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El zapato maravilloso (travesura) - Marcus Aguinis

    Aprieta su carita contra los barrotes fríos del balcón. No consigue pasar la cabeza, pero logra ver el asfalto azul, seis pisos abajo. En el centro de la calle, solo, brilloso, está su zapatito derecho. Lo anduvo buscando en cajones, bajo las camas, en la heladera, en los bolsos de mamá. ¿Cómo fue a parar allí? No recuerda haberlo arrojado. Tampoco fue su hermanito: tiene apenas cuatro meses y no sale de la cuna. 
 
    En su casa no hay gatos ni perros, aunque hace tiempo que los pide con lágrimas y sonrisas al inflexible papá (es mamá la que no los quiere; dice que ensucian todo, pero la que ensucia es ella, basta con mirar la cocina).

La punta del zapato enfrenta a los vehículos. Se le arrojan encima con apuro, como bólidos. Pero no lo destruyen. A lo sumo agitan sus cordones como si fueran cabellos.

Ricardito permanece encantado en su atalaya. No hubiera sospechado que el zapato goza de poderes. Es nuevo, se lo compraron con urgencia antes de su reciente cumpleaños. 

Venía oyendo repetir a mamá que necesita zapatos, pero pasaban los días sin que trajera la anunciada caja. No entendía para qué hablaba tanto del asunto: cuando él deseaba una golosina, le bastaba agenciarse unas monedas y bajar al quiosco. Mamá no tenía más que ir a la zapatería.

Es evidente que le gustaba quejarse sin motivo. Antes del cumpleaños corrió como una loca. Y además de cursar las invitaciones y preparar la torta y comprar las bebidas y colgar banderitas e inflar los globos, tuvo que salir a buscar zapatos. 

Si le hubiera hecho caso a él, los zapatos ya habrían estado en casa mucho antes. ¡Y también destrozados!, replicó ella. Se los trajo a último momento para que lucieran nuevos, no porque le faltara tiempo. ¡Ufa, qué complicada es mamá!

Hermoso el zapatito derecho. Ahora lo ve hermoso. Brilla sobre el asfalto más que su par izquierdo, tranquilo en la caja, indiferente, vulgar. Este zapatito derecho le recuerda al Súper ratón. Se ríe de las moles que amenazan aplastarlo. No se mueve de su sitio, ni se bambolea con las ráfagas violentas, ni siquiera se molesta en enderezar la punta un poco desviada hacia los edificios de enfrente. 

Los gigantes braman, rabiosos. Ahora vienen de a cuatro juntos, rozándose los costados. Forman un ejército interminable. El semáforo de la esquina los detiene cada tres minutos. Entonces el valiente zapatito respira en medio de la planicie asfáltica. Como un luchador insigne, que no reclama ayuda, sino que espera con regodeo a sus enemigos. Y los enemigos se vuelven a abalanzar en tropel fragoroso. Pero no logran despedazarlo. Este lugar es mío, yo lo conquisté.

Ricardito se quedaría horas gozando la aventura.

Pero su madre lo llama. En ese momento el semáforo frena la jauría. Pronto se repetirá la lucha y el pequeño deberá soportar la arremetida de los monstruos. Su madre sigue llamando. Luz verde: ¡los monstruos arrancan! Hay uno más pequeño, amarillento, que se mete entre los cuatro. Su rueda izquierda le pasará exactamente por encima. Será inevitable el accidente. Mamá ya profiere gritos. Pasa el amarillento en línea recta. Detrás siguen los otros, blancos, rojos, azules, negros. Aún no puede distinguir la calzada. Es un río de elefantes mecánicos. Más largo que nunca. Su madre le sacude el hombro. El semáforo no cambia de color. Su madre lo quiere arrancar de los barrotes. Ricardito no se suelta. Y profiere una exclamación de júbilo. ¡Está intacto!: sólo le desviaron la puntera. ¡Es el vencedor! Su madre también lo reconoce. Pero no se alegra. Le aplica un tirón de pelos a Ricardito: ¡por qué lo arrojaste a la calle! Está furiosa, no entiende nada Y corre a buscarlo. En un instante llega al cordón de la vereda. Se la nota impaciente, la nueva correntada de vehículos le impide acercarse, se retuerce los dedos, está segura que lo arruinarán, adiós dinero; la pobre ignora sus poderes mágicos. El semáforo concede un respiro. Lo levanta, lo examina por arriba y por abajo, asombrada, y aparece tras Ricardito con mejor semblante.

Después de comer, mientras ella lava la vajilla y papá lee el diario, se esconde con el zapato en el placard. Deja unos centímetros de abertura para que penetre una raya de luz. El placard es muy confortable. El aroma de vestidos, frazadas, sábanas, le resulta embriagador. Apoya sus pies sobre un montículo de blusas y su espalda contra los abrigos colgantes. 

En la penumbra no hay demasiado orden. Mejor. Acaricia el empeine del zapatito mágico. Lo felicita. No tiene un solo raspón. Aquí, en la punta, deben estar sus ojos invisibles. Con ellos miraba y desafiaba el aluvión de autos. Y de cada uno de los agujeros por donde pasa el cordón emergían sus puñitos de acero, con los que lograba apartar las ruedas asesinas. 

Contempla sus propios puños y los supone idénticos a los del zapatito. Cuando el auto amarillento se le fue directamente encima, pudo ser que el zapatito se hubiera abierto como una alfombra y después hubiera recuperado su forma primitiva. Tiene muchas maneras de hacer la guerra. Puede agrandarse de golpe. Agrandarse mucho, mucho, de manera que los monstruos, en lugar de aplastarlo, se encuentren corriendo dentro de su panza, como bichitos insignificantes.

¡Zas! su hermanito empieza a llorar. Tiene hambre y está aburrido. Iría a consolarlo, pero se lo prohibieron. Le mostraría su zapatito maravilloso. Quizá entienda más que sus padres. Cuando vinieron sus amigos para el cumpleaños, presentó al bebé con orgullo; la mayoría lo contempló de lejos, con cierto temor; algunos apoyaron sus manos en el borde de la cuna preguntando cómo se llama, qué come, si habla y otras tonterías; y hubo también uno bastante atrevido que le acercó el dedo a la boca. El hermanito se divertía, pero mamá, “para que no molestara”, lo encerró en el dormitorio. El pobre se perdió el espectáculo de títeres además de la torta con velitas.

El bebé pesa más que el zapato. Pero Ricardito lo puede sacar de la cuna y volverlo a poner. No obstante, cada vez que lo intenta, mamá y papá vienen corriendo con la mano en el corazón. Una vez casi se le cae a mamá del cambiador blanco y Ricardito ni la retó, ni le tiró de las mechas, ni le prohibió que lo siguiera cambiando. Tampoco le dejan darle el biberón: dicen que se ahoga. Sin embargo, también se ahoga cuando lo sostiene papá y ni hablar cuando es la vecina del octavo piso.

Se acordaron del pequeño prisionero cuando papá tuvo listo el aparato de fotografías. Le mojaron la boca con agua azucarada, lo movieron de aquí para allá y por último consiguieron tranquilizarlo con un chupete embebido en miel. Pero papá se empeñaba en sacarle una instantánea sin chupete. No había caso: o el chupete o los berridos. Está bien —terminó por rendirse—: encajale el tapón y que se calle. Ricardito pidió una foto teniéndolo en brazos, sin éxito. Lo recluyeron nuevamente en el dormitorio.

Terminaba el cumpleaños. Quedaban cinco chicos. Papá y mamá acompañaron a los padres de Miguel hasta la calle. Se entretuvieron largo rato contándose las peripecias del último veraneo. Al regresar, en el ascensor coincidieron sobre el éxito de la fiestita: concurrieron muchos niños y les costó relativamente poco; lo más caro fue la animadora, que accedió a cobrarles la mitad por ser amiga de tía Justa. Se sentían cansados y con ganas de dormir. Pronto vendrían a buscar a los niños restantes.

De súbito les chocó el extraño silencio. Los cinco chicos permanecían alineados en el living, de frente al largo sofá. Estallaron risas y aplausos cuando apareció el títere, detrás del respaldo que servía de referencia escénica. Mamá casi se desmaya. 

Ricardito movía el títere para arriba y para abajo, izquierda y derecha. La redonda cabecita del muñeco sonreía con inédita felicidad. Y parecía hablarle a la audiencia. Sus ojitos brillaban. Sus bracitos algo flexionados y rígidos parecían dispuestos a cumplir con las amenazas que profería la voz en falsete. 

Papá se abalanzó hacia el sofá, tropezó con varios cuerpos y se lo arrancó a Ricardito. El muñeco, tras un instante de perplejidad, se asustó y rompió a llorar. La madre, aún pálida, se apresuró a meterle el chupete y, recibiéndolo de papá, lo estrechó contra su pecho con exageradas e inoportunas muestras de cariño. 

Encima de arruinarle la actuación, lo hicieron aparecer como un supermimado. Papá dio un manotazo contra Ricardito, que salió corriendo. Desde entonces ya no le permiten jugar en ningún momento y bajo ninguna forma con el bebé.

Ahora tiene un zapato maravilloso. En cuanto mamá se distraiga en el lavadero, sentará a su hermanito sobre el brillante empeine. El zapato crecerá hasta convertirse en un bote. Y saldrá volando. ¡Qué contento se sentirá el pobre, que se la pasa encerrado en su cuna celeste! Verá los techos, y la parte superior de los árboles. Se cruzará con algunos pájaros. Desde arriba todo es distinto. 

Lo comprobó en el Italpark, cuando lo llevaron a dar una vuelta en la rueda gigante. Al principio tuvo miedo y se agarró tan fuerte de la baranda que sus nudillos se pusieron blancos como la miga, pero a la segunda vuelta ya se soltó y pudo regocijarse con el colorido mundo, que pululaba a sus pies. Su hermanito se lo agradecerá cuando pueda hablar.

En este momento lo están llamando a gritos otra vez. Insisten que se bañe todas las noches. Pero a Ricardito no le gusta el primer contacto con el agua. Es cierto que después se acostumbra y se divierte, tardando en salir. Entonces protestan porque se baña demasiado. 

Una vez armaron un escándalo porque se bañaba a oscuras. Como si el agua necesitara de la luz para limpiar la mugre. Simplemente se había olvidado de encenderla, o no tuvo ganas de hacerlo, y como la bañera ya tenía suficiente agua, cerró la puerta y se zambulló. Estaba encantado. Chapoteaba que daba gusto. Se sentía en un lago. No divisaba la costa. Algunas gotas prendían lucecitas. Así debía ser el mar. Nadando un poco llegaría a la isla donde crecen bananas silvestres. Le pareció distinguir una montaña. Nadaba y cantaba. Algunos peces dibujaban anillos alrededor de sus piernas y brazos. Le faltaba poco para llegar. Ya tocaba la arena del fondo. Qué delicia... En eso estalla un fogonazo que lo ciega. Espanta el lago, los peces brillantes, la isla. Un toallón cae sobre su cabeza y mamá lo arranca con reproches sin sentido.

Nuevo conflicto: su madre no acepta que duerma con el zapato mágico. Si fueras mujer —explica— tendrías una muñeca, pero ¡un zapato sobre la almohada!... Papá propone cambiarlo por el astronauta, soñarás con un lindo viaje; el zapato es sucio, nadie duerme con un zapato al lado de la cara. 

Ricardito no cede: aprieta con energía al pequeño objeto. La madre suspira: veo que te has arrepentido, casi lo perdés; no se te ocurra tirarlo de nuevo por el balcón. Ricardito piensa que no vale la pena insistir que él no lo tiró, que no es un zapato vulgar sino maravilloso, y lo acomoda en el suelo, junto a la cama. Sus padres se alejan gratificados y tan ignorantes como vinieron.

Después de varios días consigue llevar a cabo su audaz plan aéreo. Mamá lo controla como nunca. Y cuando ella sale, baja la insoportable vecina del octavo. Su hermanito no da más de aburrimiento: come, duerme y llora. Con el llanto le dice a Ricardito que se apure, por favor, para hacerlo volar en el zapato maravilloso por sobre las terrazas y los árboles.

Se presenta la ansiada ocasión. Mamá tiende ropa aprovechando la espléndida mañana. La vecina del octavo está enferma; enhorabuena. Corre al dormitorio y saca a su hermanito de la cuna. Pesa más que la última vez. No importa. Lo acuesta sobre el zapato mágico. Pero algo lo asusta y empieza a llorar. Cuando reingresa la madre ha conseguido, felizmente, depositarlo en su sitio y simula ofrecerle el chupete. 

Ricardito piensa que el bebé tiene razón: el zapato no puede transformarse en bote dentro del cuarto y salir volando por la estrecha ventana. Sus grandiosos poderes se manifiestan al aire libre, en plena calle, sobre la hermosa cancha de asfalto. Allí colocará la maravilla y a su hermanito encima. Los autos se asombrarán cuando se convierta en bote y alce vuelo en el mismo instante que el semáforo marque verde.

Introduce el objeto prodigioso en su bolsillo para conservar las manos libres. Carga a su hermanito y llama el ascensor. No llora, sus ojitos redondos tienen el mismo júbilo que cuando actuaba de títere. Seguramente imagina su fabuloso viaje entre los gorriones. Ningún enemigo cierra el paso, mamá sigue en el lavadero. Llegan a la vereda. 

El semáforo detiene a los monstruos rugientes. Hay que proceder rápido. Se lanza a la calle, descarga el bebé, acomoda el zapato, sube al bebé sobre el zapato. Pronto se transformará en bote y navegará por el aire. Desde el balcón podrá contemplar el espectáculo. Ya no verá la solitaria y breve rayita de cuero, sino el bulto lechoso de su hermanito que empieza a ser rodeado por las confortables paredes del bote volador.

El semáforo suprime el freno y los monstruos arrancan como bólidos. En la primera línea son cuatro. Su zapatito se transformará a tiempo, le alcanzan los poderes para actuar de manera fulminante. Y ante el desconcierto general, iniciará su elevación. Pero no lo hace aún... Las moles se aproximan a la carrera. Braman con rabia. Aunque se lo propusieran, ya no podrían frenar. 

Ricardito confía en su zapato. Sabe que se reserva el efecto espectacular para el último instante. Como en la tele. Se ensanchará de golpe. En el preciso momento en que las ruedas se abalancen sobre su hermanito, dará un brinco a las alturas. Entonces el torrente mecánico y violento pasará sobre la calle limpia de obstáculos.

Ya tocan a su hermanito. ¡Ahora o nunca!... Los autos negros y rojos y azules y cremas siguen corriendo con pareja velocidad. Lanzan gases, los neumáticos queman. El suelo es arrasado por las llamaradas.

Otra vez cambia la luz del semáforo. La calle se vacía. No hay rastros del zapatito mágico ni del bebé. Mira hacia arriba y descubre el luminoso bote sobrevolando majestuosamente la ciudad.

Esa noche, cuando le ordenan que se vaya a dar el baño, tiene ganas de contar el prodigio. Pero mamá, concentrada en preparar el biberón, no entiende estas cosas.

La perfecta señorita - Patricia Highsmith

Theodora, o Thea como la llamaban, era la perfecta señorita desde que nació. Lo decían todos los que la habían visto desde los primeros meses de su vida, cuando la llevaban en un cochecito forrado de raso blanco. Dormía cuando debía dormir. Al despertar, sonreía a los extraños. Casi nunca mojaba los pañales. Fue facilísimo enseñarle las buenas costumbres higiénicas y aprendió a hablar extraordinariamente pronto. 

A continuación, aprendió a leer cuando apenas tenía dos años. Y siempre hizo gala de buenos modales. A los tres años empezó a hacer reverencias al ser presentada a la gente. Se lo enseñó su madre, naturalmente, pero Thea se desenvolvía en la etiqueta como un pato en el agua.

— Gracias, lo he pasado maravillosamente —-decía con locuacidad, a los cuatro años, inclinándose en una reverencia de despedida al salir de una fiesta infantil. Volvía a su casa con su vestido almidonado tan impecable como cuando se lo puso. 

Cuidaba muchísimo su pelo y sus uñas. Nunca estaba sucia, y cuando veía a otros niños corriendo y jugando, haciendo flanes de barro, cayéndose y pelándose las rodillas, pensaba que eran completamente idiotas. 

Thea era hija única. Otras madres más ajetreadas, con dos o tres vástagos que cuidar, alababan la obediencia y la limpieza de Thea, y eso le encantaba. Thea se complacía también con las alabanzas de su propia madre. Ella y su madre se adoraban.

Entre los contemporáneos de Thea, las pandillas empezaban a los ocho, nueve o diez años, si se puede usar la palabra pandilla para el grupo informal que recorría la urbanización en patines o bicicleta. 

Era una típica urbanización de clase media. Pero si un niño no participaba en las partidas de «póker loco» que tenían lugar en el garage de algunos de los padres, o en las correrías sin destino por las calles residenciales, ese niño no contaba. Thea no contaba, por lo que respecta a la pandilla.

— No me importa nada, porque no quiero ser uno de ellos —les dijo a sus padres.

— Thea hace trampas en los juegos. Por eso no queremos que venga con nosotros —dijo un niño de diez años en una de las clases de Historia del padre de Thea.

El padre de Thea, Ted, enseñaba en una escuela de la zona. Hacía mucho tiempo que sospechaba la verdad, pero había mantenido la boca cerrada, confiando en que la cosa mejorara. Thea era un misterio para él. ¿Cómo era posible que él, un hombre tan normal y laborioso, hubiese engendrado una mujer hecha y derecha?

— Las niñas nacen mujeres —dijo Margot, la madre de Thea—. Los niños no nacen hombres. Tienen que aprender a serlo. Pero las niñas ya tienen un carácter de mujer.

— Pero eso no es tener carácter —dijo Ted—. Eso es ser intrigante. El carácter se forma con el tiempo. Como un árbol.

Margot sonrió, tolerante, y Ted tuvo la impresión de que hablaba como un hombre de la edad de piedra, mientras que su mujer y su hija vivían en la era supersónica.

Al parecer, el principal objetivo en la vida de Thea era hacer desgraciados a sus contemporáneos. Había contado una mentira sobre otra niña, en relación con un niño, y la chiquilla había llorado y casi tuvo una depresión nerviosa. 

Ted no podía recordar los detalles, aunque sí había comprendido la historia cuando la oyó por primera vez, resumida por Margot. Thea había logrado echarle toda la culpa a la otra niña. Maquiavelo no lo hubiera hecho mejor.

— Lo que pasa es que ella no es una golfilla —dijo Margot—. Además, puede jugar con Craig, así que no está sola.

Craig tenía diez años y vivía tres casas más allá. De lo que Ted no se dio cuenta al principio es de que Craig estaba aislado, y por la misma razón. Una tarde, Ted observó cómo uno de los chicos de la urbanización hacía un gesto grosero, en ominoso silencio, al cruzarse con Craig por la acera.

— ¡Gusano! —respondió Craig inmediatamente.

Luego echó a correr, por si el chico le perseguía, pero el otro se limitó a volverse y decir:

— ¡Eres un mierda, igual que Thea!

No era la primera vez que Ted oía tales palabras en boca de los chicos, pero tampoco las oía con frecuencia y quedó impresionado.

— Pero, ¿qué hacen solos, Thea y Craig? —le preguntó a su mujer.

— Oh, dan paseos. No sé —dijo Margot—. Supongo que Craig está enamorado de ella.

Ted ya lo había pensado. Thea poseía una belleza de cromo que le garantizaría el éxito entre los muchachos cuando llegara a la adolescencia y, naturalmente, estaba empezando antes de tiempo. Ted no tenía ningún temor de que hiciera nada indecente, porque pertenecía al tipo de las provocativas y básicamente puritanas.

A lo que se dedicaban Thea y Craig por entonces era a observar la excavación de un refugio subterráneo con túnel y dos chimeneas en un solar a una milla de distancia aproximadamente. Thea y Craig iban allí en bicicleta, se ocultaban detrás de unos arbustos cercanos y espiaban riéndose por lo bajo. 

Más o menos una docena de los miembros de la pandilla estaban trabajando como peones, sacando cubos de tierra, recogiendo leña y preparando patatas asadas con sal y mantequilla, punto culminante de todo esfuerzo, alrededor de las seis de la tarde. Thea y Craig tenían la intención de esperar hasta que la excavación y la decoración estuvieran terminadas y luego se proponían destruirlo todo.

Mientras tanto a Thea y a Craig se les ocurrió lo que ellos llamaban «un nuevo juego de pelota», que era su clave para decir una mala pasada. Enviaron una nota mecanografiada a la mayor bocazas de la escuela, Verónica, diciendo que una niña llamada Jennifer iba a dar una fiesta sorpresa por su cumpleaños en determinada fecha, y por favor, díselo a todo el mundo, pero no se lo digas a Jennifer. Supuestamente la carta era de la madre de Jennifer. 

Entonces Thea y Craig se escondieron detrás de los setos y observaron a sus compañeros del colegio presentándose en casa de Jennifer, algunos vestidos con sus mejores galas, casi todos llevando regalos, mientras Jennifer se sentía cada vez más violenta, de pie en la puerta de su casa, diciendo que ella no sabía nada de la fiesta. Como la familia de Jennifer tenía dinero, todos los chicos habían pensado pasar una tarde estupenda.

Cuando el túnel, la cueva, las chimeneas y las hornacinas para las velas estuvieron acabadas, Thea y Craig fingieron tener dolor de tripas un día, en sus respectivas casas, y no fueron al colegio. Por previo acuerdo se escaparon y se reunieron a las once de la mañana en sus bicicletas. Fueron al refugio y se pusieron a saltar al unísono sobre el techo del túnel hasta que se hundió. 

Entonces rompieron las chimeneas y esparcieron la leña tan cuidadosamente recogida. Incluso encontraron la reserva de patatas y sal y la tiraron en el bosque. Luego regresaron a casa en sus bicicletas.

Dos días más tarde, un jueves que era día de clases, Craig fue encontrado a las cinco de la tarde detrás de unos olmos en el jardín de los Knobel, muerto a puñaladas que le atravesaban la garganta y el corazón. 

También tenía feas heridas en la cabeza, como si le hubiesen golpeado repetidamente con piedras ásperas. Las medidas de las puñaladas demostraron que se habían utilizado por lo menos siete cuchillos diferentes.

Ted se quedó profundamente impresionado. Para entonces ya se había enterado de lo del túnel y las chimeneas destruidas. Todo el mundo sabía que Thea y Craig habían faltado al colegio el martes en que había sido destrozado el túnel. Todo el mundo sabía que Thea y Craig estaban constantemente juntos. 

Ted temía por la vida de su hija. La policía no pudo acusar de la muerte de Craig a ninguno de los miembros de la pandilla, y tampoco podían juzgar por asesinato u homicidio a todo un grupo. La investigación se cerró con una advertencia a todos los padres de los niños del colegio.

— Sólo porque Craig y yo faltáramos al colegio ese mismo día no quiere decir que fuésemos juntos a romper ese estúpido túnel —le dijo Thea a una amiga de su madre, que era madre de uno de los miembros de la pandilla. Thea mentía como un consumado bribón. A un adulto le resultaba difícil desmentirla.

Así que para Thea la edad de las pandillas —a su modo— terminó con la muerte de Craig. Luego vinieron los novios y el coqueteo, oportunidades de traiciones y de intrigas, y un constante río, siempre cambiante, de jóvenes entre dieciséis y veinte años, algunos de los cuales no le duraron más de cinco días.

Dejemos a Thea a los quince años, sentada frente a un espejo, acicalándose. Se siente especialmente feliz esta noche porque su más próxima rival, una chica llamada Elizabeth, acaba de tener un accidente de coche y se ha roto la nariz y la mandíbula y sufre lesiones en un ojo, por lo que ya no volverá a ser la misma. 

Se acerca el verano, con todos esos bailes en las terrazas y fiestas en las piscinas. Incluso corre el rumor de que Elizabeth tendrá que ponerse la dentadura inferior postiza, de tantos dientes como se rompió, pero la lesión del ojo debe ser lo más visible. En cambio Thea escapará a todas las catástrofes. Hay una divinidad que protege a las perfectas señoritas como Thea.

Recomendación: "El juego más antiguo" de Alberto Chimal por Sivela Tanit

Este es uno de mis cuentos favoritos. La historia narra el enfrentamiento épico entre dos poderosas bruja, ambas se odian con profundidad. Es un combate de magia de transformación, donde ambas comienzan a cambiar de forma y naturaleza.

Es un cuento muy breve pero interesante porque se la batalla, que es lo atractivo, se desarrolla con ingenio, la fuerza para que cada una pueda ganar depende de su astucia. El final es magnífico, porque en realidad no se espera una transformación así, como lector esperas tener un descenlace cotidiano, una sobre la otra, sin embargo, el autor juega con la idea de una tercer escape, y eso es lo maravilloso, que Alberto Chimal lo introduce casi como de casualidad, le da esa sensación de imposibilidad, pero lo logra, encuentra la salida para la batalla y le queda muy bien.

Es un cuento muy recreativo y muy bello en todas sus partes. 

Recomiento su lectura, es breve, pero emocionante. Pueden encontrarlo en el enlace de abajo.

Disfruten de su lectura.

https://sivela.blogspot.com/2009/04/alberto-chimal.html

Yo y El Imbécil - Elvira Lindo

 LOS BERNABÉS

Por la mañana, nos levantamos y nos costó lo menos 30 segundos saber dónde estábamos: en casa de la Luisa, porque mi madre se había quedado en el hospital con mi abuelo, que ya no tenía próstata. A no ser, claro, que se hubieran equivocado y en vez de la próstata le hubieran quitado el hígado, que es una cosa que, por lo que cuenta la Luisa, ocurre bastante en los hospitales. Es que ella hizo durante un tiempo una colección de errores médicos; son recortes que tiene de periódicos y cosas que le ha contado la gente y que tiene escritas. Dice que un día hará un libro con todo eso y será un best-seller y retirará a Bernabé de trabajar y se irán a una playa con bastantes palmeras y nos llevarán a mí y al Imbécil para que les espantemos las moscas con una rama mientras ellos toman el sol con el dinero del best-seller bien cerquita, para que no se lo quite nadie, dentro de la riñonera, bien pegado a la barriga. Si algún día ves en una playa tropical a un matrimonio con dos riñoneras bien atadas a la cintura y dos niños espantándoles las moscas con una rama (uno de ellos con gafas): somos nosotros.

Yo le pregunté a la Luisa durante el desayuno cuánto tiempo podía vivir un abuelo sin hígado. Yo qué sé, por ponerme en lo peor y pensar que al cirujano se le hubiera ido la olla y hubiera cortado por otro lado.  Y cuando la Luisa me dijo que un abuelo sin hígado no duraba ni una mañana, me entró una angustia de pensar que a lo mejor no volvíamos a ver a mi abuelo vivo, que me puse pálido y la Luisa se asustó y me gritó: «Pero, ¿qué te pasa, qué te pasa?», y cuando le pude decir con mi boca sin saliva que tenía miedo de tener en esos momentos un abuelo sin hígado y sin vida, la Luisa me tranquilizó un poco y me dijo que ella sabía por mi madre que mi abuelo estaba superbien y yo mismo lo iba a ver con mis propios ojos, porque por la tarde ella nos iba a llevar al hospital para llevarle unos bombones que nos íbamos a comer nosotros mismos, porque los abuelos recién operados no pueden comer bombones; se tienen que comer los nietos todos los de la caja. Eso me dejó un poco más tranquilo, pero dentro de mi cerebro sabía que hasta que no viera a mi abu por la tarde no me creería del todo las palabras de la Luisa, que, como dice mi madre, miente más que habla.

El desayuno aquella mañana en casa de la Luisa fue paranormal, porque el Imbécil no tiró ni una pizca de su leche (en mi casa la tira todos los días), y eso es algo que ni había sucedido antes, desde que yo tengo memoria cerebral, ni ha vuelto a suceder después de ese día. Cosas raras que pasan, acontecimientos extraños que no vuelven a repetirse en cientos de años, como el paso de un cometa o la caída de un meteorito.

La Luisa nos dijo que nos teníamos que quedar solos mientras ella se iba a la peluquería, porque «con estos pelos que llevo», dijo, «no puedo ir esta tarde a un hospital». Y dijo que teníamos que ser responsables y cuidar de sus animales. No es que el piso de la Luisa sea una granja, pero hay un pez, un canario y la famosa Boni, y hay que estar pendientes de su comida y de que no se devoren los unos a los otros, porque los animales parecen muy buenos, pero después de ver los documentales con los que se duerme mi abuelo por la tarde te queda la duda: ves un canario amarillo que siempre te ha parecido tan inocente y, la verdad, lo menos que piensas es que como se le cruce un cable al canario ese te da un picotazo y te puede sacar un ojo y comérselo allí mismo, en su misma jaula.

Le dijimos a la Luisa adiós, adiós, y allí nos quedamos, vestidos con los pijamas de Bernabé, porque la Luisa nos dijo que para estar en casa el pijama es lo mejor. En cuanto se fue, el Imbécil tuvo la idea de que fuéramos al armario de los peluquines y nos pusiéramos cada uno en nuestras cabezas uno de los peluquines de Bernabé. Yo le dije que antes debíamos asegurarnos de que la Luisa se había ido de verdad. Así que nos asomamos a la ventana y la vimos que hablaba con una vecina, que hablaba con otra (¿por qué siempre tiene que hablar tanto?) y luego se metía en la peluquería Don Moño, que es la peluquería a la que van todas las mujeres que yo he conocido en mi vida. Al fin éramos libres.

Nos pusimos cada uno nuestro peluquín. El Imbécil se puso el que se hizo Bernabé con el propio pelo de la Luisa, y yo me puse uno más serio, más oscuro, el que utiliza mi padrino para las bodas o las comuniones. Y una vez que estuvimos los dos disfrazados de Bernabé, jugamos a ser veterinarios. Pero antes nos enfadamos y estuvimos a punto de no jugar porque los dos queríamos llamarnos Bernabé y, claro, lo que yo le decía, que es muy raro ir a una clínica veterinaria y encontrarse a dos hermanos veterinarios que se llamen los dos de la misma manera. Intenté convencerlo y le propuse varios nombres: Francisco, Eusebio, Vicente... Nombres que a mí me parece que están bien cuando uno es veterinario, pero el Imbécil dijo que no y que no, y que si no se llamaba Bernabé no jugaba ni a eso ni a nada. A mí me gustaría tener un hermano pequeño para poder mandarle todo lo que yo quisiera; creo que para eso tienen que ser los hermanos pequeños, pero el Imbécil es un niño que nació para ir a su bola y es muy cabezota.

—El nene se llama Bernabé —me dijo cruzándose de brazos—. Y Manolito, que se llame Francisco o Vicente si quiere.

A mí tampoco me dio la gana, así que llegamos los dos a un acuerdo: seríamos los primeros hermanos en la historia que se llamarían igual. Nuestra clínica veterinaria se llamaría Los Bernabés, y vendría mucha gente del mundo entero a ver con sus propios ojos a dos hermanos que se llamaban igual y se dedicaban a lo mismo. Y cuando alguien dijera: «Traigo a esta perra rabiosa a que la cure el veterinario, ¿dónde está el doctor Bernabé?», los dos nos pondríamos detrás del mostrador con una gran sonrisa y diríamos: «Nosotros somos el doctor Bernabé», y uno miraría a la perra rabiosa por la parte del rabo y el otro por la parte de la boca. Y tan contentos.

Los Bernabés nos pusimos a cuidar a nuestros tres animales. Yo, para empezar, solté a Tutto (el canario), para que se diera unos cuantos vuelos por ahí mientras yo le limpiaba la jaula, porque no quería poner la jaula debajo de la ducha con el canario dentro. Y el otro Bernabé (el Imbécil) se puso a buscar un termómetro para ponérselo a la Boni. De Fernandito, el pez, nos ocuparíamos más tarde, porque, según el Imbécil, el agua de la pecera estaba muy fría y el pez Fernandito se podía constipar. «Los Bernabés: pon a tus animales en las mejores manos (cuatro)»; así pensábamos anunciarnos en las páginas amarillas.

EL SOLDADO DESCONOCIDO

Fue bastante difícil ponerle el termómetro a la Boni, porque cuando la perra de la Luisa vio que habíamos soltado al canario Tutto, se puso que parecía que había cogido la rabia. Faltó muy poco para que se lo merendara. El canario volaba muy mal, daba pena verlo; vamos, que sólo volaba unos saltitos que eso no es volar ni es nada.

—El nene vuela mejor —dijo el Imbécil.

Y tenía razón, porque yo he visto volar al Imbécil, cuando jugamos a Superman o cosas así, y de verdad que se da más maña para volar que aquel canario. Claro, que al Imbécil lo tenemos en libertad, y eso ayuda. Aquel canario llevaba preso mucho tiempo y las plumas no le rulaban.

Tutto fue dando saltitos en la zona que tiene la Luisa dedicada a Lugares Históricos del Mundo. Saltó del pergamino egipcio a unos fósiles que compró en el Pryca una vez que celebraron la Semana de la Prehistoria Terrenal, y luego saltó a la cabeza de los luchadores de Sumo, y luego a un póster que tiene de Viena, que es el sitio adonde le gustaría ir a la Luisa, pero no va por si a Bernabé se le vuela el peluquín mientras bailan el vals y todo el mundo se ríe. Allí se quedó Tutto, encima del marco de la foto de Viena. Y la Boni se subió a una silla y se puso a ladrar y a enseñarle los dientes al canario, que daba miedo verla. De pronto, la Boni, esa perra de cojín, como dice la Luisa, se había transformado en una perra de presa. El Imbécil, que tiene mucho valor, insistió en ponerle el termómetro porque dijo que él era un veterinario que no le temía a ningún animal salvaje. Fue a levantarle la pata a la Boni para ponérselo, y la Boni hizo un gesto al bies con la boca, enseñándole los dientes, que por poco se come el termómetro y la mano de su veterinario.

El veterinario era valeroso hasta cierto punto, claro, porque fue ver que la Boni le podía morder, y me echó las manos al cuello para que le cogiera en brazos. Los dos nos quedamos un rato detrás del sofá oyendo gruñir a la Boni y bastante preocupados. Al Imbécil se le ocurrió que en estos casos hay que ponerle a la perra una inyección antirrábica de urgencia, y a mí me pareció muy bien, sólo que, como no teníamos la inyección, tuvimos que pensar en otra cosa. Entonces, el Imbécil, el niño de las grandes ideas, me dijo que podíamos encerrar a la Boni en la cocina y luego cazar a Tutto y volverle a meter en la jaula, porque un canario que vuela tan mal no se merece andar por ahí suelto por los Lugares Históricos del Mundo. Yo le dije al Imbécil que muy bien, que encerrábamos a la Boni en la cocina; pero, ¿cómo?, fue la pregunta que me hice y que se estará haciendo ya media España. Entonces el Imbécil se convirtió en un niño de acción y me dijo allí mismo, detrás del sofá:

—Cubre al nene, cúbrele.

Yo no sabía lo que quería decir hasta que lo vi salir arrastrándose, como van los soldados en las películas de una trinchera a otra. Sólo le faltaban un casco y unas hojas de árbol en la cabeza para ser por completo el soldado desconocido. A mí no se me ocurría con qué cubrirle; desde luego, no pensaba salir de detrás del sofá, no fuera a ser que la Boni, esa perra de presa, se lanzara sobre mí; así que hice lo que haría cualquier soldado: me quedé detrás de la trinchera, con mi brazo estirado como una ametralladora, y apunté a la Boni para proteger a mi hermano, el soldado desconocido. Para que te des cuenta de la gran imaginación que tenemos los niños de la infancia.

 El Imbécil llegó a la cocina y le oí que abría la nevera. «¿Qué hace?», me pregunté mientras no paraba de apuntar a la Boni. Oía que el Imbécil revolvía en la nevera, sacaba platos, abría cajones. «¿Se habrá vuelto loco el soldado desconocido?», me seguí preguntando. Al fin y al cabo, a muchos les pasa eso de la supertensión bélica. Yo, desde luego, no me pensaba mover de mi refugio, porque yo era el clásico soldado que no se arriesga; es más, como la cosa se pusiera muy fea en aquella casa de animales salvajes, podía andar por detrás del sofá, y llegar desde mi trinchera a la misma puerta de la calle y ser el clásico soldado desertor.

Pero pronto comprendí lo que iba a hacer el Imbécil. Salió de la cocina con un filete crudo en la mano y se lo escondió en la espalda. Se puso en medio del salón y miró a la Boni con una gran sonrisa en los labios.

—Boni, bonita... Boni, bonita...

La Boni le enseñó sus colmillos por toda respuesta y volvió a mirar al canario, que seguía encima de Viena. Parecía que le estaba advirtiendo: «Mira, niño, no me molestes ahora, que estoy esperando a que se caiga este pájaro del cuadro para zampármelo». Pero el Imbécil insistió: «Boni, bonita...».

La Boni perdió la paciencia, se bajó de la silla y fue hacia él. Yo estaba a punto de echar a correr hacia la puerta y ser de una vez por todas el soldado desertor, cuando vi que el Imbécil, con la misma sonrisa, sacó el filete de su espalda y lo lanzó hacia la cocina. La Boni miró un momento al canario y miró un momento el filete en el suelo de la cocina, y pensó: «¿Qué prefiero, un filete lleno de carne o un canario lleno de huesos?». Se decidió por el filete y se tiró como loca a por él. Entonces fue cuando el Imbécil cerró la puerta de la cocina, y dijo: «Ya está». El soldado desertor (yo) salió de detrás del sofá, alucinado con la hazaña del soldado desconocido, y le felicitó, porque ser desertor no quita que no reconozcas cuándo los demás hacen las cosas bien. Ahora sólo nos quedaba cazar a Tutto, que seguía muerto de miedo allá arriba, temblando, como hubiera estado cualquiera camino del matadero. Yo dejé que fuera el Imbécil el que decidiera, porque estaba claro que en hazañas bélicas él era el líder.

—Lo cazamos con el peluquín —dijo.

Y se quitó el peluquín de Bernabé de la cabeza, se subió a la silla y empezó a tirar el peluquín hacia el cuadro. A la quinta vez, el peluquín cayó encima del pobre Tutto (que tenía un tutto de muerte), y el canario y el peluquín fueron a parar al suelo. Yo, por colaborar, traje corriendo la jaula de Tutto, y el Imbécil metió en la jaula el peluquín de Bernabé con Tutto dentro. El canario salió de entre los pelos del peluquín y se puso a cantar. Nosotros pensamos que estaba bastante agradecido.

Y yo me quedé mirando al Imbécil con una admiración sin límites. 

FERNANDITO, UN PEZ SIN HOGAR

Con la Boni encerrada en la cocina y Tutto encerrado en su jaula, yo y el Imbécil (los Bernabés) teníamos las manos libres para ocuparnos del pobre pez Fernandito. Fernandito es un pez que tiene muy buen carácter, como casi todos los peces, quitando los tiburones y otros peces devoradores. Fernandito se pasa la vida en su pecera redonda, dando vueltas a la roca, al buzo de plástico y a un cofre con un tesoro que le regalé yo a la Luisa de mis Legos, y que a la Luisa le encantó porque le da a la pecera un ambiente superrealista de fondo del mar. Fernandito es naranja y no tiene ninguna gracia; no canta como Tutto, ni come gambas como la Boni; a Fernandito le coges cariño igual que le coges cariño al mueble-bar o a una taza; le coges cariño porque lo ves todos los días dando vueltas y vueltas por la pecera; pero, vamos, quiero decir que con Fernandito no tienes lo que se dice una gran comunicación.

Después de mojar un poco el chupete en la pecera de Fernandito y metérselo en la boca (es su forma de medir la temperatura), el Imbécil dijo:

—Está fría el agua de Fernandito.

Y yo pensé que eso había que arreglarlo porque a lo mejor Fernandito sería más expresivo o estaría más alegre si tuviera un agua más tropical, porque a lo mejor a Fernandito lo que le pasaba es que tenía los músculos agarrotados, y por eso parecía que tenía cara de muerto.

 Llevamos la pecera a la cocina para realizar la operación de cambio de aguas. La Boni seguía devorando su filete crudo. Un hilillo de sangre del filete se le había quedado en los bigotes, y tenía una pinta bastante salvaje. En cuanto nos vio aparecer, se llevó su carne cruda al rincón; tenía miedo de que se la quitáramos. El Imbécil intentó pescar a Fernandito con la mano, pero Fernandito resultó ser un pez bastante resbaladizo y no había manera, así que cogimos el colador de la leche y así logramos atraparlo. No se resistió. Ya te digo que Fernandito es un pez sin expresión, que ni siente ni padece. Yo tiré toda el agua de la pecera en la pila, y el Imbécil se quedó con Fernandito en el colador. Intenté hacerlo muy rápido, porque un pez en un colador no puede sobrevivir mucho tiempo. No sé cómo hice, no me lo preguntes porque se ha borrado de mi cerebro, pero al ir a arrimar la pecera al agua caliente, se me resbaló por los brazos y se rompió contra el suelo de la cocina. Yo y el Imbécil nos quedamos mirando los cristales bastante paralizados, y fue entonces cuando Fernandito empezó a respirar como si se ahogara; yo creo que porque se dio cuenta de que su futuro estaba bastante negro. Estuve a punto de enfadarme con el Imbécil porque, sin apartar los ojos del suelo, me dijo:

—Lo sabía.

Ésta es una frase que ha aprendido de mi madre, que cuando te caes o tiras algo, siempre dice: «Lo sabía», y tú en ese momento la coges, aunque sea tu madre, bastante manía.

Me hubiera puesto a pelearme con el Imbécil si no llega a ser porque nos dimos cuenta de que Fernandito estaba en las últimas. Ya no estaba naranja, se había puesto negro. Como medida de urgencia, eché agua en un vaso y allí que soltamos a Fernandito, que empezó a revivir poco a poco. El Imbécil le echó el chupete en el vaso para que Fernandito se consolara por la pérdida de su pecera.

—No llores, Fernandito —le dijo, acariciando el vaso—. Al buzo no le ha pasado nada.

Como verás, aunque es un niño normalmente sin escrúpulos, de pronto tiene ramalazos de niño sentimental.

Era verdad, al buzo no le había pasado nada; estaba en el suelo, rodeado de cristales, pero como era un buzo de plástico no había sufrido daños personales. Me pasé media hora recogiendo los cristales. El Imbécil estaba sentado en la silla hablando con Fernandito, y hablando conmigo. Me decía mientras yo barría:

—Debajo de la pata se ha dejado Manolito cristales.

—Pues te levantas y los recoges tú, listo.

De pronto me di cuenta de que los cristales habían llegado hasta el rincón donde la Boni chupeteaba su carne ensangrentada. Me acerqué de buenos modos, intentando explicarle el peligro que corría:

—Boni, si te tragas un cristal, puedes morir de perforación estomacal.

Pero la Boni era acercarme y hacer: «Grrrrrrrrrr».

El Imbécil encontró una vez más la solución: abrió la nevera de la Luisa y sacó otro filete. Lo cogió con la mano y se lo enseñó:

—Boni, bonita... Boni, bonita.

Y la Boni soltó su filete viejo y empezó a relamerse mirando el nuevo. Entonces el Imbécil lanzó el filete, ahora hacia el salón. La Boni salió disparada. Los dos miramos a ver dónde había caído: en el sofá. La Boni entró en éxtasis. Se revolcó en el sofá con el filete agarrado por los dientes. Parecía un tigre. Cerramos la puerta de la cocina, y ahí la dejamos con su filete y su éxtasis.

A mí me sudaban hasta las gafas de barrer por aquí y por allá y de tanta problemática. El suelo sonaba cruas-cruas cuando andabas, pero tampoco me iba a pasar la vida limpiando la casa de la Luisa. No era su criadito.

Nos pusimos a pensar dónde podíamos meter a Fernandito ahora que su casa se había roto en mil pedazos. Revolvimos los armarios de la Luisa: ¿en una botella, en un tuperware, en el cazo de la leche? Queríamos encontrar un lugar donde Fernandito, el inexpresivo, fuera por fin feliz. Lo encontramos: la olla a presión. Era una casa grande; como diría mi madre: sin estrecheces. Echamos agua en la olla. El Imbécil midió la temperatura con el chupete.

—Así está bien.

Y una vez que el Imbécil dio el visto bueno a la temperatura, llenamos la olla con agua tirando a calentita para que Fernandito viviera al fin como un pez tropical, y le metimos el buzo y la roca y el tesoro (donado por la Fundación Manolito). Cuando tuvimos listo el hogar, soltamos a Fernandito dentro. La olla a presión tenía una pega, que no era transparente, y Fernandito parecía que nadaba por el fondo submarino del mar, con todo a oscuras. Lo arreglamos: le cogimos una linterna a Bernabé y la atamos a una de las asas de la olla para que alumbrara el fondo. Por otra parte, la olla tenía una cosa muy buena: que cuando a Fernandito se le volviera a enfriar el agua, no habría necesidad de cambiarla; con poner un poquito la olla al fuego, ya estaba arreglado. Sólo un poquito, claro, porque como te pasaras un poco hacías un caldo con Fernandito, y eso no mola, porque a Fernandito, aunque no tenga una gran comunicación, se le toma cariño. Por si acaso, escribimos un cartel:

 

«Cuando calientes el agua de Fernandito, cuidadito, cuidadito. 

Firmado: los Bernabés.»

 

Cuando terminamos el cartel, oímos la llave de la puerta: por el olor a laca que inundó la casa en un momento, supimos que la Luisa había vuelto de la peluquería.

Cuando ganamos la calle - Gustavo Masso

Ahí estábamos matando el sábado, contándonos chistes y vacilando a las chamacas, adiós mamacita, a qué horas vas al pan, si como las mueves etcétera, que pasaban a cada rato para ir a la Guadalupana, la tienda de la esquina, a traer algún mandado, mientras nos gorreábamos unos a otros los cigarros y nos mentábamos la madre o nos golpeábamos amistosamente.

También los escuincles de la cuadra estaban, como de costumbre, jugando futbol a media calle, driblando de vez en cuando algún coche. Por eso teníamos que estarnos cuidando de los balonazos, ¡bolita favor...!, que nos llegaban. 

Pero ahora, por más que les aventábamos la bola bien lejos, ¡háganse para allá, cabrones!, los canijos ya nos habían agarrado de sus tarugos y se la pasaban chutando con todas sus ganas para acá. 

En una de esas le dieron un pelotazo en la mera jeta al Macuarro, que ese sí es rete enojón, y que se levanta hecho la madre a perseguirlos, aunque con esos guarachotes que usa cuándo los iba a alcanzar. 

De todos modos nos quedamos con el balón y los escuincles ya no se animaron a pedirlo. Nomás los veíamos parados en la esquina haciéndonos gestos y burlándose.

Entonces, como el Federico ya iba a empezar otra vez con su chistecito del cura, que es bien mamón, que nos ponemos de acuerdo para echar una cascarita de futbol y, pa luego es tarde, formamos los equipos, cuatro contra cuatro, el que pierda paga las caguamas, ¡van!, pusimos las porterías, coladeritas de tras pasos, con dos piedrotas en medio de la calle, se vale rebotar en la banqueta y no hay ofsaid, sale, sacan pichones, y comenzamos a jugar con entusiasmo, pensando más que nada en las cervezas que estaban de por medio.

Los comerciantes de la cuadra, ¡ya van a empezar esos vagos!, bajaron luego luego sus cortinas, aunque de todos modos casi era hora de cerrar, y los chavitos, que ya nos habían perdido el miedo y se interesaron en el partido, se acomodaron en un zaguán y desde ahí soltaban la carcajada cada vez que atropellábamos a alguna señora, ¡brutos, desconsiderados!, que pasaba por allí con su chilpayate en brazos, o cuando nos metíamos algún faul más o menos aparatoso.

El juego estaba reñido y ya íbamos dos dos cuando un coche, un Gálaxi negro grandote, se soltó tocando el cláxon para que lo dejáramos pasar. Nosotros ni lo pelamos, así que siguió pite y pite hasta que el Macuarro se encabronó y le tiró adrede un balonazo que le dio en la frente y le abolló toda la parrilla. 

Entonces, como ya se habían juntado cuatro o cinco coches más, atrás de él, el cuate este del Gálaxi, ¡qué se han creído!, se sintió de pronto valiente y se bajó a echar bronca. Los de los otros carros también se bajaron a ver qué pasaba, los niños salieron del zaguán y se acercaron, y en las ventanas de las casas los vecinos, ¿quién le pegó a quién?, se asomaban a preguntar a los de afuera. 

Pronto se hizo una bolita de gente que no sabía ni qué pedo pero ai estaban de chismosos.

El del Gálaxi discutía, ¡ustedes no saben con quién se están metiendo!, sacaba credenciales y quería quitar las piedras, y nosotros agarrábamos al Macuarro, ¡déjenme partirle su madre a este pinche viejo!, que se le quería ir encima, mientras en medio de la discusión el Toño, que se da aires de galán, aprovechaba para llegarle, ¿por qué tan sola, mamacita?, a una chava de un Volkswagen que no sabía ya ni dónde meterse.

El caso es que nosotros no aflojamos, y lo bueno es que los vecinos, ¡no se dejen muchachos!, comenzaron a apoyarnos, mientras desde las azoteas de las casas le aventaban basura y porquería y media a los coches. 

Pero el colmo fue cuando al carnicero que vive en la esquina se le ocurrió salir a afilar sus cuchillos en la banqueta, a la vista de todos. Ahí empezó la desbandada, y como los coches de atrás se estaban echando en reversa para salir por un callejoncito lateral, al del Gálaxi, ¡mejor ai muere!, se le quitó lo valiente, se subió a su carro y se echó también en reversa seguido de todos los chavitos, ¡pinche viejo maricón!, que iban golpeándole los cristales y burlándose.

Total que acabamos el partido, hicimos coperacha para tomar una cerveza, y ya de nochecita, cuando de las casas salía un olor a frijoles recién hechecitos y a café con leche, nos metimos a cenar, pero nadie quitó las piedras de la calle. 

Esa noche, a pesar de ser sábado, no nos emborrachamos. 

El tesoro de Roque - Milia Gayoso

Roque jugaba en la orilla del río. El lodo rubio se transformaba en figuras regordetas y desproporcionadas en sus manos. Hacía caballos y burros, pero de repente lo aplastaba todo, lo convertía en un yacaré o un pescado con alas y le agregaba una ramita seca en la terminación para que semejara una cola.

Se levantó del suelo y comprobó que en la zona de las sentaderas su pantalón estaba mojado y sucio y se encaminó hasta el agua para lavarlo. Resbaló y cayó de largo, ensuciándose por completo. Había dejado de llover dos horas antes y el lodo estaba resbaladizo.

Se adentró en el agua y se sumergió no muy lejos de la orilla para lavar sus ropas, porque imaginaba la reprimenda de su madre. Se quitó el pantalón y lo fregó una y otra vez hasta que pareció un poco más limpio. Cuando volvía a la orilla tropezó con algo duro (pensó que era un hueso de pescado o una piedra), no le hizo caso y continuó caminando.

Tendió su pantalón sobre una planta de tártago que crecía cerca de la costa y volvió a sus animalitos de lodo, pero le carcomió la curiosidad y volvió al agua. Se le ocurrió que aquello con lo que tropezó podría ser una piedra rara traída por el agua desde muy lejos, quizás desde Brasil, y volvió en su búsqueda. Tanteó agachado, tanteó con los pies y luego con las manos hasta que lo palpó. «Es un hueso -pensó-, el hueso de un animalito».

Lo sacó rápido y lo sacudió en el agua para sacarle todo el barro adherido. No era un hueso sino un paladar humano. Roque lo miró perplejo... y atacado por un acceso de miedo lo tiró con fuerza a la playa.

Tuvo el impulso de salir corriendo, pero la curiosidad pudo más y se acercó a él. Lo agarró con una hoja de tártago y lo examinó detenidamente: era la parte de arriba de un paladar. Tenía catorce dientes, uno de ellos de oro... todo cubierto de oro.

Se puso feliz pensando que podía vender ese diente y comprarse un caballo de verdad y hasta un tarro de dulces que le durara todo un año. Se sentó otra vez sobre la tierra mojada para examinar mejor su tesoro y ver la forma de arrancar del armaje al diente dorado. «¿Cómo apareció este paladar en el río?», pensó mientras le sacaba lustre al diente... «quizás alguien vino a lavarse los dientes y se le zafó...»

Entonces llegó Benito, con su hondita en la mano. Roque le mostró orgulloso su pequeño tesoro y le contó todo lo que pensaba comprar con su venta.
-Eso debe ser del señor hinchado -dijo Benito.
-¿Qué señor hinchado? -preguntó Roque.
-De ese señor ahogado, que boyaba todo hinchado y apareció en la desembocadura del río Confuso.

Roque tiró espantado el paladar y corrió hacia su casa en calzoncillos, dejando su pantalón en la rama de la planta.
Benito alzó el pequeño armaje y se quedó pensando en lo que compraría con su fabuloso tesoro.

El jardín encantado - Italo Calvino


Giovannino y Serenella caminaban por las vías del tren. Abajo había un mar todo escamas azul oscuro azul claro; arriba un cielo apenas estriado de nubes blancas. Los rieles eran relucientes y quemaban. Por las vías se caminaba bien y se podía jugar de muchas maneras: mantener el equilibrio, él sobre un riel y ella sobre el otro, y avanzar tomados de la mano. O bien saltar de un durmiente a otro sin apoyar nunca el pie en las piedras. 

Giovannino y Serenella habían estado cazando cangrejos y ahora habían decidido explorar las vías, incluso dentro del túnel. Jugar con Serenella daba gusto porque no era como las otras niñas, que siempre tienen miedo y se echan a llorar por cualquier cosa. Cuando Giovannino decía: "Vamos allá", Serenella lo seguía siempre sin discutir. 

¡Deng! Sobresaltados miraron hacia arriba. Era el disco de un poste de señales que se había movido. Parecía una cigüeña de hierro que hubiera cerrado bruscamente el pico. Se quedaron un momento con la nariz levantada; ¡qué lástima no haberlo visto! No volvería a repetirse. 

-Está a punto de llegar un tren -dijo Giovannino.
Serenella no se movió de la vía.
-¿Por dónde? -preguntó.
Giovannino miró a su alrededor, con aire de saber. Señaló el agujero negro del túnel que se veía ya límpido, ya desenfocado, a través del vapor invisible que temblaba sobre las piedras del camino.
-Por allí -dijo. Parecía oír ya el oscuro resoplido que venía del túnel y vérselo venir encima, escupiendo humo y fuego, las ruedas tragándose los rieles implacablemente.
-¿Dónde vamos, Giovannino? 

Había, del lado del mar, grandes pitas grises, erizadas de púas impenetrables. Del lado de la colina corría un seto de ipomeas cargadas de hojas y sin flores. El tren aún no se oía: tal vez corría con la locomotora apagada, sin ruido, y saltaría de pronto sobre ellos. Pero Giovannino había encontrado ya un hueco en el seto.
-Por ahí. 

Debajo de las trepadoras había una vieja alambrada en ruinas. En cierto lugar se enroscaba como el ángulo de una hoja de papel. Giovannino había desaparecido casi y se escabullía por el seto.
-¡Dame la mano, Giovannino! 

Se hallaron en el rincón de un jardín, los dos a cuatro patas en un arriate, el pelo lleno de hojas secas y de tierra. Alrededor todo callaba, no se movía una hoja. "Vamos" dijo Giovannino y Serenella dijo: "Sí".

Había grandes y antiguos eucaliptos de color carne y senderos de pedregullo. Giovannino y Serenella iban de puntillas, atentos al crujido de los guijarros bajo sus pasos. ¿Y si en ese momento llegaran los dueños? 

Todo era tan hermoso: bóvedas estrechas y altísimas de curvas hojas de eucaliptos y retazos de cielo, sólo que sentían dentro esa ansiedad porque el jardín no era de ellos y porque tal vez fueran expulsados en un instante. Pero no se oía ruido alguno. De un arbusto de madroño, en un recodo, unos gorriones alzaron el vuelo rumorosos. Después volvió el silencio. ¿Sería un jardín abandonado? 

Pero en cierto lugar la sombra de los árboles terminaba y se encontraron a cielo abierto, delante de unos bancales de petunias y volúbilis bien cuidados, y senderos y balaustradas y espalderas de boj. Y en lo alto del jardín, una gran casa de cristales relucientes y cortinas amarillo y naranja. 

Y todo estaba desierto. Los dos niños subían cautelosos por la grava: tal vez se abrirían las ventanas de par en par y severísimos señores y señoras aparecerían en las terrazas y soltarían grandes perros por las alamedas. Cerca de una cuneta encontraron una carretilla. 

Giovannino la cogió por las varas y la empujó: chirriaba a cada vuelta de las ruedas con una especie de silbido. Serenella se subió y avanzaron callados, Giovannino empujando la carretilla y ella encima, a lo largo de los arriates y surtidores.
-Esa -decía de vez en cuando Serenella en voz baja, señalando una flor. 

Giovannino se detenía, la cortaba y se la daba. Formaban ya un buen ramo. Pero al saltar el seto para escapar, tal vez tendría que tirarlas. 

Llegaron así a una explanada y la grava terminaba y el pavimento era de cemento y baldosas. Y en medio de la explanada se abría un gran rectángulo vacío: una piscina. Se acercaron: era de mosaicos azules, llena hasta el borde de agua clara.
-¿Nos zambullimos? -preguntó Giovannino a Serenella. 

Debía de ser bastante peligroso si se lo preguntaba y no se limitaba a decir: "¡Al agua!". Pero el agua era tan límpida y azul y Serenella nunca tenía miedo. Bajó de la carretilla donde dejó el ramo. Llevaban el bañador puesto: antes habían estado cazando cangrejos. 

Giovannino se arrojó, no desde el trampolín porque la zambullida hubiera sido demasiado ruidosa, sino desde el borde. Llegó al fondo con los ojos abiertos y no veía más que azul, y las manos como peces rosados, no como debajo del agua del mar, llena de informes sombras verdinegras. 

Una sombra rosada encima: ¡Serenella! Se tomaron de la mano y emergieron en la otra punta, con cierta aprensión. No había absolutamente nadie que los viera. No era la maravilla que imaginaban: quedaba siempre ese fondo de amargura y de ansiedad, nada de todo aquello les pertenecía y de un momento a otro ¡fuera!, podían ser expulsados. 

Salieron del agua y justo allí cerca de la piscina encontraron una mesa de ping-pong. Inmediatamente Giovannino golpeó la pelota con la paleta: Serenella, rápida, se la devolvió desde la otra punta. Jugaban así, con golpes ligeros para que no los oyeran desde el interior de la casa. 

De pronto la pelota dio un gran rebote y para detenerla Giovannino la desvió y la pelota golpeó en un gong colgado entre los pilares de una pérgola, produciendo un sonido sordo y prolongado. Los dos niños se agacharon en un arriate de ranúnculos. 

En seguida llegaron dos criados de chaqueta blanca con grandes bandejas, las apoyaron en una mesa redonda debajo de un parasol de rayas amarillas y anaranjadas y se marcharon. 

Giovannino y Serenella se acercaron a la mesa. Había té, leche y bizcocho. No había más que sentarse y servirse. Llenaron dos tazas y cortaron dos rebanadas. Pero estaban mal sentados, en el borde de la silla, movían las rodillas. Y no lograban saborear los pasteles y el té con leche. En aquel jardín todo era así: bonito e imposible de disfrutar, con esa incomodidad dentro y ese miedo de que fuera sólo una distracción del destino y de que no tardarían en pedirles cuentas. 

Se acercaron a la casa de puntillas. Mirando entre las tablillas de una persiana vieron, dentro, una hermosa habitación en penumbra, con colecciones de mariposas en las paredes. Y en la habitación había un chico pálido. Debía de ser el dueño de la casa y del jardín, agraciado de él. Estaba tendido en una mecedora y hojeaba un grueso libro ilustrado. Tenía las manos finas y blancas y un pijama cerrado hasta el cuello, a pesar de que era verano. 

A los dos niños que lo espiaban por entre las tablillas de la persiana se les calmaron poco a poco los latidos del corazón. El chico rico parecía pasar las páginas y mirar a su alrededor con más ansiedad e incomodidad que ellos. Y era como si anduviese de puntillas, como temiendo que alguien pudiera venir en cualquier momento a expulsarlo, como si sintiera que el libro, la mecedora, las mariposas enmarcadas y el jardín con juegos y la merienda y la piscina y las alamedas le fueran concedidos por un enorme error y él no pudiera gozarlos y sólo experimentase la amargura de aquel error como una culpa. 

El chico pálido daba vueltas por su habitación en penumbra con paso furtivo, acariciaba con sus blancos dedos los bordes de las cajas de vidrio consteladas de mariposas y se detenía a escuchar. A Giovannino y Serenella el corazón les latió aún con más fuerza. Era el miedo de que un sortilegio pesara sobre la casa y el jardín, sobre todas las cosas bellas y cómodas, como una antigua injusticia. 

El sol se oscureció de nubes. Muy calladitos, Giovannino y Serenella se marcharon. Recorrieron de vuelta los senderos, con paso rápido pero sin correr. Y atravesaron gateando el seto. Entre las pitas encontraron un sendero que llevaba a la playa pequeña y pedregosa, con montones de algas que dibujaban la orilla del mar. Entonces inventaron un juego espléndido: la batalla de algas. Estuvieron arrojándoselas a la cara a puñados, hasta caer la noche. Lo bueno era que Serenella nunca lloraba.