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Jardín de sangre - Roger Zelazny

 

Ganándose el pasaje y la paga como explorador, Dilvish cabalgaba por delante de la caravana ese día, comprobando la viabilidad de las sendas montañosas e investigando nuevos caminos en previsión de posibles peligros. El sol había llegado al mediodía cuando Dilvish descendió por el otro lado de la poco alta cordillera Kalgani y avanzó por las estribaciones hacia el valle que iba ensanchándose en dirección al bosque y a las llanuras.

—Un recorrido singularmente normal —comentó Black al hacer una pausa en lo alto de una colina para contemplar la sinuosa senda que conducía a los distantes árboles.

—En mis tiempos —dijo Dilvish—, las cosas habrían sido distintas. Esta región estaba llena de bandas de salteadores. Seguían el sol. Despojaban a los viajeros. De vez en cuando hasta se reunían para asaltar algún pueblo de los alrededores.

—¿Pueblos? —dijo su gran y oscura montura, cuya piel relucía como el metal—. No he visto ningún pueblo.

Dilvish meneó la cabeza.

—¿Quién sabe lo que puede haber pasado en doscientos años? —Señaló el valle—. Creo que había uno ahí abajo. No muy grande. Se llamaba Tregli. Pasé la noche en su posada en varias ocasiones.

Black miró en esa dirección.

—¿Vamos a ir hacia allí?

Dilvish observó el sol.

—Es hora de comer —comentó—, y aquí los vientos son fuertes. Vayamos un poco más lejos. Comeré ahí abajo.

Black se inclinó hacia adelante y comenzó a bajar la pendiente. Aumentó su velocidad conforme iba nivelándose el terreno, volviendo a la senda. Dilvish miró alrededor mientras avanzaban, como si buscara rasgos sobresalientes.

—¿Qué son esos destellos de color? —le preguntó Black—. A cierta distancia de aquí.

Dilvish observó una zona azul, amarilla y blanca, con ocasionales destellos rojos, que acababa de aparecer al otro lado de un lejano recodo.

—No lo sé —dijo—. Podríamos echar un vistazo.

Varios minutos más tarde, llegaron a los restos cubiertos de enredaderas de un bajo muro de piedra. Por delante había piedras dispersas que formaban dibujos vagamente evocadores del perfil de los cimientos de una construcción. En diversos puntos, conforme avanzaban, vieron depresiones a ambos lados, dispuestas de tal forma que parecían indicar la anterior existencia de sótanos, llenos de escombros y cubiertos de hierba en ese momento.

—Detente —dijo Dilvish. Señaló hacia la izquierda, hacia un lugar donde todavía se alzaba una porción de pared—. Ésa es la fachada de la posada que he mencionado. Estoy seguro. Creo que nos encontramos en la calle principal.

—¿De verdad?

Black empezó a excavar la hierba con su afilado y hendido casco. Momentos después centelleó una chispa al golpear un adoquín. Black ensanchó el agujero, dejando al descubierto más adoquines unidos.

—Esto parece haber sido una calle —dijo.

Dilvish desmontó y se acercó a la ruinosa porción de pared, la pasó y prosiguió por la zona situada detrás.

Al cabo de varios minutos regresó.

—El viejo pozo aún se ve detrás —dijo—. Pero el techo se desplomó y se pudrió, y está completamente cubierto de arbustos.

—¿Podría sugerir que guardes tu sed para ese arroyo que cruzamos en las montañas?

Dilvish enseñó una cuchara.

—... Y he encontrado esto medio enterrado en donde estaba la cocina. Tal vez haya comido con ella yo mismo, hace años. Sí, ésta es la posada.

—Era —sugirió Black.

La sonrisa se desvaneció y Dilvish movió la cabeza.

—Cierto.

Lanzó la cuchara por encima del hombro y montó.

—Ha cambiado tanto...

—¿Te gustaba el lugar? —preguntó Black mientras continuaban su marcha.

—Era un agradable sitio de paso. La gente era cordial. Gocé de buenas comidas.

—¿Qué crees que pudo pasar? ¿Esos salteadores que mencionaste?

—Parece una buena suposición —replicó Dilvish—. A menos que hubiera alguna enfermedad.

Siguieron por el camino cubierto de maleza. Un conejo pasó ante ellos cuando se dirigían al otro extremo del pueblo.

—¿Dónde quieres comer? —inquirió Black.

—Lejos de este lugar muerto —dijo Dilvish—. Tal vez en ese campo. —Respiró profundamente—. Parece tener un olor agradable.

—Son las flores —dijo Black—. Abundan. Fue su color lo que vimos desde arriba. ¿No estaban ahí... en los viejos tiempos?

Dilvish meneó la cabeza.

—No. Había algo... No recuerdo exactamente qué. Una especie de parquecillo por estos parajes.

Cruzaron una arboleda, llegaron al claro. Grandes flores similares a amapolas, azules, blancas, amarillas, ocasionalmente rojas... se movían casi a la altura del cuello de Black, oscilaban en lo alto de unos pilosos tallos del grosor de un dedo. Estaban encaradas al sol. Sus penetrantes perfumes flotaban en el aire.

—Hay un rincón despejado, a la sombra, al pie de ese árbol tan alto... a la izquierda —observó Black—. Incluso parece haber una mesa para tu uso.

Dilvish miró en esa dirección.

—¡Ajá! —dijo—. Ahora recuerdo. Esa losa de piedra no es una mesa. Bueno... en cierta forma lo es. Es un altar. El pueblo de Tregli adoraba al aire libre... a Manata, diosa de las cosas que crecen. Dejaban pasteles, mieles y otras ofrendas en el altar. Bailaban aquí. Cantaban aquí, al atardecer. Yo presencié uno de los servicios. Tenían una sacerdotisa... He olvidado su nombre.

Llegaron bajo el árbol, donde Dilvish desmontó.

—El árbol ha crecido y el altar está hundido —observó, apartando unos escombros de la piedra.

Se puso a canturrear una tonada sencilla y repetitiva, mientras buscaba comida en una alforja.

—Nunca te había oído cantar, silbar o canturrear —comentó Black.

Dilvish bostezó.

—Sólo trato de recordar la canción que oí aquella tarde, cuando estuve aquí. Creo que era algo parecido.

Se sentó con la espalda apoyada en el tronco del árbol y empezó a comer.

—Dilvish, hay algo extraño en este lugar...

—A mí me parece extraño sólo en virtud de que ha cambiado tanto —replicó él, partiendo un trozo de pan.

El viento cambió. Los olores de las flores llegaron con más intensidad.

—No me refiero a eso.

Dilvish dio un bocado y contuvo otro bostezo.

—No lo entiendo.

—Ni yo.

Black bajó la cabeza y dejó de moverse.

Dilvish miró alrededor y aguzó el oído largo rato. Los únicos sonidos, empero, eran los susurros de la hierba, las flores, las hojas del árbol, agitadas por el viento.

—No parece haber nada raro por aquí —dijo en voz baja.

Black no replicó.

Dilvish observó a su montura.

—¿Black?

Con sumo cuidado preparó su espada y recogió los pies. Varió el equilibrio de su almuerzo hacia la losa.

—¡Black!

La criatura siguió inmóvil, muda, igual que una enorme estatua negra.

Dilvish se puso en pie, se tambaleó, volvió a recostarse en el árbol. Tenía dificultades para respirar.

—¿Eres tú, mi enemigo? —preguntó—. ¿Por qué no te dejas ver?

No hubo réplica. Dilvish observó de nuevo el campo, respirando el embriagador perfume de las flores. Su visión comenzó a fallar mientras miraba, manchando los colores y distorsionando los perfiles.

—¿Qué está pasando?

Dio un paso al frente, y otro, tambaleándose en dirección a su montura. Cuando estuvo junto a Black, le pasó un brazo por el cuello y se apoyó con fuerza. De pronto levantó su camisa con la mano izquierda y apretó la cara en la tela.

—¿Será un narcótico...? —dijo, y acto seguido se desmayó y se deslizó en parte hacia el suelo.

Black no se movió pese a todo.

Había gritos en la oscuridad y recias voces que daban órdenes. Dilvish se hallaba a la sombra de unos árboles. Un gigante, un hombre de corpulenta figura y rizada barba, se encontraba inmóvil junto a él. Los dos miraban en dirección a las fluctuantes luces.

—El pueblo entero parece estar ardiendo —sonó la grave voz del hombre más corpulento.

—Sí, y parece que los que siguen al sol están asesinando a los habitantes.

—No podemos hacer nada aquí. Son demasiados. Podríamos acabar despedazados, además.

—Cierto, y yo ansiaba una tarde tranquila. Bordeemos el lugar y sigamos nuestro camino.

Se adentraron en las sombras y se alejaron del escenario de la carnicería. Los chillidos eran más escasos, ya que aumentaba el número de muertos. Muchos hombres estaban amontonando el producto del saqueo y bebiendo en botellas cogidas en la llameante posada. Algunos continuaban formados junto a las mujeres que quedaban, todas desgreñadas, con los ojos muy abiertos y la ropa desgarrada. Al otro lado, un techo se hundió de repente, y una fuente de chispas se alzó hacia el cielo nocturno.

—Pero si algún borracho se cruza en nuestro camino —observó el hombre del cabello rizado mientras avanzaban—, lo cogeremos por los talones y lo destriparemos, para saldar cuentas con los dioses.

—Mantén los ojos abiertos. Tal vez tengas suerte.

El otro contuvo la risa.

—Jamás sé cuándo bromeas —dijo al cabo de unos instantes—. Quizá no lo haces nunca. Eso también puede ser divertido... para otros.

Avanzaban por un rocoso declive cubierto de arbustos paralelo a la ciudad. A la izquierda, los gritos iban apagándose. Esporádicas llamaradas hacían danzar las sombras que les rodeaban.

—No estaba bromeando —dijo Dilvish un poco más tarde—. Tal vez he olvidado cómo hacerlo.

El otro le tocó el hombro.

—Adelante. El claro... —dijo.

Se detuvieron.

—Sí, recuerdo...

—Hay algo ahí.

Siguieron avanzando, con más lentitud. Una luz que fluctuaba de forma regular, quizá la de varias antorchas, brillaba al otro lado del campo en las proximidades de un gran árbol de gruesas ramas.

Al acercarse más vieron un grupo de hombres ante el pequeño altar de piedra. Uno de ellos estaba sentado encima y bebía una botella de vino. Otros dos conducían por la hierba a una mujer rubia con un vestido verde, con las manos atadas a la espalda. Iba hablando, pero sus palabras eran imperceptibles. Se debatía, y los dos hombres la empujaban. Después cayó al suelo, y la levantaron.

—Conozco a esa mujer —dijo Dilvish—. Es Sanya, la sacerdotisa. Pero...

Se llevó las manos a la cabeza y se las apretó a las sienes.

—Pero... ¿qué ha sucedido? ¿Cómo he llegado aquí? Creo haber visto a Sanya hace tiempo, mucho tiempo...

Volvió la cabeza y miró la cara de su compañero mientras lo cogía del brazo.

—Tú —dijo—, amigo mío... Creo conocerte desde hace siglos y, sin embargo... Perdóname... No recuerdo tu nombre.

La frente del otro se arrugó al mismo tiempo que sus ojos se entrecerraban.

—Yo... Tú me llamas Black —dijo de repente—. Sí... ¡y ésta no es mi forma normal! Empiezo a recordar... Era de día, y este campo estaba lleno de flores. Creo que nos dormimos... ¡Y el pueblo! Apenas eran restos...

Meneó la cabeza.

—No sé qué ha pasado... ¿Qué hechizo, qué poder nos ha traído a este lugar?

—Pero tú tienes poderes propios —dijo Dilvish—. ¿No pueden ayudarnos? ¿Puedes usarlos todavía?

—Yo... no lo sé. Creo que he olvidado... algunas cosas.

—Si morimos aquí... en este sueño, o lo que sea... ¿moriremos realmente? ¿Puedes conjeturarlo?

—Nosotros... Lo estoy viendo más claro ahora... Las flores del campo quieren nuestras vidas. Las rojas son las que tienen viajeros asesinos. Te drogan con su perfume, después se enrollan en tu cuerpo y te arrancan la vida. Pero algo ha obstaculizado su tentativa con nosotros. Esto no es un sueño. Estamos presenciando lo que ocurrió realmente. No sé si podemos cambiar lo que ya sucedió. Pero debemos estar aquí por algún motivo.

—¿Podemos morir aquí? —repitió Dilvish.

—Estoy convencido de que sí. Incluso yo, si caigo en este lugar... aunque preveo toda clase de intrigantes problemas teológicos.

—¡Al infierno con ellos! —dijo Dilvish, y avanzó, abriéndose paso entre las sombras del borde del claro en dirección al otro lado—. Creo que pretenden sacrificar a la sacerdotisa en el altar de su propia diosa.

—Sí —dijo Black, moviéndose en silencio detrás—. No me gustan, y ambos estamos armados. ¿Qué opinas? Hay bastantes en la piedra y dos con la mujer... Pero podemos llegar muy cerca sin ser vistos.

—De acuerdo. ¿Sabes usar esa espada... aunque tenga una forma rara?

Black contuvo la risa.

—No es totalmente rara —replicó—. Los dos de la derecha nunca sabrán cómo han llegado al Infierno. Sugiero que te ocupes del que está a un lado mientras los pongo en camino. Luego líbrate del que está a la izquierda. —Sacó una larga y pesada espada que sostuvo con una sola mano—. Quizás estén todos un poco borrachos, además —añadió—. Eso ayudará.

Dilvish sacó su espada. Ambos se aproximaron.

—Di cuándo —musitó.

Black alzó su arma.

—¡Ahora!

Black era poco más que una mancha bajo la fluctuante luz. Mientras Dilvish caía sobre su hombre para matarlo, una sangrienta cabeza rebotó cerca de su pie; la segunda víctima de Black ya estaba cayendo.

Un gran grito brotó de los otros mientras Dilvish arrancaba la espada del cuerpo del hombre que había matado y se volvía para enfrentarse a otro. El arma de Black descendió de nuevo, cortando el codo de un espadachín, y su pie izquierdo salió disparado, alcanzando al hombre en la base de la región lumbar. Dilvish creyó oír el crujido de la espina dorsal cuando el atacado cayó al suelo.

Pero ya había espadas en las manos de los restantes hombres, y al otro lado del campo, en dirección al pueblo que ardía en llamas, brotaron gritos. Por el rabillo del ojo Dilvish vio varias siluetas que se abalanzaban sobre ellos, armas en mano. Hizo retroceder varios pasos al segundo hombre, superó su guardia, le dio una patada en la rodilla y le cortó el cuello con un violento golpe.

Se volvió para atacar a otro que venía corriendo hacia él, y reparó en que Black había roto la cabeza a un hombre contra el altar y espetado a otro más con su larga espada, levantándolo del suelo con la fuerza de la arremetida. En ese momento había gritos por todas partes.

Dilvish se puso al alcance de un nuevo rival y usó la guarda de su arma para machacarle el mentón. Le dio una patada mientras caía y hundió la punta de su espada en la guarda de otro hombre, partiéndole varios dedos. El herido chilló y soltó la espada. Tras esquivar un ataque, Dilvish lanzó un golpe bajo y cortó la rodilla de otro, paralizándolo. 

Luego retrocedió ante dos nuevos atacantes y dio rápidas vueltas para que ambos se obstruyeran. Golpeó, arremetió, pararon su golpe, paró él las réplicas, acometió de nuevo, superó una parada y tajó una muñeca. Escuchó el bramido de Black en alguna parte, un sonido en parte humano, en parte animal, seguido momentos después por diversos chillidos.

Dilvish tiró al herido y le dio una patada, alcanzó al otro en el estómago con su espada, notó picor en el hombro, vio sangre, se volvió para encararse con otro atacante...

Se deshizo de él con una serie de movimientos prácticamente de ensueño. Otro hombre, que venía corriendo hacia él, resbaló en un charco de sangre recién derramada y Dilvish lo remató antes de que pudiera levantarse.

Una estaca le golpeó en el costado. Se encogió un momento y retrocedió moviendo de un lado a otro la espada. Vio cerca a Black, que seguía derribando atacantes con una esgrima casi temeraria. Se dispuso a gritarle, para decirle que podían ponerse espalda contra espalda y defenderse mejor...

Un agudo grito sonó y los atacantes vacilaron. Las cabezas se volvieron en dirección al altar y el movimiento se paralizó un instante.

La sacerdotisa Sanya yacía en la piedra, sangrando. Un hombre alto y de cabello rubio acababa de retirar el arma de su pecho. Los labios de Sanya seguían moviéndose, bien maldiciendo o bien rezando, pero las palabras eran inaudibles. 

Los labios del hombre rubio también se movían. Al otro lado del campo, otro grupo de hombres llegaba desde el pueblo. Un goteo rojo comenzó en la comisura izquierda de los labios de Sanya y su cabeza se ladeó de pronto, con los ojos todavía abiertos, sin ver. El hombre rubio irguió la cabeza.

—¡Ahora traedme a esos dos! —exclamó, levantando la espada una vez más y apuntándola hacia Dilvish y Black.

Con este gesto, la manga del hombre rubio cayó hacia atrás dejando al descubierto varios tatuajes en su brazo derecho. Dilvish había visto esas marcas en otras ocasiones. Diversos chamanes de las tribus de las montañas se tatuaban de esa forma; cada marca representaba una victoria sobre un vecino y aumentaba el poder del que la lucía. ¿Qué hacía un hombre como aquel con esa banda de andrajosos degolladores, obviamente en calidad de jefe? ¿Habían aniquilado a su tribu? ¿O...?

Dilvish respiró profundamente.

—¡No te preocupes! —gritó—. ¡Voy hacia allí!

Se abalanzó hacia el hombre rubio.

Su espada topó con la del otro en el altar, fue rechazada. Dilvish empezó a dar vueltas. Lo mismo hizo el chamán.

—¿Te expulsó tu gente? —preguntó Dilvish—. ¿Por qué crímenes?

El hombre le lanzó una fugaz mirada colérica, luego sonrió y con un visible gesto detuvo a los salteadores que corrían en su ayuda.

—Éste es mío —afirmó—. Ustedes ocúpense del otro.

Movió el brazo izquierdo, que también estaba cubierto de tatuajes, sobre su pecho y lo acercó a la espada.

—Reconoces lo que soy —dijo— y, sin embargo, me desafías. Eso es imprudente.

Brotaron llamas en la espada que sostenía. Dilvish entrecerró los ojos para protegerlos de la repentina llamarada.

El arma trazó confusas líneas de fuego al moverla el hombre rubio. Sin embargo, Dilvish paró la primera acometida, notando un momentáneo calor en la mano. Por detrás, sonó el grito de batalla de Black y el reanudado estruendo de las armas. Un hombre lanzó un chillido.

Dilvish propinó un golpe que fue parado por la llameante espada, y notó el creciente calor de esa arma en su muñeca al parar a su vez y buscar una brecha en la guardia del otro.

Se alejaron del altar y del árbol, poniendo a prueba las respectivas defensas en terreno despejado. Por los ruidos, detrás de él en ese momento, Dilvish dedujo que Black seguía resistiendo. ¿Pero cuánto tiempo podía continuar así?, se preguntó. Pese a su gran fuerza y agilidad, había muchos hombres enfrentados a Black...

La manga de Dilvish empezó a humear con el intercambio de golpes. El chamán, comprobó, era un buen espadachín. A diferencia de sus hombres, además, estaba totalmente sobrio... y no jadeaba tanto como Dilvish.

¿Cuál era el propósito de todo aquello?, se preguntó Dilvish. Lanzó un tajo a la cabeza que sabía no iba a superar la guardia del otro, retrocedió y paró el golpe en el pecho que se produjo con gran fuerza. Fingió tambalearse y recobrarse, con la esperanza de que su adversario se sintiera confiado en exceso. ¿Por qué estaban allí? ¿Cuál era el motivo de la transformación de Black, de que los dos se hallaran en el escenario de la antigua masacre?

Dilvish siguió retrocediendo, dando muestras de fatiga, sólo en parte fingidas, estudiando el estilo de su rival, parpadeando frente al resplandor de la otra espada, con la mano derecha dolorida como si hubiera estado en un horno. ¿Por qué había acudido en ayuda de una mujer ya condenada, y con tan escasas posibilidades?

Una visión cruzó de pronto su mente... Otra noche, hacía tiempo, otra mujer a punto de ser sacrificada por otro mago, las consecuencias de su acto... Dilvish sonrió al pensar que había hecho lo mismo otra vez y que volvería a hacerlo si la situación se presentaba de nuevo... porque era algo que se había preguntado durante los largos días de dolor. En ese fugaz instante, vio algo de su propio ser: el temor de que las duras pruebas sufridas hubieran roto algo en su interior, algo que en ese momento comprendió que permanecía inalterado.

Ensayó otro tajo a la cabeza. Había habido cierto detalle en la última respuesta del chamán...

¿Acaso alguna deidad de amable disposición había previsto el acto de Dilvish, considerando algún uso incomprensible del mismo en aquella batalla? ¿Acaso esa deidad le había concedido esa breve visión de su carácter como favor en el momento de la muerte? ¿O bien...?

¡Sí! ¡La respuesta llegaba con fuerza de nuevo! Si él retrocedía y movía la espada con rapidez por debajo...

Dilvish empezó a planear la maniobra mientras cedía terreno y fingía otra vez que daba un traspié.

Oyó el juramento que lanzaba Black, a la derecha, y otro hombre chilló. Aunque logre matar al chamán, se preguntó Dilvish, ¿cuánto tiempo duraremos los dos con los hombres que quedan en el campo y los que llegarán del pueblo en llamas?

Pero en ese instante, Dilvish no pudo asegurar si fue por el efecto de la llameante espada en sus humedecidos ojos, todo cuanto tenía ante él pareció ondularse y agitarse. Todo pareció paralizado en ese momento: su quite, la mueca burlona en el semblante cubierto de sudor del chamán... En esa esquirla de infinitud, Dilvish vio su oportunidad.

Lanzó un tajo a la cabeza.

Su adversario paró el golpe, y el llameante arco de la respuesta centelleó hacia su pecho.

Retrocedió, moviendo rápidamente la espada hacia abajo, en círculo y hacia arriba. La punta de la flamígera espada desgarró la manga de su jubón por encima del bíceps derecho.

Se revolvió y se cogió la quemada muñeca derecha con la otra mano, con la espada horizontal y apuntando al pecho de su rival. Ya desequilibrado por el movimiento, se lanzó hacia adelante y vio que su arma atravesaba al chamán mientras ambos caían. Durante un instante notó la ardiente hoja de su adversario en su muslo derecho.

Después, de nuevo la agitación, un latido eterno, prolongado.

Dilvish se echó hacia atrás y sacó su espada. Muchos colores, ígneos, marrones, verdes, rojos brillantes... comenzaron a manchar su visión. La flamígera espada llameó, perdió brillo, se apagó en el suelo. Luego se convirtió en un mero tiznajo oscuro en un lienzo cambiante. Los sonidos del conflicto cesaron en la posición de Black.

Dilvish se puso en pie, con el arma dispuesta y el brazo tensado para moverla. Pero nadie más se acercó.

En el extremo del campo, en dirección al altar donde yacía muerta la sacerdotisa, parecía estar sonando una voz... femenina y un poco estridente. Dilvish miró hacia allí y de inmediato desvió sus aún lacrimosos ojos, porque sólo había luz, que cobraba brillo, latido tras latido.

—Escuché mi himno, Libertador —resonaron las palabras—, y cuando miré, vi que podía confiar en tu ser. Un viejo agravio no puede repararse, pero he aguardado largo tiempo este castigo, el de los que siguen al sol.

Alrededor, como si fueran vidrio empañado, Dilvish vio las erguidas siluetas de muchos de los hombres que habían venido a atacarles. Fluctuaron y sus perfiles se hicieron borrosos mientras él los contemplaba. Pero uno de ellos parecía haber brotado, en silencio, a la izquierda...

La voz se dulcificó:

—... Y para ti, que te preocupaste por este lugar, aunque sólo fuera brevemente, ¡mi bendición!

El hombre parecía estar ya muy cerca, con la espada levantada, bamboleándose con lentos movimientos. Los demás se habían transformado en manchas de color entre un brillo cada vez más intenso... y también el que se acercaba pareció cambiar cuando Dilvish alzó su espada.

La flor cayó.

Dilvish extendió la mano en busca de algo donde apoyarse, no encontró nada y usó la espada a modo de bastón. Escuchó un ruido de pateo, después silencio. Alrededor de él, el lugar rebosaba de sol vespertino. Entre las altas hierbas había flores arrancadas y pisoteadas, cerca y lejos. Las que aún se erguían estaban encaradas al sol, cimbreantes.

—¿Black?

—¿Sí?

Dilvish volvió la cabeza. Black estaba sacudiendo la suya.

—Extrañas visiones... —empezó a decir.

—Pero no un sueño —terminó Black, y Dilvish dedujo que ello era cierto por el temblor de su enrojecida mano y la sangre que todavía brotaba de sus numerosas heridas.

—Manata —dijo—, terminaré la tarea, por lo que me has mostrado.

—Ha sido magnífico tenerte allí —replicó Dilvish mientras se adentraban en las sombras cada vez más largas—. Maravilloso.

—Ahora podrás decir a los jefes de la caravana que el camino está libre.

—Sí. ¿Lo oíste tú también?

Black guardó silencio unos instantes.

—Las flores no chillan —dijo por fin.

Por debajo y por detrás, el humo seguía alzándose y flotaba en el menguante día.

Mientras subían las estribaciones montañosas, Black reanudó la conversación.

—Ha sido magnífico luchar a tu lado de esa forma. Me pregunto si no podría aprender ese encantamiento...

El diablo y la bailarina - Roger Zelazny (Parte 2)

Dilvish centró de nuevo su atención en la cena. Una nueva pregunta de vez en cuando mantenía al marino hablando de sus viajes. Por el rabillo del ojo, Dilvish vio muestras de creciente exasperación por parte de Oele, pero ella parecía contenerse siempre que él la veía preparada para hacer callar al capitán. 

Luego Dilvish dedujo de la dirección de sus sonrisas que Reena parecía escucharle con creciente fascinación, incluso olvidando su cena; y las sonrisas del marino obtenían respuesta. Dilvish miró a Oele y ella enarcó una ceja. Dilvish se encogió de hombros.

De pronto todos los rasgos de Oele eran sumamente bellos y deseables. Mucho más que instantes antes. Dilvish reconoció la sensación, aunque el conocimiento no desmereció lo más mínimo la impresión. Hechizo. Él lo había experimentado años antes en su patria. Ella estaba realzando su atractivo natural mediante medios mágicos. Sin embargo, el hechizo solo duró un momento, se apagó y dejó a la mujer igual que antes. ¿Cuál era su propósito?, se preguntó Dilvish. ¿Una promesa? ¿Una invitación?

Cuando terminaron de cenar, Oele se puso en pie y clavó los ojos en Dilvish.

—Venid a bailar conmigo —dijo.

Dilvish se levantó y caminó junto a la mesa hacia la parte despejada en el extremo de la sala próxima a los músicos. Mientras andaba, vio que Reena y Reynar se ponían igualmente de pie.

Cogió a Oele de la mano y empezó a seguir el ritmo, majestuoso, lento. Era una variación de una música que había aprendido hacía tiempo, y rápidamente captó el ritmo. Oele se movía con enorme gracia, y siempre que le miraba, sonreía, y parecía estar un poco más cerca.

—Vuestra esposa es muy encantadora —dijo Oele.

—No es mi esposa —replicó Dilvish—. Estoy escoltándola hasta una ciudad del sur.

—¿Y después?

—Me dedicaré al asunto que he mencionado antes. No tengo deseo alguno de exponer a otra persona al peligro.

—Interesante —dijo Oele, alejándose otra vez. La siguiente vez que estuvo de cara a Dilvish, agregó—: Deduzco que no os gusta mucho hablar de estas cosas, pero ¿sois cazador de demonios? ¿Podéis dominarlos?

Dilvish escrutó el rostro femenino, pero no dedujo nada.

—Sí —dijo por fin—. Tengo cierta experiencia en ese campo.

Tras algunos compases más, Dilvish preguntó:

—¿Por qué?

—Si logriais vincular a vuestra voluntad a un demonio realmente fuerte —dijo ella—, ¿no os podría hacer un buen servicio en esta lucha contra vuestro mago?

—Posiblemente —replicó Dilvish, levantando y bajando la mano de su pareja.

Oele le rozó con el cuerpo.

—Sería preferible —prosiguió ella— dominar a ese demonio a que él os dominara a vos, darle órdenes sin tener que pagar antes... ¿No os parece?

Dilvish asintió.

—Lo mismo ocurre con la mayoría de siervos y servicios, ¿no lo creéis así? —dijo Dilvish.

—Naturalmente —convino Oele. Y añadió—: Tengo a un demonio de esas características...

—¿Aquí? ¿En el castillo? —Dilvish estuvo a punto de pararse.

Oele meneó la cabeza.

—Cerca.

—¿Y queréis que yo lo someta?

—Sí.

—¿Conocéis su nombre?

—No. ¿Es importante saberlo?

—Es esencial. Había supuesto que sabíais algo de estos asuntos...

—¿Por qué?

—Tenéis algo que revela cierta relación con fuerzas de esa naturaleza.

—Pago por mis poderes, pero no los comprendo. Estoy harta de pagar. Si averiguo el nombre, ¿dominaréis al diablo y os quedaréis conmigo?

—¿Y Reena?

—Habéis dicho que ella no es importante, que pronto os despediréis de ella...

—No he dicho que ella no sea importante. ¿Qué me decís de Reynar?

—Él no es importante.

Dilvish guardó silencio durante varios compases.

—Si solamente deseáis libraros de vuestro demonio, quizá pueda conseguirlo sin saber el nombre —dijo finalmente Dilvish.

—No deseo librarme de él. Deseo tener total control sobre él.

—No estoy muy seguro de que vuestro demonio sea tan beneficioso para mí, pero si supierais el nombre podríais convencerme para que me quede un poco más de tiempo y vea qué puedo hacer por vos.

Oele estuvo apretada a él un instante.

—Me encantará convenceros —dijo—. Quizá mañana mismo. 

Sus manos se alzaron y cayeron de nuevo. Dilvish miró a Reena y a Reynar. Parecían estar hablando, pero no consiguió oír lo que decían.

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Al incorporarse tras una reverencia siguiendo el compás, Reena observó la dirección de la mirada de su pareja y sonrió.

—¡Ah, señora! Estáis a punto de estallar en ese vestido —dijo él—. Es una pena que no estemos solos en alguna parte, donde el asunto podría proseguirse hasta su adecuada conclusión.

—¿Desde cuándo conocéis a Oele? —preguntó Reena, todavía sonriente.

—Desde hace algunas semanas.

—Los hombres raramente son modelos de lealtad —dijo Reena—. Pero aun así, es poco tiempo para apasionarse...

—Bien, la verdad es que... —La expresión de Reynar cobró seriedad. Apartó los ojos de los pechos de Reena y miró a Oele—. No tengo motivo para mentir a una desconocida. Ella es encantadora y vivaracha, pero me causa un poco de miedo. ¿Sabéis que es hechicera?

—Absurdo —dijo Reena—. Ella no ha respondido a ninguno de los signos de reconocimiento comunes en la profesión cuando los he hecho ante sus ojos.

—¿Vos? —dijo Reynar, con los ojos muy abiertos—. ¡No lo creo!

Reena hizo un gesto y la sala desapareció. Estaban bailando en fosforescentes cavernas, con impresionantes estalagmitas alzándose como columnas por todas partes. Momentos después estaban dando vueltas en blancas arenas del verde fondo de un océano, con brillantes corales y más brillantes peces en todos los rincones. 

También esta escena se esfumó en un instante, siendo sustituida por la oscuridad salpicada de estrellas del espacio exterior, lejos de cualquier habitación humana. Igual que gigantes, igual que dioses, Reena y el marino recorrieron las constelaciones, en silencio, siguiendo los omnipresentes compases del baile. 

La mano de la mujer pasó como un lento y fulgurante cometa ante los ojos de Reynar. Habían vuelto a la sala iluminada por el fuego del hogar y las velas; seguían bailando sin haber perdido el ritmo un solo instante.

—Afirmo que vuestra esposa no es una hechicera —dijo Reena—. Yo lo habría sabido.

—Entonces, ¿qué es? —preguntó el marino—. Sé que ella dispone de ciertos poderes. Ha dejado sin sentido a varios hombres con un solo gesto. Ha llenado mis puños de oro cuando no había oro en ningún sitio.

—Ese oro se convertirá en piedras y polvo —dijo Reena.

—En ese caso me alegra haberlo gastado rápidamente —replicó Reynar—. Será mejor que eluda a ciertas personas la próxima vez que pase por allí. Pero si eso no es magia, ¿qué es?

—La magia —replicó Reena— es un arte. Requiere considerable estudio y disciplina. En general hay que esforzarse un período bastante largo incluso para obtener el nivel relativamente modesto que yo poseo. Pero hay otras rutas para alcanzar el poder mágico. Una persona puede nacer con aptitudes naturales y crear muchos efectos sin instrucción. Pero esto es brujería muy sencilla, y tarde o temprano, a menos que se tenga mucha fortuna o se muestre gran cuidado, esa persona se encuentra en dificultades por falta de conocimientos de las leyes propias de los fenómenos. Pero no creo que este sea el caso de vuestra esposa. Un mago suele llevar una señal identificadora visible para otros compañeros de profesión.

—¿Cuál, pues, es su secreto?

—Quizás extraiga su poder directamente de un ser mágico al que ella domina o sirve.

Los ojos de Reynar se abrieron desmesuradamente y miraron de nuevo a Oele. El marino se humedeció los labios y asintió.

—Creo que es eso —dijo. Y agregó—: Decidme, ¿es transferible ese poder? ¿Puede compartirse?

—Sí, por supuesto —respondió Reena—. Es posible. El otro también sería un siervo... o compartiría el dominio, esas son las posibilidades.

—¿Hay algún riesgo en ello?

—Bien... tal vez. Hay tantos detalles que no entiendo en esa situación... Pero ¿por qué querría ella compartir su poder? Yo no lo haría.

Reynar desvió la mirada.

—Tal vez tenga una opinión demasiado elevada sobre mí mismo —dijo por fin—. ¿Cuánto tiempo estaréis aquí?

—Nos iremos por la mañana.

—¿A dónde os dirigís?

—Hacia el sur.

—¿Es vuestra misión de venganza?

Reena hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No es mi misión. Es la de él. Yo iniciaré una nueva vida, quizás en Tooma. Él continuará. No creo que pueda convencerlo para que no lo haga... o de lo contrario lo haría.

—En otras palabras, ¿seguiréis vuestro propio camino dentro de poco?

La comisura derecha de los labios de Reena se estrechó.

—Así parece.

—Supongamos —dijo Reynar—, supongamos que los dos abandonamos a nuestra pareja y huimos juntos. Tengo un barco, y me dirigiría hacia el sur si partiera de repente. Hay muchos puertos extraños e interesantes. Habría excitación, nuevas comidas, baile... y por supuesto mi estupenda compañía.

Reena se sorprendió al notar que se ruborizaba.

—Pero si acabamos de conocernos —dijo—. Apenas os conozco. Yo...

—Los dos estamos en el mismo caso, y admito que soy un diablo impulsivo. Pero siempre me he portado bien con mis mujeres, mientras hemos estado juntos.

Reena se echó a reír.

—Es un poco repentino, pero gracias de todas formas. Además —dijo Reena—, me asusta bastante el mar.

Reynar meneó la cabeza.

—Tenía que intentarlo, ya que sois lo más encantador que he visto en mi vida. Si cambiáis de opinión mientras todavía estéis en situación de hacer algo al respecto, recordad que estoy titubeando aquí debido a mi miedo. Vuestra decisión será la mía.

—Me siento halagada —dijo Reena—, y eso podría ser divertido durante algún tiempo, pero no. Tendréis que tomar vuestra decisión solo.

—En ese caso, pretendo dejar seguir las cosas —dijo Reynar— y ver qué pasa. Las ganancias podrían ser grandes pese a todo.

—Puedo imaginar esas cosas —contestó Reena— y os deseo suerte. ¿Cuándo?

Reynar miró hacia la ventana, donde era visible un pálido fulgor.

—La luna está saliendo —replicó.

—Lo sospechaba.

—¿Cómo?

—Por vuestros actos, vuestras emociones.

—Bien, ¿hay algún consejo que podáis ofrecerme, ya que estáis familiarizada con estos asuntos?

Reena le miró a los ojos.

—Marchaos —le dijo—. Volved a vuestro barco, al mar. Olvidad esto.

—He llegado muy lejos —respondió el marino.

Reena extendió la mano y rozó con las puntas de los dedos la frente de Reynar mientras la música acercaba a ambos.

—La marca de la muerte empieza a asomar ya en vuestra frente. Haced lo que os digo.

Reynar sonrió maliciosamente.

—Sois una dama encantadora, y quizás un poco celosa de vuestros poderes... o teméis que yo pueda obtener algunos. Como he dicho, he llegado muy lejos, y tengo un buen viento a favor. Es la disposición de las velas lo que más preocupa.

—En ese caso —replicó Reena—, solo puedo ofreceros un consejo general: recelad de lo que os ofrezcan de comer o de beber.

—¿Eso es todo?

—Sí.

Reynar sonrió de nuevo.

—Después de una cena como esta, eso no será problema. Os recordaré, y tal vez nos unamos pese a todo.

Reena se sonrojó por segunda vez y desvió la mirada.

Más tarde, cuando la música cesó, Reynar la cogió de la mano y la llevó a la mesa para una dulce y última ronda de vino.

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Cuando terminaron y se retiraron, Dilvish notó un tirón en la manga mientras seguía a los otros fuera del comedor. Al volverse vio que era el viejo que había estado sentado junto al fuego.

—Buenas noches —dijo Dilvish.

—Buenas noches, caballero. Decidme, ¿vais a partir ahora?

Dilvish respondió negativamente con la cabeza.

—Pasaremos la noche aquí y partiremos por la mañana. ¿Deseabais viajar con nosotros?

—No, simplemente repetir mi advertencia.

—¿Qué sabéis que yo no sepa? —preguntó Dilvish.

—No soy filósofo para responder a esa pregunta —afirmó el anciano. Cogió su bastón, dio media vuelta y salió renqueando hacia la cocina.

... Allí estaba Jelerak, inclinado sobre el sacrificio. Dilvish avanzó hacia él, espada en mano, dando patadas a artilugios mágicos, maldiciendo, corriendo en socorro de la víctima. Pero ya no estaba corriendo. Notó que sus extremidades se hacían más pesadas, y sus movimientos más lentos. Al mirar los ojos llenos de odio de la sombría silueta que se cernía ante él, vio su propio puño cerrado, de un blanco anormal, convertido en algo similar a piedra en respuesta a las secas palabras que habían invocado las fuerzas que caían sobre él como un torrente, constriñendo sus entrañas, disminuyendo los latidos de su corazón... Dilvish se tambaleó, se detuvo y quedó totalmente entumecido... con excepción de su columna vertebral, que parecía estar en llamas. Algo estaba retorciendo su conciencia, y una suave voz parloteante le llegó a la cabeza entre un sonido igual que el del viento enfurecido. Era como si estuvieran arrancándole de su cuerpo...

Estaban sacudiéndole. Dilvish alzó las manos y las bajó otra vez. El pánico comenzó a ceder cuando comprendió que se hallaba en la cama.

—No pasa nada —estaba diciendo Reena—. Un sueño, un mal sueño... No pasa nada.

—Sí —dijo por fin Dilvish, frotándose los ojos—. Sí...

Bajó las manos y dio una palmada en el muslo de Reena.

—Gracias —dijo—. Siento haberte despertado.

—Vuelve a dormir —respondió la joven.

—¿Qué es eso?

—¿Qué?

—A la derecha —dijo Dilvish en voz baja—. Mira la puerta.

Hubo una larga pausa.

—No la veo...

—Yo tampoco.

Dilvish bajó los pies al suelo, se levantó y cruzó la habitación. Se detuvo cerca del lugar donde debía estar la puerta. Extendió la mano, tocó la pared y la apretó. Pasó las puntas de los dedos por la piedra. Fue de un rincón al otro.

—No es una ilusión de la oscuridad —dijo—. No hay puerta.

—¿Magia? —dijo Reena—. ¿Obra de albañilería?

—No puedo saberlo, y no tiene importancia —replicó Dilvish—. De todos modos, estamos prisioneros. Levántate y vístete. Prepara tus cosas.

—¿Por qué?

—¿Por qué? Voy a intentar salir de aquí.

Cruzó la habitación hacia la estrecha ventana.

—¡Espera! ¿Estás seguro de que eso sería prudente, aunque descubras una forma?

—Sí —replicó él—. Cuando alguien me hace su prisionero, estoy seguro de que es preferible no seguir siéndolo.

—Pero nadie ha intentado causarnos daño...

—Todavía no —dijo Dilvish—. No comprendo tus intenciones.

—Podría ser más peligroso salir que estar aquí.

—¿Por qué dices eso?

—Algo está pasando afuera esta noche. Algo peligroso, lo deduzco de... mi conversación con Reynar. Me siento segura aquí. ¿Por qué no aguardamos... hasta que amanezca?

—Nadie va a controlarme —afirmó Dilvish— si puedo hacer algo al respecto.

Asomó la cabeza por la estrecha ventana.

—¡Black! —gritó—. ¡Te necesito! ¡Estamos encerrados en esta habitación! ¡Acércate!

Hubo movimiento en el pozo de sombra situado abajo, a la derecha. Con la luz de la luna convirtiendo sus ojos en fuego, la oscura silueta de caballo dio varios pasos y se detuvo. De pronto echó hacia atrás la cabeza y emitió un gemido que obligó a Dilvish a alejarse de la abertura.

—¡Black! ¿Qué ocurre? ¿Cuál es el problema? —gritó.

—Me he quemado —sonó la réplica—. Alguien me ha rodeado. ¿Puedes librarme de eso desde allí?

—No lo creo. Espera un momento.

Dilvish volvió la cabeza hacia la cama.

—Alguien ha cercado a Black... —empezó a decir.

—Lo he oído —repuso Reena—. Yo no puedo liberarlo desde aquí.

—Perfectamente.

Dilvish encontró su ropa y comenzó a vestirse.

—¿Qué piensas hacer?

—Va a ser un buen estrujón, pero creo que podré salir por esa ventana.

—Hay losas ahí abajo.

Dilvish cogió una manta y la anudó al pilar más próximo de la cama.

—Disponemos de suficientes sábanas para llegar bastante abajo y saltar. Coge la palangana y mójalas todas. Así serán más resistentes. Pero no creo que la cama pueda moverse... No, no puede moverse.

Terminó de atar las sábanas y se echó al hombro el cinto con la espada. Levantó la mojada cuerda y la lanzó por la ventana.

—Bien. Me voy ahora —dijo. De una patada acercó una banqueta a la ventana y se subió encima—. Prepárate. Volveré pronto a buscarte.

—¿Pero cómo...?

—Hazlo.

Dilvish ya estaba introduciéndose poco a poco por la ventana. Tuvo que detenerse para quitarse la espada del hombro. Sostuvo el arma en una mano y la cuerda de sábanas en la otra. Se detuvo de nuevo, sacó aire de sus pulmones y siguió impeliéndose hacia la izquierda, poco a poco, notando el roce de la piedra en su espina dorsal. 

Tras expeler más aire, continuó deslizándose hacia un lado y su esternón también rozó muy despacio la parte más estrecha de la ventana. Un frío viento nocturno acometió su cara cuando salió y volvió a ponerse la espada al hombro. Cogió la cuerda con ambas manos e inició el descenso.

Sus botas elfas encontraron puntos de apoyo en lugares donde otro calzado habría resbalado. Muy inclinado, con los brazos en tensión, se apoyó en la pared mientras bajaba. Se detuvo para enjugarse las manos una a una, ya que su peso arrancaba humedad de la tirante ropa. Miró hacia arriba una vez y hacia abajo en varias ocasiones. La luna, que ascendía hacia el centro del cielo, creaba una lechosa película en el silencioso patio y en el granuloso muro que estaba descendiendo.

Su intención al llegar al extremo de la cuerda era quedar suspendido con los brazos estirados antes de soltarse para saltar el resto de la distancia. No obstante, sus manos resbalaron antes de poder llegar a esa posición. Al caer de espaldas, notó un tirón que enderezaba su cuerpo, cambiando su posición respecto al suelo; sus botas encantadas recurrieron a las fuerzas necesarias para asegurar una caída de pie.

Dilvish dobló las rodillas. Se lanzó hacia adelante para dar vueltas en cuanto se produjo el contacto, pero aun así sus tobillos sufrieron un fuerte estremecimiento al tocar la dura superficie.

Se levantó rápidamente y se colocó el cinto de la espada de una forma más tradicional. Miró alrededor, atento durante unos instantes a cualquier indicación de inminente peligro. Aparte del viento y de su jadeante respiración, empero, no oyó nada. Como tampoco vio nada extraordinario. Atravesó el patio raudamente y se detuvo ante Black.

—¿Quién lo ha hecho? —preguntó.

—No lo sé. Ni siquiera me di cuenta de que estaba inmovilizado hasta que traté de moverme. De haber sabido lo que pasaba, no habría aguardado a que ellos completaran la trampa. Puedo refrescarte la memoria si no recuerdas el procedimiento de liberación...

—Precisa demasiado tiempo —dijo Dilvish—. Dado que yo puedo hacer algunas cosas que tú no puedes, me limitaré a romper el círculo y sacarte de ahí.

—Será doloroso. Es muy fuerte.

Dilvish se echó a reír en voz baja.

—Pase lo que pase, me he sentido peor otras veces.

Dilvish avanzó, sintiendo primero un cosquilleo, luego un fuerte dolor al acercarse a su montura. Se detuvo un momento y el dolor alcanzó un angustioso máximo, como si todo su cuerpo ardiera por dentro y por fuera, y la cabeza le dio vueltas. Después, la angustia comenzó a ceder. Dilvish extendió los brazos y tocó a Black con ambas manos.

—He disipado la peor parte —dijo, y montó—. ¡Vamos!

Black empezó a moverse. Hubo una sensación de cosquilleo, y después se encontraron cruzando el patio, en dirección a la entrada principal. Momentos más tarde la habían atravesado.

—¡Sube esa escalera! —dijo Dilvish, y Black se lanzó hacia adelante, haciendo resonar sus cascos—. Cuando llegues arriba, a la derecha. Luego subes por la otra escalera.

Grandes candelabros flamearon al pasar Black, los tapices se agitaron, las armas colgadas resonaron en las paredes de piedra.

—Gira a la derecha aquí... en lo alto de la segunda escalera. Gira otra vez... a la derecha. Despacio ahora... Cerca del centro del corredor. ¡Para!

Dilvish desmontó y se acercó a la pared. Apoyó las palmas en ella.

—Era aquí —dijo—. Justo aquí... la puerta. ¡Reena!

—Sí —dijo alguien, débilmente, al otro lado de la pared.

—No sé qué han hecho con la puerta —dijo Dilvish—. Pero necesitamos otra.

—Tengo la impresión —dijo lentamente Black— de que la original continúa aquí, en alguna parte... que estabais atrapados por una ilusión. Pero solo es una impresión, y ahora no puedo detectarla. De modo que partiremos de la nada, por así decirlo.

Black se encabritó, formando una sombra gigantesca. Al hacerlo, se produjo el primer silencio desde la entrada en el edificio. En medio del silencio, más allá de él, Dilvish creyó oír voces y pasos en las cercanías de la escalera. Pero no se veía a nadie, y momentos más tarde el silencio más cercano quedó roto: las patas de Black descendieron para golpear la pared.

Dilvish se apartó, ya que fragmentos de piedra salieron volando por el pasillo. Black estaba ya empinándose otra vez. Su segundo golpe arrancó chispas de la piedra. La tercera vez que arremetió contra la pared apareció una grieta.

Un grupo de criados, con bastones en las manos, entró en el pasillo. Se detuvieron mientras Black se erguía y golpeaba de nuevo. La mujer, Andra, se adelantó y habló con Dilvish.

—¡Dijisteis que el animal metálico no se movería! —exclamó.

—...Y hablaba en serio... hasta que fui hecho prisionero —respondió Dilvish.

Black se lanzó de nuevo contra la pared. La piedra se destrozó y cayó. Apareció un agujero del tamaño de una cabeza.

Al cabo de unos instantes de vacilación, los sirvientes, cuatro hombres y dos mujeres, siguieron acercándose. Dilvish sacó la espada. El siguiente asalto de Black a la pared triplicó el tamaño de la brecha.

Dilvish avanzó hacia los criados. Bajó la punta de la espada y la arrastró por el suelo.

—Haré pedazos a la primera persona que cruce esta línea —afirmó.

Detrás de él hubo otro estruendo y el ruido de más piedras que caían. Los que avanzaban dudaron, se detuvieron. El siguiente golpe de Black pareció hacer temblar el castillo entero.

—He acabado —dijo lacónicamente Black, apartándose del boquete.

—¿Reena? —inquirió Dilvish, sin apartar los ojos de sus murmurantes adversarios.

—Sí. —La voz de la mujer era clara y próxima.

—Monta —dijo Dilvish—. Nos vamos de aquí.

—Sí.

Dilvish oyó los movimientos detrás de él. Luego la sombra de Black se deslizó hacia adelante. Dilvish volvió la cabeza y montó rápidamente detrás de Reena.

—¡Será mejor que os apartéis de nuestro camino! —anunció—. ¡Vamos a pasar por en medio!

Blandió la espada.

—Llévanos fuera —dijo a Black, y el caballo metálico avanzó.

Las seis figuras se apretaron a la pared para dejar pasar a Black. Tenían sus armas dispuestas, pero no hicieron tentativa alguna de usarlas. Todos tenían un semblante inexpresivo y contemplaban el pasillo lleno de polvo. Dilvish también miró atrás cuando Black hizo el primer giro hacia la escalera. La puerta había reaparecido, medio metro más allá de la nueva abertura en la pared.

Momentos más tarde estaban bajando la escalera. Nada obstruía su camino. Salieron de la fortaleza y encontraron el patio vacío. Al cruzarlo, vieron que el rastrillo estaba levantado.

—Qué extraño... —observó Dilvish, señalando la entrada.

—Tal vez —dijo Reena mientras Black apretaba el paso para atravesar la entrada—. He traído tu capa...

—Quédatela hasta que estemos más lejos. Black, cuando llegues a la senda de ayer, gira a la izquierda.

—Los caballos... —dijo Reena—. Las demás cosas...

—No pienso volver a por ellas.

Black inició el ascenso bajo la luna llena. Los fríos vientos azotaron al grupo, y muy lejos una criatura ladró, aulló y guardó silencio. Reena volvió la cabeza hacia el castillo una sola vez, se estremeció y reposó en el círculo de los brazos de Dilvish.

—Vas a morir, ¿sabes? —dijo—. Él te matará. No tienes ninguna posibilidad.

—¿Quién? —dijo Dilvish.

—Jelerak. Es imposible que puedas destruir a alguien como él.

—Seguramente —dijo Dilvish—. Pero he de intentarlo.

—¿Por qué?

—Él ha hecho mucho daño y hará más a menos que alguien lo detenga.

Llegaron a la senda y Black fue hacia la izquierda, todavía subiendo.

—Siempre ha existido mal en el mundo y siempre existirá. ¿Por qué has de ser tú quien lo purgue?

—Porque he visto la malicia de él mucho más cerca que cualquier ser viviente.

—Y yo también. Pero sé que no se puede hacer nada.

—Diferimos —replicó Dilvish.

—No creo que te impulse el deseo de que el mundo sufra un buen cambio. Es odio y venganza.

—También es eso.

—Solo eso, creo yo.

Dilvish guardó silencio unos instantes.

—Tal vez tengas razón —dijo por fin—. Me gusta creer que hay algo más que eso. Pero supongo que podrías tener razón.

—Eso te pervertirá y te destrozará, suponiendo que él no acabe contigo. Quizá lo ha hecho ya.

—De momento necesito eso. Me sirve. Es un estímulo. Cuando la finalidad desaparezca, ese impulso desaparecerá también.

—Mientras tanto, tienes pocas oportunidades de cualquier otra cosa... Como amor.

Dilvish se irguió ligeramente.

—Tengo oportunidades de experimentar otras sensaciones, pero de momento debo subordinarlas a lo principal.

—Si te pidiera que te quedaras conmigo, ¿lo harías?

—Algún tiempo, supongo.

—¿Pero solo algún tiempo?

—Eso es lo único que cualquier persona puede prometer.

—Supongamos que te pido que me lleves contigo.

—Diría que no.

—¿Por qué? Podrías ser de cierta ayuda.

—No te pondría en peligro. Como he dicho, puedo experimentar otras sensaciones.

Reena apoyó la cabeza un momento en el bíceps de Dilvish.

—Aquí tienes la capa —dijo por fin—. Hace frío. Debemos estar muy lejos...

—Para, Black. Para un momento.

Black aflojó el paso.

Había visto danzar a Oele ante el Diablo con una creciente sensación de pánico, allí ante el oscuro montón de piedras con la daga de plata en lo alto, con la copa aferrada en su mano, observando el brillante dibujo que aparecía en el suelo alrededor de la bailarina, sintiendo el frío viento.

—Bébelo todo —le había dicho ella—. Es parte del ritual.

 

 

(CONTINUARÁ...)