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Testigo en la oscuridad - Fredric Brown (parte 2)

 

IV

  

—Me han encargado del caso —le dije en cuanto entré.

Sabía a lo que me refería. No tuve necesidad de explicárselo.

Mientras comíamos, le conté lo poco que había averiguado y que no había sido publicado en los periódicos.

—Así pues —le dije al final—, Max Easter no estuvo disparando en la oscuridad contra ningún gato. Se trataba más bien de un gallo con pijama de seda. Al menos en esta ocasión te han fallado tus presentimientos. Y también has fallado en tu otra idea: Easter está realmente ciego.

Ella se volvió hacia mí, levantando ligeramente su nariz.

—Te apuesto diez centavos a que no lo está.

—Te ganaré la apuesta —afirmé.

—Quizá. No te apostaría nada sobre la cuestión del gato, aunque el gallo en pijama del capitán Eberhart no es menos absurdo, como también me lo parece tu sombrero de seda con una pluma.

—Pero si era eso, el asesino se lo habría llevado consigo. Si se trataba del gato pardo, en cambio, ¿qué ocurrió con él?

—Está claro: el asesino se lo llevaría en la maleta que cogió del armario.

Ante esta observación, elevé mis manos, en un gesto de asombro.

Del mismo modo, Marge había estado hablando en serio sobre su presentimiento de que la ceguera de Max Easter no era real, y cuando Marge se toma en serio uno de sus presentimientos, también lo hago yo. Al menos hasta el punto de comprobar la cuestión con la mayor exactitud posible. Así pues, antes de salir de casa llamé al capitán Eberhart y conseguí el nombre y la dirección del médico que estaba tratando los ojos de Max Easter.

Fui a verle y tuve la suerte de que me introdujeran en su despacho en cuanto llegué. Después de identificarme y explicar lo que deseaba saber, le pregunté:

—¿Cuánto tiempo tardó usted en ver a míster Easter después de que se produjera el accidente?

—Creo que llegué a la planta química unos veinte minutos después de que me llamaran por teléfono. Y, según se me dijo, la llamada telefónica se hizo inmediatamente.

—¿Notó usted algo anormal en la condición en que estaban sus ojos?

—No, nada anormal, teniendo en cuenta el ácido diluido que les había salpicado. De todos modos, no estoy muy seguro de haber comprendido bien su pregunta.

Ni yo mismo estaba seguro de haberla comprendido. No sabía exactamente qué es lo que andaba buscando. Pregunté:

—¿Sentía mucho dolor?

—¿Dolor? ¡Oh, no! El ácido tetriánico provoca una ceguera temporal, pero sin causar dolor. No resulta más doloroso que el ácido bórico.

—¿Puede usted describirme los efectos, doctor?

—Dilata las pupilas, como la belladona. En último término es totalmente inofensivo. Pero, además de la dilatación de las pupilas, que es una reacción inmediata, provoca una parálisis temporal de los nervios ópticos y, en consecuencia, una ceguera temporal. Normalmente, la duración de la ceguera es de dos a ocho horas, lo que depende de la fuerza de la polución.

—¿Y cuál era la fuerza de la solución en este caso?

—De tipo medio. Míster Easter debía haber recuperado su vista en un plazo no superior a las seis horas.

—Pero no ocurrió así —indiqué.

—No la ha recuperado todavía. Y eso nos lleva a dos posibles conclusiones. Una: que es una persona anormal en cuanto se refiere a su tolerancia para la sustancia en cuestión. En ese caso, se trata de una simple cuestión de tiempo; recuperará su visión dentro de muy poco. La otra posibilidad, desde luego, es que nos encontremos ante un caso de ceguera histérica..., ceguera causada por autoengaño. Estoy casi convencido de que no es este último el caso de míster Easter. Sin embargo, si su ceguera persiste más de una semana, tendré que recomendar la intervención de un psiquiatra.

—¿No existe una tercera posibilidad? —pregunté—. ¿Fingirse enfermo, por ejemplo?

—No olvide, míster Hearn —dijo el médico, sonriendo—, que soy un empleado de la empresa y que actúo en defensa de los intereses de ésta. No existe la menor posibilidad de que una persona pretenda sufrir una dilatación de las pupilas que aún persiste. Y míster Easter no está fingiendo ceguera. Hay ciertas pruebas que lo atestiguan. Y, como ya le he dicho, estoy razonablemente seguro de que no se trata de un caso histérico. Baso mis suposiciones en la continua dilatación de las pupilas. En todo caso, la histeria produciría más bien una parálisis continua de los nervios, pero no una dilatación de las pupilas.

—¿Cuándo le examinó usted por última vez?

—Ayer mismo, a las cuatro de la tarde. Le he ido a visitar todos los días, a esa misma hora.

Le agradecí sus informaciones y me marché. Al menos por una vez había fallado uno de los presentimientos de Marge.

Había estado retrasando durante demasiado tiempo mi visita a la casa de los Easter. Me dirigí hacia allí y llamé al timbre.

Me abrió la puerta una mujer que resultó ser mistress Max Easter, Louise Easter. Me identifiqué y ella también se identificó, invitándome a entrar. Era una mujer de buen aspecto, incluso con ropa de estar por casa. Habría sido muy interesante examinarla para ver si su cuerpo mostraba alguna señal producida por roce de bala. Pero, por otra parte, su coartada era tan buena como cualquier otra que hubiera visto jamás y, además, estaba Marge.

Louise Easter me dijo que su esposo todavía estaba en cama, en su habitación de la planta superior, y me preguntó si deseaba subir. Dije que así lo haría, pero que antes deseaba dar un vistazo por la planta baja para conocer la disposición del lugar, y me acompañó, mostrándome el cajón de donde el asesino había cogido el revólver de Max, el armario donde había estado guardada la plata, y la estantería de la cocina donde ella solía dejar los guantes de algodón.

—¿Y ésas fueron las únicas cosas que echó en falta? —pregunte.

—De la planta baja, sí. También se llevó la cartera de Max y su reloj, que estaban en la mesita de noche de la habitación. En la cartera había unos veinte dólares y, al parecer, ése era todo el dinero que había en la casa. Y la maleta.

—¿De qué tamaño era la maleta?

Movió las manos para mostrármelo; las medidas aproximadas eran de unos setenta centímetros por cuarenta y cinco. Una maleta bastante más grande de la que habría necesitado para introducir en ella lo que se llevó..., pero quizá pensó encontrar más cosas.

Le pedí que me contara con toda exactitud lo que ocurrió aquella tarde, empezando por el momento en que llamó a mistress Armin Robinson para cancelar la cita de la película.

—Debió de ser alrededor de las seis y media —me dijo—. Acababa de darle la cena a Max, pero aún no había lavado los platos. Decidí entonces que sería mejor no salir de casa para no dejar solo a Max. Pero entonces, Armin se puso al teléfono y me dijo que él vendría a hablar con Max y que yo podría salir. Cuando terminé de lavar los platos y de arreglarme, Armin ya había llegado. Supongo que eso debió ocurrir hacia las siete y media. Como no tenía que marcharme inmediatamente para estar en el cine a las ocho, la hora a que nos habíamos citado, me quedé y hablé con los dos, en la habitación de Max, durante cinco o diez minutos. Después, me marché. Eso debió haber sido alrededor de... ¡oh!, por lo menos a las ocho menos veinte, pues llegué al cine uno o dos minutos antes de la hora e Ianthe, mistress Robinson, llegó a las ocho en punto.

—Al marcharse, ¿cerró con llave la puerta principal?

—No. Me pregunté si debía hacerlo, pero decidí que no porque no es una cerradura de muelle. Habría tenido que cerrar desde el exterior y llevarme la llave, y no me pareció correcto dejar encerrados a Armin y a Max. Sin embargo, la puerta de atrás sí que estaba cerrada con llave.

—¿Cree que el asesino penetró en la casa después de que usted la abandonara, o sea entre ese momento y las ocho?

—Así debió hacerlo, a menos que se escondiera en el sótano. No pudo haber estado arriba porque allí sólo hay dos dormitorios, el pequeño vestíbulo y el cuarto de baño y yo estuve en cada una de esas habitaciones antes de marcharme. Tampoco pudo haber estado en la planta baja porque cuando bajé, lista ya para marcharme, no pude encontrar mi bolso y tuve que buscarlo. Lo encontré en la cocina, pero antes tuve que mirar por todas partes.

—¿Qué tal siguen los ojos de su esposo? —pregunté—. ¿Alguna mejoría?

—Me temo que no —contestó, sacudiendo la cabeza—, al menos por ahora. Y estoy empezando a sentirme preocupada, a pesar de lo que dice el médico. Al menos hasta esta mañana no se ha producido ninguna mejoría.

—¿Esta mañana?

—Cuando le cambié el vendaje y le lavé los ojos. Tendré que volver a hacerlo dentro de una hora. Supongo que no tendrá que hablar tanto tiempo con él, ¿verdad?

—Probablemente, no —contesté—. Pero en ese caso, será mejor que empiece ahora mismo.

Subimos al piso de arriba. La puerta de uno de los dormitorios estaba entreabierta, tal y como debió haber estado el viernes por la tarde. A través del espacio abierto pude ver a Max Easter, con los ojos vendados, sentado en la cama. Tal y como el asesino debió verle cuando subió aquellas mismas escaleras una vez que Louise Easter abandonó la casa.

Me quedé bajo el dintel, donde debió haberse detenido el asesino antes de disparar la bala que mató a Armin Robinson, antes de penetrar en la habitación, acercándose a la cama y antes de arrojar el revólver sobre ella.

Louise Easter me precedió, penetrando en la habitación y diciendo:

—Max, está aquí míster Hearn, del Departamento de Homicidios.

Agradecí la introducción, pero sin pensar en ella porque me quedé observando la habitación, mirando la silla donde debió haberse sentado Armin Robinson, la más próxima a la cama, y el agujero existente en el yeso, por encima y por detrás de la silla, de donde había sido extraída la bala. Y me volví y observé el lugar de donde había sido extraída la otra bala. Estaba situado a unos cincuenta centímetros por encima del nivel del suelo y aproximadamente a un metro y medio de distancia de la puerta.

La bala que había disparado Max Easter. La que había mostrado tener restos diminutos de sangre, seda y plumas. No sangre, sudor y lágrimas, sino sangre, seda y plumas.

Visualicé la línea de tiro... Max, sentado en la cama, apuntando el arma hacia un sonido, bajándola después, cuando escuchó cómo las rodillas del asesino se dejaban caer sobre el suelo. Traté de imaginarme al asesino, de pie, situado en alguna parte, ante esa misma línea de fuego, agachándose después y arrodillándose, tratando de apartarse de la boca del arma.

Pero Max Easter me había dicho algo y tuve que volver a pensar en el sonido de sus palabras para comprender que me había pedido que me sentara.

Se lo agradecí y crucé la estancia para tomar asiento en la misma silla donde se había sentado Robinson. Miré hacia la puerta. No, desde ese ángulo Robinson no pudo ver el tramo de escaleras. Al margen de lo entreabierta que hubiera podido estar la puerta, el caso es que no pudo haber visto al asesino hasta que éste penetró en la habitación.

Miré a Max Easter, después a Louise Easter y finalmente eche un nuevo vistazo por toda la habitación. Me di cuenta entonces de que no había dicho una sola palabra desde que entré y que Easter no odia saber lo que estaba haciendo.

—Sólo estoy observando un poco la habitación, míster Easter —dije al fin—, tratando de imaginarme cómo sucedió todo.

El hombre sonrió un poco tristemente y dijo:

—Tómese el tiempo que necesite. Yo tengo mucho tiempo. Louise, me voy a levantar un poco; estoy cansado de estar en la cama. ¿Me traerás mi batín?

—Claro, Max, pero... —no terminó de pronunciar su protesta, cualquiera que ésta pudiera ser.

Cogió el batín de su esposo del cuarto de baño y se lo sostuvo mientras él se lo ponía sobre el pijama. Después, el hombre volvió a sentarse sobre el borde de la cama.

—¿Quiere tomar una botella de cerveza, míster Hearn? —me preguntó.

Abrí la boca para decir que me gustaría tomar una, pero que nunca lo hacía mientras estaba de servicio. Pero entonces me di cuenta de que él no podría traerme la botella y que Louise tendría que bajar a la cocina para buscarla y que, probablemente, eso era lo que pretendía, con objeto de poder decirme algo en privado.

—Claro, gracias —terminé por decir.

Pero cuando Louise se dirigió a la cocina, descubrí que me había equivocado. Aparentemente, Max Easter no tenía nada que decirme. Se levantó y dijo:

—Creo que voy a ver cómo están mis alas, míster Hearn. Por favor, no me ayude. Louise habría insistido en hacerlo de haber permanecido aquí, pero quiero aprender a hacerlo yo solo. Sólo voy a tratar de cruzar la habitación hasta esa silla.

Estaba tanteando su camino, sobre la alfombra, dirigiéndose hacia la otra parte de la habitación, casi exactamente hacia el lugar de donde había sido desconchado el yeso de la pared para extraer la bala que él había disparado. Después, dijo:

—También tengo que aprender esto. Por todo lo que sé...

No terminó de pronunciar la frase, pero ambos sabíamos lo que había empezado a decir.

Su mano tocó la pared, después se volvió, extendiéndose en busca de la silla. Desde donde estaba no podía alcanzarla, así es que le dije:

—A su derecha, unos dos pasos.

—Gracias.

Se movió en aquella dirección y su mano encontro al fin el respaldo recto de la silla, situado junto a la pared. Se volvió y tomó asiento en ella y noté que se sentó con pesadez, como suele hacer una persona cuando la superficie sobre la que se sienta está más baja de lo que había pensado, como si sobre aquella silla acostumbrara a haber un cojín que ahora no estaba.

No soy una persona muy brillante, pero tampoco soy un tonto. Lo del cojín me hizo pensar en plumas. Sangre, seda y plumas. El cojín de una silla, forrado de seda.

Tenía algo, aun cuando no supiera muy bien qué era lo que tenía.

Por otra parte, el sentido de la dirección de Max Easter al andar hacia la silla, quizá no había sido tan malo como aparentó ser. Había andado hacia el lugar donde la bala se había incrustado en la pared. Y si la silla hubiera estado en donde él había creído encontrarla, y si hubiera tenido un cojín sobre su asiento, la bala tendría que haber atravesado el cojín.

No le pregunté si alguna vez hubo un cojín de seda sobre aquella silla. Sabía que tuvo que haberlo.

Me sentí un poco asustado.

Louise Easter subía las escaleras en aquel momento. Sus tacones sonaron sobre la madera, hasta llegar a la puerta en donde apareció con una bandeja sobre la que había tres botellas y tres vasos. Primero detuvo la bandeja ante mí y tomé un vaso y una botella, pero en aquellos momentos no estaba pensando en la cerveza.

Estaba pensando en la sangre. Ahora sabía de dónde procedían los restos de seda y de plumas de la bala.

Me levanté y miré a mi alrededor. No vi nada de sangre, ni ninguna otra cosa que me hiciera pensar en sangre, pero noté algo anormal... la persiana que había en la única ventana del dormitorio. Se trataba de una persiana doble, muy pesada y de una construcción peculiar.

Me sentí aún más asustado. Debió de notarse en mi voz cuando pregunté algo sobre la persiana. Max me contestó:

—Sí, hice construir esa persiana especialmente, míster Hearn. Soy un fotógrafo aficionado y utilizo esta habitación como cuarto oscuro. También hice arreglar la puerta para que encajara perfectamente.

A partir de entonces, las cosas empezaron a aclararse.

—Max —dije, sin darme cuenta de que le estaba llamando por su nombre de pila—, ¿quiere quitarse ese vendaje?

Dejé la botella y el vaso en el suelo, sin haberme servido una sola gota de cerveza. Cuando algo está a punto de aclararse por algún lado, siempre quiero tener las manos libres.

Max Easter empezó a quitarse con movimientos inciertos el vendaje que le rodeaba la cabeza. Louise Easter dijo:

—¡No lo hagas, Max! El médico... —y entonces sus ojos se encontraron con los míos y supo que ya no valía la pena decir nada más.

Max se levantó y terminó de quitarse el vendaje. Parpadeó y se restregó ligeramente los ojos con unas manos temblorosas.

—¡Puedo ver! —exclamó—. Está todo borroso, pero empiezo a...

Entonces, sus ojos debieron ver las cosas con un poco más de nitidez, porque su mirada se fijó en el rostro de su esposa.

Y entonces empezó a ver.

Y yo hice lo que tenía que hacer con la mayor rapidez y amabilidad posible, en consideración a Max Easter. La saqué de allí y la llevé al cuartel general. Y me llevé la botella en la que una etiqueta decía: «ácido bórico», pero que contenía el ácido tetriánico que le había seguido manteniendo ciego.

Trajimos también a Lloyd Eldred. No quiso hablar hasta que dos de los muchachos acudieron a su casa con una orden de registro. Encontraron la maleta, escondida en el patio de la casa, y se la trajeron consigo. Después, el hombre habló.

  

V

  

El concluir una cosa así lleva algún tiempo. No llegué a casa hasta casi las ocho. Pero recordé llamar a Marge para que me esperara a cenar.

Cuando llegué a casa aún me sentía algo tembloroso. Pero Marge pensó que el hablar me haría bien, así es que hablé y se lo conté todo.

—Lloyd Eldred y Louise Easter planeaban escapar juntos. Eso formaba parte de todo el plan. Otra parte era que Lloyd había desfalcado algún dinero a la Springfield Chemical. Dice que unos cuatro mil. No pudo devolverlo; lo había perdido en el juego. Y estaban esperando una inspección para dentro de dos semanas; se trataba de una inspección anual rutinaria, pero él tendría que haberse escondido en alguna parte, aun cuando no hubiera pretendido huir con Louise Easter.

»Además, deseaba algún dinero con el que huir, un buen puñado que les permitiera empezar en alguna otra parte. Había estado haciendo comprobantes falsos y enviándose cheques a sí mismo bajo otros nombres. Después, para acelerar las cosas, tuvo que desembarazarse de Max quien, además de realizar su tarea de pagaduría, le ayudaba a llevar la contabilidad regular, por lo que habría podido descubrir todo el asunto. Y el miércoles de esta semana, o sea, pasado mañana, es el día de paga quincenal. La empresa suele pagar en efectivo a los obreros, aunque no a los administrativos. Teniendo a Max fuera de su camino, podría haberse apoderado de ese dinero. Podría haber sido mucho... si hubiera podido desaparecer con él.

»Así pues, instaló una pequeña trampa explosiva sobre la cuba de ácido, de modo que cuando Max recogiera la tarjeta del horario la jarra cayera en el ácido. Aquello le permitió desembarazarse de Max..., aunque no le habría mantenido alejado por mucho tiempo si Louise no hubiera cooperado. Y eso fue muy simple. Le entregó una cierta cantidad de ácido tetriánico diluido que sacó de la empresa, para sustituir el ácido bórico con el que ella le limpiaba los ojos varias veces al día. Esta operación la realizaba en una habitación totalmente oscura; no quiero decir que bajara la persiana en secreto, sino más bien que le decía a su esposo que la operación debía realizarse así. Y ella siempre lo hacía una o dos horas antes de que llegara el médico, de modo que cuando éste le quitaba el vendaje para observar los ojos de Max, los encontraba aproximadamente en el mismo estado en que los encontró la primera vez que los examinó.

Marge me miró con los ojos muy abiertos.

—Entonces, él no estaba ciego en realidad. Pero yo sólo lo dije porque...

—Fuera cual fuese la causa —la interrumpí—, el caso es que tenías razón. Pero espera; todavía no he llegado al momento decisivo. El asesinato no entraba dentro de sus planes; simplemente se produjo así. Armin Robinson se había enterado de que había algo entre Lloyd Eldred y Louise Easter. Probablemente, les vio juntos en alguna parte... el caso es que se enteró de lo que ocurría. Naturalmente, no sabía nada del desfalco, ni de que estaban planeando escapar juntos. Pero sabía que la esposa de Max estaba engañando a su amigo, a su mejor amigo. Eso fue precisamente lo que le estuvo preocupando durante los dos o tres días anteriores a su muerte: no sabía si decírselo o no a Max.

»Finalmente, decidió contárselo todo a Max aquella noche, mientras estuviera solo con él. Louise tuvo que haberlo sospechado... Ya fuera por su actitud, o por la forma en que Robinson le habló al llegar a casa, el caso es que supuso que sabía algo y que iba a decírselo a Max en cuanto ella se marchara. Ella dice que casi decidió permanecer en casa y anular la cita con mistress Robinson, pero entonces se dio cuenta de que aquello no contribuiría a detener el curso de las cosas, y que quizá podría marcharse, confiando en que Max no creyera lo que Armin iba a contarle.

«Entonces, justo en el momento en que se disponía a marcharse, llegó Lloyd Eldred. Sólo había venido para hacerle una visita de compromiso a Max y había traído consigo un regalo, algo que sabía le gustaría mucho a Max y que le ayudaría a pasar el tiempo entretenido mientras estuviera ciego. Algo con lo que podría jugar mientras estuviera en cama.

Marge se lo vio venir. Se llevó la palma de la mano a la boca y dijo:

—¿Quieres decir...?

—Sí —afirmé—, un gatito. A Max le gustan mucho los gatos. Tenían uno que había muerto atropellado por un coche hacía apenas una semana. Y Lloyd tenía que traerle a Max algo con lo que éste pudiera distraerse sin necesidad de ver... Quedaban descartados los libros y cosas así, y no se suele llevar flores a un hombre enfermo. Así es que un gatito era la solución perfecta.

—George, ¿de qué color era?

—Louise se lo encontró en la puerta principal —continué, sin contestar su pregunta—, y le dijo que Max estaba hablando con Armin y lo que este último le iba a contar, según ella. Lloyd le dijo que se marchara y que él se haría cargo de todo, aunque no le dijo cómo lo haría.

»Así pues, ella se marchó y Lloyd entró en la casa. Se sentía mucho más preocupado por todo el asunto de lo que había estado Louise. Se daba cuenta de que si se descubría aquella parte de la verdad, surgirían las sospechas y probablemente también se descubriría el desfalco que había hecho. En tal caso, todos sus planes se habrían venido abajo y se vería obligado a huir sin el dinero que estaba esperando y con el que ya contaba.

»Se puso el gatito en el bolsillo y se dirigió hacia donde sabía que Max guardaba su revólver, apoderándose de él. Vio entonces los guantes de algodón, y se los puso. Subió silenciosamente las escaleras y permaneció fuera de la habitación, escuchando. Cuando oyó decir a Armin Robinson: "Max, hay algo que odio tener que decirte...", penetró en el dormitorio. Cuando Armin le vio y se levantó de la silla, disparó contra él. Fue una suerte que Armin no pronunciara su nombre, pues en tal caso también habría matado a Max.

—Pero ¿por qué arrojó el arma sobre la cama?

—No deseaba llevársela consigo. Lo primero que pensó fue dejar el arma allí para confundir los hechos. También pensaba dejar el gatito, porque al parecer lo había conseguido sin que existiera la posibilidad de que su pista nos condujera hasta él. Pensaba hacer esto y marcharse. Como ves, no se trató de un asesinato previamente planeado. Surgió a medida que se fueron desarrollando los acontecimientos.

»Así pues, se acercó a la cama y arrojó el arma sobre ella. Se sacó después el gatito del bolsillo y lo sostuvo por el pescuezo para arrojarlo tras el arma. Entonces vio cómo Max cogía el arma y la apuntaba en su dirección, a sólo un par de metros de distancia. Se arrojó al suelo, cayendo de rodillas, para situarse fuera de la línea de tiro, casi en el momento en que Max apretaba el gatillo. Pero la boca del cañón descendió al dejarse caer él al suelo y fue en ese preciso momento cuando Max disparó. La bala mató al gatito y terminó por incrustarse en la pared, después de haber atravesado un cojín de seda que había sobre la silla situada junto a la pared.

»Después, Max arrojó el arma, que cayó al suelo, fuera de su alcance... pasando así el peligro. Lloyd decidió que lo más sensato sería aparentar en lo posible que todo había sido consecuencia de un robo. Cogió las carteras y el reloj, así como una maleta del armario. Para que todo pareciera un robo, no podía dejar allí el gatito muerto..., eso nunca lo hacen los ladrones. Cuando se dirigía hacia el armario, dejó el gato sobre la silla, sobre el cojín atravesado por la bala, para tener las manos libres. Cuando cogió la maleta, puso en ella el gato y el cojín, ya que éste estaba manchado de sangre.

»Mientras tanto, Max no se había movido... y él sabía que no se movería hasta que oyera cerrarse la puerta de entrada a la casa. Así pues, disponía de tiempo. Bajó las escaleras y se apoderó de los objetos de plata y de unas cuantas cosas más. Después, abandonó la casa y todo terminó.

—George, ¿de qué color era ese gato? —preguntó Marge de nuevo.

—Marge —dije—, no creo en la intuición ni en la clarividencia. Ni tampoco en la coincidencia... al menos en tanta coincidencia. Así es que mal rayo me parta si te lo digo... jamás.

Pero creo que aquello fue una buena contestación para ella, porque nunca más volvió a preguntármelo.

Los anteojos - Edgar Allan Poe

Hace algunos años estuvo de moda ridiculizar lo que llamamos el flechazo en el terreno del amor; pero los que saben pensar, así como los que sienten profundamente, siempre han abogado por su existencia. En efecto, los modernos descubrimientos, en lo que puede llamarse magnetismo, o estática magnética, nos ofrecen la comprobación de que los más naturales y, en consecuencia, más verdaderos e intensos afectos humanos, son los que brotan del corazón como por simpatía eléctrica. En otras palabras, que las más alegres y llevaderas cadenas sentimentales son las que se remachan con una mirada. La confesión que me dispongo a hacer, añadirá uno más a los innumerables ejemplos de esta verdad.

El carácter de mi relato me obliga a ser bastante minucioso. Soy todavía muy joven; aún no he cumplido los veintidós años. Mi apellido, hoy día, es corriente, casi plebeyo: Simpson. Y digo "hoy día", porque sólo últimamente he comenzado a llamarme así. 

El motivo fue heredar un importante legado que me dejó un pariente lejano llamado Adolphus Simpson. La condición para recibir dicha herencia fue que adoptara legalmente el nombre del testador; el nombre de familia, no el de pila. Mi nombre de pila es Napoleón Bonaparte. Más exactamente, estos son mis nombres de pila primero y segundo.

Acepté el apellido Simpson con cierta repugnancia, porque el mío, el verdadero, Froissart, tiene razones para un perdonable orgullo, pensando en fundar mi descendencia desde el inmortal autor de las "Crónicas". Además, y dicho sea de paso, a propósito de apellidos puedo mencionar coincidencias muy singulares en los nombres de mis predecesores inmediatos.

Mi padre era monsieur Froissart, de París. Su esposa, mi madre, con quien se casó cuando ella tenía quince años, era una señorita Croissart, hija mayor del banquero Croissart, cuya mujer, que sólo contaba con dieciséis años al casarse, era hija de Víctor Moissart. 

Monsieur Moissart, casualidad rara, contrajo matrimonio con una señorita del mismo apellido, mademoiselle Moissart. Ella también era una chiquilla cuando se casó y asimismo su madre, madame Moissart, que no tenía más de catorce años cuando fue conducida al altar.

Estos matrimonios tempranos son corrientes en Francia. Tenemos, por lo tanto, en línea de descendencia directa: Moissart, Voissart, Croissart y Froissart. El último, mi propio apellido, aunque como ya he explicado, por disposición legal, se ha convertido en Simpson.

En cuanto a mis atributos personales, no me faltan. Al contrario, pienso que tengo buena figura, y poseo lo que el noventa por ciento de la gente llama un rostro atractivo. Soy alto, mi cabello es negro y rizado, y mi nariz es regular. Mis ojos son grandes y pardos y, aunque en realidad mi vista es débil, nadie sospecharía el menor defecto en mi mirada. 

Esta debilidad, sin embargo, siempre me ha molestado mucho, y he acudido a todos los remedios posibles para suprimirla, salvo usar lentes. Por ser un joven de agradable presencia, naturalmente me desagradan, y me he negado siempre a usarlos.

No conozco nada que desfigure tanto un semblante, e imprima en todas las facciones un aspecto de gazmoñería, o de santurronería y envejecimiento, como el que dan las gafas. También otorgan un aire de exagerada suficiencia y afectación, de modo que he procurado la forma de arreglármelas siempre sin ellas. 

Quizás sean excesivos estos caprichos, puramente personales, sin mayor importancia. Bastará con añadir que mi temperamento es arrebatado, ardiente, entusiasta, y que toda mi vida he sido un devoto admirador de las mujeres.

Una noche del pasado invierno, entré en un palco del teatro, acompañado de un amigo, el señor Talbot. Era noche de ópera, y se anunciaba una atracción muy notable, así es que el teatro estaba muy concurrido. Llegamos a tiempo para ocupar los asientos de primera fila que nos habían reservado, aunque para sentarnos en ellos tuvimos que abrirnos paso a codazos.

Durante un par de horas, mi amigo, que era un auténtico melómano, fijó toda su atención exclusivamente en el escenario, en tanto que yo me distraje observando al auditorio, compuesto por la flor y nata de la ciudad.

Tras satisfacerme en este punto, iba a volver mis ojos hacia la prima donna, cuando vi una figura que había escapado a mi atención.

Aunque viva mil años, jamás podré olvidar la intensa emoción con que miré a esa persona. Era la mujer más exquisita que había contemplado. Tenía vuelto el rostro hacia el escenario, en tal forma que durante unos minutos no pude ver nada de él; pero toda su estampa era divina; no hay palabras para expresar sus magníficas proporciones, y aun este vocablo me parece ridículamente débil cuando lo escribo.

La magia de las bellas formas en las mujeres, el embrujo del encanto femenino, ha sido siempre para mí una fuerza a la que no he podido resistir. Pero en aquella mujer se encarnaba la gracia más pura. Era el bello ideal de mis delirantes fantasías.

Aquella silueta, que en su mayor parte podía ver gracias a la construcción del palco, era de estatura algo superior a la común, y casi llegaba a lo majestuoso. La cabeza, de la cual sólo era visible la parte posterior, rivalizaba en contorno con la de la griega Psiquis, y estaba casi al descubierto, aun cuando llevaba un elegante sombrero liviano, que me hizo evocar la tela etérea de Apuleyo.

El brazo derecho se apoyaba en la balaustrada del palco y hacía estremecer todos los nervios de mi cuerpo con su exquisita simetría. Su parte superior estaba cubierta con una de esas mangas abiertas y sueltas, hoy tan en boga, que apenas le llegaba al codo. 

Debajo llevaba otra tela sutil, muy ceñida, terminada en un puño de rico encaje que le caía graciosamente sobre la mano; esa mano de la que quedaban al descubierto únicamente los delicados dedos, en uno de los cuales brillaba una sortija de diamantes de extraordinario valor. 

La admirable redondez de su muñeca quedaba realzada por un brazalete también adornado y cerrado por un magnífico broche de piedras preciousas, que me hablaban, a la vez, de la riqueza y el buen gusto de quien las llevaba.

Media hora por lo menos estuve contemplando aquella regia aparición y durante aquel tiempo sentí toda la fuerza de lo que se ha contado con respecto al flechazo en el terreno del amor.

Mis sentimientos eran enteramente diferentes a todo cuanto había experimentado hasta entonces. Era algo inexplicable, que me veo obligado a considerar como magnética simpatía de alma a alma; algo que parecía encadenar no sólo mi vista, sino también mis facultades de pensar y sentir.

Advertí, sentí y supe que estaba profundamente enamorado, irrevocablemente enamorado, y ello, aun antes de ver el rostro de la mujer amada. Tan intensa era, en efecto, la pasión que ya me consumía, que tuve la certeza de que mermaría muy poco, si esto era posible, si las facciones de su rostro no me mostraran más que unos rasgos vulgares. De tal modo es anómala esta naturaleza del amor por flechazo, y tan poco depende de las condiciones exteriores que parecen gobernarlo y crearlo.

Mientras me hallaba absorto en la contemplación de esa visión hechicera, cierto alboroto entre el público la hizo volver levemente la cabeza, de modo que pude ver todo el perfil. Su belleza excedía a todo cuanto yo había supuesto, pero algo me desconcertó, sin que pudiera explicarme exactamente qué era.

Mis sentimientos mostraron menos arrobamiento, pero más profundo entusiasmo. Aquel estado de ánimo lo originaba, quizás, el aire de madonna del rostro. Sin embargo, al pensarlo más, comprendí que no era sólo este detalle. Existía algo más; un misterio que yo no podía descubrir, y que aumentaba mi interés. 

En realidad me hallaba en ese estado del alma que predispone a un hombre joven y enamoradizo a cometer cualquier extravagancia. Si esa dama hubiera estado sola, yo habría entrado en su palco y le hubiese declarado mi amor, arriesgándome a cuanto pudiera suceder. Afortunadamente la acompañaban un caballero y una mujer de notable hermosura, quien, según parecía, era unos años más joven que ella.

Hilvanaba mil planes para ser presentado a la mayor de las dos damas, y, por el momento, ver su belleza con más claridad. Hubiera querido cambiar mi localidad por otra más cercana a ella, pero esto era imposible porque el teatro estaba abarrotado. Además, las severas exigencias de la moda habían prohibido el uso de gemelos en el teatro; lo prohibían terminantemente. Por fin, se me ocurrió hablarle a mi amigo.

—Talbot, usted tiene gemelos de teatro —le dije—. Préstemelos.

—¿Gemelos de teatro? ¡No! —exclamó, alarmado—. ¿Qué supone que pueda hacer yo con unos gemelos de teatro?

Y acto seguido se volvió impaciente para mirar hacia el escenario.

—Talbot —insistí yo, apoyando una mano en su hombro—. ¿Quiere escucharme? ¿Ve usted ese palco de proscenio? ¡No, el de la derecha! ¿Ha visto en su vida una mujer más hermosa?

—Efectivamente, es muy hermosa —contestó él.

—¿Quién será?

—¡En el nombre del cielo! ¿Es que no sabe quién es? No conocerla demuestra que tampoco usted es persona conocida. Se trata de la célebre madame Lalande, la belleza del día por excelencia, y tema principal de todas las conversaciones en la ciudad. Es viuda, e inmensamente rica... Un buen partido. Acaba de llegar de París.

—¿Usted la conoce?

—Sí, me cabe ese honor.

—¿Puede presentármela?

—Desde luego. Para mí será un placer. ¿Cuándo quiere que se la presente?

—Mañana a la una me reuniré con usted en la calle B...

—Muy bien. Y ahora hágame el favor de callarse, si es posible.

Me vi obligado a obedecer a Talbot, porque él se mostró totalmente sordo a una nueva pregunta, y durante el resto de la velada atendió exclusivamente a lo que estaba sucediendo en el escenario.

Mientras tanto, yo tenía mis ojos clavados en madame Lalande, y al fin tuve la suerte de verla de frente. Su rostro era exquisitamente bello; esto ya me lo había dictado mi corazón. No obstante, una vez más experimenté esa sensación que me desconcertaba. 

Finalmente deduje que todos mis sentidos estaban impresionados por un aire de gravedad, tristeza, o más bien de lasitud, que empañaban la frescura de su semblante, aunque sólo para dotarlo de seráfica ternura y majestad. Esto, naturalmente, se duplicaba por mi temperamento romántico.

Mientras así recreaba mi vista, noté con gran emoción, y por imperceptible gesto de la dama, que de pronto había advertido la intensidad de mis miradas. Una vez más, quedé totalmente fascinado, y no pude apartar de ella los ojos ni un instante. Se volvió levemente, y de nuevo no vi más que el cincelado contorno de la parte posterior de su cabeza. 

Pasados unos minutos, como si se sintiera impulsada por la curiosidad de comprobar si yo todavía la estaba observando, lentamente fue girando el rostro, y otra vez se tropezó con mi ardiente mirada. Bajó instantáneamente sus grandes ojos negros, y un intenso rubor cubrió sus mejillas. 

Pero lo que me llenó de asombro y perplejidad fue ver que no volvió únicamente la cabeza, sino que tomó de su cintura unos pequeños gemelos, los alzó, ajustó... y luego me observó con ellos, atenta y deliberadamente, por espacio de unos minutos.

Si un rayo hubiera caído a mis pies, no me habría quedado tan aturdido; sólo aturdido, no ofendido ni disgustado, en absoluto, por más que acción tan atrevida, en otra mujer, probablemente me habría molestado. Pero ella lo hizo todo con tanta calma, con tanta naturalidad, con tan evidente gesto de perfecta educación, que no se la podía acusar de ningún descaro, y mis únicos sentimientos fueron de admiración.

Apenas comenzó a mirarme con los gemelos, pareció satisfecha con su examen de mi persona, y ya los retiraba de sus ojos, cuando, como si lo hubiese pensado dos veces, volvió a enfocarme, observándome con más atención, quizás por espacio de cinco minutos.

Aquella acción tan extraordinaria, ejecutada en un teatro americano, llamó la atención de todo el mundo, y se produjo cierto revuelo y cuchicheos entre el público, que durante unos instantes me llenaron de confusión. En cambio no produjeron ningún efecto visible en el semblante de madame Lalande.

Tras satisfacer su curiosidad, bajó los gemelos y miró tranquilamente hacia el escenario. Ya no veía más que su perfil, igual que antes. Seguí contemplándola ininterrumpidamente, aun cuando me daba perfecta cuenta de mi falta de cortesía. 

Entonces noté que su cabeza, muy lentamente, cambiaba de posición, y pronto llegué a convencerme de que la dama, que fingía mirar hacia el escenario, continuaba escrutándome atentamente. Supongo que no necesito explicar el efecto que aquel proceder causó en mi exaltado ánimo.

Después de haberme examinado de aquel modo, quizás durante un cuarto de hora, el bello objeto de mi pasión se dirigió al caballero que se hallaba a su lado, y mientras hablaba con él, me percaté claramente, por las miradas de ambos, de que se referían a mí. Al término de la breve conversación, madame Lalande giró nuevamente hacia el escenario, y pasaron unos minutos en que pareció muy interesada en la representación. 

Sin embargo, luego de unos momentos, mi emoción aumentó terriblemente, al verla ajustar una vez más los anteojos que pendían de su cintura, mirarme cara a cara, como había hecho antes, y sin hacer caso de los murmullos de la gente, inspeccionarme de arriba a abajo, con la maravillosa compostura que ya había deleitado y turbado mi alma.

Aquella actitud me sumió en un intenso delirio de amor, y sirvió más para enardecerme que para desconcertarme. En la loca intensidad de mi pasión, lo olvidé todo, menos la presencia de la majestuosa belleza que tenía ante mí. 

Esperé la oportunidad, y cuando me pareció que el público estaba completamente distraído por la representación, atraje la mirada de madame Lalande y le dirigí un ligero pero inequívoco saludo.

Ella se ruborizó, miró hacia otro lado, y después, lenta y cautelosamente, observó en torno a sí, para comprobar si mi temerario gesto había sido notado, y a continuación se inclinó hacia el caballero que estaba junto ella.

Entonces me di perfecta cuenta de la incorrección que acababa de cometer, y no esperé nada menos que pidiera una inmediata explicación, a la vez que, por mi cerebro, pasaba rápidamente la visión de unas pistolas a la mañana siguiente.

Sin embargo, a continuación me sentí muy aliviado, al ver que la dama le entregaba al caballero el programa de la función, sin decirle una sola palabra. Y ahora, procure el lector formarse una idea de mi asombro, de mi fantástico asombro, de mi delirante arrebato del alma, cuando luego de mirar furtivamente en derredor, dejó ella que sus ojos resplandecientes se posaran en los míos, y con una sonrisa que descubría las blancas perlas de sus dientes, hizo dos claros aunque leves movimientos afirmativos con la cabeza.

No vale la pena que insista acerca de mi dicha, de mi arrobamiento. Si alguna vez enloqueció un hombre por exceso de felicidad, ese hombre fui yo en aquellos momentos. Amaba. Era mi "primer amor"..., un amor supremo, indescriptible. Era un amor por flechazo, y por flechazo también era apreciado y correspondido.

¡Sí, correspondido! ¿Cómo iba a dudarlo ni un solo instante? ¿Qué otra interpretación podía dar a aquel proceder por parte de una mujer tan bella, rica, refinada, con educación superior, con tan elevada posición social, tan respetable en todo sentido, como era madame Lalande? 

Sí, ella me amaba, correspondía al impulso de mi amor con otro impulso tan ciego, tan firme, tan desinteresado y tan incondicional como el mío. Estas deliciosas fantasías quedaron interrumpidas por la caída del telón. El público se puso de pie y acto seguido se produjo el habitual bullicio.

Dejé precipitadamente a Talbot y empleé todos mis esfuerzos para abrirme paso y colocarme lo más cerca posible de madame Lalande. No habiendo podido lograrlo a causa de la muchedumbre, tuve que renunciar a mi persecución y dirigí los pasos hacia mi casa. Consolé mi decisión con el pensamiento de que a la mañana siguiente sería presentado a ella en debida forma, gracias a los buenos oficios de mi amigo Talbot.

Finalmente amaneció, tras una larga noche de impaciencia. Y entonces las horas, hasta la una, fueron pasando con lentitud desesperante. Cuando no se extinguía el eco del reloj anunciando la una, corrí hacia la calle B... y pregunté por Talbot.

—No está —me respondió el lacayo a su servicio.

—¿Cómo que no está? —interrogué sorprendido—. Permítame que le diga, amigo mío, que eso es completamente imposible y absurdo. El señor Talbot no puede haber salido. ¿Por qué dice usted eso?

—Sólo porque no está en casa. Inmediatamente después de almorzar, tomó el coche para ir a S... Avisó que no regresaría hasta dentro de una semana.

Me quedé petrificado por el estupor y la ira. Finalmente di media vuelta, lívido de cólera, e interiormente mandando al infierno a toda la estirpe de los Talbot. Era evidente que mi amigo había olvidado nuestra cita apenas la habíamos concertado. 

Nunca cumplía con su palabra muy escrupulosamente, y no existía forma para corregirlo. Reconociendo esto, calmé mi indignación tanto como me fue posible, y vagué por las calles, malhumorado, haciendo preguntas inútiles sobre madame Lalande a los conocidos que encontraba.

Comprobé que todos la conocían de oídas, muchos de vista, pero como hacía escasas semanas que se hallaba en la ciudad, eran pocos los que afirmaban tratarla personalmente. Estos eran aún relativamente extraños para ella, y no podían, o no querían, tomarse la libertad de presentarme con las formalidades que requería semejante visita. Mientras yo me desesperaba conversando con un trío de amigos sobre la causa de mi tormento, ocurrió que la persona de quien hablábamos pasó muy cerca de nosotros.

—¡Por mi vida, ésa es! —exclamó uno de mis amigos.

—¡Maravillosamente bella! —expresó otro.

—¡Como un ángel! —afirmó el tercero.

Miré, y en el carruaje que avanzaba hacia nosotros lentamente calle abajo iba sentada la deslumbrante dama de la ópera, acompañada por la señorita que estaba con ella en el palco.

—La que va a su lado también es elegantísima —comentó el primero de mis amigos.

—Es asombrosa. Su aspecto aún es magnífico, pero no olvidemos que el arte obra maravillas. Parece más atractiva que hace cinco años, cuando la vi en París. ¿No le parece a usted, Simpson?

—¿Todavía? —pregunté asombrado—. ¿Y por qué no habría de serlo? Comparada con su amiga, parece una lámpara de aceite junto a una estrella de la tarde, una mariposa de luz comparada con Antares.

Uno de ellos rió a carcajadas, y luego dijo:

—Simpson, tiene usted el maravilloso don de hacer descubrimientos... y, por cierto, muy originales.

A continuación nos separamos, en tanto que otro principió a canturrear una alegre canción de vodevil, de la cual sólo capté estos versos:

¡Ninon, Ninon, Ninon, à bas!
¡À bas Ninon de L'Enclos!


Durante aquella escena, hubo algo que me reconfortó, aunque avivó aún más la pasión que me consumía. Al pasar el coche de madame Lalande junto a nuestro grupo, noté que ella me había reconocido, no sólo esto, sino que me favoreció con la más exquisita de todas las sonrisas imaginables.

En cuanto a ser presentado a ella, tuve que abandonar toda esperanza; al menos durante el tiempo en que a Talbot se le ocurriera permanecer en el campo.

Comencé a frecuentar asiduamente los lugares famosos de diversión pública, y, por fin, en el teatro donde la había visto por primera vez, tuve la suerte de hallarla e intercambiar nuevamente mis miradas con las suyas. Pero esto ocurrió al cabo de dos semanas. Entre tanto, diariamente preguntaba por Talbot en su hotel, y recibía el eterno "todavía no ha regresado" de su lacayo; sentía que volvía a invadirme la indignación.

En aquella velada, por lo tanto, me encontraba próximo a la locura. Me habían dicho que madame Lalande era parisiense, y había llegado recientemente de París. ¿Regresaría a Francia antes que Talbot volviera del campo? ¿No la perdería entonces para siempre? Esa idea, que no podía soportar, fue la que me impulsó a actuar con viril decisión. Apenas terminó la representación teatral, seguí a la dama hasta su casa, anoté la dirección, y, a la mañana siguiente, le envié una larga y meditada carta, en la que volqué todo mi corazón.

Me expresaba de ella audazmente, con pasión y libertad. No le oculté nada, ninguna de mis flaquezas; aludí a las románticas circunstancias de nuestro primer encuentro, y hasta a las miradas que se cruzaron entre nosotros. Me atrevía a decirle que estaba seguro de su amor, y al mismo tiempo le ofrecía esa seguridad, y la intensidad de mi afecto, como disculpa a mi imperdonable proceder. 

Como tercera excusa, le hablé de mi temor a que pudiera abandonar la ciudad antes de que yo consiguiera la oportunidad para una presentación formal. Y concluí la más vehemente epístola de amor jamás escrita, con una franca descripción de mi posición social, de mis bienes, y mi proposición matrimonial.

Con angustiosa espera aguardé la respuesta. Y después de lo que me pareció el transcurso de un siglo, llegó por fin.

Sí, "realmente" llegó. Recibí, en efecto, una carta de madame Lalande; la hermosa, la idolatrada madame Lalande. Como buena francesa, había obedecido a los sinceros dictados de su razón, a los generosos impulsos de su naturaleza, despreciando las afectadas gazmoñerías del mundo. 

No había desdeñado mis proposiciones; no se había encerrado en el silencio; no me había devuelto mi carta sin abrirla. Por el contrario, me enviaba una respuesta escrita con sus propias manos, en la que decía lo siguiente:

"El señor Simpson me perdonará que no escriba correctamente la hermosa lengua de su país, o al menos que no lo haga tan bien como en la mía. Hace muy poco tiempo que vine aquí, y no he tenido oportunidad de estudiarla. Sea ésta mi excusa a la forma en que le digo esto, caballero: ¡Ay de mí! El señor Simpson ha adivinado sobradamente toda la verdad. ¿Cabe agregar algo? ¿No he dicho ya más de lo que debiera decir?

Eugenia Lalande."

Besé un millón de veces aquella nota, y cometí por su causa otras mil extravagancias que ya han huido de mi memoria. ¡Pero Talbot no regresaba! Si hubiera podido formarse la más vaga idea del padecimiento que su ausencia me producía, ¿no habría corrido de inmediato a mi lado para consolarme? Le escribí y me contestó. Le retenían urgentes negocios, y estaría pronto de vuelta. 

Me rogaba que no fuera impaciente y que moderase mis impulsos, que leyera libros de tema calmante, que no abusara de las bebidas alcohólicas... ¡y que llamara en mi ayuda al consejo de la filosofía! ¡Necio! Ya que él no podía venir, ¿por qué no me enviaba una carta de presentación? 

Volví a escribirle, implorándole que me la mandara cuanto antes. Esta última misiva me la devolvió el lacayo, con las siguientes palabras escritas al dorso del sobre (el muy bribón se había ido al campo con su amo):

"Salió de S... ayer con dirección desconocida. No dijo a dónde iba ni cuándo volvería. He reconocido su letra, y como usted siempre tiene prisa, me ha parecido mejor devolverle su carta. Sinceramente suyo, Stubbs."

Después de esto, no será necesario decir que deseé los peores castigos para amo y criado, aunque de poco me servía la indignación, y quejarme no era un consuelo. No obstante, me quedaba un recurso: mi natural audacia. Hasta entonces me había servido mucho, y decidí ponerla en juego. Además, después de la correspondencia intercambiada entre madame Lalande y yo, ¿qué falta de corrección podía cometer, dentro de ciertos límites, que ella pudiera juzgar improcedente?

Desde que recibí su carta, había adquirido el hábito de rondar su vecindad, y así descubrí que a la hora del crepúsculo solía dar un paseo, acompañada únicamente por un negro de librea, por una plaza pública. Allí, entre las frondosas y casi oscuras alamedas, bajo la pálida luz de un suave atardecer de verano, me acerqué a ellos.

Para desorientar al sirviente, lo hice con toda la naturalidad de un antiguo conocido. Ella, con la presencia de ánimo de una auténtica parisiense, comprendió de inmediato mi treta, y para saludarme me ofreció la mano más adorablemente pequeña que sea posible imaginar. El criado quedó atrás en seguida, y entonces, con el corazón rebosante de alegría, pudimos conversar extensamente y sin reservas sobre nuestro amor.

Debido a que madame Lalande hablaba inglés con menor facilidad que como lo escribía, preferimos hablar en francés. En aquella dulce lengua, tan adecuada para expresar la pasión amorosa, di rienda suelta al impetuoso entusiasmo de mi naturaleza y, con toda la elocuencia de que pude disponer, le rogué que consintiera en nuestro inmediato matrimonio.

Al darse cuenta de mi impaciencia, ella sonrió. Puso como pretexto el decoro social. Yo había cometido la gran imprudencia de haber hecho público, entre mis amigos, el deseo de relacionarme con ella, lo cual significaba que aún no la conocía, y no habría manera de ocultar la fecha en que se iniciaban nuestras relaciones. 

Luego, me hizo notar, sonrojándose, lo demasiado reciente de esa fecha. Casarnos en seguida sería impropio, sería *outré* (ultrajante). Todo esto lo explicaba con un aire de *naïveté* (ingenuidad) que me arrebataba, y al mismo tiempo me apenaba y me convencía.

Llegó a acusarme, riendo, de precipitación y de imprudencia. También me hizo notar que, en realidad, yo no sabía quién era ella, ni su familia, ni su posición en la sociedad. Me rogó que lo meditara, y calificó mi amor de apasionamiento, de fuego fatuo, de obra inestable más de la fantasía que del corazón, de capricho momentáneo. 

Todo aquello lo decía mientras las sombras del atardecer caían más y más a nuestro alrededor, y luego, con un suave apretón de su mano, derribaba en un dulce instante el edificio de argumentos que ella misma había levantado.

Le respondí insistiendo en la adoración profunda y la admiración que me inspiraba. Para terminar, me extendí con enérgica convicción en los peligros que acechaban el cauce del amor verdadero, que se desliza sin dificultades, y de aquí deduje el manifiesto riesgo de prolongar innecesariamente la situación en que nos encontrábamos.

Este último argumento pareció, al fin, suavizar el rigor de su determinación. Pero todavía quedaba un obstáculo, que estaba segura de que yo no había tomado debidamente en cuenta.

Se trataba de un punto delicado, y al mencionarlo tenía que sacrificar sus sentimientos, aunque por mí, ella no repararía en ninguna clase de sacrificios. Aludía a la cuestión de la edad. ¿Yo me daba cuenta? ¿Había advertido claramente la diferencia que existía entre nosotros? El hecho de que la edad del marido excediera en varios años a la edad de la mujer era considerado por todo el mundo como admisible, e incluso conveniente. 

Pero ella siempre había mantenido la creencia de que los años de la esposa nunca deben exceder a los del marido. ¡Una diferencia de esa clase, frecuentemente, por desdicha, originaba una vida de infelicidad! ¡Eugenia entendía que mi edad no pasaba de los veintidós años, en cambio ella, por el contrario, parecía ignorar que los años de ella sobrepasaban muchísimo ese número!

En todo aquello, mi amada mostraba una nobleza de alma, una digna sinceridad que me deleitaba, y me encadenaba a ella para siempre.

—Mi amadísima Eugenia —dije—, ¿qué importancia tiene lo que estás diciendo? Tus años son algo más que los míos. ¿Pero qué importa esto? Las costumbres del mundo no son sino necedades convenidas. Para los que se aman como nosotros, ¿en qué puede diferenciarse una hora de un año? Yo tengo veintidós, de acuerdo; en realidad, ya casi tengo veintitrés. En cuanto a ti, no tendrás más de... de...

Al llegar a aquel punto me detuve, esperando que Eugenia me interrumpiera, comunicándome su edad. Pero una francesa raramente habla en forma inequívoca en tales ocasiones, y siempre dispone de alguna hábil escapatoria verbal. En nuestro caso, durante unos momentos pareció buscar algo que decir, y finalmente dejó caer sobre la hierba una miniatura que yo recogí.

—Guárdala —ordenó ella, con una de sus más fascinantes sonrisas—. Guárdala como recuerdo mío de este momento, como recuerdo de la que está ahí retratada y demasiado favorecida. En el dorso podrás descubrir la información de lo que parece interesarte. Ahora se está haciendo de noche, pero mañana podrás examinarla con calma. Mis amigos preparan a estas horas una reunión musical, y también te prometo la asistencia de un buen cantante. Nosotros, los franceses, no somos tan remilgados como los norteamericanos para estas cosas, y por lo tanto no tendré dificultad en presentarte, en esta reunión, como un antiguo conocido.

Diciendo esto, se cogió de mi brazo, y la acompañé hasta su casa. La residencia era hermosísima, amueblada con muy buen gusto. Sin embargo, no me siento autorizado para juzgar a fondo, ya que cuando llegamos era de noche, y en las casas norteamericanas, aun en las más elegantes, no se encienden las luces mientras dura el calor del verano, pasado el anochecer. 

Hasta cerca de una hora después de mi llegada, hubo sólo un quinqué con pantalla en el salón principal, y, según logré apreciar con esta iluminación, ostentaba un gran refinamiento y esplendor. Las salas contiguas, donde la concurrencia se reunía preferentemente, permanecieron toda la velada en agradable penumbra.

Madame Lalande no había exagerado el talento musical de sus amigos, y el canto que allí pude escuchar fue superior a cuanto se oía fuera de Viena. Los intérpretes de las partituras con instrumentos eran varios, de gran talento. Las cantantes, exclusivamente mujeres, resultaron excelentes.

Finalmente, al cabo de pedírselo encarecidamente, madame Lalande se puso de pie. Decidida, sin afectación, abandonó la *chaise longue* (el sillón) donde se hallaba sentada a mi lado, y acompañada por dos caballeros y su amiga de la ópera se dirigió al salón donde se ubicaba el piano. 

Yo quería acompañarla, pero comprendí que, debido a las circunstancias, lo mejor era quedarme inadvertido donde me hallaba. Así, me vi privado del placer de verla, ya que no de oírla cantar.

La impresión que causó en la concurrencia tuvo algo mágico. Pero el efecto que a mí me produjo fue aún más intenso. Sin duda dependía, en parte, del sentimiento de amor que me invadía, y de mi convicción sobre la extremada sensibilidad de la cantante, porque no es posible que arte alguno pueda comunicar a un aria o a un recitado expresividad más apasionada que la de ella. 

Sus notas bajas eran maravillosas. Su voz abarcaba tres octavas que se extendían desde el re contralto hasta el re sobreagudo, subiendo y bajando en escalas, cadencias y *fioritures*. En el final de *La sonámbula* produjo un efecto notable al cantar: "Ah, non giunge uman pensiero, al contento ond'io son piena".

Al levantarse del piano, después de aquellos milagros de ejecución vocal, ocupó nuevamente su lugar a mi lado. Le expresé el más hondo deleite que había experimentado ante su ejecución. Pero de mi asombro nada dije, aun cuando estaba atónito; lo estaba porque cierta nota de debilidad o, más bien, una trémula inflexión que surgía en su voz al conversar, jamás me habría autorizado a sospechar que podría atacar con éxito esas partituras.

Nuestra conversación fue larga, vehemente, interrumpida y sincera. Me pidió que le relatara algunos episodios tempranos de mi vida, y escuchó atenta, casi conteniendo la respiración, todas las palabras de lo que le narré. No oculté nada, porque entendía que no tenía derecho a ocultar nada a su confiado afecto.

Alentado por su franqueza en el delicado asunto de la edad, me extendí en los pormenores de mis defectos, e hice plena confesión de mis flaquezas morales y físicas. Hablé de mis imprudencias en los días de colegio, mis extravagancias, mis juergas, mis deudas y mis amoríos. Tampoco dejé de mencionar la tos que en cierta época me había molestado, el reumatismo crónico hereditario y, para concluir, la desagradable y odiosa, aunque cuidadosamente ocultada, flaqueza de mi vista.

—Sobre este último punto —sostuvo Eugenia, sonriendo—, has cometido una verdadera indiscreción al confesarlo. Habría jurado que nadie podía acusarte de ese defecto.

Se detuvo y, a pesar de las penumbras, creí que sus mejillas subían de color. Luego añadió:

—¿No recuerdas, *mon cher ami*, estos pequeños anteojos auxiliares que ahora cuelgan de mi cuello?

Al decir esto, jugueteaba con los gemelos que me habían producido tanta confusión en la ópera.

—Naturalmente que me acuerdo... —exclamó, oprimiendo la delicada mano que ofrecía aquellos anteojos para mi examen.

Eran una complicada joya, afiligranada y cuajada de piedras preciosas, que, aun bajo la escasa luz de la estancia, noté que debía ser de mucho valor.

—*Eh bien, mon ami!* —continuó diciendo, con cierto apresuramiento que no dejó de sorprenderme—. *Eh bien, mon ami!* Me has pedido un favor que has calificado de inapreciable; me has pedido mi mano para mañana, sin más tardanza. ¿Podría yo pedirte un favor a cambio? ¿Un favor muy pequeño?

—¡Dímelo! —exclamé con vehemencia—. ¡Dímelo, amada mía, Eugenia mía! ¡Dímelo! Pero... ¿para qué? ¡Ya está concedido antes de que lo expreses!

—Entonces, *mon ami*, tienes que vencer, por amor a tu Eugenia, ese ligero defecto que acabas de confesar, esa debilidad más moral que física, que no calza con la nobleza de tu espíritu, que es incompatible con la sinceridad de tu carácter y que, si alcanzara mayor incremento, tarde o temprano podría causarte un serio disgusto. Por amor a mí, debes vencer esa afectación que te inclina a ocultar el defecto de tu vista. ¡Niegas virtualmente ese defecto al rechazar el empleo de los medios para corregirlo! Comprenderás que lo que te pido es que uses anteojos. ¡Y no me digas que no, porque ya has consentido en hacerlo por mi amor! Acepta estos gemelos; aunque no tienen un valor extraordinario como joya, son un auxiliar admirable para la vista. Por medio de una ligera modificación, así... o así, se pueden adaptar a los ojos, o llevarlos en el bolsillo del chaleco...

Debo confesar que aquella petición me turbó un poco. Pero la condición que se le unía hizo imposible toda vacilación.

—¡Concedido! —exclamé con el mayor entusiasmo que pude reunir en aquel instante—. Concedido. Sacrificaré por ti todas mis objeciones. Ahora guardaré estos anteojos aquí, sobre mi corazón, y con las primeras luces de la mañana, esa mañana que me dará el derecho a llamarte mi esposa, me los pondré sobre la nariz, y así los usaré, en la forma menos romántica, menos elegante, pero sin duda más útil, como tú lo deseas.

La conversación giró luego sobre nuestras disposiciones para el día siguiente. Supe, por mi amada, que Talbot acababa de regresar a la ciudad. Debía ir a visitarlo en seguida y procurarme un carruaje. La *soirée* no terminaría antes de las dos de la mañana, y en aquella hora el vehículo tendría que hallarse ya en la puerta de la casa. 

Entonces, aprovechando el bullicio de la partida de los invitados, Eugenia podría entrar fácilmente en el coche sin que nadie lo notara. Inmediatamente nos iríamos a casa de un sacerdote que nos estaría esperando; allí nos casaríamos, nos despediríamos de Talbot, y acto seguido emprenderíamos un viaje al este, dejando que el mundo elegante hiciera los comentarios que le vinieran en gana.

Luego de planificar esto, me despedí y fui en busca de Talbot. Pero en el camino no resistí a la tentación de examinar la miniatura, lo que hice con ayuda de los lentes. ¡El rostro era de una belleza extraordinaria! ¡Qué ojos tan radiantes... qué altiva nariz griega... qué abundantes y negros cabellos! "¡Ah!", dije para mí, lleno de pasión, "¡ésta es en efecto la viva imagen de mi amada!". Miré el reverso y descubrí las palabras: "Eugenia Lalande, a la edad de veintisiete años y siete meses".

Encontré a Talbot en su domicilio y rápidamente lo puse al tanto de mi buena suerte. Como era natural, Talbot manifestó asombro extraordinario y me felicitó cordialmente, ofreciéndome toda la ayuda que pudiera prestarme. En una palabra: cumplimos todos nuestros preparativos al pie de la letra, y a las dos de la madrugada, diez minutos después de la ceremonia, me encontré en un coche cerrado con madame Lalande, valga decir, con la señora Simpson, dirigiéndonos velozmente hacia las afueras de la ciudad.

Habíamos decidido que efectuaríamos nuestra primera parada en C..., aldea que se hallaba a unas veinte millas de la ciudad. A las cuatro en punto, el coche se detuvo ante la puerta de la hospedería principal del pueblo, y ordené que nos sirvieran de inmediato un desayuno. Entre tanto, nos hicieron pasar a una salita privada.

Era ya casi de día, y al mirar, lleno de arrobamiento, al ángel que tenía a mi lado, se me ocurrió repentinamente la idea de que era aquella la primera ocasión, desde que conocía a Eugenia, en que podría disfrutar de una inspección a su belleza a plena luz.

—Y ahora, *mon ami* —dijo ella, tomándome una mano e interrumpiendo mis pensamientos—, ahora, puesto que he accedido a tus apasionadas súplicas y cumplí mi parte en nuestro acuerdo, supongo que no habrás olvidado que tú también me debes una pequeña promesa. Recuerdo perfectamente las palabras que pronunciaste anoche: "Sacrifico por ti todas mis objeciones. Ahora guardaré estos anteojos aquí, sobre mi corazón, y con las primeras luces de la mañana, esa mañana que me dará el derecho a llamarte mi esposa, me los pondré sobre la nariz, y así los usaré, en la forma menos romántica, menos elegante, pero sin duda más útil, como tú lo deseas".

—Ésas fueron exactamente mis palabras —repliqué—. Tienes una excelente memoria, Eugenia mía, y te aseguro que no tengo la menor intención de faltar a la insignificante promesa que encierran.

Y tras disponer los cristales en forma de anteojos, los coloqué adecuadamente en su posición. Por su parte, la señora Simpson se ajustó el sombrero, cruzó los brazos y permaneció sentada en su sillón, adoptando una postura envarada y relamida.

—¡Cielo santo! —exclamé, en cuanto los lentes cabalgaron sobre mi nariz—. ¿Qué ocurre con estos anteojos...?

Quitándomelos rápidamente, los limpié afanosamente con un pañuelo de seda y volví a ajustármelos. Pero si en el primer momento había ocurrido algo que me había llenado de sorpresa, en seguida esta sorpresa se convirtió en asombro; un asombro extremado, inmenso, escalofriante. 

En nombre de todas las cosas horribles de este mundo... ¿qué era aquello? ¿Podía dar crédito a lo que estaba viendo? ¿Era... eso... colorete? ¿Y ésas... eran arrugas? ¿Arrugas en el rostro de Eugenia Lalande? ¡Oh, por Júpiter! ¿Qué... qué había pasado con sus dientes? Arrojé los anteojos al suelo, mudo de terror, mirando cara a cara a la señora Simpson, que, con los brazos puestos en jarra, reía sarcásticamente.

—Bien, señor —dijo, después de observarme de pies a cabeza durante unos momentos—. ¿Qué le ocurre? ¿Le ha atacado el baile de San Vito? ¿O es que no le gusto?

—¡Miserable! —exclamé, conteniendo la respiración—. ¡Tú..., usted..., usted no es más que una vieja bruja!

—¿Vieja? ¿Bruja? No soy tan vieja, al fin y al cabo, puesto que no he pasado un día de los ochenta y dos.

—¡Ochenta y dos años! —grité, tambaleándome y retrocediendo hasta la pared—. ¡Ochenta mil demonios! ¡La miniatura decía veintisiete años y siete meses!

—Sin duda alguna, eso es verdad. Pero ese retrato fue pintado hace más de cincuenta años. Cuando me casé con mi segundo esposo, monsieur Lalande, me hizo ese retrato la hija de mi primer marido, monsieur Moissart.

—¿Moissart?

—Sí, Moissart —se burló ella, imitando mi pronunciación francesa, que no era muy buena—. ¿Qué sabe usted sobre Moissart?

—¡Nada! No sé nada de él, pero yo tuve un antepasado que se apellidaba así...

—¿Y tiene algo que decir de ese apellido? ¡Es muy respectable! Como también lo es Voissart. ¡Sí, ése es otro apellido importante! Mi hija, mademoiselle Moissart, se casó con monsieur Voissart, y ambos apellidos son respetabilísimos.

—¿Moissart y Voissart? —interrogué, atónito—. ¿Qué está diciendo?

—¡Estoy diciendo Moissart y Voissart, y además quiero decir Croissart y Froissart! La hija de mi hija, mademoiselle Voissart, se casó con monsieur Croissart, y luego la nieta de mi hija, mademoiselle Croissart, se casó con monsieur Froissart. Y supongo que no objetará usted que éste es igualmente un apellido distinguido.

—¡Froissart! —musité, sintiendo que comenzaba a desmayarme—. ¿En verdad usted ha dicho Moissart, Voissart, Croissart y Froissart?

—Exactamente —asintió, tendiéndose en el sofá—. Moissart y Voissart, Croissart y Froissart. Desgraciadamente, Froissart era lo que se llama un estúpido, un auténtico estúpido que abandonó la *belle France* para venir a esta insulsa América. Aquí, según he oído decir, tuvo un hijo tan estúpido como él, llamado Napoleón Bonaparte Froissart, pero usted reconocerá que este nombre es también muy honorable.

Ya sea por su extensión o por su naturaleza, este pequeño discurso produjo una gran pasión en la señora Simpson y, cuando terminó de hablar, saltó de su sillón como una persona embrujada, esparciendo por el suelo una enorme cantidad de rellenos que se desprendieron de sus ropas. 

Ya en pie, mostró sus desnudas encías y concluyó la función quitándose el sombrero y con él una valiosa peluca de rizos negros, y, allí mismo, sobre postizos y rellenos, en una especie de arrebato de cólera, bailó un fandango.

Yo me había hundido en el sillón que ella acababa de abandonar, repitiendo alelado:

—Moissart y Voissart, Croissart y Moissart...

De pronto, no pude contener un grito:

—¡Napoleón Bonaparte Froissart! ¡Ése soy yo! ¡Escúcheme bien, vieja serpiente, ése soy yo! ¿Lo oye? ¡Yo soy Napoleón Bonaparte Froissart! ¡Y que el infierno me condene eternamente! ¡Acabo de casarme con mi tatarabuela!

Madame Eugenia Lalande, quasi Simpson, antes Moissart, era ni más ni menos que mi tatarabuela. Había sido muy hermosa, y aun a los ochenta y dos años conservaba la talla majestuosa, el escultórico perfil y los bellos ojos de su juventud. 

Con estas cualidades, el blanco de perla, el cabello y los dientes postizos, y con la ayuda de las más hábiles modistas de París, se las había arreglado para cumplir un digno papel entre las bellezas algo pasadas de moda de la metrópoli francesa. En este aspecto, podía considerársela como el doble de la famosa Ninon de L'Enclos.

Era inmensamente rica, y al quedar viuda por segunda vez, y sin hijos, se acordó de mi existencia en América. Con el propósito de hacerme su heredero, decidió visitar los Estados Unidos en compañía de una sobrina lejana de su segundo marido, incomparablemente bella, la admirable madame Stephanie Lalande.

En el teatro, mi presencia llamó fuertemente la atención de mi tatarabuela y, después de examinarme con los anteojos, quedó impresionada al notar que guardábamos cierto parecido de familia.

Interesada por esta razón, y sabiendo que el heredero al que buscaba vivía en la ciudad, procuró informarse acerca de mí. El caballero que la acompañaba me conocía de vista y le dijo quién era yo. Dicha información la indujo a repetir su examen con los anteojos; aquel examen que me enardeció y me llevó a comportarme de la manera ya referida. Entonces fue cuando ella me devolvió el saludo, pensando que, por alguna circunstancia imprevisible, yo había descubierto su identidad.

Cuando, engañado por la debilidad de mi vista y los encantos de la singular dama, pregunté a Talbot quién era ella, mi amigo imaginó que me refería a la belleza más joven, o sea, a Stephanie Lalande, y por eso me informó que se trataba de la famosa viuda madame Lalande.

Al día siguiente, mi tatarabuela se encontró con Talbot, antiguo conocido suyo en París, y la conversación se refirió a mi persona. En esa ocasión quedaron explicados los defectos de mi vista, que ya eran muy comentados, aunque yo siempre tratara de ocultarlos, y la buena anciana comprendió, con pena, que estaba engañada al suponer que yo acababa de descubrir nuestros lazos familiares. Lo único que había hecho era la tontería de cortejar abiertamente, y en un teatro, a una anciana desconocida. Entonces quiso castigarme por aquella imprudencia y tramó todo el plan con Talbot.

En cuanto a mis investigaciones callejeras acerca de la hermosa viuda Lalande, supusieron que me refería a la joven; más claramente, a Stephanie Lalande. De este modo se explica la conversación con aquellos tres amigos y su alusión a Ninon de L'Enclos.

En la velada musical, mi necia obstinación en no usar lentes fue lo que me impidió descubrir su edad. Cuando madame Lalande fue invitada a cantar, se trataba de Stephanie, la joven, y mi tatarabuela, para completar el engaño, se levantó simultáneamente para acompañarla hasta el piano. 

En consecuencia, la voz que tanto admiré era la de madame Stephanie Lalande. No será necesario añadir que los cristales de los anteojos que usaba la anciana dama ella misma los había cambiado por otros que se adaptaban mejor a mis años, y que se ajustaron perfectamente a mi vista.

El sacerdote, que no había hecho sino fingir aquel fatal enlace, era un amigo de Talbot y no un auténtico clérigo. Un hombre muy astuto que, después de quitarse la sotana para vestir de librea, condujo el coche de alquiler que transportó a la "feliz pareja" fuera de la ciudad. 

Talbot tomó asiento junto a él. Los dos pillastres estaban de acuerdo, y por una ventana entreabierta de aquella salita en la hostería se divirtieron con el "desenlace del drama". Pienso que me veré obligado a desafiarlos a los dos.

A pesar de todo, no soy el marido de mi tatarabuela, y pensarlo me proporciona un infinito desahogo. Pero soy el marido de madame Lalande. Sí, de madame Stephanie Lalande, con la cual la anciana Eugenia, al mismo tiempo que me ha declarado su único heredero, se ha tomado la molestia de emparejarme.

En conclusión, se terminaron para mí las cartas de amor, y jamás volverá alguien a verme sin mis anteojos.