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El monje negro - Anton Chéjov (Parte 2 y última)

 VI

Cuando Igor Semionovich se enteró no sólo del noviazgo repentino de Tania, sino también de su próximo matrimonio, se puso a dar pasos agigantados por la estancia, tratando de coordinar sus ideas y dominar su agitación. Se retorcía las manos y las venas de su cuello parecían tan amoratadas como las violetas que cultivaba en sus viveros. 

Ordenó que engancharan los caballos en su carricoche y se ausentó de la casa. Tania, al ver cómo fustigaba los caballos y se cubría las orejas con su gorra de cuero, comprendió lo que le pasaba a su padre, se encerró en su habitación, cerró la puerta y lloró todo el día.

En los huertos, los melocotones y las ciruelas estaban a punto de madurar. El empaquetado y envío de tan delicada mercancía a Moscú requería la máxima atención, como asimismo jaleo y bullicio. Teniendo en cuenta el intenso calor del verano, cada árbol tenía que ser regado; el procedimiento era muy costoso en aquella época, tanto por el tiempo empleado como por la energía que se debía gastar. 

Aparecieron los sempiternos gusanos, que los trabajadores, y hasta Igor Semionovich y Tania, mataban apretándolos con los dedos, a disgusto de Kovrin, a quien asqueaba ese acto repugnante. También había que tener en cuenta los cuidados prodigados a las frutas que madurarían en otoño, y de las que habría gran demanda desde las ciudades, como lo demostraba la gran correspondencia que recibían. 

En el momento en que todos estaban más atareados, cuando parecía que nadie disponía ni de un segundo libre, empezaron las labores en los campos, privando a los viveros de flores de la mitad de sus floricultores. Igor Semionovich, tostado por el sol, nervioso e irritado, galopaba de un lado para otro; ahora a los jardines, luego a los campos, mientras gritaba con todas las fuerzas de sus pulmones que aquel trabajo le estaba haciendo pedazos y que terminaría pegándose un tiro en la sien para acabar de una vez por todas.

Por encima de todo estaba el ajuar de Tania, al que la familia Pesotski atribuía suma importancia. Toda la casa parecía un hormiguero: ruido de máquinas de coser y de tijeras, vapor de agua producido por las planchas de hierro, aparte de los caprichos de la nerviosa y escrupulosa modista. 

Y para colmo de males, cada día llegaban más visitas, y todas debían ser atendidas, alimentadas y alojadas. Sin embargo, el trabajo y las preocupaciones pasaban desapercibidos en medio de la inmensa alegría que inundaba toda la extensa mansión. 

Tania tenía la impresión de que el amor y la felicidad habían caído sobre ella como una de esas inesperadas lluvias de verano; aunque desde los catorce años estuvo segura de que Kovrin no se casaría más que con ella. Se hallaba en un estado de eterno asombro, duda y desconfiaba de sí misma. 

En un momento se hallaba tan contenta que pensaba que volaría al cielo y se sentaría sobre las nubes para rezarle a Dios; pero instantes después pensaba que pronto llegaría el otoño y debería abandonar la casa de su infancia y a su padre. 

Pero lo más curioso de todo es que tenía la idea fija de que era una mujer muy insignificante, trivial y sin importancia para casarse con alguien tan famoso como Kovrin, un gran hombre de la capital. Cuando estos pensamientos le venían a la mente, Tania subía corriendo a su habitación, cerraba la puerta y se echaba a llorar desesperadamente. 

Pero cuando estaban presentes los visitantes, decía que Kovrin era muy guapo, que todas las mujeres iban detrás de él y que por ello la envidian; y en ese instante su corazón se hallaba tan repleto de orgullo y de gozo que daba la impresión de haber conquistado el mundo entero. Cuando Kovrin le sonreía a alguna mujer, los celos la devoraban, se echaba a temblar, subía a su habitación, cerraba la puerta y volvía a echarse a llorar. 

Pero este estado de nervios se extendía a todo lo que hacía durante el día: ayudaba a su padre mecánicamente, sin fijarse en los papeles, los gusanos ni en si los trabajadores cumplían con sus faenas, sin siquiera darse cuenta del paso del tiempo. Igor Semionovich se encontraba casi en el mismo estado de espíritu. Aún seguía trabajando de la mañana a la noche, yendo de los jardines a los campos y de estos a los jardines, e incluso su mal carácter había desaparecido; pero durante todo este tiempo parecía hallarse envuelto en un mágico sueño. 

Dentro de su robusto cuerpo parecían luchar dos hombres: uno, el verdadero Igor Semionovich, el cual, cuando oía decir a un jardinero que se había producido algún error en las plantaciones, se volvía loco por la excitación y se tiraba de los pelos; y el otro, el irreal Igor Semionovich, era un hombre que, en medio de una conversación, ponía su mano sobre el hombro del jardinero y balbuceaba emocionado:

–Puedes decir lo que te plazca, amigo mío, pero la sangre es más espesa que el agua. Su madre era una mujer deslumbrante, noble, buena, una verdadera santa. Era un placer contemplar su rostro bondadoso, puro, igual que el de un ángel. Pintaba maravillosamente, escribía poesías, hablaba cinco idiomas y cantaba... Pobrecita mía. Su alma reposa en el cielo. Murió tuberculosa.

El irreal Igor Semionovich hacía un gesto afirmativo con la cabeza al pronunciar estas palabras, y, después de unos momentos de silencio, proseguía:

–Cuando él era aún un muchacho, camino de ser un hombre hecho y derecho, daba gusto verlo por la casa con aquel rostro de ángel, de mirada bondadosa y expresión noble. Su mirada, sus movimientos, su forma de hablar, todo era tan gentil y gracioso como su madre. ¡Y cuán inteligente era! No es por nada que tiene el título de Magíster, no señor. Se lo ganó, no se lo regalaron. Pero espere un poco más, querido Iván Karlich, y ya verá lo que será dentro de diez años.

De pronto, al llegar a este extremo, el real Igor Semionovich se acordaba de sí mismo, se cogía la cabeza entre las manos y rugía como un toro:

–¡Malditos demonios! ¡Condenada escarcha! ¡Me han arruinado, me han destruido! ¡El jardín está arruinado; el jardín está destruido!

Kovrin seguía trabajando con su habitual tenacidad sin apenas darse cuenta del bullicio que reinaba en la casa. El amor sólo vertía aceite en las llamas. Después de cada encuentro con Tania, regresaba a sus aposentos rebosante de dicha y felicidad, y se sentaba a trabajar entre sus libros y manuscritos con la misma pasión con la que la había besado y jurado su amor. 

Lo que el Monje Negro le había dicho sobre la elección divina, la verdad eterna y el glorioso futuro de la Humanidad proporcionó a todo su trabajo un significado peculiar, fuera de lo corriente. Una o dos veces por semana se encontraba con el monje, tanto en el parque como en la casa, y hablaba con él durante horas y horas; pero esto no le asustaba; por el contrario, hallaba sumo placer en ello, ya que ahora estaba seguro de que el monje sólo efectuaba tales visitas a las personas elegidas y excepcionales que se habían dedicado a los ideales más puros.

Pasó el día de la Asunción. Luego vino el día de la boda, que fue celebrada con lo que Igor Semionovich llamaba *grand éclat*, es decir, con grandes fiestas y banquetes que duraron dos días. Tres mil rublos se gastaron en comidas y bebidas; pero debido a la vil música, los ruidosos brindis y discursos, el ajetreo de los criados, las aclamaciones a los novios y a aquella atmósfera densa y asfixiante, nadie pudo apreciar ni los costosísimos vinos ni los maravillosos *hors d'oeuvres* traídos especialmente de Moscú.

VII

Era una de aquellas largas noches de invierno. Kovrin se hallaba acostado en la cama, leyendo una novela francesa. La pobre Tania, a quien cada noche le dolía la cabeza debido a que no estaba acostumbrada a vivir en una ciudad, hacía ya tiempo que estaba durmiendo, y murmuraba frases incoherentes en sus sueños.

El reloj dio las tres campanadas de la madrugada. Kovrin apagó la luz y se dispuso a dormir, pero aunque permaneció con los ojos cerrados durante mucho tiempo, no logró conciliar el sueño, debido al calor de la habitación y a que Tania no cesaba de murmurar. A las cuatro y media, Kovrin volvió a encender la luz. El Monje Negro estaba sentado en una silla junto a su cama.

–¡Buenas noches! –le dijo el monje, y, después de unos segundos de silencio, preguntó–: ¿En qué pensaba en este instante?

–En la gloria –respondió Kovrin–. En una novela francesa que acabo de leer, el héroe es un hombre joven que no hace más que locuras, y muere víctima de su pasión por alcanzar la gloria. Para mí esto es inconcebible.

–Porque usted es demasiado inteligente. Considera indiferentemente la gloria como un juguete que no puede interesarle.

–Eso es cierto.

–No le interesa ser célebre. ¿De qué le sirve a un hombre que en su tumba se grabe que fue famoso y célebre, si al cabo de los años el tiempo borrará, tarde o temprano, aquella inscripción? Por suerte, para las pocas personas que son como usted, sus nombres serán olvidados con prontitud por el resto de los mortales.

–Desde luego –respondió Kovrin–. ¿Para qué recordar sus nombres? ¿Para qué acordarse de ellos? En fin, dejemos esto y hablemos de otra cosa. De la felicidad, por ejemplo. ¿Qué es la felicidad?

Cuando el reloj dio las cinco, Kovrin se hallaba sentado en el borde de la cama, con los pies apoyados en la alfombra, mirando hacia el monje y diciéndole:

–En tiempos remotos, los hombres se asustaban de su felicidad, por muy grande que esta fuese y, para aplacar a los dioses, depositaban delante de sus altares su querido anillo de boda. ¿Me ha comprendido? Pues bien, actualmente, yo, igual que Polícrates, estoy un poco asustado de mi propia felicidad. Desde la mañana a la noche sólo experimento dichas y alegrías; ambas cosas me absorben y ahogan cualquier otro sentimiento. Ignoro lo que es la aflicción, la desgracia, el tedio. Todo mi ser desborda felicidad por sus cuatro costados. Le hablo en serio; estoy empezando a dudar.

–¿Por qué? –preguntó asombrado el monje–. ¿Acaso piensa que la felicidad es un sentimiento supernatural? ¡No! ¿Cree que no es la condición normal de las cosas? ¡No! Cuanto más alto ha subido un hombre en su desarrollo mental y moral, más libre es; su mayor satisfacción emana de su propia vida. Sócrates, Diógenes, Marco Aurelio conocieron la dicha, pero no la aflicción. Y el apóstol dice: «Regocíjate todo lo que puedas». Regocíjese y sea feliz.

–Y los dioses se encolerizarán inmediatamente –dijo bromeando Kovrin–. Aunque también admito que me dolería mucho que ellos me robaran la felicidad, me obligaran a ser un desgraciado y a morirme de hambre.

En aquel momento se despertó Tania. Miró extrañada y aterrorizada a su marido. Vio que hablaba, que gesticulaba y reía dirigiéndose hacia la silla, sus ojos brillaban misteriosamente y su risa tenía un tono muy extraño.

–Pero Andrei, ¿con quién estás hablando? –dijo Tania, cogiendo la mano que Kovrin extendía en dirección al monje–. ¿Con quién estás hablando?

–¿Con quién? –respondió Kovrin–. ¡Pues con el monje! Está sentado ahí –añadió, señalando hacia el Monje Negro.

–No hay nadie ahí... nadie, Andrei; tengo la impresión de que estás enfermo.

Tania abrazó a su marido, apretándolo contra ella como si quisiera defenderlo de la aparición fantasmagórica, y le tapó los ojos con su mano.

–Sí, estás enfermo –dijo sollozando estremecida–. No te enfades por lo que voy a decirte, pero desde hace mucho tiempo estaba segura de que padecías de los nervios o de algo parecido. Estás enfermo... psíquicamente, Andrei.

El temor de su esposa se le contagió. Una vez más miró en dirección al butacón, ahora vacío, y sintió una gran flojedad en sus brazos y piernas. Empezó a vestirse, mientras le decía a su esposa:

–No es nada, querida Tania, nada... Pero admito que no estoy bien del todo. Ya es hora de que lo reconozca yo mismo.

–Ya me di cuenta hace mucho tiempo, y mi padre también –respondió ella, tratando de contener sus sollozos–. Hacía tiempo que había observado que hablabas contigo mismo y que te reías de una forma muy extraña. Además, no dormías, no podías dormir por las noches. ¡Oh, Dios mío, sálvanos! –gritó, presa de terror–. Pero no te preocupes, Andrei, no te asustes. Por el amor de Dios, no te asustes.

Tania también se vistió. Hasta que no se fijó en la expresión de su esposa, Kovrin no comprendió el peligro en que se hallaba. Se dio cuenta de lo que significaban el Monje Negro y sus conversaciones. Entonces se vio obligado a admitir con toda certeza que se había vuelto loco.

Ambos, sin saber cómo, se dirigieron al salón; primero él, detrás ella. Allí encontraron a Igor Semionovich envuelto en su batín. Se había despertado al oír los sollozos de su hija.

–No te asustes, Andrei –dijo Tania, temblando como si tuviera fiebre–. No te asustes. Padre, ya se le pasará esto..., ya se le pasará.

Kovrin estaba tan nervioso que apenas podía hablar. Para despistar, procuró tratar aquel asunto en broma. En efecto, dirigiéndose a su suegro, intentó decirle:

–Felicíteme, mi querido suegro, pues ya ve que me he vuelto loco.

Pero sus labios sólo se movieron, sin poder emitir sonido alguno, y sonrió amargamente.

A las nueve de la mañana, Igor y su hija lo envolvieron en un abrigo, le cubrieron con una capa de pieles y lo condujeron al médico. Este le puso en tratamiento.

VIII

De nuevo llegó el verano. Siguiendo las órdenes del doctor, Kovrin regresó al campo. Recuperó la salud y no volvió a ver al Monje Negro. En el campo recuperó su fuerza física. Vivía con su suegro, bebía mucha leche, trabajaba sólo dos horas al día y dejó de beber y fumar.

La tarde del 19 de junio, víspera de la fiesta más importante de la comarca, se celebró un servicio religioso en la casa. Cuando el sacerdote esparció el incienso, todo el vasto salón empezó a oler como una iglesia. Aquella atmósfera irritaba los pulmones de Kovrin, por lo que salió de la casa y se dirigió al jardín. Una vez allí, se puso a pasear arriba y abajo hasta que, cansado, se sentó en un banco. 

Al cabo de unos minutos, sintiéndose ya con fuerzas, se levantó y echó a caminar por el parque. Se dirigió a la orilla del riachuelo y estuvo contemplando el agua cristalina hasta que el piar melodioso de un ruiseñor le sacó de su abstracción. Se puso a caminar de nuevo y llegó al pinar donde viera por primera vez al Monje Negro, pero ni los pinos ni las flores le reconocieron. Y es que, realmente, con aquellos cabellos al rape, su caminar cansino, su alterado rostro, tan pálido y arrugado, y aquel cuerpo pesado, era imposible que alguien lo hiciera.

Cruzó el arroyuelo y atravesó los campos que en ese entonces estaban cubiertos de centeno y ahora habían sido plantados de avena. El sol acababa de ponerse, y en el amplio horizonte brillaba como un horno al rojo vivo su inmensa aureola de oro.

Cuando regresó a la casa, cansado y aburrido, Tania e Igor Semionovich se hallaban sentados en los escalones de la entrada principal, tomando una taza de té. Estaban conversando, pero cuando divisaron a Kovrin se callaron, por lo que este dedujo que habían estado hablando de él.

–Es la hora en que tomes tu leche –díjole Tania.

–No, aún no. Tómala tú, yo no tengo ganas.

Tania miró de reojo a su padre e insistió:

–Sabes perfectamente que la leche te hace bien.

–Sí, sobre todo si es en grandes cantidades –repuso Kovrin–. Te felicito, he ganado una libra de peso desde el último viernes. –Se apretó la cabeza entre las manos y continuó–: ¿Por qué, por qué me has curado? Bromuros, mezclas de hierbas sedativas, baños calientes, observándome constantemente: todo esto acabará por convertirme en un idiota. Has acabado por sacarme de mis casillas. Antes tenía delirios de grandeza, pero al menos era activo, trabajador, dinámico e incluso feliz... siempre estaba contento con mi felicidad. Pero ahora me he convertido en un ser racional, materializado, como el resto del mundo. ¡Me he convertido en una mediocridad y estoy aburrido y cansado de esta vida! ¡Oh, cuán cruelmente..., cuán cruelmente me has tratado! Admito que antes tenía alucinaciones, ¿pero qué daño le hacía a nadie el que las tuviera? Te lo repito, ¿qué daño hacía?

–¡Sólo Dios sabe lo que quieres dar a entender! –intervino Igor Semionovich–. No vale la pena oírte hablar.

–Pues no necesita hacerlo.

La presencia de Igor Semionovich, sobre todo, irritaba ahora a Kovrin. Siempre le contestaba seca y agriamente a su padre político, incluso con rudeza, y no podía contener la rabia que le producía el mero hecho de que le mirase. Igor Semionovich estaba confuso, se consideraba culpable, pero sin saber qué daño le había podido causar a su yerno. Le parecía mentira que hubieran cambiado de tal forma aquellas excelentes relaciones que los unían. 

Tania también se había dado cuenta de ello. Cada día era más claro para ella que las relaciones entre su padre y su esposo iban de mal en peor; que su padre se había hecho más viejo y que Kovrin cada vez era más intratable y nervioso. Ya no cantaba ni reía como antes, apenas comía nada y no podía dormir por las noches.

–¡Cuán felices eran Buda, Mahoma y Shakespeare al tener la dicha de que sus médicos no tratasen de curar sus éxtasis, alucinaciones e inspiraciones! –se decía a sí mismo Kovrin–. Si Mahoma hubiese tomado bromuro de potasio para sus nervios, trabajado dos horas al día y sólo hubiese bebido leche, estoy seguro de que no habría dejado tras de su muerte absolutamente nada. Los médicos hacen todo lo que está en sus manos para convertir en idiotas a todos los hombres, y a este paso llegará el momento en que la mediocridad será considerada genialidad, y la Humanidad perecerá. ¡Si ahora pudiese tener sólo una idea, cuán feliz me consideraría!

Sintió una tremenda irritación al pensar en todo esto y, para evitar decir más cosas duras e hirientes, se levantó y entró en la casa. Era una noche de fuerte ventolera, y el aroma a tabaco procedente de las plantaciones penetraba por las ventanas de su habitación. Encendió un puro y ordenó a un criado que le trajera vino: quería recordar «los viejos tiempos»... 

Pero ahora el tabaco era agrio y detestable, y el vino ya no tenía aquel aroma de antaño. ¡Cuántas repercusiones tiene el salirse de la práctica cotidiana, el dejar de hacer lo que se ha hecho durante años y años! Bastaron unas chupadas al puro y dos sorbos de vino para que se sintiera mareado, y se vio obligado a tomar el bromuro de potasio.

Antes de acostarse, Tania le dijo:

–Escúchame con un poco de paciencia, querido Andrei: mi padre te quiere mucho, pero tú no haces más que enfadarte con él por la mínima tontería, y esto lo está matando. Contempla su rostro; se está haciendo viejo, pero no cada día, sino en cada hora que pasa. Te lo imploro, Andrei, por el amor de Cristo, en nombre de tu difunto padre, en nombre de la paz de mi espíritu: sé bondadoso con él.

–No puedo, y tampoco lo deseo.

–¿Pero por qué? –repuso Tania, temblando–. Explícame por qué.

–Porque no me cae en gracia, eso es todo –respondió Kovrin con indiferencia, encogiéndose de hombros–. Prefiero no hablar más de esto: es tu padre.

–No puedo comprenderlo, no puedo comprenderlo –repitió Tania, mientras se llevaba las manos a la cabeza y fijaba su mirada en el vacío–. Algo terrible, espantoso, ha tenido que ocurrir en esta casa. Tú mismo, Andrei, has cambiado; ya no eres el mismo de antes. Te molestas por cosas insignificantes de las que en otro tiempo no hubieras hecho caso. No, no te enfades..., no te enfades –díjole cariñosamente Tania, mientras le acariciaba los cabellos, asustada por las palabras que acababa de pronunciar–. Eres inteligente, bueno y noble. Estoy segura de que serás justo con mi padre. ¡Él es tan bueno!

–No, no es bueno, sino que tiene buen humor –respondió Kovrin–. Estos tíos de vaudeville –del tipo de tu padre–, de rostros bien alimentados y sonrientes, tienen su carácter especial, y en otra época acostumbraba a divertirme con ellos, ya fuese en las novelas, en el teatro o en la misma calle. Son egoístas hasta el tuétano de sus huesos. Lo más desagradable de ellos es su saciedad y ese optimismo estomacal, puro bovino o porcino.

Tania se echó a llorar y recostó su cabeza en la almohada.

–¡Esto es una tortura! –Por el tono en que pronunció estas palabras se adivinaba que estaba desesperada y que le costaba trabajo hablar sin rodeos ni tapujos–. Desde el invierno pasado no he tenido un momento de tranquilidad. ¡Es terrible, Dios mío! No hago más que sufrir y padecer...

–¡Oh, sí, desde luego! Por lo visto yo soy Herodes y tú y tu papá, unos niños inocentes.

En aquel momento la cara de Kovrin le resultó repugnante y desagradable. La expresión de odio y furor era ajena a ella. Incluso observó que algo faltaba en su rostro: aunque a su esposo le habían cortado el cabello, no era aquello lo que le hacía parecer extraño. Tania sintió un deseo intenso de decir algo insultante, pero se contuvo y, dominada por el terror, abandonó el dormitorio.

IX

Kovrin consiguió una cátedra libre en la Universidad. El día de su primera lección como profesor fue fijado para el 2 de diciembre, y una nota a tal efecto fue colocada en el tablón de anuncios de los pasillos de la Universidad. Pero cuando llegó esta fecha, las autoridades académicas recibieron un telegrama en el que Kovrin les comunicaba que no podía cumplir con aquel compromiso debido a su enfermedad.

Empezó a escupir sangre de la garganta. Al principio fue eventual, de tarde en tarde, pero más adelante los escupitajos sanguinolentos se convirtieron en torrentes de sangre. Se sintió horriblemente débil y cayó en un estado de somnolencia. Pero esta enfermedad no le asustó, pues sabía que su difunta madre había vivido con ella durante diez años. Los médicos, también, aseguraron que no había ningún peligro, y le aconsejaron que no se preocupara, que llevara una vida normal y que hablara poco.

Al llegar el mes de enero, tampoco pudo ocupar la cátedra por el mismo motivo, y en febrero ya era muy tarde, pues el curso estaba avanzado. Por consiguiente, todo fue pospuesto para el año próximo.

Ya no vivía con Tania, sino con otra mujer, mucho más vieja que él y que lo cuidaba como si fuera su hijo. Tenía un carácter pacífico y obediente, y por ello, cuando Bárbara Nikolayevna hizo los trámites necesarios para llevarlo a Crimea, Kovrin consintió en ir, a pesar de que sabía que el cambio de clima y lugar le haría daño.

Llegaron a Sebastopol un atardecer y se quedaron allí para descansar, pensando marchar al día siguiente a Yalta. Ambos estaban agotados por el viaje. Bárbara tomó un poco de té y se fue a la cama. Pero Kovrin no se acostó. Una hora antes de tomar el tren había recibido una carta de Tania que no había leído, y pensar en ella le producía agitación. 

En el fondo de su corazón, él sabía que su matrimonio con Tania había sido un error. También aceptaba que había hecho bien en alejarse de ella, pero no podía dejar de admitir que el haberse ido a vivir con esta nueva mujer lo había convertido en un pelele entre sus manos, y se sintió vejado. 

Al contemplar la letra de Tania en el sobre, recordó lo injusto que había sido con ella y con su padre. Evocó aquella tarde en que, presa de un ataque de nervios, cogió todos los artículos de su suegro, los hizo añicos, los arrojó por la ventana y contempló cómo el viento los arrastraba depositándolos en las hojas de los árboles y las flores del jardín; en cada página había creído ver unas pretensiones desmedidas, una manía de vgfbcgrandeza y un carácter frívolo. 

Esto le había producido tal impresión que se apresuró en escribirle una carta en la que confesaba su culpa. En cuanto a Tania, debía admitir que había arruinado su vida. Recordó que en cierta ocasión había sido terriblemente cruel con ella, al decirle que su padre había desempeñado el papel de casamentero, y le había insinuado que se casara con ella. 

Y que cuando Igor Semionovich se enteró de esto, penetró en su habitación, enfurecido como un toro salvaje, y tan enloquecido que después de echarle en cara que había pisoteado su honor, ya no pudo murmurar una sola palabra, como si le hubieran cortado la lengua. Tania, viendo a su padre en aquel estado, se puso a gritar como una loca y cayó desvanecida al suelo. Sí, admitía que se había comportado como un ser monstruoso y repugnante.

Se dirigió al balcón, abrió la puerta y se sentó en la terraza. Desde el piso inferior de aquella posada llegaban gritos y algarabías; seguramente estaban festejando algo importante. Kovrin hizo un esfuerzo, abrió la carta de Tania y, tras regresar a la habitación, se dispuso a leerla.

> «Mi padre acaba de morir. Por esto estoy en deuda contigo, ya que has sido tú quien le ha matado. Nuestras plantaciones están arruinadas; están administradas por extraños; lo que mi padre siempre temió ha sucedido. Esto también te lo debo a ti, ya que eres el culpable de todo. ¡Te odio con toda mi alma, y deseo que pronto te mueras! ¡Sólo Dios sabe cuánto estoy sufriendo! ¡Sólo Él sabe el dolor que me destroza el corazón! ¡Te maldigo con todas las fuerzas de mi alma! Creí que eras un hombre excepcional, un genio; por ello te amé, pero me demostraste que sólo eras un loco...»

Kovrin no pudo seguir leyendo; rompió la carta y tiró al suelo los pedazos. Se hallaba dominado por el agotamiento y la desesperación. Al otro lado del biombo dormía Bárbara Nikolayevna; podía oír su respiración. Aquella carta le había aterrorizado. Tania le maldecía, le deseaba que se muriese. Miró hacia la puerta, como temiendo que por ella entrara aquel poder desconocido que durante dos años había arruinado su vida y las de quienes le habían rodeado.

Por experiencia sabía que, cuando los nervios se desataban, lo mejor era refugiarse en un trabajo. De modo que cogió su cartera de mano y sacó una compilación que había pensado acabar durante su estancia en Crimea si se aburría con la inactividad. Se acomodó frente a la mesa y se puso a trabajar en aquella compilación, creyendo que sus nervios se calmaban, poco a poco. 

Luego pensó que para conseguir aquella cátedra de filosofía había debido estudiar durante quince años, llegado a los cuarenta, trabajado día y noche, padecido una grave enfermedad, sobrevivido a un matrimonio frustrado; había sido culpable de mil injurias y crueldades que le torturaba recordar. 

Sí, tenía que admitir todo esto. Había sufrido y había hecho sufrir sólo para ser una mediocridad. Sí, se dio cuenta de que era una mediocridad, y lo aceptó así, pensando que cada hombre debe estar satisfecho con lo que realmente es.

Pero había muchas cosas que no podía olvidar. Los trozos de la carta de Tania, esparcidos por el suelo, avivaron más aún su tortura psíquica. Se agachó y los recogió; lanzó aquellos fragmentos por la ventana. Se sintió dominado por el terror, y tuvo la extraña sensación de que en aquella posada no había ningún ser viviente excepto él... Se dirigió al balcón. Desde allí se divisaba la bahía, con sus aguas tranquilas y las luces de los barcos. Hacía calor y bochorno, y por un instante pensó lo agradable que sería bañarse en aquellas aguas.

De repente, debajo de su balcón, oyó la música de un violín y el canto de dos mujeres. Eso le hizo recordar una escena lejana, allá en las plantaciones de Igor Semionovich. La letra de aquella canción se refería a una muchacha, enferma imaginativa, que oía por la noche en su jardín unos sones misteriosos, y hallaba en ellos una armonía y un tono de santidad incomprensibles para nosotros los mortales... Kovrin se cogió la cabeza entre las manos, su corazón dejó de latir, y el mágico y misterioso éxtasis, olvidado hacía ya mucho tiempo, volvió a temblar en su corazón.

Una columna alta y negra, como un ciclón o una tromba marina, apareció en la costa opuesta. Se deslizaba con increíble velocidad en dirección a la posada; luego se hizo más y más pequeña, y Kovrin se apartó para dejarle paso... El monje, aquel monje de cabellos grises, cejas negras y pies desnudos, con las manos cruzadas sobre su pecho, pasó junto a él y se detuvo en el centro de la habitación.

–¿Por qué no me creyó? –preguntó en un tono de reproche, mirándole a los ojos–. Si hubiese creído en mí cuando le dije que era un genio, estos dos últimos años no habrían pasado tan triste y estérilmente.

Kovrin volvió a creer que era un elegido de Dios y un genio; recordó todas las conversaciones que sostuvo con el Monje Negro, y quiso responderle. Pero la sangre fluyó de su garganta; no supo qué hacer y se llevó las manos al pecho, empapando de sangre los puños de su camisa. Quiso llamar a Bárbara Nikolayevna, que dormía tras el biombo, y haciendo un esfuerzo, gritó:

–¡Tania!

Cayó al suelo, y, levantando las manos, volvió a gritar:

–¡Tania!

Gritó llamando a Tania, al gran jardín con sus maravillosas flores, al parque, a los pinos con sus raíces al descubierto, al campo de centeno, a su ciencia, su juventud, su osadía y su felicidad; gritó llamando a la vida que había sido tan hermosa. Vio en el suelo, delante de sí, un gran charco de sangre, y era tanta su debilidad que no pudo articular ni una sola palabra. 

Pero, cosa extraña, una infinita e inexplicable alegría llenó todo su ser. Debajo del balcón seguía oyéndose la música de la serenata. El Monje Negro se acercó a él y le susurró al oído que era un genio, y que moría porque su débil cuerpo había perdido el equilibrio y no podía servir más de cobertura de un genio.

Cuando Bárbara Nikolayevna se despertó y salió de atrás del biombo, Kovrin estaba muerto. Pero su rostro estaba helado en una impasible sonrisa de felicidad.

La renta espectral - Henry James (Parte 2)

Durante varios días, pregunté discretamente a varias personas de confianza si conocían a un tal capitán Diamond. Ninguna de ellas había oído hablar nunca de él. De repente caí en la cuenta de que disponía de una fuente donde podría informarme, quizá, sobre el extraño viejecillo. 

Aquella excelente persona me había obsequiado en su mesa en numerosas ocasiones, y solía dispensar su hospitalidad a los estudiantes, a veces durante toda una semana. Tenía una hermana, tan bondadosa como él, de una conversación tan amena y variada que era un verdadero placer hablar con ella. 

Era conocida como miss Deborah, una vieja criada en el sentido más amplio del término. Tenía el cuerpo deforme y nunca salía de su casa; se pasaba todo el día sentada junto a la ventana, entre una jaula de pájaros y una maceta de flores, haciendo pequeñas labores en tela —unas misteriosas bandas y volantes—. Me constaba que era una virtuosa con la aguja, pues sus trabajos eran pagados a muy alto precio en toda la comarca. 

Por lo demás, era una mujer observadora en extremo, y no se le escapaba ningún detalle de todo lo que pasaba dentro y fuera de su casa. Le gustaba charlar con quienes le eran simpáticos. En efecto, nada le agradaba más que el que una persona —sobre todo si era un estudiante de teología— se sentara a su lado junto a la ventana y conversara con ella durante veinte minutos.

«¿Y qué, amigo mío, cuál es la última monstruosidad en crítica sobre los textos bíblicos?», acostumbraba decir siempre esta buena señora, pues se horrorizaba al comprobar que aquella época se caracterizaba por su extremado racionalismo. Pero, en su fuero interno, aquella excelente dama era un auténtico filósofo, y me constaba que era más racionalista que cualquiera de nosotros. 

Estaba seguro de que, si se lo hubiera propuesto, habría planteado más de una pregunta a problemas a los que, a la mayoría de los estudiantes de teología, nos habría costado trabajo responder. Desde su ventana se dominaba todo el pueblo, o más bien todo el campo. Se enteraba de todo lo que pasaba mientras cosía junto a su soleada ventana, hamacándose en una pequeña mecedora. 

Era la primera en enterarse de cualquier cosa y la última en olvidarla. Conocía todos los chismorreos del pueblo y sabía muchas cosas de gente que nunca había visto siquiera. Cuando en cierta ocasión le pregunté cómo sabía tantas cosas, me contestó: «¡Oh, es que estoy siempre mirando!»

—Solo tiene usted que observar detenidamente todo lo que sucede a su alrededor —me dijo—, y con ello ya tiene bastante, no importa dónde se encuentre. La única cosa que necesita es tener algo con qué comenzar; lo demás ya viene rodando; una cosa conduce a otra, y todo está vinculado. Enciérreme usted en una habitación oscura, y a la media hora podré decirle cuáles son las partes más oscuras de la misma. Y después de esto, soy capaz de indicarle, si me da tiempo, lo que cenará esta noche el presidente de los Estados Unidos de América.

En cierta ocasión, con el fin de halagarla, hice el siguiente comentario:

—Sus observaciones son tan finas como sus agujas, y sus conclusiones tan hermosas como sus bordados.

Inútil decir que miss Deborah conocía la historia del capitán Diamond. Se había hablado mucho de él hacía ya bastantes años, pero el capitán sobrevivió al escándalo en que se vio envuelto su nombre.

—¿Qué escándalo fue ese? —le pregunté.

—Mató a su hija.

—¿Mató a su propia hija? —exclamé horrorizado—. ¿Cómo lo hizo?

—¡Oh, no fue con una pistola, ni con un puñal, ni con una dosis de arsénico! La mató con su lengua. ¡Ya conoce usted lo que es la lengua de un humano! El capitán Diamond la imprecó con algún horrible juramento... y pocos días después, moría su hija.

—¿Qué hizo su hija?

—Recibió en su casa a un joven que la amaba —contestó miss Deborah bajando la voz—, y a quien su padre había prohibido la entrada.

—¿La casa? —murmuré—. ¡Ah, sí! Esa casa que está en las afueras del pueblo, a dos o tres millas de aquí, en el cruce solitario de un camino.

Miss Deborah levantó inmediatamente sus ojos, mientras cortaba el hilo con sus dientes.

—¿Conoce usted esa casa? —preguntó.

—Un poco —repuse—. La he visto. Pero quiero que me cuente más cosas.

Mas al oír mis palabras, miss Deborah adoptó un mutismo muy impropio en ella, una mujer tan charlatana.

—¿Me promete que no me calificará de supersticiosa si le digo una cosa? —dijo miss Deborah.

—¿Supersticiosa usted? Vamos, por Dios, es la persona más sensata que he conocido en toda mi vida.

—Pues bien, cada paño tiene su descosido, y cada aguja su grano de moho. Si he de ser sincera, no me gusta hablar de esa casa; no, no me gusta.

—Hágalo, por favor —respondí—; no puede imaginarse lo mucho que ha excitado mi curiosidad.

—Sí, ya lo veo, no hace falta que me lo diga, pero me pone nerviosa referirme a este tema.

—¿Qué daño puede hacerle el hablar de una cosa como esta? —contesté, animándola a proseguir.

—A una amiga mía le hizo mucho daño —respondió miss Deborah, moviendo la cabeza.

—¿Qué hizo su amiga?

—Me contó el secreto del capitán Diamond, quien le había advertido que no se lo dijera a nadie. El capitán estimaba mucho a esta amiga mía y por ello le hizo aquella confidencia. Le previno que si lo divulgaba, desobedeciendo su advertencia, algo horriblemente espantoso le sucedería.

—¿Y qué le pasó a su amiga?

—Murió.

—Todos somos mortales, mi querida amiga. ¿Acaso le hizo ella alguna promesa?

—Mi amiga no se tomó en serio las palabras del capitán, no creyó en ellas. Me contó toda la historia con pelos y detalles, y tres días después se le inflamaron los pulmones. Un mes después, aquí, junto a esta misma ventana, le cosí la mortaja. Desde entonces, no he vuelto a referirme a esa historia.

—¿Era una historia muy extraña? —pregunté.

—Sí, era muy extraña, muy misteriosa, pero, a la vez, algo ridícula. Sí, se trataba de un relato que hacía reír y estremecerse al mismo tiempo. Pero no pienso decirle nada. Estoy segura de que, si se la contara, me pincharía con la aguja en un dedo y a la semana siguiente moriría de tétanos.

Al oír sus palabras, consideré que no debía insistir más, me despedí de ella y me marché. Pero cada dos o tres días venía a visitarla después de la comida de mediodía, y me sentaba junto a su mecedora. No hice más alusiones al capitán Diamond, limitándome a cortar trocitos de tela con sus tijeras. Hasta que un día, miss Deborah me dijo que tenía mal aspecto y que estaba muy pálido, preguntándome si me encontraba enfermo.

—Sí, lo estoy: me estoy muriendo de curiosidad —repuse, con cierta astucia—. He perdido por completo el apetito, y hoy aún no he comido.

—Pues acuérdese de la esposa de Barba Azul —dijo, con cierta ironía en sus palabras.

Como miss Deborah permanecía callada, me levanté con aire melodramático y me dirigí hacia la salida, dándole las buenas tardes. Pero al abrir la puerta, la señora me llamó e indicó con un gesto la silla que acababa de abandonar.

—Nunca he tenido un corazón duro —dijo—. Vamos, siéntese y le contaré toda la historia. Y de este modo, si hay que morir, lo haremos los dos juntos.

En breves palabras me contó lo que sabía del secreto del capitán Diamond.

—Era un hombre muy duro, y aunque amaba con locura a su hija, su voluntad era ley. Había escogido un marido para ella, comunicándole su elección. Su madre había muerto, y ambos vivían solos en aquella casa, que había aportado como dote su difunta esposa; el capitán no tenía un céntimo. Después de casarse, ambos se vinieron a vivir a esa mansión, y el capitán se dedicó a sus tierras. 

El pobre enamorado de su hija era un joven de Boston, con un bigote de puntas. Una tarde llegó de improviso el capitán y los encontró juntos; con feos modales expulsó al joven de la casa y luego imprecó a la pobre chica con un terrible juramento. Pero el joven se volvió y le gritó al capitán que su hija era su esposa. 

Luego, dirigiéndose a ella, le exigió que corroborara lo que acababa de decir, pero la joven, aterrorizada, dijo que no era cierto. Entonces el capitán, enfurecióse más aún, repitió su maldición, la echó de la casa y la repudió para siempre. Luego el capitán se marchó del lugar.

Cuando regresó unas horas más tarde, encontró su hogar vacío. Sobre la mesa había una nota del joven enamorado, la que le decía que había matado a su hija, repetía una vez más que era su esposa y que se había reservado el derecho de enterrarla él mismo, por lo que se había llevado su cuerpo en un calesín. 

El capitán Diamond escribió una carta diciéndole que no creía que su hija estuviera muerta, pero que de todos modos, para él, sí lo estaba. Una semana más tarde, a eso de la medianoche, el capitán vio el fantasma. Supongo que entonces se convenció de su muerte. El espíritu reapareció varias veces, y, finalmente, frecuentó con regularidad la mansión. Esto amargó la vida del capitán, y la pasión que siempre había sentido por su hija dio paso a una gran pesadumbre y profunda aflicción. 

Al fin decidió abandonar el lugar, tratando de alquilarlo o venderlo, pero como la historia se había hecho del dominio público y algunas personas sostenían que habían visto al fantasma de su hija, y otras historias a cada cual más tétrica, nadie se atrevió a cerrar trato. 

Aquella casa, junto con las tierras, eran los únicos bienes que poseía el capitán, por lo que, si no podía venderlos ni alquilarlos, como tampoco habitar en ellos, no le quedaba otra alternativa que vivir de las limosnas.

Pero el fantasma de su hija no tuvo piedad de su padre, igual que él nunca la tuvo de ella y de su enamorado. Durante seis meses el capitán ocupó aquella casa mortificado por las frecuentes visitas del espectro de su hija, pero al fin ya no pudo soportarlo más. Cogió su vieja capa azul, recogió las cosas más imprescindibles y decidió acabar sus días mendigando su pan. Cuando se disponía a abandonar la casa, el fantasma de su hija cedió y le hizo una proposición. 

«Déjame la casa —dijo—; la he marcado con las tristes huellas de mi desgraciado destino. Márchate y vete a vivir a otro sitio. Mas para que tengas dinero con el cual subsistir, yo seré tu inquilina, dado que nadie se atreve a serlo, y te pagaré una renta por su alquiler». ¡Una renta espectral! Entonces el fantasma fijó una cantidad. El anciano la aprobó, y cada trimestre va a la casa a recogerla.

Me eché a reír al escuchar este relato, mas también debo confesar que me estremecí, ya que aquello corroboraba lo que había observado con mis propios ojos. ¿Acaso no había sido testigo de aquellas visitas trimestrales del capitán Diamond? 

Desde luego, yo no había visto al espectral inquilino contar el dinero y entregárselo a su padre, pero sí había visto cómo el anciano, al salir de la casa, ocultaba una bolsa de dinero en uno de los bolsillos de su raída capa azul. No dije nada de todo esto a miss Deborah, ya que temía que, de hacerlo, se horrorizaría. Así pues, decidí esperar a resolver todo este misterioso asunto, y luego tener el placer personal de relatárselo todo a la anciana señora.

—¿No tenía más bienes el capitán? —pregunté—. Otros medios de subsistencia, quiero decir.

—Nada en absoluto. No contaba con nada, absolutamente nada, excepto la renta que paga el espectro de su hija. ¡Una casa embrujada, habitada por un fantasma, es una propiedad de mucho valor!

—¿Con qué clase de moneda —pregunté sonriéndome— paga el fantasma?

—Con auténticas monedas de oro y plata de los Estados Unidos. Este dinero solo tiene una peculiaridad: está acuñado en una fecha anterior a la muerte de su hija. Como verá —prosiguió miss Deborah—, es una extraña mezcla de materia y espíritu.

—¿Es dadivoso el fantasma? ¿Es muy alta la renta que le paga al capitán?

—No lo sé; debe ser una buena cantidad, ya que el capitán Diamond vive con holgura, tiene una casita al borde del río con un jardín en la parte posterior, fuma todas las pipas que quiere y nunca le faltan unos chelines para tomarse sus buenas jarras de cerveza. En ese lugar está pasando los años que le restan de vida, con una sirvienta negra que hace las faenas hogareñas. 

Hace algunos años acostumbraba visitar con frecuencia el pueblo, donde era una persona conocida por todo el mundo, pese a que la mayoría de la gente conocía su triste leyenda. Pero últimamente se encerró en su casita, como un caracol en su concha, y allí pasa los días, sentado junto a la chimenea, olvidado por todos los habitantes del pueblo. Pero creo que su conducta presente obedece más bien a que ya ha entrado en esa edad de la chochería, a la que todos llegaremos cuando tengamos sus años. 

En lo que respecta a sus facultades físicas, estoy convencida de que aún tiene la suficiente agilidad y fuerza como para caminar hasta su vieja mansión y recoger, cada trimestre, la renta del fantasma. Aunque también es cierto, según creo recordar, que una de las condiciones que el espectro de su hija le impuso, el día que llegaron a aquel acuerdo, era que debía ir personalmente a recoger el dinero.

Aquella confesión por parte de la anciana señora no nos trajo ninguna desgracia. Los días pasaban y miss Deborah continuaba junto a su soleada ventana, cosiendo y chismorreando, sin que le acaeciera ningún maléfico percance. 

A mí tampoco me ocurrió cosa alguna por haber oído aquel secreto, pues seguí con mi vida usual sin que nada misterioso y dañino me sucediera. Volví a visitar el cementerio más de una vez, pero siempre me llevaba la desilusión de no encontrar al viejo capitán Diamond. 

Sin embargo, al final una idea luminosa cruzó por mi mente, fruto de mis observaciones: el anciano acostumbraba ir a recoger su renta al fin de cada trimestre. Y como la vez que le vi fue el 31 de diciembre, estaba seguro de que la próxima sería el último día de marzo. Esa fecha estaba ya cercana.

Cumplido el término, me dirigí a la vieja mansión y me oculté entre los arbustos, esperando verle aparecer de un momento a otro. Había escogido la hora del crepúsculo, ya que aquella fue la oportunidad en que lo vi llegar la primera vez. No me equivoqué en mis suposiciones. 

Llevaba ya cierto tiempo esperando, cuando de repente se presentó de la misma manera que la primera vez que le vi. Avanzó hacia la casa con idénticas precauciones, se detuvo ante la puerta, hizo las reverencias, y luego penetró en el interior. 

Una luz apareció en cada rendija de las persianas, y, una vez más, volví a abrir aquella ventana baja, tal como lo hiciera antes. De nuevo contemplé la gran sombra reflejada en la pared, inmóvil, solemne. Pero no vi nada más. Al fin, el hombre reapareció, hizo las reverencias de siempre, y desapareció en el oscuro camino, mientras yo permanecía escondido.

Un día, pasado ya un mes desde este incidente, volví a encontrarme con el capitán Diamond en el cementerio de Mount Auburn. El aire estaba saturado del característico aroma primaveral; los pájaros habían regresado y piaban en las ramas de los árboles en flor, mientras el suave viento del oeste murmuraba entre las hojas de los arbustos. 

El anciano capitán se hallaba sentado en un banco, de cara al sol, envuelto en su vieja capa azul, y apenas me acerqué a él, me reconoció de inmediato. Me recibió con un gesto de cabeza idéntico al que se da al verdugo para que decapite a un reo, pero, en el fondo, intuí que se alegraba de volver a encontrarme.

—He venido muchas veces por aquí con el fin de poder verle —dije después de saludar cortésmente—. ¿No frecuenta usted este lugar?

—¿Qué desea de mí? —preguntó.

—Gozar del placer de su amena conversación —repuse con dulzura, al darme cuenta del tono de su voz—. Fue tan grato oírle la última vez que nos vimos, que siempre he guardado la esperanza de volver a encontrarle.

—¿Le pareció divertida mi conversación?

—Interesante, muy interesante.

—¿No pensó que era un viejo chiflado?

—¿Chiflado...? Mi querido señor, permítame que proteste por esa idea descabellada que...

—Soy el hombre más cuerdo del mundo —repuso el viejo capitán Diamond—. Ya sé que esto es lo que suelen decir todos los locos, pero, por suerte o por desgracia, no pueden probarlo. ¡Yo, sí puedo!

—Le creo —respondí con aire de persona plenamente convencida de lo que le dicen—. Pero me gustaría saber cómo se demuestra tal cosa.

Permaneció silencioso durante un instante.

—Se lo diré. Una vez cometí, sin intención, un crimen, un gran crimen. Ahora estoy pagando la penitencia a la que he consagrado lo que me resta de vida. Pero no escondo la cara, hago frente a la realidad de las cosas de la vida. No me he desentendido de mi delito, no lo he apartado de mi mente, ni he tratado de huir. La penitencia es terrible, pero la he aceptado tal como es. ¡He sido un verdadero filósofo! 

Si fuese católico, me habría metido a monje y habría pasado el resto de mi vida haciendo penitencia y orando; mas esto no es un castigo, sino una evasión; esto es huir de la dura y cruel realidad. Podía haberme pegado un tiro en la cabeza y hacer pedazos mi cerebro, o torturarme hasta enloquecer. No lo hice, ni lo haré. 

Sé enfrentarme a los hechos y aceptar sus consecuencias. Y estas, en mi caso, son horrorosas. Pero las he aceptado hasta el día de hoy, y las admitiré hasta mi muerte. Esto es lo que debo hacer. Por lo menos así lo considero. Es muy lógico.

—Admirablemente lógico —le respondí—. Pero despierta mi curiosidad y mi compasión.

—Sobre todo su compasión, ¿no es así? —dijo el viejo capitán—. Sí, ya lo veo en su mirada.

—Perdóneme, pero es comprensible mi postura: si supiera con exactitud qué es lo que le hace sufrir a lo mejor ya no le compadecería.

—Se lo agradezco mucho, pero no necesito su piedad; no me serviría de nada. Y ahora le voy a decir una cosa, pero no por mi bien, sino por el suyo. Sí, no ponga usted esa cara, pues le hablo con mucha seriedad.

El anciano hizo una pausa y miró alrededor suyo, como si temiera que alguien estuviera escuchando. Esperé ansiosamente su revelación, pero me desilusionó.

—¿Sigue usted estudiando teología?

—Sí, claro que sí —repuse en un tono de voz que reflejaba mi desencanto—. Es una cosa que no se puede aprender en seis meses.

—Yo pienso lo contrario —respondió—, ya que he observado que solo confía en lo que dicen los libros. Hay un refrán que dice: «Un grano de experiencia vale más que una tonelada de conceptos». ¿Conoce usted este adagio? Yo soy un gran teólogo.

—Ah, veo que ha tenido experiencias en el terreno teológico —contesté con amable sonrisa.

—Usted habrá leído mucho sobre la inmortalidad del alma, y ha estudiado las teorías de Jonathan Edwards y del doctor Hopkins sobre este mismo tema, llegando a la conclusión, después de analizar capítulo por capítulo, de que todo ello es cierto. Pero esto lo sabe usted porque lo ha leído en los libros. ¡Pero yo lo he visto con estos ojos; lo he tocado con estas manos!

Al llegar a este punto de la conversación, el capitán Diamond elevó de repente sus viejos y nudosos puños y los chocó con violencia el uno contra el otro. Luego, más calmado, prosiguió hablándome.

—Esto es mucho mejor que las teorías, mas he pagado un precio muy alto por saberlo. Sí, hace bien en aprenderlo en los libros; evidentemente, es lo mejor. Es usted un chico muy bueno, y estoy seguro, hijo mío, de que nunca tendrá un crimen sobre sus espaldas.

Le contesté, con cierta fatuidad juvenil, que, como todo ser humano, tendría mis pasiones, mis flaquezas, pero que estaba convencido de que nunca llegaría a cometer un crimen, máxime si estudiaba teología.

—Lo creo —me respondió—, pues tiene un carácter muy bueno. Yo también lo tengo ahora. Pero hubo una época de mi vida en que fui un hombre muy brutal; sí, muy brutal. Creo que tengo el deber de decirle que existe mucha maldad en este mundo. ¡Maté a mi propia hija!

—¿Que mató a su propia hija?

—La hundí en la madre tierra de un golpe y allí la dejé morir. Pero no pudieron ahorcarme porque no la golpeé con mi mano. La maté con horribles y condenables palabras. Los jueces no podían ahorcarme por esto. ¡Estas son las leyes maravillosas de nuestra amada patria! Pues bien, mi querido amigo, yo puedo garantizar que el alma es inmortal en lo que respecta a mi hija. Tenemos una cita para encontrarnos cuatro veces al año, aunque el resto del tiempo no la veo.

—¿Nunca le ha perdonado?

—Lo ha hecho de la misma manera en que perdonan los ángeles. Y esto es lo que más me tortura y enloquece. Siempre me mira con ojos tiernos y dulces, como un angelito de los cielos. Preferiría que me clavase un cuchillo en el corazón a soportar esta tortura. Dios mío. Dios mío.

Y al decir estas palabras, el capitán Diamond inclinó la cabeza sobre su bastón, profundamente abatido, apoyando la frente sobre las manos cruzadas.

Aquella escena me impresionó y emocionó, y sentí una imperiosa necesidad de hacer más inquisiciones sobre su triste situación. Antes de que pudiera formular las preguntas que bullían en mi cerebro, el capitán se levantó, y se puso su vieja capa raída. Era evidente que no estaba acostumbrado a desahogarse con nadie, ni a confesar aquellos penosos recuerdos que día y noche mortificaban su alma. Ello me hizo sentir una gran lástima por el pobre anciano.

—Perdóneme —dijo—, pero ahora tengo que marcharme, es decir, arrastrarme con este bastón por ese duro camino de la vida que aún me queda por recorrer.

—¿Puedo confiar —pregunté, inquieto— en que nos volveremos a ver en este lugar?

—Mi joven amigo, tenga en cuenta que soy un anciano decrépito y sin fuerzas. Este sitio está muy lejos de mi residencia. Debo reservar mi energía para ir a otro lugar. A veces me paso semanas enteras sentado junto a la chimenea, fumando mi pipa en un viejo aunque confortable sillón. Pero me gustaría volverle a ver.

Al llegar a este punto el viejecillo enmudeció, me dirigió una mirada fría y bondadosa al mismo tiempo, y añadió, emocionado:

—Algún día, quizá, me encontraré en condiciones de poner mi mano sobre el hombro de un joven honesto y decente como usted... Si un hombre es capaz de tener un amigo, ello significa que ha ganado algo, que ha hecho una gran conquista. ¿Cuál es su nombre?

Tenía yo en mi bolsillo un libro pequeño, los Pensamientos de Pascal, en cuya contraportada estaban escritos mi nombre y mi dirección. Lo saqué y se lo entregué a mi viejo amigo.

—Le ruego que acepte este libro. Es una de las obras que más me han gustado de todas las que he leído. Su lectura le dirá algo sobre mí.

El anciano capitán lo cogió, lo hojeó con lentitud, y luego me miró a los ojos, mientras decía:

—No soy un gran lector, pero no puedo rechazar el primer regalo que he recibido desde que me ocurrió aquella tragedia... Es probable que este sea el último obsequio que reciba en lo que me queda de vida. Gracias, mi joven amigo; no sabe cuánto se lo agradezco.

Y echó a andar con mi pequeño libro en sus manos.

Durante muchos días estuve sin verlo, imaginándolo sentado junto a la chimenea en su viejo sillón, con su pipa en la boca y leyendo mi librito. Al final se presentó la oportunidad de volver a encontrarme con él, ya que era el último día de junio, es decir, el término de otro trimestre, y, con toda seguridad, iría a la vieja mansión a recoger la renta del espectro. 

Durante el mes de junio, el sol tarda mucho en ocultarse, por lo que estaba impaciente. Por fin, hacia la hora del crepúsculo de un hermoso día de verano, me dirigí hacia la casa del capitán Diamond. Todo era verde alrededor de la mansión antigua, excepto el marchito jardín en la parte posterior. Mas aquellas tristeza y soledad en que estaba envuelta cuando la vi por primera vez bajo un cielo gris y frío de diciembre continuaban allí. 

Cuando me acerqué a la casa, comprobé que había fallado en mis propósitos, pues tenía pensado llegar antes que el capitán y rogarle que me dejara entrar con él. Esta vez el anciano se me había adelantado y ya se veía luz a través de las rendijas de las ventanas. Consideré incorrecto molestarle penetrando furtivamente por aquella ventana baja, por lo que decidí esperar a que saliera de la mansión. Al cabo de unos instantes se apagaron todas las luces, se abrió la puerta y apareció el capitán Diamond. 

Aquella tarde no hizo ninguna reverencia al salir de la casa, por la sencilla razón de que, cuando se disponía a hacerlo, vio a su joven amigo plantado ante la puerta de la mansión, en actitud correcta pero firme y decidida. Se detuvo en seco, me miró, y esta vez su rostro de mal cariz estuvo en consonancia con la imprevista situación.

—Sabía que estaba usted aquí —me dijo—. Vine a propósito.

El capitán parecía abatido, desilusionado, y miraba alrededor de la casa como si temiera algo.

—Le pido perdón —dije— si he pecado de atrevimiento, pero fue usted mismo, como recordará, quien me alentó con sus palabras y sus teorías.

—¿Cómo sabía que estaba aquí?

—Pura deducción. Usted me contó una mitad de su historia y yo adiviné la otra. Soy una persona muy observadora, y me di cuenta de las extrañas características de esta casa en cierta ocasión que pasé por aquí. Sí, me pareció una mansión encantada, que encerraba algún misterio, quiero decir. Cuando me dijo que había visto unos espíritus, deduje que solo podría haber sido en este extraño lugar.

—Ya veo que es un joven muy inteligente. ¿Anda qué le trae por aquí?

Debía eludir esta pregunta.

—Pues verá usted. Acostumbro venir muy a menudo por este lugar. Me gusta contemplar la misteriosa y antigua mansión. En una palabra, me fascina.

—Pues yo no veo nada de agradable en esta casa —dijo, mientras se volvía y contemplaba la parte exterior del edificio.

Era evidente que al capitán le era indiferente la apariencia exterior de la morada, a pesar de su aire misterioso. Esta extraña actitud suya, considerando que en aquel momento nos encontrábamos en casi plena oscuridad, hizo que yo sintiera vagos escrúpulos y cierta aprensión.

—Estaba ilusionado con ver el interior de esta casa. Pensé que lo encontraría aquí y que me dejaría entrar. Siempre he conservado la esperanza de poder ver lo mismo que usted.

El anciano pareció alarmarse al oír mis palabras, pero su rostro permaneció rígido, inmutable. Luego me puso una mano en el hombro, diciendo:

—¿Sabe acaso lo que yo veo?

—¿Cómo podría saberlo? La única forma de comprobar las cosas es, como usted ya dijo en cierta ocasión, mediante la experiencia... Deseo tener esa experiencia. Por favor, abra la puerta y déjeme entrar.

Los ojos del capitán Diamond brillaron bajo sus tupidas cejas negras, y después de contener la respiración por unos segundos, intentó disculparse por no poder complacerme. Luego se echó a reír, y su rostro adoptó una forma grotesca, como si se hubiera vuelto loco.

—¿Dejarle que entre en la casa? ¿Conmigo? Mi querido y joven amigo, no entraría en esa casa antes del tiempo que tengo concertado con el espectro de mi hija ni por una suma mil veces mayor a la que ella me da cada trimestre. Yo convine con el espíritu de mi hija que solo vendría a recoger la renta cuatro veces al año, al final de cada trimestre; solo en esas oportunidades.

Acto seguido, el anciano capitán Diamond metió la mano en uno de los bolsillos del raído manto y me enseñó un montoncito de monedas, envuelto en la punta de un viejo pañuelo de seda.

—Es muy pequeña la cantidad de dinero que me entrega, pero no deseo más, si para ello tengo que entrar de nuevo en la casa.

—La primera vez que tuve el honor de hablar con usted —le contesté rápidamente—, me dijo que la cosa no era tan terrible.

—Tampoco lo digo ahora —respondió enfurecido el capitán—; pero es muy desagradable.

La forma en que pronunció este adjetivo me hizo dudar. Mientras meditaba, oí como un murmullo en una de las persianas, acompañado de un tenue movimiento. Levanté la cabeza en el acto, pero no vi nada; todo seguía inmóvil y silencioso. El capitán, mientras tanto, también había estado reflexionando. De repente, se volvió hacia mí, e indicándome la casa dijo:

—Lo he pensado mejor: si desea entrar solo, puede hacerlo.

—¿Me esperará aquí?

—Sí; no creo que tarde mucho en salir.

—Pero es que la casa está completamente a oscuras. Usted llevaba una luz cuando entró.

El capitán Diamond introdujo la mano en uno de los bolsillos de la capa y, después de hurgar durante unos instantes, sacó algunos fósforos y me dijo:

—Tome esto. Cuando entre, encontrará dos candelabros con cirios sobre la mesa del vestíbulo. Enciéndalos, cójalos en la mano y... ¡adelante!

—¿Andó adónde me dirijo?

—A cualquier parte..., a todas partes. Ya se encargará el espectro de encontrarle.

 

 

(CONTINUARÁ...) 

La mujer del sacerdote budista - Oliver Schreiner

Hace muchos años, en un piso londinense situado al final de largos tramos de escalera, ardía el fuego en una chimenea. En las paredes se veían las marcas que habían dejado los cuadros, ya descolgados; el papel pintado tenía florecillas azules, en el suelo había una alfombra azul de fieltro, y junto al fuego, a un lado, una mujer en una silla.

En aquel momento se abrió la puerta y entró la anciana que se ocupaba del portal.

-¿Quiere algo esta noche?- preguntó.

-No, sólo estoy esperando una visita; cuando haya venido, me iré,

-¿Se han llevado ya todas sus cosas?

-Sí, dejo sólo esto.

La anciana bajó de nuevo, pero volvió a subir con una taza de té en la mano.

-Bébase esto, sienta bien: nada ayuda tanto como el té cuando una se ha pasado el día embalando cosas.

La joven que estaba junto al fuego no le dio las gracias, pero acarició la mano de la mujer de la muñeca a los dedos.

-Me despediré de usted cuando salga.

La mujer atizó el fuego, echó los últimos carbones y se marchó. Cuando hubo salido, en lugar de tomarse el té, la joven sacó una pequeña pitillera de plata del bolsillo y encendió un cigarrillo. Fumó un rato junto al hogar; después se levantó y anduvo por la habitación.

Poco después se sentó de nuevo al lado de la chimenea. Tiró la colilla del cigarrillo al fuego y empezó otra vez a ir y venir con las manos a la espalda. Regresó a su asiento y encendió otro cigarrillo. Volvió a dar vueltas por la habitación. Luego se sentó y contempló el fuego; unió con fuerza las palmas de las manos y se quedó mirándolo fijamente.

Se oyó entonces un rumor de pasos en la escalera y alguien llamó a la puerta.

La mujer se levantó, echó la colilla a las llamas y dijo sin moverse del sitio:

-¡Adelante!

Se abrió la puerta y apareció un hombre vestido de etiqueta con un sobretodo abierto.

-¿Me permite? No he podido librarme de esto abajo, no he visto dónde dejarlo. -Se quitó el abrigo-. ¿Cómo está usted? ¡Esto es un auténtico nido!

Ella le indicó una silla.

-Espero que no le moleste que le haya pedido que venga.

-Oh, no. Estoy encantado. Pero he encontrado la nota en mi club hace veinte minutos. ¿Así que se va a la India? ¡Qué maravilla! Pero ¿qué va usted a hacer allí? Si no me equivoco, fue Grey quien me contó hace seis semanas que se iba usted, aunque lo comentó como una de esas historias míticas que no merecen mucho crédito. Sin embargo, todavía no lo entiendo, a mí no me sorprende nada. -La miró con una expresión entre divertida e interesada-. ¡Cuánto tiempo desde que nos vimos por última vez! ¿Seis meses? ¿Ocho?

-Siete -dijo ella.

-De veras, tenía la sensación de que me evitaba usted. ¿Qué ha estado haciendo todo este tiempo?

-Oh, he estado ocupada. ¿No quiere un cigarrillo? -preguntó ella tendiéndole la pitillera.

-¿Fumará usted también? Ya sé que no le parece bien fumar en presencia de hombres, pero puede hacer una excepción en mi caso.

-Gracias. -La mujer encendió el suyo y le pasó las cerillas.

-Pero dígame, de verdad, ¿qué ha estado haciendo todo este tiempo? Ha desaparecido usted de la vida civilizada. Cuando estuve en casa de los Graham en primavera, dijeron que iba usted a ir y, al final, en el último momento, se echó atrás. Nos decepcionó a todos. ¿Y qué la lleva ahora a la India? ¿Va a ir a predicar la doctrina social y la igualdad intelectual a las mujeres hindúes e incitarlas a la revuelta? ¿Se casará usted con un viejo sacerdote budista, construirá una casita en lo alto del Himalaya y vivirá allí, hablando de filosofía y meditando? Me parece que eso es lo que a usted le gustaría. ¡No me sorprendería nada si me dijeran que lo ha hecho!

Ella se rió y sacó la pitillera. La mujer fumó lentamente.

-Llevo aquí mucho tiempo, cuatro años, y quiero cambiar. Me alegré de ver lo bien que le fue en las elecciones -añadió ella-. Tenía usted un gran interés, ¿verdad?

-Oh, sí. La lucha fue reñida. Eso dice en mi favor, aunque no era exactamente un asunto personal. Pero fue para mí una gran inquietud.

-¿No le parece que se equivocó al enviar aquella carta a los periódicos? -preguntó ella-. El silencio habría reforzado su postura.

-Sí, tal vez sí; ahora lo creo, pero me aconsejaron que la enviara. De todos modos hemos ganado, así que qué más da -dijo él, recostándose en la silla.

-¿Está usted bien?

-Oh, sí, muy bien; aburrido. Algunas veces uno no sabe para qué sirve tanto trabajo y tanto esfuerzo.

-¿Adónde irá de vacaciones este año?

-Oh, a Escocia, imagino; siempre voy allí; a la vieja casa.

-¿Por qué no va a Noruega? El cambio sería mayor para usted y significaría mayor descanso. ¿Le llegó un libro sobre la caza en Noruega?

-¿Fue usted quien me lo envió? ¡Qué amable! Lo leí con mucho interés. Estaba casi decidido a ponerme en camino en el acto. Supongo que es la vis inertiae que nos invade a medida que nos hacemos mayores lo que nos devuelve a los orígenes. Sería mucho mejor cambiar.

-Hay una lista al final del libro de las cosas exactas que hay que llevar -dijo ella-. Me pareció que ahorraba molestias; podría dársela a su criado y dejar que él se ocupara de todo. ¿Todavía lo tiene?

-Oh, sí. Me es tan fiel como un perro, me parece que no me abandonaría por nada. No me deja ir a cazar porque el pasado otoño me hice un esguince en el pie y tengo que ir a escondidas. Cree que no puedo tenerme en la silla con un esguince de tobillo; pero es muy buena persona; me cuida como una madre. -Fumó en silencio; el fuego brillaba en su chaqueta negra-. Pero ¿para qué se va usted a la India? ¿Conoce a alguien allí?

-No -dijo ella-, pero creo que es un lugar espléndido. Siempre he sentido gran interés por el Oriente. Es una vida compleja e interesante.

El se volvió y la miró.

-Va a buscar nuevas experiencias, dirá usted, imagino. Nunca he conocido a una mujer que se echara a perder como lo hace usted; una mujer con su atractivo que permitiera que se le escapara la vida entre los dedos y no hiciera nada por evitarlo. Debe de ser usted la mujer de más éxito de todo Londres. Oh, sí; ya sé lo que me va a decir: «Me da igual». Y ahí está la cosa: no le da igual. Va usted en pos de experiencias, va a conseguirlo todo, y nunca lo consigue. Dice que escribirá cuando sepa suficiente y nunca está satisfecha. Tendría que estar ganando dos mil al año pero le da igual. ¡Ahí está la cuestión! Vivir, enterrarse con un montón de antiguallas. Nunca hará nada. Podría tenerlo todo y lo deja escapar.

-Oh, tengo una vida muy plena -dijo ella-. Hay dos cosas que son realidades absolutas, el amor y el conocimiento, y no es posible eludirlas. -Había tirado el cigarrillo y contemplaba el fuego con una sonrisa.

-He dejado este piso a una amiga mía -añadió, mirando a su alrededor y sonriendo-. No sabe que le voy a dejar estas cosas. Le gustarán porque son mías. El mundo es muy hermoso, me parece a mí... delicioso.

-Oh, sí. Pero ¿qué hace usted con él? ¿Qué partido le saca? Debería sentar la cabeza y casarse, como las demás mujeres, en lugar de vagar por el mundo hasta la India y la China y Dios sabe dónde. Está arruinando su vida. Se rodea siempre de todo tipo de gente insólita. Si oigo que un hombre o una mujer es gran amigo suyo, siempre me digo: «¿Y a éste qué le pasa? ¿Ha perdido su dinero, se ha echado a perder él? ¿Tiene una enfermedad incurable?». Diría que sólo puede parecerle interesante una persona que padezca algún mal de mente o de cuerpo. Me parece que adora usted los harapos. ¡Mira que venir a encerrarse en un lugar así, lejos de todos y de todo! Es un error; es una majadería.

-Soy muy feliz -contestó ella-. Mire -dijo, inclinándose hacia el fuego con las manos sobre las rodillas-. Lo que importa es que algo te necesite. No es una cuestión de amor. Para qué estar cerca de algo si otras personas pueden ser de la misma utilidad que uno. Si los demás pueden ser más útiles es puro egoísmo. Lo que establece el lazo orgánico de la unión es la necesidad que unas cosas tienen de otras. A usted le gustan las montañas y los caballos, pero ellos no lo necesitan; Así pues, ¡de qué sirve decir nada! Imagino que lo más delicioso de la vida es sentir que algo te necesita y entregarse en el momento en que seamos necesarios. Aquello que no te necesita... hay que quererlo con cierta distancia.

-Oh, pero una mujer como usted debería casarse, debería tener hijos. Se malgasta usted en el primer mendigo anciano, la primera mujer desamparada o el primer criminal fugitivo con que se encuentra; será estupendo para ellos, pero para usted es un error. -Tocó suavemente la ceniza con la punta del dedo y la tiró-. Yo sí tengo la intención de casarme -dijo, volviendo a apoyar un codo sobre una rodilla y a ladear la cabeza, de modo que ella le veía el cabello castaño con rizos menudos un poco entreverados de gris en las sienes-. Es cosa curiosa que cuando un hombre alcanza cierta edad quiera casarse. No se enamora; no es que tenga planes concretos; es la sensación de que debe tener casa, mujer y niños. Supongo que es el mismo tipo de sensación que empuja a los pájaros a fabricar nidos en determinadas épocas del año. No es amor; es algo más. Cuando era joven despreciaba a los hombres que se casaban y me preguntaba por qué lo hacían; podían perderlo todo y no ganaban nada. Pero, cuando un hombre alcanza los treinta y seis, sus sentimientos cambian. No es amor o pasión lo que quiere; es un hogar; es una esposa y niños. Puede tener casa y criados, pero no es lo mismo. Yo habría dicho que a las mujeres les pasaba igual.

Ella guardó silencio un minuto, sosteniendo un cigarrillo entre los dedos; después dijo lentamente:

-Sí, algunas veces la mujer siente un curioso deseo de tener un hijo, especialmente cuando se acerca a los treinta o los sobrepasa. Es distinto al amor por una persona en concreto. Pero es algo que hay que superar. Para una mujer, el matrimonio es mucho más serio que para un hombre. Puede pasarse la vida sin encontrar al hombre al que sea capaz de querer y, si lo encuentra, quizá no sea conveniente o posible. El matrimonio se ha convertido en algo muy complejo, ahora que se ha transformado en algo tan intelectual. ¿No quiere otro?

Le tendió la pitillera.

-Puede encenderlo con el mío.

Se inclinó para encenderlo.

-Es usted un hombre que debería casarse. No tiene un trabajo que absorba su pensamiento y en el que interfiera una mujer; el matrimonio lo completaría. -Se reclinó, fumando serenamente.

-Sí -dijo él-. Pero hay demasiadas cosas que hacer en esta vida; nunca encuentro el momento de buscar una mujer y no me atraen esas bellezas sonrosadas tan comunes y que tanto gustan a algunos hombres. Yo necesito otra cosa. Si he de tener una esposa, tendré que ir a América a buscarla.

-Sí, una americana le convendrá más.

-Sí -dijo él-. No quiero una mujer a la que cuidar; tiene que ser autosuficiente y tampoco tiene que ser aburrida. Usted ya sabe lo que quiero decir. La vida está demasiado llena de preocupaciones para ocuparse además de una criatura indefensa.

-Sí -dijo ella levantándose y apoyando el codo en la chimenea-. El tipo de mujer que usted desea debe ser joven y fuerte; no es necesario que sea demasiado hermosa, pero tiene que ser atractiva; tiene que tener energía, pero no una individualidad demasiado acusada; tiene que ser en gran medida neutra; no debe mostrar por usted una devoción demasiado apasionada o demasiado profunda, pero sí respaldarlo de modo completamente racional. Debe tener los mismos objetivos y gustos que usted. Ninguna mujer tiene derecho a casarse con un hombre si se va a ver obligada a moldearse para adaptarse a él. Quizá ella podría desearlo, pero, por muy apasionadamente que se lo proponga, nunca podrá ser lo que otras mujeres son sin esfuerzo. El carácter dominará todo lo demás y acabará saliendo. -La mujer miró el fuego-. Cuando se case usted, no debe hacerlo con una mujer que lo halague demasiado. Es siempre señal de algún tipo de falsedad. Si una mujer lo ama como a ella misma, lo criticará y lo comprenderá como si fuera ella misma. Dos personas que van a pasar juntas toda la vida deben ser capaces de mirarse a los ojos y decirse la verdad. Eso ayuda en la vida. Encontrará muchas mujeres así en América -dijo ella-, mujeres que lo ayudarán a triunfar, que no lo arrastrarán hacia abajo.

-Sí, ésa es mi idea. Pero ¿de dónde voy a sacar a la mujer ideal?

-Vaya y búsquela. Vaya a América en lugar de ir a Escocia este año. Hará bien. Un hombre tiene derecho a buscar lo que necesita. En el caso de las mujeres es distinto; ésa es una de las diferencias radicales entre hombres y mujeres. -Bajó la vista hacia el fuego-. Es una ley de la naturaleza femenina y de las relaciones entre los sexos. No hay en ello nada arbitrario y convencional, del mismo modo que no lo hay tampoco en el hecho de que la mujer dé a luz al hijo y el varón no. Desde un punto de vista intelectual podemos ser iguales. Imagino que si cincuenta hombres y cincuenta mujeres tuvieran que resolver un problema matemático lo harían del mismo modo; cuanto más abstracto e intelectual es el terreno, más nos parecemos. Cuanto más nos acercamos a lo personal y lo sexual, más distintos somos -dijo-. Si tuviera que representar la naturaleza del hombre y de la mujer con un diagrama, pintaría dos círculos; el lado derecho de ambos lo pintaría de rojo brillante; después lo difuminaría hasta que en el lado izquierdo se transformara en azul para uno y verde para el otro. Esa zona representa el sexo y, cuanto más te acercas, más distintos son los colores de los discos. Pero, si giras los discos para que se toquen los lados rojos, parecen exactamente iguales; si los giras hasta que entren en contacto el verde y el azul, parecerán totalmente distintos. Por ese motivo vemos que los hombres brutales y sensuales invariablemente creen que las mujeres son totalmente distintas a los hombres, son otro tipo de criaturas; y los hombres muy cultos e intelectuales algunas veces creen que somos exactamente iguales. El amor sexual puede ser, en sustancia, idéntico para ambos; en la forma de su expresión tiene que distinguirse. La culpa no es del varón, es cosa de la naturaleza.

»Si un hombre ama a una mujer, tiene derecho a intentar que lo quiera porque puede hacerlo abiertamente, directamente, sin someterse. No es necesario que haya sutilezas, vías indirectas. En el caso de las mujeres no es igual; la mujer no puede aceptar un amor que no se ponga a sus pies. La naturaleza ordena que nunca muestre lo que siente; la mujer que dijera a un hombre que lo amaba habría levantado para siempre entre ambos una barrera insuperable; y, si lo atrajera sutilmente, utilizando medios de mujer, con silencios, sutilezas, tirando el pañuelo, con visitas sorpresa, con la amable afirmación de que no pensaba verlo cuando había hecho un largo viaje sólo para eso, estaría condenada. Conseguiría el amor, pero lo habría profanado con astucias; no tendría valor. Por ello, en la relación con el otro sexo, la mujer debe quedarse de brazos cruzados; sólo tiene derecho a tomar el amor que se postra a sus pies y le ruega que lo acepte. He aquí la verdadera diferencia entre un hombre y una mujer. Ustedes pueden ir en pos del amor porque pueden hacerlo abiertamente; nosotras no podemos porque debemos hacerlo con argucias. La mujer tiene que quedarse de brazos cruzados.

»Por supuesto, la amistad es diferente. En ese terreno nos encontramos en pie de igualdad con los hombres; es posible pedir a un amigo que venga a verte, como acabo de hacer con usted. Ése es el atractivo que tiene el intelecto y la vida intelectual para una mujer, permite que se aflojen los grilletes; y ése es el motivo de que se retraiga tanto ante el sexo. Tal vez si estuviera muriéndose o se encontrara en una situación igual de grave, podría... La muerte significa mucho más para una mujer que para un hombre; si una mujer sabe que se muere, puede mirar el mundo que la rodea y sentir que las ataduras de su sexo, que la han quebrado y aplastado toda la vida, han desaparecido: no existe ya la mujer, sólo queda el ser humano, capaz de tratar a su entorno en pie de igualdad.

»No hay motivo para que no vaya usted a América y busque esposa con total deliberación. No debe decir mentiras. Busque hasta que encuentre a una mujer a la que quiera de veras, que le convenga sin la menor duda y no sólo la ame, y pídale entonces que se case con usted. Tienen que tener niños; la vida de un anciano sin hijos es muy triste.

-Sí, tendría que tener hijos. Ahora muchas veces pienso que para qué sirve todo esto, este trabajo, este esfuerzo, si no tengo a nadie a quien dejárselo. Es un vacío, imaginemos que consigo...

-¿Imaginemos que consigue su título?

-Sí. ¿De qué me sirve si no tengo a nadie a quien legárselo? Ésa es la sensación que tengo. Es muy raro estar sentado hablando de esto con usted. Pero es usted tan distinta a otras mujeres... Si todas fueran como usted, sus teorías de la igualdad entre hombres y mujeres funcionarían. Es usted la única mujer con la que puedo estar sin darme cuenta de que es una mujer.

-Sí -dijo ella. Siguió contemplando el fuego

-¿Cuánto tiempo piensa estar en la India?

-Oh, no voy a volver.

-¡No va a volver! Eso es imposible. Romperá el corazón de la mitad de la gente de por aquí si no vuelve. No he conocido nunca a una mujer con una capacidad semejante para atrapar el corazón de los hombres, a pesar de esa filosofía suya. No sé -añadió con una sonrisa- si no habría caído yo también en esa trampa (hace tres años casi creí caer) si no hubiera estado usted siempre atacándome de modo tan incontinente y persistente en todos los aspectos y en todas las ocasiones. No me gusta el dolor, las bofetadas me enfrían. Pero no parece tener ese efecto en otros hombres... El año pasado, cuando estuve en el campo, conocí a un individuo ridículo. Ya sabe cómo se llama... -Agitó los dedos mientras hacía memoria-... Un individuo grande, de bigote amarillo, un comandante que se ha ido ahora a la costa oriental de África; las señoras sacaron a la luz que llevaba siempre una fotografía de usted en el bolsillo; y tenía la costumbre de sacar trocitos de artículos que usted había publicado y enseñárselos a la gente con aire misterioso. Casi se batió en duelo con un hombre una noche, después de la cena, porque habló de usted de un modo que le pareció inapropiado...

-No me gusta hablar de los hombres que me han querido -dijo ella-. Por pequeño e insignificante que fuera ese individuo, me ofreció lo mejor de sí mismo. No hay nada ridículo en el amor. Me parece que una mujer debe pensar que todo el amor que los hombres le han dado y que ella no ha podido devolver es como una corona que le han puesto encima; tiene que intentar crecer para estar a su altura. No puedo soportar la idea de que todo el amor que se me ha dado se ha malgastado en alguien que no lo merecía. Esos hombres han sido encantadores y me han hecho un gran honor. Les estoy agradecida. Si un hombre te dice que te quiere -dijo, mirando el fuego-, si descubre su pecho ante ti para que lo golpees a voluntad, lo menos que puedes hacer es extender la mano y ocultarlo de la mirada de los demás. Si fuera una cierva y un ciervo se hiriera al perseguirme, aunque no pudiera tenerlo como compañero, me quedaría quieta y echaría tierra con la pezuña sobre el lugar en el que hubiera vertido su sangre; el resto de la manada no sabría que se había herido siguiéndome. Taparía la sangre, si fuera una cierva -repitió, y guardó silencio. Luego se sentó en la silla y añadió con la mano extendida-: Sin embargo, no pienso lo mismo que todo el mundo sobre el amor. Creo que el amado otorga un bien a quien ama, tan grande y hermoso es haber sido amado. Creo que el hombre debería dar las gracias a la mujer o la mujer debería dar las gracias al hombre que la ha amado, haya sido correspondido o no, los hayan separado o no las circunstancias. -Se frotó la rodilla suavemente con la mano.

-Bueno, tengo que irme -dijo él, sacándose el reloj-. Es tan fascinante hablar con usted que podría quedarme toda la noche, pero tengo todavía dos compromisos.

Se puso en pie; ella se puso en pie también y lo miró un momento.

-¡Qué buen aspecto tiene usted! Me parece que ha descubierto el secreto de la eterna juventud. No aparenta ni un día más que cuando lo conocí, hace cuatro años. Parece como si estuviera siempre entre llamas ardientes y no se quemara nunca.

El la miró con expresión divertida, tal como se mira a un niño interesante o a un gran perro de Terranova.

-¿Cuándo volveré a verla?

-¡No volverá a verme!

-¡No volveré a verla! Tenemos que conseguir que vuelva; usted pertenece a este lugar. Se cansará de su budista y volverá con nosotros.

-¿No le molesta que le haya pedido que venga a despedirse? -preguntó ella con aire infantil, impropio de la determinación que mostraba cuando hablaba de cosas impersonales-. Quería decir adiós a todo el mundo. Si no te despides, te sientes inquieto y tienes la sensación de que deberías regresar. Cuando te despides de todos tus amigos, sabes que todo ha terminado.

-Oh, no es una despedida definitiva, volverá usted dentro de diez años y compararemos nuestras experiencias: las suyas con su sacerdote budista y yo con mi bella americana ideal; y veremos a quién le ha ido mejor.

Ella se echó a reír.

-Seguiré sus andanzas por los periódicos, así que no estaremos del todo distanciados; y tal vez le lleguen noticias mías.

-Sí, espero que tenga mucho éxito.

Ella lo estaba mirando de pies a cabeza, con los ojos muy abiertos. Él se volvió hacia la silla de la que colgaba su abrigo.

-¿Lo ayudo a ponérselo?

-Oh, no, gracias.

Él se puso el sobretodo.

-Abróchese hasta arriba -dijo ella-. En esta habitación hace calor.

Él se volvió hacia ella, con el abrigo y los guantes puestos. Se encontraban cerca de la puerta.

-Bien, adiós. Que le vaya bien

Él la miraba, envuelto en su sobretodo. Ella alzó la mano un poco.

-Quisiera pedirle algo- dijo rápidamente.

-¿Qué es?

-¿Le importaría besarme?

Él la miró unos instantes y se inclinó hacia ella.

No podría decirlo con certeza, pero años después tuvo siempre la sensación de que ella extendió la mano y se la puso en la coronilla con una caricia extraña y suave, con el gesto de una madre cuando el niño duerme y no quiere despertarlo. Después se dio la vuelta y ella desapareció. La puerta se había cerrado sin hacer ruido. Se quedó quieto unos momentos, se dirigió a la chimenea y contempló una colilla, retrocedió hasta la puerta y la abrió. La escalera estaba oscura y en silencio. Tocó la campanilla con violencia. La anciana subió. Le preguntó dónde estaba la señora. Ella le dijo que había salido, tenía un coche esperando. Él le preguntó cuándo volvería. La anciana le dijo: «No volverá»; se había ido. Él preguntó adónde se había ido. La mujer dijo que no lo sabía, había dado instrucciones de que le guardaran las cartas durante seis u ocho meses hasta que escribiera comunicando su dirección. Él preguntó si tenía alguna idea de dónde podría encontrarla. La mujer dijo que no. Él dio unos pasos hasta un rincón de la pared donde había habido un cuadro y se quedó mirando como si siguiera ahí colgado. Hizo un gesto con los labios como si lanzara un largo silbido, pero nada se oyó. Dio a la mujer diez chelines y bajó la escalera.

Habían transcurrido ocho años desde entonces.

¡Qué hermosa debe de haber sido la vida para quien sigue pareciendo tan joven!