INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta investigación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta investigación. Mostrar todas las entradas

Los crímenes de la calle Morgue - Edgar Allan Poe (Parte 4 y última)

Era una minuciosa descripción anatómica y descriptiva del gran orangután leonado de las islas de la India oriental. La gigantesca estatura, la prodigiosa fuerza y agilidad, la terrible ferocidad y las tendencias imitativas de estos mamíferos son bien conocidas. Instantáneamente comprendí todo el horror del asesinato.

—La descripción de los dedos —dije al terminar la lectura— concuerda exactamente con este dibujo. Solo un orangután, entre todos los animales existentes, es capaz de producir las marcas que aparecen en su diseño. Y el mechón de pelo coincide en un todo con el pelaje de la bestia descrita por Cuvier. De todas maneras, no alcanzo a comprender los detalles de este aterrador misterio. Además, se escucharon dos voces que disputaban y una de ellas era, sin duda, la de un francés.

—Cierto. Y recordará usted que, casi unánimemente, los testigos declararon haber oído decir a esa voz las palabras: «Mon Dieu!». Dadas las circunstancias, uno de los testigos (Montani, el confitero) acertó al sostener que la exclamación tenía un tono de reproche o reconvención. Sobre esas dos palabras, pues, he apoyado todas mis esperanzas de una solución total del enigma. 

»Un francés estuvo al tanto del asesinato. Es posible —e incluso muy probable— que fuera inocente de toda participación en el sangriento episodio. El orangután pudo habérsele escapado. Quizá siguió sus huellas hasta la habitación; pero, dadas las terribles circunstancias que se sucedieron, le fue imposible capturarlo otra vez. El animal anda todavía suelto. 

»No continuaré con estas conjeturas (pues no tengo derecho a darles otro nombre), ya que las sombras de reflexión que les sirven de base poseen apenas suficiente profundidad para ser alcanzadas por mi intelecto, y no pretenderé mostrarlas con claridad a la inteligencia de otra persona. Las llamaremos conjeturas, pues, y nos referiremos a ellas como tales. Si el francés en cuestión es, como lo supongo, inocente de tal atrocidad, este aviso que dejé anoche cuando volvíamos a casa en las oficinas de Le Monde (un diario consagrado a cuestiones marítimas y muy leído por los navegantes) lo hará acudir a nuestra casa.

Me alcanzó un papel, donde leí:
 

 CAPTURADO.—En el Bois de Boulogne, en la mañana del... (la mañana del asesinato), se ha capturado un gran orangután leonado de la especie de Borneo. Su dueño (de quien se sabe que es un marinero perteneciente a un barco maltés) puede reclamarlo, previa identificación satisfactoria y pago de los gastos resultantes de su captura y cuidado. Presentarse al número... calle... Faubourg Saint-Germain... tercer piso.

—Pero, ¿cómo es posible —pregunté— que sepa usted que el hombre es un marinero y que pertenece a un barco maltés?

—No lo sé —dijo Dupin— y no estoy seguro de ello. Pero he aquí un trocito de cinta que, a juzgar por su forma y su grasienta condición, debió de ser usado para atar el pelo en una de esas largas queues de que tan orgullosos se muestran los marineros. Además, el nudo pertenece a esa clase que pocas personas son capaces de hacer, salvo los marinos, y es característico de los malteses. 

»Encontré esta cinta al pie de la varilla del pararrayos. Imposible que perteneciera a una de las víctimas. De todos modos, si me equivoco al deducir de la cinta que el francés era un marinero perteneciente a un barco maltés, no he causado ningún daño al estamparlo en el aviso. Si me equivoco, el hombre pensará que me he confundido por alguna razón que no se tomará el trabajo de averiguar. 

»Pero si estoy en lo cierto, hay mucho ganado. Conocedor, aunque inocente de los asesinatos, el francés vacilará, como es natural, antes de responder al aviso y reclamar el orangután. He aquí cómo razonará: «Soy inocente y pobre; mi orangután es muy valioso y para un hombre como yo representa una verdadera fortuna. ¿Por qué perderlo a causa de una tonta aprensión? Está ahí, a mi alcance. Lo han encontrado en el Bois de Boulogne, a mucha distancia de la escena del crimen. ¿Cómo podría sospechar alguien que ese animal es el culpable? 

»La policía está desorientada y no ha podido encontrar la más pequeña huella. Si llegaran a seguir la pista del mono, les será imposible probar que supe algo de los crímenes o echarme alguna culpa como testigo de ellos. Además, soy conocido. El redactor del aviso me designa como dueño del animal. Ignoro hasta dónde llega su conocimiento. Si renuncio a reclamar algo de tanto valor, que se sabe de mi pertenencia, las sospechas recaerán, por lo menos, sobre el animal. Contestaré al aviso, recobraré el orangután y lo tendré encerrado hasta que no se hable más del asunto».

En ese momento oímos pasos en la escalera.

—Prepare las pistolas —dijo Dupin—, pero no las use ni las exhiba hasta que le haga una seña.

La puerta de entrada de la casa había quedado abierta y el visitante había entrado sin llamar, subiendo algunos peldaños de la escalera. Pero, de pronto, pareció vacilar y lo oímos bajar. Dupin corría ya a la puerta cuando advertimos que volvía a subir. Esta vez no vaciló, sino que, luego de trepar decididamente la escalera, golpeó en nuestra puerta.

—¡Adelante! —dijo Dupin con voz cordial y alegre.

El hombre que entró era, con toda evidencia, un marino, alto, robusto y musculoso, con un semblante en el que cierta expresión audaz no resultaba desagradable. Su rostro, muy atezado, aparecía en gran parte oculto por las patillas y los bigotes. Traía consigo un grueso bastón de roble, pero al parecer esa era su única arma. Inclinóse torpemente, dándonos las buenas noches en francés; a pesar de un cierto acento suizo de Neuchâtel, se veía que era de origen parisiense.

—Siéntese usted, amigo mío —dijo Dupin—. Supongo que viene en busca del orangután. Palabra, se lo envidio un poco; es un magnífico animal, que presumo debe de tener gran valor. ¿Qué edad le calcula usted?

El marinero respiró profundamente, con el aire de quien se siente aliviado de un peso intolerable, y contestó con tono reposado:

—No podría decirlo, pero no tiene más de cuatro o cinco años. ¿Lo guarda usted aquí?

—¡Oh, no! Carecemos de lugar adecuado. Está en una caballeriza de la rue Dubourg, cerca de aquí. Podría usted llevárselo mañana por la mañana. Supongo que estará en condiciones de probar su derecho de propiedad.

—Por supuesto que sí, señor.

—Lamentaré separarme de él —dijo Dupin.

—No quisiera que usted se hubiese molestado por nada —declaró el marinero—. Estoy dispuesto a pagar una recompensa por el hallazgo del animal. Una suma razonable, se entiende.

—Pues bien —repuso mi amigo—, eso me parece muy justo. Déjeme pensar: ¿qué le pediré? ¡Ah, ya sé! He aquí cuál será mi recompensa: me contará usted todo lo que sabe sobre esos crímenes en la rue Morgue.

Dupin pronunció las últimas palabras en voz muy baja y con gran tranquilidad. Después, con igual calma, fue hacia la puerta, la cerró y guardó la llave en el bolsillo. Sacando luego una pistola, la puso sin la menor prisa sobre la mesa.

El rostro del marinero enrojeció como si un acceso de sofocación se hubiera apoderado de él. Levantándose, aferró su bastón, pero un segundo después se dejó caer de nuevo en el asiento, temblando violentamente y pálido como la muerte. No dijo una palabra. Lo compadecí desde lo más profundo de mi corazón.

—Amigo mío, se está usted alarmando sin necesidad —dijo cordialmente Dupin—. Le aseguro que no tenemos intención de causarle el menor daño. Lejos de nosotros querer perjudicarlo: le doy mi palabra de caballero y de francés. Estoy perfectamente enterado de que es usted inocente de las atrocidades de la rue Morgue. Pero sería inútil negar que, en cierto modo, se halla implicado en ellas. Fundándose en lo que le he dicho, supondrá que poseo medios de información sobre este asunto, medios que le sería imposible imaginar. 

»El caso se plantea de la siguiente manera: usted no ha cometido nada que no debiera haber cometido, nada que lo haga culpable. Ni siquiera se le puede acusar de robo, cosa que pudo llevar a cabo impunemente. No tiene nada que ocultar ni razón para hacerlo. Por otra parte, el honor más elemental lo obliga a confesar todo lo que sabe. Hay un hombre inocente en la cárcel, acusado de un crimen cuyo perpetrador puede usted denunciar.

Mientras Dupin pronunciaba estas palabras, el marinero había recobrado en buena parte su compostura, aunque su aire decidido del comienzo habíase desvanecido por completo.

—¡Dios venga en mi ayuda! —dijo, después de una pausa—. Sí, le diré todo lo que sé sobre este asunto, aunque no espero que crea ni la mitad de lo que voy a contarle... ¡Estaría loco si pensara que van a creerme! Y, sin embargo, soy inocente, y lo confesaré todo aunque me cueste la vida.

En sustancia, lo que nos dijo fue lo siguiente: poco tiempo atrás, había hecho un viaje al archipiélago índico. Un grupo del que formaba parte desembarcó en Borneo y penetró en el interior a fin de hacer una excursión placentera. Entre él y un compañero capturaron al orangután. Como su compañero falleciera, quedó dueño único del animal. 

Después de considerables dificultades, ocasionadas por la indomable ferocidad de su cautivo durante el viaje de vuelta, logró finalmente encerrarlo en su casa de París, donde, para aislarlo de la incómoda curiosidad de sus vecinos, lo mantenía cuidadosamente recluido, mientras el animal curaba de una herida en la pata que se había hecho con una astilla a bordo del buque. Una vez curado, el marinero estaba dispuesto a venderlo.

Una noche, o más bien una madrugada, en que volvía de una pequeña juerga de marineros, nuestro hombre se encontró con que el orangután había penetrado en su dormitorio, luego de escaparse de la habitación contigua donde su captor había creído tenerlo sólidamente encerrado. Navaja en mano y embadurnado de jabón, habíase sentado frente a un espejo y trataba de afeitarse, tal como, sin duda, había visto hacer a su amo espiándolo por el ojo de la cerradura. 

Aterrado al ver arma tan peligrosa en manos de un animal que, en su ferocidad, era harto capaz de utilizarla, el marinero se quedó un instante sin saber qué hacer. Por lo regular, lograba contener al animal, aun en sus arrebatos más terribles, con ayuda de un látigo, y pensó acudir otra vez a ese recurso. Pero al verlo, el orangután se lanzó de un salto a la puerta, bajó las escaleras y, desde ellas, saltando por una ventana que desgraciadamente estaba abierta, se dejó caer a la calle.

Desesperado, el francés se precipitó en su seguimiento. Navaja en mano, el mono se detenía para mirar y hacer muecas a su perseguidor, dejándolo acercarse casi hasta su lado. Entonces echaba a correr otra vez. Siguió así la caza durante largo tiempo. Las calles estaban profundamente tranquilas, pues eran casi las tres de la madrugada. 

Al atravesar el pasaje de los fondos de la rue Morgue, la atención del fugitivo se vio atraída por la luz que salía de la ventana abierta del aposento de madame L’Espanaye, en el cuarto piso de su casa. Precipitándose hacia el edificio, descubrió la varilla del pararrayos, trepó por ella con inconcebible agilidad, aferró la persiana que se hallaba completamente abierta y pegada a la pared, y en esta forma se lanzó hacia adelante hasta caer sobre la cabecera de la cama. Todo esto había ocurrido en menos de un minuto. Al saltar en la habitación, las patas del orangután rechazaron nuevamente la persiana, la cual quedó abierta.

El marinero, a todo esto, se sentía tranquilo y preocupado al mismo tiempo. Renacían sus esperanzas de volver a capturar a la bestia, ya que le sería difícil escapar de la trampa en que acababa de meterse, salvo que bajara otra vez por el pararrayos, ocasión en que sería posible atraparlo. Por otra parte, se sentía ansioso al pensar en lo que podría estar haciendo en la casa. Esta última reflexión indujo al hombre a seguir al fugitivo. 

Para un marinero no hay dificultad en trepar por una varilla de pararrayos; pero, cuando hubo llegado a la altura de la ventana, que quedaba muy alejada a su izquierda, no pudo seguir adelante; lo más que alcanzó fue a echarse a un lado para observar el interior del aposento. Apenas hubo mirado, estuvo a punto de caer a causa del horror que lo sobrecogió. 

Fue en ese momento cuando empezaron los espantosos alaridos que arrancaron de su sueño a los vecinos de la rue Morgue. Madame L’Espanaye y su hija, vestidas con sus camisones de dormir, habían estado aparentemente ocupadas en arreglar algunos papeles en la caja fuerte ya mencionada, la cual había sido corrida al centro del cuarto. 

Hallábase abierta, y a su lado, en el suelo, los papeles que contenía. Las víctimas debían de haber estado sentadas dando la espalda a la ventana, y, a juzgar por el tiempo transcurrido entre la entrada de la bestia y los gritos, parecía probable que en un primer momento no hubieran advertido su presencia. El golpear de la persiana pudo ser atribuido por ellas al viento.

En el momento en que el marinero miró hacia el interior del cuarto, el gigantesco animal había aferrado a madame L’Espanaye por el cabello (que la dama tenía suelto, como si se hubiera estado peinando) y agitaba la navaja cerca de su cara imitando los movimientos de un barbero. La hija yacía postrada e inmóvil, víctima de un desmayo. 

Los gritos y los esfuerzos de la anciana señora, durante los cuales le fueron arrancados los mechones de la cabeza, tuvieron por efecto convertir los propósitos probablemente pacíficos del orangután en otros llenos de furor. Con un solo golpe de su musculoso brazo separó casi completamente la cabeza del cuerpo de la víctima. La vista de la sangre transformó su cólera en frenesí. 

Rechinando los dientes y echando fuego por los ojos, saltó sobre el cuerpo de la joven y, hundiéndole las terribles garras en la garganta, las mantuvo así hasta que hubo expirado. Las furiosas miradas de la bestia cayeron entonces sobre la cabecera del lecho, sobre el cual el rostro de su amo, paralizado por el horror, alcanzaba apenas a divisarse. La furia del orangután, que, sin duda, no olvidaba el temido látigo, se cambió instantáneamente en miedo. 

Seguro de haber merecido un castigo, pareció deseoso de ocultar sus sangrientas acciones, y se lanzó por el cuarto lleno de nerviosa agitación, echando abajo y rompiendo los muebles a cada salto y arrancando el lecho de su bastidor. Finalmente se apoderó del cadáver de mademoiselle L’Espanaye y lo metió en el cañón de la chimenea, tal como fue encontrado luego, tomó luego el de la anciana y lo tiró de cabeza por la ventana.

En momentos en que el mono se acercaba a la ventana con su mutilada carga, el marinero se echó aterrorizado hacia atrás y, deslizándose sin precaución alguna hasta el suelo, corrió inmediatamente a su casa, temeroso de las consecuencias de semejante atrocidad y olvidando en su terror toda preocupación por la suerte del orangután. Las palabras que los testigos oyeron en la escalera fueron las exclamaciones de espanto del francés, mezcladas con los diabólicos sonidos que profería la bestia.

Poco me queda por agregar. El orangután debió de escapar por la varilla del pararrayos un segundo antes de que la puerta fuera forzada. Sin duda, cerró la ventana a su paso. Más tarde fue capturado por su mismo dueño, quien lo vendió al Jardin des Plantes en una elevada suma.

Lebon fue puesto en libertad inmediatamente después que hubimos narrado todas las circunstancias del caso —con algunos comentarios por parte de Dupin— en el bureau del prefecto de policía. Este funcionario, aunque muy bien dispuesto hacia mi amigo, no pudo ocultar del todo el fastidio que le producía el giro que había tomado el asunto, y deslizó uno o dos sarcasmos sobre la conveniencia de que cada uno se ocupara de sus propios asuntos.

—Déjelo usted hablar —me dijo Dupin, que no se había molestado en replicarle—. Deje que se desahogue; eso aliviará su conciencia. Me doy por satisfecho con haberlo derrotado en su propio terreno. De todos modos, el hecho de que haya fracasado en la solución del misterio no es ninguna razón para asombrarse; en verdad, nuestro amigo el prefecto es demasiado astuto para ser profundo. No hay fibra en su ciencia: mucha cabeza y nada de cuerpo, como las imágenes de la diosa Laverna, o, a lo sumo, mucha cabeza y lomos, como un bacalao. Pero después de todo es un buen hombre. Lo estimo especialmente por cierta forma maestra de gazmoñería, a la cual debe su reputación. Me refiero a la manera que tiene de nier ce qui est, et d’expliquer ce qui n’est pas.


 

Los crímenes de la calle Morgue - Edgar Allan Poe (Parte 3)

 He dicho ya que sus caprichos eran muchos y variados, y que je les ménageais (pues no hay traducción posible de la frase). En esta oportunidad Dupin rehusó toda conversación vinculada con los asesinatos, hasta el día siguiente a mediodía. Entonces, súbitamente, me preguntó si había observado alguna cosa peculiar en el escenario de aquellas atrocidades.

Algo había en su manera de acentuar la palabra, que me hizo estremecer sin que pudiera decir por qué.

—No, nada peculiar —dije—. Por lo menos, nada que no hayamos encontrado ya referido en el diario.

—Me temo —repuso Dupin— que la Gazette no haya penetrado en el insólito horror de este asunto. Pero dejemos de lado las vanas opiniones de ese diario. Tengo la impresión de que se considera insoluble este misterio por las mismísimas razones que deberían inducir a considerarlo fácilmente solucionable; me refiero a lo excesivo, a lo outré de sus características. 

»La policía se muestra confundida por la aparente falta de móvil, y no por el asesinato en sí, sino por su atrocidad. Está asimismo perpleja por la aparente imposibilidad de conciliar las voces que se oyeron disputando, con el hecho de que en lo alto solo se encontró a la difunta mademoiselle L’Espanaye, aparte de que era imposible escapar de la casa sin que el grupo que ascendía la escalera lo notara. 

»El salvaje desorden del aposento; el cadáver metido, cabeza abajo, en la chimenea; la espantosa mutilación del cuerpo de la anciana, son elementos que, junto con los ya mencionados y otros que no necesito mencionar, han bastado para paralizar la acción de los investigadores policiales y confundir por completo su tan alabada perspicacia. Han caído en el grueso pero común error de confundir lo insólito con lo abstruso. 

»Pero, justamente a través de esas desviaciones del plano ordinario de las cosas, la razón se abrirá paso, si ello es posible, en la búsqueda de la verdad. En investigaciones como la que ahora efectuamos no debería preguntarse tanto «qué ha ocurrido», como «qué hay en lo ocurrido que no se parezca a nada ocurrido anteriormente». En una palabra, la facilidad con la cual llegaré o he llegado a la solución de este misterio se halla en razón directa de su aparente insolubilidad a ojos de la policía.

Me quedé mirando a mi amigo con silenciosa estupefacción.

—Estoy esperando ahora —continuó Dupin, mirando hacia la puerta de nuestra habitación— a alguien que, si bien no es el perpetrador de esas carnicerías, debe de haberse visto envuelto de alguna manera en su ejecución. Es probable que sea inocente de la parte más horrible de los crímenes. 

»Confío en que mi suposición sea acertada, pues en ella se apoya toda mi esperanza de descifrar completamente el enigma. Espero la llegada de ese hombre en cualquier momento... y en esta habitación. Cierto que puede no venir, pero lo más probable es que llegue. Si así fuera, habrá que retenerlo. He ahí unas pistolas; los dos sabemos lo que se puede hacer con ellas cuando la ocasión se presenta.

Tomé las pistolas, sabiendo apenas lo que hacía y, sin poder creer lo que estaba oyendo, mientras Dupin, como si monologara, continuaba sus reflexiones. Ya he mencionado su actitud abstraída en esos momentos. Sus palabras se dirigían a mí, pero su voz, aunque no era forzada, tenía esa entonación que se emplea habitualmente para dirigirse a alguien que se halla muy lejos. Sus ojos, privados de expresión, solo miraban la pared.

—Las voces que disputaban y fueron oídas por el grupo que trepaba la escalera —dijo— no eran las de las dos mujeres, como ha sido bien probado por los testigos. Con esto queda eliminada toda posibilidad de que la anciana señora haya matado a su hija, suicidándose posteriormente. Menciono esto por razones metódicas, ya que la fuerza de madame de L’Espanaye hubiera sido por completo insuficiente para introducir el cuerpo de su hija en la chimenea, tal como fue encontrado, amén de que la naturaleza de las heridas observadas en su cadáver excluye toda idea de suicidio. 

»El asesinato, pues, fue cometido por terceros, y a estos pertenecían las voces que se escucharon mientras disputaban. Permítame ahora llamarle la atención, no sobre las declaraciones referentes a dichas voces, sino a algo peculiar en esas declaraciones. ¿No lo advirtió usted?

Hice notar que, mientras todos los testigos coincidían en que la voz más ruda debía ser la de un francés, existían grandes desacuerdos sobre la voz más aguda o —como la calificó uno de ellos— la voz áspera.

—Tal es el testimonio en sí —dijo Dupin—, pero no su peculiaridad. Usted no ha observado nada característico. Y, sin embargo, había algo que observar. Como bien ha dicho, los testigos coinciden sobre la voz ruda. Pero, con respecto a la voz aguda, la peculiaridad no consiste en que estén en desacuerdo, sino en que un italiano, un inglés, un español, un holandés y un francés han tratado de describirla, y cada uno de ellos se ha referido a una voz extranjera. Cada uno de ellos está seguro de que no se trata de la voz de un compatriota. 

»Cada uno la vincula, no a la voz de una persona perteneciente a una nación cuyo idioma conoce, sino a la inversa. El francés supone que es la voz de un español, y agrega que «podría haber distinguido algunas palabras si hubiera sabido español». El holandés sostiene que se trata de un francés, pero nos enteramos de que, como no habla francés, testimonió mediante un intérprete. El inglés piensa que se trata de la voz de un alemán, pero el testigo no comprende el alemán. El español «está seguro» de que se trata de un inglés, pero «juzga basándose en la entonación», ya que no comprende el inglés. El italiano cree que es la voz de un ruso, pero nunca habló con un nativo de Rusia

»Un segundo testigo francés difiere del primero y está seguro de que se trata de la voz de un italiano. No está familiarizado con la lengua italiana, pero al igual que el español, «está convencido por la entonación». Ahora bien: ¡cuán extrañamente insólita tiene que haber sido esa voz para que pudieran reunirse semejantes testimonios! ¡Una voz en cuyos tonos los ciudadanos de las cinco grandes divisiones de Europa no pudieran reconocer nada familiar! 

»Me dirá usted que podía tratarse de la voz de un asiático o un africano. Ni unos ni otros abundan en París, pero, sin negar esa posibilidad, me limitaré a llamarle la atención sobre tres puntos. Un testigo califica la voz de «áspera, más que aguda». Otros dos señalan que era «precipitada y desigual». Ninguno de los testigos se refirió a palabras reconocibles, a sonidos que parecieran palabras.

»No sé —continuó Dupin— la impresión que pudo haber causado hasta ahora en su entendimiento, pero no vacilo en decir que cabe extraer deducciones legítimas de esta parte del testimonio —la que se refiere a las voces ruda y aguda—, suficientes para crear una sospecha que debe de orientar todos los pasos futuros de la investigación del misterio. 

»Digo «deducciones legítimas», sin expresar plenamente lo que pienso. Quiero dar a entender que las deducciones son las únicas que corresponden, y que la sospecha surge inevitablemente como resultado de las mismas. No le diré todavía cuál es esta sospecha. Pero tenga presente que, por lo que a mí se refiere, bastó para dar forma definida y tendencia determinada a mis investigaciones en el lugar del hecho.

»Transportémonos ahora con la fantasía a esa habitación. ¿Qué buscaremos en primer lugar? Los medios de evasión empleados por los asesinos. Supongo que bien puedo decir que ninguno de los dos cree en acontecimientos sobrenaturales. Madame y mademoiselle L’Espanaye no fueron asesinadas por espíritus. Los autores del hecho eran de carne y hueso, y escaparon por medios materiales. ¿Cómo, pues? 

»Afortunadamente, solo hay una manera de razonar sobre este punto, y esa manera debe conducirnos a una conclusión definida. Examinemos uno por uno los posibles medios de escape. Resulta evidente que los asesinos se hallaban en el cuarto donde se encontró a mademoiselle L’Espanaye, o por lo menos en la pieza contigua, en momentos en que el grupo subía las escaleras. Vale decir que debemos buscar las salidas en esos dos aposentos. 

»La policía ha levantado los pisos, los techos y la mampostería de las paredes en todas direcciones. Ninguna salida secreta pudo escapar a sus observaciones. Pero como no me fío de sus ojos, miré el lugar con los míos. Efectivamente, no había salidas secretas. Las dos puertas que comunican las habitaciones con el corredor estaban bien cerradas, con las llaves por dentro. Veamos ahora las chimeneas. 

»Aunque de diámetro ordinario en los primeros ocho o diez pies por encima de los hogares, los tubos no permitirían más arriba el paso del cuerpo de un gato grande. Quedando así establecida la total imposibilidad de escape por las vías mencionadas nos vemos reducidos a las ventanas. Nadie podría haber huido por la del cuarto delantero, ya que la muchedumbre reunida lo hubiese visto. 

»Los asesinos tienen que haber pasado, pues, por las de la pieza trasera. Llevados a esta conclusión de manera tan inequívoca, no nos corresponde, en nuestra calidad de razonadores, rechazarla por su aparente imposibilidad. Lo único que cabe hacer es probar que esas aparentes «imposibilidades» no son tales en realidad.

»Hay dos ventanas en el aposento. Contra una de ellas no hay ningún mueble que la obstruya, y es claramente visible. La porción inferior de la otra queda oculta por la cabecera del pesado lecho, que ha sido arrimado a ella. La primera ventana apareció firmemente asegurada desde dentro. Resistió los más violentos esfuerzos de quienes trataron de levantarla. 

»En el marco, a la izquierda, había una gran perforación de barreno, y en ella un solidísimo clavo hundido casi hasta la cabeza. Al examinar la otra ventana se vio que había un clavo colocado en forma similar; todos los esfuerzos por levantarla fueron igualmente inútiles. La policía, pues, se sintió plenamente segura de que la huida no se había producido por ese lado. Y, por tanto, consideró superfluo extraer los clavos y abrir las ventanas.

»Mi examen fue algo más detallado, y eso por la razón que acabo de darle: allí era el caso de probar que todas las aparentes imposibilidades no eran tales en realidad.

»Seguí razonando en la siguiente forma... a posteriori. Los asesinos escaparon desde una de esas ventanas. Por tanto, no pudieron asegurar nuevamente los marcos desde el interior, tal como fueron encontrados (consideración que, dado lo obvio de su carácter, interrumpió la búsqueda de la policía en ese terreno). Los marcos estaban asegurados. Es necesario, pues, que tengan una manera de asegurarse por sí mismos. 

»La conclusión no admitía escapatoria. Me acerqué a la ventana que tenía libre acceso, extraje con alguna dificultad el clavo y traté de levantar el marco. Tal como lo había anticipado, resistió a todos mis esfuerzos. Comprendí entonces que debía de haber algún resorte oculto, y la corroboración de esta idea me convenció de que por lo menos mis premisas eran correctas, aunque el detalle referente a los clavos continuara siendo misterioso. Un examen detallado no tardó en revelarme el resorte secreto. Lo oprimí y, satisfecho de mi descubrimiento, me abstuve de levantar el marco.

»Volví a poner el clavo en su sitio y lo observé atentamente. Una persona que escapa por la ventana podía haberla cerrado nuevamente, y el resorte habría asegurado el marco. Pero, ¿cómo reponer el clavo? La conclusión era evidente y estrechaba una vez más el campo de mis investigaciones. Los asesinos tenían que haber escapado por la otra ventana. 

»Suponiendo, pues, que los resortes fueran idénticos en las dos ventanas, como parecía probable, necesariamente tenía que haber una diferencia entre los clavos, o por lo menos en su manera de estar colocados. Trepando al armazón de la cama, miré minuciosamente el marco de sostén de la segunda ventana. Pasé la mano por la parte posterior, descubriendo en seguida el resorte que, tal como había supuesto, era idéntico a su vecino. Miré luego el clavo. Era tan sólido como el otro y aparentemente estaba fijo de la misma manera y hundido casi hasta la cabeza.

»Pensará usted que me sentí perplejo, pero si así fuera no ha comprendido la naturaleza de mis inducciones. Para usar una frase deportiva, hasta entonces no había cometido falta. No había perdido la pista un solo instante. Los eslabones de la cadena no tenían ninguna falla. Había perseguido el secreto hasta su última conclusión: y esa conclusión era el clavo

»Ya he dicho que tenía todas las apariencias de su vecino de la otra ventana; pero el hecho, por más concluyente que pareciera, resultaba de una absoluta nulidad comparado con la consideración de que allí, en ese punto, se acababa el hilo conductor. «Tiene que haber algo defectuoso en el clavo», pensé. Al tocarlo, su cabeza quedó entre mis dedos juntamente con un cuarto de pulgada de la espiga. El resto de la espiga se hallaba dentro del agujero, donde se había roto. 

»
La fractura era muy antigua, pues los bordes aparecían herrumbrados, y parecía haber sido hecho de un martillazo, que había hundido parcialmente la cabeza del clavo en el marco inferior de la ventana. Volví a colocar cuidadosamente la parte de la cabeza en el lugar de donde la había sacado, y vi que el clavo daba la exacta impresión de estar entero; la fisura resultaba invisible. Apretando el resorte, levanté ligeramente el marco; la cabeza del clavo subió con él, sin moverse de su lecho. Cerré la ventana, y el clavo dio otra vez la impresión de estar dentro.

»Hasta ahora, el enigma quedaba explicado. El asesino había huido por la ventana que daba a la cabecera del lecho. Cerrándose por sí misma (o quizá ex profeso) la ventana había quedado asegurada por su resorte. Y la resistencia ofrecida por este había inducido a la policía a suponer que se trataba del clavo, dejando así de lado toda investigación suplementaria.

»La segunda cuestión consiste en el modo del descenso. Mi paseo con usted por la parte trasera de la casa me satisfizo al respecto. A unos cinco pies y medio de la ventana en cuestión corre una varilla de pararrayos. Desde esa varilla hubiera resultado imposible alcanzar la ventana, y mucho menos introducirse por ella. 

»Observé, sin embargo, que las persianas del cuarto piso pertenecen a esa curiosa especie que los carpinteros parisienses denominan ferrades; es un tipo rara vez empleado en la actualidad, pero que se ve con frecuencia en casas muy viejas de Lyon y Bordeaux. Se las fabrica como una puerta ordinaria (de una sola hoja, y no de doble batiente), con la diferencia de que la parte inferior tiene celosías o tablillas que ofrecen excelente asidero para las manos. En este caso las persianas alcanzan un ancho de tres pies y medio. 

»Cuando las vimos desde la parte posterior de la casa, ambas estaban entornadas, es decir, en ángulo recto con relación a la pared. Es probable que también los policías hayan examinado los fondos del edificio; pero, si así lo hicieron, miraron las ferrades en el ángulo indicado, sin darse cuenta de su gran anchura; por lo menos no la tomaron en cuenta. Sin duda, seguros de que por esa parte era imposible toda fuga, se limitaron a un examen muy sumario. 

»Para mí, sin embargo, era claro que si se abría del todo la persiana correspondiente a la ventana situada sobre el lecho, su borde quedaría a unos dos pies de la varilla del pararrayos. También era evidente que, desplegando tanta agilidad como coraje, se podía llegar hasta la ventana trepando por la varilla. Estirándose hasta una distancia de dos pies y medio (ya que suponemos la persiana enteramente abierta), un ladrón habría podido sujetarse firmemente de las tablillas de la celosía. 

»Abandonando entonces su sostén en la varilla, afirmando los pies en la pared y lanzándose vigorosamente hacia adelante habría podido hacer girar la persiana hasta que se cerrara; si suponemos que la ventana estaba abierta en este momento, habría logrado entrar así en la habitación.

»Le pido que tenga especialmente en cuenta que me refiero a un insólito grado de vigor, capaz de llevar a cabo una hazaña tan azarosa y difícil. Mi intención consiste en demostrarle, primeramente, que el hecho pudo ser llevado a cabo; pero, en segundo lugar, y muy especialmente, insisto en llamar su atención sobre el carácter extraordinario, casi sobrenatural, de ese vigor capaz de cosa semejante.

»Usando términos judiciales, usted me dirá sin duda que para «redondear mi caso» debería subestimar y no poner de tal modo en evidencia la agilidad que se requiere para dicha proeza. Pero la práctica de los tribunales no es la de la razón. Mi objetivo final es tan solo la verdad. Y mi propósito inmediato consiste en inducirlo a que yuxtaponga la insólita agilidad que he mencionado a esa voz tan extrañamente aguda (o áspera) y desigual sobre cuya nacionalidad no pudieron ponerse de acuerdo los testigos y en cuyos acentos no se logró distinguir ningún vocablo articulado.

Al oír estas palabras pasó por mi mente una vaga e informe concepción de lo que quería significar Dupin. Me pareció estar a punto de entender, pero sin llegar a la comprensión, así como a veces nos hallamos a punto de recordar algo que finalmente no se concreta. Pero mi amigo seguía hablando.

—Habrá notado usted —dijo— que he pasado de la cuestión de la salida de la casa a la del modo de entrar en ella. Era mi intención mostrar que ambas cosas se cumplieron en la misma forma y en el mismo lugar. Volvamos ahora al interior del cuarto y examinemos lo que allí aparece. Se ha dicho que los cajones de la cómoda habían sido saqueados, aunque quedaron en ellos numerosas prendas. Esta conclusión es absurda. No pasa de una simple conjetura, bastante tonta por lo demás. ¿Cómo podemos asegurar que las ropas halladas en los cajones no eran las que estos contenían habitualmente? 

»Madame L’Espanaye y su hija llevaban una vida muy retirada, no veían a nadie, salían raras veces, y pocas ocasiones se les presentaban de cambiar de tocado. Lo que se encontró en los cajones era de tan buena calidad como cualquiera de los efectos que poseían las damas. Si un ladrón se llevó una parte, ¿por qué no tomó lo mejor... por qué no se llevó todo? En una palabra: ¿por qué abandonó cuatro mil francos en oro, para cargarse con un hato de ropa? El oro fue abandonado. 

»La suma mencionada por monsieur Mignaud, el banquero, apareció en su casi totalidad en los sacos tirados por el suelo. Le pido, por tanto, que descarte de sus pensamientos la desatinada idea de un móvil, nacida en el cerebro de los policías por esa parte del testimonio que se refiere al dinero entregado en la puerta de la casa. Coincidencias diez veces más notables que esta (la entrega del dinero y el asesinato de sus poseedores tres días más tarde) ocurren a cada hora de nuestras vidas sin que nos preocupemos por ellas. 

»En general, las coincidencias son grandes obstáculos en el camino de esos pensadores que todo lo ignoran de la teoría de las probabilidades, esa teoría a la cual los objetivos más eminentes de la investigación humana deben los más altos ejemplos. En esta instancia, si el oro hubiese sido robado, el hecho de que la suma hubiese sido entregada tres días antes habría constituido algo más que una coincidencia. Antes bien, hubiera corroborado la noción de un móvil. 

»Pero, dadas las verdaderas circunstancias del caso, si hemos de suponer que el oro era el móvil del crimen, tenemos entonces que admitir que su perpetrador era lo bastante indeciso y lo bastante estúpido como para olvidar el oro y el móvil al mismo tiempo.

»Teniendo, pues, presentes los puntos sobre los cuales he llamado su atención —la voz singular, la insólita agilidad y la sorprendente falta de móvil en un asesinato tan atroz como este—, echemos una ojeada a la carnicería en sí. Estamos ante una mujer estrangulada por la presión de unas manos e introducida en el cañón de la chimenea con la cabeza hacia abajo. 

»Los asesinos ordinarios no emplean semejantes métodos. Y mucho menos esconden al asesinado en esa forma. En el hecho de introducir el cadáver en la chimenea admitirá usted que hay algo excesivamente inmoderado, algo por completo inconciliable con nuestras nociones sobre los actos humanos, incluso si suponemos que su autor es el más depravado de los hombres. Piense, asimismo, en la fuerza prodigiosa que hizo falta para introducir el cuerpo hacia arriba, cuando para hacerlo descender fue necesario el concurso de varias personas.

»Volvámonos ahora a las restantes señales que pudo dejar ese maravilloso vigor. En el hogar de la chimenea se hallaron espesos (muy espesos) mechones de cabello humano canoso. Habían sido arrancados de raíz. Bien sabe usted la fuerza que se requiere para arrancar en esa forma veinte o treinta cabellos. Y además vio los mechones en cuestión tan bien como yo. Sus raíces (cosa horrible) mostraban pedazos del cuero cabelludo, prueba evidente de la prodigiosa fuerza ejercida para arrancar quizá medio millón de cabellos de un tirón. 

»La garganta de la anciana señora no solamente estaba cortada, sino que la cabeza había quedado completamente separada del cuerpo; el instrumento era una simple navaja. Lo invito a considerar la brutal ferocidad de estas acciones. No diré nada de las contusiones que presentaba el cuerpo de madame L’Espanaye. Monsieur Dumas y su valioso ayudante, monsieur Etienne, han decidido que fueron producidas por un instrumento contundente, y hasta ahí la opinión de dichos caballeros es muy correcta. 

»El instrumento contundente fue evidentemente el pavimento de piedra del patio, sobre el cual cayó la víctima desde la ventana que da sobre la cama. Por simple que sea, esto escapó a la policía por la misma razón que se les escapó el ancho de las persianas: frente a la presencia de clavos se quedaron ciegos ante la posibilidad de que las ventanas hubieran sido abiertas alguna vez.

»Si ahora, en adición a estas cosas, ha reflexionado usted adecuadamente sobre el extraño desorden del aposento, hemos llegado al punto de poder combinar las nociones de una asombrosa agilidad, una fuerza sobrehumana, una ferocidad brutal, una carnicería sin motivo, una grotesquerie en el horror por completo ajeno a lo humano, y una voz de tono extranjero para los oídos de hombres de distintas nacionalidades y privada de todo silabeo inteligible. ¿Qué resultado obtenemos? ¿Qué impresión he producido en su imaginación?

Al escuchar las preguntas de Dupin sentí que un estremecimiento recorría mi cuerpo.

—Un maníaco es el autor del crimen —dije—. Un loco furioso escapado de alguna maison de santé de la vecindad.

—En cierto sentido —dijo Dupin—, su idea no es inaplicable. Pero, aun en sus más salvajes paroxismos, las voces de los locos jamás coinciden con esa extraña voz escuchada en lo alto. Los locos pertenecen a alguna nación, y, por más incoherentes que sean sus palabras, tienen, sin embargo, la coherencia del silabeo. Además, el cabello de un loco no es como el que ahora tengo en la mano. Arranqué este pequeño mechón de entre los dedos rígidamente apretados de *madame* L’Espanaye. ¿Puede decirme qué piensa de ellos?

—¡Dupin... este cabello es absolutamente extraordinario...! ¡No es cabello humano! —grité, trastornado por completo.

—No he dicho que lo fuera —repuso mi amigo—. Pero antes de que resolvamos este punto, le ruego que mire el bosquejo que he trazado en este papel. Es un facsímil de lo que en una parte de las declaraciones de los testigos se describió como «contusiones negruzcas, y profundas huellas de uñas» en la garganta de mademoiselle L’Espanaye, y en otra (declaración de los señores Dumas y Etienne) como «una serie de manchas lívidas que, evidentemente, resultaban de la presión de unos dedos».

»Notará usted —continuó mi amigo, mientras desplegaba el papel— que este diseño indica una presión firme y fija. No hay señal alguna de deslizamiento. Cada dedo mantuvo (probablemente hasta la muerte de la víctima) su terrible presión en el sitio donde se hundió primero. Le ruego ahora que trate de colocar todos sus dedos a la vez en las respectivas impresiones, tal como aparecen en el dibujo.

Lo intenté sin el menor resultado.

—Quizá no estemos procediendo debidamente —dijo Dupin—. El papel es una superficie plana, mientras que la garganta humana es cilíndrica. He aquí un rodillo de madera, cuya circunferencia es aproximadamente la de una garganta. Envuélvala con el dibujo y repita el experimento.

Así lo hice, pero las dificultades eran aún mayores.

—Esta marca —dije— no es la de una mano humana.

—Lea ahora —replicó Dupin— este pasaje de Cuvier. 

 

(CONTINUARÁ...) 

Los crímenes de la calle Morgue - Edgar Allan Poe (Parte 1)

La canción que cantaban las sirenas, o el nombre que adoptó Aquiles cuando se escondió entre las mujeres, son cuestiones enigmáticas, pero que no se hallan más allá de toda conjetura.

Sir Thomas Browne


Las características de la inteligencia que suelen calificarse de analíticas son en sí mismas poco susceptibles de análisis. Solo las apreciamos a través de sus resultados. Entre otras cosas sabemos que, para aquel que las posee en alto grado, son fuente del más vivo goce


Así como el hombre robusto se complace en su destreza física y se deleita con aquellos ejercicios que reclaman la acción de sus músculos, así el analista halla su placer en esa actividad del espíritu consistente en desenredar. Goza incluso con las ocupaciones más triviales, siempre que pongan en juego su talento. Le encantan los enigmas, los acertijos, los jeroglíficos, y al solucionarlos muestra un grado de perspicacia que, para la mente ordinaria, parece sobrenatural. 

Sus resultados, frutos del método en su forma más esencial y profunda, tienen todo el aire de una intuición. La facultad de resolución se ve posiblemente muy vigorizada por el estudio de las matemáticas, y en especial por su rama más alta, que, injustamente y tan solo a causa de sus operaciones retrógradas, se denomina análisis, como si se tratara del análisis par excellence

Calcular, sin embargo, no es en sí mismo analizar. Un jugador de ajedrez, por ejemplo, efectúa lo primero sin esforzarse en lo segundo. De ahí se sigue que el ajedrez, por lo que concierne a sus efectos sobre la naturaleza de la inteligencia, es apreciado erróneamente. 

No he de escribir aquí un tratado, sino que me limito a prologar un relato un tanto singular, con algunas observaciones pasajeras; aprovecharé por eso la oportunidad para afirmar que el máximo grado de la reflexión se ve puesto a prueba por el modesto juego de damas en forma más intensa y beneficiosa que por toda la estudiada frivolidad del ajedrez. 

En este último, donde las piezas tienen movimientos diferentes y singulares, con varios y variables valores, lo que solo resulta complejo es equivocadamente confundido (error nada insólito) con lo profundo. Aquí se trata, sobre todo, de la atención. Si esta cede un solo instante, se comete un descuido que da por resultado una pérdida o la derrota. 

Como los movimientos posibles no solo son múltiples sino intrincados, las posibilidades de descuido se multiplican y, en nueve casos de cada diez, triunfa el jugador concentrado y no el más penetrante. En las damas, por el contrario, donde hay un solo movimiento y las variaciones son mínimas, las probabilidades de inadvertencia disminuyen, lo cual deja un tanto de lado a la atención, y las ventajas obtenidas por cada uno de los adversarios provienen de una perspicacia superior.

Para hablar menos abstractamente, supongamos una partida de damas en la que las piezas se reducen a cuatro y donde, como es natural, no cabe esperar el menor descuido. Obvio resulta que (si los jugadores tienen fuerza pareja) solo puede decidir la victoria algún movimiento sutil, resultado de un penetrante esfuerzo intelectual. 

Desprovisto de los recursos ordinarios, el analista penetra en el espíritu de su oponente, se identifica con él y con frecuencia alcanza a ver de una sola ojeada el único método (a veces absurdamente sencillo) por el cual puede provocar un error o precipitar a un falso cálculo.

Hace mucho que se ha reparado en el whist por su influencia sobre lo que da en llamarse la facultad del cálculo, y hombres del más excelso intelecto se han complacido en él de manera indescriptible, dejando de lado, por frívolo, al ajedrez. Sin duda alguna, nada existe en ese orden que ponga de tal modo a prueba la facultad analítica. 

El mejor ajedrecista de la cristiandad no puede ser otra cosa que el mejor ajedrecista, pero la eficiencia en el whist implica la capacidad para triunfar en todas aquellas empresas más importantes donde la mente se enfrenta con la mente. 

Cuando digo eficiencia, aludo a esa perfección en el juego que incluye la aprehensión de todas las posibilidades mediante las cuales se puede obtener legítima ventaja. Estas últimas no solo son múltiples sino multiformes, y con frecuencia yacen en capas tan profundas del pensar que el entendimiento ordinario es incapaz de alcanzarlas. 

Observar con atención equivale a recordar con claridad; en ese sentido, el ajedrecista concentrado jugará bien al whist, en tanto que las reglas de Hoyle (basadas en el mero mecanismo del juego) son comprensibles de manera general y satisfactoria. Por tanto, el hecho de tener una memoria retentiva y guiarse por «el libro» son las condiciones que por regla general se consideran como la suma del buen jugar. 

Pero la habilidad del analista se manifiesta en cuestiones que exceden los límites de las meras reglas. Silencioso, procede a acumular cantidad de observaciones y deducciones. Quizá sus compañeros hacen lo mismo, y la mayor o menor proporción de informaciones así obtenidas no reside tanto en la validez de la deducción como en la calidad de la observación. 

Lo necesario consiste en saber qué se debe observar. Nuestro jugador no se encierra en sí mismo; ni tampoco, dado que su objetivo es el juego, rechaza deducciones procedentes de elementos externos a este. 

Examina el semblante de su compañero, comparándolo cuidadosamente con el de cada uno de sus oponentes. Considera el modo con que cada uno ordena las cartas en su mano; a menudo cuenta las cartas ganadoras y las adicionales por la manera con que sus tenedores las contemplan. 

Advierte cada variación de fisonomía a medida que avanza el juego, reuniendo un capital de ideas nacidas de las diferencias de expresión correspondientes a la seguridad, la sorpresa, el triunfo o la contrariedad. 

Por la manera de levantar una baza juzga si la persona que la recoge será capaz de repetirla en el mismo palo. Reconoce la jugada fingida por la manera con que se arrojan las cartas sobre el tapete. Una palabra casual o descuidada, la caída o vuelta accidental de una carta, con la consiguiente ansiedad o negligencia en el acto de ocultarla, la cuenta de las bazas, con el orden de su disposición, el embarazo, la vacilación, el apuro o el temor... 

Todo ello proporciona a su percepción, aparentemente intuitiva, indicaciones sobre la realidad del juego. Jugadas dos o tres manos, conoce perfectamente las cartas de cada uno, y desde ese momento utiliza las propias con tanta precisión como si los otros jugadores hubieran dado vuelta a las suyas.

El poder analítico no debe confundirse con el mero ingenio, ya que si el analista es por necesidad ingenioso, con frecuencia el hombre ingenioso se muestra notablemente incapaz de analizar. La facultad constructiva o combinatoria por la cual se manifiesta habitualmente el ingenio, y a la que los frenólogos (erróneamente, a mi juicio) han asignado un órgano aparte, considerándola una facultad primordial, ha sido observada con tanta frecuencia en personas cuyo intelecto lindaba con la idiotez, que ha provocado las observaciones de los estudiosos del carácter. 

Entre el ingenio y la aptitud analítica existe una diferencia mucho mayor que entre la fantasía y la imaginación, pero de naturaleza estrictamente análoga. En efecto, cabe observar que los ingeniosos poseen siempre mucha fantasía mientras que el hombre verdaderamente imaginativo es siempre un analista.

El relato siguiente representará para el lector algo así como un comentario de las afirmaciones que anteceden.

Mientras residía en París, durante la primavera y parte del verano de 18..., me relacioné con un cierto C. Auguste Dupin. Este joven caballero procedía de una familia excelente —y hasta ilustre—, pero una serie de desdichadas circunstancias lo habían reducido a tal pobreza que la energía de su carácter sucumbió ante la desgracia, llevándolo a alejarse del mundo y a no preocuparse por recuperar su fortuna. 

Gracias a la cortesía de sus acreedores le quedó una pequeña parte del patrimonio, y la renta que le producía bastaba, mediante una rigurosa economía, para subvenir a sus necesidades, sin preocuparse de lo superfluo. Los libros constituían su solo lujo, y en París es fácil procurárselos.

Nuestro primer encuentro tuvo lugar en una oscura librería de la rue Montmartre, donde la casualidad de que ambos anduviéramos en busca de un mismo libro —tan raro como notable— sirvió para aproximarnos. Volvimos a encontrarnos una y otra vez. Me sentí profundamente interesado por la menuda historia de familia que Dupin me contaba detalladamente, con todo ese candor a que se abandona un francés cuando se trata de su propia persona. 

Me quedé asombrado, al mismo tiempo, por la extraordinaria amplitud de su cultura; pero, sobre todo, sentí encenderse mi alma ante el exaltado fervor y la vívida frescura de su imaginación. Dado lo que yo buscaba en ese entonces en París, sentí que la compañía de un hombre semejante me resultaría un tesoro inestimable, y no vacilé en decírselo. 

Quedó por fin decidido que viviríamos juntos durante mi permanencia en la ciudad, y, como mi situación financiera era algo menos comprometida que la suya, logré que quedara a mi cargo alquilar y amueblar —en un estilo que armonizaba con la melancolía un tanto fantástica de nuestro carácter— una decrépita y grotesca mansión abandonada a causa de supersticiones sobre las cuales no inquirimos, y que se acercaba a su ruina en una parte aislada y solitaria del Faubourg Saint-Germain.

Si nuestra manera de vivir en esa casa hubiera llegado al conocimiento del mundo, este nos hubiera considerado como locos —aunque probablemente como locos inofensivos—. Nuestro aislamiento era perfecto. No admitíamos visitantes. El lugar de nuestro retiro era un secreto celosamente guardado para mis antiguos amigos; en cuanto a Dupin, hacía muchos años que había dejado de ver gentes o de ser conocido en París. Solo vivíamos para nosotros.

Una rareza de mi amigo (¿qué otro nombre darle?) consistía en amar la noche por la noche misma; a esta bizarrerie, como a todas las otras, me abandoné a mi vez sin esfuerzo, entregándome a sus extraños caprichos con perfecto abandono. 

La negra divinidad no podía permanecer siempre con nosotros, pero nos era dado imitarla. A las primeras luces del alba, cerrábamos las pesadas persianas de nuestra vieja casa y encendíamos un par de bujías que, fuertemente perfumadas, solo lanzaban débiles y mortecinos rayos. Con ayuda de ellas ocupábamos nuestros espíritus en soñar, leyendo, escribiendo o conversando, hasta que el reloj nos advertía la llegada de la verdadera oscuridad. 

Salíamos entonces a la calle tomados del brazo, continuando la conversación del día o vagando al azar hasta muy tarde, mientras buscábamos entre las luces y las sombras de la populosa ciudad esa infinidad de excitantes espirituales que puede proporcionar la observación silenciosa.

En esas oportunidades, no dejaba yo de reparar y admirar (aunque dada su profunda idealidad cabía esperarlo) una peculiar aptitud analítica de Dupin. Parecía complacerse especialmente en ejercitarla —ya que no en exhibirla— y no vacilaba en confesar el placer que le producía. 

Se jactaba, con una risita discreta, de que frente a él la mayoría de los hombres tenían como una ventana por la cual podía verse su corazón y estaba pronto a demostrar sus afirmaciones con pruebas tan directas como sorprendentes del íntimo conocimiento que de mí tenía. 

En aquellos momentos su actitud era fría y abstraída; sus ojos miraban como sin ver, mientras su voz, habitualmente de un rico registro de tenor, subía a un falsete que hubiera parecido petulante de no mediar lo deliberado y lo preciso de sus palabras. Al observarlo en esos casos, me ocurría muchas veces pensar en la antigua filosofía del alma doble, y me divertía con la idea de un doble Dupin: el creador y el analista.

No se suponga, por lo que llevo dicho, que estoy circunstanciando algún misterio o escribiendo una novela. Lo que he referido de mi amigo francés era tan solo el producto de una inteligencia excitada o quizá enferma. Pero el carácter de sus observaciones en el curso de esos períodos se apreciará con más claridad mediante un ejemplo.

Errábamos una noche por una larga y sucia calle, en la vecindad del Palais Royal. Sumergidos en nuestras meditaciones, no habíamos pronunciado una sola sílaba durante un cuarto de hora por lo menos. Bruscamente, Dupin pronunció estas palabras:

—Sí, es un hombrecillo muy pequeño, y estaría mejor en el Théâtre des Variétés.

—No cabe duda —repuse inconscientemente, sin advertir (pues tan absorto había estado en mis reflexiones) la extraordinaria forma en que Dupin coincidía con mis pensamientos. Pero, un instante después, me di cuenta y me sentí profundamente asombrado.

—Dupin —dije gravemente—, esto va más allá de mi comprensión. Le confieso sin rodeos que estoy atónito y que apenas puedo dar crédito a mis sentidos. ¿Cómo es posible que haya sabido que yo estaba pensando en...?

Aquí me detuve, para asegurarme sin lugar a dudas de si realmente sabía en quién estaba yo pensando.

—En Chantilly —dijo Dupin—. ¿Por qué se interrumpe? Estaba usted diciéndose que su pequeña estatura le veda los papeles trágicos.

Tal era, exactamente, el tema de mis reflexiones. Chantilly era un ex remendón de la rue Saint-Denis que, apasionado por el teatro, había encarnado el papel de Jerjes en la tragedia homónima de Crébillon, logrando tan solo que la gente se burlara de él.

—En nombre del cielo —exclamé—, dígame cuál es el método... si es que hay un método... que le ha permitido leer en lo más profundo de mí.

En realidad, me sentía aún más asombrado de lo que estaba dispuesto a reconocer.

—El frutero —replicó mi amigo— fue quien lo llevó a la conclusión de que el remendón de suelas no tenía estatura suficiente para Jerjes et id genus omne.

—¡El frutero! ¡Me asombra usted! No conozco ningún frutero.

—El hombre que tropezó con usted cuando entrábamos en esta calle... hará un cuarto de hora.

Recordé entonces que un frutero, que llevaba sobre la cabeza una gran cesta de manzanas, había estado a punto de derribarme accidentalmente cuando pasábamos de la rue C... a la que recorríamos ahora. Pero me era imposible comprender qué tenía eso que ver con Chantilly.

—Se lo explicaré —me dijo Dupin, en quien no había la menor partícula de charlatanerie— y, para que pueda comprender claramente, remontaremos primero el curso de sus reflexiones desde el momento en que le hablé hasta el de su choque con el frutero en cuestión. Los eslabones principales de la cadena son los siguientes: Chantilly, Orión, el doctor Nichols, Epicuro, la estereotomía, el pavimento, el frutero.

Pocas personas hay que, en algún momento de su vida, no se hayan entretenido en remontar el curso de las ideas mediante las cuales han llegado a alguna conclusión. Con frecuencia, esta tarea está llena de interés, y aquel que la emprende se queda asombrado por la distancia aparentemente ilimitada e inconexa entre el punto de partida y el de llegada.

¡Cuál habrá sido entonces mi asombro al oír las palabras que acababa de pronunciar Dupin y reconocer que correspondían a la verdad!

—Si no me equivoco —continuó él—, habíamos estado hablando de caballos justamente al abandonar la rue C... Este fue nuestro último tema de conversación. Cuando cruzábamos hacia esta calle, un frutero que traía una gran canasta en la cabeza pasó rápidamente a nuestro lado y le empujó a usted contra una pila de adoquines correspondiente a un pedazo de la calle en reparación. 

»
Usted pisó una de las piedras sueltas, resbaló, torciéndose ligeramente el tobillo; mostró enojo o malhumor, murmuró algunas palabras, se volvió para mirar la pila de adoquines y siguió andando en silencio. Yo no estaba especialmente atento a sus actos, pero en los últimos tiempos la observación se ha convertido para mí en una necesidad.

»Mantuvo usted los ojos clavados en el suelo, observando con aire quisquilloso los agujeros y los surcos del pavimento (por lo cual comprendí que seguía pensando en las piedras), hasta que llegamos al pequeño pasaje llamado Lamartine, que con fines experimentales ha sido pavimentado con bloques ensamblados y remachados. 

»Aquí su rostro se animó y, al notar que sus labios se movían, no tuve dudas de que murmuraba la palabra “estereotomía”, término que se ha aplicado pretenciosamente a esta clase de pavimento. Sabía que para usted sería imposible decir “estereotomía” sin verse llevado a pensar en átomos y pasar de ahí a las teorías de Epicuro; ahora bien, cuando discutimos no hace mucho este tema, recuerdo haberle hecho notar de qué curiosa manera —por lo demás desconocida— las vagas conjeturas de aquel noble griego se han visto confirmadas en la reciente cosmogonía de las nebulosas; comprendí, por tanto, que usted no dejaría de alzar los ojos hacia la gran nebulosa de Orión, y estaba seguro de que lo haría. 

»Efectivamente, miró usted hacia lo alto y me sentí seguro de haber seguido correctamente sus pasos hasta ese momento. Pero en la amarga crítica a Chantilly que apareció en el Musée de ayer, el escritor satírico hace algunas penosas alusiones al cambio de nombre del remendón antes de calzar los coturnos, y cita un verso latino sobre el cual hemos hablado muchas veces. Me refiero al verso:

Perdidit antiquum litera prima sonum.


»Le dije a usted que se refería a Orión, que en un tiempo se escribió Urión; y dada cierta acritud que se mezcló en aquella discusión, estaba seguro de que usted no la había olvidado. Era claro, pues, que no dejaría de combinar las dos ideas de Orión y Chantilly. Que así lo hizo, lo supe por la sonrisa que pasó por sus labios. 

»Pensaba usted en la inmolación del pobre zapatero. Hasta ese momento había caminado algo encorvado, pero de pronto le vi erguirse en toda su estatura. Me sentí seguro de que estaba pensando en la diminuta figura de Chantilly. Y en este punto interrumpí sus meditaciones para hacerle notar que, en efecto, el tal Chantilly era muy pequeño y que estaría mejor en el Théâtre des Variétés

 

(CONTINUARÁ...) 

 


Modelados en barro - Alicia Giménez Bartlett

Lo más cerca que había estado Garzón de un modelo de alta costura fue el día que lució su traje de Primera Comunión. Mi caso no era muy diferente; claro que, al menos, yo conocía la existencia de pasarelas, diseñadores, colecciones de invierno y hasta había oído hablar de Yves Saint-Laurent. 

El subinspector, no. Lo de colección le sonaba a sellos, la pasarela a puente y a Saint-Laurent hubiera podido confundirlo con un mártir francés. Puede que fuera debido a ese obvio desconocimiento de la materia por lo que levantó ampollas nuestra designación. 

Todos los compañeros acusaron al comisario Coronas de injusticia: «¿Por qué ellos y nosotros no?» era la pregunta. Por una vez se morían de ganas de trabajar; en especial los jóvenes, todos unos esnobs que se gastan la pasta en zapatos italianos y camisas de marca, y para quienes la palabra «diseñador» está muy por encima de cualquier otro quehacer. 

Supongo que es cosa de épocas, en realidad. En la mía el esnobismo era harapiento, con lo que al menos ahorrábamos y podíamos seguir denostando al Capital. En tiempos del subinspector... bueno, imagino que con tener una buena bufanda para pasar la posguerra ya podía uno sentirse feliz.

Para que nos adjudicaran este caso supuso una ventaja ser mujer. El comisario pensó que nosotras estamos más cercanas a la moda, el costurero, la aguja y el dedal. Podía pensar lo que quisiera, no iba a ponerme a discutir. Aunque en realidad toda aquella excitación alrededor del caso no era tanto por el diseño como por estar cerca de las bellas modelos que teóricamente nos rodearían por doquier. Pero nada resultó tan idílico y lo que conseguimos fue cargar con un caso que conllevó un gran trabajo y acabó siendo difícil de resolver.

Habían matado a una chica, una modelo profesional. Apareció tendida por la mañana en el taller del diseñador por el que estaba contratada. Yacía sobre el lago de su propia sangre, alta y hermosa, como una zancuda a quien un cazador furtivo hubiera disparado sin piedad. Le habían pegado un tiro en el corazón. Según el forense, a las doce de la noche del día anterior. El arma era una pistola que el diseñador conservaba en el cajón de una mesa por seguridad. Nunca la había usado. Estaba tirada junto al cadáver, sin ninguna huella dactilar.

Cuando aparecimos por el taller el propio diseñador salió a recibirnos envuelto en lágrimas, nervios y un kilométrico fular. Todo aquello era trágico, impensable, patético. Que hubieran asesinado a Luz Ribó, una belleza en plena juventud, ya era espantoso de por sí, pero encima la cosa sucedía en su mismo establecimiento, y a dos días vista de que se presentara la nueva colección.

—¿Se da cuenta, inspectora?, dígame qué puedo hacer. No hay más remedio que seguir adelante, y ¿cómo puedo yo trabajar en medio de una conmoción tan espantosa? Estoy destrozado por el dolor y ¡hay periodistas apostados en cada esquina de la calle!

—¿Conocía bien a la chica?

—¿Está bromeando? ¡Yo la formé, trabajaba casi exclusivamente para mí! ¡Era como mi hija!

—¿Cómo pudo entrar por la noche en su taller?

—¡Tenía una llave! Yo me fío de mi gente, inspectora. ¿Usted no?

Un tipo curioso, el tal Pepín Rodríguez, modisto reputado, nervioso, frágil, de ademanes exagerados y teatrales... Me negaba a caer en el tópico del diseñador gay, pero a veces nada hay más seguro que un buen tópico. Solo con preguntarle a uno de sus empleados ya tuve la confirmación de mi sospecha. «¿Que si es gay Pepín?», fue su respuesta y en ella flotaban los aires de obviedad. «¿Cristóbal Colón?, descubridor de América, naturalmente». 

Perfecto, de ese modo podíamos descartar la relación pasional entre el modelador y su modelo. Ya se sabe que las pasiones no hacen sino enmarañar. Claro que la pasión no era del todo eliminable tratándose de una mujer tan bella. En cualquier caso el modisto tenía coartada. Había cenado en su casa con dos amigos. Ambos se hallaban dispuestos a testificar. Lo harían sin duda alguna, pero de momento nos disponíamos a empezar por la familia como hacíamos siempre.

Luz estaba independizada, vivía en un apartamento del barrio de Sarrià. Los registros que allí efectuamos no nos dejaron conocer ningún rasgo oculto de su carácter. Parecía una muchacha normal y corriente cuya vida se centraba en el trabajo. Leía algunos libros de temas variados, coleccionaba revistas de moda, alguna de decoración, y oía música moderna en su nuevo y flamante compact disc. 

En las paredes del dormitorio se alineaban pósteres de los personajes más contradictorios entre sí: el Papa, Brad Pitt, Martina Navratilova, Che Guevara... Pero todos estamos habituados al eclecticismo de los mitos, de modo que pocas enseñanzas pueden sacarse sobre las ideas de una persona que los selecciona quizás al azar. 

Distribuidas por toda la vivienda había muchas fotos enmarcadas: Luz en un desfile, Luz con otras modelos al lado de Pepín, Pepín y Luz en una fiesta, Pepín solo con un trofeo en las manos... Estaba claro que el modisto era algo más que su patrono, quizás debiéramos considerarlo como su mentor.

Nada hacía pensar que la chica tomara drogas, llevara una vida desordenada o estuviera conectada a algún tipo de marginación. A la vista de su apartamento tampoco le faltaban medios económicos. Seguros de que de allí no sacaríamos nada más, pasamos a visitar a la familia. 

En ese punto se acabó el ambiente de sofisticación. El matrimonio Ribó y sus dos hijos adolescentes vivían en la calle Virrey Amat, un barrio de clase trabajadora de los más despersonalizados de Barcelona. El padre era conductor de autobús. De lo primero que fuimos testigos fue de la absoluta desolación que reinaba allí. 

El menguado piso estaba lleno de gente: vecinos, amigos, familiares, todos se sentaban en sillas y suspiraban, al tiempo que había un curioso tráfico de mujeres que servían refrescos y tazas de café. Pedimos hablar con los padres a solas. Estaban devastados, como si sobre ellos hubiera caído una inundación o un terremoto. A duras penas conseguían mantener la dignidad. Fue la madre quien reunió el coraje suficiente para responder a nuestras preguntas mientras su marido tenía la mirada fija en la pared.

Tal y como habíamos previsto, el relato de las circunstancias y la personalidad de Luz estaba altamente idealizado. Su hija poseía un montón de virtudes, todos los perfiles de un cuadro angelical. Era amable, bondadosa, buena hija, cariñosa, trabajadora y responsable. A ellos nada les faltaba, pero, sin embargo, la chica siempre se había empeñado en ayudarles con alguna cantidad al mes. Y les hacía regalos: un gran televisor de pantalla panorámica, motocicletas para sus hermanos, anillos de oro... De vez en cuando interrumpía su enumeración para llorar.

—¿Cómo empezó su hija en el mundo de la moda, señora Ribó?

—El señor Pepín puso un anuncio en el periódico pidiendo modelos y ella se presentó. Como era tan guapa la escogieron.

—¿La escogió el señor Pepín personalmente?

—Sí, y entonces la envió a una escuela de modelos para que aprendiera. Él se lo pagó todo, dijo que tenía muchísimo futuro. Luego le dio trabajo en su empresa.

—¿Siempre se ha portado bien con ella?

—¿Bien?, era como su segundo padre.

—¿Ustedes lo conocen?

—Lo hemos visto un par de veces.

—¿No ha venido por aquí a darles el pésame?

—Llamó por teléfono ayer. Dice que está tan destrozado que no puede ni acercarse a nuestra casa, que cuando se encuentre más repuesto nos telefoneará.

—Entiendo. Una pregunta más. ¿Sabe usted si su hija tenía algún novio o salía con alguien?

—Creo que no.

—¿Cree?

—Mi hija estaba siempre muy ocupada, venía a visitarnos y nos contaba que se pasaba la vida trabajando. Viajaba al extranjero, hacía sesiones de fotos, ni siquiera podía tener amigas como cualquier chica de su edad.

En ese momento el padre de la chica se echó a llorar inopinadamente.

—Si hubiera tenido una profesión normal aún estaría viva. Si hubiera sido dependienta, o camarera.

La mujer se volvió bruscamente hacia él.

—¿Quieres dejar eso ya? ¡Quién sabe lo que podría pasar si las cosas fueran de otra manera, pero son como son!

—Yo no quería que se hiciese modelo.

—Tú hubieras querido que viviera como yo, toda la vida metida en casa y sin un duro.

—Señores, por favor... —intenté cortar cualquier posibilidad de discusión enconada. El hombre volvió a mirar a la pared. Y así lo dejamos, mirando a la pared dura y vacía con la que sin duda volvería a encontrarse cada mañana durante el resto de su existencia.

—Un asunto feo, ¿verdad? —le comenté a Garzón cuando salíamos.

—No pinta nada bien.

—Si no hay motivos pasionales, ni drogas, ni temas familiares...

—Permítame decirle, inspectora, que está siendo anticuada e incluso sexista. Suponer que porque se trate de una mujer solo puede haber familia, sexo o caída en la debilidad... ¿Qué me dice del trabajo? Podemos encontrarnos ante un caso de espionaje industrial, de celos profesionales...

—¡Caramba, Fermín, hoy juega usted fuerte!, ¿está pretendiendo darme una lección?

—Ninguna que no haya recibido antes de usted.

—Muy bien, de acuerdo, touchée; pero reconózcame al menos que matar por espionaje no es lo corriente.

—Tampoco estamos en una profesión habitual. Usted sabe que esos diseñadores son como artistas. Imaginemos que Pepín Rodríguez, después de haber criado a esa chica a sus pechos, es un decir, descubre que está pasándole información de sus nuevos modelos a la competencia. ¿No podría haber sufrido una reacción temperamental?

—¡Carajo!, creí que no sabía nada sobre modas.

—Usted siempre tiende a creer que soy como un oso en la caverna pasando la hibernación.

Lo miré con sorna.

—Imposible, Garzón, sería usted incapaz de resistir todo un invierno sin comer.

Un poco de esgrima siempre es positivo. ¿Hasta cuándo me sorprendería mi compañero? No tenía ni idea de si su conjetura podía ser atinada, pero lo sustancial de ella era que apuntaba a Pepín. Sin duda el protagonismo del modisto en la vida de su modelo resultaba lo suficientemente llamativo como para convertirlo en un sospechoso. 

Siempre he desconfiado de las personas que modelan a otras personas, me parece un proceso envenenado de raíz. Los pigmaliones acaban por creerse con derechos sobre sus criaturas, y estas tienden a pensar que todo se lo deben a su mentor.

—No olvidemos que el crimen se cometió con la pistola de Pepín. Aunque no haya sido él el asesino, quien la haya cogido sabía en qué sitio del taller solía guardarla. ¿Ha investigado si tiene licencia?

—La tiene —dijo Garzón—. Y justamente la reflexión que usted hace me inclina a pensar en un problema profesional.

—Pero el diseñador tiene coartada; por cierto, una coartada en la que debemos profundizar. ¿Ha conseguido las direcciones de los amigos que cenaron con él?

—Sí. ¿Quiere que los cite en comisaría?

—Esperemos un poco, me inclino a empezar por las compañeras de trabajo de Luz. Habrá que verlas a todas. ¿Le parece adecuado?

—Me parece de perlas.

—Estaba convencida.

Las chicas eran siete. ¿Compararlas con siete flores resultaría cursi? Me temo que sí; inexacto, además. En realidad eran como siete tallos firmes, enhiestos, flexibles, ondulantes. «La naturaleza es injusta», pensé al ver tanta belleza reunida. Garzón no estaba de acuerdo, por supuesto, o al menos tales injusticias no lo hacían sufrir. Se movía entre ellas con un deje coqueto o, siguiendo con la comparación campestre, como un distinguido abejorro encantado de mariposear.

El interrogatorio a que las sometimos se hallaba cortado por el mismo patrón. Preguntábamos qué tal relación tenían con la muerta, si habían observado cambios en su vida o en su carácter últimamente, si conocían a sus amigos, si tenían datos que las hicieran sospechar de alguien en concreto. 

Lo malo era que sus respuestas se alineaban en idéntica uniformidad. Conocían a Luz, naturalmente, pero no tenían con ella vínculos amistosos especiales, ni sabían qué tipo de personas frecuentaba, aunque imaginaban que no salía demasiado. Eso se revelaba como característica constante, y una de las chicas acertó a explicárnoslo muy bien.

—Nosotras apenas hacemos vida social. Viajamos, tenemos compromisos profesionales, vamos al gimnasio para estar en forma, no salimos por la noche, no bebemos alcohol, no podemos asistir a cenas ni a comidas porque solo tomamos lechuga y comida light... En fin, ya lo ven, no hay tiempo para los amigos.

—Detesto la comida light... —comentó Garzón—, aunque me lo propusieran mil veces nunca me haría modelo.

La chica sonrió divertida, lanzando una mirada de soslayo a la pinta juncal de mi compañero. Luego se volvió hacia mí y añadió:

—¿Han hablado con Lena? Lena y Luz se llevaban bien, eran amigas. Seguro que ella sabe más cosas sobre su vida.

Lena tenía el cuerpo espigado como las otras, los hombros altos, el talle estrecho. Mostraba una boca carnosa, quizá siliconada, y de su actitud emanaba un desprecio sutil, un cierto desencanto.

—¿Que si éramos amigas?, pues sí, hablábamos en los ratos libres.

—¿Cómo era Luz?

—Alegre, más lista que estas otras.

—¿Qué quiere decir?

—Mire, en este oficio todas empezamos creyéndonos que un buen día aparecerá un productor de Hollywood y nos propondrá pasarnos a hacer películas. Pero solo unas pocas nos damos cuenta pronto de que eso no sucederá. Luz era de esas pocas.

—Y, por supuesto, usted también.

—Sí, yo también. Sé que puedo seguir tirando profesionalmente tres o cuatro años más. Se gana dinero y no es un mal trabajo, pero soy una modelo del montón y tengo claro que esto no va a durar toda la vida. En cuanto tenga un poco de pasta ahorrada, mi proyecto es poner una buena tienda de jerseis.

—¿Era Luz de su misma opinión?

—Era más clásica, confiaba en el matrimonio. Pensaba que la solución pasaba por encontrar un buen marido rico.

—¿Y se aplicaba a ello?

—¡Qué va, era un desastre! ¿Han visto esas comedias antiguas americanas que pasan por televisión? Siempre tratan de chicas guapas que aspiran a casarse con un millonario y acaban enamorándose de un pelagatos encantador. Pues Luz hacía lo mismo.

—¿Tenía novio?

—Yo le he conocido tres. Bueno, en realidad solo me presentó a dos. Del último me dijo algo, pero poco. Se había enamorado como una loca de él, esta vez de verdad. Pero no se atrevió a presentármelo, quizá sea basurero o algo peor... ¿Es guapo por lo menos, inspectora?

—No sabemos de quién habla, Lena. Nadie ha aparecido diciendo que es su novio y la familia nos aseguró que Luz no salía con ningún hombre.

Lena se quedó desconcertada. Sus grandes ojos ribeteados de negro me taladraron.

—¿Está segura de la existencia de ese muchacho? —le pregunté.

La voz le tembló un poco.

—No sé, la verdad, me deja de una pieza. Que los padres no supieran nada es normal, nunca les contaba mucho; pero que el tipo no se haya presentado... ¿Se habrá enterado de que está muerta?

—Si la llama a su casa verá que no está, lo normal es que pregunte por ella en el trabajo.

—Iré a investigar si han dejado recados desde ayer —terció Garzón y se ausentó un momento. Al cabo de cinco minutos volvió negando con la cabeza.

—¿Quién podría conocer a ese chico, Lena?

—Le aseguro que no lo sé.

—¿Quizás Pepín?

—Ni hablar. Pepín la tenía dominada, peor que un padre era. Los otros dos novios se los ocultó.

—¿Y qué me dice de la pistola, quién sabía que estaba en ese cajón?

—¡Todo el mundo, inspectora!, era cosa de cachondeo. A mí me parecía que tenerla cargada era una barbaridad. Alguna vez la habían sacado las chicas para gastar bromas. Se lo avisé a Pepín, pero como es así...

—¿Cómo?

—¡Bah, un poco despreocupado!, aunque es un buen hombre, la verdad.

—¿Tiene alguna idea de quién mató a Luz?

—No, ni se me ocurre. Pero le aseguro que ha sido un mazazo para mí. A veces pienso que todas acabaremos igual.

—¿Cómo puede decir algo semejante?

—Nosotras nos exhibimos, inspectora, salimos en las revistas y hay tanto loco suelto...

—Muchos menos de los que cree, se lo garantizo. De la locura no hay que esperar grandes males, existen otras cosas que dan mucho más miedo.

Salimos del taller con un ligero encogimiento de corazón. Yo decía que la chica era realista, pero el subinspector la englobaba en un pesimismo casi anormal. Daba lo mismo, su testimonio fue útil, como lo fueron los datos que nos dio para localizar a los novios de Luz. A todos menos al tercero, naturalmente. 

Preguntamos a todo el mundo en el taller y nadie sabía nada de ningún muchacho que alguna vez hubiera ido a recoger a la muerta, ni que la hubiera llamado, ni que el último día se hubiera presentado de improviso.

—Los fantasmas son invisibles, inspectora.

—Siempre lo son por algún motivo.

—La chica lo ocultaba a los demás.

—¿Por qué?

—Para no perder su trabajo. Las modelos con novio están mal vistas.

—En eso modelos y policías somos iguales.

Localizar al primer novio de Luz fue casi tan fácil como descartarlo. Era vendedor de electrodomésticos y desde hacía un año había sido trasladado por su empresa a una tienda de Valencia. Garzón lo confirmó y su propio jefe le dijo que el joven había estado trabajando normalmente en las fechas del crimen. Punto final a su carrera de sospechoso.

La carrera del novio segundo era bastante más prometedora. Se llamaba Ernesto Guzmán y estaba al frente de un establecimiento de alquiler de películas de vídeo. El día que asesinaron a Luz realizaba el turno nocturno que empezaba a las ocho y acababa a la una de la madrugada. Aparentemente su coartada era perfecta. 

Sin embargo, Garzón y yo pensábamos que podía tener agujeros. ¿Quién nos aseguraba que algún amigo no le había hecho el favor de quedarse una hora en la tienda sustituyéndolo? Una hora no era mucho tiempo, pero sí el suficiente como para llegar hasta el taller de Luz, discutir con ella por motivos amorosos, coger la pistola del cajón (no sería la primera vez que estaba allí) y volver a la tienda con el tiempo justo para cerrarla. 

¿Por qué a Garzón y a mí nos daba por pensar algo semejante? Sin duda por la actitud de Guzmán: estaba celoso y resentido contra la muerta. Al parecer ella lo había abandonado por el enamorado fantasma, no hubo transición del uno al otro. Con una sonrisa irónica y crispada Guzmán nos lo contó.

—Se presentó diciéndome que había conocido a alguien y que eso cambiaba las cosas. Así, por las buenas, como si yo fuera un empleado al que se pudiera despedir.

—¿Le dijo quién era ese alguien?

—No, ni a mí me interesaba saberlo.

—¿Le comentó algún detalle?

—¿Qué pasa, creen que lo ha hecho ese hijo de puta?

—Limítese a contestar, es muy importante.

—Solo me dijo que era un tío que estaba más de acuerdo con su mundo. ¿Qué les parece?, su mundo... como si ella perteneciera a una clase superior. Total era una desgraciada igualito que yo, me había contado que su padre era conductor de autobús. ¡Menuda nobleza! Miren, la verdad es que si no hubiera sido tan guapa a lo mejor no hubiera pasado nada de esto. Se salió de lo que le correspondía y esa ha sido su perdición.

Le pedí a Garzón que alguien siguiera a aquel hombre las veinticuatro horas del día. Empezamos también a investigar quién había entrado o salido de la videoteca de las doce a la una del día de autos para verificar si Guzmán estaba al frente. Garzón era escéptico ante estas precauciones.

—Este tipo no se la ha cargado, inspectora, no la pondría tan verde delante de nosotros.

—Seguramente piensa que es eso lo que vamos a creer. Además, lo mismo dijo el padre de la chica y seguro que no se la cargó: «Si no hubiera sido modelo...». Ya ve cómo son ustedes los hombres, subinspector, en cuanto una mujer se libra de su destino miserable...

—Yo creo que es más bien una cuestión social. Cuando uno de clase baja se libra de su destino miserable...

—No le digo que no, pero si hubiera sido un hombre al que se hubieran cepillado nadie le hubiera echado en cara medrar. Al contrario, hubieran dicho que se defendía bien en la vida.

—¿De verdad piensa eso, inspectora?

—No estoy muy segura.

—Entonces no me joda y sigamos trabajando.

No era un prodigio de tacto, mi compañero, pero sus análisis tampoco estaban tan mal. Además, llevaba razón en lo del trabajo. Dejar pasar el tiempo tras los primeros días de un crimen es alejar la posibilidad de una resolución. Nos fuimos a comisaría donde habíamos citado por turno a las dos personas que declararon haber estado con Pepín Rodríguez la noche del asesinato. Debíamos llevar a cabo una comprobación más minuciosa.

El primero de ellos era su viejo amigo de toda la vida, también diseñador, aunque de ropa masculina. En nada se parecía a Pepín. Era gordo, fuertote, relajado, aunque por el modo en que gesticulaba y andaba vestido tampoco podíamos albergar dudas de que era gay. 

Sus pestañas aleteaban más que la Pavlova en El lago de los cisnes, movía las manos al estilo minué y exhibía una camisa brillante con tantas chorreras como un buen jamón. Corroboró la coartada de su colega: aquella noche los había invitado a cenar para enseñarles los nuevos diseños de la colección que preparaba.

—Y fuimos encantados, desde luego, son más de veinte años de amistad. ¿Le ha contado Pepín que somos del mismo pueblo? Nadie daba nada por nosotros cuando salimos, todo eran bromas de mal gusto, escarnios y luego ya ve, han tenido que callarse. Claro que hablo de otros tiempos, la gente era muy atrasada; cuando se lo explico a Lolo ni siquiera se lo cree, pero él es tan joven aún...

—¿Lolo?

—¡Ay, sí, perdone, por Dios!, Manolo García, es el chico que está fuera para pasar a declarar. Lo llevé conmigo a la cena de esa noche. No crea que le gusta venir a nuestras cenas, dice que somos unos carrozas que no paramos de hablar de cosas del pasado, pero como no tenía nada mejor que hacer... Él también es modelo, la joya de mis muchachos.

—¿Vive con usted?

Se quedó mirándome con aire de escándalo. Soltó una carcajada de falsete.

—¡Por favor, inspectora, qué indiscreción!, usted ya sabe cómo son estas cosas, él tiene su apartamento. Además, ¿qué es eso de vivir?: vivir, amar, quizás soñar...

Nos regaló un nuevo arpegio de su voz atiplada.

—Muy bien, señor Masrovira, tendrá que venir otro día a firmar su declaración.

Manolo García corroboró la versión de su jefe. Era un chico extremadamente guapo, pero estaba violento y cohibido. Comprendí que aparecer en público como el amante protegido del orondo Edelio Masrovira no debía ser plato de gusto para él. Salió de nuestro despacho corriendo como el viento, dejando tras de sí una estela de perfume excesivo que formaba una mezcolanza infame con el perfume excesivo anterior.

—Hemos topado con la Orden de la Mariconería en pleno, ¿no le parece, inspectora?

—El tal Edelio debe ser el Gran Maestre.

—¿Y qué me dice de Pepín?

—Pues que ya va siendo hora de interrogarlo como Dios manda. Vamos a su taller, con la coña de la colección se pasa la vida allí encerrado. Estoy convencida de que Luz debió contarle algo de su novio fantasma.

—¿Ha pensado que se trate de un hombre importante?, recuerde las palabras de Guzmán: era alguien más cercano a su mundo.

—Pepín sabrá si alguno de sus clientes tuvo contacto con ella.

—A lo mejor no quiere escándalos y está intentando protegerlo.

—¿Le parece poco escándalo tener un cadáver en la colección de invierno? Les presentaremos el modelo Mortaja, con acabado en crepé y delicado canesú.

Garzón se estremeció y me miró ceñudo.

—¡Carajo, Petra! Con todos los respetos, hay veces que no entiendo su sentido del humor.

El taller de Pepín Rodríguez se había convertido en un auténtico hervidero. ¡Ni en sus sueños eróticos más alborotados había podido imaginar Garzón nada igual! Las modelos corrían medio desnudas de un lado para otro, daban gritos, se sometían a las manos de costureras y peluqueros. 

Cuando pasaban a nuestro lado sonreían o nos miraban con cara de circunstancias. Tenían pieles aterciopeladas y ojos exageradamente maquillados, dientes blancos. Perdí a Garzón entre aquel trajín, y entonces fue cuando localicé a Rodríguez dando los últimos toques a la falda de una modelo. Puso los ojos en blanco al verme.

—¡Por Dios, inspectora!, ya me extrañaba que no me hicieran ampliar mi primera declaración. Aunque la verdad es que no he tenido tiempo de extrañarme, ni de pensar siquiera. Lo cual es perfecto, porque en cuanto presente la colección empezaré a darle vueltas a lo que ha pasado y me hundiré por completo.

Mientras hablaba, pinchaba alfileres sobre la túnica que lucía una chica angulosa.

—¿Podemos hablar en privado un momento?

—Le advierto que con mis niñas no tengo secretos.

—Por favor.

Me siguió de mala gana hasta un rincón después de haber dado un montón de indicaciones a la modista que lo sustituyó en la labor de pruebas.

—¿Han averiguado algo? —me preguntó cuando estuvimos solos.

—Señor Rodríguez, las pistas que tenemos nos llevan a pensar en los novios de Luz.

Dio un respingo malhumorado.

—Los novios, naturalmente, los novios; ese era su punto flaco. Se lo advertí más de mil veces, la avisé, pero no me hizo caso.

—¿Estaba usted al corriente?

—¡No! ¿Cree que me hubiera dicho algo? Ella sabía que esta profesión exige una entrega total durante unos años, ¡como si hubieras ingresado en un convento! Yo no sabía nada, pero veía cosas, me imaginaba otras. Sí, los novios, los dichosos novios. ¿Quién les ha contado eso?

—Lena, su compañera.

—Se hicieron muy amigas. Fue una mala influencia para Luz. Es una chica rebelde, follonera, que frecuenta ambientes poco recomendables. Le he soportado demasiadas cosas. Acabo de despedirla.

—¿Por qué?

—La gota que colma el vaso. Vino con la pretensión de organizar un plante si no se garantizaba a las modelos su seguridad. ¡Imagínese, a un día de la presentación! He contratado a una modelo de agencia. Nadie es insustituible.

—Lo lamento por ella.

—¿Les ha dicho quiénes eran esos novios?

—No ha sido una información completa. A ese respecto pensábamos que quizás usted pudiera ayudarnos.

—Ya ve que no.

—¿Existe la posibilidad, aunque no esté seguro, de que Luz hubiera empezado a salir con algún cliente, o quizás algún director de empresa, alguien importante en el mundo de la moda?

Se quedó parado un momento, pensando.

—¡Y quién sabe, era tan inconsciente que igual llegó hasta a eso, el más grave de los errores! Espero que si se trata de uno de mis clientes o del marido de una clienta actúen ustedes con la máxima discreción.

—No se preocupe, pero no tendré más remedio que pedirle una lista de esos clientes habituales.

—No me hace ninguna gracia pero se la daré, supongo que no puedo permitirme el lujo de obstruir a la Justicia.

Había esperado más resistencia. Iba a agradecerle su colaboración cuando sonó mi teléfono móvil. Aprovechó la ocasión para volver a sus jóvenes diosas. Era Coronas, el comisario.

—¿Petra? Al parecer han pescado a una de las modelos del tal Pepín Rodríguez intentando comprar una pistola en los bajos fondos.

—¿Cómo se llama?

—Lena no sé qué. Deberían venir ahora mismo, la tenemos en comisaría.

Cuando acudí a buscar a Garzón lo hallé en una situación inverosímil. Rodeado de una buena docena de modelos en casi desabillé, estaba contándoles algo que las mantenía ensimismadas por completo. Él se encontraba en idéntica actitud de embeleso, ni siquiera me vio.

—¿Puedo interrumpir la investigación, subinspector?

—¡Ah, sí, Petra!; en realidad solo estábamos charlando. Estas señoritas se interesan por el funcionamiento de la policía y ya sabe, es un deber ciudadano informar.

—Soy consciente de ello.

En el coche tuve la persistente sensación de que mi compañero no me escuchaba del todo, inmerso aún en su minuto de gloria entre pimpollos.

—¿Le parece Lena una sospechosa aceptable?

—Es aceptable cuando no hay nada seguro.

—¿Por qué demonios estaría intentando comprar una pistola?

La respuesta que nos dio la detenida fue simple: «Tenía miedo».

—Ha habido un asesinato y ustedes no consiguen averiguar quién ha sido. Supongo que tengo derecho a protegerme.

—¿De quién?

—¡No sé de quién! Ya ve cómo es este asunto, nosotras somos como el ganado, se nos explota y luego a la calle. Puede haber algún loco asesinando modelos por ahí.

—¿Quién le dijo dónde comprar una pistola?

—Tengo buenos amigos.

—Eso nos dijo Pepín Rodríguez.

—¡A saber qué les habrá dicho Pepín! ¿Y él, no puede haber matado él mismo a Luz? Al fin y al cabo no lo he visto demasiado triste por esa muerte; sigue pensando solo en su jodida colección.

—Él estuvo cenando esa noche con el diseñador Edelio Masrovira y otro amigo.

—¿Con ese cerdo?

Garzón se impacientó.

—Mire, Lena, puede que se encuentre usted resentida y asustada; pero con todo esto no vamos a ninguna parte. Ni insultos ni críticas van a librarla de sus responsabilidades.

—¡Yo tampoco lo pretendo, pero no me da la gana de pasar por una delincuente y que todos esos tíos vayan de respetables! Puede que Edelio sea un diseñador muy importante, pero también es un baboso que cada vez que ha venido por el taller ha intentado tocarme y besuquearme. Así que no retiro lo de cerdo.

Nos quedamos sorprendidos y callados. Por fin mi compañero preguntó quedamente:

—¿Y por qué haría una cosa así?

Incluso disculpé a la hermosa Lena cuando le respondió pletórica de sorna:

—¿Usted qué cree, subinspector?

No digo que nos dejáramos seducir inmediatamente por la posibilidad que Lena apuntaba, pero lo cierto fue que, sin librarla de sospechas, su comentario airado sobre Edelio abrió una puerta frente a nosotros que nos dispusimos a franquear. No sería la primera persona que le daba a ambos sexos. Al fin y al cabo, la opción de Lena como asesina no nos convencía a ninguno de los dos. Le faltaba un móvil adecuado. 

Solo la eventualidad de que Edelio fuera el novio invisible de Luz nos alargaba los dientes de placer. Claro que entonces Pepín Rodríguez debía haber mentido para proporcionarle una coartada, y lo mismo el joven amante de Edelio. Pero, entonces, ¿por qué la mató? —Ella lo amenazó con un escándalo, o quizás incluso estaba siendo víctima de un chantaje. ¿Y qué me dice de la siguiente conjetura?: Lena y Luz, hartas de los acosos de Edelio, se compincharon para ligárselo y después sacarle pasta. El tipo reaccionó mal y se la cargó. Eso explicaría que Lena esté asustada y que no confiese toda la verdad.

Escuché atentamente la teoría de Garzón. Tenía miga. Lo malo era que, para iniciar la averiguación, debíamos estar seguros de la bisexualidad del sujeto. Garzón estuvo investigando en el entorno de Edelio durante un par de días, y lo mismo hice yo en varios bares de ambiente gay que Pepín frecuentaba. 

Pero determinar las preferencias de alguien por vía interpuesta es muy complicado, y si la vía es policial, muchísimo más. El subinspector no encontró a nadie dispuesto a mojarse. «¿Que si Edelio es gay?, quizás. ¿Que si le gustan las mujeres?, ¡y a quién no!». Un montón de frases tan ambiguas como el motivo que las provocaba. Yo no tuve más suerte. Los camareros de los bares de alterne habían perdido la memoria al unísono, todos víctimas de la conocida amnesia protectora del cliente.

—No hay más remedio que echarle cojones, inspectora.

—¡Ay, por favor, Garzón, no utilice esos términos tratándose de temas semejantes!, dígame simplemente qué propone que hagamos.

—Una emboscada a Edelio. Lo convocamos a comisaría, lo acorralamos y le decimos que Lena ha confesado. Juraría que es batalla ganada, ya verá.

—¡Joder, un procedimiento muy poco legal, y encima arriesgado!

—No conozco estrategia sin riesgo.

—¡Deje de expresarse como un general!

—¡Y usted deje de criticar mi manera de hablar y decídase!

Me decidí, y no sé si fue por causa de la autosugestión, pero el caso es que me pareció que Edelio entraba en mi despacho acobardado. A Garzón debió parecerle lo mismo porque en cuanto lo tuvo a tiro aprovechó el momento psicológico y le disparó:

—Hay una confesión contra usted, será mejor que lo sepa desde el principio.

Aunque era mayor y corpulento, el tipo dio un salto en la silla. Se puso blanco al punto y balbuceó:

—¿Una confesión? Disculpe, no sé de qué me habla.

—Sí que lo sabe, sí, Lena ha confesado.

Noté que se desconcertaba.

—¿Y quién es Lena?

—No disimule, es una modelo de la agencia de Pepín Rodríguez.

Volvió la cara hacia mí.

—¿Qué quiere decir con eso?, no logro entender...

Su expresión de sorpresa me dio miedo, quizás no era esa la manera; intenté atajar:

—Esa chica nos ha contado que es usted bisexual, señor Masrovira, espero que comprenda cuál es su postura en estos momentos y decida hacer lo mejor para usted.

Pero su cara no perdía el rictus de extrañeza. Pensé que estábamos metiendo la pata de manera espantosa. Por desgracia, Garzón reiniciaba su ataque ya imparable:

—¡No me joda, Edelio, no finja no entender! Da igual si sabe quién es Lena o no. El caso es que sabemos que a usted también le gustan las tías y que se cargó a Luz.

—Pero ¿quién les ha dicho eso?

—¡Acabo de explicarle que quién es lo de menos! ¡Se le ha caído el pelo y en paz! ¿Qué hacía la chica, lo chantajeaba o solo lo amenazó con armar un jaleo en los periódicos? A lo mejor lo único que hizo fue negarse a follar con usted.

Tenía los ojos abiertos de par en par. Estaba paralizado, enloquecido de terror. Me miró buscando protección, movió la boca sin emitir palabras. Yo le devolví la mirada con total frialdad. Por fin dijo:

—Inspectora... —y de nuevo alargó sus manos hacia mí. Garzón seguía acosándolo sin pausa.

—Inspectora... —repitió de modo entrecortado.

—Lo siento, Edelio, no tiene salida, diga la verdad.

—No fui yo, no fui yo.

Garzón le pegó un grito inhumano:

—¡Suelta la verdad de una puta vez!

Ante mi asombro, Edelio gritó también:

—¡Basta! Inspectora, dígale que se calle, por favor; quiero hablar, lo intento, pero no puedo hacerlo así.

Me acerqué a él y le puse una mano en el brazo. Él me la cogió con vehemencia.

—Inspectora, quiero saber si ha sido Pepín quien les ha contado que yo asesiné a la chica. ¿Ha sido él o Lolo?

Completamente a bulto y al borde del infarto susurré:

—Ha sido él.

Entonces el diseñador apretó los dientes, se retrepó en la silla e intentó recobrar la compostura.

—Inspectora, todo esto es cosa de locos, quiero que me escuche y me crea. Es imprescindible que me crea, voy a decir la verdad.

Le hice un gesto a Garzón para que no se le ocurriera proseguir su acoso. Edelio dio un profundo suspiro dolorido y comenzó su confesión:

—En primer lugar, quiero que sepan que yo no maté a Luz. Lo único que hice fue secundar una coartada que nunca existió. Supongo que eso me convierte en cómplice, pero no en asesino, desde luego. A Luz la mató Pepín, él mismo me lo dijo. Se presentó en mi casa desesperado; había tenido una terrible pelea con ella y perdió los estribos, le disparó.

—¿Una pelea, por qué motivo?

—Cuestión pasional.

—¿Pero Pepín no es gay?

—Pepín sí, pero yo no, tampoco bisexual; puede que sea un solterón, putero incluso, pero solo me gustan las mujeres, lo digo muy en serio.

—¿Y entonces Lolo, su joven amante?

—No es mi amante, sino el de Pepín. Tengo testigos para todo lo que digo. Yo aquella noche me quedé trabajando en mi estudio hasta las dos de la mañana. El guardia de seguridad que cuida los apartamentos se lo confirmará, estuvimos charlando un rato cuando salí.

Garzón se impacientó.

—Un momento, un momento, no entiendo nada. ¿Quiere aclararnos todo ese lío de amantes y sexos?

—Es muy sencillo. Pepín estaba muy enamorado de Lolo; eran amantes desde hace más de un año, aunque lo llevaban con la mayor discreción. Pero un buen día Lolo y Luz se liaron. No me pregunte cómo pudo suceder porque no lo sé. Quizás el chico sí era bisexual, aunque yo me inclino a pensar que estaba con Pepín por interés. No le faltaba de nada con él, ¡hasta yo le daba un trato de favor en mis colecciones por recomendación de mi amigo! Cuando Pepín se enteró de la historia se puso como loco, no podía soportar una traición doble: su protegida y su amor al mismo tiempo. Se demenció, intentó separarlos, los amenazó, pero la chica le plantó cara. Aquella noche, en una discusión violenta, perdió el juicio y la mató. Él me juró que no fue premeditado.

—¿Y el chico?

—Al chico consiguió acojonarlo, le juró que si decía algo lo implicaría, que se vería tirado en la calle haciendo de chapero miserable, que contrataría a alguien para matarlo también. ¡Qué sé yo!, perdió el juicio, y el chico se avino a callar.

—¿Y usted?

—Yo me avine a representar la mascarada de la falsa cena, a hacerme pasar por homosexual delante de ustedes, a cargar con el falso amante... En fin, todo era horrible, pero lo hice por amistad.

—Eso cuénteselo al juez. ¿Y Lena, sabía algo Lena de toda la historia?

—No tengo ni idea.

—Supongo que Luz le contó algo. Por eso estaba asustada hasta el punto de intentar comprar una pistola. ¿Lo entiende, Garzón?

—¡Vaya que si lo entiendo!, hay que joderse, ¿eh?

En efecto, había que joderse: una complicada historia sentimental que fue fácilmente corroborable. Dos segundos después de hacerle la primera pregunta del interrogatorio a Lolo Sánchez, este se echó a llorar. Un desmoronamiento en toda regla. 

Lloró y lloró, y entre lágrima e hipido, vino a decir lo mal que se sentía y hasta tuvo el cuajo de reflexionar sobre el triste papel de los modelos profesionales, siempre en manos de los demás como simples objetos. Al final se maldijo a sí mismo por no haber demostrado siquiera la dignidad de señalar al asesino de la mujer que amaba.

—¿Pero usted cree que la amaba? —me preguntó Garzón cuando el caso estaba ya cerrado y tomábamos una copa en el bar.

—¡Yo qué sé!; en las historias pasionales todo se mezcla: amor, orgullo, miedo, interés...

—Pues el jodido Pepín ni siquiera después de haber confesado parecía arrepentido.

—¡Al menos él actuó, no se dejó manipular como hicieron esos chicos!

—Es verdad, los ve uno tan guapos, tan sofisticados, tan superiores con su metro ochenta, pero luego rascas y...

—Porque todos estamos modelados en barro, Fermín, no hay más.

—¡Ni que lo jure!; claro que prefiero el barro al plástico, no sé qué pensará al respecto.

—¿Y qué me dice de uno de esos nuevos materiales?

—¿Un Adán y una Eva de PVC?

Nos reímos un rato en plan relajado y seguimos charlando sobre materiales de construcción. Era un tema neutro e insólito, quizás un antídoto inconsciente contra tanto barro y tanta carnalidad.