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Yo anduve con un zombi - Inez Wallace

    Haití, esa oscura y misteriosa isla, en la que han surgido figuras tan increíbles como Christophe —el Napoleón negro—, de fama mundial; donde los ritos del vudú unen al hombre con lo sobrenatural de tal forma que escapa al entendimiento... Haití nos ofrece aún otro fenómeno que confunde a los grandes pensadores y científicos de nuestros días.

Cuando visité la isla por primera vez y escuché las historias que voy a relatar, me negué a creerlas.

No culparé a nadie por dudar al término de este relato. Pero hoy en día, expresado fríamente en los libros de leyes de la República, se reconoce oficialmente la existencia de una práctica de magia metafísica, posiblemente la más repugnante que se pueda imaginar.

El artículo 249 del Código Penal de Haití, establece lo siguiente: “Se calificará de intento de asesinato el empleo de sustancias químicas contra cualquier persona a la que, sin causarle la muerte, se le produzca un coma letárgico más o menos profundo. Si, después de haberle administrado tales sustancias, la persona fuera enterrada, el hecho será considerado asesinato, sin tenerse en cuenta el resultado que se derive de ello”.

Sencillamente: es asesinato enterrar a una persona como si estuviera muerta, y posteriormente sacar su cuerpo para que viva otra vez (al margen de cualquier resultado).

Y se promulgó esta ley porque se ha comprobado una y otra vez que las artes misteriosas de la población negra de Haití han conseguido que los muertos salgan de sus tumbas y lleven una existencia de esclavos sin alma, moviéndose como cuerpos sin inteligencia individual.

Estos cadáveres vivientes son llamados zombis.

No son espíritus o fantasmas espectrales, sino cuerpos de carne y hueso que han muerto, pero se mueven todavía, andan, trabajan y, algunas veces, hasta hablan.

El gobierno prefiere decir que se trata de gente drogada, enterrada y desenterrada. Pero pasa el tiempo y no queda más remedio que admitir la existencia de los zombis como una realidad.

Cuando oí hablar de ellos por primera vez, cada palabra que escuchaba me provocaba una sonrisa de incredulidad. Después he llegado a considerar la misteriosa leyenda de los zombis (los muertos sacados de sus tumbas y obligados a trabajar para los vivos) como algo más que una leyenda.

Creo —porque lo he sabido a través de fuentes incuestionables— que han ocurrido estas cosas y que siguen ocurriendo hoy día, a no muchas millas de nuestros supercivilizados Estados Unidos, en la mágica y misteriosa isla de Haití. He escuchado fantásticos relatos de hombres y mujeres blancos, de cuya palabra no puedo dudar, y he leído aún más en cierto libro sobre los zombis.

¿Qué poder psíquico hace posible que estos cuerpos muertos se muevan, actúen, caminen y bailen como si estuvieran vivos? Y, ¿qué superpoder puede hacer incluso que hablen en algunas ocasiones?

Desde la misteriosa isla de Haití llegan muchas otras historias de lo oculto, místicos relatos sobre vudú, magia negra, hechizos, maldiciones y magnetismo animal.

En los oscuros anales de esta misteriosa isla aparecen extraños ritos vudú, y el culto al negro macho cabrío y a la blanca cabra florece hasta en las ciudades más populosas de Haití. El vuduísmo está prohibido por la ley, pero incluso los emperadores negros de la isla lo han practicado y temido.

Pero el fenómeno que los nativos temen en mayor grado (y no sólo los ignorantes nativos corrientes, sino negros cultivados e incluso doctores del vudú, que creen ser todopoderosos) es el terrorífico zombi.

Porque el zombi y la magia sobrenatural que en él subyace, están más allá aún del entendimiento de los doctores del vudú, con todos sus negros ritos.

Y este miedo supersticioso al zombi y todo cuanto se relaciona con estas personas muertas está plenamente justificado.

Los haitianos mantienen que actualmente hay zombis trabajando en los campos de caña, alrededor de las solitarias mansiones de la isla, y algunos dicen que estos misteriosos trabajadores muertos existen también en las ciudades más pobladas. 

Uno puede reconocerlos porque, excepto en raras circunstancias, nunca hablan y siempre miran al frente fijamente. Si no se está seguro, podemos cerciorarnos ofreciendo al sospechoso algo de comida salada, “porque el zombi no puede probar la sal”, e inmediatamente sabrá que está muerto, haciendo regresar su cuerpo viviente a la tumba, no importa dónde esté ésta, ¡y nadie podrá detenerlo!

No hace muchos años, cerca del famoso Port—au—Prince, ocurrió un incidente que inmediatamente me recordó a los zombis. Un hombre blanco, que estaba pasando una mala racha y había llegado a Haití con el nombre de George MacDonough, se enamoró de una joven nativa de color, finalizando su amor por ella cuando una muchacha blanca se enamoró a su vez de él. Así fue como abandonó a Gramercie por Dorothy Wilson, y se casó con ella.

Pero no había terminado aún con Gramercie, cuyos feroces y primitivos celos resultaron algo que era mejor evitar. No llevaba aún un año de casado, cuando su joven esposa cayó misteriosamente enferma y murió. Dos noches después de su entierro se descubrió que su tumba había sido removida, pero no de una forma tan evidente como para justificar una investigación.

Seis meses después, una misteriosa historia comenzó a propagarse por Port—au—Prince. Se decía que en las horripilantes y mágicas laderas de Morne—au—Diable, próximas a la frontera dominicana, había un grupo de esclavos formado por zombis. El rumor corrió y corrió, y de pronto un nuevo misterio se unió a aquella historia, cuando se supo que había una mujer blanca trabajando en el campo de caña. George MacDonough oyó la historia, al igual que otros muchos colonos americanos.

Como sus compañeros, se rió al principio. Pero luego empezó a pensar en la tumba profanada de su esposa. En su momento aquel hecho no le había sugerido nada, pero ahora, ¿tendría alguna relación con estos rumores? Se asustó, dominado por los nervios, al recordar que la vengativa Gramercie era del mismo distrito del que procedía la fantástica historia.

Movido por un repentino impulso, se dirigió al interior, hacia Morne—au—Diable, llevando con él un fiel guía negro y dos amigos. Partió por la noche, en secreto, sin que se trasluciera nada de la expedición. Su llegada al campo de caña de Gramercie resultó una completa sorpresa para su antigua novia morena.

Pero la terrible escena que presenció en aquellos campos introdujo  la locura en su corazón, y Gramercie huyó aullando de terror hacia la selva, tratando de escapar a su venganza. “Porque en los campos, trabajando con los esclavos negros, ¡se hallaba el cadáver de la esposa de George MacDonough!” Antes de su llegada, Gramercie, oculta por las altas cañas, había estado haciendo extraños pases en el aire.

Cuando se dirigió hacia su esposa, los azules ojos de ésta le miraron sin comprender, sin reconocerle. Y al ver que sus repetidos gritos no conseguían respuesta alguna de ella, acabó por entender. A la caída de la noche llevó consigo su cuerpo de muerto—viviente a casa. Y de nuevo, al anochecer, al cementerio. Abrió su tumba y le dio a comer sal, viendo cómo caía a sus pies, ahora ya realmente muerta.

Después, George MacDonough inició la búsqueda de Gramercie, pero ya era demasiado tarde para poder vengarse él mismo, porque los nativos temen a los zombis y a quienes les obligan a trabajar más que al hombre blanco, y enterados del crimen, antes de que MacDonough pudiera llegar a Morne—au—Diable para matar a la bruja que había utilizado con su poder el cuerpo de su esposa muerta, ellos mismos —su propia gente— la habían asesinado brutalmente.

           . . . . . . . . . .

 Un hombre de edad, al que llamaré mayor Hemingway, me dijo que cualquier blanco que haya vivido en Haití, relacionándose con la misteriosa vida de los nativos, dudaría mucho antes de decidirse a negar la existencia de los zombis.

—¿Sabe? —me dijo—, una vez que se está fuera de Haití, todas estas cosas vuelven a uno. Para quien nunca ha estado allí, todo resulta demasiado increíble. La mayoría de la gente tiene un miedo ancestral al vudú, porque ha sido practicado incluso aquí, en el Sur de los Estados Unidos. Aunque esto de los zombis parece más difícil de creer, pero existen, lo sé.

Y me relató la siguiente historia:

“Una vez, durante una sublevación nativa, estaba yo instalado en el distrito de Morne—au—Diable (un territorio montañoso donde los nativos son tan ignorantes y supersticiosos como sólo los negros pueden llegar a serlo, y donde florece el vudú.) Una noche, una bonita muchacha negra vino a pedirme que la ayudara.

Parece ser que dos semanas antes su hermano había muerto y había sido enterrado, pero ahora ella pretendía haberlo visto trabajando en la casa de un tal Ti Michel, un pequeño granjero que vivía no muy lejos de donde yo me había instalado.

Había oído hablar de los hechizos y maleficios del vudú, habiendo llegado a creer en ellos, pero esto era algo nuevo para mí.

Yo le dije:

—¿Qué puedo hacer?

Ella sonrió misteriosamente y me alargó un paquete de azúcar cande (una clase de mezcla parecida al caramelo.)

—Mañana —dijo—, vaya donde Ti Michel. En los campos verá hombres trabajando la caña. Los hombres estarán mirando fijamente al frente, con la mirada vacía, sin hablar. Deles el azúcar cande.

—¿Qué bien les puede hacer el cande?

—Déselo y verá. El cande encubre sal.

Bueno, ya se había despertado mi curiosidad lo suficiente para hacer lo que me pedía, y lo hice. Al día siguiente di una vuelta por la hacienda del viejo Ti Michel y descubrí que éste me miraba con gran suspicacia. Miré un poco a mi alrededor y finalmente recorrí sus campos de caña. Durante todo el tiempo él me observaba como lo hace el gato con el ratón. Me acerqué a la fila de hombres que cavaban, y él vino tras de mí.

Entonces, de repente, le llamó su hijo desde otra parte del campo, porque tenía problemas con uno de los trabajadores, y yo me quedé a no más de tres metros de dos hombres y tres mujeres que estaban trabajando. Rápidamente me dirigí a ellos, les hablé, les toqué. No me contestaron, pero se enderezaron cuando les toqué.

¡Nunca olvidaré sus ojos! Era como si mirasen el interior de un viejo pozo en medio de la noche, ¿entiende lo que quiero decir?

Bueno, les di el azúcar cande, lo tomaron y empezaron a chuparlo. Entonces llegó Ti Michel corriendo hacia mí; había visto que estaba dando algo a sus trabajadores y empezó a chillar:

—¿Qué les ha dado? ¿Qué les ha dado?

No tuve la oportunidad de responder. De repente, aquellos trabajadores lanzaron un grito horrible, arrojaron sus herramientas y se volvieron rápidos hacia la pequeña ciudad cerca de la cual estaba yo instalado, comenzando a marchar en fila de a uno fuera del campo. 

Ti Michel me miró sólo durante un instante; después empezó a correr en dirección contraria. Nunca se le volvió a ver, pero dos semanas más tarde alguien comentó que habían encontrado una camisa manchada de sangre identificada como suya. Estos nativos tienen su propia forma de encargarse de la gente como Ti Michel.

Bueno, yo estaba muy interesado en los zombis, así que los seguí. Llegaron a la ciudad; la gente chillaba y corría por todas partes. Algunos corrieron en dirección al cementerio, hacia el cual iban ahora los zombis tan rápidos como podían.

No los pude alcanzar; los perdí. Cuando llegué al cementerio, vi un grupo de negros medio histéricos cavando frenéticamente en cinco tumbas, y cerca de los túmulos descubrí unos montones informes, negros. (¡Ahora, afortunadamente, los zombis ya estaban muertos!).

No espero que lo crean, pero yo lo vi.”

. . . . . . . . . .

 La historia de los bailarines zombis de Port—au—Prince es interesante desde el punto de vista de que arroja alguna luz sobre los terribles ritos mágicos concernientes a la vuelta desde la tumba de los muertos para trabajar en los campos de caña.

Una mujer negra llamada Bretéche llevaba un local donde se daban exhibiciones de baile, a muy poca distancia de Port—au—Prince. De educación bastante esmerada, era conocida por haber estado relacionada con los escenarios desde su infancia, y porque durante cierto tiempo la gente blanca había frecuentado su establecimiento.

Ahora ya sólo acudía el elemento negro, y ella se convirtió en noticia por su audacia, pues no se le ocurrió otra cosa que revelar los ritos secretos del vudú en el escenario. De pronto comenzó a circular un rumor: “ ¡La Bretéche tiene zombis bailando para ella!”

Una investigación oficial reveló la existencia en su casa de siete figuras misteriosas que bailaban a sus órdenes, siguiendo cada inflexión de su voz, pero sin ninguna respuesta emocional, moviéndose sólo de manera automática. Jamás se había oído hablar a alguno de los extraños bailarines. La Bretéche fue llamada a declarar.

A todas las preguntas que se le hicieron respondió no haber cometido asesinato, puesto que sus bailarines ya estaban muertos. Dijo que sus bailarines habían sido enterrados y que ella los había desenterrado para ayudarles, y ahora ellos la ayudaban a ella.

—¿Qué hizo usted?

—Primero hice una figura de barro, así... —Y les mostró de forma rudimentaria cómo la había hecho. Una figura de barro parecida a un hombre—: así... —Y levantó y sostuvo una imaginaria figura de barro, empezando a darle aliento, susurrando a la vez una curiosa especie de ritual.

Luego miró hacia arriba y dijo:

—Después dije: baila, y ellos bailaron para mí.

Los blancos cultos admiten la existencia de los zombis, igual que lo hace el gobierno. No obstante, éste teme implicarse en cualquier explicación de origen psíquico. En otras palabras, el gobierno de Haití dice: “¿Zombis? Sí, existen; pero no podemos dar una explicación. Forman parte del misterio de Haití.”

Una respuesta oficial, en efecto. Pero no puede convencerme de que no hay realmente muertos vivientes trabajando en los campos de caña de Haití.

Zombi Blanco - Vivian Meik

 Geoffrey Aylett, comisionado en funciones del distrito de Nswadzi, estaba asustado. En sus veinte años en África nunca antes había experimentado la sensación de encontrarse tan definitivamente desconcertado. Sentía como si algo estuviera apretándose contra él, algo que no podía ver ni localizar, y, no obstante, algo que parecía envolverle y que de una manera inexplicable amenazaba con asfixiarlo. Últimamente había empezado a despertarse de repente durante la noche, esforzándose por respirar y casi abrumado por una sensación de náusea. 

Una vez que ésta desaparecía, aún permanecía el extraño rastro de un olor horrible e innominado, un olor que tenía fuertes reminiscencias con las consecuencias de las primeras batallas de la campaña de Mesopotamia. Aquellos habían sido días de espantosas enfermedades, cuando el cólera y la disentería, las insolaciones, la fiebre tifoidea y la gangrena habían campado incontroladas; donde cientos quedaron en el sitio en que cayeron; cuando, presionados por los enemigos y olvidados por los amigos, los supervivientes se vieron forzados a abandonar incluso el decoro elemental del entierro decente... Recordó las moscas y la descomposición, la temperatura de cincuenta grados...

Y ahora, dieciocho años después, cuando despertaba por las noches parecía flotar a su alrededor como una presencia maligna el mismo olor de la corrupción fétida.

Aylett era, primero y por encima de todo, un hombre racional, acostumbrado a enfrentarse a los hechos. Sus conocimientos del misterio de África, de sus lugares recónditos y sus selvas, de su espectral atmósfera, eran tan completos como el de cualquier hombre blanco —sonrió fantasiosamente al recalcarse a sí mismo lo pequeños que eran éstos— y buscaría alguna razón concreta que explicara ese vacío de años estrechado con ese horrible hedor. Si fracasaba en conseguir una solución satisfactoria, se vería obligado a concluir que ya era hora de regresar a casa con un largo permiso.

Con cautela, como era propio de un hombre con su experiencia sobre los modos de los dioses oscuros, indagó en la profundidad de su alma, pero no pudo encontrar la respuesta que buscaba.

En el distrito sólo había una conexión entre él y la Mesopotamia de 1915 —un tal John Sinclair, retirado del Ejército de la India—, pero esa conexión ya era un eslabón roto bastante antes de la primera aparición de esas asquerosas pesadillas.

Sinclair había sido un camarada oficial en los viejos días, y, siguiendo el consejo de Aylett, se había instalado en unos miles de acres de tierra virgen en el comparativamente desconocido distrito de Nswadzi apenas terminar la guerra. Pero había muerto hacía más de un año, y, lo que era más importante, lo había hecho de manera natural. El mismo Aylett había estado presente en la muerte de su amigo.

Siendo al mismo tiempo un místico como resultado de su conocimiento de África y un pragmático como resultado de su educación occidental, Aylett consideró de forma metódica la verdad trivial de que hay más cosas en el cielo y en la tierra que las que sueña nuestra filosofía, y repasó en detalle todo el período de su asociación con Sinclair.

Al acabar, se vio obligado a reconocer el fracaso, y, en verdad, analizado lógica o místicamente, no existía ninguna razón adecuada para relacionar a Sinclair con sus problemas presentes. Sinclair había muerto en paz. Incluso recordó el absoluto contento de su último aliento... como si le hubieran quitado una gran carga de encima.

Era verdad que antes de esto, Sinclair —y también Aylett—, durante los dos primeros años de la Guerra, había pasado un infierno que sólo aquellos que lo habían experimentado podían apreciar. También era verdad que, en una memorable ocasión, Sinclair había salvado la vida de Aylett con gran riesgo para la suya propia, cuando Aylett, abandonado por muerto, había estado tendido bajo el sol con graves heridas. Naturalmente, jamás lo había olvidado, pero siendo el típico caballero inglés, había hecho poco más que estrechar la mano de su amigo y musitado algo al efecto de que esperaba que algún día se presentara la oportunidad de pagárselo. Sinclair había descartado el asunto con una risa, como algo sin importancia... sólo una obra hecha en un día de trabajo. Allí había concluido el incidente y cada uno prosiguió su recto camino.

Como colono, Sinclair había sido todo un éxito. Con el tiempo se había casado con una mujer muy capaz, quien, eso le pareció a Aylett siempre que se había detenido durante un viaje en su hogar, estaba muy preparada para la dura existencia de la esposa de un plantador.

Al principio Sinclair había dado la impresión de ser muy feliz, pero a medida que pasaban los años Aylett ya no estuvo tan seguro. En más de una ocasión había tenido la oportunidad de notar los cambios sutiles que experimentaba, a peor, su amigo. Estancamiento, diagnosticó él, y le recomendó unas vacaciones en Inglaterra. Las plantaciones solitarias, lejos de los tuyos, tienden a poner a prueba los nervios. Sin embargo, no siguieron su consejo, y los Sinclair prosiguieron con su vida. Dijeron que habían llegado a amar mucha aquel lugar, aunque él pensó que el entusiasmo de Sinclair no era verdadero. En cualquier caso, no había sido asunto suyo.

Eso era todo lo que podía recordar, y se repitió que todo había terminado hacía más de un año. Pero los viejos recuerdos permanecen. Se encontró reviviendo otra vez aquel horrible día después de Ctesifonte, cuando Sinclair, literalmente, le había devuelto a la vida.

Comenzó a cuestionarlo... ociosa, fantásticamente. La tarde se tornó en crepúsculo, la puesta del sol dio paso a la magia de la noche. Aylett todavía no hizo movimiento alguno para dejar la silla del campamento situada bajo el toldo de su tienda e irse a la cama. Después de un rato, el último de sus “muchachos” vino a preguntarle si podía retirarse. Aylett le contestó con aire distraído, con los ojos clavados en los leños del fuego del campamento.

A medida que pasaban las horas pudo oír el sonido de los tambores nocturnos con más claridad. Desde todos los puntos cardinales los sonidos venían y se iban, el tambor contestando al tambor... el telégrafo de los kilómetros sin senderos que el mundo llama África. Con indolencia se preguntó qué decían, y con qué exactitud transmitían sus noticias. Extraño, pensó, que ningún hombre blanco haya dominado jamás el secreto de los tambores.

Subconscientemente siguió su palpitante monotonía. Poco a poco se percató de que el batir había cambiado. Ya no se estaban transmitiendo opiniones o noticias sencillas. Hasta ahí podía entender. Había algo más que se enviaba, algo de importancia. De repente se dio cuenta de que fuera lo que fuere ese algo, en apariencia se lo consideraba de vital urgencia, y que, por lo menos durante una hora, se había repetido el mismo ritmo breve. Norte, sur, este y oeste, los ecos palpitaban una y otra vez.

Los tambores empezaron a enloquecerlo, pero no había forma de detenerlos. Decidió irse a dormir, pero había estado escuchando demasiado tiempo, y el ritmo le siguió. Al final cayó en un sueño inquieto, durante el cual el implacable y palpitante stacatto no dejó de martillearle su mensaje indescifrable al subconsciente.

Dio la impresión de que se despertó un momento después. Una niebla palúdica se había levantado de los pantanos de abajo y había invadido el campamento. Se encontró jadeando en busca de aliento. Intentó sentarse, pero la niebla parecía empujarle para que siguiera echado. Ningún sonido salió de sus labios cuando se afanó por llamar a sus “muchachos”. Sintió que le sumergían cada vez más... abajo, abajo, abajo y todavía abajo. Justo antes de perder el sentido se dio cuenta de que estaba siendo asfixiado, no por la densa niebla, sino por una nauseabunda miasma que hedía con todo el horror de la descomposición...

Al abrir de nuevo los ojos, Aylett miró a su alrededor azorado. Una cara amable y barbuda estaba sobre él, y oyó una voz que pareció provenir de una gran distancia y que le animaba a beber algo. Le palpitaba la cabeza con violencia y respiraba con profundos jadeos. Pero el agua fresca despejó un poco el asqueroso olor que daba la impresión de aferrarse a su cerebro.

—Ah, mon ami, c’est bon. Creímos que estaba muerto cuando los “muchachos” lo trajeron. —La cara barbuda exhibió una sonrisa—. Pero ahora se pondrá bien, hein? Usted es —¿cómo lo dice?— duro, hein?

Aylett se rió a pesar de sí mismo. Vaya, por supuesto, éste era el puesto de la misión de los Padres Blancos, y su viejo amigo, el Padre Vaneken, plácido y digno de confianza, le estaba cuidando. Cerró los ojos feliz. Ahora ya no había nada que temer, pronto todo estaría bien. Entonces, tan súbitamente como había venido, ese terrible y persistente hedor de muerte y descomposición le abandonó...

—Pero padre —discutió su horrible experiencia después—, ¿qué podría haber ocurrido? Los dos somos hombres de cierta experiencia de África...

El misionero se encogió de hombros.

Mon ami, tal como usted dice, esto es África... y no tengo muchas pruebas de que la maldición de Cam, el hijo de Noé, se haya levantado alguna vez. Los oscuros bosques son la fortaleza de aquellos cuyos espíritus inconscientes se han rebelado y aún no han venido para servir tal como primero se ordenó.? Quién sabe? Nosotros... yo no indago demasiado aquí. Cuando llegué por primera vez, en mi joven idealismo busqué convertir, pero ahora yo... yo me contento con realizar las curas de las fiebres y heridas, y espero que le bon Dieu lo comprenda. Es lo mismo en todas partes donde está la maldición de Noé. La civilización no cuenta. Piense en Haití —pasé allí doce años—, Sierra Leona, el Congo, aquí. ¿Qué puedo decir sobre el ataque que usted recibió por parte de la niebla? Nada, hein? Usted... usted dele las gracias a Dios por estar vivo, pues aquí, mon ami... aquí se encuentra la cuna de África, la fortaleza más antigua de los hijos de Cam...

Aylett observó al misionero con intensidad.

—Padre —preguntó de modo deliberado—, ¿qué es lo que intenta que comprenda?

Los dos hombres, viejos en las maneras de la jungla negra, se miraron con firmeza.

Mon ami —repuso con calma el sacerdote—, usted es un viejo amigo. En cuestión de formas de la religión pensamos de maneras distintas, pero ésta no es la Europa convencional, gracias a Dios, y cada uno de nosotros ha hecho lo mejor según sus creencias. El mismo Dios no puede hacer más. Así que se lo contaré. He visto esa niebla antes... por dos veces. Una en Haití y la otra en este distrito.

—¿Aquí?

El padre asintió.

—Estaba en el campamento asistiendo a la escuela catecúmena que hay junto a las tierras de la señora Sinclair...

—Prosiga —la voz de Aylett sonó baja.

—Como usted sabe, la señora Sinclair ha llevado la plantación desde la muerte de su marido. Se negó a regresar a casa. Al principio usted, yo —toda la zona— pensamos que estaba loca por quedarse allí sola, pero... —el misionero se encogió de hombros— qué voulez—vous? Una mujer es una ley en sí misma. En cualquier caso, ha conseguido que sea el mayor éxito jamás alcanzado, y hemos de callar, hein?

—¿Pero la niebla?

—Iba a eso. Me cogió por el cuello aquella noche. Yo vivía en la casa, como lo hacemos todos los que pasamos por allí... África Central no es una catedral cerrada... pero, aparte de no saber nada acerca de lo que pasó durante varias horas, no me sucedió nada. —Tocó el emblema de su fe en el rosario, que era parte de su atuendo—. La señora Sinclair dijo que me vi agobiado por el calor, pero a mí esa explicación no me basta...

—Sin embargo, eso no explica nada.

—Quizá no... ¡pero la señora Sinclair dijo que no había notado nada peculiar!

—¿Cómo puede ser?

El sacerdote hizo un gesto ambiguo.

—Yo no soy la señora Sinclair —dijo con brusquedad, y Aylett supo que el misionero no pronunciaría otra  palabra sobre ella.

—Cuénteme lo de Haití, padre —pidió.

El cura contestó con voz tranquila.

—Allí comprendimos que estaba producida artificialmente por magia negra vudú, algo muy real, mon ami, que mi iglesia reconoce, como tal vez sepa usted, y que allí llaman “el aliento de los muertos”. ¿Por qué...? —volvió a alzarse de hombros.

Aylett giró el rostro y miró con fijeza hacia la distancia. Durante un largo rato clavó la vista en la línea de las lejanas colinas, sumido en sus pensamientos. Recordó una imagen en las que esas colinas aparecían como fondo: una fotografía tomada por un hombre que casi había estado más allá del límite de demarcación para darle la verdad al mundo. Pero había fracasado. La fotografía mostraba un grupo de figuras. Eso era todo hasta que uno las estudiaba, y aun entonces nadie creería que se trataba de una fotografía de hombres muertos... a los que no se permitía morir.

Durante horas los dos hombres permanecieron sentados en silencio, cada uno ocupado con sus propios pensamientos. La noche cubrió el diminuto puesto de la misión, y desde lejos el sonido de los tambores les llegó transportado por la suave brisa. De repente, Aylett se volvió hacia el misionero.

—Padre —dijo en voz baja—, desde aquí la casa de los Sinclair sólo está a treinta kilómetros...

El sacerdote asintió.

—Lo entiendo, mon ami —repuso. Luego, pasado un momento, añadió—: ¿Lo consideraría una impertinencia si le pidiera que guardara esto en su bolsillo... hasta que vuelva?

Sacó un crucifijo pequeño.

Aylett alargó la mano.

—Gracias —dijo con sencillez.

El sol se había puesto cuando la machila de Aylett fue depositada en el mirador de la señora Sinclair. Ella salió a recibirle.

—Me preguntaba si volvería a verle —le observó con calma—. No ha venido por aquí desde... hace más de un año ya. —Entonces cambió el tono de su voz. Se rió—. ¡Como un oficial de distrito, ha descuidado vergonzosamente sus deberes!

Aylett, con una sonrisa, se confesó culpable, excusándose en base a que todo había ido tan bien en esta sección que había titubeado en entrometerse en la perfección.

—¿Ha perdido ahora la perfección? —replicó ella.

—En absoluto. Esta visita es mera rutina.

—Hum... Gracias —dijo ella con sequedad—. De todas formas, pase y póngase cómodo, y mañana le mostraré unas tierras perfectas.

Aylett estudió a su anfitriona con atención durante la cena. Se sintió incómodo por lo que veía cada vez que la cogía con la guardia baja. Apenas podía creer que esta fuera la misma mujer a la que él había dado la bienvenida como prometida unos años atrás. La vida ardua la había endurecido, pero contaba con ello. Sin embargo, había algo más... una especie de dureza amarga, así lo describió a falta de un término mejor.

Después del recibimiento formal, la señora Sinclair habló poco. Parecía preocupada por los asuntos de la plantación.

—Mis propios territorios en África —dijo—. Oh, cuánto amo el país, su magia y su misterio y su vasta grandeza.

Le recordó cómo se había negado a regresar a casa. Pero mañana, comentó, cuando él viera su África —la plantación—, lo comprendería.

Aylett se retiró temprano, claramente desconcertado. La había visto mirando la cuidada pulcritud de la plantación antes de darle las buenas noches. De modo inconsciente ella había alargado las manos hacia la extensión en una especie de adoradora súplica y, no obstante, bajo la brillante luz de la luna en esa mensual adoración, él había vislumbrado el contraste de las duras líneas de su cara y la amargura de su boca. África...

Extenuado como estaba, durmió bien. No sabía si la pequeña cruz que le había dado el padre tuvo algo que ver con ello, pero por la mañana se había despertado más descansado de lo que había estado en semanas. Anheló recorrer la plantación.

La señora Sinclair no había exagerado cuando empleó la palabra perfección. Los campos habían sido limpiados hasta que ninguna brizna perdida de hierba crecía entre las cosechas; los graneros se alzaban en apretadas hileras; los leños estaban apilados entre cuerdas; el huerto y el jardín de la cocina eran exuberantes, y el pasto en el hogar de la granja era el más verde que él había visto en los trópicos.

—¿Para qué? —su mente subconsciente no dejaba de martillearle—. ¿Por qué... y, por encima de todo, cómo?

Aylett se había dado cuenta de algo que sólo un experto habría visto. Había muy poca mano de obra, aunque los trabajadores que andaban por ahí parecían muy ocupados.

Como si adivinara sus pensamientos, la señora Sinclair los contestó.

—Mis “muchachos” trabajan —dijo con voz monocorde al tiempo que agitó el látigo de piel de hipopótamo que llevaba.

Aylett enarcó las cejas.

—¿Métodos portugueses? —preguntó con calma, mirando el látigo.

La señora Sinclair se volvió hacia él. Por primera vez notó el antagonismo deliberado de ella.

—En absoluto; se debe al conocimiento de cómo sacar lo mejor de un nativo, una facultad que veo que los funcionarios aún no han adquirido.

El oficial del distrito encajó la estocada sin inmutarse.

Touché —repuso, pero sabía que no se había equivocado en cuanto a la mano de obra.

Es extraño, pensó, malditamente extraño...

la señora Sinclair no hizo gesto de enterarse de la concesión del punto que le había hecho. Tenía los labios apretados con firmeza y, al continuar, habló con frialdad:

—Es sólo una cuestión de llegar al corazón de África, ese corazón palpitante que hay debajo de todo esto... A África no le sirven aquellos que no se entregan con sus propias almas.

De repente, ella se dio cuenta de lo que estaba diciendo, pero antes de que pudiera cambiar de tema, Aylett prosiguió con la cuestión. Su voz fue como la de ella.

—Muy interesante... —dijo—, pero nosotros no animamos a los europeos, en especial a las mujeres europeas, a volverse “nativas”.

No obstante, la última palabra la tuvo la mujer.

—¡La perspicacia de los círculos oficiales! —murmuró. Luego miró a Aylett de nuevo a la cara—. ¿Sueno como una nativa —preguntó con voz áspera— o parezco una nativa?

Aylett apenas la escuchaba. La estaba mirando. Sus ojos contradecían sus palabras, pues si alguna vez vio una expresión tiránica, de maligna perversión en una cara humana, fue entonces. Empezó a entender...

Se sintió agradecido cuando la inspección terminó, y aliviado de que ella no le ofreciera la invitación formal para que permaneciera más tiempo.

A ocho kilómetros de los lindes de su territorio tenía una tienda montada detrás de unos matorrales y raciones para dos días bajo la sombra. Envió a su safari a marcha ligera rumbo al puesto de la misión, y lo observó hasta que se perdió de vista. Luego se sentó a la espera de la noche.

—El corazón de África... —repitió para sí mismo, pero su voz sonó lúgubre, y sus ojos centellearon con fría cólera.

No fue hasta que oyó los tambores cuando Aylett retrocedió por el sendero mal definido en dirección a la plantación. En el borde del terreno se fundió entre las sombras de la arboleda y avanzó lentamente junto a los eucaliptos. Se arrastró sin hacer ruido hasta el mismo árbol que crecía en el jardín que había delante de la casa.

Al poco rato vio a la señora Sinclair salir al mirador. Junto a ella había un nativo gigante que parecía un diablo obsceno, un médico brujo, siniestro y grotesco, que se encontraba desnudo a excepción de un collar de huesos humanos que colgaban y traqueteaban sobre su enorme pecho. Manchas de arcilla blanca y ocre rojizo embadurnaban su cara.

Sólo cubierta en parte por una magnífica piel de leopardo, la mujer blanca descendió al claro y restalló el látigo que tenía en la mano. Sonó como un disparo de revólver. Como si se tratara de una señal, Aylett oyó el batir de tambores cercanos. Desde uno de los graneros se inició la procesión más grotesca que hubiera visto jamás. Los tambores palpitaron con malevolencia: el breve stacatto que había precedido a la fétida niebla que casi le había asfixiado. Se tornaron más y más sonoros. El mensaje recorrió las selvas, fue recibido y contestado. No cabía duda en cuanto a su significado.

Se agazapó más cuando los tambores se aproximaron, con los ojos clavados en la escena macabra que tenía ante él. Siguiendo los tambores, con la misma regularidad que una columna en marcha, avanzaban los hombres que trabajaban la perfecta plantación. Se movían en filas de cuatro, con pies pesados y andar automático... pero se movían. De vez en cuando el restallido de ese látigo terrible sonaba como un disparo por encima del batir de los tambores, y entonces Aylett podía ver cómo ese cruel látigo cortaba la carne desnuda, y cómo una figura caía en silencio, para volver a levantarse y unirse a la columna.

En su marcha rodearon el jardín. Al acercarse, Aylett contuvo la respiración. Tuvo que dominar cada nervio de su cuerpo para evitar lanzar un grito. Casi como si estuviera hipnotizado, observó las caras inexpresivas de los autómatas silenciosos, lentos... caras en las que ni siquiera había desesperación. Sencillamente se movían a las órdenes del implacable látigo en dirección a sus tareas asignadas en el campo. Encorvados y aplastados, pasaron a su lado sin emitir un sonido.

La tensión nerviosa casi quebró a Aylett. Entonces lo comprendió... esos desgraciados autómatas estaban muertos, y no se les permitía morir...

le vinieron a la mente las figuras de la increíble fotografía; las palabras del padre; la magia del vudú, reconocida como hecho por la más grande Iglesia Cristiana de la historia. Los muertos... a los que no se permitía morir... zombis, los llamaban los nativos en susurros, allí adonde iba la maldición de Noé... y ella lo llamaba conocer África.

Un terror gélido invadió a Aylett. La larga columna llegaba a su final. La señora Sinclair la recorría, el látigo restallando sin piedad, la cara distorsionada por una lascivia pervertida, y el asqueroso médico brujo asomándose maliciosamente por encima de su hombro desnudo. Ella se detuvo junto al árbol detrás del que él estaba agazapado. Una única figura encorvada seguía a la columna. Con un jadeo de horror Aylett reconoció a Sinclair. Entonces el látigo se abatió sobre esa cosa desgraciada que una vez había muerto en sus brazos.

—¡Dios mío! —musitó Aylett con impotencia—. No es posible...

Pero supo que el vudú del médico brujo le había arrojado esa imposibilidad a la cara. El látigo restalló de nuevo, lanzando al solitario zombi blanco al suelo. Despacio, se levantó —sin un sonido, sin expresión— y automáticamente siguió a la columna. Oyó, como en una pesadilla, increíbles y espantosas obscenidades de los labios de la mujer, burlas crueles... y el látigo restalló y mordió y desgarró, una y otra vez. En la vanguardia de la columna los tambores seguían palpitando.

Por último, el horror pudo con él. Aylett se encontró aferrando con desesperación la diminuta cruz que el padre le había dado. Con la otra mano empuñó el revólver y apuntó con fría precisión... Disparó cuatro veces a un punto por encima de la piel de leopardo y dos a la cara embadurnada del médico brujo... Luego se plantó con la cruz levantada delante del que antaño había muerto como Sinclair.

La figura estaba silenciosa, encorvada e inexpresiva. No hizo señal alguna cuando Aylett se le acercó, pero cuando el crucifijo la tocó un temblor recorrió su cuerpo. Los párpados caídos se alzaron y los labios se movieron.

—Ya me lo ha pagado —susurraron con gratitud. El cuerpo osciló y se desmoronó.

—Polvo al polvo... —rezó Aylett.

A los pocos momentos lo único que quedaba era un escaso polvo grisáceo. Había pasado un año tropical, recordó Aylett con un escalofrío... Luego dio media vuelta y, con el crucifijo en la mano, recorrió la columna...