–¿Dónde está nuestra pequeña María?
–Está jugando en el prado con el hijo de
nuestro vecino contestó la mujer.
–No vayan a perderse –dijo el padre,
preocupado–, son tan atolondrados.
La madre echó un vistazo a los pequeños y
les llevó su merienda a la mesa.
–¡Qué calor hace! –dijo el muchacho
mientras la niña se abalanzaba sobre las rojas cerezas.
–Tengan cuidado, niños –dijo la madre–, no
vayan muy lejos de casa ni se adentren en el bosque; su papá y yo vamos al
campo.
El joven Andrés contestó:
–¡Oh, no hay por qué preocuparse! El
bosque nos asusta y vamos a quedarnos sentados cerca de la casa, donde hay
gente.
Al momento, la mujer se retiró y salió
acompañada de su esposo. Cerraron ambos la puerta de la casa y se dirigieron al
campo y los prados para inspeccionar a los peones y, al mismo tiempo, la
cosecha de heno.
La casa se situaba en una pequeña y verde loma, rodeada por un
declive con empalizadas que abarcaban también los huertos y los invernaderos;
un poco más abajo, se extendía el pueblo, y a lo lejos se elevaba el palacio
ducal.
Martín arrendaba la propiedad señorial y vivía con su esposa y su única
hija, contento porque cada año ahorraba con la perspectiva de hacerse, a costa
de su trabajo, un hombre rico ya que la tierra era fértil y el señor conde más
bien benévolo.
Al caminar junto a su mujer en dirección
de los campos, miró con alegría en torno suyo y dijo:
–Qué distinta es esta región de la otra en
que vivíamos, Brígida. Aquí todo es tan verde, el pueblo es abundante en
frutos, la tierra derrocha pastos y hermosas flores, todas las casas son
alegres y limpias, y los habitantes, ricos. Hasta pienso que los bosques son
aquí más hermosos y el cielo más azul; hasta donde alcanza la vista, puede
verse el gozo y la alegría ante la generosidad de la Naturaleza.
–En cuanto se está más allá del río –dijo
Brígida–, se encuentra uno como en otra Tierra, todo tan triste y raquítico.
Cuanto forastero viene, afirma que nuestro pueblo es el más bello de la región.
–Con excepción del valle de abetos
–contestó él–. Mira hacia allá, qué negro y triste se ve ese apartado lugar
dentro de toda la alegría que lo circunda. Detrás de los obscuros abetos están
la humeante casita, los cobertizos derruidos, el hilo de agua que pasa de largo
con aire triste.
–Es cierto –dijo la mujer, mientras
permanecían de pie–. Al acercarse a ese lugar, se vuelve uno triste y temeroso
sin saber la razón de ello. ¿Quiénes serán en realidad esos que viven allí y
por qué se mantienen alejados de toda comunidad como si no tuvieran la
conciencia tranquila?
–Pobre chusma –contestó el joven
arrendatario–. Parecen gitanos que roban y engañan en lo apartado, y quizá allí
sea su escondite. Lo único que me asombra es que el muy benévolo señorío los
tolere.
–Podría también ser gente pobre –dijo la
mujer, compasivamente– que se avergüenza de su pobreza, aunque uno no tiene
realmente razón al culparlos de nada; lo único que da en qué pensar es que no
muestran devoción hacia la iglesia. Y no se sabe de qué viven pues el
jardincillo, que parece estar completamente abandonado, no los puede ni
siquiera alimentar, ni tampoco poseen sus propios campos.
–Sólo Dios sabe en qué se ocupen –continuó
Martín, mientras reanudaba sus pasos–, pues ningún ser humano pasa junto a
ellos, y el lugar que habitan está apartado y embrujado, de manera que ni los
muchachos más traviesos se atreven a acercarse.
Continuaron conversando mientras se
encaminaban al campo. Aquella obscura región de la que hablaban estaba situada
fuera del pueblo. En una pendiente rodeada de abetos se veía una casita y
diversas construcciones pertenecientes a varias granjas casi del todo
destruidas. Muy de vez en cuando llegaba a apreciarse el humo de las chimeneas,
y más rara todavía era la presencia de gente.
En una sola ocasión, un curioso
que se había atrevido a acercarse advirtió en un banco, delante de la casita,
unas horribles mujeruchas vestidas con harapientas ropas acompañadas de unos
niños igualmente feos y sucios que se revolcaban entre sus faldas; algunos
perros de obscuro pelaje corrían cerca de ellos; al caer la noche, un individuo
misterioso que nadie conocía cruzó el camino a la altura del arroyo y entró en
la casita; más tarde, a lo lejos, podían verse entre la obscuridad diversas
siluetas que se movían como sombras alrededor de una fogata campestre.
La
pendiente, los abetos y la casita derruida daban en verdad una extrañísima
impresión dentro del verde y alegre paisaje, en comparación con las blancas
casitas del pueblo y el reluciente y magnífico palacio.
Los niños se habían comido la fruta;
sintieron deseos de correr, y la pequeña y ágil María le ganó en todas las
ocasiones al lento Andrés.
–¡Eso no tiene ninguna gracia! –exclamó
finalmente Andrés–. ¡Vamos a hacerlo ahora más lejos, entonces si veremos quién
gana!
–Como quieras –dijo la pequeña–. Sólo que
no podemos correr hacia donde está el río.
–No –contestó Andrés–. Pero allá, en la
colina, donde está el gran peral, a un cuarto de hora de aquí. Yo corro dando
vuelta a la izquierda, por la pendiente de los abetos, y tú, que puedes
hacerlo, corres por el lado derecho del campo, y los dos llegamos a la misma
meta. Entonces veremos quién es el que corre mejor.
–Bueno. Así no nos estorbaremos en el
camino; además, mi papá dice que es la misma distancia en dirección de la
colina yendo de este lado o más allá de la casa de los gitanos –dijo María, y
en seguida comenzó a correr.
Andrés se apresuró tan velozmente que
María, al tomar por la derecha, ya no lo alcanzó a ver mas.
–Es realmente un tonto –se dijo–, pues me
será suficiente un poco de valor para cruzar el pequeño puente, pasar cerca de
la casita y salir del solar hacia el otro lado; así llegaré mucho antes que
Andrés.
Ya estaba delante del arroyo, al pie de la
colina de abetos.
–¿Cruzo el puente? ¡Qué miedo! –se dijo.
Un falderillo blanco ladraba allí cerca
con todo su ímpetu. Al asustarse, el animal le pareció a María como un monstruo
y retrocedió inopinadamente.
–¡Ay! –dijo–. Andresito está ahora muy
adelantado y yo sigo aquí, como una estatua, pensándolo todavía.
El perro ladraba sin parar; al mirarlo con
más detenimiento no le pareció tan horrible sino, por el contrario, muy
gracioso: tenía un collar rojo del que colgaba un reluciente cascabel, y toda
vez que levantaba la cabeza meneándose al ladrar, el cascabel se dejaba oír
encantadoramente.
–¡Eh, sólo tengo que decidirme! –exclamó
la pequeña María–. Corro lo más que pueda y ¡rápido, rápido! salgo otra vez al
camino. ¡Este animalillo no me ha de devorar tan rápidamente!
Al decir esto, la resuelta y vivaz niña se
lanzó hacia el puentecillo y pasó a toda carrera junto al perro, que sin ladrar
más le hizo fiestas alrededor. De pronto estaba en la pendiente, de manera que
los negros abetos le impedían la vista hacia los contornos de la casa paterna y
el resto del paisaje.
Vaya que estaba sorprendida. La rodeaba el
jardín de flores más vistoso y alegre, sembrado de tulipanes, rosas y azucenas
de incomparables y bellos colores; mariposas azul y púrpura se mecían en los
pétalos, aves multicolores se colgaban de los emparrados en las jaulas de
lustrosas rejas mientras cantaban hermosas melodías, y algunos niños, en
albeantes y cortos vestiditos, de pelo rubio y rizado y de ojos claros,
saltaban alrededor.
Unos jugaban con corderitos, otros daban de comer a los
pájaros o bien recolectaban flores que se regalaban mutuamente. Otros más
comían cerezas, uvas y albaricoques rojizos. No podía verse ninguna casita. En
cambio, una amplia y hermosa casa, con puerta de hierro en artístico y noble
talle, lucía en medio de ese espacio.
María estaba absorta y maravillada, y ni
siquiera supo orientarse; pero, como no era nada tonta, en pocos instantes se
acercó al primer niño que vio y le tendió la mano para saludarlo.
–¡Qué sorpresa que vengas a visitarnos!
–dijo la deslumbrante niña a la que había saludado–. Te he visto correr y
saltar allá afuera, pero te has asustado con nuestro perrito.
–¿Entonces no son ustedes ningunos gitanos
bribones, como dice Andrés? ¡Vaya! Pero si es un tonto, y ¡el día entero habla
sin ton ni son!
–Quédate con nosotros –dijo la maravillosa
niña–, te gustará.
–Pero es que estamos corriendo.
–Regresarás a tiempo. ¡Toma y come!
María comió y encontró la fruta tan dulce
como nunca había saboreado ninguna, y Andrés, la carrera y la advertencia de
sus padres se borraron por completo de su mente.
Una mujer muy alta, vestida con lujo
deslumbrante, se acercó y preguntó por la niña extranjera.
–Hermosa mujer –le dijo María–, vine
corriendo hasta aquí y ella me invitó a quedarme.
–Tú sabes, Zerina –dijo la hermosa mujer–,
que ella sólo tiene permiso por poco tiempo y, además, tenías que haberme
preguntado antes que todo.
–Pensé –dijo la deslumbrante niña– que si
la habían dejado cruzar el puente podía entonces quedarse; ya la hemos visto
correr a menudo por el campo y tú misma te has deleitado con su carácter alegre
y vivaz; al fin y al cabo, tendrá que abandonarnos muy pronto.
–No, yo quiero quedarme aquí –dijo María–.
Esto es muy bonito; además, aquí están las cosas más agradables que he visto,
sobre todo las fresas y las cerezas. Allá afuera no es tan espléndido como
aquí.
La mujer, vestida con sus prendas doradas,
se alejó sonriendo y muchos de los niños saltaron entonces alrededor de la
alegre María bromeando con ella y animándola a bailar; otros le llevaron
corderitos y juguetes maravillosos; unos más tocaron sus instrumentos y
cantaron.
Pero se mantuvo especialmente junto a la compañera que conoció desde
su llegada pues era la más amable y simpática de todos. La pequeña María
exclamaba una y otra vez:
–Quiero quedarme siempre con ustedes para
que sean mis hermanos.
Ante ello, todos los niños se reían
abrazándola.
–Ahora vamos a hacer un bonito juego –dijo
Zerina.
Corrió velozmente al interior del palacio
y volvió con una diminuta caja dorada que guardaba un brillante polen. Tomó un
poco de él con sus deditos y esparció algunos granos en el verde suelo. De
pronto, se vio crujir el césped en forma de olas y, luego de breves momentos,
surgieron de inmediato rosales que crecieron y se desarrollaron al instante,
invadiendo el espacio con el más dulce aroma.
María tomó también un poco de
polvo y, cuando lo hubo esparcido, aparecieron blancas azucenas y multicolores
claveles. A un movimiento de Zerina, desaparecieron las flores apareciendo
otras en su lugar.
–Ahora –dijo Zerina–, prepárate para algo
mejor.
Puso entonces dos piñones en el suelo, los
pisoteó enérgicamente hasta hundirlos en la tierra y, al momento, dos verdes
arbustos comenzaron a erguirse ante los niños.
–Cógete fuerte de mí –le dijo Zerina.
María puso sus brazos alrededor de su tierno
cuerpo. Sin pensarlo, se sintió elevada, los arbolillos crecieron debajo de las
niñas con asombrosa rapidez hasta que los altos pinos se arqueaban y las niñas
tuvieron que mantenerse abrazadas entre las rojas nubes del atardecer,
balanceándose de uno a otro lado en medio de besos.
Los otros pequeños subían y
bajaban con suma agilidad por entre las ramas de los árboles; se hacían bromas
y daban empujones con muchas risas al encontrarse en el camino. Uno de los niños
cayó a causa del amontonamiento de los otros y voló entonces por los aires, si
bien bajó lenta y seguramente a tierra.
Por último, María
sintió miedo, la otra pequeña entonó algunas canciones con voz muy clara y los
árboles descendieron tan rápidamente como se habían elevado hasta las nubes.
Entraron por la puerta de hierro hacia el
palacio. Sentadas allí, hermosas mujeres, tanto ancianas como jóvenes, se
deleitaban dentro de la sala circular comiendo agradables frutas. Entre tanto,
podía escucharse una hermosa y sutil melodía.
En la bóveda había palmeras
pintadas, flores y follajes entre los que subían y bajaban, haciendo gráciles
movimientos, varias figuras infantiles.
Las imágenes variaban y centelleaban en
los más encendidos colores, de acuerdo con la música; al momento, el verde y el
azul se encendían como una diáfana luz y, con tonos de flama dorada y púrpura,
el color se opacaba hasta languidecer; entonces los niños, desnudos entre los
follajes de flores, parecían avivarse y tomar aliento a través de sus labios
rojos de rubí de manera que podía verse el fulgor de los dientecillos y de los
ojos azul celeste.
Desde la estancia, una escalera de hierro
conducía a un gran hipogeo. Allí, entre una gran cantidad de oro, plata y
piedras preciosas, refulgían gemas de infinitos colores; había en las paredes
hermosos vasos que parecían rebosantes de magníficos tesoros, y oro trabajado
en varias maneras que brillaba con un familiar tono rojizo.
Incontables
enanitos se hallaban ocupados en seleccionar las piezas a fin de ponerlas en
los vasos. Otros, jorobados y contrahechos, de largas y enrojecidas narices,
traían con muchos trabajos, jadeantes casi hasta inclinar la frente contra el
piso, como los molineros bajo su carga de trigo, unos sacos de los que caían al
suelo granos de oro.
En seguida saltaban torpemente de un lado a otro y tomaban
las piedrecillas rodantes que iban escapándose; no era raro que, en medio de su
inquietud, uno golpeara al otro de manera que caían al suelo, atolondrados bajo
su propio peso. Ponían caras hoscas y desdeñosas cuando ella reía ante sus
gestos de fealdad.
Encogido, sentado hasta el fondo, estaba un diminuto anciano
a quien Zerina saludó ceremoniosamente en tanto que él agradecía con una severa
inclinación de su cabeza. Tenía en la mano un cetro y puesta en la cabeza una
corona; todos los demás enanos parecían reconocerlo como su señor y obedecían
sus indicaciones.
–¿Qué pasa ahora? –preguntó, malhumorado,
cuando las niñas se le acercaron un poco más.
María guardó silencio, temerosa, pero su
compañera contestó que sólo habían ido a echar un vistazo a los sótanos.
–¡Las niñerías de siempre! –exclamó el
viejo–. ¿No terminará nunca el ocio? –y tras esto, volvió a sus ocupaciones
haciendo pesar y seleccionar diversas piezas de oro; envió a otros enanos
afuera, y a uno más lo regañó.
–¿Quién es ese señor? –preguntó María.
–Nuestro príncipe del Metal –dijo la
pequeña, mientras seguían caminando.
Parecían estar nuevamente afuera; se
encontraban en la orilla de un lago. Sin embargo, no había Sol ni podían ver el
cielo. Una barquita las recibió y Zerina remó incansablemente. Fue veloz la
travesía. En medio del lago, María vio miles de carrizos, canales y afluentes
ramificándose desde su centro en todas direcciones.
–Estas aguas corren bajo nuestro jardín
hacia el lado derecho –dijo la deslumbrante niña–. Por ello, todo florece tan
fresco. Desde aquí puede bajarse a la gran corriente del río.
De pronto, desde todos los canales,
apareció una multitud de niños, y todos se acercaban nadando; muchos llevaban
guirnaldas de juncos y lirios; otros, puntas de coral, y otros más iban tocados
con retorcidas conchas.
Un confuso barullo resonaba alegremente desde las
obscuras riberas; entre los pequeños era posible apreciar los movimientos de
las más hermosas mujeres, y muchos niños a la vez saltaban sin cesar y se
colgaban de ellas besándolas en el cuello y los hombros.
Todas saludaron a la
extranjera mientras ésta cruzó el lago en medio de ese alboroto, hasta
internarse en un afluente del río, cada vez más estrecho. Por último, la barca
se detuvo. Se despidieron de ella y Zerina tocó una roca que se abrió como una
puerta y una roja figura femenina las condujo hacia abajo.
–¿Se están divirtiendo? –preguntó Zerina.
–Están tan agitados y contentos como uno
los puede ver –contestó la mujer–, y el calor es extremadamente agradable.
Subieron por una escalera circular y, de
pronto, María se vio en una sala tan iluminada que, al entrar, sus ojos
quedaron deslumbrados. Tapices de un rojo intenso nutrían con una brasa púrpura
los muros, y cuando la mirada de María se hubo adaptado vio, para su sorpresa,
cómo ciertas figuras saltaban y danzaban sobre los tapices en medio de la mayor
alegría y con tan grácil constitución y proporción, que no podía imaginarse
otra cosa más cautivante.
Sus cuerpos semejaban al bermejo metal, y parecía
como si la inquieta sangre pulsara visiblemente dentro de ellos. Mostraban su
risa ante la niña extranjera saludando con repetidas inclinaciones, pero cuando
María intentó acercarse, Zerina la retuvo de pronto con fuerza, gritándole:
–¡Vas a quemarte, María, todo eso es
fuego!
María sintió el calor:
–¿Por qué estas figuras tan tiernas no
salen y juegan con nosotros? –preguntó a su amiga.
–Porque así como tú vives en el aire,
ellas tienen que permanecer en el fuego; de otro modo, morirían. Mira qué bien
se sientan, cómo ríen y gritan; allí, bajo tierra, los ríos de fuego se
expanden en todas direcciones. Por su causa, crecen ahora las flores, las
frutas y los sarmientos; los rojos ríos corren al lado de los riachuelos, y así
estos seres de cambiantes llamas se mantienen siempre activos y alegres. Pero
es ya demasiado fuego para ti. Vamos otra vez al jardín.
En el jardín, el escenario era distinto.
El brillo de la Luna reposaba en cada pétalo, los pájaros permanecían en
silencio y los niños dormían, en variados grupos, entre el verde follaje. Pero
María y su amiguita no sentían ningún cansancio; en medio de largas
conversaciones, paseaban bajo la cálida noche de verano.
Al amanecer, se refrescaron con frutas y
leche. María dijo:
–Cambiemos de ambiente y salgamos al
abetal para ver de cerca los abetos.
–Con mucho gusto –dijo Zerina–. Así podrás
visitar a nuestros guardias, que seguramente van a gustarte. Están en lo alto
del terraplén, entre los árboles.
Caminaron entre multicolores jardines,
cruzando florestas repletas de ruiseñores; luego ascendieron por colinas
rebosantes de parras y, después de seguir el intrincado curso de un claro hilo
de agua, llegaron por fin al abetal y al declive que limitaba la región.
–¿Cómo es posible –preguntó María– que
adentro tengamos que caminar tanto y afuera la distancia sea tan corta?
–No sé cómo sucede, pero así es –contestó
la amiga.
Ascendieron hasta el sombrío abetal y un
viento frío venía a acariciarlas desde el exterior; el paisaje parecía cubrirse
por completo de niebla. En lo alto, extrañas figuras, cuyos rostros parecían
cubiertos de polvo harinoso, estaban de pie, semejantes a las repugnantes
cabezas de las lechuzas blancas.
Se hallaban cubiertas con rugosos abrigos de
gruesa y burda lana, y sostenían, abiertos, unos paraguas de extraña piel;
soplaban y abanicaban sin parar con alas de murciélago que incidentalmente
miraban, absortos, a través de los pliegues.
–Quisiera reír y siento miedo –dijo María.
–Ésos son nuestros buenos y laboriosos
guardianes –replicó la pequeña compañera de juegos–. Aquí permanecen
produciendo aire a fin de que todo extranjero que quiera acercarse experimente
un extraño temor. Están cubiertos de esa manera por la lluvia y el frío pues no
soportan ninguna de las dos cosas. Aquí abajo nunca llega nieve ni viento, ni
hay frío; aquí es el eterno verano y la eterna primavera, pero si no se
relevaran en sus puestos, morirían completamente.
–Pues, ¿quiénes son ustedes? –preguntó
María cuando descendían de nuevo entre aromas florales–. ¿O no tienen un nombre
con el que uno les pueda reconocer?
–Nos llamamos elfos –dijo la amable niña–.
Según he podido escuchar, así nos nombran en el Mundo.
Escucharon un tumulto que surgía del prado
más cercano.
–¡Llegó la hermosa ave! –les gritaron los
niños, a la distancia.
Todos se agitaban dentro de la estancia.
Entre tanto, vieron cómo jóvenes y viejos se apresuraban a cruzar el umbral y
cómo se regocijaban; dentro resonaba una música plena de júbilo.
Al entrar,
vieron la circular estancia repleta de las más variadas figuras; todos miraban
por encima en dirección de la enorme ave que, con su lujoso plumaje, describía
lentamente múltiples círculos. La música se escuchaba más alegre que nunca, y
colores y luces cambiaban con increíble rapidez.
Finalmente, la música se detuvo
y el ave se lanzó estrepitosamente por encima de una refulgente corona que
flotaba bajo un elevado ventanal, iluminando desde lo alto la bóveda. Su
plumaje era de colores verde y púrpura, y a través de él corrían las más
brillantes líneas doradas; en su cabeza se movía una diadema de pequeñas
plumas, tan claras y luminosas que relampagueaban como si fueran gemas. El pico
era rojo y las patas de un azul intenso.
A cada movimiento del ave, todos los
colores lucían entreverados y todas las miradas, embelesadas, se prendían de
él. Sus dimensiones eran las de un águila. Al abrir su luminoso pico, una dulce
melodía escapó de su agitado pecho en tonos más hermosos aun que los del
apasionado ruiseñor; el canto cobraba fuerza y se esparcía como una masa de
rayos de luz, de manera que todos, incluso los más pequeñuelos, no podían
contener las lágrimas de alegría y entusiasmo.
Cuando terminó, todos se
inclinaron delante del ave, que de nuevo voló en círculos bajo la bóveda,
disparándose a través de la puerta y lanzándose hacia el despejado cielo, donde
pronto pareció tan sólo un punto rojo, tan rápidamente que, al instante,
desapareció en las alturas.
–¿Por qué están todos tan contentos? –preguntó
María, inclinándose hacia la hermosa niña, que en ese instante le pareció más pequeña
que el día anterior.
–¡Viene el rey! –dijo la pequeña–. Muchos
de nosotros todavía no lo hemos visto, y adonde quiera que se dirige hay
fortuna y alegría. Mucho tiempo lo hemos esperado, más ansiosamente que ustedes
esperan la primavera después de un largo invierno; y ahora anunció su venida
con este hermoso mensajero.
Esta agradable e inteligente ave, que nos ha sido
enviada en el servicio del rey, se llama Fénix. Vive en tierras lejanas, en
Arabia, en la copa de un árbol del cual sólo hay uno en el Mundo, así como no
existe un segundo Fénix. Cuando se siente viejo, fabrica un nido a partir de
bálsamos e inciensos, lo enciende y se prende fuego a sí mismo, de modo que
muere cantando; de las aromáticas cenizas se levanta otra vez el rejuvenecido
Fénix con renovada hermosura.
Muy raro es que emprenda el vuelo, así que
aquellos que llegan a verlo –siendo que tal cosa sucede una vez en siglos– lo
inscriben en sus memorias y esperan de ello acontecimientos maravillosos. Pero
ahora, amiga mía, tienes también que partir pues no te está concedida la
presencia del rey.
Entonces la hermosa mujer del vestido de
oro se aproximó entre el tumulto, le hizo señas a María y se alejó con ella
bajo una solitaria alameda.
–Tienes ahora que abandonarnos, mi querida
niña –le dijo–. El rey quiere mantener su corte en este lugar durante los
próximos veinte años o incluso más; se esparcirán fertilidad y bendiciones por
todo el país y especialmente aquí.
Los manantiales y los ríos serán más
abundantes, todos los campos y los jardines, más ricos, y más noble el vino,
más pródigo el prado y más fresco y verde el bosque; correrán más suaves
vientos, ningún granizo perjudicará las cosechas ni inundación alguna amenazará
a los hogares.
Toma este anillo y piensa en nosotros, pero cuídate de hablarle
a alguien acerca de nosotros pues si lo haces nos veremos obligados a abandonar
esta tierra, y toda la gente de los alrededores, como también tú, carecerán de
la fortuna y de las bendiciones que nuestra cercanía les otorga. Besa por
última vez a tu compañera y adiós.
Al salir, Zerina lloraba; mientras tanto,
María se inclinó para abrazarla y se separaron. Estando ya en el estrecho
puente, el aire frío sopló sobre su espalda, desde el abetal, y el falderillo
la saludó con sus ladridos dejando oír su cascabel; se volvió para echar una
mirada y se apresuró a salir; la densidad de los abetos, la obscuridad de las
casitas derruidas y las brumosas siluetas le inspiraron un angustioso temor.
–¡Cómo se habrán preocupado esta noche mis
padres por mí! –se dijo, al encontrarse de nuevo en el campo–. Y no les puedo
decir dónde estuve ni lo que he visto. Además, nunca lo creerían.
Dos hombres pasaron a su lado, la
saludaron, y ella les escuchó decir:
–¡Qué chica más guapa! ¿De dónde será?
María apuró sus pasos al dirigirse a la
casa paterna. Los árboles, apenas ayer rebosantes de frutos, se veían ahora
raquíticos y sin follaje. La casa estaba pintada de otro color y un nuevo
granero se levantaba a su lado. María se sorprendió tanto que creía estar en un
sueño. Bajo tal turbación, abrió la puerta de la casa, su padre se hallaba
sentado a la mesa, entre una mujer desconocida y un joven extranjero.
–¡Dios mío, padre! –exclamó–. ¿Dónde está
mi madre?
–¿Tu madre? –dijo la mujer, presintiendo algo;
precipitadamente, dio un paso hacia adelante–. ¡Vaya! ¿No serás...? ¡Pero
claro, claro! Eres María, mi perdida que creían muerta, la única, querida María.
La había reconocido por un pequeño lunar
debajo del mentón, por sus ojos y por su figura. Todos la abrazaron, todos
estaban alegremente emocionados y los padres se enjugaban las abundantes
lágrimas. María se sorprendió al notar que casi igualaba en estatura a su
padre, y no alcanzaba a comprender que su madre hubiese cambiado y envejecido
tanto. Preguntó por el nombre del joven.
–Es Andrés, el hijo de nuestro vecino
–dijo Martín–. ¿Cómo es que vuelves tan inesperadamente después de siete largos
años? ¿Dónde has estado? ¿Por qué no nos has enviado noticias tuyas?
–¿Siete años? –preguntó María al no poder
orientarse en sus ideas y recuerdos–. ¿Siete años enteros?
–Sí, sí –dijo Andrés, riéndose y tomándole
cordialmente la mano–. Te gané, María, llegué hace siete años al peral y he
vuelto; y tú, lenta, ¿apenas vas llegando?
Le preguntaron una y otra vez, le
insistieron, pero ella, recordando la advertencia, no pudo dar ninguna
respuesta. Casi le impusieron el cuento de que se había perdido al subirse a un
carro que pasaba; que se había ido a un lugar extraño donde no supo indicar a
la gente cuál era su hogar paterno; cómo había ido a parar a una ciudad lejana,
donde unas buenas gentes la habían educado y amado; cómo éstas habían muerto y
ella se había acordado de su lugar de origen y había decidido hacer el viaje de
regreso.
–Dejémoslo así –dijo la madre––. Ya es
suficiente con tenerte otra vez a nuestro lado. ¡Mi hijita, mi única, mi todo!
Andrés se quedó a cenar; María aún estuvo
desorientada. La casa le parecía pequeña y obscura, le sorprendía su traje,
limpio y sencillo, pero le resultaba totalmente ajeno; observó el anillo en su
dedo, su oro brillaba a raudales y una piedra de un rojo refulgente resaltaba
todavía más. A la pregunta de su padre, contestó que el anillo era un regalo de
sus benefactores.
Anhelaba el momento de irse a dormir y,
finalmente, se retiró. A la mañana siguiente se sentía serena, había ordenado
mejor sus ideas y fue capaz de responder a la gente del pueblo que acudió a
saludarla.
Andrés, que había ido muy temprano, se mostraba afable y alegre, así
como dispuesto a servirla. La muchacha, de quince años cumplidos, le había
causado gran impresión, e incluso la noche anterior no había podido dormir. La
mandaron llamar del palacio, adonde fue y tuvo que contar su historia, que ya
había aprendido bien.
El anciano señor y su mujer admiraron su buen
comportamiento, pues era modesta sin ser tímida, respondía cortésmente y con
buenas palabras a todas las preguntas que se le hacían; la timidez ante los
nobles y ante aquellos de que se rodeaban había desaparecido, pues al comparar
estas salas y sus adornos con los prodigios y la elevada belleza que había
visto en la estancia secreta de los elfos, este lujo terrenal le parecía opaco,
y la presencia de la gente, insignificante. Los jóvenes estaban sumamente
encantados con su belleza.
Era febrero. Los árboles se cubrieron mucho antes
de lo habitual con su frondosidad. El ruiseñor nunca había aparecido tan
pronto. La primavera se presentó en el país con un mayor esplendor, tanto como
no podían recordarlo los ancianos mayores.
De todas partes brotaron manantiales
que surtían de agua en abundancia a prados y vergeles. Las colinas parecían
haber crecido, las regiones donde las parras de uva maduraban se elevaron
notablemente, los frutales florecieron como nunca, y una bendición plena de aromas
se expandía sobre el paisaje en forma de
nubes y de pétalos.
Todo se daba asombrosamente bien, no hubo día en que
faltara el agua ni tempestad alguna que dañara las cosechas, el vino brotaba
enrojecido de inmensos racimos y los habitantes del pueblo se admiraban
sobrecogidos como en mitad de un dulce sueño. El año siguiente fue igual, si
bien la gente ya se había acostumbrado a lo maravilloso. En otoño, María cedió
a los ruegos de Andrés y de sus propios padres: se hizo su novia y en invierno
se casó con él.
Muchas veces recordaba con honda nostalgia
su viaje a la región oculta de los abetos; permanecía callada y seria. A pesar
de lo hermoso que era todo cuanto la rodeaba, conocía algo todavía más hermoso;
por ello, una ligera melancolía transformaba su ser con serena tristeza.
Le
dolía escuchar a su padre o a su marido hablar de los gitanos y bribones que se
suponía vivían en la obscura pendiente; muchas veces quiso defenderlos, sobre
todo ante Andrés, quien parecía encontrar cierto placer al hablar mal de ellos,
pues ella sabía que eran los benefactores de la región.
No obstante, reprimía
siempre sus palabras. Así vivió durante un año, y al siguiente se puso la mar
de contenta ante la llegada de una hija, a la cual le dio el nombre de
Elfriede, seguramente en recuerdo de los elfos.
La joven pareja vivía con Martín y Brígida
en la misma casa, que era suficientemente amplia, y ayudaba a los viejos en los
quehaceres domésticos.
La pequeña Elfriede mostró pronto capacidades y talentos
especiales: caminó prematuramente y pudo hablar todo cuando aún no cumplía los
primeros doce meses; más aún, después de varios años era tan lista y sensata y
de tan extraordinaria belleza que todos la veían con admiración, en tanto su
madre no podía dejar de pensar en su semejanza con los relucientes niños que
habitaban en la pendiente de los abetos.
A Elfriede no le agradaba estar con
los demás niños; por el contrario, evitaba, hasta el punto de parecer tímida,
sus entusiastas juegos, y prefería más que nada estar a solas. Entonces se
apartaba en un rincón y leía o trabajaba con ahínco en su delicada costura.
Muchas veces se le veía profundamente ensimismada o bien caminar de un lado a
otro, hablando excitadamente consigo misma. Gustosos, sus padres la dejaban
pues era una niña sana y alegre. Pero las respuestas y comentarios extrañamente
inteligentes los hacía sentirse preocupados.
–Niños tan listos –dijo la abuela Brígida–
a menudo no llegan a mayores, no están hechos para este Mundo. Además, la niña
es extraordinariamente hermosa y no se hallará a gusto en este Mundo.
La pequeña tenía la particularidad de
disgustarse mucho cuando era ayudada en sus quehaceres; quería siempre hacerlo
todo por sí misma. Casi a diario era la primera en levantarse, se aseaba con
mucho esmero y se vestía ella sola.
Era muy cuidadosa por las noches; al
guardar sus ropas y vestidos, absolutamente nadie, incluida su madre, tenía
permitido acercarse a sus cosas. Su madre la miraba hacer en medio de tales
caprichos; aún no sospechaba nada.
Pero no salió de su asombro cuando, un día
de fiesta en que iban de visita al castillo, al mudarle la ropa entre
forcejeos, gritos y llantos de la niña descubrió en su pecho, colgada de una
cadenita, una extraña medalla de oro; en ella reconoció de inmediato una de las
tantas que había visto en la bóveda subterránea.
La pequeña se asustó mucho,
confesó haberla encontrado en el jardín y, al gustarle tanto, la guardó
celosamente. Le rogó con tanta insistencia y ternura que le permitiera
quedársela, que María se la sujetó de nuevo al cuello y, pensativa y silenciosamente,
se encaminó con ella hacia el castillo.
A un costado de la casa había una troje y una
construcción donde guardaban los aperos de labranza. Detrás, se hallaba un
pequeño prado con un viejo cobertizo que nadie visitaba debido a que después de
la nueva disposición de los edificios quedaba muy lejos del jardín.
Era en esa
soledad donde Elfriede prefería permanecer; allí nadie la perturbaba, de manera que sus padres no la veían durante gran
parte del día. Una tarde, cuando María estaba en las viejas construcciones
tratando de poner orden y de hallar alguna cosa, notó que a través de una
grieta del muro un rayo de luz caía dentro de la habitación.
Se le ocurrió
mirar a través de la grieta para observar a su hija, hallándose con que le fue
posible apartar un ladrillo flojo y, de esta manera, ver directamente hacia el
cobertizo. Elfriede estaba sentada junto a su banquito y, a su lado, la muy
conocida Zerina; ambas jugaban y se divertían en medio de una graciosa armonía.
La elfa abrazó a la hermosa niña y, un tanto triste, le dijo:
–¡Mi adorada criatura! Así como contigo,
jugué con tu madre cuando siendo pequeña nos visitó. Pero ustedes los humanos
crecen demasiado rápido y se convierten rápidamente en gente adulta y
razonable. Eso me pone completamente triste. ¡Ah, si permanecieran niños al
igual que yo!
–Me gustaría tanto complacerte –dijo
Elfriede–, pero todos los míos piensan que muy pronto entraré en razón y que no
jugaré más, pues doy claras muestras de ser una niña precoz. ¡Ay! ¡Por si fuera
poco, no te volveré a ver a ti, querida Zerinita! Pasa como con las flores de
los árboles: ¡qué magnífico el floreciente manzano con sus rojizos y henchidos
botones! El árbol crece y se ensancha tanto que cada hombre que camina a su
vera piensa también que será algo especial; después llega el Sol, el florecimiento
de sus ramas deviene tan felizmente con el duro núcleo en sus entrañas que más
tarde excreta el colorido adorno y lo arroja al suelo. Entonces ya no puede
ayudársele más en su triste desarrollo, y ha de volver a dar sus frutos hasta
el otoño. Ciertamente, una manzana es también placentera y agradable pero
insignificante al lado de este florecimiento primaveral. Así ocurre también con
la gente; no puedo alegrarme por el hecho de llegar a ser un adulto. ¡Ay, si
pudiera visitaros una sola vez!
–Desde que el rey vive con nosotros –dijo
Zerina– es absolutamente imposible, pero yo vengo a verte muchas veces sin que
nadie me vea ni lo sepa, querida; soy invisible en el aire y vuelo como un
pájaro. ¡Oh, vamos a estar juntas mucho tiempo, mientras sigas siendo una
pequeña! Y ahora, ¿qué puedo hacer para complacerte?
–Debes quererme tanto como yo te guardo en
el corazón; pero hagamos una rosa para nosotras.
Zerina tomó de su pecho su conocido
cofrecillo, arrojó dos granos al suelo y, al momento, brotó de él un verde
arbusto con un par de rosas de un rojo intenso y que parecían inclinarse y
besarse entre sí. Sonrientes, cortaron las rosas y el arbusto desapareció.
–¡Oh, si tan sólo la vida de esta rosa no
fuera tan breve! –dijo Elfriede–. Encendida criatura, milagro de la Tierra.
–¡Dame! –dijo la elfa, quien aspiró el
capullo antes de besarlo tres veces–. Ahora –dijo al devolvérselo– se mantendrá
fresco y floreciente hasta el invierno.
–Quiero guardar esta rosa como si fuera tu
propia imagen –dijo Elfriede–; quiero guardarla en el rincón más secreto de mi
habitación para besarla todas las noches y todos los días como si fueras tú
misma.
–El Sol se está poniendo –dijo Zerina–; ya
tengo que irme a casa.
Se abrazaron una vez más y Zerina
desapareció.
Por la noche, María tomó a su niña, con una
sensación de angustia y respeto, entre sus brazos. A partir de entonces, le dio a su
muchachita mayor libertad que antes y, en ocasiones, tranquilizó a su marido
cuando éste iba en busca de la niña, lo cual venía haciendo desde tiempo atrás
pues no acababa de gustarle su excesivo retraimiento y temía que pudiera
volverse una ingenua y poco avispada muchacha.
Sigilosamente, la madre iba
repetidas veces ante la grieta del muro y, con frecuencia, encontraba a la
pequeña y deslumbrante elfa sentada al lado de su hija, ocupadas ambas en algún
juego o en una muy seria conversación.
–¿Te gustaría volar? –preguntó en una
ocasión Zerina a su amiguita.
–¡Cuánto me gustaría! –exclamó Elfriede.
De inmediato el hada abrazó a la niña y se
elevó con ella de manera que ambas se mantuvieron a la altura del cobertizo. La
madre, inquieta, olvidó toda precaución y asomó, asustada, la cabeza con objeto
de no perderlas de vista; de pronto Zerina levantó su dedo y, sonriente, la
amenazó; descendió con la niña, la estrechó contra su corazón y desapareció. A
menudo María fue advertida por la maravillosa niña, quien meneaba la cabeza
amenazándola si bien siempre con amables gestos.
María le había dicho muchas veces, en tono
de riña, a su marido:
–¡Eres injusto con la gente que habita la
casita!
Cuando Andrés insistía en que le explicara
por qué estaba en contra de la opinión del pueblo e incluso de la del conde,
creyéndose mejor entendida, ella se contenía y, desconcertada, guardaba
silencio.
Un día, Andrés llegó a casa a la hora de
la comida más impetuoso que otras veces; llegó a afirmar que era necesario
desterrar a esa canalla en virtud de que era perniciosa para la región. Ella
exclamó entonces, llena de indignación:
–¡Calla! Ellos son nuestros benefactores.
–¿Nuestros benefactores? –preguntó Andrés,
sorprendido–. ¿Los vagabundos?
Un arranque de cólera incontenible la
llevó a contarle a su marido la historia de su juventud bajo la promesa de
guardar el más absoluto silencio, y como se mostrara mayormente incrédulo ante
sus palabras y ladeaba la cabeza haciendo más patente su escepticismo, lo
condujo a la habitación desde donde acostumbraba observar a su hija y, para su
sorpresa, vio a la elfa en el cobertizo jugando con ella.
No supo qué decir. Dejó escapar una
exclamación de asombro ante la cual Zerina alzó la vista. Al momento, ésta se
puso pálida, tembló con cierta agitación y se mostró hosca sin poder contener
su expresión alterada, todo lo cual la hizo comportarse en una actitud
amenazante antes de decirle a Elfriede:
–Tú no tienes la culpa de esto, corazón
mío, pero nunca conocerán la prudencia por más inteligentes que se crean.
Abrazó a la pequeña, sobresaltada y
apuradamente, y voló en seguida como un cuervo, lanzando roncos graznidos, en
dirección de los abetos, más allá del jardín.
Al anochecer, la pequeña se mantuvo en extremo
callada y, llorando, besaba su rosa. María se sintió presa de angustia; Andrés
apenas si dijo algo: se hizo la noche. De pronto susurraron los árboles, los pájaros
volaron lanzando angustiosos garlidos, se escuchó el redoble de un trueno que
sacudió la Tierra y asimismo quejumbrosas voces que el viento parecía acercar y
alejar.
María y Andrés no tenían valor ni para levantarse. Se envolvieron en
sus mantas y aguardaron el día temblando de miedo. Por la mañana, la cosa fue
tranquilizándose; todo se mantenía en silencio cuando el Sol penetraba con su
luz en lo alto de los bosques.
Andrés se levantó y se vistió; al
despertar, María se dio cuenta de que la piedra de su anillo se había opacado.
Al abrir la puerta, el Sol brillaba ante ellos claramente pero casi no
reconocieron el paisaje que había en torno suyo. La frescura del bosque había
desaparecido, las colinas eran más bajas, los arroyos corrían cansinos y casi
secos, el cielo estaba gris.
Cuando dirigieron la mirada hacia el abetal, los
abetos no les parecieron ni más obscuros ni más tristes que los otros árboles.
No había en las casitas situadas detrás de ellos nada que pudiera inspirar
ningún temor. Varios aldeanos llegaban y contaban los extraños sucesos de la
noche anterior; algunos incluso fueron hasta los solares donde vivían los
supuestos gitanos, quienes muy probablemente, según dijeron, se habían ido ya,
pues las casitas estaban deshabitadas y su interior se apreciaba como siempre,
semejante al de las casas de la gente pobre; incluso parte del mobiliario había
sido abandonado.
Elfriede le dijo en secreto a su madre:
–Mamá, por la noche, cuando no podía
conciliar el sueño por el miedo a los truenos y me puse a rezar fervientemente,
se abrió de pronto la puerta y entró mi compañera de juegos para despedirse.
Traía un veliz y tenía puesto un sombrero; traía también un cayado enorme para
el camino. Estaba visiblemente enfadada contigo, pues ahora tendrá que soportar
las peores y más dolorosas penas por tu causa. ¡Tanto te había amado siempre!
De cualquier manera, según dijo ella, abandonarán contra su voluntad nuestra región.
María le prohibió hablar acerca del
asunto. Entre tanto, el barquero llegó del otro lado del río; contó cosas
extraordinarias. Al caer la noche, según dijo, un hombre de elevada estatura y
de aspecto extraño llegó con él para alquilarle la embarcación hasta la hora
del amanecer, pero a condición de que se quedara tranquilamente durmiendo en su
casa o, al menos, no pasara de la puerta hacia afuera.
–Tenía miedo –continuó el anciano–, pero ese
extraño asunto no me dejaba dormir. Me escurrí silenciosamente hacia la ventana
y miré hacia afuera buscando con los ojos el río. Grandes y turbulentas nubes
flotaban en el cielo y los bosques lejanos susurraban temiblemente. Mi cabaña
parecía temblar, y lamentos y aullidos parecían irla cercando lentamente.
Entonces miré de pronto una luz blanca que se extendía y se hacía más ancha,
como miles y miles de astros caídos del cielo. Palpitando con mucho brillo, se
agitó sobre la pendiente del abetal, avanzó a través del campo y se esparció a
lo largo de las aguas del río. Entonces escuché por todos lados, como si
alguien caminara torpemente, algo parecido a un tintineo y, luego, murmullos.
Se dirigieron hacia mi barca y todos treparon a ella; grandes y pequeñas
siluetas luminosas, hombres, mujeres y al parecer niños, así como un alto y
extraño hombre que iba al frente de ellos hacia la otra orilla. Miles nadaban
en las aguas del gran río, al lado de la embarcación, mientras en el aire
flotaban luces y nubes blancas, y no había quién diera término a sus lamentos y
quejas por tener que viajar tan lejos. El golpe de los remos sobre el agua
producía un murmullo aislado de todo lo demás, y después, de pronto, surgió el
silencio. Muchas veces atracaba la barca y volvía en todas las ocasiones con
una nueva carga. Llevaban consigo muchos toneles de gran peso, que cargaban y
hacían rodar unos asquerosos enanos que los acompañaban; parecían diablos o
duendes, yo no lo se. Más tarde, en medio de un ondulante fulgor, llegó un
engalanado séquito. Un anciano, que montaba un corcel
blanco, parecía ser el centro en torno al cual todos se apretujaban; sólo pude
apreciar la cabeza del caballo cubierto por completo con unos bellos y
lustrosos mantos. El viejo llevaba sobre su cabeza una corona tan brillante
que, cuando cruzó el río en dirección de la orilla opuesta, pensé que el Sol
quería elevarse y la aurora flameaba frente a mí. Así transcurrió toda la
noche; por último me dormí, a la vez alegre y temeroso. Por la mañana todo
estaba tranquilo, pero el río casi desapareció, y es tanta su merma que tendré
dificultades para gobernar mi embarcación.
En el transcurso de ese mismo año, cuanto
abarca la vista iba decreciendo. Los bosques morían, los veneros se agotaban y
la región –antaño la común alegría de los viajeros– estaba en el otoño tan
asolada, diezmada y yerma por todas partes, que apenas si se mostraba un
pequeño sitio, en medio del mar terroso, donde crecieran pálidos yerbajos.
Los
frutales habían desaparecido, las viñas se perdieron y el aspecto del paisaje
era tan triste que al año siguiente el conde abandonó con su familia el
castillo, que con el curso del tiempo quedó en ruinas.
Elfriede, sumida en la mayor tristeza,
contemplaba noche y día su rosa. Recordaba a su compañera de juegos y, a medida
que se doblaba y secaba la flor, también ella iba inclinando su cabecita, hasta
consumirse antes de llegar la primavera. María iba a plantarse muchas veces
enfrente de la casita e imploraba y lloraba por la dicha perdida. Se consumió
al igual que su pequeña hija y murió al cabo de pocos años. Entonces el viejo
Martín se fue a vivir con su yerno a la región donde antaño había vivido.