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La coartada perfecta - Patricia Highsmith

La multitud se arrastraba como un monstruo ciego y sin mente hacia la entrada del metro. Los pies se deslizaban hacia adelante unos pocos centímetros, se paraban, volvían a deslizarse. Howard odiaba las multitudes. Le hacían sentir pánico. Su dedo estaba en el gatillo, y durante unos segundos se concentró en no permitir que lo apretara, pese a que se había convertido en un impulso casi incontrolable.

Había descosido el fondo del bolsillo de su sobretodo, y ahora sujetaba la pistola en ese bolsillo con su mano enguantada. Las bajas y anchas espaldas de George estaban a menos de medio metro frente a él, pero había un par de personas entre medio. Howard giró los hombros y se encajó en el espacio entre un hombre y una mujer, empujando ligeramente al hombre.

Ahora estaba inmediatamente detrás de George, y la parte delantera de su sobretodo desabrochado rozaba la espalda del abrigo del otro. Howard niveló la pistola en su bolsillo. Una mujer golpeó su brazo derecho, pero mantuvo firme la puntería contra la espalda de George, con los ojos fijos en su sombrero de fieltro. 

Una voluta del humo del cigarro del otro hombre se enroscó en las fosas nasales de Howard, familiar y nauseabunda. La entrada del metro estaba a tan sólo un par de metros. Dentro de los próximos cinco segundos, se dijo Howard, y al mismo tiempo su mano izquierda se movió para echar hacia atrás el lado derecho de su sobretodo, hizo un movimiento incompleto, y una décima de segundo más tarde la pistola disparó.

Una mujer chilló.

Howard dejó caer la pistola a través del abierto bolsillo.

La multitud había retrocedido ante la explosión del arma, arrastrando a Howard consigo. Unas cuantas personas se agitaron ante él, pero por un instante vio a George en un pequeño espacio vacío en la acera, tendido de lado, con el delgado cigarro a medio fumar aún sujeto entre sus dientes, que Howard vio desnudos por un instante, luego cubiertos por el relajarse de su boca.

—¡Le han disparado! —gritó alguien.

—¿Quién?

—¿Dónde?

La multitud inició un movimiento hacia adelante con un rugir de curiosidad, y Howard fue arrastrado hasta casi donde estaba tendido George.

—¡Échense atrás! ¡Van a pisotearle! —gritó una voz masculina.

Howard fue hacia un lado para librarse de la multitud y bajó las escaleras del metro. El rugir de voces en la acera fue reemplazado de pronto por el zumbido de la llegada de un tren. Howard rebuscó mecánicamente algo de cambio y sacó una moneda. Nadie a su alrededor parecía haberse dado cuenta de que había un hombre muerto tendido en la parte de arriba de las escaleras. ¿No podía usar otra salida para volver a la calle e ir en busca de su coche? Lo había aparcado apresuradamente en la Treinta y cinco, cerca de Broadway. No, podía tropezar con alguien que le hubiera visto cerca de George en la multitud. Howard era muy alto. Destacaba. Podía recoger el coche un poco más tarde. Miró su reloj. Exactamente las 5:54.

Cruzó la estación y tomó un tren hacia el norte. Sus oídos eran muy sensibles al ruido, y normalmente el chirrido del acero sobre acero era una tortura intolerable para él; pero ahora, mientras permanecía de pie sujeto a una de las correas, apenas escuchaba el insoportable ruido y se sentía agradecido por la despreocupación de los pasajeros que leían el periódico a su alrededor. 

Su mano derecha, aún en el bolsillo de su sobretodo, tanteó automáticamente el descosido fondo. Esta noche tenía que volver a coserlo, se recordó. Bajó la vista a la parte delantera de la prenda y vio, con un repentino shock, casi con dolor, que la bala había abierto un agujero en el sobretodo. Sacó rápidamente su mano derecha y la colocó sobre el agujero, sin dejar de mirar el panel publicitario que tenía delante.

Frunció intensamente el ceño mientras revisaba todo el asunto una vez más, intentando ver si había cometido algún error en alguna parte. Había abandonado el almacén un poco antes que de costumbre —a las 5:15— para poder estar en la calle Treinta y cuatro a las 5:30, cuando George abandonaba siempre su tienda. El señor Luther, el jefe de Howard, había dicho: «Hoy termina usted pronto, ¿eh, Howard?» Pero lo mismo había ocurrido algunas otras veces antes, y el señor Luther no pensaría en nada malo al respecto. Y había borrado todas las posibles huellas de la pistola, y también de las balas. 

Había comprado la pistola haría unas cinco semanas en Bennington, Vermont, y no había tenido que dar su nombre cuando lo hizo. No había vuelto a Bennington desde entonces. Creía que era realmente imposible que la policía pudiera llegar a encontrar el rastro del arma. Y nadie le había visto disparar aquel tiro, estaba seguro de ello. Había escrutado a su alrededor antes de meterse en el metro, y nadie miraba en su dirección.

Howard tenía intención de ir hacia el norte unas cuantas estaciones, luego regresar y recoger su coche; pero ahora pensó que primero debía librarse del sobretodo. Demasiado peligroso intentar que cosieran un agujero como aquél. No tenía el aspecto de la quemadura de un cigarrillo, parecía exactamente lo  que era. Debía apresurarse. Su coche estaba a menos de tres manzanas de donde había disparado a George. 

Probablemente sería interrogado esta noche acerca de George Frizell, porque la policía interrogaría con toda seguridad a Mary, y si ella no mencionaba su nombre, sus caseras —la de ella y la de George— sí lo harían. George tenía tan pocos amigos.

Pensó en meter el sobretodo en alguna papelera en una estación del metro. Pero demasiada gente se daría cuenta de ello. ¿En una de la calle? Eso también parecía muy llamativo; después de todo, era un sobretodo casi nuevo. No, tenía que ir a casa y coger algo para envolverlo antes de poder tirarlo.

Salió en la estación de la calle Setenta y dos. Vivía en un pequeño apartamento en la planta baja de un edificio de piedra marrón en la calle Setenta y cinco Oeste, cerca de la avenida West End. Howard no vio a nadie cuando entró, lo cual era estupendo porque podía decir, si era interrogado al respecto, que había vuelto a casa a las 5:30 en vez de casi a las 6:00. Tan pronto hubo entrado en su apartamento y encendido la luz, Howard supo lo que haría con el sobretodo: quemarlo en la chimenea. Era lo más seguro.

Sacó algunas monedas y un aplastado paquete de cigarrillos del bolsillo izquierdo del sobretodo, se quitó la prenda y la tiro sobre el sofá. Entonces cogió el teléfono y marcó el número de Mary.

Respondió al tercer timbrazo.

—Hola, Mary —dijo—. Hola. Ya está hecho.

Un segundo de vacilación,

—¿Hecho? ¿De veras, Howard? No estarás...

No, no estaba bromeando. No sabía qué otra cosa decirle, qué otra cosa se atrevía a decir por teléfono.

—Te quiero. Cuídate, querida —dijo con voz ausente.

—¡Oh, Howard! —Se echó a llorar.

—Mary, probablemente la policía hablará contigo. Quizá dentro de unos pocos minutos. —Crispó la mano en el auricular, deseoso de rodear a la mujer con sus brazos, de besar sus mejillas que ahora debían estar húmedas de lágrimas—. No me menciones, querida..., simplemente no lo hagas, te pregunten lo que te pregunten. Todavía tengo que hacer algunas cosas y he de apresurarme. Si tu casera me menciona, no te preocupes por ello, puedo arreglarlo..., pero tú no lo hagas primero. ¿Has entendido? —Se daba cuenta de que le estaba hablando de nuevo como si fuera una niña, y de que eso no era bueno para ella; pero éste no era el mejor momento para estar pensando en lo que era bueno para ella y lo que no—. ¿Has entendido, Mary?

—Sí —dijo ella, con un hilo de voz.

—No estés llorando cuando venga la policía, Mary. Lávate la cara. Tienes que tranquilizarte... —Se detuvo—. Ve a ver una película, amor, ¿quieres? ¡Sal antes de que llegue la policía!

—Está bien.

—¡Prométemelo!

—De acuerdo.

Colgó y se dirigió a la chimenea. Arrugó algunas hojas de periódico, puso un poco de leña encima y encendió una cerilla.

Ahora se alegró de haber comprado algo de leña para Mary, se alegró de que a Mary le gustara el fuego de la chimenea, porque él llevaba meses viviendo allí antes de conocer a Mary y nunca había pensado en encender el fuego.

Mary vivía directamente al otro lado de la calle frente a George, en la Dieciocho Oeste. Lo primero que haría la policía sería lógicamente ir a casa de George e interrogar a su casera, porque George vivía sólo y no había a nadie más a quien interrogar. La casera de George... 

Howard recordaba unos breves atisbos de ella inclinada fuera de su ventana el verano pasado, delgada, pelo gris, espiando con una horrible intensidad lo que hacía todo el mundo en la casa..., indudablemente le diría a la policía que había una chica al otro lado de la calle con la que el señor Frizell pasaba mucho tiempo. 

Howard sólo esperaba que la casera no le mencionara inmediatamente a él, porque era lógico que supusiera que el joven con el coche que acudía a ver a Mary tan a menudo era su novio, y era lógico que sospechara la existencia de un sentimiento de celos entre él y George. Pero quizá no le mencionara. Y quizá Mary estuviese fuera de la casa cuando llegara la policía.

Hizo una momentánea pausa, tenso, en el acto de echar más madera al fuego. Intentó imaginar exactamente lo que Mary sentía ahora, tras saber que George Frizell estaba muerto. 

Intentó sentir lo mismo él, a fin de poder predecir su comportamiento, a fin de poder ser capaz de confortarla mejor. ¡Confortarla! ¡Lo había liberado de un monstruo! Debería sentirse regocijada. Pero sabía que al principio se sentiría destrozada. Conocía a George desde que era una niña. George había sido el mejor amigo de su padre.... pero cuál hubiera sido el comportamiento de George con otro hombre era algo que Howard sólo podía suponer; cuando el padre de ella murió, George, soltero, se había hecho cargo de Mary como si fuera su padre. 

Pero con la diferencia de que controlaba todos sus movimientos, la convenció de que no podía hacer nada sin él, la convenció de que no debía casarse con nadie que él desaprobara. Lo cual era todo el mundo. Howard, por ejemplo. Mary le había dicho que había habido otros dos jóvenes antes a los que George había arrojado de su vida.

Pero Howard no había sido arrojado. No había caído en las mentiras de George de que Mary estaba enferma, de que Mary estaba, demasiado cansada para salir o para ver a nadie. George había llegado a llamarle varias veces e intentado romper sus citas..., pero él había ido a su casa y la había sacado muchas tardes, pese al terror que ella sentía de la furia de George. 

Mary tenía veintitrés años, pero George había conseguido que siguiera siendo una niña. Mary tenía que Ir con George incluso para comprar un vestido nuevo. Howard no había visto nada como aquello en su vida. Era como un mal sueño, o algo en una historia fantástica que era demasiado inverosímil para creerlo. 

Howard había supuesto que George estaba enamorado de ella de alguna extraña manera, y se lo había preguntado a Mary poco después de conocerla, pero ella le había dicho: «¡Oh, no! ¡jamás me ha tocado, nunca!» Y era completamente cierto que George nunca la había tocado siquiera. En una ocasión, mientras se decían adiós, George había rozado sin querer su hombro, y había saltado hacia atrás como si acabara de quemarse y había dicho: « ¡Disculpa! » Era muy extraño.

Sin embargo, era como si George hubiera encerrado la mente de Mary en alguna parte.—.., como una prisionera de su propia mente, como si no tuviera mente propia. Howard no podía expresarlo en palabras. Mary tenía unos ojos blandos y oscuros que miraban de una forma trágica e impotente, y esto hacía que a veces se sintiera como loco al respecto, lo bastante loco como para enfrentarse a la persona que le había hecho aquello a la muchacha. Y la persona era George Frizell. 

Howard nunca podría olvidar la mirada que le lanzó George cuando Mary los presentó, una mirada superior, sonriente, de suficiencia, que parecía decir: «Puedes intentarlo. Sé que vas a intentarlo. Pero no vas a llegar muy lejos. »

George Frizell había sido un hombre bajo y fornido con una pesada mandíbula y densas cejas negras. Tenía una pequeña tienda en la calle Treinta y seis Oeste, donde se especializaba en reparar sillas, pero a Howard le parecía que no tenía otro interés en la vida más que Mary. 

Cuando estaba con ella se concentraba sólo en ella, como si estuviera ejerciendo algún poder hipnótico sobre ella, y Mary se comportaba como si estuviera hipnotizada. Estaba completamente dominada por George. Siempre estaba mirándole, observándole por encima del hombro para ver si aprobaba lo que estaba haciendo, aunque sólo estuviera sacando unas chuletas del horno.

Mary amaba a George y le odiaba al mismo tiempo. Howard había sido capaz de conseguir que odiara a George, hasta cierto punto..., y luego ella se ponía de pronto a defenderle de nuevo.

—Pero George fue tan bueno conmigo después de que mi padre muriera, cuando estaba completamente sola, Howard —protestaba. Y así habían derivado durante casi un año, con Howard intentando eludir a George y ver a Mary unas cuantas veces a la semana, con Mary vacilando entre continuar viéndole o romper con él porque tenía la sensación de que le estaba haciendo demasiado daño.

—¡Quiero casarme contigo! —le había dicho Howard una docena de veces, cuando Mary se había sumido en sus agónicos accesos de autocondenación. Nunca había conseguido hacerle comprender que haría cualquier cosa por ella.

—Yo también te quiero, Howard —le había dicho ella muchas veces, pero siempre con una tristeza trágica que era como la tristeza de un prisionero que, no puede hallar una forma de escapar. Pero había una forma de liberarla, una forma violenta y definitiva. Howard había decidido seguirla...

Ahora estaba de rodillas delante de la chimenea, intentando romper el sobretodo en trozos lo bastante pequeños como para que ardieran bien. La tela resultaba extremadamente difícil de cortar, y las costuras casi igual de difíciles de desgarrar. Intentó quemarla sin cortarla, empezando con la esquina inferior, pero las llamas trepaban por el tejido hacia sus manos, mientras que el material en sí parecía tan resistente al fuego como el asbesto.

Se dio cuenta de que tenía que cortarlo en trozos pequeños. Y el fuego debía ser más grande y más ardiente.

 Howard añadió más leña. Era una chimenea pequeña con una parrilla de hierro abombada y no mucho fondo, de modo que los trozos de madera que había puesto asomaban por delante más allá del borde de la parrilla. Atacó de nuevo el sobretodo con las tijeras. Pasó varios minutos tan sólo para desprender una manga. Abrió una ventana para conseguir que el olor de la tela quemada saliera de la habitación.

El sobretodo completo le ocupó casi una hora porque no podía poner mucho a la vez sin ahogar el fuego. Contempló el último trozo empezar a humear en el centro, observó las llamas abrirse camino y lamer un círculo que se iba haciendo más grande. Estaba pensando en Mary, veía su blanco rostro dominado por el miedo cuando llegara la policía, cuando le comunicaran por segunda vez la muerte de George. 

Intentaba imaginar lo peor, que la policía había llegado justo después de que él hablara con ella, y que ella había cometido algún imperdonable error, había revelado a la policía lo que ya sabía de la muerte de George, pero era incapaz de decirles quién se lo había comunicado; imaginó que en su histeria pronunciaba su nombre, Howard Quinn, como el del hombre que podía haberlo hecho.

Se humedeció los labios, aterrado de pronto por el convencimiento de que no podía confiar en Mary. La amaba —estaba seguro de ello—, pero no podía confiar en ella.

Por un alocado y ciego momento, sintió deseos de correr a la calle Dieciocho Oeste para estar con ella cuando llegara la policía. Se vio a sí mismo enfrentarse desafiante a los agentes, con su brazo rodeando los hombros de Mary, respondiendo a todas las preguntas, parando cualquier sospecha. Pero eso era una locura. El simple hecho de que estuvieran allí, en el apartamento de ella, juntos...

Oyó una llamada a su puerta. Un momento antes había visto con el rabillo del ojo a alguien entrar por la puerta delantera del edificio, pero no había pensado que pudieran acudir a verle a él. De pronto empezó a temblar.

—¿Quién es? —preguntó.

—La policía. Estamos buscando a Howard Quinn. ¿Es éste el apartamento Uno A?

Howard miró al fuego. El sobretodo había ardido por completo, del último trozo no quedaban más que unas brillantes ascuas. Y ellos no estarían interesados en la prenda, pensó. Sólo habían venido para hacerle unas preguntas, como se las habían hecho a Mary. Abrió la puerta y dijo:

—Yo soy Howard Quinn.

Eran dos policías, uno bastante más alto que el otro. Entraron en la habitación. Howard vio que ambos miraban a la chimenea. El olor a tela quemada flotaba todavía en la habitación.

—Supongo que sabe usted por qué estamos aquí —dijo el agente más alto—. Quieren verle en comisaría. Será mejor que venga con nosotros. —Miró fijamente a Howard. No era una mirada amistosa.

 Por un momento Howard creyó que iba a desvanecerse. Mary debía de habérselo contado todo, pensó; todo.

—Está bien —dijo.

El agente más bajo tenía los ojos fijos en la chimenea.

—¿Qué ha estado quemando aquí? ¿Tela?

—Sólo un viejo..., unas viejas prendas —dijo Howard.

Los policías intercambiaron una mirada, una especie de señal regocijada, y no dijeron nada. Parecían tan seguros de su culpabilidad, pensó Howard, que no necesitaban hacer preguntas. Habían supuesto que había quemado su sobretodo y por qué lo había quemado. Howard tomó su trinchera del armario y se la puso.

Salieron de la casa y bajaron los escalones delanteros hacia un coche del Departamento de Policía aparcado junto al bordillo.

Howard se preguntó qué le estaría ocurriendo a Mary ahora. No había tenido intención de traicionarle, estaba seguro de ello. Quizás había sido un desliz accidental después de que la policía la interrogara e interrogara hasta hacer que se derrumbase. 0 quizás ella se había mostrado tan trastornada cuando llegaron que se lo dijo todo antes de darse cuenta de que lo estaba haciendo. 

Howard se maldijo a sí mismo por no haber tomado más precauciones respecto a Mary, por no haberla enviado fuera de la ciudad. La noche anterior le había dicho a Mary que iba a hacerlo hoy, así que no debería haber resultado una impresión tan grande para ella. ¡Qué estúpido había sido! ¡Qué poco la comprendía realmente después de todos sus esfuerzos por conseguirlo! ¡Cuánto mejor habría sido si hubiera matado a George sin decirle a ella nada en absoluto!

El coche se detuvo, y salieron. Howard no había prestado atención al lugar al que se dirigían, y no intentó verlo ahora. Había un gran edificio delante de él, y cruzó una puerta con los dos agentes y desembocó en una habitación parecida a una pequeña sala de tribunal donde un agente de policía estaba sentado tras un alto escritorio, como un juez.

—Howard Quinn —anunció uno de los policías.

El agente en el escritorio alto le miró desde arriba con interés.

—Howard Quinn. El joven de la prisa terrible —dijo con una sonrisa sarcástica—. ¿Es usted el Howard Quinn que conoce a Mary Purvis?

—Sí.

—¿Y a George Frizell?

—Sí —murmuró Howard.

—Eso pensé. Su dirección coincide. He estado hablando con los chicos de homicidios. Desean formularle algunas preguntas. Parece que también tiene problemas allí. Para usted ha sido una tarde ajetreada, ¿eh?

Howard no acababa de comprender. Miró a su alrededor en busca de Mary. Había otros dos policías sentados en un banco contra la pared, y un hombre con un traje raído dormitando en otro banco; pero Mary no estaba en la habitación.

—¿Sabe por qué está usted aquí esta noche, señor Quinn? —preguntó el agente en tono hostil.

—Sí. —Howard miró a la base del alto escritorio. Sentía como si algo en su interior se estuviera derrumbando, un armazón que lo había sostenido durante las últimas horas, pero que había sido imaginario todo el tiempo..., su sensación de que tenía  un deber que cumplir matando a George Frizell, que así liberaba a la muchacha a la que amaba y que le amaba, que liberaba al mundo de un hombre malvado, horrible y monstruoso. 

Ahora, bajo los fríos ojos profesionales de los tres policías, Howard podía ver lo que había hecho tal como lo veían ellos..., como el arrebatar una vida humana, ni más ni menos. ¡Y la muchacha por quien lo había hecho le había traicionado! Lo deseara o no, Mary le había traicionado. Howard se cubrió los ojos con una mano.

—Puedo que esté trastornado por el asesinato de alguien a quien conocía, señor Quinn, pero a las seis menos cuarto no sabía usted nada de eso.... ¿o sí lo sabía, por alguna casualidad? ¿Era por eso por lo que tenía tanta prisa para llegar a su casa o a donde fuera?

Howard intentó imaginar lo que el agente quería decir. Su cerebro parecía paralizado. Sabía que había disparado a George casi exactamente a las 5:43. ¿Estaba siendo sarcástico el agente? Howard le miró. Era un hombre de unos cuarenta años, con un rostro rechoncho y alerta. Sus ojos eran desdeñosos.

—Estaba quemando alguna ropa en su chimenea cuando entramos, capitán —dijo el policía más bajo que estaba de pie al lado de Howard.

—¿Oh? —dijo el capitán—. ¿Por qué quemaba usted ropa?

Lo sabía muy bien, pensó Howard. Sabía lo que había quemado y por qué, del mismo modo que lo sabían los dos agentes de policía.

—¿Qué ropa estaba quemando? —preguntó el capitán.

Howard siguió sin decir nada. La irónica pregunta le enfurecía y avergonzaba al mismo tiempo.

 —Señor Quinn —dijo el capitán en un tono más fuerte—, a las seis menos cuarto de esta tarde atropelló usted a un hombre con su coche en la esquina de la Octava Avenida y la calle Sesenta y ocho y se dio a la fuga. ¿Es eso correcto?

Howard alzó la vista hacia él, sin comprender.

—¿Se dio cuenta usted de que había atropellado a alguien, sí o no? —preguntó el capitán, con voz más fuerte aún.

Estaba allí por otra cosa, se dio cuenta de pronto Howard. ¡Atropellar a alguien con el coche y salir huyendo!

—Yo... no...

—Su víctima no ha muerto, si eso le hace más fácil el hablar. Pero eso no es culpa suya. Ahora se halla en el hospital con una pierna rota..., un hombre viejo que no puede permitirse pagar un hospital. —El capitán le miró con el ceño fruncido— Creo que deberíamos llevarlo a verle. Supongo que sería bueno para usted. Ha cometido uno de los delitos más vergonzosos de los que puede culparse a un hombre..., atropellar a alguien y no detenerse a auxiliarle. De no ser por una mujer que se apresuró a tomar el número de su matrícula, tal vez no le hubiéramos atrapado nunca.

Howard comprendió de pronto.

La mujer había cometido un error, quizá sólo un número en la matrícula.... pero le había proporcionado una coartada. Si no lo aceptaba, estaba perdido. Había demasiado contra él, aunque Mary no hubiera dicho nada.... el hecho de que hoy había abandonado el almacén antes de lo habitual, la maldita coincidencia de la llegada de la policía justo cuando estaba quemando el sobretodo. Howard alzó la vista al furioso rostro del capitán.

—Estoy dispuesto a ir a ver a ese hombre —dijo con voz contrita.

—Llévenlo al hospital —dijo el capitán a los dos policías— Cuando vuelva, los chicos de homicidios ya estarán aquí. E incidentalmente, señor Quinn, se le exigirá una fianza de cinco mil dólares. Si no quiere pasar aquí la noche, será mejor que los consiga. ¿Quiere intentar conseguirlos esta noche?

El señor Luther, su jefe, podía conseguirlos para él aquella misma noche, pensó Howard.

—¿Puedo hacer una llamada telefónica?

El capitán hizo un gesto hacia un teléfono en una mesa contra la pared.

Howard buscó el número del señor Luther en la guía que había sobre la mesa y lo marcó. Respondió la señora Luther. Howard la conocía un poco, pero no se entretuvo en educados intercambios de, banalidades y preguntó si podía hablar con el señor Luther.

—Hola, señor Luther —dijo—. Querría pedirle un favor. He tenido un mal accidente con el coche. Necesito cinco mil dólares de fianza... No, no estoy herido, pero.... ¿podría extender para mi un cheque y enviarlo con un mensajero?

—Traeré el cheque yo mismo —dijo el señor Luther—. Usted quédese tranquilo ahí. Pondré al abogado de la compañía en el asunto, Si necesita usted ayuda. No acepte ningún abogado que le ofrezcan, Howard. Tenemos a Lyles, ya sabe.

Howard le dio las gracias. La lealtad del señor Luther lo azoraba. Le pidió al agente de policía que estaba a su lado cuál era dirección de la comisaría y se la dio a su jefe. Luego colgó y salió con los dos policías que le habían estado aguardando.

Se dirigieron a un hospital en la Setenta Oeste. Uno de los policías preguntó en recepción dónde estaba Louis Rosasco, luego subieron en el ascensor.

El hombre estaba en una habitación para él solo, con la cama Ievantada y la pierna escayolada y suspendida por cuerdas del lecho. Era un hombre canoso de unos sesenta y cinco o setenta años, con un rostro largo y curtido y oscuros y hundidos ojos que parecían extremadamente cansados.

—Señor Rosasco —dijo el agente de policía más alto—, éste es Howard Quinn, el hombre que le atropelló.

El señor Rosasco asintió sin mucho interés, aunque clavó sus ojos en Howard.

—Lo siento mucho —dijo Howard torpemente—. Estoy dispuesto a pagar todas las facturas que le ocasione el accidente, puede estar seguro de ello. —El seguro de su coche se ocuparía de la factura del hospital, pensó. Luego estaba el asunto de la multa del tribunal.... al menos mil dólares cuando todo hubiera terminado, pero se las arreglaría con algunos préstamos.

El hombre en la cama seguía sin decir nada. Parecía atontado por los sedantes.

El agente que les había presentado se mostró insatisfecho de que no tuvieran nada que decirse el uno al otro.

—¿Reconoce a este hombre, señor Rosasco?

El señor Rosasco negó con la cabeza.

—No vi al conductor. Todo lo que vi fue un gran coche negro que se lanzaba sobre mí —dijo lentamente—. Me golpeó un lado de la pierna...

Howard encajó los dientes y aguardó. Su coche era verde, verde claro. Y no era particularmente grande.

—Era un coche verde, señor Rosasco —dijo el policía más bajo con una sonrisa. Estaba comprobando una pequeña ficha amarilla que había sacado de su bolsillo— Un sedán Pontiac verde. Cometió usted un error.

—No, era un coche negro —dijo positivamente el señor Rosasco.

—No. Su coche es verde, ¿no es así, Quinn?

Howard asintió una sola vez, rígido.

—A las seis empezaba a ser oscuro. Probablemente no pudo verlo usted muy bien —dijo alegremente el policía al señor Rosasco.

Howard miró al señor Rosasco y contuvo el aliento. Por un momento el señor Rosasco miró a los dos agentes, con el ceño fruncido, desconcertado, y luego su cabeza cayó hacia atrás sobre la almohada. Estaba dispuesto a dejarlo correr. Howard se relajó un poco.

—Creo que será mejor que duerma un poco, señor Rosasco —dijo el agente más bajo—. No se preocupe por nada. Nosotros nos ocuparemos de todo.

Lo último que vio Howard de la habitación fue el cansado y marchito perfil del señor Rosasco en la almohada, con los ojos cerrados.

El recuerdo de su rostro permaneció con Howard mientras bajaban al vestíbulo. Su coartada...

-.-.-.-.-.-.-.- 

Cuando llegaron de vuelta a la comisaría el señor Luther ya había llegado, y también un par de hombres con ropas civiles..., los hombres de homicidios, supuso Howard. El señor Luther se dirigió hacia Howard, con su redondo y sonrosado rostro preocupado.

 —¿Qué es todo esto? —preguntó—. ¿Realmente atropelló usted a alguien y se dio a la fuga?

 Howard asintió, con rostro avergonzado.

 —No estaba seguro de haberle alcanzado. Hubiera podido pararme ... pero no lo hice.

 El señor Luther le miró con ojos llenos de reproche, pero iba permanecer leal, pensó Howard.

 —Bien, ya les he dado el cheque de su fianza —dijo.

 —Gracias, señor.

 Uno de los hombres con ropas civiles se dirigió hacia Howard. Era un hombre esbelto, con unos penetrantes ojos azules con un rostro delgado.

 —Tengo algunas preguntas que hacerle, señor Quinn. ¿Conoce usted a Mary Purvis y a George Frizell?

 —Sí.

 —¿Puedo preguntarle dónde estaba usted esta noche a las seis menos veinte?

 —Estaba..., iba en mi coche hacia el norte. Desde los almacenes donde trabajo en la Cincuenta y tres y la Séptima Avenida a mi apartamento en la calle Setenta y cinco.

 —¿Y atropelló a un hombre a las seis menos cuarto?

 —Lo hice —admitió Howard.

 El detective asintió con la cabeza.

 —¿Sabe que alguien disparó contra George Frizell esta tarde exactamente a las seis menos dieciocho minutos?

 El detective sospechaba de él, pensó Howard. ¿Qué les haría dicho Mary? Si tan sólo supiera... Pero el capitán de la policía no había dicho específicamente que Frizell hubiera sido tiroteado. Howard juntó las cejas.

 —No —dijo.

 —Pues así fue. Hablamos con su novia. Ella dice que lo hizo usted.

 El corazón de Howard se detuvo por un momento. Miró los interrogantes ojos del detective.

 —Eso simplemente no es cierto.

 El detective se encogió de hombros.

 —Está muy histérica. Pero también está muy segura.

 —¡Eso no es cierto! Salí del almacén, allí es donde trabajo, alrededor de las cinco. Tomé el coche... —Su voz se quebró. Era Mary quien le estaba hundiendo... Mary.

 —Usted es el novio de Mary Purvis, ¿no? —Insistió el detective.

 —Sí —respondió Howard—. No puedo..., ella tiene que estar...

 —¿Quería usted apartar a Frizell del camino?

 —Yo no lo maté. ¡No tengo nada que ver con ello! ¡Ni siquiera sabía que hubiera muerto! —balbuceó.

 —Prizell veía a Mary muy a menudo, ¿no? Eso es lo que me han dicho las dos caseras. ¿Pensó alguna vez que podían estar enamorados el uno del otro?

 —No. Por supuesto que no.

 —¿No estaba usted celoso de George Frizell?

 —En absoluto.

 Las arqueadas cejas del detective descendieron y se juntaron en el centro. Todo su rostro fue un signo de interrogación.

 —¿No? —preguntó, sarcástico.

 —Escuche, Shaw —dijo el capitán de la policía, al tiempo que se ponía en pie detrás de su escritorio—. Sabemos dónde estaba Quinn a las seis menos cuarto. Puede que sepa quién lo hizo, pero no lo hizo él.

 —¿Sabe usted quién lo hizo, señor Quinn? —preguntó el detective.

 —No, no lo sé.

 —El capitán McCaffery me dice que estaba quemando usted algunas ropas en su chimenea esta noche. ¿Estaba quemando un sobretodo?

 Howard agitó la cabeza en un desesperado signo de asentimiento.

 —Estaba quemando un gabán, y una chaqueta también. Estaban llenos de polillas. No los quería más tiempo en mi armario.

 El detective apoyó un pie en una silla de respaldo recto y se inclinó más hacia Howard.

 —Eran unos momentos más bien curiosos de quemar un gabán, ¿no cree? ¿Justo después de atropellar a un hombre con su coche y quizá matarlo? ¿Qué gabán estaba quemando.? ¿El del asesino? ¿Tal vez porque tenía un agujero de bala en él?

 —No —dijo Howard.

 —¿No arregló usted las cosas para que alguien matara a Frizell? ¿Alguien que le trajo ese gabán para que se desembarazara de él?

 —No. —Howard miró al señor Luther, que estaba escuchando atentamente. Se envaró.

 —¿No mató usted a Frizell, saltó a su coche y corrió a su casa, atropellando a un hombre por el camino?

 —Shaw, eso es imposible —intervino el capitán McCaffery—. Tenemos la hora exacta en que ocurrió. ¡No puedes ir de la Treinta y cuatro y la Séptima hasta la Sesenta y ocho y la Octava en tres minutos, no importa lo rápido que conduzcas! ¡Enfréntate a ello!

 El detective mantuvo sus ojos clavados en Howard.

 —¿Trabaja usted para ese hombre? —preguntó; hizo un gesto con la cabeza hacia el señor Luther.

 —Sí.

 —¿A qué se dedica?

 —Soy el vendedor para Long Island de Artículos Deportivos William Luther. Contacto con las escuelas en Long Island, y también coloco nuestros artículos en los almacenes de ahí fuera. Informo al almacén de Manhattan a las nueve y a la cinco. —Recitó aquello como un loro. Sentía débiles las rodillas. Pero su coartada se mantenía..., como un muro de piedra.

 —Muy bien —dijo el detective. Bajó su pie de la silla y se volvió capitán—. Todavía seguimos trabajando en el caso. La cosa aún está muy abierta para nuevas noticias, nuevos indicios. —Le sonrió Howard, una fría sonrisa de despedida. Luego añadió—: Por cierto, ¿ha visto usted esto alguna vez antes? —Sacó su mano del bolsillo, con el pequeño revólver de Bennington en su palma.

 Howard lo miró con el ceño fruncido.

 —No, nunca lo había visto antes.

 El hombre volvió a guardarse el arma en el bolsillo.

 —Puede que deseemos hablar de nuevo con usted —dijo, con otra débil sonrisa.

 Howard sintió la mano del señor Luther sobre su brazo. Salieron a la calle.

 —¿Quién es George Frizell? —preguntó el señor Luther.

 Howard se humedeció los labios. Se sentía muy extraño, como si hubieran acabado de golpearle en la cabeza y su cerebro estuviera entumecido.

 —Un amigo de una amiga. Un amigo de una muchacha que conozco.

 —¿Y la muchacha? ¿Mary Purvis, dijo el policía? ¿Está usted enamorado de ella?

 Howard no respondió. Clavó la vista en el suelo mientras andában.

 —¿Es la que lo ha acusado?

 —Sí —dijo Howard.

 La mano del señor Luther se apretó más alrededor de su brazo.

 —Creo que le iría bien un trago. ¿Entramos?

 Howard se dio cuenta de que estaban de pie frente a un bar. Abrió la puerta.

 —Ella estará probablemente muy trastornada —dijo el señor Luther—. A las mujeres les ocurre eso. Fue un amigo suyo al que dispararon, ¿no es cierto?

 Ahora era la lengua de Howard la que estaba paralizada, mientras que su cerebro giraba a toda velocidad. Estaba pensando que no iba a poder volver a trabajar para el señor Luther después de esto, que no podía engañar a un hombre como el señor Luther... El señor Luther seguía hablando y hablando. Howard tomó el pequeño vaso de licor y bebió la mitad de su contenido. El señor Luther le estaba diciendo que Lyles le sacaría de aquello lo más rápidamente que fuera posible.

 —Tiene que ser más cuidadoso, Howard. Es usted impulsivo. Siempre he sabido eso. Tiene sus lados buenos y malos, por supuesto. Pero esta noche..., tuve la sensación de que usted sabía que podía haber disparado a ese hombre.

 —Tengo que llamar por teléfono —dijo Howard—. Discúlpeme un minuto. —Se apresuró a la cabina de la parte de atrás del bar. Tenía que saber de ella. Mary tenía que estar ya en casa. Si no estaba en casa, iba a morirse allí mismo, dentro de la cabina telefónica. Estallaría.

 —¿Diga? —Era la voz de Mary, apagada y carente de vida.

 —Hola, Mary. Soy yo. No es posible..., ¿qué le dijiste a la policía?

 —Se lo conté todo —dijo Mary lentamente— Que tú mataste a mi amigo.

 —¡Mary!

 —Te odio.

 —¡Mary, no lo dirás en serio! —exclamó. Pero sí lo decía en serio, y él lo sabía.

  —Yo le quería y le necesitaba, y tú le mataste —dijo ella—. Te odio.

 Howard apretó los dientes y dejó que las palabras resonaran su cerebro. La policía no iba a cogerle. Ella no podría hacerle esto, al menos. Colgó.

 Luego permaneció de pie allí en la barra, mientras la tranquila voz del señor Luther seguía desgranando y desgranando palabras como si no se hubiera parado mientras Howard telefoneaba.

 —La gente tiene que pagar, eso es todo —estaba diciendo el señor Luther—. La gente tiene que pagar por sus errores y no cometerlos de nuevo... Ya sabe que pienso mucho en usted, Howard. Superará todo esto. —Hizo una pausa—. ¿Habló con la señorita Purvis?

 —No pude comunicarme con ella —dijo Howard.

 Diez minutos más tarde había dejado al señor Luther y se dirigía al centro de la ciudad en un taxi. Le había dicho al conductor que se detuviera en la Treinta y siete y la Séptima, para que en caso de ser seguido por la policía, pudiera simplemente caminar un poco desde allá hasta coger su coche.

 Bajó en la calle Treinta y siete, pagó al conductor y miró a su rededor. No vio ningún coche que pareciera estar siguiéndole.

 Caminó en dirección a la calle Treinta y cinco. Los dos whiskys de centeno que se había tomado con el señor Luther le habían dado fuerzas. Caminó rápidamente, con la cabeza alzada, y sin embargo de una forma curiosa y aterradora, se sentía completamente perdido. Su Pontiac verde estaba aparcado junto al bordillo allá donde lo había dejado. Sacó las llaves y abrió la puerta.

 Tenía una multa.... la vio tan pronto como se sentó detrás del volante. Sacó la mano y la cogió de debajo del limpiaparabrisas. Una multa de aparcamiento.

 Un asunto insignificante, pensó, tan insignificante que sonrió. Mientras conducía hacia casa, se le ocurrió que la policía había cometido un error muy estúpido no retirándole su permiso de conducir cuando lo tuvieron en la comisaría, y empezó a reírse de ello. La multa estaba en el asiento a su lado. Parecía tan trivial, tan inocua comparada con lo que había pasado, que se rió de la multa también.

 Luego, casi con la misma brusquedad, sus ojos se llenaron de lágrimas. La herida que le habían causado las palabras de Mary todavía estaba abierta, y sabía que aún no había empezado a dolerle. Y, antes de que empezara a doler, intentó fortalecerse. 

Si Mary se obstinaba en acusarle, él insistiría en que fuera examinada por un psiquiatra. No estaba cuerda del todo, siempre lo había sabido. Había intentado llevarla a un psiquiatra por lo de George, pero ella siempre se había negado. No tenía la menor posibilidad con sus acusaciones, porque él tenía una coartada, una coartada perfecta. Pero si ella insistía...

 Había sido Mary quien en realidad lo había animado a matar a George, ahora estaba seguro de ello. Había sido ella quien había metido la idea en su cabeza con un millar de cosas que había ido insinuando. No hay salida a esta situación, Howard, a menos que él muera. Así que él lo había matado —por ella—, y Mary se había vuelto contra él. Pero la policía no iba a cogerle.

 Había un espacio para aparcar de casi cinco metros cerca de su casa y Howard deslizó el coche junto al bordillo. Lo cerró y fue a su casa.

 El olor a tela quemada flotaba aún en su apartamento, y le sorprendió, porque tenía la sensación de que había pasado mucho tiempo. Estudió la multa de aparcamiento de nuevo, ahora bajo una mejor luz.

 Y supo de pronto que su coartada había desaparecido tan bruscamente como apareció.

 La multa le había sido impuesta exactamente a las 5:45.

Testigo en la oscuridad - Fredric Brown (parte 2)

 

IV

  

—Me han encargado del caso —le dije en cuanto entré.

Sabía a lo que me refería. No tuve necesidad de explicárselo.

Mientras comíamos, le conté lo poco que había averiguado y que no había sido publicado en los periódicos.

—Así pues —le dije al final—, Max Easter no estuvo disparando en la oscuridad contra ningún gato. Se trataba más bien de un gallo con pijama de seda. Al menos en esta ocasión te han fallado tus presentimientos. Y también has fallado en tu otra idea: Easter está realmente ciego.

Ella se volvió hacia mí, levantando ligeramente su nariz.

—Te apuesto diez centavos a que no lo está.

—Te ganaré la apuesta —afirmé.

—Quizá. No te apostaría nada sobre la cuestión del gato, aunque el gallo en pijama del capitán Eberhart no es menos absurdo, como también me lo parece tu sombrero de seda con una pluma.

—Pero si era eso, el asesino se lo habría llevado consigo. Si se trataba del gato pardo, en cambio, ¿qué ocurrió con él?

—Está claro: el asesino se lo llevaría en la maleta que cogió del armario.

Ante esta observación, elevé mis manos, en un gesto de asombro.

Del mismo modo, Marge había estado hablando en serio sobre su presentimiento de que la ceguera de Max Easter no era real, y cuando Marge se toma en serio uno de sus presentimientos, también lo hago yo. Al menos hasta el punto de comprobar la cuestión con la mayor exactitud posible. Así pues, antes de salir de casa llamé al capitán Eberhart y conseguí el nombre y la dirección del médico que estaba tratando los ojos de Max Easter.

Fui a verle y tuve la suerte de que me introdujeran en su despacho en cuanto llegué. Después de identificarme y explicar lo que deseaba saber, le pregunté:

—¿Cuánto tiempo tardó usted en ver a míster Easter después de que se produjera el accidente?

—Creo que llegué a la planta química unos veinte minutos después de que me llamaran por teléfono. Y, según se me dijo, la llamada telefónica se hizo inmediatamente.

—¿Notó usted algo anormal en la condición en que estaban sus ojos?

—No, nada anormal, teniendo en cuenta el ácido diluido que les había salpicado. De todos modos, no estoy muy seguro de haber comprendido bien su pregunta.

Ni yo mismo estaba seguro de haberla comprendido. No sabía exactamente qué es lo que andaba buscando. Pregunté:

—¿Sentía mucho dolor?

—¿Dolor? ¡Oh, no! El ácido tetriánico provoca una ceguera temporal, pero sin causar dolor. No resulta más doloroso que el ácido bórico.

—¿Puede usted describirme los efectos, doctor?

—Dilata las pupilas, como la belladona. En último término es totalmente inofensivo. Pero, además de la dilatación de las pupilas, que es una reacción inmediata, provoca una parálisis temporal de los nervios ópticos y, en consecuencia, una ceguera temporal. Normalmente, la duración de la ceguera es de dos a ocho horas, lo que depende de la fuerza de la polución.

—¿Y cuál era la fuerza de la solución en este caso?

—De tipo medio. Míster Easter debía haber recuperado su vista en un plazo no superior a las seis horas.

—Pero no ocurrió así —indiqué.

—No la ha recuperado todavía. Y eso nos lleva a dos posibles conclusiones. Una: que es una persona anormal en cuanto se refiere a su tolerancia para la sustancia en cuestión. En ese caso, se trata de una simple cuestión de tiempo; recuperará su visión dentro de muy poco. La otra posibilidad, desde luego, es que nos encontremos ante un caso de ceguera histérica..., ceguera causada por autoengaño. Estoy casi convencido de que no es este último el caso de míster Easter. Sin embargo, si su ceguera persiste más de una semana, tendré que recomendar la intervención de un psiquiatra.

—¿No existe una tercera posibilidad? —pregunté—. ¿Fingirse enfermo, por ejemplo?

—No olvide, míster Hearn —dijo el médico, sonriendo—, que soy un empleado de la empresa y que actúo en defensa de los intereses de ésta. No existe la menor posibilidad de que una persona pretenda sufrir una dilatación de las pupilas que aún persiste. Y míster Easter no está fingiendo ceguera. Hay ciertas pruebas que lo atestiguan. Y, como ya le he dicho, estoy razonablemente seguro de que no se trata de un caso histérico. Baso mis suposiciones en la continua dilatación de las pupilas. En todo caso, la histeria produciría más bien una parálisis continua de los nervios, pero no una dilatación de las pupilas.

—¿Cuándo le examinó usted por última vez?

—Ayer mismo, a las cuatro de la tarde. Le he ido a visitar todos los días, a esa misma hora.

Le agradecí sus informaciones y me marché. Al menos por una vez había fallado uno de los presentimientos de Marge.

Había estado retrasando durante demasiado tiempo mi visita a la casa de los Easter. Me dirigí hacia allí y llamé al timbre.

Me abrió la puerta una mujer que resultó ser mistress Max Easter, Louise Easter. Me identifiqué y ella también se identificó, invitándome a entrar. Era una mujer de buen aspecto, incluso con ropa de estar por casa. Habría sido muy interesante examinarla para ver si su cuerpo mostraba alguna señal producida por roce de bala. Pero, por otra parte, su coartada era tan buena como cualquier otra que hubiera visto jamás y, además, estaba Marge.

Louise Easter me dijo que su esposo todavía estaba en cama, en su habitación de la planta superior, y me preguntó si deseaba subir. Dije que así lo haría, pero que antes deseaba dar un vistazo por la planta baja para conocer la disposición del lugar, y me acompañó, mostrándome el cajón de donde el asesino había cogido el revólver de Max, el armario donde había estado guardada la plata, y la estantería de la cocina donde ella solía dejar los guantes de algodón.

—¿Y ésas fueron las únicas cosas que echó en falta? —pregunte.

—De la planta baja, sí. También se llevó la cartera de Max y su reloj, que estaban en la mesita de noche de la habitación. En la cartera había unos veinte dólares y, al parecer, ése era todo el dinero que había en la casa. Y la maleta.

—¿De qué tamaño era la maleta?

Movió las manos para mostrármelo; las medidas aproximadas eran de unos setenta centímetros por cuarenta y cinco. Una maleta bastante más grande de la que habría necesitado para introducir en ella lo que se llevó..., pero quizá pensó encontrar más cosas.

Le pedí que me contara con toda exactitud lo que ocurrió aquella tarde, empezando por el momento en que llamó a mistress Armin Robinson para cancelar la cita de la película.

—Debió de ser alrededor de las seis y media —me dijo—. Acababa de darle la cena a Max, pero aún no había lavado los platos. Decidí entonces que sería mejor no salir de casa para no dejar solo a Max. Pero entonces, Armin se puso al teléfono y me dijo que él vendría a hablar con Max y que yo podría salir. Cuando terminé de lavar los platos y de arreglarme, Armin ya había llegado. Supongo que eso debió ocurrir hacia las siete y media. Como no tenía que marcharme inmediatamente para estar en el cine a las ocho, la hora a que nos habíamos citado, me quedé y hablé con los dos, en la habitación de Max, durante cinco o diez minutos. Después, me marché. Eso debió haber sido alrededor de... ¡oh!, por lo menos a las ocho menos veinte, pues llegué al cine uno o dos minutos antes de la hora e Ianthe, mistress Robinson, llegó a las ocho en punto.

Al marcharse, ¿cerró con llave la puerta principal?

—No. Me pregunté si debía hacerlo, pero decidí que no porque no es una cerradura de muelle. Habría tenido que cerrar desde el exterior y llevarme la llave, y no me pareció correcto dejar encerrados a Armin y a Max. Sin embargo, la puerta de atrás sí que estaba cerrada con llave.

—¿Cree que el asesino penetró en la casa después de que usted la abandonara, o sea entre ese momento y las ocho?

—Así debió hacerlo, a menos que se escondiera en el sótano. No pudo haber estado arriba porque allí sólo hay dos dormitorios, el pequeño vestíbulo y el cuarto de baño y yo estuve en cada una de esas habitaciones antes de marcharme. Tampoco pudo haber estado en la planta baja porque cuando bajé, lista ya para marcharme, no pude encontrar mi bolso y tuve que buscarlo. Lo encontré en la cocina, pero antes tuve que mirar por todas partes.

—¿Qué tal siguen los ojos de su esposo? —pregunté—. ¿Alguna mejoría?

—Me temo que no —contestó, sacudiendo la cabeza—, al menos por ahora. Y estoy empezando a sentirme preocupada, a pesar de lo que dice el médico. Al menos hasta esta mañana no se ha producido ninguna mejoría.

—¿Esta mañana?

—Cuando le cambié el vendaje y le lavé los ojos. Tendré que volver a hacerlo dentro de una hora. Supongo que no tendrá que hablar tanto tiempo con él, ¿verdad?

—Probablemente, no —contesté—. Pero en ese caso, será mejor que empiece ahora mismo.

Subimos al piso de arriba. La puerta de uno de los dormitorios estaba entreabierta, tal y como debió haber estado el viernes por la tarde. A través del espacio abierto pude ver a Max Easter, con los ojos vendados, sentado en la cama. Tal y como el asesino debió verle cuando subió aquellas mismas escaleras una vez que Louise Easter abandonó la casa.

Me quedé bajo el dintel, donde debió haberse detenido el asesino antes de disparar la bala que mató a Armin Robinson, antes de penetrar en la habitación, acercándose a la cama y antes de arrojar el revólver sobre ella.

Louise Easter me precedió, penetrando en la habitación y diciendo:

—Max, está aquí míster Hearn, del Departamento de Homicidios.

Agradecí la introducción, pero sin pensar en ella porque me quedé observando la habitación, mirando la silla donde debió haberse sentado Armin Robinson, la más próxima a la cama, y el agujero existente en el yeso, por encima y por detrás de la silla, de donde había sido extraída la bala. Y me volví y observé el lugar de donde había sido extraída la otra bala. Estaba situado a unos cincuenta centímetros por encima del nivel del suelo y aproximadamente a un metro y medio de distancia de la puerta.

La bala que había disparado Max Easter. La que había mostrado tener restos diminutos de sangre, seda y plumas. No sangre, sudor y lágrimas, sino sangre, seda y plumas.

Visualicé la línea de tiro... Max, sentado en la cama, apuntando el arma hacia un sonido, bajándola después, cuando escuchó cómo las rodillas del asesino se dejaban caer sobre el suelo. Traté de imaginarme al asesino, de pie, situado en alguna parte, ante esa misma línea de fuego, agachándose después y arrodillándose, tratando de apartarse de la boca del arma.

Pero Max Easter me había dicho algo y tuve que volver a pensar en el sonido de sus palabras para comprender que me había pedido que me sentara.

Se lo agradecí y crucé la estancia para tomar asiento en la misma silla donde se había sentado Robinson. Miré hacia la puerta. No, desde ese ángulo Robinson no pudo ver el tramo de escaleras. Al margen de lo entreabierta que hubiera podido estar la puerta, el caso es que no pudo haber visto al asesino hasta que éste penetró en la habitación.

Miré a Max Easter, después a Louise Easter y finalmente eche un nuevo vistazo por toda la habitación. Me di cuenta entonces de que no había dicho una sola palabra desde que entré y que Easter no odia saber lo que estaba haciendo.

—Sólo estoy observando un poco la habitación, míster Easter —dije al fin—, tratando de imaginarme cómo sucedió todo.

El hombre sonrió un poco tristemente y dijo:

—Tómese el tiempo que necesite. Yo tengo mucho tiempo. Louise, me voy a levantar un poco; estoy cansado de estar en la cama. ¿Me traerás mi batín?

—Claro, Max, pero... —no terminó de pronunciar su protesta, cualquiera que ésta pudiera ser.

Cogió el batín de su esposo del cuarto de baño y se lo sostuvo mientras él se lo ponía sobre el pijama. Después, el hombre volvió a sentarse sobre el borde de la cama.

—¿Quiere tomar una botella de cerveza, míster Hearn? —me preguntó.

Abrí la boca para decir que me gustaría tomar una, pero que nunca lo hacía mientras estaba de servicio. Pero entonces me di cuenta de que él no podría traerme la botella y que Louise tendría que bajar a la cocina para buscarla y que, probablemente, eso era lo que pretendía, con objeto de poder decirme algo en privado.

—Claro, gracias —terminé por decir.

Pero cuando Louise se dirigió a la cocina, descubrí que me había equivocado. Aparentemente, Max Easter no tenía nada que decirme. Se levantó y dijo:

—Creo que voy a ver cómo están mis alas, míster Hearn. Por favor, no me ayude. Louise habría insistido en hacerlo de haber permanecido aquí, pero quiero aprender a hacerlo yo solo. Sólo voy a tratar de cruzar la habitación hasta esa silla.

Estaba tanteando su camino, sobre la alfombra, dirigiéndose hacia la otra parte de la habitación, casi exactamente hacia el lugar de donde había sido desconchado el yeso de la pared para extraer la bala que él había disparado. Después, dijo:

—También tengo que aprender esto. Por todo lo que sé...

No terminó de pronunciar la frase, pero ambos sabíamos lo que había empezado a decir.

Su mano tocó la pared, después se volvió, extendiéndose en busca de la silla. Desde donde estaba no podía alcanzarla, así es que le dije:

A su derecha, unos dos pasos.

Gracias.

Se movió en aquella dirección y su mano encontro al fin el respaldo recto de la silla, situado junto a la pared. Se volvió y tomó asiento en ella y noté que se sentó con pesadez, como suele hacer una persona cuando la superficie sobre la que se sienta está más baja de lo que había pensado, como si sobre aquella silla acostumbrara a haber un cojín que ahora no estaba.

No soy una persona muy brillante, pero tampoco soy un tonto. Lo del cojín me hizo pensar en plumas. Sangre, seda y plumas. El cojín de una silla, forrado de seda.

Tenía algo, aun cuando no supiera muy bien qué era lo que tenía.

Por otra parte, el sentido de la dirección de Max Easter al andar hacia la silla, quizá no había sido tan malo como aparentó ser. Había andado hacia el lugar donde la bala se había incrustado en la pared. Y si la silla hubiera estado en donde él había creído encontrarla, y si hubiera tenido un cojín sobre su asiento, la bala tendría que haber atravesado el cojín.

No le pregunté si alguna vez hubo un cojín de seda sobre aquella silla. Sabía que tuvo que haberlo.

Me sentí un poco asustado.

Louise Easter subía las escaleras en aquel momento. Sus tacones sonaron sobre la madera, hasta llegar a la puerta en donde apareció con una bandeja sobre la que había tres botellas y tres vasos. Primero detuvo la bandeja ante mí y tomé un vaso y una botella, pero en aquellos momentos no estaba pensando en la cerveza.

Estaba pensando en la sangre. Ahora sabía de dónde procedían los restos de seda y de plumas de la bala.

Me levanté y miré a mi alrededor. No vi nada de sangre, ni ninguna otra cosa que me hiciera pensar en sangre, pero noté algo anormal... la persiana que había en la única ventana del dormitorio. Se trataba de una persiana doble, muy pesada y de una construcción peculiar.

Me sentí aún más asustado. Debió de notarse en mi voz cuando pregunté algo sobre la persiana. Max me contestó:

Sí, hice construir esa persiana especialmente, míster Hearn. Soy un fotógrafo aficionado y utilizo esta habitación como cuarto oscuro. También hice arreglar la puerta para que encajara perfectamente.

A partir de entonces, las cosas empezaron a aclararse.

—Max —dije, sin darme cuenta de que le estaba llamando por su nombre de pila—, ¿quiere quitarse ese vendaje?

Dejé la botella y el vaso en el suelo, sin haberme servido una sola gota de cerveza. Cuando algo está a punto de aclararse por algún lado, siempre quiero tener las manos libres.

Max Easter empezó a quitarse con movimientos inciertos el vendaje que le rodeaba la cabeza. Louise Easter dijo:

—¡No lo hagas, Max! El médico... —y entonces sus ojos se encontraron con los míos y supo que ya no valía la pena decir nada más.

Max se levantó y terminó de quitarse el vendaje. Parpadeó y se restregó ligeramente los ojos con unas manos temblorosas.

—¡Puedo ver! —exclamó—. Está todo borroso, pero empiezo a...

Entonces, sus ojos debieron ver las cosas con un poco más de nitidez, porque su mirada se fijó en el rostro de su esposa.

Y entonces empezó a ver.

Y yo hice lo que tenía que hacer con la mayor rapidez y amabilidad posible, en consideración a Max Easter. La saqué de allí y la llevé al cuartel general. Y me llevé la botella en la que una etiqueta decía: «ácido bórico», pero que contenía el ácido tetriánico que le había seguido manteniendo ciego.

Trajimos también a Lloyd Eldred. No quiso hablar hasta que dos de los muchachos acudieron a su casa con una orden de registro. Encontraron la maleta, escondida en el patio de la casa, y se la trajeron consigo. Después, el hombre habló.

  

V

  

El concluir una cosa así lleva algún tiempo. No llegué a casa hasta casi las ocho. Pero recordé llamar a Marge para que me esperara a cenar.

Cuando llegué a casa aún me sentía algo tembloroso. Pero Marge pensó que el hablar me haría bien, así es que hablé y se lo conté todo.

—Lloyd Eldred y Louise Easter planeaban escapar juntos. Eso formaba parte de todo el plan. Otra parte era que Lloyd había desfalcado algún dinero a la Springfield Chemical. Dice que unos cuatro mil. No pudo devolverlo; lo había perdido en el juego. Y estaban esperando una inspección para dentro de dos semanas; se trataba de una inspección anual rutinaria, pero él tendría que haberse escondido en alguna parte, aun cuando no hubiera pretendido huir con Louise Easter.

»Además, deseaba algún dinero con el que huir, un buen puñado que les permitiera empezar en alguna otra parte. Había estado haciendo comprobantes falsos y enviándose cheques a sí mismo bajo otros nombres. Después, para acelerar las cosas, tuvo que desembarazarse de Max quien, además de realizar su tarea de pagaduría, le ayudaba a llevar la contabilidad regular, por lo que habría podido descubrir todo el asunto. Y el miércoles de esta semana, o sea, pasado mañana, es el día de paga quincenal. La empresa suele pagar en efectivo a los obreros, aunque no a los administrativos. Teniendo a Max fuera de su camino, podría haberse apoderado de ese dinero. Podría haber sido mucho... si hubiera podido desaparecer con él.

»Así pues, instaló una pequeña trampa explosiva sobre la cuba de ácido, de modo que cuando Max recogiera la tarjeta del horario la jarra cayera en el ácido. Aquello le permitió desembarazarse de Max..., aunque no le habría mantenido alejado por mucho tiempo si Louise no hubiera cooperado. Y eso fue muy simple. Le entregó una cierta cantidad de ácido tetriánico diluido que sacó de la empresa, para sustituir el ácido bórico con el que ella le limpiaba los ojos varias veces al día. Esta operación la realizaba en una habitación totalmente oscura; no quiero decir que bajara la persiana en secreto, sino más bien que le decía a su esposo que la operación debía realizarse así. Y ella siempre lo hacía una o dos horas antes de que llegara el médico, de modo que cuando éste le quitaba el vendaje para observar los ojos de Max, los encontraba aproximadamente en el mismo estado en que los encontró la primera vez que los examinó.

Marge me miró con los ojos muy abiertos.

—Entonces, él no estaba ciego en realidad. Pero yo sólo lo dije porque...

—Fuera cual fuese la causa —la interrumpí—, el caso es que tenías razón. Pero espera; todavía no he llegado al momento decisivo. El asesinato no entraba dentro de sus planes; simplemente se produjo así. Armin Robinson se había enterado de que había algo entre Lloyd Eldred y Louise Easter. Probablemente, les vio juntos en alguna parte... el caso es que se enteró de lo que ocurría. Naturalmente, no sabía nada del desfalco, ni de que estaban planeando escapar juntos. Pero sabía que la esposa de Max estaba engañando a su amigo, a su mejor amigo. Eso fue precisamente lo que le estuvo preocupando durante los dos o tres días anteriores a su muerte: no sabía si decírselo o no a Max.

»Finalmente, decidió contárselo todo a Max aquella noche, mientras estuviera solo con él. Louise tuvo que haberlo sospechado... Ya fuera por su actitud, o por la forma en que Robinson le habló al llegar a casa, el caso es que supuso que sabía algo y que iba a decírselo a Max en cuanto ella se marchara. Ella dice que casi decidió permanecer en casa y anular la cita con mistress Robinson, pero entonces se dio cuenta de que aquello no contribuiría a detener el curso de las cosas, y que quizá podría marcharse, confiando en que Max no creyera lo que Armin iba a contarle.

«Entonces, justo en el momento en que se disponía a marcharse, llegó Lloyd Eldred. Sólo había venido para hacerle una visita de compromiso a Max y había traído consigo un regalo, algo que sabía le gustaría mucho a Max y que le ayudaría a pasar el tiempo entretenido mientras estuviera ciego. Algo con lo que podría jugar mientras estuviera en cama.

Marge se lo vio venir. Se llevó la palma de la mano a la boca y dijo:

—¿Quieres decir...?

—Sí —afirmé—, un gatito. A Max le gustan mucho los gatos. Tenían uno que había muerto atropellado por un coche hacía apenas una semana. Y Lloyd tenía que traerle a Max algo con lo que éste pudiera distraerse sin necesidad de ver... Quedaban descartados los libros y cosas así, y no se suele llevar flores a un hombre enfermo. Así es que un gatito era la solución perfecta.

—George, ¿de qué color era?

—Louise se lo encontró en la puerta principal —continué, sin contestar su pregunta—, y le dijo que Max estaba hablando con Armin y lo que este último le iba a contar, según ella. Lloyd le dijo que se marchara y que él se haría cargo de todo, aunque no le dijo cómo lo haría.

»Así pues, ella se marchó y Lloyd entró en la casa. Se sentía mucho más preocupado por todo el asunto de lo que había estado Louise. Se daba cuenta de que si se descubría aquella parte de la verdad, surgirían las sospechas y probablemente también se descubriría el desfalco que había hecho. En tal caso, todos sus planes se habrían venido abajo y se vería obligado a huir sin el dinero que estaba esperando y con el que ya contaba.

»Se puso el gatito en el bolsillo y se dirigió hacia donde sabía que Max guardaba su revólver, apoderándose de él. Vio entonces los guantes de algodón, y se los puso. Subió silenciosamente las escaleras y permaneció fuera de la habitación, escuchando. Cuando oyó decir a Armin Robinson: "Max, hay algo que odio tener que decirte...", penetró en el dormitorio. Cuando Armin le vio y se levantó de la silla, disparó contra él. Fue una suerte que Armin no pronunciara su nombre, pues en tal caso también habría matado a Max.

—Pero ¿por qué arrojó el arma sobre la cama?

—No deseaba llevársela consigo. Lo primero que pensó fue dejar el arma allí para confundir los hechos. También pensaba dejar el gatito, porque al parecer lo había conseguido sin que existiera la posibilidad de que su pista nos condujera hasta él. Pensaba hacer esto y marcharse. Como ves, no se trató de un asesinato previamente planeado. Surgió a medida que se fueron desarrollando los acontecimientos.

»Así pues, se acercó a la cama y arrojó el arma sobre ella. Se sacó después el gatito del bolsillo y lo sostuvo por el pescuezo para arrojarlo tras el arma. Entonces vio cómo Max cogía el arma y la apuntaba en su dirección, a sólo un par de metros de distancia. Se arrojó al suelo, cayendo de rodillas, para situarse fuera de la línea de tiro, casi en el momento en que Max apretaba el gatillo. Pero la boca del cañón descendió al dejarse caer él al suelo y fue en ese preciso momento cuando Max disparó. La bala mató al gatito y terminó por incrustarse en la pared, después de haber atravesado un cojín de seda que había sobre la silla situada junto a la pared.

»Después, Max arrojó el arma, que cayó al suelo, fuera de su alcance... pasando así el peligro. Lloyd decidió que lo más sensato sería aparentar en lo posible que todo había sido consecuencia de un robo. Cogió las carteras y el reloj, así como una maleta del armario. Para que todo pareciera un robo, no podía dejar allí el gatito muerto..., eso nunca lo hacen los ladrones. Cuando se dirigía hacia el armario, dejó el gato sobre la silla, sobre el cojín atravesado por la bala, para tener las manos libres. Cuando cogió la maleta, puso en ella el gato y el cojín, ya que éste estaba manchado de sangre.

»Mientras tanto, Max no se había movido... y él sabía que no se movería hasta que oyera cerrarse la puerta de entrada a la casa. Así pues, disponía de tiempo. Bajó las escaleras y se apoderó de los objetos de plata y de unas cuantas cosas más. Después, abandonó la casa y todo terminó.

—George, ¿de qué color era ese gato? —preguntó Marge de nuevo.

—Marge —dije—, no creo en la intuición ni en la clarividencia. Ni tampoco en la coincidencia... al menos en tanta coincidencia. Así es que mal rayo me parta si te lo digo... jamás.

Pero creo que aquello fue una buena contestación para ella, porque nunca más volvió a preguntármelo.