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Las campanas de Shoredan - Roger Zelazny

Ningún ser viviente habitaba en el territorio de Rahoringhast.

Desde una era antes de esta era estaba el muerto dominio vacío de sonido, aparte del restallar de los truenos y el espit-espit-espit de las gotas de lluvia al rebotar en la piedra de los edificios y en las rocas. 

Las torres de la Ciudadela de Rahoring seguían en pie; el gran arco, al que le habían arrancado las puertas, continuaba abierto, como una boca paralizada en un aullido de dolor y sorpresa de muerte; el campo que rodeaba el lugar se asemejaba al estéril paisaje de la luna.

El jinete siguió el Camino de los Ejércitos, que terminaba en el arco de entrada y se adentraba en la Ciudadela. Tras él quedaba una sinuosa senda que descendía y descendía y retrocedía hacia el sur y hacia el oeste. Atravesaba frígidas siluetas de niebla matutina que se aferraban, entumecidas, al oscuro terreno lleno de agujeros, igual que escuadrones de gigantescas sanguijuelas. 

La senda se curvaba en torno a las viejas torres, que seguían en pie únicamente en virtud de los encantamientos que pesaban sobre ellas desde tiempos pasados. Negras e impresionantes, muy elevadas y perfiladas en la claridad de una pesadilla, las torres y la Ciudadela eran las últimas prolongaciones visibles del carácter de su fallecido constructor: Ho-horga, Rey del Mundo.

El jinete, el jinete de las botas verdes que no dejaba huellas al andar, debió sentir parte del siniestro poder que aún quedaba en el lugar, porque se detuvo y permaneció en silencio, contemplando largo rato las rotas puertas y las altas almenas. Luego dijo una palabra a la negra criatura parecida a un caballo que era su montura, y avanzó lentamente.

Al acercarse, vio que algo se movía en las sombras del arco de entrada.

Él sabía que ningún ser viviente habitaba en el territorio de Rahoringhast...

La batalla había ido bien, teniendo en cuenta el número de defensores.

El primer día, los emisarios de Lylish se acercaron a los muros de Dilfar, solicitaron parlamento, pidieron la rendición de la ciudad y obtuvieron una negativa. Siguió una breve tregua para permitir el combate entre Lance, el Segundo de Lylish, y Dilvish, llamado el Maldito, Coronel del Oriente, Libertador de Portaroy, vástago de la Casa Elfa de Selar y de la Casa Humana eliminada.

La lid duró menos de un cuarto de hora, hasta que Dilvish, cuya herida en la pierna provocó su caída, arremetió con la punta de su espada sin dejar de protegerse con el escudo. La armadura de Lance, considerada invencible, cedió entonces, porque el arma de Dilvish golpeó uno de los dos dibujos del peto, los que tenían forma de hendidas marcas de casco. 

Los soldados murmuraron que esas marcas no estaban allí anteriormente e intentaron hacer prisionero al coronel. Pero el caballo de Dilvish, que permanecía apartado cual estatua de acero, fue en su auxilio de nuevo y lo condujo a la seguridad de la ciudad.

El asalto se inició entonces, pero los defensores estaban preparados y defendieron bien los muros. Dilfar estaba perfectamente fortificada y provista. Combatiendo en posición de fuerza, los defensores lanzaron enorme destrucción sobre los hombres del Occidente.

Al cabo de cuatro horas, el ejército de Lylish se retiró con los enormes arietes que no había podido usar. Los soldados del Occidente iniciaron la construcción de plataformas de asalto mientras aguardaban la llegada de catapultas de Bildesh.

En los muros de Dilfar, en lo alto del Torreón de las Águilas, dos hombres observaban.

—No irá bien, lord Dilvish —dijo el rey, que se llamaba Malacar el Poderoso, aunque su estatura era escasa y sus años abundantes—. Si completan las torres que caminan y traen catapultas, nos atacarán desde lejos. No podremos defendernos de eso. Luego las torres se pondrán en marcha, cuando estemos debilitados tras el bombardeo.

—Es cierto —dijo Dilvish.

—Dilfar no debe caer.

—No.

—Hemos pedido refuerzos, pero se hallan a muchas leguas de distancia. Nadie estaba preparado para el asalto de lord Lylish, y pasará mucho tiempo antes de que se reúnan tropas suficientes y acudan a la batalla.

—Eso también es cierto, y por entonces podría ser demasiado tarde.

—Afirman algunos que sois el mismo lord Dilvish que liberó Portaroy hace largo tiempo.

—Soy ese Dilvish.

—Si es así, aquel Dilvish era de la Casa de Selar de la Espada Invencible.

—Sí.

—¿También es cierto, pues, lo que se dice de la Casa de Selar y de las campanas de Shoredan en Rahoringhast?

Malacar desvió la mirada mientras lo preguntaba.

—Eso no lo sé —dijo Dilvish—. Jamás he intentado despertar a las legiones malditas de Shoredan. Mi abuela me explicó que sólo dos veces en todas las épocas del Tiempo se ha hecho eso. También lo he leído en los Libros Verdes del Tiempo del alcázar de Mirata. Pero no lo sé.

—Sólo a un miembro de la Casa de Selar responderán las campanas. De lo contrario oscilan sin hacer ruido, se dice.

—Eso se dice.

—Rahoringhast se halla lejos, al norte y al este, y penoso es el camino. Pero con una montura como la vuestra se puede hacer el recorrido, conseguir que suenen las campanas, convocar a las legiones malditas. Se dice que esas legiones acompañarán a la batalla a un miembro de Selar.

—Cierto, también yo he pensado en ello.

—¿Podéis intentarlo?

—Sí, señor. Esta noche. Ya estoy preparado.

—Arrodillaos pues y recibid mi bendición, Dilvish de Selar. Supe que erais él en cuanto os vi en el campo ante estos muros.

Y Dilvish se arrodilló y recibió la bendición de Malacar, llamado el Poderoso, Señor del Dominio Oriental, cuyo reino abarcaba Dilfar, Bildesh, Maestar, Mycar, Portaroy, Princeaton y Poind.

El camino era difícil, pero el transcurso de leguas y horas se asemejaba al movimiento de las nubes. La puerta occidental de Dilfar tenía en la parte interior una salida más pequeña, una puerta que permitía el paso de un hombre, claveteada y con ranuras para disparar flechas.

Cual postigo al viento, esa puerta se abrió y se cerró. Agazapado, a lomos de un fragmento de la noche, el coronel cruzó la abertura y corrió por la llanura, entrando un instante en los lindes del campamento enemigo.

Hubo un grito mientras Dilvish pasaba, y resonaron armas en la oscuridad.

Brotaron chispas de desherrados cascos de acero.

—¡Toda la velocidad a tu disposición, Black, mi montura!

Cruzó el lugar del campamento y se alejó antes de que la primera flecha estuviera dispuesta en su arco.

En lo alto de la colina, hacia el este, una pequeña hoguera tremolaba al viento. Estandartes, montados en altos palos, aleteaban en la noche; estaba demasiado oscuro para que Dilvish leyera los emblemas, pero sabía que se hallaban ante las tiendas de Lylish, Coronel del Occidente.

Dilvish pronunció las palabras en el lenguaje de los malditos, y al pronunciarlas los ojos de su montura brillaron como ascuas en la noche. La pequeña hoguera de la cumbre de la colina, una gran fronda de llamas, se alzó hasta la altura de cuatro hombres. Pero no alcanzó la tienda. Y después no hubo ninguna hoguera, sólo las brasas de todos los leños consumidos en un instante.

Dilvish siguió cabalgando, y los cascos de Black produjeron iluminación en la ladera.

Persiguieron a Dilvish solamente un rato. Después el coronel se alejó solitario.

Toda esa noche cabalgó cruzando parajes de roca. Siluetas se alzaron y cayeron ante él, igual que tambaleantes gigantes sorprendidos en plena borrachera. Dilvish se notó lanzado, en innumerables ocasiones, por vacuo aire, y al mirar hacia abajo en tales momentos, sólo vio vacuo aire.

Con la mañana llegó la nivelación del camino, y el distante borde de la Llanura Oriental quedó primero ante Dilvish, luego bajo él. Comenzó a dolerle la pierna debajo de la ropa, pero él había vivido en las Casas de Dolor diez veces más que las vidas de los hombres, y apartó la sensación de sus pensamientos.

Cuando el sol se alzó sobre el irregular horizonte a su espalda, Dilvish hizo un alto para comer y beber, para estirar las piernas.

Luego vio en el cielo las siluetas de nueve palomas negras que debían circundar el mundo eternamente, sin posarse jamás, para ver todas las cosas del mar y la tierra pasando sobre ellas.

—Un augurio —dijo Dilvish—. ¿Es un buen augurio?

—No lo sé —replicó la criatura de acero.

—Entonces apresurémonos a saberlo.

Dilvish montó de nuevo.

Durante cuatro días atravesó la llanura, hasta que las onduladas hierbas amarillas y verdes quedaron atrás y el terreno se extendió arenoso ante el jinete.

Los vientos del desierto le hirieron los ojos. Dispuso su pañuelo a modo de embozo, pero no pudo frenar la totalidad del asalto. Para toser y escupir tenía que bajar el pañuelo, y la arena penetraba nuevamente. Parpadeó y sintió arder su cara, y maldijo, pero ningún hechizo conocido podía dejar el desierto entero como un tapiz amarillo, liso y sin arrugas bajo él. Black era un viento contrapuesto, y los vientos del territorio se apresuraron a combatir su paso.

El tercer día en el desierto, un loco ser voló invisible y disparatado detrás de Dilvish. Ni siquiera Black logró dejarlo atrás, y la criatura hizo caso omiso de las más inmundas imprecaciones en mabrahoring, el lenguaje de demonios y malditos.

Al día siguiente, más criaturas se unieron a la primera. No cruzaron el círculo protector donde Dilvish reposaba, pero llenaron de chillidos sus sueños —fragmentos sin sentido en una decena de idiomas— y perturbaron su descanso.

El jinete los dejó atrás al dejar el desierto. Los dejó atrás al entrar en el territorio de piedra, rebordes, guijos, oscuros estanques y siniestras aberturas en la tierra donde brotaban los vahos de los infiernos.

Dilvish había llegado a la frontera de Rahoringhast.

Un territorio húmedo y gris, por todas partes.

Había niebla en algunos puntos, y el agua rezumaba de las rocas, surgía del suelo.

No había árboles, arbustos, flores, hierba... Ningún pájaro cantaba, ningún insecto zumbaba... Ningún ser viviente habitaba en el territorio de Rahoringhast.

Dilvish siguió cabalgando y atravesó las quebradas fauces de la ciudad.

El interior era sombras y ruina.

El jinete prosiguió por la Senda de los Ejércitos.

En silencio estaba Rahoringhast, una ciudad de los muertos.

El lo percibió, no como el silencio de la nada, sino como el silencio de una paralizada presencia.

Sólo las hendidas patas de acero sonaban en la ciudad.

No había ecos.

Sonido... Nada. Sonido... Nada. Sonido...

Fue como si algo invisible se desplazara para absorber cualquier evidencia de vida en cuanto se manifestaba mediante el ruido.

Rojo era el palacio, igual que ladrillos recién sacados del horno y enrojecidos por el temple de su fabricación. Pero los muros eran uniformes. Ninguna juntura, ninguna división en la capa de rojo. Una construcción sólida, imponderable, de amplia base, y con sus trece torres alcanzaba más altura que cualquier edificio visto por Dilvish, aunque él había morado en el mismo torreón de Mirata, donde los Señores de la Ilusión dominaban, retorciendo el espacio a su voluntad.

Dilvish desmontó y contempló la enorme escalera que se alzaba ante él.

—Nos orientaremos dentro de eso.

Black inclinó la cabeza y tocó el primer escalón con su casco. Brotó fuego de la piedra. El caballo de acero retiró la pata y el humo formó rizos en ella. No quedó señal en la escalera indicativa del punto de contacto.

—Temo no poder entrar en este lugar y conservar mi forma —afirmó Black—. Como mínimo, mi forma.

—¿Qué te lo impide?

—Un antiguo encantamiento para defender este lugar del asalto de cualquiera como yo.

—¿Puede deshacerse?

—No por ninguna criatura que ande en este mundo o vuele sobre él o se retuerza bajo él, o yo soy un caballo. Aunque un día los mares suban y cubran la tierra, este lugar existirá en el fondo. Fue arrancado del Caos por el Orden en los tiempos en que estas normas dominaban el territorio pelado, al otro lado e las montañas. Quienquiera que fuera el causante, fue uno de los Primeros, y poderoso incluso desde el punto de vista del Poderoso.

—En ese caso debo continuar solo.

—Tal vez no. Se acerca alguien ahora mismo al que será mejor que aguardes y escuches.

Dilvish aguardó, y un solitario jinete salió de una distante calle y avanzó hacia los recién llegados.

—Saludos —dijo el jinete con la mano derecha levantada, abierta.

—Saludos. —Dilvish hizo el mismo gesto.

El jinete desmontó. Su vestimenta era de color violeta oscuro, la capucha echada hacia atrás, la capa tapándole por completo. No llevaba armas visibles.

—¿Qué hacéis aquí ante la Ciudadela de Rahoring? —preguntó.

—¿Qué hacéis vos preguntándome, sacerdote de Babrigore? —dijo Dilvish, y no apremiantemente.

—Paso el tiempo de una luna en este lugar de muerte, para extenderme en los hábitos del mal. Es para prepararme como superior de mi templo.

—Sois joven para ser rector de un templo.

El sacerdote se encogió de hombros y sonrió.

—Pocos vienen a Rahoringhast —observó.

—No es muy extraño —replicó Dilvish—. Confío en no quedarme mucho tiempo.

—¿Pensabais entrar en este... lugar? —El sacerdote señaló el palacio.

—Pensaba, y pienso.

El hombre era media cabeza más bajo que Dilvish, y era imposible conjeturar su silueta bajo la ropa que lucía. Sus ojos eran azules y su tez morena. Un lunar en su párpado izquierdo danzaba cuando pestañeaba.

—Permitidme rogaros que reconsideréis esta acción —dijo—. Sería imprudente entrar en este edificio.

—¿Por qué?

—Se dice que el interior continúa vigilado por los antiguos guardianes de su señor.

—¿Habéis estado dentro alguna vez?

—Sí.

—¿Os causó molestias algún antiguo guardián?

—No, pero al ser sacerdote de Babrigore me hallo bajo la protección de... de... Jelerak.

Dilvish escupió.

—Ojalá le arranquen la carne de los huesos y conserve la vida.

El sacerdote bajó los ojos.

—Aunque él luchó contra la criatura que habitaba en este lugar —dijo Dilvish—, después se volvió tan inmundo como ella.

—Muchos de sus actos son igual que manchas en la tierra —repuso el sacerdote—, pero él no fue siempre así. Era un auténtico mago que opuso sus poderes a los del Siniestro, en una época en que el mundo era joven. No estaba bastante capacitado. Cayó. El Maléfico lo usó como siervo. Durante siglos soportó ese cautiverio, hasta que la esclavitud lo transformó, tal como debía ser. También él alcanzó la gloria con métodos siniestros. Pero después, cuando Selar el de la Espada Invencible compró la vida de Hohorga con la suya, Jel... él cayó como si estuviera muerto y así permaneció durante una semana. Próximo al delirio, al despertar, recurrió a un contraencantamiento en un último acto de revocación: liberar a las legiones malditas de Shoredan. Lo probó. Lo hizo. Permaneció en esta misma escalera durante dos días y dos noches, hasta que la sangre se mezcló con el sudor de su frente, pero no consiguió romper el influjo de Hohorga. Aun estando muerto, la siniestra fuerza era tremenda para él. Luego vagó enloquecido por el territorio, hasta que fue recogido y atendido por los sacerdotes de Babrigore. Después volvió a los hábitos que había aprendido, pero siempre ha mostrado una amable disposición hacia la Orden que lo atendió. Jamás nos ha pedido nada. Nos ha enviado alimentos en tiempos de hambre. No habléis mal de él en mi presencia.

Dilvish escupió de nuevo.

—Ojalá se pudra en la oscuridad de las oscuridades por los siglos de los siglos y ojalá su nombre sea maldito por siempre. El sacerdote apartó la mirada del repentino fulgor en los ojos de Dilvish.

—¿Qué pretendéis hacer en Rahoring? —preguntó por fin. —Entrar... y hacer algo. Si debéis hacerlo, os acompañaré. Tal vez mi protección se extienda también a vos.

—No he solicitado vuestra protección, sacerdote.

—No es preciso solicitarla.

—Perfectamente. Venid conmigo en ese caso.

Empezó a subir la escalera.

—¿Qué es eso que montáis? —inquirió el sacerdote mientras señalaba hacia atrás—. Igual que un caballo por su forma, pero ahora es una estatua.

Dilvish se echó a reír.

—También yo sé algo de los métodos siniestros, pero mis relaciones son particulares.

—Ningún hombre puede tener relaciones especiales con lo siniestro.

—Podéis decir eso a un morador de las Casas de la Llanura, sacerdote. A una estatua. ¡A alguien que pertenezca totalmente a la raza de los hombres! Pero no a mí.

—¿Cómo os llamáis?

—Dilvish. ¿Y vos?

—Korel. No os hablaré más de lo siniestro, Dilvish, pero a pesar de todo entraré con vos en Rahoring.

—En ese caso no sigáis hablando. —Dilvish se volvió y continuó subiendo.

Korel le siguió.

A medio camino, la luz que les rodeaba empezó a apagarse. Dilvish miró hacia atrás. Sólo pudo ver la escalera que bajaba y bajaba. No había nada en el mundo aparte de escalones. Un paso más hacia arriba, y la oscuridad aumentó.

—¿Ocurrió esto cuando entrasteis aquí la última vez? —preguntó Dilvish.

—No —dijo Korel.

Llegaron a lo alto de la escalera y vieron el nebuloso portal. Por entonces parecía como si la noche cubriera la tierra.

Entraron.

Un sonido, como de música, llegaba de muy lejos, y en el interior había una luz fluctuante. Dilvish puso la mano en el pomo de su espada.

—No os servirá de nada —musitó el sacerdote.

Recorrieron el pasadizo y llegaron por fin a una vacía sala. Varios braseros vertían llamas en los elevados huecos de las paredes. El techo se perdía en la penumbra y el humo.

Cruzaron esa sala hasta el punto donde una amplia escalera conducía a una llamarada de luz y sonido.

Korel miró atrás.

—Empieza con la luz —dijo el sacerdote—, toda esta novedad. —Señaló—. El pasillo exterior sólo contenía escombros y... polvo...

—¿Y cuál es el problema aparte de eso? —Dilvish volvió también la cabeza.

Sólo una hilera de pisadas recorría el polvo hacia la sala. Dilvish se echó a reír.

—Camino con suavidad —dijo.

Korel le contempló. Luego parpadeó y su lunar se agitó sobre el ojo.

—Cuando entré aquí anteriormente —dijo el sacerdote—, no había sonidos, ninguna antorcha. Todo estaba vacío y silencioso, destrozado. ¿Sabéis qué ocurre?

—Sí —repuso Dilvish—, porque lo leí en los Libros Verdes del Tiempo y en el torreón de Mirata. Debéis saber, oh sacerdote de Babrigore, que en la sala superior los fantasmas juegan a ser fantasmas. Debéis saber, igualmente, que Hohorga muere una y otra vez mientras yo estoy aquí dentro.

Al pronunciar el nombre Hohorga, se oyó un fuerte grito en la elevada sala. Dilvish corrió escaleras arriba, con el sacerdote detrás.

De entre los muros de Rahoring brotaba un potente gemido.

Se detuvieron al final de la escalera, Dilvish como una estatua, con la espada medio desenvainada, Korel con las manos metidas en las mangas, rezando según la norma de su orden.

Los restos de un gran festín se hallaban dispersos por toda la sala. La luz procedía de arriba, de unos globos de colores que daban vueltas como planetas bajo la gran pintura celeste del abovedado techo. 

El trono que ocupaba el estrado junto a la pared más alejada estaba vacío. Ese trono era demasiado grande para que alguien de la época lo ocupara. Las paredes estaban totalmente cubiertas de antiguos emblemas, muy extraños, sobre losas de mármol donde alternaban el blanco y el anaranjado. 

En las columnas de la pared había gemas del tamaño de puños cerrados, de ardiente amarillo y esmeralda, infrarrubí y ultra-azul que despedían un ígneo brillo, transparente e iluminador hasta los escalones del trono. 

El pabellón del trono era amplio y de oro blanco, trabajado a la manera de sirenas y arpías, delfines y serpientes con cabeza de cabra; estaba sostenido por dragones alados, grifos y pegasos sentados y erguidos. Pertenecía al ser que agonizaba en el suelo.

Con forma de hombre, aunque media talla más alto, Hohorga yacía en las baldosas de su palacio y sus intestinos llenaban su regazo. Lo atendían tres miembros de su guardia, mientras el resto se ocupaba del asesino. Se decía en los Libros del Tiempo que Hohorga el Maléfico era indescifrable. Dilvish comprobó que ello era cierto y falso al mismo tiempo.

Hohorga era hermoso y noble de facciones; pero tan cegadoramente hermoso era que todos los ojos se apartaban de aquel semblante arrugado entonces por el dolor. Un tenue halo azulado decrecía alrededor de sus hombros. Incluso con el dolor de la muerte Hohorga era tan frío y perfecto como una piedra preciosa tallada, dispuesta sobre el cojín verdirrojo de su sangre; la suya era la hipnótica perfección de una serpiente multicolor. 

Se dice que los ojos no tienen expresión propia, y que nadie puede meter la mano en un barril de ojos y separar los de un hombre encolerizado o los de un ser querido. Los ojos de Hohorga eran los de un dios arruinado: infinitamente tristes, tan altivos como un océano de leones.

Una sola mirada y Dilvish comprobó ese detalle, aunque no logró adivinar el color de los ojos.

Hohorga era de la sangre del Primero.

Los guardias habían arrinconado al asesino. El combatía, al parecer con las manos vacías, pero parando y asestando golpes como si aferrara una espada. Cuando su mano se movía, había heridas.

El asesino esgrimía la única arma capaz de herir al Rey del Mundo, que no toleraba armas en su presencia, salvo a su guardia.

Llevaba la Espada Invisible.

Era Selar, primero de la casa elfa de ese nombre, finado gran señor de Dilvish, que en ese momento gritó su nombre.

Dilvish sacó la espada y cruzó corriendo la sala. Arremetió contra los atacantes, pero su hoja los atravesó como si fueran de humo.

Superaron la posición de guardia de Selar. Un potente golpe lanzó despedido algo invisible que resonó en la sala. Luego despedazaron al vencido, poco a poco, a Selar de Shoredan, mientras Dilvish lloraba y observaba.

Y entonces habló Hohorga, con una voz firme aunque suave, sin inflexión, igual que el constante batido de la marea o cascos de caballos.

—He sobrevivido al que presumía de haberme vencido, como debe ser. Sabed que está escrito que jamás ojo alguno vería la espada capaz de herirme. Los poderes tienen sus bromas. Mucho de lo que he hecho permanecerá siempre así, oh hijos de los Hombres, Elfos y Salamandras. Me llevo de este mundo, al silencio, mucho más de lo que sabéis. Habéis vencido a lo que era más grande que vosotros mismos, pero no os enorgullezcáis. Eso ha dejado de importarme. Nada me importa. Mis maldiciones para vosotros.

Aquellos ojos se cerraron y hubo el estampido del trueno.

Dilvish y Korel estaban solos en las ensombrecidas ruinas de una gran sala.

—¿Por qué apareció hoy esto? — preguntó el sacerdote.

—Cuando uno de la sangre de Selar entra aquí — dijo Dilvish — la escena vuelve a realizarse.

—¿Para qué habéis venido aquí, Dilvish, hijo de Selar?

—Para tocar las campanas de Shoredan.

—Imposible.

—Si debo salvar Dilfar y liberar de nuevo Portaroy, ha de hacerse.

«Voy a buscar las campanas ahora mismo. »

Atravesó la casi negrura de noche sin estrellas, porque sus ojos no eran los ojos de los Hombres, y estaba acostumbrado a mucha oscuridad.

Oyó que el sacerdote le seguía.

Pasaron por detrás de la destrozada mole del trono del Señor de la Tierra. De haber habido suficiente luz, habrían visto que los puntos oscuros del suelo se convertían en manchas, luego adoptaban el tono tostado de la arena y un color verdirrojo de sangre al acercarse Dilvish, para esfumarse de nuevo al alejarse.

Detrás del estrado estaba la puerta de la torre central. Fevera Mirata, Reina de la Ilusión, había mostrado una vez esta sala a Dilvish en un espejo del tamaño de seis jinetes en línea, un espejo bordeado por un marco de atrompetados narcisos de oro que ocultaron sus cabezas hasta que no hubo más reflejo que el de ellos mismos.

Dilvish abrió la puerta y se detuvo. Ondulante humo le envolvió. Sufrió un ataque de tos, pero se mantuvo en guardia.

—¡Es el Guardián de las Campanas! — exclamó Korel — . ¡Que Jelerak nos libre!

—¡Maldito Jelerak! — dijo Dilvish — . Me basto para librarme.

Pero al hablar, la nube formó un remolino y dando vueltas se transformó en una reluciente torre que guardaba la entrada, iluminando el trono y los puntos próximos. Dos ojos rojos centelleaban en el humo.

Dilvish pasó su espada una y otra vez a través de la nube, sin encontrar resistencia.

—Si continúas incorpóreo, pasaré a través de ti —anunció Dilvish—. Si adoptas una forma, te haré pedazos. Elige—y dijo todo ello en mabrahoring, el lenguaje que se habla en el Infierno.

—Libertador, Libertador, Libertador —silbó la nube—, mi predilecto, Dilvish, criaturilla de garfios y cadenas. ¿No conoces a tu amo? ¿Tan corta es tu memoria?

Y la nube se deshizo y se convirtió en una criatura con cabeza de ave, las patas traseras de un león y dos serpientes brotando de los hombros que se retorcían y reaparecían en la alta cresta de llameantes plumas.

—¡Cal-den!

—Sí, tu antiguo atormentador, hombre Elfo. Te he echado de menos, pocos abandonan mis cuidados. Era hora de que volvieras.

—Esta vez —dijo Dilvish— no estoy encadenado ni desarmado, y nos encontramos en mi mundo. —Y arremetió con su espada, arrancando la cabeza de serpiente del hombro izquierdo de Cal-den.

Un penetrante chillido de pájaro llenó la sala y Cal-den atacó.

Dilvish le golpeó el pecho, pero la hoja rebotó y sólo dejó un minúsculo corte del que fluyó un claro licor.

Cal-den lanzó a Dilvish contra el estrado, agarró la espada con su negra zarpa, la partió y levantó el otro brazo para derribarle. Dilvish atacó con lo que quedaba del arma, veinte centímetros de mellada hoja.

La punta alcanzó a Cal-den bajo la quijada, penetró y quedó allí, con la empuñadura arrancada de la mano de Dilvish mientras el torturador agitaba la cabeza y rugía.

Después Dilvish fue cogido por la cintura, de tal forma que sus huesos se afligieron y crujieron. Se sintió levantado en el aire, y la serpiente desgarró su oreja y las garras pincharon sus costados. El rostro de Cal-den se alzó hacia la víctima, con la empuñadura de la espada igual que una barba de acero.

Acto seguido lanzó a Dilvish al otro lado del estrado, como si quisiera aplastarlo contra las baldosas del suelo.

Pero el portador de las verdes botas de la Tierra Elfa no podía ser lanzado al suelo o caer de otra forma que no fuera de pie.

Dilvish se recobró, pero el choque de la caída le produjo dolor en la herida del muslo. Su pierna cedió, de modo que tuvo que apoyarse en una mano.

Cal-den saltó sobre él y le golpeó dolorosamente en la cabeza y los hombros. Desde alguna parte, Korel lanzó una piedra que alcanzó la cresta del demonio.

Dilvish retrocedió tambaleante, hasta que su mano topó con un objeto entre los escombros, un objeto que hacía sangrar.

Una espada.

Dilvish asió el puño y lo alzó del suelo asestando un golpe de costado que alcanzó a Cal-den en la espalda, dejándolo paralizado en un aullido capaz de reventar los tímpanos a cualquiera que lo oyera. Brotó humo de la herida.

Dilvish se levantó y vio que no tenía nada en la mano.

Entonces supo que la espada de su antepasado, el arma que ojo alguno podía ver, le había llegado de entre las ruinas, donde había permanecido siglos, para ayudarle como vástago de la Casa de Selar en ese momento de apuro.

Dilvish la dirigió hacia el pecho de Cal-den.

—Conejo mío, estás desarmado y sin embargo me has herido —dijo la criatura—. Ahora volveremos a las Casas del Dolor.

Ambos se lanzaron hacia delante.

—Siempre supe —dijo Cal-den— que mi pequeño Dilvish era un poco especial —y cayó al suelo con enorme estrépito y el humo brotó de su cuerpo.

Dilvish puso el pie en el cadáver y arrancó la espada, perfilada por humeante licor.

—A ti, Selar, te debo esta victoria —dijo, y alzó un trozo de humeante nada a modo de saludo. Después envainó la espada.

Korel estaba junto a él. Vio que la criatura que estaba a sus pies se esfumaba como ascuas y hielo, dejando un hedor sumamente repugnante.

Dilvish condujo de nuevo al sacerdote a la puerta de la torre y ambos entraron, Korel siempre junto al Maldito.

El roto tirador estaba a los pies de Dilvish. Se convirtió en polvo en cuanto lo tocó con la punta del pie.

—Se dice —explicó a Korel— que el tirador de las campanas se rompió en las manos del último que lo usó, hace media eternidad.

Alzó los ojos, y sólo había oscuridad en lo alto.

—Las legiones de Shoredan partieron para asaltar la Ciudadela de Rahoring —dijo el sacerdote, como si leyera en un viejo pergamino— y la noticia de su movimiento no tardó en llegar al Rey del Mundo, que realizó un encantamiento con tres campanas fundidas en Shoredan. Al tañer estas campanas, una gran niebla surgió en el territorio y envolvió a las columnas de marchantes y jinetes. La niebla se dispersó con el segundo tañido de las campanas, y el territorio apareció vacío de tropas. Más tarde, Merde, Mago Rojo del Sur, escribió que estos marchantes y jinetes todavía avanzan en alguna parte, atravesando regiones de eterna niebla. 

«Si estas campanas vuelven a ser tocadas por una mano de la misma Casa del ejecutor del encantamiento, esas legiones saldrán de la niebla para servirle durante algún tiempo en batalla. Pero cuando hayan cumplido, desaparecerán de nuevo en los parajes de lobreguez, donde continuarán su marcha en un Rahoringhast que ya no existe. ¿Es posible liberarlas para que descansen? No lo sabemos. Alguien más poderoso que yo lo ha probado y ha fracasado.»

Dilvish inclinó la cabeza un momento y después palpó las paredes. No eran como las exteriores. Estaban formadas por bloques del mismo material, y entre dichos bloques había exiguas grietas para proporcionar punto de apoyo a los dedos.

Dilvish dio un salto e inició el ascenso. Las blandas botas verdes encontraron soportes en cualquier lugar que tocaban.

El ambiente era caluroso y viciado. Rociadas de polvo caían sobre Dilvish en cuanto levantaba el brazo por encima de la cabeza.

Continuó subiendo, hasta contar cien movimientos, y se rompió las uñas de las manos. Luego se aferró a la pared como una lagartija, para descansar, y notó los dolores de su último combate, ardientes como soles en su interior.

Dilvish respiró el fétido aire y la cabeza le dio vueltas. Pensó en la Portaroy que había liberado en otra época, hacía mucho tiempo, la ciudad amistosa, el lugar donde le habían festejado, el territorio que le había necesitado con tanta fuerza como para librarle de las Casas del Dolor y romper la presa de piedra que agobiaba su cuerpo. Y pensó en la Portaroy en manos del Coronel del Occidente, y pensó en Dilfar que se resistía a Lylish, capaz de llevarse por delante los bastiones del Oriente.

Dilvish siguió subiendo.

Su cabeza tocó el borde metálico de una campana.

Se puso encima, apoyándose en los travesaños que acababa de ver.

Había tres campanas suspendidas de un mismo eje.

Dilvish apoyó la espalda en la pared y se agarró a los travesaños para poner los pies en la campana central.

Empujó, poniendo en tensión las piernas.

El eje protestó, crujió al frotar sus puntos de apoyo.

Pero la campana se movió, despacio. No retrocedió, empero, si no que permaneció en la misma posición después del empujón.

Tras lanzar una maldición, Dilvish cruzó trabajosamente los travesaños hasta el lado opuesto del campanario.

Movió el eje, y éste dio una vuelta y quedó fijo. Pero todas las campanas se desplazaron con el eje.

Nueve veces más pasó de un lado a otro, en la oscuridad, para empujar las campanas.

Por fin los movimientos fueron más suaves.

Poco a poco las campanas fueron retrocediendo al dejar de hacer fuerza con las piernas. Dilvish dio otro empujón y las campanas retrocedieron de nuevo. Siguió empujando, sin cesar.

Hubo un ligero ruido en una de las campanas cuando el badajo tocó el metal. Luego otro. Y por fin una campana sonó.

Dilvish dio patadas cada vez más fuertes, y las campanas oscilaron libremente y llenaron la torre con un repiqueteo que hizo vibrar las raíces de los dientes del Maldito e inundaron de dolor sus oídos. Una tormenta de polvo cayó sobre él y los ojos se le llenaron de lágrimas. Tosió y cerró los párpados. Esperó a que las campanas se pararan.

Creyó oír a muchísima distancia el tenue sonido de un cuerno.

Inició el descenso.

—Lord Dilvish —dijo Korel en cuanto el Maldito llegó al suelo—, he oído sonido de cuernos.

—Sí —dijo Dilvish.

—Llevo conmigo una bota de vino. Bebed.

Dilvish se limpió los labios, escupió y dio tres generosos tragos.

—Gracias, sacerdote. Salgamos de aquí.

Atravesaron la sala de nuevo y bajaron las escaleras interiores. La sala menos espaciosa carecía de iluminación en ese momento y estaba en ruinas. Salieron, sin que Dilvish dejara huellas indicativas de adonde había ido. Y mientras bajaban los escalones la oscuridad abandonó a la pareja.

A través del grisáceo día que se aferraba al suelo, Dilvish contempló la Senda de los Ejércitos. Una intensa niebla llenaba el ambiente hasta mucho más allá de los destrozados portalones, y de la niebla brotaban las notas del cuerno y el ruido de movimiento de tropas. Dilvish casi distinguió los perfiles de las columnas de marchantes y jinetes, moviéndose sin cesar pero sin avanzar.

—Mis tropas me aguardan —dijo Dilvish en la escalera—. Gracias, Korel, por acompañarme.

—Gracias a vos, lord Dilvish. Vine a este lugar para investigar los métodos del mal. Me habéis mostrado muchas cosas que debo meditar.

Bajaron los últimos escalones. Dilvish se quitó el polvo de su ropa y montó a Black.

—Una cosa más, Korel, sacerdote de Babrigore —dijo—. Si alguna vez os encontráis con vuestro protector, que os proporcionará mucho más mal para vuestras meditaciones que el que habéis visto aquí, decidle que en cuanto todas las batallas hayan sido libradas, su estatua vendrá para matarlo.

El lunar se agitó cuando Korel parpadeó ante Dilvish.

—Recordad —replicó— que él llevó en tiempos un manto de luz.

Dilvish se echó a reír, y los ojos de su montura relucieron rojamente en la penumbra.

—¡Mirad! —dijo mientras señalaba—. ¡Ahí está vuestra señal de la bondad y la luz de él!

Nueve palomas negras daban vueltas en el cielo.

Korel bajó la cabeza y no respondió.

—Me voy ahora para ponerme al frente de mis legiones.

Black se encabritó sobre sus cascos de acero y rió al mismo tiempo que su jinete.

Y se fueron, por la Senda de los Ejércitos, dejando tras de ellos en las sombras a la Ciudadela de Rahoring y al sacerdote de Babrigore.

Ratas - M. R. James

 Y si ahora tuvieses que atravesar los dormitorios, verías las sábanas, rasgadas y mohosas, ondulando una y otra vez como si fueran mares. —Pero... ¿a causa de qué? —dijo. —Bueno, a causa de las ratas que hay debajo.

 

¿Pero se debía ese movimiento a las ratas? Lo pregunto porque en otra ocasión no fue así. No puedo establecer la fecha de mi historia, pero yo era joven cuando la escuché, y quien me la contó era un anciano. No lo puedo culpar por la escasa armonía de su relato; por el contrario, yo asumo toda la responsabilidad.

Sucedió en Suffolk, cerca de la costa. En ese lugar el camino presenta un repentino declive y luego, también repentinamente, se eleva; si uno se dirige hacia el norte, sobre esa cuesta y a la izquierda del camino, se yergue una casa. Es un edificio alto, estrecho en proporción, de ladrillo rojo; lo construyeron, tal vez, hacia 1770. 

Corona el frente un tímpano triangular, con una ventana circular en el centro. En la parte trasera se encuentran los establos y las dependencias de servicio; detrás de ellos, el jardín. Descarnados abetos escoceses crecen cerca de la casa y la circundan extensos campos de aulagas. A lo lejos, desde las ventanas frontales más altas, puede distinguirse el mar. Frente a la puerta cuelga un cartel; o colgaba, pues aunque esta casa fue en otro tiempo una famosa posada, creo que ya no lo es más.

Fue a esta posada donde llegó, un hermoso día de primavera, mi amigo Mr. Thomson. Era entonces un joven que venía de la Universidad de Cambridge, deseoso de pasar algunos días en habitaciones aceptables, a solas, y con tiempo para leer. Por cierto, encontró lo que buscaba, pues el posadero y su mujer tenían la suficiente experiencia en su oficio como para hacer sentir cómodo a un huésped y, además, no había ningún otro visitante en el lugar. 

Le asignaron una amplia habitación en el primer piso, desde la que podía verse el camino y el paisaje; estaba, lamentablemente, orientada hacia el este, pero, en fin, nada es perfecto. La casa, por lo demás, era cálida y de buena construcción.

Mi amigo pasó allí días tranquilos y apacibles: trabajaba toda la mañana; por la tarde solía pasear por los alrededores, al anochecer conversaba un poco con los campesinos o la gente de la posada, frente a un estimulante vaso de aguardiente con agua; luego leía y escribía un poco antes de retirarse a dormir; le habría gustado continuar esta rutina durante todo el mes que tenía a su disposición, tanto progresaba su trabajo y tan hermoso era abril ese año, el cual tengo motivos para sospechar que fue aquel que Orlando Whistlecraft registra en sus anotaciones meteorológicas como el ''Año de las Delicias".

Uno de sus paseos lo condujo por el camino del norte que, elevándose, atraviesa una amplia extensión desierta, convertida en brezal. Gracias a la nitidez de la tarde pudo vislumbrar a varios cientos de yardas a la izquierda del camino, un objeto blanco, e inmediatamente creyó necesario averiguar de qué se trataba. 

Al cabo de pocos minutos, se halló frente a un bloque de piedra —algo así como la base de un pilar— con un agujero cuadrado en su cara superior. Era similar al que hoy puede apreciarse en Thetford Heath. Lo observó con detenimiento y contempló el paisaje unos instantes: una o dos torres de iglesia, los techos rojos de algunas casitas cuyas ventanas relumbraban al sol, y la superficie del mar, también sembrada de ocasionales destellos; después prosiguió su camino.

La multiplicidad de temas inconexos que solían tratarse en las charlas vespertinas le permitió esa tarde preguntar en el bar de la posada el porqué de esa piedra blanca en el brezal.

—Es muy antigua esa piedra —dijo el posadero (Mr. Betts)—. Ninguno de nosotros había nacido cuando la colocaron.

—Es cierto —afirmó otro.

—Está en un lugar bastante alto —observó Mr. Thomson—. Tal vez en otro tiempo sirvió de sustento a una baliza.

—Oh, sí —asintió Mr. Betts—. Escuché decir que podía verse desde los barcos; bueno, fuera lo que fuese, lo cierto es que se hizo pedazos hace mucho tiempo.

—Mejor —dijo un tercero—. Traía mala suerte, así decían los viejos; mala suerte para la pesca, quiero decir.

—¿Y por qué? —preguntó Thomson.

—Bueno, yo nunca supe por qué —fue la respuesta— pero ellos, esos tipos de antes, tenían algunas ideas raras, quiero decir extravagantes; no me asombraría que ellos mismos la hubiesen destruido.

A Mr. Thomson le fue imposible obtener información más precisa al respecto; el grupo —que nunca se había distinguido por su locuacidad —adoptó una actitud taciturna y cuando alguien se atrevió a hablar fue para referirse a cuestiones locales y a las cosechas. Ese alguien fue Mr. Betts.

Mr. Thomson no tenía tantas consideraciones a su salud como para resignarse a una caminata diaria. Así, las tres de la tarde de un hermoso día lo sorprendieron escribiendo activamente en su habitación. Entonces, desperezándose, se levantó y salió al pasillo. Había, frente al suyo, otro cuarto; luego, el descanso de la escalera y otras dos habitaciones; una miraba hacia la parte trasera, la otra hacia el sur. 

En el extremo sur del pasillo había una ventana, y a ella se dirigió mientras pensaba que realmente era una pena estar encerrado una tarde tan hermosa. Sin embargo, su trabajo era lo principal en ese momento; así que decidió robarle no más de cinco minutos y luego retomarlo; pensó en emplear esos cinco minutos —acaso los Betts no tuvieran nada que objetar— en recorrer las otras habitaciones del pasillo, en las que, por lo demás, nunca había estado. 

Nadie, al parecer, las ocupaba en ese momento; probablemente, por ser día de mercado, todos habían ido a la ciudad, con la única excepción, tal vez, de la criada que atendía el bar. Una absoluta quietud reinaba en toda la casa, sobre la que se abatía pesadamente el calor del sol; las moscas zumbaban contra los vidrios de los ventanales. Mr. Thomson inició su exploración. 

Nada de especial había en el cuarto que enfrentaba al suyo, salvo un viejo grabado que representaba Bury St. Edmunds; los dos restantes, que estaban a su lado en el pasillo, eran limpios y alegres; lo único que los distinguía de su propio cuarto, que tenía dos ventanas, era poseer sólo una. Quedaba por ver la habitación del sudoeste, frente a la última a la que había entrado. 

Estaba cerrada, pero Thomson sentía una curiosidad tan irresistible que, seguro de que no sorprendería ningún secreto prohibido en un sitio de tan fácil acceso, fue a buscar las llaves de su propio cuarto, y como éstas no le sirvieron, recogió luego las de los otros tres. 

Con una de ellas pudo abrir la puerta. La habitación tenía dos ventanas —una hacia el sur, otra hacia el oeste— y, por lo tanto, el persistente sol provocaba un calor sofocante. No había alfombras, sólo el piso desnudo; tampoco cuadros, ni lavabo; veíase, en el rincón más alejado, una cama. Era una cama de hierro, con colchón y almohadas, cubierta por una colcha azul, hecha jirones. 

Era la habitación más anodina que pueda imaginarse; sin embargo, había allí algo que obligó a Thomson a cerrar la puerta con suma rapidez y cuidado, y a apoyarse, trémulo, contra la ventana del pasillo. Alguien yacía bajo la colcha y además se agitaba. No cabía duda de que se trataba de alguien, no de algo, pues sobre la almohada se destacaba la forma inconfundible de una cabeza. Sin embargo, la colcha la tapaba por completo, y sólo un muerto yace con la cabeza cubierta; pero este alguien no estaba muerto, no realmente muerto, porque jadeaba y se estremecía. 

Si Thomson hubiese contemplado tal escena en el crepúsculo, o a la incierta luz de una vela, nada le habría costado convencerse de que se trataba de una fantasía. En esa tarde resplandeciente ello era imposible. ¿Qué debía hacer? Primero, cerrar la puerta con llave, costara lo que costase. Se aproximó con cautela y se inclinó para escuchar. Contuvo el aliento; acaso oyera el sonido de una pesada respiración, a la que podía atribuirle una explicación prosaica. El silencio era total. 

Cuando, con mano vacilante, introdujo la llave en la cerradura y la hizo girar, ésta rechinó y en el acto escucháronse pasos tambaleantes y penosos, que avanzaban hacia la puerta. Thomson huyó como un conejo hacia su habitación, donde se encerró con llave; sabía que era en vano —¿de qué podían servir puertas y cerrojos ante lo que sospechaba?— pero era todo cuanto se le ocurrió en ese momento y, de hecho, nada sucedió. Sólo lo asaltaron el terror de la espera y las atroces dudas sobre la decisión a adoptar. 

Su primer impulso fue, por supuesto, abandonar lo antes posible una casa que albergaba huésped tan nefasto. Pero precisamente el día anterior había asegurado que se quedaría por lo menos una semana más y, en caso de cambiar sus planes, de ningún modo podría evitar que sospecharan su participación en asuntos que por cierto no le concernían. 

Además, o bien los Betts conocían la existencia del extraño huésped (y sin embargo, no abandonaban la casa), o bien la ignoraban (lo cual también evidenciaba que no había nada que temer), o bien sabían sólo lo suficiente como para cerrar la habitación, pero demasiado poco como para alarmarse: en cualquiera de esos casos, parecía obvio que no existía nada digno de temor; su propia experiencia, por lo demás, no había sido tan terrible. Quedarse, en todo caso, implicaba menos esfuerzo.

En fin, permaneció allí la semana prevista. Nada advirtió al pasar junto a esa puerta; deteníase con frecuencia, a una hora tranquila del día o de la noche, en el pasillo, para escuchar, pero por más atención que prestara no percibía sonido alguno. 

Habría sido lógico, tal vez, que Thomson intentara averiguar historias relacionadas con la posada, no interrogando a Betts sino al párroco o a la gente más vieja de la aldea; pero no lo hizo: era presa de esa reserva que suele dominar a la gente que padeció experiencias extrañas y cree en ellas. 

Sin embargo, al acercarse el fin de su estadía, la necesidad de una explicación se tornó más perentoria. Durante sus paseos solitarios se dedicó a forjar un plan que le permitiera, del modo más discreto posible, indagar una vez más ese cuarto a la luz del día. 

Concibió, finalmente, este ardid: debía marcharse por la tarde, en el tren de las cuatro; cuando el cabriolé lo aguardara con el equipaje, haría una última incursión al piso alto para examinar su propio dormitorio y verificar si no olvidaba nada; luego, con esa misma llave, previamente aceitada —¡como si eso valiera de algo!— abriría una vez más, sólo por un instante, la puerta de la otra habitación, y la volvería a cerrar.

Así lo hizo. Pagó la cuenta. Toleró una charla breve y convencional mientras trasladaban su equipaje al cabriolé.

—Un hermoso lugar, por cierto... estuve muy cómodo, gracias a usted y a Mrs. Betts... espero volver en otra oportunidad.

—Encantados de que esté satisfecho, señor. Hicimos todo lo posible... encantados de recibir sus elogios... El tiempo, en realidad, nos ayudó mucho.

Y luego:

—Iré arriba a ver si olvidé un libro o alguna otra cosa; no, no se moleste, vuelvo en un minuto.

Y tan silenciosamente como pudo, se deslizó hasta la puerta y la abrió. ¡La ruptura de una ilusión! Casi estalló en carcajadas. Apoyado, casi podría decirse que sentado, sobre el borde de la cama, había... ¡pues nada más que un espantapájaros! Un espantapájaros que habían sacado del jardín, por supuesto, y arrinconado en esa habitación en desuso... Sí, pero de pronto toda la comicidad de su hallazgo se desvaneció. 

¿Acaso los espantapájaros tienen pies calzados que, en su desnudez, muestran los huesos? ¿Acaso sus cabezas cuelgan sobre los hombros? ¿Acaso tienen grillos de hierro y trozos de cadenas alrededor del cuello? ¿Acaso pueden incorporarse y avanzar, aunque sea con tanta rigidez, a través de una habitación, meneando la cabeza, con los brazos caídos junto al cuerpo? ¿Y pueden, acaso, temblar?

Dio un portazo, se precipitó hacia las escaleras, las bajó de un salto y, finalmente, perdió el sentido. Al despertar, Thomson vio a Mr. Betts, que se inclinaba sobre él con una botella de aguardiente y le dirigía una mirada de reconvención.

—No debería haberlo hecho, señor, de veras que no. No es ése el modo de tratar a gente que hizo por usted todo lo que pudo.

Thomson escuchó otras frases similares, pero jamás pudo recordar qué respondió. A Mr. Betts, y tal vez aún más a Mrs. Betts, le resultaba difícil aceptar sus disculpas, por más que él alegaba que nada diría que pudiese perjudicar el buen nombre de la casa. Debieron sin embargo aceptarlas. Como Thomson ya no podía alcanzar el tren, se hicieron los arreglos necesarios para que esa noche durmiera en la ciudad. Antes de que se fuera, los Betts le contaron lo poco que sabían.

—Dicen que era, hace mucho tiempo, el dueño de esta propiedad y que protegía a los bandoleros que acechaban en el brezal. Al fin recibió su merecido: lo colgaron con cadenas, según dicen; levantaron el cadalso allí donde está la piedra blanca. Los pescadores se lo llevaron porque, según creo, lo veían desde el mar y les impedía tener buena pesca, o por lo menos eso pensaban. 

A nosotros nos contaron los anteriores propietarios. ''Mantengan cerrado ese cuarto", nos dijeron, "pero no saquen la cama; entonces no tendrán ningún problema". Y nunca los tuvimos; ni una vez salió de la habitación, aunque ahora no sé qué pasará. 

De todos modos, usted es el primero que lo ha visto desde que estamos aquí; yo mismo no lo miré nunca, ni quiero hacerlo. Como hicimos las habitaciones de los sirvientes junto al establo, no tuvimos ningún problema con ellos. Lo único que espero, señor, es que mantenga la boca cerrada. ¿Usted sabe lo perjudiciales que podrían ser ciertas habladurías... ? —y siguieron otros ruegos del mismo tenor.

Mr. Thomson mantuvo su promesa durante muchos años. Yo conocí esta historia gracias a un incidente peculiar: cuando Mr. Thomson vino a visitar a mi padre, se me encomendó que le indicara su habitación, pero él, en lugar de permitir que le abriera la puerta, se me adelantó y la abrió por sí mismo; luego permaneció varios minutos en el umbral y escudriñó con insistencia, a la luz de la vela, el interior del cuarto. Al fin pareció recobrarse y se disculpó:

—Lo siento. Sé que es absurdo, pero jamás puedo evitar hacerlo, por un motivo muy particular.

Días más tarde, conocí ese motivo tan particular, y ustedes acaban de conocerlo.

Estocolmo 3 - Amparo Dávila


A pesar de ser otoño hacía un tiempo espléndido la tarde en que yo caminaba por la Colonia Juárez rumbo a la calle de Estocolmo. Allí vivían, en el número 3, desde hacía dos meses, Homero y Betty. Sin embargo, era la primera vez que iba a su nuevo departamento. 

Primero había sido la enfermedad de mamá, que me tuvo a su lado todo el tiempo, como sucedía siempre que algo perturbaba su salud, lo que me había impedido visitarlos. Mamá es de esas personas demasiado aprensivas a quienes hay que dedicarse en cuerpo y alma, pues si llegan a sentirse poco atendidas o descuidadas caen en fuertes crisis depresivas que ponen en peligro su recuperación. 

Después, por el trabajo rezagado y la intención de ponerlo al corriente se fue pasando el tiempo, y éramos tan amigos que sólo por inconvenientes así se justificaba que hubieran pasado tantos días sin verlos. En el reloj de la Profesa daban las seis de la tarde cuando toqué el timbre de Estocolmo 3. Casi sin aliento llegué hasta el quinto piso donde estaba el departamento de mis amigos.

—Pero qué agradable sorpresa.

—Por fin te dejas ver.

Y los dos comenzaron a hacerme mil reproches por el largo tiempo que había dejado de verlos, tanto, que ni siquiera conocía la nueva casa. Yo trataba de explicarles todo lo que me había ocurrido y por qué no me había sido posible visitarlos antes.

Un poco aclaradas las cosas, Betty me quitó el abrigo y se encaminó al dormitorio a dejarlo, mientras Homero me mostraba la estancia.

—Tiene una vista estupenda —decía al tiempo en que descorría la cortina para que yo pudiera admirar un magnífico panorama que el crepúsculo matizaba con tonalidades rosas y ocres. Le aseguré que el departamento me parecía muy bonito, y era verdad, pues aquella pequeña estancia, lo único que conocía hasta ese momento, con su gran ventanal, muros recubiertos de madera y chimenea, era de lo más agradable y acogedor, y ellos la habían amueblado con buen gusto: un sofá amplio y dos butacas (de esas en que uno se hunde cómodamente), varios estantes llenos de libros, una mesa de trabajo, cuadros, lámparas, y muchas otras pequeñas cosas que uno gusta de ver y tener cerca.

—Los pisos altos tienen muchas ventajas —seguía diciendo Homero.

Estuve de acuerdo con él, pero no dejé de hacerle notar que la escalera era bien pesada, y que yo aún no recobraba mi aliento. "Se acostumbra uno pronto y, además, es un buen ejercicio que lo mantiene a uno ágil y favorece la circulación." 

Nos sentamos y Homero siguió platicándome de lo contentos que estaban con el departamento; que cada día le descubrían mayores ventajas; que había sido una gran suerte encontrarlo en ese punto de la ciudad, tan bien comunicado, como si hubiera sido hecho precisamente para ellos, de acuerdo a sus necesidades, con una renta bastante moderada, sin ningún ruido, y donde él podía trabajar a gusto.

Betty regresó de la recámara con una caja de bombones y una cajetilla de cigarrillos y, tras ella, una muchacha rubia vestida de blanco. Al verlas llegar intenté moverme hasta un extremo del sofá para dejarles lugar donde sentarse.

—No, no te incomodes, estás bien ahí, yo me voy a sentar aquí junto a Homero —y acercó una silla.

—¿Qué opinan si tomamos un ron? —propuso Homero.

—Desde luego —afirmó Betty.

 —Me parece buena idea —dije yo, que, debo confesar estaba bastante sorprendida y desconcertada por aquella descortesía, ¿o de qué otra manera llamarla?, de no presentarme a la joven de blanco. A lo mejor pensaban que ya la conocía; pero, de todos modos... Me preguntaba también si no sería alguna pariente de Betty, pues yo no conocía a su familia que vivía en Nueva York.

—A ti no te gusta muy fuerte, ¿verdad? —recordaba Homero cuando estaba preparando las copas.

—Lo dejo a tu gusto.

—¿Y cómo está tu madre ahora? —preguntó Betty.

Comencé a informarle a grandes rasgos sobre la salud de mamá, sin dejar de observar de reojo a la muchacha, que se había quedado de pie junto a un librero mirando los volúmenes. Homero vino con las copas para Betty y para mí, luego trajo la suya y se sentó. Los dos hacían caso omiso de la muchacha y yo no me atrevía a preguntarles nada, porque su misma presencia me intimidaba y no entendía qué estaba sucediendo allí.

—Por el gusto de tenerte aquí.

—Ya teníamos ganas de verte.

—Y yo no menos que ustedes. Y ¿cómo te va con tu nuevo trabajo, Homero?

—Bastante bien. Dos o tres horas por las mañanas solamente. No se puede decir que sea pesado.

—Y ¿es interesante lo que haces?

—Leer todos los periódicos, recortar notas, archivarlas, eso es todo...

—Tienes suerte, no cabe duda, pues me parece un trabajo perfecto.

—Lo mejor sería no trabajar —dijo riéndose Betty—, ¿no les parece?

Seguimos platicando un poco de todo. Homero y Betty casi se quitaban la palabra. Realmente estaban muy animados esa tarde. Entretanto, la muchacha se acercó hacia donde estábamos y se sentó en una silla de bejuco, tan frágil y fina como ella misma. Desde ahí nos observaba en silencio. Yo miré a mis amigos con mirada inquisidora, pero ellos no se dieron por aludidos, como si no quisieran tomarla en cuenta. 

Entonces me puse a pensar si sería una de esas personas que abusan de la amistad, que acostumbran perturbar la intimidad de amigos y vecinos, y de las que nunca se sabe cómo desembarazarse y se termina por odiarlas frenéticamente. Era indudable que ellos sabían lo que estaban haciendo. Traté, entonces, de no preocuparme demasiado por su presencia, pero tampoco lograba ignorarla, sentada allí, tan quieta, en conmovedor silencio.

Pocas veces he estado tan incómoda como esa tarde en que visité a Homero y a Betty en su departamento de Estocolmo 3. Soy de esas personas con una rígida educación y me mortifica profundamente cometer lo que a mi juicio pueda calificarse de faltas elementales de buenos modales o de cortesía. Así que, sólo mediante un gran esfuerzo, lograba soportar aquella absurda y molesta situación y me decía que más tarde, o cuando hubiera oportunidad, ellos me explicarían los motivos especiales y sin duda justificados que tenían para tratar de esa manera a la muchacha de blanco.

Homero insistió en que tomáramos otra copa y, mientras él la preparaba, Betty se levantó a encender las lámparas porque ya había oscurecido y apenas si nos veíamos las caras. Al pasar junto a la muchacha tropezó con su silla y, por poco la tira al suelo; pero ni siquiera por esto fue para pedirle la más mínima disculpa y siguió como si nada hubiera ocurrido. 

Yo no me enteré de qué cara puso la joven, pues no me atreví a mirarla. Ahora sí ya no sabía qué pensar de todo aquello y había empezado a sufrir por la pobre chica que, sin duda, no tenía el menor sentido de la dignidad, o el tacto de irse. En fin, la gente es tan rara a veces…

Homero regresó con las copas y seguimos nuestra charla. Me contaron que les habían pintado todo el departamento según su deseo, pues antes tenía un papel tapiz oscuro que lo ensombrecía demasiado y le daba un aspecto fúnebre. También les habían puesto una estufa nueva porque la que había no funcionaba bien. 

El dueño del edificio era una finísima persona, que había accedido a todo cuanto ellos le solicitaron, ni siquiera fianza les había pedido, y sólo habían dado una renta adelantada. Les subían la correspondencia para que no tuvieran que molestarse en bajar a recogerla; tenían agua caliente todo el día; el gas y la luz estaban incluidos en el alquiler y, en fin, Homero y Betty, nunca habían soñado en encontrar un departamento con tantas ventajas como ese. 

El reloj de la Profesa dio ocho campanadas que me sonaron tristísimas, así se lo dije a ellos. Betty aseguró que no tenían nada de tristes y que eran iguales a las de otros templos. Entonces fue cuando la muchacha se levantó y se encaminó hacia la recámara sin decir nada, así como había llegado.

—Por fin se va... —comenté en voz muy baja, para que ella no pudiera oírme.

 —¿Quién se va?

—¿De qué hablas?

—De ella —contesté simplemente y, con la vista, indiqué a la muchacha que ya entraba en el dormitorio, mientras me preguntaba qué les sucedía a Homero y a Betty.

—No te entiendo —dijo Betty.

—¿No serán los rones? —comentó, burlón, Homero.

—Nunca pensé que esto fuera una broma de ustedes —les reproché. A decir verdad, todo me parecía muy extraño.

—Ésta sí que es la confusión de las lenguas —dijo Homero—, Nadie sabe de qué habla el otro.

—Claro que sí sabemos, pero ya terminen de una vez —supliqué.

—Te aseguro que no sabemos de qué...

—Bueno, de todos modos fue demasiado tenerla así, todo este tiempo —les dije.

—¿Tenerla así, dónde?

—Pero, ¿cómo dónde? Aquí —y señalé la silla que acababa de desocupar la muchacha—, sentada horas y horas sin hablar, como si fuera una pobre muda. Creo que fue excesivo y desconsiderado.

—¿Sentada aquí? —comentó Betty, como sin entender, y miró a Homero fijamente.

—¿Y quién es? ¿Cómo se llama? —se me ocurrió preguntar.

—Bueno... el caso es, que... —comenzó a decir Homero mientras se frotaba las manos como solía hacerlo cuando estaba nervioso:

—¿Para dónde se fue? —preguntó de pronto Betty, interrumpiendo, lo que Homero iba a decir.

—A la recámara —contesté.

Sin decir más los dos se levantaron y se dirigieron hacia el dormitorio, y yo detrás de ellos. Entramos a la recámara y no había nadie allí, sólo un fuerte olor a gardenias y a nardos, un olor demasiado dulce y pegajoso, denso y oscuro, atrayente y repulsivo, que no se podía dejar de aspirar y que contraía el estómago en una náusea incontenible.

—Pero, ¿tú crees que...? ¿Si será la...? —le preguntaba Betty a Homero. Betty tenía los ojos muy abiertos y le temblaba la boca al hablar.

—Uno qué sabe de esas cosas — comentó sencillamente Homero que seguía restregándose las manos, presa de una gran nerviosidad.

Yo decidí marcharme en ese momento. Además de tener el pendiente de mamá que se había quedado sola, me sentía bastante perturbada.

Después supe que Homero y Betty se mudaron de Estocolmo 3 al día siguiente. Después supe, también, muchas otras cosas