Aquellos lectores amantes de indagar sucesos inexplicables en el reino de lo sobrenatural deben hacer una pausa para reflexionar..., y aquellos otros que deseen relajarse con la lectura del siguiente relato deben ser precavidos con algunas páginas capaces de poner los cabellos de punta.
Los hechos registrados, acaecidos el 26 de mayo de 1897, y recogidos por sir Anthony Wister, son los siguientes:
Dado que soy una persona de espíritu metódico y lógico, he decidido empezar por el principio de esta cadena de sucesos en vez de sobrecoger inicialmente al lector con aquellos detalles ambientales y terroríficos que se presentaron, por desgracia, casi al final de la muy corta vida de Ernest Melbourne.
Para ser un conservador, Ernest era, a sus veinticinco años, un joven de acentuada personalidad. Me imagino que algunos lo describirían como un poco petimetre, pero yo, en cambio, más bien admiraba su melindrosa forma de vestir y su inmaculado acicalamiento, sobre todo después de llegar a conocerlo profundamente como amigo.
En muchos sentidos éramos muy parecidos y, sin embargo, demasiado diferentes. Ernest era un gran aficionado a la música, lo mismo que yo, pero su entusiasmo no pasaba la frontera de la admiración, mientras que yo, por el contrario, me había visto obligado a sujetar un violín bajo mi beligerante y poco colaboradora barbilla como parte de mi educación juvenil.
A excepción de nuestra ascendencia y tradiciones familiares, ambos teníamos muchas cosas en común, incluyendo el hecho de que nos comportamos una vez, sólo una vez, como unos insoportables tumbacuartillos.
El único motivo que me lleva a mencionar mi vergonzosa conducta es el de exponer otra razón por la que Ernest y yo nos hicimos tan íntimos amigos, unidos por tan dispares historias, secretos y admiración recíproca: él apreciaba mi privilegiada situación en la vida, y yo le ayudé en su tenaz y acertada aspiración de ingresar en mi estrato social.
Recuerdo perfectamente los sucesos que se desarrollaron poco antes de aquella horrible noche del 26 de mayo, ya que el día 24, Ernest y yo comimos en el club, mientras refunfuñábamos de aquella eterna llovizna que mantenía a toda Inglaterra húmeda, fría y mojada; luego nos enfrascamos en una conversación en la que discutimos acaloradamente.
El tema de la misma era demasiado trivial. Un amigo común, aunque considero más justo el llamarle una amistad casual, había muerto, y nuestra discusión estribaba en si debíamos o no arriesgarnos a asistir a sus funerales y agarrar un resfriado. Durante nuestra conversación intercambiamos nuestras posiciones como dos niños en el juego del columpio.
Luego, una vez que hubo paladeado su pierna de cordero fuertemente condimentada, dulcificó su voz e insistió en que debíamos asistir al funeral. Confieso sinceramente que me encolericé, ya que al comprobar los astutos razonamientos de mi amigo no pude dominar mis nervios.
Por un instante lo aborrecí, ya que pretendía aprovecharse de un funeral en beneficio suyo; pero cuando salimos del club aquella noche, volvimos a ser tan amigos como siempre. Al final nos pusimos de acuerdo en que Ernest asistiría al funeral a pesar de su aversión por la fría y oscura iglesia de Kensington y su húmedo cementerio, en el que las tumbas estaban cubiertas de losas de mármol negro, y en las que se podían leer los hechos importantes llevados a cabo en vida por sus fenecidos y actuales ocupantes.
Pero incluso en el cementerio de Kensington había cierta discriminación social entre su inmóvil población de cadáveres, ya que los condes y los duques, los ricos banqueros y los poderosos industriales, se hallaban en suntuosos panteones familiares a ambos lados de la puerta principal de la iglesia, mientras que, en la parte posterior de la misma, bien ocultos por una empalizada, se hallaba el último lugar de reposo de las almas menos importantes; quizá no menos en el sentido de la humanidad, pero sí ciertamente en cuanto a su posición social, prestigio y la suficiente cantidad de dinero como para reposar en un panteón bajo una marmórea losa sepulcral exquisitamente esculpida y engalanada.
El 26 de mayo fue una jornada tan miserable como lo habían sido los diez fríos y húmedos días anteriores. Por ello me quedé en casa no sin cierto regocijo, ordené a Hugh, mi ayuda de cámara, que me trajera la merienda con una buena taza de hirviente té indio, y comencé a leer las tediosas cláusulas del testamento de mi padre.
Alrededor de las cinco de la tarde, el cielo parecía tan plomizo como en pleno invierno. Hugh me sirvió mi tradicional copa de jerez y le volví a repetir mis instrucciones de que pensaba cenar en mi biblioteca.
La cena fue más bien ligera, y la intranquilidad empezó a adueñarse de mi mente. Traté de leer un libro, pero las palabras carecían de significado. Entonces pensé en relajarme, ya que recordaba que esta práctica, tan recomendada por los médicos, estaba muy indicada en los momentos de tensión nerviosa.
Como solía hacer en aquellas tardes en que me quedaba en casa, me puse mi horrible pero confortable batín de lana, me calcé unas cómodas zapatillas de cuero que en otras ocasiones mi mayordomo había intentado tirar a la basura, lamenté no tener un mastín para que se acostara junto a mi chimenea, a mis pies, y me puse a cargar una pipa con refinado y amoroso cuidado.
Debía haberme quedado adormecido con el libro en mi regazo, cuando Hugh me despertó para anunciarme que me llamaban por teléfono. Perezosamente cogí el aparato.
Una voz frenética al otro extremo del hilo me dijo que acudiera inmediatamente, que era muy urgente. No había un minuto que perder. Mi amigo, Ernest Melbourne, se hallaba al borde de la muerte. En realidad, continuó diciéndome aquella voz desconocida para mí, está economizando el aire que respira en un esfuerzo para mantenerse vivo hasta su llegada.
Rápidamente me puse el primer traje que encontré a mano, alquilé un taxi y me dirigí a toda prisa al elegante piso de Ernest. La puerta me fue abierta por uno de mis antiguos criados, Stephen, el cual se hallaba extremadamente aturrullado hasta el punto de parecer enloquecido.
—Sir Anthony —me dijo, hecho un manojo de nervios—, es espantoso, es horriblemente espantoso. Me temo que no llegará a tiempo.
—Tranquilízate, querido Stephen —le dije, tratando de que hablara en voz baja—. Cualquier cosa que haya ocurrido, por favor, ten la bondad de mantenerte en tu sano juicio. Vamos, condúceme inmediatamente al lado de míster Melbourne.
El tono severo que empleé calmó algo a Stephen, pero cuando me conducía hacia el salón biblioteca, me empujó de pronto y rudamente hacia un lado. Me sorprendí ante aquella extraña conducta de mi excriado, pero luego comprendí que lo que pretendía era que yo no pisara una serie de huellas barrosas que conducían a la estancia donde se hallaba mi amigo.
Ernest estaba acostado en un diván. Aunque en su rostro no había ninguna señal de violencia, me costó trabajo reconocerle. Incluso hoy día me es difícil describir la transformación que se había operado en sus facciones.
Sus ojos, que generalmente miraban a todas partes plenos de curiosidad, estaban paralizados, fijos en un punto del techo, como si pendieran de él mediante dos cuerdas. Su sonrosada piel que yo, como pálido londinense, en ciertas ocasiones había envidiado en secreto, se había disuelto en un gris de cal apagada. Venas azules sobresalían en sus manos, muñecas y garganta, y morados verdugones cubrían sus sienes. Su lengua pendía grotescamente a un lado de su boca abierta.
Haciendo un esfuerzo para dominar mi repugnancia, me acerqué a él y le dije todo aquello que suele decirse en estos casos. «Aquí me tienes... ¿Qué te ha sucedido...? Ánimo, hombre. Vamos, cuéntame lo que te ha pasado...»
Ernest reaccionó lentamente. Un indefinido fulgor apareció en sus ojos. Después de varios intentos, al final estuvo en condiciones de hablarme de forma que yo pudiera entenderle.
—Anthony —murmuró—, debes escucharme..., pero, sobre todo, debes creer en mí, debes creerme.
Luego permaneció en silencio, sofocado, tosió y trató de incorporarse. Cogí una almohada y se la puse a la espalda, mientras le decía en voz baja a Stephen que fuera inmediatamente a buscar un médico. La retirada del criado fue sumamente ruidosa, pues tropezó con una silla y se cayó al suelo. Pero Ernest se hallaba muy lejos de la realidad para darse cuenta de ello.
Me senté cerca de mi amigo, mostrándome tan afectivo como un elefante macho intentando cuidar una liebre herida. Yo sabía que Ernest no debía agotarse hablándome, pero eran tan intensos los pensamientos que en aquellos instantes torturaban su mente que no tuve más remedio que permitírselo.
—Anthony —murmuró Ernest—, debo ser breve. Me queda muy poco tiempo de vida. Escucha atentamente lo que voy a decirte. Y, en nombre de Dios, créeme.
Después de una breve pausa, continuó.
—Fui al funeral de sir Gilbert. Fue espantoso. Tú sabías que yo no quería ir, pero no sabías por qué. Gladys, el amor del que renegué, la chica a quien abandoné, yace en una tumba del cementerio de Kensington... Estaba aún lloviendo cuando sacaron el ataúd de sir Gilbert de la iglesia. Permanecí allí mojado y helado de frío. De repente, guiado por los remordimientos o quizá empujado por el mismo demonio, me hallé explorando el cementerio, pisando aquel terreno sucio y fangoso, buscando algo, una flor de lis, una rosa, algo que fuera bello, fresco y joven. De pronto vi un seto vallado en el que había una entrada que daba a otro cementerio en el que las losas sepulcrales estaban muy cerca unas de otras... Anthony, ¿me estás escuchando?
Alargué mi mano y le cogí la suya, pero, no queriendo distraer sus pensamientos, permanecí en silencio. Vi que el rostro de Ernest se relajaba, cerró la boca y un alarmante color de cera se extendió por su piel. Después de unos instantes continuó.
—Empujado por una fuerza misteriosa, me dirigí a la tumba más insignificante, más raída, más pobre de todas. La losa sepulcral ostentaba el número 298, y gotas de lluvia caían al suelo desde el punto en el que estaba esculpido el nombre de Gladys Moore..., mi Gladys que tanto me había amado hace muchos años.
Evidentemente, comprendía el dolor y la pena de Ernest, sin embargo, me parecía imposible que la vista de la tumba de su querida Gladys hubiera podido causarle aquel espantoso daño físico. Ernest continuó hablando, pero cada vez más rápido, como si considerara que el tiempo estaba en contra de su reserva vital y de su monólogo.
—El temor más espantoso se apoderó de mí. Mi primer impulso fue sacar inmediatamente el ataúd de aquel lugar tan deprimente y colocarlo en aquella parte del cementerio reservada a la gente ilustre para que así la tumba de mi Gladys ocupase el mejor sitio de todos; pero este noble pensamiento se me borró en el acto para ser sustituido por otro: si la gente llegara a enterarse de mis antiguas relaciones amorosas con una tabernera, todos mis proyectos se vendrían a tierra, todo aquello por lo que había luchado durante toda mi vida quedaría arruinado.
Un suspiro estremeció el cuerpo de mi amigo. Después de una pausa, Ernest continuó:
—Cuando regresé a casa, Stephen me sirvió la comida. No tenía apetito, por lo que le ordené que retirara los platos, limitándome a beber tres copas de oporto. Creo que me quedé dormitando durante varias horas. Cuando me desperté, tuve la sensación de haber sido drogado, o sometido a un trance hipnótico. Luego sentí la necesidad de telefonear a alguien. ¡Cogí el aparato y marqué el 298 de Kensington! Después de un corto tiempo, una voz de mujer contestó. Sonaba como si estuviera muy lejos, aunque sus palabras eran perfectamente audibles. La voz dijo: «Oh, amor mío, qué gentil has sido en telefonearme. He estado mucho tiempo esperando esta llamada. Iré inmediatamente a verte».
Miré asombrado a Ernest. La habitación pareció llenarse de repente de un aire viscoso y estancado. Sentí que se me contraía la piel y se erizaban mis cabellos cuando oí aquel horroroso relato. Ernest movía la cabeza a un lado y otro sobre la almohada, como tratando de luchar con aquellos pensamientos que torturaban su mente.
—Me senté en el sillón y esperé —continuó mi amigo—. ¿Esperar qué? No lo sabía en aquel momento. Entonces oí que la puerta principal se abrió completamente, a pesar de que Stephen siempre la tenía cerrada. Las cortinas empezaron a agitarse como la vela de un barco, al mismo tiempo que una corriente de aire helado penetraba en mi habitación. Luego sentí un penetrante olor de moho, de tierra y de humedad. Vestida de blanco, llegó ella...
La voz de Ernest se quebró. Su rostro se volvió azulado; empezó a dar boqueadas; sus ojos se revolvieron. Como nunca había visto morir a nadie, me sentí estupefacto, fascinado, profundamente asustado, incapaz de gritar pidiendo auxilio. Su cuerpo se puso tieso y luego cayó hacia atrás. Cogí mi pañuelo y cerré cuidadosamente aquellos ojos fijos y brillantes.
Entonces llamé..., bueno, temo que empecé a gritar llamando a Stephen. El rostro de este reflejaba palpablemente su aflicción y ansiedad. Le rogué que telefoneara a un médico y a la policía.
Mientras esperaba al lado de mi amigo muerto, me puse a observar cuidadosamente la habitación.
En línea directa desde la puerta al sillón favorito de Ernest estaban aquellas huellas fangosas de pasos que Stephen me había impedido pisar hacía unos instantes. Me levanté para estudiarlas más cuidadosamente. Entonces vi horrorizado que en las pelusas de la alfombra que cubría el suelo de madera, estaban grabadas las huellas inconfundibles de unos zapatos de mujer.