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Yo anduve con un zombi - Inez Wallace

    Haití, esa oscura y misteriosa isla, en la que han surgido figuras tan increíbles como Christophe —el Napoleón negro—, de fama mundial; donde los ritos del vudú unen al hombre con lo sobrenatural de tal forma que escapa al entendimiento... Haití nos ofrece aún otro fenómeno que confunde a los grandes pensadores y científicos de nuestros días.

Cuando visité la isla por primera vez y escuché las historias que voy a relatar, me negué a creerlas.

No culparé a nadie por dudar al término de este relato. Pero hoy en día, expresado fríamente en los libros de leyes de la República, se reconoce oficialmente la existencia de una práctica de magia metafísica, posiblemente la más repugnante que se pueda imaginar.

El artículo 249 del Código Penal de Haití, establece lo siguiente: “Se calificará de intento de asesinato el empleo de sustancias químicas contra cualquier persona a la que, sin causarle la muerte, se le produzca un coma letárgico más o menos profundo. Si, después de haberle administrado tales sustancias, la persona fuera enterrada, el hecho será considerado asesinato, sin tenerse en cuenta el resultado que se derive de ello”.

Sencillamente: es asesinato enterrar a una persona como si estuviera muerta, y posteriormente sacar su cuerpo para que viva otra vez (al margen de cualquier resultado).

Y se promulgó esta ley porque se ha comprobado una y otra vez que las artes misteriosas de la población negra de Haití han conseguido que los muertos salgan de sus tumbas y lleven una existencia de esclavos sin alma, moviéndose como cuerpos sin inteligencia individual.

Estos cadáveres vivientes son llamados zombis.

No son espíritus o fantasmas espectrales, sino cuerpos de carne y hueso que han muerto, pero se mueven todavía, andan, trabajan y, algunas veces, hasta hablan.

El gobierno prefiere decir que se trata de gente drogada, enterrada y desenterrada. Pero pasa el tiempo y no queda más remedio que admitir la existencia de los zombis como una realidad.

Cuando oí hablar de ellos por primera vez, cada palabra que escuchaba me provocaba una sonrisa de incredulidad. Después he llegado a considerar la misteriosa leyenda de los zombis (los muertos sacados de sus tumbas y obligados a trabajar para los vivos) como algo más que una leyenda.

Creo —porque lo he sabido a través de fuentes incuestionables— que han ocurrido estas cosas y que siguen ocurriendo hoy día, a no muchas millas de nuestros supercivilizados Estados Unidos, en la mágica y misteriosa isla de Haití. He escuchado fantásticos relatos de hombres y mujeres blancos, de cuya palabra no puedo dudar, y he leído aún más en cierto libro sobre los zombis.

¿Qué poder psíquico hace posible que estos cuerpos muertos se muevan, actúen, caminen y bailen como si estuvieran vivos? Y, ¿qué superpoder puede hacer incluso que hablen en algunas ocasiones?

Desde la misteriosa isla de Haití llegan muchas otras historias de lo oculto, místicos relatos sobre vudú, magia negra, hechizos, maldiciones y magnetismo animal.

En los oscuros anales de esta misteriosa isla aparecen extraños ritos vudú, y el culto al negro macho cabrío y a la blanca cabra florece hasta en las ciudades más populosas de Haití. El vuduísmo está prohibido por la ley, pero incluso los emperadores negros de la isla lo han practicado y temido.

Pero el fenómeno que los nativos temen en mayor grado (y no sólo los ignorantes nativos corrientes, sino negros cultivados e incluso doctores del vudú, que creen ser todopoderosos) es el terrorífico zombi.

Porque el zombi y la magia sobrenatural que en él subyace, están más allá aún del entendimiento de los doctores del vudú, con todos sus negros ritos.

Y este miedo supersticioso al zombi y todo cuanto se relaciona con estas personas muertas está plenamente justificado.

Los haitianos mantienen que actualmente hay zombis trabajando en los campos de caña, alrededor de las solitarias mansiones de la isla, y algunos dicen que estos misteriosos trabajadores muertos existen también en las ciudades más pobladas. 

Uno puede reconocerlos porque, excepto en raras circunstancias, nunca hablan y siempre miran al frente fijamente. Si no se está seguro, podemos cerciorarnos ofreciendo al sospechoso algo de comida salada, “porque el zombi no puede probar la sal”, e inmediatamente sabrá que está muerto, haciendo regresar su cuerpo viviente a la tumba, no importa dónde esté ésta, ¡y nadie podrá detenerlo!

No hace muchos años, cerca del famoso Port—au—Prince, ocurrió un incidente que inmediatamente me recordó a los zombis. Un hombre blanco, que estaba pasando una mala racha y había llegado a Haití con el nombre de George MacDonough, se enamoró de una joven nativa de color, finalizando su amor por ella cuando una muchacha blanca se enamoró a su vez de él. Así fue como abandonó a Gramercie por Dorothy Wilson, y se casó con ella.

Pero no había terminado aún con Gramercie, cuyos feroces y primitivos celos resultaron algo que era mejor evitar. No llevaba aún un año de casado, cuando su joven esposa cayó misteriosamente enferma y murió. Dos noches después de su entierro se descubrió que su tumba había sido removida, pero no de una forma tan evidente como para justificar una investigación.

Seis meses después, una misteriosa historia comenzó a propagarse por Port—au—Prince. Se decía que en las horripilantes y mágicas laderas de Morne—au—Diable, próximas a la frontera dominicana, había un grupo de esclavos formado por zombis. El rumor corrió y corrió, y de pronto un nuevo misterio se unió a aquella historia, cuando se supo que había una mujer blanca trabajando en el campo de caña. George MacDonough oyó la historia, al igual que otros muchos colonos americanos.

Como sus compañeros, se rió al principio. Pero luego empezó a pensar en la tumba profanada de su esposa. En su momento aquel hecho no le había sugerido nada, pero ahora, ¿tendría alguna relación con estos rumores? Se asustó, dominado por los nervios, al recordar que la vengativa Gramercie era del mismo distrito del que procedía la fantástica historia.

Movido por un repentino impulso, se dirigió al interior, hacia Morne—au—Diable, llevando con él un fiel guía negro y dos amigos. Partió por la noche, en secreto, sin que se trasluciera nada de la expedición. Su llegada al campo de caña de Gramercie resultó una completa sorpresa para su antigua novia morena.

Pero la terrible escena que presenció en aquellos campos introdujo  la locura en su corazón, y Gramercie huyó aullando de terror hacia la selva, tratando de escapar a su venganza. “Porque en los campos, trabajando con los esclavos negros, ¡se hallaba el cadáver de la esposa de George MacDonough!” Antes de su llegada, Gramercie, oculta por las altas cañas, había estado haciendo extraños pases en el aire.

Cuando se dirigió hacia su esposa, los azules ojos de ésta le miraron sin comprender, sin reconocerle. Y al ver que sus repetidos gritos no conseguían respuesta alguna de ella, acabó por entender. A la caída de la noche llevó consigo su cuerpo de muerto—viviente a casa. Y de nuevo, al anochecer, al cementerio. Abrió su tumba y le dio a comer sal, viendo cómo caía a sus pies, ahora ya realmente muerta.

Después, George MacDonough inició la búsqueda de Gramercie, pero ya era demasiado tarde para poder vengarse él mismo, porque los nativos temen a los zombis y a quienes les obligan a trabajar más que al hombre blanco, y enterados del crimen, antes de que MacDonough pudiera llegar a Morne—au—Diable para matar a la bruja que había utilizado con su poder el cuerpo de su esposa muerta, ellos mismos —su propia gente— la habían asesinado brutalmente.

           . . . . . . . . . .

 Un hombre de edad, al que llamaré mayor Hemingway, me dijo que cualquier blanco que haya vivido en Haití, relacionándose con la misteriosa vida de los nativos, dudaría mucho antes de decidirse a negar la existencia de los zombis.

—¿Sabe? —me dijo—, una vez que se está fuera de Haití, todas estas cosas vuelven a uno. Para quien nunca ha estado allí, todo resulta demasiado increíble. La mayoría de la gente tiene un miedo ancestral al vudú, porque ha sido practicado incluso aquí, en el Sur de los Estados Unidos. Aunque esto de los zombis parece más difícil de creer, pero existen, lo sé.

Y me relató la siguiente historia:

“Una vez, durante una sublevación nativa, estaba yo instalado en el distrito de Morne—au—Diable (un territorio montañoso donde los nativos son tan ignorantes y supersticiosos como sólo los negros pueden llegar a serlo, y donde florece el vudú.) Una noche, una bonita muchacha negra vino a pedirme que la ayudara.

Parece ser que dos semanas antes su hermano había muerto y había sido enterrado, pero ahora ella pretendía haberlo visto trabajando en la casa de un tal Ti Michel, un pequeño granjero que vivía no muy lejos de donde yo me había instalado.

Había oído hablar de los hechizos y maleficios del vudú, habiendo llegado a creer en ellos, pero esto era algo nuevo para mí.

Yo le dije:

—¿Qué puedo hacer?

Ella sonrió misteriosamente y me alargó un paquete de azúcar cande (una clase de mezcla parecida al caramelo.)

—Mañana —dijo—, vaya donde Ti Michel. En los campos verá hombres trabajando la caña. Los hombres estarán mirando fijamente al frente, con la mirada vacía, sin hablar. Deles el azúcar cande.

—¿Qué bien les puede hacer el cande?

—Déselo y verá. El cande encubre sal.

Bueno, ya se había despertado mi curiosidad lo suficiente para hacer lo que me pedía, y lo hice. Al día siguiente di una vuelta por la hacienda del viejo Ti Michel y descubrí que éste me miraba con gran suspicacia. Miré un poco a mi alrededor y finalmente recorrí sus campos de caña. Durante todo el tiempo él me observaba como lo hace el gato con el ratón. Me acerqué a la fila de hombres que cavaban, y él vino tras de mí.

Entonces, de repente, le llamó su hijo desde otra parte del campo, porque tenía problemas con uno de los trabajadores, y yo me quedé a no más de tres metros de dos hombres y tres mujeres que estaban trabajando. Rápidamente me dirigí a ellos, les hablé, les toqué. No me contestaron, pero se enderezaron cuando les toqué.

¡Nunca olvidaré sus ojos! Era como si mirasen el interior de un viejo pozo en medio de la noche, ¿entiende lo que quiero decir?

Bueno, les di el azúcar cande, lo tomaron y empezaron a chuparlo. Entonces llegó Ti Michel corriendo hacia mí; había visto que estaba dando algo a sus trabajadores y empezó a chillar:

—¿Qué les ha dado? ¿Qué les ha dado?

No tuve la oportunidad de responder. De repente, aquellos trabajadores lanzaron un grito horrible, arrojaron sus herramientas y se volvieron rápidos hacia la pequeña ciudad cerca de la cual estaba yo instalado, comenzando a marchar en fila de a uno fuera del campo. 

Ti Michel me miró sólo durante un instante; después empezó a correr en dirección contraria. Nunca se le volvió a ver, pero dos semanas más tarde alguien comentó que habían encontrado una camisa manchada de sangre identificada como suya. Estos nativos tienen su propia forma de encargarse de la gente como Ti Michel.

Bueno, yo estaba muy interesado en los zombis, así que los seguí. Llegaron a la ciudad; la gente chillaba y corría por todas partes. Algunos corrieron en dirección al cementerio, hacia el cual iban ahora los zombis tan rápidos como podían.

No los pude alcanzar; los perdí. Cuando llegué al cementerio, vi un grupo de negros medio histéricos cavando frenéticamente en cinco tumbas, y cerca de los túmulos descubrí unos montones informes, negros. (¡Ahora, afortunadamente, los zombis ya estaban muertos!).

No espero que lo crean, pero yo lo vi.”

. . . . . . . . . .

 La historia de los bailarines zombis de Port—au—Prince es interesante desde el punto de vista de que arroja alguna luz sobre los terribles ritos mágicos concernientes a la vuelta desde la tumba de los muertos para trabajar en los campos de caña.

Una mujer negra llamada Bretéche llevaba un local donde se daban exhibiciones de baile, a muy poca distancia de Port—au—Prince. De educación bastante esmerada, era conocida por haber estado relacionada con los escenarios desde su infancia, y porque durante cierto tiempo la gente blanca había frecuentado su establecimiento.

Ahora ya sólo acudía el elemento negro, y ella se convirtió en noticia por su audacia, pues no se le ocurrió otra cosa que revelar los ritos secretos del vudú en el escenario. De pronto comenzó a circular un rumor: “ ¡La Bretéche tiene zombis bailando para ella!”

Una investigación oficial reveló la existencia en su casa de siete figuras misteriosas que bailaban a sus órdenes, siguiendo cada inflexión de su voz, pero sin ninguna respuesta emocional, moviéndose sólo de manera automática. Jamás se había oído hablar a alguno de los extraños bailarines. La Bretéche fue llamada a declarar.

A todas las preguntas que se le hicieron respondió no haber cometido asesinato, puesto que sus bailarines ya estaban muertos. Dijo que sus bailarines habían sido enterrados y que ella los había desenterrado para ayudarles, y ahora ellos la ayudaban a ella.

—¿Qué hizo usted?

—Primero hice una figura de barro, así... —Y les mostró de forma rudimentaria cómo la había hecho. Una figura de barro parecida a un hombre—: así... —Y levantó y sostuvo una imaginaria figura de barro, empezando a darle aliento, susurrando a la vez una curiosa especie de ritual.

Luego miró hacia arriba y dijo:

—Después dije: baila, y ellos bailaron para mí.

Los blancos cultos admiten la existencia de los zombis, igual que lo hace el gobierno. No obstante, éste teme implicarse en cualquier explicación de origen psíquico. En otras palabras, el gobierno de Haití dice: “¿Zombis? Sí, existen; pero no podemos dar una explicación. Forman parte del misterio de Haití.”

Una respuesta oficial, en efecto. Pero no puede convencerme de que no hay realmente muertos vivientes trabajando en los campos de caña de Haití.

El tritón malasio - Jane Yolen

Las tiendas no eran visibles desde la calle principal, y además casi se perdían en el laberinto de callejones. Pero la señora Stambley era una experta en antigüedades. Una ciudad nueva y un callejón nuevo excitaban sus instintos de cazadora y coleccionista, como ella gustaba explicar a su grupo en el hogar. Que esa ciudad se hallara a medio mundo de distancia de su cómoda casa de Salem, Massachusetts, no la preocupaba. Ella suponía que sabía cómo buscar, en Inglaterra o en los Estados Unidos.

Había dormitado al sol mientras el barco recorría el Támesis. A su edad las cabezadas eran importantes. Su cabeza se bamboleó tranquilamente bajo la cubierta de flores plegadas en una diadema de color vino. Ni siquiera escuchó la perorata del guía turístico. En Greenwich desembarcó mansamente junto con el resto de turistas, pero se escabulló con facilidad del yugo del guía, que llevó al resto del rebaño a comprobar el tiempo medio de Greenwich. La señora Stambley, con su abultado bolso de cuero negro apretado en una firme mano enguantada, fue a explorar por su cuenta.

A la derecha de la calle del puerto había un grupo de tiendas y, presintió ella, un par de callejuelas. El olor, aquel olor fuerte, misterioso y tentador, la atrajo.

Se desentendió de la calle principal y de los grandes escaparates de los almacenes. Un pequeño camino adoquinado separaba dos edificios y la señora Stambley se deslizó en él con la misma comodidad que un pie en una zapatilla usada muchas veces. Había varios ramales, y ella los examinó con sus lacrimosos ojos azules. Luego eligió uno. Sabía que sería el adecuado. Como decía a menudo a su grupo, en casa, «Tengo un don, un poder. Nunca me equivoco en eso».

Había varías tiendas pequeñas, ruinosas, que parecían introducirse las unas en las otras. Tenían gastado aspecto, como si estuvieran acurrucadas juntas; el húmedo viento del río convertía en polvo sus huesos, mientras una reluciente ciudad crecía alrededor de ellas. Los escaparates estaban sucios, con rayas de dedos. Sólo el comprador más intrépido podía entrar en esas tiendas. No había numeración en las puertas.

La primera tienda estaba llena de mapas. Y de no haber gastado ya su asignación para papel (ella separaba dinero para papel, oro y curiosidades) con una rara carta de la alcurnia de McCodrun, la señora Stambley habría comprado un mapa de los mares británicos decorado con tritones que tocaban «sus retorcidos cuernos» (eso había dicho el agachado vendedor). Se había sentido brevemente tentada. Ella coleccionaba «objetos de mer», como solía denominarlos. Artefactos y antigüedades marinas. La magia marina era su especialidad en el grupo. Pero el linaje de la familia McCodrun había agotado la holgada asignación para papel. Y la señora Stambley, siempre precisa en sus cálculos, jamás gastaba más de lo permitido. Como tesorera del grupo, ella tenía que mantener a raya al resto de miembros. No podía hacer menos con ella misma.

Por eso lanzó «ohs» y «ahs» en provecho del propietario, y porque el mapa era muy bello y probablemente del siglo diecisiete. Incluso logró que él rebajara varias libras el precio, manteniendo su interés por el mapa. Y el propietario se impresionó tanto con los conocimientos del mar y sus pobladores de la dama norteamericana que le devolvió la sonrisa pese a no haber comprado nada.

Las siguientes dos tiendas fueron una total pérdida de tiempo. Una estaba llena de reproducciones y material de segunda mano, tazas de porcelana pobremente pintadas y tarada cristalería. La señora Stambley salió olisqueando, murmurando en voz baja «chatarra», sin preocuparse de que la mujer del mostrador pudiera oírla. La tercera tienda fue peor, un supuesto establecimiento de artesanía repleto de tapas tejidas a mano para teteras y pobres labores de ganchillo de colorido simplemente consternador.

Al entrar en la cuarta tienda, la señora Stambley contuvo el aliento. El olor estaba allí, el olor a magia de alta mar. Tan profundo y tan oscuro que bien podía provenir de la Fosa de las Marianas. En todos sus años de búsqueda, ella nunca había hecho tal hallazgo. Se llevó la mano derecha al corazón y vaciló un poco mientras arrastraba uno de sus sensibles zapatos. Luego se irguió y miró el interior.

La tienda era mucho más alargada que ancha, con una escalera que subía en el punto medio de la pared. El resto de las paredes estaba tapado por aparadores donde se exhibían con muy buen gusto platos y copas de estilo Victoria y Eduardo. Un objeto en particular atrajo la atención de la norteamericana, porque tenía un Poseidón en un lado. Se acercó a mirarlo, pero el olor mágico no procedía de allí.

Libros amontonados en el suelo obstruyeron su camino, y la señora Stambley examinó algunos. Encontró una Enciclopedia Británica casi completa, la edición de 1913, a la que únicamente faltaba el volumen decimotercero. Había una primera edición de El libro de los condenados de Fort, y un misterioso libro mágico tan castigado por el agua que era imposible leer un solo hechizo. Había tres ejemplares de bolsillo de El folklore del mar, un agradable libro que ella tenía en casa. E incluso el oscuro Melusina, o la señora del mar en inglés y francés.

La señora Stambley pasó cuidadosamente junto a los libros y miró un instante tres recipientes de vidrio que contenían bonitas réplicas de primitivas goletas, incluso con las tallas de los mascarones de proa: una doncella india, un ángel, una anónima musa con largo y suelto cabello. Pero ya tenía varias cosas parecidas en su casa, siendo su favorita una supuesta copia del legendario barco del Holandés Errante. Mirar no cuesta nada, no obstante, y por eso ella estuvo mirando bastante rato, concediéndose tiempo para acostumbrarse al olor a profunda magia.

Casi tropezó con un cuarto recipiente, y tras darse la vuelta tuvo la conmoción de su vida.

En una vitrina de vidrio con adornos de bronce, apoyada en dos pies de madera, había un tritón malasio.

Ella había leído cosas sobre los tritones, naturalmente, en notas al pie de oscuras publicaciones especializadas y en un libro de encantamientos marinos especiales, pero jamás, ni en sus más alocados pensamientos, había imaginado ver uno. Se decía que los tritones habían desaparecido totalmente.

No eran auténticos tritones, por supuesto. Eran más bien obra de nativos malasios realizados a partir de monos y peces. Los malasios mataban a los monos, cortaban la parte superior, del ombligo para arriba, y les cosían una cola de pez. Los restos momificados los vendían después a inocentes hombres de mar en tiempos Victorianos. Los nativos llamaban tritones a las momias y los jóvenes marineros lo creían, llevaban su compra al hogar y la regalaban a seres queridos.

Y ahí, apoyado en pies de madera, se encontraba una muestra particularmente horrible, probablemente rescatada del desván donde había permanecido tantos años, cubierta de polvo, pudriéndose.

Era de color verde grisáceo, predominando más el gris, y tan esquelético que su caja torácica hizo pensar a la señora Stambley en fotos de niños africanos famélicos. Tenía los brazos al frente, muy rígidos, como un perro que estuviera chapoteando fuera del agua. La mueca de la cara, que tenía abultados labios y enormes orejas, era una fija mirada de horror. La señora Stambley no consiguió ver las costuras que unían la mitad de mono al pez.

—Veo que le gusta nuestro tritón —dijo una voz detrás.

Pero la señora Stambley no volvió la cabeza. Simplemente no podía apartar los ojos de la grotesca momia de la vitrina con adornos de bronce.

—Un tritón malasio —murmuró la señora Stambley. Una parte de su ser reparó en la etiqueta del precio a un lado de la vitrina: trescientas libras. Seiscientos dólares. Más de lo que llevaba encima... pero...

—De modo que sabe lo que es —prosiguió la voz—. Malo, malo. Muy malo.

El tritón cerró y abrió sus párpados desprovistos de pestañas y volvió la cabeza. Sus ojos eran totalmente negros, sin iris. Al doblar los labios hacia adentro dejó ver unos afilados dientes de apagado color amarillento. No tenía lengua.

La señora Stambley trató de apartar la mirada y no pudo. Se sintió arrastrada, arrastrada y arrastrada hacia las negras profundidades de aquellos ojos.

—Eso es francamente muy malo —repitió la voz, pero ahora muy distante y apagándose con rapidez.

La señora Stambley trató de abrir la boca para chillar, pero sólo brotaron burbujas. Estaba totalmente rodeada de oscuridad, frío y humedad, y a pesar de todo algo siguió tirando de ella hacia abajo hasta que aterrizó, con un desagradable ruido sordo, en un suelo de arena. Se levantó, se arregló la falda y el sombrero. Luego, mientras ponía el bolso firmemente bajo el brazo, notó que algo le aferraba el tobillo, como si las algas quisieran que ella echara raíces en aquel lugar. Empezó a debatirse cuando un cambio de la corriente que le golpeaba la cara la obligó a levantar la cabeza.

El tritón nadaba hacia ella, perezosamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo para llegar hasta la mujer.

La señora Stambley cesó su derroche de fuerzas para deshacerse de la traba de las algas, y abrió cuidadosamente su bolso sin dejar de mirar al tritón, que ya había recorrido la mitad de la distancia que lo separaba de ella. Su boca se abría y cerraba con horribles mordiscos. Sus huesudos dedos, con opacas membranas, parecían estirados hacia la mujer. Su cara de mono sonreía. Tras él dejaba una oscura y agitada estela.

El agua remolineó alrededor de la señora Stambley, le levantó la falda, hizo agitarse el dobladillo y dejó ver la braga. Por encima del tritón, muy arriba, la señora Stambley vio las sombras más oscuras de unos tiburones que daban vueltas, a la espera de lo que el tritón les dejara. Pero ni siquiera ellos osaban acercarse más mientras el tritón iba de caza.

Y después el fantástico animal estuvo tan cerca que la mujer vio el hueco de su boca, los tijereteados dientes, la negras uñas, la colérica vibración de las membranas. El ruido del animal llegó a la turista a través del filtro del agua. Igual que los lamentos y crujidos de un barco que zozobra.

La mano de la señora Stambley ya estaba dentro del bolso, con los dedos cerrados sobre la cartera y buscando en el bolsillo de las monedas las plumas de abadejo que guardaba allí. Cogió las plumas y las sostuvo ante ella. Era magia aérea, una magia más fuerte que la del mar, y estaban bendecidas en la iglesia. Daban buena suerte para enfrentarse a los pobladores del mar. La mano de la mujer sólo tembló un poco. Pronunció una palabra mágica que las agitadas aguas arrebataron de sus labios. El tritón se detuvo un instante, manteniendo sus grisáceas manos delante de su cara.

Las algas que rodeaban el tobillo de la señora Stambley se apartaron. La mujer dio una patada y descubrió que estaba libre.

Pero por encima un gran tiburón blanco dio la vuelta bruscamente y lanzó un golpe de agua hacia el cuerpo de la turista. Las minúsculas plumas se rompieron y la señora Stambley tuvo que soltarlas. Las plumas pasaron flotando junto al tritón y desaparecieron.

El animal bajó las manos, le sonrió como un mono de nuevo y siguió nadando. Pero ella sabía, igual que él, que el tritón no estaba a salvo de sus conocimientos. Eso le dio una ligera esperanza.

La mano de la mujer volvió a introducirse en el bolso y buscó la cremallera de un bolsillo. La abrió y sacó varios huesecillos, de un cangrejo bayoneta encontrado en las islas Elizabeth frente a la costa de New Bedford. Era potente magia marina y la señora Stambley confiaba enormemente en ellos. Cerró los dedos alrededor de los siete huesecillos, se los llevó primero al pecho, luego a la frente, finalmente los lanzó al tritón.

Los huesos flotaron entre mujer y animal y con la luz que se filtraba parecieron danzar, crecer, cambiar y unirse por fin formando una maraña.

La señora Stambley dio varias patadas, creó un seno de burbujas y, sosteniendo su sombrero con una mano y el bolso con la otra, entró como una anguila en el laberinto de huesos. Sabía que el ardid sólo serviría un par de minutos en el mejor de los casos.

Detrás de ella oyó el grito de caza del tritón, que buscaba la forma de introducirse. La mujer hizo caso omiso de los gritos y se impulsó con los pies a un ritmo constante, para situarse en el corazón del laberinto. Entrar era siempre más fácil que salir. La estela de burbujas llevaría adentro al tritón en cuanto encontrara la entrada. De momento la señora Stambley seguía oyendo sus golpes contra las paredes.

El bolso contenía un último objeto mágico. Una navaja arrastrada por el mar, abandonada en una playa de la costa norte, cerca de Rockport. Tenía una empuñadura negra con una guarda, y ella había montado una moneda de plata en el mango.

El agua del mar formaba variables dibujos en la hoja, que un momento parecían fuego, luego aire, la escritura del poder. La señora Stambley no era tan tonta como para leer esa escritura. Se volvió hacia el pasillo por donde el tritón debía aparecer. Con la navaja en la mano derecha, el sombrero torcido, el bolso agarrado bajo el brazo izquierdo, la turista supuso que su aspecto no sería el de una curtida luchadora. Pero en la magia, como cualquier bruja experta sabía, la apariencia era muy importante. Y ella no pensaba rendirse.

—Gran Lir —dijo, y su humana lengua añadió más urgencia a las burbujas que fluyeron de su boca—. Poseidón que ruges como un toro, Neptuno que arrojas lanzas, poderoso Njórd, Dragón de la cola hendida, mantenedme a salvo en las verdes palmas de vuestras manos. Sacadme ilesa del mar. Y cuando vuelva al hogar, os obsequiaré a vosotros y a los vuestros.

En algún lugar cercano chilló un animal, un toro, un caballo, una gran serpiente marina. Era la respuesta. En unos instantes ella sabría el significado. La señora Stambley escondió detrás de la espalda su mano derecha, con la navaja, y esperó.

El agua del laberinto de huesos se agitó coléricamente y el tritón dobló el último recodo. Al ver a la señora Stambley apoyada en la frágil pared, se echó a reír. La risa brotó de su boca como una cascada, formando un torrente de burbujas. El ruido de las burbujas al reventar subrayó especialmente el regocijo del animal. Después, el tritón mostró de nuevo sus horribles dientes, agitó la cola para avanzar e inició la caza.

La señora Stambley mantuvo la navaja oculta hasta el último instante. Y entonces, mientras los esqueléticos brazos del tritón buscaban su cuerpo, mientras los dedos de las manos apretaban el cuello de la mujer y sus afilados incisivos avanzaban hacia la garganta, la señora Stambley sacó el brazo y acuchilló al animal en un costado. El tritón retrocedió horrorizado, y la mujer atacó de nuevo, con la misma pericia, como si cortara pescado. El animal dobló la espalda, abrió la boca, lanzó un mudo chillido de burbujas y ascendió lentamente hacia la blanca luz de la superficie.

El laberinto de huesos se esfumó. La señora Stambley metió la navaja en su bolso, alzó las manos por encima de la cabeza y ascendió igualmente, dejando atrás una estela de burbujas tan oscuras como la sangre.

—Muy malo —acababa de decir la voz.

La señora Stambley dio media vuelta y sonrió suavemente mientras se arreglaba el sombrero.

—Sí, lo sé —dijo—. Muy malo que se halle en ese estado. Por trescientas libras me gustaría algo que estuviera un poco mejor cuidado.

La turista se hizo a un lado.

La propietaria de la tienda, una mujer arrugada y pintarrajeada con una membrana entre los dedos índice y medio, respiraba con dificultad. En la vitrina, el momificado tritón había caído de espaldas. En un costado tenía una profunda herida de cuchillo. La cavidad pectoral estaba hueca. Apestaba. Bajo el cuerpo había siete nudosos palitos que parecían, sorprendentemente, huesos.

—Sí —prosiguió la señora Stambley, sin molestarse en pedir disculpas por su apresurada salida—, un estado más bien lamentable. Me asombra que alguna gente trate de embaucar a los turistas. Por suerte yo no soy tan tonta.

Atravesó la entrada y se alegró al comprobar que el sol iluminaba la callejuela. Se llevó una mano a su abultado pecho y respiró profundamente.

—Espera, espera a que lo cuente al grupo —dijo.

Luego se abrió paso hasta la calle principal, donde el resto de turistas y el guía se hallaban tras bajar de la montaña. La señora Stambley caminó briosamente hacia ellos, arreglándose el sombrero una vez más y sonriente. Ni siquiera el pensamiento de haber perdido el mapa de los tritones logró deprimir su ánimo. La mirada de sorpresa de aquella vieja bruja que era la propietaria de la tienda compensaba el susto. Pero, ¿qué regalo suficientemente bueno podía ofrecer a los dioses? Un problema que ella podía resolver felizmente durante el viaje de regreso.