INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta regalos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta regalos. Mostrar todas las entradas

Muerte fuera de temporada - Mary Barrett

Miss Witherspoon se inclinó hacia el suelo y con su pequeño transplantador removió un poco de tierra en la hierba de su jardín. Se dijo en silencio que no debía cultivar ni remover la tierra demasiado cerca de las plantas, para no dañar las delicadas raíces de la hierba. 

Miss Witherspoon era una jardinera muy cuidadosa, como atestiguaban los resultados conseguidos. Sus flores y césped eran de lo más lozano de la ciudad; en realidad, eran la envidia de todo el mundo, aunque sus vecinos no tuvieran la elegancia de confesarlo.

«Britomar» restregó su lomo contra el tobillo de miss Witherspoon, ronroneando. Miss Witherspoon intentó apartar inútilmente a la gata negra, con un suave golpe de su enguantada mano izquierda.

—Hola, miss Witherspoon —saludó una mujer desde la acera situada al otro lado de la blanca cerca de vallas.

Se trataba de mistress Laurel, la divorciada, siempre elegantemente vestida, que se había instalado desde hacía poco en el vecindario.

—¿Está usted arreglando esos pequeños macizos de flores de mayo de los que tanto he oído hablar? —preguntó con un fingido tono amistoso que no podía ocultar su desdén.

Miss Witherspoon abandonó su tarea, enderezándose.

—Sí, lo estoy haciendo —contestó con fría amabilidad.

Mistress Laurel sonrió condescendientemente y siguió su camino. Por su parte, miss Witherspoon continuó su trabajo sin hacer el menor caso de la interrupción. Tenía cosas mucho más importantes en qué pensar que en la impertinencia de mistress Laurel.

De todos modos, miss Witherspoon estaba acostumbrada a las burlas, pues, durante el transcurso de los años, había adquirido la fama de ser la persona más excéntrica de la ciudad. Cierto es que otras personas de la ciudad se desviaban de diversas formas del comportamiento usual..., borrachos, personas de actitudes imbéciles, e incluso un asesino, si se contaba a aquel Jake Holby que golpeó a su delgada esposa hasta causarle la muerte, cuando la descubrió en el pajar del establo con su empleado. 

Sin embargo, ninguno de estos aberrantes comportamientos era considerado tan peculiar como la insistencia de la anciana miss Witherspoon en mantener el más completo aislamiento. Ninguna persona había penetrado nunca en el interior de su pequeña casa, y únicamente los chicos más temerarios, incitados por los riesgos más irresistibles, se aventuraban a traspasar la puerta o a saltar sobre la verja blanca, para penetrar en su bien cuidado césped, aunque esto lo hacían sólo en la oscuridad de la noche, una vez que la anciana se  había dormido.

Años atrás, los chicos de la ciudad habían compuesto un sonsonete burlón que todavía se cantaba con regocijo: «Miss Witherspoon es un tostón.» Aunque los chicos pensaban que era una frase ingeniosa, muy pocos de ellos se atrevieron jamás a pronunciarla ante la anciana, pues, aunque odiaban admitirlo ante sí mismos y ante los demás, la verdad es que todos se sentían atemorizados ante ella.

En la ciudad, nadie recordaba que miss Witherspoon se hubiera dirigido espontáneamente a ninguna persona que pasara por la acera: tampoco se recordaba que hubiera saludado alguna vez a un vecino a través de la verja. Nunca había llevado sopa a los enfermos, ni pasteles a los afligidos. En resumen, no observaba ninguna de las costumbres sociales habituales. 

Si alguna vez alguien se atrevió a preguntarle el porqué, y si ella decidió contestar, habría dicho que prefería las plantas a la gente, principalmente porque las plantas no pecaban y eran incapaces de causar mal, y además porque, manteniendo su aislamiento, podía observar mejor y objetivamente los delitos cometidos por quienes la rodeaban.

Sin embargo, miss Witherspoon observaba un ritual propio, más o menos social, que realizaba fielmente una vez al año, la Noche de Walpurgis. Mistress Laurel se había referido precisamente a este acontecimiento anual, pero ella no conocía, como no lo conocía ninguna otra persona, el ritual completo. 

Por primera vez, miss Witherspoon estuvo jugando este año con el pensamiento de alterar ligeramente su modelo de actuación. Después de todo, se estaba haciendo vieja y la artritis de sus dedos empezaba a ser un serio y creciente inconveniente. Puede que no le quedaran muchos años más para llevar adelante todo el programa. 

Quizá este año, y sólo por una vez, debiera preocuparse de cuidar a dos personas, en lugar de a una sola. Pero finalmente decidió lo contrario. Una vez que se ha seguido con éxito un modelo de conducta, es mucho mejor mantenerlo.

La Noche de Walpurgis era la única fecha del año que tenía algún significado para miss Witherspoon, la única que ella marcaba en su calendario. Era la víspera del Día de Mayo, nombrado según una misionera y abadesa inglesa que había alcanzado gran renombre expulsando a las brujas. Como saben todos aquellos que hayan leído a sir James Frazer, ésa es la noche preferida por las brujas para salir.

La víspera de Walpurgis de cada año miss Witherspoon preparaba exactamente diez canastillas de flores de mayo. Y cada año, durante aquella noche, las colgaba a hurtadillas de los pomos de las puertas de diez casas distintas. Nunca eran las mismas casas, aunque, como consecuencia del paso de los años, se había visto obligada a repetir en ocasiones. Y cada año, una y sólo una de las canastillas de mayo era especialmente elegida para contener algo particularmente interesante.

Naturalmente, los habitantes de la ciudad sabían perfectamente quién era su benefactor del Día de Mayo. Sólo el jardín de miss Witherspoon podía proporcionar una variedad tan abundante de flores y hierbas.

Para los habitantes de la ciudad, era una especie de juego especular sobre quién se vería favorecido con las pequeñas canastillas de flores y hierbas que, inevitablemente, iban acompañadas por un verso o un dicho escrito por la cuidadosa mano de miss Witherspoon. 

Todo el mundo se burlaba disimuladamente de esta prueba anual de la excentricidad de la anciana. De lo que no solían darse cuenta era de que, cada año, el destinatario de una de las canastillas se encontraba con un extraño e inesperado destino.

Pero eso no importaba. Miss Witherspoon no buscaba fama ni crédito por su trabajo.

Mientras escogía y arrancaba cuidadosamente las flores para cada canastilla, el sol le daba cálida y reconfortantemente sobre su espalda. Ella saboreaba en su mente sus queridos nombres latinos —Lathyrus odoratus (guisante de olor), Lobularia marítima (aliso de olor), Convallaria majalis (lirio de los valles), y, desde luego, el fabuloso jacinto que surgió de la sangre del amigo moribundo de Apolo—, «esa flor sanguínea dedicada con dolor».

Las canastillas quedaron finalmente llenas y las colocó a la sombra fresca del arce. Y ahora, para terminar, debía tomar la decisión más importante. ¿Qué hierba debía elegir para la favorecida décima canastilla? Miss Witherspoon podía utilizar el rizoma de la manzana de mayo; pero eso quizá no fuera lo bastante bonito como para captar el interés. La espuela de caballero podría servir, pero eso significaría secar las semillas y quizá supondría más trabajo del necesario.

En consideración al simbolismo, se sintió tentada de utilizar la flor «hermosa dama», belladona, o, por la misma razón, el acónito. Pero no. La mejor elección sería la Digitalis purpurea, la dedalera. Cierto que su jardín sólo contenía la variedad americana, la Phytolacca americana, y que a ella no le gustaba el feo sonido de su nombre americano. Pero, a pesar de todo, las oscuras bayas moradas eran bonitas y servirían igualmente para su propósito. Así pues, fueron a parar a la décima canastilla, junto con un verso de Rudyard Kipling, que copió con su primorosa escritura:

 

Excelentes hierbas tenían nuestros antiguos padres…

Excelentes hierbas para aliviar su dolor.

 

Como idea adicional, ella añadió: «Las bayas moradas, servidas en cualquier forma, harán que hasta un holgazán en el amor se transforme en una persona ardiente, y un ardiente en un amante apasionado increíble.»

Miss Witherspoon sentía tener que recurrir a una mentira tan franca, pues era una verdadera artista y habría preferido que su ritual anual fuera perfecto en todo. Sin embargo, tendría que olvidarse de este falso detalle en beneficio de su más amplio plan.

Aquella noche, miss Witherspoon salió a la calle, acompañada únicamente por «Britomar». La luz de la luna era brillante y el aire, cálido y húmedo daba una sensación primaveral. Sintiéndose feliz, miss Witherspoon recordó unas estrofas de El Mercader de Venecia:

 

En una noche así,

Medea recogió las hierbas encantadas.

 

Nueve canastillas quedaron colgadas y, después, la décima fue a parar... a la puerta de mistress Laurel.

Dos días después, Edward Johnston, el sastre, falleció de una muerte dolorosa e inexplicable, víctima de algún violento vomitivo ingerido accidentalmente y que, al parecer, le fue servido en una comida preparada por la atractiva divorciada. Porque, lo más extraño del caso fue que no murió en su propia casa, rodeado de su esposa y de sus cuatro hijos, sino en casa de la encantadora vecina de miss Witherspoon. 

Por su parte, miss Witherspoon fue la única de la ciudad que no se sorprendió de que muriera allí, pues sólo ella había observado las frecuentes visitas clandestinas del sastre, y sólo ella suponía cuál de los diez mandamientos estaba siendo transgredido en el interior de la casa de mistress Laurel.

A la mañana siguiente, después de que estas terribles noticias se extendieran por la ciudad, miss Witherspoon estaba trabajando tranquilamente en su jardín, como siempre, cuando llegó un visitante muy poco usual. El sheriff se acercó a ella andando sobre las piedras planas del camino.

—Buenos días, miss Witherspoon —saludó desde el camino, junto al césped.

—Buenos días, sheriff —contestó ella, mirándole desde un macizo de flores, sobre el que había estado inclinada—. ¿Desea usted hablar conmigo?

—Así es.

El vacilante tono de voz del sheriff puso al descubierto sus dudas y lo incómodo que se sentía. Ahora que la podía mirar directamente, le pareció una persona absolutamente inocente, incapaz de hacer daño a nadie. Y, sin embargo, cuando su teoría había terminado por confirmarse aquella mañana, le pareció firme... aunque de una forma extraña.

—Entremos —sugirió miss Witherspoon—. Allí podremos hablar tranquilamente.

Los dos penetraron en la fría y débilmente iluminada sala de estar y se acomodaron en sendas sillas, una frente a la otra, con la mesa de té en medio. «Britomar» saltó al regazo de miss Witherspoon, y la anciana acarició a la gata mientras habló:

—Le he estado esperando desde hace años —dijo.

—¿De verdad? —preguntó el sheriff, claramente desconcertado por aquellas palabras.

—¡Oh, sí! Sabía que no era usted un estúpido, y que algún año llegaría a darse cuenta de la verdad acerca de mis pequeños rituales.

—¿Quiere decir que ha... ¡eh!... hecho esto antes?

Miss Witherspoon asintió con la cabeza.

—¿Sabía usted que acabaría por ser descubierta y sin embargo, continuó haciéndolo?

—Claro que seguí haciéndolo. No abandonaría usted fácilmente su trabajo, su misión en la vida, ¿verdad, sheriff? —la anciana se detuvo, aunque la pregunta era evidentemente retórica—. Claro que no lo haría —se contestó a sí misma—, y tampoco lo haría yo. Después de todo, trabajamos en lo mismo, y ninguno de nosotros podría abandonar honorablemente su tarea. El mundo necesita de nuestros esfuerzos.

El sheriff, que ya empezaba a comprender, preguntó con amabilidad:

—¿Y cuál cree usted que es nuestro trabajo?

—¡Cómo! —exclamó—. Limpiar la ciudad de malhechores —afirmó, como la cosa más natural del mundo—. Hay demasiados para que usted solo se encargue de todos, y muchos de ellos no despiertan su atención. Eso es por lo que todos los años selecciono a un solo candidato para su extinción.

El sheriff no supo qué responder.

Miss Witherspoon apartó a la gata de su regazo y se levantó.

—Perdóneme. Haré el té.

Al cabo de unos minutos regresó de la cocina con una bandeja sobre la que había colocado los elementos necesarios para servir el té. Durante su ausencia, el sheriff había decidido cuál sería su próxima pregunta.

—¿Cómo escogía usted sus..., ¡ejem!..., sus candidatos para la extinción? —preguntó.

—Muy simple: tomaba nota de las personas que violaban uno de los diez mandamientos y las disponía por orden. Este año había llegado al séptimo mandamiento —se miró las manos, plegadas sobre su regazo, como si no se atreviera a pronunciar en voz alta las palabras ante la presencia de un hombre—: No cometerás adulterio.

—¿Quiere usted decir con eso que..., que ya ha eliminado a otras seis personas? —preguntó el sheriff.

—Así es —el orgullo con que contestó miss Witherspoon fue evidente—, empezando por la persona que violó el primer mandamiento con un mayor descaro... John Leger, el presidente del Banco, que tanto adoraba el dinero... y así seguí con la lista hasta llegar al número siete.

Se detuvo un momento, como si esperara un elogio, pero al ver que no escuchaba ninguno, continuó:

—Mi mayor dificultad se me presentó el año pasado... para encontrar un candidato para el número seis. Usted hace un trabajo muy eficiente cuando se trata de detener a los pocos que matan —ahora adoptaba el tono de un profesional que está hablando con otro—. Pero al fin conseguí lo que buscaba. Como comprenderá, el mandamiento no especifica lo que no se debe matar, y todo el mundo sabía que Edna Fairbanks solía preparar carne envenenada para que se la comieran los gatos.

—¡Así es que fue eso! —exclamó el sheriff, dando un suspiro al haber podido resolver de pronto aquel enigma que le atormentaba desde hacía un año. Y entonces preguntó—: Pero ¿qué sucede con usted, miss Witherspoon? ¿No ha estado violando usted misma el sexto mandamiento?

—En realidad no —contestó la anciana, brillándole los ojos ante el placer de poder revelar finalmente a alguien su inteligencia—. He pensado en todo eso con mucho cuidado. En realidad, no he matado a nadie. Me limité a poner a su alcance el instrumento de la muerte. No hay ningún mandamiento que prohíba eso.

El sheriff pensó que la anciana estaba mucho más loca de lo que se había imaginado. En voz alta, preguntó:

—Pero usted se aseguró de que esas personas utilizarían el instrumento, ¿no es cierto? Fue la nota encontrada en la canastilla de mistress Laurel la que me hizo pensar en usted.

—Es cierto que mis notas animaban a esas personas a utilizar mis hierbas, pero sólo tuve éxito porque los mensajes que les daba estimulaban lo peor de las personas que los recibían... era la misma maldad por la que estaban siendo castigadas.

—Bien —dijo el sheriff, admirándola muy a su pesar—, ha hecho usted un trabajo concienzudo Pero, aunque haya sido así, comprenderá que no podemos dejarla en libertad.

—¡Oh! Eso lo comprendo —dijo miss Witherspoon alegremente—. Usted tiene un trabajo que hacer.

El sheriff suspiró con alivio. Aquel asunto se iba a desarrollar mucho mejor de lo que había temido.

—Tómese un poco de tiempo para arreglar sus cosas —le dijo—, y volveré más tarde a por usted con una orden de arresto.

—Eso está bastante bien —dijo miss Witherspoon mientras le acompañaba hacia la puerta.

Después de todo, el jugo de perejil que había echado en el té del sheriff actuaría con rapidez y efectividad. Era tan mortal como la cicuta que bebiera Sócrates.

Sentía mucho que esta muerte tuviera que producirse fuera de temporada. Pero, al fin y al cabo, se trataba de una emergencia. Tampoco le había dicho al sheriff que se había visto obligada a saltarse uno de los mandamientos de la lista. Por lo que sabía, el sheriff no había robado nada. Pero sin duda alguna estaba a punto de violar el mandamiento número nueve, pues ¿acaso no estaba planeando sostener un falso testimonio contra ella? Se había dado cuenta de eso inmediatamente.

El Cascanueces y el rey de los ratones - E. T. A. Hoffmann (parte 2)

El protegido

María se quedó parada delante de la mesa de los regalos, en el preciso momento en que ya se iba a retirar, por haber descubierto una cosa que hasta entonces no había visto. A través de la multitud de húsares de Federico, que formaban en parada junto al árbol, se veía un hombrecillo, que modestamente se escondía como si esperase a que le llegara el turno. 

Mucho habría que decir de su tamaño, pues, según se le veía, el cuerpo, largo y fuerte, estaba en abierta desproporción con las piernas, delgadas, y la cabeza resultaba, asimismo, demasiado grande. Su manera de vestir era la de un hombre de posición y gusto. Llevaba una chaquetilla de húsar de color violeta vivo con muchos cordones y botones, pantalones del mismo estilo y unas botas de montar preciosas, de lo mejor que se puede ver en los pies de un estudiante, y mucho más en los de un oficial. Ajustaban tan bien a las piernecillas como si estuvieran pintadas. 

Resultaba sumamente cómico que con aquel traje tan marcial llevase una capa escasa, mal cortada, que parecía de madera, y una montera de gnomo; al verlo pensó María que también el padrino Drosselmeier usaba un traje de mañana muy malo y una gorra impropia y, sin embargo, era un padrino encantador. 

También se le ocurrió a María que el padrino tenía una expresión tan amable como el hombrecillo, aunque no era tan guapo. Mientras María contemplaba al hombrecillo, que desde el primer momento le había sido simpático, fue descubriendo los rasgos de bondad que aparecían en su rostro. Sus ojos verde claro, grandes y un poco parados, expresaban agrado y bondad. Le iba muy bien la barba corrida, de algodón, que hacía resaltar la sonrisa amable de su boca.

Papá exclamó María al fin, ¿a quién pertenece ese hombrecillo que está colgado del árbol?

Ese, hija mía respondió el padre, ha de trabajar para todos partiendo nueces, y, por tanto, pertenece a Luisa, lo mismo que a Federico y a ti.

El padre lo cogió y, levantándole la capa, abrió una gran boca, mostrando dos hileras de dientes blancos y afilados. María le metió una nuez, y... ¡crac!..., el hombre mordió y las cáscaras cayeron, dejando entre las manos de María la nuez limpia. Entonces, todos supieron que el hombrecillo pertenecía a la clase de los partidores y que ejercía la profesión de sus antepasados. María palmoteo alegremente, y su padre le dijo:

Puesto que el amigo Cascanueces te gusta tanto, puedes cuidarle, sin perjuicio, como ya te he dicho, de que Luisa y Federico lo utilicen con el mismo derecho que tú.

María lo tomó en brazos, le hizo partir nueces; pero buscaba las más pequeñas para que el hombrecillo no tuviese que abrir demasiado la boca, que no le convenía nada. Luisa lo utilizó también, y el amigo partidor partió una porción de nueces para todos, riéndose siempre con su sonrisa bondadosa. 

Federico, que ya estaba cansado de tanta maniobra y ejercicio y oyó el chasquido de las nueces, fue junto a sus hermanas y se rió mucho del grotesco hombrecillo, que pasaba de mano en mano sin cesar de abrir y cerrar la boca con su ¡crac!, ¡crac! 

Federico escogía siempre las mayores y más duras, y una vez que le metió en la boca una enorme, ¡crac!, ¡crac!..., tres dientes se le cayeron al pobre partidor, quedándosele la mandíbula inferior suelta y temblona.

—¡Pobrecito Cascanueces! exclamó María a gritos, quitándoselo a Federico de las manos.

Es un estúpido y un tonto dijo Federico; quiere ser partidor y no tiene las herramientas necesarias ni sabe su oficio. Dámelo, María; tiene que partir nueces hasta que yo quiera, aunque se quede sin todos los dientes y hasta sin la mandíbula superior, para que no sea holgazán.

No, no contestó María llorando; no te daré mi querido Cascanueces; mírale cómo me mira dolorido y me enseña su boca herida. Eres un cruel, que siempre estás dando latigazos a tus caballos y te gusta matar a los soldados.

Así tiene que ser; tú no entiendes de eso repuso Federico, y el Cascanueces es tan tuyo como mío; conque dámelo.

María comenzó a llorar a lágrima viva, y envolvió cuidadosamente al enfermo Cascanueces en su pañuelo. Los padres acudieron al alboroto con el padrino Drosselmeier, que desde luego se puso de parte de Federico. Pero el padre dijo:

He puesto a Cascanueces bajo el cuidado de María, y como al parecer lo necesita ahora, le concedo pleno derecho sobre él, sin que nadie tenga que decir una palabra. Además, me choca mucho que Federico pretenda que un individuo inutilizado en el servicio continúe en la línea activa. Como buen militar, debe saber que los heridos no forman nunca.

Federico, avergonzado, desapareció, sin ocuparse más de las nueces ni del partidor, y se fue al otro extremo de la mesa, donde sus húsares, después de haber recorrido los puestos avanzados, se retiraron al cuartel. 

María recogió los dientes perdidos de Cascanueces, le puso alrededor de la barbilla una cinta blanca, que había quitado de un vestido suyo, y luego envolvió en su pañuelo con más cuidado aún, al pobre mozo, que estaba muy pálido y asustado. 

Así lo sostuvo en sus brazos, meciéndolo como a un niño, mientras miraba las estampas de uno de los nuevos libros que les regalaran. Se enfadó mucho, cosa poco frecuente en ella, cuando el padrino Drosselmeier, riéndose, le preguntó cómo podía ser tan cariñosa con un individuo tan feo. El parecido con su padrino, que le saltara a la vista desde el principio, se le hizo más patente aún, y dijo muy seria:

Quién sabe, querido padrino, si tú también te vistieses como el muñequito y te pusieses sus botas brillantes si estarías tan guapo como él.

María no supo por qué sus padres se echaron a reír con tanta gana y por qué al magistrado se le pusieron rojas las narices y no se rió ya tanto como antes. Seguramente habría una razón para ello.

Prodigios

En el gabinete del consejero de Sanidad, según se entra a mano izquierda, en el lienzo de pared más grande, se halla un armario alto de cristales, en el que los niños colocan las cosas bonitas que les regalan todos los años. Era muy pequeña Luisa cuando su padre lo mandó hacer a un carpintero famoso, el cual le puso unos cristales tan claros y, sobre todo, supo arreglarlo tan bien, que lo que se guarda en él resulta más limpio y más bonito que cuando se tiene en la mano. 

En la tabla más alta, a la que no alcanzaban María ni Federico, se guardaban las obras de arte del padrino Drosselmeier; en la inmediata, los libros de estampas; las dos inferiores se reservaban para que Federico y María las llenasen a su gusto, y siempre ocurría que la más baja se ocupaba con la casa de las muñecas de María y la otra superior servía para cuartel de las tropas de Federico.

En la misma forma quedaron el día a que nos referimos, pues mientras Federico acondicionaba arriba a sus húsares, María colocaba en la habitación, amueblada con gusto, y junto a la señorita Trudi, a la elegante muñeca nueva, convidándose con ellas a tomar una golosina. 

He dicho que el cuarto estaba amueblado con gusto y creo que tengo razón, y no sé si tú, atenta lectora María, al igual que la pequeña Stahlbaum me figuro que estás enterada de que se llamaba María, tendrás, como esta, un alegre sofá de flores, varias sillitas preciosas, una mesa de té monísima y, lo más bonito de todo, una camita reluciente, en la que descansaban las muñecas más lindas. 

Todo esto estaba en el rincón del armario, cuyas paredes aparecían tapizadas con estampas, y puedes figurarte que en tal cuarto la muñeca nueva, que, como María supo aquella misma noche, se llamaba señorita Clarita, se encontraría muy a gusto.

Era ya muy tarde, casi media noche; el padrino Drosselmeier se había marchado hacía rato, y los niños no se decidían aún a separarse del armario de cristales, a pesar de que la madre les había dicho repetidas veces que era hora de irse a la cama.

Es cierto exclamó al fin Federico; los pobres infelices se refería a sus húsares necesitaban también descansar, y mientras yo esté aquí estoy seguro de que no se atreven a dar ni una cabezada.

Y al decir esto se retiró.

María, en cambio, rogó:

Mamaíta, déjame un ratito más; sólo un ratito. Aún tengo mucho que arreglar; en cuanto lo haga, te prometo que me voy a la cama.

María era una niña muy responsable, y la madre podía dejarla sin cuidado alguno con los juguetes. Para que María, embebida con la muñeca nueva y los demás juguetes, no se olvidase de las luces que ardían junto al armario, la madre las apagó todas, dejando solamente encendida la lámpara colgada que había en el centro de la habitación, que difundía una luz tamizada.

Acuéstate en seguida, querida María; si no, mañana no podrás levantarte a tiempo dijo la madre, desapareciendo para irse al dormitorio.

En cuanto María se quedó sola, se dirigió decididamente a hacer lo que tenía en el pensamiento y que, sin saber por qué, había ocultado a su madre. Todo el tiempo llevaba en brazos al pobre Cascanueces herido, envuelto en su pañuelo. En este momento le dejó con cuidado sobre la mesa; le quitó el pañuelo y miró las heridas. Cascanueces estaba muy pálido, pero seguía sonriendo amablemente, lo cual conmovió a María.

Cascanuecitas mío exclamó muy bajito, no te disgustes por lo que mi hermano Federico te ha hecho; no ha creído que te haría tanto daño, pero es que se ha hecho un poco cruel con tanto jugar a los soldados; por lo demás, es buen chico, te lo aseguro. Yo te cuidaré lo mejor que pueda hasta que estés completamente bien y contento; te pondré en tu sitio tus dientecitos; los hombros te los arreglará el padrino Drosselmeier, que entiende de esas cosas.

No pudo continuar María, pues en cuanto nombró al padrino Drosselmeier, Cascanueces hizo una mueca de disgusto y de sus ojos salieron chispas como pinchos ardiendo. En el momento en que María se sentía asustada, ya tenía el buen Cascanueces su rostro sonriente, que la miraba, y se dio cuenta de que el cambio que había sufrido se debía sin duda a la luz difusa de la lámpara.

—¡Qué tonta soy asustándome así y creyendo que un muñeco de madera puede hacerme gestos! Cascanueces me gusta mucho, por lo mismo que es tan cómico, y a un tiempo tan agradable, y por eso he de cuidarlo como se merece.

María tomó en sus brazos a Cascanueces, se acercó al armario de cristales, se agachó delante de él y dijo a la muñeca nueva:

Te ruego encarecidamente, señorita Clara, que dejes la cama al pobre Cascanueces herido y te arregles como puedas en el sofá. Pienso que tú estás buena y sana pues si no no tendrías esas mejillas tan redondas y tan coloradas y que pocas muñecas, por muy bonitas que sean, tendrán un sofá tan blando.

La señorita Clara, muy compuesta con su traje de Navidad, se quedó un poco contrariada y no dijo esta boca es mía.

Eso lo hago por cumplir dijo María.

Y sacó la cama, colocó en ella con cuidado a Cascanueces, le lió un par de cintas más de otro vestido suyo por los hombros y lo tapó hasta las narices.

No quiero que se quede cerca de la desconsiderada Clarita dijo para sí.

Y sacó la cama con su paciente, poniéndola en la tabla superior, cerca del lindo pueblecito donde estaban acantonados los húsares de Federico. Cerró el armario y dirigió sus pasos hacia su cuarto, cuando..., escuchad bien, niños..., comenzó a oír un ligero murmullo, muy ligero, y un ruido detrás de la estufa, de las sillas, del armario. 

El reloj de pared andaba cada vez con más ruido, pero no daba la hora. María lo miró, y vio que el búho que estaba encima había dejado caer las alas, cubriendo con ellas todo el reloj, y tenía la cabeza de gato, con su pico ganchudo, echada hacia delante. Y, cada vez más fuerte, decía: «¡Tac, tac, tac!; todo debe sonar con poco ruido...; el rey de los ratones tiene un oído muy sutil...; ¡tac, tac, tac!, cantadle la vieja cancioncilla...; suena, suena, campanita, suena doce veces».

María, toda asustada, quiso echar a correr, cuando vio al padrino Drosselmeier, que estaba sentado encima del reloj en lugar del gran búho, con su gabán amarillo extendido sobre el reloj como si fueran dos alas; y haciendo un esfuerzo dijo:

Padrino Drosselmeier, padrino Drosselmeier, ¿qué haces ahí arriba? ¡Bájate y no me asustes!

Entonces se oyó pitar y chillar locamente por todas partes, y un correr de piececillos pequeños detrás de las paredes, y miles de lucecitas cuyo resplandor asomaba por todas las rendijas. Pero no, no eran luces: eran ojitos brillantes; y María advirtió que de todos los rincones asomaban ratoncillos, que trataban de abrirse camino hacia fuera. Al momento comenzó a oírse por la habitación un trotecillo, y aparecieron multitud de ratones, que fueron a colocarse en formación, como Federico solía colocar a sus soldados cuando los sacaba para alguna batalla.

María avanzó muy resuelta, y como quería no tener el pánico de otros niños a los ratones, trató de vencer el miedo; pero empezó a oírse tal estrépito de silbidos y gritos que sintió por la espalda un frío de muerte. ¡Y lo que vio, Dios mío!

Estoy seguro, querido lector, de que tú, lo mismo que el general Federico Stahlbaum, tienes el corazón en su sitio; pero si hubieras visto lo que vio María, de fijo que habrías echado a correr, y mucho me equivoco si no te metes en la cama y te tapas hasta las orejas. 

La pobre María no pudo hacerlo porque... escucha, lector...: bajo sus pies mismos salieron, como empujados por una fuerza subterránea, la arena y la cal y los ladrillos hechos pedazos y siete cabezas de ratón, con sus coronitas, surgieron del suelo chillando y silbando. Al momento apareció el cuerpo a que pertenecían las siete coronadas cabecitas, y el ratón grande con siete diademas gritó con gran entusiasmo, vitoreando tres veces al ejército, que se puso en movimiento y se dirigió al armario, sin ocuparse de María, que estaba pegada a la puerta de cristales.

El miedo le hacía latir el corazón a María de modo que creyó iba a salírsele del pecho y morirse de repente, y ahora le parecía que en sus venas se paralizaba la sangre. Medio sin sentido retrocedió, y oyó un chasquido...: ¡prr..., prr...!; la puerta de cristales en que apoyaba el hombro cayó al suelo rota en mil pedazos. 

En el mismo instante, sintió un gran dolor en el brazo izquierdo, pero se le quitó un gran peso de encima al advertir que ya no oía los gritos y los silbidos; todo había quedado en silencio, y aunque no se atrevía a mirar; le parecía que los ratones, asustados con el ruido de los cristales rotos, se habían metido en sus agujeros.

¿Qué sucedió después? Detrás de María, en el armario, empezó a sentirse jaleo y unas vocecillas finas empezaron a decir: «¡Arriba..., arriba...!; vamos a la batalla... esta noche precisamente...; ¡arriba..., arriba..., a las armas!». Y escuchó un acorde armónico de campanas.

—¡Ah! pensó María. Es mi juego de campanas.

Entonces vio que dentro del armario había gran revuelo y mucha luz y un ir y venir apresurado. Varias muñecas corrían de un lado para otro, levantando los brazos en alto.

De pronto, Cascanueces se incorporó, echó abajo las mantas y, saltando de la cama, se puso de pie en el suelo.

—¡Crac..., crac..., crac!...; estúpidos ratones..., cuánta tontería...; ¡crac..., crac!...; partida de ratones...; ¡crac..., crac!..., todo tontería.

Y diciendo estas palabras y blandiendo una espadita, dio un salto en el aire, y añadió:

Vasallos y amigos míos, ¿queréis ayudarme en la dura lucha?

En seguida respondieron tres Escaramuzas y un Pantalón, cuatro Deshollinadores, dos Citaristas y un Tambor:

Sí, señor, nos unimos a vos con fidelidad; con vos iremos a la muerte, a la victoria, a la lucha.

Y se lanzaron hacia el entusiasmado Cascanueces, que se atrevió a intentar el salto peligroso desde la tabla de arriba al suelo. Los otros se echaron abajo con facilidad, pues no sólo llevaban trajes de paño y seda, sino que, como estaban rellenos de algodón y de paja, cayeron como sacos de lana. 

Pero el pobre Cascanueces se hubiera roto los brazos y las piernas porque desde donde él estaba al suelo había más de dos pies y su cuerpo era frágil, como hecho de madera de tilo si en el momento que saltó, la señorita Clarita no se hubiera levantado rápidamente del sofá para recibir en sus brazos al héroe con la espada desnuda.

—¡Ah, buena Clarita! susurró María. ¡Cómo me he equivocado en mi juicio respecto de ti! Seguramente que dejaste tu cama al pobre Cascanueces con mucho gusto.

La señorita Clara decía, mientras estrechaba contra su pecho al joven héroe:

—¿Queréis, señor, herido y enfermo como estáis, exponernos a los peligros de una lucha? Mirad cómo vuestros fieles vasallos se preparan y, seguros de la victoria, se reúnen alegres. Escaramuza, Pantalón, Deshollinador, Citarista y Tambor ya están abajo, y las figuras del escudo que está en esta tabla ya se están moviendo. Quedaos, señor, a descansar en mis brazos, o, si queréis, desde mi sombrero de plumas podéis contemplar la marcha de la batalla.

Así habló Clarita; pero Cascanueces se mostró muy molesto y pataleó de tal modo que Clara no tuvo más remedio que dejarlo en el suelo. En el mismo momento, con una rodilla en tierra, dijo muy respetuoso:

—¡Oh, señora! Siempre recordaré en la pelea vuestro favor y vuestra gracia.

Clarita se inclinó tanto que lo pudo coger por los brazos, y lo levantó en alto; se desató el cinturón, adornado de lentejuelas, y quiso ponérselo al hombrecillo, el cual, echándose atrás dos pasos, con la mano sobre el pecho, dijo muy digno:

Señora, no os molestéis en demostrarme de ese modo vuestro favor, pues...

Se calló, suspiró profundamente, se desató rápidamente la cintita con que María le vendara los hombros, la apretó contra los labios, se la colgó a modo de bandolera y se lanzó, blandiendo la pequeña espada desnuda, ágil y ligero como un pajarillo, por encima de las molduras del armario al suelo.

Habréis advertido, queridos lectores, que Cascanueces apreciaba todo el amor y la bondad que María le demostraba, y por ello no había aceptado la cinta de Clarita, aunque era muy vistosa y elegante, prefiriendo llevar como divisa la cintita de María.

¿Qué ocurrió después? En cuanto Cascanueces estuvo en el suelo, volvió a comenzar el ruido de silbidos y gritos agudos. Debajo de la mesa se agrupaba el ejército innumerable de ratones, y de entre ellos sobresalía el asqueroso de siete cabezas. ¿Qué iba a ocurrir?

(CONTINUARA...)