INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta Bradbury. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bradbury. Mostrar todas las entradas

El Ruido del Trueno - Ray Bradbury

El anuncio en la pared parecía temblar bajo una móvil película de agua caliente. Eckels sintió que parpadeaba, y el anuncio ardió en la momentánea oscuridad:

 

Safari en el Tiempo, S. A.

Safaris a cualquier año del pasado.

Usted elige el animal.

Nosotros lo llevamos allí,

usted lo mata.

 

Una flema tibia se le formó en la garganta a Eckels. Tragó saliva empujando hacia abajo la flema. Los músculos alrededor de la boca formaron una sonrisa, mientras alzaba lentamente la mano, y la mano se movió con un cheque de diez mil dólares ante el hombre del escritorio.

—¿Este safari garantiza que yo regrese vivo?

—No garantizamos nada —dijo el oficial—, excepto los dinosaurios. —Se volvió—. Este es el señor Travis, su guía safari en el pasado. Él le dirá a qué debe disparar y en qué momento. Si usted desobedece sus instrucciones, hay una multa de otros diez mil dólares, además de una posible acción del gobierno, a la vuelta.

Eckels miró en el otro extremo de la vasta oficina la confusa maraña zumbante de cables y cajas de acero, y el aura ya anaranjada, ya plateada, ya azul. Era como el sonido de una gigantesca hoguera donde ardía el tiempo, todos los años y todos los calendarios del pergamino, todas las horas apiladas en llamas.

El roce de una mano, y este fuego se volvería maravillosamente, y en un instante, sobre sí mismo. Eckels recordó las palabras de los anuncios en la carta. De las brasas y cenizas, del polvo y los carbones, como doradas salamandras, saltarán los viejos años, los verdes años; rosas endulzarán el aire, las canas se volverán negro ébano, las arrugas desaparecerán; todo regresará volando a la semilla, huirá de la muerte, retornará a sus principios; los soles se elevarán en los cielos occidentales y se pondrán en orientes gloriosos, las lunas se devorarán al revés a sí mismas, todas las cosas se meterán unas en otras como cajas chinas, los conejos entrarán en los sombreros, todo volverá a la fresca muerte, la muerte en la semilla, la muerte en verde, al tiempo anterior al comienzo. Bastará el roce de una mano, el más leve roce de una mano.

—¡Infierno y condenación! —murmuró Eckels con la luz de la máquina en el rostro delgado—. Una verdadera máquina del tiempo. —Sacudió la cabeza—. Lo hace pensar a uno. Si la elección hubiera ido mal ayer, yo quizá estaría aquí huyendo de los resultados. Gracias a Dios ganó Keith. Será un buen presidente.

—Sí —dijo el hombre detrás del escritorio—. Tenemos suerte. Si Deutscher hubiese ganado, tendríamos la peor de las dictaduras. Es el antitodo, militarista, anticristo, antihumano, antiintelectual. La gente nos llamó, ya sabe usted, bromeando, pero no enteramente. Decían que si Deutscher era presidente, querían ir a vivir a 1492. Por supuesto, no nos ocupamos de organizar evasiones, sino safaris. De todos modos, el presidente es Keith. Ahora su única preocupación es...

Eckels terminó la frase:

—Matar mi dinosaurio.

—Un Tyrannosaurus rex. El Lagarto del Trueno, el más terrible monstruo de la historia. Firme este permiso. Si le pasa algo, no somos responsables. Estos dinosaurios son voraces.

Eckels enrojeció, enojado.

—¡Trata de asustarme!

—Francamente, sí. No queremos que vaya nadie que sienta pánico al primer tiro. El año pasado murieron seis jefes de safari y una docena de cazadores. Vamos a darle a usted la más extraordinaria emoción que un cazador pueda pretender. Lo enviaremos sesenta millones de años atrás para que disfrute de la mayor y más emocionante cacería de todos los tiempos. Su cheque está todavía aquí. Rómpalo.

El señor Eckels miró el cheque largo rato. Se le retorcían los dedos.

—Buena suerte —dijo el hombre detrás del mostrador—. El señor Travis está a su disposición.

Cruzaron el salón silenciosamente, llevando los fusiles, hacia la Máquina, hacia el metal plateado y la luz rugiente.

  


Primero un día y luego una noche y luego un día y luego una noche, y luego día-noche-día-noche-día. Una semana, un mes, un año, ¡una década! 2055. 2019. ¡1999! ¡1957! ¡Desaparecieron! La Máquina rugió.

Se pusieron los cascos de oxígeno y probaron los intercomunicadores.

Eckels se balanceaba en el asiento almohadillado, con el rostro pálido y duro. Sintió un temblor en los brazos y bajó los ojos y vio que sus manos apretaban el fusil. Había otros cuatro hombres en la Máquina. Travis, el jefe del safari, su asistente, Lesperance, y dos otros cazadores, Billings y Kramer. Se miraron unos a otros y los años llamearon alrededor.

—¿Estos fusiles pueden matar a un dinosaurio de un tiro? —se oyó decir a Eckels.

—Si da usted en el sitio preciso —dijo Travis por la radio del casco—. Algunos dinosaurios tienen dos cerebros, uno en la cabeza, otro en la columna espinal. No les tiraremos a estos, y tendremos más probabilidades. Aciértele con los dos primeros tiros a los ojos, si puede, cegándolo, y luego dispare al cerebro.

La Máquina aulló. El tiempo era un película que corría hacia atrás. Pasaron soles, y luego diez millones de lunas.

—Dios santo —dijo Eckels—. Los cazadores de todos los tiempos nos envidiarían hoy. África al lado de esto parece Illinois.

El sol se detuvo en el cielo.

La niebla que había envuelto la Máquina se desvaneció. Se encontraban en los viejos tiempos, tiempos muy viejos en verdad, tres cazadores y dos jefes de safari con sus metálicos rifles azules en las rodillas.

—Cristo no ha nacido aún —dijo Travis—. Moisés no ha subido a la montaña a hablar con Dios. Las pirámides están todavía en la tierra, esperando. Recuerde que Alejandro, Julio César, Napoleón, Hitler... no han existido.

Los hombres asintieron con movimientos de cabeza.

—Eso —señaló el señor Travis— es la jungla de sesenta millones dos mil cincuenta y cinco años antes del presidente Keith.

Mostró un sendero de metal que se perdía en la vegetación salvaje, sobre pantanos humeantes, entre palmeras y helechos gigantescos.

—Y eso —dijo— es el Sendero, instalado por Safari en el Tiempo para su provecho. Flota a diez centímetros del suelo. No toca ni siquiera una brizna, una flor o un árbol. Es de un metal antigravitatorio. El propósito del Sendero es impedir que toque usted este mundo del pasado de algún modo. No se salga del Sendero. Repito. No se salga de él. ¡Por ningún motivo! Si se cae del Sendero hay una multa. Y no tire contra ningún animal que nosotros no aprobemos.

—¿Por qué? —preguntó Eckels.

Estaban en la antigua selva. Unos pájaros lejanos gritaban en el viento, y había un olor de alquitrán y viejo mar salado, hierbas húmedas y flores de color de sangre.

—No queremos cambiar el futuro. Este mundo del pasado no es el nuestro. Al gobierno no le gusta que estemos aquí. Tenemos que dar mucho dinero para conservar nuestras franquicias. Una máquina del tiempo es un asunto delicado. Podemos matar inadvertidamente un animal importante, un pequeño pájaro, un coleóptero, aun una flor, destruyendo así un eslabón importante en la evolución de las especies.

—No me parece muy claro —dijo Eckels.

—Muy bien —continuó Travis—, digamos que accidentalmente matamos aquí un ratón. Eso significa destruir las futuras familias de este individuo, ¿entiende?

—Entiendo.

—¡Y todas las familias de las familias de ese individuo! Con sólo un pisotón aniquila usted primero uno, luego una docena, luego mil, un millón, ¡mil millones de posibles ratones!

—Bueno, ¿y eso qué? —inquirió Eckels.

—¿Eso qué? —gruñó suavemente Travis—. ¿Qué pasa con los zorros que necesitan esos ratones sobrevivir? Por falta de diez ratones muere un zorro. Por falta de diez zorros, un león muere de hambre. Por falta de un león, especies enteras de insectos, buitres, infinitos miles de millones de formas de vida son arrojadas al caos y la destrucción. Al final todo se reduce a esto: cincuenta y nueve millones de años más tarde, un hombre de las cavernas, uno de la única docena que hay en todo el mundo, sale a cazar un jabalí o un tigre para alimentarse. Pero usted, amigo, ha aplastado con el pie a todos los tigres de esa zona al haber pisado un ratón. Así que el hombre de las cavernas se muere de hambre. Y el hombre de las cavernas, no lo olvide, no es un hombre que pueda desperdiciarse, ¡no! Es toda una futura nación. De él nacerán diez hijos. De ellos nacerán cien hijos, y así hasta llegar a nuestros días. Destruya usted a este hombre, y destruye usted una raza, un pueblo, toda una historia viviente. Es como asesinar a uno de los nietos de Adán. El pie que ha puesto usted sobre el ratón desencadenará así un terremoto, y sus efectos sacudirán nuestra tierra y nuestros destinos a través del tiempo, hasta sus raíces. Con la muerte de ese hombre de las cavernas, mil millones de otros hombres no saldrán nunca de la matriz. Quizás Roma no se levante nunca sobre las siete colinas. Quizá Europa sea para siempre un bosque oscuro, y sólo crezca Asia saludable y prolífica. Pise usted un ratón y aplastará las pirámides. Pise un ratón y dejará su huella, como un abismo en la eternidad. La reina Isabel no nacerá nunca, Washington no cruzará el Delaware, nunca habrá un país llamado Estados Unidos. Tenga cuidado. No se salga del Sendero. ¡Nunca pise afuera!

—Ya veo —dijo Eckels—. Ni siquiera debemos pisar la hierba.

—Correcto. Al aplastar ciertas plantas quizá sólo sumemos factores infinitesimales. Pero un pequeño error aquí se multiplicará en sesenta millones de años hasta alcanzar proporciones extraordinarias. Por supuesto, quizá nuestra teoría esté equivocada. Quizá nosotros no podamos cambiar el tiempo. O tal vez sólo pueda cambiarse de modos muy sutiles. Quizá un ratón muerto aquí provoque un desequilibrio entre los insectos de allá, una desproporción en la población más tarde, una mala cosecha luego, una depresión, hambres colectivas, y, finalmente, un cambio en la conducta social de alejados países. O aun algo mucho más sutil. Quizá sólo un suave aliento, un murmullo, un cabello, polen en el aire, un cambio tan, tan leve que uno podría notarlo sólo mirando de muy cerca. ¿Quién lo sabe? ¿Quién puede decir realmente que lo sabe? No nosotros. Nuestra teoría no es más que una hipótesis. Pero mientras no sepamos con seguridad si nuestros viajes por el tiempo pueden terminar en un gran estruendo o en un imperceptible crujido, debemos tener mucho cuidado. Esta máquina, este sendero, nuestros cuerpos y nuestras ropas han sido esterilizados, como usted sabe, antes del viaje. Llevamos estos cascos de oxígeno para no introducir nuestras bacterias en una antigua atmósfera.

—¿Cómo sabemos que animales podemos matar?

—Están marcados con pintura roja —dijo Travis—. Hoy, antes de nuestro viaje, enviamos aquí a Lesperance con la Máquina. Vino a esta Era particular y siguió a ciertos animales.

—¿Para estudiarlos?

—Exactamente —dijo Travis—. Los rastreó a lo largo de toda su existencia, observando cuáles vivían mucho tiempo. Muy pocos. Cuántas veces se acoplaban. Pocas. La vida es breve. Cuando encontraba alguno que iba a morir aplastado por un árbol u otro que se ahogaba en un pozo de alquitrán, anotaba la hora exacta, el minuto y el segundo, y le arrojaba una bomba de pintura que le manchaba de rojo el costado. No podemos equivocarnos. Luego midió nuestra llegada al pasado de modo que no nos encontremos con el monstruo más de dos minutos antes de aquella muerte. De este modo, sólo matamos animales sin futuro, que nunca volverán a acoplarse. ¿Comprende que cuidadosos somos?

—Pero si ustedes vinieron esta mañana —dijo Eckels ansiosamente—, debían haberse encontrado con nosotros, nuestro safari. ¿Qué ocurrió? ¿Tuvimos éxito? ¿Salimos todos... vivos?

Travis y Lesperance se miraron.

—Eso hubiese sido una paradoja —habló Lesperance—. El tiempo no permite esas confusiones..., un hombre que se encuentra consigo mismo. Cuando va a ocurrir algo parecido, el tiempo se hace a un lado. Como un aeroplano que cae en un pozo de aire. ¿Sintió usted ese salto de la Máquina, poco antes de nuestra llegada? Estábamos cruzándonos con nosotros mismos que volvíamos al futuro. No vimos nada. No hay modo de saber si esta expedición fue un éxito, si cazamos nuestro monstruo, o si todos nosotros, y usted, señor Eckels, salimos con vida.

Eckels sonrió débilmente.

—Dejemos esto —dijo Travis con brusquedad—. ¡Todos de pie!

Se prepararon a dejar la Máquina.

 

 

La jungla era alta y la jungla era ancha y la jungla era todo el mundo para siempre y para siempre. Sonidos como música y sonidos como lonas voladoras llenaban el aire: los pterodáctilos que volaban con cavernosas alas grises, murciélagos gigantescos nacidos del delirio de una noche febril. Eckels, guardando el equilibrio en el estrecho sendero, apuntó con su rifle, bromeando.

—¡No haga eso! —dijo Travis—. ¡No apunte ni siquiera en broma, maldita sea! Si se le dispara el arma...

Eckels enrojeció.

—¿Dónde está nuestro Tyrannosaurus?

Lesperance miró su reloj de pulsera.

—Adelante. Nos cruzaremos con él dentro de sesenta segundos. Busque la pintura roja, por Cristo. No dispare hasta que se lo digamos. Quédese en el Sendero. ¡Quédese en el Sendero!

Se adelantaron en el viento de la mañana.

—Qué raro —murmuró Eckels—. Allá delante, a sesenta millones de años, ha pasado el día de elección. Keith es presidente. Todos celebran. Y aquí, ellos no existen aún. Las cosas que nos preocuparon durante meses, toda una vida, no nacieron ni fueron pensadas aún.

—¡Levanten el seguro, todos! —ordenó Travis—. Usted dispare primero, Eckels. Luego, Billings. Luego, Kramer.

—He cazado tigres, jabalís, búfalos, elefantes, pero esto, Jesús, esto es caza —comentó Eckels—. Tiemblo como un niño.

—Ah —dijo Travis.

Todos se detuvieron.

Travis alzó una mano.

—Ahí delante —susurró—. En la niebla. Ahí está. Ahí está Su Alteza Real.

La jungla era ancha y llena de gorjeos, crujidos, murmullos y suspiros.

De pronto todo cesó, como si alguien hubiese cerrado una puerta.

Silencio.

El ruido de un trueno.

De la niebla, a cien metros de distancia, salió el Tyrannosaurus rex.

—Jesucristo —murmuró Eckels.

—¡Chist!

Venía a grandes trancos, sobre patas aceitadas y elásticas. Se alzaba diez metros por encima de la mitad de los árboles, un gran dios del mal, apretando las delicadas garras de relojero contra el oleoso pecho de reptil. Cada pata inferior era un pistón, quinientos kilos de huesos blancos, hundidos en gruesas cuerdas de músculos, encerrados en una vaina de piel centelleante y áspera, como la cota de malla de un guerrero terrible. Cada muslo era una tonelada de carne, marfil y acero. Y de la gran caja de aire del torso colgaban los dos brazos delicados, brazos con manos que podían alzar y examinar a los hombres como juguetes, mientras el cuello de serpiente se retorcía sobre sí mismo. Y la cabeza, una tonelada de piedra esculpida que se alzaba fácilmente hacia el cielo. En la boca entreabierta asomaba una cerca de dientes como dagas. Los ojos giraban en las órbitas, ojos vacíos, que nada expresaban, excepto hambre. Cerraba la boca en una mueca de muerte. Corría, y los huesos de la pelvis hacían a un lado árboles y arbustos, y los pies se hundían en la tierra dejando huellas de quince centímetros de profundidad. Corría como si diese unos deslizantes pasos de baile, demasiado erecto y en equilibrio para sus diez toneladas. Entró fatigosamente en el área de sol, y sus hermosas manos de reptil tantearon el aire.

—¡Dios mío! —Eckels torció la boca—. Puede incorporarse y alcanzar la luna.

—¡Chist! —Travis sacudió bruscamente la cabeza—. Todavía no nos vio.

—No es posible matarlo. —Eckels emitió con serenidad este veredicto, como si fuese indiscutible. Había visto la evidencia y ésta era su razonada opinión. El arma en sus manos parecía un rifle de aire comprimido—. Hemos sido unos locos. Esto es imposible.

—¡Cállese! —siseó Travis.

—Una pesadilla.

—Dé media vuelta —ordenó Travis—. Vaya tranquilamente hasta la Máquina. Le devolveremos la mitad del dinero.

—No imaginé que sería tan grande —dijo Eckels—. Calculé mal. Eso es todo. Y ahora quiero irme.

—¡Nos vio!

—¡Ahí está la pintura roja en el pecho!

El Lagarto del Trueno se incorporó. Su armadura brilló como mil monedas verdes. Las monedas, embarradas, humeaban. En el barro se movían diminutos insectos, de modo que todo el cuerpo parecía retorcerse y ondular, aun cuando el monstruo mismo no se moviera. El monstruo resopló. Un hedor de carne cruda cruzó la jungla.

—Sáquenme de aquí —pidió Eckels—. Nunca fue como esta vez. Siempre supe que saldría vivo. Tuve buenos guías, buenos safaris, y protección. Esta vez me he equivocado. Me he encontrado con la horma de mi zapato, y lo admito. Esto es demasiado para mí.

—No corra —dijo Lesperance—. Vuélvase. Ocúltese en la Máquina.

—Sí.

Eckels parecía aturdido. Se miró los pies como si tratara de moverlos. Lanzó un gruñido de desesperanza.

—¡Eckels!

Eckels dio unos pocos pasos, parpadeando, arrastrando los pies.

—¡Por ahí no!

El monstruo, al advertir un movimiento, se lanzó hacia adelante con un grito terrible. En cuatro segundos cubrió cien metros. Los rifles se alzaron y llamearon. De la boca del monstruo salió un torbellino que los envolvió con un olor de barro y sangre vieja. El monstruo rugió con los dientes brillantes al sol.

Eckels, sin mirar atrás, caminó ciegamente hasta el borde del Sendero, con el rifle que le colgaba de los brazos. Salió del Sendero, y caminó, y caminó por la jungla. Los pies se le hundieron en un musgo verde. Lo llevaban las piernas, y se sintió solo y alejado de lo que ocurría atrás.

Los rifles dispararon otra vez. El ruido se perdió en chillidos y truenos. La gran palanca de la cola del reptil se alzó sacudiéndose. Los árboles estallaron en nubes de hojas y ramas. El monstruo retorció sus manos de joyero y las bajó como para acariciar a los hombres, para partirlos en dos, aplastarlos como cerezas, meterlos entre los dientes y en la rugiente garganta. Sus ojos de canto rodado bajaron a la altura de los hombres, que vieron sus propias imágenes. Dispararon sus armas contra las pestañas metálicas y los brillantes iris negros.

Como un ídolo de piedra, como el desprendimiento de una montaña, el Tyrannosaurus cayó. Con un trueno, se abrazó a unos árboles, los arrastró en su caída. Torció y quebró el Sendero de Metal. Los hombres retrocedieron alejándose. El cuerpo golpeó el suelo, diez toneladas de carne fría y piedra. Los rifles dispararon. El monstruo azotó el aire con su cola acorazada, retorció sus mandíbulas de serpiente, y ya no se movió. Una fuente de sangre le brotó de la garganta. En alguna parte, adentro, estalló un saco de fluidos. Unas bocanadas nauseabundas empaparon a los cazadores. Los hombres se quedaron mirándolo, rojos y resplandecientes.

El trueno se apagó.

La jungla estaba en silencio. Luego de la tormenta, una gran paz. Luego de la pesadilla, la mañana.

Billings y Kramer se sentaron en el sendero y vomitaron. Travis y Lesperance, de pie, sosteniendo aún los rifles humeantes, maldecían continuamente.

En la Máquina del Tiempo, cara abajo, yacía Eckels, estremeciéndose. Había encontrado el camino de vuelta al Sendero y había subido a la Máquina.

Travis se acercó, lanzó una ojeada a Eckels, sacó unos trozos de algodón de una caja metálica y volvió junto a los otros, sentados en el Sendero.

—Límpiense.

Limpiaron la sangre de los cascos. El monstruo yacía como una loma de carne sólida. En su interior uno podía oír los suspiros y murmullos a medida que morían las más lejanas de las cámaras, y los órganos dejaban de funcionar, y los líquidos corrían un último instante de un receptáculo a una cavidad, a una glándula, y todo se cerraba para siempre. Era como estar junto a una locomotora estropeada o una excavadora de vapor en el momento en que se abren todas las válvulas o se las cierra herméticamente. Los huesos crujían. La propia carne, perdido el equilibrio, cayó como peso muerto sobre los delicados antebrazos, quebrándolos.

Otro crujido. Allá arriba, la gigantesca rama de un árbol se rompió y cayó. Golpeó a la bestia muerta como algo final.

—Ahí está —Lesperance miró su reloj—. Justo a tiempo. Ése es el árbol gigantesco que originalmente debía caer y matar al animal. —Miró a los dos cazadores—. ¿Quieren la fotografía trofeo?

—¿Qué?

—No podemos llevar un trofeo al futuro. El cuerpo tiene que quedarse aquí donde hubiese muerto originalmente, de modo que los insectos, los pájaros y las bacterias puedan vivir de él, como estaba previsto. Todo debe mantener su equilibrio. Dejamos el cuerpo. Pero podemos llevar una foto con ustedes al lado.

Los dos hombres trataron de pensar, pero al fin sacudieron la cabeza.

Caminaron a lo largo del Sendero de Metal. Se dejaron caer de modo cansino en los almohadones de la Máquina. Miraron otra vez al monstruo caído, el monte paralizado, donde unos raros pájaros reptiles y unos insectos dorados trabajaban ya en la humeante armadura.

Un sonido en el piso de la Máquina del Tiempo los endureció. Eckels estaba allí, temblando.

—Lo siento —dijo al fin.

—¡Levántese! —gritó Travis.

Eckels se levantó.

—¡Vaya por ese sendero, solo! —agregó Travis, apuntando con el rifle—. Usted no volverá a la Máquina. ¡Lo dejaremos aquí!

Lesperance tomó a Travis por el brazo.

—Espera...

—¡No te metas en esto! —Travis se sacudió apartando la mano—. Este hijo de perra casi nos mata. Pero eso no es bastante. Diablos, no. ¡Sus zapatos! ¡Míralos! Salió del Sendero. ¡Dios mío, estamos arruinados! Cristo sabe qué multa nos pondrán. ¡Decenas de miles de dólares! Garantizamos que nadie dejaría el Sendero. Y él lo dejó. ¡Oh, condenado tonto! Tendré que informar al gobierno. Pueden hasta quitarnos la licencia. ¡Dios sabe lo que le ha hecho al tiempo, a la Historia!

—Cálmate. Sólo pisó un poco de barro.

—¿Cómo podemos saberlo? —gritó Travis—. ¡No sabemos nada! ¡Es un condenado misterio! ¡Fuera de aquí, Eckels!

Eckels buscó en su chaqueta.

—Pagaré cualquier cosa. ¡Cien mil dólares!

Travis miró enojado la libreta de cheques de Eckels y escupió.

—Vaya allí. El monstruo está junto al Sendero. Métale los brazos hasta los codos en la boca, y vuelva.

—¡Eso no tiene sentido!

—El monstruo está muerto, cobarde bastardo. ¡Las balas! No podemos dejar aquí las balas. No pertenecen al pasado, pueden cambiar algo. Tome mi cuchillo. ¡Extráigalas!

La jungla estaba viva otra vez, con los viejos temblores y los gritos de los pájaros. Eckels se volvió lentamente a mirar al primitivo vaciadero de basura, la montaña de pesadillas y terror. Luego de un rato, como un sonámbulo, se fue, arrastrando los pies.

Regresó temblando cinco minutos más tarde, con los brazos empapados y rojos hasta los codos. Extendió las manos. En cada una había un montón de balas. Luego cayó. Se quedó allí, en el suelo, sin moverse.

—No había por qué obligarlo a eso —dijo Lesperance.

—¿No? Es demasiado pronto para saberlo. —Travis tocó con el pie el cuerpo inmóvil—. Vivirá. La próxima vez no buscará cazas como ésta. Muy bien. —Le hizo una fatigada seña con el pulgar a Lesperance—. Enciende. Volvamos a casa.

 

 

1492. 1776. 1812.

Se limpiaron las caras y manos. Se cambiaron las camisas y pantalones. Eckels se había incorporado y se paseaba sin hablar. Travis lo miró furiosamente durante diez minutos.

—No me mire —gritó Eckels—. No hice nada.

—¿Quién puede decirlo?

—Salí del Sendero, eso es todo; traje un poco de barro en los zapatos. ¿Qué quiere que haga? ¿Que me arrodille y rece?

—Quizá lo necesitemos. Se lo advierto, Eckels. Todavía puedo matarlo. Tengo listo el fusil.

—Soy inocente. ¡No he hecho nada!

1999. 2000. 2055.

La máquina se detuvo.

—Afuera —dijo Travis.

El cuarto estaba como lo habían dejado. Pero no de modo tan preciso. El mismo hombre estaba sentado detrás del mismo escritorio. Pero no exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio.

Travis miró alrededor con rapidez.

—¿Todo bien aquí? —estalló.

—Muy bien. ¡Bien venidos!

Travis no se sintió tranquilo. Parecía estudiar hasta los átomos del aire, el modo como entraba la luz del sol por la única ventana alta.

—Muy bien, Eckels, puede salir. No vuelva nunca.

Eckels no se movió.

—¿No me ha oído? —dijo Travis—. ¿Qué mira?

Eckels olía el aire, y había algo en el aire, una sustancia química tan sutil, tan leve, que sólo el débil grito de sus sentidos subliminales le advertía que estaba allí. Los colores blanco, gris, azul, anaranjado, de las paredes, del mobiliario, del cielo más allá de la ventana, eran... eran... Y había una sensación. Se estremeció. Le temblaron las manos. Se quedó oliendo aquel raro elemento con todos los poros del cuerpo. En alguna parte alguien debía de estar tocando uno de esos silbatos que sólo pueden oír los perros. Su cuerpo respondió con un grito silencioso. Más allá de este cuarto, más allá de esta pared, más allá de este hombre que no era exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio..., se extendía todo un mundo de calles y gente. Qué suerte de mundo era ahora, no se podía saber. Podía sentirlos cómo se movían, más allá de los muros, casi, como piezas de ajedrez que arrastraban un viento seco...

Pero había algo más inmediato. El anuncio pintado en la pared de la oficina, el mismo anuncio que había leído aquel mismo día al entrar allí por vez primera.

De algún modo el anuncio había cambiado.

 

sefari en el tiempo. s. a.

sefaris a kualkier año del pasado.

usté nombra el animal.

nosotros lo llebamos ayí.

usté lo mata.

 

Eckels sintió que caía en una silla. Tanteó insensatamente el grueso barro de sus botas. Sacó un trozo, temblando.

—No, no puede ser. Algo tan pequeño. No puede ser. ¡No!

Hundida en el barro, brillante, verde, y dorada, y negra, había una mariposa, muy hermosa y muy muerta.

—¡No algo tan pequeño! ¡No una mariposa! —gritó Eckels.

Cayó al suelo una cosa exquisita, una cosa pequeña que podía destruir todos los equilibrios, derribando primero la línea de un pequeño dominó, y luego de un gran dominó, y luego de un gigantesco dominó, a lo largo de los años, a través del tiempo. La mente de Eckels giró sobre sí misma. La mariposa no podía cambiar las cosas. Matar una mariposa no podía ser tan importante. ¿Podía?

Tenía el rostro helado. Preguntó, temblándole la boca:

—¿Quién... quién ganó la elección presidencial ayer?

El hombre detrás del mostrador se rió.

—¿Se burla de mí? Lo sabe muy bien. ¡Deutscher, por supuesto! No ese condenado debilucho de Keith. Tenemos un hombre fuerte ahora, un hombre de agallas. ¡Sí, señor! —El oficial calló—. ¿Qué pasa?

Eckels gimió. Cayó de rodillas. Recogió la mariposa dorada con dedos temblorosos.

—¿No podríamos —se preguntó a sí mismo, le preguntó al mundo, a los oficiales, a la Máquina—, no podríamos llevarla allá, no podríamos hacerla vivir otra vez? ¿No podríamos empezar de nuevo? ¿No podríamos...?

No se movió. Con los ojos cerrados, esperó, estremeciéndose. Oyó que Travis gritaba; oyó que Travis preparaba el rifle, alzaba el seguro, y apuntaba.

El ruido de un trueno.

El que esquivaba las balas - Ray Bradbury

    El trasporte estaba cargado, listo para partir a medianoche. Los pies se arrastraban sobre las largas planchadas de madera. Se oía cantar muchas canciones. Muchos se despedían silenciosamente del puerto de Nueva York. Las numerosas luces hacían brillar las insignias militares ...

Johnny Choir no tenía miedo. Sus brazos temblaban dentro de su uniforme color caqui por la excitación y la inseguridad; pero no tenía miedo. Se apoyó en la baranda y pensó. El pensamiento descendió sobre él corno una envoltura brillante, aislándolo de los soldados, el trasporte, el ruido. Pensó en los días de su vida ...

Algunos años atrás ... en esos días pasados casi inadvertidamente ...

Días en el verde parque, junto al arroyo, bajo los umbrosos robles y olmos, cerca de los bancos de tablones grises y las alegres flores. Los chicos, entre ellos él mismo, bajaban las altas laderas como una avalancha adolescente, gritando, riendo, saltando.

A veces usaban trozos de madera tallada que tenían como gatillos broches sacados de la soga para tender ropa; y como municiones, tiras de goma que chasqueaban y revoloteaban en el aire estival. Otras tenían revólveres de cebita, que hacían estallar mientras se apuntaban uno al otro. Y la mayor parte de las veces, cuando no tenían dinero para cebitas, simplemente se apuntaban con sus revólveres de latón y gritaban:

— ¡Bang! Estás muerto.

— ¡Bang, bang! ¡Te di!

Sin embargo, la cosa no era tan simple. Las disputas surgían, rápidas, cortas, violentas, y terminaban en un minuto.

— ¡Bang, te di!

— ¡No, erraste por una milla! \Bum\ ¡Ahora yo te di!

— ¡No, tampoco me diste! ¿Cómo podías darme? Yo tiré antes. Estabas muerto. No podías tirarme. »

—Ya te dije que erraste. Yo me agaché.

—Vamos, no puedes esquivar una bala. Yo te apunté bien.

—Pero yo la esquivé.

—Estás loco. Siempre dices eso, Johnny. No sabes jugar. Yo te disparé. ¡Tienes que estar tirado!

—Pero yo soy el sargento; no puedo morir.

—Y yo soy más que un sargento. Soy un capitán.

—Si tú eres un capitán, yo soy un general.

—Y yo soy un general de división.

—No juego más. Tú no juegas limpio.

Y la eterna pelea para ver quién tenía razón, y la sangre que salía por la nariz, y la prometida venganza: Se lo voy a contar a mi papá. Todo esto como una parte importante de la existencia de un potrillo salvaje de once años, con el entusiasmo incomparable de un largo verano que nunca parecía concluir.

Y solo en otoño los padres salían a correr detrás de ti y los otros potrillos terribles, para atarte y ponerte la marca del agua y el jabón detrás de las orejas, y para encerrarte en ese corral de paredes de ladrillos rojos, y una mohosa campana en la torre ...

Eso fue hace tanto tiempo. Hace apenas ... siete años.

Por dentro seguía siendo un chico. Su cuerpo había crecido, se había estirado y alargado; su piel se había curtido; sus músculos se habían endurecido; la mata de sus cabellos, de color rubio oscuro, se había oscurecido; y las líneas de la mandíbula y los ojos se habían vuelto más marcadas; sus dedos y nudillos se habían engrosado; pero el cerebro no daba la impresión de haber crecido en armonía con el resto. Todo estaba verde aún, lleno de robles y olmos altos y lozanos en el verano; un arroyo corría por allí, y los chicos andaban trepando por sus curvas, gritando: — ¡Por aquí, muchachos! ¡Tomaremos por el atajo y los detendremos en el Desfiladero del Hombre Muerto!

Las sirenas del barco sonaron con toda su fuerza. Los edificios de metal de Manhattan lanzaron al aire el eco de su sonido. Las planchadas resonaron ruidosamente. Gritaban las voces de los hombres.

Johnny Choir se dio cuenta de todo, súbitamente. Sus rápidos y desordenados pensamientos fueron ahuyentados por la realidad del barco que salía lentamente del puerto. Sintió que sus manos le temblaban sobre la fría barandilla de hierro. Algunos muchachos cantaban Hay un largo camino a Tipperary, formando un grupo cálidamente bullicioso.

—Termina con eso, Choir —dijo alguien. Era Eddie Smith. Se acercó y rozó el codo de Johnny Choir: —Un centavo por tus pensamientos —dijo.

Johnny contemplaba toda esa agua oscura y reluciente. Dijo simplemente: —¿Por qué no estoy en 4—F?

Eddie Smith contempló el agua él también y se rió. —¿Por qué?

Johnny Choir dijo: —No soy más que un chico. Tengo diez años. Me gustan los cucuruchos, las barras de caramelo y los patines con ruedas. Quiero a mi mamá.

Smith se acarició el pequeño mentón blanco.

—Tienes el más retorcido sentido del humor, Choir. ¡Dios me ayude! Dices todo lo que tienes que decir con una expresión tan solemne, que cualquiera podría pensar que estás hablando en serio ...

Johnny escupió lentamente del otro lado de la barandilla, en forma experimental, para ver cuánto tardaba la saliva en llegar al agua. No mucho tiempo. Entonces trató de observar adonde caía para ver durante cuánto tiempo podía seguir viéndola. No mucho tiempo, tampoco.

Smith dijo: —Y aquí vamos. No sabemos adonde, pero vamos. Quizás a Inglaterra, quizás al África; quizás, ¿quién sabe adonde?

—Esos, ¿esos otros tipos juegan limpio, recluta Smith?

—¿Eh?

Johnny Choir gesticuló. —Si les disparas a esos otros tipos en el frente, ellos tienen que caer, ¿no?

—Pues claro. Pero, ¿por qué .... ?

—Y ellos no pueden volver a tirar si les tiras primero.

—Ese es uno de los principios básicos de la guerra. Tú le disparas primero al otro tipo, y lo dejas fuera de combate. Pero, ¿por qué tú ... ?

—Está bien, entonces —dijo Johnny Choir. Su estómago se aflojó en forma dulce y agradable en su interior. Quedó tranquilo y alegre, y sus manos no se volvieron a crispar sobre la barandilla.

—Mientras que eso sea una regla básica, no tengo nada que temer, recluta Smith. Jugaré. Jugaré bien a la guerra. Smith miró con asombro a Johnny.

—Si juegas a la guerra en la forma en que tú hablas, va a ser un tipo de guerra muy extraño, se me ocurre.

El sonido de la sirena del barco chocó contra las nubes. El buque abandonaba el puerto de Nueva York bajo las estrellas.

Y Johnny Choir durmió durante toda esa noche como un osito de juguete ...

El desembarco en África fue caluroso, rápido, simple y tranquilo. Johnny cargó su equipo en sus grandes manos, que balanceaba naturalmente, encontró el camión de la compañía a la que lo habían destinado, y comenzó la larga y tórrida salida hacia el interior desde Casablanca. Se sentó, el más alto de su fila, frente a otra fila de amigos en la parte trasera del camión. Saltaron, se movieron, rieron, fumaron y bromearon durante todo el trayecto, y fue bastante divertido.

Una de las cosas que notó Johnny Choir fue la circunspección que mantenían los oficiales entre sí. Ninguno de los oficiales pataleaba o gritaba: —' ¡Si no soy general no juego!' —'¡Si no soy capitán no juego!' Recibían órdenes, daban órdenes, anulaban órdenes y pedían órdenes en un cortante estilo militar que a Johnny le pareció el mejor juego que había visto jamás. Parecía una cosa difícil estar actuando de ese modo durante todo el tiempo, pero ellos lo hacían. Johnny los admiraba por ello y nunca discutía el derecho de ellos a darle órdenes. En todas las oportunidades en que él no sabía cómo hacer algo, ellos se lo decían. Eran serviciales. Seguro. Eran muy buenos. No era como en los viejos días cuando todos discutían sobre quién iba a ser general, sargento o cabo.

Johnny no decía nada de lo que pensaba, a nadie. Cuando tenía tiempo para ello, simplemente alimentaba sus pensamientos y rumiaba sobre ellos. Era algo tan asombroso. Este era el juego más grande que había jugado en su vida, con uniformes, armas más grandes y todo lo demás y ...

El largo y polvoriento viaje tierra adentro, por caminos traqueteantes y benditos senderos para el ganado, significó poco más que porrazos, gritos y sudor para Johnny Choir. Esto no olía a África. Olía a sol, barro, calor, sudor, cigarrillos, camiones, aceite, gasolina. Olores universales que negaban toda la oscura amenaza del África de los viejos libros de geografía. Miraba atentamente pero no veía a ningún hombre de color con pintura juju en el rostro negro. El resto del tiempo estaba demasiado ocupado en llevarse comida a la boca, y en volverse a colocar en la fila de la comida para obtener una segunda ración.

Y en un tórrido mediodía, a cien millas de la frontera de Túnez, y con Johnny terminando el almuerzo, surgió del sol un Stuka alemán, y vino derecho hacia Johnny. Lanzaba ráfagas de balas.

Johnny permaneció donde estaba y lo observó. Los platos de hojalata, los cubiertos y los cascos cayeron estrepitosamente, brillando a la luz del sol, sobre la dura arena, mientras los restantes miembros de la compañía se dispersaban dando alaridos, y enterraban sus narices en las trincheras y detrás de las piedras, detrás de los camiones y de los jeeps.

Johnny permaneció donde estaba, sonriendo con el tipo de sonrisa que uno siempre tiene cuando mira directamente al sol. Alguien gritó: — ¡Agáchate, Choir!

El bombardero que venía en picada ametralló con violencia, baleando, perforando. Johnny se mantuvo erguido, con la cuchara levantada en dirección a la boca. Los impactos trazaron una hilera de pequeños hoyos que hacían volar arena hasta una distancia de pocos centímetros de él. Observó cómo la línea se acercaba instantáneamente hacia él y seguía prolongándose unos pocos metros más, hasta que el Stuka levantó sus doradas alas y se fue.

Johnny lo observó hasta que se perdió de vista.

Eddie Smith se asomó por encima del borde del jeep: —Choir, eres un loco. ¿Por qué no te pusiste detrás del camión?

Johnny volvió a comer. —Ese tipo no le acertaría ni a la hoja de la puerta de un granero con un balde de pintura.

Smith lo miró como si fuera un santo en el nicho de una iglesia. —O eres el tipo más valiente que conozco, o si no el más estúpido.

—Supongo que quizá soy valiente —dijo Johnny aunque su voz sonó un poco insegura, como si le costara decidirse.

Smith resopló. —Diablos, ¡qué manera de hablar!

 

El movimiento hacia el interior continuaba. Rommel se había atrincherado en Mareth y la 8a. división británica se estaba alistando, preparando su artillería pesada para el fuego concentrado que, según los rumores, iba a comenzar en unos cinco días. La larga hilera de camiones llegaba hasta la frontera de Túnez.

El Afrika Korps había lanzado un ataque por el paso de Kasserine hasta casi la frontera de Túnez, y ahora estaban retrocediendo hacia Gafsa.

—Eso es magnífico —era todo lo que decía Johnny Choir—. Eso es lo que tenía que pasar.

La infantería de Choir avanzó finalmente para entrar en acción por primera vez. Iban a ver por primera vez la forma en que el enemigo corría, caía, se levantaba o permanecía quieto durante un período más largo, se escapaba, disparába, gritaba, o simplemente se desvanecía en una nube de polvo.

Cierta cómica tensión recorrió a los miembros de su unidad. Johnny la sintió y no la pudo entender. Pero también fingió estar tenso, de vez en cuando. Era divertido. No fumaba los cigarrillos que le ofrecían.

—Me hacen sofocar — explicaba.

Ahora se habían dado las órdenes. Las unidades norteamericanas descenderían a la llanura de Túnez y efectuarían un rápido ataque contra Gafsa. Johnny Choir iría con ellos como soldado raso.

Vociferaron instrucciones y proporcionaron mapas a los jefes de las compañías, a las agrupaciones de tanques, a los autos—orugas antitanques, a la artillería, a la infantería.

Los aviones de caza surcaron el cielo brillando intensamente. Johnny pensó que tenían un aspecto muy hermoso.

Comenzaron las explosiones. La ardiente planicie era atravesada por una marea letal de disparos de tiradores emboscados, fuego de ametralladoras, explosiones de artillería. Y Johnny Choir corrió detrás de una formación de tanques que avanzaban, con Eddie Smith a unos diez metros delante de él.

—Mantén la cabeza agachada, Johnny. ¡No te quedes tan derecho!

—No me pasará nada —jadeó Johnny—. Tú sigue. Yo estoy bien.

—Solo te digo que mantengas tu cabezota agachada, ¡nada más!

Corrieron. Johnny respiraba afanosamente. Se sentía como debe sentirse un prestidigitador que traga brasas cuando toma una bocanada de llamas. El aire africano quemaba como los vapores de alcohol de gas. Secaba las gargantas y los pulmones.

Corrieron. Tropezando sobre lagos de guijarros y repentinas elevaciones. Todavía no habían llegado completamente a la lucha de contacto. Los hombres corrían por todas partes, como hormigas de color caqui sobre el pasto quemado. Corrían por todas partes. Johnny vio que un par de ellos caían y se quedaban tirados.

"Ah, no saben cómo hay que jugar", fue el comentario que hizo mentalmente.

Las piedras que rodaban a sus pies eran exactamente como aquellos brillantes guijarros que regaban el viejo arroyo seco de Fox River, Illinois. Ese cielo era el cielo de Illinois, calcinado, de color azul muy oscuro, y que brillaba con luz trémula. Impulsó su húmedo cuerpo hacia adelante, con largos saltos. Ante su vista apareció una colina, verde, alta, vasta, extrañamente verde en medio de ese calor abrasador. En cualquier momento a partir de ahora los "chicos" bajarían gritando por la ladera de esa colina ...

Un fuego de artillería brotó de esa colina como la erupción de alguna febril enfermedad. La artillería abrió fuego desde atrás de la colina. Las bombas caían tras dejar oír el largo gemido de su paso. En el lugar donde caían levantaban la tierra y la sacudían, la sacudían, la sacudían. Y Johnny reía.

La emoción del momento se apoderó de Johnny Choir. Con sus pies en continuo avance, los tímpanos oprimidos por el martilleo de la sangre en su cabeza, balanceando naturalmente los largos brazos, y aferrando su rifle automático ...

Un proyectil se desprendió del cálido cielo, enterró su cabeza a diez metros de Johnny Choir y estalló con fuego, roca, metralla, violencia.

Johnny dio un largo salto.

—¡Fallaste! ¡Fallaste!

Saltó hacia adelante, apoyando continuamente un pie después del otro.

— ¡Baja la cabeza, Johnny! ¡Tírate al suelo, Johnny! —vociferaba Smith.

Otro proyectil. Otra explosión. Más metralla.

A solo ocho metros esta vez. Johnny sintió la poderosa fuerza, el aire, el empuje y la potencia del proyectil. Gritó:

—¡Fallaste otra vez! ¡Te engañé! ¡Fallaste otra vez! —y siguió corriendo.

Treinta segundos más tarde se dio cuenta de que estaba solo. Los otros habían hecho cuerpo a tierra para enterrarse, porque los tanques que los habían protegido tenían que virar y dar vuelta a la colina. Esta era demasiado empinada como para poder escalarla con un tanque. Y sin la protección de los tanques, los hombres se enterraban. Los proyectiles zumbaban por todos lados.

 Johnny Choir estaba solo y eso le gustaba. Por Dios, él mismo capturaría a esa maldita colina toda entera. Si los demás querían quedarse atrás, entonces toda la diversión sería para él solo.

A doscientos metros delante de él había un vibrante nido de ametralladoras, del que salían ruido y fuego como el chorro de una potente manguera de jardín. Castigaba y rociaba. Los proyectiles que rebotaban llenaban el aire cálido y estremecido de la ladera.

Choir corrió. Corrió, riéndose. Con su enorme boca abierta, mostrando los dientes, hizo alto súbitamente, apuntó, disparó, rió, y siguió corriendo nuevamente.

Hablaron las ametralladoras. Una línea de balas se dibujó en la tierra, como un crochet tejido por un idiota, alrededor de Johnny.

Saltó, zigzagueó, corrió, saltó y zigzagueó otra vez. Cada pocos segundos gritaba: —¡Erraste!— o —¡Pude esquivar ésa!— y entonces, como algún tipo especial de nuevo tanque, avanzaba trepando la ladera, blandiendo su fusil.

Se detuvo. Apuntó. Disparó.

—¡Bang! ¡Te di! —gritó.

Un alemán cayó en el nido de ametralladoras.

Corrió nuevamente. Las balas caían velozmente como una muralla sólida y mortífera. Johnny se deslizaba a través de ella, como se desliza un actor entre telones grises, tranquilo, con naturalidad, sereno.

— ¡Erraste! ¡Erraste, erraste! ¡La esquivé, la esquivé!

Estaba tan lejos delante de los otros, que apenas podía verlos. Tropezando más allá, efectuó tres disparos. ¡Te di! ¡Y a ti, y a ti! ¡A los tres!

Tres alemanes cayeron. Johnny gritó con alegría. El sudor le hacía brillar las mejillas, sus ojos azules estaban luminosos y ardientes como el cielo.

Las balas llovían. Las balas corrían, resbalaban, destrozaban las piedras que estaban encima, alrededor, cerca, debajo, detrás de él. Saltó. Zigzagueó. Se rió.

Las esquivó.

El primer nido de ametralladoras alemán había sido silenciado. Johnny se dirigió hacia el segundo. Escuchó que desde alguna parte, muy lejos, una ronca voz gritaba: — ¡Regresa, Johnny, maldito tonto! ¡Regresa! —la voz de Eddie Smith.

Pero había tanto ruido que no podía estar seguro.

Vio la expresión de las caras de los cuatro alemanes que manejaban la ametralladora más arriba de la colina. Sus rostros estaban pálidos bajo el color tostado del desierto, y tiesa y ferozmente contraídos, sus bocas estaban abiertas, sus ojos muy abiertos.

Apuntaron su ametralladora directamente hacia él y abrieron fuego.

— ¡Erraste!

Un proyectil de artillería bajó silbando desde el otro lado de la colina, y aterrizó a unos diez metros de distancia.

Johnny se arrojó violentamente. — ¡Cerca! ¡Pero no lo suficiente!

Dos de los alemanes, huyeron, corrieron fuera del nido, gritando extravagantes palabras. Los otros dos siguieron con la ametralladora, con los rostros pálidos, derramando plomo sobre Johnny.

Johnny les disparó.

Dejó que los otros dos se fueran. No quería dispararles por la espalda. Se sentó y se apoyó en el nido de ametralladoras, y esperó que el resto de su unidad lo alcanzara.

Observó cómo los norteamericanos brotaban como muñecos de cajas de sorpresa de un extremo a otro de la base de la colina, y venían corriendo.

En unos tres minutos Eddie Smith entró tropezando en el nido. En su cara tenía la misma mirada que habían tenido los alemanes en sus rostros. Gritó al ver a Johnny. Lo agarró, lo palpó y lo miró de arriba abajo.

—¡Johnny! —gritó—. ¡Johnny, estás bien, no estás herido!

Johnny pensó que lo que decía era algo muy gracioso. —Claro que no —respondió Johnny—. Te dije que no me pasaría nada.

Smith abrió la boca. —Pero vi que caían proyectiles de artillería cerca de ti, y ese niego de ametralladora ...

Johnny frunció el ceño. —Eh, recluta Smith, mira tu mano.

La mano de Ed estaba roja. La metralla, alojada en la muñeca, había hecho salir un veloz hilo de sangre.

—Tendrías que haberte agachado, rechita Smith. Maldición, te lo digo todo el tiempo, pero tú nunca me haces caso.

Eddie Smith lo miró en forma peculiar. —Tú no puedes esquivar las balas, Johnny.

Johnny rió. Era el sonido de la risa de un chico. El sonido de un chico que conoce muy bien la rutina de la guerra, y cómo llega y pasa. Johnny rió.

—No discutieron conmigo, recluta Smith —dijo tranquilamente. —Ninguno de ellos discutió. Eso fue extraño. Todos los otros chicos discutían en esos casos.

—¿Qué otros chicos, Johnny?

—Oh, pues, los otros chicos. En el arroyo, allá en casa. Siempre discutíamos sobre quién estaba herido y quién estaba muerto. Pero hace un momento cuando yo decía "Bang, estás muerto", esos tipos jugaban como se debe. Ninguno de ellos discutió. Ninguno de ellos dijo: —"Bang, yo te di primero. ¡Tú estás muerto!" . No. Me dejaron ganar todo el tiempo. En los viejos tiempos ellos discutían tanto ...

—¿Discutían?

—Claro.

—Ahora, ¿qué es lo que les decías, Johnny? ¿Realmente les decías "BANG, estás muerto"!

—Claro.

—¿Y ellos no discutían?

—No. ¿No es eso magnífico de su parte? La próxima vez creo que es justo que yo juegue como muerto.

—No —interrumpió Smith. Tragó saliva y se enjugó el sudor de la cara—. No, no lo hagas, Johnny. Sigue, sigue haciéndolo exactamente como lo has hecho hasta ahora. Volvió a tragar. —Escúchame ... en cuanto a eso de que esquivaste las balas, y que ellos erraban ...

—Claro que erraban. Claro que las esquivé.

 Las manos de Smith temblaban.

Johnny Choir lo miró.—¿Qué pasa, recluta?

—Nada. Solo ... la excitación. Y ahora me preguntaba ...

—¿Qué?

—Me preguntaba cuántos años tienes, Johnny.

—¿Yo? Tengo diez, para once—. Johnny se interrumpió y se sonrojó con culpa. —No. ¿Qué me está pasando? Tengo dieciocho, para diecinueve.

Johnny miró los cadáveres de los soldados alemanes.

—Ahora diles que se levanten, recluta Smith.

—¿Eh?

—Diles que se levanten. Ya pueden levantarse si quieren.

—Bueno, este ... mira, Johnny. Claro ... ¡Ah! Mira, Johnny, se levantarán después que nos vayamos. Sí, así es. Después que nos vayamos. Es contra las ... reglas ... que ellos se levanten ahora. Quieren descansar un rato. Sí... descansar.

—Oh.

—Oye, Johnny. ¡Quiero decirte algo ahora mismo!

—¿Qué?

Smith se pasó la lengua por los labios, movió los pies, tragó saliva y maldijo en voz baja. —Oh, no es nada. Absolutamente nada. Maldición. Excepto que estoy envidioso de ti. Ojalá ... Ojalá no hubiera crecido tan duramente y tan rápido. Mira, Johnny, tú vas a salir de esta guerra. No me preguntes cómo, tengo la sensación de que saldrás, eso es todo. Algo de esto está en la Biblia... Quizá yo no salga. No soy ya una criatura... Y, como no soy un chico, quizá no tenga la protección que Dios da a un niño sólo porque es un chico. Quizás crecí creyendo en cosas equivocadas ... aceptando como verdaderas la muerte y las balas. Quizá sea un loco por imaginar cosas acerca de ti. Claro que lo soy. Es solo mi imaginación lo que me hace pensar

que tú eres... oh. No importa lo que suceda. Johnny, recuerda esto: Yo te voy a apoyar.

—Claro que sí. Esa es la única forma en que jugaré —dijo Johnny.

—Y si alguno tratara de decirte que no puedes esquivar las balas, ¿sabes lo que le voy a hacer?

—¿Qué?

— ¡Le voy a dar una buena patada en los dientes! Eddie, sacudiéndose nerviosamente, mostró una extraña sonrisa en los labios.

—Ahora ven, Johnny, vayámonos, y vayámonos rápido. Hay otro juego ... que comienza a jugarse en la colina. Johnny se entusiasmó. —¿Hay otro?

—Sí —dijo Smith—. Vamos.

Pasaron juntos la colina. Johnny Choir saltando, zigzagueando y riendo, y Eddie Smith siguiéndolo de cerca, mirándolo con el rostro pálido y con los ojos grandes y llenos de envidia ...