INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta huir. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta huir. Mostrar todas las entradas

Correr - George R. R. Martin

Había ocasiones, según los distintos casos, en que Colmer se sentía extrañamente inquieto. Pero nunca sa­bía exactamente el motivo. Constantemente lindaba en el aburrimiento, pero en lo más íntimo de su ser sabía que había algo más.

Claro que Colmer era un hombre de recursos. Cuan­do le asaltaba un cambio de humor tenía el remedio a mano. Lo mejor, había descubierto, era volver a la ac­ción. Sus servicios siempre eran muy solicitados. Era un Maestro Sondeador, uno entre el centenar escaso de todo el espacio. A veces, si los clientes no podían abo­nar sus fabulosos honorarios, aceptaba un pago menor. Esto, si el caso era interesante y él se sentía aburrido.

Colmer tenía aún otros recursos para las ocasiones en que no hallaba ningún caso. A menudo se mantenía ocupado con juegos, con los amigos y con los deportes. Y con la comida, frecuentemente con la comida. Era un hombre bajito, sosegado, a quien le gustaba mucho co­mer, especialmente cuando estaba de malhumor y no tenía otra cosa que hacer. Colmer estaba seguro de que la comida formaba parte de su propia vida.

Estaba sentado en el Vieja Dama, aguardando su cena en una pausa entre sus casos, cuando le encon­tró Bryl.

El Vieja Dama había sido una goleta en otros tiem­pos. Ahora flotaba en el muelle de Sullivan, en el cora­zón del distrito pescador del Viejo Poseidón. Cerca, las embarcaciones plateadas, de suma elegancia, iban y ve­nían diariamente, dragando las riquezas marítimas del Gran Mar de Poseidón. 

Las barcas arrastraban enormes redes llenas de sardinas plateadas y otros peces. Otras, asimismo, retenían inmensas cargas de cangrejos sala­dos. Y los barquichuelos, cosa extraña, pescaban los gigantescos peces de aletas en pico y las anguilas vam­piro, cuya carne era negruzca y mantecosa.

Todo el distrito olía a pescado, mar y sal, y Colmer lo amaba. Cuando le quedaba algún tiempo libre, se tomaba un día de asueto y paseaba por las calles re­vestidas de madera. Contemplaba las barcas de pesca al amanecer, y luego bebía hasta mediodía en los bares del muelle, buscando más tarde curiosidades en las tien­das más polvorientas que encontraba. A última hora de la tarde, descubría usualmente que tenía un apetito fe­roz. Entonces se encaminaba al Vieja Dama. Había va­rias docenas de restaurantes marineros en aquel distri­to, pero el mejor era el Vieja Dama.

Aquel día acababa de saborear un suculento plato cuando Bryl arrastró una silla y se sentó a la mesa.

–Necesito su ayuda –murmuró rápida y llanamente.

Colmer quería cenar sin compañía. Frunció las ce­jas.

–Tengo un consultorio –le recordó al otro.

–¿Tiene expedientes de todos sus clientes?

–Naturalmente –asintió Colmer.

–Yo no quiero expediente alguno. Por eso estoy aquí. Me dijeron que Adrián Colmer siempre cenaba en el Vieja Dama y que le encontraría con un poco de pa­ciencia. Ignoraba si podría esperarle mucho, pero he tenido suerte. Ayúdeme, por favor.

Colmer se sintió repentinamente interesado, despier­ta su curiosidad. Estudió al desconocido que tenía de­lante. Era un individuo alto, delgado, de rostro moreno enmarcado por el cabello, que le llegaba a los hombros; llevaba un traje anodino, que podían llevar miles de hombres. Pero la cara carecía de edad, el sujeto agitaba nerviosamente los dedos y movía constantemente los ojos. Colmer abarcó todo esto de una sola ojeada.

Claro está, podía sondear. Algunos Talentos lo ha­brían hecho, sin preocuparse de la ética profesional. Pero Colmer sólo ejercía por dinero.

Le ofreció a Bryl un vaso de vino de la botella que estaba sobre la mesa.

–Está bien –musitó–. Coma, si gusta. Y dígame por qué necesita ayuda.

Bryl aceptó el vino, y lo probó, sin dejar de mover los ojos.

–Me llamo Ted Bryl. Y quiero que me sondee. Me persiguen. Llevan años persiguiéndome. Estoy seguro de que quieren matarme, aunque ignoro por qué. Por lo que recuerdo, toda la vida me han estado cazando y yo he estado corriendo.

Colmer juntó las manos y apoyó en ellas la barbilla.

–Usted parece paranoico –decidió.

No le gustaba andarse con rodeos.

Bryl se echó a reír.

–Sí, lo parezco, claro. Pero no lo soy. He ido a la policía. Me sondearon y saben que tengo razón. A veces, incluso han arrestado a algunos de los que me persi­guen. Pero siempre acaban por soltarles. Y no me ayu­dan en nada.

–Muy paranoico.

–La policía me ha sondeado, repito.

Colmer sonrió con tolerancia.

–La policía siempre sondea –asintió.

Lo dijo como un médico pronunciando quiropracticante.

–Bien –exclamó Bryl–. Sondéeme. Véalo usted mismo.

–No se altere. Sí es usted un paranoico, seguramen­te podré ayudarle. Un Maestro Sondeador es un psicólogo calificado, entre otras cosas. Sin embargo, usted no ha hablado de precios...

–No puedo pagar nada. Tengo muy poco dinero. Con­sigo empleos, pero duran poco. He de echar a correr. Nunca están muy lejos de mí.

–Ya –Colmer le estudió un minuto–. Bien, por el momento, no tengo ningún caso. De modo que puedo interesarme por su problema. Si no se lo cuenta a na­die, le ayudaré sin pago alguno. En caso contrario, yo lo negaré, claro.

–Claro –asintió Bryl Colmer le sondeó.

Todo acabó en menos de un minuto; una rápida aber­tura de la mente de Colmer, un trago, un dragado. Para un espectador ingenuo, una sola mirada vacua.

Luego, Colmer se retrepó en su asiento, se rascó la barbilla y cogió su vaso.

–Es auténtico –murmuró–. Oh, muy extraño.., –Eso es lo que dijeron los policías al sondearme –sonrió Bryl–. Pero ¿por qué? ¿Por qué me persi­guen?

–Usted no lo sabe, de modo que yo no lo sé, ni puedo saberlo sin sondear a uno de ellos. A propósito, usted tiene una barrera. –¿Una barrera?

–Un bloqueo mental. Su memoria se remonta sólo a cinco años y unos meses, y después retrocede a la adolescencia. Que pasó hace ya mucho tiempo, claro. Indudablemente, usted sufrió bastante. En su cabeza hay un gran agujero. Y, por algún motivo, alguien lo puso allí.

Bryl pareció asustado súbitamente. –Lo sé –murmuró–. Creo que fue cosa de ellos. Yo debo de saber algo, algo muy importante. Y ellos se llevaron mi memoria. Pero temen que la recobre. De modo que ahora quieren matarme. ¿No es así?

–No –denegó Colmer–, no puede ser tan simple. Si fuesen unos criminales, la policía no les volvería a soltar. Y recuerde que esto ha sucedido ya varias veces. En Newholme, en Baldur, en Silversky. Ha viajado us­ted mucho. Le envidio –sonrió el Maestro.

Bryl no correspondió a la sonrisa.

–He huido mucho, quiere decir. No me envidiaría de haber sido usted el fugitivo. Mire, Colmer, vivo en un temor constante. Cada vez que miro por encima del hombro, me pregunto si estarán ya muy cerca de mí. Y a veces lo están.

–De acuerdo, ya lo vi. La vez en que la joven gruesa estaba sentada en su apartamento cuando usted entró en él. El individuo que aguardaba en el aerospacio cuando usted regresó de su viaje a los puertos orbita­les. La rubia que le siguió en el carnaval. Recuerdos vi­vidos, en abundancia. Muy estremecedor.

Bryl le estaba mirando, con el asombro escrito en su semblante.

–¡Dios mío! ¿Cómo puede usted hablar así? Colmer, usted es un pez de sangre fría.

–A la fuerza. Soy un Sondeador.

–¿Qué más puede decirme?

–Que los tres actúan juntos. Pero usted ya lo sabe, ¿no es cierto? La rubia es telépata. Por eso puede se­guirle. El individuo es el guardaespaldas de la rubia. La gruesa... no lo sé. Es muy rara. Sonríe como una idio­ta. No comprendo su función en esto. Pero parece ate­rrarle a usted.

–Sí –Bryl sintió un escalofrío–. Lo entendería si la viese. Es gorda. Enorme y blanca, como un inmenso caracol. Y siempre sonríe, maldita sea, siempre me son­ríe. Nunca sé cuándo se presentará. Aquella vez en Newholme estaba sentada, sonriéndome... Fue como... como encontrar una cucaracha en un plato de sopa a medio comer. ¡Qué asco!

–Y usted está convencido de que desea matarle –re­flexionó Colmer–. Ignoro por qué. Si hubiera que eje­cutar un asesinato, el hombre sería el instrumento más lógico. Es muy alto, y parece muy fuerte. Usted ya ha visto la pistola que lleva.

–Lo sé –asintió Bryl–. Pero no sería él el asesino. También lo sé. Por esto la gorda sonríe siempre.

–Puede usted comprar una pistola y matarles a ellos –aconsejó Colmer.

–Nunca... –tartamudeó el cliente muy sorprendi­do–, ...nunca había pensado en ello.

–Cierto, y es muy extraño. ¿No lo cree así?

–Sí, pero no podría matar. No soy un hombre vio­lento.

–Al contrario, es usted muy violento –objetó Col­mer–. Aunque estoy de acuerdo. Usted no quiere usar la fuerza contra ellos por algún motivo que ni usted mismo sabe.

–¿No puede ayudarme? –Bryl agitaba nerviosamen­te los dedos–. ¿Antes de que me encuentren?

–Tal vez sí. Sin embargo, ya le han encontrado. La rubia acaba de entrar en el restaurante. Y la conducen a una mesa.

Bryl lanzó un gemido sordo y giró sobre sí mismo en su silla. Al otro lado del local, el maitre acompañaba a una joven muy rubia hasta una mesa. Bryl la contem­pló, boquiabierto.

–¡Dios mío! –murmuró–. ¡No quieren dejarme tran­quilo!

De repente se puso en pie y echó a correr. A correr, literalmente, saliendo del Vieja Dama. La rubia ni si­quiera le miró.

Colmer le vio irse, y luego se asomó al ojo de buey. Bryl todavía se aterraría más al llegar al muelle. Allí abajo, una chica gorda, con una sonrisa idiota, estaba sentada al borde del desembarcadero, contemplando cómo sacaban la pesca de las barcas.

–Muy dramático –comentó Colmer.

En aquel momento le sirvieron el segundo plato; pescado azul cocido con queso. Sin embargo, se levantó.

–Voy a reunirme con aquella joven –le dijo al ca­marero, señalando a la rubia–. Lleve allí mi cena.

Atravesó el establecimiento y tomó asiento. El ca­marero le siguió con el plato de pescado.

La rubia levantó la mirada.

–Adrián Colmer –pronunció–. He oído hablar de usted.

Colmer le dio las gracias.

–Me ha sondeado sin mi permiso. Muy antiprofesio­nal, jovencita. Pero la perdono. Estoy seguro de que no ha visto gran cosa. Mis defensas son excelentes.

–Cierto –sonrió ella–. Supongo que era inevitable, que él solicitase un sondeo privado. ¿Qué es lo que sabe usted?

–Todo lo que él sabe. Lo bastante para hacerla arres­tar a usted, a menos que me lo explique todo.

–Él nos ha hecho arrestar de cuando en cuando. Y la policía siempre nos ha soltado. Pero adelante, son­dee.

–¿No piensa resistirse?

–No. Me sentiré muy honrada.

Colmer la sondeó.

No llegó muy lejos. Al fin y al cabo, ella era un Ta­lento. Sólo una ojeada, pero fue bastante. Después, el Maestro se retrepó en la silla, parpadeando rápidamente con gran confusión.

–Cada vez es más curioso. ¿Él la contrató?

–No lo recuerda, claro. Fue parte del trato. Pero po­seemos todos los documentos. Suficiente documentación para convencer a la policía siempre que nos detienen. Y no pueden decírselo a él. Esto también está en los docu­mentos. De lo contrario, se rompería la barrera y ha­bría una grave demanda judicial.

–Edward Bryllanti –murmuró Colmer–. Sí, ese nombre me suena. Muy acaudalado. Podía permitírselo Pero ¿por qué lo hizo? Una existencia de temor constan­te, de constantes fugas...

–Fue idea suya –explicó la joven–. Incluso esco­gió a Freda. Claro está, es idiota. Con el cerebro tras­tornado. Tenemos que llevarla de la mano y dejarla donde él pueda verla. Pero algo de esa gorda le aterra. Y echa a correr de nuevo.

Colmer empezó a comer. Masticaba lenta, pensativa­mente.

–No lo entiendo –admitió al fin, entre dos bocados.

–Usted no ha sondeado bastante –sonrió la rubia–. ¿No lo descubrió? Dígame, ¿no se ha preguntado algu­na vez si alguna cosa valía la pena? ¿No ha pensado en ocasiones que todo carece de significado, que todo está vacío?

Colmer se limitó a mirarla fijamente, sin dejar de masticar.

–Bryllanti lo pensó muchas veces –prosiguió ella–. También tenía psiquismos, y consultó a Sondeadores. No le sirvieron de nada. Y finalmente hizo esto. Ahora ya no ha vuelto a pensarlo. Vive todos los días plena­mente, porque piensa que cada día puede ser el último. Vive constantemente agitado, con un miedo continuo, y no le queda tiempo para pensar si vale o no la pena vivir. Está demasiado ocupado y, así, se limita a se­guir viviendo. ¿Lo entiende ahora?

Colmer continuaba mirándola, sintiendo de repente un intenso frío. El pescado en su boca tenía el sabor de aserrín mojado.

–Pero huye –murmuró al fin–. Su vida está vacía. Sólo corre, corre sin ningún sentido, por un sendero de su propia creación.

–Me defrauda usted, Maestro –suspiró la rubia– o Esperaba una visión más acertada de un Maestro Sondeador. ¿No lo comprende? Todos corremos.

Después de oír estas palabras, Colmer decidió reba­jar sus precios, y conseguir más casos. Pero a menudo todavía cambia de humor.

Casa Tomada - Julio Cortázar

 Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos a mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor de preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba la plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

 Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venia impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la puerta antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

—Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

—¿Estás seguro?

Asentí.

—Entonces —dijo recogiendo las agujas— tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene extrañaba unas carpetas, un par de pantuflas que tanto la abrigaban en invierno. Yo sentía mi pipa de enebro y creo que Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

—No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

—Fíjate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en vos más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos más despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

—Han tomado esta parte —dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

—¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? —le pregunté inútilmente.

—No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

Combate Singular - Robert Abernathy

Salió con extremo cuidado de la cámara subterránea y cerró tras él la puerta con llave. Sus tensos nervios le empujaron repentinamente a huir. Subió corriendo la escalera. Tropezó con un peldaño podrido, recuperó a duras penas su equilibrio, y se detuvo, las piernas temblando, jadeante, luchando contra su pánico.
Tranquilo. Nada te empuja.
Calmosamente, regresó a la puerta y comprobó una vez más la solidez de la maciza cerradura. Se metió la llave en el bolsillo, luego la volvió a sacar con una mueca de disgusto, y la arrojó a la reja metálica que cubría el desagüe. La llave golpeó contra uno de los travesaños y rebotó, reluciente, en el cemento.
Febrilmente, como un hombre pateando un escorpión, la empujó hacia la reja. La llave se colgó a uno de los travesaños, osciló durante unos segundos, tintineó contra el metal, y luego desapareció de su vista.
Se sentía nuevamente dueño de sus reacciones nerviosas. Subió los peldaños sin girarse, y se detuvo en la embocadura de la desierta calle. Nadie a la vista; nada excepto la suciedad de aquel estrecho pasaje, coronado por los ciegos ojos de las ventanas manchadas de pintura blanca. Un cubo de basura yacía en mitad del pasaje, rodeado de grasientos papeles. En la pared de ladrillo alguien había colocado cuidadosamente de pie una botella vacía, como si, una vez sorbido su contenido, no hubiera sabido qué hacer con ella.
Contempló todas aquellas cosas, símbolo de una fealdad que durante tanto tiempo había inundado su mente hasta hacerle perder casi la razón, con un nuevo e irónico despego, considerándolas como temporales y desprovistas de toda importancia.
El claro cielo de aquel atardecer era como un velo desplegado sobre la ciudad. Tras aquellas achaparradas edificaciones, ennegrecidas por la suciedad, se erguían los grandes inmuebles, brillando a través de todas sus ventanas. Sobre todo aquello, flotaban perezosamente las motas de hollín, deslizándose en un aire quieto y asfixiador. Los coches pasaban con gran estruendo por las calles, y los vapores que dejaban tras de sí se mezclaban con el olor del asfalto sobrecalentado. La calleja hedía; la ciudad hedía; incluso el río, con sus rápidas aguas, hedía.
Echando la cabeza hacia atrás, frunciendo los ojos para poder soportar la reverberación, inspiró aquel aire cargado con la acritud de los recuerdos.
El hedor de innumerables veranos... Levántate, huelo a gas. No, es el viento, que sopla desde la otra orilla. Las refinerías de allá abajo. Pero al pequeño le cuesta respirar. ¿Es que no podemos hacer nada? El eterno gruñido ronco, la voz de la gran ciudad... ¡Malditos camiones! ¿Por qué no se paran por la noche? ¡No hay forma de dormir! Si tan sólo pudiera dormir un poco... Las voces roncas, los pitidos, los golpes, la brutalidad de la vida aprisionada por una jungla de cemento y acero... ¡Dale una paliza! Que no vuelva a poner los pies en el barrio. ¡Vamos, dale! Maldito negro, sucio chicano, cochino judío... El asfalto quemándote los pies a través de las suelas de tus zapatos, gastadas por kilómetros y kilómetros de andadura... Llega usted demasiado tarde, ya no contratamos a nadie. Vamos, lárguese. No, porque no, porque le digo que no. Vamos, lárguese. No. No. El eterno odio, acumulado sin cesar...
Escupió contra la pared de ladrillo.
—Tú te lo has buscado —dijo a media voz—. Cuando ocurra..., quizá comprendas que he sido yo, yo, quien te ha hecho eso.
En aquel momento imaginó que la ciudad le oía, que temblaba ante él, presa del pánico. Que un estremecimiento la recorría de extremo a extremo, propagándose a lo largo de sus nervios de acero y de cobre, desde lo alto de las más altas flechas tendidas al cielo hasta sus entrañas profundamente hundidas en el suelo, desde las moradas de los ricos en las alturas hasta los inmundos sótanos de los ghettos.
No te apresures. Nada te empuja. Tres horas aún. Estaría lejos, contemplándolo todo, cuando ocurriera. Una cita aproximada de las Escrituras acudió a su mente: Y contemplarán a lo lejos el humo de sus incendios, y el humo de sus incendios ascenderá, ascenderá eternamente.
Salió casi ciegamente del callejón y se abrió camino por la acera entre la gente. Un paso, luego otro, luego otro, luego otro... Cada paso le alejaba de la cámara subterránea de la puerta cerrada con llave.
Un paso, luego otro, luego otro... Como tantas veces en las que, movido por su cansancio, su desesperación y su odio, había recorrido aquellas mismas calles. Pero ahora, a cada paso, le parecía como si la ciudad temblara bajo sus pies, como si los altos edificios vacilaran ante la inminencia del derrumbe final, y la ciudad tuviera miedo.
Los ciegos caminantes, los muertos en vida, no notaban nada. No veían que él, hasta ahora mezquino y denigrado, se había convertido en más alto que los más altos rascacielos, se había convertido en un gigante justiciero...
Un chirriar de frenos. Dio un salto atrás, desconcertado. Hubiera jurado que hacía tan sólo un segundo el semáforo estaba verde para él, cuando había bajado de la acera.
Los motores roncaban coléricos, las enormes ruedas laminaban el desigual asfalto. La calle se había convertido de repente en algo inmenso y lleno de peligros. Volvió a la acera, con la mirada fija en la tenebrosa luz roja, y se pegó al escaparate del almacén que hacía esquina, intentando dominar el temblor de sus dedos mientras buscaba un cigarrillo en sus bolsillos.
Podía haber resultado muerto.
No ahora, pensó. No en un estúpido accidente. Porque hubiera podido resultar peor que muerto. Se imaginó a sí mismo herido, transportado al hospital, unos restos sangrantes, pero con toda su conciencia y el horrible pensamiento que allá abajo, no muy lejos de él, tras la puerta cerrada con llave, un elemento se transformaba en otro a una velocidad inmutable, que se acercaba la hora.
Accionó en forma brusca y temblorosa el encendedor, pero la llama se negó obstinadamente a prender. Dirigió una maldición al mecanismo, y de repente se sintió sobrecogido por un sudor frío. Sus oídos registraron la estridente vibración de una cuerda tensa rompiéndose, un ruido de origen indeterminable, azotando sus nervios ya sobreexcitados.
Miró ansiosamente a derecha, a izquierda, a todos lados. Entonces, distintamente, dominando los ruidos de la calle, momentáneamente descendidos de nivel, oyó proveniente de arriba un chasquido de metal desgarrado, torturado. Levantó furtivamente la mirada, soltó encendedor y cigarrillo, y dio un salto de costado. Su corazón latía dolorosamente en su pecho.
Justo encima del lugar donde había estado unos segundos antes, la marquesina que sostenía un gran anuncio publicitario cedió, doblándose, inclinándose peligrosamente, con sus nervios de acero retorciéndose, a punto de romperse.
La contempló fascinado, sin sentir siquiera el sudor que chorreaba por su rostro. El anuncio osciló, pero no llegó a caer. Sin embargo, tuvo la absurda convicción que, si regresaba al lugar que ocupaba unos minutos antes, el anuncio caería.
Era una idea absurda. Intentó echarse a reír, pero su garganta estaba agarrotada. Retrocedió prudentemente unos pasos, luego dio media vuelta y se alejó apresuradamente del cruce. Caminaba siguiendo el bordillo de la acera, levantando frecuentemente la cabeza.
Cuando había recorrido la mitad de la manzana se dio cuenta, con un sobresalto que lo envaró, que estaba volviendo sobre sus pasos, regresando a la cámara subterránea cerrada con llave.
Se detuvo en seco. Pero se sentía incapaz de regresar al cruce que había intentado atravesar. Permaneció unos instantes inmóvil, vacilante, esforzándose una vez más en dominar su pánico.
En la acera opuesta, justo ante él, se abría una boca de metro. Si no se hubiera sentido tan agitado la habría visto la primera vez.
Evidentemente..., el metro. Un cuarto de hora de camino, y estaría seguro. Miró a derecha e izquierda, luego hacia arriba —con una nueva circunspección que se estaba convirtiendo ya en un hábito—, y se lanzó a la calzada.
A medio camino se detuvo tan bruscamente que estuvo a punto de caer. Se giró, estremecido: sus pasos le habían conducido en línea recta hacia la boca de una cloaca abierta al cielo, sin tapa, sin ninguna protección.
Con el cuerpo agitado por el estremecimiento de la reacción nerviosa, llegó ante la entrada del metro. Y, de repente, tuvo la impresión que aquel ya no era un lugar familiar, sino unas fauces de cemento que conducían a regiones infernales. De aquellas profundidades, de algún lugar más allá de las escaleras débilmente iluminadas que contemplaban sus ojos, surgía un vasto rugido, el aliento de un aire fétido y cargado de húmedas viscosidades.
El peligro estaba presente en todas partes, en el aire y bajo tierra. El rugido de un tren pasando bajo sus pies era como una voz triunfante elevándose de los infiernos, a la que se sobreponía una cacofonía de notas más agudas: los gritos de las víctimas aplastadas, aullando en las tinieblas inferiores. Ni por todo el oro del mundo se atrevería a poner el pie en aquellos peldaños. Se alejó de aquel abismo y se detuvo, intentando reflexionar.
Había otros medios de transporte. Los autobuses, por ejemplo... Los taxis...
Pero no se movió.
En aquellas horas del atardecer, la calzada era un denso flujo de vehículos, moviéndose al compás de sus jadeos y de sus gruñidos. Los frenos chirriaban, los neumáticos gemían, las bocinas lanzaban hoscas advertencias, el metal resonaba contra el metal. En alguna parte, en una calle cercana, el aullido de una sirena sonó como un sollozo anunciando un desastre.
Pensó en accidentes, en colisiones, en un millón de riesgos. No podía resignarse a no sentir bajo sus pies el tranquilizante contacto del pavimento.
Nada te empuja. Él era quien mejor podía saberlo: él había hecho los reglajes y establecido el contacto. Mantén tu sangre fría; puedes ir lo bastante lejos a pie.
Otro pensamiento, fugaz, eludido por su conciencia: Ellos podrían haberle proporcionado un medio rápido de evadirse, como quizás habían hecho con todos los demás que habían realizado su tarea y se habían ido antes que él. Pero, desde el principio al fin, le habían concedido muy poco margen de reflexión. Había ejecutado sus órdenes, aprendido sumisamente sus slogans, tan ruidosos y carentes de sentido como un juguete infantil, sabiendo desde un principio que ellos tan sólo existían por una única razón: hacer de él el verdugo encargado de ejecutar a la ciudad. Los motivos que tenían para actuar así no le preocupaban en absoluto: él tenía sus propios motivos.
Mantén tu sangre fría y aléjate.
Los accidentes. En una ciudad como aquella ocurrían constantemente accidentes. Debía evitarlos y no dejarse desarmar por tan poco. No debía llamar la atención..., arriesgarse a ser detenido y conducido a la comisaría. Tenía aún mucho tiempo si no se dejaba ganar por el nerviosismo.
Pero la calle se había hundido ya en las sombras, y en un gran anuncio, sobre los edificios frente a él, la luz cambiaba, reflejando la cálida coloración que precede al crepúsculo.
Se puso nuevamente en marcha. Observaba cuidadosamente dónde ponía los pies, y vigilaba también el cielo, cada vez más oscuro. Quizá porque estaba atento, nada ocurrió. Cada nueva calle atravesada era una victoria, o un paso que le acercaba a la victoria.
Aparecieron las primeras luces. Las farolas rechazaron la naciente oscuridad, y una multitud de rótulos de colores empezaron a brillar y a parpadear, atrayendo las miradas de la multitud, que se apiñaba cada vez más numerosa en las aceras a medida que caía la tarde.
Las luces decían: Aquí se come y se bebe, aquí les ofrecemos música y la ocasión de olvidarlo todo por unos momentos.
La gente giraba como polillas bajo las luces, creyendo todo lo que anunciaban. Estaban cansados, no pedían otra cosa que creer. Hoy el día había sido duro, y suponían que el día siguiente sería igual, como lo había sido el día anterior y todos los demás.
Sólo él, abriéndose paso entre la gente, estaba mejor informado. Para la mayor parte de aquellos que le rodeaban, no habría día siguiente. Para la mayor parte...
Había recorrido ya unos tres kilómetros desde el Punto Cero, la cámara subterránea cerrada con llave en el centro de la ciudad, pero ni siquiera aquí comprenderían nada cuando todo ocurriera.
No los odiaba; incluso los compadecía un poco. Estaban atrapados en la trampa como él lo había estado. Pero odiaba la trampa, la ciudad en sí, con el veneno de todos aquellos amargos años...
Se detuvo un breve instante al otro lado de la calle. Y aquello estuvo a punto de costarle la vida.
En aquel lugar alejado del centro, los tranvías avanzaban a una respetable velocidad. Uno de ellos pasaba por su lado, un mastodonte rugiendo en forma atronadora sobre sus rieles de acero. Cuando su trole alcanzó la intersección de cables del cruce, algo saltó, y el hilo se tensó y se rompió con un resplandor parecido al de un relámpago. El extremo del hilo seccionado cayó sobre él como una gran serpiente, silbando rabiosamente y escupiendo llamas azules.
Sus reflejos le salvaron haciéndole dar un salto del que nunca se hubiera creído capaz. Se tiró de bruces al suelo, despellejándose las manos y las rodillas contra el pavimento y, sin concederse el menor respiro, se levantó de nuevo y echó a correr, con el cerebro sorbido por el miedo.
Con un inaudito esfuerzo de voluntad, se obligó a sí mismo a dejar de correr y miró hacia atrás. A la distancia de una manzana, la gente empezaba a aglomerarse alrededor del tranvía averiado —¿había, entre ellos, alguien que le buscaba?—, y se oyó el silbato de un policía.
El sonido del silbato le penetró hasta la médula, comunicándole un nuevo pánico. Atravesó, corriendo como un loco, la afortunadamente vacía calle —sin perder la noción de la dirección hacia donde debía proseguir—, y se sumergió en la oscuridad de una callejuela encajada entre oscuros inmuebles.
Mientras corría en la penumbra de la callejuela, algo, un sexto sentido, le hizo una advertencia, y saltó de costado como un jugador de rugby evitando a un contrario. El trozo de cornisa, cayendo sin ruido desde lo alto, se desmenuzó en fragmentos y polvo a un metro de él. Allá arriba, las palomas, asustadas, huyeron batiendo blandamente sus alas.
Salió a cielo abierto, a una calle iluminada pero casi desierta. Se detuvo apenas durante un segundo —con la sensación que cualquier vacilación podía serle fatal—, y luego, reconociendo el lugar donde se hallaba, giró bruscamente a la derecha y partió a la carrera.
La acera, allí, era vieja e irregular. De repente sintió que las losas se levantaban y que el suelo se curvaba ante él, en un esfuerzo por hacerle tropezar y caer, pero franqueó de un salto la zona peligrosa y prosiguió su agitada carrera. Subió una ligera pendiente y comenzó a descender por el otro lado. Allá abajo la calle terminaba en su cruce con otra, perpendicular, y las luces no seguían más allá: luego había tan sólo la oscuridad, con la sensación de un espacio despejado y el atisbo de un lejano reflejo de agua.
Ya casi estaba, dentro de poco iba a llegar...
... De la amplia calle bordeada de árboles surgió un enorme camión cisterna con remolque que tomó la curva demasiado aprisa. Con un patinaje y una brusca sacudida, la barra de enganche cedió y, mientras la unidad de tracción se subía a la acera, derribando una farola antes de inmovilizarse, el remolque de cubo volcaba, bloqueando la calle con un ruido infernal de hierros retorcidos. Todas las luces se apagaron instantáneamente, pero, un momento después, la calle era iluminada por las crecientes llamas, una gigantesca hoguera que escupía una negra humareda elevándose como una muralla.
Giró sobre sí mismo, estando a punto de caer, y se apoyó con tanta fuerza en una pared de ladrillo que estuvo a punto de romperse la muñeca. Echó a correr. Ahora sabía sin la menor duda que estaba siendo perseguido..., no, al menos por el momento, por seres humanos, sino por algo mucho más poderoso e inimaginable. Corría como un animal acorralado, con repentinos cambios de dirección destinados a confundir a un enemigo implacable. Debía existir un límite al número de trampas que éste podía poner en su camino...
Giró una vez más, metiéndose en una calle que conducía hacia el río, y la recorrió a grandes zancadas, respirando ávidamente. Más lejos..., más lejos... A lo largo del césped que bordeaba la amplia calle había luces de obras, allá adelante se divisaba una barrera hecha con maderos y, más allá, la profunda oscuridad de un negro agujero. Estaba demasiado lanzado como para detenerse y dar media vuelta; haciendo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban, saltó desesperadamente, y aterrizó como una pelota, intentando sujetarse a la blanda tierra que se desmenuzaba bajo sus dedos... ¡Auténtica tierra!


Se levantó, atontado, y prosiguió caminando durante algunos metros, sintiendo la hierba y la tierra bajo sus pies en lugar del cemento y el asfalto, viendo ramas recortándose contra el cielo.
Se derrumbó, agotado, y al tender una mano para buscar apoyo sintió bajo sus dedos la superficie áspera y rugosa de una corteza. Con un sentimiento de gratitud se inclinó hacia el rudo tronco y lo abrazó como si fuera lo más querido en su vida. Bajo él había hierba, hojas secas y humus, los insectos cantaban monótonamente a su alrededor.
A una cierta distancia, más allá de la excavación que acababa de franquear, se erguían las fachadas de los edificios, con ventanas iluminadas, más o menos distanciadas, como ojos mal situados. Había luces en las calles, y al otro lado del río veía las estrellas fugaces de la circulación, y los gigantescos inmuebles parecidos a constelaciones, cuyo reflejo temblaba en el agua. Entre cielo y tierra permanecía suspendida una estrella roja, encendiéndose y apagándose regularmente: una señal para los aviones, una advertencia... Pero allí estaba seguro, al menos por el momento.
Aquella franja de césped, a lo largo de la orilla del río, era como una isla: estaba dentro de la ciudad sin formar parte de ella, como el propio río, cuyas aguas eran como un espejo a una veintena de metros y chapoteaban suavemente contra las piedras de la orilla. Aquí podría descansar unos instantes, reflexionar acerca de un medio de escapar.
No sabía la hora exacta, pero sí sabía que era tarde. Sin embargo, no aún demasiado tarde. Todavía tenía tiempo...
El tiempo de alcanzar un refugio lo suficientemente alejado..., salvo accidentes. Pero ya no creía en los accidentes.
En lugar de ello, ahora tenía una certeza. El miedo premonitorio era la expresión de una verdad establecida. Se pegó a su árbol, viendo la ciudad a su alrededor, colosal, viva..., un auténtico Leviatán.
La ciudad había crecido sin cesar a lo largo de tres siglos. Crecimiento..., una ley de vida elemental. Como un cáncer desarrollándose a partir de algunas células indisciplinadas, encajado entre el río y el mar, proliferando, proyectando tentáculos que ascendían varios kilómetros a través del valle y se infiltraban por entre las colinas, mordiendo más y más profundamente en la tierra sobre la que reposaba.
A medida que iba creciendo, extraía su alimento de un centenar, de un millar de kilómetros cuadrados del interior del país; el campo le entregaba sus riquezas, y los bosques eran talados como campos de trigo, los hombres y los animales nacían y se multiplicaban para aplacar su hambre, siempre más devoradora. Semejantes a largos dedos, sus muelles se extendían penetrando en el océano para capturar los buques que llegaban de todos los continentes. Y, además de alimentarse, arrojaba todos sus desechos en el mar, exhalaba su aliento ponzoñoso al aire, y se convertía en más infecta a medida que se hacía más poderosa.
Gradualmente se había ido proveyendo de un sistema nervioso central de hilos aéreos y de cables subterráneos, de un sistema circulatorio hecho de bombas y de depósitos, de un sistema excretor. De una criatura invertebrada y parásita se había convertido en una criatura superior dotada de los atributos tangibles que acompañan a los conceptos subjetivos de voluntad, pensamiento y conciencia...
Podía imaginar su conciencia, y adivinar sus pensamientos últimos..., pero sentía el dolor de la carne atormentada contra las piedras de la ciudad, y se daba cuenta con un estremecimiento de hasta qué punto la ciudad debía odiarle. Altanera, impersonalmente..., pero ya no con indiferencia. Porque ahora, por primera vez en tres siglos, la ciudad se sentía amenazada.
Y, como represalia, había intentado arrebatarle su vida.
Aún no había conseguido escapar. La ciudad era rica en medios y ardides. Le seguía acechando, aguardando el momento favorable. Sabía que él no podía quedarse indefinidamente allá. Las luces le contemplaban fijamente como grandes ojos, como haciéndole señas.
Los pensamientos se atropellaban en su cabeza. Aún estaba a tiempo...
A tiempo para abandonar la partida, para dar media vuelta. Podía regresar apresuradamente a la cámara subterránea cerrada con llave (pero había arrojado la llave, y necesitaría pedir ayuda para derribar la puerta), podía llegar a tiempo para detener la transformación química que se estaba operando allá. Hacer lo que tan sólo él en toda la ciudad era capaz de hacer. Si actuaba así no habría más accidentes, estaba seguro de ello. Lo ocurrido no tenía más finalidad que debilitar su voluntad, hacerle retroceder en su decisión.
Repentinamente se envaró, deslumbrado por aquella revelación. Y entonces se echó a reír..., no alegremente, sino con una risa nerviosa, sardónica, mientras giraba lentamente la cabeza para contemplar las luces que lo rodeaban por todas partes.
—¡Pero no te atreves a matarme! —exclamó—. Soy el único que aún puede salvarte. Puedes intentar asustarme para que regrese allá abajo..., ¡pero no puedes matarme porque, si yo muero, perderás tu última esperanza!
Se puso en pie, tambaleándose, y se apoyó en el tronco del árbol. Pero sentía cómo las fuerzas volvían a su cuerpo, las fuerzas empujadas por el odio.
—¡Intenta detenerme! —dijo entre dientes—. ¡Inténtalo!
Se lanzó ciegamente hacia adelante, tan pronto caminando, tan pronto corriendo a pequeños saltos. Ya no miraba ni al aire ni a sus pies. Atravesando una amplia avenida sin preocuparse de los semáforos, estalló en una carcajada cuando la caja de un camión casi le rozó al efectuar un viraje. Sabía que no podía ocurrir de otro modo.
Se echó a reír de nuevo cuando la barrera de un paso a nivel se cerró ante sus narices y pasó por debajo de ella para atravesar tranquilamente las vías con la sonrisa en los labios, bajo el amenazador ojo de la locomotora..., seguro que, si se le ocurría detenerse en medio de las vías, el tren descarrilaría antes que tocarle.
Llegó ante un cartel que advertía en gruesas letras: PELIGRO, y se echó a reír sonoramente, sin desviarse ni un centímetro de su camino.
Había obreros trabajando a la luz de los focos a lo largo de toda aquella calle de los suburbios, un trabajo urgente según todas las apariencias, y cuya suprema ironía sólo él podía captar. Estaban frenéticamente ocupados en demoler una hilera de viejas casas carcomidas, preparando el terreno para cualquier nueva construcción que nunca llegaría a ver el día. A tal distancia del Punto Cero, allá abajo, en el centro de la ciudad, se hallaban ya fuera del radio de destrucción total, pero incluso aquí quedarían muy pocas casas en pie tras la explosión y los incendios... Siguió su camino, sin preocuparse de los focos ni de los obreros, y echaba a correr de nuevo cuando alguien gritó:
—¡Eh, allí! ¡Cuidado!
Un sordo bramido resonó sobre su cabeza, y levantó la vista con aire alucinado para ver toda una pared de ladrillos combarse junto a él, luego partirse en dos en su estruendosa caída. Parecía caer sobre él a una viscosa lentitud..., pero no había ninguna forma de evitarla.


No perdió el conocimiento, pero no podía moverse, y el dolor que sentía era casi intolerable. No debía tener muchos huesos rotos, pero una tonelada de piedras aprisionaba sus piernas, y otra masa se apoyaba contra su pecho, no con todo su peso pero sí inmovilizando su cuerpo arqueado contra una viga.
Había voces, rostros, luces, flotando en un caos a su alrededor. Algunas manos tiraban de los cascotes, en un fútil esfuerzo.
—¡Dios mío! ¿Acaso no vio el letrero? ¿Por qué no prestó más atención?
—¡Vamos, no te quedes ahí! ¡Ve a buscar un gato!
—Cuidado, si toda esa masa se desliza...
Permanecía suspendido allá, bajo la cegadora luz de los focos, como sujeto entre los dedos de una mano gigantesca. Unos dedos que tenían tan sólo que crisparse, la masa de piedras que se mantenía sobre él deslizarse unos pocos centímetros, para que su columna vertebral se partiera como un cristal.
Cuando intentaron liberarle con ayuda de palancas, lanzó un aullido, y ya no ensayaron de nuevo.
—Tranquilo, pronto llegará ayuda.
—¿Alguien ha avisado a los bomberos?
Se oyó el ulular de una sirena acercándose, y luego se interrumpió. Aparecieron otras luces. Una nueva sirena acudiendo... Vio confusamente uniformes, insignias. Gentes al servicio de la ciudad.
Hizo un esfuerzo por recuperar su aliento y gritó:
—¡Imbéciles! ¡Ustedes no son más que corpúsculos! ¡Eso es lo que son..., tan sólo corpúsculos!
—Pobre hombre, está delirando.
—¡Retrocedan! ¡Apártense! —gritó de nuevo—. Ya lo sé, ya sé lo que ella quiere, pero no voy a decir nada...
—Vamos, muchacho, cálmate. Vamos a...
—No diré que...
La masa de piedras que lo abrumaba se movió uno o dos centímetros. Su voz se quebró. Su mirada recorrió los rostros y las luces. Sintió un repentino pánico. Gimió:
—No, no... Lo diré. ¡Lo diré todo!
—No se excite, vamos a sacarle de aquí...
—¡Imbéciles! —jadeó—. Y, con una incoherente prisa, en forma entrecortada, se los dijo todo: lo que había en la cámara subterránea cerrada con llave, y dónde estaba, y cómo desarmar el artefacto sin hacer que estallara.
Apenas quedaba ya tiempo.
Le escucharon con rostros asombrados.
—Debe estar delirando, por supuesto... Pero es mejor no correr ningún riesgo con algo así. ¿Has anotado la dirección? ¿Lo has anotado todo?
Una voz habló cerca de él, seca, rápida, transmitiendo el mensaje a lo largo del sistema neurálgico de la ciudad. En la lejanía, en el amenazado corazón de la masa de cemento, las sirenas despertaron una tras otra y le aullaron a la noche.
—Vamos, aún no hemos terminado aquí —dijo alguien—. Trae ese gato...
Entonces se produjo un siniestro crujido. La pesada masa de ladrillos empezó a ceder lentamente. Un centímetro, dos centímetros, tres... Los hombres se lanzaron con todas sus fuerzas contra el bloque, pero fue en vano. El atrapado fugitivo lanzó un penetrante aullido, que se cortó en seco cuando la masa cedió definitivamente.
Pálidos, los hombres se contemplaron con un profundo sentimiento de impotencia.
La ciudad no conocía la clemencia.