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Dios, Tu y Yo… - Jean Ray


Después de más de veinte años de ausencia, regresé a Weston, mi pequeña ciudad natal, que había abandonado cargado de oprobio y pobre como una rata.

Mi vuelta no estaba dictada por ninguna llamada de campanario ni por el deseo de reconciliarme con el pasado.

Veinte años de filibusteo provechoso por los siete mares habían hecho del pobretón que yo fui todo un nabad.

Mi viejo barco de carga, el Fulmar, fue a dormir en una dársena del fondo de un puerto, y mis cuentas corrientes en los bancos de Kingston, Singapoore y Alejandría fueron transferidas al Midland-Bank, de Weston.

Bajé del tren a la hora en que el horizonte enrojecido se nublaba, y apenas hube franqueado la explanada cuando un individuo salió de la penumbra, sombrero en mano.

—Notario Mudgett… ¡Su notario, capitán! He recibido sus órdenes de Colombo y he podido hacer, en su nombre, la adquisición de un inmueble que, espero, responderá a sus deseos. ¡Qué feliz casualidad encontrarle a usted en el preciso momento que da sus primeros pasos por nuestra ciudad!

¡El animal! Debió de estar espiando mi llegada cada vez que entraba un tren en la estación.

—Mudgett —dije—, usted es algunos años mayor que yo; pero el Mudgett que declaró contra mí e hizo que me mandaran a la cárcel por un año era mayor aún.
—Era mi padre —dijo el notario, suspirando—. Murió y espero que Dios haya tenido piedad de su pobre alma. Lamentó toda su vida aquel momento de malhumor, capitán.
—Me gustaría tomar un trago —dije.
—Tendré el placer de ofrecérselo a manera de bienvenida, capitán. Mire: las luces se están encendiendo en el Balmoral. Es un club particular, pero estarán encantados de recibirle.

El director del Banco de Midland debía de haberse ido de la lengua, porque fui recibido por las sonrisas y los saludos de los caballeros instalados alrededor de mesas y por las reverencias de los camareros.

Reconocí algunos rostros, aunque el tiempo los había envejecido traidoramente.

En el fondo de la sala, lanzaron una cifra con voz demasiado alta para no oírse:
—¡No lejos de un millón de libras!

Mi cuenta corriente, en efecto, debía de rozarlo.
A cuya frase, a un vejete, que se llevaba la copa a la boca, le dio hipo.

Reconocí en él al director propietario del Weston-Advertirser, el libelo local que, en otra época, me había hecho una bonita reputación por algunas pillerías insignificantes.
"Tú, víbora —me dije—, dentro de ocho días vendrás a pedirme subsidios para tu asqueroso periódico. Pues bien, ¡serás servido!…"

No había terminado mi segunda copa cuando ya la mayoría de los presentes me habían recordado y se habían acercado a estrecharme la mano. A todos ellos les propiné un shake-hand que les disloqué el hombro.
 

•••
¡Infierno y maldición!
¡Yo, que contaba saborear a gusto el festín divino de la venganza!

Fue suficiente una esquina de cortina levantada por una bonita mano blanca para que la esponja pasara por encima de todos mis rencores y, entre otras capitulaciones, firmé un cheque destinado a alimentar las cajas hambrientas del Weston-Advertirser.

El destino se sirvió del amor para convertirme en un asqueroso asno, y, para colmo, por medio del flechazo, una de las cosas en que nunca he creído en mi vida.

Por la ventana de la cortina, mi vecina más cercana miraba hacia la calle y, al verme pasar, me sonrió. La mano que alzaba la tela de encaje temblaba ligeramente y, en su muñeca, un extraño brazalete de rubíes despedía chispas.

La cortina cayó, pero yo tuve tiempo de ver una figura de tanagra y unos hermosos ojos color de tempestad.

Aquella misma tarde, el notario Mudgett me informó:
—Se trata de miss Martine Messenger…, de una familia patricia del Shropshire. La muchacha vive en Weston hace solamente una quincena de años, por eso usted no pudo conocerla. Cuando vino aquí, apenas tenía veinte años. No hay, pues, indiscreción al calcular su edad.
—¿Rica?
—¡Oh, no! Hasta se pasa sin criados; claro que su casa no es grande.
Y añadió, como con pena:
—No tiene deudas…
Al día siguiente, yo llamaba a la puerta de miss Messenger.
 

•••
Me recibió en un cuadro indigno de su belleza: un salón glacial, muebles de priorato, ramitos de margaritas en jarrones de falso alabastro.

—Vengo, como vecino de usted, a visitarla—le dije.
—Me encanta su gesto, tanto más cuanto que la costumbre se ha perdido —respondió, con su sonrisa del diablo.

Yo había preparado algunas frases destinadas a cebar una demanda claramente formulada. Las frases se me quedaron a retaguardia, como los malos soldados, pero no la demanda clara y formal.
—Miss Messenger, deseo casarme con usted —le dije.
Ella tamborileó la mesa con un ademán que hizo fulgir los rubíes de su brazalete.
—Yo no lo deseo —respondió—; pero, a pesar de eso, continuaremos siendo excelentes vecinos por lo menos.

Sonrió de nuevo y me tendió la mano, rodeada de llamas. Estaba aprisionado, cogido, perdido, decidido a todo porque fuesen míos los ojos, la sonrisa, la mano de fuego…
Los habitantes de Weston ganaron con ello una paz que yo no les había destinado.
 

•••
Pocas mujeres me han negado sus favores por toda la faz de la tierra.
Al abandonar a mi vecina, tuve que recurrir a algunos highballs para poner mis ideas en equilibrio.
—Hermosa diablesa —dije—, puedo admitir que rechaces a un hombre, pero no a un millón de libras, aunque digan que no tienes deudas. A menos que tengas un chulillo…

Pero, en Weston, las bellezas masculinas no se prodigan y yo no podía imaginarme ninguna cabeza conocida mía reposando sobre la almohada de Martine Messenger.
El azar intervino lo suficiente para que los celos me mordieran el alma.

Nuestros jardines, separados solamente por un seto, estaban en la proximidad de un amplio prado comunal abandonado desde hacía muchos años y transformado en una especie de selva.

Una noche, cerca de las doce, iba a echar el cerrojo a la puerta del porche, cuando oí chirriar al portillón del jardín vecino y pude ver una forma alejarse rápidamente bajo la luna.
"La bella Martine elige un extraño camino para ir al pueblo —me dije—. ¿Será el de los gatos?"
Un instante después, la seguía a través de las zarzas, las cizañas y las ortigas.
¡Vaya!
Había estado a punto de gritar esa exclamación.

Martine había abandonado el sendero, serpenteando por entre el barbecho, y marchaba deliberadamente hacia los Groves. Era así como se llamaba un cementerio no afecto después de un proceso entre la comunidad y un caballero de la región, y después que Weston se ofreció una necrópolis moderna al otro lado del pueblo.

Miss Messenger alcanzó un trozo de muralla, último vestigio de la tapia que circundaba el campo santo, cuando una nube cubrió la luna, hundiendo en las tinieblas la siniestra extensión y robando a mi mirada la lejana figura.
—No es sitio a propósito para una cita de amor —gruñí, con desprecio.
Sin embargo, pasé dos horas de plantón en la oscuridad, esperando que miss Messenger regresara.
No la volví a ver hasta la mañana siguiente, a la puerta de su casa, cuando echaba miguitas de pan a los gorriones.
 

•••
Voy a referirme ahora a mi sueño. Como se injerta en una antigua realidad, me veo obligado a referirme a él.
Fue en Sydney.

El Fulmar se hallaba en dique seco y yo había alquilado una habitación en Vine Street. Daba al parque Victoria donde…, ¡el Señor sea alabado!…, apenas crecen los espantosos eucaliptos sin hojas ni sombra. La noche era tórrida y yo dormía mal, cuando, de repente tuve la deliciosa sensación de un abanico que me refrescaba la cara.

En mi duermevela, quise agarrar la misteriosa mano bienhechora y, en efecto, la cogí.

Inmediatamente me desperté, dándome cuenta de que tenía apresada una cosa velluda y desagradable que se debatía con furor. Logré encontrar el interruptor de la luz, instalado a la cabecera de mi cama, y una bombilla se encendió en el techo.
Estuvo a punto de que dejara escapar a mi prisionero, digamos mi prisionera para mayor exactitud.

Era una enorme roussette, uno de esos murciélagos gigantes bastante corrientes en Australia y a los que se les da a voces el nombre de perros voladores.

Aturdido por la luz, el ave nocturna se puso a chillar lúgubremente y su cara me hizo pensar en la de Tina, la perrilla que fue durante mucho tiempo la mascota del Fulmar.
—Tina —dije—, estáte tranquila. No quiero hacerte daño.
Fue entonces cuando vi en el espejo mi cara roja de sangre fresca.
—¡Oh, oh! —exclamé—. Participas con algunas de tus hermanas la fea costumbre de los vampiros. ¡Satanesca bebedora de sangre! Pero esta noche eres bien recibida, porque el toubib (médico) de la Marina me ha encontrado demasiado gordo y me ha aconsejado una sangría. Acabas de evitarme un gasto de más de media corona, Tina. Si quieres un trago más, sírvete.

El pajarraco no hizo nada, pero pareció calmarse, escucharme y hasta sentir agrado por mis palabras.
—Vete, Tina, y si el corazón te lo pide, vuelve mañana.
Dicho lo cual, le devolví la libertad y la vi desaparecer en la oscuridad del parque.
—¿Lo creerán?

Tina volvió todas las noches siguientes. Me había tomado cariño, me despertaba mordiéndome la nariz y las orejas, dándome, a veces, bofetaditas con sus anchas alas membranosas y ladrando dulcemente como mi difunta perrita.
Creo que debió deplorar mi partida.
No me atreví a llevármela.
La vida de a bordo no podía convenirle.
 

•••
Ahora, vuelvo hacia mi sueño más reciente.
Me obligaba a hacer un recorrido por el pasado: estaba en Sydney, en mi habitación de Vine Street. Un abanico me enviaba un airecillo fresco al rostro y, al mismo tiempo, sentí una picadura en la garganta.
—Vamos, Tina, al fin has vuelto… Toma tu bebida, querida —exclamé para mí, alegremente, y la cogí por la pata.
Oí su grito y ella trató de desprenderse.
Me desperté. No estaba en Australia, sino en mi casa de Weston y, en la oscuridad, algo se debatía.
No tuve más que apretar un interruptor para iluminar la habitación y, entonces, fui yo quien gritó, pero con indecible estopor.
En mi puño se retorcía Martine Messenger.
 

•••
Me miraba con ojos inmensos, llenos de pena y de horror.
Una perla roja, húmeda todavía, yacía en una de las comisuras de sus labios y un espejo me devolvía mi imagen, la imagen de mi cara, empapada en sangre.
—Tina… —murmuré, creyendo, iluso aún, que me dirigía a mi roussette de Sydney.
—No me llame Tina —exclamó, con voz ronca, mi cautiva.
El sueño se desvanecía. La realidad subía a la superficie.
Recobré mi ánimo y le dije:
—Tina era una roussette que hizo amistad conmigo. Un murciélago muy grande, bebedor de sangre, un…
—Vampiro…, sí —dijo miss Messeger.
—¿Como usted?
—Sí, como yo.

Yo no había visto otros en mi vida, pero aquellos no se parecían. Sin embargo, encontré la situación de mi gusto.
¡Tanto más cuanto que la golosa era extremadamente bonita!
Llevaba una bata de seda gris que dejaba insolentemente al descubierto sus formas y, tras haber recogido la gota de sangre con la punta de la lengua, su boca me pareció sinuosa y tentadora.

—Tina —dije, siempre teniéndola agarrada por el puño—. Voy a contarte una historia, muy, muy bonita. En Marsella, sorprendí un rata de hotel que quería apoderarse de mi cartera. Hubiera podido entregarla a la Policía; pero eso no me entusiasmaba, porque era bonita y estupendamente formada. Ella encontró justo que gozara de sus caricias y, como este placer fue exorbitante, le dejé mi cartera. Mi historia ha terminado; la nuestra empieza. Rata de hotel y vampiro pagan con la misma moneda.

Dicho lo cual atraje a Martine a mi cama.
Leí tal súplica en sus ojos que detuve mi gesto.
—No… iOh, no! —gimió—. No puedo aún hacerle comprender por qué… No, no. No le negaré nada, pero…, ieso!…
Eso era la cama, que ella miraba con espanto.
—Escuche —me dijo muy bajito—, eso… no es posible… más que abajo.
Abajo…

Me hizo descender al jardín y, cogiéndome de la mano, avanzó con una velocidad tal que estuve a punto de caerme en varias ocasiones. Me hizo atravesar un prado comunal para detenerse, al fin, delante de los Groves.
 

•••
Martine contorneó algunos monumentos funerarios, negros y olvidados, y se detuvo ante una sepultura abierta.
—Eso —dijo—es todo lo que me permiten los poderes de la noche para recibir al sueño y al amor. Estoy muerta… Estaba muerta cuando vine aquí, hace quince años.
La bata de seda se abrió y un soplo ardiente subió de su pecho.
La tumba abierta nos recibió.
De las murallas de fango, que apretaban nuestros miembros como flancos de sarcófago, subía la inmensa ola de amor de los innumerables esponsales celebrados en las profundidades de la tierra…. bodas negras a las que ahora se añadía la nuestra.
 

•••
—Vete—dijo—. Déjame dormir.
Ella había puesto un dedo en sus labios y me miraba interrogadora.
—Dios, tú y yo solos lo sabremos —murmuré, para asegurarle el secreto de nuestras noches futuras.
Me icé para salir de la tumba.
Detrás de mí, una mano invisible deslizó la losa sobre la sepultura.
 

•••
Un hecho estúpido fue la causa de la ruptura fatal.
La mujer que me servía de asistenta cayó enferma y, para reemplazarla, me envió a su hija.
Era una morena magníficamente constituida y de cara provocativa. Se plantó delante de mí, con sus ojos negros fijos en los míos, sus senos puntiagudos al aire, como los de un mascarón de proa.
—¿Es verdad que usted podría pagarme un abrigo de pieles, un reloj de pulsera de oro y brillantes y medias de seda sin que mermase su fortuna? —me preguntó.
—Nada es más cierto—respondí.
—Entonces, ¿a qué espera?—cacareó.
No esperé.

Pero el día en que ella apareció en público con sus costosas prendas y el pueblo murmuró, los postigos de las ventanas de mi vecina permanecieron obstinadamente cerrados.

El carillón lanzó en vano sus notas claras en las profundidades de la casa y el muro medianero permaneció sordo a mis insistentes llamadas.

Por la tarde salté el seto del jardín; pero, apenas hube franqueado el umbral de la puerta trasera, noté el soplo helado de la ausencia y del abandono.
Por la noche, corría a los Groves.

La sepultura estaba abierta y me incliné sobre un monstruoso horror: una calavera reía repugnantemente a las estrellas, un sudario de seda bostezaba sobre una informe podredumbre; entre los huesos del esqueleto ardían los tizones de una multitud de rubíes, mientras que una gran pestilencia subía del sepulcro.

Sin embargo, permanecí allí, implorando al infierno y al cielo a la vez, hasta el momento en que, a lo lejos, cantó un gallo en el campo, anunciando la aurora.
 

•••
El Fulmer ha echado piel nueva. Eso no es más que un remiendo engañoso, pero que sirve para mis fines. Le he encontrado una tripulación, recogida en el ambiente más sórdido que se pueda imaginar. Pronto nos haremos a la mar, y es seguro que, en la próxima tempestad, mi bravo navío hará su huequecito en el inmenso océano.

Participar un secreto con Dios y los restos de un cadáver seria soportar hasta el fin de mis días un fardo demasiado pesado. 

El terror rosa - Jean Ray

Sócrates Birdsie movió preocupado la cabeza y me dijo:

—Siento que no vengas con nosotros, Biddy. No, no; no prometas nada, poor old fellow. Cuando regresemos ya no estarás aquí… Tú no serás el primero que haya enloquecido en estas malditas canteras de caolín.

Goorman, el timonel flamenco, aprobó.

—No seremos más que cuatro para conducir el May Bug de Fowey a R'dam, con cargamento completo de arcilla de porcelana. No es demasiado, pero el viento es favorable y el mar está de buen humor. Tú no eres un marinero muy bueno, Biddy, pero estás instruido y tu conversación sirve para llenar las horas vacías cuando el viento cesa y las corrientes nos son adversas. Tú me has enseñado muchas cosas que no se relacionaban con el mar; porque de las cosas del mar…, ¡ay, deja que me ría un poco!.., no entiendes ni una palabra…

Sócrates Birdsie, el patrón, me estrechó la mano.

—Nos vamos… Es preciso que antes de dos horas hayamos salido de la bahía. Si quieres seguir el consejo de un hombre que no es un animal del todo, vuelve la espalda a este zalamero polvo de arroz y sigue la ruta del Oeste hacia Salisbury o la del Este hacia Winchester.

Declamé algunos versos que, con razón o sin ella, atribuía a Coleridge:

Yo no iré de viaje; pero ¿quién dirá adónde irá mi corazón?

—Bien —dijo Goorman—. Desde el momento en que hablas como los pícaros de feria, es mejor decirte adiós.

Durante quince meses, yo había formado parte de la tripulación del pequeño schooner May Bug, que transportaba caolín de Fowey y cemento de Pórtland a Holanda y Bélgica, y el capitán y el segundo de a bordo me querían sinceramente, a pesar de que mis servicios no tenían grandes méritos.

—A propósito —murmuró Sócrates—: no será conveniente que busques la compañía del clérigo de Barnstaple. En mi opinión, ese hombre del Severn…

Buscó un final de frase y, al no encontrarla, se alejó, moviendo la cabeza con ademán entristecido, familiar en él en los graves momentos de reflexión.

Me quedé solo en el muelle, a treinta pasos de un alcaraván posado en lo alto de la estatua de un viejo duque de Alba; una barnacla pasó, dando grandes aletazos, a ras de las olas, y tierra adentro, una locomóvil, accionando las cabrias de una de las canteras, silbó estrepitosamente.

Una dolorosa sensación de soledad me atenazó el corazón. Hubiera querido lanzarme al galope en seguimiento de mis compañeros, cuyas figuras encorvadas habían desaparecido tras el espigón, pero un estúpido amor propio me retuvo.

Aún estaba allí, en la silenciosa compañía del alcaraván gris, cuando el schooner, con los foques hinchados, se deslizó sobre el agua, el bauprés apuntando hacia la costa francesa.

Me pregunto qué habrá querido decir Sócrates al hacer alusión al hombre de Barnstaple…

El alcaraván, girando bruscamente sobre un ala, chilló: ¡rawoo!, perdiéndose en el deslumbramiento azulado de la inmensidad marina.

—¡Ah! —exclamé—. ¡Qué deliciosamente azul es todo esto!

Permanecí con los ojos obstinadamente fijos sobre el inmenso mantel del mar y del cielo conjugados, haciendo un enorme esfuerzo para no volver la cabeza.

Porque, una vez vueltos los ojos hacia tierra, sabía que lo azul desaparecería, dejando sitio a un tinte invasor, alucinante, irrevocablemente rosa: el camino, que atravesaba la duna cubierta de cardos de color suave a la vista y que no se encuentran más que allí; los dos semáforos pintados de cal rosa; las estameñas rosas de un poste de señales y, por último, la formidable cantera de caolín rosa, abandonada hoy porque, a causa de los azares de la oferta y de la demanda extranjeras, no se cargaba más que el caolín blanco y el amarillo.

—Sé lo que es eso, amigo mío. Empieza por un encantamiento sin límites. Se cree uno en el corazón de un paraíso, de una piedra preciosa y monstruosa del Oriente. Es el maleficio rosa que aprisiona, que domina, que opera por brujería sobre los sentidos y las almas… del hombre de Barnstaple, del individuo contra quien mi querido amigo Sócrates Birdsie había tratado de ponerme en guardia en el momento de separarnos, me despedí la noche anterior cuando terminó de pronunciar esta frase.

* * *

El rosa no es un color. Es el hijo bastardo de la unión del rojo triunfante y de la luz culpable; nacido de un incesto, en el que tanto el cielo como el infierno representan su papel.

Pero de esto no me di cuenta hasta más adelante, cuando me fue imposible ya salir de la gehena.

El conocimiento tras el golpe, lo que llega demasiado tarde para salvarnos, me recordó que el rosa es hermano gemelo del horror.

Flor sangrienta de pulmones tísicos, espuma en los labios de los seres que mueren con el pecho atravesado, tejido viscoso de los fetos, pupilas espantosas de los albinos morbosos, testigo del virus y del bacilo, compañero de las sanies y de todas las purulencias, ha necesitado de la inocencia y de la admiración de los niños y de las jovencitas para rodearlo de deseos y preferencias, y eso mismo demuestra su maldad y su tenebrosa esencia.

* * *

La cantera abría al cielo sus fauces, de una profundidad de cuarenta metros, con el fondo invadido por las aguas fluviales, que hacían de él un lago en donde se agazapaba la ternura de las auroras, única excusa del monstruo.

Las paredes eran abruptas, de una tersura de muralla de precipicio, y despertaban el horror vertical que precede un segundo al más fatal de los vértigos.

Su materia grasa y cohesiva había permitido a las máquinas cortar allí como en un enorme pastel, no dejando en ellas protuberancias, surcos ni salientes.

Eso impedía a la mirada punto de apoyo ni de reposo; la mirada caía a pico en el lago con rigidez de plomada.

Yo volvía allí, una y otra vez, desde hacía diez días, buscando con febril deseo el minúsculo círculo, afortunadamente oscuro, que sobrepasaba el alto borde y que era el reflejo de mi inquieto rostro inclinado sobre esta terrible fantasmagoría.

Hacía comidas precipitadas y nauseabundas en una posada de paredes rosas, situada a media legua de allí. Comía carnes fibrosas y rosadas y un pan sonrosado a causa del tizón. Bebía una cerveza sonrosada, como vinillo de especias, y servido todo por una maritornes de mejillas, labios y manos rosas, rosas, rosas…

Huía, con la náusea en los labios, para volver a ocupar inmediatamente mi lugar de condenado en el seno de ese dulzarrón esplendor.

El hombre de Barnstaple apareció en el momento en que un proyecto muy curioso acababa de germinar en mi mente.

* * *

—¿Qué intenta usted hacer con esa cuerda, ese anzuelo y ese trozo de carne cruda?

Y añadió, a media voz:

—¿Carne rosada?

Estaba en pie a mi lado, apartando la cabeza de las profundidades del lago, y consideré de buen gusto que llevase una sotana negra y no uno de esos atroces trajes rosas que los escasos insulares que me encontraba vestían con marcada predilección.

—Quiero pescar —contesté—. Voy a poner cebo en esta cuerda, que es larga como usted ve, y arrojarla a esa agua.

Se pasó la mano por la frente llena de sudor.

¡Puaf!..

Vi gotas grasientas y rosas perlar sus sienes y mi estómago se revolvió.

—Naturalmente, no pescará nada —dijo con esfuerzo—. Estas aguas se niegan a todo brote de vida.

—Naturalmente— repetí.

Y arrojé la cuerda.

Allí permaneció tres días, y, cuando la subí, el cebo estaba intacto. Solo, de haber reposado sobre el fondo, estaba completamente manchado de rosa pálido.

* * *

Creo, sin embargo, que el maleficio rosa, como yo lo llamaba, comenzaba a perder su dominio sobre mi espíritu.

Planes de partida se formaban lentamente.

Hasta comencé una carta dirigida a Sócrates Birdsie, en la que solicitaba de nuevo entrar a formar parte de la tripulación del May Bug.

Por las noches me reunía con el hombre de Barnstaple…, se apellidaba Tartlet, nombre divertido y un poco ridículo…, en una taberna próxima a las canteras blancas, en donde se escapaba uno, por fin, a la obsesión rosa y en donde se bebía una cerveza rubia de Pórtland bastante aceptable.

Poco a poco nuestras conversaciones se fueron apartando de la norma primera, hasta la noche en que Tartlet dio un grito y golpeó la mesa con tal puñetazo que nuestros vasos se volcaron.

—¡No pica, y ya sé por qué!— gritó.

—¿Qué está usted diciendo?— pregunté, porque yo me hallaba a muchos kilómetros de pensar en mi inútil pesca.

—No pica porque usted ha utilizado un cebo rosa. ¿Por qué la rana no muerde en un trozo de tela verde y, por el contrario, se arroja ávidamente sobre un pedazo de lana roja? ¿Por qué el toro desprecia un capote azul y se lanza furioso contra uno colorado? ¿Por qué el tucán naranja persigue con rabia a los pájaros grises y deja en paz a las aves de plumajes abigarrados de arlequín? Mañana seré yo quien vaya a pescar y prenderé un trozo de tela negra al anzuelo. ¡Ah!.. Le obligaré a salir de su terrible paz después de todo lo que él me ha hecho sufrir con su suciedad rosa.

Tartamudeaba de ira y la baba se le escapaba de los labios.

Ante este extraño furor no me atreví a preguntarle quién era ese él misterioso al que acusaba de su sufrimiento.

* * *

Al amanecer, cuando atravesaba la duna, vi a Tartlet avanzar hasta el borde de la cantera rosa y preparar su plomada.

Apenas había luz, pero su figura se destacaba claramente sobre el horizonte, ¡ay!, rosa hasta la saciedad.

Fue una suerte que yo no estuviese a su lado; si no, su espantoso destino hubiera sido también el mío.

Con mano segura arrojó la cuerda. Vi un ancho trozo de tela negra voltear en el aire y desaparecer en las profundidades.

A continuación…

Estoy casi seguro de que el suelo tembló, porque me vi arrojado de cara contra la tierra.

Cuando alcé los ojos, vi la oscura forma de Tartlet destacándose, con los brazos levantados en un ademán de horror, sobre el cielo matinal.

Pero algo había cambiado en el aspecto lejano de la cantera.

* * *

Un cono gigantesco, de un rosa deslumbrador, se elevaba de su centro, forma maciza que hubiérase podido tomar por un volcán surgido bruscamente en la inmensidad.

Mas esta forma estaba animada de una vida monstruosa; muy vagamente, es cierto, creí distinguir en ella abominables apariencias humanas, y aquello creció y subió hasta el cielo.

Luego asistí a una escena de inenarrable terror.

Tartlet había comenzado a crecer igualmente.

Se hacía gigantesco.

Su cabeza golpeó una nube y se hundió en ella; pero, aparte de este crecimiento infernal, su cuerpo se hacía brumoso, vaporoso, para no ser, al poco rato, más que una sombra desmesurada.

* * *

Un inmenso fulgor desgarró el cielo; una espantosa explosión conmovió la tierra y yo viajé como un ave por encima de las dunas, que se desfondaban, a lo largo de un mar que invadía la arena con sus olas rugientes.

* * *

Hay que creer que la Sabiduría Infinita quiso conservar la vida al único testigo de esta catástrofe.

Un tornado colosal arrasó el país, destruyó Salisbury y Winchester, alcanzó Londres después de haber llevado la desolación a la región de los Downs.

Una monstruosa tempestad atrapó en pleno canal de la Mancha a cargos de dos mil toneladas y los llevó a la playa, lejos del mar.

Mientras que millares de seres perdieron la vida en el cataclismo, yo salí de él sin el más ligero rasguño.

Sin embargo, tuve buen cuidado de no hablar nada de mi aventura, porque el manicomio de Bedlam acoge demasiado benévolamente a los parlanchines sin juicio.

Dos años más tarde, vuelto a mi puesto del May Bug, estaba de paso en Altona cuando una colisión con un vapor sueco envió a nuestro pobre schooner a dique seco por espacio de tres semanas.

Mientras que mis compañeros se dirigían a Inglaterra, yo me quedé en Altona como guarda del barco.

Yo no soy un pilar de taberna, y prefiero a las tascas, que no dudo son muy acogedoras, las salas de conferencias populares donde hombres de gran inteligencia y cultura hacen uso de la palabra.

Pronto tuve amistad con un profesor, bastante gordo, barbudo y melenudo, de cara terrible, pero que era el hombre más encantador del mundo.

Herr doctor Graupilz había estado durante veinte años en el observatorio de Treptow y, tras su retirada, continuaba compartiendo su ciencia con los humildes de Altona, su ciudad natal.

Entre dos vasos, le conté mi aventura y, con asombro de mi parte, su rostro permaneció serio.

—Recuerdo —dijo con voz alterada— que hace dos años…, sí, era en la época del gran cataclismo de que usted acaba de hablarme…, una gran nube cósmica se hizo visible en el campo de la constelación de Sagitario. La fotografiamos en varias posiciones y comprobamos, no sin reírnos un poco, que tenía una forma vagamente humana. En ese momento, Hopps, de Mount Wilson, observaba una nova aparecida en el campo de esta misma constelación, y observó que la hube se dirigía hacia ella con inaudita velocidad. Nuestros aparatos no nos permitieron seguirla más lejos; pero Hopps estimó que una nueva galaxia nacía en esta región desolada del espacio celeste.

El doctor Graupilz había hablado más para sí mismo que para mí, y yo no comprendía palabra de sus sabias frases.

Sin embargo, se dignó ponerse a mi nivel, explicando:

—Suponiendo que un hombre se desintegre, no en átomos ni en electrones, sino en energía pura, de la que tal vez estén compuestas ciertas nubes cósmicas, tomaría casi forma de universo en el espacio. Tal vez fuera así como actuara la Inteligencia Suprema con los Grandes Rebeldes de Su primera creación… Pero el espíritu…, el alma, si usted quiere…, ¿habría participado en esta monstruosa transformación? No lo creo.

—Así, pues, Tartlet…— murmuré.

—Tal vez haya servido al nacimiento de un universo. Dentro de uno o de diez millones de años, cien quizá, porque el tiempo es un factor mínimo en la vida del cielo, Tartlet habrá formado una galaxia con globos habitados, uno o varios soles, satélites, sistemas planetarios, y su espíritu estará sobre ella, asignándole sus leyes, buenas o malas, según su inteligencia.

—¡Dios!— exclamé.

—Tartlet—Dios —replicó el sabio sonriendo—. ¿Y por qué no puede ser así?

—Pero el cono rosa…— balbucí.

Se encogió de hombros.

—No me pregunte tanto, querido muchacho. Llame a eso, si quiere, la catálisis rosa. Por mi parte, siempre he creído reconocer en este misterio, que los sabios llaman así, cierta inteligencia fría y ordenada.

—¡Esa suciedad rosa!— exclamé, fuera de toda argumentación y comprensión.

—¿Cómo? —preguntó el profesor Graupilz—. Ahora recuerdo que el análisis espectral de la famosa nube cósmica reveló ese color; pero eso no prueba nada, mucho menos que nada. Y con esto, amigo mío, cerremos el paréntesis, porque este es uno entre los innumerables errores e hipótesis de que se compone la ciencia de los hombres…