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Yo anduve con un zombi - Inez Wallace

    Haití, esa oscura y misteriosa isla, en la que han surgido figuras tan increíbles como Christophe —el Napoleón negro—, de fama mundial; donde los ritos del vudú unen al hombre con lo sobrenatural de tal forma que escapa al entendimiento... Haití nos ofrece aún otro fenómeno que confunde a los grandes pensadores y científicos de nuestros días.

Cuando visité la isla por primera vez y escuché las historias que voy a relatar, me negué a creerlas.

No culparé a nadie por dudar al término de este relato. Pero hoy en día, expresado fríamente en los libros de leyes de la República, se reconoce oficialmente la existencia de una práctica de magia metafísica, posiblemente la más repugnante que se pueda imaginar.

El artículo 249 del Código Penal de Haití, establece lo siguiente: “Se calificará de intento de asesinato el empleo de sustancias químicas contra cualquier persona a la que, sin causarle la muerte, se le produzca un coma letárgico más o menos profundo. Si, después de haberle administrado tales sustancias, la persona fuera enterrada, el hecho será considerado asesinato, sin tenerse en cuenta el resultado que se derive de ello”.

Sencillamente: es asesinato enterrar a una persona como si estuviera muerta, y posteriormente sacar su cuerpo para que viva otra vez (al margen de cualquier resultado).

Y se promulgó esta ley porque se ha comprobado una y otra vez que las artes misteriosas de la población negra de Haití han conseguido que los muertos salgan de sus tumbas y lleven una existencia de esclavos sin alma, moviéndose como cuerpos sin inteligencia individual.

Estos cadáveres vivientes son llamados zombis.

No son espíritus o fantasmas espectrales, sino cuerpos de carne y hueso que han muerto, pero se mueven todavía, andan, trabajan y, algunas veces, hasta hablan.

El gobierno prefiere decir que se trata de gente drogada, enterrada y desenterrada. Pero pasa el tiempo y no queda más remedio que admitir la existencia de los zombis como una realidad.

Cuando oí hablar de ellos por primera vez, cada palabra que escuchaba me provocaba una sonrisa de incredulidad. Después he llegado a considerar la misteriosa leyenda de los zombis (los muertos sacados de sus tumbas y obligados a trabajar para los vivos) como algo más que una leyenda.

Creo —porque lo he sabido a través de fuentes incuestionables— que han ocurrido estas cosas y que siguen ocurriendo hoy día, a no muchas millas de nuestros supercivilizados Estados Unidos, en la mágica y misteriosa isla de Haití. He escuchado fantásticos relatos de hombres y mujeres blancos, de cuya palabra no puedo dudar, y he leído aún más en cierto libro sobre los zombis.

¿Qué poder psíquico hace posible que estos cuerpos muertos se muevan, actúen, caminen y bailen como si estuvieran vivos? Y, ¿qué superpoder puede hacer incluso que hablen en algunas ocasiones?

Desde la misteriosa isla de Haití llegan muchas otras historias de lo oculto, místicos relatos sobre vudú, magia negra, hechizos, maldiciones y magnetismo animal.

En los oscuros anales de esta misteriosa isla aparecen extraños ritos vudú, y el culto al negro macho cabrío y a la blanca cabra florece hasta en las ciudades más populosas de Haití. El vuduísmo está prohibido por la ley, pero incluso los emperadores negros de la isla lo han practicado y temido.

Pero el fenómeno que los nativos temen en mayor grado (y no sólo los ignorantes nativos corrientes, sino negros cultivados e incluso doctores del vudú, que creen ser todopoderosos) es el terrorífico zombi.

Porque el zombi y la magia sobrenatural que en él subyace, están más allá aún del entendimiento de los doctores del vudú, con todos sus negros ritos.

Y este miedo supersticioso al zombi y todo cuanto se relaciona con estas personas muertas está plenamente justificado.

Los haitianos mantienen que actualmente hay zombis trabajando en los campos de caña, alrededor de las solitarias mansiones de la isla, y algunos dicen que estos misteriosos trabajadores muertos existen también en las ciudades más pobladas. 

Uno puede reconocerlos porque, excepto en raras circunstancias, nunca hablan y siempre miran al frente fijamente. Si no se está seguro, podemos cerciorarnos ofreciendo al sospechoso algo de comida salada, “porque el zombi no puede probar la sal”, e inmediatamente sabrá que está muerto, haciendo regresar su cuerpo viviente a la tumba, no importa dónde esté ésta, ¡y nadie podrá detenerlo!

No hace muchos años, cerca del famoso Port—au—Prince, ocurrió un incidente que inmediatamente me recordó a los zombis. Un hombre blanco, que estaba pasando una mala racha y había llegado a Haití con el nombre de George MacDonough, se enamoró de una joven nativa de color, finalizando su amor por ella cuando una muchacha blanca se enamoró a su vez de él. Así fue como abandonó a Gramercie por Dorothy Wilson, y se casó con ella.

Pero no había terminado aún con Gramercie, cuyos feroces y primitivos celos resultaron algo que era mejor evitar. No llevaba aún un año de casado, cuando su joven esposa cayó misteriosamente enferma y murió. Dos noches después de su entierro se descubrió que su tumba había sido removida, pero no de una forma tan evidente como para justificar una investigación.

Seis meses después, una misteriosa historia comenzó a propagarse por Port—au—Prince. Se decía que en las horripilantes y mágicas laderas de Morne—au—Diable, próximas a la frontera dominicana, había un grupo de esclavos formado por zombis. El rumor corrió y corrió, y de pronto un nuevo misterio se unió a aquella historia, cuando se supo que había una mujer blanca trabajando en el campo de caña. George MacDonough oyó la historia, al igual que otros muchos colonos americanos.

Como sus compañeros, se rió al principio. Pero luego empezó a pensar en la tumba profanada de su esposa. En su momento aquel hecho no le había sugerido nada, pero ahora, ¿tendría alguna relación con estos rumores? Se asustó, dominado por los nervios, al recordar que la vengativa Gramercie era del mismo distrito del que procedía la fantástica historia.

Movido por un repentino impulso, se dirigió al interior, hacia Morne—au—Diable, llevando con él un fiel guía negro y dos amigos. Partió por la noche, en secreto, sin que se trasluciera nada de la expedición. Su llegada al campo de caña de Gramercie resultó una completa sorpresa para su antigua novia morena.

Pero la terrible escena que presenció en aquellos campos introdujo  la locura en su corazón, y Gramercie huyó aullando de terror hacia la selva, tratando de escapar a su venganza. “Porque en los campos, trabajando con los esclavos negros, ¡se hallaba el cadáver de la esposa de George MacDonough!” Antes de su llegada, Gramercie, oculta por las altas cañas, había estado haciendo extraños pases en el aire.

Cuando se dirigió hacia su esposa, los azules ojos de ésta le miraron sin comprender, sin reconocerle. Y al ver que sus repetidos gritos no conseguían respuesta alguna de ella, acabó por entender. A la caída de la noche llevó consigo su cuerpo de muerto—viviente a casa. Y de nuevo, al anochecer, al cementerio. Abrió su tumba y le dio a comer sal, viendo cómo caía a sus pies, ahora ya realmente muerta.

Después, George MacDonough inició la búsqueda de Gramercie, pero ya era demasiado tarde para poder vengarse él mismo, porque los nativos temen a los zombis y a quienes les obligan a trabajar más que al hombre blanco, y enterados del crimen, antes de que MacDonough pudiera llegar a Morne—au—Diable para matar a la bruja que había utilizado con su poder el cuerpo de su esposa muerta, ellos mismos —su propia gente— la habían asesinado brutalmente.

           . . . . . . . . . .

 Un hombre de edad, al que llamaré mayor Hemingway, me dijo que cualquier blanco que haya vivido en Haití, relacionándose con la misteriosa vida de los nativos, dudaría mucho antes de decidirse a negar la existencia de los zombis.

—¿Sabe? —me dijo—, una vez que se está fuera de Haití, todas estas cosas vuelven a uno. Para quien nunca ha estado allí, todo resulta demasiado increíble. La mayoría de la gente tiene un miedo ancestral al vudú, porque ha sido practicado incluso aquí, en el Sur de los Estados Unidos. Aunque esto de los zombis parece más difícil de creer, pero existen, lo sé.

Y me relató la siguiente historia:

“Una vez, durante una sublevación nativa, estaba yo instalado en el distrito de Morne—au—Diable (un territorio montañoso donde los nativos son tan ignorantes y supersticiosos como sólo los negros pueden llegar a serlo, y donde florece el vudú.) Una noche, una bonita muchacha negra vino a pedirme que la ayudara.

Parece ser que dos semanas antes su hermano había muerto y había sido enterrado, pero ahora ella pretendía haberlo visto trabajando en la casa de un tal Ti Michel, un pequeño granjero que vivía no muy lejos de donde yo me había instalado.

Había oído hablar de los hechizos y maleficios del vudú, habiendo llegado a creer en ellos, pero esto era algo nuevo para mí.

Yo le dije:

—¿Qué puedo hacer?

Ella sonrió misteriosamente y me alargó un paquete de azúcar cande (una clase de mezcla parecida al caramelo.)

—Mañana —dijo—, vaya donde Ti Michel. En los campos verá hombres trabajando la caña. Los hombres estarán mirando fijamente al frente, con la mirada vacía, sin hablar. Deles el azúcar cande.

—¿Qué bien les puede hacer el cande?

—Déselo y verá. El cande encubre sal.

Bueno, ya se había despertado mi curiosidad lo suficiente para hacer lo que me pedía, y lo hice. Al día siguiente di una vuelta por la hacienda del viejo Ti Michel y descubrí que éste me miraba con gran suspicacia. Miré un poco a mi alrededor y finalmente recorrí sus campos de caña. Durante todo el tiempo él me observaba como lo hace el gato con el ratón. Me acerqué a la fila de hombres que cavaban, y él vino tras de mí.

Entonces, de repente, le llamó su hijo desde otra parte del campo, porque tenía problemas con uno de los trabajadores, y yo me quedé a no más de tres metros de dos hombres y tres mujeres que estaban trabajando. Rápidamente me dirigí a ellos, les hablé, les toqué. No me contestaron, pero se enderezaron cuando les toqué.

¡Nunca olvidaré sus ojos! Era como si mirasen el interior de un viejo pozo en medio de la noche, ¿entiende lo que quiero decir?

Bueno, les di el azúcar cande, lo tomaron y empezaron a chuparlo. Entonces llegó Ti Michel corriendo hacia mí; había visto que estaba dando algo a sus trabajadores y empezó a chillar:

—¿Qué les ha dado? ¿Qué les ha dado?

No tuve la oportunidad de responder. De repente, aquellos trabajadores lanzaron un grito horrible, arrojaron sus herramientas y se volvieron rápidos hacia la pequeña ciudad cerca de la cual estaba yo instalado, comenzando a marchar en fila de a uno fuera del campo. 

Ti Michel me miró sólo durante un instante; después empezó a correr en dirección contraria. Nunca se le volvió a ver, pero dos semanas más tarde alguien comentó que habían encontrado una camisa manchada de sangre identificada como suya. Estos nativos tienen su propia forma de encargarse de la gente como Ti Michel.

Bueno, yo estaba muy interesado en los zombis, así que los seguí. Llegaron a la ciudad; la gente chillaba y corría por todas partes. Algunos corrieron en dirección al cementerio, hacia el cual iban ahora los zombis tan rápidos como podían.

No los pude alcanzar; los perdí. Cuando llegué al cementerio, vi un grupo de negros medio histéricos cavando frenéticamente en cinco tumbas, y cerca de los túmulos descubrí unos montones informes, negros. (¡Ahora, afortunadamente, los zombis ya estaban muertos!).

No espero que lo crean, pero yo lo vi.”

. . . . . . . . . .

 La historia de los bailarines zombis de Port—au—Prince es interesante desde el punto de vista de que arroja alguna luz sobre los terribles ritos mágicos concernientes a la vuelta desde la tumba de los muertos para trabajar en los campos de caña.

Una mujer negra llamada Bretéche llevaba un local donde se daban exhibiciones de baile, a muy poca distancia de Port—au—Prince. De educación bastante esmerada, era conocida por haber estado relacionada con los escenarios desde su infancia, y porque durante cierto tiempo la gente blanca había frecuentado su establecimiento.

Ahora ya sólo acudía el elemento negro, y ella se convirtió en noticia por su audacia, pues no se le ocurrió otra cosa que revelar los ritos secretos del vudú en el escenario. De pronto comenzó a circular un rumor: “ ¡La Bretéche tiene zombis bailando para ella!”

Una investigación oficial reveló la existencia en su casa de siete figuras misteriosas que bailaban a sus órdenes, siguiendo cada inflexión de su voz, pero sin ninguna respuesta emocional, moviéndose sólo de manera automática. Jamás se había oído hablar a alguno de los extraños bailarines. La Bretéche fue llamada a declarar.

A todas las preguntas que se le hicieron respondió no haber cometido asesinato, puesto que sus bailarines ya estaban muertos. Dijo que sus bailarines habían sido enterrados y que ella los había desenterrado para ayudarles, y ahora ellos la ayudaban a ella.

—¿Qué hizo usted?

—Primero hice una figura de barro, así... —Y les mostró de forma rudimentaria cómo la había hecho. Una figura de barro parecida a un hombre—: así... —Y levantó y sostuvo una imaginaria figura de barro, empezando a darle aliento, susurrando a la vez una curiosa especie de ritual.

Luego miró hacia arriba y dijo:

—Después dije: baila, y ellos bailaron para mí.

Los blancos cultos admiten la existencia de los zombis, igual que lo hace el gobierno. No obstante, éste teme implicarse en cualquier explicación de origen psíquico. En otras palabras, el gobierno de Haití dice: “¿Zombis? Sí, existen; pero no podemos dar una explicación. Forman parte del misterio de Haití.”

Una respuesta oficial, en efecto. Pero no puede convencerme de que no hay realmente muertos vivientes trabajando en los campos de caña de Haití.

Magia negra - Jessie Adelaide Middleton

 La dama que tan amablemente ha corroborado esta historia con su experiencia personal tenía una prima que se casó con un oficial del ejército indio y se marchó a la India en torno al año 19… Puesto que no tengo permiso para dar sus nombres, aunque me hayan permitido utilizar su historia, los llamaré el capitán y la señora Ross. Esta última tenía el pelo cobrizo, lo que despierta gran admiración entre las razas nativas.

Al llegar a Calcuta, se dirigieron al norte, donde el capitán Ross estaba destinado, y la señora Ross, que visitaba la India por primera vez, se quedó maravillada con todo lo que vio.

Cuando llegaron a su bungaló, la señora Ross reparó en un viejo nativo que estaba de cuclillas en el exterior de la casa. Se trataba de un anciano con una apariencia especialmente repulsiva: sucio, andrajoso y de aspecto malvado, el cual, aunque saludó a la memsahib con una humilde reverencia, le dirigió una mirada siniestra que la hizo estremecerse.

Le preguntó a su marido por él, contándole lo que había pasado, y el capitán Ross le respondió con despreocupación:

—Oh, lleva aquí siglos; nadie le presta atención.

—Pero no me gusta el aspecto que tiene —insistió su mujer—. ¿No puedes hacer que se vaya?

—La verdad es que no —respondió el capitán Ross, riéndose—. No conviene ofender a estas personas. Es un tipo muy importante a su manera… Es decir, a los ojos de los nativos. Dicen que es un sabio, y todos le tienen miedo.

Por supuesto, la señora Ross no dijo una palabra más, pues lo último que deseaba era hacer algo que pudiera molestar a su marido. El anciano iba todos los días y se sentaba en la cancela. Cada vez que ella pasaba por su lado, él le hacía una respetuosa reverencia, pero también la miraba de una forma horrible. No cabía duda de que se había dado cuenta desde el principio de que a ella le desagradaba y que lo quería lejos del bungaló.

Al cabo de unas semanas, su marido tuvo que marcharse por obligaciones del servicio, y antes de partir le recomendó a su mujer que no se acercase a los bazares nativos; pero la señora Ross, por extraño que parezca, tenía un deseo irrefrenable de ir a la parte nativa de la ciudad. Sufría un persistente dolor de cabeza, y no dejaba de pensar un momento en que no quería quedarse en el bungaló. Hablaba de esto con su marido una y otra vez.

—¡Lo único que quiero es salir! —se lamentaba ella; y él la tranquilizaba diciéndole que solo eran «nervios» y que disfrutaría de un cambio de aires en cuanto le fuera posible organizarlo.

Un día, la señora Ross estaba sentada en la veranda, cuando sintió que había alguien cerca. Echó un vistazo y se quedó helada al ver que detrás de ella, muy cerca, estaba el viejo nativo, mirándola fijamente con expresión malévola. El capitán Ross seguía fuera, y, a excepción de los criados nativos, no había nadie lo bastante cerca para oír una llamada suya. Los nervios se apoderaron de ella, pero, armándose de valor, se levantó y se encaró al hombre para ordenarle con severidad que se marchara de inmediato.

Él no hizo el menor amago de moverse; bien al contrario, siguió mirándola con la misma expresión malvada que ella ya había percibido. Le ordenó por segunda vez que se fuera, amenazándolo con pedir a los criados que lo echasen. Estaba ya a punto de llamarlos cuando él dijo, muy despacio y con voz imponente:

—No marchar hasta tener un pelo de su cabeza.

Sus ojos tenían un poder muy peculiar, y la señora Ross estaba demasiado asustada para moverse o pedir ayuda. La había inmovilizado como inmoviliza un gato a un ratón bajo su pezuña, y comprendió que debía evitar a toda costa dar muestras de cobardía.

—Está bien —dijo, con toda la amabilidad de la que fue capaz—. Si quiere un pelo, se lo daré. Iré a soltármelo y le traeré uno.

La dejó marchar con tanta tranquilidad que a la señora Ross le asaltó la horrible sospecha de que los criados tal vez estuvieran conchabados con él. Era nueva en la India, y había leído historias aterradoras de traiciones de nativos; así pues, en lugar de dar la voz de alarma, fue a su habitación y se sentó a reflexionar.

«¿Qué voy a hacer? —pensaba angustiada—. No voy a darle el pelo. Lo quiere con algún propósito diabólico. No puedo ponerme bajo su poder. ¿Qué haré?».

Mientras le daba vueltas a lo que podía hacer, su mirada se encontró de pronto con una esterilla que había en el suelo, al lado de su cama. Era un regalo de bodas, y estaba tejida con pelo. Al punto pensó: «¡Ya lo tengo! Le daré un pelo de la esterilla. Se parece lo suficiente al mío para dar el pego». Se agachó y extrajo con mucho cuidado un pelo largo de la esterilla; a continuación, tocó la campanilla, y, cuando el criado respondió, le dio el pelo y le dijo que se lo diera al anciano de la veranda.

El criado, visiblemente horrorizado por la idea, se resistió.

—No debe dar pelo —dijo—. Él no debe tener pelo.

—Haga lo que le digo —insistió la señora Ross. Y el nativo se retiró.

Al cabo de un momento volvió y le dijo que el anciano se había ido.

La señora Ross soltó un profundo suspiro de alivio.

Cuando el capitán Ross llegó a casa aquella tarde, su esposa le contó lo ocurrido, y él montó en cólera y reprendió con dureza a los criados por haber permitido que el viejo hindú accediera a la veranda. A ella le dijo que había hecho muy bien, y que lo mejor sería olvidarse del asunto.

Una noche, en torno a una semana después, estaban los dos sentados en el comedor después de cenar. Eran alrededor de las once. El capitán Ross estaba fumando, y la señora Ross, sentada en un sillón. Los criados habían traído café y se habían retirado a sus habitaciones. El capitán Ross estaba fumándose un cigarrillo y removiendo lentamente el café, preocupado por su esposa, que se había sentido muy enferma durante toda la cena. No tenía la menor idea de lo que le ocurría, pues no la había visto nunca así. De pronto, separó su silla de la mesa, y su marido la vio ponerse en pie muy despacio, dar un paso hacia la ventana, extender los brazos, mecerse con flojedad y gemir débilmente.

En ese preciso instante, oyó un ruido en su habitación, justo encima de ellos: una especie de ¡flap, flap, flap! apagado que parecía desplazarse por el suelo. Miró a su mujer, y la vio alzar la vista sobresaltada.

Cogió el revólver que tenía a mano, se levantó de un salto y escuchó. El ruido continuaba: ¡flap, flap, flap! Fue hasta la puerta y la abrió con suavidad. El ruido fue volviéndose cada vez más nítido. Al poco lo oyó subiendo los últimos peldaños de la escalera, y bajándolos después: ¡flap, flap, flap!

El capitán Ross salió corriendo al pasillo, y en la penumbra vio algo que subía las escaleras. Disparó al punto del que provenía el ruido, pero siguió oyéndose. Disparó una segunda vez, e incluso una tercera. A pesar de todo, el ruido continuó por la veranda, y lo oyó atravesando el jardín.

El ruido de los disparos despertó a los criados, que entraron precipitadamente con velas. La señora Ross salió a tientas y tambaleándose a la veranda, y su marido se precipitó en pos del supuesto ladrón, pero, para su sorpresa, no había nadie allí.

Mientras miraban, su mujer emitió una fuerte exclamación y lo agarró del brazo.

—¡Dios mío! —gritó—. ¡Fíjate en eso!

La esterilla china de su dormitorio, con tres agujeros quemados por donde las balas la habían atravesado, estaba en ese momento cruzando el jardín.