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Los gatos de Père Lachaise - Neil Olonoff


Bateman odiaba llegar tarde. Se sentía irritado después de haber perdido media mañana intentando convencer a su esposa de que acudiera al funeral de Osear. Ahora, subiendo hacia la entrada del crematorio de Pére Lachaise, se sentía más irritado aún por tener que abrirse camino entre un grupo de enormes gatos tomando el sol en los amplios escalones. 

Al llegar casi arriba, cansado de mirar constantemente a sus pies, pisó descuidadamente una cola. El maullido fue lo suficientemente fuerte como para despertar a los muertos, pensó divertido. Pero los gatos no salieron en estampida, alarmados. En vez de ello, arquearon sus lomos y le miraron con malevolencia. Con una nerviosa mirada por encima del hombro hacia los gatos, Bateman penetró en la fría penumbra del crematorio.

Se entretuvo un momento en la puerta de la estancia del crematorio. Pierre estaba sentado en medio del pequeño grupo de acompañantes que hacían guardia frente a la puerta del horno funerario. 

A Bateman le recordó aquella vez en que había observado la sala del tribunal durante el divorcio de Pierre y Alicia, hacía doce años. Ahora vaciló, preparando una explicación para la ausencia de Alicia. ¡Maldita fuera su testarudez! Los niños eran una buena excusa, por supuesto, o quizá el hecho de que ella estuviese resfriada. Se decidió por el resfriado. Aunque primero mencionaría los niños. Quizá pudiera evitar las miradas de reproche de Pierre, que siempre hacían que se sintiera culpable.

La puerta del horno crematorio estaba alzándose para revelar el resplandor rojo en su interior. Con un gemido de maquinaria automática, el sencillo ataúd de pino avanzó hacia allí. Bateman se sentó detrás de Pierre y su hermana. La puerta descendió. Eso era todo. Mientras el grupo se levantaba con un suspiro colectivo. Pierre se volvió y vio a Bateman. Éste observó la decepción de Pierre al no ver a Alicia a su lado. 

Bateman dijo:
—Lo sentimos mucho. Pierre.

Pierre respondió casi rudamente con una mecánica inclinación de cabeza y le dijo a su hermana que se fuera a casa, que quería recibir las cenizas él solo. El grupo se dispersó, y los dos hombres salieron fuera del crematorio y caminaron cruzando la gran plaza pavimentada.

Oscar, el difunto, era el cuñado de Pierre. Podía decirse que había muerto a causa de la bebida, pero de una forma más bien macabra. Oscar se había ahogado tras perder el conocimiento a causa del frío bajo el Pont Neuf, durante una tormenta. Sencillamente, el río subió de nivel a su alrededor. 

La policía lo encontró allí, sin ninguna corte d'identité. Tomaron sus huellas dactilares, pero Oscar había nacido en Toulouse. Antes de que la familia se enterara de su muerte, el cuerpo había sido llevado al crematorio público de Pére Lachaise, el famoso cementerio en el 20° arrondissement. Lo más sencillo era seguir adelante con el funeral de los pobres.

—Hemos tenido suerte de que lo incineren solo —dijo Pierre a Bateman—. Normalmente las cremaciones de los indigentes se hacen de cuatro a la vez.

Bateman alzó la vista, sorprendido, pero no dijo nada. Caminaron lentamente a lo largo de uno de los senderos pavimentados del cementerio, parpadeando ante las manchas de luz que salpicaban el suelo. Era un agradable atardecer, y las hojas de los viejos árboles se agitaban sobre sus cabezas.

—¿Cómo está ella? —preguntó Pierre, refiriéndose a Alicia.
—Está bien —dijo Bateman, reflexionando que no estaba más seguro de los sentimientos de ella que de los de Allan Kardek, el médium espiritista muerto hacía mucho, junto a cuya tumba de granito estaban pasando.
—¿Y Janine? —preguntó Pierre.
—También está bien —dijo Bateman.
Janine era la hija de Pierre, tan sólo un bebé cuando Alicia se divorció de él.

Pierre era un hombre adusto y silencioso por naturaleza, pero hoy parecía estar buscando una forma de prolongar la conversación. Bateman sintió pena por él, consciente de que a Pierre le resultaba difícil superar su timidez y cortedad. Pero Bateman tampoco se sentía tan comunicativo como de costumbre.

Su camino se vio entonces cruzado por uno de los grandes gatos que residían en el cementerio. Parecían estar por todas partes, espiándole a uno desde detrás de las tumbas, emboscándose en las húmedas criptas. Eran enormes, y Bateman supuso que se alimentaban de ratones de campo y de otros roedores.

—Mira esos gatos —dijo Pierre—. Son enormes.
Bateman sonrió. Tenía la sensación de que era capaz de predecir cualquier cosa que Pierre fuera a decir. La mente de aquel hombre era la de un ingeniero, pensó, estrictamente orientada a lo concreto y real. Bateman podía mirar al frente y captar los más notables detalles de los caminos del cementerio. 

Mientras pasaban junto a ellos. Pierre hacía alguna observación sobre cada uno. Bateman se sentía divertido ante esta confirmación, no por vez primera, de la diferencia de sus caracteres. Bateman siempre había sido capaz de ignorar lo obvio, de actuar como si las condiciones reales de la vida y las exigencias de los convencionalismos simplemente no existieran.

Alicia también era así. Cuando se había iniciado su aventura en una pequeña galería de arte de la Rué du Bac, el resto del mundo había parecido fundirse en el entorno. Su matrimonio con Pierre, su hija y la posición de Pierre en la fábrica de ladrillos y tejas de su suegro se convirtieron en algo secundario ante la supremacía del hecho que llenaba ahora sus vidas: su mutuo amor.

Bateman se hallaba en viaje de compras, añadiendo nuevas propiedades a la colección de arte de un hombre que era propietario de varios almacenes en Nueva York. Durante varios meses, él y Alicia estuvieron pegados a las líneas telefónicas que unían París y Nueva York. Él gastó sus ahorros en viajes aéreos. Finalmente, Bateman convenció al rico neoyorquino de que lo enviara permanentemente a París. 

Pocos años más tarde, Bateman abría su propia galería. Pero el período anterior al divorcio fue doloroso para todos ellos.

Pierre permaneció junto a Alicia durante todo ese tiempo por el bien de Janine, preparando biberones y cuidando de sus diarreas matinales. Alicia prosiguió a la vez su floreciente carrera como artista y su amor con el norteamericano, y de algún modo halló entre ambas dedicaciones algo de tiempo para su bebé.

Bateman imaginó que Pierre hubiese preferido tenerlos a ambos junto a él, aun sin el amor de Alicia, que no tener a ninguno. Luego, Pierre nunca encontró a otra mujer que le conviniera. Era un sacrificio del cual Bateman no hubiera sido capaz. Debido a ello, Janine creció como una niña feliz.

Durante aquel año, Bateman y Alicia escandalizaron a sus amigos y familiares viviendo su aventura a plena luz. Ella traía a menudo a Janine al apartamento de él o a la galería, aunque a veces también la dejaba con Pierre. Cuando Bateman la llamaba desde Nueva York, era inevitable que algunas veces Pierre se pusiera al aparato. 

Las primeras veces que esto ocurrió, Bateman colgaba, pero a medida que iba acostumbrándose a la situación, empezó a preguntar por ella e incluso a dejarle mensajes. Pierre lo aceptó sin una palabra de protesta.

Bateman miró a Pierre, reflexionando que probablemente esa misma reprimida y poco imaginativa cualidad era la que le había permitido sobrevivir aquel tenso período, por no mencionar los últimos doce solitarios años. Detrás de un árbol vio cómo desaparecía la cola de un gato.

—Me pregunto qué comerán esos gatos —dijo—. ¿Crees que hay alguien que les da de comer?

Pierre se echó a reír de aquella forma ahogada tan característica, una especie de agitación de la cabeza con los labios apretados, de los cuales apenas salía sonido alguno de regocijo. Sus ojos mantenían su eterna expresión de tristeza, pero por una vez hubo como una chispa de animación. Dijo:

—Hablé con uno de los hombres que trabajan en el crematorio antes de que tú llegaras. Le pregunté por los hornos y cosas así.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Bateman.
—DeLaye tiene que reparar constantemente los revestimientos internos de ladrillo —dijo Pierre.
DeLaye era el nombre de soltera de Alicia y el nombre de la compañía de su padre, para la cual seguía trabajando Pierre.
—Oh, entiendo.
—Los ladrillos tienen que ser reemplazados cada cuatro años o así. No es mucho trabajo.
—¡Dios mío! ¿Has visto ese gato? —dijo Bateman—. Debe de pesar sus buenos diez kilos.

Pierre miró al atigrado gato.
—Sí, es uno de los grandes —dijo—. El tipo ése me contó una curiosa historia acerca de los gatos. No sé si creerla.
—¿De qué se trata?
El gato atigrado estaba mirando a Bateman con la expresión maníaca que adoptan cuando están hambrientos.
—Los hornos poseen quemadores a gas que alcanzan los mil doscientos grados —dijo Pierre—. Pero el gas es tan caro estos días que intentan economizarlo reduciendo el tiempo entre cremaciones, de modo que los hornos no tengan oportunidad de enfriarse.
—Eso tiene sentido.
—Sí, excepto que eso supone que tienen que retirar los cadáveres antes. A menudo, cuando se trata de un cuerpo grande, especialmente uno de los que han sido congelados en el depósito de cadáveres, los huesos no se hallan completamente reducidos a cenizas.
—Estás bromeando —dijo Bateman—. ¿Qué hacen entonces?
—Bueno, generalmente rompen los huesos con la raclette.
—Una raclette? ¿Como la que utilizan los panaderos?
—Más o menos. Pero eso no es lo peor. El cráneo y el cerebro constituyen un problema mayor.
—¿El cerebro?
—Oh, sí. Y puedes imaginar. Se halla encerrado, rodeado de líquido, y es muy difícil de quemar. Además, ya sabes, en verano los cuerpos deben mantenerse a una temperatura muy cercana a la congelación. Se necesita mucho más tiempo para incinerar un cadáver congelado.
—Ya entiendo... —dijo Bateman, con un principio de náusea en su pecho.
—Sea como sea, el tipo dijo... —Pierre se interrumpió mientras doblaban una esquina.

Habían llegado a una sección de las tumbas cubierta con pintadas, muchas de ellas obscenas. «Quiero joderte, Jim.» «La Serpiente.» «Patrick, Harley Davidson, 1984.» Y finalmente, pintada con spray en brillantes colores sobre una losa de granito sin labrar, la explicación: «Jim Morrison, The Doors».

Se detuvieron a contemplar los centenares de inscripciones garabateadas con tiza o pintura. Algunas llevaban años allí, pero otras parecían recientes. Para Bateman resultaba consternante. Parecía como si no les importara nada. Se sintió avergonzado por ellos, incluso después de todo aquel tiempo transcurrido.

Había un pequeño grupo de ciclistas descansando en aquella curva del camino. La bicicleta era una estupenda forma de ver el cementerio. Los senderos eran lisos y libres de tráfico, aunque uno no podía vagabundear entre las tumbas; por eso habían dejado sus bicicletas encadenadas juntas y se habían encaminado por entre las tumbas cubiertas de hierba. 

Bateman y Pierre podían oír sus risas mientras examinaban las anticuadas inscripciones. Los ciclistas avanzaron hacia ellos hablando en inglés, dos muchachos y dos chicas caminando directamente por entre las tumbas sin preocuparse por el sendero que había entre ellas. Bateman apartó la vista. 

El sol se ocultó tras una nube y entonces miró su reloj. ¿Las cinco y media ya? Se estaba haciendo tarde. Caminó un poco sendero abajo, procurando no ver las profanaciones practicadas allí para conmemorar a una estrella del rock norteamericana. Pierre siguió en su lugar, leyendo los nombres y comentarios. Minutos más tarde, Bateman miró hacia atrás y vio a Pierre arrodillado junto a las bicicletas, hablando con uno de los muchachos, sin duda acerca de sus máquinas.

Bateman podía ver la plaza del Crematorio y al otro lado el Columbario, donde instalaban las urnas conteniendo las cenizas. Sus ojos fueron atraídos por una extraña escena. En medio de la plaza, un enorme perro pastor alemán permanecía de pie, inmóvil. Incluso a aquella distancia podía ver los desnudos colmillos y la cola bajada entre las piernas del perro. Rodeándole había una docena de enormes gatos. 

Uno de ellos avanzó hacia el perro, y el anillo de gatos se contrajo en tomo al animal. El gato más cercano lanzó un amago hacia el perro, como si estuvieran a punto de atacarlo en masse, cuando, procedente del Crematorio, un hombre apareció blandiendo un largo palo hacia los agazapados gatos. Retrocedieron, observando al hombre mientras tiraba del perro, alejándolo.

Hubo sonido de risas y una especie de forcejeo entre los chicos y chicas en el recodo del sendero. No les estaba prestando mucha atención. Pierre todavía seguía atrás. Bateman sabía que la tumba que contenía los restos de Víctor Hugo estaba en algún lugar por aquella zona. Un poco más abajo pudo descubrir los de Rothschild y Gertrude Stein.

Las tumbas eran pintorescas. Algunas estaban amuebladas con una especie de silla baja de respaldo almohadillado, diseñada para poder arrodillarse y rezar, llamada prie-dieu. Algunas tenían ganchos en las paredes, para colgar coronas. 

Aunque la mayoría de las criptas estaban cerradas con llave, alguna permanecían abiertas. Miró hacia las sombras de una que había sido utilizada como refugio por generaciones de borrachos, a juzgar por la cantidad de botellas de vidrio verde esparcidas por el suelo. Enrollado en el acolchado asiento del antiguo prie-dieu había un enorme gato gris de ojos amarillos.

¿Era su imaginación, o aquel gato le observaba con una mirada particularmente salvaje? Nunca le habían gustado demasiado los gatos. Cuando abrían sus bocas, mostrando la punta de sus lenguas, sus ojos vidriosos fijos en un inimaginable éxtasis felino, los encontraba positivamente repulsivos. Deseaba salir de aquel lugar. Miró de nuevo su reloj. ¡Casi las seis! Realmente tenía que irse. Se volvió en redondo para llamar a Pierre, y se encontró ante su rostro. 

Disimuló su impresión con una risa nerviosa.
—¡Oh, estás aquí! —dijo Bateman—. Creí que te habías ido en bicicleta con ellos.
—No —dijo Pierre, frunciendo el ceño.
—Realmente debo irme —dijo Bateman—. Le dije a mi mujer que esta noche saldríamos a cenar. —Por un momento había olvidado con quién estaba hablando, pero ya era demasiado tarde para rectificar—. Por supuesto, me refiero a Alicia.
—Por supuesto —dijo Pierre—. Yo también tengo..., tengo algo que hacer.
—De veras, Pierre —dijo Bateman—. Lo siento.
—¿El qué? —preguntó Pierre, sus ojos brillando repentinamente.

Estaba irritado, pensó Bateman, y eso le cogía por sorpresa. Era la primera vez que veía a Pierre mostrar su temperamento. Pierre tenía algo, un trozo de metal, en su mano, y estaba dándole vueltas con sus dedos.

En un tenso silencio, caminaron por un atajo entre las hileras de decrépitas tumbas y denso follaje. Las sombras iban alargándose, y Bateman se sintió incómodo caminando delante de Pierre. Notaba una especie de picor en su cuero cabelludo. ¿Tenía miedo de que Pierre, tras todos aquellos años, pudiera tomarse alguna especie de venganza física? 

Nunca había dicho una palabra en contra de Bateman, nunca le había colgado el teléfono, nunca había dejado de transmitir uno de sus mensajes. Como cornudo, pensó Bateman, había sido tan cooperativo como era posible imaginar. Bateman lamentó inmediatamente aquel pensamiento. Pierre era diez veces más generoso que él. Se merecía su simpatía, su ayuda, no su desprecio.

—Antes me estabas contando algo —dijo Bateman, dándose la vuelta.

Pierre andaba con la mirada baja, las manos unidas a su espalda, y Bateman se sintió más avergonzado aún de su secreta burla. Pierre alzó lentamente la vista. Parecía como si Bateman hubiera interrumpido algún monólogo interior.

—Sí —dijo—, pero ni yo mismo lo creo. Aunque supongo que sería interesante conocer la verdad.
—No sigo tus... —dijo Bateman.
—Los gatos —dijo Pierre—. Preguntaste cómo consiguen estar tan gordos. Tú piensas que deberían estar muertos de hambre. Y muchos otros también.
—Sí.
—Sea como sea, espero que tengas razón —dijo Pierre—. Probablemente alguien les da de comer. Aunque el hombre del Crematorio parecía hablar seriamente.
—Pierre, estás hablando con rodeos. Preferiría que dijeras con claridad lo que piensas.
—¿De la misma forma que lo haces tú? —preguntó Pierre.
—No sé a qué te refieres —murmuró Bateman.
—No importa. Vamos. Quizá pueda mostrarte lo que comen los gatos.

Habían salido, por la parte de atrás, al Columbario. No era más que una pared de nichos, en los cuales se depositaban las urnas. En cada uno se fijaba una placa grabada con el nombre y las fechas. Algunos estaban vacíos y señalados con un «Réservée». Cruzaron el amplio patio que daba frente al Crematorio, con el imponente edificio silueteado ahora por el rojizo sol.

Abandonaron la plaza y continuaron hacia la salida a través de una sección de viejas tumbas, formando terrazas a varios niveles. Aquel era un sector de «bajo alquiler», con gran cantidad de tumbas abandonadas y muy pocas espléndidas y bien cuidadas.

—Dijo que lo había puesto en algún lugar por aquí —murmuró Pierre, subiendo una pendiente para alcanzar el nivel superior.
Avanzaban entre grandes árboles que bloqueaban el sol. En dos ocasiones, Bateman tropezó con enredaderas mientras intentaba seguir los pasos de Pierre.

—¡Increíble! —oyó exclamar a Pierre—. ¡El tipo decía la verdad!
Bateman salió a una zona de hierbas altas casi oculta de la sección principal. Allí había un pequeño grupo de antiguas tumbas familiares, con verjas de hierro oxidado. Pierre estaba arrodillado en el deteriorado reclinatorio de una de las criptas, examinando el contenido de un pequeño plato. Retrocedió cautelosamente fuera de la pequeña estructura de piedra.

—Echa una ojeada —dijo—. Ve con cuidado, hay mierda de gato por todas partes.
—No me extraña —dijo Bateman—. Mira ahí.

Había no menos de veinticinco grandes gatos congregados en torno a la puerta de otra tumba. Se estremeció y escrutó la penumbra de la cripta, intentando descubrir qué era lo que había en el pequeño plato de cerámica. No sentía ningún deseo de ensuciarse los pantalones en aquel suelo.

—No podrás verlo desde aquí —dijo Pierre—. Está demasiado oscuro ahí dentro.

Bateman dio un paso hacia la angosta oscuridad. Había una corona marchita y una cruz de plástico suspendidas de ganchos a su derecha. Tuvo que arrodillarse en el prie-dieu para echar una ojeada a lo que había en el plato. Lo reconoció inmediatamente. No hay nada tan inconfundible como el tejido cerebral, con sus retorcidas circunvoluciones. Pero nunca antes había visto un cerebro de aquel tamaño, y ya estaba parcialmente consumido. Por los gatos, supuso.

Sufrió un violento sobresalto cuando una araña reptó por su mano. La aplastó contra la pared de piedra con el dorso de la mano. Hubo un suave y sordo ruido y el crujido de hojas sobre él, como si algo aterrizara en el techo; un enorme gato, sin lugar a dudas. Alguien tocó un silbato. Era la hora de cerrar. 

Empezó a alzarse del prie-dieu cuando oyó un fuerte chirrido y sintió que la puerta de la tumba se cerraba contra la suela de sus zapatos. Aquello no era un accidente. Hubo un fuerte che metálico. Se volvió en redondo, dificultado por el angosto espacio. Bajó la mirada a la cerradura de la puerta y vio el brillo de un robusto candado con cerradura de combinación, de los usados en las cadenas para bicicletas. Tenía que haber sido Pierre, pero no pudo distinguir a nadie.

—¡Abre, Pierre! —gritó.

No hubo respuesta. Estaba seguro de que Pierre aún se hallaba cerca. Lo recordó arrodillado con los muchachos junto a la tumba de Jim Morrison. Después de que se fueran, él llevaba un trozo de brillante metal en su mano.

«Meaouuu», oyó, junto con el ahogado sonido de varios pares de almohadilladas patas. El enorme rostro de un gato apareció en la ventana opuesta a la verja. Sus malignos ojos brillaban dorados bajo la agonizante luz.

Lanzó todo su peso contra la verja de hierro. Parecía como si fuera a desmoronarse al primer golpe, pero no fue así. De nuevo empujó con su hombro. Era inútil. No podía retroceder lo suficiente para tomar impulso. El gato de la ventana saltó al interior, a su lado. Los rostros de otros dos aparecieron en su lugar.

El enorme gato en el suelo dio un zarpazo a su tobillo, inclinando la cabeza como si sintiera curiosidad por ver su reacción. Bateman sintió un agudo dolor y lanzó una patada al gato. Éste arqueó su lomo y bufó, sonando muy fuerte en el reducido espacio. ¿Qué ocurriría si atacaban todos a la vez, como habían estado a punto de hacer en la plaza? No conseguiría defenderse de ellos en aquel claustrofóbico espacio. Apenas podía mover brazos y piernas.

—¡Pierre! —gritó—. ¡Por el amor de Dios!

Hubo varios golpes sordos a su lado. Tres gatos aparecieron repentinamente en el suelo, junto a él. Otro, enorme y negro, estaba en la ventana. Saltó hacia él y sintió cómo le clavaba sus uñas en la nuca y una pata delantera trazaba surcos junto a su ojo derecho. Con toda su fuerza, ignorando las uñas afiladas como cuchillos, arrancó al animal y lo estrelló contra la pared, mientras pateaba a los otros, que habían empezado a atacar sus piernas.

—¡Que alguien me ayude! —gritó.

Entonces vio a Pierre, a unos metros de distancia de la verja, exhibiendo en su rostro la misma expresión afligida de siempre. Bateman casi estaba histérico:
—¿Están atacándome! —gritó—. ¡Por favor, abre eso!
—Sólo son gatos —dijo Pierre—. Además, no sé la combinación.

Había el asomo de una sonrisa aflorando a sus labios, aunque su mirada seguía siendo compasiva.
Uno de los gatos clavó sus uñas en la pantorrilla de Bateman, y éste dio un salto de dolor.

Pierre había dado media vuelta y empezaba a andar sendero abajo, hacia la salida.
—¡Por el amor del cielo! —gritó Bateman—. ¡Piensa en Alicia!
Pierre detuvo sus pasos: parecía estar reconsiderando la situación.

Bateman se aferró a los oxidados barrotes de su jaula mientras Pierre desaparecía de su vista.
—No te preocupes, Bateman —oyó—. Le diré que llegarás tarde para cenar.

El doble Sacrificio - Juan Valera


EL PADRE GUTIÉRREZ A DON PEPITO

Málaga, 4 de abril de 1842.          

     Mi querido discípulo: Mi hermana, que ha vivido más de veinte años en ese lugar, vive hace dos en mi casa, desde que quedó viuda y sin hijos. Conserva muchas relaciones, recibe con frecuencia cartas de ahí y está al corriente de todo. Por ella sé cosas que me inquietan y apesadumbran en extremo. ¿Cómo es posible, me digo, que un joven tan honrado y tan temeroso de Dios, y a quien enseñé yo tan bien la metafísica y la moral, cuando él acudía a oír mis lecciones en el Seminario, se conduzca ahora de un modo tan pecaminoso? 

Me horrorizo de pensar en el peligro a que te expones de incurrir en los más espantosos pecados, de amargar la existencia de un anciano venerable, deshonrando sus canas, y de ser ocasión, si no causa, de irremediables infortunios. Sé que frenéticamente enamorado de doña Juana, legítima esposa del rico labrador don Gregorio, la persigues con audaz imprudencia y procuras triunfar de la virtud y de la entereza con que ella se te resiste. 

Fingiéndote ingeniero o perito agrícola, estás ahí enseñando a preparar los vinos y a enjertar las cepas en mejor vidueño; pero lo que tú enjertas es tu viciosa travesura, y lo que tú preparas es la desolación vergonzosa de un varón excelente, cuya sola culpa es la de haberse casado, ya viejo, con una muchacha bonita y algo coqueta. ¡Ah, no, hijo mío! Por amor de Dios y por tu bien, te lo ruego. Desiste de tu criminal empresa y vuélvete a Málaga. 

Si en algo estimas mi cariño y el buen concepto en que siempre te tuve, y si no quieres perderlos, no desoigas mis amonestaciones.

DE DON PEPITO AL PADRE GUTIÉRREZ

Villalegre, 7 de abril.          

     Mi querido y respetado maestro: El tío Paco, que lleva desde aquí vino y aceite a esa ciudad, me acaba de entregar la carta de usted del 4, a la que me apresuro a contestar para que usted se tranquilice y forme mejor opinión de mí. Yo no estoy enamorado de doña Juana ni la persigo como ella se figura. 

Doña Juana es una mujer singular y hasta cierto punto peligrosa, lo confieso. Hará seis años, cuando ella tenía cerca de treinta logró casarse con el rico labrador don Gregorio. Nadie la acusa de infiel, pero sí de que tiene embaucado a su marido, de que le manda a zapatazos y le trae y le lleva como un zarandillo. 

Es ella tan presumida y tan vana, que cree y ha hecho creer a su marido que no hay hombre que no se enamore de ella y que no la persiga. Si he de decir la verdad, doña Juana no es fea, pero tampoco es muy bonita; y ni por alta, ni por baja, ni por muy delgada, ni por gruesa llama la atención de nadie.

Llama, sí, la atención por sus miradas, por sus movimientos y porque, acaso sin darse cuenta de ello, se empeña en llamarla y en provocar a la gente. 

Se pone carmín en las mejillas, se echa en la frente y en el cuello polvos de arroz, y se pinta de negro los párpados para que resplandezcan más sus negros ojos. Los esgrime de continuo, como si desde ellos estuviesen los amores lanzando enherboladas flechas. 

En suma: doña Juana, contra la cual nada tienen que decir las malas lenguas, va sin querer alborotando y sacando de quicio a los mortales del sexo fuerte, ya de paseo, ya en las tertulias, ya en la misma iglesia. Así hace fáciles y abundantes conquistas. 

No pocos hombres, sobre todo si son forasteros y no la conocen, se figuran lo que quieren, se las prometen felices, y se atreven a requebrarla y hasta a hacerle poco morales proposiciones. Ella entonces los despide con cajas destempladas. Enseguida va lamentándose jactanciosamente con todas sus amigas de lo mucho que cunde la inmoralidad y de que ella es tan desventurada y tiene tales atractivos, que no hay hombre que no la requiebre, la pretenda, la acose y ponga asechanzas a su honestidad, sin dejarla tranquila con su don Gregorio.

     La locura de doña Juana ha llegado al extremo de suponer que hasta los que nada le dicen están enamorados de ella. En este número me cuento, por mi desgracia. El verano pasado vi y conocí a doña Juana en los baños de Carratraca. Y como ahora estoy aquí, ella ha armado en su mente el caramillo de que he venido persiguiéndola. 

No hallo modo de quitarle esta ilusión, que me fastidia no poco, y no puedo ni quiero abandonar este lugar y volver a Málaga, porque hay un asunto para mí de grande interés, que aquí me retiene. Ya hablaré de él a usted otro día. Adiós por hoy.

DEL MISMO AL MISMO

10 de abril.          

     Mi querido y respetado maestro: Es verdad, estoy locamente enamorado; pero ni por pienso de doña Juana. Mi novia se llama Isabelita. Es un primor por su hermosura, discreción, candor y buena crianza. Imposible parece que un tío tan ordinario y tan gordinflón como don Gregorio haya tenido una hija tan esbelta, tan distinguida y tan guapa. La tuvo don Gregorio de su primera mujer. 

Y hoy su madrastra doña Juana la cela, la muele, la domina y se empeña en que ha de casarla con su hermano don Ambrosio, que es un grandísimo perdido y a quien le conviene este casamiento, porque Isabelita está heredada de su madre, y, para lo que suele haber en pueblos como éste, es muy buen partido. 

Doña Juana aplica a don Ambrosio, que al fin es su sangre, el criterio que con ella misma emplea, y da por seguro que Isabelita quiere ya de amor a don Ambrosio y está rabiando por casarse con él. Así se lo ha dicho a don Gregorio, e Isabelita, llena de miedo, no se atreve a contradecirla, ni menos a declarar que gusta de mí, que soy su novio y que he venido a este lugar por ella.

     Doña Juana anda siempre hecha un lince vigilando a Isabelita, a quien nunca he podido hablar y a quien no me he atrevido a escribir, porque no recibiría mis cartas.

     Desde Carratraca presumí, no obstante, que la muchacha me quería, porque involuntaria y candorosamente me devolvía con gratitud y con amor las tiernas y furtivas miradas que yo solía dirigirle.

    Fiado sólo en esto vine a este lugar con el pretexto que ya usted sabe.

     Haciendo estaría yo el papel de bobo, si no me hubiese deparado la suerte un auxiliar poderosísimo. Es éste la chacha Ramoncica, vieja y lejana parienta de don Gregorio, que vive en su casa como ama de llaves, que ha criado a Isabelita y la adora, y que no puede sufrir a doña Juana, así porque maltrata y tiraniza a su niña, como porque a ella le ha quitado el mangoneo que antes tenía. 

Por la chacha Ramoncica, que se ha puesto en relación conmigo, sé que Isabelita me quiere; pero que es tímida y tan bien mandada, que no será mi novia formal, ni me escribirá, ni consentirá en verme, ni se allanará a hablar conmigo por una reja, dado que pudiera hacerlo, mientras no den su consentimiento su padre y la que tiene hoy en lugar de madre. 

Yo he insistido con la chacha Ramoncica para ver si lograba que Isabelita hablase conmigo por una reja; pero la chacha me ha explicado que esto es imposible. Isabelita duerme en un cuarto interior, para salir del cual tendría que pasar forzosamente por la alcoba en que duerme su madrastra, y apoderarse además de la llave, que su madrastra guarda después de haber cerrado la puerta de la alcoba.

     En esta situación me hallo, mas no desisto ni pierdo la esperanza. La chacha Ramoncica es muy ladina y tiene grandísimo empeño en fastidiar a doña Juana. En la chacha Ramoncica confío.

DEL MISMO AL MISMO

15 de abril.          

     Mi querido y respetado maestro: La chacha Ramoncica es el mismo demonio, aunque, para mí, benéfico y socorrido. No sé cómo se las ha compuesto. Lo cierto es que me ha proporcionado para mañana, a las diez de la noche, una cita con mi novia. 

La chacha me abrirá la puerta y me entrará en la casa. Ignoro a dónde se llevará a doña Juana para que no nos sorprenda. La chacha dice que yo debo descuidar, que todo lo tiene perfectamente arreglado y que no habrá el menor percance. 

En su habilidad y discreción pongo mi confianza. Espero que la chacha no habrá imaginado nada que esté mal; pero en todo caso, el fin justifica los medios, y el fin que yo me propongo no puede ser mejor. Allá veremos lo que sucede.

DEL MISMO AL MISMO

17 de abril.          

     Mi querido y respetado maestro: Acudí a la cita. La pícara de la chacha cumplió lo prometido. Abrió la puerta de la calle con mucho tiento y entré en la casa. Llevándome de la mano me hizo subir a obscuras las escaleras y atravesar un largo corredor y dos salas. Luego penetró conmigo en una grande estancia que estaba iluminada por un velón de dos mecheros, y desde la cual se descubría la espaciosa alcoba contigua. 

La chacha se había valido de una estratagema infernal. Si antes me hubiera confiado su proyecto, jamás hubiera yo consentido en realizarle. Vamos... si no es posible que adivine usted lo que allí pasó. Don Gregorio se había quedado aquella noche a dormir en la casería, y la perversa chacha Ramoncica, engañándome, acababa de introducirme en el cuarto de doña Juana. ¡Qué asombro el mío cuando me encontré de manos a boca con esta señora! Dejo de referir aquí, para no pecar de prolijo, los lamentos y quejas de esta dama. 

Las muestras de dolor y de enojo, combinadas con las de piedad, al creerme víctima de un amor desesperado por ella, y los demás extremos que hizo, y a los cuales todo atortolado no sabía yo qué responder ni cómo justificarme. Pero no fue esto lo peor, ni se limitó a tan poco la maldad de la chacha Ramoncica. 

A don Gregorio, varón pacífico, pero celoso de su honra, le escribió un anónimo revelándole que su mujer tenía a las diez una cita conmigo. Don Gregorio, aunque lo creyó una calumnia, por lo mucho que confiaba en la virtud de su esposa, acudió con don Ambrosio para cerciorarse de todo.

     Bajó del caballo, entró en la casa y subió las escaleras sin hacer ruido, seguido de su cuñado. Por dicha o por providencia de la chacha, que todo lo había arreglado muy bien, don Gregorio tropezó en la obscuridad con un banquillo que habían atravesado por medio y dio un costalazo, haciendo bastante estrépito y lanzando algunos reniegos.

     Pronto se levantó sin haberse hecho daño y se dirigió precipitadamente al cuarto de su mujer. Allí oímos el estrépito y los reniegos, y los tres, más o menos criminales, nos llenamos de consternación. ¡Cielos santos! -exclamó doña Juana con voz ahogada-. Huya usted, sálveme; mi marido llega. 

No había medio de salir de allí sin encontrarse con don Gregorio, sin esconderse en la alcoba o sin refugiarse en el cuarto de Isabelita, que estaba contiguo. La chacha Ramoncica, en aquel apuro, me agarró de un brazo, tiró de mí, y me llevó al cuarto de Isabelita, con agradable sorpresa por parte mía. 

Halló don Gregorio tan turbada a su mujer, que se acrecentaron sus recelos y quiso registrarlo todo, seguido siempre de su cuñado. Así llegaron ambos al cuarto de Isabelita. Ésta, la chacha Ramoncica como tercera y yo como novio, nos pusimos humildemente de rodillas, confesamos nuestras faltas y declaramos que queríamos remediarlo todo por medio del santo sacramento del matrimonio. 

Después de las convenientes explicaciones y de saber don Gregorio cuál es mi familia y los bienes de fortuna que poseo, don Gregorio, no sólo ha consentido, sino que ha dispuesto que nos casemos cuanto antes. Doña Juana, a regañadientes, ha tenido que consentir también, a lo que ella entiende para salvar su honor. Y hasta me ha quedado muy agradecida, porque me sacrifico para salvarla. 

Y más agradecida ha quedado a Isabelita, que por el mismo motivo se sacrifica también, a pesar de lo enamorada que está de don Ambrosio. No he de negar yo, mi querido maestro, que la tramoya de que se ha valido la chacha Ramoncica tiene mucho de censurable; pero tiene una ventaja grandísima. 

Estando yo tan enamorado de doña Juana y estando Isabelita tan enamorada de don Ambrosio, los cuatro correríamos grave peligro si mi futura y yo nos quedásemos por aquí. 

Así tenemos razón sobrada para largarnos de este lugar, no bien nos eche la bendición el cura, y huir de dos tan apestosos personajes como son la madrastra de Isabelita y su hermano.

DE DOÑA JUANA A DOÑA MICAELA, HERMANA DEL PADRE GUTIÉRREZ

4 de mayo.          

     Mi bondadosa amiga: Para desahogo de mi corazón, he de contar a usted cuanto ha ocurrido. Siempre he sido modesta. Disto mucho de creerme linda y seductora. Y sin embargo, yo no sé en qué consiste; sin duda, sin quererlo yo, y hasta sin sentirlo, se escapa de mis ojos un fuego infernal que vuelve locos furiosos a los hombres. 

Ya dije a usted la vehemente y criminal pasión que en Carratraca inspiré a don Pepito, y lo mucho que éste me ha solicitado, atormentado y perseguido, viniéndose a mi pueblo. Crea usted que yo no he dado a ese joven audaz motivo bastante para el paso, o mejor diré, para el precipicio a que se arrojó hace algunas noches. 

De rondón, y sin decir oste ni moste, se entró en mi casa y en mi cuarto para asaltar mi honestidad, cuando estaba mi marido ausente. ¡En qué peligro me he encontrado! ¡Qué compromiso el mío y el suyo! Don Gregorio llegó cuando menos lo preveníamos. Y gracias a que tropezó en un banquillo, dio un batacazo y soltó algunas de las feas palabrotas que él suele soltar. Si no es por esto, nos sorprende. 

La presencia de espíritu de la chacha Ramoncica nos salvó de un escándalo y tal vez de un drama sangriento. ¿Qué hubiera sido de mi pobre don Gregorio, tan grueso como está y saliendo al campo en desafío? Sólo de pensarlo se me erizan los cabellos. 

La chacha, por fortuna, se llevó a don Pepito al cuarto de Isabel. Así nos salvó. Yo le he quedado muy agradecida. Pero, aún es mayor mi gratitud hacia el apasionado don Pepito, que, por no comprometerme, ha fingido que era novio de Isabel, y, hacia mi propia hija política, que ha renunciado a su amor por don Ambrosio y ha dicho que era novia del joven malagueño. 

Ambos han consumado un doble sacrificio para que yo no pierda mi tranquilidad ni mi crédito. Ayer se casaron y se fueron enseguida para esa ciudad. Ojalá olviden ahí, lejos de nosotros, la pasión que mi hermano y yo les hemos inspirado. 

Quiera el cielo que, ya que no se tengan un amor muy fervoroso, lo cual no es posible cuando se ha amado con fogosidad a otras personas, se cobren mutuamente aquel manso y tibio, afecto, que es el que más dura y el que mejor conviene a las personas casadas. 

A mí, entretanto, todavía no me ha pasado el susto. Y estoy tan escarmentada y recelo tanto mal de este involuntario fuego abrasador que brota a veces de mis ojos, que me propongo no mirar a nadie e ir siempre con la vista clavada en el suelo.

     Consérvese usted bien, mi bondadosa amiga, y pídale a Dios en sus oraciones que me devuelva el sosiego que tan espantoso lance me había robado.

     Madrid, 1897.

¡Dejadme dormir con mi mujer! - Victoria Robbins

¿Podrán mis palabras describir a Lucía? ¿Hasta qué límites tendría que llegar la prosa que reflejase exactamente la belleza, su lujuria, la pasión de sus besos, el hipnotismo de su mirada, esa morbosa obsesión suya hacia todo lo relacionado con el MÁS ALLÁ, y el grado de esclavitud al que llegó a someterme? 

¿Cómo lograría comunicar el inmenso pavor que me asaltó aquella madrugada cuando, después de una noche interminable esperándola, la vi entrar en nuestro dormitorio hediendo a azufre, y exultando una malignidad infinita, «¡porque acaba de poseerme el Demonio!»? ¿Y seríais capaces vosotros de entender que yo, en lugar de sentirme destruido por los celos, me echase a reír y a abrazarla igual que si me la hubieran devuelto más hermosa que nunca?

Sin embargo, antes, la protesta surgió de mi garganta, rabiosa y con pretensiones de ir en aumento, y hasta mis puños se alzaron dispuestos a golpearla. Entonces, sus ojos negros, esos carbúnculos de un fulgor subyugador, me lanzaron unos mensajes de lascivia, invitándome al desvarío. Y sin quererlo, lo mismo que el pajarillo que camina lentamente hasta la serpiente que va a devorarlo, yo me aproximé a su cuerpo.

Nada más que me situé a su alcance, Lucía saltó a por mi boca. ¡Sus labios se hicieron brasas en las que se fundió mi voluntad, y toda mi sensualidad alcanzó niveles de al rojo vivo!

Luego, revoleándome en la cama, riendo y gozando de un cuerpo que había sido madurado diabólicamente, torrente de orgasmos, infinito en sutilezas eróticas y dueño de una piel capaz de otorgar calidad de incombustible a la mía a pesar de estarla sometiendo a temperaturas de fundición, respondí a todas y a cada una de sus caricias, olvidados los celos. Y no nos detuvimos hasta el alba. En el momento que nuestras energías se hallaban en el límite de la mortal extenuación.

En realidad el Demonio me devolvió una gata en celo, una ninfómana insaciable para la que no existía ningún tipo de obstáculos. Por eso, al llegar la noche, luego de haberme saciado sexualmente, se escapaba en busca de otros lechos y de otras virilidades, entregada a una fiebre incurable.

Tardé en descubrir estas correrías nocturnas, debido a que su poderío carnal me dejaba materialmente exhausto. Necesité la colaboración de una impresionante tormenta, cuyos truenos me despertaron a la evidencia de que la otra mitad de mi cama se encontraba vacía.

Los celos me asaltaron, porque la casa estaba totalmente a oscuras. Cierto, en un principio supuse que Lucía podía encontrarse en el cuarto de baño o en la cocina. Pero los relámpagos no cesaban de señalarme una sola realidad: había sido burlado por una mujer a la que ni siquiera retenía en su hogar la furia de los elementos. Me vestí precipitadamente, fui en busca del impermeable y la linterna, y me dispuse a salir a la calle...

En aquel instante, escuché el ruido de la puerta. ¡Sólo podía ser ella! Corrí en busca de una válvula de escape para toda la cólera almacenada en los últimos minutos. Y me la encontré descalza, quitándose sigilosamente la gabardina, y con el extremo inferior del paraguas cubierto con un plástico, para que el agua que chorreaba no empapase la alfombra de la entrada.

–¿Dónde has estado, «gata salida»? ¿No irás a negarme que con todas esas precauciones lo que pretendes es que el «cornudo» de tu marido siga durmiendo? ¿Cuánto tiempo llevas pegándomela?

Lucía me miró con ojos burlones. Después, colgó su gabardina en el perchero, sin importarle ya dejar el testimonio de la lluvia en el suelo. Acto seguido, me hizo frente con una voz fría y preñada de una burla demoníaca:

–De acuerdo, soy una «gata salida», o mejor diré una «tía con un furor uterino», que le impide conformarse con pasar las noches en una sola cama y con un solo hombre. Eres un médico de pueblo. ¿Verdad que hablando así de claro tú y yo nos entendemos mucho mejor? Porque, al menos, debías estar agradeciéndome la delicadeza de no querer despertarte.

Su desfachatez, la osadía de sus gestos y la realidad de que yo me estaba excitando con la visión de su lengua, que se asomaba lujuriosamente entre sus labios, y con su amplísimo escote, donde los senos casi se exhibían en su totalidad, me impusieron una réplica volcánica. Mis puños la golpearon con odio, y mi garganta la insultó y la maldijo con unos gritos enloquecidos.

Pero ella no permaneció inmóvil, sino que reaccionó como el felino en el que se había convertido. Sus uñas se clavaron en mi carne, rasgándome la piel, y hasta me mordió en distintas partes del cuerpo. También replicó a mis voces estentóreas con mofas y escarnios dedicados a mi virilidad.

No sé cuánto tiempo permanecimos enzarzados en aquel terrible combate de fieras, ni recuerdo quién de los dos fue el primero que exclamó ese «¡basta ya!», acaso después de repetirlo por enésima vez. Esto nos obligó finalmente a detener la violencia, cuando estábamos deshechos, destrozados y mirándonos con los ojos tumefactos.

Con las ropas destrozadas, cubiertos de heridas y jadeantes, nos arrastramos hasta la estancia donde yo practicaba las curas a mis pacientes. Allí me entregué a aliviar sus heridas con un esmero acaso excesivo, a la vez que lamentaba nuestra pelea. 

Sin saber cómo me vi inmerso en una enorme sensación de culpa, en cuya savia emocional fue germinando una pasión arrasadora. Por este motivo, olvidando los destrozos que había sufrido mi cuerpo, la llevé a la cama. Para dar rienda suelta a unos instintos exacerbados que me transformaban en una bestia.

¡Y cómo se reía Lucía bajo mis besos y caricias, y cuando llegó la eyaculación casi epiléptica!

A la mañana siguiente, no fui al hospital, porque me cuidé de poner alambreras en todas las ventanas y me aseguré de que mi esposa jamás pudiera escapar de casa. Abrí la consulta a las seis de la tarde. Nada más que encontré a tres pacientes, cuando lo normal era que allí me estuvieran esperando más de veinte. 

Dos de ellos se marcharon, después de hacerme oír sus torpes disculpas. Y el que aceptó hablar conmigo, se preocupó más de mis arañazos, cardenales y tumefacciones de mi rostro y manos que de su propia dolencia.

Desde aquel momento me vi marginado por la mayoría de las gentes importantes del pueblo. Y es que siempre se encuentra una disculpa maliciosa para el «cornudo» que ignora su condición; pero nadie perdona a quien lo acepta, aunque se pegue con su mujer. 

Porque lo tradicional es, sin que importe la despenalización jurídica del adulterio, que el marido mate a la mujer infiel o, al menos, se niegue a seguir viviendo con ella.

* * *

Con el paso del tiempo me quedé totalmente sin pacientes, porque todos anularon sus igualas; y nadie volvió a llamar a mi casa para que atendiese un parto, un proceso febril o cualquier otra enfermedad imprevista. 

El director del hospital me llamó al orden, y hasta me aconsejó que tomara unas vacaciones, «si es posible llévese a su esposa con usted, pues únicamente de esta forma conseguirán los dos que se apague la indignación de las personas honorables de nuestra comunidad».

Así se lo propuse a Lucía; pero me tropecé con su negativa más rotunda. De nuevo nos enzarzamos en una discusión a grito pelado, la cual degeneró en unos insultos y en un conato de pelea. Luego, ignoro en qué momento, ella se echó en mis brazos e hicimos el amor con el mismo vigor sexual que las otras veces. Terminé en la cama, exhausto y pensando únicamente en mi descanso.

Horas más tarde, volví a descubrir que la otra mitad de la cama estaba vacía. Me dominó una furia de celos, aunque me dije que ella no podía haber escapado de casa. Acto seguido, la busqué por todas las habitaciones, mirando en el interior de los armarios y los baúles... ¡No estaba en ninguna parte! Pero ¿cómo era posible si todas las ventanas y puertas seguían cerradas herméticamente?

No podría explicar cómo me vi recorriendo el pueblo a pie, rastreando las sombras con el haz luminoso de mi linterna, examinando cada portal, y deteniéndome en el momento que escuchaba unos pasos. Siempre confiando que significasen el anuncio de que ella retornaba a mi lado.

Mientras, la inutilidad de este empeño parecía ir cerrando mi mente racional. Porque terminé gritando su nombre, suplicándole que no me abandonase, hasta que las pocas voces de las gentes a las que había despertado, sus burlas, sus insultos y algunos cubos de agua, así como las maderas, zapatos y otros proyectiles de la misma índole me permitieron recuperar un poco de razón.

Estaba amaneciendo cuando regresé a casa. La angustia de haber perdido a mi mujer ya me lastraba las piernas y los brazos. Lágrimas de desesperación herían mis ojos cuando metí la llave en la cerradura, abrí la puerta y me quité el abrigo y el sombrero.

Súbitamente, escuché unas risas y unos grititos lujuriosos. ¡Lucía estaba allí, en nuestro dormitorio!

Sin saber realmente por qué lo hacía, tal vez impulsándome algún recóndito presentimiento, cogí uno de mis bastones de paseo y caminé en busca de las necesarias explicaciones. Llegué a la habitación y...

Me vi frente a un enorme gato negro, de ojos más rojos que el fuego, tan tenso como una ballesta a punto de ser disparada y que bufaba escalofriantemente. Pero esta amenaza no era lo peor, ¡sino el hecho de que ella, completamente espatarrada, con lechosos testimonios en su pubis, significaba la más cruel evidencia de que acababa de ultrajar el lecho nupcial con otro de sus repugnantes adulterios!

Sentí tanta humillación que no me arredraron los ataques del gato, ni el dolor de las profundas heridas que me causaban sus garras. Conseguí propinarle dos certeros bastonazos. Y el inmundo animal escapó de allí, maullando lastimeramente y arrastrando una de las patas traseras. Pero, antes de que pudiese rematarlo, consiguió salir a la calle, por la puerta que yo había dejado torpemente sin cerrar, donde las tinieblas fueron sus aliadas.

Después de convencerme de la imposibilidad de darle caza, liberé la cólera en forma de maldiciones y blasfemias y, luego, regresé al dormitorio. Lucía continuaba en la misma insultante postura; además, pude comprobar que su boca se entreabría con una sonrisa voluptuosa.

No la golpeé. Preferí atarla a la cama, sin vestirla pero tapándola con la colcha y la sábana. Me aseguré de que no se podía soltar por sus propios medios, y la dejé en una total oscuridad: eché las persianas y las cortinas, cerré la puerta de la habitación, y hasta cubrí las rendijas con vendas y esparadrapos. Luego, marché a curarme las heridas. Seguía desconociendo cómo ella había podido salir y entrar en la casa sin forzar las ventanas y las puertas.

Mientras desinfectaba mi carne abierta y sangrante, caí en la cuenta de que Lucía no se había quejado ni una sola vez. Su pasividad hacia mi conducta había sido la misma que se puede ofrecer a una mosca o a cualquier otro animalillo al que se ha terminado por tolerar. Y esta certeza me hundió aún más en la vileza de mi situación.

Ya era la hora de entrada en el hospital. Me olvidé del reloj y de mis obligaciones. Me notaba invadido por un deseo escrupuloso de limpieza, por lo que me entregué a limpiar todos los testimonios de la corta pelea que acababa de sostener con la bestia. 

Sin embargo, como no dejaba de encontrar infinidad de minúsculas manchas en los sitios más inverosímiles, no dudé en fregar los suelos, las paredes y la chimenea del comedor; luego, utilicé todas mis provisiones de alcohol, para asegurarme de que la casa se hallaba libre de hasta el más minúsculo vestigio del maldito gato.

En el momento que me disponía a preparar la comida, escuché el timbre del teléfono. Me empeñé en no hacerle caso; pero, ante su insistencia, debí atender la llamada, aunque sólo fuera para eliminar tan molesto sonido. 

Era la directora de personal del hospital, amenazándome con tomar represalias si continuaba incumpliendo mi horario de trabajo. Intenté disculparme utilizando unos razonamientos demasiado torpes, con lo que di pie a que la agria solterona me hiciese escuchar un discurso sobre la obligación de avisar de mi inasistencia, ya que así podía buscarse un sustituto.

De pronto, las palabras que llegaban a través del auricular perdieron todo su sentido, transformándose en un ronroneo desagradable. Colgué el teléfono sin más miramientos, y me olvidé del mismo aunque estuvo sonando durante diez minutos.

Después, cuando me encontraba en la cocina, fue otro sonido muy distinto y más insufrible el que vino a hacer patente mi esclavitud a una pasión sobrehumana: Lucía estaba cantando unas letrillas lujuriosas, repletas de insinuaciones a mi virilidad, «tan inferior a la de ese gato al que te has enfrentado con un bastón, porque con tus armas naturales hubieras sido vencido igual que lo fuiste en la cama».

Como ella no se callaba, a pesar de llevar varias horas desafiándome, me vi forzado a entrar en el dormitorio. Blandía un cinturón y estaba dispuesto a azotarla. Sin embargo, la encontré totalmente desnuda e irresistiblemente insinuante. De alguna forma se había desprendido de la colcha y de la sábana.

–¿Te atreves a demostrarme que eres mejor macho que ese precioso animalito? –me preguntó, mirándome con los estiletes de sensualidad que encerraban sus pupilas.

Sé que fueron los celos el motor de mis manos. La azoté y la abofeteé repetidamente, y me eché sobre ella queriendo triturarla; no obstante, terminé recogiendo la miel de sus labios, la electricidad lujuriosa de su cuerpo y el panal de la gloria, o del infierno, que se me reservaba en su pubis. Y cuando mi excitación alcanzó techos demenciales, la desaté queriendo sentirme acariciado por cada partícula de su ser. ¡De verdad, jamás me sentí tan feliz!

Al final, abrazados y con los rostros unidos, se diría que con nuestras respiraciones agotadas por el esfuerzo sexual firmamos una especie de tregua. Porque vivimos quince días inmersos en un verdadero paraíso de sensualidad, gracias a que, sobre todo, ella no volvió a escaparse por las noches.

Al mismo tiempo, reanudé mi actividad profesional, brindando todas las disculpas que fueron necesarias, e intenté recuperar a mis antiguos pacientes. Sólo conseguí convencer a una décima parte de ellos, lo que constituyó un estímulo para seguir ganando todo el terreno perdido.

Sin embargo, en el momento que mi confianza era total, recibí la bofetada emotiva de la nueva desaparición de Lucía. Durante una semana la estuve buscando por todas partes, sintiéndome cada vez más desesperado e indefenso. Y en el momento que me echaba en la cama, después de toda una jornada siguiendo el rastro que alguien me había sugerido o que yo mismo era capaz de deducir, intentaba imaginar que ella se hallaba a mi lado, que volvíamos a encontrarnos durmiendo juntos. 

Pero el vacío que me rodeaba era tan desolador, y la humanidad de mi esposa tan imposible de recrear por mi cerebro humano, que las lágrimas arrasaban mis ojos, me clavaba las uñas en las palmas de tanto apretar los puños, y llegaba a golpearme la cabeza contra la pared.

¡La necesitaba más que a mi propia vida!

Durante el octavo día de búsqueda infructuosa, supe que Lucía se encontraba en la cantina de la estación. Corrí a su encuentro animado por el mismo impulso que si ella hubiera regresado de un largo viaje. Pero, al rebasar la puerta de cristal, la vi sentada en una mesa con tres hombres, a uno de los cuales estaba besando sin ningún pudor.

Nuevamente me cegaron los celos. Cogí una silla y arremetí como una catapulta contra los acompañantes de mi esposa, sin importarme su corpulencia y que fuesen demasiados enemigos. Creo que hubiese podido obligarles a huir, después de unos veinte minutos de pelea, de no ser porque aparecieron varios policías.

Me mantuvieron encarcelado durante veinticuatro horas, acaso para que me serenase lo suficiente. Luego, me dejaron en libertad, no sin antes prevenirme de que olvidase tomar cualquier tipo de represalias violentas contra mi esposa. Yo me comprometí a seguir una conducta civilizada.

Al volver a casa, encontré que Lucía me estaba esperando con la mejor de sus sonrisas, con un banquete servido en la mesa del comedor, cuyo centro lo ocupaba un cestito de flores y dos candelabros de plata con unas velas sin estrenar, y con un cuerpo, ¡el suyo!, más sensual y provocativo que nunca. 

Ante aquello resultaban innecesarias las preguntas, porque sólo había una interpretación: ella imponía el cambio de la sexualidad más refinada por el olvido de su larga desaparición.

¿Aceptaría yo el trato?

Jugué a su manera, dejándome arrastrar por algo que ya no podía ser igual que antes. Porque el recuerdo de los ocho días buscándola infructuosamente, a lo que debía añadirse mi destrucción total como hombre y como médico, suponía una muralla imposible de rebasar. 

Actué siguiendo la inercia de mis instintos, aletargados antes de verla y en ebullición durante todos aquellos momentos, siendo en manos de mi esposa un simple pelele incandescente. Comí, bebí, besé y amé. Pero sin llegar a la saturación en ninguna de estas acciones, que resultaron meramente fisiológicas al faltarles el chispazo de una imaginación totalmente rendida. Ni siquiera obtuve una sola eyaculación.

Y en la cama, hostigado por esos celos que no eran míos sino de la represión social, de los conceptos tatuados por otros en mi conciencia, fingí que me levantaba para ir a por la última copa de champaña. Cuando lo que pretendía, en realidad, era comportarme de la forma «más civilizada» con aquella «gata salida». En lugar de dirigirme a la pequeña bodega, preferí entrar en la clínica. Con una frialdad inusitada cogí algunas vendas, un carrete del esparadrapo más ancho y un potente somnífero.

Luego mezclé éste con la bebida burbujeante, y regresé a la habitación. Donde me esperaba la intranquilidad de Lucía, aunque no su desconfianza. Posé mis labios en los suyos, queriendo detener el chorro de sus palabras; seguidamente, le dejé la copa en las manos, y me tomé la que había traído para mí.

En el momento que Lucía apuró la suya, riendo la invité a que rompiésemos las copas igual que en las películas románticas. Con el estrépito de los cristales, se me disparó un apetito inusitado de su carne, acaso por una reacción de triunfo. Mientras la acariciaba y la besaba, empecé a sentirla cada vez más floja, su voz se fue haciendo pastosa y terminó por quedarse totalmente dormida.

Entonces, procedí a vestirla, a atarla y a amordazarla con evidente crueldad. ¡Era totalmente mía... Ya nunca más volvería a escaparse de casa!

De nuevo la dejé rodeada de la más absoluta oscuridad, y abandoné la habitación. El resto de la noche intenté dormir en la cama del cuarto de los huéspedes; pero me fue imposible descansar, debido a que mi cerebro únicamente proyectaba pesadillas, en las que Lucía se reía de mi virilidad, me rechazaba cuando yo pretendía poseerla, a pesar de ponerme de rodillas suplicando rastreramente, y terminaba por escaparse de casa atravesando las paredes como un espectro, ¡para llevarse el lujurioso desnudo de su cuerpo a «otros lechos y a otros hombres»!

Me desperté sudando, con la boca reseca y necesitando asegurarme de que Lucía seguía encontrándose en el dormitorio. Por eso me precipité a abrir la puerta, después de quitar los esparadrapos que cubrían todas las rendijas, encendí la luz, y me encontré con la crueldad de sus ojos: ¡todo un desafío incomprensible!

–¿Crees que terminarás derrotándome, como las otras veces, porque soy el más débil de los dos? –pregunté con un tono de ironía, que hasta mí mismo llegó a sorprenderme–. Existe un método infalible para «domar» a una «gata salida»... ¿Me mirarás de la misma forma cuando lleves tres o cuatro días sin comer ni beber, y siempre en esta misma postura? ¿Resistirá tu bello cuerpo la necesidad de defecar aquí, en la cama? Y una vez que hayas cedido al insoportable deseo fisiológico, ¿cómo te notarás bajo el contacto nauseabundo de los excrementos?

Las palabras eran liberadas por mis labios con el placer de quien se desliza por un tobogán: cada vez, más deprisa, y con las ideas creciendo en unos niveles de perversión y venganza impropios de una mente que se tenga por normal.

Cumplí con una de las amenazas, recreándome morbosamente en mi doble función de carcelero y verdugo. Y con el propósito de que nada ni nadie me molestase, eché todas las persianas y me moví por la casa con el simple resplandor de una vela. No atendí al timbre de la puerta e hice oídos sordos en las decenas de veces que sonó el teléfono. Todos debían creer que habíamos salido de viaje.

Me preparé el desayuno, y sólo tomé un sorbo de leche. También hice la comida y la cena, aunque nada más que probé los bocadillos y picoteé en los platos fríos. Porque me había cuidado de no encender el gas, así como evité todo alimento del que se desprendiera un olor fuerte. Mientras, en cada uno de los lentos segundos que iban transcurriendo, notaba que Lucía estaba más dentro de mí, por eso se iba adueñando de cada uno de mis pensamientos.

Sin embargo, todo esto terminé por considerarlo el simple testimonio de lo mucho que debía combatir. Al llegar la noche, di un nuevo vistazo al dormitorio. ¡Con que odio me contemplaron los ojos de mi prisionera! Pero mantenía las piernas estiradas y los muslos muy juntos. Alcé su falda, levanté un poco la braga y palpé su monte de venus.

–Estás a punto de reventar. De buena gana intentarías enchufarme con tu meada si yo estuviera más a tiro. Lástima que las mujeres no estéis provistas de un pene flexible y erecto, ¿verdad, «gatita salida»?

Bajo el esparadrapo que cubría su boca noté el impulso rabioso de escupirme. Sus pezones se hallaban en la máxima rigidez, su bajo vientre palpitaba y su piel aparecía tan erizada como las diminutas limaduras de acero que han sido atraídas por el imán.

Por eso me alejé de allí, rápidamente, negándome a volver a ser hechizado por ese cúmulo de elementos lujuriosos. Después de asegurarme de que la puerta quedaba cerrada herméticamente, me dirigí al cuarto de los huéspedes. 

Preso de una gran confusión me dejé caer en la cama, totalmente vestido. Cerré los ojos y me dispuse a entregarme al sueño. Pero, a pesar de haber cerrado los párpados, en la pantalla de mi mente se proyectó el pubis de Lucía y todas las zonas de su cuerpo que acababan de amenazar mis intenciones de «domarla».

Luego de dar infinidad de vueltas y de fumar toda una cajetilla de cigarrillos, la mayoría de los cuales los aplasté contra el suelo a medio consumir, comprendí que no podía dormir sin tenerla a mi lado. 

Regresé a la habitación; y nada más abrir la puerta, me abofeteó un hedor insoportable. Encendí la luz. ¡Sus ojos continuaban mirándome con el desafío del más fuerte!

Al acercarme a la cama, advertí que ella se había meado encima... ¿Ese hedor tan repulsivo era de su orina?

En seguida vencí la sensación de repugnancia, porque me resultaba más imperioso el deseo de acostarme a su lado. Así lo hice, sin desnudarme. Una singular lasitud me invadió, y estuve a punto de quedarme dormido. No obstante, el cuerpo de Lucía se encontraba demasiado pegado al mío: lo sentía vibrar, caliente, voluptuoso y convertido en una llamada a la lujuria...

Por eso estuve a punto de ceder, enloquecido bajo el hechizo carnal. De repente, se encendió en mi cerebro una llamada de emergencia... ¡No, no podía rendirme cuando estaba en juego algo tan importante como domarla, para que fuese únicamente mía!

Di un brinco en busca del suelo, salí corriendo hasta mi clínica y me tomé unas anfetaminas, con el fin de hallar un estímulo muy distinto al sexual. Esperé a que me hiciesen efecto; luego, me dio por reír y burlarme de ella, actuando como un perfecto imbécil; pero sin rendirme ante la fascinación pecaminosa de su belleza. Hasta conseguí dormir unas horas.

¡Qué victoria más absurda, y cómo me llevo a creer que marchaba por el camino de mi superioridad!

Sirviéndome del recurso de la droga, mantuve la actitud de carcelero-verdugo durante más de cincuenta horas. Sin embargo, en el momento que me estaba preparando la cena –llevaba todo el último día comiendo con buen apetito–, cortando embutido con el gran cuchillo de la cocina, me pareció haber escuchado un maullido lastimero. Sorprendido, llegué hasta el comedor, encendí la luz, ¡y, entonces, vi al enorme gato negro que me atacó semanas atrás!

Lo más extraño es que, en lugar de hacerme frente, corría por el pasillo que conducía a los dormitorios. Le seguí blandiendo el cuchillo; pero sin saber realmente dónde se había escondido. Más de media hora le estuve buscando. Súbitamente, volví a escuchar sus maullidos diabólicos... ¡Maldita bestia! ¿Cómo era posible que se hubiera metido en nuestra habitación si la puerta continuaba encontrándose cerrada herméticamente?

Abandoné las preguntas, que acaso me hubieran servido para no cometer el error más grande de mi vida, y preferí entregar mis fuerzas y mi inteligencia a la satisfacción del impulso homicida que me dominaba. Quité los esparadrapos, accioné la manija, y...

¡La bestia se arrojó a por mi rostro, bufando y con las garras como saetas disparadas por la más poderosa ballesta!

Hizo presa en mi pómulo derecho y en mi oreja izquierda, que casi me arrancó. ¡Pero yo conseguí mover en abanico el brazo armado, y clavé el cuchillo en la garganta del feroz, enemigo!

¿Por qué lo hice...? ¡Dios, Dios! ¿Por qué lo hice...?

El gato lanzó un alarido humano... ¡Y al desplomarse en el suelo, acusó una mutación, lenta y extraordinaria, hasta convertirse en el cuerpo desnudo de Lucía!

Creí que estaba viendo algo irreal, la secuela de las anfetaminas. Un destello de raciocinio me permitió recordar que llevaba más de diez, horas sin tomar ninguna. Encendí la luz del dormitorio... ¡La cama estaba vacía, las ataduras desgarradas y las ropas de mi esposa se mezclaban con unos excrementos humanos, que hedían como los de un gato! Con que facilidad identifiqué, en aquel momento, esta pestilencia.

Entonces, ¿había dado muerte a Lucía? ¡No, no... Aún palpitaba!

Me incorporé, después de escuchar los latidos de su corazón, la cogí en mis brazos y la llevé a la clínica.

Repentinamente, el enorme gato negro pasó corriendo por entre mis piernas, entró en el comedor, dio un salto para alcanzar las paredes internas de la chimenea, y ya no lo volví a ver.

En una fracción de segundo pensé que la chimenea también había sido la vía de escape de Lucía, cuando podía adquirir una forma gatuna al haber sido poseída por el Demonio.

¡En efecto, eso lo explicaba todo! ¡Y también me permitió tener la certeza de que, si conseguía curarla, ella quedaría exorcizada!

Con el mayor empeño me entregué a salvarle la vida. Le practiqué una eficaz, traqueotomía, le apliqué el oxígeno en el momento que corté la hemorragia y la desinfecté. El trabajo debió absorberme toda la atención, porque perdí la noción del tiempo. Cuando di por finalizada mi labor quirúrgica, comprobé... ¡Cielos... Lucía estaba muerta!

¡No, no podía reanimarla! ¡Debía aplicarle fuertes masajes en el corazón, inyectarle todos los estimulantes cardíacos que encontrase, hacerle transfusiones de sangre y demostrarle que contaba con la ayuda de un hombre que no temía al Demonio! ¡Sólo así volvería a la vida, lo mismo que había dejado de ser una gata por una voluntad satánica!

Horas y horas me entregué a la tarea de resucitarla, presionando mis manos acompasadamente sobre su cavidad torácica; luego, le practiqué una transfusión de mi propia sangre, sin que me preocupase el rudimentario utillaje que debí utilizar. Y en vista de que su corazón no recobraba el ritmo vital, continué insistiendo, insistiendo...

¿En qué momento me sacaron de casa? ¿Quién lo hizo? ¿Es que perdí el sentido...? ¿Y por qué me tenían encerrado en aquella habitación acolchada y me habían puesto una camisa de fuerza? ¿Cuál había sido mi conducta para que se me considerara un loco?

Desconocía el tiempo que llevaba encerrado, aunque debía ser mucho porque estaban cicatrizadas las terribles heridas que me hizo el gato. Sentí unos deseos irresistibles de gritar que yo no tenía que encontrarme allí. Pero entendí que ese no era el mejor camino. Acurrucado en un rincón, comencé a esforzar mi mente. Todo lo sucedido fue llegando a mi cabeza igual que las secuencias de una película.

Describir cada uno de los hechos seguro que resultaría excesivamente prolijo. Me limitaré a señalar que se me consideraba loco por el obsesivo empeño de repetir esta demanda: «¡dejadme dormir con mi mujer!».

Sirviéndome de mis conocimientos médicos, no me resultó difícil imponerme un disfraz. Por medio de la pasividad, del ahorro de palabras, de escuchar a los psiquiatras y de comer con apetito, fui consiguiendo salir de la celda, pasear por el jardín del manicomio, empezar a ayudar a los celadores y, al fin, que se me diera el alta...

¡Anoche he vuelto a dormir con ella!

Salté las tapias del cementerio, llevando una pala, una linterna y un mapa en el que se indicaba el emplazamiento de la tumba. ¡Con qué frenesí levanté la lápida, extraje la tierra, saqué el ataúd –es el primero de los cuatro que ocupan el mismo hueco–, desclavé su tapa y me encontré con Lucía!

¿Puede importarme algo que su belleza se haya perdido bajo los efectos de la putrefacción y de la labor devoradora de los gusanos, si sé que estando a su lado, durmiendo con ella diez noches, cien, mil o las que sean necesarias, conseguiré vencer el maleficio?

Sólo tengo que repetir el mismo proceso cada atardecer, sin que nada me desanime, ¡porque ahora yo sé dónde se encuentra Lucía todas las noches; nada más he de ir a su encuentro, porque ya no es una «gata salida» sino una mujer, ¡mi esposa!, que me necesita!