INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta profesor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta profesor. Mostrar todas las entradas

El monje negro - Anton Chéjov (Parte 2 y última)

 VI

Cuando Igor Semionovich se enteró no sólo del noviazgo repentino de Tania, sino también de su próximo matrimonio, se puso a dar pasos agigantados por la estancia, tratando de coordinar sus ideas y dominar su agitación. Se retorcía las manos y las venas de su cuello parecían tan amoratadas como las violetas que cultivaba en sus viveros. 

Ordenó que engancharan los caballos en su carricoche y se ausentó de la casa. Tania, al ver cómo fustigaba los caballos y se cubría las orejas con su gorra de cuero, comprendió lo que le pasaba a su padre, se encerró en su habitación, cerró la puerta y lloró todo el día.

En los huertos, los melocotones y las ciruelas estaban a punto de madurar. El empaquetado y envío de tan delicada mercancía a Moscú requería la máxima atención, como asimismo jaleo y bullicio. Teniendo en cuenta el intenso calor del verano, cada árbol tenía que ser regado; el procedimiento era muy costoso en aquella época, tanto por el tiempo empleado como por la energía que se debía gastar. 

Aparecieron los sempiternos gusanos, que los trabajadores, y hasta Igor Semionovich y Tania, mataban apretándolos con los dedos, a disgusto de Kovrin, a quien asqueaba ese acto repugnante. También había que tener en cuenta los cuidados prodigados a las frutas que madurarían en otoño, y de las que habría gran demanda desde las ciudades, como lo demostraba la gran correspondencia que recibían. 

En el momento en que todos estaban más atareados, cuando parecía que nadie disponía ni de un segundo libre, empezaron las labores en los campos, privando a los viveros de flores de la mitad de sus floricultores. Igor Semionovich, tostado por el sol, nervioso e irritado, galopaba de un lado para otro; ahora a los jardines, luego a los campos, mientras gritaba con todas las fuerzas de sus pulmones que aquel trabajo le estaba haciendo pedazos y que terminaría pegándose un tiro en la sien para acabar de una vez por todas.

Por encima de todo estaba el ajuar de Tania, al que la familia Pesotski atribuía suma importancia. Toda la casa parecía un hormiguero: ruido de máquinas de coser y de tijeras, vapor de agua producido por las planchas de hierro, aparte de los caprichos de la nerviosa y escrupulosa modista. 

Y para colmo de males, cada día llegaban más visitas, y todas debían ser atendidas, alimentadas y alojadas. Sin embargo, el trabajo y las preocupaciones pasaban desapercibidos en medio de la inmensa alegría que inundaba toda la extensa mansión. 

Tania tenía la impresión de que el amor y la felicidad habían caído sobre ella como una de esas inesperadas lluvias de verano; aunque desde los catorce años estuvo segura de que Kovrin no se casaría más que con ella. Se hallaba en un estado de eterno asombro, duda y desconfiaba de sí misma. 

En un momento se hallaba tan contenta que pensaba que volaría al cielo y se sentaría sobre las nubes para rezarle a Dios; pero instantes después pensaba que pronto llegaría el otoño y debería abandonar la casa de su infancia y a su padre. 

Pero lo más curioso de todo es que tenía la idea fija de que era una mujer muy insignificante, trivial y sin importancia para casarse con alguien tan famoso como Kovrin, un gran hombre de la capital. Cuando estos pensamientos le venían a la mente, Tania subía corriendo a su habitación, cerraba la puerta y se echaba a llorar desesperadamente. 

Pero cuando estaban presentes los visitantes, decía que Kovrin era muy guapo, que todas las mujeres iban detrás de él y que por ello la envidian; y en ese instante su corazón se hallaba tan repleto de orgullo y de gozo que daba la impresión de haber conquistado el mundo entero. Cuando Kovrin le sonreía a alguna mujer, los celos la devoraban, se echaba a temblar, subía a su habitación, cerraba la puerta y volvía a echarse a llorar. 

Pero este estado de nervios se extendía a todo lo que hacía durante el día: ayudaba a su padre mecánicamente, sin fijarse en los papeles, los gusanos ni en si los trabajadores cumplían con sus faenas, sin siquiera darse cuenta del paso del tiempo. Igor Semionovich se encontraba casi en el mismo estado de espíritu. Aún seguía trabajando de la mañana a la noche, yendo de los jardines a los campos y de estos a los jardines, e incluso su mal carácter había desaparecido; pero durante todo este tiempo parecía hallarse envuelto en un mágico sueño. 

Dentro de su robusto cuerpo parecían luchar dos hombres: uno, el verdadero Igor Semionovich, el cual, cuando oía decir a un jardinero que se había producido algún error en las plantaciones, se volvía loco por la excitación y se tiraba de los pelos; y el otro, el irreal Igor Semionovich, era un hombre que, en medio de una conversación, ponía su mano sobre el hombro del jardinero y balbuceaba emocionado:

–Puedes decir lo que te plazca, amigo mío, pero la sangre es más espesa que el agua. Su madre era una mujer deslumbrante, noble, buena, una verdadera santa. Era un placer contemplar su rostro bondadoso, puro, igual que el de un ángel. Pintaba maravillosamente, escribía poesías, hablaba cinco idiomas y cantaba... Pobrecita mía. Su alma reposa en el cielo. Murió tuberculosa.

El irreal Igor Semionovich hacía un gesto afirmativo con la cabeza al pronunciar estas palabras, y, después de unos momentos de silencio, proseguía:

–Cuando él era aún un muchacho, camino de ser un hombre hecho y derecho, daba gusto verlo por la casa con aquel rostro de ángel, de mirada bondadosa y expresión noble. Su mirada, sus movimientos, su forma de hablar, todo era tan gentil y gracioso como su madre. ¡Y cuán inteligente era! No es por nada que tiene el título de Magíster, no señor. Se lo ganó, no se lo regalaron. Pero espere un poco más, querido Iván Karlich, y ya verá lo que será dentro de diez años.

De pronto, al llegar a este extremo, el real Igor Semionovich se acordaba de sí mismo, se cogía la cabeza entre las manos y rugía como un toro:

–¡Malditos demonios! ¡Condenada escarcha! ¡Me han arruinado, me han destruido! ¡El jardín está arruinado; el jardín está destruido!

Kovrin seguía trabajando con su habitual tenacidad sin apenas darse cuenta del bullicio que reinaba en la casa. El amor sólo vertía aceite en las llamas. Después de cada encuentro con Tania, regresaba a sus aposentos rebosante de dicha y felicidad, y se sentaba a trabajar entre sus libros y manuscritos con la misma pasión con la que la había besado y jurado su amor. 

Lo que el Monje Negro le había dicho sobre la elección divina, la verdad eterna y el glorioso futuro de la Humanidad proporcionó a todo su trabajo un significado peculiar, fuera de lo corriente. Una o dos veces por semana se encontraba con el monje, tanto en el parque como en la casa, y hablaba con él durante horas y horas; pero esto no le asustaba; por el contrario, hallaba sumo placer en ello, ya que ahora estaba seguro de que el monje sólo efectuaba tales visitas a las personas elegidas y excepcionales que se habían dedicado a los ideales más puros.

Pasó el día de la Asunción. Luego vino el día de la boda, que fue celebrada con lo que Igor Semionovich llamaba *grand éclat*, es decir, con grandes fiestas y banquetes que duraron dos días. Tres mil rublos se gastaron en comidas y bebidas; pero debido a la vil música, los ruidosos brindis y discursos, el ajetreo de los criados, las aclamaciones a los novios y a aquella atmósfera densa y asfixiante, nadie pudo apreciar ni los costosísimos vinos ni los maravillosos *hors d'oeuvres* traídos especialmente de Moscú.

VII

Era una de aquellas largas noches de invierno. Kovrin se hallaba acostado en la cama, leyendo una novela francesa. La pobre Tania, a quien cada noche le dolía la cabeza debido a que no estaba acostumbrada a vivir en una ciudad, hacía ya tiempo que estaba durmiendo, y murmuraba frases incoherentes en sus sueños.

El reloj dio las tres campanadas de la madrugada. Kovrin apagó la luz y se dispuso a dormir, pero aunque permaneció con los ojos cerrados durante mucho tiempo, no logró conciliar el sueño, debido al calor de la habitación y a que Tania no cesaba de murmurar. A las cuatro y media, Kovrin volvió a encender la luz. El Monje Negro estaba sentado en una silla junto a su cama.

–¡Buenas noches! –le dijo el monje, y, después de unos segundos de silencio, preguntó–: ¿En qué pensaba en este instante?

–En la gloria –respondió Kovrin–. En una novela francesa que acabo de leer, el héroe es un hombre joven que no hace más que locuras, y muere víctima de su pasión por alcanzar la gloria. Para mí esto es inconcebible.

–Porque usted es demasiado inteligente. Considera indiferentemente la gloria como un juguete que no puede interesarle.

–Eso es cierto.

–No le interesa ser célebre. ¿De qué le sirve a un hombre que en su tumba se grabe que fue famoso y célebre, si al cabo de los años el tiempo borrará, tarde o temprano, aquella inscripción? Por suerte, para las pocas personas que son como usted, sus nombres serán olvidados con prontitud por el resto de los mortales.

–Desde luego –respondió Kovrin–. ¿Para qué recordar sus nombres? ¿Para qué acordarse de ellos? En fin, dejemos esto y hablemos de otra cosa. De la felicidad, por ejemplo. ¿Qué es la felicidad?

Cuando el reloj dio las cinco, Kovrin se hallaba sentado en el borde de la cama, con los pies apoyados en la alfombra, mirando hacia el monje y diciéndole:

–En tiempos remotos, los hombres se asustaban de su felicidad, por muy grande que esta fuese y, para aplacar a los dioses, depositaban delante de sus altares su querido anillo de boda. ¿Me ha comprendido? Pues bien, actualmente, yo, igual que Polícrates, estoy un poco asustado de mi propia felicidad. Desde la mañana a la noche sólo experimento dichas y alegrías; ambas cosas me absorben y ahogan cualquier otro sentimiento. Ignoro lo que es la aflicción, la desgracia, el tedio. Todo mi ser desborda felicidad por sus cuatro costados. Le hablo en serio; estoy empezando a dudar.

–¿Por qué? –preguntó asombrado el monje–. ¿Acaso piensa que la felicidad es un sentimiento supernatural? ¡No! ¿Cree que no es la condición normal de las cosas? ¡No! Cuanto más alto ha subido un hombre en su desarrollo mental y moral, más libre es; su mayor satisfacción emana de su propia vida. Sócrates, Diógenes, Marco Aurelio conocieron la dicha, pero no la aflicción. Y el apóstol dice: «Regocíjate todo lo que puedas». Regocíjese y sea feliz.

–Y los dioses se encolerizarán inmediatamente –dijo bromeando Kovrin–. Aunque también admito que me dolería mucho que ellos me robaran la felicidad, me obligaran a ser un desgraciado y a morirme de hambre.

En aquel momento se despertó Tania. Miró extrañada y aterrorizada a su marido. Vio que hablaba, que gesticulaba y reía dirigiéndose hacia la silla, sus ojos brillaban misteriosamente y su risa tenía un tono muy extraño.

–Pero Andrei, ¿con quién estás hablando? –dijo Tania, cogiendo la mano que Kovrin extendía en dirección al monje–. ¿Con quién estás hablando?

–¿Con quién? –respondió Kovrin–. ¡Pues con el monje! Está sentado ahí –añadió, señalando hacia el Monje Negro.

–No hay nadie ahí... nadie, Andrei; tengo la impresión de que estás enfermo.

Tania abrazó a su marido, apretándolo contra ella como si quisiera defenderlo de la aparición fantasmagórica, y le tapó los ojos con su mano.

–Sí, estás enfermo –dijo sollozando estremecida–. No te enfades por lo que voy a decirte, pero desde hace mucho tiempo estaba segura de que padecías de los nervios o de algo parecido. Estás enfermo... psíquicamente, Andrei.

El temor de su esposa se le contagió. Una vez más miró en dirección al butacón, ahora vacío, y sintió una gran flojedad en sus brazos y piernas. Empezó a vestirse, mientras le decía a su esposa:

–No es nada, querida Tania, nada... Pero admito que no estoy bien del todo. Ya es hora de que lo reconozca yo mismo.

–Ya me di cuenta hace mucho tiempo, y mi padre también –respondió ella, tratando de contener sus sollozos–. Hacía tiempo que había observado que hablabas contigo mismo y que te reías de una forma muy extraña. Además, no dormías, no podías dormir por las noches. ¡Oh, Dios mío, sálvanos! –gritó, presa de terror–. Pero no te preocupes, Andrei, no te asustes. Por el amor de Dios, no te asustes.

Tania también se vistió. Hasta que no se fijó en la expresión de su esposa, Kovrin no comprendió el peligro en que se hallaba. Se dio cuenta de lo que significaban el Monje Negro y sus conversaciones. Entonces se vio obligado a admitir con toda certeza que se había vuelto loco.

Ambos, sin saber cómo, se dirigieron al salón; primero él, detrás ella. Allí encontraron a Igor Semionovich envuelto en su batín. Se había despertado al oír los sollozos de su hija.

–No te asustes, Andrei –dijo Tania, temblando como si tuviera fiebre–. No te asustes. Padre, ya se le pasará esto..., ya se le pasará.

Kovrin estaba tan nervioso que apenas podía hablar. Para despistar, procuró tratar aquel asunto en broma. En efecto, dirigiéndose a su suegro, intentó decirle:

–Felicíteme, mi querido suegro, pues ya ve que me he vuelto loco.

Pero sus labios sólo se movieron, sin poder emitir sonido alguno, y sonrió amargamente.

A las nueve de la mañana, Igor y su hija lo envolvieron en un abrigo, le cubrieron con una capa de pieles y lo condujeron al médico. Este le puso en tratamiento.

VIII

De nuevo llegó el verano. Siguiendo las órdenes del doctor, Kovrin regresó al campo. Recuperó la salud y no volvió a ver al Monje Negro. En el campo recuperó su fuerza física. Vivía con su suegro, bebía mucha leche, trabajaba sólo dos horas al día y dejó de beber y fumar.

La tarde del 19 de junio, víspera de la fiesta más importante de la comarca, se celebró un servicio religioso en la casa. Cuando el sacerdote esparció el incienso, todo el vasto salón empezó a oler como una iglesia. Aquella atmósfera irritaba los pulmones de Kovrin, por lo que salió de la casa y se dirigió al jardín. Una vez allí, se puso a pasear arriba y abajo hasta que, cansado, se sentó en un banco. 

Al cabo de unos minutos, sintiéndose ya con fuerzas, se levantó y echó a caminar por el parque. Se dirigió a la orilla del riachuelo y estuvo contemplando el agua cristalina hasta que el piar melodioso de un ruiseñor le sacó de su abstracción. Se puso a caminar de nuevo y llegó al pinar donde viera por primera vez al Monje Negro, pero ni los pinos ni las flores le reconocieron. Y es que, realmente, con aquellos cabellos al rape, su caminar cansino, su alterado rostro, tan pálido y arrugado, y aquel cuerpo pesado, era imposible que alguien lo hiciera.

Cruzó el arroyuelo y atravesó los campos que en ese entonces estaban cubiertos de centeno y ahora habían sido plantados de avena. El sol acababa de ponerse, y en el amplio horizonte brillaba como un horno al rojo vivo su inmensa aureola de oro.

Cuando regresó a la casa, cansado y aburrido, Tania e Igor Semionovich se hallaban sentados en los escalones de la entrada principal, tomando una taza de té. Estaban conversando, pero cuando divisaron a Kovrin se callaron, por lo que este dedujo que habían estado hablando de él.

–Es la hora en que tomes tu leche –díjole Tania.

–No, aún no. Tómala tú, yo no tengo ganas.

Tania miró de reojo a su padre e insistió:

–Sabes perfectamente que la leche te hace bien.

–Sí, sobre todo si es en grandes cantidades –repuso Kovrin–. Te felicito, he ganado una libra de peso desde el último viernes. –Se apretó la cabeza entre las manos y continuó–: ¿Por qué, por qué me has curado? Bromuros, mezclas de hierbas sedativas, baños calientes, observándome constantemente: todo esto acabará por convertirme en un idiota. Has acabado por sacarme de mis casillas. Antes tenía delirios de grandeza, pero al menos era activo, trabajador, dinámico e incluso feliz... siempre estaba contento con mi felicidad. Pero ahora me he convertido en un ser racional, materializado, como el resto del mundo. ¡Me he convertido en una mediocridad y estoy aburrido y cansado de esta vida! ¡Oh, cuán cruelmente..., cuán cruelmente me has tratado! Admito que antes tenía alucinaciones, ¿pero qué daño le hacía a nadie el que las tuviera? Te lo repito, ¿qué daño hacía?

–¡Sólo Dios sabe lo que quieres dar a entender! –intervino Igor Semionovich–. No vale la pena oírte hablar.

–Pues no necesita hacerlo.

La presencia de Igor Semionovich, sobre todo, irritaba ahora a Kovrin. Siempre le contestaba seca y agriamente a su padre político, incluso con rudeza, y no podía contener la rabia que le producía el mero hecho de que le mirase. Igor Semionovich estaba confuso, se consideraba culpable, pero sin saber qué daño le había podido causar a su yerno. Le parecía mentira que hubieran cambiado de tal forma aquellas excelentes relaciones que los unían. 

Tania también se había dado cuenta de ello. Cada día era más claro para ella que las relaciones entre su padre y su esposo iban de mal en peor; que su padre se había hecho más viejo y que Kovrin cada vez era más intratable y nervioso. Ya no cantaba ni reía como antes, apenas comía nada y no podía dormir por las noches.

–¡Cuán felices eran Buda, Mahoma y Shakespeare al tener la dicha de que sus médicos no tratasen de curar sus éxtasis, alucinaciones e inspiraciones! –se decía a sí mismo Kovrin–. Si Mahoma hubiese tomado bromuro de potasio para sus nervios, trabajado dos horas al día y sólo hubiese bebido leche, estoy seguro de que no habría dejado tras de su muerte absolutamente nada. Los médicos hacen todo lo que está en sus manos para convertir en idiotas a todos los hombres, y a este paso llegará el momento en que la mediocridad será considerada genialidad, y la Humanidad perecerá. ¡Si ahora pudiese tener sólo una idea, cuán feliz me consideraría!

Sintió una tremenda irritación al pensar en todo esto y, para evitar decir más cosas duras e hirientes, se levantó y entró en la casa. Era una noche de fuerte ventolera, y el aroma a tabaco procedente de las plantaciones penetraba por las ventanas de su habitación. Encendió un puro y ordenó a un criado que le trajera vino: quería recordar «los viejos tiempos»... 

Pero ahora el tabaco era agrio y detestable, y el vino ya no tenía aquel aroma de antaño. ¡Cuántas repercusiones tiene el salirse de la práctica cotidiana, el dejar de hacer lo que se ha hecho durante años y años! Bastaron unas chupadas al puro y dos sorbos de vino para que se sintiera mareado, y se vio obligado a tomar el bromuro de potasio.

Antes de acostarse, Tania le dijo:

–Escúchame con un poco de paciencia, querido Andrei: mi padre te quiere mucho, pero tú no haces más que enfadarte con él por la mínima tontería, y esto lo está matando. Contempla su rostro; se está haciendo viejo, pero no cada día, sino en cada hora que pasa. Te lo imploro, Andrei, por el amor de Cristo, en nombre de tu difunto padre, en nombre de la paz de mi espíritu: sé bondadoso con él.

–No puedo, y tampoco lo deseo.

–¿Pero por qué? –repuso Tania, temblando–. Explícame por qué.

–Porque no me cae en gracia, eso es todo –respondió Kovrin con indiferencia, encogiéndose de hombros–. Prefiero no hablar más de esto: es tu padre.

–No puedo comprenderlo, no puedo comprenderlo –repitió Tania, mientras se llevaba las manos a la cabeza y fijaba su mirada en el vacío–. Algo terrible, espantoso, ha tenido que ocurrir en esta casa. Tú mismo, Andrei, has cambiado; ya no eres el mismo de antes. Te molestas por cosas insignificantes de las que en otro tiempo no hubieras hecho caso. No, no te enfades..., no te enfades –díjole cariñosamente Tania, mientras le acariciaba los cabellos, asustada por las palabras que acababa de pronunciar–. Eres inteligente, bueno y noble. Estoy segura de que serás justo con mi padre. ¡Él es tan bueno!

–No, no es bueno, sino que tiene buen humor –respondió Kovrin–. Estos tíos de vaudeville –del tipo de tu padre–, de rostros bien alimentados y sonrientes, tienen su carácter especial, y en otra época acostumbraba a divertirme con ellos, ya fuese en las novelas, en el teatro o en la misma calle. Son egoístas hasta el tuétano de sus huesos. Lo más desagradable de ellos es su saciedad y ese optimismo estomacal, puro bovino o porcino.

Tania se echó a llorar y recostó su cabeza en la almohada.

–¡Esto es una tortura! –Por el tono en que pronunció estas palabras se adivinaba que estaba desesperada y que le costaba trabajo hablar sin rodeos ni tapujos–. Desde el invierno pasado no he tenido un momento de tranquilidad. ¡Es terrible, Dios mío! No hago más que sufrir y padecer...

–¡Oh, sí, desde luego! Por lo visto yo soy Herodes y tú y tu papá, unos niños inocentes.

En aquel momento la cara de Kovrin le resultó repugnante y desagradable. La expresión de odio y furor era ajena a ella. Incluso observó que algo faltaba en su rostro: aunque a su esposo le habían cortado el cabello, no era aquello lo que le hacía parecer extraño. Tania sintió un deseo intenso de decir algo insultante, pero se contuvo y, dominada por el terror, abandonó el dormitorio.

IX

Kovrin consiguió una cátedra libre en la Universidad. El día de su primera lección como profesor fue fijado para el 2 de diciembre, y una nota a tal efecto fue colocada en el tablón de anuncios de los pasillos de la Universidad. Pero cuando llegó esta fecha, las autoridades académicas recibieron un telegrama en el que Kovrin les comunicaba que no podía cumplir con aquel compromiso debido a su enfermedad.

Empezó a escupir sangre de la garganta. Al principio fue eventual, de tarde en tarde, pero más adelante los escupitajos sanguinolentos se convirtieron en torrentes de sangre. Se sintió horriblemente débil y cayó en un estado de somnolencia. Pero esta enfermedad no le asustó, pues sabía que su difunta madre había vivido con ella durante diez años. Los médicos, también, aseguraron que no había ningún peligro, y le aconsejaron que no se preocupara, que llevara una vida normal y que hablara poco.

Al llegar el mes de enero, tampoco pudo ocupar la cátedra por el mismo motivo, y en febrero ya era muy tarde, pues el curso estaba avanzado. Por consiguiente, todo fue pospuesto para el año próximo.

Ya no vivía con Tania, sino con otra mujer, mucho más vieja que él y que lo cuidaba como si fuera su hijo. Tenía un carácter pacífico y obediente, y por ello, cuando Bárbara Nikolayevna hizo los trámites necesarios para llevarlo a Crimea, Kovrin consintió en ir, a pesar de que sabía que el cambio de clima y lugar le haría daño.

Llegaron a Sebastopol un atardecer y se quedaron allí para descansar, pensando marchar al día siguiente a Yalta. Ambos estaban agotados por el viaje. Bárbara tomó un poco de té y se fue a la cama. Pero Kovrin no se acostó. Una hora antes de tomar el tren había recibido una carta de Tania que no había leído, y pensar en ella le producía agitación. 

En el fondo de su corazón, él sabía que su matrimonio con Tania había sido un error. También aceptaba que había hecho bien en alejarse de ella, pero no podía dejar de admitir que el haberse ido a vivir con esta nueva mujer lo había convertido en un pelele entre sus manos, y se sintió vejado. 

Al contemplar la letra de Tania en el sobre, recordó lo injusto que había sido con ella y con su padre. Evocó aquella tarde en que, presa de un ataque de nervios, cogió todos los artículos de su suegro, los hizo añicos, los arrojó por la ventana y contempló cómo el viento los arrastraba depositándolos en las hojas de los árboles y las flores del jardín; en cada página había creído ver unas pretensiones desmedidas, una manía de vgfbcgrandeza y un carácter frívolo. 

Esto le había producido tal impresión que se apresuró en escribirle una carta en la que confesaba su culpa. En cuanto a Tania, debía admitir que había arruinado su vida. Recordó que en cierta ocasión había sido terriblemente cruel con ella, al decirle que su padre había desempeñado el papel de casamentero, y le había insinuado que se casara con ella. 

Y que cuando Igor Semionovich se enteró de esto, penetró en su habitación, enfurecido como un toro salvaje, y tan enloquecido que después de echarle en cara que había pisoteado su honor, ya no pudo murmurar una sola palabra, como si le hubieran cortado la lengua. Tania, viendo a su padre en aquel estado, se puso a gritar como una loca y cayó desvanecida al suelo. Sí, admitía que se había comportado como un ser monstruoso y repugnante.

Se dirigió al balcón, abrió la puerta y se sentó en la terraza. Desde el piso inferior de aquella posada llegaban gritos y algarabías; seguramente estaban festejando algo importante. Kovrin hizo un esfuerzo, abrió la carta de Tania y, tras regresar a la habitación, se dispuso a leerla.

> «Mi padre acaba de morir. Por esto estoy en deuda contigo, ya que has sido tú quien le ha matado. Nuestras plantaciones están arruinadas; están administradas por extraños; lo que mi padre siempre temió ha sucedido. Esto también te lo debo a ti, ya que eres el culpable de todo. ¡Te odio con toda mi alma, y deseo que pronto te mueras! ¡Sólo Dios sabe cuánto estoy sufriendo! ¡Sólo Él sabe el dolor que me destroza el corazón! ¡Te maldigo con todas las fuerzas de mi alma! Creí que eras un hombre excepcional, un genio; por ello te amé, pero me demostraste que sólo eras un loco...»

Kovrin no pudo seguir leyendo; rompió la carta y tiró al suelo los pedazos. Se hallaba dominado por el agotamiento y la desesperación. Al otro lado del biombo dormía Bárbara Nikolayevna; podía oír su respiración. Aquella carta le había aterrorizado. Tania le maldecía, le deseaba que se muriese. Miró hacia la puerta, como temiendo que por ella entrara aquel poder desconocido que durante dos años había arruinado su vida y las de quienes le habían rodeado.

Por experiencia sabía que, cuando los nervios se desataban, lo mejor era refugiarse en un trabajo. De modo que cogió su cartera de mano y sacó una compilación que había pensado acabar durante su estancia en Crimea si se aburría con la inactividad. Se acomodó frente a la mesa y se puso a trabajar en aquella compilación, creyendo que sus nervios se calmaban, poco a poco. 

Luego pensó que para conseguir aquella cátedra de filosofía había debido estudiar durante quince años, llegado a los cuarenta, trabajado día y noche, padecido una grave enfermedad, sobrevivido a un matrimonio frustrado; había sido culpable de mil injurias y crueldades que le torturaba recordar. 

Sí, tenía que admitir todo esto. Había sufrido y había hecho sufrir sólo para ser una mediocridad. Sí, se dio cuenta de que era una mediocridad, y lo aceptó así, pensando que cada hombre debe estar satisfecho con lo que realmente es.

Pero había muchas cosas que no podía olvidar. Los trozos de la carta de Tania, esparcidos por el suelo, avivaron más aún su tortura psíquica. Se agachó y los recogió; lanzó aquellos fragmentos por la ventana. Se sintió dominado por el terror, y tuvo la extraña sensación de que en aquella posada no había ningún ser viviente excepto él... Se dirigió al balcón. Desde allí se divisaba la bahía, con sus aguas tranquilas y las luces de los barcos. Hacía calor y bochorno, y por un instante pensó lo agradable que sería bañarse en aquellas aguas.

De repente, debajo de su balcón, oyó la música de un violín y el canto de dos mujeres. Eso le hizo recordar una escena lejana, allá en las plantaciones de Igor Semionovich. La letra de aquella canción se refería a una muchacha, enferma imaginativa, que oía por la noche en su jardín unos sones misteriosos, y hallaba en ellos una armonía y un tono de santidad incomprensibles para nosotros los mortales... Kovrin se cogió la cabeza entre las manos, su corazón dejó de latir, y el mágico y misterioso éxtasis, olvidado hacía ya mucho tiempo, volvió a temblar en su corazón.

Una columna alta y negra, como un ciclón o una tromba marina, apareció en la costa opuesta. Se deslizaba con increíble velocidad en dirección a la posada; luego se hizo más y más pequeña, y Kovrin se apartó para dejarle paso... El monje, aquel monje de cabellos grises, cejas negras y pies desnudos, con las manos cruzadas sobre su pecho, pasó junto a él y se detuvo en el centro de la habitación.

–¿Por qué no me creyó? –preguntó en un tono de reproche, mirándole a los ojos–. Si hubiese creído en mí cuando le dije que era un genio, estos dos últimos años no habrían pasado tan triste y estérilmente.

Kovrin volvió a creer que era un elegido de Dios y un genio; recordó todas las conversaciones que sostuvo con el Monje Negro, y quiso responderle. Pero la sangre fluyó de su garganta; no supo qué hacer y se llevó las manos al pecho, empapando de sangre los puños de su camisa. Quiso llamar a Bárbara Nikolayevna, que dormía tras el biombo, y haciendo un esfuerzo, gritó:

–¡Tania!

Cayó al suelo, y, levantando las manos, volvió a gritar:

–¡Tania!

Gritó llamando a Tania, al gran jardín con sus maravillosas flores, al parque, a los pinos con sus raíces al descubierto, al campo de centeno, a su ciencia, su juventud, su osadía y su felicidad; gritó llamando a la vida que había sido tan hermosa. Vio en el suelo, delante de sí, un gran charco de sangre, y era tanta su debilidad que no pudo articular ni una sola palabra. 

Pero, cosa extraña, una infinita e inexplicable alegría llenó todo su ser. Debajo del balcón seguía oyéndose la música de la serenata. El Monje Negro se acercó a él y le susurró al oído que era un genio, y que moría porque su débil cuerpo había perdido el equilibrio y no podía servir más de cobertura de un genio.

Cuando Bárbara Nikolayevna se despertó y salió de atrás del biombo, Kovrin estaba muerto. Pero su rostro estaba helado en una impasible sonrisa de felicidad.

Accidente - Agatha Christie

 —Y le aseguro... que es la misma mujer... ¡sin la menor duda!
 
El capitán Haydock miró el rostro de su amigo y suspiró. 
 
Hubiera deseado que Evans no se mostrara tan absoluto. Durante el curso de su carrera, el viejo capitán de marina había aprendido a no preocuparse por las cosas que no le concernían. Su amigo Evans, inspector retirado del C.I.D., tenía una filosofía muy distinta. «Hay que actuar según la información recibida»... Había sido su lema en sus primeros tiempos, y ahora lo había ampliado hasta buscar él mismo la información.
 
El inspector Evans había sido un policía muy listo y despierto, que ganó justamente el puesto alcanzado. Incluso ahora, ya retirado del cuerpo e instalado en la casita de sus sueños, su instinto profesional seguía en activo.
 
—Nunca pude olvidar una cara —repetía satisfecho—. La señora Anthony... sí, es la señora Anthony sin lugar a dudas. Cuando usted dijo la señora Merrowdene... la reconocí en el acto.
 
El capitán Haydock movióse intranquilo. Los Merrowdene eran sus vecinos más próximos, aparte del propio Evans, y el que éste identificara a la señora Merrowdene con una antigua heroína de un caso célebre, le contrariaba.
 
—Ha pasado mucho tiempo —dijo con voz débil.
—Nueve años —replicó Evans con la precisión de siempre—. Nueve años y tres meses. ¿Recuerda el caso?
—Vagamente.
—Anthony resultó ser un consumidor de arsénico —dijo Evans—, y por eso la absolvieron.
—Bueno, ¿por qué no habían de hacerlo?
—Por ninguna razón. Es el único veredicto que podían pronunciar dada la evidencia. Absolutamente correcto.
—Entonces —replicó Haydock—, no veo por qué ha de preocuparse.
—¿Quién se preocupa?
—Yo creía que usted.
—En absoluto.
—El caso pasó a la historia —continuó el capitán—. Si la señora Merrowdene tuvo la desgracia en otro tiempo de ser juzgada y absuelta por un crimen...
—Por lo general no se considera una desgracia el ser absuelto —intervino Evans.
—Ya sabe a lo que me refiero —dijo el capitán Haydock irritado—. Si la pobre señora tuvo que pasar esa amarga experiencia, no es asunto nuestro el sacarlo a relucir, ¿no le parece?
Evans no respondió.
—Vamos, Evans. Esa señora es inocente... usted mismo acaba de decirlo.
—Yo no dije que fuera inocente, sino que fue absuelta.
—Es lo mismo.
El capitán Haydock, que había empezado a vaciar su pipa contra el costado de su silla, se detuvo para mirarle en actitud expectante.
—¡Hola, hola, hola! —dijo—. ¿Conque esas tenemos, eh? ¿Usted cree que no era inocente?
—Yo no diría eso. Sólo... no sé. Anthony tenía la costumbre de tomar arsénico, y su esposa lo adquiría para él. Un día, por error, tomó demasiado. ¿La equivocación fue suya o de su esposa? Nadie pudo decirlo, y el juez, muy sensatamente, dudó de ella. Eso está muy bien y no veo nada malo en ello, pero de todas formas... me gustaría saber...
El capitán Haydock volvió a dedicar toda su atención a la pipa.
—Bien —dijo tranquilo—; no es asunto nuestro.
—No estoy tan seguro.
—Pero, seguramente...
—Escúcheme un momento. Este hombre, Merrowdene... anoche en su laboratorio manipulando entre sus tubos de ensayo... ¿recuerda lo que dijo?
—Sí. Mencionó el experimento de Marsh con respecto al arsénico. Dijo que usted debiera saberlo muy bien... que era cosa de su ramo... y se rió. No lo hubiera dicho si hubiese pensado por un momento...
Evans le interrumpió.
—Quiere usted decir que no lo hubiera dicho de haberlo sabido. Llevan ya tiempo casados... ¿seis años, me dijo usted? Apuesto lo que quiera a que no tiene la menor idea de que su esposa fue la célebre señora Anthony.
—Y desde luego no lo sabrá por mí —dijo el capitán Haydock.
Evans continuó sin prestarle atención.
—Acabe de interrumpirme. Según el experimento de Marsh, Merrowdene calentó una sustancia en un tubo de ensayo, y el residuo metálico se disolvió en agua y luego lo precipitó agregándole nitrato de plata. Esta era la prueba de los cloratos. Un experimento claro y sencillo, pero tuve oportunidad de leer estas palabras en un libro que estaba abierto sobre la mesa. «H2 SO4 descompone cloratos con evolución de Cl2O4. Si se calienta, explota violentamente, por lo tanto la mezcla debe guardarse en lugar frío y se utiliza sólo en cantidades muy pequeñas.»
Haydock, profundamente extrañado, miró a su amigo de hito en hito.
—Bueno, ¿y qué?
—Sólo esto. En mi profesión tenemos también que llevar a cabo ciertos experimentos... para probar un crimen. Hay que ir añadiendo los hechos... pesarlos, separar el residuo de los prejuicios y la incompetencia general de los testigos. Pero hay otra prueba... mucho más precisa... ¡Pero bastante peligrosa! Un asesino raramente se contenta con un crimen. Si se le da tiempo y nadie sospecha de él, cometerá otro. Usted coge a un hombre...¿Ha asesinado o no a su esposa?... Tal vez el caso no esté demasiado claro. Examine su pasado... si descubre que ha tenido varias esposas... y que todas murieron... digamos... de un modo extraño... ¡entonces puede estar bien seguro! No le hablo legalmente, comprenda, sino de la certeza moral, y una vez se sabe, puede buscarse la evidencia.
—¿Y bien?
—Voy al grano. Eso está muy bien cuando existe un pasado que revisar. Pero supongamos que usted detiene a un asesino que acaba de cometer su primer crimen. Entonces esa prueba no dará resultado. Pero el detenido es absuelto y empieza una nueva vida bajo otro supuesto nombre. ¿Repetirá o no su crimen?
—Es una idea horrible.
—¿Sigue usted pensando que no es asunto nuestro?
—Sí; no tiene usted motivos para pensar que la señora Merrowdene sea otra cosa que una mujer inocente.
El ex inspector guardó silencio unos instantes, y luego dijo despacio:
—Le dije que examinamos su pasado y no encontramos nada. Eso no es del todo cierto. Tenía padrastro y cuando cumplió los dieciocho años se enamoró de cierto joven... y su padrastro hizo valer su autoridad para separarlos. Un día, cuando paseaban por una parte peligrosa de los acantilados, hubo un accidente... el padrastro se aproximó demasiado al borde de las rocas... perdió pie y cayó, matándose.
—No pensará...
—Fue un accidente. ¡Accidente! La dosis extra de Anthony fue un accidente. No hubiera sido procesada nunca de no haberse sospechado que había otro hombre... que por cierto escapó. Al parecer, no quedó satisfecho como el jurado. Le aseguro, Haydock, que por lo que respecta a esa mujer tengo miedo de que ocurra... ¡otro accidente!
El anciano capitán se encogió de hombros.
—Bueno, no sé cómo va usted a prevenirse contra eso.
—Ni yo tampoco —repuso Evans con pesar.
—Yo de usted dejaría las cosas tal como están —dijo el capitán Haydock—. Nunca se saca ningún bien de entrometerse en los asuntos ajenos.
Pero aquel consejo no habría de seguirlo el inspector, que era un hombre paciente, pero decidido. Cuando se hubo despedido de su amigo, echó a andar hacia el pueblo, dando vueltas en su mente a las posibilidades de una acción inmediata y de éxito.
Al entrar en un estanco para comprar sellos, tropezó con el objeto de sus preocupaciones, Jorge Merrowdene. El ex profesor de química era un hombrecillo menudo, de aspecto soñador y modales amables y correctos, que por lo general andaba siempre distraído. Reconoció al inspector, saludándole afectuosamente, y se agachó para recoger las cartas que por efecto del choque se le habían caído al suelo. Evans se agachó también, y por ser más rápido de movimientos, pudo recogerlas primero, devolviéndolas a su propietario con unas palabras de disculpa.
Al hacerlo pudo echarles un vistazo, y la de encima del montón volvió a despertar sus sospechas. Iba dirigida a una conocida agencia de seguros.
Al instante tomó una resolución, y el distraído Jorge Merrowdene se encontró sin darse cuenta caminando hacia el pueblo en compañía del ex inspector, y tampoco hubiera podido decir cómo surgió en su conversación el tema de los seguros de vida.
Evans no tuvo dificultad en lograr su objeto. Merrowdene por su propia voluntad le comunicó que acababa de asegurar su vida en beneficio de su esposa, y quiso saber lo que Evans opinaba de la compañía en cuestión.
—He hecho algunas inversiones poco acertadas —le explicó—, Y como resultado, mis rentas han disminuido. Si me ocurriera algo, mi esposa quedaría en mala situación. Con este seguro de vida queda todo arreglado.
—¿Ella no se opuso? —preguntó Evans—. Algunas señoras no suelen querer. Dicen que trae mala suerte...
—¡Oh!, Margarita es muy práctica —repuso Merrowdene sonriendo—. Y nada supersticiosa. En realidad, me parece que la idea fue suya. No le gusta verme preocupado.
Evans tenía ya la información que deseaba y dejó a Merrowdene, sumamente preocupado. El difunto señor Anthony también había asegurado su vida en favor de su mujer pocas semanas antes de su muerte.
Acostumbrado a confiar en su instinto, tenía plena certeza en su interior, pero el saber cómo debía actuar era cosa muy distinta. Él deseaba no detener al criminal con las manos en la masa, sino impedir que se cometiera otro crimen, y eso era mucho más difícil.
Todo el día estuvo pensativo. Aquella tarde se celebraba una fiesta al aire libre en la finca del alcalde, y Evans asistió a ella, entreteniéndose en el juego de la pesca, adivinando el peso de un cerdo y tirando a los cocos, con la misma mirada abstraída. Incluso consultó a Zara, la Adivinadora de la Bola de Cristal, sonriendo al recordar cómo la había perseguido durante sus tiempos de inspector.
No prestó gran atención al discurso de la voz cantarina y misteriosa, hasta que el final de una frase atrajo su atención.
—...y de pronto... muy pronto... se verá complicado en un asunto de vida o muerte... para otra persona. Una decisión... Tiene usted que tomar una decisión. Tiene que andar con cuidado... con mucho... mucho cuidado. Si cometiera un error... el más pequeño error...
—¿Eh...? ¿Qué es eso? —preguntó con brusquedad.
La adivinadora se estremeció. El inspector Evans sabía que todo aquello eran tonterías, pero no obstante estaba impresionado.
—Le prevengo... que no debe cometer ni el más pequeño error. Si lo hace veo con toda claridad el resultado: una muerte.
¡Qué extraño! ¡Una muerte! ¡Qué curioso que se le hubiera ocurrido decir eso!
—Si cometo un error el resultado será una muerte, ¿es eso?
—Sí.
—En ese caso —dijo Evans poniéndose en pie y entregándole el precio de la consulta—, no debo cometer errores, ¿no es así?
Lo dijo en tono intrascendente, pero al salir de la tienda tenía las mandíbulas apretadas. Era fácil decirlo pero no tanto el estar seguro de no cometerlo. No podía equivocarse. Una vida, una valiosa vida humana, dependía de ello.
Y nadie podía ayudarle. Miró a lo lejos la figura de su amigo Haydock. «Deje las cosas como están», le diría, y eso es lo que, a la sazón, no podía hacer.
Haydock estaba hablando con una mujer que al separarse de él se aproximó a Evans. Era la señora Merrowdene, y el inspector, siguiendo sus impulsos, apresuróse a detenerla.
La señora Merrowdene era una mujer bastante atractiva. Tenía una frente ancha y unos serenos ojos castaños muy bonitos, así como la expresión plácida. Su aspecto era el de las Madonnas italianas, que acentuaba peinándose con raya en medio y ondas sobre las orejas. Su voz era profunda, casi somnolienta.
Al ver a Evans le dedicó una sonrisa de bienvenida. 
—Me pareció que era usted, señora Anthony... quiero decir, señora Merrowdene —dijo en tono ligero y deliberado, mientras la observaba. Vio que abría un poco más los ojos, y que tomaba aliento, pero su mirada no desfalleció, sosteniendo la suya con firmeza y orgullo.
—Estoy buscando a mi esposo —dijo tranquila—. ¿Le ha visto por aquí? 
—La última vez que le vi, iba en esa dirección.
Echaron a andar en la dirección indicada, charlando animadamente. El inspector sentía aumentar su admiración. ¡Qué mujer! ¡Qué dominio de sí misma! ¡Qué destreza! Una mujer notable... y muy peligrosa. Sí... estaba seguro de que era peligrosa.
Aún se sentía intranquilo, aunque estaba satisfecho de su paso inicial. Sabiendo que la había reconocido, no era de esperar que se atreviera a intentar nada. Quedaba la cuestión de Merrowdene. Si pudiera avisarle... Encontraron al hombrecillo abstraído en la contemplación de una muñeca de porcelana que fue un premio en el juego de la pesca. Su esposa le sugirió que volvieran a casa, a lo que él se avino en seguida. Luego la señora Merrowdene volvióse al inspector.
—¿No quiere venir con nosotros a tomar una taza de té, señor Evans?
¿No había un ligero tono de reto en su voz? A él se lo pareció. 
—Gracias, señora Merrowdene. Con muchísimo gusto lo acepto. 
Y fueron caminando juntos mientras comentaban temas vulgares. Brillaba el sol, soplaba una ligera brisa y todo parecía agradable y sonriente. La doncella había ido a la fiesta, según le explicó la señora Merrowdene cuando llegaron a la encantadora casita. Fue a su habitación a quitarse el sombrero, y al regresar se dispuso a preparar el té calentando el agua sobre un infiernillo de plata. De un estante cerca de la chimenea cogió tres pequeños boles con sus tres platos correspondientes.
—Tenemos un té chino muy especial —explicó—. Y siempre lo tomamos al estilo chino... en bol, y nunca lo hacemos en taza.
Se interrumpió mirando al interior de uno de ellos, que fue a cambiar con una exclamación de disgusto. 
—Jorge... eres terrible. Ya has vuelto a coger un bol de ésos.
—Lo siento, querida —dijo el profesor disculpándose—. Tienen una medida tan a propósito... Los que encargué aún no me los han enviado.
—Cualquier día nos envenenarás a todos —dijo su esposa sonriendo—Mary los encuentra en el laboratorio y los trae aquí sin molestarse en lavarlos, a menos que tengan algo muy visible en su interior. Vaya, el otro día pusiste en uno cianuro potásico, y la verdad, Jorge, eso es peligrosísimo. 
Merrowdene pareció ligeramente irritado.
—Mary no tiene por qué coger las cosas de mi laboratorio, ni tocar nada de allí.
—Pero a menudo dejamos allí las tazas después de tomar el té. ¿Cómo va ella a saberlo? Sé razonable, querido.
El profesor marchó a su dormitorio murmurando entre dientes, y con una sonrisa la señora Merrowdene echó el agua hirviendo sobre el té y apagó la llama del infiernillo de plata.
Evans estaba intrigado, pero al fin creyó ver un rayo de luz. Por alguna razón desconocida, la señora Merrowdene estaba mostrando sus cartas. ¿Es que aquello iba a ser el «accidente»? ¿Decía todo aquello con el propósito de preparar su coartada de antemano y de manera que cuando algún día ocurriera el «accidente» él se viera obligado a declarar en su favor? Qué tonta era, porque antes de todo eso...
De pronto contuvo el aliento. La señora Merrowdene había servido el té en tres boles. Uno lo colocó delante de él, otro ante ella, y el tercero en una mesita que había cerca de la chimenea, junto a la butaca donde solía sentarse su esposo, y fue al colocar esta última cuando sus labios se curvaron en una sonrisa especial. Fue aquella sonrisa la que le convenció.
¡Ahora lo sabía!
Una mujer notable... y peligrosa. Sin esperar... y sin preparación. Esta tarde, aquella misma tarde... con él como testigo. Su osadía le cortó la respiración.
Era inteligente... endiabladamente inteligente. No podría probar nada. Ella contaba con que él no sospecharía... por la sencilla razón de ser «demasiado pronto». Una mujer de inteligencia y acción rápidas.
Tomó aliento antes de inclinarse ligeramente hacia delante.
—Señora Merrowdene, soy hombre de raros caprichos. ¿Me perdonará usted uno?
Ella le miró intrigada, pero sin recelo.
Evans se levantó y cogiendo el bol que había ante ella, lo sustituyó por el que estaba dispuesto de antemano sobre la mesita.
—Quiero que usted beba éste.
Sus ojos se encontraron con los suyos... firmes, indomables, mientras el color iba desapareciendo paulatinamente de su rostro.
Alargando la mano cogió la taza. Evans contuvo el aliento.
¿Y si hubiera cometido un error?
Ella la llevó a sus labios..., pero en el último momento, con un escalofrío, se apresuró a verter el contenido del bol en una maceta de helechos. Luego volvió a sentarse, mirándole retadora.
El exhaló un profundo suspiro y volvió a sentarse.
—¿Y bien? —dijo ella.
Su tono había cambiado. Ahora era ligeramente burlón... y desafiante.
Evans le contestó tranquilo:
—Es usted una mujer muy inteligente, señora Merrowdene. Y creo que me comprende. No habrá repetición. ¿Sabe a qué me refiero?
—Sé a qué se refiere.
Su voz carecía de expresión. Evans inclinó la cabeza satisfecho. Era una mujer inteligente y no quería verse ahorcada.
—A su salud y a la de su esposo —brindó llevándose el té a sus labios.
Luego su rostro cambió..., contorsionándose horriblemente...; quiso levantarse..., gritar...; su cuerpo se agarrotaba..., estaba congestionado... Cayó desplomado en el sillón... presa de convulsiones.
La señora Merrowdene se inclinó hacia delante observándole con una sonrisa, y le dijo... en tono suave:
—Cometió usted un error, señor Evans. Pensó que yo quería matar a Jorge. ¡Qué tonto fue usted... qué tonto!
Permaneció unos minutos contemplando al muerto..., el tercer hombre que había amenazado con interponerse en su camino y separarla del hombre que amaba.
Su sonrisa se acentuó. Parecía más que nunca una madonna, y al fin, levantando la voz, gritó:
—Jorge..., Jorge! ¡Oh! Ven en seguida. Me temo que ha ocurrido un lamentable accidente. Pobre señor Evans...

Los mundos Sí - Stanley G. Weinbaum

Me detuve camino del aeropuerto de Staten Island para llamar por teléfono. Indudablemente fue un error, puesto que tenía la oportunidad de conseguirlo de otra manera. Pero en la oficina se mostraron amables.

—Retrasaremos la salida cinco minutos —dijo el empleado—. No podemos hacer nada más.

    Así pues, volví a mi taxi, nos elevamos hasta el tercer nivel y recorrimos el puente Staten como un cometa que avanza por un arco iris de acero. Yo tenía que estar en Moscú al anochecer, a las veinte horas para ser exactos, con objeto de asistir a la apertura de ofertas sobre el túnel de los Urales ya que el gobierno exigía la presencia personal de un agente de cada licitador. 

    Pienso que la empresa hubiese podido designar a alguien mejor que yo, Dixon Wells, aunque la N. J. Wells Corporation es, por decirlo así, mi padre. Yo me había labrado una..., bien, una inmerecida reputación de llegar tarde a todo. Jamás dejaba de faltarme el acontecimiento inesperado que me retrasaba; no era nunca culpa mía. 

    Esta vez fue un encuentro casual con mi antiguo profesor de física, el viejo Haskel van Manderpootz, No podía limitarme a un «cómo está usted» y a decirle adiós; yo había sido uno de sus favoritos en el curso univer­sitario de 2014.

Perdí el avión, por supuesto. Me hallaba todavía en el puente Staten cuando oí el rugido de la catapulta y vi cómo el cohete sovié­tico «Baikal», con su larga cola llameante, zumbaba sobre nosotros como una bala trazadora.

Sin embargo, conseguimos el contrato lo cual no sirvió para mejo­rar mi reputación: la empresa había llamado a nuestro agente en Beirut y fue él quien voló a Moscú. No obstante, me sentí muchí­simo mejor cuando vi los periódicos de la tarde: el «Baikal», al intentar una maniobra para sortear una tormenta había chocado con un transporte británico y sólo se salvaron cien de los quinientos pasajeros. Había estado a un paso de convertirme en el difunto señor Wells.

Concerté una cita para la semana siguiente con el viejo Van Manderpootz. Al parecer lo habían trasladado a la universidad de Nueva York como jefe del departamento de Física Moderna, esto es, de Relatividad. 

Se lo merecía; el buen anciano era un genio y aún ahora, ocho años después de salir de la universidad, yo recordaba más de su curso que de media docena en cálculo, vapor, gas, mecá­nica y otras materias necesarias para la educación de un ingeniero. Así pues, la noche del martes acudí a nuestra cita... a decir verdad con una hora de retraso. Hasta media tarde no recordé el compromiso.

El profesor estaba leyendo en una habitación tan desordenada como de costumbre.

—Vaya —gruñó—, veo que el tiempo lo cambia todo, menos la costumbre. Eras un buen estudiante, Dick, pero creo recordar que siempre llegabas a clase a mitad de la conferencia.

—Es que siempre tenía alguna otra en una facultad distinta —me disculpé—. Me era imposible llegar a tiempo.

—Bien, ya es hora de que aprendas a llegar a tiempo —rezongó. Luego sus ojos relampaguearon—. ¡Tiempo! —exclamó—, La palabra más fascinante que existe en todo el idioma. La hemos usado ya cuatro veces en el primer minuto de nuestra conversación. Cada uno de nosotros entiende al interlocutor, sin embargo la ciencia no está más que comenzando a aprender el significado de esa palabra. ¿He dicho ciencia? Quiero decir que estoy aprendiendo a comprender.

Me senté.

—Usted y la ciencia son sinónimos —sonreí—. ¿No es usted uno de los más relevantes físicos del mundo?

—¡Uno de ellos! —resopló—. Uno de ellos, ¿eh? ¿Y quiénes son los demás?

—Pues Corveille, Hastings, Shrinski...

—¡Bah! ¿Vas a mencionarlos en la misma frase donde figure el nombre de Van Manderpootz? No son más que chacales que se ali­mentan de las migajas que caen de mi banquete de pensamientos. Si hubieses retrocedido al siglo pasado, habrías encontrado nombres como los de Einstein y De Sitter, dignos tal vez de codearse con el de Van Manderpootz.

Otra vez sonreí, divertido.

—Einstein no estaba mal considerado, ¿ verdad? —comenté—. Después de todo, fue el primero que enlazó tiempo y espacio en el laboratorio. Antes de él, no eran más que conceptos filosóficos.

—¡No lo hizo! —protestó el profesor—. Tal vez de una manera oscura y primitiva mostró el camino, pero yo, yo, Van Manderpootz, he sido el primero en apoderarme del tiempo, arrastrarlo a mi laboratorio y experimentar allí con él.

—¿De veras? ¿Qué clase de experimento?

—¿Qué experimento que no sea la simple medición es posible realizar? —replicó él.

—Pues... no lo sé. ¿Viajar en él?

—Exactamente.

—¿Como esas máquinas del tiempo que son tan populares en las revistas? ¿Poder ir hacia el futuro o hacia el pasado?

—¡Tonterías! El futuro o el pasado, ¡uf! No se necesita ser ningún Van Manderpootz para ver la falacia que se esconde en eso. Ya Einstein nos lo demostró.

—¿Cómo? Pero es concebible, ¿no?

—¿Concebible? ¿Y tú, Dixon Wells, estudiaste con Van Mander­pootz? —Se puso rojo de emoción, luego recobró una calma ceñu­da—. Escúchame. Sabes cómo el tiempo varía con la velocidad de un sistema, la relatividad de Einstein.

—Sí.

—Muy bien. Pues supón ahora que el gran ingeniero Dixon Wells inventa una máquina capaz de viajar a una velocidad enorme, diga­mos a nueve décimas partes de la velocidad de la luz. ¿Me sigues? Bien. 

Luego llenas de combustible esa nave milagrosa para una pequeña excursión de un millón de kilómetros, lo que, puesto que la masa, y con ella la inercia, aumenta según la fórmula de Einstein con la velocidad, consume todo el combustible del mundo. Pero tú lo resuelves: utilizas energía atómica. 

Entonces, puesto que a nueve décimas partes de la velocidad de la luz tu nave pesa tanto como el Sol, desintegras Norteamérica para proporcionarte suficiente potencia motriz. Arrancas a esa velocidad, a doscientos setenta mil kilómetros por segundo; la aceleración te ha hecho morir aplastado, pero has penetrado en el futuro. —Hizo una pausa, sonriendo sarcásticamente—. ¿No es así?

—Sí.

—¿Y cuánto tiempo? Vacilé.

—¡Usa la fórmula de Einstein! —chilló—. ¿Cuánto tiempo? Voy a decírtelo: ¡un segundo! —Esbozó una triunfal sonrisa burlona—. Así es como resulta posible viajar en el futuro. Y en cuanto al pasado... En primer lugar, tendrías que superar la velocidad de la luz, lo que inmediatamente exige el uso de un número más que infi­nito de caballos de vapor. 

Vamos a suponer que el gran ingeniero Dixon Wells resuelve también ese pequeño problema, aunque la ener­gía extraída de todo el universo no es un número infinito de caballos de vapor. Entonces aplica este poder más que infinito para viajar a trescientos treinta mil kilómetros por segundo durante diez segundos. Y ya ha penetrado en el pasado. ¿En cuánto tiempo?

Vacilé de nuevo.

—Te lo diré. En un segundo. —Me miró con ojos llameantes—. Ahora todo lo que tienes que hacer es diseñar una máquina así, y Van Manderpootz admitirá la posibilidad de viajar en el futuro durante un limitado número de segundos. En cuanto al pasado, he tratado de explicarte que toda la energía del universo es insuficiente.

—Pero —tartamudeé desconcertado—, usted mismo acababa de decir que...

—No dije nada de viajar ni en el futuro ni en el pasado, cosa, como te acabo de demostrar, imposible: una imposibilidad práctica en un caso y una imposibilidad absoluta en el otro.

—Entonces, ¿cómo viaja usted en el tiempo?

—Ni siquiera Van Manderpootz puede realizar lo imposible —dijo el profesor, ahora tenuamente jovial. Dio unas palmaditas a un grueso montón de holandesas, que tenía en la mesa junto a él—. Mira, Dick, esto es el mundo, el universo. —Pasó un dedo sobre él—. Es largo en tiempo y —pasando la mano de arriba abajo— es ancho en espacio, pero —ahora aplastando el dedo contra el centro del montón— es muy delgado en la cuarta dimensión. 

Van Mander­pootz adopta siempre el rumbo más corto, el más lógico. Yo no viajo a lo largo del tiempo, ni hacia el pasado ni hacia el futuro. No. No viajo a través del tiempo, al sesgo.

Tragué saliva.

—¡Al sesgo! ¿Qué quiere decir eso? ¿Qué puede haber ahí?

—¿Qué es lo que puede haber? —resopló—. Por delante está el futuro; por detrás, el pasado. Esos son reales, los mundos del pasado y del futuro. ¿Qué mundos no son ni pasados ni futuros, sino contemporáneos y sin embargo extratemporales, mundos que existen, por decirlo así, en un tiempo paralelo al nuestro?

Sacudí la cabeza.

—¡Idiota! —me increpó—. ¡Los mundos condicionales, natural­mente! Los mundos «si». Por delante están los mundos que van a ser; por detrás están los mundos que fueron; a ambos lados están los mundos que podrían haber sido: los mundos «si».

—¿Cómo? —pregunté, desconcertado—. ¿Quiere usted decir que puede ver lo que ocurrirá?

—¡No! —resopló—, Mi máquina no revela el pasado ni predice el futuro. Mostrará, como te dije antes, los mundos condicionales. Podrías expresarlo así: «Tal cosa o tal otra habrían sucedido si yo hubiera actuado de esta o de esa manera».

—Pero, ¿cómo diablos consigue eso la máquina?

—Para Van Manderpootz es algo muy sencillo. Utilizo luz polari­zada, no en planos horizontales o verticales, sino polarizada en dirección de la cuarta dimensión, un asunto fácil. No hay más que utilizar espato de Islandia a una presión colosal, eso es todo. 

Y como los mundos son muy delgados en la dirección de la cuarta dimen­sión, basta con el espesor de una sola onda de luz, aunque sea de millonésimas de milímetro. Una considerable mejora sobre el viaje en el tiempo hacia el pasado o el futuro con sus velocidades imposibles y sus distancias ridículas.

—Pero..., esos mundos «si», ¿son reales?

—¿Reales? ¿Qué es real? Son reales, quizás, en el sentido de que uno es un número real como opuesto a raíz de menos uno, que es imaginario. Son los mundos que habrían sido si... ¿Comprendes ahora?

Asentí.

—Un poco. Usted podría ver, por ejemplo, lo que habría sido Nueva York si las Trece Colonias hubiesen perdido la guerra contra Inglaterra.

—Ese es el principio, cierto, pero no podrías verlo en la máquina, parte de ella es un psicómata Horsten, robado de una de mis ideas, dicho sea de paso; tú, el usuario, llegas a formar parte del artilugio. Es necesario que tu propia mente suministre el fondo de la acción. 

Por ejemplo, si George Washington pudiese haber usado el meca­nismo después de firmada la paz, podría haber visto lo que tú sugieres. Nosotros no podemos. Tú no puedes ni siquiera ver lo que habría sucedido de no haber inventado yo ese chisme. En cambio, yo sí puedo. ¿Comprendes?

—Desde luego. Usted quiere decir que el fondo de lo ocurrido tiene que hallarse en las pasadas experiencias del usuario.

—Te estás haciendo inteligente —se burló él—. Sí, El aparato te mostrará diez horas de lo que habría sucedido si... Condensado, naturalmente, como en una película, a media hora de nuestro tiempo real. —Oiga, eso me parece interesante.

—¿Te gustaría verlo? ¿Hay algo que te gustaría averiguar? ¿Algo en tu vida que preferirías haber cambiado?

—Yo diría que miles de cosas. Me gustaría saber qué habría suce­dido si hubiese vendido mi existencia de mercancías en 2009 en lugar de en 2010. Entonces yo era un millonario indiscutible, pero tardé..., bien, tardé un poco en vender.

—Como de costumbre —comentó Van Manderpootz—. Vamos al laboratorio.

La residencia del profesor estaba a una manzana del campus universitario. Me llevó al pabellón de física y de allí a su propio labo­ratorio de investigación, muy parecido al que yo había visitado en mis años de estudiante. 

El aparato, que él llamaba «subjuntivisor», puesto que operaba en mundos hipotéticos, ocupaba toda la mesa del centro. En su mayor parte se trataba de un psicómata Horsten, pero agente polarizador, el prisma de espato de Islandia de una transpa­rencia cristalina, él era el corazón del instrumento.

Van Manderpootz señaló a la pieza principal.

—Enchúfala —me ordenó, Y yo me senté mirando fijamente la pantalla del psicómata.

Supongo que todo el mundo está familiarizado con el psicómata Horsten. Hace pocos años tuvo tanto éxito como el tablero ouija hace un siglo. Sin embargo, no es precisamente un juguete; a veces, lo mismo que el tablero ouija, constituye una ayuda real para la memoria. 

Se consigue que un amasijo de sombras vagas y coloreadas se deslice por la pantalla y uno las mira mientras contempla cualquier escena o circunstancia que está tratando de recordar. Un dial permite cambiar la disposición de luces y sombras, y cuando, por casualidad, el dibujo corresponde con el cuadro mental del espec­tador, ¡ya está! Allí aparece la escena recreada ante los ojos de éste. Por supuesto, es su propia mente quien añade los detalles. 

En realidad, todo lo que la pantalla muestra son manchas coloreadas, luces y sombras, pero el conjunto puede resultar asombrosamente real. En ocasiones, yo podría haber jurado que el psicómata mostraba cua­dros casi tan nítidos y detallados como la realidad; la ilusión es a veces tan asombrosa como para llegar a eso.

Van Manderpootz apagó la luz y el juego de sombras comenzó.

—Ahora recuerda las circunstancias que determinaban el mercado, digamos medio año antes de su hundimiento, Gira el botón hasta que el cuadro se aclare, luego para. En ese momento yo dirigiré la luz del subjuntivisor sobre la pantalla y tú no tienes más que mirar.

Hice lo que me había indicado. Se formaron y desaparecieron cuadros momentáneos. Los sonidos engendrados por el artilugio zumbaban como voces distantes, pero sin la sugerencia añadida por el cuadro no significaban nada. Mi propio rostro centelleaba y se disolvía hasta que, por fin, lo tuve. Me contemplé a mí mismo sentado en una habitación mal definida; eso era todo. Solté el botón e hice un ademán.

Siguió un chasquido. La luz se enturbió, luego se abrillantó. La escena se perfiló y, sorprendido, vi emerger a mi lado la figura de una mujer. La reconocí; era Whimsy White, estrella de primera mag­nitud en la televisión, primera actriz del programa «Variedades de 09». Se veía algo cambiada, pero la reconocí.

Trataré de resumir la situación. Había estado persiguiéndola durante los años de la prosperidad, tratando de casarme con ella mientras el viejo N. J. se enfurecía y despotricaba amenazando con desheredarme y dejarlo todo a la Sociedad para la recuperación del desierto de Gobi. 

Creo que aquellas amenazas fueron las que impidieron a Whimsy aceptarme, pero después que retiré mi propio dinero y lo convertí en un par de millones en aquel mercado loco de 2008 y 2009, se ablandó. Temporalmente, claro. 

Cuando el mer­cado se hundió en la primavera de 2010 y me vi obligado a volver junto a mi padre y a entrar en la empresa de N. J. Wells, los favores de Whimsy decrecieron una docena de puntos. En febrero está­bamos prometidos, en abril apenas nos hablábamos. En mayo me despidieron. Una vez más había llegado tarde.

Y ahora, allí la tenía, en la pantalla del psicómata, indudable­mente más gorda y ni mucho menos tan bonita como mi memoria la recordaba. Me estaba mirando con una expresión de hostilidad y yo le contestaba con iguales miradas furiosas. Los zumbidos se convirtieron en voces.

—¡Tú, zángano! —chilló ella—, No puedes tenerme enterrada aquí. Necesito volver a Nueva York, donde hay un poco de vida. Me abu­rrís tú y tu golf.

—Y a mí me aburrís tú y tu pandilla de chiflados.

—Por lo menos están vivos. Tú eres un cadáver andante. Simple­mente porque tuviste suerte para hacer dinero en el momento opor­tuno, te crees una especie de dios.

—Bueno, no creo que tú seas Cleopatra. Esos amigos tuyos se arrastran detrás de ti porque das fiestas y gastas dinero, mi dinero.

—Mejor es gastarlo así que aporreando una pelota de un lado a otro del monte.

—¿Tú crees? Deberías probarlo, Marie. —Ese era su nombre verdadero—. Te ayudaría a conservar la línea, aunque dudo que sea posible,

Me miró con ojos centelleantes de rabia y... bien, fue una penosa media hora. No contaré todos los detalles, pero lo cierto es que me alegré cuando la pantalla se disolvió en coloreadas nubes sin sentido.

—¡Uf! —resoplé, mirando a Van Manderpootz, que había estado leyendo.

—¿Te ha gustado?

—¡Gustado! Mire, me parece que tuve una suerte enorme cuando me dejaron sin un céntimo. De ahora en adelante no lo lamentaré en lo más mínimo.

—Esa —dijo el profesor grandilocuentemente— es la gran contri­bución de Van Manderpootz a la felicidad humana. De todas las lamentaciones, la más triste es: «¡Podría haber sido!» Y eso ya no es verdad, amigo Dick. Yo, Van Manderpootz, he demostrado que la exclamación correcta es: «¡Podría haber sido... peor!»

Era muy tarde cuando volví a casa y, consiguientemente, muy tarde cuando me levanté, e igualmente tarde cuando llegué a la ofi­cina. Mi padre se irritó de un modo innecesario, pero exageró al decir que nunca llego a tiempo. Se olvida de las ocasiones en que me ha despertado y me ha llevado con él literalmente a rastras. 

Tampoco era necesario que se refiriese tan sarcásticamente a mi retraso en ocasión del viaje con el «Baikal», Le recordé el trágico fin del avión cohete, y me respondió fríamente que de no haberme retrasado, el «Baikal» habría salido a su hora y no habría chocado con el trans­porte británico. 

También fue igualmente superfluo que mencionara el hecho de que cuando concertábamos pasar unas semanas de golf en las montañas, incluso la primavera se retrasaba. Yo no podía hacer nada en ese caso.

—Dixon —concluyó—, no tienes ni la menor idea de lo que es el tiempo. Ni la menor idea.

Me acordé de la conversación mantenida con Van Manderpootz y me sentí impulsado a preguntar:

—¿Y la tiene usted, señor?

—La tengo —respondió ceñudamente—. Claro que la  tengo.  El tiempo —dijo como un oráculo— es dinero.

Uno no puede argüir frente a semejante punto de vista.

Pero aquellas alusiones suyas escocían, especialmente la relativa al «Baikal», Yo podía ser un remolón, pero resultaba difícilmente concebible que mi presencia a bordo del avión cohete hubiese podido evitar la catástrofe. 

Era un pensamiento que me irritaba. En cierto modo, me hacía responsable de las muertes de aquellos centenares de personas y eso no me hacía ninguna gracia.

Desde luego, si habían esperado cinco minutos más por mí, o si yo hubiera llegado a tiempo y ellos hubiesen zarpado conforme al horario en lugar de cinco minutos más tarde o si... si...

¡Si...! La palabra evocaba a Van Manderpootz y a su subjuntivisor: los mundos «si», los mundos extraños que existían al lado de la realidad, ni pasados ni futuros, sino contemporáneos, pero fuera del tiempo. 

En algún sitio entre las fantasmales infinidades de aque­llos mundos existía uno que representaba el mundo que habría sido si yo hubiese embarcado en el avión cohete. Sólo tenía que llamar por teléfono a Haskel van Manderpootz, concertar una cita, y luego... descubrir lo que fuese.

Pero no era una decisión fácil. De un modo u otro había penetrado en mí la duda. Empezaba a sentirme responsable de lo ocurrido, no sabía en qué medida, una especie de responsabilidad moral tal vez. Y temía descubrir que era cierto. Me desagradaba igualmente no descubrirlo. La incertidumbre también tiene sus tormentos, tan dolorosos como los del remordimiento. 

Podría resultar menos enervante saberme responsable que perder el tiempo sumido en vanas dudas y fútiles reproches. Así pues, manejé el visífono, marqué el número de la universidad y por fin distinguí en la pantallita los rasgos joviales e inteligentes de Van Manderpootz, interrumpido por mi llamada en una clase matinal.

Me encontraba más que listo para la cita a la noche siguiente, y podría en realidad haber llegado a tiempo, a no ser por un intransi­gente guardia de tráfico que insistió en multarme por ir a velocidad excesiva. A pesar de eso, Van Manderpootz se mostró impresionado.

—¡Vaya! —exclamó—, Un minuto más y no me encuentras, Dixon. Ahora mismo me iba al club. No te esperaba antes de una hora. ¡Sólo diez minutos de retraso! Vaya, vaya...

Pasé por alto el comentario.

—Profesor, necesitaría hacer uso de su..., bueno, de su subjuntivisor.

—¿Cómo? ¡Ah, sí! Pues tienes suerte. Estaba a punto de desman­telarlo.

—¿Desmantelarlo? ¿Por qué?

—Ya ha cumplido su misión. Ha dado origen a una idea mucho más importante que él mismo, Necesitaré el espacio que ocupa.

—Pero, ¿cuál es la idea, si no es demasiado presuntuoso por mi parte preguntarlo?

—No es demasiado presuntuoso. Pronto será pública, pero tú vas a tener el privilegio de oírla de labios de su autor. Se trata nada menos que de la autobiografía de Van Manderpootz. Hizo una pausa impresionante. Me quedé boquiabierto.

—¿Su autobiografía?

—Sí. El mundo, aunque quizá no se dé cuenta, está clamando por ella. Detallaré mi vida, mi trabajo. Revelaré en sus páginas que soy el responsable de la larga duración de la guerra del Pacífico.

—¿Usted?

—Ningún otro. Si en aquel tiempo yo no hubiese sido un leal subdito holandés y por tanto neutral, las fuerzas de Asia se habrían visto aplastadas en tres meses, en lugar de en tres años. El subjuntivisor me lo dijo: yo habría inventado un calculador para predecir los resultados de cada combate; Van Manderpootz habría suprimido el obstáculo o el elemento carencial en la conducción de la guerra. —Frunció el ceño solemnemente—. Ésa es mi idea. La autobiografía de Van Manderpootz. ¿Qué te parece?

Recobré la serenidad.

—¡Es..., bien, es colosal! —asentí vehementemente—. Compraré un ejemplar. Varios ejemplares. Se los enviaré a mis amigos.

—Te dedicaré tu ejemplar —dijo Van Manderpootz expansiva­mente—. Será algo que no tendrá precio. Escribiré una frase apro­piada, algo así como Magnificus sed non superbus. Eso describe muy bien a Van Manderpootz, quien a pesar de su grandeza es sencillo, modesto y nada afectado. ¿No te parece?

—¡Perfecto! Una descripción muy apropiada. Pero, ¿no podría ver su subjuntivisor antes de que usted lo desmantele para hacer un hueco a su más importante obra?

—¡Ah! ¿Deseas descubrir algo?

—Sí, profesor, ¿Recuerda usted el desastre del «Baikal» hace una o dos semanas? Yo tenía que haber tomado ese avión para Moscú. Lo perdí por los pelos —y le conté los detalles.

—¡Hum! —gruñó—. Quieres descubrir lo que habría pasado si lo hubieses alcanzado, ¿eh? Bien, veo varias posibilidades. Entre los mundos «sí» están el que habría sido real si hubieses llegado a tiem­po, el que habría surgido si el avión cohete te hubiese esperado hasta tu llegada y el que habría nacido si llegas dentro de los cinco minu­tos que te concedieron de plazo. ¿En cuál estás interesado?

—¡Oh... en el último!

Eso me pareció lo más apropiado. Después de todo, era mucho esperar que Dixon Wells pudiera llegar a tiempo alguna vez y, en cuanto a la segunda posibilidad, bien... puesto que no me habían esperado, en alguna forma me libraba del peso de la responsabilidad.

—¡Vamos! —ordenó Van Manderpootz.

Lo seguí a través del pabellón de física hasta su desordenado labo­ratorio. El aparato estaba todavía encima de la mesa y me senté ante él, mirando fijamente la pantalla del psicómata Horsten. Las nubes oscilaban y cambiaban de posición mientras yo trataba de concentrarme en esas sugestivas masas vaporosas para captar en alguna de ellas algún detalle de aquella mañana desaparecida.

Y luego lo tuve. Descubrí la vista del puente Staten y me vi acele­rando en dirección al aeropuerto. Hice una señal a Van Manderpootz, el cacharro soltó un ruidito seco y el subjuntivisor se puso en marcha.

El recortado césped y la arcilla del campo aparecieron. Hay una cosa curiosa en el psicómata: uno ve solamente a través de los ojos de sí mismo en la pantalla. Esto le presta una extraña realidad al trabajo de la máquina; supongo que una especie de autohipnotismo es parcialmente responsable de ese efecto.

Yo corría por el campo hacia el brillante proyectil de plateadas alas que era el «Baikal», Un ceñudo funcionario me invitó a darme prisa y me precipité arriba por la empinada escalerilla. La puerta se cerró y oí un largo suspiro de alivio.

—¡Siéntese! —gritó un funcionario, indicando un asiento desocupado.

Caí en mi asiento. El avión tembló bajo el impulso de la catapulta y rechinó duramente al ponerse en movimiento. Los chorros rugieron al instante, luego se produjo un estremecimiento más amortiguado y pude ver bajo mí la isla Staten, perdiéndose a nuestras espaldas. El cohete gigante estaba en camino.

—¡Uf! —suspiré de nuevo—. ¡Que todo vaya bien!

Capté una mirada divertida de alguien que estaba a mi derecha. Era una muchacha. Quizá realmente no era tan deliciosa como me parecía; después de todo, yo la estaba viendo a través de la pantalla de semivisión de un psicómata. 

Desde entonces no dejo de decirme que ella no podía haber sido tan bonita como parecía, que eso se debía a mi imaginación que completaba los detalles. No lo sé; sólo recuerdo que me quedé mirando unos ojos de un extraño y deli­cioso color azul plateado, unos finos cabellos castaños, una boquita risueña y una naricilla descarada, Me quedé mirando hasta que ella se ruborizó.

—Lo siento —dije rápidamente—.  Estaba...  estaba  sorprendido.

A bordo de un cohete transoceánico reina una atmósfera cordial. Los pasajeros se ven obligados a convivir en estrecha intimidad de siete a doce horas y no hay mucho sitio para moverse. 

Por lo general, uno traba conocimiento con sus vecinos; las presentaciones no son necesarias y la costumbre es simplemente hablar a cualquiera que usted elija, algo así como aquellos viajes cotidianos en los trenes del pasado siglo, supongo. Uno hace amigos durante el transcurso del viaje y luego, nueve veces de cada diez, nunca vuelve a oír hablar de quienes fueron sus compañeros.

La muchacha sonrió.

—¿Es usted la persona responsable del retraso en la partida? Lo reconocí.

—Parece   que   siempre   tengo   que   estar  retrasado.   Incluso   los relojes atrasan cuando me los pongo.

Ella se echó a reír.

—No deben de ser muy pesadas las responsabilidades que usted tenga que soportar.

Bueno, desde luego no lo eran, aunque resulta sorprendente hasta qué punto muchos casinos, camareros y coristas han depen­dido de mí en diversas ocasiones en partes apreciables de sus ingresos. Mas por una causa u otra no me sentía inclinado a hablar de estas cosas a la muchacha de los ojos de plata.

Charlamos. Resultó llamarse Joanna Caldwell y se dirigía a París. Era una artista, o esperaba serlo algún día, y desde luego no hay ningún sitio en el mundo que pueda proporcionar a la vez entre­namiento e inspiración como París. Por eso se dirigía allí para pasar un año de estudios, y, no obstante sus labios risueños y sus ojos traviesos, pude notar que el asunto era de gran importancia para ella. 

Conjeturé que había trabajado duramente para costearse aquel año en París, había hecho equilibrios y ahorrado durante tres años como figurinista para alguna revista de modas, aunque no podía tener mucho más de veintiún años. Su pintura significaba mucho para ella, y eso yo podía comprenderlo. También yo sentí alguna vez de un modo parecido respecto al polo.

Por ello se comprende que simpatizáramos desde el principio. Me di cuenta de que yo le gustaba y era evidente que ella no rela­cionaba a Dixon Wells con la N. J. Wells Corporation. Y en cuanto a mí..., bueno, después de aquella mirada a sus fríos ojos plateados, simplemente no me interesaba mirar a ningún otro sitio. Las horas parecían transcurrir como minutos mientras yo la contemplaba.

Ustedes saben cómo ocurren estas cosas. Sin darme cuenta me vi llamándola Joanna y ella a mí Dick; parecíamos viejos amigos. Decidí pararme en París a mi regreso de Moscú y le arranqué la promesa de que nos veríamos. Puedo asegurar que era una muchacha diferente; no tenía nada que ver con la calculadora Whimsy White y todavía menos con las muchachitas de sonrisa boba, casquivanas y aficionadas al baile que uno conoce en las salas de fiestas. Era sencillamente Joanna, fría y seria, pero simpática y jovial, y tan bonita como una figura de mayólica.

Quedamos admirados cuando la azafata pasó para preguntarnos qué queríamos en el almuerzo. ¿Ya habían pasado cuatro horas? Parecía como si hubiesen sido cuarenta minutos. Y tuvimos un agra­dable sentimiento de intimidad al descubrir que a los dos nos gustaba la ensalada de langosta y en cambio detestábamos las ostras; era otro lazo. Le dije solemnemente que se trataba de un augurio y ella no puso ninguna objeción.

Después caminamos por el estrecho pasillo hacia el acristalado que se hallaba a proa. Estaba abarrotado de gente, pero no nos importó en absoluto, ya que nos obligaba a sentarnos juntitos. Estuvimos allí bastante tiempo antes de notar lo enrarecido del aire.

La catástrofe ocurrió justamente cuando estábamos de vuelta en nuestros asientos. No hubo ninguna advertencia excepto un repen­tino bandazo, resultado, supongo, del inútil, último y desesperado intento del piloto por evitar la colisión. Luego un crujido desgarrador y una terrible sensación de estar girando, y tras eso un coro de gritos que sonaban como el estruendo de una batalla.

Y lo era. Quinientas personas poniéndose en pie, pisándose, empu­jándose, siendo empujadas sin defensa mientras el gran avión cohete, con su ala izquierda convertida en un corto muñón, caía, describiendo círculos, hacia el Atlántico.

Sonaron los gritos de los oficiales y un altavoz atronó:

—Manténganse en calma. Ha habido una colisión. Hemos chocado con una nave de superficie. No hay ningún peligro. No hay ningún peligro.

Me esforcé en levantarme entre los restos de los destrozados asientos. Joanna había desaparecido. Cuando al fin di con ella, acu­rrucada en un rincón, el cohete chocó con el agua con un crujido que volvió a ponerlo todo en danza. El altavoz atronaba:

—Coloqúense los cinturones salvavidas. Los salvavidas están bajo los asientos.

Tiré de un salvavidas y lo coloqué alrededor de Joanna, luego me puse yo otro. La muchedumbre avanzaba ahora hacia adelante y la cola del avión empezaba a hundirse. Había agua detrás de nosotros, chasqueando en la oscuridad a medida que las luces se apagaban. Un oficial se deslizó junto a nosotros, se detuvo y colocó un salvavidas alrededor de una mujer sin conocimiento,

—¿Están todos bien? —gritó y siguió adelante sin esperar que le respondiesen.

El altavoz debía de haberse interrumpido por un cortocircuito en la batería. Pero repentinamente ordenó:

—Y aléjense todo lo que les sea posible. Salten por la escotilla de proa y procuren alejarse. Hay un barco cerca. Los recogerá a todos. Salten desde...

De nuevo enmudeció.

Saqué a Joanna de entre los restos. Estaba pálida; tenía cerrados sus ojos de plata. Empecé a arrastrarla lenta y penosamente hacia la escotilla de proa y el balanceo del suelo fue aumentando hasta pa­recer el de un trampolín de saltos. El oficial pasó otra vez.

—¿Podrá usted llevarla? —preguntó, y de nuevo se alejó corriendo.

Yo ya estaba llegando. La multitud apiñada junto a la escotilla parecía más pequeña. ¿O es simplemente que estaban más apre­tados? Luego, de pronto, un gemido de miedo y desesperación se alzó y hubo un estruendo de agua. Las paredes del mirador habían cedido. Vi el gran asalto de las olas y un diluvio rugiente se precipitó sobre nosotros. Otra vez llegué tarde.

Eso  fue  todo.   Impresionado  y  consternado,   alcé  los   ojos  del subjuntivisor para mirar a Manderpootz, que estaba garrapateando algo en el filo de la mesa.

—¿Qué tal? —preguntó él. Me estremecí.

—¡Horrible! —murmuré—, Nosotros... conjeturo que no habría­mos estado entre los supervivientes.

—Nosotros, ¿eh? ¿Nosotros?

Le chispeaban los ojos. No le expliqué nada. Le di las gracias, le deseé buenas noches y me fui dolorosamente a casa.

Incluso mi padre notó algo raro en mí. El día que llegué a la oficina con sólo cinco minutos de retraso me llamó para hacerme con ansiedad algunas preguntas respecto a mi salud. Naturalmente no pude decirle nada. ¿Cómo iba a explicarle que había llegado tarde una vez más y que me había enamorado de una muchacha que hacía dos semanas que estaba muerta? Aquel pensamiento me volvía loco. 

¡Joanna! Joanna con sus plateados ojos yacía ahora en el fondo del Atlántico. Yo andaba de un lado a otro medio aturdido, casi sin hablar. Una noche llegó a faltarme la energía para volver a casa y me quedé sentado fumando en el sillón supertapizado de mi padre en su despacho particular hasta que terminé por dormirme. A la mañana siguiente, cuando el viejo N. J. entró y me encontró allí ante él, se puso blanco como el papel, se tambaleó y jadeó: «¡Dios mío!»

Fueron necesarias muchas explicaciones para convencerlo de que no se trataba que yo hubiera llegado temprano a la oficina, sino que no me había movido de allí.

Por último comprendí que no me era posible seguir soportando aquello. Pensé finalmente en el subjuntivisor. Podía ver, sí, podría ver qué habría ocurrido si el avión no hubiese naufragado. Podría se­guir el rastro de aquella fantástica e irreal historia de amor oculta en algún sitio entre los mundos hipotéticos. Podría quizás extraer un gozo sombrío y precario de las cosas que podrían haber sido. ¡Podría ver a Joanna una vez más!

A últimas horas de la tarde llegué a la residencia de Van Man­derpootz. Él no estaba allí; lo encontré por fin en el vestíbulo de la Facultad de Física.

—¡Dick!  —exclamó—. ¿Estás enfermo?

—¿Enfermo? No, no físicamente, profesor. Tengo que usar de nuevo su subjuntivisor. No me queda más remedio.

—¿Cómo? ¡Ah, ese juguete! Llegas demasiado tarde, Dick. Ya lo he desmantelado. He encontrado una utilización mejor para ese espacio.

Lancé un lastimero gemido y sentí tentaciones de condenar la autobiografía del gran Van Manderpootz. Un destello de compasión apareció en sus ojos. Me agarró de un brazo y me llevó al despachito adjunto a su laboratorio.

—Cuéntame —ordenó.

Lo hice. Creo que le hice ver con bastante claridad la tragedia, porque sus hirsutas cejas se unieron en un ceño de lástima.

—Ni siquiera Van Manderpootz puede resucitar a los muertos —murmuró—. Lo siento, Dick. Procura no pensar en eso. Incluso si mi subjuntivisor estuviera disponible, no te permitiría utilizarlo. Eso no sería más que remover el cuchillo en la herida. —Hizo una pausa—. Busca otra cosa en la que ocupar tu mente. Haz como hace Van Manderpootz. Encuentra el olvido en el trabajo.

—Sí —respondí sombríamente—. Pero, ¿quién querrá leer mi au­tobiografía? Eso sólo es bueno para usted.

—¿Autobiografía? ¡Ah, ya recuerdo! No, he abandonado el proyecto. La historia misma se encargará de recoger la vida y las obras de Van Manderpootz. Ahora estoy metido en un proyecto mucho más grandioso.

—¿De veras? —pregunté con el más lúgubre y profundo desin­terés.

—Sí. Ha estado aquí Gogli, el escultor. Va a hacerme un busto. ¿Qué mejor legado puedo dejar al mundo que un busto de Van Manderpootz, esculpido en vida? Quizá deba regalárselo a la ciudad, quizás a la universidad, Se lo daría a la Royal Society si se hubiesen mostrado un poco más receptivos, si se hubiesen... sí... ¡si...! El último «si» lo pronunció en un grito.

—¿Qué pasa? —pregunté,

—¡Si...! —exclamó Van Manderpootz—. Lo que tú viste en el subjuntivisor fue lo que habría ocurrido si hubieses tomado el avión.

—Ya lo sé.

—Pero realmente podría haber ocurrido algo completamente dis­tinto. ¿No lo comprendes? Ella... ella... ¿dónde están esos periódicos viejos?

Revolvía una pila de ellos, Finalmente blandió uno.

—¡Aquí!  ¡Aquí está la lista de supervivientes!

Como letras de fuego, el nombre de Joanna Caldwell saltó a mis ojos. Había incluso una gacetilla referente al asunto:

«Por lo menos una veintena de supervivientes deben la vida a la bravura del piloto de veintiocho años Orris Hope que estuvo patru­llando en los pasillos durante el pánico, colocando salvavidas a los heridos y llevando a muchos hasta la escotilla. Permaneció hasta el final en el avión que se hundía hasta que por último pudo abrirse camino hasta la superficie a través de las rotas paredes del mirador. Entre los que deben su vida al joven oficial se encuentran: Patríck Owensby, Nueva York; señora Campbell Warren, Boston; señorita Joanna Caldwell, Nueva York...»

Supongo que mi rugido de alegría se oyó en el edificio de la ad­ministración, a varias manzanas de distancia. No me importaba; si Van Manderpootz no hubiese estado defendido por tremendas pati­llas, lo habría besado. Quizá lo hice; no puedo estar seguro de mis acciones durante aquellos caóticos minutos en el diminuto despacho del profesor.

Por último me calmé.

—¡Podré verla! —gritaba, resplandeciente—. Tiene que haber de­sembarcado con los demás supervivientes y todos estaban en el mercante británico «Osgood» que atracó hace días. Debe de estar en Nueva York, y si se ha ido a París, lo averiguaré y la seguiré.

Bueno, es un extraño desenlace. Estaba en Nueva York, pero comprendan ustedes, Dixon Wells había conocido a Joanna Caldwell por medio del subjuntivisor, pero Joanna nunca había conocido a Dixon Wells. Y se había casado con Orris Hope, el joven piloto que la rescató. Una vez más llegué tarde.