Una coartada de dos minutos - George Harmon Coxe
Cuando se abrió la puerta que daba a la sala del tribunal y el ujier dijo: «El doctor Lane, por favor», Thomas Lane se puso en pie y se arregló la americana antes de lanzar una ojeada al joven y a la muchacha que estaban sentados junto a él, en el banco de madera. Janet Watkins le devolvió la mirada, su rostro pálido pero tranquilo, rodeado por el halo de cabellos rubio ceniza, sus ojos color de avellana abiertos e indefensos, hasta el punto que podía leerse claramente en ellos la duda y la incertidumbre, en el preciso instante en que trataba de esbozar una sonrisa de aliento. Janet Watkins había sido ya interrogada y no podía hacer más que esperar la decisión que liberaría a Don Maynard o le inculparía de asesinato. A su lado, Maynard exhibía una sonrisa estereotipada y fingida, pero su mirada fue franca y segura cuando se cruzó con la de Lane, reflejando más confianza que temor y reafirmando el convencimiento del médico de que Maynard no podía haber asesinado...