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Diles a las mujeres que nos vamos - Raymond Carver

Bill Jamison había sido siempre el mejor amigo de Jerry Roberts. Ambos habían crecido en la zona sur, cerca del viejo parque de atracciones. Habían ido juntos a la escuela primaria y luego a la secundaria, y más tarde entraron juntos en Eisenhower, donde hicieron cuanto estuvo en su mano para tener el mayor número de profesores comunes. Se intercambiaron camisas, suéteres y pantalones con pinzas, salieron y fornicaron con las mismas chicas, e hicieron todas esas cosas que suelen salir al paso normalmente.

En el verano conseguían trabajos juntos: macerar melocotones, recoger cerezas, deshebrar lúpulo; cualquier cosa que les proporcionase algo de dinero y en donde no hubiera que soportar a un patrón al acecho. Compraron un coche a medias. El verano anterior a su último curso, juntaron el dinero y se compraron un Plymouth rojo del 54 por 325 dólares. Lo compartieron y todo salió perfectamente.

Pero Jerry se casó antes de que finalizara el primer semestre y abandonó los estudios para tomar un empleo fijo en el centro comercial Robby's. En cuanto a Bill, también él había salido con la chica. Carol, se llamaba, y se llevaba muy bien con Jerry. Bill iba a visitarlos siempre que podía; tener amigos casados le hacía sentirse más mayor. Solía ir a almorzar o a cenar, y escuchaban a Elvis o a Bill Haley and His Comets.

Pero a veces Carol y Jerry empezaban a ponerse a tono sin importarles que Bill estuviera delante, y entonces Bill se levantaba, se excusaba y se iba andando hasta la estación de servicio Dezorn's a tomarse una Coca-Cola, pues en el apartamento de Jerry no había más que una cama abatible en la sala de estar. O bien ellos se metían en el cuarto de baño y Bill se iba a la cocina y fingía interesarse por la alacena o el frigorífico mientras trataba de no escuchar.

Así que Bill empezó a no ir tan a menudo y, después de graduarse en junio, consiguió un empleo en la fábrica Darigold y se alistó en la Guardia Nacional. Al cabo de un año tenía a su cargo su propia ruta lechera y mantenía relaciones formales con Linda. De modo que Bill y Linda iban a visitar a Jerry y Carol, bebían cerveza y oían discos. Carol y Linda se llevaban bien, y a Bill le halagó que Carol le dijera —así, confidencialmente— que Linda era una «auténtica persona». También a Jerry le gustaba Linda.

—Es estupenda —comentó Jerry.

Cuando Bill y Linda se casaron, Jerry fue el padrino de boda. La fiesta, naturalmente, fue en el Donnelly Hotel; Jerry y Bill se cogieron del brazo, se bebieron el ponche de un trago y se despacharon a gusto con toda clase de diabluras. Pero en determinado momento, en medio de toda aquella alegría, Bill miró a Jerry y pensó en lo mucho que había envejecido, pues tenía veintidós años y aparentaba muchos más. Para entonces tenía ya dos hijos, había ascendido en Robby's a adjunto a la gerencia y había otro retoño en camino.

Se veían todos los sábados y domingos, y más a menudo si había una fiesta. Cuando hacía buen tiempo, Bill y Linda iban a casa de Jerry y asaban perritos calientes en la barbacoa, mientras dejaban a los niños en la piscina portátil que Jerry había conseguido por cuatro perras —al igual que tantas otras cosas— en el centro comercial donde trabajaba.

Jerry tenía una bonita casa. Estaba sobre una colina desde donde se divisaba el Naches. Había otras casas en las cercanías, pero no muy próximas. A Jerry le iban las cosas a pedir de boca. Cuando Bill, Linda, Jerry y Carol se reunían, lo hacían siempre en casa de Jerry, pues era él quien tenía la barbacoa, los discos y la chiquillería que no paraba de dar la lata.

Sucedió un domingo en casa de Jerry. Las mujeres estaban en la cocina preparando las cosas. Las hijas de Jerry jugaban en el jardín. Lanzaban una pelota de plástico a la piscinita, chillaban y se metían a chapotear detrás de ella. Jerry y Bill, echados en las tumbonas del patio, bebían cerveza y descansaban. Bill llevaba el peso de la conversación: hablaba de gente que conocían, de Darigold, del Pontiac Catalina de cuatro puertas que pensaba comprarse.

Jerry miraba fijamente el tendedero o el Chevy descapotable del 68 que estaba en el garaje. Bill pensó que Jerry iba a acabar por quedarse ensimismado, mirando como miraba todo el tiempo fijamente y sin decir «esta boca es mía». Bill se movió en su tumbona y encendió un cigarrillo. Preguntó:

—¿Te sucede algo, muchacho? Quiero decir... ya sabes.

Jerry acabó su cerveza y aplastó la lata. Se encogió de hombros.

—Ya sabes —dijo.

Bill asintió con la cabeza. Luego Jerry propuso:

—¿Qué tal si nos damos una vuelta?

—Me parece perfecto —aprobó Bill—. Les diré a las mujeres que nos vamos.

Tomaron la carretera del río Naches rumbo a Gleed. Conducía Jerry. El día era cálido y soleado, y el aire azotaba el interior del coche.

—¿Adónde vamos? —preguntó Bill.

—Vamos a echar unas partidas de billar.

—Estupendo —celebró Bill. Se sentía mucho mejor viendo a Jerry animado.

—Hay que salir de vez en cuando —se justificó Jerry. Miró a Bill—. ¿Me entiendes, no?

Sí, Bill le entendía. Le gustaba ir con los compañeros de la fábrica a jugar en la liga de bolos del viernes por la noche. Le gustaba irse un par de veces a la semana después del trabajo a tomarse unas cervezas con Jack Broderick. Sabía que los jóvenes tienen que salir de vez en cuando.

—Al pie del cañón —dijo Jerry mientras tomaba la pista de grava que conducía al Rec Center.

Entraron. Bill sostuvo la puerta para que pasara Jerry, y al pasar, Jerry le dio un puñetazo suave en el estómago.

—¡Qué hay, gente! —Era Riley.

—¿Eh, cómo estáis, chicos?

Riley salía de detrás de la barra sonriendo abiertamente. Era un hombre corpulento. Llevaba una camisa hawaiana de manga corta que le colgaba fuera de los vaqueros. Riley repitió:

—¿Cómo estáis, chicos?

—Venga, calla y ponnos un par de Olys —pidió Jerry, guiñando un ojo a Bill—. ¿Y tú cómo estás, Riley? —preguntó Jerry.

Riley continuó:

—¿Cómo os va, chicos? ¿Dónde os habíais metido? ¿Tenéis algún lío de faldas? La última vez que te vi, Jerry, tenías a la parienta de seis meses.

Jerry se quedó quieto unos instantes y pestañeó.

—¿Qué hay de esos Olys? —insistió Bill.

Se sentaron en unos taburetes cerca de la ventana. Jerry comentó:

—¿Qué local es este, Riley, sin una sola chica un domingo por la tarde?

Riley rió. Contestó:

—Imagino que están todas en la iglesia rezando para conseguir un macho.

Se tomaron cinco latas de cerveza cada uno y tardaron dos horas en jugar tres partidas de turnos y dos de billar ruso. Riley, sentado en un taburete, hablaba y miraba cómo jugaban. Bill no paraba de mirar primero su reloj y luego a Jerry. Bill saltó:

—¿Bueno, en qué piensas, Jerry? Repito: ¿en qué piensas?

Jerry acabó la lata, la aplastó y se quedó un momento dándole vueltas en la mano. Una vez en la carretera, Jerry empezó a pisarle a fondo: a veces ponía el coche a ciento treinta o ciento cuarenta kilómetros por hora. Acababan de adelantar a una vieja furgoneta cargada de muebles cuando vieron a las dos chicas.

¡Mira eso! —exclamó Jerry, reduciendo la marcha—. Ya haría yo algo con ellas.

Jerry siguió como una milla y salió de la carretera.

—Volvamos —propuso—. Intentémoslo.

—Joder —dudó Bill—. No sé.

—Yo les haría algo —insistió Jerry.

Bill remoloneó:

—Sí. Pero no sé...

—Joder, venga —le apremió Jerry.

Bill miró el reloj y luego miró en torno. Dijo:

—Suelta el rollo tú. Yo estoy desentrenado.

Jerry hizo sonar la bocina mientras giraba en redondo. Cuando se acercó a la altura de las chicas, redujo la velocidad. Hizo entrar el Chevy en el arcén. Las chicas siguieron pedaleando en dirección opuesta, pero se miraron una a otra y rieron. La que ocupaba el borde de la pista era alta y esbelta y tenía el pelo oscuro; la otra era rubia y más menuda. Ambas llevaban shorts y blusas que dejaban al descubierto la espalda.

—Putas —masculló Jerry.

Esperó a que pasaran los coches para cruzar y tomar la dirección contraria.

—La morena es para mí —decidió. Añadió—: La pequeña es tuya.

Bill se echó hacia atrás en su asiento y se tocó el puente de las gafas de sol.

—Esas no van a hacer nada —auguró.

—Pronto las tendrás a tu lado —le contradijo Jerry. Cruzó la autopista y dio marcha atrás—. Prepárate —anunció.

—Hola —dijo Bill cuando alcanzaron las bicicletas—. Me llamo Bill.

—Muy bonito —dijo la morena.

—¿Adónde vais? —preguntó Bill.

Las chicas no respondieron. La pequeña rió. Siguieron pedaleando y Jerry siguió conduciendo.

—Eh, venga. ¿Adónde vais? —insistió Bill.

—A ningún sitio —contestó la pequeña.

—¿Y dónde es «ningún sitio»?

Ya te gustaría saberlo —coqueteó la pequeña.

—Te he dicho mi nombre —respondió Bill—. ¿Cuál es el tuyo? Este se llama Jerry.

Las chicas se miraron y rieron. Apareció un coche a la zaga. El conductor tocó el claxon.

—¡A la mierda! —gritó Jerry.

Aceleró hasta despegarse de las bicicletas y dejó que el coche lo adelantara. Luego retrocedió hasta situarse al lado de las chicas. Bill propuso:

—Os damos un paseo. Os llevamos adonde queráis. Lo prometo. Tenéis que estar cansadas de darles a los pedales. Tenéis pinta de cansadas. No es bueno el exceso de ejercicio. Y menos para las chicas.

Las chicas rieron.

—¿Lo veis? —continuó Bill—. Ahora venga, decidnos cómo os llamáis.

—Yo soy Barbara, y esta es Sharon —dijo la menuda.

—¡Perfecto! —exclamó Jerry—. Ahora entérate de adónde van.

—¿Adónde vais? —quiso saber Bill—. ¿Eh, Barbara?

La chica rió.

—A ninguna parte —respondió—. Por la carretera.

—¿Pero por la carretera adonde?

—¿Te importa que se lo diga? —le preguntó a su amiga.

—No, me da igual —contestó la amiga—. Me da exactamente igual. No voy a ir a ninguna parte con nadie —resolvió la chica llamada Sharon.

—¿Adónde vais? —insistió Bill—. ¿Vais a Picture Rock?

Las chicas rieron.

—Allí es donde van —aseguró Jerry.

Apretó el acelerador del Chevy, adelantó a las chicas y se metió en el arcén: ahora habrían de pasar a su lado.

—No seáis así —dijo Jerry. Y les instó—: Venga. Si ya hemos sido presentados.

Las chicas pasaron de largo.

—¡No os voy a morder! —bromeó Jerry.

La morena miró hacia atrás. A Jerry le pareció que le miraba con ojos propicios. Pero con una chica nunca se sabe. Jerry volvió como un rayo a la calzada; de los neumáticos salieron disparados guijarros y tierra.

—¡Nos veremos! —les gritó Bill al pasar a su lado.

—Está en el bote —comentó Jerry—. ¿No has visto la mirada que me ha echado la muy guarra?

No sé —dudó Bill—. Quizá sería mejor que volviéramos a casa.

—¡Pero si está hecho! —dijo Jerry.

Salió de la carretera y se detuvo bajo unos árboles. La carretera se bifurcaba allí, en Picture Rock, de donde partía un ramal para Yakima y otro para el Naches, Enumclaw, el puerto de Chinook y Seattle.

A unos cien metros de la autopista se alzaba una alta e inclinada masa de roca negra, parte integrante de una cadena poco elevada de colinas llenas de senderos y pequeñas cuevas, en cuyas paredes podían verse numerosas inscripciones indias. El lado escarpado de la roca daba a la carretera, y sobre él había escritas cosas como estas: NACHES 67 — LOS WILDCATS DE GLEED — JESÚS NOS SALVA — DERROTAD A YAKIMA — ARREPENTÍOS.

Se quedaron dentro del coche, fumando. Los mosquitos trataban de picarles en las manos.

—Cómo me gustaría tener una cerveza —exclamó Jerry—. Iría a beberme una.

—Y yo —coreó Bill, y miró el reloj.

Cuando divisaron a las chicas, Jerry y Bill salieron del coche. Se apoyaron sobre la aleta delantera.

—Recuerda —dijo Jerry, apartándose del coche—. La morena es mía. Tú te encargas de la otra.

Las chicas dejaron las bicicletas en el suelo y tomaron uno de los senderos. Desaparecieron tras un recodo y volvieron a aparecer un poco más arriba. Ahora estaban allí, quietas, y miraban hacia abajo.

—¿Para qué nos seguís, eh, chicos? —gritó la morena.

Jerry tomó el sendero. Las chicas se volvieron y se alejaron de nuevo a buen paso. Bill fumaba un cigarrillo y se paraba de vez en cuando para dar una honda chupada. Cuando llegaron a un recodo, miró hacia atrás y vio el coche.

—¡Muévete! —le instó Jerry.

—Ya voy —respondió Bill.

Siguieron subiendo. Pero Bill tuvo que recobrar el resuello. Ya no podía ver el coche. Tampoco la carretera. A su izquierda pudo ver una franja del Naches, que se extendía hacia abajo como una tira de papel de aluminio.

Jerry dijo:

—Vete a la derecha y yo iré de frente. Les cortaremos el paso a esas calientapollas.

Bill asintió con la cabeza. Jadeaba demasiado para poder hablar. Siguió subiendo durante un rato; el sendero empezó a descender y a encaminarse hacia el valle. Bill miró y vio a las chicas. Se habían puesto en cuclillas tras un saliente del terreno. Tal vez estaban sonriendo.

Bill sacó un cigarrillo. Pero no pudo encenderlo. Entonces vio a Jerry. Y después de aquello, ya no importaba.

Lo que Bill había querido era joder con ellas. O verlas desnudas. Pero tampoco le habría importado mucho que la cosa no saliera. No llegó a saber lo que quería Jerry. Pero todo empezó y acabó con una piedra. Jerry utilizó la misma piedra con las dos chicas: primero con la que se llamaba Sharon y luego con la que se suponía que le tocaría a Bill.

Los gatos de Père Lachaise - Neil Olonoff


Bateman odiaba llegar tarde. Se sentía irritado después de haber perdido media mañana intentando convencer a su esposa de que acudiera al funeral de Osear. Ahora, subiendo hacia la entrada del crematorio de Pére Lachaise, se sentía más irritado aún por tener que abrirse camino entre un grupo de enormes gatos tomando el sol en los amplios escalones. 

Al llegar casi arriba, cansado de mirar constantemente a sus pies, pisó descuidadamente una cola. El maullido fue lo suficientemente fuerte como para despertar a los muertos, pensó divertido. Pero los gatos no salieron en estampida, alarmados. En vez de ello, arquearon sus lomos y le miraron con malevolencia. Con una nerviosa mirada por encima del hombro hacia los gatos, Bateman penetró en la fría penumbra del crematorio.

Se entretuvo un momento en la puerta de la estancia del crematorio. Pierre estaba sentado en medio del pequeño grupo de acompañantes que hacían guardia frente a la puerta del horno funerario. 

A Bateman le recordó aquella vez en que había observado la sala del tribunal durante el divorcio de Pierre y Alicia, hacía doce años. Ahora vaciló, preparando una explicación para la ausencia de Alicia. ¡Maldita fuera su testarudez! Los niños eran una buena excusa, por supuesto, o quizá el hecho de que ella estuviese resfriada. Se decidió por el resfriado. Aunque primero mencionaría los niños. Quizá pudiera evitar las miradas de reproche de Pierre, que siempre hacían que se sintiera culpable.

La puerta del horno crematorio estaba alzándose para revelar el resplandor rojo en su interior. Con un gemido de maquinaria automática, el sencillo ataúd de pino avanzó hacia allí. Bateman se sentó detrás de Pierre y su hermana. La puerta descendió. Eso era todo. Mientras el grupo se levantaba con un suspiro colectivo. Pierre se volvió y vio a Bateman. Éste observó la decepción de Pierre al no ver a Alicia a su lado. 

Bateman dijo:
—Lo sentimos mucho. Pierre.

Pierre respondió casi rudamente con una mecánica inclinación de cabeza y le dijo a su hermana que se fuera a casa, que quería recibir las cenizas él solo. El grupo se dispersó, y los dos hombres salieron fuera del crematorio y caminaron cruzando la gran plaza pavimentada.

Oscar, el difunto, era el cuñado de Pierre. Podía decirse que había muerto a causa de la bebida, pero de una forma más bien macabra. Oscar se había ahogado tras perder el conocimiento a causa del frío bajo el Pont Neuf, durante una tormenta. Sencillamente, el río subió de nivel a su alrededor. 

La policía lo encontró allí, sin ninguna corte d'identité. Tomaron sus huellas dactilares, pero Oscar había nacido en Toulouse. Antes de que la familia se enterara de su muerte, el cuerpo había sido llevado al crematorio público de Pére Lachaise, el famoso cementerio en el 20° arrondissement. Lo más sencillo era seguir adelante con el funeral de los pobres.

—Hemos tenido suerte de que lo incineren solo —dijo Pierre a Bateman—. Normalmente las cremaciones de los indigentes se hacen de cuatro a la vez.

Bateman alzó la vista, sorprendido, pero no dijo nada. Caminaron lentamente a lo largo de uno de los senderos pavimentados del cementerio, parpadeando ante las manchas de luz que salpicaban el suelo. Era un agradable atardecer, y las hojas de los viejos árboles se agitaban sobre sus cabezas.

—¿Cómo está ella? —preguntó Pierre, refiriéndose a Alicia.
—Está bien —dijo Bateman, reflexionando que no estaba más seguro de los sentimientos de ella que de los de Allan Kardek, el médium espiritista muerto hacía mucho, junto a cuya tumba de granito estaban pasando.
—¿Y Janine? —preguntó Pierre.
—También está bien —dijo Bateman.
Janine era la hija de Pierre, tan sólo un bebé cuando Alicia se divorció de él.

Pierre era un hombre adusto y silencioso por naturaleza, pero hoy parecía estar buscando una forma de prolongar la conversación. Bateman sintió pena por él, consciente de que a Pierre le resultaba difícil superar su timidez y cortedad. Pero Bateman tampoco se sentía tan comunicativo como de costumbre.

Su camino se vio entonces cruzado por uno de los grandes gatos que residían en el cementerio. Parecían estar por todas partes, espiándole a uno desde detrás de las tumbas, emboscándose en las húmedas criptas. Eran enormes, y Bateman supuso que se alimentaban de ratones de campo y de otros roedores.

—Mira esos gatos —dijo Pierre—. Son enormes.
Bateman sonrió. Tenía la sensación de que era capaz de predecir cualquier cosa que Pierre fuera a decir. La mente de aquel hombre era la de un ingeniero, pensó, estrictamente orientada a lo concreto y real. Bateman podía mirar al frente y captar los más notables detalles de los caminos del cementerio. 

Mientras pasaban junto a ellos. Pierre hacía alguna observación sobre cada uno. Bateman se sentía divertido ante esta confirmación, no por vez primera, de la diferencia de sus caracteres. Bateman siempre había sido capaz de ignorar lo obvio, de actuar como si las condiciones reales de la vida y las exigencias de los convencionalismos simplemente no existieran.

Alicia también era así. Cuando se había iniciado su aventura en una pequeña galería de arte de la Rué du Bac, el resto del mundo había parecido fundirse en el entorno. Su matrimonio con Pierre, su hija y la posición de Pierre en la fábrica de ladrillos y tejas de su suegro se convirtieron en algo secundario ante la supremacía del hecho que llenaba ahora sus vidas: su mutuo amor.

Bateman se hallaba en viaje de compras, añadiendo nuevas propiedades a la colección de arte de un hombre que era propietario de varios almacenes en Nueva York. Durante varios meses, él y Alicia estuvieron pegados a las líneas telefónicas que unían París y Nueva York. Él gastó sus ahorros en viajes aéreos. Finalmente, Bateman convenció al rico neoyorquino de que lo enviara permanentemente a París. 

Pocos años más tarde, Bateman abría su propia galería. Pero el período anterior al divorcio fue doloroso para todos ellos.

Pierre permaneció junto a Alicia durante todo ese tiempo por el bien de Janine, preparando biberones y cuidando de sus diarreas matinales. Alicia prosiguió a la vez su floreciente carrera como artista y su amor con el norteamericano, y de algún modo halló entre ambas dedicaciones algo de tiempo para su bebé.

Bateman imaginó que Pierre hubiese preferido tenerlos a ambos junto a él, aun sin el amor de Alicia, que no tener a ninguno. Luego, Pierre nunca encontró a otra mujer que le conviniera. Era un sacrificio del cual Bateman no hubiera sido capaz. Debido a ello, Janine creció como una niña feliz.

Durante aquel año, Bateman y Alicia escandalizaron a sus amigos y familiares viviendo su aventura a plena luz. Ella traía a menudo a Janine al apartamento de él o a la galería, aunque a veces también la dejaba con Pierre. Cuando Bateman la llamaba desde Nueva York, era inevitable que algunas veces Pierre se pusiera al aparato. 

Las primeras veces que esto ocurrió, Bateman colgaba, pero a medida que iba acostumbrándose a la situación, empezó a preguntar por ella e incluso a dejarle mensajes. Pierre lo aceptó sin una palabra de protesta.

Bateman miró a Pierre, reflexionando que probablemente esa misma reprimida y poco imaginativa cualidad era la que le había permitido sobrevivir aquel tenso período, por no mencionar los últimos doce solitarios años. Detrás de un árbol vio cómo desaparecía la cola de un gato.

—Me pregunto qué comerán esos gatos —dijo—. ¿Crees que hay alguien que les da de comer?

Pierre se echó a reír de aquella forma ahogada tan característica, una especie de agitación de la cabeza con los labios apretados, de los cuales apenas salía sonido alguno de regocijo. Sus ojos mantenían su eterna expresión de tristeza, pero por una vez hubo como una chispa de animación. Dijo:

—Hablé con uno de los hombres que trabajan en el crematorio antes de que tú llegaras. Le pregunté por los hornos y cosas así.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Bateman.
—DeLaye tiene que reparar constantemente los revestimientos internos de ladrillo —dijo Pierre.
DeLaye era el nombre de soltera de Alicia y el nombre de la compañía de su padre, para la cual seguía trabajando Pierre.
—Oh, entiendo.
—Los ladrillos tienen que ser reemplazados cada cuatro años o así. No es mucho trabajo.
—¡Dios mío! ¿Has visto ese gato? —dijo Bateman—. Debe de pesar sus buenos diez kilos.

Pierre miró al atigrado gato.
—Sí, es uno de los grandes —dijo—. El tipo ése me contó una curiosa historia acerca de los gatos. No sé si creerla.
—¿De qué se trata?
El gato atigrado estaba mirando a Bateman con la expresión maníaca que adoptan cuando están hambrientos.
—Los hornos poseen quemadores a gas que alcanzan los mil doscientos grados —dijo Pierre—. Pero el gas es tan caro estos días que intentan economizarlo reduciendo el tiempo entre cremaciones, de modo que los hornos no tengan oportunidad de enfriarse.
—Eso tiene sentido.
—Sí, excepto que eso supone que tienen que retirar los cadáveres antes. A menudo, cuando se trata de un cuerpo grande, especialmente uno de los que han sido congelados en el depósito de cadáveres, los huesos no se hallan completamente reducidos a cenizas.
—Estás bromeando —dijo Bateman—. ¿Qué hacen entonces?
—Bueno, generalmente rompen los huesos con la raclette.
—Una raclette? ¿Como la que utilizan los panaderos?
—Más o menos. Pero eso no es lo peor. El cráneo y el cerebro constituyen un problema mayor.
—¿El cerebro?
—Oh, sí. Y puedes imaginar. Se halla encerrado, rodeado de líquido, y es muy difícil de quemar. Además, ya sabes, en verano los cuerpos deben mantenerse a una temperatura muy cercana a la congelación. Se necesita mucho más tiempo para incinerar un cadáver congelado.
—Ya entiendo... —dijo Bateman, con un principio de náusea en su pecho.
—Sea como sea, el tipo dijo... —Pierre se interrumpió mientras doblaban una esquina.

Habían llegado a una sección de las tumbas cubierta con pintadas, muchas de ellas obscenas. «Quiero joderte, Jim.» «La Serpiente.» «Patrick, Harley Davidson, 1984.» Y finalmente, pintada con spray en brillantes colores sobre una losa de granito sin labrar, la explicación: «Jim Morrison, The Doors».

Se detuvieron a contemplar los centenares de inscripciones garabateadas con tiza o pintura. Algunas llevaban años allí, pero otras parecían recientes. Para Bateman resultaba consternante. Parecía como si no les importara nada. Se sintió avergonzado por ellos, incluso después de todo aquel tiempo transcurrido.

Había un pequeño grupo de ciclistas descansando en aquella curva del camino. La bicicleta era una estupenda forma de ver el cementerio. Los senderos eran lisos y libres de tráfico, aunque uno no podía vagabundear entre las tumbas; por eso habían dejado sus bicicletas encadenadas juntas y se habían encaminado por entre las tumbas cubiertas de hierba. 

Bateman y Pierre podían oír sus risas mientras examinaban las anticuadas inscripciones. Los ciclistas avanzaron hacia ellos hablando en inglés, dos muchachos y dos chicas caminando directamente por entre las tumbas sin preocuparse por el sendero que había entre ellas. Bateman apartó la vista. 

El sol se ocultó tras una nube y entonces miró su reloj. ¿Las cinco y media ya? Se estaba haciendo tarde. Caminó un poco sendero abajo, procurando no ver las profanaciones practicadas allí para conmemorar a una estrella del rock norteamericana. Pierre siguió en su lugar, leyendo los nombres y comentarios. Minutos más tarde, Bateman miró hacia atrás y vio a Pierre arrodillado junto a las bicicletas, hablando con uno de los muchachos, sin duda acerca de sus máquinas.

Bateman podía ver la plaza del Crematorio y al otro lado el Columbario, donde instalaban las urnas conteniendo las cenizas. Sus ojos fueron atraídos por una extraña escena. En medio de la plaza, un enorme perro pastor alemán permanecía de pie, inmóvil. Incluso a aquella distancia podía ver los desnudos colmillos y la cola bajada entre las piernas del perro. Rodeándole había una docena de enormes gatos. 

Uno de ellos avanzó hacia el perro, y el anillo de gatos se contrajo en tomo al animal. El gato más cercano lanzó un amago hacia el perro, como si estuvieran a punto de atacarlo en masse, cuando, procedente del Crematorio, un hombre apareció blandiendo un largo palo hacia los agazapados gatos. Retrocedieron, observando al hombre mientras tiraba del perro, alejándolo.

Hubo sonido de risas y una especie de forcejeo entre los chicos y chicas en el recodo del sendero. No les estaba prestando mucha atención. Pierre todavía seguía atrás. Bateman sabía que la tumba que contenía los restos de Víctor Hugo estaba en algún lugar por aquella zona. Un poco más abajo pudo descubrir los de Rothschild y Gertrude Stein.

Las tumbas eran pintorescas. Algunas estaban amuebladas con una especie de silla baja de respaldo almohadillado, diseñada para poder arrodillarse y rezar, llamada prie-dieu. Algunas tenían ganchos en las paredes, para colgar coronas. 

Aunque la mayoría de las criptas estaban cerradas con llave, alguna permanecían abiertas. Miró hacia las sombras de una que había sido utilizada como refugio por generaciones de borrachos, a juzgar por la cantidad de botellas de vidrio verde esparcidas por el suelo. Enrollado en el acolchado asiento del antiguo prie-dieu había un enorme gato gris de ojos amarillos.

¿Era su imaginación, o aquel gato le observaba con una mirada particularmente salvaje? Nunca le habían gustado demasiado los gatos. Cuando abrían sus bocas, mostrando la punta de sus lenguas, sus ojos vidriosos fijos en un inimaginable éxtasis felino, los encontraba positivamente repulsivos. Deseaba salir de aquel lugar. Miró de nuevo su reloj. ¡Casi las seis! Realmente tenía que irse. Se volvió en redondo para llamar a Pierre, y se encontró ante su rostro. 

Disimuló su impresión con una risa nerviosa.
—¡Oh, estás aquí! —dijo Bateman—. Creí que te habías ido en bicicleta con ellos.
—No —dijo Pierre, frunciendo el ceño.
—Realmente debo irme —dijo Bateman—. Le dije a mi mujer que esta noche saldríamos a cenar. —Por un momento había olvidado con quién estaba hablando, pero ya era demasiado tarde para rectificar—. Por supuesto, me refiero a Alicia.
—Por supuesto —dijo Pierre—. Yo también tengo..., tengo algo que hacer.
—De veras, Pierre —dijo Bateman—. Lo siento.
—¿El qué? —preguntó Pierre, sus ojos brillando repentinamente.

Estaba irritado, pensó Bateman, y eso le cogía por sorpresa. Era la primera vez que veía a Pierre mostrar su temperamento. Pierre tenía algo, un trozo de metal, en su mano, y estaba dándole vueltas con sus dedos.

En un tenso silencio, caminaron por un atajo entre las hileras de decrépitas tumbas y denso follaje. Las sombras iban alargándose, y Bateman se sintió incómodo caminando delante de Pierre. Notaba una especie de picor en su cuero cabelludo. ¿Tenía miedo de que Pierre, tras todos aquellos años, pudiera tomarse alguna especie de venganza física? 

Nunca había dicho una palabra en contra de Bateman, nunca le había colgado el teléfono, nunca había dejado de transmitir uno de sus mensajes. Como cornudo, pensó Bateman, había sido tan cooperativo como era posible imaginar. Bateman lamentó inmediatamente aquel pensamiento. Pierre era diez veces más generoso que él. Se merecía su simpatía, su ayuda, no su desprecio.

—Antes me estabas contando algo —dijo Bateman, dándose la vuelta.

Pierre andaba con la mirada baja, las manos unidas a su espalda, y Bateman se sintió más avergonzado aún de su secreta burla. Pierre alzó lentamente la vista. Parecía como si Bateman hubiera interrumpido algún monólogo interior.

—Sí —dijo—, pero ni yo mismo lo creo. Aunque supongo que sería interesante conocer la verdad.
—No sigo tus... —dijo Bateman.
—Los gatos —dijo Pierre—. Preguntaste cómo consiguen estar tan gordos. Tú piensas que deberían estar muertos de hambre. Y muchos otros también.
—Sí.
—Sea como sea, espero que tengas razón —dijo Pierre—. Probablemente alguien les da de comer. Aunque el hombre del Crematorio parecía hablar seriamente.
—Pierre, estás hablando con rodeos. Preferiría que dijeras con claridad lo que piensas.
—¿De la misma forma que lo haces tú? —preguntó Pierre.
—No sé a qué te refieres —murmuró Bateman.
—No importa. Vamos. Quizá pueda mostrarte lo que comen los gatos.

Habían salido, por la parte de atrás, al Columbario. No era más que una pared de nichos, en los cuales se depositaban las urnas. En cada uno se fijaba una placa grabada con el nombre y las fechas. Algunos estaban vacíos y señalados con un «Réservée». Cruzaron el amplio patio que daba frente al Crematorio, con el imponente edificio silueteado ahora por el rojizo sol.

Abandonaron la plaza y continuaron hacia la salida a través de una sección de viejas tumbas, formando terrazas a varios niveles. Aquel era un sector de «bajo alquiler», con gran cantidad de tumbas abandonadas y muy pocas espléndidas y bien cuidadas.

—Dijo que lo había puesto en algún lugar por aquí —murmuró Pierre, subiendo una pendiente para alcanzar el nivel superior.
Avanzaban entre grandes árboles que bloqueaban el sol. En dos ocasiones, Bateman tropezó con enredaderas mientras intentaba seguir los pasos de Pierre.

—¡Increíble! —oyó exclamar a Pierre—. ¡El tipo decía la verdad!
Bateman salió a una zona de hierbas altas casi oculta de la sección principal. Allí había un pequeño grupo de antiguas tumbas familiares, con verjas de hierro oxidado. Pierre estaba arrodillado en el deteriorado reclinatorio de una de las criptas, examinando el contenido de un pequeño plato. Retrocedió cautelosamente fuera de la pequeña estructura de piedra.

—Echa una ojeada —dijo—. Ve con cuidado, hay mierda de gato por todas partes.
—No me extraña —dijo Bateman—. Mira ahí.

Había no menos de veinticinco grandes gatos congregados en torno a la puerta de otra tumba. Se estremeció y escrutó la penumbra de la cripta, intentando descubrir qué era lo que había en el pequeño plato de cerámica. No sentía ningún deseo de ensuciarse los pantalones en aquel suelo.

—No podrás verlo desde aquí —dijo Pierre—. Está demasiado oscuro ahí dentro.

Bateman dio un paso hacia la angosta oscuridad. Había una corona marchita y una cruz de plástico suspendidas de ganchos a su derecha. Tuvo que arrodillarse en el prie-dieu para echar una ojeada a lo que había en el plato. Lo reconoció inmediatamente. No hay nada tan inconfundible como el tejido cerebral, con sus retorcidas circunvoluciones. Pero nunca antes había visto un cerebro de aquel tamaño, y ya estaba parcialmente consumido. Por los gatos, supuso.

Sufrió un violento sobresalto cuando una araña reptó por su mano. La aplastó contra la pared de piedra con el dorso de la mano. Hubo un suave y sordo ruido y el crujido de hojas sobre él, como si algo aterrizara en el techo; un enorme gato, sin lugar a dudas. Alguien tocó un silbato. Era la hora de cerrar. 

Empezó a alzarse del prie-dieu cuando oyó un fuerte chirrido y sintió que la puerta de la tumba se cerraba contra la suela de sus zapatos. Aquello no era un accidente. Hubo un fuerte che metálico. Se volvió en redondo, dificultado por el angosto espacio. Bajó la mirada a la cerradura de la puerta y vio el brillo de un robusto candado con cerradura de combinación, de los usados en las cadenas para bicicletas. Tenía que haber sido Pierre, pero no pudo distinguir a nadie.

—¡Abre, Pierre! —gritó.

No hubo respuesta. Estaba seguro de que Pierre aún se hallaba cerca. Lo recordó arrodillado con los muchachos junto a la tumba de Jim Morrison. Después de que se fueran, él llevaba un trozo de brillante metal en su mano.

«Meaouuu», oyó, junto con el ahogado sonido de varios pares de almohadilladas patas. El enorme rostro de un gato apareció en la ventana opuesta a la verja. Sus malignos ojos brillaban dorados bajo la agonizante luz.

Lanzó todo su peso contra la verja de hierro. Parecía como si fuera a desmoronarse al primer golpe, pero no fue así. De nuevo empujó con su hombro. Era inútil. No podía retroceder lo suficiente para tomar impulso. El gato de la ventana saltó al interior, a su lado. Los rostros de otros dos aparecieron en su lugar.

El enorme gato en el suelo dio un zarpazo a su tobillo, inclinando la cabeza como si sintiera curiosidad por ver su reacción. Bateman sintió un agudo dolor y lanzó una patada al gato. Éste arqueó su lomo y bufó, sonando muy fuerte en el reducido espacio. ¿Qué ocurriría si atacaban todos a la vez, como habían estado a punto de hacer en la plaza? No conseguiría defenderse de ellos en aquel claustrofóbico espacio. Apenas podía mover brazos y piernas.

—¡Pierre! —gritó—. ¡Por el amor de Dios!

Hubo varios golpes sordos a su lado. Tres gatos aparecieron repentinamente en el suelo, junto a él. Otro, enorme y negro, estaba en la ventana. Saltó hacia él y sintió cómo le clavaba sus uñas en la nuca y una pata delantera trazaba surcos junto a su ojo derecho. Con toda su fuerza, ignorando las uñas afiladas como cuchillos, arrancó al animal y lo estrelló contra la pared, mientras pateaba a los otros, que habían empezado a atacar sus piernas.

—¡Que alguien me ayude! —gritó.

Entonces vio a Pierre, a unos metros de distancia de la verja, exhibiendo en su rostro la misma expresión afligida de siempre. Bateman casi estaba histérico:
—¿Están atacándome! —gritó—. ¡Por favor, abre eso!
—Sólo son gatos —dijo Pierre—. Además, no sé la combinación.

Había el asomo de una sonrisa aflorando a sus labios, aunque su mirada seguía siendo compasiva.
Uno de los gatos clavó sus uñas en la pantorrilla de Bateman, y éste dio un salto de dolor.

Pierre había dado media vuelta y empezaba a andar sendero abajo, hacia la salida.
—¡Por el amor del cielo! —gritó Bateman—. ¡Piensa en Alicia!
Pierre detuvo sus pasos: parecía estar reconsiderando la situación.

Bateman se aferró a los oxidados barrotes de su jaula mientras Pierre desaparecía de su vista.
—No te preocupes, Bateman —oyó—. Le diré que llegarás tarde para cenar.