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Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 6 y última)

Dilvish se detuvo una vez para apoyar la mano en el muro.

—¿Está lejos? —preguntó.

—Sí. ¿Por qué?

—Sigo notando las vibraciones con mucha fuerza —dijo Dilvish—. Debemos estar muy por debajo del nivel del castillo... metidos ya en la montaña.

—Cierto —replicó Reena, dando otra vuelta.

—Al principio he temido que nos echaran el castillo en la cabeza...

—Seguramente destruirán el castillo si esto dura mucho más —dijo la joven—. Estoy muy orgullosa de Ridley... a pesar de las inconveniencias.

—No me refería exactamente a eso —dijo Dilvish, mientras continuaban la huida hacia abajo—. ¡Eh! ¡Esto empeora! —Extendió una mano para conservar el equilibrio mientras la escalera temblaba con una pasajera onda de choque—. ¿No os parece que toda la montaña está temblando?

—Sí, así es —replicó Reena—. Debe ser cierto.

—¿El qué?

—Oí decir que hace siglos, en la cumbre de su poder, el ma... Jelerak creó esta montaña con un conjuro.

—¿Y?

—Si él está suficientemente arraigado en este lugar, supongo que podrá recurrir a esos viejos hechizos suyos para obtener más fuerza. En cuyo caso...

—La montaña podría derrumbarse igual que el castillo.

—Existe esa posibilidad. ¡Oh, Ridley! ¡Buena suerte!

—¡No será tan buena si seguimos debajo!

—Cierto —dijo Reena, que de pronto avanzó más deprisa todavía—. Puesto que él no es vuestro hermano, entiendo vuestra opinión. Sin embargo, debéis estar complacido viendo a Jelerak tan apremiado.

—Así es —admitió Dilvish—, pero debéis prepararos para cualquier contingencia.

Reena guardó silencio unos instantes.

—¿La muerte de Ridley? —preguntó por fin—. Sí. Hace tiempo que comprendí que había grandes posibilidades de esto, fuera cual fuese la naturaleza de su encuentro. De todas formas, desaparecer con tanto estrépito... Eso también impresiona, ¿sabéis?

—Sí —replicó Dilvish—. Yo también lo he pensado muchas veces.

De pronto, llegaron al rellano. Reena lo cruzó inmediatamente y condujo a Dilvish hacia un túnel. El rocoso suelo tembló bajo sus pies. La luz danzó de nuevo. En alguna parte hubo un lento ruido rechinante que duró tal vez diez segundos. Entraron corriendo en el túnel.

—¿Y vos? —dijo Reena, mientras se adentraban presurosos en el túnel—. Si Jelerak sobrevive, ¿continuaréis buscándole?

—Sí —dijo Dilvish—. Sé con certeza que él tiene como mínimo otras seis ciudadelas. Conozco la localización aproximada de varias. Las buscaré igual que busqué este lugar.

—Yo he estado en tres —replicó Reena—. Si sobrevivimos a esto, os explicaré algo de ellas. Tampoco será fácil asaltarlas.

—Eso no importa —dijo Dilvish—. Nunca pensé que fuera fácil. Si él vive, iré a visitarlas. Si no consigo localizarle, las destruiré una a una hasta que él tenga que verme por fuerza.

El ruido rechinante se produjo otra vez. Fragmentos de roca cayeron alrededor de la pareja. Mientras esto ocurría, la luz flotante desapareció.

—Quedaos quieto —dijo Reena—. Haré otra.

Varios instantes después, otra luz brilló entre las manos de la joven. Siguieron avanzando y los ruidos de la roca cesaron un rato.

—¿Qué haréis si Jelerak muere? —preguntó Reena.

Dilvish guardó silencio unos momentos.

—Visitaré mi patria —dijo por fin—. Ha pasado mucho tiempo desde que me fui. ¿Qué haréis vos si conseguimos salir de aquí?

—Tooma, Ánkyra, Blostra —replicó Reena—, como ya he dicho, si encuentro algún caballero deseoso de escoltarme hasta alguna de esas ciudades.

—Creo que eso podría arreglarse —dijo Dilvish.

Al acercarse al final del túnel, un intenso temblor recorrió la montaña entera. Reena se tambaleó; Dilvish la sujetó y fue arrojado contra el muro. A través de los hombros, notó las potentes vibraciones de la roca. Detrás de la pareja se inició un constante estruendo al caer piedras.

—¡Deprisa! —dijo Dilvish, empujando a la joven.

La luz avanzó ebriamente ante ellos. Llegaron a una fría caverna.

—Este es el lugar —dijo Reena, señalando con el dedo—. El trineo está allí.

Dilvish vio el vehículo, cogió del brazo a Reena y se dirigió hacia él.

—¿A qué altura de la montaña estamos? —preguntó.

—Dos tercios del camino, más o menos —dijo Reena—. Estamos un poco por debajo del punto donde la pendiente se hace muy escarpada.

—De todas formas, la pendiente no será suave —dijo Dilvish. Se detuvo junto al vehículo y apoyó una mano en el borde—. ¿Cómo proponéis sacarlo fuera?

—Esa será la parte difícil —replicó la joven. Metió la mano en su corpiño y sacó un pergamino doblado—. He arrancado esta hoja de uno de los libros de la torre. Cuando ordené a los criados que construyeran este trineo, sabía que necesitaría algo fuerte para arrastrarlo. Se trata de un encantamiento bastante complejo, pero hará venir a un animal demoníaco que obedecerá nuestras órdenes.

—¿Puedo verlo?

Reena le dio la hoja. Dilvish la desdobló y la sostuvo cerca de la luz flotante.

—Este hechizo requiere preparativos bastante largos —dijo instantes después—. No creo que nos quede tanto tiempo, a juzgar por la forma en que tiembla y se desmorona todo.

—Pero es la única posibilidad que tenemos —dijo Reena—. Necesitaremos estas provisiones. Yo no podía saber que la maldita montaña iba a desmoronarse. Tendremos que arriesgarnos a esa demora.

Dilvish sacudió la cabeza y le devolvió la hoja.

—Aguardad aquí —dijo—, ¡y no iniciéis ese hechizo todavía!

Dilvish dio media vuelta y se abrió paso por el túnel, donde soplaban heladas ráfagas. Cristales de nieve yacían en el suelo. Tras doblar un breve recodo, vio la amplia boca de la cueva, débilmente iluminada. El suelo tenía una gruesa capa de nieve encima del hielo. 

Dilvish se acercó a la entrada, asomó la cabeza, miró hacia abajo. Era posible pasar el trineo por el borde del saliente hasta un punto no muy alto a la izquierda. Pero luego el vehículo simplemente caería como un cohete, alcanzando una velocidad suicida mucho antes de llegar al pie de la montaña.

Dilvish avanzó hasta el mismo saliente, miró hacia arriba. Una proyección rocosa le impidió ver más arriba. Avanzó cinco pasos a la izquierda, observó, miró alrededor. Luego se aproximó al extremo derecho del saliente y volvió a mirar, protegiendo sus ojos de la ráfaga de helados cristales con una mano.

—¿Qué era aquello...?

—¡Black! —gritó Dilvish a un retazo de sombra más oscuro situado más arriba y a un lado—. ¡Black!

La sombra pareció agitarse. Dilvish ahuecó las manos a ambos lados de su boca y gritó de nuevo.

—¡Diiil... viish! —La respuesta bajó la pendiente hacia el guerrero en cuanto se apagó su grito.

—¡Aquí abajo! —Agitó las manos por encima de la cabeza.

—¡Ya... te... veo!

—¡¿Puedes llegar hasta aquí?!

No hubo réplica, pero la sombra se movió. Bajó del saliente donde estaba e inició un lento descenso con las patas rígidas hacia Dilvish, que siguió donde estaba, bien visible, agitando los brazos. 

La silueta de Black no tardó en aclararse entre los remolinos de nieve. Avanzaba con paso firme. Pasó por la mitad del recorrido, continuó. Al llegar junto a Dilvish, Black irradió calor varios segundos y la nieve se fundió y goteó a ambos lados.

—Están ocurriendo asombrosas brujerías en lo alto —dijo Black—. Vale la pena observarlas.

—Mucho mejor que lo hagamos de lejos —replicó Dilvish—. La montaña entera podría venirse abajo.

—Sí, se vendrá abajo —dijo Black—. Algo que hay arriba está recurriendo a viejos encantamientos muy elementales incrustados por todo el lugar. Es muy instructivo. Monta y te llevaré abajo.

—No es tan sencillo.

—¿Ah, no?

—Hay una mujer... y un trineo en la cueva.

Black apoyó las patas delanteras en el saliente y, tras tomar impulso, se situó junto a Dilvish.

—Entonces será mejor echar un vistazo —dijo—. ¿Cómo te ha ido arriba?

Dilvish se encogió de hombros.

—Todo eso habría sucedido igualmente sin estar yo, seguramente —dijo—, pero al menos he tenido el placer de ver a alguien poner en apuros a Jelerak.

—¿Está él arriba?

Se adentraron en la cueva.

—Su cuerpo está en otro sitio, pero la parte que muerde ha rendido visita.

—¿Con quién está peleando?

—Con el hermano de la dama que estás a punto de conocer. Por aquí.

Doblaron el recodo y entraron en la cueva más espaciosa. Reena seguía de pie junto al trineo. Se había cubierto con una piel. Los cascos metálicos de Black resonaron en la roca.

—¿Deseabais un animal demoníaco? —le dijo Dilvish—. Black, esta es Reena. Reena, os presento a Black.

Black inclinó la cabeza.

—Encantado —dijo Black—. Vuestro hermano me ha proporcionado considerable diversión mientras aguardaba fuera.

Reena sonrió y extendió una mano para tocarle el cuello.

—Gracias —dijo la joven—. Me complace conocerte. ¿Puedes ayudarnos?

Black se volvió y observó el trineo.

—Detrás —dijo al cabo de unos instantes. Y agregó—: Enganchado detrás del trineo, podría sujetarlo un poco y dejar que me precediera montaña abajo. Pero los dos tendréis que caminar... junto a mí, agarrados. No creo poder hacerlo si os ponéis en el trineo. Incluso así será difícil, pero considero que es la única forma.

—En ese caso, será mejor que lo saquemos y partamos —dijo Dilvish mientras la montaña temblaba de nuevo.

Reena y Dilvish agarraron el vehículo por ambos lados. Black se apoyó sobre la parte trasera. El trineo empezó a moverse. En cuanto llegaron a la nieve del suelo de la cueva, el avance se hizo más fácil. Finalmente, dieron vuelta al vehículo en la boca de la gruta y engancharon a Black a los arreos. 

Con cuidado, suavemente después, pasaron la parte trasera del vehículo por el saliente en la zona no muy elevada de la izquierda mientras Black avanzaba despacio, manteniendo la tensión en los arreos. Los patines golpearon la nieve de la pendiente y Black dejó caer el trineo hasta que reposó totalmente en el terreno. Luego fue detrás cautelosamente, dando rígidos tirones hacia arriba para sujetar el trineo tras dar el último salto.

—Muy bien —dijo—. Ahora bajad y agarraos a mí, uno a cada lado.

Dilvish y Reena lo siguieron y ocuparon sus respectivas posiciones. Black inició lentamente el avance.

—Difícil —dijo mientras descendían—. Un día inventarán nombres para las propiedades de los objetos, como la tendencia de un objeto a moverse en cuanto está en movimiento.

—¿De qué servirá eso? —preguntó Reena—. Todo el mundo sabe ya que eso es lo que sucede.

—¡Ah! Pero pueden aplicarse números a la cantidad de materia implicada y a la cantidad de empuje requerido, y obtener prodigiosos y útiles cálculos.

—Parece demasiado problemático para tan escaso provecho —dijo la joven—. Idear magia es mucho más fácil.

—Quizá tengáis razón.

Descendieron firmemente; los cascos de Black aplastaron la helada corteza. Más tarde, cuando por fin llegaron a un lugar desde donde se divisaba el castillo, vieron que la torre más elevada y otras no tan altas habían caído. Mientras lo observaban, una porción de muro se desmoronó. Los fragmentos rodaron por el borde y, por fortuna, bajaron la ladera muy a la derecha del grupo. 

Debajo de la nieve, la montaña temblaba constantemente, y llevaba ya largo rato así. Rocas y trozos de hielo rebotaban de vez en cuando junto a los tres fugados. Siguieron descendiendo durante lo que les pareció un tiempo interminable. Black movió el trineo hacia abajo, poco a poco, paso a paso, mientras Reena y Dilvish arrastraban sus ateridos pies junto a la montura.

Al llegar cerca del pie de la ladera, un terrible estruendo reverberó alrededor del grupo. Tras levantar la cabeza, vieron cómo se desmoronaban y menguaban los restos del castillo, que se plegaba sobre sí mismo. Black apretó el paso arriesgadamente mientras los fragmentos caían alrededor.

—Cuando lleguemos abajo —dijo—, desatadme inmediatamente, pero poneos al otro lado del trineo mientras lo hacéis. Lo pondré de través cuando lleguemos allí. Después, si podéis engancharme delante sin perder tiempo, hacedlo. Pero si la lluvia de fragmentos es demasiado fuerte, agazapaos al otro lado del trineo. Yo me situaré delante para servir de escudo. Pero si podéis engancharme delante, subid enseguida y mantened agachada la cabeza.

Bajaron patinando buena parte del trecho final, y por un instante pareció que el trineo iba a volcar mientras Black lo manejaba. Tras incorporarse, Dilvish empezó a desenganchar rápidamente el arnés. Reena se puso detrás del trineo y miró hacia arriba.

—¡Dilvish! ¡Mirad! —gritó.

Dilvish levantó la cabeza mientras terminaba de soltar los arreos y Black se apartó. El castillo había desaparecido por completo y habían surgido grandes fisuras en la ladera. En la cumbre de la montaña, dos columnas de humo, una oscura y otra clara, se erguían inmóviles pese al viento que debía azotarlas. Black se colocó entre los arreos. Dilvish comenzó a engancharlo otra vez. Más fragmentos descendían por la ladera, a la derecha del grupo.

—¿Qué es eso? —dijo Dilvish.

—La columna oscura es Jelerak —replicó Black.

Dilvish siguió observando de vez en cuando mientras enganchaba a Black, y de pronto vio que las columnas se movían, despacio, una hacia la otra. No tardaron en entrecruzarse, aunque sin confundirse, retorciéndose y enredándose como un par de serpientes en plena pelea. Dilvish terminó de poner los arneses.

—¡Subid! —gritó a Reena mientras otra porción de la montaña se desmoronaba.

—¡Tú también! —dijo Black, y Dilvish se colocó junto a la joven.

No tardaron en correr, cobrando cada vez más velocidad. La parte alta de la masa de hielo reventó y, pese a ello, los ondulantes rivales siguieron girando en el cielo.

—¡Oh, no! ¡Ridley está debilitándose! —dijo Reena mientras continuaba la huida. Dilvish vio que la columna oscura llevaba a la otra hacia el corazón de la desmoronada montaña. Black apretó el paso, aunque todavía resbalaban. Al poco tiempo, los humeantes rivales desaparecieron en lo alto. Black más velozmente, hacia el sur.

Tal vez pasó un cuarto de hora sin cambios en el panorama que dejaban atrás, aparte de que iba menguando de tamaño. Pero Dilvish y Reena, agazapados bajo las pieles, siguieron observando. Una sensación de premonición parecía brotar del paisaje. 

Cuando se produjo la conmoción, la tierra tembló y lanzó el trineo de un lado a otro, y los temblores continuaron mucho tiempo. La cumbre de la montaña reventó, salpicando el cielo con una oscura nube expansiva. Luego, la negra mancha quedó marcada con rayas, ensanchada por el viento, y algunas porciones se alargaron hacia el oeste como dedos lentamente extendidos. Al cabo de un rato, una potente onda de choque alcanzó al grupo.

Mucho más tarde, una solitaria nube, apagada y de bordes irregulares, la nube oscura, se separó de la confusión. Arrastrando rasgadas humaredas, sacudida por el viento, avanzó igual que un viejo tambaleante, huyendo hacia el sur. Pasó muy a la derecha del grupo y no se detuvo.

—Ese es Jelerak —dijo Black—. Está herido.

Contemplaron la turbulenta nube hasta que desapareció de pronto muy hacia el sur. Luego, de nuevo volvieron la cabeza hacia las ruinas del norte. Siguieron observando hasta que el lugar dejó de verse, pero la columna blanca no se alzó. Finalmente, Reena bajó la cabeza. Dilvish le pasó un brazo por los hombros. Los patines del trineo cantaban suavemente al deslizarse por la nieve.

Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 5)

Se limpió de nuevo la ropa, se quitó los guantes y volvió a dejarlos en el cinto. Se pasó las manos por el cabello mientras miraba alrededor en busca de algo que pudiera servir de arma. No encontrando nada apropiado, comenzó a subir.

Al llegar a un rellano, Dilvish oyó un chillido aterrador.

—¡Por favor! ¡Oh, por favor! ¡Este dolor!

Dilvish permaneció inmóvil, con una mano en la barandilla y la otra extendida hacia una espada que no estaba allí. Pasó un minuto. Empezó otro. El grito no se repitió. No hubo ningún tipo de ruido en aquella dirección. Atento, Dilvish continuó subiendo sin apartarse de la pared, comprobando los escalones antes de apoyar todo su peso en ellos. Al llegar a la parte superior de la escalera, examinó el corredor en ambas direcciones. Parecía estar desierto. El grito había surgido de algún punto a la derecha. Dilvish se dirigió hacia allí.

Mientras avanzaba, oyó un repentino sollozo, delante y a la izquierda. Se acercó a la puerta ligeramente entornada de la que parecía proceder el sollozo. Se detuvo y acercó un ojo a la enorme cerradura. Había iluminación en el interior, pero nada visible aparte de un fragmento de pared sin ornamentación y el borde de una pequeña ventana. Tras erguirse, Dilvish se volvió para buscar algún arma.

El fornido criado se había aproximado en total silencio y se alzaba imponente ante Dilvish, con el bastón cayendo ya. Dilvish paró el golpe con el brazo izquierdo. Pero el impulso lanzó al criado hacia adelante y chocó con Dilvish, empujándole hacia la puerta, que se abrió de par en par, y lanzándole a la habitación. Dilvish oyó un grito detrás mientras se esforzaba en levantarse. Al mismo tiempo la puerta se cerró de golpe, y el guerrero escuchó una llave que se deslizaba en la cerradura.

—¡Una víctima! ¡Me envía una víctima cuando lo que deseo es libertad! —Siguió un suspiro—. Muy bien...

Dilvish se volvió en cuanto oyó la voz, y su memoria le llevó al instante a otro lugar. Cuerpo rojo brillante, piernas largas y delgadas, garras en todos los dedos, orejas puntiagudas, cuernos doblados hacia atrás, ojos rasgados y amarillos... La criatura estaba agazapada en el centro de un pentáculo, sin dejar de mover los pies a uno y otro lado, extendiendo las manos hacia Dilvish...

—¡Estúpido espectro! —espetó Dilvish, hablando en otra lengua—. ¿Vas a destruir a tu libertador?

El demonio echó atrás los brazos y las pupilas de sus ojos se dilataron.

—¡Hermano! ¡No te conocía en forma humana! —respondió en mabrahoring, el idioma de los demonios—. ¡Perdóname!

Dilvish se puso lentamente en pie.

—¡Estoy pensando en dejarte pudrir aquí por esta recepción! —replicó Dilvish mientras examinaba la cámara.

La habitación estaba preparada para eso, comprobó Dilvish; todo estaba yerto. En la pared opuesta había un gran espejo con un marco metálico de intrincada talla...

—¡Perdóname! —gritó el demonio, haciendo una profunda reverencia—. ¡Fíjate cómo me humillo! ¿Realmente puedes liberarme? ¿Lo harás?

—Antes explícame cómo has llegado a esta desgraciada situación —dijo Dilvish.

—¡Ah! Fue el joven mago de este lugar. ¡Está loco! Todavía puedo verlo en su torre, divirtiéndose con su locura. ¡Es dos personas en una! Un día una debe vencer a la otra. Pero hasta entonces, él empieza tareas y las deja sin acabar... como llamar a mi pobre persona a este lugar maldito, obligarme a ocupar este pentáculo dos veces maldito y privarme de su tres veces maldita presencia sin dejarme marchar. ¡Oh! ¡Ojalá estuviera libre para ajustarle las cuentas! ¡Por favor! ¡Este dolor! ¡Libérame!

—También yo he conocido un poco el dolor —dijo Dilvish—, y tú aguantarás el tuyo mientras te hago más preguntas. —Dilvish señaló el espejo con el dedo—. ¿Es ese el espejo usado para viajar?

—¡Sí! ¡Sí, es ese!

—¿Podrías reparar el daño que ha sufrido?

—No sin la ayuda del ejecutor humano que obró el encantamiento. Es demasiado potente.

—Muy bien. Recita ahora tus juramentos de despedida y yo haré lo preciso para liberarte.

—¿Juramentos? ¿Entre nosotros? ¡Ah! ¡Comprendo! ¡Temes que envidie el cuerpo que llevas puesto! Quizá seas sensato... Como quieras. Mis juramentos...

—Incluirán a todos los habitantes de esta casa —dijo Dilvish.

—¡Ah! —aulló el demonio—. ¡Vas a privarme de que me vengue de ese mago loco!

—Todos me pertenecen ahora —dijo Dilvish—. ¡No intentes regatear conmigo!

Una astuta expresión apareció en el semblante del demonio.

—¿Ah, sí...? —dijo—. ¡Ah! ¡Comprendo! Tuyos... Bien, al menos habrá venganza... con mucho desgarramiento y chillidos, confío. Eso bastará. Sabiendo eso es mucho más fácil renunciar a cualquier derecho. Mis juramentos...

El demonio inició la espeluznante letanía y Dilvish escuchó atentamente temiendo desviaciones del necesario modelo. No hubo ninguna. Dilvish pronunció las palabras de despedida. El demonio se acurrucó e inclinó la cabeza. Tras acabar, Dilvish miró el pentáculo. El demonio había desaparecido de allí, pero seguía presente en la habitación. Se hallaba en un rincón, esbozando una congraciadora sonrisa. Dilvish ladeó la cabeza.

—Estás libre —dijo—. ¡Vete!

—¡Un momento, gran señor! —dijo el demonio, encogido de miedo—. Es agradable estar libre y os lo agradezco. Sé también que solo uno de los grandes de Abajo ha podido obrar esta liberación sin un mago humano. Por eso me humillo y ruego vuestro favor un momento más para advertiros. La carne puede haber embotado vuestros sentidos normales y os hago saber que ahora percibo las vibraciones en otro plano. Algo terrible viene hacia aquí... y a menos que vos seáis parte de sus obras, o él de las vuestras, creo que debéis saberlo, gran señor.

—Ya lo sabía —dijo Dilvish—, pero me complace que me lo hayas comunicado. Revienta la cerradura de la puerta si quieres hacerme un último servicio. Luego puedes irte.

—¡Gracias! Recordad a Quennel en vuestros días de ira... ¡Y recordad que él os ha servido aquí!

El demonio dio media vuelta y pareció deshacerse como niebla con el viento, acompañado por un sordo bramido. Un momento después se produjo un brusco restallido en dirección a la puerta. Dilvish cruzó la habitación. 

La cerradura estaba destrozada. Abrió la puerta y asomó la cabeza. El corredor estaba desierto. Dudó mientras consideraba ambas direcciones. Luego, tras un ligero encogimiento de hombros, salió y se dirigió hacia la derecha.

Llegó, al cabo de un rato, a un gran comedor; el fuego seguía humeando en el hogar y el viento silbaba en la chimenea. Dilvish dio una vuelta completa a la sala, pasando junto a las paredes, las ventanas, el espejo... Volvió al punto de partida; ningún nicho de las paredes daba acceso a otra parte.

Dilvish salió y retrocedió por el pasillo. Al hacer tal cosa, oyó su nombre pronunciado con un murmullo. Se detuvo. La puerta de la izquierda estaba ligeramente abierta. Volvió la cabeza en esa dirección. Había sido una voz femenina.

—Soy yo, Reena.

La puerta se abrió más. Dilvish la vio de pie, sosteniendo una gran espada. Reena extendió el brazo.

—Vuestra espada. ¡Cogedla! —dijo ella.

Dilvish cogió la espada en sus manos, la examinó, la envainó.

—...Y vuestra daga.

Dilvish repitió el proceso.

—Lamento —dijo la joven— lo sucedido. Me sorprendió tanto como a vos. Fue obra de mi hermano, no mía.

—Creo que deseo creeros —dijo él—. ¿Cómo me habéis localizado?

—Esperé a estar segura de que Ridley había vuelto a la torre. Luego os busqué en las celdas, abajo, pero os habíais ido. ¿Cómo conseguisteis salir?

—Salí.

—¿Queréis decir que encontrasteis la puerta que hay allí?

—Sí.

Dilvish escuchó la brusca respiración de la joven, casi un jadeo.

—Eso no es nada agradable —dijo Reena—. Significa que Mack anda suelto.

—¿Quién es Mack?

—El predecesor de Ridley como aprendiz aquí. No sé exactamente qué pasó... si él ensayó algún experimento que no acabó bien, o si su transformación fue un castigo del maestro por alguna indiscreción. Fuese como fuese, Mack se convirtió en una bestia estúpida y hubo que encerrarlo abajo, debido a su enorme fuerza y a que de vez en cuando recordaba hechizos nocivos. Su esposa se volvió loca después de eso. Todavía está aquí. Fue una experta secundaria en otra época. Tenemos que salir de aquí.

—Quizá tengáis razón —dijo Dilvish—, pero acabad el relato.

—Ah. Os he estado buscando desde entonces. Cuando estaba a punto de lograrlo, noté que el demonio ya no gritaba. Fui e investigué. Comprobé que lo habían liberado. Estaba segura de que Ridley continuaba en la torre. ¿Fuisteis vos, no es cierto?

—Sí, yo lo liberé.

—Entonces pensé que podíais estar cerca, y oí que alguien se movía en el comedor. Por eso me oculté aquí y esperé a ver quién era. Os he traído vuestras armas para demostrar mis buenas intenciones.

—Aprecio el detalle. Me resta decidir qué hacer. Estoy seguro de que tendréis algunas sugerencias.

—Sí. Tengo la impresión de que el maestro vendrá aquí pronto y matará a cuantos seres vivos encuentre bajo estos techos. No quiero estar aquí cuando eso ocurra.

—En realidad, él debe llegar pronto. El demonio me lo dijo.

—Es difícil asegurar qué sabéis y qué no sabéis —dijo Reena—, qué podéis hacer y qué no podéis hacer. Es obvio que tenéis conocimientos de las artes. ¿Pretendéis permanecer aquí y hacerle frente?

—Esa era mi finalidad al recorrer tanta distancia —replicó Dilvish—. Pero quiero hacerle frente en carne y hueso y, si no lo encuentro aquí, es mi intención usar cualquier medio de transporte mágico presente para buscarlo en otras de sus fortalezas. Desconozco cómo le afectarán mis especiales presentes separado de la existencia corporal. Sé que mi espada no servirá.

—Seríais prudente —dijo Reena mientras lo cogía del brazo—, muy prudente, si seguís viviendo para combatir otro día.

—En especial si vos necesitáis mi ayuda para salir de aquí... —contestó Dilvish.

Reena asintió.

—Desconozco qué clase de rencor podéis guardarle —dijo la joven, apoyándose en Dilvish—, y sois un hombre extraño, pero no creo que esperéis vencerle aquí. Él habrá acumulado enorme poder, temiendo lo peor. Llegará con precaución... ¡Con suma precaución! Conozco una posible salida si vos colaboráis. Pero debemos apresurarnos. Él puede llegar ahora mismo. Él...

—¡Cuán astuta eres, querida muchacha! —sonó una voz seca y gutural al final del pasillo, por donde Dilvish había llegado.

Al reconocer la voz, Dilvish se volvió. Una silueta con una oscura capucha se hallaba al otro lado de la puerta del comedor.

—Y tú —prosiguió el extraño—, ¡Dilvish! Es muy difícil librarse de una persona como tú, retoño de Selar, aunque ha transcurrido mucho tiempo desde las batallas.

Dilvish sacó la espada. Una Frase Atroz quiso salir de sus labios, pero se abstuvo de pronunciarla, inseguro respecto a si lo que veía representaba en realidad una presencia física.

—¿Qué nuevo tormento puedo idear para ti? —preguntó el otro—. ¿Una transformación? ¿Una degeneración? ¿Una...?

Dilvish avanzó hacia él, haciendo caso omiso de sus palabras.

—Volved —oyó musitar a Reena detrás.

Siguió avanzando hacia la silueta de su enemigo.

—Yo no hice nada para que tú... —empezó a decir.

—Interrumpiste un rito importante.

—...Me arrebataras la vida y la echaras a perder. Me infligiste una terrible venganza con la misma naturalidad con que un hombre se deshace de un mosquito.

—Estaba enojado, igual que un hombre con un mosquito.

—Me trataste como si fuera un objeto, no una persona. Eso no puedo perdonarlo.

Una suave risita brotó de la capucha.

—Y tal parece que ahora debo tratarte igual para defenderme.

La figura alzó la mano, apuntando a Dilvish con dos dedos. Dilvish reaccionó precipitadamente: alzó la espada, recordó el hechizo de protección de Black... y seguía detestando tener que iniciar su propio hechizo. Los dedos extendidos parecieron fulgurar un instante y Dilvish notó algo similar al viento. Eso fue todo.

—¿Eres una simple ilusión de este lugar? —preguntó el otro. Había empezado a retroceder y, por primera vez, había en su voz un ligero pero perceptible temblor.

Dilvish arremetió con la espada, pero no encontró nada. La figura ya no estaba ante él. Se hallaba entre las sombras del extremo opuesto del comedor.

—¿Es tuya esta criatura, Ridley? —le oyó preguntar Dilvish de pronto—. Si es así, debo alabarte por evocar algo que no tenía deseo alguno de recordar. Pero eso no me apartará del asunto que tengo entre manos. ¡Déjate ver, si te atreves!

Dilvish escuchó un ruido de deslizamiento a la izquierda y se abrió un panel. Vio salir la delgada figura de un hombre joven, con un brillante anillo en el dedo índice de la mano izquierda.

—Muy bien. Prescindiremos de estos efectos teatrales —sonó la voz de Ridley. Parecía faltarle el aliento y hacer esfuerzos para dominarse—. Soy dueño de mí mismo y de este lugar —prosiguió. Miró a Dilvish—. ¡Tú, criatura! Me has servido bien. No tienes absolutamente nada más que hacer aquí, porque ahora todo está entre nosotros dos. Te concedo autorización para irte y adoptar tu forma natural. Puedes llevarte a la joven como pago.

Dilvish vaciló.

—¡Vete, he dicho! ¡Ahora mismo!

Dilvish salió de espaldas de la habitación.

—Veo que has dejado de lado la compasión —oyó decir a Jelerak— y que has aprendido la necesaria dureza. Esto va a ser interesante.

Dilvish vio brotar una baja pared de fuego entre ambos rivales. Escuchó risas en el comedor... ¿De quién? Él no estaba seguro. Luego hubo un crujido y una oleada de peculiares olores. De repente, la habitación se convirtió en una llamarada de luz. Con la misma brusquedad, se sumió de nuevo en las tinieblas. Las risas continuaban. Dilvish oyó caer baldosas de las paredes.

Se volvió. Reena continuaba en el mismo sitio donde la había dejado.

—Lo ha conseguido —dijo la joven en voz baja—. Ha dominado al otro. Lo ha conseguido...

—Nada podemos hacer aquí —afirmó Dilvish—. Ahora todo queda, como ha dicho él, entre ellos.

—¡Pero su nueva fuerza podría no ser suficiente!

—Supongo que Ridley lo sabe y que por eso desea que os lleve conmigo.

Bajo ellos, el suelo se estremeció. Un cuadro cayó de una pared cercana.

—No sé si puedo abandonar así a mi hermano, Dilvish.

—Tal vez esté entregando su vida por vos, Reena. Quizás haya usado sus nuevos poderes para reparar el espejo o para huir de este lugar por otro medio. Le habéis oído plantear las cosas. ¿Vais a despreciar su regalo?

Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas.

—Es posible que Ridley no sepa nunca cuánto he deseado que triunfara.

—Tengo la impresión de que lo sabe —dijo Dilvish—. Bien, ¿cómo vamos a salvarnos?

—Venid por aquí —dijo Reena cogiéndole del brazo mientras un espantoso grito sonaba en el comedor, seguido por un tronido que pareció hacer temblar el castillo entero.

Luces multicolores centellearon detrás mientras Reena guiaba a Dilvish por el pasillo.

—Tengo un trineo —dijo la joven— en una caverna muy profunda. Está lleno de provisiones.

—¿Cómo...? —empezó a decir Dilvish, y se detuvo y levantó la espada que llevaba desenvainada.

Una anciana se hallaba ante ellos junto a la escalera y miraba coléricamente al guerrero. Pero los ojos de Dilvish habían ido más allá de la vieja para contemplar la enorme y pálida mole que, poco a poco, subía los últimos escalones con la cabeza vuelta en dirección a los dos.

—¡Ven, Mack! —chilló de pronto la anciana—. ¡El hombre que me atacó! ¡Me hirió en el costado! ¡Aplástalo!

Dilvish dirigió la punta de su espada al cuello de la criatura que se aproximaba.

—Si él me ataca, lo mataré —dijo—. No deseo hacerlo, pero la elección no está de mi mano. Está en la vuestra. Él puede ser grande y fuerte, pero no es tan rápido. Le he visto moverse. Le haré un enorme agujero, y del agujero saldrá mucha sangre. Tengo entendido que en otro tiempo le amasteis, señora. ¿Qué pensáis hacer?

Olvidadas emociones flamearon en las facciones de Meg.

—¡Mack! ¡Detente! —gritó—. No es él. ¡Me había equivocado!

Mack se detuvo.

—¿No... es... él? —dijo.

—No. Estaba... confundida.

Meg volvió los ojos hacia el final del pasillo, donde fuentes de fuego fulguraban y se esfumaban, y donde sonaban multitud de gritos, como de dos ejércitos enfrentados.

—¿Qué —dijo Meg señalando— es eso?

—El joven maestro y el viejo maestro están luchando —dijo Reena.

—¿Por qué seguís temiendo pronunciar su nombre? —preguntó Dilvish—. Él está al final del corredor. Es Jelerak.

—¿Jelerak? —Nueva luz apareció en los ojos de Mack mientras señalaba la impresionante sala—. ¿Jelerak?

—Sí —replicó Dilvish, y la pálida criatura se apartó de él y arrastró los pies hacia allí.

Dilvish buscó a Meg, pero la vieja había desaparecido. Luego oyó un grito, «¡Jelerak! ¡Muere!», en lo alto. Levantó la cabeza y vio a la criatura de alas verdes que le había atacado —¿cuánto tiempo hacía?—, volando en la misma dirección.

—Seguramente van hacia la muerte —dijo Reena.

—¿Cuánto tiempo creéis que han esperado una oportunidad como esta? —dijo Dilvish—. Estoy seguro de que ellos saben que perdieron hace mucho tiempo. Pero tener la oportunidad ahora es vencer para ellos.

—Mejor ahí dentro que con vuestra espada.

Dilvish se volvió.

—No estoy tan seguro de que él no me hubiera matado —contestó—. ¿Por dónde vamos?

—Por aquí.

Reena le condujo escalera abajo y por otro corredor que llevaba hacia el extremo norte del edificio. Todo el lugar empezó a temblar a su alrededor mientras avanzaban. Se volcaron muebles, las ventanas se hicieron añicos, cayó una viga. Luego hubo otra vez quietud unos momentos. Reena y Dilvish aceleraron el paso.

Cuando se acercaban a la cocina, el lugar tembló de nuevo con tal violencia que ambos cayeron al suelo. Fino polvo flotaba por todas partes y habían aparecido grietas en las paredes. En la cocina, ardientes brasas habían sido arrancadas de la chimenea y yacían en el suelo diseminadas, humeantes.

—Parece que Ridley está defendiéndose pese a todo.

—Sí, así es —dijo Reena sonriente.

Potes y cazuelas resonaban y chocaban entre sí cuando salieron de la cocina, dirigiéndose hacia la escalera. Los cubiertos danzaban en los cajones. Se detuvieron ante la entrada de la escalera, en el mismo momento que un gemido inhumano recorría el castillo entero. Pocos instantes después, hubo una helada corriente de aire. Una rata, en dirección a la cocina, pasó precipitadamente junto a la pareja.

Reena indicó a Dilvish que se detuviera y, apoyada en la pared, ahuecó las manos delante de su cara. Pareció susurrar algo y, un momento más tarde, creció un minúsculo fuego que se agitó y aumentó ante la joven. Reena movió las manos hacia adelante y la llama flotó hacia la escalera.

—Venid —dijo a Dilvish, y empezó a bajar.

Dilvish la siguió, y de vez en cuando las paredes crujieron siniestramente alrededor. Cuando tal cosa ocurría, la luz danzaba un instante, y algunas veces se apagaba brevemente. Mientras bajaban, los ruidos iban haciéndose más tenues.

 

(CONTINUARÁ...) 

Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 4)

Tras separar los postigos, Dilvish bajó a la habitación. La tenue luz de la ventana le mostró parte del desorden que reinaba allí. Se detuvo unos instantes para memorizar la disposición lo mejor posible; se volvió después y cerró la ventana, aunque no por completo. Los empañadísimos vidrios obstruían buena parte de la luz, pero él no deseaba verse delatado por una chismosa corriente de aire.

Avanzó en silencio, siguiendo el mapa de su mente. Había envainado su larga espada y solo llevaba una daga en la mano. Tropezó una vez antes de llegar a la puerta (con la pata de una silla que sobresalía), pero avanzaba con tanta lentitud que no hubo ruido alguno. Abrió ligeramente la puerta y miró a la derecha. Un pasillo oscuro...

Salió y miró a la izquierda. Había luz en esa dirección. Se dirigió hacia ella. Al avanzar, vio que procedía de la derecha: un corredor lateral o una habitación abierta. El ambiente fue haciéndose más cálido, la sensación más agradable que Dilvish había experimentado en las últimas semanas. Se detuvo, tanto para prestar atención a sonidos delatores como para saborear aquella sensación. Al cabo de unos instantes hubo un tenuísimo ruido al otro lado del rincón. Dilvish se acercó un poco y aguardó. El sonido no se repitió.

Con el cuchillo bajo, avanzó. Vio que era la entrada de una habitación y contempló a una mujer sentada en el interior; la mujer estaba leyendo un libro y había un vaso en la mesita situada a la derecha. Dilvish miró a ambos lados del umbral, comprobó que estaba solo y entró.

—Será mejor que no gritéis —dijo.

Ella bajó el libro y le miró fijamente.

—No lo haré —replicó—. ¿Quién sois?

Dilvish vaciló.

—Llamadme Dilvish —dijo por fin.

—Mi nombre es Reena. ¿Qué deseáis?

Dilvish bajó ligeramente el arma.

—He venido a matar. No os pongáis en mi camino y nada os pasará. Hacedlo, y lo pagaréis. ¿Cuál es vuestra situación en esta casa?

Reena palideció. Escrutó el semblante del guerrero.

—Estoy... prisionera —dijo.

—¿Por qué?

—Nuestros medios de salida están bloqueados, igual que los medios normales de entrada.

—¿Cómo?

—Fue un accidente... por así decirlo. Pero no pienso que lo creáis.

—¿Por qué no? Hay accidentes.

Ella le miró de un modo extraño.

—Eso os ha traído aquí, ¿no es cierto?

Dilvish sacudió lentamente la cabeza.

—Temo no comprenderos.

—Cuando él descubrió que el espejo no podía ya transportarle a este lugar, os envió a matar a la persona responsable, ¿no es cierto?

—No he sido enviado —dijo Dilvish—. He venido por voluntad y deseo propios.

—Ahora soy yo la que no os comprende —dijo Reena—. Afirmáis que habéis venido a matar, y Ridley espera que alguien venga a matarle. Lógicamente...

—¿Quién es Ridley?

—Mi hermano, el aprendiz de mago que atiende este lugar para su maestro.

—¿Vuestro hermano es aprendiz de Jelerak?

—¡Por favor! ¡Ese nombre!

—¡Estoy harto de murmurarlo! ¡Jelerak! ¡Jelerak! ¡Jelerak! Si puedes oírme, Jelerak, ¡ven a verme más de cerca! ¡Estoy preparado! ¡Acabemos con esto! —gritó Dilvish.

Ambos guardaron silencio unos instantes, como si esperaran una réplica u otra manifestación. No pasó nada. Finalmente, Reena carraspeó.

—¿Vuestra disputa, pues, es enteramente con el maestro? ¿No con su siervo?

—Eso es correcto. Los actos de vuestro hermano no significan nada para mí, mientras no obstruyan mis propósitos. Sin saberlo, tal vez, ya lo han hecho... si es que él ha cerrado el paso a este lugar a mi enemigo. Pero no considero eso como motivo de venganza. ¿Qué es ese espejo de transporte de que habláis? ¿Lo ha roto vuestro hermano?

—No —replicó Reena—, está físicamente intacto. Pero bien podía haberlo roto. Ha puesto el hechizo de transporte en suspenso, por así decirlo. Es una puerta usada por el maestro. Él lo usaba para venir aquí... y desde aquí podía usarlo igualmente para viajar a cualquier otra de sus fortalezas, y seguramente a otros lugares. Ridley anuló el espejo cuando... no era él mismo.

—Quizá se le pueda convencer para que vuelva a dejarlo como antes. Luego, cuando Jelerak venga a averiguar la causa del problema, yo estaré aguardándolo.

Reena meneó la cabeza.

—No es tan sencillo —dijo. Y agregó—: Debéis estar incómodo, con esa postura encorvada propia de un luchador. Yo sé que estoy incómoda simplemente viéndoos. ¿No queréis tomar asiento? ¿Os apetecería un vaso de vino?

Dilvish miró por encima del hombro.

—No es nada personal —dijo—, pero preferiría seguir de pie.

Envainó la daga, no obstante, y se acercó al bufete, donde había una botella de vino abierta y varios vasos.

—¿Bebéis esto?

Reena sonrió y se levantó. Atravesó la habitación para ponerse junto a Dilvish, cogió la botella y llenó dos vasos.

—Servidme uno, caballero.

Dilvish cogió un vaso y se lo dio con una cortés inclinación de cabeza. La mirada de la joven topó con la de él al aceptarlo. Reena alzó el vaso y bebió. Dilvish cogió el otro vaso, lo olió, lo probó.

—Muy bueno.

—La provisión de mi hermano —dijo ella—. Le gusta lo mejor.

—Habladme de vuestro hermano.

Reena se volvió un poco y se apoyó en el bufete.

—Lo eligieron aprendiz entre muchos candidatos —dijo— porque poseía grandes aptitudes naturales para ello. ¿Sabéis que la magia, en sus más elevadas manifestaciones, requiere asumir una personalidad artificialmente construida... cuidadosamente desarrollada, disciplinada, suave como un guante cuando se actúa?

—Sí —replicó Dilvish.

Reena le miró de reojo y prosiguió hablando.

—Pero Ridley siempre ha sido distinto a casi todo el mundo, puesto que ya poseía dos personalidades. Normalmente es amable, ingenioso, interesante. No obstante, de vez en cuando lo domina su otra naturaleza y se convierte en todo lo contrario: cruel, violento, malicioso. Tras iniciar su trabajo con la magia superior, el otro lado de su personalidad logró fundirse con el lado mágico. Cuando asumía las actitudes mentales y emotivas precisas para su trabajo, el otro lado estaba presente. Había hecho grandes avances para llegar a ser un excelente mago, pero siempre que recurría a la magia se transformaba en otra cosa... muy poco agradable. Sin embargo, la situación no habría sido un gran inconveniente, siempre que mi hermano pudiera desprenderse de su otra personalidad con la misma facilidad con que la asumía... con el anillo que había hecho para tal fin. Pero al cabo de un tiempo, este... otro... se resistió a la restauración. Ridley llegó a creer que el otro trataba de dominarle.

—He oído hablar de personas así, con más de una naturaleza o carácter —dijo Dilvish—. ¿Qué sucedió finalmente? ¿Qué lado ha dominado?

—La lucha continúa. Él está en su mejor personalidad actualmente. Pero teme enfrentarse al otro... que se ha convertido en un demonio personal para él.

Dilvish asintió y terminó de beber. Reena señaló la botella. El guerrero se sirvió más vino.

—De modo que el otro dominaba —dijo Dilvish— cuando él anuló el hechizo del espejo.

—Sí. Al otro le gusta dejar tareas inacabadas, de forma que mi hermano tendrá que recurrir a él...

—Pero cuando él era... el otro... ¿dijo por qué había hecho eso con el espejo? Eso parece ser algo más que una lucha mental. Debió comprender que estaba provocando problemas peligrosísimos... procedentes de otra parte.

—Él sabía lo que se hacía —dijo Reena—. El otro es un egoísta extraordinario. Cree estar preparado para enfrentarse al mismo maestro en una lucha por el poder. Privar al espejo de su carácter pretendía ser un reto. En realidad, él me dijo entonces que ese acto pretendía resolver dos situaciones al mismo tiempo.

—Creo que puedo imaginar la segunda —dijo Dilvish.

—Sí —replicó la joven—. El otro cree que venciendo en esa contienda podrá revelarse como la personalidad dominante.

—¿Qué opináis vos?

Reena recorrió lentamente la habitación y se volvió hacia Dilvish.

—Que tal vez sí —dijo—, pero no creo que venza.

Dilvish apuró el vaso y lo dejó a un lado. Cruzó los brazos sobre su pecho.

—¿Existe alguna posibilidad —preguntó— de que Ridley domine al otro antes de que ocurra ese conflicto?

—No lo sé. Él lo ha intentado... pero teme que el otro haga lo mismo.

—¿Y si triunfa? ¿Creéis que eso aumentaría sus posibilidades?

—¿Quién puede decirlo? Yo no, ciertamente. Estoy harta de todo esto y odio este lugar. ¡Ojalá me encontrara en algún sitio caluroso, como Tooma o Ánkyra!

—¿Qué haríais allí?

—Me gustaría ser la cortesana mejor pagada de la ciudad, y cuando me hartara de eso, tal vez casarme con un noble. Me gustaría una vida de indolencia, lujo y cordialidad, lejos de las batallas de los expertos.

Reena miró a Dilvish.

—Tenéis una parte de sangre elfa, ¿no es cierto?

—Sí.

—Y parecéis tener conocimientos de estos asuntos. De modo que habéis llegado con algo más que una espada para hacer frente al maestro...

Dilvish sonrió.

—Le traigo un presente del Infierno.

—¿Sois mago?

—Mi conocimiento de estos asuntos es altamente especializado. ¿Por qué?

—Estaba pensando que si fuerais lo bastante experto como para reparar el espejo, yo podría usarlo para marcharme y no ponerme en el camino de nadie.

Dilvish meneó la cabeza.

—Los espejos mágicos no son mi especialidad. Ojalá lo fueran. Resulta un poco penoso haber recorrido tanta distancia en busca de un enemigo y descubrir que su acceso está impedido.

Reena se echó a reír.

—¿Creéis que una cosa así va a detenerlo?

Dilvish alzó la mirada, dejó caer los brazos, miró alrededor.

—¿Qué queréis decir?

—El que buscáis estará molesto por la situación, sí. Pero ello difícilmente puede representar una barrera insuperable. Él se limitará a no usar su cuerpo.

Dilvish empezó a pasear de un lado a otro de la habitación.

—En ese caso, ¿qué es lo que lo retiene? —preguntó.

—En primer lugar, necesitará acrecentar su poder. Si llega aquí sin cuerpo, estará en ligera desventaja ante cualquier conflicto que surja. Es preciso que acumule poder para compensar su desventaja.

Dilvish dio media vuelta y miró a la joven, con la espalda apoyada en la pared.

—Esto no me gusta en absoluto —dijo—. Últimamente deseo algo que pueda sufrir heridas. ¡No un espectro sin cuerpo! ¿Cuánto durará esta concentración de poder? ¿Qué opináis? ¿Cuándo llegará él?

—No puedo oír las vibraciones a ese nivel. No lo sé.

—¿Existe alguna posibilidad de forzar a vuestro hermano a...?

Se deslizó un panel detrás de Dilvish y un criado con cara de momia le golpeó en la nuca con un bastón. Aturdido, el guerrero se tambaleó. El bastón se alzó y cayó de nuevo. Dilvish cayó de rodillas y por fin se desplomó.

Ridley apartó al criado y entró en la habitación. El portador del bastón y un segundo siervo le siguieron.

—Muy bien, hermana. Muy bien —observó Ridley—, retenerle aquí hasta que nos pudiéramos ocupar de él.

Ridley se arrodilló y extrajo la larga espada de la vaina del costado de Dilvish. La arrojó al otro lado de la habitación. Tras dar la vuelta al cuerpo de Dilvish, sacó la daga de la vaina más pequeña y la alzó.

—Hay que acabar de una vez —dijo.

—¡Eres un necio! —afirmó Reena, que se había acercado y le había agarrado la muñeca—. ¡Ese hombre podía haber sido un aliado! ¡No está buscándote! ¡Quiere matar al maestro! Le tiene un rencor personal.

Ridley bajó la daga. Reena no le soltó la muñeca.

—¿Y tú has creído eso? —dijo—. Llevas aquí demasiado tiempo. El primer hombre que se presenta te hace creer...

Reena le abofeteó.

—¡No tienes derecho a hablarme así! ¡Él ni siquiera sabía quién eres! ¡Podía haber sido útil! ¡Ahora no confiará en nosotros!

Ridley observó el rostro de Dilvish. Luego se levantó, con el brazo caído. Dejó caer la daga y de una patada la mandó al otro lado de la sala. Reena le soltó la muñeca.

—¿Quieres su vida? —dijo él—. De acuerdo. Pero si él no va a confiar en nosotros, tampoco nosotros podemos confiar en él. —Se volvió hacia los criados, que permanecían inmóviles detrás—. Lleváoslo —les ordenó— y echadlo por el agujero para que haga compañía a Mack.

—Estás agravando tus errores —dijo Reena.

Ridley miró ferozmente a su hermana.

—Y yo estoy harto de tus burlas —dijo—. Te he concedido su vida. Confórmate con eso, antes de que cambie de opinión.

Los criados se agacharon y levantaron la inerte forma de Dilvish entre los dos. Lo llevaron hacia la puerta.

—Tanto si me equivoqué como si acerté con él —dijo Ridley, señalando a los criados—, habrá un ataque. Tú lo sabes. En una forma o en otra. Probablemente pronto. Tengo que hacer preparativos y no deseo que me molesten.

Se volvió dispuesto a irse. Reena se mordió el labio antes de responder.

—¿Te falta mucho para lograr algo así como... un arreglo?

Ridley se detuvo, sin volver la cabeza.

—Menos de lo que pensaba que me faltaría —replicó— en este punto. Ahora creo que tengo una posibilidad de dominar. Por eso no puedo permitirme riesgo alguno, y por eso no puedo tolerar más interrupciones o retrasos. Vuelvo a la torre ahora mismo.

Se dirigió hacia la puerta, por la que acababa de pasar el cuerpo de Dilvish. Reena bajó la cabeza.

—Buena suerte —dijo en voz baja.

Ridley salió apresuradamente de la habitación.

Los mudos criados llevaron a Dilvish por un corredor débilmente iluminado. Al llegar a una hendidura de la pared, se detuvieron y dejaron el cuerpo en el suelo. Uno de ellos entró en el nicho y abrió una trampa del suelo. Tras acercarse de nuevo al inmóvil cuerpo, ayudó a levantarlo y ambos criados bajaron a Dilvish, con los pies por delante, por la oscura abertura que había quedado al descubierto. Le soltaron y el cuerpo dejó de verse. Un criado cerró la trampa. Finalmente, los dos se volvieron y se fueron por el corredor.

Dilvish notó que se deslizaba por una superficie inclinada. Durante unos instantes tuvo la visión de que Black había resbalado en el ascenso de la montaña. Estaba deslizándose Torre de Hielo abajo, y cuando llegara a la parte más baja...

Dilvish abrió los ojos. Le asaltó una instantánea claustrofobia. Estaba avanzando en la oscuridad. Al hacer un viraje, había notado la pared muy cerca. Dilvish pensó que si estiraba las manos para agarrarse, se las despellejaría.

¡Los guantes! Los había apretado al cinto.

Los buscó, los sacó, empezó a ponérselos. Se incorporó mientras lo hacía. Parecía haber un débil retazo de luz más adelante. Extendió ambas manos, y las piernas al mismo tiempo, hacia los lados. Su talón derecho tocó la pared en el mismo momento que sus manos. Después el izquierdo...

Notando una vibración en la cabeza, Dilvish incrementó la presión en los cuatro puntos. Las palmas de sus manos empezaron a calentarse con la fricción, pero su velocidad disminuyó un poco. Apretó con más fuerza, clavó los talones. La velocidad disminuyó.

Dilvish recurrió a toda su fuerza. Los guantes empezaron a desgastarse. El izquierdo se desgarró. La palma de su mano comenzó a arder. Por delante, el cuadrado débilmente iluminado aumentó de tamaño. Dilvish comprendió que podría detenerse antes de llegar abajo. Empujó una vez más. Olió a paja podrida y llegó al lugar. Cayó de pie y de inmediato se desplomó.

El picor que sentía en la mano izquierda impidió que se desmayara. Respiró profundamente el fétido aire. Aún estaba mareado. En su nuca notaba un enorme dolor. No recordaba qué había sucedido. Permaneció inmóvil, jadeante, mientras los latidos de su corazón se calmaban. El suelo era frío. 

Fragmento tras fragmento, los recuerdos volvieron... Recordó la ascensión al castillo, la entrada... La mujer, Reena... Habían estado conversando... La cólera ardió en su pecho. Ella le había engatusado. Le había retenido hasta recibir ayuda para enfrentarse a él.

Pero el relato de la joven tenía una construcción excesivamente elaborada, llena de innecesarios detalles... Dilvish se extrañó. ¿Habría algo más que simple traición? Suspiró. Todavía no estaba preparado para pensar. ¿Dónde se hallaba? Suaves sonidos le llegaron a través de la paja. Tal vez una celda... ¿Había otro preso? 

Algo corrió por su espalda. Se incorporó en parte bruscamente, notó que se derrumbaba, se volvió de costado al hacerlo. Vio las menudas y oscuras siluetas en la penumbra. Ratas. Eso era. Observó la mitad de celda que tenía ante los ojos. Nada más... 

Dio la vuelta para apoyarse en el otro costado, vio la puerta destrozada. Se incorporó, ahora con más cuidado que antes. Se frotó la cabeza y parpadeó al ver la luz. Una rata se alejó con esos movimientos.

Dilvish se puso en pie, se limpió la ropa. Avanzó hacia la puerta rota, la tocó. Apoyado en el marco, contempló la gran habitación de heladas paredes. Llameaban antorchas fijadas en brazos a ambos extremos de la habitación. Había una salida abierta, oscuridad al otro lado. Dilvish pasó entre la puerta y el marco, sin dejar de mirar alrededor. 

No había más sonido que los suaves ruidos de las ratas detrás y el goteo de agua. Observó las antorchas. La de la izquierda era ligeramente mayor. Se acercó y la sacó del brazo. Luego se dirigió hacia el oscuro umbral.

Una fría corriente de aire agitó las llamas cuando Dilvish la cruzó. Se hallaba en otra cámara, más pequeña que la que acababa de dejar. Vio una escalera al frente. Avanzó hacia ella y empezó a subir. La escalera solo tenía un recodo. En la parte superior, Dilvish vio una lisa pared a la derecha, un amplio corredor de bajo techo a la izquierda. Siguió el corredor.

Al cabo de quizá medio minuto, observó lo que parecía ser un rellano, con un pasamano que sobresalía de la pared. Al aproximarse vio que había una abertura de la que salía la baranda. Precavidamente, Dilvish subió al rellano, aguzó el oído unos instantes, asomó la cabeza por el rincón. Nada. Nadie. Solo una larga y oscura escalera ascendente. 

Se cambió la antorcha, cuyas llamas eran bajas, a la otra mano y comenzó a subir rápidamente. Esa escalera era mucho más alta que la anterior, ascendía en espiral largo trecho. Dilvish llegó súbitamente al final, se le cayó la antorcha y pisó las llamas unos instantes. 

Después de pararse en el último escalón, salió al corredor. Tenía una alfombra alargada y ornamentos en las paredes. Grandes velas ardían en soportes a lo largo del pasillo. A la derecha había una amplia escalera ascendente. Dilvish se acercó al primer escalón, convencido de haber llegado a una parte más frecuentada del castillo.

 

(CONTINUARÁ...)