Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
Combate Singular - Robert Abernathy
Tranquilo. Nada te empuja.
Calmosamente, regresó a la puerta y comprobó una vez más la solidez de la maciza cerradura. Se metió la llave en el bolsillo, luego la volvió a sacar con una mueca de disgusto, y la arrojó a la reja metálica que cubría el desagüe. La llave golpeó contra uno de los travesaños y rebotó, reluciente, en el cemento.
Febrilmente, como un hombre pateando un escorpión, la empujó hacia la reja. La llave se colgó a uno de los travesaños, osciló durante unos segundos, tintineó contra el metal, y luego desapareció de su vista.
Se sentía nuevamente dueño de sus reacciones nerviosas. Subió los peldaños sin girarse, y se detuvo en la embocadura de la desierta calle. Nadie a la vista; nada excepto la suciedad de aquel estrecho pasaje, coronado por los ciegos ojos de las ventanas manchadas de pintura blanca. Un cubo de basura yacía en mitad del pasaje, rodeado de grasientos papeles. En la pared de ladrillo alguien había colocado cuidadosamente de pie una botella vacía, como si, una vez sorbido su contenido, no hubiera sabido qué hacer con ella.
Contempló todas aquellas cosas, símbolo de una fealdad que durante tanto tiempo había inundado su mente hasta hacerle perder casi la razón, con un nuevo e irónico despego, considerándolas como temporales y desprovistas de toda importancia.
El claro cielo de aquel atardecer era como un velo desplegado sobre la ciudad. Tras aquellas achaparradas edificaciones, ennegrecidas por la suciedad, se erguían los grandes inmuebles, brillando a través de todas sus ventanas. Sobre todo aquello, flotaban perezosamente las motas de hollín, deslizándose en un aire quieto y asfixiador. Los coches pasaban con gran estruendo por las calles, y los vapores que dejaban tras de sí se mezclaban con el olor del asfalto sobrecalentado. La calleja hedía; la ciudad hedía; incluso el río, con sus rápidas aguas, hedía.
Echando la cabeza hacia atrás, frunciendo los ojos para poder soportar la reverberación, inspiró aquel aire cargado con la acritud de los recuerdos.
El hedor de innumerables veranos... Levántate, huelo a gas. No, es el viento, que sopla desde la otra orilla. Las refinerías de allá abajo. Pero al pequeño le cuesta respirar. ¿Es que no podemos hacer nada? El eterno gruñido ronco, la voz de la gran ciudad... ¡Malditos camiones! ¿Por qué no se paran por la noche? ¡No hay forma de dormir! Si tan sólo pudiera dormir un poco... Las voces roncas, los pitidos, los golpes, la brutalidad de la vida aprisionada por una jungla de cemento y acero... ¡Dale una paliza! Que no vuelva a poner los pies en el barrio. ¡Vamos, dale! Maldito negro, sucio chicano, cochino judío... El asfalto quemándote los pies a través de las suelas de tus zapatos, gastadas por kilómetros y kilómetros de andadura... Llega usted demasiado tarde, ya no contratamos a nadie. Vamos, lárguese. No, porque no, porque le digo que no. Vamos, lárguese. No. No. El eterno odio, acumulado sin cesar...
Escupió contra la pared de ladrillo.
—Tú te lo has buscado —dijo a media voz—. Cuando ocurra..., quizá comprendas que he sido yo, yo, quien te ha hecho eso.
En aquel momento imaginó que la ciudad le oía, que temblaba ante él, presa del pánico. Que un estremecimiento la recorría de extremo a extremo, propagándose a lo largo de sus nervios de acero y de cobre, desde lo alto de las más altas flechas tendidas al cielo hasta sus entrañas profundamente hundidas en el suelo, desde las moradas de los ricos en las alturas hasta los inmundos sótanos de los ghettos.
No te apresures. Nada te empuja. Tres horas aún. Estaría lejos, contemplándolo todo, cuando ocurriera. Una cita aproximada de las Escrituras acudió a su mente: Y contemplarán a lo lejos el humo de sus incendios, y el humo de sus incendios ascenderá, ascenderá eternamente.
Salió casi ciegamente del callejón y se abrió camino por la acera entre la gente. Un paso, luego otro, luego otro, luego otro... Cada paso le alejaba de la cámara subterránea de la puerta cerrada con llave.
Un paso, luego otro, luego otro... Como tantas veces en las que, movido por su cansancio, su desesperación y su odio, había recorrido aquellas mismas calles. Pero ahora, a cada paso, le parecía como si la ciudad temblara bajo sus pies, como si los altos edificios vacilaran ante la inminencia del derrumbe final, y la ciudad tuviera miedo.
Los ciegos caminantes, los muertos en vida, no notaban nada. No veían que él, hasta ahora mezquino y denigrado, se había convertido en más alto que los más altos rascacielos, se había convertido en un gigante justiciero...
Un chirriar de frenos. Dio un salto atrás, desconcertado. Hubiera jurado que hacía tan sólo un segundo el semáforo estaba verde para él, cuando había bajado de la acera.
Los motores roncaban coléricos, las enormes ruedas laminaban el desigual asfalto. La calle se había convertido de repente en algo inmenso y lleno de peligros. Volvió a la acera, con la mirada fija en la tenebrosa luz roja, y se pegó al escaparate del almacén que hacía esquina, intentando dominar el temblor de sus dedos mientras buscaba un cigarrillo en sus bolsillos.
Podía haber resultado muerto.
No ahora, pensó. No en un estúpido accidente. Porque hubiera podido resultar peor que muerto. Se imaginó a sí mismo herido, transportado al hospital, unos restos sangrantes, pero con toda su conciencia y el horrible pensamiento que allá abajo, no muy lejos de él, tras la puerta cerrada con llave, un elemento se transformaba en otro a una velocidad inmutable, que se acercaba la hora.
Accionó en forma brusca y temblorosa el encendedor, pero la llama se negó obstinadamente a prender. Dirigió una maldición al mecanismo, y de repente se sintió sobrecogido por un sudor frío. Sus oídos registraron la estridente vibración de una cuerda tensa rompiéndose, un ruido de origen indeterminable, azotando sus nervios ya sobreexcitados.
Miró ansiosamente a derecha, a izquierda, a todos lados. Entonces, distintamente, dominando los ruidos de la calle, momentáneamente descendidos de nivel, oyó proveniente de arriba un chasquido de metal desgarrado, torturado. Levantó furtivamente la mirada, soltó encendedor y cigarrillo, y dio un salto de costado. Su corazón latía dolorosamente en su pecho.
Justo encima del lugar donde había estado unos segundos antes, la marquesina que sostenía un gran anuncio publicitario cedió, doblándose, inclinándose peligrosamente, con sus nervios de acero retorciéndose, a punto de romperse.
La contempló fascinado, sin sentir siquiera el sudor que chorreaba por su rostro. El anuncio osciló, pero no llegó a caer. Sin embargo, tuvo la absurda convicción que, si regresaba al lugar que ocupaba unos minutos antes, el anuncio caería.
Era una idea absurda. Intentó echarse a reír, pero su garganta estaba agarrotada. Retrocedió prudentemente unos pasos, luego dio media vuelta y se alejó apresuradamente del cruce. Caminaba siguiendo el bordillo de la acera, levantando frecuentemente la cabeza.
Cuando había recorrido la mitad de la manzana se dio cuenta, con un sobresalto que lo envaró, que estaba volviendo sobre sus pasos, regresando a la cámara subterránea cerrada con llave.
Se detuvo en seco. Pero se sentía incapaz de regresar al cruce que había intentado atravesar. Permaneció unos instantes inmóvil, vacilante, esforzándose una vez más en dominar su pánico.
En la acera opuesta, justo ante él, se abría una boca de metro. Si no se hubiera sentido tan agitado la habría visto la primera vez.
Evidentemente..., el metro. Un cuarto de hora de camino, y estaría seguro. Miró a derecha e izquierda, luego hacia arriba —con una nueva circunspección que se estaba convirtiendo ya en un hábito—, y se lanzó a la calzada.
A medio camino se detuvo tan bruscamente que estuvo a punto de caer. Se giró, estremecido: sus pasos le habían conducido en línea recta hacia la boca de una cloaca abierta al cielo, sin tapa, sin ninguna protección.
Con el cuerpo agitado por el estremecimiento de la reacción nerviosa, llegó ante la entrada del metro. Y, de repente, tuvo la impresión que aquel ya no era un lugar familiar, sino unas fauces de cemento que conducían a regiones infernales. De aquellas profundidades, de algún lugar más allá de las escaleras débilmente iluminadas que contemplaban sus ojos, surgía un vasto rugido, el aliento de un aire fétido y cargado de húmedas viscosidades.
El peligro estaba presente en todas partes, en el aire y bajo tierra. El rugido de un tren pasando bajo sus pies era como una voz triunfante elevándose de los infiernos, a la que se sobreponía una cacofonía de notas más agudas: los gritos de las víctimas aplastadas, aullando en las tinieblas inferiores. Ni por todo el oro del mundo se atrevería a poner el pie en aquellos peldaños. Se alejó de aquel abismo y se detuvo, intentando reflexionar.
Había otros medios de transporte. Los autobuses, por ejemplo... Los taxis...
Pero no se movió.
En aquellas horas del atardecer, la calzada era un denso flujo de vehículos, moviéndose al compás de sus jadeos y de sus gruñidos. Los frenos chirriaban, los neumáticos gemían, las bocinas lanzaban hoscas advertencias, el metal resonaba contra el metal. En alguna parte, en una calle cercana, el aullido de una sirena sonó como un sollozo anunciando un desastre.
Pensó en accidentes, en colisiones, en un millón de riesgos. No podía resignarse a no sentir bajo sus pies el tranquilizante contacto del pavimento.
Nada te empuja. Él era quien mejor podía saberlo: él había hecho los reglajes y establecido el contacto. Mantén tu sangre fría; puedes ir lo bastante lejos a pie.
Otro pensamiento, fugaz, eludido por su conciencia: Ellos podrían haberle proporcionado un medio rápido de evadirse, como quizás habían hecho con todos los demás que habían realizado su tarea y se habían ido antes que él. Pero, desde el principio al fin, le habían concedido muy poco margen de reflexión. Había ejecutado sus órdenes, aprendido sumisamente sus slogans, tan ruidosos y carentes de sentido como un juguete infantil, sabiendo desde un principio que ellos tan sólo existían por una única razón: hacer de él el verdugo encargado de ejecutar a la ciudad. Los motivos que tenían para actuar así no le preocupaban en absoluto: él tenía sus propios motivos.
Mantén tu sangre fría y aléjate.
Los accidentes. En una ciudad como aquella ocurrían constantemente accidentes. Debía evitarlos y no dejarse desarmar por tan poco. No debía llamar la atención..., arriesgarse a ser detenido y conducido a la comisaría. Tenía aún mucho tiempo si no se dejaba ganar por el nerviosismo.
Pero la calle se había hundido ya en las sombras, y en un gran anuncio, sobre los edificios frente a él, la luz cambiaba, reflejando la cálida coloración que precede al crepúsculo.
Se puso nuevamente en marcha. Observaba cuidadosamente dónde ponía los pies, y vigilaba también el cielo, cada vez más oscuro. Quizá porque estaba atento, nada ocurrió. Cada nueva calle atravesada era una victoria, o un paso que le acercaba a la victoria.
Aparecieron las primeras luces. Las farolas rechazaron la naciente oscuridad, y una multitud de rótulos de colores empezaron a brillar y a parpadear, atrayendo las miradas de la multitud, que se apiñaba cada vez más numerosa en las aceras a medida que caía la tarde.
Las luces decían: Aquí se come y se bebe, aquí les ofrecemos música y la ocasión de olvidarlo todo por unos momentos.
La gente giraba como polillas bajo las luces, creyendo todo lo que anunciaban. Estaban cansados, no pedían otra cosa que creer. Hoy el día había sido duro, y suponían que el día siguiente sería igual, como lo había sido el día anterior y todos los demás.
Sólo él, abriéndose paso entre la gente, estaba mejor informado. Para la mayor parte de aquellos que le rodeaban, no habría día siguiente. Para la mayor parte...
Había recorrido ya unos tres kilómetros desde el Punto Cero, la cámara subterránea cerrada con llave en el centro de la ciudad, pero ni siquiera aquí comprenderían nada cuando todo ocurriera.
No los odiaba; incluso los compadecía un poco. Estaban atrapados en la trampa como él lo había estado. Pero odiaba la trampa, la ciudad en sí, con el veneno de todos aquellos amargos años...
Se detuvo un breve instante al otro lado de la calle. Y aquello estuvo a punto de costarle la vida.
En aquel lugar alejado del centro, los tranvías avanzaban a una respetable velocidad. Uno de ellos pasaba por su lado, un mastodonte rugiendo en forma atronadora sobre sus rieles de acero. Cuando su trole alcanzó la intersección de cables del cruce, algo saltó, y el hilo se tensó y se rompió con un resplandor parecido al de un relámpago. El extremo del hilo seccionado cayó sobre él como una gran serpiente, silbando rabiosamente y escupiendo llamas azules.
Sus reflejos le salvaron haciéndole dar un salto del que nunca se hubiera creído capaz. Se tiró de bruces al suelo, despellejándose las manos y las rodillas contra el pavimento y, sin concederse el menor respiro, se levantó de nuevo y echó a correr, con el cerebro sorbido por el miedo.
Con un inaudito esfuerzo de voluntad, se obligó a sí mismo a dejar de correr y miró hacia atrás. A la distancia de una manzana, la gente empezaba a aglomerarse alrededor del tranvía averiado —¿había, entre ellos, alguien que le buscaba?—, y se oyó el silbato de un policía.
El sonido del silbato le penetró hasta la médula, comunicándole un nuevo pánico. Atravesó, corriendo como un loco, la afortunadamente vacía calle —sin perder la noción de la dirección hacia donde debía proseguir—, y se sumergió en la oscuridad de una callejuela encajada entre oscuros inmuebles.
Mientras corría en la penumbra de la callejuela, algo, un sexto sentido, le hizo una advertencia, y saltó de costado como un jugador de rugby evitando a un contrario. El trozo de cornisa, cayendo sin ruido desde lo alto, se desmenuzó en fragmentos y polvo a un metro de él. Allá arriba, las palomas, asustadas, huyeron batiendo blandamente sus alas.
Salió a cielo abierto, a una calle iluminada pero casi desierta. Se detuvo apenas durante un segundo —con la sensación que cualquier vacilación podía serle fatal—, y luego, reconociendo el lugar donde se hallaba, giró bruscamente a la derecha y partió a la carrera.
La acera, allí, era vieja e irregular. De repente sintió que las losas se levantaban y que el suelo se curvaba ante él, en un esfuerzo por hacerle tropezar y caer, pero franqueó de un salto la zona peligrosa y prosiguió su agitada carrera. Subió una ligera pendiente y comenzó a descender por el otro lado. Allá abajo la calle terminaba en su cruce con otra, perpendicular, y las luces no seguían más allá: luego había tan sólo la oscuridad, con la sensación de un espacio despejado y el atisbo de un lejano reflejo de agua.
Ya casi estaba, dentro de poco iba a llegar...
... De la amplia calle bordeada de árboles surgió un enorme camión cisterna con remolque que tomó la curva demasiado aprisa. Con un patinaje y una brusca sacudida, la barra de enganche cedió y, mientras la unidad de tracción se subía a la acera, derribando una farola antes de inmovilizarse, el remolque de cubo volcaba, bloqueando la calle con un ruido infernal de hierros retorcidos. Todas las luces se apagaron instantáneamente, pero, un momento después, la calle era iluminada por las crecientes llamas, una gigantesca hoguera que escupía una negra humareda elevándose como una muralla.
Giró sobre sí mismo, estando a punto de caer, y se apoyó con tanta fuerza en una pared de ladrillo que estuvo a punto de romperse la muñeca. Echó a correr. Ahora sabía sin la menor duda que estaba siendo perseguido..., no, al menos por el momento, por seres humanos, sino por algo mucho más poderoso e inimaginable. Corría como un animal acorralado, con repentinos cambios de dirección destinados a confundir a un enemigo implacable. Debía existir un límite al número de trampas que éste podía poner en su camino...
Giró una vez más, metiéndose en una calle que conducía hacia el río, y la recorrió a grandes zancadas, respirando ávidamente. Más lejos..., más lejos... A lo largo del césped que bordeaba la amplia calle había luces de obras, allá adelante se divisaba una barrera hecha con maderos y, más allá, la profunda oscuridad de un negro agujero. Estaba demasiado lanzado como para detenerse y dar media vuelta; haciendo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban, saltó desesperadamente, y aterrizó como una pelota, intentando sujetarse a la blanda tierra que se desmenuzaba bajo sus dedos... ¡Auténtica tierra!
Se levantó, atontado, y prosiguió caminando durante algunos metros, sintiendo la hierba y la tierra bajo sus pies en lugar del cemento y el asfalto, viendo ramas recortándose contra el cielo.
Se derrumbó, agotado, y al tender una mano para buscar apoyo sintió bajo sus dedos la superficie áspera y rugosa de una corteza. Con un sentimiento de gratitud se inclinó hacia el rudo tronco y lo abrazó como si fuera lo más querido en su vida. Bajo él había hierba, hojas secas y humus, los insectos cantaban monótonamente a su alrededor.
A una cierta distancia, más allá de la excavación que acababa de franquear, se erguían las fachadas de los edificios, con ventanas iluminadas, más o menos distanciadas, como ojos mal situados. Había luces en las calles, y al otro lado del río veía las estrellas fugaces de la circulación, y los gigantescos inmuebles parecidos a constelaciones, cuyo reflejo temblaba en el agua. Entre cielo y tierra permanecía suspendida una estrella roja, encendiéndose y apagándose regularmente: una señal para los aviones, una advertencia... Pero allí estaba seguro, al menos por el momento.
Aquella franja de césped, a lo largo de la orilla del río, era como una isla: estaba dentro de la ciudad sin formar parte de ella, como el propio río, cuyas aguas eran como un espejo a una veintena de metros y chapoteaban suavemente contra las piedras de la orilla. Aquí podría descansar unos instantes, reflexionar acerca de un medio de escapar.
No sabía la hora exacta, pero sí sabía que era tarde. Sin embargo, no aún demasiado tarde. Todavía tenía tiempo...
El tiempo de alcanzar un refugio lo suficientemente alejado..., salvo accidentes. Pero ya no creía en los accidentes.
En lugar de ello, ahora tenía una certeza. El miedo premonitorio era la expresión de una verdad establecida. Se pegó a su árbol, viendo la ciudad a su alrededor, colosal, viva..., un auténtico Leviatán.
La ciudad había crecido sin cesar a lo largo de tres siglos. Crecimiento..., una ley de vida elemental. Como un cáncer desarrollándose a partir de algunas células indisciplinadas, encajado entre el río y el mar, proliferando, proyectando tentáculos que ascendían varios kilómetros a través del valle y se infiltraban por entre las colinas, mordiendo más y más profundamente en la tierra sobre la que reposaba.
A medida que iba creciendo, extraía su alimento de un centenar, de un millar de kilómetros cuadrados del interior del país; el campo le entregaba sus riquezas, y los bosques eran talados como campos de trigo, los hombres y los animales nacían y se multiplicaban para aplacar su hambre, siempre más devoradora. Semejantes a largos dedos, sus muelles se extendían penetrando en el océano para capturar los buques que llegaban de todos los continentes. Y, además de alimentarse, arrojaba todos sus desechos en el mar, exhalaba su aliento ponzoñoso al aire, y se convertía en más infecta a medida que se hacía más poderosa.
Gradualmente se había ido proveyendo de un sistema nervioso central de hilos aéreos y de cables subterráneos, de un sistema circulatorio hecho de bombas y de depósitos, de un sistema excretor. De una criatura invertebrada y parásita se había convertido en una criatura superior dotada de los atributos tangibles que acompañan a los conceptos subjetivos de voluntad, pensamiento y conciencia...
Podía imaginar su conciencia, y adivinar sus pensamientos últimos..., pero sentía el dolor de la carne atormentada contra las piedras de la ciudad, y se daba cuenta con un estremecimiento de hasta qué punto la ciudad debía odiarle. Altanera, impersonalmente..., pero ya no con indiferencia. Porque ahora, por primera vez en tres siglos, la ciudad se sentía amenazada.
Y, como represalia, había intentado arrebatarle su vida.
Aún no había conseguido escapar. La ciudad era rica en medios y ardides. Le seguía acechando, aguardando el momento favorable. Sabía que él no podía quedarse indefinidamente allá. Las luces le contemplaban fijamente como grandes ojos, como haciéndole señas.
Los pensamientos se atropellaban en su cabeza. Aún estaba a tiempo...
A tiempo para abandonar la partida, para dar media vuelta. Podía regresar apresuradamente a la cámara subterránea cerrada con llave (pero había arrojado la llave, y necesitaría pedir ayuda para derribar la puerta), podía llegar a tiempo para detener la transformación química que se estaba operando allá. Hacer lo que tan sólo él en toda la ciudad era capaz de hacer. Si actuaba así no habría más accidentes, estaba seguro de ello. Lo ocurrido no tenía más finalidad que debilitar su voluntad, hacerle retroceder en su decisión.
Repentinamente se envaró, deslumbrado por aquella revelación. Y entonces se echó a reír..., no alegremente, sino con una risa nerviosa, sardónica, mientras giraba lentamente la cabeza para contemplar las luces que lo rodeaban por todas partes.
—¡Pero no te atreves a matarme! —exclamó—. Soy el único que aún puede salvarte. Puedes intentar asustarme para que regrese allá abajo..., ¡pero no puedes matarme porque, si yo muero, perderás tu última esperanza!
Se puso en pie, tambaleándose, y se apoyó en el tronco del árbol. Pero sentía cómo las fuerzas volvían a su cuerpo, las fuerzas empujadas por el odio.
—¡Intenta detenerme! —dijo entre dientes—. ¡Inténtalo!
Se lanzó ciegamente hacia adelante, tan pronto caminando, tan pronto corriendo a pequeños saltos. Ya no miraba ni al aire ni a sus pies. Atravesando una amplia avenida sin preocuparse de los semáforos, estalló en una carcajada cuando la caja de un camión casi le rozó al efectuar un viraje. Sabía que no podía ocurrir de otro modo.
Se echó a reír de nuevo cuando la barrera de un paso a nivel se cerró ante sus narices y pasó por debajo de ella para atravesar tranquilamente las vías con la sonrisa en los labios, bajo el amenazador ojo de la locomotora..., seguro que, si se le ocurría detenerse en medio de las vías, el tren descarrilaría antes que tocarle.
Llegó ante un cartel que advertía en gruesas letras: PELIGRO, y se echó a reír sonoramente, sin desviarse ni un centímetro de su camino.
Había obreros trabajando a la luz de los focos a lo largo de toda aquella calle de los suburbios, un trabajo urgente según todas las apariencias, y cuya suprema ironía sólo él podía captar. Estaban frenéticamente ocupados en demoler una hilera de viejas casas carcomidas, preparando el terreno para cualquier nueva construcción que nunca llegaría a ver el día. A tal distancia del Punto Cero, allá abajo, en el centro de la ciudad, se hallaban ya fuera del radio de destrucción total, pero incluso aquí quedarían muy pocas casas en pie tras la explosión y los incendios... Siguió su camino, sin preocuparse de los focos ni de los obreros, y echaba a correr de nuevo cuando alguien gritó:
—¡Eh, allí! ¡Cuidado!
Un sordo bramido resonó sobre su cabeza, y levantó la vista con aire alucinado para ver toda una pared de ladrillos combarse junto a él, luego partirse en dos en su estruendosa caída. Parecía caer sobre él a una viscosa lentitud..., pero no había ninguna forma de evitarla.
No perdió el conocimiento, pero no podía moverse, y el dolor que sentía era casi intolerable. No debía tener muchos huesos rotos, pero una tonelada de piedras aprisionaba sus piernas, y otra masa se apoyaba contra su pecho, no con todo su peso pero sí inmovilizando su cuerpo arqueado contra una viga.
Había voces, rostros, luces, flotando en un caos a su alrededor. Algunas manos tiraban de los cascotes, en un fútil esfuerzo.
—¡Dios mío! ¿Acaso no vio el letrero? ¿Por qué no prestó más atención?
—¡Vamos, no te quedes ahí! ¡Ve a buscar un gato!
—Cuidado, si toda esa masa se desliza...
Permanecía suspendido allá, bajo la cegadora luz de los focos, como sujeto entre los dedos de una mano gigantesca. Unos dedos que tenían tan sólo que crisparse, la masa de piedras que se mantenía sobre él deslizarse unos pocos centímetros, para que su columna vertebral se partiera como un cristal.
Cuando intentaron liberarle con ayuda de palancas, lanzó un aullido, y ya no ensayaron de nuevo.
—Tranquilo, pronto llegará ayuda.
—¿Alguien ha avisado a los bomberos?
Se oyó el ulular de una sirena acercándose, y luego se interrumpió. Aparecieron otras luces. Una nueva sirena acudiendo... Vio confusamente uniformes, insignias. Gentes al servicio de la ciudad.
Hizo un esfuerzo por recuperar su aliento y gritó:
—¡Imbéciles! ¡Ustedes no son más que corpúsculos! ¡Eso es lo que son..., tan sólo corpúsculos!
—Pobre hombre, está delirando.
—¡Retrocedan! ¡Apártense! —gritó de nuevo—. Ya lo sé, ya sé lo que ella quiere, pero no voy a decir nada...
—Vamos, muchacho, cálmate. Vamos a...
—No diré que...
La masa de piedras que lo abrumaba se movió uno o dos centímetros. Su voz se quebró. Su mirada recorrió los rostros y las luces. Sintió un repentino pánico. Gimió:
—No, no... Lo diré. ¡Lo diré todo!
—No se excite, vamos a sacarle de aquí...
—¡Imbéciles! —jadeó—. Y, con una incoherente prisa, en forma entrecortada, se los dijo todo: lo que había en la cámara subterránea cerrada con llave, y dónde estaba, y cómo desarmar el artefacto sin hacer que estallara.
Apenas quedaba ya tiempo.
Le escucharon con rostros asombrados.
—Debe estar delirando, por supuesto... Pero es mejor no correr ningún riesgo con algo así. ¿Has anotado la dirección? ¿Lo has anotado todo?
Una voz habló cerca de él, seca, rápida, transmitiendo el mensaje a lo largo del sistema neurálgico de la ciudad. En la lejanía, en el amenazado corazón de la masa de cemento, las sirenas despertaron una tras otra y le aullaron a la noche.
—Vamos, aún no hemos terminado aquí —dijo alguien—. Trae ese gato...
Entonces se produjo un siniestro crujido. La pesada masa de ladrillos empezó a ceder lentamente. Un centímetro, dos centímetros, tres... Los hombres se lanzaron con todas sus fuerzas contra el bloque, pero fue en vano. El atrapado fugitivo lanzó un penetrante aullido, que se cortó en seco cuando la masa cedió definitivamente.
Pálidos, los hombres se contemplaron con un profundo sentimiento de impotencia.
La ciudad no conocía la clemencia.
El tritón malasio - Jane Yolen
Las tiendas no eran visibles desde la calle principal, y además casi se perdían en el laberinto de callejones. Pero la señora Stambley era una experta en antigüedades. Una ciudad nueva y un callejón nuevo excitaban sus instintos de cazadora y coleccionista, como ella gustaba explicar a su grupo en el hogar. Que esa ciudad se hallara a medio mundo de distancia de su cómoda casa de Salem, Massachusetts, no la preocupaba. Ella suponía que sabía cómo buscar, en Inglaterra o en los Estados Unidos.
Había dormitado al sol mientras el barco recorría el Támesis. A su edad las cabezadas eran importantes. Su cabeza se bamboleó tranquilamente bajo la cubierta de flores plegadas en una diadema de color vino. Ni siquiera escuchó la perorata del guía turístico. En Greenwich desembarcó mansamente junto con el resto de turistas, pero se escabulló con facilidad del yugo del guía, que llevó al resto del rebaño a comprobar el tiempo medio de Greenwich. La señora Stambley, con su abultado bolso de cuero negro apretado en una firme mano enguantada, fue a explorar por su cuenta.
A la derecha de la calle del puerto había un grupo de tiendas y, presintió ella, un par de callejuelas. El olor, aquel olor fuerte, misterioso y tentador, la atrajo.
Se desentendió de la calle principal y de los grandes escaparates de los almacenes. Un pequeño camino adoquinado separaba dos edificios y la señora Stambley se deslizó en él con la misma comodidad que un pie en una zapatilla usada muchas veces. Había varios ramales, y ella los examinó con sus lacrimosos ojos azules. Luego eligió uno. Sabía que sería el adecuado. Como decía a menudo a su grupo, en casa, «Tengo un don, un poder. Nunca me equivoco en eso».
Había varías tiendas pequeñas, ruinosas, que parecían introducirse las unas en las otras. Tenían gastado aspecto, como si estuvieran acurrucadas juntas; el húmedo viento del río convertía en polvo sus huesos, mientras una reluciente ciudad crecía alrededor de ellas. Los escaparates estaban sucios, con rayas de dedos. Sólo el comprador más intrépido podía entrar en esas tiendas. No había numeración en las puertas.
La primera tienda estaba llena de mapas. Y de no haber gastado ya su asignación para papel (ella separaba dinero para papel, oro y curiosidades) con una rara carta de la alcurnia de McCodrun, la señora Stambley habría comprado un mapa de los mares británicos decorado con tritones que tocaban «sus retorcidos cuernos» (eso había dicho el agachado vendedor). Se había sentido brevemente tentada. Ella coleccionaba «objetos de mer», como solía denominarlos. Artefactos y antigüedades marinas. La magia marina era su especialidad en el grupo. Pero el linaje de la familia McCodrun había agotado la holgada asignación para papel. Y la señora Stambley, siempre precisa en sus cálculos, jamás gastaba más de lo permitido. Como tesorera del grupo, ella tenía que mantener a raya al resto de miembros. No podía hacer menos con ella misma.
Por eso lanzó «ohs» y «ahs» en provecho del propietario, y porque el mapa era muy bello y probablemente del siglo diecisiete. Incluso logró que él rebajara varias libras el precio, manteniendo su interés por el mapa. Y el propietario se impresionó tanto con los conocimientos del mar y sus pobladores de la dama norteamericana que le devolvió la sonrisa pese a no haber comprado nada.
Las siguientes dos tiendas fueron una total pérdida de tiempo. Una estaba llena de reproducciones y material de segunda mano, tazas de porcelana pobremente pintadas y tarada cristalería. La señora Stambley salió olisqueando, murmurando en voz baja «chatarra», sin preocuparse de que la mujer del mostrador pudiera oírla. La tercera tienda fue peor, un supuesto establecimiento de artesanía repleto de tapas tejidas a mano para teteras y pobres labores de ganchillo de colorido simplemente consternador.
Al entrar en la cuarta tienda, la señora Stambley contuvo el aliento. El olor estaba allí, el olor a magia de alta mar. Tan profundo y tan oscuro que bien podía provenir de la Fosa de las Marianas. En todos sus años de búsqueda, ella nunca había hecho tal hallazgo. Se llevó la mano derecha al corazón y vaciló un poco mientras arrastraba uno de sus sensibles zapatos. Luego se irguió y miró el interior.
La tienda era mucho más alargada que ancha, con una escalera que subía en el punto medio de la pared. El resto de las paredes estaba tapado por aparadores donde se exhibían con muy buen gusto platos y copas de estilo Victoria y Eduardo. Un objeto en particular atrajo la atención de la norteamericana, porque tenía un Poseidón en un lado. Se acercó a mirarlo, pero el olor mágico no procedía de allí.
Libros amontonados en el suelo obstruyeron su camino, y la señora Stambley examinó algunos. Encontró una Enciclopedia Británica casi completa, la edición de 1913, a la que únicamente faltaba el volumen decimotercero. Había una primera edición de El libro de los condenados de Fort, y un misterioso libro mágico tan castigado por el agua que era imposible leer un solo hechizo. Había tres ejemplares de bolsillo de El folklore del mar, un agradable libro que ella tenía en casa. E incluso el oscuro Melusina, o la señora del mar en inglés y francés.
La señora Stambley pasó cuidadosamente junto a los libros y miró un instante tres recipientes de vidrio que contenían bonitas réplicas de primitivas goletas, incluso con las tallas de los mascarones de proa: una doncella india, un ángel, una anónima musa con largo y suelto cabello. Pero ya tenía varias cosas parecidas en su casa, siendo su favorita una supuesta copia del legendario barco del Holandés Errante. Mirar no cuesta nada, no obstante, y por eso ella estuvo mirando bastante rato, concediéndose tiempo para acostumbrarse al olor a profunda magia.
Casi tropezó con un cuarto recipiente, y tras darse la vuelta tuvo la conmoción de su vida.
En una vitrina de vidrio con adornos de bronce, apoyada en dos pies de madera, había un tritón malasio.
Ella había leído cosas sobre los tritones, naturalmente, en notas al pie de oscuras publicaciones especializadas y en un libro de encantamientos marinos especiales, pero jamás, ni en sus más alocados pensamientos, había imaginado ver uno. Se decía que los tritones habían desaparecido totalmente.
No eran auténticos tritones, por supuesto. Eran más bien obra de nativos malasios realizados a partir de monos y peces. Los malasios mataban a los monos, cortaban la parte superior, del ombligo para arriba, y les cosían una cola de pez. Los restos momificados los vendían después a inocentes hombres de mar en tiempos Victorianos. Los nativos llamaban tritones a las momias y los jóvenes marineros lo creían, llevaban su compra al hogar y la regalaban a seres queridos.
Y ahí, apoyado en pies de madera, se encontraba una muestra particularmente horrible, probablemente rescatada del desván donde había permanecido tantos años, cubierta de polvo, pudriéndose.
Era de color verde grisáceo, predominando más el gris, y tan esquelético que su caja torácica hizo pensar a la señora Stambley en fotos de niños africanos famélicos. Tenía los brazos al frente, muy rígidos, como un perro que estuviera chapoteando fuera del agua. La mueca de la cara, que tenía abultados labios y enormes orejas, era una fija mirada de horror. La señora Stambley no consiguió ver las costuras que unían la mitad de mono al pez.
—Veo que le gusta nuestro tritón —dijo una voz detrás.
Pero la señora Stambley no volvió la cabeza. Simplemente no podía apartar los ojos de la grotesca momia de la vitrina con adornos de bronce.
—Un tritón malasio —murmuró la señora Stambley. Una parte de su ser reparó en la etiqueta del precio a un lado de la vitrina: trescientas libras. Seiscientos dólares. Más de lo que llevaba encima... pero...
—De modo que sabe lo que es —prosiguió la voz—. Malo, malo. Muy malo.
El tritón cerró y abrió sus párpados desprovistos de pestañas y volvió la cabeza. Sus ojos eran totalmente negros, sin iris. Al doblar los labios hacia adentro dejó ver unos afilados dientes de apagado color amarillento. No tenía lengua.
La señora Stambley trató de apartar la mirada y no pudo. Se sintió arrastrada, arrastrada y arrastrada hacia las negras profundidades de aquellos ojos.
—Eso es francamente muy malo —repitió la voz, pero ahora muy distante y apagándose con rapidez.
La señora Stambley trató de abrir la boca para chillar, pero sólo brotaron burbujas. Estaba totalmente rodeada de oscuridad, frío y humedad, y a pesar de todo algo siguió tirando de ella hacia abajo hasta que aterrizó, con un desagradable ruido sordo, en un suelo de arena. Se levantó, se arregló la falda y el sombrero. Luego, mientras ponía el bolso firmemente bajo el brazo, notó que algo le aferraba el tobillo, como si las algas quisieran que ella echara raíces en aquel lugar. Empezó a debatirse cuando un cambio de la corriente que le golpeaba la cara la obligó a levantar la cabeza.
El tritón nadaba hacia ella, perezosamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo para llegar hasta la mujer.
La señora Stambley cesó su derroche de fuerzas para deshacerse de la traba de las algas, y abrió cuidadosamente su bolso sin dejar de mirar al tritón, que ya había recorrido la mitad de la distancia que lo separaba de ella. Su boca se abría y cerraba con horribles mordiscos. Sus huesudos dedos, con opacas membranas, parecían estirados hacia la mujer. Su cara de mono sonreía. Tras él dejaba una oscura y agitada estela.
El agua remolineó alrededor de la señora Stambley, le levantó la falda, hizo agitarse el dobladillo y dejó ver la braga. Por encima del tritón, muy arriba, la señora Stambley vio las sombras más oscuras de unos tiburones que daban vueltas, a la espera de lo que el tritón les dejara. Pero ni siquiera ellos osaban acercarse más mientras el tritón iba de caza.
Y después el fantástico animal estuvo tan cerca que la mujer vio el hueco de su boca, los tijereteados dientes, la negras uñas, la colérica vibración de las membranas. El ruido del animal llegó a la turista a través del filtro del agua. Igual que los lamentos y crujidos de un barco que zozobra.
La mano de la señora Stambley ya estaba dentro del bolso, con los dedos cerrados sobre la cartera y buscando en el bolsillo de las monedas las plumas de abadejo que guardaba allí. Cogió las plumas y las sostuvo ante ella. Era magia aérea, una magia más fuerte que la del mar, y estaban bendecidas en la iglesia. Daban buena suerte para enfrentarse a los pobladores del mar. La mano de la mujer sólo tembló un poco. Pronunció una palabra mágica que las agitadas aguas arrebataron de sus labios. El tritón se detuvo un instante, manteniendo sus grisáceas manos delante de su cara.
Las algas que rodeaban el tobillo de la señora Stambley se apartaron. La mujer dio una patada y descubrió que estaba libre.
Pero por encima un gran tiburón blanco dio la vuelta bruscamente y lanzó un golpe de agua hacia el cuerpo de la turista. Las minúsculas plumas se rompieron y la señora Stambley tuvo que soltarlas. Las plumas pasaron flotando junto al tritón y desaparecieron.
El animal bajó las manos, le sonrió como un mono de nuevo y siguió nadando. Pero ella sabía, igual que él, que el tritón no estaba a salvo de sus conocimientos. Eso le dio una ligera esperanza.
La mano de la mujer volvió a introducirse en el bolso y buscó la cremallera de un bolsillo. La abrió y sacó varios huesecillos, de un cangrejo bayoneta encontrado en las islas Elizabeth frente a la costa de New Bedford. Era potente magia marina y la señora Stambley confiaba enormemente en ellos. Cerró los dedos alrededor de los siete huesecillos, se los llevó primero al pecho, luego a la frente, finalmente los lanzó al tritón.
Los huesos flotaron entre mujer y animal y con la luz que se filtraba parecieron danzar, crecer, cambiar y unirse por fin formando una maraña.
La señora Stambley dio varias patadas, creó un seno de burbujas y, sosteniendo su sombrero con una mano y el bolso con la otra, entró como una anguila en el laberinto de huesos. Sabía que el ardid sólo serviría un par de minutos en el mejor de los casos.
Detrás de ella oyó el grito de caza del tritón, que buscaba la forma de introducirse. La mujer hizo caso omiso de los gritos y se impulsó con los pies a un ritmo constante, para situarse en el corazón del laberinto. Entrar era siempre más fácil que salir. La estela de burbujas llevaría adentro al tritón en cuanto encontrara la entrada. De momento la señora Stambley seguía oyendo sus golpes contra las paredes.
El bolso contenía un último objeto mágico. Una navaja arrastrada por el mar, abandonada en una playa de la costa norte, cerca de Rockport. Tenía una empuñadura negra con una guarda, y ella había montado una moneda de plata en el mango.
El agua del mar formaba variables dibujos en la hoja, que un momento parecían fuego, luego aire, la escritura del poder. La señora Stambley no era tan tonta como para leer esa escritura. Se volvió hacia el pasillo por donde el tritón debía aparecer. Con la navaja en la mano derecha, el sombrero torcido, el bolso agarrado bajo el brazo izquierdo, la turista supuso que su aspecto no sería el de una curtida luchadora. Pero en la magia, como cualquier bruja experta sabía, la apariencia era muy importante. Y ella no pensaba rendirse.
—Gran Lir —dijo, y su humana lengua añadió más urgencia a las burbujas que fluyeron de su boca—. Poseidón que ruges como un toro, Neptuno que arrojas lanzas, poderoso Njórd, Dragón de la cola hendida, mantenedme a salvo en las verdes palmas de vuestras manos. Sacadme ilesa del mar. Y cuando vuelva al hogar, os obsequiaré a vosotros y a los vuestros.
En algún lugar cercano chilló un animal, un toro, un caballo, una gran serpiente marina. Era la respuesta. En unos instantes ella sabría el significado. La señora Stambley escondió detrás de la espalda su mano derecha, con la navaja, y esperó.
El agua del laberinto de huesos se agitó coléricamente y el tritón dobló el último recodo. Al ver a la señora Stambley apoyada en la frágil pared, se echó a reír. La risa brotó de su boca como una cascada, formando un torrente de burbujas. El ruido de las burbujas al reventar subrayó especialmente el regocijo del animal. Después, el tritón mostró de nuevo sus horribles dientes, agitó la cola para avanzar e inició la caza.
La señora Stambley mantuvo la navaja oculta hasta el último instante. Y entonces, mientras los esqueléticos brazos del tritón buscaban su cuerpo, mientras los dedos de las manos apretaban el cuello de la mujer y sus afilados incisivos avanzaban hacia la garganta, la señora Stambley sacó el brazo y acuchilló al animal en un costado. El tritón retrocedió horrorizado, y la mujer atacó de nuevo, con la misma pericia, como si cortara pescado. El animal dobló la espalda, abrió la boca, lanzó un mudo chillido de burbujas y ascendió lentamente hacia la blanca luz de la superficie.
El laberinto de huesos se esfumó. La señora Stambley metió la navaja en su bolso, alzó las manos por encima de la cabeza y ascendió igualmente, dejando atrás una estela de burbujas tan oscuras como la sangre.
—Muy malo —acababa de decir la voz.
La señora Stambley dio media vuelta y sonrió suavemente mientras se arreglaba el sombrero.
—Sí, lo sé —dijo—. Muy malo que se halle en ese estado. Por trescientas libras me gustaría algo que estuviera un poco mejor cuidado.
La turista se hizo a un lado.
La propietaria de la tienda, una mujer arrugada y pintarrajeada con una membrana entre los dedos índice y medio, respiraba con dificultad. En la vitrina, el momificado tritón había caído de espaldas. En un costado tenía una profunda herida de cuchillo. La cavidad pectoral estaba hueca. Apestaba. Bajo el cuerpo había siete nudosos palitos que parecían, sorprendentemente, huesos.
—Sí —prosiguió la señora Stambley, sin molestarse en pedir disculpas por su apresurada salida—, un estado más bien lamentable. Me asombra que alguna gente trate de embaucar a los turistas. Por suerte yo no soy tan tonta.
Atravesó la entrada y se alegró al comprobar que el sol iluminaba la callejuela. Se llevó una mano a su abultado pecho y respiró profundamente.
—Espera, espera a que lo cuente al grupo —dijo.
Luego se abrió paso hasta la calle principal, donde el resto de turistas y el guía se hallaban tras bajar de la montaña. La señora Stambley caminó briosamente hacia ellos, arreglándose el sombrero una vez más y sonriente. Ni siquiera el pensamiento de haber perdido el mapa de los tritones logró deprimir su ánimo. La mirada de sorpresa de aquella vieja bruja que era la propietaria de la tienda compensaba el susto. Pero, ¿qué regalo suficientemente bueno podía ofrecer a los dioses? Un problema que ella podía resolver felizmente durante el viaje de regreso.