Un As del ajedrez - E. B. White
C uando el hombre entró con la máquina bajo el brazo, la mayoría de nosotros levantamos la vista de nuestros tragos, porque nunca antes habíamos estado en presencia de una cosa como aquélla. El hombre dejó el aparato encima de la barra, cerca de las espitas de cerveza. Ocupaba una gran cantidad de espacio y se notaba que al cantinero no le gustaba mucho tener aquel aparato feo y grande aparcado allí. - Dos rye con agua - dijo el hombre. El camarero continuó mezclando un Old-Fashioned que estaba preparando, pero era obvio que el pedido le daba qué pensar. - ¿Quiere uno doble? - preguntó después de unos momentos. - No - dijo el hombre -. Dos rye con agua, por favor. Clavó sus ojos en el cantinero, no precisamente en forma inamistosa, pero tampoco con cordialidad. El trato diario de muchos años con la clase de gente que frecuenta los bares había desarrollado en el cantinero un carácter adaptable. Sin embargo, no se adaptó enseguida a este individuo y no le gustó la máquin...