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La isla de los antropólogos - Iban Zaldua

Las islas Mouk son el paraíso del antropólogo moderno. Cualquiera puede comprobar, hojeando los índices de Current Anthropology o de American Anthropologist, la popularidad de que gozan estas islas. No hay menos de dos artículos por año y cada lustro, por término medio, ven la luz dos estudios monográficos de mayor o menor envergadura sobre uno o más aspectos de su sociedad, su cultura o su socioecología. 

Y no son más que algunas de las tesis doctorales —las elegidas— que sobre el tema se leen, año tras año, en las diferentes facultades de antropología y filosofía de Europa y Norteamérica.

Conocidas en el mundo occidental desde el primer viaje de Cook, que repostó en la mayor de las islas, a las que denominó —un poco rimbombantemente— Glory Islands, no empezaron a interesar verdaderamente a la antropología hasta los años setenta. 

Las descripciones anteriores son muy vagas: alejadas de las líneas de navegación, las Mouk, pequeñas y —en opinión de los marineros europeos— pobres, fueron olvidadas por comerciantes, soldados y misioneros. Algunos investigadores han resaltado, recientemente, la ausencia de noticias sobre la vida y costumbres de sus habitantes en las escasas referencias anteriores a la Segunda Guerra Mundial (Juárez, 1987). 

Los japoneses ni siquiera se dignaron ocuparlas entonces. Los norteamericanos se conformaron con instalar en 1943 un puesto de radio custodiado por tres o cuatro soldados, que fue desmantelado enseguida, en 1946, cuando las Mouk volvieron a quedar bajo soberanía británica. Los ingleses reconstruyeron el puesto de radio, le añadieron una estación meteorológica y siete barracones y, casi sin darse cuenta, plantaron la semilla de Winstontown, hasta la fecha la única ciudad del archipiélago.

Nuestra historia da comienzo pocos años más tarde, en 1948. Feargal Fischer, un irlandés recién licenciado en antropología por la Universidad de Glasgow, llega a las islas Mouk con la intención de recoger material sobre las costumbres y usos de los indígenas, consigue el permiso de uno de los clanes —así los denomina él— para vivir entre ellos y pasa tres largos años de estudio, privaciones y trópico. 

De vuelta a su Dublín natal publica un digno ensayo, The Moukians: A South Pacific Society, que conoció tres ediciones y —cuentan— fue muy alabado por Evans-Pritchard en sus clases (Fischer, 1951). En él, Fischer nos describe la sociedad de la isla principal, de economía basada en una agricultura de subsistencia, como patriarcal y patrilineal y con fuertes valores militaristas (los clanes luchaban sin cesar entre sí). 

Desgraciadamente, la prematura muerte de Fischer en un accidente de motocicleta le impidió viajar de nuevo allí para ahondar en sus investigaciones, especialmente en lo referido a algunas cuestiones que no quedaron suficientemente claras en su primer trabajo, como el rol de las denominadas «mujeres-tiburón» a la hora de elegir al jefe de guerra, o la relación con la cosmología mouk de las escarificaciones a las que se sometían los adultos una vez se habían cobrado su primera presa de caza. El estudio de Fischer quedó, sin embargo, como una de las pequeñas obras clásicas de la antropología irlandesa de la época.

Ningún científico social se volvió a preocupar de las islas Mouk hasta finales de los años sesenta. Entretanto, Su Graciosa Majestad, sin que nadie se lo pidiera, concedió la independencia a las islas y, casi al mismo tiempo, un empresario hotelero neozelandés, Wayne Townshend, erigía en Winstontown el primer apartamento de lujo de la isla. 

«Las Mouk, un paraíso en la Tierra» fue el lema que acompañó a unas cuantas fotografías de las playas de las islas, eje de una campaña publicitaria que adornó las paredes de unas cuantas agencias de viajes. La campaña no tuvo, en un principio, demasiado éxito: el viaje en hidroavión hasta las islas resultaba caro y otros destinos atraían el interés del turismo masivo. 

Puede que fuera la visión de esta propaganda repugnante y capitalista la que animara a Pierre Roulat, licenciado en Sociología y Antropología por Nanterre, a decidir el tema para su tesis de doctorado: ya veía el título, Colonialisme, néocolonialisme et capitalisme. La destruction d'un monde traditionnel: les îles Mouk, impreso en la portada de algún libro de la editorial Maspero (Crandell, 1981). Claro que aquel largo lema correspondía solo a sus hipótesis de partida, pero estaba seguro de que lograría demostrarlas.

Roulat conocía la obra de Fischer, que circulaba —es un decir— por las librerías francesas en una no muy cuidada traducción. Preveía que la irrupción del turismo habría cambiado las cosas en Mouk, y estaba dispuesto a desenmascarar de qué manera. Además, había algunos aspectos de la forma de trabajar de Fischer que no le convencían. 

Por ejemplo, el investigador irlandés nunca llegó a dominar del todo la lengua local y se valió durante su estancia entre los nativos de un antiguo boy de los soldados norteamericanos que chapurreaba algo que, en todo caso, tenía un marcado acento tejano. 

Por ello, Roulat empleó los dos años siguientes en estudiar lenguas micronésicas en la Universidad de Sídney, y los primeros meses que pasó en las Mouk los dedicó a ahondar en la variante lingüística local.

Fueron tres años intensos, durante los cuales Roulat fue de sorpresa en sorpresa. Casi nada coincidía con lo que Fischer había descrito en su libro. Las diferencias eran tales, que Roulat llegó a dudar si el irlandés había estado en el mismo archipiélago que él. Pero no podía ser: las palabras que aparecían en el texto de Fischer eran las mismas por las que preguntaba a los nativos una y otra vez. Eso sí, describían conceptos, prácticas y situaciones muy distintas a las recogidas por Fischer. 

Roulat encontró una población minúscula, que vivía de la pesca, la recogida de moluscos y la recolección. Las comunidades tradicionales no establecían casi ningún contacto con los extranjeros y, para su sorpresa, no parecía que el débil turismo, dominado por empresarios neozelandeses y australianos, hubiera tenido influencia alguna en la sociedad mouk. 

Las mujeres gozaban de una preeminencia tal que, según Roulat, las descripciones de poliginia, malos tratos y sumisión que aparecían en el libro de Fischer resultaban simplemente increíbles. Los cánticos «guerreros» que había traducido el irlandés no eran, según este investigador, más que invocaciones a la Madre Universal para que la pesca y la caza fueran abundantes. 

Las «mujeres-tiburón», aparte de constituir la memoria de la colectividad mouk, ostentaban, claramente, la jefatura de los clanes, por lo que Roulat se atrevió, en su libro, a calificar a aquella sociedad de matriarcal.

Redactó el libro en menos de tres meses, ya de vuelta en París. Aquello era una bomba académica. Las seiscientas cincuenta y cuatro páginas, coloristas y casi literarias, de Les vraies îles Mouk: une étude anthropologique (1969), aunque le valieron a Roulat la expulsión de los círculos trotskistas y feministas que frecuentaba antes de su partida, cautivaron a la comunidad científica y provocaron una de las más agrias polémicas que se recuerdan entre académicos franceses y anglosajones. 

La Reivindicación de la obra de Fischer partió, como no podía ser menos, del Fischer Memorial Institute of Ethnology de Cork, cuyos miembros estaban consternados por la radical crítica que se hacía en el libro al maestro y a sus métodos. El FMIE convocó aquel año, por primera vez, una sustanciosa beca para financiar estudios antropológicos en la Polinesia y la Micronesia, beca que se ha venido ofreciendo año tras año hasta el día de hoy, y que se concede invariablemente a proyectos centrados en la sociedad de las Mouk, siempre con el inconfesado deseo de desbaratar las críticas de Roulat a Fischer. Así fue, por lo menos, durante los primeros años. Porque los resultados han dejado bastante que desear.

Los cinco artículos que, a partir del estudio de las leyendas y el folclore mouk, publicó el equipo formado por Anna Winter y Claus McAdam, beneficiarios de la primera beca concedida por el FMIE, destrozaron las conclusiones del estudio de Roulat, al que calificaban de «descriptivo y poco riguroso» (Winter & McAdam, 1971, 1972a, 1972b, 1972c, 1973). Y, sin embargo, tampoco confirmaban los extremos que constituían la columna vertebral del libro de Fischer. 

La sociedad mouk estaba basada en una economía recolectora que sacaba provecho de la abundancia de frutos y bayas del bosque tropical. No hallaron indicios de que alguna vez hubieran practicado la caza y, aparte de los moluscos que recogían en las playas, tampoco parecían conocer el arte de la pesca. Consiguientemente, no encontraron indicios de armamento ni de actividad guerrera. 

El hecho de que averiguaran que las «mujeres-tiburón» eran, a la postre, hombres que se travestían para una especie de función de teatro ritual les puso sobre la pista para demoler las tesis matriarcalistas del francés. La preponderancia de las mujeres en la sociedad mouk habría sido, según Winter y McAdam, producto de la calenturienta imaginación de Roulat, pero lo cierto es que tampoco pudieron confirmar algunos de los asertos de Fischer: aunque los hombres dominaban todas las parcelas de la vida de las islas, no se podía decir que ejercieran una hegemonía sin límite sobre las mujeres, a las que trataban en un plano de relativa igualdad.

Como puede suponerse, la controversia que originaron los artículos fue mayúscula y las expediciones se multiplicaron en los siguientes años. Y no solo las inglesas y las francesas: antropólogos norteamericanos, rusos, japoneses, austriacos, indios y australianos acudieron, en sucesivas oleadas, a depositar su granito de arena en el acervo científico de la humanidad. 

Ninguna revista especializada se quedó sin su monográfico dedicado a las islas (sería demasiado prolijo enumerar siquiera los estudios más decisivos; una buena bibliografía la encontramos en Chapman, 1991; para un resumen de las publicaciones más recientes, consultar Vries, 1999). 

La fama de las Mouk sobrepasó, de hecho, las fronteras de la ciencia antropológica, impulsando la llegada de muchos amantes de los viajes exóticos: el turismo se ha convertido, desde 1982, en la primera fuente de la renta nacional, desplazando a —según el estudio que se utilice— la pesca, la agricultura de subsistencia o el plátano para la exportación.

La fama de las Mouk ha atraído también a estudiosos ajenos al campo de la antropología: el lingüista vizcaíno J. Lakarra ha relacionado varios giros de la lengua mouk con estructuras pragmáticas subyacentes en la obra del padre Larramendi, dando pie así a una nueva hipótesis sobre la filiación de la lengua más antigua de Europa, aunque, como el propio autor señala, sean necesarias nuevas investigaciones que la confirmen o, en su caso, invaliden (Lakarra, 1992). 

Incluso el recordado naturalista Félix Rodríguez de la Fuente llegó a rodar un capítulo sobre «La rata pinta de las Mouk», que permanece inédito en los sótanos de Radio Televisión Española. De cualquier manera, ninguna de las publicaciones posteriores aclaró las cuestiones suscitadas. Nadie podía exponer, a ciencia cierta, cómo era la sociedad de las Mouk. 

Los extremos citados en el último artículo eran invariablemente matizados, cuando no demolidos, por los que se publicaban al año siguiente. En muchas universidades, el epígrafe dedicado a las islas Mouk en la asignatura correspondiente desapareció de los planes de estudio: era virtualmente imposible seguirle la pista.

Lo cierto es que las ciencias avanzan, aunque sea lentamente, hacia la verdad: esto es innegable. Aunque la solución al enigma de las Mouk no esté del todo clara aún, han empezado a extraerse algunas hipótesis plausibles. 

Un artículo publicado por Allison Millcave (1990) apunta la idea de que los mouk constituirían una «sociedad-camaleón», capaz de transformarse a sí misma para presentar una imagen, distinta cada vez, a los sucesivos visitantes. Esta característica habría constituido en el pasado un mecanismo defensivo y, hoy en día, siempre según Millcave, un cebo para atraer antropólogos, turistas y, a la postre, riqueza a las islas. 

La autora destaca que uno de los pocos rasgos comunes a casi todas las investigaciones es la nula relación que se aprecia entre la sociedad tradicional de las islas y el mundo del turismo que se concentra en torno a Winstontown.

De hecho, aunque las formas varían de uno a otro estudio, todos ellos subrayan la dureza con la que tratan los mouk a aquellos que tienen contacto con los «blancos» o se van a vivir con ellos. Estos son expulsados de la comunidad con un ceremonial que, aunque desgraciadamente cambiante, siempre es vistoso. 

Lo que contrasta vivamente con la amabilidad con la que han solido tratar a los antropólogos que les visitaban. Como afirma una posterior reseña de Wong (1991), la relación entre estos dos hechos no queda excesivamente clara en el —siempre según Wong— torpe trabajo de Millcave, pero admite rotundamente la intuición de esta sobre el engaño antropológico como base de la sociedad mouk (aunque él prefiera denominarla «comunidad-manto»). 

En resumen, la sociedad de las Mouk sería, según estos y otros trabajos posteriores, un gigantesco fraude (ver, una vez más, la documentación reseñada en Vries, 1999).

Aunque esta teoría se afianza hoy día como la correcta, esto no quiere decir que el interés por las islas decaiga. Los trabajos emprendidos desde entonces en base a esta hipótesis de partida no han resultado ni mucho menos concluyentes. Las encuestas realizadas para ahondar en las bases de los dispares comportamientos sociales observados han arrojado respuestas más que divergentes y han encendido vivas polémicas. 

Una línea de investigación se empeña en fijar cuál es la verdadera estructura de la sociedad mouk, su esencia, mientras que otra escuela, más relacionada con la semiótica, considera imposible esa pretensión. Las cambiantes respuestas de los mouk, que en ocasiones parecen admitir el engaño, no ayudan mucho.

Entre tanto, el negocio turístico de la isla prospera, las expediciones de estudiantes de segundo ciclo y doctorado no cesan y la renta nacional sigue creciendo. A las legiones de antropólogos se han sumado ahora apresuradamente equipos de investigación multidisciplinares, o formados exclusivamente por sociólogos, interesados por el pujante movimiento ecologista indígena contra las pruebas nucleares que el Gobierno francés piensa llevar a cabo en un atolón vecino. 

Movimiento que, por lo que sabemos, puede no durar más que un suspiro y ser sustituido por la conversión al catolicismo de la mayoría de la población, una pasión repentina por la comida china o vaya usted a saber qué.

Diles a las mujeres que nos vamos - Raymond Carver

Bill Jamison había sido siempre el mejor amigo de Jerry Roberts. Ambos habían crecido en la zona sur, cerca del viejo parque de atracciones. Habían ido juntos a la escuela primaria y luego a la secundaria, y más tarde entraron juntos en Eisenhower, donde hicieron cuanto estuvo en su mano para tener el mayor número de profesores comunes. Se intercambiaron camisas, suéteres y pantalones con pinzas, salieron y fornicaron con las mismas chicas, e hicieron todas esas cosas que suelen salir al paso normalmente.

En el verano conseguían trabajos juntos: macerar melocotones, recoger cerezas, deshebrar lúpulo; cualquier cosa que les proporcionase algo de dinero y en donde no hubiera que soportar a un patrón al acecho. Compraron un coche a medias. El verano anterior a su último curso, juntaron el dinero y se compraron un Plymouth rojo del 54 por 325 dólares. Lo compartieron y todo salió perfectamente.

Pero Jerry se casó antes de que finalizara el primer semestre y abandonó los estudios para tomar un empleo fijo en el centro comercial Robby's. En cuanto a Bill, también él había salido con la chica. Carol, se llamaba, y se llevaba muy bien con Jerry. Bill iba a visitarlos siempre que podía; tener amigos casados le hacía sentirse más mayor. Solía ir a almorzar o a cenar, y escuchaban a Elvis o a Bill Haley and His Comets.

Pero a veces Carol y Jerry empezaban a ponerse a tono sin importarles que Bill estuviera delante, y entonces Bill se levantaba, se excusaba y se iba andando hasta la estación de servicio Dezorn's a tomarse una Coca-Cola, pues en el apartamento de Jerry no había más que una cama abatible en la sala de estar. O bien ellos se metían en el cuarto de baño y Bill se iba a la cocina y fingía interesarse por la alacena o el frigorífico mientras trataba de no escuchar.

Así que Bill empezó a no ir tan a menudo y, después de graduarse en junio, consiguió un empleo en la fábrica Darigold y se alistó en la Guardia Nacional. Al cabo de un año tenía a su cargo su propia ruta lechera y mantenía relaciones formales con Linda. De modo que Bill y Linda iban a visitar a Jerry y Carol, bebían cerveza y oían discos. Carol y Linda se llevaban bien, y a Bill le halagó que Carol le dijera —así, confidencialmente— que Linda era una «auténtica persona». También a Jerry le gustaba Linda.

—Es estupenda —comentó Jerry.

Cuando Bill y Linda se casaron, Jerry fue el padrino de boda. La fiesta, naturalmente, fue en el Donnelly Hotel; Jerry y Bill se cogieron del brazo, se bebieron el ponche de un trago y se despacharon a gusto con toda clase de diabluras. Pero en determinado momento, en medio de toda aquella alegría, Bill miró a Jerry y pensó en lo mucho que había envejecido, pues tenía veintidós años y aparentaba muchos más. Para entonces tenía ya dos hijos, había ascendido en Robby's a adjunto a la gerencia y había otro retoño en camino.

Se veían todos los sábados y domingos, y más a menudo si había una fiesta. Cuando hacía buen tiempo, Bill y Linda iban a casa de Jerry y asaban perritos calientes en la barbacoa, mientras dejaban a los niños en la piscina portátil que Jerry había conseguido por cuatro perras —al igual que tantas otras cosas— en el centro comercial donde trabajaba.

Jerry tenía una bonita casa. Estaba sobre una colina desde donde se divisaba el Naches. Había otras casas en las cercanías, pero no muy próximas. A Jerry le iban las cosas a pedir de boca. Cuando Bill, Linda, Jerry y Carol se reunían, lo hacían siempre en casa de Jerry, pues era él quien tenía la barbacoa, los discos y la chiquillería que no paraba de dar la lata.

Sucedió un domingo en casa de Jerry. Las mujeres estaban en la cocina preparando las cosas. Las hijas de Jerry jugaban en el jardín. Lanzaban una pelota de plástico a la piscinita, chillaban y se metían a chapotear detrás de ella. Jerry y Bill, echados en las tumbonas del patio, bebían cerveza y descansaban. Bill llevaba el peso de la conversación: hablaba de gente que conocían, de Darigold, del Pontiac Catalina de cuatro puertas que pensaba comprarse.

Jerry miraba fijamente el tendedero o el Chevy descapotable del 68 que estaba en el garaje. Bill pensó que Jerry iba a acabar por quedarse ensimismado, mirando como miraba todo el tiempo fijamente y sin decir «esta boca es mía». Bill se movió en su tumbona y encendió un cigarrillo. Preguntó:

—¿Te sucede algo, muchacho? Quiero decir... ya sabes.

Jerry acabó su cerveza y aplastó la lata. Se encogió de hombros.

—Ya sabes —dijo.

Bill asintió con la cabeza. Luego Jerry propuso:

—¿Qué tal si nos damos una vuelta?

—Me parece perfecto —aprobó Bill—. Les diré a las mujeres que nos vamos.

Tomaron la carretera del río Naches rumbo a Gleed. Conducía Jerry. El día era cálido y soleado, y el aire azotaba el interior del coche.

—¿Adónde vamos? —preguntó Bill.

—Vamos a echar unas partidas de billar.

—Estupendo —celebró Bill. Se sentía mucho mejor viendo a Jerry animado.

—Hay que salir de vez en cuando —se justificó Jerry. Miró a Bill—. ¿Me entiendes, no?

Sí, Bill le entendía. Le gustaba ir con los compañeros de la fábrica a jugar en la liga de bolos del viernes por la noche. Le gustaba irse un par de veces a la semana después del trabajo a tomarse unas cervezas con Jack Broderick. Sabía que los jóvenes tienen que salir de vez en cuando.

—Al pie del cañón —dijo Jerry mientras tomaba la pista de grava que conducía al Rec Center.

Entraron. Bill sostuvo la puerta para que pasara Jerry, y al pasar, Jerry le dio un puñetazo suave en el estómago.

—¡Qué hay, gente! —Era Riley.

—¿Eh, cómo estáis, chicos?

Riley salía de detrás de la barra sonriendo abiertamente. Era un hombre corpulento. Llevaba una camisa hawaiana de manga corta que le colgaba fuera de los vaqueros. Riley repitió:

—¿Cómo estáis, chicos?

—Venga, calla y ponnos un par de Olys —pidió Jerry, guiñando un ojo a Bill—. ¿Y tú cómo estás, Riley? —preguntó Jerry.

Riley continuó:

—¿Cómo os va, chicos? ¿Dónde os habíais metido? ¿Tenéis algún lío de faldas? La última vez que te vi, Jerry, tenías a la parienta de seis meses.

Jerry se quedó quieto unos instantes y pestañeó.

—¿Qué hay de esos Olys? —insistió Bill.

Se sentaron en unos taburetes cerca de la ventana. Jerry comentó:

—¿Qué local es este, Riley, sin una sola chica un domingo por la tarde?

Riley rió. Contestó:

—Imagino que están todas en la iglesia rezando para conseguir un macho.

Se tomaron cinco latas de cerveza cada uno y tardaron dos horas en jugar tres partidas de turnos y dos de billar ruso. Riley, sentado en un taburete, hablaba y miraba cómo jugaban. Bill no paraba de mirar primero su reloj y luego a Jerry. Bill saltó:

—¿Bueno, en qué piensas, Jerry? Repito: ¿en qué piensas?

Jerry acabó la lata, la aplastó y se quedó un momento dándole vueltas en la mano. Una vez en la carretera, Jerry empezó a pisarle a fondo: a veces ponía el coche a ciento treinta o ciento cuarenta kilómetros por hora. Acababan de adelantar a una vieja furgoneta cargada de muebles cuando vieron a las dos chicas.

¡Mira eso! —exclamó Jerry, reduciendo la marcha—. Ya haría yo algo con ellas.

Jerry siguió como una milla y salió de la carretera.

—Volvamos —propuso—. Intentémoslo.

—Joder —dudó Bill—. No sé.

—Yo les haría algo —insistió Jerry.

Bill remoloneó:

—Sí. Pero no sé...

—Joder, venga —le apremió Jerry.

Bill miró el reloj y luego miró en torno. Dijo:

—Suelta el rollo tú. Yo estoy desentrenado.

Jerry hizo sonar la bocina mientras giraba en redondo. Cuando se acercó a la altura de las chicas, redujo la velocidad. Hizo entrar el Chevy en el arcén. Las chicas siguieron pedaleando en dirección opuesta, pero se miraron una a otra y rieron. La que ocupaba el borde de la pista era alta y esbelta y tenía el pelo oscuro; la otra era rubia y más menuda. Ambas llevaban shorts y blusas que dejaban al descubierto la espalda.

—Putas —masculló Jerry.

Esperó a que pasaran los coches para cruzar y tomar la dirección contraria.

—La morena es para mí —decidió. Añadió—: La pequeña es tuya.

Bill se echó hacia atrás en su asiento y se tocó el puente de las gafas de sol.

—Esas no van a hacer nada —auguró.

—Pronto las tendrás a tu lado —le contradijo Jerry. Cruzó la autopista y dio marcha atrás—. Prepárate —anunció.

—Hola —dijo Bill cuando alcanzaron las bicicletas—. Me llamo Bill.

—Muy bonito —dijo la morena.

—¿Adónde vais? —preguntó Bill.

Las chicas no respondieron. La pequeña rió. Siguieron pedaleando y Jerry siguió conduciendo.

—Eh, venga. ¿Adónde vais? —insistió Bill.

—A ningún sitio —contestó la pequeña.

—¿Y dónde es «ningún sitio»?

Ya te gustaría saberlo —coqueteó la pequeña.

—Te he dicho mi nombre —respondió Bill—. ¿Cuál es el tuyo? Este se llama Jerry.

Las chicas se miraron y rieron. Apareció un coche a la zaga. El conductor tocó el claxon.

—¡A la mierda! —gritó Jerry.

Aceleró hasta despegarse de las bicicletas y dejó que el coche lo adelantara. Luego retrocedió hasta situarse al lado de las chicas. Bill propuso:

—Os damos un paseo. Os llevamos adonde queráis. Lo prometo. Tenéis que estar cansadas de darles a los pedales. Tenéis pinta de cansadas. No es bueno el exceso de ejercicio. Y menos para las chicas.

Las chicas rieron.

—¿Lo veis? —continuó Bill—. Ahora venga, decidnos cómo os llamáis.

—Yo soy Barbara, y esta es Sharon —dijo la menuda.

—¡Perfecto! —exclamó Jerry—. Ahora entérate de adónde van.

—¿Adónde vais? —quiso saber Bill—. ¿Eh, Barbara?

La chica rió.

—A ninguna parte —respondió—. Por la carretera.

—¿Pero por la carretera adonde?

—¿Te importa que se lo diga? —le preguntó a su amiga.

—No, me da igual —contestó la amiga—. Me da exactamente igual. No voy a ir a ninguna parte con nadie —resolvió la chica llamada Sharon.

—¿Adónde vais? —insistió Bill—. ¿Vais a Picture Rock?

Las chicas rieron.

—Allí es donde van —aseguró Jerry.

Apretó el acelerador del Chevy, adelantó a las chicas y se metió en el arcén: ahora habrían de pasar a su lado.

—No seáis así —dijo Jerry. Y les instó—: Venga. Si ya hemos sido presentados.

Las chicas pasaron de largo.

—¡No os voy a morder! —bromeó Jerry.

La morena miró hacia atrás. A Jerry le pareció que le miraba con ojos propicios. Pero con una chica nunca se sabe. Jerry volvió como un rayo a la calzada; de los neumáticos salieron disparados guijarros y tierra.

—¡Nos veremos! —les gritó Bill al pasar a su lado.

—Está en el bote —comentó Jerry—. ¿No has visto la mirada que me ha echado la muy guarra?

No sé —dudó Bill—. Quizá sería mejor que volviéramos a casa.

—¡Pero si está hecho! —dijo Jerry.

Salió de la carretera y se detuvo bajo unos árboles. La carretera se bifurcaba allí, en Picture Rock, de donde partía un ramal para Yakima y otro para el Naches, Enumclaw, el puerto de Chinook y Seattle.

A unos cien metros de la autopista se alzaba una alta e inclinada masa de roca negra, parte integrante de una cadena poco elevada de colinas llenas de senderos y pequeñas cuevas, en cuyas paredes podían verse numerosas inscripciones indias. El lado escarpado de la roca daba a la carretera, y sobre él había escritas cosas como estas: NACHES 67 — LOS WILDCATS DE GLEED — JESÚS NOS SALVA — DERROTAD A YAKIMA — ARREPENTÍOS.

Se quedaron dentro del coche, fumando. Los mosquitos trataban de picarles en las manos.

—Cómo me gustaría tener una cerveza —exclamó Jerry—. Iría a beberme una.

—Y yo —coreó Bill, y miró el reloj.

Cuando divisaron a las chicas, Jerry y Bill salieron del coche. Se apoyaron sobre la aleta delantera.

—Recuerda —dijo Jerry, apartándose del coche—. La morena es mía. Tú te encargas de la otra.

Las chicas dejaron las bicicletas en el suelo y tomaron uno de los senderos. Desaparecieron tras un recodo y volvieron a aparecer un poco más arriba. Ahora estaban allí, quietas, y miraban hacia abajo.

—¿Para qué nos seguís, eh, chicos? —gritó la morena.

Jerry tomó el sendero. Las chicas se volvieron y se alejaron de nuevo a buen paso. Bill fumaba un cigarrillo y se paraba de vez en cuando para dar una honda chupada. Cuando llegaron a un recodo, miró hacia atrás y vio el coche.

—¡Muévete! —le instó Jerry.

—Ya voy —respondió Bill.

Siguieron subiendo. Pero Bill tuvo que recobrar el resuello. Ya no podía ver el coche. Tampoco la carretera. A su izquierda pudo ver una franja del Naches, que se extendía hacia abajo como una tira de papel de aluminio.

Jerry dijo:

—Vete a la derecha y yo iré de frente. Les cortaremos el paso a esas calientapollas.

Bill asintió con la cabeza. Jadeaba demasiado para poder hablar. Siguió subiendo durante un rato; el sendero empezó a descender y a encaminarse hacia el valle. Bill miró y vio a las chicas. Se habían puesto en cuclillas tras un saliente del terreno. Tal vez estaban sonriendo.

Bill sacó un cigarrillo. Pero no pudo encenderlo. Entonces vio a Jerry. Y después de aquello, ya no importaba.

Lo que Bill había querido era joder con ellas. O verlas desnudas. Pero tampoco le habría importado mucho que la cosa no saliera. No llegó a saber lo que quería Jerry. Pero todo empezó y acabó con una piedra. Jerry utilizó la misma piedra con las dos chicas: primero con la que se llamaba Sharon y luego con la que se suponía que le tocaría a Bill.