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El otro modelo de Pickman - Caitlín R. Kiernan

Nunca he tenido demasiada afición al cine, prefiero entretenerme con el teatro; siempre me han gustado más los actores en carne y hueso que esos parpadeantes y estridentes fantasmas agigantados y proyectados en las paredes de salas oscuras y llenas de humo, a veinticuatro fotogramas por segundo. 

Nunca he sido capaz de olvidar que el movimiento aparente es tan solo una ilusión óptica, una hábil sucesión de imágenes fijas que pasan por mis ojos a tal velocidad que solo percibo movimiento donde realmente no lo hay. Pero en los meses previos a mi primer encuentro con Vera Endecott, me sentía cada vez más atraído por las salas de cine de Boston, a pesar de esta reticencia tan arraigada en mí.

Había quedado profundamente conmocionado por el suicidio de Thurber, aunque, con la inútil clarividencia del que examina las cosas a toro pasado, no cabe duda de que debería haber tenido la suficiente fortaleza mental para haberlo visto venir. Thurber fue soldado de infantería durante la guerra… La Guerre pour la Civilisation, como solía llamarla. Estuvo en la batalla de Saint-Mihiel cuando Pershing fracasó en su campaña para arrebatar Metz a los alemanes, y apenas dos semanas más tarde sobrevivió para ser testigo de las atrocidades cometidas en el bosque de Argonne. 

Cuando abandonó Francia y regresó a su hogar a principios de 1919, Thurber era apenas una sombra, un eco nervioso del hombre que había conocido durante nuestros años de universidad en la Escuela de Diseño de Rhode Island, y en aquellas ocasiones —cada vez más escasas— en las que nos encontrábamos y hablábamos, nuestras conversaciones derivaban con frecuencia de la pintura, la escultura y cuestiones de estética a cosas que había visto en las trincheras embarradas y las ciudades en ruinas de Europa.

Y entonces comenzó aquella obstinada fascinación por el cabrón degenerado de Richard Upton Pickman, una obsesión que pronto se transformó en lo que diagnostiqué como una fijación neurótica por aquel hombre y por las blasfemias que plasmaba en sus lienzos. 

Cuando Pickman desapareció hace dos años de su mugroso «estudio» en el North End, y no se le volvió a ver, esta fijación no hizo más que empeorar, hasta que Thurber finalmente me contó una historia increíble y pesadillesca que por aquel entonces solo pude considerar como el producto de una mente inestable, debido al baño de sangre y la locura y los innumerables horrores de la guerra que había presenciado a orillas del Mosa, y más tarde en la frondosidad del bosque de Argonne.

Aquella noche, sentados juntos en una sórdida taberna cerca de Faneuil Hall (no recuerdo el nombre del local, porque no era uno de mis locales favoritos), reparé en que yo tampoco era el hombre que fui entonces. Al tiempo que William Thurber había cambiado por la Guerra y por lo que hubiera podido experimentar junto a Pickman, yo también había cambiado. 

Y he cambiado profundamente, primero por el repentino suicidio de Thurber, y luego por una actriz de cine llamada Vera Endecott. Creo estar todavía en posesión de mis facultades mentales y, si me lo pidiesen, podría atestiguar ante un juez que mi mente se encuentra en buen estado, aunque un tanto magullada. 

Pero no puedo ver el mundo a mi alrededor como lo veía antes, porque, después de haber contemplado ciertas cosas, no hay forma de dar marcha atrás y regresar al estado de inocencia o gracia no profanada que prevalecía antes de haber experimentado tales visiones. 

No hay camino de retorno hacia la sagrada cuna del Edén, porque las puertas están custodiadas por las espadas flamígeras de querubines, y la mente —a excepción de algunos casos piadosos de conmoción o amnesia histérica— no puede simplemente olvidar las extrañas y desalentadoras revelaciones padecidas por los hombres y mujeres que deciden formular preguntas prohibidas. 

Y estaría mintiendo si afirmase que no atisbé o sospeché que la tarea que me había impuesto cuando comencé mi investigación siguiendo las informaciones de Thurber tras su funeral, me llevaría a donde ahora me encuentro. Lo sé, o lo sabía con la suficiente certeza. Todavía no he sobrepasado ese nivel de degradación necesario para dejar de asumir la responsabilidad de mis propios actos y las consecuencias que se derivan de ellos.

Thurber y yo solíamos discutir sobre la validez de la narración en primera persona y su eficacia como recurso literario; él la defendía y yo cuestionaba la credibilidad de tales historias, y dudaba tanto de las motivaciones de sus autores ficticios como de la capacidad de esos narradores-personajes para evocar con una claridad tan perfecta y detallada conversaciones concretas y otros sucesos durante momentos de gran tensión e incluso peligro personal. 

Esto probablemente no se diferencie mucho de mi dificultad para disfrutar las imágenes en movimiento de las películas, porque soy consciente de que, de hecho, no son imágenes en movimiento. Sospecho que se debe a algún tipo de rechazo consciente o incapacidad inconsciente, por mi parte, de activar lo que Coleridge definió como la «suspensión de la incredulidad». 

Y ahora yo me siento para escribir mi propio relato, aunque doy fe de que no hay ni una sola palabra de ficción intencional en él, y ciertamente no tengo ningún plan de publicarlo. Sin embargo, sin duda estará lleno de inexactitudes que se derivan de las objeciones a una narración en primera persona que ya he explicado más arriba. Lo que estoy plasmando aquí es mi mejor intento de evocar los sucesos previos que envuelven el asesinato de Vera Endecott, y debería ser leído como tal.

Es mi historia, presentada con la escasa documentación que la corrobore de la que dispongo. Es una pequeña parte de la historia de Vera Endecott, también, y por ella sobrevuelan los fantasmas de Pickman y Thurber. Honestamente, ya comienzo a dudar de que al dejarlo escrito logre obtener el remedio que tan desesperadamente ansío: la disolución del maldito recuerdo, la disminución del impacto de esos recuerdos en mí, y, con mucha suerte, la posibilidad de dormir en habitaciones oscuras de nuevo y acabar de una vez con el sinfín de fobias que me llevan acosando desde hace tanto tiempo. 

Demasiado tarde he comprendido los miedos macabros del pobre Thurber a los sótanos y túneles subterráneos, y a ellos ahora puedo añadir mis propios miedos, ya sean racionales o no. «Supongo que no te preguntarás ya por qué tengo que mantenerme alejado de subterráneos y sótanos», me dijo ese día en la taberna. Por supuesto, yo sí me lo preguntaba, y también dudaba de la cordura de un querido y leal amigo. Pero, al menos en esta cuestión, hace ya tiempo que he dejado de dudarlo.

La primera vez que vi a Vera Endecott en la «gran pantalla» tan solo era actriz de reparto en la película Una mujer del mar, de Josef von Sternberg, que proyectaban en el Exeter Street Theater. Pero esa no fue la primera vez que vi a Vera Endecott.

Me topé por primera vez con el nombre y el rostro de la actriz mientras ordenaba los documentos de William, tarea que me pidió que realizara el único miembro vivo de su familia más cercana, Ellen Thurber, su hermana mayor. Me vi enfrentado a una tarea que no era ni mucho menos pequeña o simple. 

En la habitación cerrada y medio desvencijada que había alquilado Thurber en Hope Street, Providence, tras abandonar Boston, el suelo estaba totalmente cubierto de correspondencia, hojas mecanografiadas, revistas y ensayos inacabados, incluyendo el monográfico sobre arte extraño que había jugado un papel tan importante en el inicio de su relación con Richard Pickman tres años atrás. 

Tan solo me sorprendió encontrar, en medio de aquel desbarajuste, una serie de dibujos de Pickman, todos realizados a carboncillo o a tinta y pluma. Su presencia entre las pertenencias de Thurber me pareció bastante incongruente, teniendo en cuenta lo aterrado que decía haber llegado a estar de aquel hombre. Y, lo que es más, teniendo en cuenta la afirmación que realizó de haber destrozado la única prueba que apoyaba la increíble historia que aseguraba haber oído, visto y recogido del sótano-estudio de Pickman.

Era un día caluroso, hacia finales de julio o principios de agosto. Cuando encontré los siete dibujos guardados dentro de una carpeta de dibujo, crucé el cuarto con ellos bajo el brazo y los extendí sobre la estrecha y hundida cama que ocupaba uno de los rincones. Yo conocía bastante bien la obra del pintor, y debo confesar que lo que vi no me afectó tan profundamente como le había afectado a Thurber. 

Sí, sin duda alguna, Pickman poseía un extraordinario y singular talento, y supongo que alguien no acostumbrado a las imágenes de lo diabólico, lo extraño o lo monstruoso podría encontrar sus cuadros inquietantes o poco gratos de contemplar. 

Siempre atribuí que su capacidad de capturar lo extraño se debía en gran medida a la yuxtaposición intencionada de un argumento fantasmagórico con un estilo descarnado y concienzudamente realista. Thurber también advirtió esto y, de hecho, dedicó casi un capítulo entero de su monográfico inacabado al examen de la técnica de Pickman.

Me senté en la cama para examinar los dibujos, y los muelles del colchón gimieron ruidosamente bajo mi peso, lo cual hizo que volviera a preguntarme por qué mi amigo había alquilado un alojamiento tan miserable cuando sin duda podía permitirse algo mejor. 

En cualquier caso, tras echar un vistazo a los dibujos, no encontré en su mayor parte nada particularmente sorprendente, y supuse que eran regalos de Pickman, o que Thurber tal vez le había pagado alguna pequeña cantidad de dinero por ellos. 

Identifiqué dos de ellos como bocetos de uno de los cuadros mencionados ese día en la taberna de Chatham Street, el titulado La lección, en el cual el pintor había representado a un número de demonios necrófagos subhumanos con apariencia de perros instruyendo a un niño (un niño sustituto, supuso Thurber) en la práctica de la necrofagia. 

Otro era un boceto apresurado de lo que le parecieron algunos de los monumentos más señoriales del cementerio de Copp’s Hill, y había también un par de dibujos chapuceros de criaturas en cuclillas semejantes a gárgolas.

Pero fueron los dos últimos dibujos de la carpeta los que atraparon y retuvieron mi atención. Ambos eran desnudos muy bien ejecutados, más perfectamente acabados que cualquiera de los otros dibujos, y dado el tema de ambos, jamás habría creído que habían salido de los dedos de Pickman de no haber estado rubricados con su firma en el extremo inferior. 

No había ningún elemento en ellos que pudiera ser considerado pornográfico y, teniendo en cuenta su procedencia, esto también me sorprendió. En la oeuvre de Richard Pickman que yo mismo había podido contemplar, jamás encontré ni un solo atisbo de interés por las formas femeninas, e incluso se había rumoreado en el Club de Arte que era homosexual. 

Pero corrían tantos rumores sobre él en los días anteriores a su desaparición, muchos de ellos totalmente falsos, que nunca les presté mayor atención. Fuera cual fuese su inclinación sexual, estos dos dibujos estaban imbuidos de tal admiración y familiaridad con el cuerpo de una mujer que parecía poco probable que hubieran sido pintados como meros ejercicios académicos o que fueran plagios de obras de otros pintores menos excéntricos.

Mientras examinaba los desnudos, pensando que al menos estas dos obras podrían reportar algunos dólares para ayudar a la hermana de Thurber a cubrir los gastos inesperados ocasionados por la muerte de su hermano, así como las deudas pendientes del fallecido, mis ojos se toparon con un fajo de recortes de revistas y periódicos que también habían sido guardados en la carpeta de dibujo. 

Había un número considerable de ellos y supuse entonces, y todavía lo pienso, que Thurber había contratado los servicios de un gabinete de documentalistas. Casi la mitad eran críticas de exposiciones en galerías que habían incluido obras de Pickman, la mayoría del periodo entre 1921 y 1925, antes de ser condenado al ostracismo y que las oportunidades de exponer públicamente su obra hubieran mermado. 

Pero el resto de recortes parecía proceder principalmente de tabloides, suplementos y revistas como Photoplay y New York Evening Graphic, y todos los artículos estaban dedicados o hacían mención a la actriz oriunda de Massachusetts Vera Marie Endecott. Había, entre estos recortes, una serie de fotografías de la actriz, y el parecido con la mujer que había posado para los dos desnudos de Pickman era incuestionable.

Había algo bastante característico en sus altos pómulos, en el ángulo de la nariz, una dureza innegable en su semblante a pesar de la belleza y el sex appeal de la estrella en ciernes que era. Más tarde llegué a reconocer cierta similitud entre su rostro y el de algunas «vampiresas» y femmes fatales como Theda Bara, Eva Galli, Musidora y, en particular, Pola Negri. 

Pero, por lo que puedo recordar ahora, mi primera impresión de Vera Endecott, no contaminada por su personalidad cinematográfica (aunque sin duda influenciada por la relación de los recortes con la obra de Richard Pickman, entre las pertenencias de un suicida), era la de una mujer cuyo encanto consistía tan solo en un halo de glamour que ocultaba un rostro más real y salvaje. 

Ciertamente, producía una impresión extraña, y permanecí allí sentado en la sofocante habitación de la casa de huéspedes mientras el sol se deslizaba lentamente hacia el crepúsculo, leyendo todos y cada uno de los artículos, e incluso leyendo algunos dos veces. Sospechaba que, sin duda, debían contener pruebas de que la mujer de los dibujos era, en efecto, la misma mujer que había iniciado su carrera en los estudios de cine de Long Island y New Jersey, antes de que la industria se trasladara al oeste, a California.

En su mayoría, los recortes no eran más que los típicos cotilleos, insinuaciones y sensacionalismo del mundo del cine. Pero, aquí y allá, alguien, supuestamente el propio Thurber, había subrayado varios pasajes con lápiz rojo y, si se leían seguidas esas líneas subrayadas, entresacadas del contexto de los artículos correspondientes, se revelaba un curioso patrón. 

Al menos, tal patrón podía ser imaginado por un lector que o bien lo buscase, y por lo tanto estuviera predispuesto a descubrirlo, existiera o no, o por alguien, como yo mismo, que había llegado a dar con esta colección de recortes de periodismo amarillista bajo tales circunstancias y tal atmósfera de terror que abocaran al lector a establecer paralelismos donde, objetivamente, no había ninguno. 

Llegué a la conclusión, aquella tarde de verano, de que la idée fixe de Thurber con Richard Pickman le había llevado a interpretar una serie de ideas absurdamente macabras con relación a esta mujer, y que yo, aun estando afligido por la pérdida de un buen amigo y rodeado como estaba por el desorden de su obra inacabada, tan solo había logrado descubrir otro de los delirios de Thurber.

La mujer conocida por los espectadores como Vera Endecott había nacido en una familia ciertamente peculiar de la región de la Costa Norte de Massachusetts y, sin duda alguna, se había esforzado en ocultar sus orígenes adoptando un nombre artístico poco después de llegar a Fort Lee en el mes de febrero de 1922. Se había inventado una nueva biografía y afirmaba que venía no del condado rural de Essex, sino de Beacon Hill en Boston. 

Sin embargo, apenas cumplidos los veinticuatro años, poco después de lograr su primer papel importante —una aparición en El cielo bajo el lago de los estudios Biograph—, un número de columnistas famosos comenzaron a reflejar en sus artículos ciertas sospechas acerca de los orígenes que la actriz aseguraba tener. No había ni rastro del banquero que se suponía que era su padre, y resultó bastante fácil averiguar que nunca había cursado estudios en la Winsor School para jovencitas. 

A los veinticinco, tras protagonizar The Horse Winter, de Robert G. Vignola, un reportero del New York Evening Graphic afirmó que el padre verdadero de Endecott era un hombre llamado Iscariot Howard Snow, propietario de varias canteras de granito en Cape Ann. Su esposa, Conciliadora, era de Salem o Marblehead, y murió en 1902, cuando daba a luz a su única hija, cuyo nombre no era Vera, sino Lillian Margaret. 

No había ninguna prueba entre los recortes de que la actriz hubiera negado o tan siquiera respondido a esas alegaciones, a pesar de que los Snow, e Iscariot Snow en particular, poseían una reputación de lo más despreciable en Ipswich y alrededores. 

A pesar de la riqueza y relevancia de la familia en el sector de los negocios locales, era un secreto a voces, y no faltaban conversaciones a puerta cerrada sobre hechicería y brujería, incesto e incluso canibalismo. En 1899, Conciliadora Snow también dio a luz a gemelos, Aldous y Edward, aunque Edward nació muerto.

Pero fue un recorte del Kidder’s Weekly Art News (27 de marzo de 1925), una publicación que yo conocía bastante bien, el que relacionaba por primera vez a la actriz con Pickman. Una tal «señorita Vera Endecott de Manhattan» estaba en una lista de asistentes a la inauguración de una exposición que incluía un par de dibujos más comedidos de Pickman, aunque no se hacía mención a la fama de la actriz. 

Thurber había rodeado su nombre con lápiz rojo y había escrito dos signos de exclamación detrás de él. Cuando di con la nota de prensa, el crepúsculo ya había descendido sobre Hope Street y tenía dificultades para leer. Consideré durante unos segundos encender el viejo quinqué de petróleo que había junto a la cama, pero entonces, mientras miraba la penumbra que se acumulaba entre el mobiliario destartalado y andrajoso del sórdido cuartito, me embargó una repentina y vaga inquietud… algo que, incluso ahora, me resisto a llamar miedo. 

Volví a guardar los recortes y los siete dibujos en la carpeta, la metí bajo el brazo y recogí rápidamente el sombrero de una mesa enterrada bajo una máquina de escribir, una pila de libretas y libros de la biblioteca, platos sucios y botellas de refresco vacías. Unos minutos más tarde me encontraba de nuevo fuera del edificio, bajo una farola, observando las dos ventanas oscuras que daban a la habitación donde, una semana antes, William Thurber se introdujo el cañón de un revólver en la boca y apretó el gatillo.

Acabo de despertarme de otra de mis pesadillas, que cada vez son más vívidas y habituales, e incluso más terribles, y que con frecuencia no me permiten dormir más de una o dos horas por la noche. Estoy sentado frente a mi escritorio, contemplando el cielo que comienza a tintarse del violeta grisáceo de un falso amanecer, y escucho el reloj que suena como un gigantesco insecto de cuerda posado sobre la rejilla de la chimenea. 

Pero mi mente retiene todavía con toda viveza el sueño de la enmohecida sala de proyecciones privadas cerca de Harvard Square, organizadas por un grupo de aficionados al cine grotesco, la sala donde por primera vez vi las imágenes «en movimiento» de la hija de Iscariot Snow.

Conocí la existencia del grupo a través de un colega del departamento de adquisiciones del Museo de Bellas Artes, quien me contó que se reunían a intervalos irregulares —pocas veces lo hacían más de una vez cada tres meses— para visionar y debatir material tan estrafalario y morboso como Häxan de Benjamin Christensen, El fantasma de la ópera de Rupert Julian, Nosferatu, eine Symphonie des Grauens de Murnau, y La casa del horror de Tod Browning. 

Todos esos títulos y nombres de directores significaban muy poco para mí, porque, como ya he explicado, nunca fui un gran aficionado al cine. Esto ocurrió en agosto, tan solo un par de semanas después de que partiera de Providence para regresar a Boston tras haber resuelto los asuntos de Thurber tan bien como pude. 

Todavía prefiero no pensar en qué desafortunado capricho del destino hizo coincidir mi descubrimiento de los dibujos de Vera Endecott pintados por Pickman y el interés de Thurber en ella con el visionado en aquella sala de la que, en mi opinión, no era más que una película vulgar y merecidamente desconocida. 

Realizada entre 1923 y 1924, averigüé que alcanzó una celebridad infame tras la muerte del director (otro suicidio). Todos los que financiaron la película permanecieron en el anonimato, y parece ser que la producción no avanzó más allá de la versión provisional que contemplé aquella noche.

Sin embargo, no me he sentado aquí para escribir un escueto relato de mi descubrimiento de esta película sin título e inacabada, sino para intentar capturar algo del sueño que ya se desgaja en brumosos jirones y retazos. Como Perseo, que tan solo se atrevió a mirar a los ojos de la gorgona Medusa de forma indirecta a través de un reflejo sobre su escudo de bronce, igualmente me sentía impelido y totalmente decidido a reflexionar sobre estos sucesos, e incluso sobre mis propias pesadillas tan indirectamente como pudiera. 

Siempre he detestado la cobardía y, sin embargo, echando la vista atrás al escribir estas páginas, me parece detectar algo en mi actitud innegablemente cobarde. Da igual que no tenga intención de que estas líneas sean leídas por nadie. A menos que escriba con honestidad, no hay apenas motivos para que sean escritas. Si esta es una historia de fantasmas (y eso es lo que me está pareciendo cada vez más), entonces permitamos que sea una historia de fantasmas en lugar de unos recuerdos inconexos.

En el sueño, estoy sentado en una silla plegable de madera en aquella sala oscura, iluminada únicamente por un rayo de luz que se filtra de la cabina del proyeccionista. Y las paredes frente a mí se han convertido en una ventana con vistas a otro mundo, un mundo carente de sonidos y casi de todo color; la gama se limita a un espectro de lúgubres negros y cegadores blancos e innumerables matices de gris. 

A mi alrededor, los otros que se han reunido para ver la película fuman puros y cigarrillos, y se susurran unos a otros. No llego a entender nada de lo que dicen, pero, de todas formas, tampoco les presto mucha atención. No puedo apartar la mirada de aquella escena silenciosa y color grisalla, y realmente poco más ocupa mi mente.

«Bueno, ¿lo entiendes?», pregunta Thurber sentado en la butaca junto a la mía, y tal vez yo asiento, y tal vez incluso susurro alguna u otra afirmación en voz baja. Pero no aparto los ojos de la pantalla lo suficiente como para echar una ojeada a su rostro. 

Pasan demasiadas cosas allí que podría perderme si osara apartar la mirada, tan siquiera un instante, y además no tengo ningún deseo de contemplar el rostro de un hombre muerto. Thurber no dice nada más durante un largo rato, aparentemente satisfecho de que yo haya llegado a aquel lugar para presenciar por mí mismo un pequeño fragmento de lo que finalmente le condujo a los confines de la locura.

Ella está allí en la pantalla, Vera Endecott, Lillian Margaret Snow, de pie al borde de una poza rodeada de rocas. Está tan desnuda como en los dibujos de Pickman, y al principio está situada de espaldas a la cámara. Las retorcidas raíces y ramas de lo que tal vez sean sauces milenarios inclinados sobre la poza rasgan la superficie del agua con sus ramas como látigos y oscilan elegantemente de un lado a otro, agitadas por la misma brisa que hace ondear el pelo corto de la actriz. 

Y aunque parece que no hay nada en absoluto que pueda ser considerado siniestro en esta escena, en mí inspira inmediatamente la misma clase de pavor e inquietud que los grabados de Doré para Orlando furioso y la Divina comedia. Hay en el cuadro una sensación de intenso presagio y premonición, y me pregunto qué pistas sutiles e ingeniosas han sido dejadas para que esta escena aparentemente idílica pueda ser interpretada con tan sombrías expectativas.

Y entonces me doy cuenta de que la actriz sostiene en la mano derecha una especie de vial y lo inclina lo suficiente para derramar en la poza su contenido, un líquido denso y alquitranado. Unas ondas se expandieron lentamente por la superficie del agua, demasiado lentamente, estoy seguro, para haber sido originadas por algún proceso físico natural, y por lo tanto me da la impresión de que se trata de algún simple truco fotográfico; cuando el vial está vacío, o, al menos, cuando ha dejado de contaminar la poza (y estoy bastante seguro de que ha quedado contaminada), la mujer se arrodilla sobre el barro y las hierbas al borde del agua. 

Desde algún lugar indeterminado allá arriba, allí en la sala en la que me encuentro, me llega el sonido de alas de palomas sorprendidas alzando el vuelo, y la actriz se gira a medias hacia la audiencia, como si ella también hubiera escuchado el revuelo. El barullo de alas rápidamente se acalla y de nuevo tan solo se escucha el sonido metálico del proyector y el susurro de los hombres y mujeres apiñados en la sala mohosa. 

En la pantalla, la actriz se vuelve de espaldas a la poza, pero antes de ello ya tengo la total certeza de que su rostro es el mismo que el de los recortes que encontré en la habitación de Thurber, el mismo que el de los dibujos realizados por la mano de Richard Upton Pickman. El vial se resbala de sus dedos, cae al agua, y en esta ocasión no se producen ondas. Ni salpicaduras. Nada.

En ese instante, la imagen salta y luego se funde en un blanco cegador y durante unos instantes creo que la cinta de la película, gracias a Dios, ha saltado del carrete o algo parecido, y así, tal vez, no tenga que ver el resto. Pero entonces ella vuelve, la mujer y la poza y los sauces, sucediéndose un fotograma tras otro y otro más. 

Ella se arrodilla al borde de la poza y entonces pienso en Narciso languideciendo por Eco, o su gemelo perdido, pienso en Circe envenenando el manantial donde Escila se bañaba, y pienso en la maldita Shalott de Tennyson y, de nuevo, pienso en Perseo y Medusa. No veo la cosa en sí misma, sino tan solo una equivalencia tenue y engañosa, y mi mente rebusca analogías y significados y puntos de referencia.

En la pantalla, Vera Endecott, o Lillian Margaret Snow —la una o la otra, las dos que siempre eran solo una—, se inclina hacia delante y sumerge la mano en la poza. Y, de nuevo, no se produce ninguna onda que surque la tersa superficie de obsidiana. 

La mujer de la película habla ahora, mueve los labios exageradamente, sin emitir ningún sonido, y no alcanzo a escuchar nada a excepción del murmullo en la sala llena de humo y el chisporroteo del proyector. Y es entonces cuando me doy cuenta de que los sauces no son precisamente sauces, y que aquellos troncos y ramas y raíces retorcidas en realidad son cuerpos humanos de ambos sexos entrelazados, y sus pieles imitan perfectamente la escamosa corteza de un sauce. 

Comprendo entonces que no son ninfas del bosque, ni hijas de Hamadríades y Óxilo. Son prisioneros, o almas condenadas y sometidas eternamente por sus pecados, y durante un tiempo tan solo soy capaz de contemplar fijamente los brazos y piernas, las caderas y pechos y rostros marcados por incontables siglos de la agonía constante de aquella contorsión y transformación. Quiero girarme y preguntar a otros si ven lo que yo veo, y cómo puede haberse logrado tal efecto, porque sin duda estas personas saben más de la prosaica magia del cine que yo.

Y lo peor de todo es que los cuerpos no estaban totalmente inertes, sino que se retorcían muy levemente, ayudando así al viento a sacudir las largas y frondosas ramas primero hacia un lado y después hacia otro. Luego mis ojos son atraídos de nuevo hacia la poza, la cual ha comenzado a echar humo, una niebla gris blancuzca que se eleva lánguidamente de la superficie del agua (si es que todavía es agua).

La actriz se inclina un poco más sobre la laguna durmiente y en ese momento noto unos deseos irrefrenables de apartar la mirada. Sea cual sea la cámara que la haya captado en el acto de invocación o apaciguamiento, no quiero ver, ni quiero conocer su demoníaca fisionomía. Sus labios continúan moviéndose y sus manos remueven el agua que permanece tan lisa como el cristal, sin mostrar ningún rastro de estar siendo agitada.

Ella llega a Rhegium; se enfrenta al océano,
y pisa con pies secos las olas hirvientes…


Pero el deseo no es suficiente, ni la excitación, y no aparto la mirada, ya sea porque he sido embrujado al igual que los demás que han venido a verla, o porque alguna faceta más profunda, más inquisitiva de mi propio ser me ha dominado y está dispuesta a condenarse eternamente al ahondar en este misterio.

«Es solo una película», me recuerda Thurber desde su asiento junto al mío. «Da igual lo que ella pueda decir, jamás debes olvidar que es solo un sueño».

Y yo quiero replicar: «¿Es eso lo que te ha ocurrido a ti, querido William? ¿Te olvidaste quizás de que no fue nada más que un sueño siempre y te viste incapaz de despertar a la lucidez y la vida?». Pero no digo ni una sola palabra, y Thurber no dice nada más.

Sin embargo, ella no sabe a quién teme;
en vano se ofrece a correr,
y arrastra a su alrededor lo que se empeña en ocultar.


«Genial», susurra una mujer en la oscuridad a mis espaldas, y «Sublime», murmura lo que suena a un hombre muy anciano. Mis ojos no se separan de la pantalla. La actriz ha dejado de remover la superficie de la poza, ha retirado la mano del agua, pero permanece allí arrodillada, contemplando la mancha negruzca sobre los dedos y la palma y la muñeca. 

Tal vez, pienso, sea eso para lo que vino, para ser marcada, para ser reconocida, aunque mi mente soñadora no aspira a adivinar qué o quién la hubiera reconocido gracias a la mancha. Ella estira el brazo y lo mete entre los juncos y el musgo y saca de allí una daga con el mango negro, luego la sujeta en alto por encima de su cabeza, como si estuviera haciendo un ofrecimiento a dioses invisibles, y a continuación usa la hoja reluciente para hacerse un corte en la mano que previamente había ofrecido a las aguas. 

Y creo que, tal vez, por fin lo comprendo, y que el vial y la agitación del agua de la poza han sido solo rituales de brujería preparatorios antes de realizar este ofrecimiento o expiación. Cuando las gotas de sangre impactan y ruedan sobre la superficie de la poza como gotas de mercurio golpeando la superficie sólida de una mesa, algo ha comenzado a tomar forma, algo que se nutre de aquellas profundidades ocultas, y aunque no hay sonido alguno, está lo suficientemente claro que los sauces han comenzado a aullar y a balancearse como si fueran agitados por un viento huracanado. 

Creo que tal vez sea una boca, o algo similar, fusionándose ante la figura postrada de Vera Endecott o Lillian Margaret Snow, una boca o una vagina, o un ojo ciego y sin párpado, o algún otro órgano que pudiera hacer todas las funciones de los tres anteriores. Sopeso cada una de estas posibilidades, una tras otra.

Hace unos cinco minutos he dejado mi pluma a un lado y he acabado de releer en voz alta lo que he escrito, mientras el falso amanecer ha dado paso a la salida del sol y a las primeras luces desapacibles de un nuevo día de octubre. 

Pero antes de que reconduzca este relato a la carpeta que contenía los dibujos de Pickman y los recortes de Thurber y avance en los asuntos que la mañana me depara, querría confesar que lo que he soñado y lo que he documentado aquí no es lo que vi aquella tarde en la sala de proyecciones junto a Harvard Square. 

Tampoco es totalmente cierta la pesadilla que me despertó e hizo que me precipitara a trompicones hacia mi escritorio. La mayor parte del sueño se esfumó de mi mente, a pesar de que me apresuré a anotarlo todo, y los sueños nunca son exactamente, y en ocasiones ni siquiera remotamente, como lo que se ve proyectado en aquella pared, aquella engañosa sucesión de imágenes fijas que conspiran unas con otras para fingir animación. 

Este es otro de los asuntos que siempre intentaba explicarle a Thurber y que él nunca admitía: el hecho de la inevitabilidad de narradores poco fiables. No he mentido; no diría tanto. Pero nada de esto se acerca a la verdad más que cualquier otro cuento de hadas.

Tras los días que pasé en la casa de huéspedes de Providence, intentando aportar una apariencia de orden al caos de la vida interrumpida de Thurber, comencé a reunir mis propios documentos sobre Vera Endecott y pasé varios días del mes de agosto consultando los fondos del Ateneo y la Biblioteca Pública de Boston, y de la Widener Library de Harvard. 

No era difícil dar sentido a la historia del ascenso de la actriz al estrellato y el escándalo que provocó su caída a la oscuridad y al alcoholismo a finales de 1927, no mucho antes de que Thurber me abordara con su extravagante relato acerca de Pickman y los demonios necrófagos subterráneos. 

Lo que resultaba más difícil de rastrear era su paso por ciertas sociedades teosóficas y secretas, desde Manhattan hasta Los Ángeles, círculos en los cuales el propio Richard Upton Pickman no era un desconocido.

En enero de 1927, tras haber firmado un contrato con Paramount Pictures en primavera, y durante el rodaje de una adaptación cinematográfica de la novela de Margaret Kennedy, La ninfa fiel, comenzaron a filtrarse rumores a los tabloides de que Vera Endecott tenía problemas con la bebida y que probablemente consumía heroína. 

Sin embargo, estas acusaciones no parecieron causar mayor alarma ni dañar más su carrera cinematográfica que el hecho de que se descubriera anteriormente que en realidad era Lillian Snow, o que se aireasen públicamente sus orígenes poco respetables de North Shore. Más tarde, el 3 de mayo, fue arrestada en lo que, en un principio, se creyó que era una simple redada en un bar clandestino de Durand Drive, en una de las casas de las empinadas colinas llenas de maleza que dominan la ciudad de Los Ángeles, no muy lejos de Lake Hollywood Reservoir y Mulholland Highway. 

Unos días más tarde, tras la puesta en libertad de Endecott bajo fianza, comenzaron a surgir relatos más extraños acerca de los sucesos de aquella noche, y hacia el día 7, los artículos del Van Nuys Call, Los Angeles Times, y el Herald-Express describían el tipo de reuniones que se realizaban en Durand Drive, no como una fiesta clandestina, sino como cualquier otra cosa, desde un «sabbat de brujas» hasta «un rito sacrílego, decadente y orgiástico de hechicería y homosexualidad».

Pero el suceso definitivo e incriminatorio llegó cuando los reporteros descubrieron que una de las muchas mujeres que se encontraban aquella noche en compañía de Vera Endecott, una prostituta mexicana llamada Ariadna Delgado, había tenido que ser trasladada inmediatamente al hospital Queen of Angels Hollywood Presbyterian, en coma y con múltiples puñaladas en el torso, los pechos y el rostro. 

Delgado murió la mañana del día 4 de mayo sin haber recobrado la conciencia. Una segunda «víctima» o «participante» (dependiendo del periódico), un guionista joven y fracasado al que se referían simplemente como Joseph E. Chapman, fue internado en el ala de psicopatías del Hospital General del Condado de Los Ángeles tras los arrestos.

Aunque se habló de que hubo intentos de mantener el incidente oculto tanto por parte de los abogados de los estudios de cine como por parte de miembros del Departamento de Policía de Los Ángeles, Endecott fue arrestada por segunda vez el 10 de mayo y fue acusada de los delitos de violación, sodomía, asesinato en segundo grado, secuestro y prostitución. 

La enumeración de los distintos cargos contra ella varía de una fuente a otra, pero en cualquier caso a Endecott se le concedió por segunda vez la libertad bajo fianza el 11 de mayo, y cuatro días más tarde, el departamento del fiscal de distrito de Los Ángeles, Asa Keyes, repentinamente y de forma bastante inexplicable solicitó que se retirasen todos los cargos contra la actriz, una petición aceptada por una igualmente inexplicable resolución del Tribunal Superior de California en el condado de Los Ángeles (conviene hacer mención, por supuesto, de que el propio fiscal del distrito Keyes fue poco después acusado de prevaricación y está a la espera de ser juzgado en la actualidad). Así pues, tras ocho días de arresto domiciliario en la residencia de Durand Drive, Vera Endecott volvía a ser una mujer libre, y a finales de mayo ya había regresado a Manhattan, después de que la Paramount le rescindiese el contrato.

Salpicados aquí y allá en la cobertura informativa de los periódicos y tabloides se encuentran numerosos detalles que adquieren una mayor relevancia a la luz de la conexión de la actriz con Richard Pickman. 

Por ejemplo, algunos reporteros mencionaron que en la escena del crimen se encontró «un ídolo obsceno» o «una repulsiva estatuilla tallada en un material similar a esteatita verdosa», una estatua de la que se dice que uno de los agentes que llevaron a cabo los arrestos describió como una «bestia perruna acuclillada». 

En un artículo se informaba de que el objeto había sido examinado por un arqueólogo local (del cual se omite el nombre), que supuestamente se quedó perplejo al examinar su origen y filiaciones culturales. La casa en Durand Drive era, y podría seguir siéndolo, propiedad de un hombre llamado Beauchamp, quien a su vez había frecuentado la compañía de Aleister Crowley durante los cuatro años que duró su visita a los Estados Unidos (1914-1918), y que además tenía contacto con una serie de organizaciones herméticas y teúrgicas. 

Finalmente, el guionista Joseph Chapman se ahogó en el Pacífico en algún punto de la costa cercano a Malibú hace tan solo unos meses, poco después de que fuera dado de alta en el hospital. La única nota breve que logré encontrar sobre su muerte hacía mención a su participación en el «célebre incidente de Durand Drive» e incluía un fragmento que se suponía que procedía de su nota de suicidio. Parte de la misma es como sigue:

> Oh, Dios, ¿cómo puede un hombre olvidar, deliberada y completamente y para siempre las visiones que yo he tenido la desgracia de contemplar? Las cosas terribles que hicimos y permitimos que fueran hechas aquella noche, los sucesos que desencadenamos, ¿cómo puedo olvidarme de mi culpabilidad? En verdad, no puedo ni soy ya capaz de luchar día tras día intentándolo. La Endecotte [sic] ha regresado a algún lugar del este, o eso he oído, y espero con todas mis fuerzas que reciba su merecido. He quemado el abominable dibujo que me dio, pero no me siento más limpio, ni menos idiota, después de haberlo hecho. No queda nada de mí, tan solo la putrefacción que nosotros mismos invocamos. Ya no puedo seguir haciendo esto.

¿Estoy en lo cierto, pues, al suponer que Vera Endecott regaló uno de los dibujos de Pickman al desafortunado Joseph Chapman, y que este dibujo tuvo algo que ver con la locura y muerte del guionista? Y si es así, ¿cuántos recibieron tales regalos de ella y cuántos de esos lienzos todavía sobreviven a miles de kilómetros del frío y húmedo sótano-estudio cerca de Battery Street donde Pickman los creó? No es algo a lo que me guste darle vueltas.

Tras el regreso de Endecott a Manhattan, no logré dar con ninguna referencia impresa del paradero o de la vida de la actriz hasta el mes de octubre de ese mismo año, poco después de la desaparición de Pickman y mi encuentro con Thurber en la taberna de Faneuil Hall. 

Se trata tan solo de una fugaz mención en una columna de sociedad en el New York Herald Tribune, acerca de la presencia de «la actriz Vera Endecott» entre los asistentes a la inauguración de una exposición de antigüedades sumerias, hititas y babilónicas en el Metropolitan Museum of Art.

¿Qué es lo que estoy intentando conseguir con toda esta colección de fechas, muertes e infortunios, de desgracias y crímenes? Entre los libros de Thurber encontré un ejemplar de El libro de los condenados de Charles Hoyt Fort (Nueva York, Boni & Liveright, 1 de diciembre de 1919). 

Ni siquiera estoy seguro de por qué me lo llevé de allí y, tras leerlo, los escritos de este hombre me parecen de una beligerancia que raya en el histerismo y tienden constantemente a la ofuscación y desorientación intencionadas. Oh, seguro que a ese cabrón cejijunto le encantaría tener un encuentro amoroso con «los condenados». 

Lo que intento decir es que me veo forzado a reconocer que estas últimas páginas que he escrito presentan una marcada e irritante similitud con la mayor parte del primer libro de Fort (no he leído su segunda obra, Nuevos territorios, ni tengo intención de hacerlo jamás). Fort escribió sobre su intención de recopilar una serie de datos que habían quedado excluidos de la ciencia (id est, «condenados»):

> Desfilarán batallones de malditos, capitaneados por datos desvaídos que he desenterrado. O los leen… o ellos desfilarán. Algunos lívidos, otros feroces y otros putrefactos.
> Algunos de ellos son cadáveres, esqueletos, momias, sacudiéndose, trotando, vivificados por compañeros que han sido condenados en vida. Por allí pasarán gigantes, a pesar de estar profundamente dormidos. Habrá teoremas y habrá harapos: marcharán como Euclides, cogidos del brazo del espíritu de la anarquía. Aquí y allá revolotearán pequeñas rameras. Muchos son payasos. Pero gran parte de ellos son de familias muy respetables. Algunos son asesinos. Hay sutiles hedores y sombrías supersticiones y meras sombras y bulliciosas malicias: caprichos y cordialidades. Ingenuos y pedantes y extravagantes y grotescos y sinceros y falsos, profundos y pueriles.

Y creo que no he logrado nada más que esto en mi relato de la ascensión y caída de Endecott, prestando atención a algunas de las partes más melodramáticas y vulgares de una historia que no es, en su conjunto, más extraordinaria que la mayoría de los numerosos escándalos de Hollywood. 

Pero también Fort se habría reído de mis propios «datos desvaídos», estoy seguro, mi patética búsqueda a ciegas, como si pudiera hacer que todo pareciera perfectamente razonable al citar selectivamente artículos de periódicos e informes policiales, esforzándome por preservar la frágil infraestructura de mi mente racional. 

Es hora de desechar estos dudosos y chapuceros intentos de erudición. Ya hay suficientes Forts en el mundo, suficientes bromistas y provocadores y herejes intelectuales para que también me una yo a sus filas. Los documentos que he logrado reunir serán adjuntados a este escrito, todos mis «batallones de los malditos», y si alguien en alguna ocasión tiene algún motivo para leer estas líneas, puede hacer con esos apéndices lo que buenamente quiera. Es hora de decir la verdad, tan bien como sea capaz, y terminar con todo esto.

Es cierto que asistí al pase de una película protagonizada por Vera Endecott, en una húmeda, fría y pequeña sala cerca de Harvard Square. Y que sigue todavía acosándome en sueños. Pero como he precisado anteriormente, los sueños que experimento raras veces son una reproducción exacta de lo que vi aquella noche. No había una poza negra, no había sauces formados por remiendos de cuerpos humanos, ni se derramaba un vial lleno de veneno en el agua. Esos son adornos de mi mente soñadora y subconsciente. Podría llenar varios diarios con tales pesadillas.

Lo que sí vi, hace tan solo dos meses, y un mes antes de que por fin conociera en persona a la mujer, no fue más que una escena macabra, aunque extrañamente mundana. Puede que se tratase simplemente de un metraje de prueba, o quizás alrededor de unos 17 000 fotogramas, unos doce minutos aproximadamente extraídos de una película más larga. 

En términos generales, no era mucho más que un pastiche descaradamente pornográfico de las instantáneas publicitarias que circularon ampliamente en 1918 de Theda Bara tumbada en arriesgadas poses con un esqueleto humano (para la Salomé de J. Edward Gordon). 

La imagen era de muy mala calidad y el operador del proyector tuvo que parar en dos ocasiones para empalmar la película tras haberse roto. La hija de Iscariot Snow, conocida por el resto del mundo como Vera Endecott, yacía desnuda sobre un suelo de piedra con un esqueleto. Sin embargo, el cráneo humano había sido sustituido por lo que me pareció entonces (y me sigue pareciendo ahora) un «cráneo» de yeso o papel maché más parecido al cráneo de un perro deforme o macrocefálico. 

La pared o fondo a sus espaldas era de un austero gris mate y daba la impresión de que la escena había sido rodada a propósito con poca luz para aportar una mayor atmósfera a una producción de bajo presupuesto. El esqueleto (y su cráneo de imitación) estaban unidos con alambre y Endecott acariciaba todos los ángulos óseos de los brazos y piernas y prodigaba besos sobre la boca sin labios de la calavera, para luego masturbarse, primero con los huesos de la mano derecha del esqueleto, y luego frotándose contra el pico de la cresta del hueso pélvico.

Las reacciones de los otros espectadores que habían asistido al pase de la película aquella noche oscilaron desde un silencio aburrido hasta una atención embelesada o risas. Mi propia reacción fue, durante la mayor parte del tiempo, de simple repulsión y vergüenza por encontrarme entre la audiencia. 

Cuando encendieron las luces, escuché a alguien decir que la lata que contenía el rollo de película iba marcada con dos títulos: La necrófila y La hija del perro. También se indicaban dos fechas: 1923 y 1924. Más tarde, de boca de alguien que mantuvo una breve amistad con Richard Pickman, me llegó el rumor de que el pintor había estado trabajando en la realización de los decorados para un director de cine, posiblemente Bernard Natan, el célebre director franco-rumano de «películas porno», que recientemente había comprado los estudios Pathé y los había fusionado con sus propios estudios, Rapid Film. No puedo confirmar ni negar este punto, pero sin duda imagino que lo que vi aquella noche habría hecho las delicias de Pickman.

Sin embargo, lo que quedó grabado en mi mente con tanta fuerza aquella noche, y lo que creo que fue la causa de aquellas pesadillas en las que aparecía Endecott en una interminable sucesión de películas de terror inexistentes, se reveló en los segundos finales de la película. En efecto, apareció y desapareció tan rápidamente que varios asistentes pidieron al operador que rebobinase y volviera a reproducir el final más de cuatro veces, con el fin de averiguar si habíamos visto realmente lo que creíamos haber visto.

Tras haber saciado aparentemente su lujuria, la actriz permaneció tumbada junto a su amante esquelético con un brazo rodeando la caja torácica vacía, tras lo cual cerró los ojos tiznados de rímel. Y en ese último instante, antes de que finalizase la película, apareció una sombra, algo que pasaba lentamente entre el plato y la fuente de luz de la cámara. 

Incluso después de cinco visionados, solo puedo describir aquella sombra como algo que me recordó a una especie de figura corpulenta, alguna criatura bastante más abajo de la cadena evolutiva que el hombre de Piltdown o de Java. Y hubo un acuerdo general entre todos los presentes en aquella cerrada y mohosa sala en que la sombra poseía una extraña especie de hocico o morro que se asemejaba a la mandíbula prognata y el rostro del falso cráneo unido con alambre al esqueleto.

Y ya está. Eso fue todo lo que realmente vi aquella noche, todo cuanto soy capaz de recordar. Tras lo cual tan solo me queda por relatar un último fragmento suelto de esta historia: la noche en la que por fin conocí a la mujer que se hacía llamar Vera Endecott.

—¿Decepcionado? ¿No ha sido lo que esperaba? —preguntó ella, ofreciéndome una sonrisa desabrida e irónica, y creo que le respondí asintiendo con la cabeza.

Ella aparentaba tener al menos diez años más de los veintisiete años que tenía, como una mujer que ya hubiera sobrevivido a una vida bastante turbulenta y que quizás había vuelto a comenzar una segunda. Se distinguían finas líneas en las comisuras de sus labios y sus ojos, los semicírculos morados bajo los ojos delataban un insomnio crónico y consumo excesivo de drogas y, si no me equivoco, un atisbo prematuro de cabellos plateados en su cabello negro y corto. 

¿Qué es lo que había esperado? Es difícil decirlo ahora, a toro pasado, pero me sorprendió su altura, y el iris de sus ojos, que era de un sorprendente tono gris. De inmediato me recordaron al mar, a niebla y rompeolas y a cantos de granito perfectamente pulidos por los siglos de espuma. Los griegos decían que la diosa Atenea tenía ojos «gris-mar», y me pregunto qué habrían pensado de los ojos de Lillian Snow.

—No he estado bien —le confió ella, haciendo que la confidencia sonara casi como un mea culpa, y aquellos ojos pétreos se dirigieron hacia una silla del vestíbulo de mi apartamento. La conduje al sofá Davenport en la diminuta salita junto a mi estudio, y ella me lo agradeció. Me pidió whisky o ginebra, y luego se rio de mí cuando le dije que era abstemio. Cuando le ofrecí té, ella lo rechazó.

—¿Un pintor que no bebe? —preguntó—. No me extraña que jamás haya oído hablar de usted.

Creo que farfullé algo en ese momento sobre la Decimoctava Enmienda y la Ley Volstead, lo cual provocó en ella una mueca en la que se entremezclaban la incredulidad y el desprecio. Me respondió que ese era el segundo strike y que si resultaba que tampoco fumaba se marcharía, ya que quedaría probado que mi afirmación de que era pintor era una patraña, y sabría que la había atraído a mi apartamento mediante falsedades. 

Pero entonces le ofrecí un cigarrillo, uno de los Gitanes brun a los que me aficioné por primera vez en la universidad, y ese gesto pareció relajarla ligeramente. Encendí su cigarrillo y se recostó sobre el sofá, todavía con aquella sonrisa irónica en los labios, observándome con sus ojos gris-mar y el delgado rostro envuelto en velos diáfanos de humo. Llevaba un sombrero de campana de fieltro amarillo que no combinaba muy bien con la camisa de seda bermellón, y vi que había una carrera en la media de la pierna izquierda.

—Usted conoció a Upton Pickman —dije torpemente, lanzándome demasiado rápido al grano e, inmediatamente, su expresión se volvió un tanto recelosa. No dijo nada durante casi un minuto entero, se limitó a permanecer sentada devolviéndome la mirada, y en silencio maldije mi impaciencia y falta de tacto. Pero entonces regresó la sonrisa, se rio suavemente y asintió.

—Vaya —dijo—. Ese nombre no lo había escuchado desde hacía mucho tiempo. Pero sí, claro, conocí al hijo de puta. Así que, ¿qué es usted? ¿Otro de sus protegidos, o tal vez solo uno de esos afeminados que le gustaba tener a mano?

—¿Entonces es cierto que Pickman era de la acera de enfrente? —pregunté.

Ella se volvió a reír, y en esta ocasión detecté en su voz un inconfundible eco a burla. Dio otra larga calada al cigarrillo, exhaló el humo y me miró a través de este con los ojos entornados.

—Señor, todavía tengo que encontrar la criatura, ya sea macho, hembra, o cualquier cosa entre medias, que ese jodido degenerado no se follaría si tuviera la más mínima oportunidad —se calló unos segundos mientras tiraba la ceniza al suelo—. Así que, si usted no es un marica, entonces ¿qué es usted? ¿Un judío, quizás? Tiene pinta de judío.

—No —repliqué—. No soy judío. Mis padres eran católicos, pero yo no soy muy de nada, me temo, tan solo un pintor del que nunca ha oído hablar.

—¿En serio lo está?

—¿En serio estoy qué, señorita Endecott?

—Asustado —dijo, dejando escapar el humo por la nariz—. Y no se atreva a llamarme «señorita Endecott». Me hace parecer una maldita maestra o algo igual de miserable.

—¿Así que, últimamente, prefiere que la llamen Vera? —pregunté, tentando a mi suerte—. ¿O Lillian?

—¿Qué tal Lily? —dijo sonriendo, completamente desconcertada, por lo que pude observar, como si declamara líneas de algún guión que había estado ensayando durante toda la semana.

—Muy bien, Lily —dije mientras le arrimaba el cenicero sobre la mesa. Lo observó frunciendo el ceño, como si le estuviese ofreciendo un surtido de alimentos absolutamente repugnantes y esperase que se lo comiera; no obstante, dejó de tirar la ceniza al suelo.

—¿Por qué estoy aquí? —preguntó, demandando una respuesta sin alzar la voz—. ¿Por qué se ha tomado tantas molestias para verme?

—No ha sido tan difícil —contesté.

Todavía no estaba preparado para responderle y quería alargar este encuentro un poco más, comprendiendo, o más bien esperando, que probablemente se marchase en cuanto tuviera lo que tenía que darle. En realidad, sí me había tomado muchas molestias; empecé telefoneando a su anterior agente, y luego continué con una media docena de contactos cada vez de peor reputación y menos dispuestos a cooperar. 

Tuve que sobornar a dos, y obligar a otro con una serie de amenazas vacías que incluían contactos inexistentes en el Departamento de la Policía de Boston. Pero tras hacer y decirlo todo, mis esfuerzos se vieron recompensados, porque aquí estaba sentada frente a mí, los dos, solos, solo yo y la mujer que había sido una estrella de cine y que había jugado algún papel en la crisis nerviosa de Thurber, y que había posado para Pickman y casi con toda seguridad había cometido un asesinato una noche de primavera en Hollywood. 

Ahí estaba la mujer que podía responder a las preguntas que yo no me atrevía a formular, y que sabía qué clase de ser había arrojado la sombra que vi en aquella sórdida película pornográfica. O, al menos, ahí estaba lo que quedaba de ella.

—No quedan muchas personas vivas que se hubieran tomado la molestia —dijo, bajando al mismo tiempo la mirada hacia la brasa humeante de su Gitane.

—Bueno, siempre he sido un tipo bastante obstinado —le dije, y ella sonrió de nuevo.

Era una sonrisa extrañamente salvaje, que me recordó a una de las primeras imágenes que tuve de ella… aquel sofocante día de verano, ahora hace ya más de dos meses, mientras examinaba un fajo de viejos recortes en la casa de huéspedes de Hope Street. El hecho de que su rostro no fuera nada más que una máscara de glamour de cuento de hadas ayudaba a esconder su verdad al mundo.

—¿Cómo lo conoció? —pregunté, y ella aplastó el cigarrillo en el cenicero.

—¿A quién? ¿Cómo conocí a quién? —frunció el ceño y desvió la mirada nerviosamente hacia la ventana del vestíbulo, que está orientado hacia el este, hacia el puerto.

—Lo siento —contesté—. Pickman. ¿Cómo llegó a conocer a Richard Pickman?

—Algunas personas opinarían que tiene unos intereses poco saludables, señor Blackman —replicó al tiempo que su sonrisa peculiarmente carnívora se borraba rápidamente, llevándose con ella cualquier atisbo de amenaza. En su lugar, tan solo quedaba una cáscara desamparada y acabada de mujer.

—Y, sin duda, también han dicho lo mismo de usted muchas, muchas veces, Lily. Leí todo lo ocurrido sobre Durand Drive y la tal Delgado.

—Sin duda lo ha hecho —dijo suspirando y sin apartar la mirada de la ventana—. No habría esperado menos de un tipo tan obstinado como usted.

—¿Cómo conoció a Richard Pickman? —le pregunté por tercera vez.

—¿Importa mucho? Eso ocurrió hace mucho tiempo. Hace muchos, muchos años. Él está muerto…

—No se encontró su cuerpo.

Y en ese instante, apartó la mirada de la ventana y me miró, y todas aquellas inesperadas líneas en su rostro parecieron hacerse más profundas súbitamente; puede que tuviera veintisiete años biológicamente, pero nadie se habría extrañado si hubiera afirmado que tenía cuarenta.

—El hombre está muerto —dijo con voz inexpresiva—. Y si por alguna casualidad no lo está, bueno, todos deberíamos ser lo suficientemente afortunados para conseguir lo que nuestro corazón anhela, sea lo que sea.

A continuación, volvió a mirar a la ventana y, durante un minuto o dos, ninguno de los dos habló.

—Usted me dijo que tiene los dibujos —dijo ella, finalmente—. ¿Era una mentira para que subiera aquí?

—No, los tengo. Bueno, dos de ellos —alargué el brazo para agarrar la carpeta apoyada junto a mi silla y desaté el cordel que la mantenía cerrada—. Por supuesto, no sé en cuántos otros dibujos de Pickman habrá posado usted. ¿Hay más?

—Más de dos —contestó ella, ahora casi susurrando.

—Lily, todavía no ha contestado mi pregunta.

—Y usted es un tipo obstinado.

—Sí —le aseguré, mientras sacaba los dos desnudos de la carpeta y los sostenía en alto para que los viera, pero aún sin dejarle tocarlos.

Ella los examinó durante unos segundos y su semblante permaneció relajado e imperturbable, como si la visión de aquellos dibujos no provocara en ella ningún recuerdo en absoluto.

—Necesitaba una modelo —explicó, girándose de nuevo hacia la ventana y al cielo azul de octubre—. Yo acababa de llegar de Nueva York y estaba alojada con una amiga que lo conoció en una galería o en una conferencia o algo similar. Mi amiga sabía que andaba buscando modelos, y yo necesitaba el dinero.

Miré una vez más los dos dibujos al carboncillo, la curva de aquellas amplias caderas, los redondos y firmes glúteos, y la cola… un apéndice doblado y deforme que sobresalía de la base del coxis y llegaba hasta la articulación de las rodillas de la modelo. Como ya he dicho antes, Pickman estaba fascinado por el realismo y su ojo para la anatomía humana era casi tan extraño como los necrófagos y demonios que pintaba. Señalé uno de los dibujos, a la cola.

—Eso no es una licencia artística, ¿verdad?

Ella no volvió a mirar los dibujos, se limitó a negar lentamente con la cabeza.

—Me operaron en Jersey, en 1921 —dijo ella.

—¿Por qué esperó tanto tiempo, Lily? Tengo entendido que ese tipo de deformaciones son corregidas habitualmente durante el parto, o poco después.

Y estuvo a punto de volver a sonreír con aquella sonrisa hambrienta y salvaje, pero esta murió, incompleta, en sus labios.

—Mi padre tiene sus propias ideas sobre tales cosas —dijo en voz baja—. Mire, siempre se enorgulleció de que el cuerpo de su hija hubiera sido bendecido con la prueba de su herencia. Le hacía sentir muy feliz.

—Su herencia… —comencé a decir, pero entonces Lily Snow levantó la mano izquierda, haciéndome callar.

—Creo, señor, que ya le he respondido suficientes preguntas para una sola tarde. Especialmente, teniendo en cuenta que usted tan solo tiene ese par de dibujos, y que no me dijo que ese fuera el caso cuando hablamos.

Asentí de mala gana y le entregué los dos dibujos. Ella los cogió, me dio las gracias y se puso en pie, limpiándose una pelusa o una mota de polvo de su camisa bermellón. Le dije que lamentaba no tener los otros dibujos en mi posesión, que no se me había ocurrido pensar que hubiera posado para otros aparte de aquellos dos. Esta última parte era mentira, por supuesto, porque sabía que Pickman sin duda habría realizado tantos bocetos como hubiera podido al contemplar un cuerpo tan inusual.

—No hace falta que me acompañe a la salida —me informó cuando me disponía a levantarme de la silla—. Y no volverá a molestarme más, nunca más.

—No —accedí—. Nunca más. Tiene mi palabra.

—Sois unos mentirosos hijos de puta, todos vosotros —dijo ella, tras lo cual el fantasma viviente de Vera Endecott se volvió y se dirigió al vestíbulo.

Unos segundos más tarde escuché cómo se abría la puerta y a continuación cómo se cerraba de un portazo, y me quedé sentado allí, en la pálida luz del día moribundo, mirando los sombríos rastros que permanecían en la carpeta de Thurber.

24 de octubre de 1929


Esto es el final. Tan solo unas cuantas palabras más y habré acabado. Ahora sé que al haber intentado capturar estos terribles sucesos, no he logrado hacerlo en absoluto, sino que simplemente les he aportado una nueva perspectiva más clara.

Hace cuatro días, la mañana del 20 de octubre, fue descubierto un cuerpo suspendido del tronco de un roble que se yergue cerca del centro del camposanto de King’s Chapel. 

Según informaban los periódicos, el cuerpo pendía a cinco metros del suelo, atado por la cintura y el pecho con tramos entrelazados de soga de yute y alambre de embalaje. La mujer fue identificada como la que en otro tiempo fuera la actriz Vera Endecott, Lillian Margaret Snow de soltera, y se abundaba en su fama y el infructuoso intento de ocultar su relación con los Snow de Ipswich, Massachusetts, una familia adinerada, pero también hermética y de pésima reputación. 

Su cuerpo estaba totalmente desnudo, había sido destripada y su lengua aparecía cercenada. Los labios habían sido cosidos con puntadas de hilo de sutura. Alrededor del cuello colgaba un letrero en el que había escrita una palabra con lo que se cree que era la sangre de la propia mujer: apóstata.

Esta mañana estuve a punto de quemar la carpeta de Thurber, junto a todos mis archivos. Incluso llegué a transportarlo todo al fogón, pero luego me falló la fuerza de voluntad, y simplemente me quedé sentado en el suelo, mirando los recortes y los bocetos de Pickman. 

No sé qué fue lo que detuvo mi mano, más allá de la sospecha de que la destrucción de aquellos papeles no iba a salvarme la vida. Si me quieren muerto, entonces moriré. Ya he avanzado demasiado por este camino para poder librarme intentando destruir las pruebas físicas de mi investigación.

Depositaré este manuscrito y todos los documentos relacionados que he reunido en mi caja fuerte de depósito, y luego intentaré retomar la vida que tenía antes de la muerte de Thurber. Pero no puedo olvidar una de las frases de la nota de suicidio del guionista, Joseph Chapman… ¿cómo puede un hombre olvidar, deliberada y completamente y para siempre las visiones que yo he tenido la desgracia de contemplar? 

Cómo, en efecto. Y tampoco puedo olvidar los ojos de la mujer, aquella tonalidad pétrea del gris de un mar revuelto. O aquella deforme sombra fugazmente vista en los últimos segundos de una película que podría haber sido rodada en 1923 o 1924, y que podría haber sido titulada La hija del perro o La necrófila.

Sé que las pesadillas no van a abandonarme, ni ahora ni en un tiempo futuro; tan solo ruego tener la suerte de que esta haya sido la última vez que contemplo despierto aquellas visiones aterradoras que invocó mi mente estúpida y entrometida.

El canario - Katherine Mansfield

¿Ves aquel clavo grande a la derecha de la puerta de entrada? Todavía me da tristeza mirarlo y, sin embargo, por nada del mundo lo quitaría. Me complazco en pensar que allí estará siempre, aun después de mi muerte. A veces oigo a los vecinos que dicen: «Antes allí debía de colgar una jaula». Y eso me consuela: así siento que no se le olvida del todo.

...No te puedes figurar cómo cantaba. Su canto no era como el de los otros canarios, y lo que te cuento no es solo imaginación mía. A menudo, desde la ventana, acostumbraba observar a la gente que se detenía en el portal a escuchar; se quedaban absortos, apoyados largo rato en la verja, junto a la planta de celinda. Supongo que eso te parecerá absurdo, pero si lo hubieses oído no te lo parecería. A mí me hacía el efecto de que cantaba canciones enteras que tenían un principio y un final.

Por ejemplo, cuando por la tarde había terminado el trabajo de la casa, y después de haberme cambiado la blusa, me sentaba aquí en la baranda a coser: él solía saltar de una percha a otra, dar golpecitos en los barrotes para llamarme la atención, beber un sorbo de agua como suelen hacer los cantantes profesionales, y luego, de repente, se ponía a cantar de un modo tan extraordinario, que yo tenía que dejar la aguja y escucharlo. 

No puedo darte idea de su canto, y a fe que me gustaría poderlo describir. Todas las tardes pasaba lo mismo, y yo sentía que comprendía cada nota de sus modulaciones.

¡Lo quería! ¡Cuánto lo quería! Quizá en este mundo no importa mucho lo que uno quiere, pero hay que querer algo. Mi casita y el jardín siempre han llenado un vacío, sin duda; pero nunca me han bastado. Las flores son muy agradecidas, pero no se interesan por nuestra vida. 

Hace tiempo quise a la estrella del atardecer. ¿Te parece una tontería? Solía sentarme en el jardín, detrás de la casa, cuando se había puesto el sol, y esperar a que la estrella saliera y brillara sobre las ramas oscuras del árbol de la goma. Entonces le murmuraba: «¿Ya estás aquí, amor mío?». Y en aquel instante parecía brillar solo para mí. Parecía que lo comprendiera...; algo que es nostalgia y, sin embargo, no lo es. 

O quizá el dolor de lo que uno echa de menos; sí, era este dolor. Pero ¿qué era lo que echaba de menos? He de agradecer lo mucho que he recibido.

...Pero, en cuanto el canario entró en mi vida, olvidé a la estrella del atardecer: ya no me hacía falta. Y aquello ocurrió de una manera extraña. Cuando el chino que vendía pájaros se detuvo delante de mi puerta y levantó la jaulita donde el canario, en vez de sacudirse como hacían los dorados pinzones, lanzó un débil y leve gorjeo, me sorprendí a mí misma diciéndole:

—¿Ya estás aquí, amor mío?

Desde aquel instante fue mío.

...Aún me asombra ahora recordar cómo él y yo compartíamos nuestras vidas. En cuanto por la mañana quitaba el paño que cubría su jaula, me saludaba con una pequeña nota soñolienta. Yo sabía que quería decirme: «¡Señora! ¡Señora!». Luego lo colgaba afuera, mientras preparaba el desayuno de mis tres muchachos pensionistas, y no lo entraba hasta que volvíamos a estar solos en casa. 

Más tarde, en cuanto terminaba de lavar los platos, empezaba una verdadera diversioncita nuestra. Solía poner una hoja de periódico en la mesa, y, cuando colocaba la jaula encima, el canario sacudía las alas desesperadamente como si no supiera lo que iba a ocurrir.

—Eres un verdadero comediante —le decía riñéndolo.

Le frotaba el plato de la jaula, lo espolvoreaba de arena limpia, llenaba de alpiste y de agua los recipientes, ponía entre los barrotes unas hojas de pamplina y medio chile. Y estoy segura de que él comprendía y sabía apreciar cada detalle de esta ceremonia. ¿Comprendes? Era, de natural, de una pulcritud exquisita. 

En su percha jamás había una mancha. Y solo viendo cómo disfrutaba bañándose se comprendía que su gran debilidad era la limpieza. Lo que yo ponía por último en la jaula era el envase en que se bañaba. Y al momento se metía en él. Primero sacudía un ala, luego la otra, después zambullía la cabeza y se remojaba las plumas del pecho. 

Toda la cocina se iba salpicando de gotas de agua, pero él no quería salir del baño. Yo solía decirle: «Es más que suficiente. Lo que quieres ahora es que te miren».

Y por fin, de un salto, salía del agua, y sosteniéndose con una pata se secaba con el pico, y al terminar se sacudía, movía las alas, ensayaba un gorjeo y levantando la cabeza... ¡Oh! No puedo ni siquiera recordarlo. Yo acostumbraba limpiar los cuchillos mientras tanto; me parecía que también los cuchillos cantaban a medida que se volvían relucientes.

...Me hacía compañía, ¿comprendes? Eso es lo que me hacía. La compañía más perfecta. Si has vivido sola, sabrás lo inapreciable que eso puede ser. Sin duda tenía también a mis tres muchachos que venían a cenar, y a veces se quedaban en casa leyendo los periódicos. 

Pero no podía suponer que ellos se interesaran en los detalles de mi vida cotidiana. ¿Por qué se iban a interesar? Yo no significaba nada para ellos: tanto es así, que una noche, en la escalera, oí que, hablando de mí, me llamaban «el adefesio». No importa. No tiene importancia, la más mínima importancia. Lo comprendo bien. Ellos son jóvenes. ¿Por qué me iba a incomodar? 

Pero me acuerdo de que aquella noche me consoló pensar que no estaba sola del todo. En cuanto los muchachos salieron, le dije a mi canario: «¿Sabes cómo la llaman a tu señora?». Y él ladeó la cabeza y me miró con su ojito reluciente, de tal forma que tuve que reírme. Parecía como si le hubiese divertido aquello.

...¿Has tenido pájaros alguna vez?... Si no has tenido nunca, quizá todo esto te parezca exagerado. La gente cree que los pájaros no tienen corazón, que son fríos, distintos de los perros y los gatos. Mi lavandera solía decirme cuando venía los lunes: «¿Por qué no tiene un fox-terrier bonito? No consuela ni acompaña un canario». No es verdad, estoy segura.

Me acuerdo de una noche que había tenido un sueño espantoso (a veces los sueños son terriblemente crueles) y, como al cabo de un rato de haberme despertado no conseguía tranquilizarme, me puse la bata y bajé a la cocina para beber un vaso de agua. Era una noche de invierno y llovía mucho. 

Supongo que aún estaba medio dormida; pero, a través de la ventana sin postigo, me parecía que la oscuridad me miraba, me espiaba. Y de pronto sentí que era insoportable no tener a nadie a quien poder decir: «He soñado un sueño horrible» o «Protégeme de la oscuridad». 

Estaba tan asustada, que incluso me tapé un momento la cara con las manos. Y luego oí un débil «¡Tui-tuí!». La jaula estaba en la mesa, y el paño que la cubría había resbalado de forma que le entraba una rayita de luz. «¡Tui-tuí!», volvía a llamar mi pequeño y querido compañero, como si dijera dulcemente: «Aquí estoy, señora mía: aquí estoy». Aquello fue tan consolador que casi me eché a llorar.

...Pero ahora se ha ido. Nunca más tendré otro pájaro, otro ser querido. ¿Cómo podría tenerlo? Cuando lo encontré tendido en la jaula, con los ojos empañados y las patitas retorcidas, cuando comprendí que nunca más lo oiría cantar, me pareció que algo moría en mí. 

Sentí un vacío en el corazón como si fuera la jaula de mi canario. Me iré resignando, seguramente: tengo que acostumbrarme. Con el tiempo todo pasa, y la gente dice que yo tengo un carácter jovial. Tienen razón. Doy gracias a Dios por habérmelo dado.

Sin embargo, a pesar de que no soy melancólica y de que no suelo dejarme llevar por los recuerdos y la tristeza, reconozco que hay algo triste en la vida. Es difícil definir lo que es. No hablo del dolor que todos conocemos, como son la enfermedad, la pobreza y la muerte, no: es otra cosa distinta. 

Está en nosotros profunda, muy profunda: forma parte de nuestro ser al modo de nuestra respiración. Aunque trabaje mucho y me canse, no tengo más que detenerme para saber que ahí está esperándome. A menudo me pregunto si todo el mundo siente eso mismo. ¿Quién lo puede saber? Pero ¿no es asombroso que, en su canto dulce y alegre, era esa tristeza, ese no sé qué lo que yo sentía?

La nube de lluvia - Theodor Storm (Final)

Entonces Andrés se acordó del pomito de hidromiel, que hasta ese momento había guardado. Al abrirlo, un perfume se expandió como si miles de plantas —de cuyas corolas habría sido chupada la miel por las abejas para producirlo hace tal vez más de cien años— hubieran florecido. Apenas los labios de la muchacha rozaron uno de sus bordes, cuando ella exclamó con ojos muy abiertos:

—¡Oh! ¿Qué parque tan hermoso es este donde estamos?

—¡No es ningún parque, María! Pero bebe, esto te fortalecerá.

Cuando bebió, se puso de pie y miró con ojos penetrantes en torno suyo.

—Bebe tú también, Andrés —le dijo—. ¡Pobre mujer, ha de ser una miserable criatura!

—¡Este es un auténtico elixir! —exclamó Andrés, después de haber probado también—. ¡Sabrá el cielo con qué haya sido preparado!

Fortalecidos, continuaron su camino en alegre charla. No obstante, luego de un rato, la muchacha se detuvo una vez más.

—¿Qué te ocurre, María? —preguntó Andrés.

—¡Oh, nada! Solo pensaba.

—¿Y qué pensabas, María?

—¡Pues mira, Andrés! Mi padre tiene la mitad de su heno en la pradera, ¡y yo me escapo con el propósito de hacer llover!

—Tu padre es un hombre rico, María. Nosotros tenemos en el henil, desde hace mucho tiempo, una parte de nuestra cosecha. Pero nuestra cosecha completa cuelga todavía de los enjutos tallos.

—¡Sí, sí, Andrés, tienes razón! ¡Debemos también pensar en los demás!

En silencio, consigo misma, añadió un momento después: «¡Ay, María, María, no salgas ahora con tonterías! ¡Se trata únicamente de tu tesoro!».

Así hubieron de continuar durante un rato, hasta que de pronto la muchacha exclamó:

—¿Qué es esto? ¿Dónde estamos? ¡Es un hermoso jardín!

Habían llegado sin saber en realidad cómo, desde la recta avenida de sauces, hasta un amplio parque. Del requemado y extenso césped se elevaban por todos lados majestuosas arboledas. En efecto, su follaje en parte había caído o colgaba, lánguido y marchito, de las ramas, pero la audaz arquitectura de estas se elevaba, en tanto las opulentas raíces de los troncos brotaban en caprichosas ramificaciones del tierno suelo. Flores en abundancia como no habían visto jamás lo cubrían todo. Sin embargo, marchitas y sin perfume, parecían haber sido dañadas por el mortal enrarecimiento del aire en el transcurso de su floreciente plenitud.

—¡Estamos en el lugar justo, según creo! —dijo Andrés.

 María asintió:

—Entonces, tienes ahora que quedarte aquí hasta mi regreso.

—¡Por supuesto! —replicó él, estirándose a la sombra de un gran encino—. De aquí en adelante te haces cargo. ¡Recuerda bien las palabras y no te equivoques!

Así pues, caminó sola por el amplio césped, bajo esos árboles que parecían llegar hasta el cielo, y al poco rato el joven, que hubo de quedarse rezagado, no la vio más. Ella caminó sin parar por solitarios parajes. Pronto dieron fin las arboledas y el terreno comenzó a descender. Reconoció claramente que caminaba sobre el lecho de unas aguas. Arena blanca y guijarros cubrían el suelo; había allí, esparcidos, cuerpos de peces cuyas escamas plateadas resplandecían a la luz del Sol. 

Vio una grisácea y extraña ave en medio del lecho. Le pareció semejante a una garza, pero era de tal estatura que su cabeza, de ser levantada, sobrepasaría la de una persona. El pájaro mantuvo su largo cuello entre las alas y pareció dormir. María sintió miedo. Aparte de la inmóvil y misteriosa ave, no se apreciaba ningún ser vivo; ni siquiera el zumbido de una mosca interrumpía el silencio que la rodeaba. 

Este parecía gravitar en aquel sitio como un espanto. Por un momento, el miedo la impulsó a llamar a su amado Andrés, pero no se atrevió a hacerlo: el sonido de su voz le parecía en ese desierto más horripilante que todo lo demás.

De suerte que mantuvo la mirada en el horizonte, donde parecían elevarse otras densas arboledas, y sin mirar siquiera de soslayo prosiguió su camino. No se movió la enorme ave cuando, sin ruido, se deslizó a unos cuantos pasos de ella. 

Por un instante, algo resplandeció bajo la blanca piel del párpado. Suspiró aliviada. Luego de dar unos cuantos pasos, el lecho del lago se estrechó hasta convertirse en un cauce de medianas dimensiones, que corría bajo un holgado grupo de tilos. El ramaje de estos inmensos árboles era tan denso que, a pesar de ser pocas las ramas, ningún rayo de Sol lo penetraba. 

María continuó caminando por el canal. Bajo la alta y tupida bóveda de árboles se sintió impresionada por la imprevista frescura que la envolvía. Casi le parecía como si caminara hacia el altar de una iglesia. De pronto, sus ojos fueron heridos por una refulgente luz; los árboles habían quedado atrás y, delante de ella, se elevaban unas pardas rocas sobre las que ardía el Sol más deslumbrante.

María se hallaba en un foso de arena en el que normalmente debía haber caído, entre las peñas, una cascada que remataba su cauce en el lago, ahora totalmente seco. Buscó con la mirada un camino entre las rocas. Algo la asustó de improviso. Aquello que estaba en mitad del barranco no podía pertenecer al macizo de rocas. 

Aunque igualmente gris e inmóvil como el precipicio, reconoció a primera vista que se trataba de un vestido que cubría bajo sus pliegues a una figura que dormía. Se acercó conteniendo apenas la respiración. Entonces le fue posible ver con claridad. 

Era una hermosa y sólida figura femenina. La cabeza pendía recayendo sobre el fondo rocoso. La rubia cabellera se esparcía hasta la altura de las caderas y estaba cubierta de polvo, así como de un reseco y marchito follaje. María la contempló arrobada.

«Debió haber sido muy hermosa —pensó— antes de que sus mejillas se hicieran tan flácidas y se hubieran hundido tanto sus ojos. ¡Ay!, qué pálidos están sus labios. ¿Será acaso la señora Nube? ¡Pero esta que está aquí no duerme! ¡Es una muerta! ¡Oh, se está terriblemente solo en este lugar!».

Pero la firme muchacha se recobró al instante. Se aproximó cuanto pudo y, arrodillándose e inclinándose ante ella, acercó los frescos labios al oído de la durmiente, tan pálida como un mármol. Momentos después, haciendo acopio de valor, habló con clara y resuelta voz:

¡El vapor es el humo,

el polvo, la fuente!

¡Mudos son los bosques,

el Hombre de fuego baila por los campos!

¡No dejes pasar más tiempo,

eh, tú, despierta!

¡La Madre te trae a tu casa

cruzando la noche!

Al momento, leves susurros alcanzaron las copas de los árboles y, a lo lejos, se oyeron agudos truenos de una tormenta. Al mismo tiempo, un sonido penetrante pareció venir del otro lado de las rocas, cortando el aire como el grito rabioso de una cruel y feroz bestia. Cuando María miró hacia lo alto, la figura estaba erguida frente a ella.

—¿Qué quieres? —preguntó.

—¡Ay, señora Nube! —contestó la muchacha, aún de rodillas—. ¡Habéis dormido cruelmente durante muchísimo tiempo y ahora todo follaje y toda criatura están a punto de consumirse!

La mujer la miró muy sorprendida, como si se esforzara por volver de un profundo sueño. Finalmente, con voz apenas audible, preguntó:

—¿Ya no brota agua de la fuente?

—No, señora Nube —respondió María.

—¿Y mi ave no vuela más sobre el lago?

—Duerme parada bajo el ardiente Sol.

—¡Ay! —gimió la mujer—. Apenas tenemos tiempo... ¡Ven, sígueme! Pero no olvides esa vasija que está a tus pies.

María hizo lo que la mujer le indicó y en seguida ambas escalaron las rocas. Arboledas inmensas y flores aún más hermosas brotaban de la tierra, si bien todo parecía marchito y sin perfume. Caminaron a lo largo del canal del río, oculto hasta ese instante por los monolitos de roca. 

Lenta y vacilantemente, caminaron la mujer y, detrás suyo, la muchacha, que miraba con tristeza a su alrededor. María advirtió que, pese a todo, aún quedaba un verde brillo en el césped. Al pisar tan peculiarmente, no podía dejar de llamarle la atención el breve susurro que su vestido arrastraba sobre la marchita hierba.

—¿Llueve ya, señora Nube? —preguntó.

—Desgraciadamente no, mi niña. Primero tienes que destapar el pozo.

—¿El pozo? ¿Pues dónde está?

Acababan de dejar atrás la arboleda.

—¡Allá! —señaló la mujer, y a cientos de pasos delante de ellas María vio elevarse una inmensa construcción; parecía un apilamiento desordenado de piedra gris.

«Parece llegar hasta el cielo», pensó María, pues en el punto más alto de la construcción todo se diluía entre brumas y resplandores solares. La eminencia de la parte frontera se elevaba en gigantescos torreones; interrumpida por altas cavidades de arcos y ventanas, no permitía, sin embargo, ver al interior.

Se encaminaron por espacio de varios minutos hacia el sitio hasta detenerse en la empinada margen de un río, que parecía apuntalar la construcción. Pero allí también el agua se había evaporado hasta el punto de quedar reducido a un hilillo que fluía en el centro del cauce. Una destartalada barquilla se posaba sobre la capa lodosa de la ribera.

—Cruza el río —dijo la mujer—. Sobre ti no tiene ningún poder. Pero no te olvides de sacar agua. ¡Pronto la vas a necesitar!

Cuando María, obedeciendo su orden, dejó la orilla, casi de inmediato retiró el pie debido al tremendo calor que su planta abrasaba desde el suelo. «¡Bah, que se quemen los zapatos!», pensó mientras seguía caminando con la vasija en la mano. Pero de pronto se detuvo; una expresión del más profundo terror asomó a sus ojos: un pesado y pardo puño quebró bajo su peso, muy cerca de ella, la capa de lodo mientras sus torcidas falanges hacían por atrapar a la muchacha.

—¡Ten valor! —escuchó que le dijo la voz de la mujer, quien gritó desde la orilla, a sus espaldas.

En ese momento pegó un fuerte grito y la imagen desapareció.

—¡Cierra los ojos! —oyó de nuevo exclamar a la mujer.

Continuó entonces su paso con los ojos cerrados, pero al sentir que uno de los pies tocaba el agua, se inclinó a llenar la vasija. Luego escaló cuidadosamente, evitando cualquier tropiezo, a la otra orilla. Tan pronto como llegó al palacio penetró, latiéndole con fuerza el corazón, por uno de los portones abiertos. 

Ya dentro se quedó de pie, llena de admiración, ante el pórtico. Parecía ser un único e inmenso espacio. Macizas columnas de estalactitas transportaban una extraña techumbre hasta alturas insospechadas. María casi llegó a pensar que no eran sino unas grises y gigantescas telarañas colgando de todas partes, entre los capiteles, en forma de nudos y cabos.

Permaneció así en el mismo sitio, como perdida. En un momento divisó la lejanía, de uno a otro extremos, pero los inmensos espacios le parecían no tener fin, no así el frontispicio, que fue por donde ella entró. Una tras otra se erguían las colinas y, pese a todo su esfuerzo, no pudo ver dónde terminaban. De pronto, su mirada quedó prendada de una enorme cavidad abierta en la tierra. ¡Sí, no lejos de ella había un pozo! Vio también la dorada llave encima del escotillón.

En tanto iba hacia él, notó que el suelo estaba cubierto con baldosas de piedra, como en la iglesia del pueblo. Avanzó entre abundantes y resecos carrizos y prados. A esas alturas, ya nada le asombraba.

Tan pronto llegó al pozo, quiso tomar la llave; de inmediato retiró la mano. La llave lucía bajo la diáfana luz de un rayo solar y tuvo entonces por cierto que brillaba de un color bermejo no por ser de oro, sino por su incandescencia. Decidida, vació el agua encima de ella, de manera que borboteó multiplicando su eco en los dilatados espacios. Luego, abrió rápidamente el pozo. Un fresco aroma se elevó al quedar abierto el escotillón y pronto la atmósfera fue saturándose con un fino y húmedo vapor que ascendía por las columnas envueltas en irisados celajes.

Pensativa, María se paseaba dando vueltas. Respiraba un aroma refrescante. Entonces, a sus pies, dio inicio un nuevo milagro. Lloviznaba, como una exhalación, una humedad ligeramente reverdecida sobre la delgada capa vegetal, haciendo que los tallos se irguieran, y la muchacha se paseó entre una abundancia de hojas y frescos pétalos, al pie de las columnas. 

Todo era un azul de nomeolvides del cual surgían iridáceas de color amarillo y violeta que despedían un tierno aroma. Por las puntas de sus hojas revoloteaban libélulas de gráciles y relucientes alitas, arrebozadas encima de los cálices; el suave perfume, que no dejaba de elevarse desde el pozo, iba saturando cada vez más el aire, como ondulaciones de chispas plateadas que centelleaban bajo el sol.

María no daba fin a su encanto y admiración cuando oyó a sus espaldas un placentero suspiro, dulce y suave como el de una mujer. Y, en efecto, al dirigir su mirada hacia el pozo, pudo advertir la figura de una mujer extraordinariamente hermosa y exuberante, como si hubiese florecido sobre el verde y musgoso brocal. 

Apoyaba la cabeza sobre el desnudo y blanco brazo, sobre el cual el cabello se esparcía en dorados rizos; tenía la mirada perdida hacia lo alto de la cúpula, entre los remates de las columnas.

María dirigió automáticamente su mirada hacia ese mismo punto. Vio entonces que lo que había creído una enorme telaraña no era sino el fino tejido de las generosas nubes, que cobraban cuerpo con el perfume que ascendía desde el pozo. En ese momento se desprendió sin ruido tal nubarrón del centro de la bóveda, que María vio el rostro de la hermosa mujer, junto al pozo, como a través de un velo gris. Rejuvenecida, de pronto la mujer dio unas palmadas y de inmediato la nube flotó en una abertura y se deslizó hacia afuera.

—¡Bien hecho! —exclamó la bella mujer—. ¿Y qué te parece? —le preguntó, y sus rojos labios sonrieron dejando ver la deslumbrante blancura de sus dientes.

Después, a una señal, la hizo acercarse; ella se dejó caer suavemente sobre el musgo, a su lado. Al advertir el descenso de una voluta aromática, la mujer dijo:

—Ahora, palmea con tus propias manos.

Y cuando María hizo lo indicado y la nube ascendió hasta desaparecer, la mujer exclamó:

—¿Ves qué fácil resulta? ¡Pero si lo haces mejor que yo!

Admirada, María observó a la hermosa mujer, desbordante de alegría.

—Pero, ¿quién sois realmente?

—¿Quién soy? ¡Ay, niña, vaya simpleza!

—¿Eh? ¡Perdonadme! ¡Pero es que sois tan hermosa y alegre!

Entonces la mujer guardó de pronto silencio.

—¡Sí! —exclamó—. Estoy ahora muy agradecida contigo. Si no me hubieras despertado, el Hombre de Fuego se hubiera convertido en maestro y yo no hubiera tenido más remedio que ir de vuelta con la Madre en lo profundo de la Tierra.

Encogió un tanto los blancos hombros como si un terror interno la hubiera estremecido. Luego añadió:

—¡Y tan hermoso y floreciente que es aquí arriba!

María tuvo que contarle cómo había llegado hasta ese lugar. Plácidamente sentada sobre el musgo, la mujer la escuchaba. De vez en cuando, tomaba cualquier flor que a su vera brotaba y la prendía del cabello de la muchacha o del suyo propio. Al escuchar el relato de su difícil caminata a lo largo de la enorme avenida de sauces, la mujer suspiró y dijo:

—Esa avenida fue construida alguna vez por vosotros los humanos. ¡Pero de eso hace ya mucho tiempo! Trajes como el que tú vistes ahora no los he visto nunca antes. Tiempo atrás me visitabais más a menudo. Yo os daba semillas, simientes para nuevas plantas y cereales. Agradecidos, compartíais conmigo vuestros frutos. Así como no me olvidasteis, yo tampoco me olvidé de vosotros y así vuestros campos no carecieron nunca de lluvia. Pero desde hace mucho me sois extraños, ya nadie me visita. Desde entonces, por el calor y el hastío, me he quedado dormida, con lo cual el traicionero Hombre de Fuego pudo hacer suya la victoria.

Entre tanto, María se había tumbado sobre el musgo. Cerró los ojos. En torno suyo caía un tenue rocío y la voz de la hermosa mujer resonaba en sus oídos con un timbre dulce y familiar.

—Solo una vez —continuó la mujer—, pero de eso hace también mucho tiempo, vino una muchacha de aspecto muy semejante al tuyo. A decir verdad, vestía muy parecido a ti. Le obsequié miel silvestre, y ese fue el último regalo que un humano recibió de mí.

—¡Mirad! —dijo María—. ¡Qué coincidencia! ¡Aquella muchacha tiene que haber sido la antepasada de mi amado y el elixir que hoy me ha fortificado tanto era seguramente vuestra miel silvestre!

La mujer pensó sin duda en la joven amiga de antaño al preguntar:

—¿Aún tiene esos hermosos rizos color castaño sobre la frente?

—¿Quién, señora Nube?

—¡Pues la antepasada, como tú la llamas!

—¡Oh, no, señora Nube! —replicó María, sintiéndose en ese momento apenas perceptiblemente superior a su poderosa amiga—. Ella se convirtió en una anciana.

—¿Anciana? —preguntó la hermosa mujer; no entendía tal cosa, pues la edad le resultaba un concepto desconocido.

María tuvo gran dificultad para explicárselo.

—¡Fijaos bien! —le dijo finalmente—. ¡Cabello gris y ojos enrojecidos en un ser malhumorado! ¡A eso le llamamos anciano nosotros los humanos, señora Nube!

—¡Claro! —replicó la mujer—. Ahora recuerdo, había una de ellas entre las mujeres... Pues entonces dile que vuelva conmigo, la convertiré de nuevo en un ser alegre y hermoso.

María movió la cabeza.

—Eso ya no es posible, señora Nube —le dijo—, hace ya mucho que la antepasada descansa bajo tierra.

La mujer gimió:

—¡Pobrecilla!

Entonces ambas guardaron silencio sobre el suave musgo, donde permanecían placenteramente tendidas.

—¡Pero, niña! —exclamó de pronto la mujer—. ¡De tanto charlar nos hemos olvidado por completo de la lluvia!

—¡Caramba, aquí uno se empapa como un gato! —exclamó María, abriendo los ojos con asombro.

La mujer se rio.

—¡Tan solo palmea un poco más! ¡Pero ten cuidado, no vayas a disolver las nubes!

De esta manera empezaron a palmear; pronto las nubes se hicieron más densas, la neblina se apretujaba junto a las escotillas y se dispersaba en el aire. Poco después, María vio una vez más el pozo y el verde prado, ahora cubierto de incontables iridáceas amarillas y violetas. Asimismo, se despejaron enseguida los huecos de las escotillas. A lo lejos, por encima de los árboles del jardín, vio cubrirse el cielo por completo. El sol iba desapareciendo lentamente. No pasó mucho tiempo cuando escuchó el chubasco como agua corriendo sobre ramas y matorrales, susurrando sin cesar con poderoso ímpetu.

María estaba sentada, muy erguida, con las manos entrelazadas.

—Señora Nube —dijo en voz baja—, está lloviendo.

La mujer asintió en silencio, a sus espaldas, inclinando su hermosa y rubia cabellera. Estaba también sentada, como sumida en ensueños.

De pronto, estalló una fuerte y aguda crepitación. Cuando María, temerosa, miró hacia afuera, vio elevarse al cielo, desde el cauce del anchuroso río que había cruzado hacía poco, inmensas y vaporosas nubes blancas. En ese momento se sintió abrazada por la hermosa Mujer de la Lluvia, quien se oprimía temblando contra la jovencita, que permaneció junto a ella.

—Ahora las nubes están derramando agua sobre el Hombre de Fuego —susurró la mujer—. ¡Escucha cómo se defiende! Pero su lucha será inútil.

Así se mantuvieron abrazadas durante algún rato. De pronto, todo estaba en calma; afuera no se escuchaba más que el suave murmullo del bosque bajo la lluvia. Se levantaron en ese momento y la mujer bajó la puerta corrediza del pozo y la cerró.

María besó su blanca mano y le dijo:

—¡Os doy las gracias, querida señora Nube, por mí y por toda la gente de nuestro pueblo!

Luego añadió, un tanto vacilante:

—¡Y ahora quisiera regresar a casa!

—¿Quieres irte ya tan pronto? —preguntó la mujer.

—Sabéis que mi tesoro me está esperando, seguramente ha de estar empapado.

La mujer elevó el índice y le dijo:

—¿En adelante no lo dejarás esperar nunca más?

—¡Seguro que no, señora!

—Entonces ve, hija. Y cuando vuelvas a casa cuéntales de mí a los demás para que no me olviden. ¡Y ahora, ven! Te voy a acompañar.

Afuera, en el fresco rocío, habían brotado por todos lados, entre árboles y matorrales, prados verdes y follaje. Cuando llegaron al río, el agua había llenado de nuevo todo su cauce y, como si las esperara, la barquilla, al parecer restaurada por una mano invisible, flotaba mecida por las aguas, muy cercana a la hierba de la orilla. 

Embarcaron cada una en silencio y el bote se deslizó hacia la margen opuesta mientras el lento oleaje se deshacía entre arabescos y rumores sobre la corriente de las aguas. De pronto, al pisar la otra orilla, cantaron los ruiseñores, muy cerca de ellas, bajo el fresco cobijo de los matorrales.

—¡Oh! —dijo la mujer, suspirando profundamente desde lo más hondo de su corazón—. Es todavía temporada de ruiseñores. ¡Hemos actuado muy a tiempo!

Caminaron a lo largo de un hilo de agua que conducía a la cascada. Esta caía con inusitada fuerza, rebotando en las rocas, corriendo después por el ancho canal, bajo la amplia sombra de unos tilos. Al descender, tuvieron que continuar su camino por la orilla, junto a los árboles. 

Al salir de nuevo al aire libre, María observó el extraño pájaro volando en amplios círculos por encima del lago, cuyos meandros se extendían hasta donde las dos caminaban. Luego siguieron por la parte baja, a lo largo del borde, mientras escuchaban el susurro del agua, que corría sobre la lustrosa y densa arena de la playa. 

Miles de pétalos se abrían por todas partes. María vio también violetas y lirios de mayo y otras flores que reconoció, y cuya temporada de hecho había pasado hacía mucho tiempo pero que, a causa de la malsana canícula, no habían podido desarrollarse a tiempo.

—Ellas tampoco quieren quedarse atrás —dijo la mujer—. Ahora todo florece al mismo tiempo.

Solía sacudir su rubia cabellera de manera que las gotas de agua refulgían en torno suyo como chispas; o unir las manos, con lo que el agua corría entre los blancos brazos como en el interior de una concha. Asimismo, separaba las manos y allí donde las chispeantes gotas tocaban el suelo, se elevaban nuevos aromas; un colorido juego de copiosas y relucientes flores nunca vistas se esparcía en todo el prado.

Pronto llegarían al lugar donde se había quedado Andrés. ¡Y así era! Apoyado en uno de los brazos, estaba tendido bajo los árboles; parecía dormir. Pero cuando María vio a la hermosa mujer caminar tan orgullosamente al lado suyo con sus encendidos y sonrientes labios, se sintió de pronto tan torpe y fea que pensó: "¡Ay, no! ¡Esto no está nada bien! ¡Andrés no puede verla!", y le dijo en voz alta:

—¡Os doy las gracias por vuestra compañía, señora Nube —replicó María—, él es un muchacho como los demás, y justo lo bastante bueno para una muchacha de pueblo!

La Mujer de la Lluvia la miró escrutadoramente.

—¡Tontuela, eres muy hermosa! —le dijo, y elevó amenazadoramente el índice—. ¿Y eres también la más guapa del pueblo?

Entonces la hermosa muchacha se sonrojó visiblemente y sus ojos se inflamaron al levantar los párpados. No obstante, la mujer volvió a sonreír.

—¡Pues entonces escucha, María! —le dijo—. En vista de que ya han brotado de nuevo todas las fuentes y ríos, puedes seguir un camino más corto. Primero toma a la izquierda. Luego de la hilera de sauces hallarás una barca. ¡Sube a ella tranquilamente! ¡Te llevará segura y rápidamente a tu casa! ¡Y ahora, adiós! —exclamó, poniendo el brazo alrededor del cuello de la muchacha, besándola—. ¡Oh, qué dulces y frescos se sienten estos labios humanos!

Luego se dio vuelta y caminó bajo la lluvia cruzando un prado. Comenzó a cantar; su canto era dulce y monótono, y cuando la bella silueta desapareció entre la arboleda, María no supo si aún escuchaba su canto lejano o tan solo el susurro de la lluvia.

La muchacha se quedó parada un momento más; luego, como sumida en una súbita añoranza, se ciñó con sus propios brazos.

—¡Adiós, querida y hermosa Nube, adiós! —gritó.

Pero ya no hubo respuesta. Al momento, se dio cuenta con claridad de que era la lluvia lo que había escuchado.

Al encaminarse hacia la entrada de un jardincillo, vio al joven de pie, muy erguido, bajo los árboles.

—¿Qué miras tanto? —le preguntó, estando cerca de él.

—¡Caramba, María! —exclamó Andrés—. ¿Quién era esa mujerona tan hermosa?

La muchacha tomó del brazo al joven y con un brusco jalón lo hizo volverse.

—¡No se te vayan a salir los ojos! —le dijo—. Esa mujer no es para ti. ¡Es la señora Nube!

Andrés se rio.

—¡Pues qué bien la has despertado, María! —replicó él, sin atender a su celoso reclamo—. ¡Ya lo he notado desde aquí! ¡Nunca antes ha sido tan torrencial la lluvia ni en mi vida he visto todo tan reverdecido! ¡Pero ven! Vamos a casa. Tu padre ha de cumplir su palabra.

Más tarde, en las cercanías de los sauces encontraron la barca y subieron a ella. La tierra baja estaba completamente inundada; el aire y el agua rebosaban de toda clase de aves; las esbeltas golondrinas se precipitaron lanzando garlidos por encima de sus cabezas, sumergiendo las puntas de sus alas en la corriente, en tanto que una gaviota nadaba, majestuosa, al lado de la rauda embarcación. En las verdes isletas que iban dejando atrás en su camino, llegaron a ver gallos de dorada cresta que peleaban entre sí.

De esa manera se deslizaron velozmente. Aún caía un poco de lluvia, tenue pero incesante. Después, el curso del agua se angostó y pronto esta se convirtió en un río de medianas dimensiones.

Andrés miraba desde hacía rato a lo lejos, con la mano puesta encima de los ojos a manera de una visera.

—Observa, María —exclamó—. ¿No es ese mi campo de centeno?

—¡Claro, Andrés! ¡Y qué bellamente ha reverdecido! ¿Pero es que ya te has dado cuenta de que hemos venido en el curso de nuestro riachuelo?

—Cierto, María. Pero, dime, ¿qué es lo que hay más allá? ¡Todo está inundado!

—¡Ay, santo Dios! —exclamó María—. ¡Esos son los pastizales de mi padre! Mira, todo el heno está flotando.

Andrés oprimió con la suya la mano de la muchacha.

—¡No te preocupes, María! —le dijo el muchacho—. Pienso que el precio no ha sido muy alto, y mis campos tan mayores frutos darán.

La barca se detuvo poco antes de llegar junto al enorme tilo del pueblo. Treparon por la orilla y de inmediato caminaron tomados de la mano calle abajo. Entonces, desde todos lados fueron saludados efusivamente, ¡pues de seguro la madre Stine había hablado bastante durante su ausencia!

—¡Llueve! —gritaban los niños al correr por las calles, empapándose bajo el agua.

—¡Llueve! —dijo el primo Schulze, mirando placenteramente desde la ventana cuando, al pasar ellos, los sacudió con un fuerte saludo de manos.

—¡Sí, sí, llueve! —dijo el padre de María, que con su pipa en la boca estaba en ese momento en la entrada de su casona—. Y tú, María, ¡bien que me has mentido! Pero entren los dos. Andrés, como dijo el primo Schulze, ha sido siempre un buen muchacho; su cosecha, igualmente, será buena este año, y si en los próximos tres hay otra vez lluvia, no está nada mal que ricos y pobres se acerquen. ¡Vayan con madre Stine para que arreglemos el asunto!

Varias semanas habían transcurrido desde entonces. La lluvia había dejado de caer desde hacía algún tiempo y las últimas pesadas carretas entraban y salían de los graneros, adornadas con coronas de flores y cintas ondulantes.

Bajo el resplandor del sol, una procesión nupcial se dirigía a la parroquia. María y Andrés eran los novios; detrás de ellos, tomados de la mano en el cortejo, seguían los padres de ambos.

Muy cerca del atrio, al apenas comenzar a escucharse los sonidos que un anciano del pueblo arrancaba al órgano para darles el recibimiento, de pronto una nubecita blanca se acercó y ligeras gotas cayeron sobre el tocado de la novia.

—¡Eso es de buena suerte! —gritaron algunos de los congregados en el atrio.

—¡Fue la señora Nube! —susurraron entre sí los novios, estrechándose las manos.

Poco después, la procesión entró en el templo. Brilló de nuevo el sol, la música del órgano dejó de escucharse y el párroco dio inicio a su tarea.