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Dios, Tu y Yo… - Jean Ray


Después de más de veinte años de ausencia, regresé a Weston, mi pequeña ciudad natal, que había abandonado cargado de oprobio y pobre como una rata.

Mi vuelta no estaba dictada por ninguna llamada de campanario ni por el deseo de reconciliarme con el pasado.

Veinte años de filibusteo provechoso por los siete mares habían hecho del pobretón que yo fui todo un nabad.

Mi viejo barco de carga, el Fulmar, fue a dormir en una dársena del fondo de un puerto, y mis cuentas corrientes en los bancos de Kingston, Singapoore y Alejandría fueron transferidas al Midland-Bank, de Weston.

Bajé del tren a la hora en que el horizonte enrojecido se nublaba, y apenas hube franqueado la explanada cuando un individuo salió de la penumbra, sombrero en mano.

—Notario Mudgett… ¡Su notario, capitán! He recibido sus órdenes de Colombo y he podido hacer, en su nombre, la adquisición de un inmueble que, espero, responderá a sus deseos. ¡Qué feliz casualidad encontrarle a usted en el preciso momento que da sus primeros pasos por nuestra ciudad!

¡El animal! Debió de estar espiando mi llegada cada vez que entraba un tren en la estación.

—Mudgett —dije—, usted es algunos años mayor que yo; pero el Mudgett que declaró contra mí e hizo que me mandaran a la cárcel por un año era mayor aún.
—Era mi padre —dijo el notario, suspirando—. Murió y espero que Dios haya tenido piedad de su pobre alma. Lamentó toda su vida aquel momento de malhumor, capitán.
—Me gustaría tomar un trago —dije.
—Tendré el placer de ofrecérselo a manera de bienvenida, capitán. Mire: las luces se están encendiendo en el Balmoral. Es un club particular, pero estarán encantados de recibirle.

El director del Banco de Midland debía de haberse ido de la lengua, porque fui recibido por las sonrisas y los saludos de los caballeros instalados alrededor de mesas y por las reverencias de los camareros.

Reconocí algunos rostros, aunque el tiempo los había envejecido traidoramente.

En el fondo de la sala, lanzaron una cifra con voz demasiado alta para no oírse:
—¡No lejos de un millón de libras!

Mi cuenta corriente, en efecto, debía de rozarlo.
A cuya frase, a un vejete, que se llevaba la copa a la boca, le dio hipo.

Reconocí en él al director propietario del Weston-Advertirser, el libelo local que, en otra época, me había hecho una bonita reputación por algunas pillerías insignificantes.
"Tú, víbora —me dije—, dentro de ocho días vendrás a pedirme subsidios para tu asqueroso periódico. Pues bien, ¡serás servido!…"

No había terminado mi segunda copa cuando ya la mayoría de los presentes me habían recordado y se habían acercado a estrecharme la mano. A todos ellos les propiné un shake-hand que les disloqué el hombro.
 

•••
¡Infierno y maldición!
¡Yo, que contaba saborear a gusto el festín divino de la venganza!

Fue suficiente una esquina de cortina levantada por una bonita mano blanca para que la esponja pasara por encima de todos mis rencores y, entre otras capitulaciones, firmé un cheque destinado a alimentar las cajas hambrientas del Weston-Advertirser.

El destino se sirvió del amor para convertirme en un asqueroso asno, y, para colmo, por medio del flechazo, una de las cosas en que nunca he creído en mi vida.

Por la ventana de la cortina, mi vecina más cercana miraba hacia la calle y, al verme pasar, me sonrió. La mano que alzaba la tela de encaje temblaba ligeramente y, en su muñeca, un extraño brazalete de rubíes despedía chispas.

La cortina cayó, pero yo tuve tiempo de ver una figura de tanagra y unos hermosos ojos color de tempestad.

Aquella misma tarde, el notario Mudgett me informó:
—Se trata de miss Martine Messenger…, de una familia patricia del Shropshire. La muchacha vive en Weston hace solamente una quincena de años, por eso usted no pudo conocerla. Cuando vino aquí, apenas tenía veinte años. No hay, pues, indiscreción al calcular su edad.
—¿Rica?
—¡Oh, no! Hasta se pasa sin criados; claro que su casa no es grande.
Y añadió, como con pena:
—No tiene deudas…
Al día siguiente, yo llamaba a la puerta de miss Messenger.
 

•••
Me recibió en un cuadro indigno de su belleza: un salón glacial, muebles de priorato, ramitos de margaritas en jarrones de falso alabastro.

—Vengo, como vecino de usted, a visitarla—le dije.
—Me encanta su gesto, tanto más cuanto que la costumbre se ha perdido —respondió, con su sonrisa del diablo.

Yo había preparado algunas frases destinadas a cebar una demanda claramente formulada. Las frases se me quedaron a retaguardia, como los malos soldados, pero no la demanda clara y formal.
—Miss Messenger, deseo casarme con usted —le dije.
Ella tamborileó la mesa con un ademán que hizo fulgir los rubíes de su brazalete.
—Yo no lo deseo —respondió—; pero, a pesar de eso, continuaremos siendo excelentes vecinos por lo menos.

Sonrió de nuevo y me tendió la mano, rodeada de llamas. Estaba aprisionado, cogido, perdido, decidido a todo porque fuesen míos los ojos, la sonrisa, la mano de fuego…
Los habitantes de Weston ganaron con ello una paz que yo no les había destinado.
 

•••
Pocas mujeres me han negado sus favores por toda la faz de la tierra.
Al abandonar a mi vecina, tuve que recurrir a algunos highballs para poner mis ideas en equilibrio.
—Hermosa diablesa —dije—, puedo admitir que rechaces a un hombre, pero no a un millón de libras, aunque digan que no tienes deudas. A menos que tengas un chulillo…

Pero, en Weston, las bellezas masculinas no se prodigan y yo no podía imaginarme ninguna cabeza conocida mía reposando sobre la almohada de Martine Messenger.
El azar intervino lo suficiente para que los celos me mordieran el alma.

Nuestros jardines, separados solamente por un seto, estaban en la proximidad de un amplio prado comunal abandonado desde hacía muchos años y transformado en una especie de selva.

Una noche, cerca de las doce, iba a echar el cerrojo a la puerta del porche, cuando oí chirriar al portillón del jardín vecino y pude ver una forma alejarse rápidamente bajo la luna.
"La bella Martine elige un extraño camino para ir al pueblo —me dije—. ¿Será el de los gatos?"
Un instante después, la seguía a través de las zarzas, las cizañas y las ortigas.
¡Vaya!
Había estado a punto de gritar esa exclamación.

Martine había abandonado el sendero, serpenteando por entre el barbecho, y marchaba deliberadamente hacia los Groves. Era así como se llamaba un cementerio no afecto después de un proceso entre la comunidad y un caballero de la región, y después que Weston se ofreció una necrópolis moderna al otro lado del pueblo.

Miss Messenger alcanzó un trozo de muralla, último vestigio de la tapia que circundaba el campo santo, cuando una nube cubrió la luna, hundiendo en las tinieblas la siniestra extensión y robando a mi mirada la lejana figura.
—No es sitio a propósito para una cita de amor —gruñí, con desprecio.
Sin embargo, pasé dos horas de plantón en la oscuridad, esperando que miss Messenger regresara.
No la volví a ver hasta la mañana siguiente, a la puerta de su casa, cuando echaba miguitas de pan a los gorriones.
 

•••
Voy a referirme ahora a mi sueño. Como se injerta en una antigua realidad, me veo obligado a referirme a él.
Fue en Sydney.

El Fulmar se hallaba en dique seco y yo había alquilado una habitación en Vine Street. Daba al parque Victoria donde…, ¡el Señor sea alabado!…, apenas crecen los espantosos eucaliptos sin hojas ni sombra. La noche era tórrida y yo dormía mal, cuando, de repente tuve la deliciosa sensación de un abanico que me refrescaba la cara.

En mi duermevela, quise agarrar la misteriosa mano bienhechora y, en efecto, la cogí.

Inmediatamente me desperté, dándome cuenta de que tenía apresada una cosa velluda y desagradable que se debatía con furor. Logré encontrar el interruptor de la luz, instalado a la cabecera de mi cama, y una bombilla se encendió en el techo.
Estuvo a punto de que dejara escapar a mi prisionero, digamos mi prisionera para mayor exactitud.

Era una enorme roussette, uno de esos murciélagos gigantes bastante corrientes en Australia y a los que se les da a voces el nombre de perros voladores.

Aturdido por la luz, el ave nocturna se puso a chillar lúgubremente y su cara me hizo pensar en la de Tina, la perrilla que fue durante mucho tiempo la mascota del Fulmar.
—Tina —dije—, estáte tranquila. No quiero hacerte daño.
Fue entonces cuando vi en el espejo mi cara roja de sangre fresca.
—¡Oh, oh! —exclamé—. Participas con algunas de tus hermanas la fea costumbre de los vampiros. ¡Satanesca bebedora de sangre! Pero esta noche eres bien recibida, porque el toubib (médico) de la Marina me ha encontrado demasiado gordo y me ha aconsejado una sangría. Acabas de evitarme un gasto de más de media corona, Tina. Si quieres un trago más, sírvete.

El pajarraco no hizo nada, pero pareció calmarse, escucharme y hasta sentir agrado por mis palabras.
—Vete, Tina, y si el corazón te lo pide, vuelve mañana.
Dicho lo cual, le devolví la libertad y la vi desaparecer en la oscuridad del parque.
—¿Lo creerán?

Tina volvió todas las noches siguientes. Me había tomado cariño, me despertaba mordiéndome la nariz y las orejas, dándome, a veces, bofetaditas con sus anchas alas membranosas y ladrando dulcemente como mi difunta perrita.
Creo que debió deplorar mi partida.
No me atreví a llevármela.
La vida de a bordo no podía convenirle.
 

•••
Ahora, vuelvo hacia mi sueño más reciente.
Me obligaba a hacer un recorrido por el pasado: estaba en Sydney, en mi habitación de Vine Street. Un abanico me enviaba un airecillo fresco al rostro y, al mismo tiempo, sentí una picadura en la garganta.
—Vamos, Tina, al fin has vuelto… Toma tu bebida, querida —exclamé para mí, alegremente, y la cogí por la pata.
Oí su grito y ella trató de desprenderse.
Me desperté. No estaba en Australia, sino en mi casa de Weston y, en la oscuridad, algo se debatía.
No tuve más que apretar un interruptor para iluminar la habitación y, entonces, fui yo quien gritó, pero con indecible estopor.
En mi puño se retorcía Martine Messenger.
 

•••
Me miraba con ojos inmensos, llenos de pena y de horror.
Una perla roja, húmeda todavía, yacía en una de las comisuras de sus labios y un espejo me devolvía mi imagen, la imagen de mi cara, empapada en sangre.
—Tina… —murmuré, creyendo, iluso aún, que me dirigía a mi roussette de Sydney.
—No me llame Tina —exclamó, con voz ronca, mi cautiva.
El sueño se desvanecía. La realidad subía a la superficie.
Recobré mi ánimo y le dije:
—Tina era una roussette que hizo amistad conmigo. Un murciélago muy grande, bebedor de sangre, un…
—Vampiro…, sí —dijo miss Messeger.
—¿Como usted?
—Sí, como yo.

Yo no había visto otros en mi vida, pero aquellos no se parecían. Sin embargo, encontré la situación de mi gusto.
¡Tanto más cuanto que la golosa era extremadamente bonita!
Llevaba una bata de seda gris que dejaba insolentemente al descubierto sus formas y, tras haber recogido la gota de sangre con la punta de la lengua, su boca me pareció sinuosa y tentadora.

—Tina —dije, siempre teniéndola agarrada por el puño—. Voy a contarte una historia, muy, muy bonita. En Marsella, sorprendí un rata de hotel que quería apoderarse de mi cartera. Hubiera podido entregarla a la Policía; pero eso no me entusiasmaba, porque era bonita y estupendamente formada. Ella encontró justo que gozara de sus caricias y, como este placer fue exorbitante, le dejé mi cartera. Mi historia ha terminado; la nuestra empieza. Rata de hotel y vampiro pagan con la misma moneda.

Dicho lo cual atraje a Martine a mi cama.
Leí tal súplica en sus ojos que detuve mi gesto.
—No… iOh, no! —gimió—. No puedo aún hacerle comprender por qué… No, no. No le negaré nada, pero…, ieso!…
Eso era la cama, que ella miraba con espanto.
—Escuche —me dijo muy bajito—, eso… no es posible… más que abajo.
Abajo…

Me hizo descender al jardín y, cogiéndome de la mano, avanzó con una velocidad tal que estuve a punto de caerme en varias ocasiones. Me hizo atravesar un prado comunal para detenerse, al fin, delante de los Groves.
 

•••
Martine contorneó algunos monumentos funerarios, negros y olvidados, y se detuvo ante una sepultura abierta.
—Eso —dijo—es todo lo que me permiten los poderes de la noche para recibir al sueño y al amor. Estoy muerta… Estaba muerta cuando vine aquí, hace quince años.
La bata de seda se abrió y un soplo ardiente subió de su pecho.
La tumba abierta nos recibió.
De las murallas de fango, que apretaban nuestros miembros como flancos de sarcófago, subía la inmensa ola de amor de los innumerables esponsales celebrados en las profundidades de la tierra…. bodas negras a las que ahora se añadía la nuestra.
 

•••
—Vete—dijo—. Déjame dormir.
Ella había puesto un dedo en sus labios y me miraba interrogadora.
—Dios, tú y yo solos lo sabremos —murmuré, para asegurarle el secreto de nuestras noches futuras.
Me icé para salir de la tumba.
Detrás de mí, una mano invisible deslizó la losa sobre la sepultura.
 

•••
Un hecho estúpido fue la causa de la ruptura fatal.
La mujer que me servía de asistenta cayó enferma y, para reemplazarla, me envió a su hija.
Era una morena magníficamente constituida y de cara provocativa. Se plantó delante de mí, con sus ojos negros fijos en los míos, sus senos puntiagudos al aire, como los de un mascarón de proa.
—¿Es verdad que usted podría pagarme un abrigo de pieles, un reloj de pulsera de oro y brillantes y medias de seda sin que mermase su fortuna? —me preguntó.
—Nada es más cierto—respondí.
—Entonces, ¿a qué espera?—cacareó.
No esperé.

Pero el día en que ella apareció en público con sus costosas prendas y el pueblo murmuró, los postigos de las ventanas de mi vecina permanecieron obstinadamente cerrados.

El carillón lanzó en vano sus notas claras en las profundidades de la casa y el muro medianero permaneció sordo a mis insistentes llamadas.

Por la tarde salté el seto del jardín; pero, apenas hube franqueado el umbral de la puerta trasera, noté el soplo helado de la ausencia y del abandono.
Por la noche, corría a los Groves.

La sepultura estaba abierta y me incliné sobre un monstruoso horror: una calavera reía repugnantemente a las estrellas, un sudario de seda bostezaba sobre una informe podredumbre; entre los huesos del esqueleto ardían los tizones de una multitud de rubíes, mientras que una gran pestilencia subía del sepulcro.

Sin embargo, permanecí allí, implorando al infierno y al cielo a la vez, hasta el momento en que, a lo lejos, cantó un gallo en el campo, anunciando la aurora.
 

•••
El Fulmer ha echado piel nueva. Eso no es más que un remiendo engañoso, pero que sirve para mis fines. Le he encontrado una tripulación, recogida en el ambiente más sórdido que se pueda imaginar. Pronto nos haremos a la mar, y es seguro que, en la próxima tempestad, mi bravo navío hará su huequecito en el inmenso océano.

Participar un secreto con Dios y los restos de un cadáver seria soportar hasta el fin de mis días un fardo demasiado pesado. 

El que esquivaba las balas - Ray Bradbury

    El trasporte estaba cargado, listo para partir a medianoche. Los pies se arrastraban sobre las largas planchadas de madera. Se oía cantar muchas canciones. Muchos se despedían silenciosamente del puerto de Nueva York. Las numerosas luces hacían brillar las insignias militares ...

Johnny Choir no tenía miedo. Sus brazos temblaban dentro de su uniforme color caqui por la excitación y la inseguridad; pero no tenía miedo. Se apoyó en la baranda y pensó. El pensamiento descendió sobre él corno una envoltura brillante, aislándolo de los soldados, el trasporte, el ruido. Pensó en los días de su vida ...

Algunos años atrás ... en esos días pasados casi inadvertidamente ...

Días en el verde parque, junto al arroyo, bajo los umbrosos robles y olmos, cerca de los bancos de tablones grises y las alegres flores. Los chicos, entre ellos él mismo, bajaban las altas laderas como una avalancha adolescente, gritando, riendo, saltando.

A veces usaban trozos de madera tallada que tenían como gatillos broches sacados de la soga para tender ropa; y como municiones, tiras de goma que chasqueaban y revoloteaban en el aire estival. Otras tenían revólveres de cebita, que hacían estallar mientras se apuntaban uno al otro. Y la mayor parte de las veces, cuando no tenían dinero para cebitas, simplemente se apuntaban con sus revólveres de latón y gritaban:

— ¡Bang! Estás muerto.

— ¡Bang, bang! ¡Te di!

Sin embargo, la cosa no era tan simple. Las disputas surgían, rápidas, cortas, violentas, y terminaban en un minuto.

— ¡Bang, te di!

— ¡No, erraste por una milla! \Bum\ ¡Ahora yo te di!

— ¡No, tampoco me diste! ¿Cómo podías darme? Yo tiré antes. Estabas muerto. No podías tirarme. »

—Ya te dije que erraste. Yo me agaché.

—Vamos, no puedes esquivar una bala. Yo te apunté bien.

—Pero yo la esquivé.

—Estás loco. Siempre dices eso, Johnny. No sabes jugar. Yo te disparé. ¡Tienes que estar tirado!

—Pero yo soy el sargento; no puedo morir.

—Y yo soy más que un sargento. Soy un capitán.

—Si tú eres un capitán, yo soy un general.

—Y yo soy un general de división.

—No juego más. Tú no juegas limpio.

Y la eterna pelea para ver quién tenía razón, y la sangre que salía por la nariz, y la prometida venganza: Se lo voy a contar a mi papá. Todo esto como una parte importante de la existencia de un potrillo salvaje de once años, con el entusiasmo incomparable de un largo verano que nunca parecía concluir.

Y solo en otoño los padres salían a correr detrás de ti y los otros potrillos terribles, para atarte y ponerte la marca del agua y el jabón detrás de las orejas, y para encerrarte en ese corral de paredes de ladrillos rojos, y una mohosa campana en la torre ...

Eso fue hace tanto tiempo. Hace apenas ... siete años.

Por dentro seguía siendo un chico. Su cuerpo había crecido, se había estirado y alargado; su piel se había curtido; sus músculos se habían endurecido; la mata de sus cabellos, de color rubio oscuro, se había oscurecido; y las líneas de la mandíbula y los ojos se habían vuelto más marcadas; sus dedos y nudillos se habían engrosado; pero el cerebro no daba la impresión de haber crecido en armonía con el resto. Todo estaba verde aún, lleno de robles y olmos altos y lozanos en el verano; un arroyo corría por allí, y los chicos andaban trepando por sus curvas, gritando: — ¡Por aquí, muchachos! ¡Tomaremos por el atajo y los detendremos en el Desfiladero del Hombre Muerto!

Las sirenas del barco sonaron con toda su fuerza. Los edificios de metal de Manhattan lanzaron al aire el eco de su sonido. Las planchadas resonaron ruidosamente. Gritaban las voces de los hombres.

Johnny Choir se dio cuenta de todo, súbitamente. Sus rápidos y desordenados pensamientos fueron ahuyentados por la realidad del barco que salía lentamente del puerto. Sintió que sus manos le temblaban sobre la fría barandilla de hierro. Algunos muchachos cantaban Hay un largo camino a Tipperary, formando un grupo cálidamente bullicioso.

—Termina con eso, Choir —dijo alguien. Era Eddie Smith. Se acercó y rozó el codo de Johnny Choir: —Un centavo por tus pensamientos —dijo.

Johnny contemplaba toda esa agua oscura y reluciente. Dijo simplemente: —¿Por qué no estoy en 4—F?

Eddie Smith contempló el agua él también y se rió. —¿Por qué?

Johnny Choir dijo: —No soy más que un chico. Tengo diez años. Me gustan los cucuruchos, las barras de caramelo y los patines con ruedas. Quiero a mi mamá.

Smith se acarició el pequeño mentón blanco.

—Tienes el más retorcido sentido del humor, Choir. ¡Dios me ayude! Dices todo lo que tienes que decir con una expresión tan solemne, que cualquiera podría pensar que estás hablando en serio ...

Johnny escupió lentamente del otro lado de la barandilla, en forma experimental, para ver cuánto tardaba la saliva en llegar al agua. No mucho tiempo. Entonces trató de observar adonde caía para ver durante cuánto tiempo podía seguir viéndola. No mucho tiempo, tampoco.

Smith dijo: —Y aquí vamos. No sabemos adonde, pero vamos. Quizás a Inglaterra, quizás al África; quizás, ¿quién sabe adonde?

—Esos, ¿esos otros tipos juegan limpio, recluta Smith?

—¿Eh?

Johnny Choir gesticuló. —Si les disparas a esos otros tipos en el frente, ellos tienen que caer, ¿no?

—Pues claro. Pero, ¿por qué .... ?

—Y ellos no pueden volver a tirar si les tiras primero.

—Ese es uno de los principios básicos de la guerra. Tú le disparas primero al otro tipo, y lo dejas fuera de combate. Pero, ¿por qué tú ... ?

—Está bien, entonces —dijo Johnny Choir. Su estómago se aflojó en forma dulce y agradable en su interior. Quedó tranquilo y alegre, y sus manos no se volvieron a crispar sobre la barandilla.

—Mientras que eso sea una regla básica, no tengo nada que temer, recluta Smith. Jugaré. Jugaré bien a la guerra. Smith miró con asombro a Johnny.

—Si juegas a la guerra en la forma en que tú hablas, va a ser un tipo de guerra muy extraño, se me ocurre.

El sonido de la sirena del barco chocó contra las nubes. El buque abandonaba el puerto de Nueva York bajo las estrellas.

Y Johnny Choir durmió durante toda esa noche como un osito de juguete ...

El desembarco en África fue caluroso, rápido, simple y tranquilo. Johnny cargó su equipo en sus grandes manos, que balanceaba naturalmente, encontró el camión de la compañía a la que lo habían destinado, y comenzó la larga y tórrida salida hacia el interior desde Casablanca. Se sentó, el más alto de su fila, frente a otra fila de amigos en la parte trasera del camión. Saltaron, se movieron, rieron, fumaron y bromearon durante todo el trayecto, y fue bastante divertido.

Una de las cosas que notó Johnny Choir fue la circunspección que mantenían los oficiales entre sí. Ninguno de los oficiales pataleaba o gritaba: —' ¡Si no soy general no juego!' —'¡Si no soy capitán no juego!' Recibían órdenes, daban órdenes, anulaban órdenes y pedían órdenes en un cortante estilo militar que a Johnny le pareció el mejor juego que había visto jamás. Parecía una cosa difícil estar actuando de ese modo durante todo el tiempo, pero ellos lo hacían. Johnny los admiraba por ello y nunca discutía el derecho de ellos a darle órdenes. En todas las oportunidades en que él no sabía cómo hacer algo, ellos se lo decían. Eran serviciales. Seguro. Eran muy buenos. No era como en los viejos días cuando todos discutían sobre quién iba a ser general, sargento o cabo.

Johnny no decía nada de lo que pensaba, a nadie. Cuando tenía tiempo para ello, simplemente alimentaba sus pensamientos y rumiaba sobre ellos. Era algo tan asombroso. Este era el juego más grande que había jugado en su vida, con uniformes, armas más grandes y todo lo demás y ...

El largo y polvoriento viaje tierra adentro, por caminos traqueteantes y benditos senderos para el ganado, significó poco más que porrazos, gritos y sudor para Johnny Choir. Esto no olía a África. Olía a sol, barro, calor, sudor, cigarrillos, camiones, aceite, gasolina. Olores universales que negaban toda la oscura amenaza del África de los viejos libros de geografía. Miraba atentamente pero no veía a ningún hombre de color con pintura juju en el rostro negro. El resto del tiempo estaba demasiado ocupado en llevarse comida a la boca, y en volverse a colocar en la fila de la comida para obtener una segunda ración.

Y en un tórrido mediodía, a cien millas de la frontera de Túnez, y con Johnny terminando el almuerzo, surgió del sol un Stuka alemán, y vino derecho hacia Johnny. Lanzaba ráfagas de balas.

Johnny permaneció donde estaba y lo observó. Los platos de hojalata, los cubiertos y los cascos cayeron estrepitosamente, brillando a la luz del sol, sobre la dura arena, mientras los restantes miembros de la compañía se dispersaban dando alaridos, y enterraban sus narices en las trincheras y detrás de las piedras, detrás de los camiones y de los jeeps.

Johnny permaneció donde estaba, sonriendo con el tipo de sonrisa que uno siempre tiene cuando mira directamente al sol. Alguien gritó: — ¡Agáchate, Choir!

El bombardero que venía en picada ametralló con violencia, baleando, perforando. Johnny se mantuvo erguido, con la cuchara levantada en dirección a la boca. Los impactos trazaron una hilera de pequeños hoyos que hacían volar arena hasta una distancia de pocos centímetros de él. Observó cómo la línea se acercaba instantáneamente hacia él y seguía prolongándose unos pocos metros más, hasta que el Stuka levantó sus doradas alas y se fue.

Johnny lo observó hasta que se perdió de vista.

Eddie Smith se asomó por encima del borde del jeep: —Choir, eres un loco. ¿Por qué no te pusiste detrás del camión?

Johnny volvió a comer. —Ese tipo no le acertaría ni a la hoja de la puerta de un granero con un balde de pintura.

Smith lo miró como si fuera un santo en el nicho de una iglesia. —O eres el tipo más valiente que conozco, o si no el más estúpido.

—Supongo que quizá soy valiente —dijo Johnny aunque su voz sonó un poco insegura, como si le costara decidirse.

Smith resopló. —Diablos, ¡qué manera de hablar!

 

El movimiento hacia el interior continuaba. Rommel se había atrincherado en Mareth y la 8a. división británica se estaba alistando, preparando su artillería pesada para el fuego concentrado que, según los rumores, iba a comenzar en unos cinco días. La larga hilera de camiones llegaba hasta la frontera de Túnez.

El Afrika Korps había lanzado un ataque por el paso de Kasserine hasta casi la frontera de Túnez, y ahora estaban retrocediendo hacia Gafsa.

—Eso es magnífico —era todo lo que decía Johnny Choir—. Eso es lo que tenía que pasar.

La infantería de Choir avanzó finalmente para entrar en acción por primera vez. Iban a ver por primera vez la forma en que el enemigo corría, caía, se levantaba o permanecía quieto durante un período más largo, se escapaba, disparába, gritaba, o simplemente se desvanecía en una nube de polvo.

Cierta cómica tensión recorrió a los miembros de su unidad. Johnny la sintió y no la pudo entender. Pero también fingió estar tenso, de vez en cuando. Era divertido. No fumaba los cigarrillos que le ofrecían.

—Me hacen sofocar — explicaba.

Ahora se habían dado las órdenes. Las unidades norteamericanas descenderían a la llanura de Túnez y efectuarían un rápido ataque contra Gafsa. Johnny Choir iría con ellos como soldado raso.

Vociferaron instrucciones y proporcionaron mapas a los jefes de las compañías, a las agrupaciones de tanques, a los autos—orugas antitanques, a la artillería, a la infantería.

Los aviones de caza surcaron el cielo brillando intensamente. Johnny pensó que tenían un aspecto muy hermoso.

Comenzaron las explosiones. La ardiente planicie era atravesada por una marea letal de disparos de tiradores emboscados, fuego de ametralladoras, explosiones de artillería. Y Johnny Choir corrió detrás de una formación de tanques que avanzaban, con Eddie Smith a unos diez metros delante de él.

—Mantén la cabeza agachada, Johnny. ¡No te quedes tan derecho!

—No me pasará nada —jadeó Johnny—. Tú sigue. Yo estoy bien.

—Solo te digo que mantengas tu cabezota agachada, ¡nada más!

Corrieron. Johnny respiraba afanosamente. Se sentía como debe sentirse un prestidigitador que traga brasas cuando toma una bocanada de llamas. El aire africano quemaba como los vapores de alcohol de gas. Secaba las gargantas y los pulmones.

Corrieron. Tropezando sobre lagos de guijarros y repentinas elevaciones. Todavía no habían llegado completamente a la lucha de contacto. Los hombres corrían por todas partes, como hormigas de color caqui sobre el pasto quemado. Corrían por todas partes. Johnny vio que un par de ellos caían y se quedaban tirados.

"Ah, no saben cómo hay que jugar", fue el comentario que hizo mentalmente.

Las piedras que rodaban a sus pies eran exactamente como aquellos brillantes guijarros que regaban el viejo arroyo seco de Fox River, Illinois. Ese cielo era el cielo de Illinois, calcinado, de color azul muy oscuro, y que brillaba con luz trémula. Impulsó su húmedo cuerpo hacia adelante, con largos saltos. Ante su vista apareció una colina, verde, alta, vasta, extrañamente verde en medio de ese calor abrasador. En cualquier momento a partir de ahora los "chicos" bajarían gritando por la ladera de esa colina ...

Un fuego de artillería brotó de esa colina como la erupción de alguna febril enfermedad. La artillería abrió fuego desde atrás de la colina. Las bombas caían tras dejar oír el largo gemido de su paso. En el lugar donde caían levantaban la tierra y la sacudían, la sacudían, la sacudían. Y Johnny reía.

La emoción del momento se apoderó de Johnny Choir. Con sus pies en continuo avance, los tímpanos oprimidos por el martilleo de la sangre en su cabeza, balanceando naturalmente los largos brazos, y aferrando su rifle automático ...

Un proyectil se desprendió del cálido cielo, enterró su cabeza a diez metros de Johnny Choir y estalló con fuego, roca, metralla, violencia.

Johnny dio un largo salto.

—¡Fallaste! ¡Fallaste!

Saltó hacia adelante, apoyando continuamente un pie después del otro.

— ¡Baja la cabeza, Johnny! ¡Tírate al suelo, Johnny! —vociferaba Smith.

Otro proyectil. Otra explosión. Más metralla.

A solo ocho metros esta vez. Johnny sintió la poderosa fuerza, el aire, el empuje y la potencia del proyectil. Gritó:

—¡Fallaste otra vez! ¡Te engañé! ¡Fallaste otra vez! —y siguió corriendo.

Treinta segundos más tarde se dio cuenta de que estaba solo. Los otros habían hecho cuerpo a tierra para enterrarse, porque los tanques que los habían protegido tenían que virar y dar vuelta a la colina. Esta era demasiado empinada como para poder escalarla con un tanque. Y sin la protección de los tanques, los hombres se enterraban. Los proyectiles zumbaban por todos lados.

 Johnny Choir estaba solo y eso le gustaba. Por Dios, él mismo capturaría a esa maldita colina toda entera. Si los demás querían quedarse atrás, entonces toda la diversión sería para él solo.

A doscientos metros delante de él había un vibrante nido de ametralladoras, del que salían ruido y fuego como el chorro de una potente manguera de jardín. Castigaba y rociaba. Los proyectiles que rebotaban llenaban el aire cálido y estremecido de la ladera.

Choir corrió. Corrió, riéndose. Con su enorme boca abierta, mostrando los dientes, hizo alto súbitamente, apuntó, disparó, rió, y siguió corriendo nuevamente.

Hablaron las ametralladoras. Una línea de balas se dibujó en la tierra, como un crochet tejido por un idiota, alrededor de Johnny.

Saltó, zigzagueó, corrió, saltó y zigzagueó otra vez. Cada pocos segundos gritaba: —¡Erraste!— o —¡Pude esquivar ésa!— y entonces, como algún tipo especial de nuevo tanque, avanzaba trepando la ladera, blandiendo su fusil.

Se detuvo. Apuntó. Disparó.

—¡Bang! ¡Te di! —gritó.

Un alemán cayó en el nido de ametralladoras.

Corrió nuevamente. Las balas caían velozmente como una muralla sólida y mortífera. Johnny se deslizaba a través de ella, como se desliza un actor entre telones grises, tranquilo, con naturalidad, sereno.

— ¡Erraste! ¡Erraste, erraste! ¡La esquivé, la esquivé!

Estaba tan lejos delante de los otros, que apenas podía verlos. Tropezando más allá, efectuó tres disparos. ¡Te di! ¡Y a ti, y a ti! ¡A los tres!

Tres alemanes cayeron. Johnny gritó con alegría. El sudor le hacía brillar las mejillas, sus ojos azules estaban luminosos y ardientes como el cielo.

Las balas llovían. Las balas corrían, resbalaban, destrozaban las piedras que estaban encima, alrededor, cerca, debajo, detrás de él. Saltó. Zigzagueó. Se rió.

Las esquivó.

El primer nido de ametralladoras alemán había sido silenciado. Johnny se dirigió hacia el segundo. Escuchó que desde alguna parte, muy lejos, una ronca voz gritaba: — ¡Regresa, Johnny, maldito tonto! ¡Regresa! —la voz de Eddie Smith.

Pero había tanto ruido que no podía estar seguro.

Vio la expresión de las caras de los cuatro alemanes que manejaban la ametralladora más arriba de la colina. Sus rostros estaban pálidos bajo el color tostado del desierto, y tiesa y ferozmente contraídos, sus bocas estaban abiertas, sus ojos muy abiertos.

Apuntaron su ametralladora directamente hacia él y abrieron fuego.

— ¡Erraste!

Un proyectil de artillería bajó silbando desde el otro lado de la colina, y aterrizó a unos diez metros de distancia.

Johnny se arrojó violentamente. — ¡Cerca! ¡Pero no lo suficiente!

Dos de los alemanes, huyeron, corrieron fuera del nido, gritando extravagantes palabras. Los otros dos siguieron con la ametralladora, con los rostros pálidos, derramando plomo sobre Johnny.

Johnny les disparó.

Dejó que los otros dos se fueran. No quería dispararles por la espalda. Se sentó y se apoyó en el nido de ametralladoras, y esperó que el resto de su unidad lo alcanzara.

Observó cómo los norteamericanos brotaban como muñecos de cajas de sorpresa de un extremo a otro de la base de la colina, y venían corriendo.

En unos tres minutos Eddie Smith entró tropezando en el nido. En su cara tenía la misma mirada que habían tenido los alemanes en sus rostros. Gritó al ver a Johnny. Lo agarró, lo palpó y lo miró de arriba abajo.

—¡Johnny! —gritó—. ¡Johnny, estás bien, no estás herido!

Johnny pensó que lo que decía era algo muy gracioso. —Claro que no —respondió Johnny—. Te dije que no me pasaría nada.

Smith abrió la boca. —Pero vi que caían proyectiles de artillería cerca de ti, y ese niego de ametralladora ...

Johnny frunció el ceño. —Eh, recluta Smith, mira tu mano.

La mano de Ed estaba roja. La metralla, alojada en la muñeca, había hecho salir un veloz hilo de sangre.

—Tendrías que haberte agachado, rechita Smith. Maldición, te lo digo todo el tiempo, pero tú nunca me haces caso.

Eddie Smith lo miró en forma peculiar. —Tú no puedes esquivar las balas, Johnny.

Johnny rió. Era el sonido de la risa de un chico. El sonido de un chico que conoce muy bien la rutina de la guerra, y cómo llega y pasa. Johnny rió.

—No discutieron conmigo, recluta Smith —dijo tranquilamente. —Ninguno de ellos discutió. Eso fue extraño. Todos los otros chicos discutían en esos casos.

—¿Qué otros chicos, Johnny?

—Oh, pues, los otros chicos. En el arroyo, allá en casa. Siempre discutíamos sobre quién estaba herido y quién estaba muerto. Pero hace un momento cuando yo decía "Bang, estás muerto", esos tipos jugaban como se debe. Ninguno de ellos discutió. Ninguno de ellos dijo: —"Bang, yo te di primero. ¡Tú estás muerto!" . No. Me dejaron ganar todo el tiempo. En los viejos tiempos ellos discutían tanto ...

—¿Discutían?

—Claro.

—Ahora, ¿qué es lo que les decías, Johnny? ¿Realmente les decías "BANG, estás muerto"!

—Claro.

—¿Y ellos no discutían?

—No. ¿No es eso magnífico de su parte? La próxima vez creo que es justo que yo juegue como muerto.

—No —interrumpió Smith. Tragó saliva y se enjugó el sudor de la cara—. No, no lo hagas, Johnny. Sigue, sigue haciéndolo exactamente como lo has hecho hasta ahora. Volvió a tragar. —Escúchame ... en cuanto a eso de que esquivaste las balas, y que ellos erraban ...

—Claro que erraban. Claro que las esquivé.

 Las manos de Smith temblaban.

Johnny Choir lo miró.—¿Qué pasa, recluta?

—Nada. Solo ... la excitación. Y ahora me preguntaba ...

—¿Qué?

—Me preguntaba cuántos años tienes, Johnny.

—¿Yo? Tengo diez, para once—. Johnny se interrumpió y se sonrojó con culpa. —No. ¿Qué me está pasando? Tengo dieciocho, para diecinueve.

Johnny miró los cadáveres de los soldados alemanes.

—Ahora diles que se levanten, recluta Smith.

—¿Eh?

—Diles que se levanten. Ya pueden levantarse si quieren.

—Bueno, este ... mira, Johnny. Claro ... ¡Ah! Mira, Johnny, se levantarán después que nos vayamos. Sí, así es. Después que nos vayamos. Es contra las ... reglas ... que ellos se levanten ahora. Quieren descansar un rato. Sí... descansar.

—Oh.

—Oye, Johnny. ¡Quiero decirte algo ahora mismo!

—¿Qué?

Smith se pasó la lengua por los labios, movió los pies, tragó saliva y maldijo en voz baja. —Oh, no es nada. Absolutamente nada. Maldición. Excepto que estoy envidioso de ti. Ojalá ... Ojalá no hubiera crecido tan duramente y tan rápido. Mira, Johnny, tú vas a salir de esta guerra. No me preguntes cómo, tengo la sensación de que saldrás, eso es todo. Algo de esto está en la Biblia... Quizá yo no salga. No soy ya una criatura... Y, como no soy un chico, quizá no tenga la protección que Dios da a un niño sólo porque es un chico. Quizás crecí creyendo en cosas equivocadas ... aceptando como verdaderas la muerte y las balas. Quizá sea un loco por imaginar cosas acerca de ti. Claro que lo soy. Es solo mi imaginación lo que me hace pensar

que tú eres... oh. No importa lo que suceda. Johnny, recuerda esto: Yo te voy a apoyar.

—Claro que sí. Esa es la única forma en que jugaré —dijo Johnny.

—Y si alguno tratara de decirte que no puedes esquivar las balas, ¿sabes lo que le voy a hacer?

—¿Qué?

— ¡Le voy a dar una buena patada en los dientes! Eddie, sacudiéndose nerviosamente, mostró una extraña sonrisa en los labios.

—Ahora ven, Johnny, vayámonos, y vayámonos rápido. Hay otro juego ... que comienza a jugarse en la colina. Johnny se entusiasmó. —¿Hay otro?

—Sí —dijo Smith—. Vamos.

Pasaron juntos la colina. Johnny Choir saltando, zigzagueando y riendo, y Eddie Smith siguiéndolo de cerca, mirándolo con el rostro pálido y con los ojos grandes y llenos de envidia ...