INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta combate. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta combate. Mostrar todas las entradas

El secreto de la estrella Azul - Marion Zimmer Bradley

Una noche en Santuario, cuando las calles exhiben el falso glamour de la luz plateada de la luna llena de modo que las ruinas parecen torres encantadas y las calles y plazas oscuras islas de misterio, el mago mercenario Lythande sale en busca de aventuras.

Lythande acababa de llegar —si es que las enigmáticas idas y venidas de un mago pueden describirse con estas palabras prosaicas— de escoltar una caravana en su viaje por los Páramos Grises hasta Twand. 

En cierto lugar de los Páramos, una manada de ratas del desierto —ratas de dos patas con dientes de acero envenenado— habían asaltado la caravana, sin saber que gozaba de la protección de la magia, y los roedores habían acabado luchando contra unos esqueletos escurridizos que escupían llamas por los ojos, desplegados alrededor de un mago de gran estatura que exhibía una estrella azul entre sus ojos centelleantes, una estrella que arrojaba rayos de un fuego gélido y paralizante. 

De tal modo que las ratas del desierto habían acabado huyendo a todo correr, y ya no pararon hasta que llegaron a Aurvesh, y los relatos que contaron allí no causaron a Lythande daño alguno salvo en los oídos de los piadosos.

Por lo tanto ahora había oro en los bolsillos de la túnica larga y oscura del mago, o tal vez oculto en cualquier otra morada que albergara a Lythande. Pues, a fin de cuentas, al jefe de la caravana casi le inspiraban más temor los poderes de Lythande que los bandidos, una circunstancia que había incrementado la generosidad con la que había recompensado al mago. 

Como tenía por costumbre, Lythande no sonreía ni fruncía el ceño, pero unos días después comentó a Myrtis, la propietaria de la Casa Afrodisia, en la calle de las Linternas Rojas, que, si bien la brujería era una habilidad útil y llena de delicias estéticas para la contemplación del filósofo, por sí misma no ponía las habichuelas en la mesa.

Un comentario curioso al que Myrtis estuvo dando vueltas en la cabeza mientras guardaba la onza de oro que Lythande le había entregado en consideración por un secreto que compartían desde hacía muchos años. Le parecía curioso que Lythande hablara de habichuelas en la mesa cuando nadie, salvo ella misma, había visto jamás que un bocado de comida o una gota de bebida cruzaran los labios del mago desde que la estrella azul adornaba su frente alta y estrecha. 

Tampoco mujer alguna del barrio había sido capaz de alardear de que el extraordinario mago le había pagado por sus favores, ni de imaginarse cómo debía de comportarse un mago como él en una situación así, cuando reducidos a carne y huesos todos los hombres eran iguales.

Tal vez Myrtis podría explicarlo si quisiera; eso pensaban algunas chicas cuando, como ocurría a veces, Lythande entraba en la Casa Afrodisia y se encerraba con la propietaria durante un largo rato, o incluso, aunque en raras ocasiones, durante toda la noche. 

Se decía, a propósito de Lythande, que la misma Casa Afrodisia había sido un obsequio que Myrtis había recibido de manos del mago después de una célebre aventura sobre la que todavía se cuchicheaba en el bazar y en la que estaban involucrados un mago malvado, dos comerciantes de caballos, un jefe de caravana y un puñado variopinto de matones que se vanagloriaban de no haber pagado una moneda de oro por una mujer en su vida y que consideraban divertido estafar a una honrada mujer trabajadora. 

A ninguno de ellos se le volvió a ver el pelo —o lo que quedara de ellos— por Santuario, y Myrtis empezó a presumir de que nunca más habría de derramar una gota de sudor para ganarse la vida, ni complacer a un hombre, y reclamó el privilegio de una madame de disponer de una cama para ella sola.

Y entonces también, pensaban las chicas, un mago de la talla de Lythande podría haber reclamado a las mujeres más hermosas desde Santuario hasta las montañas que se levantaban más allá de Ilsig; no solo las cortesanas, sino también las princesas, las damas y sacerdotisas se habrían entregado a Lythande. 

No había duda de que Myrtis había sido hermosa en su juventud; de hecho alardeaba con frecuencia de los príncipes, magos y viajeros que habían pagado grandes sumas de dinero por su amor. 

Todavía era hermosa (y por supuesto había quienes decían que Lythande no pagaba por ella, que al contrario, que era Myrtis quien pagaba al mago grandes sumas para que por obra de su poderosa magia su belleza resistiera el paso de los años), pero su cabello había encanecido y ella no se molestaba en teñírselo con henna ni con tinte de oro procedente de Tyrisis-más-allá-del-mar.

Pero si Myrtis no era la mujer que sabía cómo se comportaba Lythande en la más elemental de las situaciones, en ese caso no había otra mujer en Santuario que pudiera decirlo. También se rumoreaba que Lythande invocaba demonios femeninos de los Páramos Grises para copular lascivamente con ellos, y desde luego no era el primer mago ni sería el último sobre el que se hiciera tal afirmación.

Esa noche, sin embargo, Lythande no buscaba comida, bebida ni las delicias de los juegos amorosos. A pesar de que el mago frecuentaba las tabernas, ningún hombre había visto jamás que una gota de cerveza, aguamiel o aguardiente traspasara la barrera de sus labios. 

Lythande enfiló por el margen más alejado del bazar, bordeando la vetusta fachada del Palacio del Gobernador, manteniéndose en las sombras casi como lanzando un desafío a los asaltantes y atracadores. Su amor por las sombras provocaba las habladurías de la gente de la ciudad sobre su capacidad para aparecer y desaparecer en el aire.

Alto y delgado —de una estatura superior a la de un hombre alto y de una delgadez extrema—, Lythande exhibía el tatuaje con la forma de una estrella azul de maestro en magia encima de las cejas finas y arqueadas, e iba vestido con una túnica larga y con capucha que se fundía con las sombras. 

En cuanto a su rostro recién afeitado, o imberbe, nadie —que se recuerde— se había acercado lo suficiente a él como para poder afirmar que se trataba del capricho de un afeminado o de la ausencia absoluta de barba de un bicho raro.

El cabello oculto bajo la capucha era largo y abundante como el de una mujer, aunque canoso como ninguna fémina de aquella ciudad de rameras se habría permitido lucirlo.

Lythande continuó con rápidas zancadas en paralelo a una pared tomada por las sombras y entró por una puerta abierta sobre la que se había clavado la sandalia de Thufir, dios de los peregrinos, como reclamo de la buena suerte. 

Sin embargo, sus pasos eran tan ligeros y su túnica con capucha hasta tal punto se fundía con las sombras que cualquier testigo ocular de su entrada habría jurado después, totalmente convencido, que lo había visto aparecer del aire, protegido por conjuros, o de una capa que concedía la invisibilidad.

Un grupo de hombres en torno a la chimenea entrechocaban estruendosamente sus jarras al ritmo de una escandalosa canción de taberna que alguien acompañaba con un maltrecho laúd metálico, del que Lythande sabía que pertenecía al dueño de la taberna y que cualquier cliente podía tomar prestado. 

El músico resultó ser un joven vestido con las galas de un petimetre hechas harapos, destrozadas y rajadas por las contingencias de los caminos, que permanecía sentado perezosamente con las piernas cruzadas; y cuando la escandalosa canción llegó a su fin, la empalmó con otra, esta vez una lenta canción de amor perteneciente a otro tiempo y a otro lugar. 

Lythande conocía la canción; la había oído hacía más años de los que podía recordar, cuando el mago Lythande respondía a otro nombre y apenas si había tenido contacto con la brujería. Cuando la canción acabó, Lythande salió de las sombras y la estrella azul en el centro de su frente alta brilló a imagen y semejanza del fuego de la chimenea.

Brotaron unos leves murmullos en la taberna a pesar de que la clientela no estaba desacostumbrada a las idas y venidas inadvertidas de Lythande. El joven del laúd alzó unos ojos prodigiosamente azules debajo del ensortijado cabello negro que le caía sobre la frente. 

Era un muchacho delgado y ágil, y Lythande se fijó en el estoque que llevaba en un costado y que parecía cuidado con mimo, y en el amuleto, con la forma de una serpiente enroscada, que le colgaba del cuello.

—¿Quién eres tú, que tienes la costumbre de aparecer y desaparecer en el aire de esta manera?

—Alguien que te felicita por tus buenas aptitudes musicales. —Lythande arrojó una moneda al tabernero—. ¿Quieres tomar un trago?

—Un juglar nunca rechaza una invitación como esa. Cantar es un trabajo que lo deja a uno seco. —Pero cuando le sirvieron la bebida, preguntó—: ¿No vas a beber conmigo?

—Nadie ha visto comer o beber a Lythande jamás —masculló uno de los hombres que los rodeaban.

—Bueno, pues yo me tomo eso como un feo —protestó el joven juglar—. Compartir un trago con los camaradas es una cosa, ¡pero no soy un sirviente que cante por dinero o para beber a menos que obedezca a una muestra de amistad!

Lythande se encogió de hombros y la estrella azul de su frente alta empezó a brillar con una luz azul. Los clientes de la taberna retrocedieron, pues cuando un mago con una estrella azul se enfadaba, los que estaban cerca de él hacían bien apartándose de su camino. El juglar dejó el laúd para que no lo estorbara en el caso de que tuviera que levantarse de un brinco. 

Lythande supo, por la lentitud y la prudencia de los movimientos del juglar, que este ya había compartido una buena cantidad de tragos con sus camaradas ocasionales. La mano del juglar, no obstante, no se dirigió a la empuñadura de su espada, sino que se cerró alrededor del amuleto en forma de serpiente.

—Nunca he conocido hombre alguno como tú —señaló el juglar en un tono comedido.

Lythande notó en su interior el cosquilleo nervioso que advertía a un mago de que estaba asistiendo a un encantamiento, y rápidamente se aventuró a conjeturar que aquel amuleto era de esos que no protegían a su portador a menos que este enunciara una serie de afirmaciones ciertas —normalmente tres o cuatro— sobre su agresor o enemigo. A pesar de la desconfianza que le despertó la situación, a Lythande también le hizo gracia.

—Cierto. Y nunca conocerás a hombre alguno como yo en todos los años que deseo que vivas, juglar.

El juglar reparó, más allá del resplandor furioso de la estrella, en la mueca de burla cómplice en la boca ligeramente fruncida de Lythande.

—Y yo no te deseo ningún mal —dijo el juglar soltándose el amuleto—. Y tú tampoco a mí. Y también estas son afirmaciones ciertas, ¿verdad, mago? Con lo que ponemos el punto final a este asunto. Tal vez no exista otro hombre como tú, pero no eres el único mago que he conocido en Santuario con una estrella tatuada en la frente.

La estrella azul refulgió con intensidad, pero esta vez no se debió al juglar. Tanto él como Lythande lo sabían. La multitud que los rodeaba había recordado misteriosamente que tenía asuntos pendientes en otro sitio. El juglar recorrió con la mirada los bancos vacíos.

—Al parecer tendré que ir a otro lugar para ganarme la cena con mis canciones.

—No pretendía ofenderte cuando rechacé tu invitación de tomar un trago juntos —señaló Lythande—. El voto de un mago no se puede dejar a un lado como un laúd. Sin embargo me gustaría invitarte a una cena abundante y bien regada sin que te sientas herido en tu dignidad, a cambio de tu servicio como amigo.

—Tal es la costumbre en mi país. Cappen Varra te lo agradece, mago.

—¡Tabernero! ¡Sírvele lo mejor de tu cocina y todo lo que pueda beber esta noche a mi invitado!

—Después de una invitación tan generosa, no discutiré los pormenores de mi servicio —dijo Cappen Varra, y se lanzó a dar buena cuenta de los platos humeantes que le pusieron delante.

Mientras el juglar comía, Lythande sacó de los pliegues de su túnica una pequeña bolsa que contenía unas hierbas que despedían una fragancia dulce, las envolvió con una hoja azul y encendió el cigarrillo con un toquecito con el dedo anular. Lanzó una bocanada de humo dulce y grisáceo.

—En cuanto al servicio que te pido a cambio, no es gran cosa. Cuéntame todo lo que sepas de ese otro mago con la estrella azul. No conozco a ningún miembro de mi orden al sur de Azehur, y me gustaría asegurarme de que no fue a mí a quien viste, ni a mi espectro.

Cappen Varra sorbió el tuétano de un hueso y se limpió con esmero los dedos en el mantelito debajo de los platos. Y antes de responder dio un bocado a un fruto de jengibre.

—No fue a ti, mago, ni a tu estela ni a tu doble espectral, a quien vi. El que yo vi era mucho más ancho de espaldas y no llevaba espada, sino dos dagas ceñidas a las caderas. Tenía la barba negra y a su mano izquierda le faltaban tres dedos.

—¡Por Iles el de los Mil Ojos! ¡Rabben el Mediamano, aquí, en Santuario! ¿Dónde lo viste, juglar?

—Lo vi deambulando por el bazar, pero no compró nada que yo viera. Y luego lo volví a ver en la calle de las Linternas Rojas, hablando con una mujer. ¿Qué servicio requieres de mí, mago?

—Ya lo has cumplido.

Lythande pagó al tabernero con plata —tanta que el hosco propietario de la taberna temió que la capa de Shalpa lo cubriera en cuanto se fuera— y dejó otra moneda, esta de oro, junto al laúd de la taberna.

—Recupera tu arpa. Esto no hace justicia a tu voz.

Pero cuando el juglar levantó la cabeza para darle las gracias, el mago ya había desaparecido en las sombras; se guardó el oro en el bolsillo y preguntó:

—¿Cómo lo ha sabido? ¿Y por dónde ha salido?

—Solo Shalpa el rápido lo sabe —respondió el tabernero—. ¡Para mí que ha salido volando por el conducto de la chimenea! Ese ya tiene su capa y no necesita la de Shalpa. Ha pagado todo lo que quieras beber, muy señor mío, así que dime, ¿qué te pongo?

Y Cappen Varra procedió a emborracharse, ya que eso era lo más sensato que podía hacerse cuando uno se enredaba sin saberlo en los asuntos privados de un mago.

Ya en la calle, Lythande se tomó un momento para reflexionar. En Rabben el Mediamano no tenía un amigo; sin embargo no había razón alguna para que su presencia en Santuario tuviera algo que ver con Lythande o con una venganza personal. 

Si estuviera allí por un asunto relacionado con la orden de la Estrella Azul, si Lythande hubiera de ayudarlo en algún tema, o si el Mediamano hubiera sido enviado con la misión de convocar a todos los miembros de la orden, la estrella que ambos llevaban tatuada los habría avisado.

No obstante no pasaba nada por asegurarse. El mago caminó raudo hasta la hilera de viejas caballerizas que quedaba detrás del Palacio del Gobernador. Lo silencioso y lo recóndito del lugar resultaban propicios para la magia. 

Lythande se deslizó por uno de los minúsculos callejones laterales y levantó su capa de mago hasta que la oscuridad fue absoluta, y fue retirándose lentamente en el silencio hasta que el vacío conquistó el mundo... un vacío absoluto excepto por la estrella azul que brillaba en su frente. Lythande recordó cómo había adquirido la estrella y a qué coste: el precio que un maestro debía pagar a cambio del poder.

El resplandor azul ganó intensidad y explotó en haces multicolor palpitantes y brillantes, hasta que Lythande quedó bañado por su luz. Y allí, en el Lugar Que No Existe, sentado en un trono que parecía tallado en zafiro, se encontraba el Señor de la Estrella.

—Bienvenido, estrella hermana, hijo de las estrellas, shyryu. —El término afectuoso podía significar «camarada», «hermano», «hermana», «querido», «par», «peregrino»; su traducción literal es «el que comparte la luz de las estrellas»—. ¿Qué te trae al Palacio de los Peregrinos desde tan lejos esta noche?

—La necesidad de conocimiento, hermano de estrella. ¿Han enviado a alguien a buscarme en Santuario?

—La respuesta es no, shyryu. Todo está bien en el Templo de los Hermanos de estrella. Todavía no has sido convocado; el momento no ha llegado aún.

Todos los maestros de la Estrella Azul lo sabían; era uno de los precios que se pagaban por el poder. Cuando llegara el final del mundo, cuando todas las actividades de la humanidad y de los mortales hubieran sucumbido, el último reducto contra el ataque del Caos sería el Templo de la Estrella; y entonces el Señor de la Estrella convocaría en el Lugar Que No Es a los Maestros Peregrinos desperdigados por los rincones más remotos del mundo para que combatieran el Caos con toda la fuerza de su magia. Pero hasta que ese día llegara, gozaban de una libertad absoluta para fortalecer sus poderes.

—Todavía no ha llegado el momento —repitió en un tono tranquilizador el Señor de la Estrella—. Eres libre de moverte a tu antojo por el mundo.

El resplandor azul se atenuó y Lythande permaneció donde estaba, temblando. Por lo tanto, Rabben no había sido enviado para convocarlos para la reunión final. Sin embargo, tal vez el final y el Caos llegarían para Lythande antes del momento señalado si Rabben el Mediamano obtenía lo que se proponía.

«Se trató de una buena prueba de fuerza, ordenada por nuestros señores. Rabben, no deberías estar resentido conmigo...».

La presencia de Rabben en Santuario no tenía por qué tener algo que ver con Lythande. Podría encontrarse en la ciudad por motivos legítimos... si es que se podía calificar de legítimo algo relacionado con él. 

Solo el último día antes del fin del mundo habían jurado todos los Maestros Peregrinos luchar en el bando de la Ley contra el Caos. Y Rabben había optado por no practicarlo antes de que llegara ese momento.

Había que tomar precauciones. Lythande sabía que Rabben estaba cerca...

Al sureste del Palacio del Gobernador hay un pequeño parque triangular, al otro lado de la avenida de los Templos. Durante el día, los caminos cubiertos de grava y los recodos con arbustos están tomados por predicadores y sacerdotes que consideran insuficientes la adoración y las ofrendas; y por la noche el lugar se convierte en el reino de mujeres que no veneran a ninguna deidad salvo a La de la bolsa llena y el vientre vacío. Por ambos motivos el lugar es conocido, irónicamente, con el nombre de la Promesa del Cielo. En Santuario, como en cualquier otro lugar, es bien sabido que aquellos que prometen no siempre cumplen.

Lythande, que no tenía por costumbre frecuentar mujeres ni sacerdotes, no solía pisar el parque, que ahora parecía desierto. Los vientos molestos habían empezado a soplar, y azotaban arbustos y matorrales dotándolos de sorprendentes formas bestiales que ejecutaban actos poco naturales. 

Y gimiendo de una manera extraña alrededor de los muros y los aleros de los tejados de los templos al otro lado de la calle, el viento del que se afirmaba en Santuario que era el gemido de Azyuna en la cama de Vashanka. Lythande avanzó rápidamente, bordeando la penumbra de los caminos. Y entonces sonó el grito desgarrador de una mujer.

Desde las sombras, Lythande vislumbró la forma de una muchacha con el vestido raído y hecho jirones; iba descalza y le sangraba la oreja de cuyo lóbulo le habían arrancado un valioso pendiente. Estaba forcejeando para zafarse de los brazos de hierro de un hombre musculoso y corpulento de barba negra, y lo primero que vio Lythande fue la mano que aferraba la muñeca delgada y huesuda de la muchacha: le faltaban dos dedos completos y tenía otro seccionado a la altura del primer cartílago. Solo entonces —cuando ya era absolutamente innecesario— vio Lythande la estrella azul entre las pobladas cejas negras ¡y los felinos ojos amarillos de Rabben el Mediamano!

Lythande lo conocía desde hacía mucho tiempo, del Templo de la Estrella. Incluso entonces, Rabben ya era un depravado de una lascivia bien conocida. ¿Por qué, se preguntó Lythande, sus señores no le pedían que renunciara a su lascivia a cambio de sus poderes? Lythande apretó los labios con amargura; tan célebre era la lascivia de Rabben que si renunciaba a ella todo el mundo conocería el secreto de su poder.

Los poderes de un maestro de la Estrella Azul dependían de un secreto. Del mismo modo que en la antigua leyenda del gigante que guardaba su corazón en un lugar secreto fuera de su cuerpo y, junto con él, su inmortalidad, los maestros de la Estrella Azul depositaban toda su fuerza psíquica en un único secreto, y quien descubría ese secreto absorbía los poderes del maestro. De modo que el secreto de Rabben debía de ser otro... Lythande no se entretuvo especulando sobre ello.

La chica gritaba con desesperación mientras Rabben la tiraba de la muñeca. Cuando la estrella del mago empezó a brillar, la muchacha se tapó los ojos con la mano libre para protegérselos del resplandor. Lythande emergió de las sombras aún no plenamente convencido de intervenir.

—¡Por Shipri la Madre de Todo, suelta a esa mujer! —espetó Lythande con el chorro de voz que en el patio de la Estrella Azul había llevado a los aprendices de mago a llamarlo «juglar» en vez de «mago».

Rabben giró en redondo.

—¡Por el noningentésimo nonagésimo noveno ojo de Iles! ¡Lythande!

—¿Es que no hay suficientes mujeres en la calle de las Linternas Rojas como para que tengas que maltratar a una niña en la calle de los Templos?

Lythande había visto lo joven que era la chica, sus bracitos delgados, sus piernas y sus tobillos infantiles y los pechos todavía incipientes debajo de la túnica sucia y raída.

Rabben miró a Lythande y soltó un gruñido.

—Siempre has sido un remilgado, shyryu. Ninguna mujer viene aquí a menos que se venda. ¿Acaso la quieres para ti? ¿Ya te has hartado de tu madame gorda de la Casa Afrodisia?

—¡Ni se te ocurra mencionar su nombre, shyryu!

—¿Tanto te importa el honor de una ramera?

—Suelta a la chica —replicó ignorando el comentario de Rabben—, o tendrás que vértelas conmigo.

La estrella de Rabben empezó a lanzar rayos; el mago arrojó a un lado a la chica, que cayó como un peso muerto al pavimento, donde permaneció tendida inmóvil.

—Esperará ahí hasta que tú y yo hayamos acabado. ¿Pensaste que podría huir mientras nosotros luchábamos? Ahora que pienso, nunca te he visto con una mujer, Lythande... ¿Es ese tu secreto, Lythande? ¿No puedes satisfacer a las mujeres?

Lythande se mantuvo imperturbable. Sin embargo, independientemente del precio que hubiera de pagar, no podía permitir que Rabben continuara por ese camino.

—Tal vez a ti te guste copular como un animal en las calles de Santuario, Rabben, pero yo no soy tú. ¿Vas a dejar que la chica se marche o prefieres luchar?

—Tal vez debería dejártela a ti. Lo nunca visto. ¡Lythande involucrado en una pelea callejera por una mujer! ¡Ya ves! ¡Conozco perfectamente tus hábitos, Lythande!

«¡Por la maldición de Vashanka! ¡Ahora no me queda otra que luchar para salvar a la chica!».

El estoque de Lythande salió con un chasquido de la funda y atacó a Rabben como por propia voluntad.

—¡Ja! ¿Crees que Rabben resuelve sus reyertas callejeras con la espada como un vulgar mercenario?

La punta de la espada de Lythande explotó en el resplandor azul de la estrella y se transfiguró en una serpiente brillante, que se torció hacia atrás y rebasó la empuñadura vertiendo veneno por los colmillos mientras trataba de enroscarse alrededor del puño de Lythande. 

También la estrella de Lythande empezó a refulgir, y la espada se transformó de nuevo en acero, aunque quedó retorcida e inservible, con la forma de la serpiente enroscada hacia la funda. Encolerizado, Lythande soltó el trozo inútil de acero y arrojó una lluvia de fuego que salió chisporroteando en dirección a Rabben. 

El corpulento maestro se envolvió rápidamente en una nube de niebla y el chorro de fuego se extinguió. Lythande advirtió mediante un sentido que escapaba a la conciencia que empezaba a congregarse una multitud en torno a ellos; no ocurría dos veces en la vida que dos maestros de la Estrella Azul libraran una batalla de conjuros en las calles de Santuario. El resplandor de las estrellas que refulgían en las frentes de los magos echaba chispas en todas las direcciones.

Arrastradas por un viento aullante aparecieron unas pequeñas antorchas voraces cuyas llamas titilantes azotaron a Lythande y desaparecieron en cuanto tocaron la figura alta del mago. Entonces un violento torbellino agitó los árboles, arrancó las hojas de las ramas y fustigó a Rabben hasta derribarlo sobre las rodillas. Lythande empezaba a aburrirse; había que acabar de una vez. 

Ni uno solo de los espectadores que presenciaban la lucha con los ojos como platos supo decir después qué había ocurrido, pero Rabben se fue encorvando muy lentamente, centímetro a centímetro, hasta que hincó las rodillas en el suelo, se puso luego a cuatro patas y a continuación, tendido bocabajo, con la cara pegada al suelo, cada vez más apretada contra él y moviendo adelante y atrás la cabeza fuertemente estrujada contra la tierra.

Lythande acudió junto a la chica y la levantó. Ella miró con incredulidad al fornido hechicero que estaba estrujando su barba negra contra la tierra.

—¿Qué ha...?

—No te preocupes... Vámonos de aquí. El conjuro no lo entretendrá demasiado, y cuando se levante estará furioso —dijo Lythande con un leve tono de burla en la voz.

La chica no necesitaba una explicación viendo a Rabben con la barba y la estrella azul cubiertos de tierra y de polvo...

La muchacha salió disparada siguiendo la estela de la túnica del mago. Cuando estuvieron bien lejos de la Promesa del Cielo, Lythande se detuvo con tanta brusquedad que la muchacha se estampó contra él.

—Dime, ¿quién eres?

—Me llamo Bercy. ¿Y usted?

—Un mago no dice su nombre a la ligera. En Santuario me llaman Lythande.

El mago examinó a la muchacha y se dio cuenta, con una punzada, de que debajo de la tierra y del cabello desgreñado se escondía una chica muy guapa y muy joven.

—Puedes irte, Bercy. No volverá a ponerte la mano encima. Le he vencido limpiamente en el duelo.

La chica se arrojó a la espalda de Lythande y se aferró a él.

—¡No me dejes sola! —suplicó la muchacha, agarrándose al mago, con los ojos rebosantes de adoración.

Lythande la miró con el ceño fruncido.

Predecible, por supuesto. Bercy creía —¿y quién en Santuario no lo habría hecho?— que la chica era el premio para quien ganara el duelo, de modo que ella estaba preparada para entregarse al vencedor. Lythande hizo un gesto de protesta.—No...

La muchacha entornó los ojos en un gesto de compasión.

—¿Entonces es cierto lo que Rabben dijo...? ¿Que su secreto es que está privado de virilidad?

Sin embargo, detrás de la compasión se advertía un leve matiz de entusiasmo. ¡Menudo chisme! ¡Vaya cotilleo sabroso para chismorrear en las calles de las Mujeres!

—Baja la voz. —La mirada que le lanzó Lythande no admitía discusión—. Ven conmigo.

La chica siguió al mago por las calles sinuosas que conducían a la calle de las Linternas Rojas. Lythande caminaba con pasos firmes y seguros. Pasaron por delante de la Casa de las Sirenas, donde —según se decía— podían encontrarse delicias tan exóticas como la que prometía su nombre; y de la Casa de los Látigos, evitada por todo el mundo excepto por aquellos que se negaban a ir a otro lado; y, finalmente, bajo el rostro de la Dama Verde, como era venerada en los lugares más remotos y al otro lado del Ranke, la Casa Afrodisia.

Bercy contempló con los ojos como platos el vestíbulo con columnas, el resplandor de un centenar de faroles, las mujeres vestidas exquisitamente que aguardaban a que las llamaran apoltronadas sobre cojines. 

Todas ellas lucían elegantes vestidos y joyas —Myrtis conocía su negocio y la mejor manera de presentar su producto—, y a Lythande no se le escapó que la mirada de la harapienta Bercy era de envidia; probablemente la muchacha había estado vendiéndose en el bazar por un puñado de monedas de cobre o por una hogaza de pan desde que había tenido la edad para hacerlo. 

Sin embargo, de algún modo, como las flores que cubren un estercolero, conservaba una belleza exquisita y lozana, toda dorada y blanca, como una flor. A pesar de la ropa raída y el cuerpo esquelético, la muchacha había llegado al corazón de Lythande.

—Bercy, ¿has comido hoy?

—No, mi señor.

Lythande llamó al eunuco gigantón Jiro, quien se encargaba de acompañar a los clientes que gozaban de favoritismo a las cámaras de las mujeres que habían escogido y de echar a la calle a los borrachos y a los groseros. 

El eunuco apareció con su enorme panza, desnudo salvo por un escueto taparrabos y con una docena de aros prendidos de una oreja. Una vez había tenido una amante que se dedicaba a la venta de anillos y lo había utilizado para exhibir el género.

—¿En qué podemos servir al mago Lythande?

Las mujeres repantigadas en los sofás y en los cojines cuchicheaban entre sí sorprendidas y consternadas, y Lythande casi podía oír sus pensamientos:

«Ninguna de nosotras ha sido capaz de atraer o de seducir al gran mago, ¿y ahora se ha encaprichado de esta muchacha de la calle harapienta?».

—¿Puedo ver a madame Myrtis, Jiro?

—Está durmiendo, oh, gran mago, pero ha dejado la orden de que la despertáramos a cualquier hora si era usted quien preguntaba por ella. ¿Esto de aquí... —ningún ser vivo puede alcanzar las cotas de desdén del jefe de los eunucos de un burdel de moda—... es suyo, señor Lythande? ¿O es un regalo para la madame?

—Ambas cosas, quizá. Dale algo de comer y búscale un lugar para pasar la noche.

—¿Y un baño, mago? ¡Lleva encima pulgas suficientes para infestar todos los cojines de una habitación!

—Sí, claro, también un baño femenino con esencias y aceites —dijo Lythande—, y algo que semeje un vestido completo.

—Yo me encargo —afirmó Jiro con satisfacción.

Bercy miró a Lythande con ojos asustados, pero obedeció al mago cuando este le indicó que acompañara a Jiro. Cuando el eunuco se la llevó, Lythande vio a Myrtis parada en la puerta. Era una mujer entrada en carnes, ya no joven, aunque poseía la belleza gélida de un hechizo. Envueltos por unas facciones perfectamente conjuradas, sus ojos expresaron calidez y afecto cuando sonrió a Lythande.

—Amor, no esperaba verte aquí. ¿Es tuya? —Sacudió la cabeza hacia la puerta que acababa de atravesar Jiro con la atemorizada Bercy—. Seguramente se escapará cuando le quites los ojos de encima, ya lo sabes, ¿no?

—Ojalá, Myrtis. Pero me temo que no tendré esa suerte.

—Será mejor que me cuentes toda la historia —dijo Myrtis.

Lythande le relató de una manera breve y sucinta todo el episodio.

—¡Y como te rías, Myrtis, retiraré mi conjuro y volverás a tener el pelo gris y la cara llena de arrugas para mofa de Santuario!

Myrtis, sin embargo, hacía demasiado tiempo que conocía a Lythande como para tomarse en serio su amenaza.

—¡De modo que la doncella que has rescatado arde en deseos por el amor de Lythande! —Rió entre dientes—. ¡Suena exactamente igual que una vieja balada!

—¿Qué voy a hacer, Myrtis? ¡Por los pezones de Shipri la Madre de Todo, me enfrento a un dilema!

—Confía en ella y explícale por qué es imposible el amor entre ustedes —respondió Myrtis.

Lythande frunció el ceño.

—Tú conoces mi secreto porque no tuve otra opción; me conociste antes de que adquiriera mis poderes o llevara la estrella azul...

—Y antes de que yo me hiciera ramera —aseveró Myrtis.

—Pero si provoco que esta chica se sienta estúpida por quererme, me odiará en la misma medida que me ama. Y no puedo compartir mi secreto con alguien a quien no pueda confiar mi vida y mis poderes. Todo lo que tengo es tuyo, Myrtis, por el pasado que compartimos. Incluidos mis poderes si alguna vez los necesitaras. Pero no puedo confiar todo eso a esa muchacha.

—Aun así está en deuda contigo por haberla rescatado de las garras de Rabben.

—Pensaré en ello —dijo Lythande—. Y ahora, apresúrate y tráeme algo de comer. Tengo un hambre y una sed que me muero.

Lythande se aisló en una habitación privada y comió y bebió servido personalmente por Myrtis.

—Yo nunca podría haber hecho tu voto... comer y beber sin ser visto por hombre alguno —dijo la madame.

—Si desearas tener el poder de un mago serías capaz de mantener tu promesa —respondió Lythande—. Ya rara vez siento la tentación de romperla. Solo temo quebrantarla sin darme cuenta. No puedo beber en las tabernas por si acaso entre las mujeres hubiera alguno de esos hombres extraños que hallan divertido vestirse con ropas femeninas. Por esa misma razón tampoco como ni bebo aquí en presencia de tus mujeres. Todo el poder depende de los votos y del secreto.

—En ese caso no puedo ayudarte —dijo Myrtis—. Ya que no quieres contarle la verdad a la chica, dile que juraste vivir sin mujeres.

—Tal vez lo haga —repuso Lythande, que acabó de comer con el rostro fruncido.

Pasado un rato, Bercy fue conducida a la habitación. Llegó con los ojos como platos, embelesada con el elegante vestido que le habían dado y el cabello recién lavado, que se le rizaba ligeramente alrededor de la cara sonrosada. De todo su cuerpo emanaba la fragancia dulce de los aceites de baño y los perfumes.

—En este sitio las chicas llevan una ropa tan bonita, ¡y una de ellas me ha dicho que podían comer dos veces al día si querían! ¿No le parece que soy lo suficientemente bonita como para que madame Myrtis deje que me quede?

—Si así lo deseas. Eres la más bonita de todas.

—Preferiría ser suya, mago —dijo Bercy con deseo, y volvió a arrojarse sobre Lythande. Se aferró al rostro demacrado del mago y tiró de él para acercárselo al suyo.

Lythande, quien rara vez tocaba algo con vida, la sujetó con suavidad, haciendo un esfuerzo para no revelar su consternación.

—Bercy, pequeña, solo es un capricho. Se te pasará.

—No —respondió sollozando la muchacha—. ¡Le amo! ¡Solo le quiero a usted!

Y entonces, de un modo inconfundible, Lythande notó ese ligero hormigueo de advertencia en su sistema nervioso, ese aviso en forma de estremecimiento que lo alertaba: «Hay un conjuro en marcha». El objetivo del encantamiento no era Lythande —en este caso podría haberlo contrarrestado—, sino otro espacio de la habitación.

«¿Aquí, en la Casa Afrodisia?». Lythande sabía que podía confiar a Myrtis su vida, su reputación, su fortuna, incluso sus poderes mágicos de la Estrella Azul. Ya lo había demostrado anteriormente. Además, en el caso de que la madame hubiera cambiado hasta el punto de ser capaz de traicionarlo, Lythande lo habría advertido en su aura cuando estaban juntos.

Eso solo dejaba a la muchacha, que continuaba asida a él y gimoteando.

—¡Moriré si no me ama! ¡Moriré! ¡Dígame que no es cierto, Lythande, que es usted incapaz de amar! ¡Dígame que es una burda mentira que los magos están castrados, que son incapaces de amar a las mujeres...!

—Sin duda es una burda mentira —afirmó Lythande con el gesto serio—. Te aseguro solemnemente que nunca me han castrado.

Sin embargo, Lythande notó un cosquilleo en los nervios mientras hablaba. Un mago podía mentir, y la mayoría de ellos lo hacía. Lythande siempre estaba dispuesto a mentir como cualquier otro, siempre por una buena causa, pero la ley de la Estrella Azul establecía lo siguiente: cuando se le realizara una pregunta directa relacionada con el secreto, el maestro no podía responder con una mentira directa. Y Bercy, en su inconsciencia, estaba a una sola pregunta de la cuestión fatídica sobre su secreto.

Con un esfuerzo descomunal, la magia de Lythande arrancó las costuras del mismísimo Tiempo. La chica se quedó petrificada, ajena al discurrir de los segundos, y Lythande se apartó de ella la distancia necesaria para estudiar su aura. Y en efecto, entre las trazas de su campo vibratorio se vislumbraba la sombra de una Estrella Azul, la de Rabben, dominando la voluntad de la chica.

Rabben. Rabben el Mediamano. Él había depositado su voluntad en la chica; él había ideado y organizado toda la trama, incluida la escena en la que la muchacha necesitaba ayuda; encantar a la muchacha para atraer a Lythande y hechizarlo.

La ley de la Estrella Azul prohibía a un maestro de la Estrella matar a otro, ya que todos serían necesarios para luchar hombro con hombro contra el Caos el día del fin del mundo. Sin embargo, si un maestro podía arrancarle el secreto de su poder a otro... entonces el mago que había perdido sus poderes ya no era necesario para el combate contra el Caos y podía ser asesinado.

¿Qué podía hacer ahora? ¿Matar a la chica? Rabben también tomaría eso como una respuesta. El encantamiento que dominaba a Bercy la volvía irresistible para cualquier hombre. Si Lythande la dejaba marchar intacta, Rabben sabría que el secreto de Lythande descansaba en esa área y no cejaría en sus intentos por descubrirlo. 

En el caso de que Lythande no sucumbiera a los efectos de este conjuro sexual que hacía irresistible a Bercy, significaría que era un eunuco, o un homosexual o... Lythande empezó a sudar y no se atrevió a seguir tirando de ese hilo. Su secreto solo estaría a salvo mientras no le preguntaran. Su aura nunca lo delataría; pero una sola pregunta y todo habría acabado.

«Debería matarla —pensó Lythande—. Ya no estoy luchando solo por conservar mis poderes, también por mi secreto y mi vida. Sin duda, una vez que perdiera mi magia, Rabben no perdería un segundo en acabar conmigo como venganza por la pérdida de la mitad de la mano».

La muchacha seguía inmóvil, en trance. ¡Qué fácil sería matarla! Pero entonces Lythande recordó un antiguo cuento de hadas que tal vez podría utilizar para salvaguardar el secreto de la Estrella.

La luz parpadeó mientras el Tiempo regresaba a la cámara. Bercy seguía aferrada a él y gimoteando, ajena al lapso de tiempo detenido; Lythande ya había decidido lo que haría, y la muchacha notó que el mago la envolvía con sus brazos y la besaba en la boca anhelante.

—¡Tiene que amarme! ¡Moriré si no! —exclamó sollozando Bercy.

—Te haré mía —afirmó Lythande en un tono suavemente neutro y muy dulce—, pero incluso un mago es vulnerable en el amor, así que debo tomar algunas precauciones. Hay que preparar un lugar sin más luz ni sonido que los que yo aporte con mi magia; y tú has de jurar que no intentarás verme ni tocarme excepto por medio de esa luz mágica. ¿Lo juras por la Madre de Todo, Bercy? Si lo juras te amaré como nunca ninguna mujer ha sido amada jamás.

—Lo juro —respondió temblando la muchacha.

Lythande sintió una compasión infinita por Bercy, a quien Rabben había utilizado de un modo tan despiadado. Tanto, que ahora ella ardía viva en su amor —insatisfecho y provocado por el conjuro— por el mago y era prisionera de su pasión por Lythande. «Si me hubiera amado sin que mediara un conjuro, yo también podría haberla amado», pensó Lythande con amargura.

«¡Entonces podría haberle confiado mi secreto! Pero Bercy solo es un instrumento de Rabben; su amor por mí es obra suya, y en él no hay nada de su voluntad... ni de realidad...». De modo que todo lo que pasara entre ellos a partir de ese momento solo sería una pantomima representada para Rabben.

—Lo prepararé todo con mi magia.

Lythande salió de la cámara y pidió a Myrtis todo lo que necesitaba. La mujer se echó a reír, pero un mero vistazo al semblante sombrío de Lythande le cortó la risa de cuajo. Conocía al mago desde mucho antes de que le colocaran la Estrella Azul entre los ojos y guardaba el secreto de Lythande por el amor que le profesaba, así que le rompía el corazón verlo presa de tanto sufrimiento.

—Lo tendrás todo listo —dijo la madame—. Le echaré una droga en el vino para debilitar su voluntad, así te será más sencillo hechizarla.

—Rabben ya lo hizo por nosotros cuando utilizó el conjuro para que se enamorara de mí —dijo Lythande con un horrible poso de amargura en la voz.

—¿Habrías preferido que fuera de otro modo? —preguntó Myrtis, vacilante.

—¡Todos los dioses de Santuario están riéndose de mí! ¡Madre de Todo, ayúdame! Preferiría que fuera de otro modo. Podría amarla si no fuera un instrumento de Rabben.

Cuando todo estuvo listo, Lythande entró en la habitación oscura. No había más luz que la luz de la Estrella Azul. La muchacha estaba tumbada en la cama y levantó los brazos hacia el mago con un aire de abandono exaltado.

—¡Ven conmigo! ¡Ven conmigo, amor mío!

—Enseguida —respondió Lythande, sentándose a su lado. Le acarició el cabello con una ternura que ni siquiera Myrtis habría sospechado que poseía—. Te cantaré una canción de amor de mi lejana patria.

Ella se estremeció de placer.

—¡Todo lo que venga de ti está bien, amor mío, mago mío!

Lythande sintió el vacío provocado por la desesperación absoluta. La muchacha era hermosa y estaba enamorada. Yacía tendida sobre la cama preparada para ambos, y sin embargo los separaba la vastedad del mundo. No se veía capaz de soportarlo.

Lythande cantó con su voz profunda y hermosa, una voz más encantadora que cualquier conjuro:

Ya se ha consumido la mitad de la noche; y la corona de la luna

Se desvanece, y ahora la corona de las estrellas palidece;

El cielo acepta a regañadientes la llegada de la mañana;

Yo sigo tendido solo.

Te amaré como ninguna mujer ha sido amada nunca.

Lythande reparó en las lágrimas en las mejillas de Bercy.

Entre la muchacha acostada en la cama y la figura inmóvil del mago, y mientras la túnica de Lythande caía pesadamente al suelo, empezó a cobrar forma un espectro; un espectro que en un primer momento pareció el doble de Lythande, alto y enjuto, con los ojos brillantes, con una estrella entre las cejas y un cuerpo pálido y sin cicatrices. 

Tenía la forma del mago, pero el espectro poseía una virilidad imponente, y avanzó hacia la mujer que lo esperaba inmóvil. La muchacha estaba cegada por su libido, atrapada, poseída, hechizada. Lythande le permitió ver la imagen fugazmente; ella no podía ver al verdadero Lythande que estaba detrás. Entonces, cuando Bercy cerró los ojos extasiada al notar el contacto del mago, este le acarició delicadamente los párpados con los dedos.

—¡Verás... lo que te pida que veas!

—¡Oirás... lo que te pida que oigas!

—¡Sentirás... solo lo que te pida que sientas, Bercy!

Y a partir de ese momento, Bercy quedó sometida al conjuro del espectro. Con indiferencia, sin inmutarse, Lythande observó cómo se cerraban los labios de la muchacha apretados contra el vacío y besaban unos labios invisibles; Lythande sabía en todo momento qué estaba tocándole y acariciándole. 

Cautivada y embelesada por la ilusión, que la llevó una y otra vez hasta las cimas del éxtasis, la muchacha soltó finalmente un grito de liberación. Solo para Lythande aquel grito sonó amargo, pues no iba dirigido a él, sino al espectro que la poseía.

Bercy quedó tendida en la cama, casi inconsciente, saciada, y Lythande la observó con dolor. Cuando la chica volvió a abrir los ojos, el mago estaba contemplándola con el gesto apesadumbrado.

Bercy tendió lánguidamente hacia él sus brazos.

—Es cierto, amor, me has amado como ninguna mujer había sido amada jamás.

Por primera y última vez, Lythande se inclinó hacia ella y apretó sus labios contra los de la muchacha en un beso largo y de una inmensa ternura.

—Duerme, querida.

Y cuando ella se sumió en un sueño extático y exhausto, Lythande rompió a llorar.

Mucho antes de que la chica se despertara, Lythande se levantó y se preparó en la pequeña cámara de Myrtis para emprender un viaje.

—El conjuro se mantendrá. Irá corriendo a Rabben con la historia... la historia de Lythande, ¡el amante sin parangón! Lythande, ¡el de la virilidad inagotable! ¡Capaz de amar a una doncella hasta agotarle las energías! —La amargura teñía de aspereza la voz profunda de Lythande.

—Y mucho antes de que regreses a Santuario, cuando los efectos del conjuro hayan desaparecido, ya te habrá olvidado en los brazos de muchos otros amantes —afirmó Myrtis—. Sería mejor y más seguro que así fuera.

—Cierto —dijo Lythande, aunque añadió con la voz quebrada—: Cuida de ella, Myrtis. Trátala con cariño.

—Lo haré. Te lo prometo, Lythande.

—Ojalá hubiera podido amarme sin más...

El mago se derrumbó y volvió a llorar brevemente. Myrtis apartó la mirada, desagarrada por el dolor. No sabía cómo consolar a Lythande.

—¡Ojalá hubiera podido amarme por lo que soy, sin el conjuro de Rabben de por medio! ¡Amarme sin fingimientos! Pero temía no poder dominar el conjuro obrado en ella por Rabben... ni confiar en que no me traicionara cuando supiera que...

Myrtis rodeó tiernamente a Lythande con sus brazos rellenitos.

—¿Te arrepientes?

La pregunta era ambigua. Podría haber significado «¿Te arrepientes de no haber matado a la chica?», o «¿Te arrepientes de la promesa y del secreto que habrán de acompañarte hasta el día del fin del mundo?». Lythande prefirió responder a la segunda interpretación:

—¿Si mi arrepiento? Llegará un día en que tendré que luchar contra el Caos junto al resto de mi orden. Al lado de Rabben incluso, si no lo matan antes. Y solo eso debe justificar mi existencia y mi secreto. Sin embargo, ahora tengo que marcharme de Santuario, y quién sabe cuándo los avatares de la vida me traerán de nuevo a esta dirección. Dame un beso de despedida, hermana.

Myrtis se puso de puntillas y sus labios se fundieron con los de Lythande.

—Hasta que volvamos a vernos, Lythande —se despidió la madame—. Que Ella te asista y cuide de ti eternamente. Adiós, mi querida hermana.

La maga Lythande se ciñó entonces la espada y abandonó la ciudad de Santuario sin ser vista ni oída cuando empezaba a despuntar el alba. Y en su frente, el brillo de la Estrella Azul empezó a atenuarse por la aparición del sol. Ni una sola vez volvió la vista atrás.

El diablo y la bailarina - Roger Zelazny (Parte 3 y última)

Las palabras de Reena reaparecieron en su mente al contemplar la humeante copa. La había levantado y había fingido beber mientras Oele giraba y giraba siguiendo su danza. La había olido. Parecía vino calentado con azúcar y especias, pero tenía un aroma peculiar. Había tocado el húmedo borde con la lengua y percibido un amargo sabor. Cuando Oele miró en dirección a él, echó atrás la cabeza y alzó la copa fingiendo que la apuraba. Cuando Oele desvió la mirada, tiró el líquido por encima del hombro, en la oscuridad.

«¡La intrigante bruja! —pensó Reynar—. Ella no piensa ofrecerme nada. Mi encantadora Reena tenía razón. Apuesto a que soy el sacrificio para algo que ella desea. Fingiré que me adormezco y veremos qué ocurre. ¡Bruja!».

Dejó la copa en el suelo y se inclinó sobre el altar, observando la creciente complejidad del brillante diseño. La forma de moverse de la bailarina era casi hipnótica. Otro hombre habría dado media vuelta y huido tras haber llegado a la misma conclusión que el marino, pero Reynar se había bastado en todas las ocasiones peligrosas en el curso de una vida muy activa. Sonrió mientras observaba la silueta de Oele que fluía bajo la ligera vestimenta gris, y se acordó de bostezar cuando ella le miraba. Qué triste... Oele le había gustado más que otras mujeres.

Después comenzó el pánico. Un escalofrío, totalmente falto de relación con el viento y la noche, recorrió el cuello y los hombros de Reynar. Era como si alguien estuviera detrás de él, observándole fijamente. El marino consideró que podía coger la daga al mismo tiempo que se volvía y defenderse adecuadamente, con el altar entre su cuerpo y su repentina compañía. 

Sin embargo... Jamás se había sentido objeto de escrutinio con tan intensos acompañamientos. La mera contemplación de un desconocido jamás le había producido picor en las manos, retortijones de estómago ni la absoluta certidumbre de otra presencia. La debilidad invadió sus extremidades cuando trató de apartar su mirada de los últimos movimientos de Oele para dar media vuelta y juzgar al visitante.

«Pretendes defraudar a la sacerdotisa —sonaron estas palabras como gotas de sangre en la mente de Reynar—, y haciendo eso me engañas».

«¿Quién eres?», preguntó sin hablar el marino, dirigiéndose al otro.

«Eso nunca lo sabrás».

Se apoyó con fuerza en el altar, recurriendo a toda su fuerza para volverse en parte hacia la presencia, y el borde de algo absolutamente negro entró en su campo de visión. Una fuerza que parecía emanar de la negrura le aferró con mayor firmeza en ese momento, impidiéndole volverse por completo. Reynar comprendió que nunca podría coger la daga del altar... y que, aunque pudiera, de poco le serviría frente a la criatura que le dominaba.

Se tambaleó como si estuviera totalmente agotado, con la mano izquierda aferrada al borde de la piedra, la derecha suelta en su costado. Al inclinarse más, vio que Oele se movía más despacio, que los pasos tal vez finales de la danza iban acercándola a él. 

La luna, había visto Reynar, estaba casi encima mismo de su cabeza. Seguía percibiendo la presencia al otro lado del altar, pero la atención de aquel ser no era tan intensa, ni mucho menos, que momentos antes. El marino se preguntó si la presencia estaba comunicándose con Oele.

Al inclinarse un poco más, mantuvo los ojos centrados en la silueta femenina que se aproximaba. Finalmente Oele se detuvo, a tan solo unos pasos de distancia. La danza había concluido. Reynar dejó que sus párpados se cerraran y su respiración se intensificó. Pero Oele no estaba prestándole atención. Todo el interés de la bailarina parecía dirigido a algo que estaba detrás del marino.

Reynar aguardó, preguntándose hasta qué punto estaba dominado, temeroso de comprobarlo. El pánico anterior había pasado, reemplazado por la controlada tensión, el renovado estado de alerta que siempre le sobrevenía en momentos de crisis.

Oele parecía estar hablando, aunque él no logró oír las palabras, y después hizo una pausa como si escuchara algo, pero el marino tampoco oyó réplica alguna. Finalmente Oele avanzó, pasó ante Reynar sin apenas mirarle, extendió la mano y cogió la daga de la pétrea superficie. Después la sacerdotisa se volvió hacia él, y su mano izquierda se movió como si quisiera agarrarle el cabello.

—¡Bruja! —dijo en un siseo el marino.

Su mano derecha sacó el cuchillo de la funda que llevaba en la bota y lo extendió y levantó mientras se erguía, a pesar de sentir que la frígida fuerza del otro lado del altar pugnaba por dominarle de nuevo.

La expresión del semblante de Oele fue de sorpresa. Su grito fue breve y la sacerdotisa se desplomó casi al instante, mientras la daga del sacrificio resbalaba de sus dedos.

Reynar la cogió mientras caía, se volvió y dejó el cadáver en el altar.

—¡Aquí está tu sangre! —espetó—. ¡Cógela y sé maldito por siempre!

Sostuvo el cuchillo ante él y dio un paso atrás, esperando una represalia sobrenatural en cualquier momento. No hubo tal. La oscura presencia permaneció al otro lado de la forma de su sangrante amante y Reynar percibió su escrutinio, pero el extraño ser no hizo esfuerzo alguno para dominarle o atacarle.

Al notar que su fuerza le acompañaba de nuevo, Reynar dio otro paso atrás y miró alrededor en busca del camino más seguro de huida.

—Marino, marino —sonó la voz que parecía audible en la ventosa noche—. ¿A dónde vas?

—¡Lejos de este lugar maldito! —respondió Reynar.

—¿Para qué viniste?

El capitán hizo un gesto con su arma.

—Ella me prometió poderes como los suyos.

—Entonces ¿por qué huyes?

—Ella me mintió.

—Pero yo no. Aún puedes tener esos poderes.

—¿Cómo? ¿Por qué? ¿Qué pretendes decir?

—Dos caminos hay ante mí, y no me había dado cuenta de lo reacio que soy a dejar este mundo. No me complace enteramente esto, pero así son las cosas. Vuelve la cabeza hacia el castillo que has dejado. Es tuyo si lo quieres, y todo lo que contiene. O, si me lo pides, se desvanecerá un instante después y yo erigiré otro según tus deseos... o no lo haré, como desees. Puedes tener lo que ella tenía... cualquier cosa que desees y que pueda ofrecerte... porque estoy necesitado de ti.

—¿En qué forma?

—Ella era mi vínculo con este plano de existencia. Requiero un devoto aquí para centrar mis energías en este mundo. Ella era la última. Ahora mi presencia se debilitará aquí hasta que deba retirarme a los parajes de los Antiguos. A menos que encuentre un nuevo devoto.

—¿Yo?

—Sí. Sírveme, y yo te serviré.

Hubo una pausa.

—No intentaré detenerte. Quizá ya estaba consumido en este lugar hace mucho tiempo y me aferré a él ahora solo debido a ciertas percepciones que me ofrece. No trataré de detenerte.

Reynar se echó a reír.

—Bien, con tantas cosas que deseo, sería un necio si rechazara tu oferta, ¿no? Acabas de adquirir un acólito, un sacerdote, un devoto... lo que sea preciso. Lo que digo es que me concedas los poderes que poseía esa homicida y que me des rápida instrucción sobre los artículos de la fe. Hay una potranca que voy a montar antes de que acabe la noche.

—En ese caso deja tu arma, marino, y acércate al altar...

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.- 

Ya desmontados, Dilvish y Reena estaban poniéndose ropa de más abrigo cuando el primero vio una silueta que se aproximaba por la ladera de una colina, delante, a su derecha.

—Alguien viene —dijo Reena, que inmediatamente volvió la cabeza en dirección al castillo.

—No. Por allí —dijo Dilvish, señalando—. Será mejor que prosigamos.

Terminó de atar el fardo de sus pertenencias y ayudó a Reena a montar.

—¡Eh! ¡Dilvish! —llegó el grito de la silueta que avanzaba—. ¡Reena!

Ambos dudaron mientras atisbaban en la noche. Luego la luz de la luna tocó a la forma que se acercaba.

—¡Aguardad un poco! ¡Tenemos algo que discutir!

Black volvió la cabeza.

—No me gusta esto —dijo—. Vámonos.

Dilvish dio una vuelta en torno a su montura.

—No temo a Reynar —respondió.

Durante un instante observó al hombre que bajaba con rapidez la ladera.

—¿De qué se trata? —dijo después—. ¿Qué deseáis?

Reynar se detuvo, quizás a veinte pasos de distancia.

—¿Desear? Solo a la mujer. Solo a Reena —respondió el marino—. A menos que queráis ser una estatua otra vez. Tenemos un acuerdo.

Dilvish miró hacia atrás.

—¿Es cierto? —preguntó.

—No... sí... no... —respondió Reena.

—Parece que tenemos una pequeña confusión en este punto —dijo Dilvish a Reynar—. No comprendo la situación.

—Preguntadle qué pasó con la puerta —dijo el otro.

Dilvish miró de nuevo a la joven. Reena desvió la mirada.

—¿Bien...? —dijo Dilvish—. Me gustaría saberlo.

—Fue obra mía —afirmó por fin Reena—. Uno de mis mejores hechizos. Para cualquier otra persona, la puerta se había esfumado. Yo podía haberla cruzado.

—¿Por qué? ¿Y cómo se ha enterado él?

—Bien... le dije que iba a hacerlo. En realidad, acababa de ejecutar el encantamiento cuando despertaste. Eso me impidió ejecutar el segundo.

—¿El segundo? ¿De qué clase?

—Un hechizo adormecedor. Para mantenerte allí mientras yo hacía lo que decidiese hacer.

—Temo continuar perdido. ¿Qué debías decidir?

—Huir conmigo —dijo Reynar—. Enseñarme a usar correctamente mis nuevos poderes.

—En ese caso yo soy un estorbo —dijo Dilvish—. ¿Por qué no me lo has explicado? No tengo derecho alguno sobre ti. Yo...

—¡He dicho que debía decidir! —replicó Reena casi gruñendo—. ¡Habría sido tan fácil si hubieras continuado dormido!

—La próxima vez no seré tan tonto.

—¡Pero he decidido! Nada de esto debía haber surgido. No quiero ir con él. Quiero continuar como estábamos.

Dilvish sonrió.

—Entonces no hay problema. Lo lamento, Reynar. Reena ha tomado su decisión. Vámonos, Reena.

—Aguardad —dijo Reynar en voz baja—. La decisión, ¿sabéis?, me corresponde tomarla a mí.

Dilvish vio aparecer una brillante chispa en el cielo, en lo alto de la colina. Voló hacia la extendida mano derecha de Reynar, creciendo al aproximarse. Al llegar, el marino sostuvo una bola de fría luz azul que levantó por encima del hombro.

—Vos —dijo a Dilvish— sois ahora un fardo innecesario.

El globo huyó de su mano. Dilvish trató de esquivarlo, pero la bola volvió para seguirle. Le golpeó en pleno pecho, rebotó y cayó al suelo a más de dos metros a la izquierda, donde explotó formando una brillante fuente de chispas y dejando un humeante agujero en la tierra.

Dilvish avanzó rápidamente. Reynar alzó ambas manos e hizo gestos con ellas.

Dilvish notó como si se hubiera librado por muy poco de una bofetada. Fue igual que si una serie de ráfagas de ventarrón azotaran todo cuanto le rodeaba... y prosiguieron. Siguió ladera arriba y logró distinguir la confusa expresión del semblante del marino.

—El Diablo me ha mentido —dijo—. Ya deberíais estar muerto.

La mirada de Dilvish fue más allá de Reynar, hacia el bajo perfil del altar con el cuerpo de Oele encima, menudo y pálido bajo la luz de la luna.

—¡Black! —gritó mientras iba comprendiendo—. ¡Destruye ese altar!

Momentos después oyó el sonido de cascos metálicos. Reynar se volvió señalando a Black, y una línea de llamas brotó de su extendido dedo. El fuego alcanzó a Black en la parte izquierda del cuello mientras pasaba junto a los dos hombres. La zona se tiñó de rojo. Pero Black prosiguió su curso sin detenerse, y nada en sus movimientos indicaba que hubiera percibido el efecto.

Reynar se volvió para encararse con Dilvish, y se agachó para volver a erguirse con su arma en la mano.

—Si la magia no puede con vos —dijo—, aquí tengo algo mejor.

El arma de Dilvish, cuatro veces más larga que la de su rival, emitió un susurro al quedar desenvainada en su mano. Dilvish avanzó para entrar en combate.

Los dedos de Reynar se retorcieron, y su mano izquierda describió un amplio gesto circular. La espada huyó del puño de Dilvish, dio vueltas en lo alto y se perdió de vista.

—De modo que solo vuestra persona resiste a mi poder... —dijo Reynar mientras arremetía contra él.

Dilvish levantó la capa ante él, al mismo tiempo que doblaba el brazo izquierdo por detrás. La hoja desgarró el tejido veinte centímetros por debajo del brazo. En ese momento Dilvish movió la capa hacia adelante y hacia abajo, y simultáneamente sacó su cuchillo con la mano derecha y arremetió contra su adversario.

Reynar se recuperó con rapidez. Soltó su arma mientras la daga de Dilvish le alcanzaba en el hombro y astillaba el hueso antes de retirarse. Agachados, ambos hombres empezaron a dar vueltas. 

La mano izquierda de Reynar describió un rápido movimiento circular, y Dilvish notó de nuevo un fuerte viento, aunque solo la suelta punta de la capa se agitó. Notó calor en el pecho, y algo apareció bajo sus ojos.

Dilvish miró hacia abajo un instante. Allí, encima de su camisa, brillaba tenuemente el amuleto que le había dado el anciano. Agitó la capa con el nuevo ataque del marino, frustrando el golpe y respondiendo de inmediato, aunque solo acuchilló el aire, porque su rival se había retirado ágilmente. A lo lejos se oyó el primer golpe violento de Black contra el altar.

Los ojos de Reynar se habían abierto mucho en el momento de posarse sobre el reluciente amuleto, como si cierta sospecha naciera en ese instante. Pero los entrecerró después al desplazarse con rapidez, casi con excesiva rapidez, hacia la izquierda de su adversario. 

Dilvish había previsto en parte el tropezón y la rápida recuperación que siguieron. Cuando aquella mano izquierda se movió de nuevo, no fue magia sino un puñado de tierra lo que voló hacia su cara.

Reacio a bajar la capa, Dilvish se protegió los ojos con el brazo derecho y se desplazó hacia un lado, sabiendo que se produciría un ataque inmediatamente. 

El cuchillo de Reynar rozó sus costillas en el costado izquierdo. Con la mano en alto todavía, incapaz de adoptar a tiempo una posición segura, Dilvish bajó el pomo de su espada hacia el hombre que había herido antes. 

Oyó un brusco jadeo de su rival y trató de agarrar al marino. Pero Reynar le apartó de un empujón y retrocedió de un brinco, cambió la daga de mano y embistió y atacó con ella.

Dilvish notó la herida en el dorso de su mano mientras oía el nuevo golpe de Black a las piedras del altar. Respondió, pero Reynar estaba ya fuera de su alcance. Las miradas de ambos hombres se desviaron momentáneamente hacia una tenue luz rojiza en la cumbre de la colina que rodeaba con un halo a Black y al altar.

Reynar alzó la mano derecha, apuntando a Dilvish igual que había hecho con Black momentos antes. La llama saltó hacia el pecho de Dilvish, le alcanzó cerca del reluciente amuleto y rebotó como si se reflejara en un espejo. Reynar reaccionó de inmediato con otro golpe de cuchillo.

Se abalanzó sobre su rival y atacó por lo bajo. Dilvish bajó su arma. Reynar se irguió de pronto en ese instante y su mano derecha se extendió bruscamente para asir el amuleto y tirar con fuerza de él. La cuerda se partió y Reynar retrocedió, llevándose el amuleto.

Más arriba, el fulgor rojo cobró brillo mientras Black se empinaba de nuevo, muy despacio, como si luchara con una fuerza opuesta.

—¡Veamos cómo os va ahora! —exclamó Reynar, y las llamas danzaron en las puntas de sus dedos, se extendieron y se unieron en una espada de fuego.

Cuando avanzó otra vez, la luz fluctuó y se apagó en la cumbre de la colina, acompañada por un estruendo. Las rocas cayeron y rebotaron junto a los contendientes mientras Dilvish retrocedía, agitando la capa, con el cuchillo bajo.

El ataque de Reynar abrió un gran rasgón en el material. Dilvish siguió retrocediendo, y en el momento que su rival alzaba la llameante espada, esta empezó a apagarse, fluctuó una vez... dos veces... y desapareció.

—La historia de mi vida —observó Reynar mientras meneaba la cabeza—. Todo lo bueno parece fundirse siempre.

—Demos por terminada la maldita pelea —dijo Dilvish—. Vuestro poder está destruido.

—Tal vez tengáis razón —respondió Reynar, bajando el arma que le quedaba y dando un paso al frente.

Se hallaba colina arriba respecto a Dilvish, y de pronto cayó al suelo y resbaló hacia abajo. Su pie izquierdo trabó el tobillo de la extendida pierna derecha de Dilvish y su pie derecho golpeó a su rival por debajo de la rótula. Se enderezó, empujó. 

Mientras Dilvish caía de espalda, Reynar ya estaba levantándose. Saltó hacia adelante en cuanto estuvo de pie, con el arma en alto, y se abalanzó sobre el otro hombre, que estaba en posición supina.

Dilvish sacudió la cabeza para vencer el aturdimiento mientras Reynar atacaba, dio una vuelta de costado y se encogió. Se defendió con el brazo derecho mientras ponía en posición el izquierdo. 

Notó la rigidez del marino al caer al suelo junto a él, empalándose en la hoja que Dilvish había cambiado de mano. Sostuvo la mano de Reynar que blandía la daga hasta que la fuerza la abandonó. Luego se apoyó en una rodilla y puso al marino de espaldas.

La cara de Reynar se retorció a la luz de la luna.

—Saltar sin mirar otra vez... —murmuró el marino—. Finalmente lo he pagado... ¡Oh! ¡Esto quema! No saquéis el cuchillo... hasta que yo muera, por favor.

Dilvish meneó la cabeza.

—¡Lamento haberla conocido!

Dilvish no preguntó a quién se refería.

—No sé... por qué me concedió el poder..., vos teníais la protección...

—Conocí a un hombre no hace mucho tiempo —replicó Dilvish— que poseía dos mentes distintas en el mismo cuerpo. Y he oído hablar de otros. Si ello es posible en un hombre, ¿por qué no en un dios?

—Diablo —afirmó Reynar.

—Quizá la distinción entre los dos no sea tan clara como los hombres piensan... en especial cuando los tiempos se hacen difíciles. Conocí este lugar hace mucho tiempo. Era diferente.

—¡Al diablo con todos, Dilvish el Maldito! ¡Al diablo con todos!

Algo se escapó de él y Reynar se desplomó. Su semblante se suavizó por fin.

Dilvish sacó la daga y la limpió. Solo entonces miró a Black, que se había acercado en silencio y estaba observando. Reena se hallaba más lejos, llorando.

—Tu espada cayó por allí —dijo Black, volviendo la cabeza hacia atrás, hacia la derecha—. La vi al bajar.

—Gracias —dijo Dilvish, poniéndose en pie.

—...Y el castillo ha desaparecido. También lo vi al bajar.

Dilvish volvió la cabeza y miró.

—Me pregunto qué habrá sido de nuestros caballos.

—Están vagando abajo. Puedo cogerlos.

—Hazlo, pues.

Black se alejó. Dilvish se acercó a Reena.

—No puedo excavar aquí —dijo—. Tendré que usar piedras.

Reena asintió. Dilvish extendió la mano y le apretó el hombro.

—No podías prever todo esto.

—He visto más de lo que sabía —dijo la joven—. Ahora deseo haber sabido más... o haber visto menos.

Reena se apartó y la mano de Dilvish resbaló de su hombro. Dilvish fue a buscar la espada.

Habían viajado esa noche hasta llegar a un rocoso mirador libre de los vientos, cerca del borde de la nieve, por encima del punto donde la senda inicia su sinuoso descenso hacia las llanuras y el tiempo primaveral. 

En ese lugar encontraron cobijo y durmieron, los caballos atados detrás de las rocas, Black tan inmóvil como un fragmento del lejano paisaje.

Dilvish se desperezó cuando el cielo iba tiñéndose de rosa por el este. Sus heridas latían sordamente, pero se sentó y se calzó las botas. Ni Reena ni Black se movieron cuando Dilvish pasó junto a ellos, en dirección a la figura vestida con pieles y apoyada en un bastón a la derecha de la senda.

—Buenos días —dijo en voz baja.

El anciano asintió.

—Deseo daros las gracias por el amuleto. Me ha salvado la vida.

—Lo sé.

—¿Por qué lo hicisteis?

—Vos hicisteis una ofrenda a Taksh'mael en cierta ocasión.

—¿Es eso tan importante?

—Sois el último que recordáis su nombre.

—¿Y vos?

—Yo no puedo calificarme de devoto, salvo en el sentido más narcisista.

Dilvish le observó de nuevo. Su figura parecía más alta, más noble, y había algo en sus ojos que obligaba a desviar la mirada al instante... una sensación de profundidad sobrenatural, un poder.

—Me voy ahora —continuó el anciano—. No fue fácil librarme de este lugar. Venid, caminad conmigo un trecho.

Dio media vuelta y avanzó cuesta arriba sin volver la cabeza. Dilvish le siguió hacia los bordes de la nieve, con el aliento humeando ante él.

—¿Vais a un buen lugar?

—Me gusta pensar que sí. Os oí hablar antes. Es cierto que cualquiera puede tener... dos mentes. Ahora solo tengo una, y merecéis mis gracias por eso.

Dilvish sopló sobre sus manos y se las frotó mientras el paisaje iba cobrando blancura.

—De momento, poseo más poder del que necesito. ¿Hay algo que pueda ofreceros?

—¿Podríais ofrecereme la vida de un mago llamado Jelerak?

Por delante de él, Dilvish vio que el paso del anciano vacilaba un instante.

—No —fue la réplica—. No sé nada de ese mago, pero lo que pedís no sería cosa fácil. Precisaría más de lo que yo puedo dar. No es sencillo enfrentarse a él.

—Lo sé. Se afirma que es el mejor.

—Sin embargo, existe al menos una persona que podría destruirle en su propio terreno.

—¿Y quién puede ser esa persona?

—El hombre del que hablasteis antes. Ridley es su nombre.

—Ridley ha muerto.

—No. Jelerak lo derrotó, pero no tuvo fuerza suficiente para destruirlo. Por eso lo aprisionó bajo la caída Torre de Hielo, donde planeaba volver cuando recuperara su fuerza para acabar la tarea.

—Eso no me parece muy prometedor.

—Pasará tiempo antes de que pueda hacerlo.

—¿Por qué?

—El conflicto de ambos atrajo la atención de los demás grandes magos del mundo. Durante siglos habían buscado un arma contra Jelerak. Cuando él partió sin lograr destruir a su enemigo, combinaron sus fuerzas para tender una barrera mágica alrededor de la destrozada torre, una barrera que ni siquiera Jelerak puede atravesar. Ahora esos magos disponen de la seguridad que deseaban. Si él los importuna demasiado, amenazarán con levantar la barrera para liberar a Ridley.

—¿Y Ridley destruirá a Jelerak la próxima vez?

—No lo sé. Pero él tendría más posibilidades que los demás.

—¿Podría yo liberar a Ridley sin ayuda?

—Lo dudo.

—¿Podríais vos?

—Temo que debo irme ahora. Lo siento.

El anciano señaló hacia el este, donde el sol inicia su ascenso. Dilvish miró en la misma dirección; el astro separaba las nubes como si fueran cortinas escarlatas. 

Cuando desvió la mirada, el anciano estaba ya muy arriba, y trepaba con asombrosa velocidad y agilidad por la chispeante superficie de nieve. Mientras Dilvish lo contemplaba, rodeó un saliente rocoso y lo perdió de vista.

—¡Esperad! —gritó—. ¡Tengo más cosas que preguntar!

Haciendo caso omiso de sus diversos dolores, Dilvish inició el ascenso, siguiendo el rastro del anciano. Al poco tiempo, notó que las irregulares pisadas iban separándose cada vez más, aunque de forma paradójica iban haciéndose menos profundas. Y al rodear el saliente, Dilvish solo encontró una huella, muy tenue.

La tarde siguiente salieron de las montañas. Dilvish no habló de Ridley con Reena.

En el elevado paraje, cuando la luna está llena, los fuegos mágicos se alzan y el espíritu de Oele danza ante el destrozado altar, aunque ningún diablo se presenta. Pero a veces hay la forma de otro que observa en las sombras. Cuando la última piedra caiga, él llevará al mar a ese espíritu.