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La leyenda de Sleepy Hollow - Washington Irving (Parte 1)

Era una tierra plácida de inquieta y dulce fantasía,

en la que brotaban sueños ante los ojos entornados

y fantásticos castillos en las nubes que pasaban,

las que jamás huyen de un cielo de verano.

Castillo de la Indolencia

 

Encontrada entre los papeles del difunto

Diedrich Knickerbocker

 
 
    En lo más profundo de una de las inmensas ensenadas de playas que el Hudson acaricia en sus orillas orientales, se produce un enorme ensanchamiento al que los viejos marinos holandeses llamaron en tiem­pos Tappan Zee; para navegarlo, recogían las velas prudentemente mientras invocaban a San Nicolás. 
 
    Justo allí se alza una pequeña aldea con su puerto recoleto, a la que algunos dan el nombre de Greensburg, pero a la que la mayoría de la gente llama Tarry Town. Recibió este nombre, por lo que sabemos, en tiempos antiguos; se lo dieron las bue­nas mujeres de un villorrio vecino, pues era en las tabernas de Tarry Town donde sus maridos se demoraban muy largamente en los días de mercado. Eso es lo que dicen; yo no puedo dar fe de ello, pero aquí lo hago constar en aras de la autenticidad de los hechos que se narran.

No muy lejos de esta villa, acaso a un par de millas, se abre un valle pequeño, al que acaso haya que llamar simplemente una lengua de tie­rra entre las altas colinas, que desde luego no tiene igual en todo el mundo por la tranquilidad que allí se respira. Un arroyuelo cruza el valle con su rumor delicioso que le obliga a uno a descansar. Allí, nin­gún ruido turba tu paz, salvo, acaso, el canto súbito de una codorniz o el repiqueteo de un pájaro carpintero en cualquier árbol, nada más; el resto, tranquilidad plena.

Recuerdo que, siendo yo niño, hice mi primera cacería de ardillas en un bosque preñado de nogales no muy altos que derramaban su sombra a uno de los lados de aquel pequeño valle. Vagabundeaba por allí al mediodía, en esas horas en las que la naturaleza se muestra particular­mente inmóvil, y me sobresaltó el estruendo que hizo mi propia esco­peta al disparar, pues en la profanación de aquel silencio sabático el dis­paro se eternizó en el aire hasta que al fin el eco me lo devolvió con furia. 

Si alguna vez deseara retirarme del mundo y todas sus tentaciones bus­cando el solaz de los lugares más encantadoramente apacibles y gratos, no dudaría en dirigirme a este pequeño valle, pues ningún otro lugar conozco que tanta paz ofrezca.

Este lugar, desde tiempos remotos, desde que se asentaron aquí los primeros colonos holandeses, se conoce como Sleepy Hollow, sin duda por las características tan peculiares de los descendientes de los colonos holandeses, gente apacible, serena, acaso indolente... 

También desde antiguo se llama a los mozos del lugar, en los pueblos vecinos, los muchachos del valle soñoliento. Realmente, es como si esta tierra estu­viera envuelta en una atmósfera de ensoñación y calma densa. Algunos cuentan que fue hechizada por cierto doctor alemán en los primeros tiempos de los asentamientos de colonos; para otros, fue un antiguo jefe indio, mago o profeta de la tribu, el que encantó la región antes de que la descubriese Hendrick Hudson

Y ciertamente parece este lugar, aún hoy, envuelto en un poderoso hechizo que llena de extrañas fantasma­gorías las cabezas de esas buenas gentes que lo habitan, haciéndoles caminar de continuo en una especie de duermevela. 

Creen, por supuesto, en los más raros poderes; suelen caer a menudo en trance y tienen visiones; escuchan en el aire voces y músicas indescifrables... No hay vecino que no tenga noticia de algún hecho extraordinario o que no se sepa alguna historia maravillosa, o que no pueda señalar qué paraje alberga entre sus profusas sombras algún espectro acechante; las estrellas fugaces y los meteoritos de fuego a menudo cruzan el valle, acaso por todo ello, con más frecuencia que en cualquier otra parte de la región; podría decirse, pues, que aquí el demonio de la pesadilla y sus figuras diabólicas tienen el mejor escenario posible para ejecutar sus danzas y morisquetas.

    El espíritu dominante, sin embargo, el que más influjo tiene sobre la imaginación de las gentes, el que parece someter a todos los espíritus que habitan los aires, es un fantasma, auténtico rey de esta región encan­tada; un fantasma decapitado que se aparece a lomos de un caballo... Para algunos, no es otro que el espectro de un soldado que sirvió en la caballería de Hesse; un soldado al que una bala de cañón arrancó de cuajo la cabeza en una batalla de la Guerra Revolucionaria y que aún galopa, como llevado por el viento, en las noches más oscuras. 
 
    Sus dominios, empero, no son únicamente los del valle, y muchos aseguran haberlo visto por caminos más alejados y especialmente en las cercanías de una iglesia apartada del pueblo. Los historiadores de la región más dignos de aprecio aseguran que, tras haber estudiado en detalle todas las versiones que se dan sobre el jinete decapitado, y tras haberlas contras­tado, han llegado a la conclusión de que el cuerpo de aquel soldado reci­bió sepultura en el camposanto de aquella iglesia junto a la que se apa­rece, sí, pero que su fantasma vaga por las noches y pena en busca de su cabeza en lo que fue campo de batalla; después, antes de que amanezca, ha de regresar a su tumba... Por eso atraviesa a galope tendido el valle poco antes de que comience a clarear el día.

Así es como se interpreta, de común, esta superstición legendaria, que tanto alienta las historias que se dicen unos a otros los habitantes de esta región en sombras; así es como se dio al espectro el nombre de El Jinete sin cabeza de Sleepy Hollow.

Reseñemos, sin embargo, un hecho claro, cual lo es que la propen­sión a tener visiones espectrales no es sólo cosa de estas buenas gentes que habitan el valle; aseguro que quien resida aquí por un tiempo también las tendrá. No importa cuán despierto hayas sido, una vez te adentras en las sombras de esta región ya no puedes permanecer ajeno a su influjo; la ensoñación mágica de su atmósfera se apodera de ti al instante; no tardarás mucho en tener visiones, en soñar con los ojos abiertos.

Tengo mucho cariño a este pacífico lugar, sin embargo, pues fue aquí, al igual que en otros valles próximos, donde los holandeses que buscaron refugio en el gran Estado de Nueva York dejaron costumbres, usos y tradiciones que aún se conservan, en contra de lo ocurrido en otros lugares, donde han sido arrastradas por la marea inmigratoria y por el progreso que transforma día a día nuestra emprendedora nación, de manera imparable. 

Por eso digo que un lugar como Sleepy Hollow es un remanso de paz en el que las corrientes migratorias no se llevan ni la hierba ni el cauce de los arroyos con sus aguas saltarinas y burbujeantes; tienen aquí una suerte de puerto en el que remansarse mientras más allá se producen los torrentes que arrasan. Ya han pasado muchos años desde que logré despojarme, además, del velo de sombras de Sleepy Hollow, pero aún me pregunto si no seguirán en el valle los mismos árboles y en el pueblo las mismas familias vegetando en este confín que les da protección.

En este apartado rincón de la naturaleza vivía en una época ya remota de la historia americana, esto es, hace unos treinta años, una bellísima persona llamada Ichabod Crane, que se «aletargaba», cual gus­taba decir, en Sleepy Hollow, para instruir convenientemente a los niños del pueblo. Era natural de Connecticut, un Estado que abastece a la Unión de aventureros de obra y de pensamiento y del que cada año parten miles de hombres para trabajar como leñadores en las fronteras con los otros estados o como maestros de escuela en los mismos.

    El apellido Crane le iba de maravilla. Era alto, extremadamente flaco, de largos brazos, de piernas no menos desmesuradas, con los hombros muy estrechos, con las manos que parecían írsele casi una milla de las mangas, con los pies que podían haberse utilizado como si fueran palas, con toda su estampa, en fin, como desmadejada, como si su cuerpo se mantuviese unido, extrañamente, en todas sus partes. 
 
    De su cabeza pequeña y aplanada salían dos orejas gigantescas y parecían habérsele incrustado bajo la frente chata aquellos dos ojos verdes, como de vidrio; su nariz, de tan larga, parecía buscar de continuo algo en el suelo; digamos que su cabeza, de perfil, parecía una veleta con silueta de gallo, que hubiera sido puesta en la fina varilla de hierro de su cuello para indicar la dirección de los vientos. 
 
    Quien lo viera en un día de viento, a zancadas por la ladera de una colina, con sus ropas que pare­cían bailarle en el cuerpo, bien podría pensar en una llegada a la tierra del espíritu del hambre... O que un espantapájaros se largaba de su campo de trigo...

Su escuela estaba en una casa de una planta y de una sola estancia, una casa hecha de troncos, tosca y rural; en los cristales de la única ven­tana, varios de ellos parcialmente rotos, parches de hojas arrancadas de cuadernos escolares. 

No sin bastante ingenio protegía la casa, sin embargo, con un picaporte hecho de mimbre durante sus ratos de ocio, en la puerta, y unas estacas que apuntalaban la contraventana, de forma tal que el curioso arquitecto tenía por seguro que, de entrar algún ladrón, y aunque tuviera fácil el acceso, salir de allí le resultaría de veras difícil. Era como si se hubiese inspirado en una trampa para pescar anguilas creada por un Yost Von Houten cualquiera. 

La escuela, en fin, se alzaba en un paraje solitario, a las afueras del pueblo, en un pequeño bosque que crecía a los pies de una colina; un enorme abedul le daba sombra y un sinuoso riachuelo pasaba muy cerca. El murmullo de las voces de sus discípulos, como el rumor de una colmena, lo arrullaba en los pesados días del verano, aunque en ocasiones, al hacerse escanda­loso, le obligaba a levantar la voz en tono de amenaza y reprobación, e incluso a aguijonear con un palmetazo la mano de uno de aquellos hol­gazanes jaraneros que tan escandalosamente se desviaban de la senda del conocimiento... 

A decir verdad, era un maestro concienzudo; siempre tenía en mente esa máxima de oro que dice así: «La letra con sangre entra». Desde luego, no mimaba mucho a sus alumnos el viejo Icha­bod Crane...

No quisiera que se le tuviese, sin embargo, por uno de esos maestros crueles y prepotentes que disfrutan haciendo sufrir y denigrando a sus discípulos; por el contrario, administraba justicia con claro discerni­miento entre el bien y el mal, más que con severidad; exoneraba de peso las espaldas del más débil para hacerlo recaer en el más fuerte; castigaba con indulgencia al que se estremecía con los golpes de su vara, pero bri­llaba clamorosamente la llama de la justicia cuando sacudía sin contem­placiones a un muchacho holandés cabezota y terco, a un pilluelo que, aun soportando el castigo, se le volviera contumaz y altivo, gruñón y despectivo ante cada golpe de su vara. 

Era lo que él decía «cumpli­miento de mi deber» encargado por los padres de sus alumnos; cabe señalar, además, que nunca infligió castigo alguno a cualquiera de los muchachos sin antes asegurarle, para dar el necesario consuelo al insolente, que lo hacía por su bien, añadiendo: «Me estarás por ello agrade­cido de por vida».

    Cuando acababan las clases, empero, era siempre el mejor compa­ñero de juegos de los niños; las tardes de los días festivos acompañaba a los más pequeños hasta sus casas, muy especialmente a los que tenían alguna hermana mayor hermosa, o por madre a una buena ama de casa famosa en el vecindario por su excelente despensa. 
 
    Por eso, sobre todo, hacía cuanto estaba en su mano para ser querido y apreciado por sus pupilos. Lo que cobraba en la escuela era poco, apenas le llegaba para comprarse el pan de cada día, y ha de hacerse notar que era hombre muy comilón y con unas tragaderas capaces de dilatarse como una anaconda, por lo que, a fin de vivir cual es debido, y siguiendo la costumbre de entonces para con los maestros, se alojaba y comía en las granjas de los padres de sus alumnos. Vivía una semana en cada granja; iba de granja en granja, pues, con sus escasas pertenencias mundanas metidas en un pañuelo de algodón.

Aquello, empero, no debía de resultarles en exceso gravoso a sus rús­ticos patrones, quienes de común consideran una carga excesiva alimen­tar a cualquier maestro y todo un derroche mantener una escuela, por lo que procuraba hacerse grato y útil a quienes le daban comida y techo. 

Así, y como no era cosa de exagerar, ayudaba a los labriegos en sus tareas más sencillas, apilaba el heno, reparaba una valla, iba a la pradera a bus­car el ganado que pastaba, cortaba leña cuando comenzaba a dejarse sentir el frío del invierno... No se mostraba entonces, en fin, con la dignidad arrogante de que hacía gala en la escuela, su pequeño imperio, y se comportaba no ya educado y cortés, sino decididamente obsequioso; era la admiración de las madres por el cariño con que trataba entonces a sus hijos, sobre todo a los más chicos, y como el león que acaricia con sus garras al cordero que se va a comer, ponía en sus rodillas a cualquiera de los pequeños mientras con el pie de la otra pierna mecía la cuna de otro aún más chico durante horas.

Además de vocación semejante, hacía demostración de otras no menos reseñables; era el maestro de canto del pueblo y buenas y muy relucientes monedas le caían por enseñar a entonar debidamente los sal­mos a los jóvenes vecinos. No hay ni que decir cuánto se pavoneaba y gozaba los domingos en la iglesia, con su coro compuesto por cantores bien seleccionados, allí, en lugar preeminente, robando protagonismo, lo sabía bien el maestro, al viejo pastor oficiante. 

Es verdad que su voz, al cantar, se dejaba sentir por encima del susurro de las oraciones; toda­vía hoy se oyen en la iglesia los domingos por la mañana, durante la celebración de los oficios, unos trinos que, dicen los lugareños, son los legítimos descendientes de la nariz de Ichabod Crane, trinos que pue­den escucharse hasta más allá de una milla, a través del aire, por donde está la alberca... 

Así, pillando por aquí, trampeando por allá, como se dice vulgarmente de un modo u otro hacía más llevadera su vida el modesto pedagogo, incluso medianamente regalada, aunque eran no pocos, esos que en nada aprecian el trabajo intelectual, los que creían que llevaba una vida muy fácil, maravillosamente apacible, a cambio de nada, de ningún esfuerzo.

    Un maestro de escuela es por lo general un hombre, sin embargo, tenido por importante en el círculo femenino de las comunidades rura­les. Se le tiene por una especie de ídolo, por un caballero tan ocioso como culto, superior, por ello, a los hombres gárrulos que componen el elemento masculino de los pueblos; acaso únicamente se le considere inferior en saberes con respecto al pastor de la iglesia... 
 
    Su presencia, así las cosas, causa siempre cierta expectativa cuando está a la mesa en cual­quier casa, dispuesto a dar buena cuenta de lo que va a servirse; es su presencia, nada más, lo que hace que las buenas amas de casa se afanen especialmente en preparar platillos exquisitos y dulces suculentos en abundancia; algunas hasta aprovechan la ocasión para sacar a relucir sus juegos de té de plata... 
 
    Nuestro hombre de letras, en suma, estaba parti­cularmente feliz entre las damas sonrientes del pueblo y aledaños. Era digno de verse cuánto gozaba de su compañía, cómo se lucía ante ellas en el jardín de la iglesia y en el camposanto próximo los domingos, una vez concluido el oficio, descifrándoles las crípticas inscripciones de las tumbas, ofreciéndoles racimos de uvas silvestres de los árboles del jar­dín, paseando con toda aquella grey femenina por las márgenes de la presa del molino... 
 
    Ni que decir tiene que los gárrulos hombres del lugar, tan menoscabados como envidiosos, ni se atrevían a intervenir; se limitaban a mirarle desde lejos, envidiosos de su sabiduría y superior elegancia.

De aquella su vida en cierto modo errabunda, le venía además otra condición, la de ser una especie de gacetilla rodante, pues llevaba de casa en casa noticias, rumores y chismorreos en general de toda la comarca; eso, por supuesto, hacía que su presencia fuera acogida con especial interés, sobre todo por parte de las mujeres de las casas, quienes además gozaban especialmente de su erudición por cuanto tenía hechas una cuantas y al parecer buenas lecturas, tales como la de la obra de Cotton Mather Historia de la brujería en Nueva Inglaterra, un asunto, el de la brujería, en el que, dicho sea de paso, creía firme y fervorosamente el maestro.

(CONTINUARA...)

Ejércitos - Eduardo Vaquerizo

 Se levantó del barro luchando contra la viscosidad, temblándole las rodillas, resbalando una y otra vez sobre la arcilla empapada de una pequeña ladera rodeada de pinos. Se miró el cuerpo. Estaba cubierto por una complicada cota de cuero curtido y remachado en hierro. La suciedad opacaba el metal de los clavos. Hacia calor. La luz de lo alto,  en el cielo grisáceo, le dañaba los ojos haciéndole parpadear.

No tenía idea ninguna en su mente, solo remolinos de emociones apenas formuladas qué giraban caóticamente sin lograr asirse a nada. Notó un tirón en el pelo y se tocó una enorme costra de sangre semicoagulada en una sien. Nada mas hacerlo fue consciente del intenso latido de dolor que le sacudía todo ese costado de la cabeza.  Estaba herido.

A su lado había un largo objeto de metal. Sin saber porque, lo cogió y comenzó a andar. El cielo le deslumbraba con su intensa palidez lechosa. Debía ser poco más de mediodía. Los pinos goteaban agua y de vez en cuando alguna ráfaga de aire removía olores a tierra mojada, a aliaga y a algo mas que no conseguía identificar. 

Caminó entre los árboles aún con paso inseguro. Un poco mas abajo había robles, cerca cantaba un arrollo. Se aproximó al agua y metió la cabeza dentro intentando matar el latido de dolor que le torturaba. El agua estaba fría, sintió el golpe helado en el rostro subir hasta la nuca. El tirón de la corriente jugaba con su pelo, le acariciaba las mejillas como con dedos de acero afilado. Sacó la cabeza del agua notando como la sangre le acudía a la piel para calentarla y descubrió que tenía la boca pastosa, como anegada de polvo. Bebió largamente, directamente de la corriente.

Se sentó en una peña y poco a poco el remolino que era su mente empezó a dar señales de querer parar. Y casi fue peor, pues cuando las hilachas de incoherencia dejaron de moverse descubrió que no había nada detrás de ellas, no recordaba quién era, como se llamaba, donde estaba y porque. 

Todavía tenía aquella pieza de hierro agarrada en la mano, sujeta por un mango cubierto de algo blando y de fácil agarre. "Espada" era su nombre. La blandió un par de veces en un gesto que su cuerpo reconocía como habitual. Recorrió la hoja buscando inscripciones. No tenía ninguna. Era una delgada lámina de acero muy afilado, anónima y letal. Se tocó la sien herida, aturdido, mientras un pájaro carpintero repiqueteaba en la lejanía. 

Tras un rato de reposo, comenzó a andar  siguiendo el arroyuelo, sin ninguna idea fija, con la mirada todavía errabunda sobre aquel paisaje que no recordaba. En un par de kilómetros el arroyo dejó atrás peñas y abruptas pendientes y se fue engrosando hasta terminar en una presa artificial, un remanso de agua rodeado de pinos y rocas sobre el que volaban las aves rozando con sus picos las aguas. Rodeó aquella masa acuática sintiendo que conocía aquello, pero sin poder recordar nada más. Se paralizó cuando escuchó un rebufo detrás de unas rocas. Se acercó lentamente, intentando no hacer ruido, hasta asomar la cabeza por encima de la peña.

Se extendía entre rocas y árboles un claro cubierto de hierba rala. El caballo piafaba mascando la hierba que crecía entre los cadáveres. Había cientos de ellos, ensartados en lanzas, cubiertos de sangre, con miembros, ojos y tripas arrancadas, despojos teñidos de rojo. Algunos tordos y cornejas volaban de aquí para allá pellizcando carne de donde podían.

Se sentó sobre la peña mirando aquella escabechina, tocándose la sien que ya no sangraba, intentando hacer acudir a su cabeza palabras que explicasen aquello.

Bajó de la peña y camino por el pequeño calvero espantando a los pájaros y al caballo. Los cadáveres descansaban en las mismas posturas en que habían caído. Ni uno solo de ellos estaba libre de terribles heridas, cabezas aplastadas, pechos hendidos, chuzos clavados en ojos. 

Había dos uniformes diferentes entre los caídos, uno de los cuales era igual a las ropas que vestía. Los otros estaban construidos mezclando cuero sin teñir y terciopelo rojo. No vio pendones, ni insignias en los pechos. ¿Tendría que haberlos?

Se detuvo delante de una de aquellas caras estragadas. Casi era como un dolor físico. Se sujeto la cabeza acariciando la herida en la  sien con dedos nerviosos. Aquel rostro... era algo conocido, movimiento, gritos, dolor... recordaba apenas un trazo luminoso, un rostro inidentificable y luego la oscuridad. 

Aquella cara, por otro lado vulgar, le producía malestar físico. A pesar de él se obligó a mirarla, intentando descifrar en el jeroglífico de sus rasgos la razón de su turbación. El rostro ancho de mandíbulas, con una sombra de espesa barba, de nariz corta, los pómulos elevados y las cejas pobladas, le devolvía su ensangrentada y silenciosa mirada sin poder responder a sus preguntas.

Un sonido como un trueno lejano, muy tenue aún, le extrajo de su concentración. Miró al cielo sin saber porque. Sintió miedo y corrió al bosque a esconderse en la espesura. Al poco un gran objeto de metal y cristal resoplando y manteniéndose en el aire sin ayuda de nada visible, se detuvo sobre el claro.   

Intentaba recordar pero no conseguía adivinar que era aquello, solo tenía la sensación de que no era peligroso, sin embargo permaneció oculto. El objeto bajo hasta el suelo y se poso sobre unas patas flexibles. Enseguida se abrieron unas puertas y de ellas salieron cuatro cilindros pintados de blanco moviéndose sobre largas patas metálicas como de araña. En el centro del cuerpo tenían estarcida una gran cruz roja.

Las patas delanteras de las arañas terminaban en garras. Usándolas extrajeron cajas de metal de la parte de atrás de la máquina y metódicamente introdujeron en ellas toda la carne que se pudría en el calvero, cada caja para un hombre, algunas veces procurando que no se olvidase en el terreno ningún miembro.

Cuando acabaron, las cuatro arañas blancas se internaron en el bosque moviéndose rápidamente con sus ocho patas articuladas apenas haciendo ruido sobre la pinaza. Una de ellas avanzó en su dirección. No era miedo, ya no, sino urgencia lo que le hizo subirse al pino. La araña pasó a su lado, evidentemente buscando mas cadáveres. Al rato volvieron arrastrando un par mas de cuerpos, que metieron en cajas. 

Sin transición ninguna, las arañas, el aparato y su estruendo desaparecieron dejando el claro vacío, extraño sin el ruido atronador y el aire levantado. Camino por el desierto prado sin meta clara. Quedaban apenas jirones de tela, charcos oscuros, armas corroídas. Levanto del suelo un puñal teñido de orín. Hubiera jurado que poco antes aquel acero relucía.

Caminó sin rumbo a través del bosque, intentando no pensar. Si lo hacía, el dolor de la sien volvía.  Las luces del mediodía oscilaban desde el tamiz de las hojas. Algunas chicharras cantaban desde peñascos recalentados y se cruzo con un lagarto que le hizo dar un respingo.

Pronto advirtió que estaba  siguiendo inconscientemente el curso del río cuya agua fluyó más calma, apenas rompiendo en espuma. Algún que otro marjal anunciaba agua estancada. Repentinamente los árboles desaparecieron y el valle se abrió a una ancha zona de praderas y matorrales. 

Al lado del rio se erguía una casa de piedra. Caminó con mas cautela. No se veía a nadie. La casa tenía grandes ventanales de madera y una terraza que daba a las montañas. Estaba construida de grandes bloques superpuestos sin necesidad de argamasa. Se acerco lentamente — La puerta de la terraza parecía abierta — conteniendo la respiración... nada, no se escuchaba nada.

— ¡UHHHH!

Alguien le había puesto la mano en el hombro. Automáticamente su cuerpo desenvainó el acero y lanzó un tajo hacia atrás. Noto como algo grande se movía deprisa esquivándole.

— Ehhh, que no es para tanto. Tanto, tanto, tanto.. . tanto tiempo perdido, lejos, ayer vi una mariposa y la mariposa a mí. Que terror, que pánico, ¿qué mariposa si no existen mas que ellas?

Detrás de él le miraba una extraña parodia de ser humano. Unos ojillos negros y brillantes perdidos en una mata de pelo, una maraña donde se confundían cejas, bigote, barba y melena. El inmenso pecho lo tenía ceñido de borrego sujeto por hebillas de madera, y un tabardo cubriéndole las piernas, anchas como columnas.

— Soy Iogo y me has cortado. Quizás tendría que matarte. JA, JA, JA, JA, JA. Que chiste, que me muero de risa. JA, JA

Se estaba poniendo colorado por el esfuerzo. Cayó al suelo sujetándose las tripas, con la mandíbula excesivamente distendida mostrando una perfecta y amenazadora dentadura. Tenía un corte no muy profundo en un brazo, pero que sangraba profusamente regando el suelo al ritmo de sus espasmos de risa. 

Al cabo de un minuto pareció calmarse. Le miró con los ojos muy abiertos y después entró a la casa. Tardo apenas un instante en volver con dos taburetes y un atado que desplegó mostrando un queso, pan  y una bota de vino. Se sentó en uno de los taburetes apoyando la espalda en la casa y comenzó a comer a la sombra mirando hacia las montañas y bebiendo vino con generosidad.

Se sentó en el otro taburete y solo después descubrió que estaba realmente cansado y hambriento. La situación le pareció irreal, pero por otra parte todo se lo parecía, así que decidió dejar de preguntarse cosas y comer.

Cuando el queso iba promediado el barbudo habló

— Esta noche lloverá. Tus amigos no podrán jugar. Quédate conmigo, en mi casa, que es de todos.

— ¿Mis amigos?

— Negro eres, negro llevas en el cuerpo, los rojos te buscaran, los negros te vengaran, los rojos te buscaran, los negros te vengaran, los rojos te buscaran, los negros te vengaran, los rojos te buscaran, los negros te vengaran. Y así hasta el final.

Transcurrió un rato de deglutir en silencio. La larga cicatriz en el brazo del hombre tenía un aspecto rojo oscuro, cubierta de coágulos grandes y ya duros. Le pareció fascinante mirarla, ver como seguía el contorno de los músculos de debajo de la piel.

 

— Yo... no te envidió, todo el día por ahí, a caballo, o sin caballo, esperando una flecha o una espada, o una maza, o una roca en la cabeza. Aburrido. Sin embargo yo aquí, lejos de la ciudad,  de sus médicos hurgamentes. Feliz. JE, JE, JE.

Entro los dos acabaron con el queso y el vino. Aquel hombretón volvió a desaparecer dentro de la casa y a aparecer con dos hamacas. Sin esperar a nadie, se tendió sobre una e inmediatamente estaba durmiendo profundamente.

Lo miró, aquel corpachón henchido de queso y vino, oscilando con profundas respiraciones. Y porque no. También se tumbó.

Oscuridad, un destello de hielo, un golpe, la necesidad de agarrarse, el suelo que venía corriendo y al final se abría en millones de flores microscópicas, una blanda cama de abrazos, de pieles rozadas, relámpagos sedosos que se deshacían en  olas nerviosas, ondulaciones carnosas que nacían de sus nervios y dominaban el paisaje de su cuerpo. ¿Esto es la muerte? Que dulce. ¿Pero es la gran muerte, o solo una mas, una vulgar, de esas producidas en serie en las micrococinas de los muchos dioses?

Volvió nadando del océano desconocido, pero en el fondo, junto a las algas, los sentimientos de muchos brazos y las conchas rellenas de negritud, también se quedaron las palabras.

 Se despertó con la agradable sensación de que todo estaba en su sitio. Abrió los ojos y vio una techumbre de madera, un nido de golondrinas en un rincón del tejadillo. Afuera el sol calentaba todavía con furia, el aire era un fluido de brillo resplandeciente, la brisa de la montaña refrescaba su cuerpo y las chicharras cantaban. 

Para confirmar su sensación placentera buscó las palabras, el sitio, el tiempo, su nombre. No había nada, sólo angustia, mudez. Se irguió de golpe. El hombretón no estaba. Un golpe sordo y un salpicar monstruoso le hicieron volver la vista. Iogo estaba bañándose desnudo en una piscina formada por un remanso del río.

Recordó su anterior experiencia con el agua del río y su mano fue automáticamente  a la sien. No había ya herida, solo suciedad pegajosa, ninguna cicatriz ni abultamiento. Algo le recordó su sueño El océano de vida

Hacia calor, mucho, y la pesada cota le estorbaba. Se la quitó, también las botas y los pantalones de piel. Al dejar en el suelo la espada miro al brazo de Iogo. No tenía ya vestigio ninguno de la herida.

El agua estaba meramente fría, no helada. Se sumergió y dio un par de brazadas para entrar en calor. Sin transición, como si siempre hubiesen estado allí, emergió del agua y contemplo a aquellos hombres a caballo que lo miraban desde la orilla. Vestían  uniformes rojos, y miraban impasibles desde lo alto de sus monturas. Pensó rápidamente en su ropa, estaba entre unas matas, oculta a su vista.

— Buen baño. — Hablaba el mas alto de ellos, sin sonreír ni lo más mínimo.

— Buen baño, año, paño.— respondió Iogo entre grandes risotadas y un gran aspaviento de agua y espuma.

— No nos importaría refrescarnos, pero de momento solo pararemos unos instantes. ¿quiénes sois?

  Turistas de ciudad, gente del campo, eremitas, nadie.

Como sin darles importancia Iogo salió del agua, y se tendió en una peña a secarse. No supo que hacer, solo miraba los uniformes rojos, los tabardos tendidos sobre las pieles de los bayos y las grandes espadas, los arcos. Nadie hablaba, parecían cansados, aburridos. 

Solo el hombre que había hablado conservaba una determinación oculta, una mirada penetrante constantemente sobre él. Se dio cuenta en ese momento que no le había quitado ojo desde que llegaran. Quizás sospechasen. Sospechar, ¿el que?, ¿Quién era? ¿Los negros eran los suyos? ¿Lo matarían solo como precaución?  ¿Le valdrían sus explicaciones de que no recordaba nada? Una furia fría,  un fluido medio congelado que se derramaba de su corazón, le inundo. Apretó los puños y la mandíbula sin saber muy bien contra qué dirigir su rabia.

Al final salió del agua el también y se tendió en la piedra caliente, con la cara al sol. Le costo cerrar los ojos, esperaba en cada momento el sonido de una espada cortando el aire. Al final solo escuchó los cascos hendiendo las piedras. 

En ese momento de silencio, antes de escuchar la retirada, había logrado focalizar un movimiento, gritos, el recuerdo de un golpe, una honda invasión de dolor dentro de su cabeza y .... la nada. Se incorporó luchando contra el resplandor del sol, intentando reconocer la zona. Solo una rama tronchada y algunas bostas indicaban por donde se habían marchado. Se vistió y siguió ese camino. Iogo ni siquiera había despertado de su segunda siesta. 

 Reía por dentro mientras descendía por una torrentera, procurando no erguirse y no hacer mucho ruido. Se sentía bien físicamente, perfectamente capaz de moverse ágilmente por entre jaras y zarzas, siguiendo a distancia a los hombres a caballo. No sabía porque los seguía, no recordaba motivos, palabras que le justificasen. Pero lo que si reconocía era el placer de la caza, el ansía con la que sostenía el pomo de la  espada.

Aquellos hombres se detuvieron al anochecer, en un calvero en el que había una gran peña en el centro y una fuente a su vera. Los contó, veinte. Muchos para él solo. Desde lejos observó como desmontaban y se tendían a descansar. De las mochilas y bolsillos sacaron unas pequeñas cajas marrones y verdes. Algunos las colocaron cuidadosamente sobre el suelo y las activaron. Un resplandor tenue y azul salía de las cajas y se extendía por el suelo como un breve niebla a un palmo del terreno. 

Vio como alguno de ellos se sentaba encima y como la niebla cedía y se acomodaba a su cuerpo. No se sorprendió, podía imaginarse encima de uno de aquellos artefactos e incluso evocar su mullidez. Sin embargo no sabía su nombre. 

Encendieron algo parecido a un fuego, una llama amarilla y amplia que salía de otra de aquellas cajitas. Aquella llama rompió la penumbra del anochecer y el relente húmedo del bosque, aunque no llegó hasta donde él estaba. Contempló como colocaban centinelas y empezó a sentirse incomodo y frío sobre la rama en que estaba encaramado.

Su ánimo también se había enfriado. Había muchas preguntas rondándole la cabeza y ese impulso que le hubiera llevado a atacar a aquellos hombres de los que nada sabía, se estaba desvaneciendo con rapidez. Justo cuando estaba empezando a desplazarse para buscar un buen sitio donde pasar la noche, bruscamente  un cono de luz blanca iluminó el claro. Era el ruido que ya conocía, ese trueno continuo y el aire desplazado y removiendo la quietud del bosque. 

El vehículo se poso con delicadeza en el escaso sitio que le quedaba libre entre los petates. De él salieron varios hombres con vestiduras rojas que fueron recibidos con calurosos abrazos y risas.

No vio a las  arañas por ningún sitio, y tras ver que los saludos y las conversaciones en voz alta disminuían y que los centinelas empezaban a ejercer su función, decidió buscarse un lecho nocturno. Se hizo una cama de brezos debajo de una peña, un sitio recogido y a resguardo de miradas y posibles lluvias. 

Dentro de su refugio la cabeza era de nuevo un remolino, sabía que dentro de él estaban todavía las piezas, solo tenía que encontrarlas, fácil sino le rehuyesen corriendo por laberintos de ideas y sensaciones. Cuanto más ímpetu ponía en encontrarlas más difícil era. Pronto las espirales de significados que se perseguían dejaron de importarle y con el sueño se hicieron difusas, lejanas.

La oscuridad le recubría. Él era la oscuridad, negritud de noes invadiendo el espacio, comiéndoselo para construir infinitas parcelas de nada, concentrados universos de ceros tan grandes como galaxias. Y en ese instante enorme apareció un movimiento peristáltico, el terciopelo negro de la nada se ondulaba, torcía su materia creando pliegues que lo extraían de su esencia, lo devolvían... ¿a dónde? ¿Al ruido de metal, al grito, al relámpago de dolor?

Era de noche aún. La luna estaba alta entre las ramas. Se arrebujó aún más en su cota mientras sentía como su cuerpo temblaba un poco. El silencio del bosque no era total. Ululaba alguna ave lejana, y un ábrego desagradable enfriaba a la par que removía las hojas de robles y brezos. Y había algo más. Moviéndose como pedazos de niebla, lentos y silenciosos, hombres anónimos resbalaban por la noche, pálidos brillos de acero traspasaban como lanzazos de luz el tejido de la oscuridad del bosque. 

Se levantó cautelosamente oteando alrededor. No vió a nadie, pero los sentía, apenas un susurro allí, un roce mas allá. Sin pensarlo comenzó a avanzar semiagachado como alguien acostumbrado al acecho, sumergido en sombras tan densas como la nada y esquivando pozos de delatora claridad  lunar.

Eran una docena, no mas, y caminaban delante de él apenas pisando la hojarasca, las caras y las armas oscurecidas de barro. De nuevo se adueñó  de él un goce profundo incapaz de ser opacado por pensamientos; acechaba a los acechantes y hasta la última fibra de su cuerpo disfrutaba con el juego del ocultarse, del silencio y los amagos de luz y sombra.

Sin previo aviso la silueta del un hombre se interpuso en su camino. Su puño cerrado  y sosteniendo la espada se quedó elevado, tenso para descargar una tremenda fuerza. En la oscuridad plateada del bosque le apuntaba una ballesta de hoja ancha, con el cranequín tensado al máximo. Se detuvo, al igual que lo hizo el otro hombre, ambos boquiabiertos, detenidos en la tensión previa a la violencia del golpe y el disparo. 

Recordaba esas facciones, esa cara llana, excesivamente lampiña, la nariz grande y los ojos muy juntos. No podía bajar el puño y al parecer él tampoco podía disparar. El otro rompió la inmovilidad a la vez que una ancha sonrisa le iluminaba el rostro. Soltó la ballesta y después lanzó sobre él unos brazos enormes, fuertes, que le estrujaron con cariño. 

Sin saber porque se sintió bien, muy bien, como si estuviese regresando a su casa, una casa que no recordaba en un mundo que no comprendía. El otro —que ahora veía era rubio— bajo la capucha e intentó hablarle con tan poco volumen que casi no le entendió.

— Cuanto tiempo, cuanto tiempo... menudo golpe te dieron, tardaste mucho en volver. Creíamos que lo habías dejado, y la verdad, nos haces falta, ya sabes, después de la última batalla somos menos, menos que nunca. Es el mejor momento, ahora podemos igualar el tanteo.

Con un gesto de simpatía e ímpetu le indicó que siguieran avanzando. Se sentía tan feliz que asintió en silencio y continuó moviéndose en medio del laberinto de ramas, oscuridad y esquiva luz lunar. Se acercaban al sitio donde los hombres vestidos de rojo habían acampado y dormían en sus extrañas camas. El rubio le hizo un gesto para que se detuviese, y luego señalo hacia arriba. Le costó trabajo al principio, pero al rato distinguió la silueta  de un hombre subido en una alta rama. Era un centinela.

—Toma, dispara tú, que siempre has tenido mejor puntería.

En un primer momento no supo que hacer con la ballesta, luego sus dedos encontraron el lugar apropiado, la madera y el metal se amoldaban a sus manos. Cargo el cranequín apoyando el pie en el estribo y tirando de la cuerda. Después colocó el dardo y apunto cuidadosamente a la silueta. Sabía que apenas tendría parábola y que el viento no influiría. Aún así se fijó bien en que dirección se movían las ramas. 

Cuando sintió estabilizada la ballesta, tensó lentamente el dedo índice esperando que el gatillo saltase el resorte. Como una exhalación el dardo cruzó el silencio del bosque y la silueta cayó al suelo apenas sin ruido. Continuaron avanzando en silencio. Podía ver a los otros, manchas negras en medio del suave resplandor lunar. Avistaron el campamento enseguida. 

Todo estaba en silencio, el  pequeño fuego, desgastado ya, apenas iluminaba con un resplandor rojizo los cuerpos tendidos, bultos informes que agitaban los pechos en la profundidad del sueño. Notaba como le sudaban las palmas y se las secaba continuamente para conseguir un mejor agarre de la espada. 

Esperaron unos instantes interminables. Miro a su amigo, el rubio del que no se acordaba ni del nombre y este le devolvió la mirada, y había excitación en ella. Semiagachado sus hombros estaban encorvados por la tensión. En esos momentos, mirando al claro, de nuevo cruzó por su visión una espesa línea de movimiento, un cegador resplandor y luego la nada. Había sido un golpe lo que le derribase, un golpe en la cabeza. Él pertenecía a aquella hueste de soldados, solo que no lo recordaba, no recordaba nada.

Alguien gritó y todos se abalanzaron sobre el claro. Las espadas y mazas bajaron inmisericordes destrozando huesos, cortando carne.  Algunos de los de bermellón lograron despertar y blandir sus armas, y se debatían estupefactos, recién salidos del sueño. Perdió al rubio, y desde ese momento, abandonado a sus propios recursos, fue su cuerpo el que tomo las riendas, manejando la espada, esquivando golpes, tajando a diestra y siniestra.

Al poco el combate se encarnizó. El grueso del campamento estaba unos metros mas allá, lejos del primer ataque. Alguien había calculado mal la posición y el grueso del enemigo se estaba recuperando de la sorpresa y contraatacando. Los hombres combatían en la oscuridad, se escuchaban gritos, sonaban los metales al chocar y las cuerdas de las ballestas al soltar los dardos.

En un momento dado se vio frente a un contendiente mas bajo que él pero armado de un pesado espadón que manejaba con imposible habilidad. Repelía sus golpes haciéndolos resbalar sobre el metal y lanzaba amplias circunferencias de muerte que era muy difícil escapar, y mucho menos parar dada la inercia de aquella enorme espada. 

Una vez mas le pareció que aquella situación no era nueva, solo cambiaban las circunstancias. El ardor de la lucha sacó de su cabeza toda pregunta y se aplicó en buscar huecos donde hender con rapidez aprovechando la agilidad de su arma. Resoplaban los dos, revolviéndose entre penachos de vaho que salían de sus gargantas, cambiando mandobles, ataques y fintas que parecían puñados de luz plateada. 

Estuvo apunto de resultar alcanzado por dos o tres molinetes de su contrincante antes que lograse al fin meter el montante en una estocada terrible, directa al pecho, que entró traspasando el pulmón y saliendo por la espalda.

Escucho el sonido agónico del otro mientras caía de rodillas y desensartaba la espada. Repentinamente un resplandor amarillento se extendió como por el bosque oscurecido. Se protegió los ojos como pudo. La luz cambió la escena brutalmente. 

La sangre que teñía su espada ya no era negra sino roja, así como la que goteaba de la boca de su enemigo que se negaba tercamente a caer al suelo a pesar que no podía respirar por tener el pulmón perforado. Pero lo que le paralizó fue la cara del otro. Recordaba esos rasgos, la mandíbula ancha, la nariz pequeña, las cejas espesas. 

Era la misma cara del cadáver que había visto tendido en el campo, con la garganta abierta hasta casi cercenarle el cuello, y era el mismo rostro, el resplandor borroso, lo último que vió antes de que la oscuridad le atrapase con sus fauces de negrura.

Por fin aquel hombre cayo de bruces, todavía removiéndose un poco y pudo levantar la cara, llena de extrañeza, para mirar el nuevo bosque que había nacido del resplandor.  Los hombres habían dejado caer flácidas sus armas al costado y se movían acercándose a la fuente de aquel resplandor. Escuchó el sonido de aire removido, el zumbido, esta vez mas leve. 

Los hombres ya no luchaban, solo sostenían sus armas colgando de los brazos y miraban hacia una plataforma elevada que se mecía suavemente. Las luces provenían de ella. Subido a la plataforma y sujeto a la barandilla había un hombre vestido de negro, sin armas, con unas ropas del todo distintas a las que llevaban los demás. Cuando habló lo hizo con una voz que tronaba entre los árboles.

— Se interrumpe aquí el partido. Hay una alegación comprobada sobre el uso de técnicas prohibidas.

Se elevó un murmullo de desaprobación entre los hombres. La lucha había cesado, quedaron esparcidos por el suelo multitud de cadáveres de ambos bandos. Todavía estaba bajo el efecto del shock, del resucitado vuelto a morir, de ese flash, el rostro borroso, la espada describiendo un arco de acero hacía él. 

La desorientación iba mas allá de algo mental, la sentía como algo físico,  una cadena que ataba su mente impidiéndole comprender aquello. Como en una consecuencia lógica, la furia llegó después, arrasadora, arrastrando tras ella los últimos intentos de comprender. Se abalanzó sobre el primero que paso cerca de él y le corto el estómago con un rápido movimiento del arma. 

El hombre se fue al suelo sujetándose las tripas. Siguió atacando, fintando, corriendo, matando con velocidad porque los hombres no respondían a sus ataques, hasta que un pequeño dardo que zumbaba como una abeja se abalanzó sobre su cuello y una vez mas la realidad se espeso en grumos negrura a su alrededor.

 

Nada, se la escucha rugir como en una tormenta marina, nada. Negrura infinita, sin sueños, vacío. ¿Qué queda? Algunos pedazos sueltos, imágenes, tactos, sonidos, olores, azulejos rotos y flotando en el mar de esta noche interior.

Salió del sueño flotando en posición horizontal. Estaba en una habitación de suaves formas, pliegues de blancura y de azul pastel que se movían como agitados por un viento inexistente. No había líneas rectas en aquella sala, toda la geometría variaba como a impulsos de extrañas ondas líquidas. Un ventanal aproximadamente ovalado daba a un jardín exterior iluminado por el sol.

No vio al hombre hasta que se fijo muy bien. Vestía de un color claro que se confundía con las paredes. Además su cara, su actitud, todo era muy habitual, le daba tanta confianza que costaba percibirlo.

— Buenos días

— Buee.. ¿Dónde estoy?¿quién es usted?

—Todo a su tiempo. Le informo rápidamente: ha sufrido un accidente jugando a Gesta del que su fauna de bioprotección no le ha logrado sacar con el cerebro completo. Si mantuviese esa parte de la memoria sabría que ahora es un desmemo.

— Como ha podido ocurrir eso.

El hombre se levantó con exquisitos ademanes y cruzó hasta la ventana que daba al jardín.

— Ocurre con frecuencia en ese juego. Una fractura de cráneo, el cerebro queda expuesto y se pierde sobre el terreno, o se lo come algún animal... pueden suceder muchas cosas.

El enfermo se levantó sacudiendo la cabeza, intentando comprender.

Le contaré como suponemos que sucedió. Usted cayó muerto por un golpe del otro equipo y quedo tendido lejos del área donde estaba la mayor parte de los muertos. A los otros los recogieron las unidades medicas y se recuperaron bajo condiciones controladas. A usted lo revivió su fauna de bioprotección,  ya sin memoria claro.

— ¿Qué es eso de la fauna de bioprotección?

 

— Sus nanoreparadores que constantemente están chequeando el funcionamiento de sus células.

Sentado en la cama, mirando hacia aquel hombre, intentaba asimilar sus palabras. Muerto, vuelto a revivir, el juego de gesta...

— Será duro volver a aprender tantas cosas de nuevo, pero piense que ha tenido suerte, hay casos de personas recuperadas que no saben ni andar. Volveré luego para seguir charlando.

Observó como aquel hombre salía de la habitación por una puerta que más parecía un pliegue de tela.

Se levantó caminando descalzo por el suelo elástico hasta pararse en la ventana que daba al jardín. Afuera crecían las plantas, se movían los transportes, edificios, inmensas torres que rivalizaban en tamaño y altura con las mismas nubes, se alzaban como los árboles de un bosque megalítico.

¡Tanto que aprender!

Un día perfecto para el pez plátano - J. D. Salinger

En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. 

En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.
 
No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad.
 
Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. 

Con la mano seca, tomó del alféizar un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha y —ya era la cuarta o quinta llamada —levantó el auricular del teléfono.
 
 —Diga —dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.
 
 —Su llamada a Nueva York, señora Glass —dijo la operadora.
 
 —Gracias —contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el cenicero.
 
A través del auricular llegó una voz de mujer:
 
 —¿Muriel? ¿Eres tú?
 
La chica alejó un poco el auricular del oído.
 
 —Sí, mamá. ¿Cómo estás? —dijo.
 
 —He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado? ¿Estás bien?
 
 —Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos aquí han...
 
 —¿Estás bien, Muriel?
 
La chica separó un poco más el auricular de su oreja.
 
 —Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida desde...
 
 —¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada...
 
 —Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente  —dijo la chica —. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después...
 
 —Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que... ¿estás bien, Muriel? Dime la verdad.
 
 —Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.
 
 —¿Cuándo llegasteis?
 
 —No sé... el miércoles, de madrugada.
 
 —¿Quién condujo?
 
 —Él —dijo la chica —. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.
 
 —¿Condujo él? Muriel, me diste tu palabra de que...
 
 —Mamá —interrumpió la chica —, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el trayecto, ésa es la verdad.
 
 —¿No trató de hacer el tonto otra vez con los árboles?
 
 —Vuelvo a repetirte que condujo muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles... se notaba. Por cierto, ¿papá ha hecho arreglar el coche?
 
 —Todavía no. Es que piden cuatrocientos dólares, sólo para...
 
 —Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. Así que no hay motivo para...
 
 —Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el coche y demás...
 
 —Muy bien —dijo la chica.
 
 —¿Sigue llamándote con ese horroroso...?
 
 —No. Ahora tiene uno nuevo
 
 —¿Cuál?
 
 —Mamá... ¿qué importancia tiene?
 
 —Muriel, insisto en saberlo. Tu padre...
 
 —Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948 —dijo la chica, con una risita.
 
 —No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo...
 
 —Mamá —interrumpió la chica —, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Unos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza...
 
 —Lo tienes tú.
 
 —¿Estás segura? —dijo la chica.
 
 —Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había sitio en la... ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido él?
 
 —No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el coche. Me preguntó si lo había leído.
 
 —¡Pero está en alemán!
 
 —Sí, mamita. Ese detalle no tiene importancia —dijo la chica, cruzando las piernas —. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma... nada menos.. .
 
 —Espantoso. Espantoso. Es realmente triste... Ya decía tu padre anoche...
 
 —Un segundo, mamá —dijo la chica. Se acercó hasta el alféizar en busca de cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama —. ¿Mamá? —dijo, echando una bocanada de humo.
 
 —Muriel, mira, escúchame.
 
 —Te estoy escuchando.
 
 —Tu padre habló con el doctor Sivetski.
 
 —¿Sí? —dijo la chica.
 
 —Le contó todo. Por lo menos, eso me dijo, ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan bonitas de las Bermudas... ¡Todo!
 
 —¿Y...? —dijo la chica.
 
 —En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta del hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad, una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la razón. Te lo juro.
 
 —Aquí, en el hotel, hay un psiquiatra  —dijo la chica.
 
 —¿Quién? ¿Cómo se llama?
 
 —No sé. Rieser o algo así. Dicen que es un psiquiatra muy bueno.
 
 —Nunca lo he oído nombrar.
 
 —De todos modos, dicen que es muy bueno.
 
 —Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que... anoche tu padre estuvo a punto de enviarte un telegrama para que volvieras inmediatamente a casa...
 
 —Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma
 
 —Muriel, te doy mi palabra. El doctor Sivetski ha dicho que Seymour podía perder por completo la...
 
 —Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la maleta y volver a casa porque sí —dijo la chica —. Por otra parte, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover.
 
 —¿Te has quemado mucho? ¿No has usado ese bronceador que te puse en la maleta? Está...
 
 —Lo usé. Pero me quemé lo mismo.
 
 —¡Qué horror! ¿Dónde te has quemado?
 
 —Me he quemado toda, mamá, toda.
 
 —¡Qué horror!
 
 —No me voy a morir.
 
 —Dime, ¿has hablado con ese psiquiatra?
 
 —Bueno... sí... más o menos... —dijo la chica.
 
 —¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste?
 
 —En la Sala Océano, tocando el piano. Ha tocado el piano las dos noches que hemos pasado aquí.
 
 —Bueno, ¿qué dijo?
 
 —¡Oh, no mucho! ¡Él fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando al bingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije...
 
 —¿Por que te hizo esa pregunta?
 
 —No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y yo qué sé —dijo la chica —. La cuestión es que, después de jugar al bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en el escaparate de Bonwit? Aquel vestido que tú dijiste que para llevarlo había que tener un pequeño, pequeñísimo...
 
 —¿El verde?
 
 —Lo llevaba puesto. ¡Con unas cadenas...! Se pasó el rato preguntándome si Seymour era pariente de esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison... la mercería...
 
 —Pero ¿qué dijo él? El médico.
 
 —Ah, sí... Bueno... en realidad, no dijo mucho. Sabes, estábamos en el bar. Había mucho barullo.
 
 —Sí, pero... ¿le... le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela?
 
 —No, mamá. No entré en detalles —dijo la chica —. Seguramente podré hablar con él de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.
 
 —¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse... ya sabes, raro, o algo así...? ¿De que pudiera hacerte algo...?
 
 —En realidad, no —dijo la chica —. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno... todas esas cosas. Ya te digo, había tanto ruido que apenas podíamos hablar.
 
 —En fin. ¿Y tu abrigo azul?
 
 —Bien. Le subí un poco las hombreras.
 
 —¿Cómo es la ropa este año?
 
 —Terrible. Pero preciosa. Con lentejuelas por todos lados.
 
 —¿Y tu habitación?
 
 —Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra —dijo la chica —. Este año la gente es espantosa. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un camión.
 
 —Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido de baile?
 
 —Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.
 
 —Muriel, te lo voy a preguntar una vez más... ¿En serio, va todo bien?
 
 —Sí, mamá —dijo la chica —. Por enésima vez.
 
 —¿Y no quieres volver a casa?
 
 —No, mamá.
 
 —Tu padre dijo anoche que estaría encantado de pagarte el viaje si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos...
 
 —No, gracias —dijo la chica, y descruzó las piernas —.
 
 —Mamá, esta llamada va a costar una for...
 
 —Cuando pienso cómo estuviste esperando a ese muchacho durante toda la guerra... quiero decir, cuando una piensa en esas esposas alocadas que...
 
 —Mamá —dijo la chica —. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento.
 
 —¿Dónde está?
 
 —En la playa.
 
 —¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa?
 
 —Mamá —dijo la chica —. Hablas de él como si fuera un loco furioso.
 
 —No he dicho nada de eso, Muriel.
 
 —Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita el albornoz.
 
 —¿Que no se quita el albornoz? ¿Por qué no?
 
 —No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.
 
 —Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?
 
 —Lo conoces muy bien —dijo la chica, y volvió a cruzar las piernas —. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.
 
 —¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra?
 
 —No, mamá. No, querida —dijo la chica, y se puso de pie —. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana.
 
 —Muriel, hazme caso.
 
 —Sí, mamá —dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha.
 
 —Llámame en cuanto haga, o diga, algo raro..., ya me entiendes. ¿Me oyes?
 
 —Mamá, no le tengo miedo a Seymour.
 
 —Muriel, quiero que me lo prometas.
 
 —Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá —dijo la chica —. Besos a papá —y colgó.
 
 —Ver más vidrio —dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su madre —. ¿Has visto más vidrio?
 
 —Cariño, por favor, no sigas repitiendo eso. Vas a volver loca a mamaíta. Estáte quieta, por favor.
 
La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada sobre una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. Llevaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales en realidad no necesitaría hasta dentro de nueve o diez años.
 
 —No era más que un simple pañuelo de seda... una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo —dijo la mujer sentada en la hamaca contigua a la de la señora Carpenter —. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosidad.
 
 —Por lo que dice, debía de ser precioso —asintió la señora Carpenter.
 
 —Estáte quieta, Sybil, cariño...
 
 —¿Viste más vidrio? —dijo Sybil.
 
La señora Carpenter suspiró.
 
 —Muy bien —dijo. Tapó el frasco de bronceador —. Ahora vete a jugar, cariño. Mamaíta va a ir al hotel a tomar un martini con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna.
 
Cuando estuvo libre, Sybil echó a correr inmediatamente por el borde firme de la playa hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo de arena inundado y derruido, y en seguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel.
 
Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia la arena blanda. Se detuvo al llegar junto a un hombre joven que estaba echado de espaldas.
 
 —¿Vas a ir al agua, ver más vidrio? —dijo.
 
El joven se sobresaltó, llevándose instintivamente la mano derecha a las solapas del albornoz. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil.
 
 —¡Ah!, hola, Sybil.
 
 —¿Vas a ir al agua?
 
 —Te esperaba —dijo el joven —. ¿Qué hay de nuevo?
 
 —¿Qué? —dijo Sybil.
 
 —¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos?
 
 —Mi papá llega mañana en un avión —dijo Sybil, tirándole arena con el pie.
 
 —No me tires arena a la cara, niña —dijo el joven, cogiendo con una mano el tobillo de Sybil —. Bueno, ya era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando horas. Horas.
 
 —¿Dónde está la señora? —dijo Sybil.
 
 —¿La señora? —el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo —. Es difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería. Tiñiéndose el pelo de color visón. O en su habitación, haciendo muñecos para los niños pobres.
 
Se puso boca abajo, cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba.
 
 —Pregúntame algo más, Sybil —dijo —. Llevas un bañador muy bonito. Si hay algo que me gusta, es un bañador azul.
 
Sybil lo miró asombrada y después contempló su prominente barriga.
 
 —Es amarillo —dijo —. Es amarillo.
 
 —¿En serio? Acércate un poco más.
 
Sybil dio un paso adelante.
 
 —Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy.
 
 —¿Vas a ir al agua? —dijo Sybil.
 
 —Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio.
 
Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón.
 
 —Necesita aire —dijo.
 
 —Es verdad. Necesita más aire del que estoy dispuesto a admitir —retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena —. Sybil —dijo —, estás muy guapa. Da gusto verte. Cuéntame algo de ti —estiró los brazos hacia delante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil —. Yo soy capricornio. ¿Cuál es tu signo?
 
 —Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano —dijo Sybil.
 
 —¿Sharon Lipschutz dijo eso?
 
Sybil asintió enérgicamente. Le soltó los tobillos, encogió los brazos y apoyó la mejilla en el antebrazo derecho.
 
 —Bueno  —dijo —. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía echarla de un empujón, ¿no es cierto?
 
 —Sí que podías.
 
 —Ah, no. No era posible. Pero ¿sabes lo que hice?
 
 —¿Qué?
 
 —Me imaginé que eras tú.
 
Sybil se agachó y empezó a cavar en la arena.
 
 —Vayamos al agua —dijo.
 
 —Bueno —replicó el joven —. Creo que puedo hacerlo.
 
 —La próxima vez, échala de un empujón  —dijo Sybil.
 
 —¿Que eche a quién?
 
 —A Sharon Lipschutz.
 
 —Ah, Sharon Lipschutz  —dijo él —. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos. —De repente se puso de pie y miró el mar —. Sybil —dijo —, ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos pescar un pez plátano.
 
 —¿Un qué?
 
 —Un pez plátano —dijo, y desanudó el cinturón de su albornoz.
 
Se lo quitó. Tenía los hombros blancos y estrechos. El traje de baño era azul eléctrico. Plegó el albornoz, primero a lo largo y después en tres dobleces. Desenrolló la toalla que se había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima el albornoz plegado. Se agachó, recogió el flotador y se lo puso bajo el brazo derecho. Luego, con la mano izquierda, tomó la de Sybil.
 
Los dos echaron a andar hacia el mar.
 
 —Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces plátano —dijo el joven.
 
Sybil negó con la cabeza.
 
 —¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces?
 
 —No sé —dijo Sybil.
 
 —Claro que lo sabes. Tienes que saberlo. Sharon Lipschutz sabe dónde vive, y sólo tiene tres años y medio.
 
Sybil se detuvo y de un tirón soltó su mano de la de él. Recogió una concha y la observó con estudiado interés. Luego la tiró.
 
 —Whirly Wood, Connecticut —dijo, y echó nuevamente a andar, sacando la barriga.
 
 —Whirly Wood, Connecticut —dijo el joven —. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut?
 
Sybil lo miró:
 
 —Ahí es donde vivo —dijo con impaciencia —. Vivo en Whirly Wood, Connecticut.
 
Se adelantó unos pasos, se cogió el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos.
 
 —No puedes imaginarte cómo lo aclara todo eso  —dijo él.
 
Sybil soltó el pie:
 
 —¿Has leído El negrito Sambo? —dijo.
 
 —Es gracioso que me preguntes eso —dijo él —. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche. —Se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil —. ¿Qué te pareció?
 
 —¿Te acuerdas de los tigres que corrían todos alrededor de ese árbol?
 
 —Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres.
 
 —No eran más que seis —dijo Sybil.
 
 —¡Nada más que seis!  —dijo el joven —. ¿Y dices «nada más»?
 
 —¿Te gusta la cera? —preguntó Sybil.
 
 —¿Si me gusta qué?
 
 —La cera.
 
 —Mucho. ¿A ti no?
 
Sybil asintió con la cabeza:
 
 —¿Te gustan las aceitunas? —preguntó.
 
 —¿Las aceitunas?... Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas.
 
 —¿Te gusta Sharon Lipschutz? —preguntó Sybil.
 
 —Sí. Sí me gusta. Lo que más me gusta de ella es que nunca hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo, a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas niñas que se divierten mucho pinchándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto.
 
Sybil no dijo nada.
 
 —Me gusta masticar velas —dijo ella por último.
 
 —Ah, ¿y a quién no? —dijo el joven mojándose los pies —. ¡Diablos, qué fría está! —Dejó caer el flotador en el agua —. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más adentro.
 
Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la puso boca abajo en el flotador.
 
 —¿Nunca usas gorro de baño ni nada de eso? —preguntó él.
 
 —No me sueltes —dijo Sybil —. Sujétame, ¿quieres?
 
 —Señorita Carpenter, por favor. Yo sé lo que estoy haciendo —dijo el joven —. Ocúpate sólo de ver si aparece un pez plátano. Hoy es un día perfecto para los peces plátano.
 
 —No veo ninguno —dijo Sybil.
 
 —Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas.
 
Siguió empuiando el flotador. El agua le llegaba al pecho.
 
 —Llevan una vida triste —dijo —. ¿Sabes lo que hacen, Sybil?
 
Ella negó con la cabeza.
 
 —Bueno, te lo explicaré. Entran en un pozo que está lleno de plátanos. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero, una vez dentro, se portan como cerdos, ¿sabes? He oído hablar de peces plátano que han entrado nadando en pozos de plátanos y llegaron a comer setenta y ocho plátanos —empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más hacia el horizonte —. Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden salir. No pasan por la puerta.
 
 —No vayamos tan lejos —dijo Sybil —. ¿Y qué pasa después con ellos?
 
 —¿Qué pasa con quiénes?
 
 —Con los peces plátano.
 
 —Bueno, ¿te refieres a después de comer tantos plátanos que no pueden salir del pozo?
 
 —Sí —dijo Sybil.
 
 —Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.
 
 —¿Por qué? —preguntó Sybil.
 
 —Contraen fiebre platanífera. Una enfermedad terrible.
 
 —Ahí viene una ola —dijo Sybil nerviosa.
 
 —No le haremos caso. La mataremos con la indiferencia —dijo el joven —, como dos engreídos.
 
Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó hacia delante. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer.
 
Cuando el flotador estuvo nuevamente inmóvil, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó:
 
 —Acabo de ver uno.
 
 —¿Un qué, amor mío?
 
 —Un pez plátano.
 
 —¡No, por Dios! —dijo el joven —. ¿Tenía algún plátano en la boca?
 
 —Sí —dijo Sybil —. Seis.
 
De pronto, el joven tomó uno de los mojados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.
 
 —¡Eh! —dijo la propietaria del pie, volviéndose.
 
 —¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te has divertido bastante?
 
 —¡No!
 
 —Lo siento —dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del camino lo llevó bajo el brazo.
 
 —Adiós  —dijo Sybil, y salió corriendo hacia el hotel.
 
El joven se puso el albornoz, cruzó bien las solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaladizo y se lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel.
 
En el primer nivel de la planta baja del hotel —que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia — entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada.
 
 —Veo que me está mirando los pies —dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha.
 
 —¿Cómo dice? —dijo la mujer.
 
 —Dije que veo que me está mirando los pies.
 
 —Perdone, pero casualmente estaba mirando el suelo  —dijo la muier, y se volvió hacia las puertas del ascensor.
 
 —Si quiere mirarme los pies, dígalo —dijo el joven —. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo.
 
 —Déjeme salir, por favor —dijo rápidamente la mujer a la ascensorista.
 
Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió sin mirar hacia atrás.
 
 —Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos —dijo el joven —. Quinto piso, por favor.
 
Sacó la llave de la habitación del bolsillo de su albornoz.
 
Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas.
 
Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un tiro en la sien derecha.