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Jardín de sangre - Roger Zelazny

 

Ganándose el pasaje y la paga como explorador, Dilvish cabalgaba por delante de la caravana ese día, comprobando la viabilidad de las sendas montañosas e investigando nuevos caminos en previsión de posibles peligros. El sol había llegado al mediodía cuando Dilvish descendió por el otro lado de la poco alta cordillera Kalgani y avanzó por las estribaciones hacia el valle que iba ensanchándose en dirección al bosque y a las llanuras.

—Un recorrido singularmente normal —comentó Black al hacer una pausa en lo alto de una colina para contemplar la sinuosa senda que conducía a los distantes árboles.

—En mis tiempos —dijo Dilvish—, las cosas habrían sido distintas. Esta región estaba llena de bandas de salteadores. Seguían el sol. Despojaban a los viajeros. De vez en cuando hasta se reunían para asaltar algún pueblo de los alrededores.

—¿Pueblos? —dijo su gran y oscura montura, cuya piel relucía como el metal—. No he visto ningún pueblo.

Dilvish meneó la cabeza.

—¿Quién sabe lo que puede haber pasado en doscientos años? —Señaló el valle—. Creo que había uno ahí abajo. No muy grande. Se llamaba Tregli. Pasé la noche en su posada en varias ocasiones.

Black miró en esa dirección.

—¿Vamos a ir hacia allí?

Dilvish observó el sol.

—Es hora de comer —comentó—, y aquí los vientos son fuertes. Vayamos un poco más lejos. Comeré ahí abajo.

Black se inclinó hacia adelante y comenzó a bajar la pendiente. Aumentó su velocidad conforme iba nivelándose el terreno, volviendo a la senda. Dilvish miró alrededor mientras avanzaban, como si buscara rasgos sobresalientes.

—¿Qué son esos destellos de color? —le preguntó Black—. A cierta distancia de aquí.

Dilvish observó una zona azul, amarilla y blanca, con ocasionales destellos rojos, que acababa de aparecer al otro lado de un lejano recodo.

—No lo sé —dijo—. Podríamos echar un vistazo.

Varios minutos más tarde, llegaron a los restos cubiertos de enredaderas de un bajo muro de piedra. Por delante había piedras dispersas que formaban dibujos vagamente evocadores del perfil de los cimientos de una construcción. En diversos puntos, conforme avanzaban, vieron depresiones a ambos lados, dispuestas de tal forma que parecían indicar la anterior existencia de sótanos, llenos de escombros y cubiertos de hierba en ese momento.

—Detente —dijo Dilvish. Señaló hacia la izquierda, hacia un lugar donde todavía se alzaba una porción de pared—. Ésa es la fachada de la posada que he mencionado. Estoy seguro. Creo que nos encontramos en la calle principal.

—¿De verdad?

Black empezó a excavar la hierba con su afilado y hendido casco. Momentos después centelleó una chispa al golpear un adoquín. Black ensanchó el agujero, dejando al descubierto más adoquines unidos.

—Esto parece haber sido una calle —dijo.

Dilvish desmontó y se acercó a la ruinosa porción de pared, la pasó y prosiguió por la zona situada detrás.

Al cabo de varios minutos regresó.

—El viejo pozo aún se ve detrás —dijo—. Pero el techo se desplomó y se pudrió, y está completamente cubierto de arbustos.

—¿Podría sugerir que guardes tu sed para ese arroyo que cruzamos en las montañas?

Dilvish enseñó una cuchara.

—... Y he encontrado esto medio enterrado en donde estaba la cocina. Tal vez haya comido con ella yo mismo, hace años. Sí, ésta es la posada.

—Era —sugirió Black.

La sonrisa se desvaneció y Dilvish movió la cabeza.

—Cierto.

Lanzó la cuchara por encima del hombro y montó.

—Ha cambiado tanto...

—¿Te gustaba el lugar? —preguntó Black mientras continuaban su marcha.

—Era un agradable sitio de paso. La gente era cordial. Gocé de buenas comidas.

—¿Qué crees que pudo pasar? ¿Esos salteadores que mencionaste?

—Parece una buena suposición —replicó Dilvish—. A menos que hubiera alguna enfermedad.

Siguieron por el camino cubierto de maleza. Un conejo pasó ante ellos cuando se dirigían al otro extremo del pueblo.

—¿Dónde quieres comer? —inquirió Black.

—Lejos de este lugar muerto —dijo Dilvish—. Tal vez en ese campo. —Respiró profundamente—. Parece tener un olor agradable.

—Son las flores —dijo Black—. Abundan. Fue su color lo que vimos desde arriba. ¿No estaban ahí... en los viejos tiempos?

Dilvish meneó la cabeza.

—No. Había algo... No recuerdo exactamente qué. Una especie de parquecillo por estos parajes.

Cruzaron una arboleda, llegaron al claro. Grandes flores similares a amapolas, azules, blancas, amarillas, ocasionalmente rojas... se movían casi a la altura del cuello de Black, oscilaban en lo alto de unos pilosos tallos del grosor de un dedo. Estaban encaradas al sol. Sus penetrantes perfumes flotaban en el aire.

—Hay un rincón despejado, a la sombra, al pie de ese árbol tan alto... a la izquierda —observó Black—. Incluso parece haber una mesa para tu uso.

Dilvish miró en esa dirección.

—¡Ajá! —dijo—. Ahora recuerdo. Esa losa de piedra no es una mesa. Bueno... en cierta forma lo es. Es un altar. El pueblo de Tregli adoraba al aire libre... a Manata, diosa de las cosas que crecen. Dejaban pasteles, mieles y otras ofrendas en el altar. Bailaban aquí. Cantaban aquí, al atardecer. Yo presencié uno de los servicios. Tenían una sacerdotisa... He olvidado su nombre.

Llegaron bajo el árbol, donde Dilvish desmontó.

—El árbol ha crecido y el altar está hundido —observó, apartando unos escombros de la piedra.

Se puso a canturrear una tonada sencilla y repetitiva, mientras buscaba comida en una alforja.

—Nunca te había oído cantar, silbar o canturrear —comentó Black.

Dilvish bostezó.

—Sólo trato de recordar la canción que oí aquella tarde, cuando estuve aquí. Creo que era algo parecido.

Se sentó con la espalda apoyada en el tronco del árbol y empezó a comer.

—Dilvish, hay algo extraño en este lugar...

—A mí me parece extraño sólo en virtud de que ha cambiado tanto —replicó él, partiendo un trozo de pan.

El viento cambió. Los olores de las flores llegaron con más intensidad.

—No me refiero a eso.

Dilvish dio un bocado y contuvo otro bostezo.

—No lo entiendo.

—Ni yo.

Black bajó la cabeza y dejó de moverse.

Dilvish miró alrededor y aguzó el oído largo rato. Los únicos sonidos, empero, eran los susurros de la hierba, las flores, las hojas del árbol, agitadas por el viento.

—No parece haber nada raro por aquí —dijo en voz baja.

Black no replicó.

Dilvish observó a su montura.

—¿Black?

Con sumo cuidado preparó su espada y recogió los pies. Varió el equilibrio de su almuerzo hacia la losa.

—¡Black!

La criatura siguió inmóvil, muda, igual que una enorme estatua negra.

Dilvish se puso en pie, se tambaleó, volvió a recostarse en el árbol. Tenía dificultades para respirar.

—¿Eres tú, mi enemigo? —preguntó—. ¿Por qué no te dejas ver?

No hubo réplica. Dilvish observó de nuevo el campo, respirando el embriagador perfume de las flores. Su visión comenzó a fallar mientras miraba, manchando los colores y distorsionando los perfiles.

—¿Qué está pasando?

Dio un paso al frente, y otro, tambaleándose en dirección a su montura. Cuando estuvo junto a Black, le pasó un brazo por el cuello y se apoyó con fuerza. De pronto levantó su camisa con la mano izquierda y apretó la cara en la tela.

—¿Será un narcótico...? —dijo, y acto seguido se desmayó y se deslizó en parte hacia el suelo.

Black no se movió pese a todo.

Había gritos en la oscuridad y recias voces que daban órdenes. Dilvish se hallaba a la sombra de unos árboles. Un gigante, un hombre de corpulenta figura y rizada barba, se encontraba inmóvil junto a él. Los dos miraban en dirección a las fluctuantes luces.

—El pueblo entero parece estar ardiendo —sonó la grave voz del hombre más corpulento.

—Sí, y parece que los que siguen al sol están asesinando a los habitantes.

—No podemos hacer nada aquí. Son demasiados. Podríamos acabar despedazados, además.

—Cierto, y yo ansiaba una tarde tranquila. Bordeemos el lugar y sigamos nuestro camino.

Se adentraron en las sombras y se alejaron del escenario de la carnicería. Los chillidos eran más escasos, ya que aumentaba el número de muertos. Muchos hombres estaban amontonando el producto del saqueo y bebiendo en botellas cogidas en la llameante posada. Algunos continuaban formados junto a las mujeres que quedaban, todas desgreñadas, con los ojos muy abiertos y la ropa desgarrada. Al otro lado, un techo se hundió de repente, y una fuente de chispas se alzó hacia el cielo nocturno.

—Pero si algún borracho se cruza en nuestro camino —observó el hombre del cabello rizado mientras avanzaban—, lo cogeremos por los talones y lo destriparemos, para saldar cuentas con los dioses.

—Mantén los ojos abiertos. Tal vez tengas suerte.

El otro contuvo la risa.

—Jamás sé cuándo bromeas —dijo al cabo de unos instantes—. Quizá no lo haces nunca. Eso también puede ser divertido... para otros.

Avanzaban por un rocoso declive cubierto de arbustos paralelo a la ciudad. A la izquierda, los gritos iban apagándose. Esporádicas llamaradas hacían danzar las sombras que les rodeaban.

—No estaba bromeando —dijo Dilvish un poco más tarde—. Tal vez he olvidado cómo hacerlo.

El otro le tocó el hombro.

—Adelante. El claro... —dijo.

Se detuvieron.

—Sí, recuerdo...

—Hay algo ahí.

Siguieron avanzando, con más lentitud. Una luz que fluctuaba de forma regular, quizá la de varias antorchas, brillaba al otro lado del campo en las proximidades de un gran árbol de gruesas ramas.

Al acercarse más vieron un grupo de hombres ante el pequeño altar de piedra. Uno de ellos estaba sentado encima y bebía una botella de vino. Otros dos conducían por la hierba a una mujer rubia con un vestido verde, con las manos atadas a la espalda. Iba hablando, pero sus palabras eran imperceptibles. Se debatía, y los dos hombres la empujaban. Después cayó al suelo, y la levantaron.

—Conozco a esa mujer —dijo Dilvish—. Es Sanya, la sacerdotisa. Pero...

Se llevó las manos a la cabeza y se las apretó a las sienes.

—Pero... ¿qué ha sucedido? ¿Cómo he llegado aquí? Creo haber visto a Sanya hace tiempo, mucho tiempo...

Volvió la cabeza y miró la cara de su compañero mientras lo cogía del brazo.

—Tú —dijo—, amigo mío... Creo conocerte desde hace siglos y, sin embargo... Perdóname... No recuerdo tu nombre.

La frente del otro se arrugó al mismo tiempo que sus ojos se entrecerraban.

—Yo... Tú me llamas Black —dijo de repente—. Sí... ¡y ésta no es mi forma normal! Empiezo a recordar... Era de día, y este campo estaba lleno de flores. Creo que nos dormimos... ¡Y el pueblo! Apenas eran restos...

Meneó la cabeza.

—No sé qué ha pasado... ¿Qué hechizo, qué poder nos ha traído a este lugar?

—Pero tú tienes poderes propios —dijo Dilvish—. ¿No pueden ayudarnos? ¿Puedes usarlos todavía?

—Yo... no lo sé. Creo que he olvidado... algunas cosas.

—Si morimos aquí... en este sueño, o lo que sea... ¿moriremos realmente? ¿Puedes conjeturarlo?

—Nosotros... Lo estoy viendo más claro ahora... Las flores del campo quieren nuestras vidas. Las rojas son las que tienen viajeros asesinos. Te drogan con su perfume, después se enrollan en tu cuerpo y te arrancan la vida. Pero algo ha obstaculizado su tentativa con nosotros. Esto no es un sueño. Estamos presenciando lo que ocurrió realmente. No sé si podemos cambiar lo que ya sucedió. Pero debemos estar aquí por algún motivo.

—¿Podemos morir aquí? —repitió Dilvish.

—Estoy convencido de que sí. Incluso yo, si caigo en este lugar... aunque preveo toda clase de intrigantes problemas teológicos.

—¡Al infierno con ellos! —dijo Dilvish, y avanzó, abriéndose paso entre las sombras del borde del claro en dirección al otro lado—. Creo que pretenden sacrificar a la sacerdotisa en el altar de su propia diosa.

—Sí —dijo Black, moviéndose en silencio detrás—. No me gustan, y ambos estamos armados. ¿Qué opinas? Hay bastantes en la piedra y dos con la mujer... Pero podemos llegar muy cerca sin ser vistos.

—De acuerdo. ¿Sabes usar esa espada... aunque tenga una forma rara?

Black contuvo la risa.

—No es totalmente rara —replicó—. Los dos de la derecha nunca sabrán cómo han llegado al Infierno. Sugiero que te ocupes del que está a un lado mientras los pongo en camino. Luego líbrate del que está a la izquierda. —Sacó una larga y pesada espada que sostuvo con una sola mano—. Quizás estén todos un poco borrachos, además —añadió—. Eso ayudará.

Dilvish sacó su espada. Ambos se aproximaron.

—Di cuándo —musitó.

Black alzó su arma.

—¡Ahora!

Black era poco más que una mancha bajo la fluctuante luz. Mientras Dilvish caía sobre su hombre para matarlo, una sangrienta cabeza rebotó cerca de su pie; la segunda víctima de Black ya estaba cayendo.

Un gran grito brotó de los otros mientras Dilvish arrancaba la espada del cuerpo del hombre que había matado y se volvía para enfrentarse a otro. El arma de Black descendió de nuevo, cortando el codo de un espadachín, y su pie izquierdo salió disparado, alcanzando al hombre en la base de la región lumbar. Dilvish creyó oír el crujido de la espina dorsal cuando el atacado cayó al suelo.

Pero ya había espadas en las manos de los restantes hombres, y al otro lado del campo, en dirección al pueblo que ardía en llamas, brotaron gritos. Por el rabillo del ojo Dilvish vio varias siluetas que se abalanzaban sobre ellos, armas en mano. Hizo retroceder varios pasos al segundo hombre, superó su guardia, le dio una patada en la rodilla y le cortó el cuello con un violento golpe.

Se volvió para atacar a otro que venía corriendo hacia él, y reparó en que Black había roto la cabeza a un hombre contra el altar y espetado a otro más con su larga espada, levantándolo del suelo con la fuerza de la arremetida. En ese momento había gritos por todas partes.

Dilvish se puso al alcance de un nuevo rival y usó la guarda de su arma para machacarle el mentón. Le dio una patada mientras caía y hundió la punta de su espada en la guarda de otro hombre, partiéndole varios dedos. El herido chilló y soltó la espada. Tras esquivar un ataque, Dilvish lanzó un golpe bajo y cortó la rodilla de otro, paralizándolo. 

Luego retrocedió ante dos nuevos atacantes y dio rápidas vueltas para que ambos se obstruyeran. Golpeó, arremetió, pararon su golpe, paró él las réplicas, acometió de nuevo, superó una parada y tajó una muñeca. Escuchó el bramido de Black en alguna parte, un sonido en parte humano, en parte animal, seguido momentos después por diversos chillidos.

Dilvish tiró al herido y le dio una patada, alcanzó al otro en el estómago con su espada, notó picor en el hombro, vio sangre, se volvió para encararse con otro atacante...

Se deshizo de él con una serie de movimientos prácticamente de ensueño. Otro hombre, que venía corriendo hacia él, resbaló en un charco de sangre recién derramada y Dilvish lo remató antes de que pudiera levantarse.

Una estaca le golpeó en el costado. Se encogió un momento y retrocedió moviendo de un lado a otro la espada. Vio cerca a Black, que seguía derribando atacantes con una esgrima casi temeraria. Se dispuso a gritarle, para decirle que podían ponerse espalda contra espalda y defenderse mejor...

Un agudo grito sonó y los atacantes vacilaron. Las cabezas se volvieron en dirección al altar y el movimiento se paralizó un instante.

La sacerdotisa Sanya yacía en la piedra, sangrando. Un hombre alto y de cabello rubio acababa de retirar el arma de su pecho. Los labios de Sanya seguían moviéndose, bien maldiciendo o bien rezando, pero las palabras eran inaudibles. 

Los labios del hombre rubio también se movían. Al otro lado del campo, otro grupo de hombres llegaba desde el pueblo. Un goteo rojo comenzó en la comisura izquierda de los labios de Sanya y su cabeza se ladeó de pronto, con los ojos todavía abiertos, sin ver. El hombre rubio irguió la cabeza.

—¡Ahora traedme a esos dos! —exclamó, levantando la espada una vez más y apuntándola hacia Dilvish y Black.

Con este gesto, la manga del hombre rubio cayó hacia atrás dejando al descubierto varios tatuajes en su brazo derecho. Dilvish había visto esas marcas en otras ocasiones. Diversos chamanes de las tribus de las montañas se tatuaban de esa forma; cada marca representaba una victoria sobre un vecino y aumentaba el poder del que la lucía. ¿Qué hacía un hombre como aquel con esa banda de andrajosos degolladores, obviamente en calidad de jefe? ¿Habían aniquilado a su tribu? ¿O...?

Dilvish respiró profundamente.

—¡No te preocupes! —gritó—. ¡Voy hacia allí!

Se abalanzó hacia el hombre rubio.

Su espada topó con la del otro en el altar, fue rechazada. Dilvish empezó a dar vueltas. Lo mismo hizo el chamán.

—¿Te expulsó tu gente? —preguntó Dilvish—. ¿Por qué crímenes?

El hombre le lanzó una fugaz mirada colérica, luego sonrió y con un visible gesto detuvo a los salteadores que corrían en su ayuda.

—Éste es mío —afirmó—. Ustedes ocúpense del otro.

Movió el brazo izquierdo, que también estaba cubierto de tatuajes, sobre su pecho y lo acercó a la espada.

—Reconoces lo que soy —dijo— y, sin embargo, me desafías. Eso es imprudente.

Brotaron llamas en la espada que sostenía. Dilvish entrecerró los ojos para protegerlos de la repentina llamarada.

El arma trazó confusas líneas de fuego al moverla el hombre rubio. Sin embargo, Dilvish paró la primera acometida, notando un momentáneo calor en la mano. Por detrás, sonó el grito de batalla de Black y el reanudado estruendo de las armas. Un hombre lanzó un chillido.

Dilvish propinó un golpe que fue parado por la llameante espada, y notó el creciente calor de esa arma en su muñeca al parar a su vez y buscar una brecha en la guardia del otro.

Se alejaron del altar y del árbol, poniendo a prueba las respectivas defensas en terreno despejado. Por los ruidos, detrás de él en ese momento, Dilvish dedujo que Black seguía resistiendo. ¿Pero cuánto tiempo podía continuar así?, se preguntó. Pese a su gran fuerza y agilidad, había muchos hombres enfrentados a Black...

La manga de Dilvish empezó a humear con el intercambio de golpes. El chamán, comprobó, era un buen espadachín. A diferencia de sus hombres, además, estaba totalmente sobrio... y no jadeaba tanto como Dilvish.

¿Cuál era el propósito de todo aquello?, se preguntó Dilvish. Lanzó un tajo a la cabeza que sabía no iba a superar la guardia del otro, retrocedió y paró el golpe en el pecho que se produjo con gran fuerza. Fingió tambalearse y recobrarse, con la esperanza de que su adversario se sintiera confiado en exceso. ¿Por qué estaban allí? ¿Cuál era el motivo de la transformación de Black, de que los dos se hallaran en el escenario de la antigua masacre?

Dilvish siguió retrocediendo, dando muestras de fatiga, sólo en parte fingidas, estudiando el estilo de su rival, parpadeando frente al resplandor de la otra espada, con la mano derecha dolorida como si hubiera estado en un horno. ¿Por qué había acudido en ayuda de una mujer ya condenada, y con tan escasas posibilidades?

Una visión cruzó de pronto su mente... Otra noche, hacía tiempo, otra mujer a punto de ser sacrificada por otro mago, las consecuencias de su acto... Dilvish sonrió al pensar que había hecho lo mismo otra vez y que volvería a hacerlo si la situación se presentaba de nuevo... porque era algo que se había preguntado durante los largos días de dolor. En ese fugaz instante, vio algo de su propio ser: el temor de que las duras pruebas sufridas hubieran roto algo en su interior, algo que en ese momento comprendió que permanecía inalterado.

Ensayó otro tajo a la cabeza. Había habido cierto detalle en la última respuesta del chamán...

¿Acaso alguna deidad de amable disposición había previsto el acto de Dilvish, considerando algún uso incomprensible del mismo en aquella batalla? ¿Acaso esa deidad le había concedido esa breve visión de su carácter como favor en el momento de la muerte? ¿O bien...?

¡Sí! ¡La respuesta llegaba con fuerza de nuevo! Si él retrocedía y movía la espada con rapidez por debajo...

Dilvish empezó a planear la maniobra mientras cedía terreno y fingía otra vez que daba un traspié.

Oyó el juramento que lanzaba Black, a la derecha, y otro hombre chilló. Aunque logre matar al chamán, se preguntó Dilvish, ¿cuánto tiempo duraremos los dos con los hombres que quedan en el campo y los que llegarán del pueblo en llamas?

Pero en ese instante, Dilvish no pudo asegurar si fue por el efecto de la llameante espada en sus humedecidos ojos, todo cuanto tenía ante él pareció ondularse y agitarse. Todo pareció paralizado en ese momento: su quite, la mueca burlona en el semblante cubierto de sudor del chamán... En esa esquirla de infinitud, Dilvish vio su oportunidad.

Lanzó un tajo a la cabeza.

Su adversario paró el golpe, y el llameante arco de la respuesta centelleó hacia su pecho.

Retrocedió, moviendo rápidamente la espada hacia abajo, en círculo y hacia arriba. La punta de la flamígera espada desgarró la manga de su jubón por encima del bíceps derecho.

Se revolvió y se cogió la quemada muñeca derecha con la otra mano, con la espada horizontal y apuntando al pecho de su rival. Ya desequilibrado por el movimiento, se lanzó hacia adelante y vio que su arma atravesaba al chamán mientras ambos caían. Durante un instante notó la ardiente hoja de su adversario en su muslo derecho.

Después, de nuevo la agitación, un latido eterno, prolongado.

Dilvish se echó hacia atrás y sacó su espada. Muchos colores, ígneos, marrones, verdes, rojos brillantes... comenzaron a manchar su visión. La flamígera espada llameó, perdió brillo, se apagó en el suelo. Luego se convirtió en un mero tiznajo oscuro en un lienzo cambiante. Los sonidos del conflicto cesaron en la posición de Black.

Dilvish se puso en pie, con el arma dispuesta y el brazo tensado para moverla. Pero nadie más se acercó.

En el extremo del campo, en dirección al altar donde yacía muerta la sacerdotisa, parecía estar sonando una voz... femenina y un poco estridente. Dilvish miró hacia allí y de inmediato desvió sus aún lacrimosos ojos, porque sólo había luz, que cobraba brillo, latido tras latido.

—Escuché mi himno, Libertador —resonaron las palabras—, y cuando miré, vi que podía confiar en tu ser. Un viejo agravio no puede repararse, pero he aguardado largo tiempo este castigo, el de los que siguen al sol.

Alrededor, como si fueran vidrio empañado, Dilvish vio las erguidas siluetas de muchos de los hombres que habían venido a atacarles. Fluctuaron y sus perfiles se hicieron borrosos mientras él los contemplaba. Pero uno de ellos parecía haber brotado, en silencio, a la izquierda...

La voz se dulcificó:

—... Y para ti, que te preocupaste por este lugar, aunque sólo fuera brevemente, ¡mi bendición!

El hombre parecía estar ya muy cerca, con la espada levantada, bamboleándose con lentos movimientos. Los demás se habían transformado en manchas de color entre un brillo cada vez más intenso... y también el que se acercaba pareció cambiar cuando Dilvish alzó su espada.

La flor cayó.

Dilvish extendió la mano en busca de algo donde apoyarse, no encontró nada y usó la espada a modo de bastón. Escuchó un ruido de pateo, después silencio. Alrededor de él, el lugar rebosaba de sol vespertino. Entre las altas hierbas había flores arrancadas y pisoteadas, cerca y lejos. Las que aún se erguían estaban encaradas al sol, cimbreantes.

—¿Black?

—¿Sí?

Dilvish volvió la cabeza. Black estaba sacudiendo la suya.

—Extrañas visiones... —empezó a decir.

—Pero no un sueño —terminó Black, y Dilvish dedujo que ello era cierto por el temblor de su enrojecida mano y la sangre que todavía brotaba de sus numerosas heridas.

—Manata —dijo—, terminaré la tarea, por lo que me has mostrado.

—Ha sido magnífico tenerte allí —replicó Dilvish mientras se adentraban en las sombras cada vez más largas—. Maravilloso.

—Ahora podrás decir a los jefes de la caravana que el camino está libre.

—Sí. ¿Lo oíste tú también?

Black guardó silencio unos instantes.

—Las flores no chillan —dijo por fin.

Por debajo y por detrás, el humo seguía alzándose y flotaba en el menguante día.

Mientras subían las estribaciones montañosas, Black reanudó la conversación.

—Ha sido magnífico luchar a tu lado de esa forma. Me pregunto si no podría aprender ese encantamiento...

Una ciudad dividida - Roger Zelazny

La primavera se abría paso, tortuosa y lentamente, en el País del Norte; avanzaba y retrocedía por turnos, y al final del día conservaba parte de sus conquistas. La nieve aún yacía abundante en los picos más altos, pero durante el día se fundía en las zonas inferiores, los campos quedaban húmedos, y los arroyos se hinchaban y corrían velozmente. 

Ya se veía nuevo verde en los valles, y en días despejados como aquel, el sol secaba las sendas y el ambiente se calentaba hasta el punto de ser agradable al mediodía. El viajero del extraño caballo negro, que acababa de liberar de nuevo Portaroy tras convocar a sus espectrales legiones, se detuvo en una rocosa elevación y señaló hacia el norte.

—Black —dijo—. Esa colina... a media legua de aquí. ¿No has visto algo peculiar en la cima hace un momento?

Su montura volvió su metálica cabeza y observó.

—No. Tampoco ahora. ¿Qué parecía?

—El perfil de algunas casas. Han desaparecido.

—Tal vez fuera el reflejo del sol en el hielo.

—Tal vez.

Siguieron avanzando, descendieron la pendiente y continuaron. En la siguiente colina que subieron, minutos después, hicieron una nueva pausa y miraron en aquella dirección.

—¡Allí! —dijo el jinete que raramente sonreía, sonriente.

Black meneó la cabeza.

—Ahora lo veo. Parece el muro de una ciudad...

—Quizá disfrutemos allí de una buena comida... y de un baño. Y esta noche de una cama de verdad. Vamos, apresurémonos.

—Mira tus mapas, por favor. Siento curiosidad por saber cómo se llama el lugar.

—Eso lo sabremos muy pronto. ¡Vamos!

—Compláceme, en consideración a los viejos tiempos.

El jinete guardó silencio y luego metió la mano en la bolsa. Buscó algo hasta encontrar un pequeño pergamino que sacó de su funda, lo desenrolló y lo sostuvo ante él.

—Hum —dijo al cabo de unos instantes. Después, enrolló de nuevo el mapa y lo dejó en la funda.

—¿Y bien? ¿Cómo se llama el lugar?

—No puedo decirlo. No aparece.

—¡Ajá!

—Sabes que este no será el primer error que hemos descubierto en el mapa. El cartógrafo olvidó el lugar o no había oído hablar de él. O la población es nueva.

—¿Dilvish...?

—¿Sí?

—¿Te ofrezco consejo a menudo?

—Frecuentemente.

—¿Suelo equivocarme?

—Podría citar casos.

—No me gusta la idea de pasar la noche en un lugar que aparece un momento y desaparece al siguiente.

—¡Absurdo! Era simplemente el ángulo de visión, o una ilusión causada por la lejanía.

—Soy suspicaz...

—Por naturaleza, lo sé. Y yo tengo hambre. Pescado fresco cogido en uno de esos ríos, asado con hierbas...

Black bufó y dejó escapar un jirón de humo, y avanzó.

—De pronto tu estómago es un gran problema.

—También podría haber mujeres.

—¡Puf!

La senda que subía colina arriba hacia la ciudad no era amplia, y la puerta de entrada permanecía abierta. Dilvish se detuvo ante ella, pero nadie le dio el alto. Prestó atención. Los únicos ruidos eran los del viento y los pájaros.

—Adelante —dijo, y Black le llevó al otro lado de la puerta.

Las calles se extendían a derecha e izquierda, siguiendo los ángulos del muro. El camino donde se hallaba Dilvish se prolongaba en línea recta y terminaba en las casas de lo que quizá fuera una plaza. Todas las calles estaban empedradas y bien conservadas. Los edificios eran principalmente de piedra y ladrillo, limpios y de rectos ángulos. Al recorrer la calle que seguía en línea recta, Dilvish notó que ni había ni fluían desechos en la zanja lateral.

—Un lugar silencioso —dijo Black.

—Sí.

Al cabo de quizá cien pasos, Dilvish tiró de las riendas y desmontó. Entró en la tienda que estaba a su izquierda. Un instante después salió.

—¿Qué hay?

—Nada. Está vacía. Ninguna mercancía. Ni una estaca por mobiliario.

Cruzó la calle y entró en otra casa. Salió meneando la cabeza.

—Lo mismo —dijo mientras montaba de nuevo.

—¿Nos vamos? Ya sabes lo que pienso.

—Antes echemos un vistazo a la plaza. Hasta ahora no hay indicios de violencia. Podría ser algún día de fiesta.

Los cascos de Black resonaron en los adoquines.

—Una fiesta bastante muerta, en ese caso.

Siguieron avanzando, inspeccionando callejones, galerías y patios. No había actividad visible, ninguna persona en los alrededores. Por fin llegaron a la plaza. Había puestos vacíos a ambos lados, una fuentecilla que no echaba agua en el centro y una gran estatua de dos peces cerca de una esquina. Dilvish se detuvo y contempló el viejo símbolo. El pez de arriba se dirigía a la izquierda, el de abajo hacia la derecha. Dilvish se encogió de hombros.

—Tenía razón —dijo—. Vamos a...

El aire se estremeció con un solo tañido, de una campana que oscilaba en una elevada torre, a la izquierda.

—Qué extraño...

Un joven, de pelo rubio y rubicundas mejillas, con una alechugada camisa blanca, calzón verde, espada corta y un enorme braguero, salió de detrás de la estatua, sonrió y quedó inmóvil con una mano en la cadera.

—¿Extraño? —dijo—. Sí, lo es. Pero será más extraño lo que estáis a punto de contemplar, viajero. ¡Observad!

Hizo un gesto, recorriendo la calle con la mano, el mismo momento en que sonaba de nuevo la campana.

Dilvish volvió la cabeza y quedó sin aliento. Con tanto silencio como los gatos, las casas empezaron a moverse alrededor de la plaza. Dieron vueltas, avanzaron, retrocedieron. Cambiaron su orden, cambiaron de posición con respecto al resto de edificios como si ejecutaran una danza ridícula y ciclópea. La campana sonó otra vez, y otra vez, mientras Dilvish observaba.

—¿Qué clase de brujería es esta? —inquirió por fin al joven.

—Lo que veis —fue la réplica—. Brujería, ciertamente... y en curso de cambiar la disposición de la ciudad hasta que adopte la forma de un laberinto a vuestro alrededor.

Dilvish meneó la cabeza con el acompañamiento de otro tañido.

—Me impresiona la exhibición —dijo—. Pero ¿cuál es su finalidad?

—Podéis decir que es un juego —repuso el joven—. Cuando la campana deje de tocar, varios tañidos más, el laberinto estará dispuesto. Dispondréis de una hora hasta que vuelva a sonar. Si por entonces no habéis encontrado la salida de la ciudad y estáis lejos de aquí, la nueva disposición de los edificios os aplastará.

—¿Y por qué este juego? —preguntó Dilvish, esperando otro tañido hasta que oyó la réplica.

—Eso no lo sabréis nunca, Botas Elfas, tanto si ganáis como si perdéis, porque sois únicamente un elemento del juego. Pero también estoy encargado de advertiros que quizá sufráis ataques en diversos puntos de cualquier ruta que elijáis.

Los edificios siguieron danzando con el sonido de la campana.

—No me interesa este juego —dijo Dilvish, y sacó la espada—. Y tengo intención de divertirme con otro. Acabo de elegirte para que me conduzcas fuera de aquí. Niégate, y perderás la compañía de tu cabeza.

El joven sonrió y, con la mano izquierda levantada, agarró un puñado de su cabello mientras sacaba su espada con la otra mano. Blandió el arma en lo alto y la dejó caer con un rápido y duro golpe sobre su cuello. La espada atravesó la carne.

Su mano izquierda se alzó, sosteniendo la partida cabeza, que todavía sonreía, sobre sus hombros. La campana sonó de nuevo. Los labios se movieron.

—¿Creías que te enfrentabas a mortales, forastero?

Dilvish frunció el ceño.

—Entiendo —dijo—. Muy bien. Enfréntate a él, Black.

—Con mucho gusto —replicó Black, y las llamas bailaron en su boca y llenaron las cuencas de sus ojos mientras se encabritaba coincidiendo con otro tañido.

El semblante de la partida cabeza mostró repentina sorpresa mientras el ambiente cobraba un rasgo eléctrico. Los cascos de Black se lanzaron hacia adelante, cayeron en un movimiento impropio de un caballo y golpearon a la silueta acompañados por un infernal tronido que apagó el siguiente campanazo. Un chillido escapó de la criatura antes de que se esfumara en una oleada de fuego.

La campana sonó dos veces más mientras Black recuperaba la estabilidad, y montura y jinete contemplaron los chamuscados adoquines. Luego hubo silencio. Las casas habían dejado de moverse.

—De acuerdo —dijo Dilvish, por fin—. Ya me lo advertiste. Gracias por tu acción.

Black avanzó acto seguido en círculo, y pudieron ver la nueva disposición de las calles que salían de la plaza.

—¿Alguna preferencia? —inquirió Black.

—Probemos por ahí —dijo Dilvish, señalando un callejón lateral a la izquierda.

—Perfectamente —dijo Black—. A propósito, he visto mejores ejecuciones de ese truco.

—¿Sí?

—Te lo explicaré en otra ocasión.

Avanzaron por el empedrado. Nada se movía alrededor.

La calle era estrecha y corta. Las casas se apiñaban a ambos lados de Dilvish. Hubo un abrupto giro hacia la derecha, luego hacia la izquierda.

—¡Psst! ¡Por aquí! —sonó una voz a la izquierda.

—La primera emboscada —murmuró Dilvish.

Volvió la cabeza y sacó la espada.

Un hombrecillo de oscuros ojos y agradable sonrisa, con el largo pelo cano recogido en un moño alto, las manos alzadas a la altura de los hombros y con las vacías palmas abiertas, les observaba desde un umbral. Vestía ropa gris muy raída.

—No temas —musitó rápidamente—. Quiero ayudarte. No es un truco.

Dilvish no bajó la espada.

—¿Quién eres?

—Del otro bando —fue la réplica.

—¿Qué quieres decir?

—Esto es un juego, tanto si te gusta como si no —dijo el hombrecillo—. Entre dos jugadores. El otro bando quiere que tú mueras aquí. El mío solo ganará si huyes. El otro bando es el responsable de la ciudad. Yo soy responsable de burlarlo.

—¿Cómo sé que dices la verdad? ¿Cómo puedo distinguir ambos bandos?

El desconocido contempló la pechera de su camisa y arrugó la frente.

—¿Puedo bajar una mano?

—Adelante.

Bajó la mano derecha y alisó la holgada prenda que cubría su pecho. Con ello se vio el emblema de un pez que nadaba hacia la derecha. El hombrecillo lo señaló.

—El del pez que nada hacia la derecha —dijo— es el que quiere verte a salvo lejos de aquí. Ahora comprueba mis palabras. Dos esquinas más, y será mejor que te prepares para un ataque desde lo alto.

Dicho esto, el hombrecillo se apoyó en la puerta, que cedió. La cerró después de entrar, y Dilvish oyó bajar una barra.

—Vamos —dijo a Black.

No había ruidos aparte de los cascos de Black al doblar la primera esquina. Dilvish siguió cabalgando con la espada desenvainada y los ojos escrutando cualquier abertura.

La segunda esquina continuaba con un arco. Dilvish fue más despacio y lo examinó antes de proseguir. Pasaron bajo el arco y continuaron por la callejuela. Una puerta con enrejado permitía ver un pequeño patio. Dilvish miró abajo y arriba pero no vio nada.

Luego escuchó el ruido de metal arañando piedra en lo alto. Miró hacia arriba.

—¡Black! ¡Black! —gritó.

Su montura invirtió su movimiento sin volverse, rápidamente, mientras una catarata de humeante aceite caía y salpicaba las piedras delante. Dilvish solo vislumbró las siluetas en el tejado de la derecha.

Hubo un terrorífico estruendo que produjo ecos y reverberó alrededor. Al volver la cabeza, Dilvish vio que habían arrojado una enorme puerta con barras desde el arco. El charco de burbujeante aceite siguió creciendo, extendiéndose hacia Black.

—No podré mantenerme en pie ahí —dijo Black.

—¡Esa puerta, a la derecha! ¡Embístela!

Black se volvió y chocó contra la puerta enrejada. La puerta quedó rota, pasaron por el hueco y llegaron a un pequeño patio enlosado con una fuentecilla seca en el centro y una puerta de madera en el extremo opuesto.

—¡Es un engaño! —sonó una voz en lo alto y a la izquierda—. ¿Te advirtieron?

Dilvish miró hacia arriba.

Allí, en un pequeño balcón de un tercer piso, había un hombre de aspecto muy similar al informante de Dilvish, aunque su cabello estaba atado con una cinta azul y en su pechera estaba el emblema de un pez que nadaba hacia la izquierda. En sus manos llevaba una ballesta, que alzó para apuntar a Dilvish.

Dilvish se deslizó hacia la derecha de Black y se acurrucó. Oyó que el dardo golpeaba el metálico costado de su montura.

—¡Por la otra puerta antes de que pueda cargarla otra vez! ¡Yo iré detrás!

Black salió como una flecha, ni siquiera se detuvo al golpear la puerta. Dilvish corrió detrás.

—¡Engaño! ¡Engaño! —resonó el grito.

La nueva calle discurría en ambas direcciones.

—A la derecha —dijo Dilvish mientras montaba.

Black galopó en esa dirección. Llegó a una bifurcación. Cogieron el camino de la izquierda, que iba ligeramente cuesta arriba.

—Quizá valga la pena arriesgarse a subir al tejado de una casa alta —dijo Dilvish—. Es posible que pueda ver la salida.

—No es necesario —sonó una voz familiar a la derecha—. Yo puedo ahorrarte tiempo y esfuerzo. Ya has encontrado un atajo... por ahí. No está muy lejos.

Dilvish miró al primer hombre a los ojos, el del moño, con el emblema del pez mirando a la derecha. Estaba en una ventana baja, a solo un brazo de distancia.

—Pero debes apresurarte. Él ya está llevando sus fuerzas a la entrada. Si llega primero, todo habrá terminado.

—Podría haberse limitado a vigilarla desde el principio y aguardar.

—No está permitido. No puede empezar allí. Coge la siguiente a la derecha, la siguiente a la izquierda y dos veces más a la derecha. Pasarás por un callejón y saldrás a un gran patio. La salida estará a la izquierda y abierta. ¡Apresúrate!

Dilvish saludó y Black partió al galope, doblando a la derecha en la siguiente esquina.

—¿Crees en él? —preguntó Black.

Dilvish se alzó de hombros.

—Debo intentarlo o correr un terrible riesgo.

—¿A qué te refieres?

—Usar la magia más potente que conozco.

—¿Una de las Frases Atroces que aprendiste en el Infierno, para el día que encuentres a tu enemigo?

—Exacto. Una de las doce sirve para arrasar una ciudad.

Black giró a la izquierda, con precaución, y continuó.

—¿Qué efecto crees que tendría contra una construcción tan mágica como esta?

—En cuanto a poder bruto, la magia terrenal no puede igualarla...

—Pero no hay avisos. No tendrás una segunda oportunidad si cometes un error.

—No hace falta que me lo digas.

Black se detuvo en la siguiente esquina, atisbó el otro lado, continuó.

—Si él ha dicho la verdad, casi hemos llegado —musitó—. Esperemos haber superado al otro jugador. Y la próxima vez, ¡confía más en tus mapas!

—De acuerdo. Ahí está la esquina. Con cuidado ahora...

Doblaron la última esquina. Había un largo callejón iluminado en el extremo opuesto.

—Hasta ahora parece que él ha dicho la verdad —murmuró Black, yendo más despacio para suavizar el sonido de sus cascos.

Se detuvieron al llegar al final del callejón, y contemplaron un patio.

El hombre que habían dejado en el balcón se hallaba en el centro del patio, sonriéndoles. En su mano derecha empuñaba el asta de una lanza.

—Me has hecho correr —dijo—. Pero mi camino era más corto... como puedes ver. —Miró a la derecha—. Ahí está la puerta.

Levantó la lanza y golpeó el suelo tres veces con ella. De inmediato, las losas que lo rodeaban se alzaron igual que trampas y diversos personajes salieron del suelo. Quizás había dos decenas de hombres. Todos blandían lanzas. Todos levantaron la mano izquierda, se agarraron el cabello y alzaron su cabeza por encima de los hombros. Todos rieron entonces, volvieron a colocarse la cabeza, agarraron las lanzas con ambas manos y avanzaron por el patio.

—¡Black! —dijo Dilvish—. ¡Nunca lo conseguiremos!

Huyeron por el callejón y giraron a la izquierda. Oyeron detrás a los lanceros.

—Había otras calles que daban a ese patio —dijo Dilvish—. Si pudiéramos dar la vuelta...

—Otra calle...

—¡A la izquierda!

Black obedeció.

—Otra.

—¡Derecha!

La calle acababa en una plaza en un cruce, con una fuente en el centro. De pronto, varios lanceros llegaron por la izquierda y por el frente. Detrás seguía oyéndose el ruido de la persecución.

Black fue hacia la derecha y siguió en esa dirección tras un breve trecho. Calle arriba, una puerta cayó y les cerró el paso. Doblaron a la izquierda y entraron en una larga zona de arcos que bordeaba un jardín.

—¡Métete por el jardín! —sonó una voz detrás de una hilera de matorrales—. ¡Hay una puerta allí! —El otro hombrecillo se levantó y señaló—. Luego, recuerda, dos veces a la izquierda y una a la derecha, dos veces a la izquierda y una a la derecha... ¡Todo el camino así!

Los cascos de Black destrozaron el jardín cuando se dirigió hacia la puerta. Después se encabritó y se detuvo, en el mismo momento que un tañido de campana vibraba en el aire.

—Oh, oh —dijo el hombrecillo del moño.

Una casa, a la izquierda, giró noventa grados, se estabilizó y se deslizó calle abajo. Una cerca de piedra se alejó rápidamente. Una torre avanzó poco a poco. El segundo hombrecillo llegó a la zona y se situó junto al otro. Estaba risueño. El primero, no.

—¿Ha llegado el momento? —preguntó Black mientras una vivienda pasaba velozmente al lado y cruzaba un arco que se dirigía hacia ellos.

—Me temo que sí —dijo Dilvish. Se irguió y alzó ambos brazos por encima de la cabeza—. Mabra, brahoring Mabra...

Descendió un intenso viento, que contenía un gemido. Formó remolinos que solamente afectaron a Dilvish con un escalofrío, y una humeante neblina brotó de las casas.

Mientras Dilvish seguía hablando, se inició un ruido de destrozo y astillamiento, seguido a los pocos instantes por el estruendo de la mampostería que se derrumbaba. En alguna parte, un campanario se tambaleó y se desplomó; un último y estridente retumbo brotó de la campana al caer y destrozarse sobre una tienda o residencia que corría velozmente.

El suelo tembló cuando el gemido se convirtió en un aullido ensordecedor. Las casas desaparecieron en sus mantos de niebla. Luego hubo un crujido como de cien árboles hendidos por rayos, y el viento cesó con la misma brusquedad con que había comenzado.

Dilvish y Black se hallaban en la cumbre de una colina bañada por el sol. Alrededor de ellos no quedaba rastro de la ciudad.

—Felicidades —dijo Black—. Muy bien ejecutado.

—Y yo debo añadir mi felicitación —sonó una voz familiar detrás del jinete.

Tras volver la cabeza, Dilvish vio al hombrecillo del moño, cuyo pez nadaba hacia la derecha.

—Mis más sinceras disculpas —prosiguió—. No tenía la menor idea de que habíamos atrapado a un hermano mago. Ha sido una Frase Atroz, ¿no es cierto? Nunca había visto una ejecutada.

—Sí, lo era.

—Por fortuna llegué rápidamente cerca de la zona protegida. Mi hermano, claro está, ha tenido que desaparecer con su ciudad. Deseo darte las gracias por eso... Muchas gracias.

—Ahora me gustaría una explicación —dijo Dilvish— de lo que ha pasado. ¿No conocíais mejores formas de diversión?

—¡Ah, buen caballero! —dijo el hombrecillo, apretándose las manos—. ¿No lo has deducido del parecido? Éramos gemelos... una situación muy desgraciada siendo ambos practicantes de las artes más sutiles. El poder está repartido. Cada uno tenía la mitad de fuerza que podía tener si...

—Empiezo a comprender —dijo Dilvish—, un poco.

—Sí. Recurrimos a duelos, pero estábamos muy igualados. Por eso, en vez de compartir una debilidad, llegamos a un acuerdo. Uno de nosotros pasaría diez años exiliado en un limbo astral mientras el otro disfrutaba de pleno poder aquí. Al final de dicho tiempo, jugaríamos a este juego para determinar quién pasaría los siguientes diez años en la tierra. Uno de los dos erigiría la ciudad, el otro apoyaría al campeón que se enfrentara al laberinto. Yo estaba bastante deprimido cuando atraje al campeón esta vez, porque la ciudad solía vencer siempre. Pero tú has sido mi buena suerte, caballero. Debimos sospechar algo al ver tu montura. ¡Pero quién podía sospechar una Frase Atroz! Aprender eso debió de ser un infierno.

—Lo fue.

—Naturalmente estoy en deuda contigo, y ahora tengo pleno poder... o casi pleno. ¿Hay alguna forma en que pueda serte útil?

—Sí —dijo Dilvish.

—Di cuál.

—Estoy buscando a un hombre... no, a un mago. Si tienes conocimiento de su paradero, quiero saberlo. Mencionarle aquí es arriesgado, porque es posible que su atención se haya visto atraída por estos actos recientes de poder. Su fuerza es potentísima, y muy siniestra. ¿Sabes de quién hablo?

—No... no estoy seguro.

Dilvish suspiró.

—Muy bien.

Desmontó y, con la punta de la espada, escribió la palabra Jelerak en la tierra.

El menudo mago se puso pálido y se frotó las manos otra vez.

—¡Oh, buen caballero! ¡Buscas tu muerte!

—No, la suya —dijo Dilvish, borrando el nombre con la punta de una bota—. ¿Puedes ayudarme?

El otro hombre tragó saliva.

—Que yo sepa, él tiene siete castillos en diferentes lugares del mundo. Están defendidos de forma distinta. Él utiliza siervos humanos e inhumanos. Se rumorea que él puede ir rápidamente de una a otra de estas fortalezas. ¿Cómo es que no conoces estos detalles?

—He estado lejos algún tiempo. Ten paciencia conmigo. ¿Dónde están situados esos castillos?

—Creo saber quién eres —dijo el mago. Se arrodilló y trazó rayas en el suelo con su dedo.

Dilvish se agachó junto a él y observó cómo iba cobrando forma el mapa.

—...Éste es el del confín del mundo, que sólo he visto en visiones. Aquí está la Fortaleza Roja... Hay otro muy al sur...

Dilvish grabó las posiciones en su memoria conforme aparecían ante él.

—...El más cercano parece ser pues el que llamas la Torre de Hielo —dijo Dilvish—. A cien leguas al noreste de aquí. He oído rumores de ese lugar. He estado buscándolo.

—Acepta mi consejo, Libertador —dijo el hombrecillo mientras se ponía en pie—. No...

La ciudad se alzaba de nuevo alrededor, pero alterada. Empezaba en un punto más bajo y se extendía colina abajo hasta el límite de la visión.

—¿No habrás... eh... invocado la ciudad para hacer una bromita, no? —preguntó el mago.

—No.

—Temía que dijeras eso. Ha aparecido con un silencio espantoso, ¿no es cierto?

—Sí.

—Mucho más extensa, además. Strodd y yo jamás habríamos podido construirla así. ¿Y ahora qué? ¿Crees que él quiere que entremos?

Una oscura mole apareció en lo alto del cielo.

—Yo entraría gustosamente, si él estuviera aguardándome dentro.

—¡No digas eso, amigo! ¡Mira!

Igual que lentos rayos, capas de fuego cayeron del cielo, en silencio, sobre la nueva ciudad. Al cabo de unos momentos las casas ardieron. Se olía a humo. Las cenizas flotaban en el aire. Dilvish y el mago no tardaron en verse rodeados por un gigantesco muro de fuego, y oleadas de calor cayeron sobre ellos.

—Una ejecución magnífica —observó el mago, enjugándose la frente con la manga—. Voy a decirte mi nombre, Strodd, en un acto de suma generosidad por mi parte, ya que quizás estemos sentenciados a muerte, de todas formas... y creo que ya he adivinado el tuyo. ¿No es cierto?

—Diría que sí.

Las llamas comenzaron a extinguirse. No había ciudad bajo ellas.

—Sí, una ejecución magnífica —comentó Strodd—. Creo que la exhibición está prácticamente terminada, pero me extraña que él no se haya limitado a desviar el fuego hacia nosotros.

Black se echó a reír, con una risa áspera, metálica.

—Hay motivos —dijo.

El fuego fluctuó y desapareció, dejando la soleada colina exactamente igual que hacía un rato.

—Bien, ya está —dijo Strodd—. De pronto estoy ansioso por emprender un largo viaje, por motivos de salud. Uno se debilita un poco con tanto errar por limbos astrales. Sigo debiéndote algo, pero temo la compañía que puedas tener. Preferiría que recurrieras a mí para pequeños problemas, y no para esa gran aventura que temo vas a correr... ¿Me entiendes?

—Lo recordaré —dijo Dilvish, risueño. Montó a Black y volvió la cabeza hacia el noreste.

Strodd se sobresaltó.

—Temía que irías por ahí —dijo—. Bien, de todas formas, buena suerte para ti.

—Y para ti.

Dilvish lanzó un saludo al hombrecillo antes de alejarse.

—¿La Torre de Hielo? —dijo Black.

—La Torre de Hielo.

Cuando Dilvish volvió la cabeza, la cumbre de la colina estaba vacía.

Todo ese día, cruzando el campo de hielo, el jinete del pulido animal negro no se enteró de que lo perseguían. Había vislumbrado la gran forma blanca que corría a medio galope muy lejos, entre la nieve arrastrada por el viento. Luego, con la luz de la luna chispeando en las tersas y níveas sombras y con un viento helado que barría las montañas y la oscurecida llanura, el jinete oyó el primer aullido de su perseguidor.

Pero las montañas ya estaban muy cerca. En algún lugar de la base, quizás habría un hueco, una cueva, un refugio fortificado... un lugar donde poder descansar con roca detrás y al lado, una hoguera delante y la espada en las rodillas.

El aullido se repitió. La gran montura negra avanzó con más lentitud. Enormes rocas yacían dispersas, primero delante, luego a los lados... El jinete prosiguió entre las rocas, con los ojos examinando los taludes en busca de indicios de una posible abertura.

—Allí, delante —sonó la baja voz, debajo y por delante del jinete. Había hablado el animal.

—Sí, la veo. ¿Cabremos?

—En caso contrario, la agrandaré. Es peligroso seguir buscando. Quizá no haya más.

—Cierto.

Se detuvieron ante la boca. El hombre desmontó, y sus botas verdes no hicieron ruido en la nieve. Su negra montura, similar a un caballo, fue la primera en entrar.

—Es más espaciosa de lo que parece, vacía y seca. Entra.

El hombre entró en la cueva, agachando la cabeza bajo el borde exterior. Se arrodilló y buscó leña a tientas.

—Unas ramitas, una rama, hojas...

Hizo un montón y se sentó. El animal seguía detrás. El jinete se quitó la espada y la dejó cerca.

Hubo otro aullido, mucho más cerca.

—Ojalá ese maldito lobo blanco tenga el valor suficiente para atacar. No podré dormir hasta que hayamos resuelto nuestras diferencias —dijo el hombre tras encontrar su pedernal—. Todo el día ha estado acechándonos, siguiéndonos, observando, aguardando...

—Creo que es a mí al que más teme —dijo la oscura silueta—. Presiente que no soy natural, y que te protegeré.

—Yo también tendría miedo de ti —dijo el hombre, riendo.

—Pero tu inteligencia es humana. ¿Y la suya?

—¿Qué quieres decir?

—Nada. De verdad. No lo sé. Come. Descansa. Yo te protegeré.

Las hojas ardieron bajo la lluvia de chispas, despidieron humo.

—Si se arriesga a las llamas, salta rápidamente y me atrapa, podría arrastrarme fuera de aquí... hasta alguna capa de nieve donde alguien de tu peso no podría caminar bien. Así lo haría yo.

—Ahora estás concediéndole demasiada sabiduría.

El hombre echó más leña, sacó sus provisiones.

—Lo veo moverse, entre las rocas. Tiene hambre, pero piensa esperar... el momento oportuno.

El jinete desenvainó su espada.

—¿Hay alguna forma especial de conocer a una bestia espectral? —preguntó.

—No, salvo si ves que cambia de forma, o la oyes hablar.

—¡Eh, ahí fuera! —gritó de pronto el hombre—. ¿Hacemos un trato? Compartiré mis provisiones contigo y te irás. ¿De acuerdo?

Sólo el viento respondió.

El jinete cogió un trozo de carne, lo espetó y lo calentó. Luego lo partió por la mitad y dejó un trozo a un lado.

—Están siendo bastante ridículos —dijo su compañero.

El hombre se encogió de hombros y empezó a comer. Fundió nieve para tener agua, la mezcló con un poco de vino, bebió.

Pasó una hora. El jinete estaba sentado envuelto en su capa y en una manta plegada, echando al fuego las últimas ramas.

En el exterior, la nívea silueta se aproximó. El hombre vio el reflejo del fuego en aquellos ojos por primera vez, pasando hacia la izquierda y hacia un punto invisible para su negro compañero. No dijo nada. Observó. Los ojos pasaron más cerca... grandes, amarillos.

Por fin los ojos se detuvieron, a poca altura, al otro lado del borde de la boca de la cueva.

—¡La carne! —sonó un jadeante susurro.

El jinete puso una mano en la pata delantera de su compañero, indicándole que permaneciera quieto. Con la otra mano, cogió el trozo de carne y lo lanzó fuera. La carne desapareció de inmediato, y el hombre escuchó el ruido de la bestia al masticar.

—¿Eso es todo? —sonó la voz al cabo de un rato.

—La mitad de mi ración, tal como prometí —musitó el jinete.

—Estoy muy hambriento. Temo que deberé comerte también. Lo lamento.

—Lo sé. Y también yo lo lamento, pero lo que me queda debe servirme de alimento hasta llegar a la Torre de Hielo. Además, tendré que matarte si tratas de capturarme.

—¿La Torre de Hielo? Morirás allí y habrás desperdiciado las provisiones. Habrás desperdiciado la misma carne de tu cuerpo. El amo de ese lugar te matará. ¿No lo sabías?

—No, si yo lo mato antes.

La bestia blanca jadeó unos instantes.

—Estoy tan hambriento... —repitió—. Dentro de poco tendré que intentar capturarte. Algunas cosas son peores que la muerte.

—Lo sé.

—¿Puedes decirme tu nombre?

—Dilvish.

—Creo haber oído ese nombre, hace tiempo...

—Es posible.

—Si él no te mata... ¡Mírame! También yo, una vez, traté de matarlo. También yo fui hombre en otro tiempo.

—No conozco el hechizo capaz de liberarte.

—Demasiado tarde. Ya no me preocupa eso. Sólo la comida.

Hubo un sonido de babeo, seguido por una brusca aspiración. El hombre dispuso la espada en su mano y aguardó.

—Recuerdo haber oído hablar de un tal Dilvish hace tiempo, llamado el Libertador —se oyeron las lentas palabras—. Era fuerte.

Silencio.

—Yo soy ese Dilvish.

Silencio.

—Deja que me acerque un poco más... ¡Y tus botas son verdes!

La blanca silueta retrocedió. Los ojos amarillos miraron los del jinete y permanecieron inmóviles.

—Tengo hambre, siempre tengo hambre.

—Lo sé.

—Sólo conozco un ser que sea más fuerte. Tú también lo conoces. Adiós.

—Adiós.

Los ojos desaparecieron. La sombría forma se alejó de la cueva. Más tarde Dilvish oyó un aullido a lo lejos. Luego, silencio.