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Testigo en la oscuridad - Fredric Brown (parte 2)

 

IV

  

—Me han encargado del caso —le dije en cuanto entré.

Sabía a lo que me refería. No tuve necesidad de explicárselo.

Mientras comíamos, le conté lo poco que había averiguado y que no había sido publicado en los periódicos.

—Así pues —le dije al final—, Max Easter no estuvo disparando en la oscuridad contra ningún gato. Se trataba más bien de un gallo con pijama de seda. Al menos en esta ocasión te han fallado tus presentimientos. Y también has fallado en tu otra idea: Easter está realmente ciego.

Ella se volvió hacia mí, levantando ligeramente su nariz.

—Te apuesto diez centavos a que no lo está.

—Te ganaré la apuesta —afirmé.

—Quizá. No te apostaría nada sobre la cuestión del gato, aunque el gallo en pijama del capitán Eberhart no es menos absurdo, como también me lo parece tu sombrero de seda con una pluma.

—Pero si era eso, el asesino se lo habría llevado consigo. Si se trataba del gato pardo, en cambio, ¿qué ocurrió con él?

—Está claro: el asesino se lo llevaría en la maleta que cogió del armario.

Ante esta observación, elevé mis manos, en un gesto de asombro.

Del mismo modo, Marge había estado hablando en serio sobre su presentimiento de que la ceguera de Max Easter no era real, y cuando Marge se toma en serio uno de sus presentimientos, también lo hago yo. Al menos hasta el punto de comprobar la cuestión con la mayor exactitud posible. Así pues, antes de salir de casa llamé al capitán Eberhart y conseguí el nombre y la dirección del médico que estaba tratando los ojos de Max Easter.

Fui a verle y tuve la suerte de que me introdujeran en su despacho en cuanto llegué. Después de identificarme y explicar lo que deseaba saber, le pregunté:

—¿Cuánto tiempo tardó usted en ver a míster Easter después de que se produjera el accidente?

—Creo que llegué a la planta química unos veinte minutos después de que me llamaran por teléfono. Y, según se me dijo, la llamada telefónica se hizo inmediatamente.

—¿Notó usted algo anormal en la condición en que estaban sus ojos?

—No, nada anormal, teniendo en cuenta el ácido diluido que les había salpicado. De todos modos, no estoy muy seguro de haber comprendido bien su pregunta.

Ni yo mismo estaba seguro de haberla comprendido. No sabía exactamente qué es lo que andaba buscando. Pregunté:

—¿Sentía mucho dolor?

—¿Dolor? ¡Oh, no! El ácido tetriánico provoca una ceguera temporal, pero sin causar dolor. No resulta más doloroso que el ácido bórico.

—¿Puede usted describirme los efectos, doctor?

—Dilata las pupilas, como la belladona. En último término es totalmente inofensivo. Pero, además de la dilatación de las pupilas, que es una reacción inmediata, provoca una parálisis temporal de los nervios ópticos y, en consecuencia, una ceguera temporal. Normalmente, la duración de la ceguera es de dos a ocho horas, lo que depende de la fuerza de la polución.

—¿Y cuál era la fuerza de la solución en este caso?

—De tipo medio. Míster Easter debía haber recuperado su vista en un plazo no superior a las seis horas.

—Pero no ocurrió así —indiqué.

—No la ha recuperado todavía. Y eso nos lleva a dos posibles conclusiones. Una: que es una persona anormal en cuanto se refiere a su tolerancia para la sustancia en cuestión. En ese caso, se trata de una simple cuestión de tiempo; recuperará su visión dentro de muy poco. La otra posibilidad, desde luego, es que nos encontremos ante un caso de ceguera histérica..., ceguera causada por autoengaño. Estoy casi convencido de que no es este último el caso de míster Easter. Sin embargo, si su ceguera persiste más de una semana, tendré que recomendar la intervención de un psiquiatra.

—¿No existe una tercera posibilidad? —pregunté—. ¿Fingirse enfermo, por ejemplo?

—No olvide, míster Hearn —dijo el médico, sonriendo—, que soy un empleado de la empresa y que actúo en defensa de los intereses de ésta. No existe la menor posibilidad de que una persona pretenda sufrir una dilatación de las pupilas que aún persiste. Y míster Easter no está fingiendo ceguera. Hay ciertas pruebas que lo atestiguan. Y, como ya le he dicho, estoy razonablemente seguro de que no se trata de un caso histérico. Baso mis suposiciones en la continua dilatación de las pupilas. En todo caso, la histeria produciría más bien una parálisis continua de los nervios, pero no una dilatación de las pupilas.

—¿Cuándo le examinó usted por última vez?

—Ayer mismo, a las cuatro de la tarde. Le he ido a visitar todos los días, a esa misma hora.

Le agradecí sus informaciones y me marché. Al menos por una vez había fallado uno de los presentimientos de Marge.

Había estado retrasando durante demasiado tiempo mi visita a la casa de los Easter. Me dirigí hacia allí y llamé al timbre.

Me abrió la puerta una mujer que resultó ser mistress Max Easter, Louise Easter. Me identifiqué y ella también se identificó, invitándome a entrar. Era una mujer de buen aspecto, incluso con ropa de estar por casa. Habría sido muy interesante examinarla para ver si su cuerpo mostraba alguna señal producida por roce de bala. Pero, por otra parte, su coartada era tan buena como cualquier otra que hubiera visto jamás y, además, estaba Marge.

Louise Easter me dijo que su esposo todavía estaba en cama, en su habitación de la planta superior, y me preguntó si deseaba subir. Dije que así lo haría, pero que antes deseaba dar un vistazo por la planta baja para conocer la disposición del lugar, y me acompañó, mostrándome el cajón de donde el asesino había cogido el revólver de Max, el armario donde había estado guardada la plata, y la estantería de la cocina donde ella solía dejar los guantes de algodón.

—¿Y ésas fueron las únicas cosas que echó en falta? —pregunte.

—De la planta baja, sí. También se llevó la cartera de Max y su reloj, que estaban en la mesita de noche de la habitación. En la cartera había unos veinte dólares y, al parecer, ése era todo el dinero que había en la casa. Y la maleta.

—¿De qué tamaño era la maleta?

Movió las manos para mostrármelo; las medidas aproximadas eran de unos setenta centímetros por cuarenta y cinco. Una maleta bastante más grande de la que habría necesitado para introducir en ella lo que se llevó..., pero quizá pensó encontrar más cosas.

Le pedí que me contara con toda exactitud lo que ocurrió aquella tarde, empezando por el momento en que llamó a mistress Armin Robinson para cancelar la cita de la película.

—Debió de ser alrededor de las seis y media —me dijo—. Acababa de darle la cena a Max, pero aún no había lavado los platos. Decidí entonces que sería mejor no salir de casa para no dejar solo a Max. Pero entonces, Armin se puso al teléfono y me dijo que él vendría a hablar con Max y que yo podría salir. Cuando terminé de lavar los platos y de arreglarme, Armin ya había llegado. Supongo que eso debió ocurrir hacia las siete y media. Como no tenía que marcharme inmediatamente para estar en el cine a las ocho, la hora a que nos habíamos citado, me quedé y hablé con los dos, en la habitación de Max, durante cinco o diez minutos. Después, me marché. Eso debió haber sido alrededor de... ¡oh!, por lo menos a las ocho menos veinte, pues llegué al cine uno o dos minutos antes de la hora e Ianthe, mistress Robinson, llegó a las ocho en punto.

Al marcharse, ¿cerró con llave la puerta principal?

—No. Me pregunté si debía hacerlo, pero decidí que no porque no es una cerradura de muelle. Habría tenido que cerrar desde el exterior y llevarme la llave, y no me pareció correcto dejar encerrados a Armin y a Max. Sin embargo, la puerta de atrás sí que estaba cerrada con llave.

—¿Cree que el asesino penetró en la casa después de que usted la abandonara, o sea entre ese momento y las ocho?

—Así debió hacerlo, a menos que se escondiera en el sótano. No pudo haber estado arriba porque allí sólo hay dos dormitorios, el pequeño vestíbulo y el cuarto de baño y yo estuve en cada una de esas habitaciones antes de marcharme. Tampoco pudo haber estado en la planta baja porque cuando bajé, lista ya para marcharme, no pude encontrar mi bolso y tuve que buscarlo. Lo encontré en la cocina, pero antes tuve que mirar por todas partes.

—¿Qué tal siguen los ojos de su esposo? —pregunté—. ¿Alguna mejoría?

—Me temo que no —contestó, sacudiendo la cabeza—, al menos por ahora. Y estoy empezando a sentirme preocupada, a pesar de lo que dice el médico. Al menos hasta esta mañana no se ha producido ninguna mejoría.

—¿Esta mañana?

—Cuando le cambié el vendaje y le lavé los ojos. Tendré que volver a hacerlo dentro de una hora. Supongo que no tendrá que hablar tanto tiempo con él, ¿verdad?

—Probablemente, no —contesté—. Pero en ese caso, será mejor que empiece ahora mismo.

Subimos al piso de arriba. La puerta de uno de los dormitorios estaba entreabierta, tal y como debió haber estado el viernes por la tarde. A través del espacio abierto pude ver a Max Easter, con los ojos vendados, sentado en la cama. Tal y como el asesino debió verle cuando subió aquellas mismas escaleras una vez que Louise Easter abandonó la casa.

Me quedé bajo el dintel, donde debió haberse detenido el asesino antes de disparar la bala que mató a Armin Robinson, antes de penetrar en la habitación, acercándose a la cama y antes de arrojar el revólver sobre ella.

Louise Easter me precedió, penetrando en la habitación y diciendo:

—Max, está aquí míster Hearn, del Departamento de Homicidios.

Agradecí la introducción, pero sin pensar en ella porque me quedé observando la habitación, mirando la silla donde debió haberse sentado Armin Robinson, la más próxima a la cama, y el agujero existente en el yeso, por encima y por detrás de la silla, de donde había sido extraída la bala. Y me volví y observé el lugar de donde había sido extraída la otra bala. Estaba situado a unos cincuenta centímetros por encima del nivel del suelo y aproximadamente a un metro y medio de distancia de la puerta.

La bala que había disparado Max Easter. La que había mostrado tener restos diminutos de sangre, seda y plumas. No sangre, sudor y lágrimas, sino sangre, seda y plumas.

Visualicé la línea de tiro... Max, sentado en la cama, apuntando el arma hacia un sonido, bajándola después, cuando escuchó cómo las rodillas del asesino se dejaban caer sobre el suelo. Traté de imaginarme al asesino, de pie, situado en alguna parte, ante esa misma línea de fuego, agachándose después y arrodillándose, tratando de apartarse de la boca del arma.

Pero Max Easter me había dicho algo y tuve que volver a pensar en el sonido de sus palabras para comprender que me había pedido que me sentara.

Se lo agradecí y crucé la estancia para tomar asiento en la misma silla donde se había sentado Robinson. Miré hacia la puerta. No, desde ese ángulo Robinson no pudo ver el tramo de escaleras. Al margen de lo entreabierta que hubiera podido estar la puerta, el caso es que no pudo haber visto al asesino hasta que éste penetró en la habitación.

Miré a Max Easter, después a Louise Easter y finalmente eche un nuevo vistazo por toda la habitación. Me di cuenta entonces de que no había dicho una sola palabra desde que entré y que Easter no odia saber lo que estaba haciendo.

—Sólo estoy observando un poco la habitación, míster Easter —dije al fin—, tratando de imaginarme cómo sucedió todo.

El hombre sonrió un poco tristemente y dijo:

—Tómese el tiempo que necesite. Yo tengo mucho tiempo. Louise, me voy a levantar un poco; estoy cansado de estar en la cama. ¿Me traerás mi batín?

—Claro, Max, pero... —no terminó de pronunciar su protesta, cualquiera que ésta pudiera ser.

Cogió el batín de su esposo del cuarto de baño y se lo sostuvo mientras él se lo ponía sobre el pijama. Después, el hombre volvió a sentarse sobre el borde de la cama.

—¿Quiere tomar una botella de cerveza, míster Hearn? —me preguntó.

Abrí la boca para decir que me gustaría tomar una, pero que nunca lo hacía mientras estaba de servicio. Pero entonces me di cuenta de que él no podría traerme la botella y que Louise tendría que bajar a la cocina para buscarla y que, probablemente, eso era lo que pretendía, con objeto de poder decirme algo en privado.

—Claro, gracias —terminé por decir.

Pero cuando Louise se dirigió a la cocina, descubrí que me había equivocado. Aparentemente, Max Easter no tenía nada que decirme. Se levantó y dijo:

—Creo que voy a ver cómo están mis alas, míster Hearn. Por favor, no me ayude. Louise habría insistido en hacerlo de haber permanecido aquí, pero quiero aprender a hacerlo yo solo. Sólo voy a tratar de cruzar la habitación hasta esa silla.

Estaba tanteando su camino, sobre la alfombra, dirigiéndose hacia la otra parte de la habitación, casi exactamente hacia el lugar de donde había sido desconchado el yeso de la pared para extraer la bala que él había disparado. Después, dijo:

—También tengo que aprender esto. Por todo lo que sé...

No terminó de pronunciar la frase, pero ambos sabíamos lo que había empezado a decir.

Su mano tocó la pared, después se volvió, extendiéndose en busca de la silla. Desde donde estaba no podía alcanzarla, así es que le dije:

A su derecha, unos dos pasos.

Gracias.

Se movió en aquella dirección y su mano encontro al fin el respaldo recto de la silla, situado junto a la pared. Se volvió y tomó asiento en ella y noté que se sentó con pesadez, como suele hacer una persona cuando la superficie sobre la que se sienta está más baja de lo que había pensado, como si sobre aquella silla acostumbrara a haber un cojín que ahora no estaba.

No soy una persona muy brillante, pero tampoco soy un tonto. Lo del cojín me hizo pensar en plumas. Sangre, seda y plumas. El cojín de una silla, forrado de seda.

Tenía algo, aun cuando no supiera muy bien qué era lo que tenía.

Por otra parte, el sentido de la dirección de Max Easter al andar hacia la silla, quizá no había sido tan malo como aparentó ser. Había andado hacia el lugar donde la bala se había incrustado en la pared. Y si la silla hubiera estado en donde él había creído encontrarla, y si hubiera tenido un cojín sobre su asiento, la bala tendría que haber atravesado el cojín.

No le pregunté si alguna vez hubo un cojín de seda sobre aquella silla. Sabía que tuvo que haberlo.

Me sentí un poco asustado.

Louise Easter subía las escaleras en aquel momento. Sus tacones sonaron sobre la madera, hasta llegar a la puerta en donde apareció con una bandeja sobre la que había tres botellas y tres vasos. Primero detuvo la bandeja ante mí y tomé un vaso y una botella, pero en aquellos momentos no estaba pensando en la cerveza.

Estaba pensando en la sangre. Ahora sabía de dónde procedían los restos de seda y de plumas de la bala.

Me levanté y miré a mi alrededor. No vi nada de sangre, ni ninguna otra cosa que me hiciera pensar en sangre, pero noté algo anormal... la persiana que había en la única ventana del dormitorio. Se trataba de una persiana doble, muy pesada y de una construcción peculiar.

Me sentí aún más asustado. Debió de notarse en mi voz cuando pregunté algo sobre la persiana. Max me contestó:

Sí, hice construir esa persiana especialmente, míster Hearn. Soy un fotógrafo aficionado y utilizo esta habitación como cuarto oscuro. También hice arreglar la puerta para que encajara perfectamente.

A partir de entonces, las cosas empezaron a aclararse.

—Max —dije, sin darme cuenta de que le estaba llamando por su nombre de pila—, ¿quiere quitarse ese vendaje?

Dejé la botella y el vaso en el suelo, sin haberme servido una sola gota de cerveza. Cuando algo está a punto de aclararse por algún lado, siempre quiero tener las manos libres.

Max Easter empezó a quitarse con movimientos inciertos el vendaje que le rodeaba la cabeza. Louise Easter dijo:

—¡No lo hagas, Max! El médico... —y entonces sus ojos se encontraron con los míos y supo que ya no valía la pena decir nada más.

Max se levantó y terminó de quitarse el vendaje. Parpadeó y se restregó ligeramente los ojos con unas manos temblorosas.

—¡Puedo ver! —exclamó—. Está todo borroso, pero empiezo a...

Entonces, sus ojos debieron ver las cosas con un poco más de nitidez, porque su mirada se fijó en el rostro de su esposa.

Y entonces empezó a ver.

Y yo hice lo que tenía que hacer con la mayor rapidez y amabilidad posible, en consideración a Max Easter. La saqué de allí y la llevé al cuartel general. Y me llevé la botella en la que una etiqueta decía: «ácido bórico», pero que contenía el ácido tetriánico que le había seguido manteniendo ciego.

Trajimos también a Lloyd Eldred. No quiso hablar hasta que dos de los muchachos acudieron a su casa con una orden de registro. Encontraron la maleta, escondida en el patio de la casa, y se la trajeron consigo. Después, el hombre habló.

  

V

  

El concluir una cosa así lleva algún tiempo. No llegué a casa hasta casi las ocho. Pero recordé llamar a Marge para que me esperara a cenar.

Cuando llegué a casa aún me sentía algo tembloroso. Pero Marge pensó que el hablar me haría bien, así es que hablé y se lo conté todo.

—Lloyd Eldred y Louise Easter planeaban escapar juntos. Eso formaba parte de todo el plan. Otra parte era que Lloyd había desfalcado algún dinero a la Springfield Chemical. Dice que unos cuatro mil. No pudo devolverlo; lo había perdido en el juego. Y estaban esperando una inspección para dentro de dos semanas; se trataba de una inspección anual rutinaria, pero él tendría que haberse escondido en alguna parte, aun cuando no hubiera pretendido huir con Louise Easter.

»Además, deseaba algún dinero con el que huir, un buen puñado que les permitiera empezar en alguna otra parte. Había estado haciendo comprobantes falsos y enviándose cheques a sí mismo bajo otros nombres. Después, para acelerar las cosas, tuvo que desembarazarse de Max quien, además de realizar su tarea de pagaduría, le ayudaba a llevar la contabilidad regular, por lo que habría podido descubrir todo el asunto. Y el miércoles de esta semana, o sea, pasado mañana, es el día de paga quincenal. La empresa suele pagar en efectivo a los obreros, aunque no a los administrativos. Teniendo a Max fuera de su camino, podría haberse apoderado de ese dinero. Podría haber sido mucho... si hubiera podido desaparecer con él.

»Así pues, instaló una pequeña trampa explosiva sobre la cuba de ácido, de modo que cuando Max recogiera la tarjeta del horario la jarra cayera en el ácido. Aquello le permitió desembarazarse de Max..., aunque no le habría mantenido alejado por mucho tiempo si Louise no hubiera cooperado. Y eso fue muy simple. Le entregó una cierta cantidad de ácido tetriánico diluido que sacó de la empresa, para sustituir el ácido bórico con el que ella le limpiaba los ojos varias veces al día. Esta operación la realizaba en una habitación totalmente oscura; no quiero decir que bajara la persiana en secreto, sino más bien que le decía a su esposo que la operación debía realizarse así. Y ella siempre lo hacía una o dos horas antes de que llegara el médico, de modo que cuando éste le quitaba el vendaje para observar los ojos de Max, los encontraba aproximadamente en el mismo estado en que los encontró la primera vez que los examinó.

Marge me miró con los ojos muy abiertos.

—Entonces, él no estaba ciego en realidad. Pero yo sólo lo dije porque...

—Fuera cual fuese la causa —la interrumpí—, el caso es que tenías razón. Pero espera; todavía no he llegado al momento decisivo. El asesinato no entraba dentro de sus planes; simplemente se produjo así. Armin Robinson se había enterado de que había algo entre Lloyd Eldred y Louise Easter. Probablemente, les vio juntos en alguna parte... el caso es que se enteró de lo que ocurría. Naturalmente, no sabía nada del desfalco, ni de que estaban planeando escapar juntos. Pero sabía que la esposa de Max estaba engañando a su amigo, a su mejor amigo. Eso fue precisamente lo que le estuvo preocupando durante los dos o tres días anteriores a su muerte: no sabía si decírselo o no a Max.

»Finalmente, decidió contárselo todo a Max aquella noche, mientras estuviera solo con él. Louise tuvo que haberlo sospechado... Ya fuera por su actitud, o por la forma en que Robinson le habló al llegar a casa, el caso es que supuso que sabía algo y que iba a decírselo a Max en cuanto ella se marchara. Ella dice que casi decidió permanecer en casa y anular la cita con mistress Robinson, pero entonces se dio cuenta de que aquello no contribuiría a detener el curso de las cosas, y que quizá podría marcharse, confiando en que Max no creyera lo que Armin iba a contarle.

«Entonces, justo en el momento en que se disponía a marcharse, llegó Lloyd Eldred. Sólo había venido para hacerle una visita de compromiso a Max y había traído consigo un regalo, algo que sabía le gustaría mucho a Max y que le ayudaría a pasar el tiempo entretenido mientras estuviera ciego. Algo con lo que podría jugar mientras estuviera en cama.

Marge se lo vio venir. Se llevó la palma de la mano a la boca y dijo:

—¿Quieres decir...?

—Sí —afirmé—, un gatito. A Max le gustan mucho los gatos. Tenían uno que había muerto atropellado por un coche hacía apenas una semana. Y Lloyd tenía que traerle a Max algo con lo que éste pudiera distraerse sin necesidad de ver... Quedaban descartados los libros y cosas así, y no se suele llevar flores a un hombre enfermo. Así es que un gatito era la solución perfecta.

—George, ¿de qué color era?

—Louise se lo encontró en la puerta principal —continué, sin contestar su pregunta—, y le dijo que Max estaba hablando con Armin y lo que este último le iba a contar, según ella. Lloyd le dijo que se marchara y que él se haría cargo de todo, aunque no le dijo cómo lo haría.

»Así pues, ella se marchó y Lloyd entró en la casa. Se sentía mucho más preocupado por todo el asunto de lo que había estado Louise. Se daba cuenta de que si se descubría aquella parte de la verdad, surgirían las sospechas y probablemente también se descubriría el desfalco que había hecho. En tal caso, todos sus planes se habrían venido abajo y se vería obligado a huir sin el dinero que estaba esperando y con el que ya contaba.

»Se puso el gatito en el bolsillo y se dirigió hacia donde sabía que Max guardaba su revólver, apoderándose de él. Vio entonces los guantes de algodón, y se los puso. Subió silenciosamente las escaleras y permaneció fuera de la habitación, escuchando. Cuando oyó decir a Armin Robinson: "Max, hay algo que odio tener que decirte...", penetró en el dormitorio. Cuando Armin le vio y se levantó de la silla, disparó contra él. Fue una suerte que Armin no pronunciara su nombre, pues en tal caso también habría matado a Max.

—Pero ¿por qué arrojó el arma sobre la cama?

—No deseaba llevársela consigo. Lo primero que pensó fue dejar el arma allí para confundir los hechos. También pensaba dejar el gatito, porque al parecer lo había conseguido sin que existiera la posibilidad de que su pista nos condujera hasta él. Pensaba hacer esto y marcharse. Como ves, no se trató de un asesinato previamente planeado. Surgió a medida que se fueron desarrollando los acontecimientos.

»Así pues, se acercó a la cama y arrojó el arma sobre ella. Se sacó después el gatito del bolsillo y lo sostuvo por el pescuezo para arrojarlo tras el arma. Entonces vio cómo Max cogía el arma y la apuntaba en su dirección, a sólo un par de metros de distancia. Se arrojó al suelo, cayendo de rodillas, para situarse fuera de la línea de tiro, casi en el momento en que Max apretaba el gatillo. Pero la boca del cañón descendió al dejarse caer él al suelo y fue en ese preciso momento cuando Max disparó. La bala mató al gatito y terminó por incrustarse en la pared, después de haber atravesado un cojín de seda que había sobre la silla situada junto a la pared.

»Después, Max arrojó el arma, que cayó al suelo, fuera de su alcance... pasando así el peligro. Lloyd decidió que lo más sensato sería aparentar en lo posible que todo había sido consecuencia de un robo. Cogió las carteras y el reloj, así como una maleta del armario. Para que todo pareciera un robo, no podía dejar allí el gatito muerto..., eso nunca lo hacen los ladrones. Cuando se dirigía hacia el armario, dejó el gato sobre la silla, sobre el cojín atravesado por la bala, para tener las manos libres. Cuando cogió la maleta, puso en ella el gato y el cojín, ya que éste estaba manchado de sangre.

»Mientras tanto, Max no se había movido... y él sabía que no se movería hasta que oyera cerrarse la puerta de entrada a la casa. Así pues, disponía de tiempo. Bajó las escaleras y se apoderó de los objetos de plata y de unas cuantas cosas más. Después, abandonó la casa y todo terminó.

—George, ¿de qué color era ese gato? —preguntó Marge de nuevo.

—Marge —dije—, no creo en la intuición ni en la clarividencia. Ni tampoco en la coincidencia... al menos en tanta coincidencia. Así es que mal rayo me parta si te lo digo... jamás.

Pero creo que aquello fue una buena contestación para ella, porque nunca más volvió a preguntármelo.

Una coartada de dos minutos - George Harmon Coxe

    Cuando se abrió la puerta que daba a la sala del tribunal y el ujier dijo: «El doctor Lane, por favor», Thomas Lane se puso en pie y se arregló la americana antes de lanzar una ojeada al joven y a la muchacha que estaban sentados junto a él, en el banco de madera.

Janet Watkins le devolvió la mirada, su rostro pálido pero tranquilo, rodeado por el halo de cabellos rubio ceniza, sus ojos color de avellana abiertos e indefensos, hasta el punto que podía leerse claramente en ellos la duda y la incertidumbre, en el preciso instante en que trataba de esbozar una sonrisa de aliento. Janet Watkins había sido ya interrogada y no podía hacer más que esperar la decisión que liberaría a Don Maynard o le inculparía de asesinato.

A su lado, Maynard exhibía una sonrisa estereotipada y fingida, pero su mirada fue franca y segura cuando se cruzó con la de Lane, reflejando más confianza que temor y reafirmando el convencimiento del médico de que Maynard no podía haber asesinado a su esposa.

—No os preocupéis —declaró Lane, con una seguridad que estaba muy lejos de sentir—. Todo saldrá bien.

Forbes, el abogado de Maynard, que encendía cigarrillo tras cigarrillo desde hacía una hora, suspiró y dijo:

—Eso tal vez dependa de usted, doctor.

La sala alta de techo recordó a Lane las aulas de la Universidad; los miembros del jurado no estaban alineados unos al lado de otros como había esperado, sino repartidos al azar delante de él de igual modo que sus alumnos, ante unas mesas, para que pudieran tomar notas con más facilidad. Inmediatamente se dio cuenta de su interés, y, cuando hubo prestado juramento, dirigió a su auditorio una sonrisa ausente, sabiendo que estaba impecable en su traje oscuro, su camisa blanca y su corbata lisa, seguro de que sus abundantes cabellos blancos estaban bien peinados.

Dijo cómo se llamaba, dónde vivía y en qué se ocupaba, añadiendo que a pesar de tener el título de médico había decidido hacía muchos años dedicar su vida a la investigación y a la enseñanza. Cuando se había jubilado, tres años antes, ocupaba un cargo de profesor en la Universidad; posteriormente, se había dedicado a escribir una obra acerca de las consecuencias de la vida moderna sobre el funcionamiento del corazón.

—Y ahora —dijo el fiscal del distrito, llamado MacCann—, ¿puede usted decirnos cuánto tiempo hace que conoce a Janet Watkins?

Con sus modales reposados, el médico respondió que la conocía desde hacía año y medio, aproximadamente. Había tenido necesidad de alguien que mecanografiara un manuscrito, y la Universidad le había recomendado a la joven. Desde entonces, la había visto casi una vez por semana.

—¿Siente usted mucho afecto por ella, doctor?

—Sí.

Lane consideró inútil añadir que había llegado a estimar a Janet Watkins como a la hija que ahora tendría si hubiese vivido lo suficiente.

Luego explicó lo que sabía de Don Maynard, y que Janet le había traído a su casa, hacía nueve meses. A partir de entonces, el muchacho solía presentarse cuando la joven tenía que entregar algún manuscrito, y a veces se quedaban a tomar café con él. De cuando en cuando, jugaban a cartas.

—Usted sabía que Mrs. Maynard vivía al otro lado del patio de su casa, en aquel grupo de inmuebles —dijo MacCann—. En el mismo piso, creo. ¿La conocía usted antes de entablar conocimiento con su marido?

—De vista —respondió Lane.

No añadió que hubiera sido imposible dejar de fijarse en ella, con sus vestidos ceñidos, su andar provocativo y sus llameantes cabellos rubios, cuya tonalidad sólo podía haber sido obtenida por algún procedimiento químico.

—Usted sabía que Mrs. Maynard recibía, visitas de cuando en cuando —continuó el fiscal, consultando sus notas—. Con frecuencia, llegaba a su casa acompañada por algún hombre.

Lane esperó, sabiendo que había hecho todas aquellas declaraciones al comienzo de la investigación. No había prestado atención a aquellos hombres ni había espiado conscientemente el piso de enfrente. Había comprobado que las luces estaban encendidas a menudo hasta muy tarde, pero casi nunca se había preguntado el significado de aquel hecho.

—Usted no simpatizaba con Mrs. Maynard —dijo MacCann. Y, en vista de que no llegaba ninguna respuesta—: Consideraba usted que era una situación más bien sórdida.

—Sórdida, tal vez; pero no única.

—Recientemente, cuando Mr. Maynard y Miss Watkins empezaron a visitarle, ¿emitió usted alguna opinión acerca de Mrs. Maynard?

—Nunca hablábamos de ella.

—¿De veras? —MacCann se permitió una leve sonrisa dedicada al jurado, y luego su voz se hizo más incisiva—. Pero, durante ese período, esas dos personas se enamoraron una de otra. Usted debió darse cuenta del hecho.

—Supongo que sí.

—Sentía usted mucho afecto por Janet Watkins. Estaba usted interesado en su felicidad. Sin embargo, aprobaba aquellos sentimientos, sabiendo que Maynard estaba ya casado.

—El matrimonio de Don fue un error de juventud —respondió Lane—. Una consecuencia de la guerra de Corea.

—Eso es una opinión suya, doctor.

—Los Maynard estaban separados desde hacía un año cuando Don conoció a Janet —insistió Lane—. Ella no tuvo nada que ver en su ruptura.

—Sin embargo, Maynard pidió el divorcio a causa de Janet Watkins.

El médico no discutió, ya que conocía demasiado bien los hechos: Don había vendido sus escasos bonos del tesoro y había pedido prestado algún dinero sobre su seguro de vida para dar a su esposa una suma compensadora. Luego, en el último momento, ella había exigido unas sumas complementarias a entregar semanalmente.

—Lo cual nos conduce a la noche del 12 de diciembre —continuó MacCann—. Maynard acababa de enterarse de que su esposa exigía una suma semanal que él no podía entregar. Fue a su casa de usted —el Fiscal del Distrito consultó sus notas—, a eso de las nueve cuarenta y cinco. ¿Para qué, doctor? ¿Quería un consejo? Y, en caso afirmativo, ¿qué le aconsejó usted?

La escena había quedado claramente impresa en la memoria del médico, y pensó de nuevo en el joven que esperaba fuera en compañía de Janet Watkins. Aquella noche fatal, Maynard tenía un rostro cansado, surcado de arrugas, y su resentimiento y su excitación se traicionaban en su voz y en los movimientos nerviosos de su cuerpo mientras andaba de un lado a otro de la estancia, explicándole la situación. El médico no dio ahora ningún detalle.

—Maynard sabía que su esposa mantenía relaciones con otros hombres —dijo—. Le sugerí que contratara, por desagradable que pudiera resultarle, los servicios de un detective privado a fin de poder obtener el divorcio sin verse obligado a desembolsar ningún dinero.

MacCann se volvió hacia el jurado y resumió la posición de la acusación. Pero el médico no le escuchaba ya: conocía de sobra aquella posición. Fastidiado por una esposa a la cual odiaba, Maynard había salido del piso del doctor Lane lleno de impotente rabia, había cruzado el patio y se había precipitado a casa de su esposa con un revólver en el bolsillo. Ella insistió en sus pretensiones, y Maynard utilizó el revólver.

Dado que una de sus ventanas estaba abierta, el médico había oído la detonación. Otros inquilinos la habían oído también. La hora exacta había sido determinada con precisión, pero sólo una persona se había preocupado por el disparo. Tres o cuatro minutos después de sonar el tiro, un hombre que vivía en el mismo rellano, impulsado por una esposa curiosa que deseaba enterarse de lo sucedido, había salido de su casa. La puerta del piso de Maynard estaba entreabierta y, echando una ojeada, el vecino en cuestión había visto a Maynard arrodillado junto al cadáver de su esposa, con un revólver en la mano: un recuerdo de guerra cuya procedencia no había podido establecer la policía.

A tales evidencias, Maynard no podía oponer más que una absurda historia. Reconoció que estaba contrariado y trastornado por las exigencias de su esposa, y que había subido a su casa en aquella disposición de ánimo, pero no llevaba encima ninguna arma y sólo tenía la intención de amenazarla. Negó haberse precipitado a casa de su esposa… sus preocupaciones le habían hecho aflojar el paso. Al entrar en el inmueble, un hombre que salía corriendo había tropezado con él en el vestíbulo. Como la iluminación era deficiente, Maynard no había podido distinguir su rostro, pero tenía una idea de la estatura del desconocido y del traje que llevaba. Sostuvo que aquel hombre —uno de los seis o siete que figuraban en el cuaderno de direcciones de su esposa— tuvo que ser el asesino de Mrs. Maynard, puesto que cuando él entró en el piso la había encontrado muerta. Estupefacto y sin darse cuenta de lo que hacía, había recogido el revólver. Y seguía teniéndolo en la mano cuando el vecino le había visto.

—Veamos, doctor —dijo MacCann—. En su declaración a la policía, afirmó usted que habían transcurrido dos minutos, como máximo, después de marcharse Maynard, cuando oyó usted el disparo fatal. Ha confirmado usted sus declaraciones acerca de ese extremo, pero ha reconocido también que no miró el reloj cuando Maynard se marchó, ni cuando oyó el disparo.

—En efecto.

—¿Acaso posee usted un sentido especial del tiempo que le permite determinar la hora con exactitud?

—Que yo sepa, no.

—Entonces no se trata de una certeza propiamente dicha…, sino únicamente de una conjetura.

Antes de que el médico pudiera responder, una mujer miembro del jurado preguntó:

—¿Puedo formular una pregunta? —Estaba sentada en las primeras filas…, una mujer regordeta, de rostro amable, que llevaba un vestido de paño gris—. ¿Comprobó la policía el tiempo que necesita un hombre para ir de un piso al otro?

—Sí —respondió MacCann—. En condiciones diversas. Puede bajarse por la escalera tan rápidamente como con el ascensor. Un hombre con cierta prisa, que cruce sin correr, pero a buen paso, el espacio existente entre los dos edificios, puede recorrer el trayecto en dos minutos y diez segundos. Añadiendo otros diez segundos para llegar al piso y utilizar el arma…

No terminó, pero se volvió hacia el médico:

—Me gustaría comprobar su noción del tiempo, doctor. ¿Ve usted algún inconveniente?

Lane había sospechado que iba a producirse algo por el estilo. En realidad, él había proporcionado una coartada a Maynard. Si el jurado creía que había transcurrido un máximo de dos minutos entre la salida de Maynard de su casa y la detonación, era evidente que el disparo tuvo que hacerlo otra persona. MacCann tenía que atacar aquella coartada —demostrar que la noción que el médico tenía del tiempo no era exacta, ni mucho menos—, y Lane sabía que lo único que podía hacer era afrontar tranquilamente la prueba. Cuando hubo inclinado la cabeza en señal de asentimiento, MacCann dijo:

—Hagamos antes una prueba de ensayo. Usted, señora —se dirigía a la mujer vestida de gris—, ¿tiene inconveniente en volverse de espaldas al reloj y cerrar los ojos? Gracias. Voy a dar la señal, y usted me dirá cuándo le parece que han transcurrido dos minutos.

El médico no pudo evitar volver la cabeza para mirar el reloj de pared que había detrás de él. Oyó la señal de MacCann y vigiló la saeta de los segundos. Quedó a la vez sorprendido y aterrado cuando, al cabo de setenta y dos segundos, la mujer declaró.

—Ahora han pasado dos minutos.

En la sala se oyeron algunas risas, mientras MacCann se dirigía a un hombre, sentado a su derecha:

—¿Quiere usted probar, caballero?

De nuevo, el médico miró el reloj, dándose cuenta de que aquel hombre sabría calcular los dos minutos completos pero experimentó la misma sensación de decepción cuando vio que el cálculo del miembro del jurado sobrepasaba en veintiocho segundos los dos minutos. En la sala se repitieron las risas, y MacCann se dirigió ahora al médico:

—Por favor, doctor, si está usted dispuesto, vamos a ver con qué precisión puede usted calcular ese intervalo de dos minutos del cual hemos oído hablar tanto. Y, para que no pueda usted guiarse por las reacciones del jurado, tenga la bondad de inclinar la cabeza y de cerrar los ojos… ¡Oh! Otra cosa más: su reloj.

—¿Cómo dice?

MacCann se tomó el tiempo necesario para sonreír al jurado, y su voz adquirió un leve acento de reproche.

—Veo que lleva usted un reloj de pulsera. Y no creo que quiera usted hacer trampa, ¿verdad, doctor?

Lane notó que sus mejillas se teñían de púrpura mientras se quitaba el reloj de pulsera y lo introducía en uno de sus bolsillos; luego cruzó las manos e inclinó ligeramente el busto hacia delante, con la cabeza baja. Era una actitud que tomaba el domingo en la iglesia y que en aquel momento parecía adecuada, ya que, mientras el Fiscal del Distrito se disponía a dar la señal, en el corazón del doctor Lane había una plegaria.

Concentrándose, Lane se dio cuenta de la importancia de aquella prueba. Comprendía ahora todo el sentido de lo que había dicho Forbes, el abogado de Maynard, un poco antes.

—Si inculpan a Don, el trabajo será nuestro, ya que la policía olvidará a todos esos individuos que visitaban a su esposa. Sabemos que uno de ellos la asesinó, y si el fiscal del distrito no obtiene la inculpación de Don, la policía se verá obligada a buscar entre aquellos individuos. Sólo así podrá ser descubierto el culpable.

La sala estaba ahora profundamente silenciosa. No llegaba el menor sonido del reloj, ni el menor ruido de respiración del jurado, que se había convertido en mudo e inmóvil. Los segundos que transcurrían parecían interminables, pero la concentración del doctor era ahora muy intensa.

Reflexionando de nuevo en las palabras del abogado, vio otro aspecto de la cuestión, y ese aspecto fue el que alivió su conciencia. Los años dedicados a la enseñanza le habían hecho adquirir una perspicacia en materia de caracteres que rara vez fallaba, como había podido comprobar en estudiantes cuya vida posterior había confirmado su juicio, bueno o malo.

En el fondo de su corazón, no creía que Maynard hubiera asesinado a su esposa, y su opinión se basaba en la actitud del joven cuando estaba con Janet Watkins. No eran únicamente las miradas y los buenos modales de Maynard, sino también su ternura, que se manifestaba especialmente cuando contemplaba a la muchacha creyendo que nadie le observaba. Sin embargo, había tenido la posibilidad material de asesinar a su esposa…, y en esto se basaba la acusación.

El médico no deseaba en absoluto ejercer las funciones de juez y de jurado, pero sabía que un veredicto de «no ha lugar» no es lo mismo que una absolución. Si surgían unos testimonios complementarios —si más adelante se adquiría la prueba de que Maynard era efectivamente culpable—, podría reunirse un nuevo jurado y dictar un veredicto distinto. De momento, lo importante era que la policía se viera obligada a buscar otro culpable…

—Ahora, creo —dijo con voz ahogada, levantando la cabeza.

Oyó la mal disimulada reacción del jurado: sofocados murmullos, que se convirtieron en un zumbido de exclamaciones a media voz. Comprendió que había ganado antes incluso de haber visto la expresión de incredulidad que crispó el rostro de MacCann y el encogimiento de hombros, confesión de fracaso, que acompañó a aquella expresión…

Un poco más tarde, después que el jurado hubo votado el «no ha lugar», Forbes insistió para que fueran a tomar una copa con él en la cafetería de la esquina. El joven y la muchacha estaban sentados uno al lado del otro, con los ojos brillantes de alegría y de gratitud, los dedos unidos debajo de la mesa.

Forbes, que había discutido brevemente el caso con el fiscal del distrito, después del veredicto, se dirigió al médico con aire de triunfo:

—Ha sido usted el testigo clave, y MacCann no se ha repuesto todavía de su asombro. Si el jurado le creía a usted, ¿cómo podía votar de modo distinto al que lo ha hecho? —Se echó a reír—. Dice MacCann que sólo se equivocó usted de un segundo.

—Añadí a propósito un segundo más —respondió el médico.

—¿Que añadió a propósito…?

El médico sonrió. Miró a los dos jóvenes, comprendiendo su alegría y compartiéndola.

—Tenía los dedos apoyados en las muñecas —explicó—, de modo que pudiera tomarse el pulso.

—¿El pulso? —Forbes se inclinó hacia delante, con expresión de sorpresa—. Pero, yo creía que variaba…, que la menor emoción lo aceleraba.

—¡Oh, sí! Normalmente, sí. Para un profano, la sola idea de algo divertido (por ejemplo, unas vacaciones o una tarde de golf) acelera los latidos. Pero yo estoy lejos de ser un profano. —Sonrió—. He dedicado una gran parte de mi existencia a unos estudios sobre el corazón, y me había tomado el pulso innumerables veces mientras escribía mi obra. Y en toda clase de circunstancias.

—¡Oh!

—Y también… —Volvió a sonreír, sin vanidad, con dignidad—, también resulta posible llegar a controlar los pensamientos… Tengo un pulso lento y regular. Muy constante. Sesenta y cuatro pulsaciones. Deliberadamente, añadí un par de pulsaciones suplementarias. Un cálculo demasiado exacto hubiera podido despertar sospechas.

 Diez días más tarde, el médico se tomaba una copa solo. Había tenido remordimientos de conciencia de cuando en cuando, al pensar cómo había engañado a MacCann. Pero ahora estaba completamente tranquilo, mientras releía en el periódico la noticia de que el asesino de Mrs. Maynard había sido detenido y había confesado de plano.

Y la confesión de aquel hombre —uno de los seis o siete que figuraban en el cuaderno de direcciones de Mrs. Maynard— ponía fin al caso…