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Las campanas de Shoredan - Roger Zelazny

Ningún ser viviente habitaba en el territorio de Rahoringhast. Desde una era antes de esta era estaba el muerto dominio vacío de sonido, aparte del restallar de los truenos y el espit-espit-espit de las gotas de lluvia al rebotar en la piedra de los edificios y en las rocas.  Las torres de la Ciudadela de Rahoring seguían en pie; el gran arco, al que le habían arrancado las puertas, continuaba abierto, como una boca paralizada en un aullido de dolor y sorpresa de muerte; el campo que rodeaba el lugar se asemejaba al estéril paisaje de la luna. El jinete siguió el Camino de los Ejércitos, que terminaba en el arco de entrada y se adentraba en la Ciudadela. Tras él quedaba una sinuosa senda que descendía y descendía y retrocedía hacia el sur y hacia el oeste. Atravesaba frígidas siluetas de niebla matutina que se aferraban, entumecidas, al oscuro terreno lleno de agujeros, igual que escuadrones de gigantescas sanguijuelas.  La senda se curvaba en torno a las viejas torres, qu...

Ratas - M. R. James

  — Y si ahora tuvieses que atravesar los dormitorios, verías las sábanas, rasgadas y mohosas, ondulando una y otra vez como si fueran mares. —Pero... ¿a causa de qué? —dijo. —Bueno, a causa de las ratas que hay debajo.   ¿Pero se debía ese movimiento a las ratas? Lo pregunto porque en otra ocasión no fue así. No puedo establecer la fecha de mi historia, pero yo era joven cuando la escuché, y quien me la contó era un anciano. No lo puedo culpar por la escasa armonía de su relato; por el contrario, yo asumo toda la responsabilidad. Sucedió en Suffolk, cerca de la costa. En ese lugar el camino presenta un repentino declive y luego, también repentinamente, se eleva; si uno se dirige hacia el norte, sobre esa cuesta y a la izquierda del camino, se yergue una casa. Es un edificio alto, estrecho en proporción, de ladrillo rojo; lo construyeron, tal vez, hacia 1770.  Corona el frente un tímpano triangular, con una ventana circular en el centro. En la parte trasera se encue...

Estocolmo 3 - Amparo Dávila

A pesar de ser otoño hacía un tiempo espléndido la tarde en que yo caminaba por la Colonia Juárez rumbo a la calle de Estocolmo. Allí vivían, en el número 3, desde hacía dos meses, Homero y Betty. Sin embargo, era la primera vez que iba a su nuevo departamento.  Primero había sido la enfermedad de mamá, que me tuvo a su lado todo el tiempo, como sucedía siempre que algo perturbaba su salud, lo que me había impedido visitarlos. Mamá es de esas personas demasiado aprensivas a quienes hay que dedicarse en cuerpo y alma, pues si llegan a sentirse poco atendidas o descuidadas caen en fuertes crisis depresivas que ponen en peligro su recuperación.  Después, por el trabajo rezagado y la intención de ponerlo al corriente se fue pasando el tiempo, y éramos tan amigos que sólo por inconvenientes así se justificaba que hubieran pasado tantos días sin verlos. En el reloj de la Profesa daban las seis de la tarde cuando toqué el timbre de Estocolmo 3. Casi sin aliento llegué hasta el quin...