconsejarás -dije-. Pero las acciones de Tabacos están muy bajas. Cuando pienso que las de Imps estaban a 80 a comienzos del treinta y ahora se pueden conseguir a menos de 60... Este miedo al cáncer no puede seguir. La gente tiene derecho a divertirse.

Al oír la palabra «divertirse» volvió a hacerme un guiño, miró cautelosamente alrededor y comprendí que quizás había seguido una pista equivocada. Después de todo, no era del mercado de valores de lo que quería hablar.
-Ayer me contaron uno muy bueno... -dije-. Un hombre sube al metro y ve a una muchacha muy bonita con una media arrugada...
Bostezó y cerró los ojos.
-Lo siento -dije-. Creí que era nuevo. Cuéntame uno tú.

¿Saben ustedes que el condenado estaba dispuesto a complacerme? Pero pertenecía a la escuela de los que se divierten con sus propios chistes y cuando trató de hablar, sólo consiguió reírse. Rió, hizo un guiño, volvió a reírse... Sin duda era un chiste muy bueno. 

Hubiera podido comer fuera de casa durante semanas gracias a su comicidad. Agitó las piernas en el cesto; hasta trató de sacar las manos de la manta con los conejos rosa. Al fin cesó su risa. Casi lo oí decir: «Te lo contaré después, amigo».

La madre abrió la portezuela del compartimiento.
-Ha estado entreteniendo al niño... ¡Qué amable! ¿Le gustan los niños?

Me miró con tal expresión -pequeñas arrugas de ternura en torno a la boca y los ojos- que estuve a punto de contestarle con la cordialidad e hipocresía previsibles, pero me contuvo la mirada implacable del niño.
-Bueno, en realidad no me gustan -dije.
Seguí divagando y perdiendo todas mis oportunidades ante esos ojos azules y cristalinos.
-Es que nunca tuve un hijo... Pero los peces me gustan mucho.

Supongo que, en cierto modo, tuve mi recompensa. El niño produjo toda una serie de pompas. Estaba satisfecho; después de todo, un tipo no se insinúa a la madre de otro tipo sobre todo cuando pertenece al mismo club... Porque de repente supe sin lugar a dudas a qué club pertenecería él dentro de veinticinco años. «Otra ronda para todos; invito yo», decía ahora, evidentemente, el niño. Pero yo esperé que no me quedaran tantos años de vida.