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Misterio en el Caribe - Agatha Christie

CAPÍTULO XVI
 
MISS MARPLE BUSCA AYUDA

Cualquiera que hubiese visto a aquella dama ya entrada en años que se encontraba frente a su «bungalow» de pie, en actitud meditativa, se habría figurado que pensaba única y exclusivamente en la manera de sacar el máximo fruto posible de la jornada que tenía por delante... ¿Qué hacer? Quizá no fuese mala idea visitar el Castillo de Cliff, o ir a Jamestown... Tampoco era mal plan comer en Penguins Point, o pasar tranquilamente la mañana en la playa...

Pero la dama en cuestión pensaba en aquellos instantes en cosas muy distintas. La verdad era que interiormente había adoptado una actitud militante, una actitud abocada a la acción.

«Es preciso hacer algo», se había dicho.

Además, estaba convencida de que no había tiempo que perder. Era indispensable actuar con toda urgencia. Ahora bien, ¿a quién hubiera podido convencer ella a su vez de que no andaba completamente equivocada?

Con tiempo de sobra se creía capaz de descifrar el enigma que contemplaba por sí misma. Ya había averiguado muchos detalles en relación con aquel. Pero no todos los que precisaba. Y el plazo de tiempo de que disponía era muy breve. Había advertido ya que dentro de aquella isla paradisíaca no contaba con ninguno de sus aliados habituales.

Pensó, apenada, en sus amigos de Inglaterra... En sir Henry Clithering, eternamente dispuesto a escucharla con la mayor indulgencia. En Dermot, su ahijado, quien, a pesar de su alta calificación en Scotland Yard, creía firmemente que cuando miss Marple emitía una opinión esta era merecedora de un detenido análisis porque, normalmente, contenía algo sustancial...

En cambio, ¿qué atención podía prestar a las sugerencias de una anciana dama extranjera aquel policía indígena de la voz melosa que ella conocía? ¿Cabía pensar en el doctor Graham? No. Este no era el hombre que ella necesitaba. Resultaba demasiado suave en sus maneras, demasiado vacilante... No era hombre de vivos reflejos, de rápidas decisiones.

Miss Marple, sintiéndose una humilde delegada del Altísimo, llegó casi a proclamar en alta voz su necesidad de aquellos instantes con bíblicas frases.

—¿Quién vendrá por mí? ¿A quién seré enviada?

El sonido que percibió poco después no fue reconocido instantáneamente por ella como una respuesta a su plegaria... No, no. En absoluto. Mentalmente lo registró como la posible llamada de un hombre, pendiente de su perro.

—¡Eh!

Miss Marple, muy perpleja, prefirió apartar la atención de aquella voz.

—¡Eh!

Ahora el tono era más ronco. Miss Marple echó un vistazo a su alrededor.

—¡Eh! —gritó mister Rafiel impaciente, añadiendo—: ¡Sí, usted...!

A miss Marple le costó trabajo comprender que aquella llamada iba dirigida a ella. Tratábase de un método para establecer comunicación acerca del cual carecía de experiencia. Desde luego, el procedimiento tenía bien poco o nada de cortés. Miss Marple no se ofendió porque nadie se ofendía nunca con mister Rafiel, quien hacía muchas cosas arbitrariamente. La gente le aceptaba como era, igual que si dispusiera de una autorización especial. Miss Marple miró hacia el «bungalow» vecino. El viejo le hizo señas.

—¿Me estaba usted llamando? —inquirió miss Marple.

—Naturalmente que la estaba llamando —respondió mister Rafiel—. ¿A quién cree usted que llamaba si no? ¿A algún gato? Vamos, acérquese.

Miss Marple volvió la cabeza, buscando su bolso, lo cogió y cruzó el espacio que separaba una casita de otra.

—A menos que alguien me ayude, no puedo ir hacia usted —replicó mister Rafiel—, de manera que no hay más remedio que invertir los términos.

—Le comprendo perfectamente, mister Rafiel.

Éste le señaló una silla.

—Siéntese. Quiero charlar con usted. Algo muy extraño está ocurriendo en nuestra isla.

—Así es, en efecto —respondió ella, tomando asiento, de acuerdo con la indicación del anciano.

Impulsada por un hábito muy arraigado, miss Marple sacó del bolso sus agujas y su lana.

—Deje usted su labor a un lado —dijo mister Rafiel—. No puedo soportarla. Me disgustan las mujeres que pasan el tiempo entretenidas con esas tareas. Me sacan de quicio.

Miss Marple volvió a guardar dócilmente sus cosas en el bolso. En su gesto no hubo el menor amago de rebeldía. Antes bien, adoptó el aire de la enfermera dispuesta a tolerar las extravagancias de un enfermo veleidoso.

—Se habla mucho por ahí y apostaría lo que fuese a que usted está al corriente de eso —declaró el anciano—. Y lo que digo ahora de usted hágalo extensivo al canónigo y a su hermana.

—En vista de lo sucedido en el hotel recientemente parece muy natural que la gente formule comentarios de muy diversas clases —alegó miss Marple.

—Veamos... Esa chica nativa es hallada entre unos arbustos, asesinada. Ese incidente quizá no ofrezca nada de particular. Es posible que el hombre que vivía con ella fuese celoso y... También puede ser que anduviera con otra mujer, y la muchacha provocara una riña. Ya sabe usted lo que son estas cosas en el trópico. Algo por este estilo tiene que haber ocurrido. ¿Usted qué opina?

—No por ahí —dijo miss Marple vagamente, moviendo la cabeza.

—Las autoridades adoptan idéntica posición...

—Aquéllas le informarían a usted mejor que a mí siempre —señaló miss Marple.

—Sin embargo, estoy seguro de que usted está más enterada que yo. No en balde ha prestado oídos a cuanto se ha dicho por aquí sobre este asunto.

—Eso es cierto.

—Usted, aparte de eso, tiene poco que hacer, ¿eh?

—No hay otro modo de hacerse con una información de utilidad.

—Debo confesarle una cosa... —declaró mister Rafiel, estudiando detenidamente a miss Marple—. He incurrido en un error con respecto a usted. Yo no suelo equivocarme con la gente. Usted no es como yo me la imaginé en un principio... Estaba pensando en todos los rumores puestos en circulación con motivo de la muerte del comandante Palgrave. Usted cree que fue asesinado, ¿verdad?

—Mucho me temo que sí —contestó miss Marple.

—Yo estoy absolutamente convencido de ello.

Miss Marple contuvo el aliento.

—Es una respuesta categórica la suya, ¿no le parece?

—Sí que lo es —reconoció el viejo—. Se la debo a Daventry. No estoy traicionando ninguna confidencia porque al final habrá de ser conocido el resultado de la autopsia. Usted le dijo a Graham algo; este se fue a ver a Daventry; Daventry visitó al administrador; la Brigada de Investigación Criminal fue informada oportunamente... Luego convinieron todos que existían algunas cosas nada claras en la muerte del pobre Palgrave. Optaron por desenterrar el cadáver de este y echarle un vistazo, a fin de averiguar a qué causas obedeció la muerte.

—¿Anduvieran qué es lo que encontraron? —preguntó miss Marple.

—Descubrieron que le había sido administrada una dosis mortal de un producto cuyo nombre solo es capaz de pronunciarlo bien un médico. Por lo que yo recuerdo suena como di-cloro-hexagonaletilcarbenzol. Por supuesto, esa no es su denominación. Puedo decir que me he aprendido la música, pero no la letra. El médico del servicio policíaco utilizó esa palabra, u otra semejante, para que nadie supiera tanto como él. Lo más probable es que la droga lleve un nombre muy corriente, que se llame Evipan, Veronal o Jarabe de Easton... Algo así, en fin. Con la denominación oficial se chasca a los hombres de leyes. Bueno, el caso es que una pequeña dosis del producto es capaz de causar la muerte. Los síntomas que se presentan son los mismos que sufren los sujetos que padecen de hipertensión... agravada por el descuido y la afición al alcohol y a las veladas alegres. Por eso, al empezar toda la historia de la muerte de Palgrave la gente acogió esta como algo natural, sin recelos. Todos exclamaron: «¡Pobre viejo!», apresurándose a darle cristiana sepultura. Ahora los investigadores dudan de que tuviera el menor indicio de tensión. ¿Le confesó a usted algo en tal sentido el comandante?

—No.

—¡Exacto! Y, no obstante, todo el mundo dio eso por descontado.

—Me parece que el comandante Palgrave habló con algunas personas de eso.

—¡Bah! Es como cuando la gente ve fantasmas —manifestó mister Rafiel—. Jamás da uno con el tipo que afirme haberse encontrado frente al duende de turno. Siempre acaba por ser un primo, en segundo grado, de una tía, un amigo de esta o un amigo de otro amigo. Todo el mundo pensó en la hipertensión porque en el dormitorio de la víctima fue hallado un frasco de tabletas, un preparado que acostumbran recetar los médicos a los pacientes aquejados de esa enfermedad. Ahora llegamos al punto más interesante de la cuestión... Yo creo que la muchacha indígena fue asesinada por haber dicho que las tabletas podían haber sido colocadas en el estante del lavabo de Palgrave no por este, sino por otra persona. El frasco de tabletas lo había visto antes, en la habitación de un individuo llamado Greg...

—El señor Dyson padece de hipertensión. Su esposa lo declaró así —apuntó miss Marple.

—Repito: su frasco fue dejado en la habitación de Palgrave para sugerir su enfermedad y hacer aparecer su muerte como natural.

—Exacto. Luego se puso en circulación, hábilmente, un cuento: Palgrave dijo allí que padecía de tensión arterial... Bueno, ya lo sabe usted, resulta bastante fácil difundir un rumor. Sí, muy fácil. Yo he tenido ocasión de comprobarlo más de una vez prácticamente.

—No lo dudo, miss Marple.

—Solo se requiere una leve murmuración en un par de puntos estratégicos. Nunca se afirma que la información fue lograda personalmente. Hay que decir, por ejemplo, que la señora B le dijo al coronel C, que según la opinión de X, etc. Las noticias son, invariablemente, de segunda, de tercera, ¡hasta de cuarta mano!, por lo que es imposible averiguar de quién partió el rumor. ¡Oh, sí! ¡Ya lo creo que es factible eso! Después la gente repite ante nuevas personas la habladuría, que se propaga, que se amplía incluso, que corre con la velocidad de un reguero de pólvora.

—Aquí, entre nosotros, debe haber alguien de cuya inteligencia no cabe dudar —declaró mister Rafiel, pensativo.

—Sí, tiene usted razón.

—Victoria Johnson debió ver algo, debió descubrir algún secreto importante. Supongo que luego pensaría en hacer chantaje.

—Tal vez no llegara siquiera a eso. En estos hoteles grandes las doncellas se enteran de cosas que determinados huéspedes no quieren que se divulguen. Con tal motivo, menudean por parte de aquellos las propinas espléndidas y hasta los presentes en metálico. Es posible que la chica no advirtiera de buenas a primeras la importancia de su hallazgo o descubrimiento.

—El caso es que lo único que ha sacado en limpio de este asunto ha sido una puñalada en la espalda —señaló mister Rafiel brutalmente.

—Sí. Evidentemente existe alguien interesado en que no hablara.

—De acuerdo. Ahora veamos qué piensa usted de todo esto.

Miss Marple miró con un gesto de extrañeza a su interlocutor.

—¿Por qué está usted empeñado en creer que yo poseo más información que usted?

—Bueno. Es probable que ande equivocado... De todos modos, lo que a mí me interesa es apreciar sus ideas acerca de lo que usted conoce.

—Pero... ¿con qué fin?

—Aquí no puede uno hacer muchas cosas... aparte de dedicarse a ganar dinero.

Miss Marple no pudo disimular su sorpresa.

—Habla usted de dedicarse a ganar dinero... ¿Aquí?

—Si usted quiere, desde ese mismo hotel es posible enviar diariamente media docena de cables cifrados. Así es como yo me divierto.

—¿Cursa usted apuestas? —inquirió miss Marple dudosa, en el tono de quien se expresa en un idioma extraño.

—Algo por el estilo —manifestó mister Rafiel—. Enfrento mi talento con el de otros hombres. Lo malo es que esto no me ocupa mucho tiempo. He aquí la razón de que me haya interesado por lo sucedido en este mundillo del «Golden Palm». Ha conseguido picar mi curiosidad. Palgrave pasaba buena parte de su tiempo hablando con usted. No todo el mundo tiene la misma disposición para encajar un «rollo», miss Marple. ¿En qué se ocupaba normalmente?

—Me refería cosas de su juventud, de sus viajes...

—Estoy seguro de que era así. Y de que la mayor parte de sus relatos resultarían pesadísimos. Además, habría que oírlos las veces que a él se le antojaran...

—Los hombres, cuando envejecen, se vuelven así, me parece.

Mister Rafiel se irritó.

—Yo no voy por ahí contando cuentos a nadie, miss Marple. Continúe. Todo empezó con una de las historias de Palgrave, ¿no?

—Me dijo que conocía a un asesino. En realidad, nada hay de especial en esto... Me imagino que casi todo el mundo ha pasado por una cosa semejante.

—No comprendo lo que quiere decir.

—Me explicaré. Si usted mira hacia atrás, mister Rafiel, fijando la atención en determinados acontecimientos de su vida, recordará ocasiones en que alguien, sin más ni más, ha prorrumpido descuidadamente unas frases como estas: «¡Oh, sí! Conocía muy bien a Fulano de Tal... Murió de repente. Se dijo por unos y por otros que fue envenenado por su esposa, pero yo aseguraría que solo hubo habladurías...» ¿Verdad que sí ha oído a alguien expresarse en tales términos?

—Es posible, no sé... Claro que nunca hablando en serio, naturalmente.

—El comandante Palgrave gozaba lo suyo refiriendo aquella historia. Eso es lo que yo pienso. Afirmaba poseer una instantánea fotográfica en la que se veía la figura de un asesino. Se proponía enseñármela..., pero no lo hizo.

—¿Por qué?

—Porque en el instante preciso vio algo, o alguien, mejor dicho. Se puso muy encarnado y tornó a guardar la fotografía en su cartera de bolsillo, pasando a hablar de otro asunto.

—¿A quién vio?

—Eso me ha dado no poco que pensar —declaró miss Marple—. Yo me hallaba sentada junto a mi «bungalow» y él se había acomodado casi enfrente de mí. Sea lo que sea lo que viese hubo de distinguirlo mirando por encima de mi hombro.

—Alguien avanzaba entonces por el camino de la playa a espaldas de usted, hacia la derecha, procedente de la escollera y el aparcamiento de coches...

—Sí.

—¿Divisó usted a alguien en ese camino a que he aludido?

—Por él avanzaba la señora Dyson con su marido y también los señores Hillingdon.

—¿No vio a nadie más?

—No... Desde luego, su «bungalow» caería asimismo dentro de su campo visual...

—¡Ah! Entonces nos vemos obligados a incluir otra pareja en el grupo: Esther Walters y Jackson, mi ayuda de cámara. ¿Le parece bien? Cualquiera de los dos, supongo, pudo salir del «bungalow» y volver a entrar inmediatamente sin que usted lo advirtiera.

—Quizá... Yo no miré enseguida.

—Tenemos a los Dyson, los Hillingdon, Esther y Jackson... Uno de ellos es el criminal. También podría ser agregado yo a esa lista —dijo mister Rafiel.

Miss Marple sonrió levemente al oír sus últimas palabras.

—Palgrave se refirió a un asesino, concretamente, ¿no? ¿A un hombre, verdad?

—Sí.

—Perfectamente. Eso nos obliga a prescindir de Evelyn Hillingdon, de Lucky y de Esther Walters. Así, pues, el criminal, suponiendo que todas las insensateces e hipótesis anteriores sean ciertas, hay que buscarlo entre Dyson, Hillingdon y mi querido Jackson, el individuo de las buenas palabras...

—Se ha olvidado de usted mismo —señaló miss Marple.

Mister Rafiel no hizo el menor caso de su malintencionada observación.

—No diga cosas que pueden irritarme... —se limitó a indicar a miss Marple—. Le confesaré algo que me produce una gran extrañeza y en la cual usted no ha reparado, creo. Si el asesino era uno de esos tres hombres, ¿por qué diablos no lo reconoció Palgrave antes? Todos se habrían visto infinidad de veces a lo largo de las dos semanas precedentes. ¿No le parece que eso no tiene sentido?

—Sí, sí puede tenerlo —opinó miss Marple.

—Explíqueme eso.

—Ciñéndonos a la historia referida por Palgrave hemos de tener en cuenta que aquel no había visto jamás al hombre de la fotografía. El relato le fue hecho al comandante por un médico. Este le regaló la instantánea a título de curiosidad. Es posible que Palgrave la mirase con atención cuando fue puesta en sus manos, pero luego se la guardaría en la cartera, entre otros papeles, convertida en un recuerdo más. Ocasionalmente, quizá, mostraría la cartulina a aquel que escuchase su historia... Otra cosa, mister Rafiel: no sabemos de cuándo data. A mí no me facilitó ninguna indicación en este aspecto. Quiero decir que es posible que llevase años contando su historia. Algunos de sus relatos referentes a la caza de tigres son de veinte años atrás.

—Podían serlo, dada su avanzada edad —comentó mister Rafiel.

—En consecuencia, yo no creo ni por un momento que el comandante Palgrave identificara el rostro del hombre de la fotografía con el de otro que se enfrentara con él casualmente. Lo que a mí me parece que ocurrió, estoy casi completamente segura de ello, es que al sacar la instantánea de su cartera estudió la faz del personaje instintivamente, encontrándose al levantar la vista con otra igual, o muy semejante, cuyo dueño se aproximaba a él, hallándose en tal momento el desconocido a una distancia de tres o cuatro metros...

—Efectivamente. Su razonamiento es muy atinado.

—Palgrave se quedó desconcertado —prosigió diciendo miss Marple—. Entonces se guardó a toda prisa la cartulina en la cartera, comenzando a hablar en voz alta de otra cosa.

—Por supuesto, aquella primera impresión no podía darle seguridades de ningún género —aventuró mister Rafiel.

—No. Pero más adelante, en cuanto se encontrara a solas, se pondría a examinar atentamente la fotografía, tratando de llegar a una conclusión: ¿había dado con una faz semejante o bien el hombre de carne y hueso que acababa de ver era el individuo de la fotografía?

Mister Rafiel reflexionó unos segundos. Luego movió la cabeza expresivamente.

—Aquí se ha deslizado algún error. La idea es inadecuada, absolutamente inadecuada. Él le estaba hablando a usted en voz alta, ¿no?

—Sí —respondió miss Marple—. Acostumbraba siempre a levantar la voz.

—Es cierto. Por consiguiente, cualquiera que se hubiera acercado a ustedes habría podido oírlo.

—Me imagino que su vozarrón era audible en bastantes metros a la redonda.

Mister Rafiel hizo otro movimiento denegatorio de cabeza.

—Es fantástico, demasiado fantástico —manifestó aquel—. ¿Quién no se echaría a reír al conocer tal historia? Aquí tenemos a un tipo ya entrado en años refiriendo un cuento que a su vez le fue relatado, mostrando a continuación una fotografía en la que aparece un individuo que tuvo que ver con un crimen cometido años atrás. Un año o dos, pongamos. ¿Cómo diablos va a preocupar eso al sujeto en cuestión? No existen pruebas... Hay, todo lo más, habladurías, circulando por diversos sitios, una historia de tercera mano. Incluso hubiera podido admitir la semejanza, comentando despreocupadamente: «Pues es verdad que me parezco a ese de la fotografía, tiene gracia. Qué coincidencia, ¿eh?» Nadie hubiera aceptado la sugerencia de Palgrave en serio. El hombre no tiene por qué temer nada, absolutamente nada. De haberse formalizado una acusación hubiera podido reírse de ella tranquilamente. ¿Por qué demonios decidió asesinar a Palgrave? Me parece un crimen innecesario. Piense en eso...

—Ya pienso, ya, en ese extremo —replicó miss Marple—. Y por tal motivo no puedo estar de acuerdo con usted. He ahí la causa de que yo me encuentre tan nerviosa, tan desasosegada. Hasta tal punto es cierto esto, que anoche no llegué a pegar un ojo.

Mister Rafiel escrutó su rostro.

—Veamos qué es lo que está pasando por su cabeza en estos momentos...

—Es posible que esté equivocada —manifestó miss Marple, vacilando.

—Es lo más probable —confirmó mister Rafiel, con su habitual falta de cortesía—. De todos modos, déjeme oír lo que ha estado usted madurando a lo largo de las horas de la madrugada.

—Existiría un móvil perfectamente fundamentado si...

—Si... ¿qué?

—Si dentro de poco, dentro de muy poco tiempo, tenía que haber otro asesinato.

Mister Rafiel reflexionó. Luego intentó ponerse más cómodo en su silla.

—Acláreme eso.

—¡Oh! ¡Soy tan torpe a la hora de dar explicaciones! —Miss Marple hablaba atropelladamente y con alguna incoherencia. Tenía las mejillas arreboladas—. Supongamos que alguien había planeado cometer un crimen. Usted recordará que en su historia el comandante Palgrave se refirió a un hombre cuya esposa murió en misteriosas circunstancias. Más adelante, transcurrido cierto tiempo hubo otro crimen que presentaba idénticas características. Un hombre que llevaba otro apellido estaba casado con una mujer que falleció en condiciones parecidas y el doctor que contaba esto le identificó como el mismo sujeto pese a haber cambiado de nombre. Bueno. Todo indica, ¿verdad?, que el criminal pertenecía al tipo de los que repiten sus procedimientos...

—Sí. Se encuentran antecedentes de aquel, tanto en la literatura como en la realidad. Continúe.

—Yo entiendo —prosigió miss Marple—, de acuerdo con lo que he leído y oído asegurar, que cuando un hombre comete una acción de esta clase y todo le sale bien por vez primera se siente inclinado a la repetición. Ve por todos lados facilidades; se tiene por un ser inteligente. Así es como llega a la segunda edición de su «hazaña». Al final aquello se convierte en un hábito. Elige en cada ocasión escenarios diferentes, adoptando otros nombres. Pero sus crímenes presentan muchos datos semejantes. Así es como yo opino, aunque muy bien pudiera estar equivocada...

—Por un lado admite tal posibilidad y por otro no cree en ella —subrayó con brusquedad el astuto mister Rafiel.

Miss Marple continuó hablando, sin comentar las anteriores palabras.

—De darse dichas circunstancias, de tener ese individuo hechos todos sus preparativos con el fin de cometer un crimen aquí mediante el cual aspiraba a desembarazarse de otra esposa, siendo el mismo el que hacía el número tres o el cuatro, hay que pensar que la historia referida por el comandante cobraba una singular importancia. ¿Cómo iba a tolerar el principal interesado que fuesen puestas de relieve a cada paso ciertas similitudes? Así han sido capturados algunos delincuentes. Las circunstancias en que se cometió un crimen llaman, por ejemplo, la atención de alguien que se apresura a comparar aquellas con las de otro caso acerca del cual existen abundantes informes, contenidos en una serie de recortes periodísticos. ¿Comprende ya por qué el desconocido criminal no puede consentir que, teniendo su acción minuciosamente planeada y a punto de ser llevada a la práctica, vaya el comandante Palgrave por ahí, refiriendo despreocupadamente su historia y mostrando la pequeña fotografía?

Miss Marple hizo una pausa al llegar aquí, dirigiendo una mirada suplicante a mister Rafiel, quien seguía escuchando con atención, antes de agregar:

—En esas condiciones usted comprenderá que es preciso que actúe con rapidez, con la mayor rapidez posible.

—En efecto —contestó el anciano—. Aquella misma noche, ¿eh?

—Eso es.

—Un trabajo algo precipitado, pero factible —manifestó mister Rafiel—. No hay más que poner las tabletas en la habitación de Palgrave, extender el rumor acerca de su enfermedad y añadir una leve cantidad de esa endiablada droga cuyo nombre tiene, más o menos, una docena de sílabas, al famoso «ponche de los colonos»...

—En efecto... Pero eso ha pasado ya. No tenemos por qué preocuparnos por ello. Es el futuro lo que cuenta ahora. Eliminado el comandante Palgrave, destruida la fotografía, ese hombre seguirá adelante con su plan, llevando a cabo el asesinato proyectado.

De los labios de mister Rafiel se escapó un silbido.

—Ha pensado usted detenidamente en esto, ¿eh?

Miss Marple asintió. Con voz firme, casi dictatorial, nada acostumbrada en ella, dijo:

—Tenemos que impedir que suceda eso, mister Rafiel. Tiene usted que impedirlo.

—¿Yo? —inquirió el viejo, atónito—. ¿Por qué yo?

—Porque usted es un hombre rico e importante —dijo miss Marple—. La gente se inclinará a hacer lo que usted diga o sugiera. De mí no harían el menor caso. Todos afirmarían que soy una vieja dada a idear fantasías.

—Y puede que tuvieran razón —manifestó mister Rafiel con su brusquedad de siempre—. Claro que en este caso demostrarían ser unos necios. Yo me inclinaría a pensar que no habría ni una sola persona que la creyese con cerebro suficiente para discurrir como lo ha hecho. Razona usted, en verdad, de una manera muy lógica. Son pocas las mujeres capaces de acometer con éxito tal empresa —mister Rafiel, incómodo, se agitó penosamente en su silla—. ¿Dónde diablos se encontrarán Esther y Jackson? Necesito cambiar de posición. No. No lograremos nada con que usted intente ayudarme. Le faltan a usted fuerzas para eso. No sé qué es lo que se propondrá esa pareja dejándome aquí solo.

—Iré en su busca.

—Usted no va a ir a ninguna parte. Se quedará aquí, conmigo. Trataremos los dos de descifrar el enigma. ¿Quién es el asesino? ¿El brillante Greg? ¿El silencioso Edward Hillingdon? ¿Jackson, mi querido servidor? Uno de los tres tiene que ser, ¿no?

El Misterioso Caso De Styles - Agatha Christie

Capítulo 2 - Dieciséis y diecisiete de julio

Había llegado a Styles el 5 de julio. Relataré a continuación los hechos ocurridos el 16 y 17 de aquel mes. Recapitularé los incidentes de aquellos días con tanta exactitud como me sea posible. Estos hechos salieron a la luz posteriormente, en el proceso, después de largos y pesados interrogatorios.

Recibí una carta de Evelyn Howard un par de días después de su marcha; en ella me decía que trabajaba como enfermera en el gran hospital de Middlingham, ciudad industrial a unas quince millas de Styles, y me rogaba le hiciera saber si la señora Inglethorp daba muestras de desear reconciliarse.

La única sombra que enturbiaba la tranquilidad de mi estancia en Styles era la extraordinaria preferencia de la señora Cavendish por la compañía del doctor Bauerstein, preferencia que me parecía incomprensible. No podía comprender qué era lo que veía en él, pero siempre estaba invitándole y con frecuencia hacían largas excursiones juntos. Sinceramente, su atractivo era para mí un misterio.

El 16 de julio cayó en lunes. Fue un día de mucho movimiento. La famosa tómbola se había inaugurado el sábado anterior, y aquella noche se representaría una función relacionada con la fiesta de la caridad, en la que la señora Inglethorp recitaría un poema patriótico. Habíamos estado toda la mañana muy atareados arreglando y decorando el local del pueblo donde la función iba a celebrarse. Almorzamos tarde y salimos al jardín a descansar. Observé que la actitud de John no era del todo normal. Parecía muy excitado e inquieto.

Después del té, la señora Inglethorp se retiró a sus habitaciones y yo desafié a Mary Cavendish a un partido de tenis.

A eso de las siete menos cuarto, la señora Inglethorp nos avisó a gritos que la comida se adelantaría aquella noche y que no íbamos a estar a punto. Tuvimos que darnos mucha prisa para llegar a tiempo y, antes de terminar de comer, el coche ya esperaba en la puerta.

La función constituyó un gran éxito y la actuación de la señora Inglethorp fue premiada con una ovación. Hubo también algunos cuadros plásticos en los que intervino Cynthia. La muchacha no regresó con nosotros, por haber sido invitada a una cena y a pasar la noche con unos amigos que habían actuado con ella en la representación.

A la mañana siguiente, la señora Inglethorp desayunó en la cama por encontrarse fatigada, pero a las 12:30 se presentó muy animada y nos arrastró a Lawrence y a mí a una comida en casa de unos amigos.

—Una invitación amabilísima de la señora Rolleston —dijo—. Es hermana de lady Tadminster. Los Rolleston vinieron a Inglaterra con Guillermo el Conquistador. Una de nuestras familias más antiguas.

Mary se había excusado de asistir, pretextando un compromiso con el doctor Bauerstein.

La comida resultó muy agradable y, al volver, Lawrence sugirió que pasáramos por Tarminster, dando un rodeo de una milla escasa, y le hiciéramos una visita a Cynthia en su dispensario. A la señora Inglethorp le pareció una idea excelente, pero como tenía que escribir varias cartas dijo que nos dejaría allí y que volviéramos con Cynthia cuanto antes en el tílburi.

El portero del hospital nos detuvo por sospechosos hasta que apareció Cynthia y respondió por nosotros. Su aspecto era reposado y estaba muy mona con su larga bata blanca. Nos llevó a su cuarto y nos presentó a un compañero suyo, individuo de aspecto terrible, a quien Cynthia llamaba alegremente «Nibs».

—¡Qué cantidad de botellas! —exclamé, dejando vagar la mirada por el pequeño cuarto—. ¿Sabe usted realmente lo que hay en todas ellas?

—Diga algo original —rezongó Cynthia—. Todo el que viene aquí dice lo mismo. Estamos pensando en conceder un premio al primero que no diga: «¡Qué cantidad de botellas!». Y ya sé qué es lo que va a decir ahora: «¿A cuántas personas ha envenenado?».

Me confesé culpable, riendo.

—Si supieran ustedes lo fácil que es envenenar a una persona por error, no bromearían acerca de ello. Vamos, vamos a tomar el té. Tenemos toda clase de provisiones en el armario. ¡No, Lawrence, ese es el armario de los venenos! El grande, eso es.

Tomamos el té alegremente y ayudamos a Cynthia a fregar los cacharros. Acabábamos de guardar la última cucharilla cuando se oyó un golpe en la puerta. Súbitamente, los rostros de Cynthia y Nibs se endurecieron, adquiriendo una expresión antipática.

—Pase —dijo Cynthia en tono profesional.

Apareció una joven enfermera de aspecto asustado, que entregó a Nibs una botella. Este, a su vez, se la dio a Cynthia, diciendo enigmáticamente:

—Yo no estoy aquí hoy.

Cynthia cogió la botella y la examinó con la severidad de un juez.

—Tenían que haberla traído esta mañana.

—La enfermera lo siente mucho. Se olvidó.

—La enfermera debería haber leído las instrucciones que hay en la puerta.

Por la expresión de la enfermerita comprendí que no había la menor probabilidad de que se atreviera a transmitir el mensaje a la temible «enfermera».

—De modo que ya no se puede hacer nada hasta mañana —concluyó Cynthia.

—¿No sería posible hacerlo esta noche?

—Estamos muy ocupados, pero si hay tiempo se hará —dijo Cynthia, condescendiente.

La pequeña enfermera se retiró y Cynthia cogió un frasco del estante, llenó la botella y la colocó en la mesa. Me reí.

—¿Manteniendo la disciplina?

—Eso es. Venga al balcón. Desde allí se ven todos los pabellones.

Seguí a Cynthia y a su amigo, quienes me señalaron las diferentes salas. Lawrence se quedó atrás, pero al cabo de unos segundos Cynthia se volvió y le dijo que se reuniera con nosotros. Entonces miró su reloj de pulsera.

—¿No nos queda nada que hacer, Nibs?

—No.

—Muy bien. Entonces cerraremos y nos vamos.

Aquella tarde había visto a Lawrence bajo un aspecto totalmente distinto. Comparado con John, era extraordinariamente difícil llegar a conocerlo. Era opuesto a su hermano en casi todo. Sin embargo, había cierto encanto en su modo de ser y me pareció que, conociéndolo bien, podría tomársele gran afecto. Por regla general, su actitud respecto a Cynthia era algo cohibida, y ella, por su parte, se sentía tímida en su presencia. Pero aquella tarde estaban los dos muy alegres y charlaban como un par de chiquillos.

Cuando cruzábamos el pueblo, recordé que necesitaba unos sellos y, por consiguiente, nos detuvimos ante la oficina de correos.

Al salir de esta oficina, tropecé con un hombrecillo que entraba. Me hice a un lado, ofreciendo mis excusas, cuando de pronto, con una exclamación, me estrechó entre sus brazos y me besó calurosamente.

—¡Mi amigo Hastings! —exclamó—. ¡Pero si es mi amigo Hastings!

—¡Poirot! —exclamé.

Me volví a explicar a mis amigos, que seguían en el tílburi:

—Cynthia, es un encuentro realmente agradable para mí. Mi viejo amigo monsieur Poirot, a quien no había visto desde hace años. Ya comprenderá mi alegría ante tal encuentro.

—Pero si ya lo conocemos —dijo Cynthia, alegremente—. Y no tenía la menor idea de que fuera amigo suyo.

—Es cierto —dijo Poirot seriamente—. Conozco a la señorita Cynthia. Si estoy aquí es gracias a la bondadosa señora Inglethorp. Sí, amigo mío, ha ofrecido hospitalidad a siete refugiados de mi país. Nosotros, los belgas, le estamos eternamente agradecidos.

Poirot era un hombrecillo de aspecto fuera de lo corriente. Mediría escasamente 1,60 m de altura, pero su porte resultaba muy digno. Su cabeza tenía la forma exacta de un huevo y acostumbraba a inclinarla ligeramente hacia un lado. Su bigote era tieso y de aspecto militar. La pulcritud de su atuendo era casi increíble; dudo que una herida de bala pudiera causarle el mismo disgusto que una mota de polvo. Sin embargo, este curioso hombrecillo, que, por desgracia, y según pude observar, cojeaba ligeramente, había sido en sus tiempos uno de los miembros más destacados de la policía belga. Como detective, su olfato era extraordinario, y había obtenido resonantes éxitos ventilando algunos de los casos más desconcertantes de la época.

Me señaló la casita donde habitaban él y su compatriota y prometí ir a verle en fecha próxima. Saludó ceremoniosamente a Cynthia, quitándose el sombrero, y nos marchamos.

—Es un hombrecillo encantador —dijo Cynthia—. No tenía idea de que lo conocía usted.

—Han dado ustedes albergue a una celebridad —repliqué.

Y durante todo el camino les recité las hazañas y éxitos de Hércules Poirot.

Llegamos a casa en alegre disposición de ánimo. Al atravesar el vestíbulo, vimos a la señora Inglethorp que salía de su *boudoir*. Parecía nerviosa y trastornada.

—¡Ah!, sois vosotros —dijo.

—¿Pasa algo, tía Emily? —preguntó Cynthia.

—Claro que no —dijo bruscamente la señora Inglethorp—. ¿Qué va a pasar?

Y viendo a Dorcas, la doncella, que se dirigía al salón, le dijo que le llevara unos sellos al *boudoir*.

—Sí, señora —la vieja sirvienta titubeó y dijo al fin, tímidamente—: ¿No cree usted, señora, que haría bien en irse a la cama? Parece usted fatigada.

—Puede ser que tenga usted razón, Dorcas, sí... No, ahora no. Tengo que terminar algunas cartas para que alcancen el correo. ¿Ha encendido el fuego en mi cuarto, como le dije?

—Sí, señora.

—Entonces me iré a la cama inmediatamente después de comer.

Entró de nuevo en su *boudoir* y Cynthia se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos.

—¡Por Dios bendito! ¿Qué pasará? —le dijo a Lawrence.

Él no la oyó, al parecer, pues, sin decir una palabra, giró sobre sus talones, nos echó una mirada y salió de la casa inmediatamente.

Le propuse a Cynthia un rápido partido de tenis antes de cenar y, habiendo sido aceptada mi proposición, corrí escaleras arriba a buscar mi raqueta.

La señora Cavendish bajaba en aquel momento. Puede ser que fuera mi imaginación, pero parecía agitada.

—¿Fue agradable el paseo con el doctor Bauerstein? —pregunté, tan indiferente como me fue posible.

—No fui —contestó bruscamente—. ¿Dónde está la señora Inglethorp?

—En el *boudoir*.

Su mano se agarraba con fuerza a la baranda. Después pareció acumular energías para una entrevista difícil y rápidamente bajó las escaleras y cruzó el vestíbulo en dirección al *boudoir*, donde entró cerrando la puerta tras ella.

Unos minutos después, camino del campo de tenis, tuve que pasar por delante de la ventana abierta del *boudoir* y no pude evitar oír lo siguiente:

—¿Entonces no quiere usted enseñármelo? —decía Mary Cavendish con la voz de una persona que hace esfuerzos desesperados por dominarse.

—Querida Mary, no tiene nada que ver con el asunto —replicó la señora Inglethorp.

—Pues enséñemelo entonces.

—Ya te he dicho que no es lo que te imaginas. No te incumbe en absoluto.

A lo cual Mary Cavendish replicó con amargura creciente:

—¡Claro está! ¡Debería haber supuesto que usted lo protegería!

Cynthia me esperaba y me recibió diciendo con vehemencia:

—¡Oiga, Hastings! ¡Ha habido un lío espantoso! Se lo he sacado a Dorcas.

—¿Qué clase de lío?

—Entre tía Emily y él. Espero que al fin sabrá quién es.

—¿Andaba Dorcas presente?

—Claro que no. Estaba «cerca de la puerta, por casualidad». Ha sido algo serio. Me gustaría saber el motivo.

Recordé la cara agitada de la señora Raikes y las advertencias de la señorita Howard, pero decidí prudentemente guardar silencio, mientras Cynthia agotaba toda posible hipótesis. Al fin dijo, esperanzada:

—Tía Emily le echará de casa y no volverá a dirigirle la palabra.

Tenía grandes deseos de hablar con John, pero no pude encontrarle. Era evidente que algo muy grave había ocurrido, sin querer, y, a pesar de todos mis esfuerzos, no conseguía apartarlo de mi imaginación. ¿Qué relación tendría Mary Cavendish con el asunto?

El señor Inglethorp estaba en el salón cuando bajé a cenar. Su rostro aparecía tan impasible como de costumbre y volvió a impresionarme la extraña irrealidad que emanaba en gran manera de su persona.

La señora Inglethorp fue la última en bajar. Parecía estar todavía fatigada y durante la comida reinó un silencio un poco forzado. Generalmente rodeaba a su mujer de pequeñas atenciones, colocando un cojín a su espalda y representando el papel de marido complaciente. Después de comer, la señora Inglethorp se retiró de nuevo a su *boudoir*.

—Mándame allí mi café, Mary —pidió—. Sólo tengo cinco minutos si quiero que las cartas no pierdan el correo.

Cynthia y yo nos sentamos junto a la ventana abierta del salón. Mary Cavendish nos llevó allí el café. Parecía excitada.

—¿Quiere la gente joven que encienda las luces o prefieren la semioscuridad del crepúsculo? —preguntó—. Cynthia, por favor, llévale el café a la señora Inglethorp. Voy a servirlo.

—Déjelo, Mary, yo lo haré —dijo Inglethorp. Él mismo lo sirvió y salió del cuarto llevándolo con cuidado.

Lawrence le siguió y la señora Cavendish se sentó junto a nosotros.

Permanecieron los tres en silencio durante algún tiempo. Era una noche maravillosa, cálida y tranquila. La señora Cavendish se abanicaba dulcemente con una hoja de palma.

—Hace casi demasiado calor. Tendremos tormenta a no tardar.

¡Lástima que estos momentos llenos de armonía no puedan durar! El sonido de una voz conocida que yo detestaba profundamente hizo añicos mi paraíso.

—¡El doctor Bauerstein! —exclamó Cynthia—. ¡Vaya unas horas de venir!

Dirigí a Mary Cavendish una mirada recelosa, pero permanecía impasible, sin que se alterase siquiera la deliciosa palidez de sus mejillas. Segundos más tarde, Alfred Inglethorp introducía al doctor, quien se disculpaba riendo por entrar en el salón en aquella facha. Realmente, estaba cubierto de barro de pies a cabeza y ofrecía un aspecto lamentable.

—¿Qué ha estado usted haciendo, doctor? —exclamó la señora Cavendish.

—Tengo que disculparme —dijo el médico—. No quería entrar, pero el señor Inglethorp insistió con tanto ahínco.

—La verdad es, Bauerstein, que está usted hecho una pena —dijo John, que venía del vestíbulo—. Tome una taza de café y cuéntenos qué le ha ocurrido.

—Gracias.

Se rió con melancolía y explicó que había descubierto una especie muy rara de helecho en un lugar inaccesible, y que en sus esfuerzos por apoderarse de él había perdido pie, cayendo de modo lamentable a una charca.

—Me sequé pronto al sol —añadió—, pero mi aspecto es lamentable.

En este momento, la señora Inglethorp llamó a Cynthia desde el vestíbulo y la muchacha salió corriendo.

—¿Quieres subirme la caja morada de los papeles? Me voy a la cama.

La puerta que daba al vestíbulo era ancha. Me levanté al mismo tiempo que Cynthia. John estaba a mi lado. Por tanto, éramos tres los testigos que podríamos jurar que la señora Inglethorp llevaba en la mano su taza de café, que aún no había probado.

La presencia del doctor Bauerstein me estropeó la velada por completo. Me parecía que no iba a marcharse nunca. Sin embargo, al fin se levantó y suspiré aliviado.

—Bajaré al pueblo con usted —dijo Inglethorp—. Tengo que ver al administrador para tratar de unas cuentas. —Se volvió a John—: No es necesario que nadie me espere levantado. Llevaré el llavín.

 

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Capítulo 3 - La noche de la tragedia

Para que resulte clara esta parte de mi relato, incluyo el siguiente plano del primer piso de Styles. A las habitaciones de la servidumbre se llega a través de la puerta B. No tiene comunicación con el ala derecha, donde estaban situadas las habitaciones de los Inglethorp.

Debía de ser hacia la mitad de la noche cuando me despertó Lawrence Cavendish. Tenía una vela en la mano y por la agitación de su rostro se veía claramente que algo grave ocurría.

—¿Qué pasa? —pregunté, sentándome en la cama y tratando de ordenar mis pensamientos dispersos.

—Parece que mi madre está muy enferma. Debe de tener un ataque. Por desgracia, se ha encerrado por dentro en su cuarto.

—Voy enseguida.

Salté de la cama y, poniéndome una bata, seguí a Lawrence a lo largo del pasillo y de la galería hasta el ala derecha de la casa.

John Cavendish se unió a nosotros y uno o dos de los sirvientes espantados rondaban por allí, excitadísimos. Lawrence se volvió hacia su hermano.

—¿Qué te parece que hagamos?

La indecisión de su carácter nunca había sido tan evidente.

John sacudió con violencia el picaporte, pero sin resultado positivo. La puerta, evidentemente, estaba cerrada con llave o tenía echado el cerrojo por dentro. Ya toda la casa se había levantado. Desde el interior de la habitación llegaban ruidos alarmantes. Había que hacer algo con urgencia.

—Trate de entrar por el cuarto del señor Inglethorp, señor —gritó Dorcas—. ¡La pobre señora!

De pronto caí en la cuenta de que Alfred Inglethorp no estaba con nosotros. Era el único que no había hecho acto de presencia. John abrió la puerta de su cuarto. Estaba oscuro como la boca del lobo, pero Lawrence le seguía con la vela y, a su luz vacilante, pudimos ver que la cama estaba sin deshacer y no había señales de que el cuarto hubiera sido ocupado aquella noche.

Fuimos directamente a la puerta de comunicación. También estaba cerrada o tenía echado el cerrojo por dentro. ¿Qué hacer?

—¡Ay, señor! ¿Qué vamos a hacer? —gritaba Dorcas, retorciéndose las manos.

—Creo que debemos intentar forzar la puerta. Va a ser tarea dura. Que una de las chicas baje a buscar al doctor Wilkins. Bueno, vamos a la puerta. Un momento, ¿no hay una puerta en el cuarto de la señorita Cynthia?

—Sí, señor, pero también está cerrada. Nunca ha estado abierta.

—Podemos probarlo de todos modos.

Corrió a lo largo del pasillo hasta el cuarto de Cynthia. Allí estaba Mary Cavendish, zarandeando a la muchacha, que debía tener un sueño extraordinariamente pesado, y tratando de despertarla.

John estuvo de vuelta después de unos segundos.

—No hay nada que hacer allí; también está cerrada. Tenemos que forzar la puerta. Creo que esta es algo menos sólida que la del pasillo.

Todos unimos nuestras fuerzas y empujamos, jadeantes. El armazón de la puerta era sólido y durante mucho tiempo resistió nuestros esfuerzos, pero al fin, con un ruidoso estallido, se abrió violentamente.

Entramos todos juntos, dando traspiés. Lawrence seguía sosteniendo la vela. La señora Inglethorp estaba en la cama, agitada por violentas convulsiones, en una de las cuales, al parecer, había volcado la mesa que estaba a su lado. Sin embargo, cuando nosotros entramos, sus miembros se relajaron y cayó sobre las almohadas.

John cruzó el cuarto y encendió el gas. Volviéndose hacia Annie, una de las doncellas, la mandó al salón a buscar coñac. Entonces se acercó a su madre, mientras yo descorría el cerrojo de la puerta del pasillo.

Me volví hacia Lawrence para sugerirle que era mejor que yo les dejara, ya que mis servicios no eran necesarios, pero las palabras se helaron en mis labios. Nunca había visto a un hombre con semejante expresión de terror. Estaba blanco como la nieve; la vela que sostenía en su mano temblaba y la cera caía en la alfombra, y sus ojos, petrificados por el pánico o algún sentimiento similar, miraban fijamente a algún punto de la pared. Seguí instintivamente la dirección de su mirada, pero no pude ver allí nada extraordinario. Solo las brasas que chisporroteaban débilmente en la chimenea y la hilera de figuritas en la repisa, pero ni unas ni otras justificaban aquel terror.

Parecía que la violencia del ataque de la señora Inglethorp iba cediendo. Ya podía hablar tan solo con sonidos entrecortados.

—Estoy mejor... Vino tan de pronto... qué estúpida he sido... encerrándome...

Una sombra se proyectó en la cama, volví la cabeza y vi a Mary Cavendish de pie, cerca de la puerta, sosteniendo con un brazo a Cynthia, que parecía completamente aturdida. Tenía el rostro congestionado y bostezaba repetidamente.

—La pobre Cynthia está muy asustada —dijo Mary Cavendish en voz baja y clara.

Mary llevaba puesta su bata blanca de trabajo. Debía de ser más tarde de lo que había pensado. Un pálido rayo de luz atravesaba las cortinas de las ventanas y el reloj de la chimenea señalaba cerca de las cinco.

Un grito estrangulado me sobresaltó. El dolor atenazaba de nuevo a la infortunada señora. Las convulsiones eran de tal violencia que el presenciarlas constituía una verdadera prueba. Reinaba la mayor confusión. Nos amontonábamos a su alrededor, incapaces de ayudarla o aliviarla. Una última convulsión la levantó de la cama, y luego pareció descansar sobre la cabeza y los tobillos, con el cuerpo arqueado del modo más extraordinario. Mary y John trataban en vano de darle a beber coñac. Los minutos iban pasando. De nuevo se arqueó su cuerpo extrañamente.

En aquel momento, el doctor Bauerstein se abrió paso autoritariamente a través de la habitación. Durante unos segundos permaneció inmóvil contemplando a la señora Inglethorp, y entonces esta gritó con voz ahogada, los ojos fijos en el doctor:

—¡Alfred! ¡Alfred!

Y cayó inmóvil sobre las almohadas. El doctor se acercó vivamente al lecho y, cogiendo los brazos de la señora Inglethorp, los zarandeó enérgicamente, aplicándole la respiración artificial. Dio unas cuantas órdenes rápidas a los sirvientes. Un imperioso movimiento de su mano nos llevó a todos a la puerta. Le contemplábamos fascinados, aunque creo que en el fondo de nuestros corazones todos sabíamos que era ya demasiado tarde para conseguir nada. Por la expresión de su rostro comprendí que él tampoco tenía esperanzas.

Por último abandonó su tarea, moviendo la cabeza gravemente. En aquel momento oímos unos pasos que se acercaban y entró atropelladamente el médico de cabecera de la señora Inglethorp, el doctor Wilkins, un hombre rollizo e inquieto.

En pocas palabras, el doctor Bauerstein explicó que pasaba casualmente por delante de la verja cuando el coche salía en busca del doctor Wilkins, y había acudido lo más aprisa posible. Señaló a la figura de la cama con un vago gesto que hizo con la mano.

—Muy triste, muy triste —murmuró el doctor Wilkins—. ¡Pobre señora! Siempre quería hacer demasiadas cosas, demasiadas, contra mi consejo... Yo se lo advertí. Su corazón estaba muy débil. «Calma, calma», le dije. Pero no, su amor por las buenas obras era demasiado grande. La naturaleza se rebeló, la naturaleza se rebeló.

El doctor Bauerstein observaba con atención a su colega.

—Las convulsiones eran de una violencia extraordinaria, doctor Wilkins —dijo sin dejar de mirarle—. Siento que no haya estado usted aquí a tiempo de presenciarlas. Eran... de naturaleza tetánica.

—¡Ah! —dijo prudentemente el doctor Wilkins.

—Me gustaría hablar con usted reservadamente —dijo Bauerstein. Y volviéndose hacia John—: ¿Tiene usted algo que objetar?

—Desde luego que no.

Salimos todos al pasillo, dejando solos a los dos médicos, y oí la llave en la cerradura detrás de nosotros.

Bajamos lentamente las escaleras. Yo estaba excitadísimo. Tengo cierto talento deductivo y la actitud del doctor Bauerstein había despertado en mi imaginación un montón de conjeturas. Mary Cavendish puso su mano sobre mi brazo.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué está tan... extraño el doctor Bauerstein?

—¿Sabe usted lo que pienso?

—¿Qué?

—¡Escuche!

Miré alrededor. Estábamos fuera del alcance del oído de los demás, pero, aun así, dije en un susurro:

—Creo que ha sido envenenada. Estoy seguro de que el doctor Bauerstein lo sospecha.

—¡Qué!

Se encogió contra la pared, las pupilas dilatadas violentamente, lanzando un grito desesperado que me sobresaltó.

—¡No, no! ¡Eso no, eso no!

Y voló escaleras arriba, dejándome solo. La seguí, temiendo que fuera a desmayarse. La encontré recostada contra el pasamano, mortalmente pálida. Me hizo con la mano una señal complaciente de que me fuera.

—¡No, no, déjeme! Prefiero estar sola. Déjeme tranquila un minuto o dos. Vaya abajo con los demás.

Obedecí de mala gana. John y Lawrence estaban en el salón. Me acerqué a ellos. Todos permanecíamos callados, pero creo que expresé el sentir general cuando rompí aquel silencio y pregunté alterado:

—¿Dónde está el señor Inglethorp?

John negó con la cabeza.

—No está en casa.

Nos miramos. ¿Dónde estaba Alfred Inglethorp? Su ausencia resultaba extraña, inexplicable. Recordé las últimas palabras de la señora Inglethorp. ¿Qué había en el fondo de ellas? ¿Qué más nos hubiera dicho de haber tenido tiempo?

Al fin oímos a los médicos bajar la escalera. El doctor Wilkins se daba aires de importancia y parecía como si tratara de ocultar bajo una calma decorosa su excitación interior. El doctor Bauerstein se mantenía en segundo término y la expresión de su rostro grave no se había alterado. El doctor Wilkins habló por los dos, dirigiéndose a John:

—Señor Cavendish, deseo su autorización para hacer la autopsia.

—¿Es necesario? —preguntó John gravemente. Un espasmo de dolor cruzó su rostro.

—Absolutamente necesario —contestó el doctor Bauerstein.

—¿Quiere usted decir que...?

—Que ni el doctor Wilkins ni yo podremos extender un certificado de defunción en las actuales circunstancias.

John inclinó la cabeza.

—En ese caso, mi única alternativa es consentir.

—Gracias —dijo el doctor Wilkins vivamente—. Creemos conveniente que la autopsia tenga efecto mañana por la noche, o mejor esta misma noche. —Miró rápidamente a la luz del día—. En las presentes circunstancias me temo que no podremos evitar una indagatoria. Son formalidades necesarias, pero les ruego que no se angustien por ello. A todo se proveerá.

Una pausa siguió a las palabras del médico de cabecera. Luego, el doctor Bauerstein sacó dos llaves de su bolsillo y se las entregó a John, diciendo a la par:

—Las llaves de los dos cuartos. Los he cerrado y, en mi opinión, deberían permanecer cerrados por el momento.

Los doctores se marcharon.

Había estado dando vueltas en mi cabeza a una idea y me pareció que había llegado el momento de exponerla. Sin embargo, temía un poco hacerlo. Sabía que John sentía horror por toda clase de publicidad y que era un optimista despreocupado, poco amigo de buscar problemas. Podía ser difícil convencerle de la sensatez de mi plan. Por otra parte, Lawrence, menos esclavo de convencionalismos y más imaginativo, podía convertirse en mi aliado. Sin ningún género de duda, había llegado el momento de que yo tomara la dirección del asunto.

—John —dije—, te voy a pedir una cosa.

—Di.

—¿Recuerdas que os he hablado de mi amigo Poirot, el belga que está en el pueblo? Ha sido un detective famosísimo.

—Sí. Bien.

—Quiero que me dejes llamarlo para... investigar el asunto que nos ocupa.

—¡Cómo! ¿Ahora mismo? ¿Antes de la autopsia?

—Sí, el tiempo será un gran aliado si... si hay algo sucio en todo esto.

—¡Tonterías! —exclamó Lawrence con enfado—. En mi opinión, todo es una paparruchada de Bauerstein. A Wilkins no se le ocurrió semejante cosa hasta que Bauerstein se la metió en la cabeza. Como todos los especialistas, Bauerstein tiene su manía. Los venenos son su chifladura y, claro, conoce bien sus efectos.

Tengo que confesar que me sorprendió la actitud de Lawrence. Muy rara vez se apasionaba por nada. John dudó un momento.

—No estoy de acuerdo contigo, Lawrence —dijo al fin—. Me inclino a darle a Hastings plenos poderes, aunque prefiero esperar un poco. No queremos escándalo si puede evitarse.

—¡No, no! —exclamé con ansiedad—. No tengáis miedo. Poirot es la discreción personificada y procede con sumo tino.

—Bueno, entonces haz lo que quieras. Lo dejo en tus manos. Aunque si es lo que sospechamos, parece un caso clarísimo. Dios me perdone si soy injusto con él.

Sin embargo, me concedí cinco minutos, que empleé en rebuscar en la biblioteca hasta que descubrí un libro de medicina con una descripción del envenenamiento por estricnina.

Accidente - Agatha Christie

 —Y le aseguro... que es la misma mujer... ¡sin la menor duda!
 
El capitán Haydock miró el rostro de su amigo y suspiró. 
 
Hubiera deseado que Evans no se mostrara tan absoluto. Durante el curso de su carrera, el viejo capitán de marina había aprendido a no preocuparse por las cosas que no le concernían. Su amigo Evans, inspector retirado del C.I.D., tenía una filosofía muy distinta. «Hay que actuar según la información recibida»... Había sido su lema en sus primeros tiempos, y ahora lo había ampliado hasta buscar él mismo la información.
 
El inspector Evans había sido un policía muy listo y despierto, que ganó justamente el puesto alcanzado. Incluso ahora, ya retirado del cuerpo e instalado en la casita de sus sueños, su instinto profesional seguía en activo.
 
—Nunca pude olvidar una cara —repetía satisfecho—. La señora Anthony... sí, es la señora Anthony sin lugar a dudas. Cuando usted dijo la señora Merrowdene... la reconocí en el acto.
 
El capitán Haydock movióse intranquilo. Los Merrowdene eran sus vecinos más próximos, aparte del propio Evans, y el que éste identificara a la señora Merrowdene con una antigua heroína de un caso célebre, le contrariaba.
 
—Ha pasado mucho tiempo —dijo con voz débil.
—Nueve años —replicó Evans con la precisión de siempre—. Nueve años y tres meses. ¿Recuerda el caso?
—Vagamente.
—Anthony resultó ser un consumidor de arsénico —dijo Evans—, y por eso la absolvieron.
—Bueno, ¿por qué no habían de hacerlo?
—Por ninguna razón. Es el único veredicto que podían pronunciar dada la evidencia. Absolutamente correcto.
—Entonces —replicó Haydock—, no veo por qué ha de preocuparse.
—¿Quién se preocupa?
—Yo creía que usted.
—En absoluto.
—El caso pasó a la historia —continuó el capitán—. Si la señora Merrowdene tuvo la desgracia en otro tiempo de ser juzgada y absuelta por un crimen...
—Por lo general no se considera una desgracia el ser absuelto —intervino Evans.
—Ya sabe a lo que me refiero —dijo el capitán Haydock irritado—. Si la pobre señora tuvo que pasar esa amarga experiencia, no es asunto nuestro el sacarlo a relucir, ¿no le parece?
Evans no respondió.
—Vamos, Evans. Esa señora es inocente... usted mismo acaba de decirlo.
—Yo no dije que fuera inocente, sino que fue absuelta.
—Es lo mismo.
El capitán Haydock, que había empezado a vaciar su pipa contra el costado de su silla, se detuvo para mirarle en actitud expectante.
—¡Hola, hola, hola! —dijo—. ¿Conque esas tenemos, eh? ¿Usted cree que no era inocente?
—Yo no diría eso. Sólo... no sé. Anthony tenía la costumbre de tomar arsénico, y su esposa lo adquiría para él. Un día, por error, tomó demasiado. ¿La equivocación fue suya o de su esposa? Nadie pudo decirlo, y el juez, muy sensatamente, dudó de ella. Eso está muy bien y no veo nada malo en ello, pero de todas formas... me gustaría saber...
El capitán Haydock volvió a dedicar toda su atención a la pipa.
—Bien —dijo tranquilo—; no es asunto nuestro.
—No estoy tan seguro.
—Pero, seguramente...
—Escúcheme un momento. Este hombre, Merrowdene... anoche en su laboratorio manipulando entre sus tubos de ensayo... ¿recuerda lo que dijo?
—Sí. Mencionó el experimento de Marsh con respecto al arsénico. Dijo que usted debiera saberlo muy bien... que era cosa de su ramo... y se rió. No lo hubiera dicho si hubiese pensado por un momento...
Evans le interrumpió.
—Quiere usted decir que no lo hubiera dicho de haberlo sabido. Llevan ya tiempo casados... ¿seis años, me dijo usted? Apuesto lo que quiera a que no tiene la menor idea de que su esposa fue la célebre señora Anthony.
—Y desde luego no lo sabrá por mí —dijo el capitán Haydock.
Evans continuó sin prestarle atención.
—Acabe de interrumpirme. Según el experimento de Marsh, Merrowdene calentó una sustancia en un tubo de ensayo, y el residuo metálico se disolvió en agua y luego lo precipitó agregándole nitrato de plata. Esta era la prueba de los cloratos. Un experimento claro y sencillo, pero tuve oportunidad de leer estas palabras en un libro que estaba abierto sobre la mesa. «H2 SO4 descompone cloratos con evolución de Cl2O4. Si se calienta, explota violentamente, por lo tanto la mezcla debe guardarse en lugar frío y se utiliza sólo en cantidades muy pequeñas.»
Haydock, profundamente extrañado, miró a su amigo de hito en hito.
—Bueno, ¿y qué?
—Sólo esto. En mi profesión tenemos también que llevar a cabo ciertos experimentos... para probar un crimen. Hay que ir añadiendo los hechos... pesarlos, separar el residuo de los prejuicios y la incompetencia general de los testigos. Pero hay otra prueba... mucho más precisa... ¡Pero bastante peligrosa! Un asesino raramente se contenta con un crimen. Si se le da tiempo y nadie sospecha de él, cometerá otro. Usted coge a un hombre...¿Ha asesinado o no a su esposa?... Tal vez el caso no esté demasiado claro. Examine su pasado... si descubre que ha tenido varias esposas... y que todas murieron... digamos... de un modo extraño... ¡entonces puede estar bien seguro! No le hablo legalmente, comprenda, sino de la certeza moral, y una vez se sabe, puede buscarse la evidencia.
—¿Y bien?
—Voy al grano. Eso está muy bien cuando existe un pasado que revisar. Pero supongamos que usted detiene a un asesino que acaba de cometer su primer crimen. Entonces esa prueba no dará resultado. Pero el detenido es absuelto y empieza una nueva vida bajo otro supuesto nombre. ¿Repetirá o no su crimen?
—Es una idea horrible.
—¿Sigue usted pensando que no es asunto nuestro?
—Sí; no tiene usted motivos para pensar que la señora Merrowdene sea otra cosa que una mujer inocente.
El ex inspector guardó silencio unos instantes, y luego dijo despacio:
—Le dije que examinamos su pasado y no encontramos nada. Eso no es del todo cierto. Tenía padrastro y cuando cumplió los dieciocho años se enamoró de cierto joven... y su padrastro hizo valer su autoridad para separarlos. Un día, cuando paseaban por una parte peligrosa de los acantilados, hubo un accidente... el padrastro se aproximó demasiado al borde de las rocas... perdió pie y cayó, matándose.
—No pensará...
—Fue un accidente. ¡Accidente! La dosis extra de Anthony fue un accidente. No hubiera sido procesada nunca de no haberse sospechado que había otro hombre... que por cierto escapó. Al parecer, no quedó satisfecho como el jurado. Le aseguro, Haydock, que por lo que respecta a esa mujer tengo miedo de que ocurra... ¡otro accidente!
El anciano capitán se encogió de hombros.
—Bueno, no sé cómo va usted a prevenirse contra eso.
—Ni yo tampoco —repuso Evans con pesar.
—Yo de usted dejaría las cosas tal como están —dijo el capitán Haydock—. Nunca se saca ningún bien de entrometerse en los asuntos ajenos.
Pero aquel consejo no habría de seguirlo el inspector, que era un hombre paciente, pero decidido. Cuando se hubo despedido de su amigo, echó a andar hacia el pueblo, dando vueltas en su mente a las posibilidades de una acción inmediata y de éxito.
Al entrar en un estanco para comprar sellos, tropezó con el objeto de sus preocupaciones, Jorge Merrowdene. El ex profesor de química era un hombrecillo menudo, de aspecto soñador y modales amables y correctos, que por lo general andaba siempre distraído. Reconoció al inspector, saludándole afectuosamente, y se agachó para recoger las cartas que por efecto del choque se le habían caído al suelo. Evans se agachó también, y por ser más rápido de movimientos, pudo recogerlas primero, devolviéndolas a su propietario con unas palabras de disculpa.
Al hacerlo pudo echarles un vistazo, y la de encima del montón volvió a despertar sus sospechas. Iba dirigida a una conocida agencia de seguros.
Al instante tomó una resolución, y el distraído Jorge Merrowdene se encontró sin darse cuenta caminando hacia el pueblo en compañía del ex inspector, y tampoco hubiera podido decir cómo surgió en su conversación el tema de los seguros de vida.
Evans no tuvo dificultad en lograr su objeto. Merrowdene por su propia voluntad le comunicó que acababa de asegurar su vida en beneficio de su esposa, y quiso saber lo que Evans opinaba de la compañía en cuestión.
—He hecho algunas inversiones poco acertadas —le explicó—, Y como resultado, mis rentas han disminuido. Si me ocurriera algo, mi esposa quedaría en mala situación. Con este seguro de vida queda todo arreglado.
—¿Ella no se opuso? —preguntó Evans—. Algunas señoras no suelen querer. Dicen que trae mala suerte...
—¡Oh!, Margarita es muy práctica —repuso Merrowdene sonriendo—. Y nada supersticiosa. En realidad, me parece que la idea fue suya. No le gusta verme preocupado.
Evans tenía ya la información que deseaba y dejó a Merrowdene, sumamente preocupado. El difunto señor Anthony también había asegurado su vida en favor de su mujer pocas semanas antes de su muerte.
Acostumbrado a confiar en su instinto, tenía plena certeza en su interior, pero el saber cómo debía actuar era cosa muy distinta. Él deseaba no detener al criminal con las manos en la masa, sino impedir que se cometiera otro crimen, y eso era mucho más difícil.
Todo el día estuvo pensativo. Aquella tarde se celebraba una fiesta al aire libre en la finca del alcalde, y Evans asistió a ella, entreteniéndose en el juego de la pesca, adivinando el peso de un cerdo y tirando a los cocos, con la misma mirada abstraída. Incluso consultó a Zara, la Adivinadora de la Bola de Cristal, sonriendo al recordar cómo la había perseguido durante sus tiempos de inspector.
No prestó gran atención al discurso de la voz cantarina y misteriosa, hasta que el final de una frase atrajo su atención.
—...y de pronto... muy pronto... se verá complicado en un asunto de vida o muerte... para otra persona. Una decisión... Tiene usted que tomar una decisión. Tiene que andar con cuidado... con mucho... mucho cuidado. Si cometiera un error... el más pequeño error...
—¿Eh...? ¿Qué es eso? —preguntó con brusquedad.
La adivinadora se estremeció. El inspector Evans sabía que todo aquello eran tonterías, pero no obstante estaba impresionado.
—Le prevengo... que no debe cometer ni el más pequeño error. Si lo hace veo con toda claridad el resultado: una muerte.
¡Qué extraño! ¡Una muerte! ¡Qué curioso que se le hubiera ocurrido decir eso!
—Si cometo un error el resultado será una muerte, ¿es eso?
—Sí.
—En ese caso —dijo Evans poniéndose en pie y entregándole el precio de la consulta—, no debo cometer errores, ¿no es así?
Lo dijo en tono intrascendente, pero al salir de la tienda tenía las mandíbulas apretadas. Era fácil decirlo pero no tanto el estar seguro de no cometerlo. No podía equivocarse. Una vida, una valiosa vida humana, dependía de ello.
Y nadie podía ayudarle. Miró a lo lejos la figura de su amigo Haydock. «Deje las cosas como están», le diría, y eso es lo que, a la sazón, no podía hacer.
Haydock estaba hablando con una mujer que al separarse de él se aproximó a Evans. Era la señora Merrowdene, y el inspector, siguiendo sus impulsos, apresuróse a detenerla.
La señora Merrowdene era una mujer bastante atractiva. Tenía una frente ancha y unos serenos ojos castaños muy bonitos, así como la expresión plácida. Su aspecto era el de las Madonnas italianas, que acentuaba peinándose con raya en medio y ondas sobre las orejas. Su voz era profunda, casi somnolienta.
Al ver a Evans le dedicó una sonrisa de bienvenida. 
—Me pareció que era usted, señora Anthony... quiero decir, señora Merrowdene —dijo en tono ligero y deliberado, mientras la observaba. Vio que abría un poco más los ojos, y que tomaba aliento, pero su mirada no desfalleció, sosteniendo la suya con firmeza y orgullo.
—Estoy buscando a mi esposo —dijo tranquila—. ¿Le ha visto por aquí? 
—La última vez que le vi, iba en esa dirección.
Echaron a andar en la dirección indicada, charlando animadamente. El inspector sentía aumentar su admiración. ¡Qué mujer! ¡Qué dominio de sí misma! ¡Qué destreza! Una mujer notable... y muy peligrosa. Sí... estaba seguro de que era peligrosa.
Aún se sentía intranquilo, aunque estaba satisfecho de su paso inicial. Sabiendo que la había reconocido, no era de esperar que se atreviera a intentar nada. Quedaba la cuestión de Merrowdene. Si pudiera avisarle... Encontraron al hombrecillo abstraído en la contemplación de una muñeca de porcelana que fue un premio en el juego de la pesca. Su esposa le sugirió que volvieran a casa, a lo que él se avino en seguida. Luego la señora Merrowdene volvióse al inspector.
—¿No quiere venir con nosotros a tomar una taza de té, señor Evans?
¿No había un ligero tono de reto en su voz? A él se lo pareció. 
—Gracias, señora Merrowdene. Con muchísimo gusto lo acepto. 
Y fueron caminando juntos mientras comentaban temas vulgares. Brillaba el sol, soplaba una ligera brisa y todo parecía agradable y sonriente. La doncella había ido a la fiesta, según le explicó la señora Merrowdene cuando llegaron a la encantadora casita. Fue a su habitación a quitarse el sombrero, y al regresar se dispuso a preparar el té calentando el agua sobre un infiernillo de plata. De un estante cerca de la chimenea cogió tres pequeños boles con sus tres platos correspondientes.
—Tenemos un té chino muy especial —explicó—. Y siempre lo tomamos al estilo chino... en bol, y nunca lo hacemos en taza.
Se interrumpió mirando al interior de uno de ellos, que fue a cambiar con una exclamación de disgusto. 
—Jorge... eres terrible. Ya has vuelto a coger un bol de ésos.
—Lo siento, querida —dijo el profesor disculpándose—. Tienen una medida tan a propósito... Los que encargué aún no me los han enviado.
—Cualquier día nos envenenarás a todos —dijo su esposa sonriendo—Mary los encuentra en el laboratorio y los trae aquí sin molestarse en lavarlos, a menos que tengan algo muy visible en su interior. Vaya, el otro día pusiste en uno cianuro potásico, y la verdad, Jorge, eso es peligrosísimo. 
Merrowdene pareció ligeramente irritado.
—Mary no tiene por qué coger las cosas de mi laboratorio, ni tocar nada de allí.
—Pero a menudo dejamos allí las tazas después de tomar el té. ¿Cómo va ella a saberlo? Sé razonable, querido.
El profesor marchó a su dormitorio murmurando entre dientes, y con una sonrisa la señora Merrowdene echó el agua hirviendo sobre el té y apagó la llama del infiernillo de plata.
Evans estaba intrigado, pero al fin creyó ver un rayo de luz. Por alguna razón desconocida, la señora Merrowdene estaba mostrando sus cartas. ¿Es que aquello iba a ser el «accidente»? ¿Decía todo aquello con el propósito de preparar su coartada de antemano y de manera que cuando algún día ocurriera el «accidente» él se viera obligado a declarar en su favor? Qué tonta era, porque antes de todo eso...
De pronto contuvo el aliento. La señora Merrowdene había servido el té en tres boles. Uno lo colocó delante de él, otro ante ella, y el tercero en una mesita que había cerca de la chimenea, junto a la butaca donde solía sentarse su esposo, y fue al colocar esta última cuando sus labios se curvaron en una sonrisa especial. Fue aquella sonrisa la que le convenció.
¡Ahora lo sabía!
Una mujer notable... y peligrosa. Sin esperar... y sin preparación. Esta tarde, aquella misma tarde... con él como testigo. Su osadía le cortó la respiración.
Era inteligente... endiabladamente inteligente. No podría probar nada. Ella contaba con que él no sospecharía... por la sencilla razón de ser «demasiado pronto». Una mujer de inteligencia y acción rápidas.
Tomó aliento antes de inclinarse ligeramente hacia delante.
—Señora Merrowdene, soy hombre de raros caprichos. ¿Me perdonará usted uno?
Ella le miró intrigada, pero sin recelo.
Evans se levantó y cogiendo el bol que había ante ella, lo sustituyó por el que estaba dispuesto de antemano sobre la mesita.
—Quiero que usted beba éste.
Sus ojos se encontraron con los suyos... firmes, indomables, mientras el color iba desapareciendo paulatinamente de su rostro.
Alargando la mano cogió la taza. Evans contuvo el aliento.
¿Y si hubiera cometido un error?
Ella la llevó a sus labios..., pero en el último momento, con un escalofrío, se apresuró a verter el contenido del bol en una maceta de helechos. Luego volvió a sentarse, mirándole retadora.
El exhaló un profundo suspiro y volvió a sentarse.
—¿Y bien? —dijo ella.
Su tono había cambiado. Ahora era ligeramente burlón... y desafiante.
Evans le contestó tranquilo:
—Es usted una mujer muy inteligente, señora Merrowdene. Y creo que me comprende. No habrá repetición. ¿Sabe a qué me refiero?
—Sé a qué se refiere.
Su voz carecía de expresión. Evans inclinó la cabeza satisfecho. Era una mujer inteligente y no quería verse ahorcada.
—A su salud y a la de su esposo —brindó llevándose el té a sus labios.
Luego su rostro cambió..., contorsionándose horriblemente...; quiso levantarse..., gritar...; su cuerpo se agarrotaba..., estaba congestionado... Cayó desplomado en el sillón... presa de convulsiones.
La señora Merrowdene se inclinó hacia delante observándole con una sonrisa, y le dijo... en tono suave:
—Cometió usted un error, señor Evans. Pensó que yo quería matar a Jorge. ¡Qué tonto fue usted... qué tonto!
Permaneció unos minutos contemplando al muerto..., el tercer hombre que había amenazado con interponerse en su camino y separarla del hombre que amaba.
Su sonrisa se acentuó. Parecía más que nunca una madonna, y al fin, levantando la voz, gritó:
—Jorge..., Jorge! ¡Oh! Ven en seguida. Me temo que ha ocurrido un lamentable accidente. Pobre señor Evans...

Una visita inesperada - Agatha Christie (parte 4)

         17

La señora Warwick guardó silenció unos instantes antes de responder con tono brusco:

-Voy a hacerle una pregunta, señor Stark­wedder. ¿Puede entender que una persona que haya concebido una vida se sienta con el derecho de acabar con esa vida?

Starkwedder se paseó por la habitación pen­sando en esas palabras hasta que finalmente de­claró:

-Se conocen casos de madres que han matado a sus hijos, sí, pero suele ser por alguna razón sórdida (un seguro, por ejemplo) o quizá tienen ya dos o tres hijos y no quieren los problemas de otro niño. -Se volvió hacia ella-: ¿Le beneficia económicamente la muerte de Richard?

-No.

Starkwedder asintió.

-Disculpe mi franqueza -comenzó, pero la señora Warwick le interrumpió al preguntar con aspereza:

-¿Comprende lo que intento decirle?

-Creo que sí. Dice que es posible que una mujer mate a su hijo. -Se dirigió al sofá y se in­clinó sobre él-. Y usted me está diciendo, para ser más exactos, que mató a su hijo. ¿Es sólo una teoría? ¿Debo entender que se trata de un hecho?

-No estoy confesando nada -respondió la señora Warwick-. Simplemente estoy mos­trándole cierto punto de vista. Es posible que surja una emergencia cuando yo ya no esté aquí para solucionarla. Si ello sucediera, quiero que tenga esto y que lo utilice. -Sacó un sobre del bolsillo y se lo tendió.

Starkwedder lo tomó no sin puntualizar:

-Todo esto me parece muy bien, pero yo tampoco estaré aquí. Regreso a Abadan para continuar con mi trabajo.

Ella hizo un ademán, como si considerara insignificante la objeción.

-Supongo que no estará desconectado de la civilización -comentó-. Habrá periódicos, ra­dio y otras cosas en Abadan.

-Sí -convino-, disponemos de todos esos lujos occidentales.

-Entonces guarde ese sobre. ¿Ve a quién está dirigido?

El echó un vistazo.

-Al comisario. -Se acercó al sillón-. Pero no tengo muy claro qué tiene usted en mente.

Para ser mujer, sabe guardar muy bien un secre­to porque, o bien cometió el asesinato usted mis­ma o sabe quién lo hizo. Se trata de eso, ¿verdad?

Ella apartó la mirada al responder:

-No es mi intención discutir este asunto. Él se sentó en el sillón.

-Aun así -insistió-, me gustaría saber qué tiene en mente.

-Me temo que no se lo voy a decir. Como usted bien dice, soy una mujer que sabe guardar bien un secreto.

Starkwedder decidió cambiar de táctica y dijo:

-El asistente, el hombre que cuidaba de su hijo... -Hizo una pausa como si intentara re­cordar su nombre.

-Angell -le dijo la señora Warwick-. ¿Qué sucede con él?

-¿Es de su agrado?

-No, la verdad es que no -respondió-. Pero es eficiente, y Richard no era una persona fácil de tratar.

-Supongo que no. Pero Angell lo soporta­ba todo, ¿no es así?

-Valía la pena -fue la seca respuesta de la señora Warwick.

Starkwedder se incorporó y comenzó a pa­searse por el estudio. Después se volvió hacia la señora Warwick para obtener más información.

-¿Tenía Richard algo contra él?

-¿Algo contra él? ¿Qué quiere decir? Ah, ya veo; ¿me pregunta si Richard sabía algo que pudiera perjudicar a Angell?

-Sí, eso quiero decir. ¿Tenía algún tipo de control sobre él?

La señora Warwick reflexionó un instante antes de responder:

-No, creo que no.

-Me estaba preguntando...

-Se pregunta si Angell mató a mi hijo. Lo dudo, lo dudo mucho.

-Ya veo que no le convence esta teoría -comentó él-. Es una lástima, pero así es.

La señora Warwick se puso en pie: -Gracias, señor Starkwedder, ha sido usted muy amable. -Y le tendió la mano.

Divertido por su actitud brusca, él le estre­chó la mano. A continuación se acercó a la puer­ta y la abrió. La señora Warwick salió por ella y Starkwedder la cerró. Con una sonrisa, se dirigió al escabel. Vaya, ¡que me zurzan!, pensó mien­tras contemplaba el sobre de nuevo. ¡Menuda mujer!

La señorita Bennett entró en el estudio. Starkwedder introdujo apresurado el sobre en un bolsillo mientras ella cerraba la puerta tras de sí y se acercaba al sofá. Parecía disgustada y preo­cupada.

-¿Qué le ha contado? -preguntó. Sorprendido, él intentó ganar tiempo.

-¿Qué quiere decir? -respondió.

-La señora Warwick, ¿qué le ha dicho? A fin de evitar una respuesta directa, Stark­wedder simplemente respondió:

-Parece disgustada.

-Claro que lo estoy -replicó-. Sé de lo que esa mujer es capaz.

Starkwedder miró al ama de llaves con dete­nimiento antes de preguntar:

-¿De qué es capaz? ¿De asesinato?

La señorita Bennett dio un paso en su direc­ción.

-¿Es eso lo que ha intentado que usted cre­yera? Pues no es cierto.

-Bueno, uno nunca puede estar seguro; después de todo, podría ser verdad.

-Pero no es así -insistió ella.

-¿Cómo puede saberlo?

-Lo sé. ¿Acaso cree que hay algo que yo no sepa de las personas de esta casa? Hace años que trabajo para ellos -se sentó en el sillón-, y los aprecio mucho a todos.

-¿Incluido el difunto Richard Warwick? La señorita Bennett parecía ensimismada, pero contestó.

-Solía apreciarle... hace tiempo.

Hubo un silencio. Starkwedder, sentado en el escabel, la contempló antes de murmurar: -Prosiga.

-Cambió -dijo ella-. Se le torció el carácter, cambió totalmente, a veces podía ser un de­monio.

-Sí, parece que todos están de acuerdo en eso.

-Pero si le hubiera conocido antes... Starkwedder la interrumpió:

-Yo no creo que las personas cambien.

-Richard sí -insistió ella.

-No es así -le contradijo él. Se puso en pie y comenzó a pasearse por la habitación-. Creo que se equivoca, estoy convencido de que siem­pre tuvo un demonio en su interior. Yo diría que era una de esas personas que necesitaba ser feliz y tener éxito, porque si no era así... Esas perso­nas esconden su verdadera personalidad todo el tiempo que sea necesario hasta conseguir lo que quieren pero, en el fondo, esa veta mezquina siempre está allí. -Se volvió hacia la señorita Bennett-. Apostaría a que su crueldad siempre estuvo allí. Seguramente era un bravucón en el colegio. Resultaba atractivo para las mujeres, como es natural, pues a éstas les atraen los tipos duros. Yo diría que la caza mayor era una vía de escape para su sadismo. -Starkwedder señaló los trofeos de caza que colgaban de la pared y se acercó a los ventanales.

»Richard Warwick debió de ser un gran egoísta -continuó-. Esa es la impresión que tengo por la forma en que todos hablan de él. Disfrutaba haciéndose pasar por un hombre bondadoso, generoso, con éxito, encantador y todo lo demás. Pero esa veta cruel estaba allí, y cuando tuvo el accidente se arrancó la másca­ra y pudieron verle como era en realidad.

La señorita Bennett se puso en pie.

-No creo que sea asunto suyo -exclamó indignada-. Usted es un extraño y no sabe nada.

-Quizá no, pero he oído muchas cosas -objetó Starkwedder-. Por algo, todo el mun­do acude a mí.

-Sí, supongo que sí. De hecho, aquí estoy yo hablando con usted, ¿verdad? -reconoció-. Eso es porque no nos atrevemos a hablar entre nosotros. -Le miró con expresión suplicante-. Ojalá no tuviera que marcharse.

Starkwedder sacudió la cabeza.

-Realmente no he ayudado en nada, lo úni­co que hice fue entrar y descubrir el cadáver.

-¿No fue Laura quien descubrió a Richard? -repuso la señorita Bennett. Y añadió-: ¿O es que Laura y usted...?

 

18

Starkwedder miró a la señorita Bennett y sonrió.

-Es usted muy astuta -observó.

Ella clavó los ojos en él. -Usted la ayudó, ¿verdad? -preguntó con tono acusador.

Starkwedder se alejó de ella. -Se está imaginando cosas -respondió.

-No, no es así. Quiero que Laura sea feliz, no sabe cuánto lo deseo.

Starkwedder se volvió hacia ella y exclamó:

-Maldita sea, yo también.

Ella le miró sorprendida.

-En ese caso, tengo que... tengo -dijo Starkwedder, que había posado la vista en la te­rraza por casualidad y había descubierto al joven Jan con una pistola en la mano; indicó al ama que guardara silencio. Se acercó a los ventanales, abrió la puerta y gritó-: ¿Qué estás haciendo?

En ese instante, la señorita Bennett vio a Jan en el jardín blandiendo una pistola. Corrió hacia los ventanales y gritó:

Jan, ¡dame esa arma!

Pero Jan salió corriendo mientras gritaba:

-¡Ven a buscarla!

La señorita Bennett corrió tras él, gritando desesperada:

-Jan! ¡Jan!

En ese momento entró Laura en la habita­ción.

-¿Dónde está el inspector? -preguntó. Starkwedder negó con la cabeza. Laura se acercó a él.

-Michael, tienes que escucharme -le im­ploró-, Julian no ha matado a Richard.

-¿Es eso cierto? -respondió Starkwedder con frialdad-. Te lo ha dicho él, ¿no es así?

-No me crees, pero es cierto -replicó ella con tono desesperado.

-Eso significa que tú le crees.

-No. Sé que es verdad -replicó Laura-. Verás, él pensaba que yo había matado a Ri­chard.

-No me sorprende -repuso él con morda­cidad-. También lo creía yo, ¿no?

Laura pareció todavía más desesperada al in­sistir:

-Él pensaba que yo había matado a Ri­chard, era incapaz de asimilarlo, le hacía... le hacía verme de una manera diferente.

Starkwedder la observó con frialdad.

-Pero, cuando pensaste que había sido él quien había matado a Richard ¡ni te inmutaste! -Starkwedder sonrió-. ¡Las mujeres son maravillosas! -murmuró. Se acercó al sofá y se apoyó en el brazo-. ¿Qué es lo que hizo que Farrar se perjudicara a sí mismo dicien­do que estuvo aquí anoche? ¿No me digas que se debe a un puro y simple amor a la verdad?

-Fue Angell -respondió Laura-. Angell vio, o dice haber visto, a Julian aquí.

-Sí -comentó él con una risita amarga-, creí detectar cierto hedor a chantaje; es un mal bicho ese Angell.

-Dice que vio a Julian justo después del dis­paro. ¡Estoy asustada! El círculo se está estre­chando, tengo miedo.

Starkwedder la cogió por los hombros.

-No tienes por qué estar asustada -le ase­guró-, todo saldrá bien.

Laura sacudió la cabeza.

-No es verdad -gimió.

-Todo saldrá bien, créeme -insistió sacu­diéndola ligeramente por los hombros.

Ella le observó con ojos inquisidores. -¿Sabremos alguna vez quién mató a Ri­chard? -preguntó.

Starkwedder la miró sin responder. Se acer­có a los ventanales y contempló el jardín.

-Tu señorita Bennett está segura de cono­cer todas las respuestas.

-Siempre está segura de todo, pero a veces se equivoca -replicó Laura.

Starkwedder vislumbró algo en el exterior e hizo señas a Laura para que se acercara. Ella co­rrió hacia él y tomó la mano que le tendía.

-Mira, Laura -exclamó observando el jar­dín-. ¡Me lo imaginaba!

-¿Qué sucede?

-¡Sssh! -le advirtió.

En ese preciso instante entró la señorita Ben­nett desde el pasillo.

-¡Señor Starkwedder! -dijo-. ¡Vaya a la siguiente habitación, el inspector está allí! ¡Rá­pido!

Starkwedder y Laura salieron al pasillo. Tan pronto como se hubieron marchado, la señorita Bennett se dirigió al jardín, donde la luz del día comenzaba a desvanecerse.

-Vamos, Jan -llamó-, no juegues más. ¡Entra!

 

19

La señorita Bennett esperó a Jan junto a los ventanales. Jan entró con aspecto iracundo y triunfante a la vez, y con una pistola en la mano.

-Veamos, Jan, ¿de dónde has sacado eso? -preguntó ella.

-Te creías muy lista, ¿eh, Benny? -respon­dió él, beligerante-. Muy lista porque habías guardado las pistolas de Richard allí, bajo llave. -Señaló el pasillo con un gesto-. Pero encontré una llave que abría el armario de las pistolas. Ahora tengo una pistola, igual que Richard. Ten­dré muchas pistolas y dispararé a cosas. -Alzó la que llevaba y apuntó a la señorita Bennett, que se estremeció-. Ten cuidado, Benny -conti­nuó con una risita-, quizá te dispare.

Ella intentó no parecer demasiado asustada mientras decía con el tono más suave de que era capaz:

_ Tú no harías una cosa semejante, Jan. Sé que no lo harías.

Él continuó apuntándola, pero después bajó el arma.

La señorita Bennett se relajó levemente y tras una pausa, Jan exclamó con dulzura y cierta ansiedad:

-No, no lo haría. Claro que no lo haría. -Después de todo, tú no eres un niño insensato -dijo ella con tono tranquilizador-.

Ahora eres un hombre, ¿verdad?

Jan esbozó una amplia sonrisa. Se acercó al escritorio y se sentó en la silla.

-Sí, soy un hombre -convino-. Ahora que Richard ha muerto, soy el hombre de la casa.

-Por eso sé que no me matarías. Sólo matarías a un enemigo.

-Exacto -exclamó él entusiasmado. Escogiendo sus palabras con cuidado, la se­ñorita Bennett dijo:

-Durante la guerra, si pertenecías a la Re­sistencia y matabas a un enemigo hacías una muesca en la culata de tu arma.

-¿Ah, sí? -respondió Jan examinando la pistola-. ¿Eso hacían? -Miró a la señorita Bennett emocionado-. ¿Había personas que te­nían muchas muescas?

-Sí. Había personas que tenían bastantes muescas.

Jan soltó una carcajada de satisfacción. -¡Qué divertido! -exclamó.

-Claro que a algunas personas no les gusta matar, pero a otras sí.

-A Richard le gustaba.

-Sí, a Richard le gustaba matar cosas -reconoció ella. Se alejó de él con gesto tranquilo y agregó- A ti también te gusta matar cosas, ¿verdad, Jan?

El sacó una navaja del bolsillo y comenzó a grabar una muesca en la pistola.

-Matar es emocionante -comentó con cierta irritación.

La señorita Bennett lo miró.

-Tú no querías que Richard te enviara lejos de aquí, ¿verdad, Jan? -preguntó con voz queda.

-Dijo que lo haría -respondió Jan vehe­mente-. ¡Era un monstruo!

La señorita Bennett se situó detrás de la silla de Jan.

-Una vez dijiste a Richard -le recordó- que le matarías si te enviaba fuera.

-¿Ah, sí? -respondió él con indiferencia.

-¿Pero no le mataste? -preguntó ella ento­nando las palabras como si fueran un media pre­gunta.

-No, no le maté.

-Fue algo cobarde por tu parte.

-¿Ah, sí? -preguntó Jan con un brillo ma­licioso en los ojos.

-Sí, creo que sí, decir que le ibas a matar y luego no hacerlo... -La señorita Bennett caminaba alrededor del escritorio pero tenía los ojos clavados en la puerta-. Si alguien me amenazara con mandarme fuera querría matarle, y lo haría.

-¿Quién dice que no lo hice? -respondió Jan-. Quizá sí fui yo.

-Ah, no, seguro que no fuiste tu -dijo ella desdeñosa-. Sólo eres un niño, no te hubieras atrevido.

Jan se levantó de la silla.

-¿Crees que no me hubiera atrevido? -chi­lló-. ¿Es eso lo que crees?

-Claro que lo creo. -Parecía estar provo­cándolo de forma deliberada-. Está claro que nunca te hubieras atrevido a matar a Richard, para eso tendrías que ser muy valiente y ma­duro.

Jan le dio la espalda y se acercó a los venta­nales.

-Tú no lo sabes todo, Benny -dijo, heri­do-. No, Benny, no lo sabes todo.

-¿Hay alguna cosa que no sepa? ¿Te estás burlando de mí, Jan? -La señorita Bennett aprovechó ese momento para abrir ligeramente la puerta. Jan se encontraba junto a los ventanales, desde donde un haz de luz del sol poniente iluminaba la habitación.

-Sí, me estoy burlando de ti -le gritó-. Y lo hago porque soy mucho más listo que tú.

Jan se volvió y la señorita Bennett dio un respingo involuntario. -Sé cosas que tú no sabes -agregó él.

-¿Qué sabes tú que yo no sepa? -pregun­tó ella intentando no sonar demasiado ansiosa.

Jan no respondió, simplemente esbozó una sonrisa misteriosa al tiempo que se sentaba en el escabel. Ella se acercó a él.

-¿No me lo vas a decir? -preguntó de nue­vo con tono persuasivo-. ¿No me vas a confiar tu secreto?

Jan se apartó de ella.

-Yo no confío en nadie -respondió con acritud.

-Me pregunto si es cierto que has sido muy listo.

Jan soltó una risita nerviosa.

-Empiezas a darte cuenta de lo listo que soy -le dijo.

Ella le miró con expresión especulativa.

-Quizá haya muchas cosas que desconozco sobre ti -convino.

-Muchas -le aseguró Jan-. Y yo sé mu­chas cosas de todos los demás, pero no siempre las cuento. A veces me levanto por la noche y deambulo por la casa, veo muchas cosas y encuentro muchas cosas, pero no las aireo.

Con aire de complicidad, ella preguntó:

-¿Tienes algún gran secreto ahora?

Jan pasó una pierna por encima del escabel y se sentó a horcajadas.

-¡Un gran secreto! -exclamó encantado-.

Te asustarías si lo supieras -agregó con una risa casi histérica.

-¿De verdad? ¿De verdad me asustaría? ¿Tendría miedo de ti? -inquirió mientras se si­tuaba delante de Jan y le miraba fijamente.

Él alzó la vista. La expresión de júbilo se des­vaneció de su rostro y su voz sonó muy seria cuando respondió:

-Sí, tendrías mucho miedo de mí.

Ella continuó estudiándole con deteni­miento.

-No sabía cómo eras en realidad, Jan -reconoció-. Ahora empiezo a comprenderlo.

Los cambios de humor de Jan comenzaban a ser más pronunciados, y con tono desquiciado exclamó:

-En realidad nadie sabe nada de mí ni de las cosas que puedo hacer. El tonto de Richard sen­tado siempre allí disparando a los pájaros... Nunca pensó que alguien le dispararía a él, ¿verdad?

-No -respondió ella-, ése fue su error. Jan se levantó.

-Sí, ése fue su error -convino-. Pensaba que podía echarme de aquí, pero le di una lec­ción.

-¿Ah, sí? ¿Cómo?

Jan la miró con picardía, guardó silencio y fi­nalmente dijo:

-No te lo voy a decir.

-Dímelo, Jan- suplicó ella.

-No. -Se acercó al sillón y se subió enci­ma, con la pistola apoyada en la mejilla-. No, no se lo voy a decir a nadie.

La señorita Bennett se acercó a él.

-Quizá tengas razón -le dijo-. Quizá pueda adivinar lo que hiciste, pero no voy a de­cirlo, porque es tu secreto, ¿no es así?

-Sí, es mi secreto -respondió él mientras se levantaba y comenzaba a caminar nervioso por la habitación-. Nadie sabe cómo soy -exclamó alterado-. Soy peligroso, más vale que tengan cuidado, soy peligroso.

La señorita Bennett le dedicó una mirada triste.

-Richard no sabía lo peligroso que eras -dijo-, debió de sorprenderse mucho.

Jan regresó junto al sillón y la observó con detenimiento.

-Sí, sí que se sorprendió -convino-. Puso cara rara y cuando acabó todo, inclinó la cabeza hacia adelante, había sangre, y no se movía. ¡Le enseñé una lección! Ahora ya no me enviará fuera.

Jan fue hasta un extremo del sofá y se sentó mientras movía la pistola de un lado a otro de­lante de la señorita Bennett, que intentaba conte­ner las lágrimas.

-¡Mira! -exclamó Jan-. Mira, ¿ves? He hecho una muesca en la pistola. -Le dio unos golpecitos con la navaja.

-¡Vaya! -exclamó ella al tiempo que se acercaba a él-. ¡Qué emocionante! -Intentó coger la pistola de la mano tendida de Jan, pero él la apartó.

-¡Ah, no! ¡Eso sí que no! -gritó mientras se incorporaba con rapidez-. Nadie me va a quitar mi pistola. Si la policía intenta arrestarme, les dispararé.

-No será necesario hacer eso -le aseguró la señorita Bennett-. Eres tan listo que jamás sospecharán de ti.

-¡La policía es tonta! ¡La policía es tonta! -gritó Jan jubiloso-. ¡Richard es tonto! -Mien­tras blandía el arma ante la figura imaginaria de Richard vio que se abría la puerta. Con una exclamación de alarma, huyó deprisa hacia el jardín.

La señorita Bennett se derrumbó llorando sobre el sofá en el momento en el que el inspec­tor Thomas entró en la habitación seguido del sargento Cadwallader.

 

20

 

-¡Tras él! ¡Rápido! -gritó el inspector al sargento al irrumpir en el estudio.

El sargento salió corriendo a la terraza mien­tras Starkwedder entraba desde la puerta del pa­sillo seguido de Laura, que fue a otear el jardín. Angell fue el siguiente en aparecer y también se acercó a los ventanales. Detrás de él llego la señora Warwick, que permaneció de pie, erguida, en el umbral de la puerta.

El inspector Thomas se volvió hacia la seño­rita Bennett.

-Vamos, vamos... -la tranquilizó-. No se ponga así, lo ha hecho muy bien.

Con voz entrecortada, ella respondió:

-Lo sabía desde el principio. Conozco a Jan mejor que nadie, sabía que Richard le estaba em­pujando demasiado lejos, y sabía que Jan se esta­ba volviendo peligroso.

-Jan! -exclamó Laura. Exhaló un suspiro de aflicción y murmuró-: No, no..., Jan no.

-Se acercó a la silla del escritorio y se sentó-. No puedo creerlo -dijo con voz entrecortada.

La señora Warwick fulminó a la señorita Bennett con la mirada y con desdén le dijo:

-¿Cómo has podido, Benny? Pensé que al menos tú serías fiel.

La respuesta de ella fue desafiante:

-Hay ocasiones en que la verdad es más im­portante que la lealtad. Ustedes no veían, ningu­no de ustedes, que Jan se estaba volviendo peli­groso, es un chico encantador, muy dulce, pero... -Embargada por el dolor, no pudo con­tinuar.

La señora Warwick avanzó con pasos lentos hasta el sillón, donde se sentó y permaneció con la mirada ausente.

El inspector, con tono pausado, completó la frase de la señorita Bennett:

-Pero hay veces en las que, al superar deter­minada edad, se vuelven peligrosos porque ya no comprenden lo que hacen, no disponen del juicio ni el control de un adulto. -Se acercó a la señora Warwick y le dijo-: No se preocupe, señora, me ocuparé de que le traten con considera­ción, creo que podrá establecerse con facilidad que no era responsable de sus acciones, lo cual significa que se le confinará en un lugar confor­table; usted sabe que esto hubiera sucedido pronto de todos modos. -Y tras estas palabras salió de la habitación.

-Sí, ya sé que tienes razón -reconoció la señora Warwick-. Disculpa, Benny. Dices que nadie más sabía que era peligroso, pero no es cierto. Yo lo sabía pero era incapaz de hacer nada al respecto.

-Alguien tenía que hacer algo -respondió Benny.

Se hizo el silencio en la habitación, pero la tensión aumentó mientras esperaban a que el sargento Cadwallader regresara con Jan.

Sin embargo, a un centenar de metros de la casa, junto a la carretera sobre la que poco a poco se cernía la niebla, tenía lugar una dramáti­ca escena. El sargento había acorralado a Jan frente a un muro, pero éste blandía el arma sin dejar de gritar:

-¡No se acerque, nadie me va a encerrar, le voy a disparar, no bromeo, no le tengo miedo a nadie!

El sargento se detuvo a unos seis metros de Jan.

-Vamos, muchacho -dijo con tono per­suasivo-, nadie va a hacerte daño, pero las pis­tolas son muy peligrosas. Dámela y regresa conmigo a la casa. Podrás hablar con tu familia, ellos te ayudarán.

El sargento avanzó unos pasos hacia el joven, que comenzó a gritar con histerismo.

-¡Lo digo en serio, le dispararé, no me im­portan los policías, usted no me asusta!

-Claro que no, no tienes por qué tener mie­do de mí, jamás te haría daño. Regresa conmigo a la casa, vamos.

Dio un paso más pero Jan levantó el arma y disparó dos veces. Erró el primer tiro pero el segundo alcanzó a Cadwallader en la mano iz­quierda. El sargento gimió de dolor pero se abalanzó sobre Jan y le derribó. Durante el for­cejeo, el arma se disparó accidentalmente cuando apuntaba al pecho de Jan, que soltó un grito y enmudeció.

Horrorizado, el sargento se inclinó sobre él, incrédulo.

-Oh, no -murmuró-. Pobre muchacho, ¡no! No puedes estar muerto. Por favor, Señor... -Le tomó el pulso y meneó la cabeza.

Se puso en pie y se alejó unos pasos. Sólo en­tonces notó que la mano le sangraba a borboto­nes. Se la envolvió con un pañuelo y corrió de regreso a la casa, sujetándose el brazo izquierdo al tiempo que gemía de dolor.

Llegó a la puerta de la terraza tambaleán­dose.

-¡Señor! -gritó mientras el inspector y los demás acudían corriendo a su encuentro.

-¿Qué diablos ha sucedido?

Con respiración entrecortada, el sargento respondió:

-Tengo que contarle algo terrible. Starkwedder le ayudó a entrar y, con pasos vacilantes, el sargento se sentó en el escabel. El inspector se acercó a su lado.

-¡Su mano! -exclamó.

-Yo me ocupo de eso -murmuró Stark­wedder al tiempo que cogía el brazo de Cadwa­llader, retiraba el pañuelo manchado de sangre, sacaba el suyo del bolsillo y le envolvía la mano.

-Se estaba formando una capa de niebla -comenzó a explicar Cadwallader-. Era difícil ver con claridad. Me disparó en la carretera cerca del bosquecillo.

Laura, con expresión horrorizada, se dirigió a los ventanales.

-Me disparó dos veces -dijo el sargento-, y la segunda me alcanzó en la mano.

La señorita Bennett se llevó la mano a la boca.

-Intenté arrancarle la pistola -continuó el sargento-, pero me vi limitado por la mano...

-¿Y qué sucedió? -le instó el inspector.

-Tenía el dedo en el gatillo -agregó el sar­gento-, y se disparó. La bala le atravesó el cora­zón. Está muerto.

 

21

Las palabras del sargento Cadwallader fueron recibidas con un sombrío silencio. Laura se sentó en la silla del escritorio y clavó los ojos en el suelo. La señora Warwick inclinó la cabeza y se apoyó en el bastón. Starkwedder comenzó a pasearse por la habitación.

-¿Está seguro de que ha muerto? -pre­guntó el inspector.

-Lo estoy -respondió el sargento-. Po­bre muchacho, me gritaba desafiante mientras disparaba, como si disfrutara con ello.

El inspector se dirigió a los ventanales.

-¿Dónde está? -inquirió.

-Le acompañaré para mostrárselo -contestó el sargento mientras se levantaba.

-No, usted se queda aquí -le ordenó su superior.

-Me encuentro bien -insistió el sargen­to-, puedo aguantar hasta que regresemos a co­misaría. -Salió a la terraza tambaleándose, se volvió hacia los presentes con expresión com­pungida y murmuró-: «Uno no debería tener miedo cuando está muerto.» Es de Alexander Pope. -El sargento sacudió la cabeza y se alejó con pasos lentos.

El inspector se volvió hacia la señora War­wick y el resto de los presentes.

-No puedo decirle cuánto lo siento, pero quizá fuera la mejor solución -dijo antes de se­guir al sargento al jardín.

La señora Warwick le observó mientras se alejaba.

-¡La mejor solución! -exclamó con furia y desesperación a la vez.

-Sí -suspiró la señorita Bennett-, es lo mejor. Ahora es libre, pobre muchacho. -Se acercó a la señora Warwick y la ayudó a levan­tarse-. Vamos, querida, esto ha sido demasiado para usted.

La mujer la miró.

-Iré... iré a recostarme -murmuró mien­tras la señorita Bennett la acompañaba a la puer­ta. Starkwedder extrajo un sobre del bolsillo v se lo entregó a la señora Warwick.

-Creo que es mejor que le devuelva esto -comentó.

Ella se volvió hacia él.

-Sí -respondió-, ya no será necesario.

La señora Warwick y la señorita Bennett abandonaron la habitación. Starkwedder estaba a punto de cerrar la puerta detrás de ellas cuando se percató de la presencia de Angell junto a los ventanales. El asistente se acercó a Laura, que estaba sentada frente al escritorio.

-Si me lo permite, señora, quisiera decirle cuánto lo siento. Si puedo hacer cualquier cosa, sólo tiene que...

Sin alzar la vista, Laura repuso:

-No precisamos más de su ayuda, Angell. Recibirá un cheque por sus servicios y quisiera que abandonara esta casa hoy mismo.

-Sí, señora. Gracias -contestó Angell sin mostrar ningún sentimiento, y abandonó el es­tudio.

Oscurecía en la habitación y los últimos rayos de sol proyectaban sombras sobre las paredes. Starkwedder miró a Laura.

-¿No vas a denunciarle por chantaje?

-No -replicó ella con languidez.

-Es una lástima. -Starkwedder se acer­có-. Supongo que será mejor que me marche. Voy a despedirme. -Se detuvo un instante pero Laura no se volvió hacia él-. No sufras demasiado -agregó.

-Pues sí -respondió Laura con emoción.

-¿Porque le querías? -preguntó Stark­wedder.

Laura lo miró.

-Sí, y porque ha sido por mi culpa. Richard tenía razón, tendríamos que haber enviado al pobre Jan a algún lugar, encerrarlo allí donde no pudiera hacer daño a nadie. Fui yo la que no lo permití, así que por mi culpa asesinó a Richard.

-Vamos, Laura, no dramatices -respondió Starkwedder con sequedad-. Richard murió porque se lo merecía; podría haberse mostrado amable con el muchacho, ¿no? No te tortures, lo que tienes que hacer ahora es ser feliz, feliz por siempre jamás, como dicen los cuentos.

-¿Feliz? ¿Con Julian? -contestó ella con amargura-. ¡No sé cómo! Ya no es lo mismo.

-¿Quieres decir entre Farrar y tú?

-Sí, cuando pensaba que Julian había matado a Richard las cosas no cambiaron para mí, seguía queriéndole igual. -Hizo una pausa antes de continuar-. Incluso estaba dispuesta a decir que lo había hecho yo.

-Lo sé. Qué ingenua. ¡Cómo les gusta a las mujeres hacerse las mártires!

-Pero cuando Julian pensó que lo había hecho yo -prosiguió con vehemencia-, cambió su actitud hacia mí por completo. Es cierto que intentó comportarse con decencia y no incriminarme, pero eso es todo. -Se sentó en el escabel con desilusión-. Ya no me quería.

Starkwedder se acercó a ella.

-Mira -dijo-, los hombres y las mujeres no reaccionan de la misma manera. Los hombres son más sensibles y las mujeres más duras. Un hombre no puede tomarse un asesinato a la ligera pero, al parecer, una mujer sí. Lo cierto es que si un hombre comete un asesinato por una mu­jer, la mujer le apreciará más, pero un hombre es diferente.

Laura lo miró.

-Tú no sentiste lo mismo -comentó-cuando pensaste que yo había matado a Richard. Me ayudaste.

-Eso fue diferente. -Starkwedder parecía desconcertado-. Tenía que ayudarte.

¿Por qué? -preguntó Laura.

El no contestó de inmediato. Después, con voz queda, dijo:

-Todavía quiero ayudarte.

-¿No te das cuenta de que volvemos a en­contrarnos en el punto de partida? En cierta ma­nera fui yo quien mató a Richard porque... porque me obcequé con el tema de Jan.

Starkwedder se sentó en el escabel junto a ella.

-Eso es lo que te corroe por dentro, ¿no es así? -preguntó-. Saber que Jan mató a Ri­chard, pero no tiene por qué ser necesariamente cierto.

Laura le lanzó una mirada escrutadora.

-¿Cómo puedes decir eso? -repuso-. Yo lo oí, todos lo oímos, Jan lo confesó, alardeó de ello.

-Es cierto. Sí, lo sé, pero ¿cuánto sabes acerca del poder de la sugestión? Tu querida señorita Bennett jugó con Jan muy bien, consiguió que se alterara (no puede negarse que el muchacho era muy influenciable), y le agradaba la idea, como a muchos adolescentes, de tener poder, in­cluso de ser un asesino. Benny le colocó el an­zuelo delante y él lo mordió. Había matado a Ri­chard y había grabado una muesca en la pistola, así que era un héroe. -Se incorporó-. Pero tú no sabes, nadie sabe, si lo que dijo era verdad.

-¡Dios Santo! ¡Pero si disparó al sargento!

-Sí, realmente era un asesino en potencia -reconoció Starkwedder-. Es posible que dis­parara a Richard, pero no puedes estar segura, quizá... quizá fue otra persona.

Ella le miró incrédula.

-Pero ¿quién?

Starkwedder reflexionó un instante.

-La señorita Bennett, quizá -sugirió mien­tras se sentaba en el sillón-. Después de todo, os tiene mucho aprecio. Quizá pensó que sería lo mejor para todos. Quizá incluso la señora Warwick, o tu amante Julian, que después fingió pensar que lo habías hecho tú, una estrategia muy inteligente que te embaucó por completo.

Laura se levantó.

-Realmente no crees lo que estás diciendo -le recriminó-, sólo intentas consolarme. El la miró con exasperación.

-Mi querida amiga, cualquiera pudo haber disparado a Richard, incluso MacGregor.

-¿MacGregor? Pero si está muerto.

-Claro que está muerto. Tenía que estarlo. -Se dirigió hacia un extremo del sofá-. Mira, voy a demostrarte cómo pudo haber sido MacGregor el asesino. Digamos que decidiera matar a Richard en venganza por el accidente en el que falleció su hijo. -Starkwedder se sentó en el brazo del sofá-. Pues bien, primero tiene que desprenderse de su propia identidad. No debía de ser difícil para él fingir su fallecimiento en al­gún lugar remoto de Alaska. Le costaría algo de dinero y algún testimonio falso, es obvio, pero estas cosas pueden arreglarse. Después cambia de nombre y se forja una nueva identidad en otro país, con otro trabajo.

Laura le contempló antes de sentarse en el si­llón. Cerró los ojos y respiró hondo, luego los abrió y le miró de nuevo.

Starkwedder continuó con su especulación.

-Se mantiene al día de lo que sucede aquí. Sabe que abandonaban Norfolk y que venían a esta parte del mundo. Comienza a elaborar un plan. Se afeita la barba, se tiñe el pelo y todas esas cosas. Entonces, en una noche de bruma se dirige aquí. Digamos que todo sucedió así. -Starkwedder se incorporó y se dirigió a los ventanales-. Imagi­nemos que MacGregor dice a Richard: «Tengo una pistola y tú también. Contemos hasta tres y disparemos los dos. He venido a vengar la muerte de mi hijo.»

Laura le contempló horrorizada.

-¿Sabes? -continuó él-, no creo que tu marido fuera tan buen deportista como piensas. Tal vez no hubiera esperado a contar hasta tres. Dices que tenía muy buena puntería, pero esta vez falló, y la bala salió por aquí -hizo un ade­mán mientras salía a la terraza- hacia el jardín, donde hay multitud de balas. Pero MacGregor no yerra el tiro: dispara y lo mata. -Starkwedder regresó a la habitación-. Deja caer la pistola junto al cuerpo, toma la de Richard, sale por el ventanal y regresa después.

-¿Regresa? ¿Por qué regresa?

El la contempló unos segundos sin respon­der. Después, tomando aliento, dijo:

-¿No te lo imaginas?

Laura lo miró sorprendida y sacudió la ca­beza.

-No, no tengo ni idea -replicó. Starkwedder continuó mirándola fijamente. Luego dijo:

-Bien, supón que MacGregor tiene un acci­dente con el coche y no puede huir. ¿Qué más puede hacer? Sólo una cosa: venir a la casa y descubrir el cuerpo.

-Hablas... -dijo Laura con voz entrecortada- hablas como si supieras exactamente lo que sucedió.

Starkwedder fue incapaz de contenerse.

-¡Claro que lo sé! -exclamó con vehemen­cia-. ¿No lo comprendes? ¡Yo soy MacGregor! -Y se apoyó contra las cortinas al tiempo que sacudía la cabeza con desesperación.

Laura se levantó con expresión incrédula. Se acercó a él, incapaz de comprender el significado de sus palabras.

-Tú... -murmuró-, tú...

Starkwedder se acercó a ella con lentitud.

-Jamás pensé que sucedería esto -le dijo con voz entrecortada por la emoción-. Quiero decir, encontrarte a ti y descubrir que me impor­tabas y que... ¡Dios mío! ¡Es inútil! -Mientras ella le miraba aturdida, Starkwedder tomó su mano y la besó en la palma-. Adiós, Laura -dijo con brusquedad.

Salió por el ventanal y desapareció en medio de la niebla. Laura corrió tras él gritando:

-¡Espera! ¡Espera! ¡Vuelve!

La niebla formaba volutas y la sirena de Bris­tol comenzó a sonar.

-¡Vuelve, Michael! ¡Vuelve! -No obtuvo respuesta-. ¡Vuelve, Michael! ¡Regresa, te lo suplico! ¡Tú también me importas!

Laura escuchó con atención, pero sólo dis­tinguió el motor de un coche que arrancaba y se alejaba.

La sirena de niebla continuó sonando mien­tras ella se dejaba caer contra la ventana y rom­pía a llorar.

  

FIN