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Vera la Vagabunda - Margaret Atwood

Vera era una niña vivaz de cabellos volubles y verdes ojos. Al venir a la vida, a sus valientes y bondadosos padres se los llevó volando un violento vendaval.

Voluntariosa, Vera viajó aquí y viajó allá. Llevaba un viejo vestido muy voluminoso y cavilaba sobre si volvería a verlos.

«Volved, volved, volando en avión o navegando en velero», se desvivía.

Un día vislumbró en la vía un aviso que decía: SE BUSCA (nadie lo había revisado y había varias barbaridades). Vera vio:

"Se Vusca. Birujo el Brujo y su vil Varita del Viento. Causa de Vendavales y Ventoleras. Vivo o Muerto"

—Vaya —aventuró Vera—. ¿Vendavales? ¿Ventoleras?

A veces, si le entraba hambre, Vera revolvía en la basura de un bar que vendía verduras y víveres en estado vomitivo y vertían en un cubo las sobras. Ella las devoraba sin vergüenza.

Una vez, a la vuelta del bar, Vera se volvió al percibir una voz débil y vacilante.

—Una verdurita, por voluntad.

—¿Eres un tejón, por ventura? —vaticinó Vera.

—Qué va. Soy una marmota verdadera.

—¡Pero si las marmotas comen madera!

—Esas verduras son igual de duras.

Vera le dio una vulgar endivia babeada. —¡Vaya! —vaciló la marmota—. Bueno, las he visto más viles.

—Vámonos —bramó Vera, y se desvanecieron en las sombras, cabizbajas. Convinieron conversar en voz baja para evitar que los del bar las vieran y buscaran venderles las sobras vomitivas que habían vertido en el cubo de basura.

—¿Por qué has venido a este pueblo en vez de vivir en el bosque? —buscó saber Vera.

—En el bosque había víboras y lobos. Era verdaderamente bestial. Quise ver qué vida había más allá y me vine, pero he visto que aquí en el pueblo abundan los buitres, los vampiros, los vendedores y bastantes bestias más. Varias veces me he visto en apuros.

—Eres bonito y valeroso —dijo Vera mientras vagaban por barrios vandalizados, entre bolsas de basura avivadas por el viento—. Voy a llamarte Valentín.

—Vale, vale —vociferó la marmota, saltando al interior del viejo y voluminoso abrigo de Vera.

Era viernes cuando Vera y Valentín vagaban voluntariosos por la vía y avistaron el vagón de una carreta tirada por varios caballos veloces. En un lado se veía biselado con verbo verde muy vivo y cursivo:

"Viuda Verruga. Lavandería Vintage" 

Vieron que los observaba una vieja con una nariz voluminosa, un ojo vago de vista vacía, varias verrugas no muy bonitas y cejas de vetusto líder soviético. Vestía un abrigo abultado a prueba de bomba y botas de lluvia rellenas con viejas vendas y virutas de papel de envolver. En una mano venosa llevaba un látigo de vértigo.

—¿Por qué vagas cabizbaja por entre los cubos de basura? —berreó la viuda Verruga.

—A mis valientes y bondadosos padres se los llevó volando un violento vendaval —la informó Vera. En el interior de su voluminoso abrigo, Valentín observaba ojo avizor.

—¡Una vagabunda! ¡Pues aviada vas! ¡Ven con la viuda Verruga! —rebufó la vieja, y la subió al vagón sin que Vera pudiera decirle: «¡Ni hablar!».

La viuda Verruga embutió a Vera en una banasta, y con su látigo de vértigo avivó a los caballos, que avanzaron a toda velocidad. —¡Vuelva!

¡Vuelva! —bramó Vera, pero la viuda Verruga no vaciló—. Valentín, ¿qué vamos a hacer? —dijo en voz baja.

—He vivido peores vicisitudes —bisbiseó Valentín, sobrado.

Vera observó por un agujero de la banasta. Abandonaron la vía, el barrio y el vecindario, y ahora vagaban por un bosque donde los vientos bramaban y los lobos los imitaban. Se aventuraron por un verdadero vergel de violetas y verónicas y aroma a vainilla.

Por fin, atravesaron una verja y avanzaron veloces por una vía sobre la que era visible: "Viuda Verruga y su lavandería vintage. Lava y lava, más blanco que el blanco".

—¡BASTA! —bramó la viuda Verruga, y los caballos, reventados, se detuvieron—. Bienvenida a mi lavandería vintage, Vera.

Y la lanzó por un tobogán por el que Vera bajó a velocidad vertiginosa. Al fin se vio cubierta de agua enjabonada en una habitación desvencijada con una sola ventanita.

—¡Vaya con la vieja! —bramó Vera.

—Vaya, vaya —corroboró Valentín, a quien Verruga no había visto porque se ocultaba en el interior del voluminoso abrigo de Vera.

—Valentín, estoy bien agobiada. No vaticino nada bueno para nuestro bienestar. —Pero Valentín, abrumado, no la escuchaba.

Mientras Vera se lamentaba y desvivía bajo la ventanita, el viento soplaba y la Luna brillaba. Se vio vencida por el sueño y no pudo conservar la vigilia.

Cuando volvió a abrir los ojos, la avivó el barullo de las aves del bosque y el vergel tras la verja. Se encontraba abrumada.

—¿Dónde estoy? ¿De dónde vengo? ¿Adónde voy?

—De lo demás tú verás, pero estás en la lavandería vintage de la vieja Verruga. —Vio que varias voces la avisaban.

¡Vaya sobresalto! Resultaba que la vieja habitación no estaba tan vacía.

—¿Quiénes sois vosotros? ¿De qué vais? —preguntó a los tres niños que la observaban vacilantes.

—Somos Vernon, Virgil y Victor, vagabundos —vociferaron a la vez y a una voz.

Vera, boquiabierta, oyó que a los padres valientes y bondadosos de los tres se los había llevado volando un violento vendaval, y que la vieja Verruga los había volcado en su tobogán vertiginoso.

—Vaya con la vieja —volvió a bramar Vera.

La puerta se abrió con revuelo, y allí estaba la viuda Verruga, alzando al vuelo su látigo en dibujos vertiginosos.

—¡Basta de berrear, vulgares vagabundos, y a trabajar! —vociferó.

—No te muevas —avisó Vera al bulto que se agitaba en el bolsillo de su voluminoso abrigo. La marmota evitó los movimientos bruscos.

Vera vio que en las paredes había vistosos dibujos de avispas, vacas, aves, víboras y venados. La vieja les sirvió varias viandas robadas del vertedero, como vejiga de vencejo, varitas de gaviota, bananas con puré de verduras, babosa invertebrada en vinagre, y un buen vaso de un brebaje verdoso con sabor a las violetas del vergel y vestigios de vainilla.

Ni bien acabaron, la vieja Verruga los obligó a trabajar y trabajar lavando vestidos y bufandas y abrigos reversibles y levitas en las voluminosas bañeras de agua jabonosa de la lavandería vintage. 

No paraban hasta que el agua los calaba y caían reventados de lavar y lavar más blanco que el blanco, y entonces debían ir a verter barriles de agua jabonosa y volver a buscar agua limpia, doblar los vestidos para hacerlos agradables a la vista y devolverlos a sus bolsas vacías. Era brutal.

—¡Trabajad, vagos! —bramaba la vieja Verruga, que a veces asomaba el látigo al vuelo por la ventanita—. ¡Dejad los blancos más blancos que el blanco u os daré un varapalo! —Y les daba con una vara y un bastón en los brazos mientras ellos lloraban y lloraban. Vera acababa verdaderamente vapuleada.

De noche volvían a recibir víveres y viandas de bajo valor nutritivo, y de nuevo a la habitación desvencijada con la ventanita, y vuelta a empezar.

—Es una vieja vacaburra —berreó Vernon.

—Una víbora —abundó Virgil—. ¡Voto a bríos!

—¿Será una vampira? —vaciló Victor, que vomitaba bilis.

—Vale, vale, pero lávate bien la boca —volvió Virgil.

—Bueno. —Victor babeó avergonzado.

—Es vil y avariciosa —Vernon vilipendió a la vieja—. Y avara: tiene una verdadera fortuna en billetes y bonos del Estado. ¡A ver!, como no abona sueldos… Nos envenena a base de varitas de babosa invertebrada, nos conserva reventados y debilitados de alivio, y ella devora vieiras y caviar en valiosa vajilla de Sèvres, servidos con buenos vinos de uvas variopintas.

—¡Esas verduras vencidas suyas que nos da sí que son vintage! —Virgil avivó la invectiva—. Nunca vamos a volver a la civilización, al pueblo, al barrio. Habría que atravesar la verja, el vergel y el bosque atiborrado de lobos salvajes.

—Barrunto que en verdad no es una vulgar vieja. ¡Es una bruja! —caviló Vera.

—Vas por buena vía. —Valentín, la marmota, asomó la cabeza por el bolsillo del voluminoso abrigo de Vera, tenía los bigotes cubiertos de polvo (Valentín, no Vera).

—¡Valentín! —se asombró Vera—. ¡Has vuelto! ¿Con qué has estado bregando? ¿Qué es de tu vida?

Valentín abrió la boca y mostró bien los incisivos.

—Si en una cosa somos virgueras las marmotas es en cavar.

—¿Has cavado un buen túnel para huir a toda velocidad? ¡Qué buena nueva! —se maravilló Vera.

—La verdad, he visto nuevas mucho más buenas —reveló Valentín.

—¡Marmota valerosa, bienvenida! —convinieron a la vez Vernon, Virgil y Victor.

—La verdad —dijo Valentín—, esta lavandería vintage no me convencía. Y la vieja Verruga es una babosa.

Antes de salir volando, los vagabundos trabaron la puerta con una vara que Valentín había roído; así, la vieja Verruga no vería que no estaban. O eso esperaban.

Se abrieron paso bajo tierra por el hoyo cavado por Valentín en el barro, hasta acabar bajo la verja, al otro lado.

—¡VIVA! —vitoreó Victor cuando la hubo atravesado.

—Vigilemos por si las moscas —avisó Virgil.

—Si vemos el vagón, debemos robarlo —caviló Victor, que bebía los vientos por los caballos.

—Y si yo tuviese alas volaría —valoró Vernon. —Si yo tuviese un avión, también volaría —convino Virgil.

—Si yo tuviese una bazuca, lo volaría todo —aventuró Vera.

—Qué bestia —rio Valentín.

Se abrieron paso por entre el barro del vergel, pero al alcanzar un árbol vieron dos eventos notables.

La viuda Verruga pasó en su vagón, avivando a los caballos, que casi volaban de tan veloces que iban.

Y los lobos salvajes vinieron del bosque.

—¡Pero bueno! —bramó Vernon, al borde del llanto—. Ya barruntaba yo que estamos acabados.

—Voy a hablar con los lobos —dijo Valentín—. Son salvajes pero sabios y valoran la libertad.

—Y se ventilan a las marmotas en un abrir y cerrar de boca —le avisó Victor.

—No si al hablarles usas su palabra clave. He vivido en el bosque y los he vigilado. Sus aullidos, llevados por el viento, volaban por entre el aire viciado y acababan en mis oídos avizores.

Y así, Valentín fue a hablar, valeroso, con el lobo más viejo y sabio, que movió el bigote, conmovedor.

—La viuda Verruga no es buena —valoró—. La verdad, hay quienes darían la vida por verla en la tumba. Nos vino a vender que le abriéramos paso en el bosque a cambio de sabrosas viandas como caviar del Caspio y vino del bueno, pero no ha validado sus bravatas. ¡Y cómo abusa de los vagabundos! No tiene vergüenza. La abatiremos a bofetadas.

Pero el vagón desbocado los había alcanzado.

—¡A un lado, lobos volubles! —bramó la viuda Verruga. Los caballos bufaban, reventados—. ¡Y vosotros, vagabundos, al vagón u os vareo! ¡No os conviene desobedecer!

Los lobos se volvieron hacia el vagón y se percibió un violento revuelo. Se abalanzaron salivando sobre la vieja y la sostuvieron por los brazos. Ella blandió su látigo, se liberó y corrió hacia la verja con los lobos a su vera, aullando a todo volumen. Una vez la alcanzaron, por suerte poco vieron los vagabundos de la brutal venganza de los lobos salvajes.

Apenas que su abrigo abultado se abría y sus botas de lluvia salían volando y… por fin, la vieja quedó como vino al mundo, y Vera, boquiabierta, vio que no era una viuda, ni siquiera una vieja: ¡la viuda Verruga era un hombre!, lleno de vello abundante y varonil.

—Vaya, vaya —observó el lobo más viejo, que había visto el aviso de SE BUSCA—. ¡Si es el brujo Birujo, dueño de la vil varita del viento, causa de vendavales y ventoleras, vestido de vieja lavandera como un cobarde! ¡El brujo avejentado que una vez hizo que el viento nos volara los bisoñés!

—Avejentado, sí, pero a veces peligroso —se avanzó el brujo, aunque avergonzado por haber quedado al descubierto (en varios sentidos).

—Sí, bueno, ya ves qué miedo —se burló el lobo viejo—. Vigilad con el látigo, en verdad es su varita —avisó a los valientes vagabundos, y volvió a Birujo—. Se ve que en vez de caviar del Caspio y vino del bueno, hemos obtenido bistecs de brujo —bromeó, babeando.

—¡Vale ya! —bramó el brujo Birujo—. ¡Ved qué invitación más ventajosa, ventajosa y vinculante! ¡Devorad a esos desvergonzados vagabundos y a la malvada marmota y os obsequiaré con viandas como nunca habéis visto o saboreado! ¡Vaca! ¡Vicuñas! ¡Bivalvos!

—O te devoramos a ti —le devolvió el lobo viejo—. Como vosotros veáis —avisó a los vagabundos—. Obedeceremos vuestra voluntad.

—¡Nuestro verdadero deseo es ver de nuevo a nuestros sabios y bondadosos padres, desvanecidos por este brujo en diversos vendavales! —vociferó Vera—. ¡Nos volvió vagabundos para obligarnos a trabajar en su lavandería vintage toda la vida!

—Ya basta de vareos y vapuleos —convino Vernon.

—Y basta de lavar y lavar —abundó Virgil.

—Y liberad a los caballitos del vagón —abogó Victor.

—¿Y bien? —bramó el lobo viejo al brujo Birujo—. ¿Haces volver los vendavales o te hacemos una lobo-tomía?

El brujo supo ver que lo habían vencido. Hizo vibrar su látigo que en verdad era una varita, lo alzó en volandas y le dio vueltas y vueltas en el vacío…

… hasta que entre volutas de nubes y vientos revueltos volvieron a revelarse los individuos varios que se habían desvanecido.

—¡Vera! ¡Vernon! ¡Victor! ¡Virgil! —balaron, conmovidos.

—¡BIEEEN! ¡BRAVO, BRAVO! —celebraron los vagabundos.

—Valentín, eres voluptuoso y salvavidas. —Vera abrazó a la veleidosa marmota. Los caballos vitorearon y los lobos hicieron varias volteretas.

—Bien está lo que bien acaba —valoró el lobo viejo.

—He visto celebraciones más vistosas —balbució Valentín.

—Bueno, volvamos a nuestras vidas de antes del vendaval —invitaron las sabias y valientes madres de los previamente vagabundos—. Nos ventilaremos varios volovanes de avellana.

—Servidos con un buen vino —bisbisearon los padres.

Los lobos celebraron el evento devorando todas las viandas del brujo Birujo.

Los caballitos se fueron a vivir con Victor.

Valentín visita a Vera cada viernes en la ventana de su habitación. Ha hecho buenas migas con la madre de Vera, que le ha obsequiado con un abrigo viejo pero también voluminoso.

Al brujo Birujo los lobos le arrebataron la varita y la abandonaron en el vergel, entre las violetas y las verónicas. Lo obligaron a volver a la lavandería vintage de la viuda Verruga…

… donde hubo de vivir y laborar entre barriles y baldes de agua jabonosa mientras lavaba incansable más blanco que el blanco.


Ricitos de Oro - James Finn Garner

En las profundidades de la espesura, más allá del río, en el mismo corazón del bosque, habitaba una familia de osos compuesta por Papá Oso, Mamá Osa y el Pequeño Osito.

Vivían todos una existencia antropomórfica diseñada como familia nuclear y enmarcada en el espacio de una diminuta cabaña. Ni que decir tiene que todos lamentaban profundamente esta circunstancia, ya que, tradicionalmente, la familia establecida en torno a un núcleo no ha servido para otra cosa que para esclavizar a las mujeres, inculcar una moral farisaica en sus miembros e infundir en las generaciones subsiguientes rígidas nociones en lo que se refiere a los respectivos papeles heterosexuales de sus miembros. 

Así y todo, intentaban vivir felices y procuraban adoptar las medidas necesarias para evitar tales peligros (entre otras, habían optado por dirigirse a su retoño como «criatura», en tanto que denominación desprovista de género específico).

Una mañana, se sentaron todos a desayunar en su pequeña cabaña antropomórfica. Papá Oso había preparado grandes cuencos de gachas naturales y desprovistas de ingredientes artificiales. Las gachas, sin embargo, acababan de ser retiradas del fogón y aún se encontraban demasiado sobrecargadas desde el punto de vista térmico como para poder consumirse. Así pues, decidieron aguardar a que sus cuencos se enfriaran y salieron a dar un paseo y a visitar a sus vecinos del reino animal.

Apenas hubieron partido, surgió de entre los arbustos una joven mujer cutáneamente empobrecida en melanina que se deslizó hasta el interior de la cabaña. Se llamaba Ricitos de Oro y llevaba varios días observando a los osos. Se trataba, dicho sea de paso, de una bióloga especializada en el estudio de osos antropomórficos. 

En otro tiempo, había ejercido como profesora, pero su agresiva y masculina actitud frente a la ciencia (era aficionada a desgarrar los tenues velos de la Naturaleza, exponiendo sus secretos, invadiendo su esencia y empleándola en beneficio de sus propios y egocéntricos propósitos para luego alardear de tales violaciones a través de colaboraciones en diversas revistas) la había llevado a su cese.

La vil bióloga en cuestión llevaba ya algún tiempo observando la cabaña. Su intención era implantar radiotransmisores en los osos y controlar posteriormente sus desplazamientos migratorios y vitales con total desprecio de su intimidad personal (o, mejor dicho, animal). 

Guiada únicamente por sus propósitos de espionaje científico, Ricitos de Oro allanó la cabaña de los osos. Tras penetrar en la cocina, aderezó sus cuencos de gachas con un sedante. A continuación, irrumpió en el dormitorio y dispuso trampas en las camas. 

Su plan consistía en drogar a los osos y aprovechar el momento en que se dispusieran a tenderse en sus respectivos lechos para atenazar lazos radiotransmisores en torno a sus cuellos tan pronto como depositaran la cabeza sobre la almohada.

Ricitos de Oro se rió entre dientes y pensó: «¡Estos osos han de ser mi pasaporte hacia la fama! ¡Ya les enseñaré yo a esos mentecatos de la universidad los arrestos que hacen falta para realizar una investigación como Dios manda!». A continuación, se agazapó en una esquina del dormitorio y esperó. Y siguió esperando, y esperó aún un rato más. Pero los osos tardaban tanto en regresar de su paseo que se quedó dormida.

Cuando los osos regresaron por fin, se sentaron dispuestos a consumir su desayuno, pero inmediatamente se detuvieron.

—¿No te da la sensación de que estas gachas están algo pasadas, Mamá? —preguntó Papá Oso.

—Sí —repuso Mamá Osa—, así es. ¿Y las tuyas, Criatura? ¿Te huelen como si estuvieran pasadas?

—Sí, es cierto —dijo el Pequeño Osito—. Huelen a producto químico.

Recelosos, se levantaron de la mesa y acudieron a la sala de estar. Papá Oso olfateó el aire y preguntó:

—¿Hueles algo, Mamá?

—Sí —afirmó Mamá Osa—. Sí huelo. ¿Hueles tú algo, Criatura?

—Sí —dijo el Pequeño Osito—. Sí huelo. Huelo un aroma acre, sudoroso y en absoluto limpio.

Cada vez más alarmados, se dirigieron al dormitorio, y Papá Oso preguntó:

—¿No es un lazo y un collar radiotransmisor lo que distingo bajo mi almohada, Mamá?

—En efecto —repuso Mamá Osa—. ¿Hay un lazo y un collar radiotransmisor bajo la mía, Criatura?

—¡Sí que los hay! —exclamó el Pequeño Osito—. ¡Y, además, puedo ver al ser humano que los ha puesto ahí!

Diciendo esto, el Pequeño Osito señaló el rincón en el que dormía Ricitos de Oro. Los tres comenzaron a gruñir y Ricitos de Oro se despertó sobresaltada. Poniéndose en pie de un brinco, trató de escapar, pero Papá Oso obstaculizó su huida de un zarpazo y Mamá Osa hizo lo propio. 

Reducida así Ricitos de Oro a una situación de incapacidad motora, Papá y Mamá Oso se abalanzaron sobre ella con uñas y dientes. Inmediatamente la engulleron y, al cabo de unos instantes, no quedaban de la rebelde bióloga otros vestigios que un mechón de cabellos rubios y su cuaderno de apuntes.

El Pequeño Osito contempló la escena estupefacto y, cuando todo hubo concluido, preguntó:

—Mamá, Papá, ¿qué habéis hecho? Pensaba que éramos todos vegetarianos.

—Y lo somos —eructó Papá Oso—, pero siempre estamos dispuestos a probar cosas nuevas. La flexibilidad no es sino una más de las muchas ventajas que encierra todo sistema de vida pluricultural.

Rapunzel - James Finn Garner

Érase una vez un calderero económicamente desfavorecido que vivía con su mujer. Su falta de bienestar material no debe dar a entender que el conjunto de los caldereros formen un grupo económicamente marginado, ni que, de ser así, merezcan sufrir dicha condición. 

Por más que en los cuentos infantiles clásicos el calderero represente el arquetipo de víctima propiciatoria, este individuo en particular era calderero de profesión y, sencillamente, se encontraba en una posición de desventaja económica.

El calderero y su mujer vivían en una diminuta casucha próxima a la modesta finca de una de las brujas de la localidad. Desde su ventana, podían admirar el jardín de la bruja, que ésta cuidaba meticulosamente en un repugnante intento por imponer sobre la Naturaleza nuestras nociones humanas de orden.

La mujer del calderero estaba embarazada y, mientras observaba el jardín de la bruja, comenzó a experimentar un apetito irresistible por las lechugas que ésta cultivaba. Suplicó al calderero que saltara la valla y le trajera algunas, y su esposo terminó por ceder a sus deseos: al caer la noche, saltó la valla y se apropió de unas cuantas lechugas. Sin embargo, antes de que pudiera regresar a su hogar, se vio sorprendido por la bruja.

Ahora bien, la bruja en cuestión era una persona de amabilidad sumamente limitada. (No pretendemos afirmar con ello que todas las brujas —ni siquiera algunas— lo sean, ni despojar a esta bruja en cuestión de su derecho a expresar su carácter natural, sea éste cual fuere. Antes bien, nos inclinamos por reconocer que dicho carácter se debía, sin duda, a numerosas circunstancias relacionadas con su educación y su entorno social que aquí, desgraciadamente, habremos de omitir por necesidades de espacio.)

Pero, como decíamos, la bruja era una persona de amabilidad notablemente limitada, por lo que el calderero experimentó un agudo temor cuando ella, asiéndole por el cuello, le preguntó: —¿A dónde vas con mis lechugas?

El calderero podría acaso haber discutido con ella los conceptos de la propiedad y haber argumentado que las lechugas «pertenecían» en buena ley a cualquiera que tuviera el hambre y el coraje suficientes como para apropiarse de ellas. Sin embargo, imploró piedad, sin importarle el degradante espectáculo que ofrecía con ello. —Ha sido culpa de mi mujer —gimió, de un modo característicamente machista—. Está embarazada y se ha encaprichado con sus espléndidas lechugas. Le ruego que me perdone la vida. Por más que el concepto de hogar regentado por un progenitor único resulta totalmente aceptable, le ruego que no me mate, pues con ello despojaría a mi retoño de una estructura familiar estable basada en el cuidado de ambos cónyuges.

La bruja caviló unos instantes y, a continuación, soltó al calderero y desapareció sin pronunciar palabra. El hombre recogió sus lechugas y regresó a su hogar con enorme alivio.

Pocos meses después, y tras terribles sufrimientos que los hombres nunca podrán apreciar debidamente, la mujer del calderero dio a luz a una hermosísima y saludable mujer de corta edad, a la que llamaron Rapunzel como referencia a un conocido género de lechugas.

Poco después, la bruja se presentó en el umbral de su puerta exigiendo que le fuera entregada la recién nacida a cambio de haber perdonado la vida del calderero cuando éste se introdujo en su jardín. ¿Qué podían hacer? La situación vital de impotencia que padecían siempre les había dejado a merced de cualquier forma de explotación, y en aquel momento no vieron otra alternativa posible. Entregaron a Rapunzel a la bruja y ésta se alejó a toda prisa.

La bruja llevó a la pequeña al corazón del bosque y la encerró en una elevada torre de evidente representación simbólica. Allí creció Rapunzel hasta convertirse en una mujer adulta. La torre carecía de puertas o escaleras, y tan sólo tenía una ventana en su parte superior. El único modo de acceder a la ventana era trepando por la larga y voluminosa cabellera de Rapunzel (una vez más, el simbolismo de todo ello debería resultar obvio).

La bruja era la única visitante de Rapunzel. Solía detenerse al pie de la torre y gritar:

«Rapunzel, Rapunzel, descuelga tu cabellera para que por ella ascienda, cual por dorada escalera.»

Y Rapunzel, obedientemente, dejaba caer su trenza. De este modo, y durante años, permitió que se explotara su cuerpo para satisfacer las necesidades de desplazamiento de otra persona. A la bruja le gustaba la música, y enseñó a Rapunzel a cantar. Juntas, pasaban largas horas cantando en la torre.

Pero un día, un príncipe pasó cerca de la torre y oyó el canto de Rapunzel. No obstante, al aproximarse a la fuente de aquel delicioso sonido avistó a la bruja y se ocultó entre los árboles junto con su equino acompañante. Desde su escondrijo, pudo ver cómo la bruja llamaba a Rapunzel, cómo ésta dejaba caer su trenza y cómo la bruja trepaba por ella. Y, nuevamente, llegó a sus oídos aquel canto hermosísimo. Finalmente, cuando la bruja abandonó la torre y desapareció en la distancia, el príncipe salió de los bosques y dijo:

«Rapunzel, Rapunzel, descuelga tu cabellera para que por ella ascienda, cual por dorada escalera.»

Inmediatamente, Rapunzel descolgó su trenza por la ventana y el príncipe trepó por ella.

Cuando el príncipe vio a Rapunzel, el atractivo físico de ésta —muy superior a la media— y sus cabellos largos y abundantes le llevaron a presumir (de un modo típicamente sexista) que su personalidad sería igualmente atrayente. (No pretendemos, con ello, sugerir que todos los príncipes juzguen a las personas únicamente por su aspecto, ni negarle a éste en particular su derecho a realizar tales presunciones. Remítase el lector a otras aclaraciones expresadas en párrafos anteriores.)

Y dijo el príncipe: —¡Oh, hermosa doncella! He oído vuestro canto mientras cabalgaba por las cercanías. Cantad de nuevo para mí, os lo ruego.

Rapunzel no sabía muy bien qué actitud adoptar ante aquella persona, ya que hasta entonces nunca había visto un hombre de cerca. Pensó que era una extraña criatura: de grandes dimensiones, rostro velludo y dotada de un poderoso olor acre. De algún modo inexplicable, Rapunzel se sintió extrañamente atraída por aquella mezcla y abrió la boca dispuesta a cantar. —¡Detente inmediatamente! —exclamó una voz procedente de la ventana.

¡La bruja había regresado! —¿Cómo... cómo habéis podido subir? —inquirió Rapunzel. —Ordené fabricar una segunda trenza para emplearla en caso de apuro —dijo la bruja con tono desenfadado—, y parece que tal es el caso. ¡Escúchame, príncipe! Construí esta torre para mantener a Rapunzel alejada de hombres como tú. Fui yo quien la enseñó a cantar y llevo años educando su voz. Se quedará aquí y no cantará para nadie más que para mí, ya que soy la única persona que realmente la ama. —Podemos discutir vuestros problemas de interdependencia más tarde —dijo el príncipe—. Antes quisiera oír a... ¿Rapunzel, se llama?... Querría oír cantar a Rapunzel. —¡NO! —chilló la bruja—. ¡Voy a arrojarte por la ventana sobre las zarzas que crecen bajo ella y así sus espinas te arrancarán los ojos y tendrás que vagar por la campiña maldiciendo tu mala suerte durante el resto de tus días! —Quizá te interese reconsiderar esa decisión —dijo el príncipe—. Verás, tengo en la industria discográfica buenos amigos a los que quizá les interesaría oír a... ¿Rapunzel, te llamabas? Tiene un estilo diferente... pegadizo, diría yo. —¡Lo sabía! ¡Quieres apartarla de mí! —No, no. Quiero que sigas adiestrándola, que la eduques... en calidad de representante —dijo el príncipe—. Luego, en su momento, digamos al cabo de una o dos semanas, podrás revelar su talento al mundo y nos embolsaremos la pasta.

La bruja vaciló unos instantes mientras sopesaba la propuesta, y su actitud se apaciguó visiblemente. A continuación, el príncipe y ella comenzaron a discutir contratos discográficos y derechos de vídeo, así como posibles ideas de comercialización, entre las que se incluían muñecas «Rapunzel»© de tamaño natural equipadas con sus propias Columnas Melódicas© estereofónicas en miniatura. 

Mientras les observaba, Rapunzel veía transformarse sus sospechas en una sensación de repugnancia. Durante años, sus cabellos se habían visto explotados para satisfacer las necesidades de desplazamiento de terceros, y ahora querían explotar también sus dotes vocales. «De modo que la avaricia es un vicio común a ambos sexos», pensó con un suspiro.

Rapunzel fue acercándose lentamente a la ventana sin ser vista y, una vez allí, se descolgó a lo largo de la segunda trenza hasta donde aguardaba el caballo del príncipe. A continuación, desenganchó la trenza y partió con ella al galope dejando que la bruja y el príncipe siguieran discutiendo sus derechos y porcentajes en el fálico torreón.

Rapunzel se dirigió a la ciudad y alquiló una habitación en un edificio provisto de escaleras como es debido. Posteriormente, creó una Fundación no lucrativa para el fomento de la Libre Proliferación de la Música, se cortó la cabellera y la donó a una subasta destinada a la recogida de fondos. 

Durante el resto de sus días, cantó gratuitamente en cafés y galerías de arte, negándose sistemáticamente a explotar, a cambio de dinero, el deseo de oírla cantar que pudieran experimentar otras personas.

Los tres cerditos - James Finn Garner

Había una vez tres cerditos que vivían juntos en armonía y mutuo respeto con el entorno que les rodeaba. Sirviéndose de los materiales propios de la zona que habitaban, se construyeron cada uno una hermosa casa. 

Un cerdito se la construyó de paja, otro de madera y el último de ladrillos fabricados a base de estiércol, arcilla y zarcillos y posteriormente cocidos en un pequeño horno. Al terminar, los tres cerditos se sintieron satisfechos de su labor y siguieron viviendo en paz e independencia.

Pero su idílica existencia no tardó en verse desbaratada. Un día, pasó por allí un enorme lobo malo con ideas expansionistas. Al ver a los cerditos, se sintió sumamente hambriento, tanto desde un punto de vista físico como ideológico. 

Cuando los cerditos vieron al lobo, se refugiaron en la casa de paja. El lobo corrió hasta ella y golpeó la puerta con los nudillos, gritando: —¡Cerditos, cerditos, dejadme entrar! 

Pero los cerditos respondieron: —Tus tácticas de bandidaje no te servirán para amedrentar a unos cerditos empeñados en la defensa de su hogar y su cultura.

Pero el lobo se negaba a renunciar a lo que consideraba su destino ineludible. En consecuencia, sopló y sopló hasta derribar la casa de paja. Los cerditos, atemorizados, corrieron a la casa de madera con el lobo pisándoles los talones. 

El solar en el que se había alzado la casa de paja fue adquirido por otros lobos para organizar una plantación bananera.

Al llegar a la casa de madera, el lobo volvió a golpear la puerta y gritó: —¡Cerditos, cerditos, dejadme entrar!

Pero los cerditos gritaron a su vez: —¡Vete al infierno, condenado tirano carnívoro e imperialista!

Al oír aquello, el lobo se rió condescendientemente para sus adentros. Pensó para sí: «Va a ser una lástima que tengan que desaparecer, pero no se puede interrumpir la marcha del progreso.»

A continuación, sopló y sopló hasta derribar la casa de madera. Los cerditos huyeron a la casa de ladrillo con el lobo pisándoles nuevamente los talones. 

Al solar que había ocupado la casa de madera acudieron otros lobos y fundaron una urbanización de recreo en multipropiedad destinada a lobos en período de vacaciones, diseñando cada unidad como una reconstrucción en fibra de vidrio de la antigua casa de madera e instalando tiendas de recuerdos típicos de la localidad, clubes de submarinismo y delfinarios.

El lobo llegó a la casa de ladrillos y, una vez más, comenzó a aporrear la puerta, gritando: —¡Cerditos, cerditos, dejadme entrar!

Esta vez, y a modo de respuesta, los cerditos entonaron cánticos de solidaridad y escribieron cartas de protesta a las Naciones Unidas.

Para entonces, al lobo comenzaba a irritarle la obcecación de los cerditos en su negativa a contemplar la situación desde una perspectiva carnívora, por lo que sopló y resopló y volvió a soplar hasta que, de repente, se aferró el pecho con las manos y se desplomó muerto como consecuencia de un infarto producido por el exceso de alimentos ricos en grasas.

Los tres cerditos celebraron el triunfo de la justicia y realizaron una breve danza en torno al cadáver del lobo. Su siguiente paso consistió en liberar sus tierras. 

Reunieron a un ejército de cerditos que se habían visto igualmente expulsados de sus propiedades y, con su nueva brigada de porcinistas, atacaron la urbanización con ametralladoras y lanzacohetes y dieron muerte a los crueles opresores lobunos, transmitiendo con ello un mensaje inequívoco al resto del hemisferio de no entrometerse en sus asuntos internos. 

A continuación, los cerditos fundaron un modelo de democracia socialista dotado de educación gratuita, un sistema universal de seguridad social y viviendas asequibles para todos.

Nota del autor: El lobo de este relato representa una imagen metafórica. Ningún lobo real ha sufrido daño alguno durante la redacción de esta historia.

El nuevo traje del emperador - James Finn Garner

Hace mucho tiempo, muy lejos de aquí, vivía un sastre itinerante que un día llegó a un país desconocido. Ahora bien, los sastres que acostumbran a desplazarse de un lugar a otro son personas por lo general reservadas que cuidan de no traspasar los límites de la comunidad. 

Aquel sastre, sin embargo, era un individuo hipergregario, además de limitado en cuanto a modestia se refiere, por lo que no tardó en vérsele en la taberna local abusando del alcohol, invadiendo el espacio privado del personal femenino y relatando ignorantes historias acerca de caldereros, recogedores de estiércol y otros comerciantes.

El tabernero se quejó a la policía, cuyos miembros detuvieron al sastre y le arrastraron a presencia del emperador. Como cabe esperar, toda una vida de convencimiento acerca de la absoluta legitimidad de la monarquía y la inherente superioridad de los varones habían convertido al emperador en un tirano fatuo e intelectualmente limitado. 

El sastre reconoció aquellas facetas de su carácter y decidió utilizarlas en provecho propio. —¿Deseas expresar alguna solicitud antes de que te destierre de mi reino para siempre? —le preguntó el emperador. —Tan sólo que Vuestra Majestad me conceda el honor de confeccionar un nuevo traje real —repuso el sastre—, ya que he traído conmigo un tejido especial tan raro y delicado que sólo puede ser visto por ciertas personas, precisamente por aquéllas que Vos querríais tener en vuestro reino: personas políticamente correctas, moralmente nobles, intelectualmente agudas y culturalmente tolerantes que no fuman, ni beben, ni encuentran diversión en las chanzas sexistas; personas que no ven demasiada televisión, que no escuchan música country y que no organizan barbacoas.

Tras un instante de reflexión, el emperador accedió a su propuesta. Se sentía halagado por el concepto —pleno de fascismo y testosterona— de que el Imperio y sus habitantes existían únicamente para mejorar su imagen. Sería como estar casado con una mujer bandera y multiplicar cien mil veces la sensación resultante.

Ni que decir tiene que el sutilísimo tejido en cuestión no existía. Tantos años de vida fuera de los límites de una sociedad normal habían facilitado al sastre el desarrollo de un código moral propio que le invitaba a estafar y a humillar al emperador en nombre de los artesanos independientes en general. 

Y así, a lo largo de su diligente tarea, pudo convencer al emperador de estar cortando y cosiendo piezas de tela que, desde el más estricto sentido objetivo de la realidad, no existían.

Cuando el sastre anunció que había terminado, el emperador acudió a contemplar su nuevo atavío frente al espejo. Quien le hubiera visto allí, desnudo como el día en que vino al mundo, habría podido comprobar que los años que había pasado explotando al campesinado le habían convertido en una repelente masa de carne fofa y blancuzca. 

Ni que decir tiene que el propio emperador también lo advirtió, si bien fingió que era perfectamente capaz de distinguir tan hermosa y políticamente correcta vestimenta. Inmediatamente, ordenó celebrar un desfile al día siguiente para lucir su nuevo esplendor.

A la mañana siguiente, sus súbditos se congregaron en las calles para contemplar el grandioso desfile. Para entonces, ya se había corrido la voz acerca del nuevo traje del emperador, visible únicamente por personas ilustradas y de sanas costumbres, y no había ciudadano que no hubiera resuelto aparentar más rectitud que cualquiera de sus vecinos.

El desfile comenzó con gran algarabía. A medida que el emperador paseaba su pálida, abotargada y patriarcal anatomía por la calle, todos se deshacían en exclamaciones de sorpresa y admiración ante la belleza de su nuevo traje. Todos, con la excepción de un niño pequeño, que gritó: —¡El emperador está desnudo! 

El desfile se detuvo. El emperador interrumpió su avance, y sobre la multitud se abatió un silencio sepulcral, hasta que un campesino de excelentes reflejos mentales exclamó: —¡No, no lo está! ¡Sencillamente, ha adoptado un estilo de vida alternativo en lo que se refiere a su atuendo! 

De la muchedumbre se elevó una ovación, y todos los presentes se despojaron de sus vestiduras y se pusieron a danzar bajo la luz del sol, tal y como para ello los había diseñado la naturaleza. A partir de aquel día, el país pasó a admitir aquel estilo alternativo de vestimenta, y el sastre, privado de su modo de vida, empaquetó su aguja y sus hilos y nunca más volvió a saberse de él.

Caperucita Roja - James Finn Garner

Erase una vez una persona de corta edad llamada Caperucita Roja que vivía con su madre en la linde de un bosque. Un día, su madre le pidió que llevase una cesta con fruta fresca y agua mineral a casa de su abuela, pero no porque lo considerara una labor propia de mujeres, atención, sino porque ello representaba un acto generoso que contribuía a afianzar la sensación de comunidad. Además, su abuela no estaba enferma; antes bien, gozaba de completa salud física y mental y era perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que era.

Así, Caperucita Roja cogió su cesta y emprendió el camino a través del bosque. Muchas personas creían que el bosque era un lugar siniestro y peligroso, por lo que jamás se aventuraban en él. Caperucita Roja, por el contrario, poseía la suficiente confianza en su incipiente sexualidad como para evitar verse intimidada por una imaginería tan obviamente freudiana.

De camino a casa de su abuela, Caperucita Roja se vio abordada por un lobo que le preguntó qué llevaba en la cesta. —Un saludable tentempié para mi abuela quien, sin duda alguna, es perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que es —respondió. 

—No sé si sabes, querida —dijo el lobo—, que es peligroso para una niña pequeña recorrer sola estos bosques.

Respondió Caperucita: —Encuentro esa observación sexista y en extremo insultante, pero haré caso omiso de ella debido a tu tradicional condición de proscrito social y a la perspectiva existencial —en tu caso propia y globalmente válida— que la angustia que tal condición te produce te ha llevado a desarrollar. Y ahora, si me perdonas, debo continuar mi camino.

Caperucita Roja enfiló nuevamente el sendero. Pero el lobo, liberado por su condición de segregado social de esa esclava dependencia del pensamiento lineal tan propia de Occidente, conocía una ruta más rápida para llegar a casa de la abuela. 

Tras irrumpir bruscamente en ella, devoró a la anciana, adoptando con ello una línea de conducta completamente válida para cualquier carnívoro. A continuación, inmune a las rígidas nociones tradicionales de lo masculino y lo femenino, se puso el camisón de la abuela y se acurrucó en el lecho.

Caperucita Roja entró en la cabaña y dijo: —Abuela, te he traído algunas chucherías bajas en calorías y en sodio en reconocimiento a tu papel de sabia y generosa matriarca. 

—Acércate más, criatura, para que pueda verte —dijo suavemente el lobo desde el lecho. 

—¡Oh! —repuso Caperucita— Había olvidado que visualmente eres tan limitada como un topo. Pero, abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes! 

—Han visto mucho y han perdonado mucho, querida. 

—Y, abuela, ¡qué nariz tan grande tienes!... relativamente hablando, claro está, y a su modo indudablemente atractiva. 

—Ha olido mucho y ha perdonado mucho, querida. 

—Y... ¡abuela, qué dientes tan grandes tienes!

Respondió el lobo: —Soy feliz de ser quien soy y lo que soy —y, saltando de la cama, aferró a Caperucita Roja con sus garras, dispuesto a devorarla.

Caperucita gritó; no como resultado de la aparente tendencia del lobo hacia el travestismo, sino por la deliberada invasión que había realizado de su espacio personal.

Sus gritos llegaron a oídos de un operario de la industria maderera (o técnico en combustibles vegetales, como él mismo prefería considerarse) que pasaba por allí. Al entrar en la cabaña, advirtió el revuelo y trató de intervenir. 

Pero apenas había alzado su hacha cuando tanto el lobo como Caperucita Roja se detuvieron simultáneamente. —¿Puede saberse con exactitud qué cree usted que está haciendo? —inquirió Caperucita.

El operario maderero parpadeó e intentó responder, pero las palabras no acudían a sus labios. 

—¡Se cree acaso que puede irrumpir aquí como un Neandertalense cualquiera y delegar su capacidad de reflexión en el arma que lleva consigo! —prosiguió Caperucita—
¡Sexista! ¡Racista! ¿Cómo se atreve a dar por hecho que las mujeres y los lobos no son capaces de resolver sus propias diferencias sin la ayuda de un hombre?

Al oír el apasionado discurso de Caperucita, la abuela saltó de la panza del lobo, arrebató el hacha al operario maderero y le cortó la cabeza. 

Concluida la odisea, Caperucita, la abuela y el lobo creyeron experimentar cierta afinidad en sus objetivos, decidieron instaurar una forma alternativa de comunidad basada en la cooperación y el respeto mutuos y, juntos, vivieron felices en los bosques para siempre.

El porquerizo - Hans Christian Andersen

Érase una vez un príncipe que andaba mal de dinero. Su reino era muy pequeño, aunque lo suficiente para permitirle casarse, y esto es lo que el príncipe quería hacer.

Sin embargo, fue una gran osadía por su parte el irse derecho a la hija del Emperador y decirle en la cara: -¿Me quieres por marido?-. Si lo hizo, fue porque la fama de su nombre había llegado muy lejos. Más de cien princesas lo habrían aceptado, pero, ¿lo querría ella?

Pues vamos a verlo.

En la tumba del padre del príncipe crecía un rosal, un rosal maravilloso; florecía solamente cada cinco años, y aun entonces no daba sino una flor; pero era una rosa de fragancia tal, que quien la olía se olvidaba de todas sus penas y preocupaciones. 

Además, el príncipe tenía un ruiseñor que, cuando cantaba, habríase dicho que en su garganta se juntaban las más bellas melodías del universo. Decidió, pues, que tanto la rosa como el ruiseñor serían para la princesa, y se los envió encerrados en unas grandes cajas de plata.

El Emperador mandó que los llevaran al gran salón, donde la princesa estaba jugando a «visitas» con sus damas de honor. Cuando vio las grandes cajas que contenían los regalos, exclamó dando una palmada de alegría:

- ¡A ver si será un gatito! -pero al abrir la caja apareció el rosal con la magnífica rosa.

- ¡Qué linda es! -dijeron todas las damas.

- Es más que bonita -precisó el Emperador-, ¡es hermosa!

Pero cuando la princesa la tocó, por poco se echa a llorar.

- ¡Ay, papá, qué lástima! -dijo-. ¡No es artificial, sino natural!

- ¡Qué lástima! -corearon las damas-. ¡Es natural!

- Vamos, no te aflijas aún, y veamos qué hay en la otra caja -, aconsejó el Emperador; y salió entonces el ruiseñor, cantando de un modo tan bello, que no hubo medio de manifestar nada en su contra.

- ¡Superbe, charmant! -exclamaron las damas, pues todas hablaban francés a cual peor.

- Este pájaro me recuerda la caja de música de la difunta Emperatriz -observó un anciano caballero-. Es la misma melodía, el mismo canto.

- En efecto -asintió el Emperador, echándose a llorar como un niño.

- Espero que no sea natural, ¿verdad? -preguntó la princesa.

- Sí, lo es; es un pájaro de verdad -respondieron los que lo habían traído.

- Entonces, dejadlo en libertad -ordenó la princesa; y se negó a recibir al príncipe.

Pero éste no se dio por vencido. Se embadurnó de negro la cara y, calándose una gorra hasta las orejas, fue a llamar a palacio.

- Buenos días, señor Emperador -dijo-. ¿No podríais darme trabajo en el castillo?

- Bueno -replicó el Soberano-. Necesito a alguien para guardar los cerdos, pues tenemos muchos.

Y así el príncipe pasó a ser porquerizo del Emperador. Le asignaron un reducido y mísero cuartucho en los sótanos, junto a los cerdos, y allí hubo de quedarse. Pero se pasó el día trabajando, y al anochecer había elaborado un primoroso pucherito, rodeado de cascabeles, de modo que en cuanto empezaba a cocer las campanillas se agitaban, y tocaban aquella vieja melodía:

¡Ay, querido Agustín, todo tiene su fin!

Pero lo más asombroso era que, si se ponía el dedo en el vapor que se escapaba del puchero, enseguida se adivinaba, por el olor, los manjares que se estaban guisando en todos los hogares de la ciudad. ¡Desde luego la rosa no podía compararse con aquello!

He aquí que acertó a pasar la princesa, que iba de paseo con sus damas y, al oír la melodía, se detuvo con una expresión de contento en su rostro; pues también ella sabía la canción del "Querido Agustín". Era la única que sabía tocar, y lo hacía con un solo dedo.

- ¡Es mi canción! -exclamó-. Este porquerizo debe ser un hombre de gusto. Oye, vete abajo y pregúntale cuánto cuesta su instrumento.

Tuvo que ir una de las damas, pero antes se calzó unos zuecos.

- ¿Cuánto pides por tu puchero? -preguntó.

- Diez besos de la princesa -respondió el porquerizo.

- ¡Dios nos asista! -exclamó la dama.

- Éste es el precio, no puedo rebajarlo -, observó él.

- ¿Qué te ha dicho? -preguntó la princesa.

- No me atrevo a repetirlo -replicó la dama-. Es demasiado indecente.

- Entonces dímelo al oído -. La dama lo hizo así.

- ¡Es un grosero! -exclamó la princesa, y siguió su camino; pero a los pocos pasos volvieron a sonar las campanillas, tan lindamente:

¡Ay, querido Agustín, todo tiene su fin!

- Escucha -dijo la princesa-. Pregúntale si aceptaría diez besos de mis damas.

- Muchas gracias -fue la réplica del porquerizo-. Diez besos de la princesa o me quedo con el puchero.

- ¡Es un fastidio! - exclamó la princesa -. Pero, en fin, poneos todas delante de mí, para que nadie lo vea.

Las damas se pusieron delante con los vestidos extendidos; el porquerizo recibió los diez besos, y la princesa obtuvo la olla.

¡Dios santo, cuánto se divirtieron! Toda la noche y todo el día estuvo el puchero cociendo; no había un solo hogar en la ciudad del que no supieran lo que en él se cocinaba, así el del chambelán como el del remendón. Las damas no cesaban de bailar y dar palmadas.

- Sabemos quien comerá sopa dulce y tortillas, y quien comerá papillas y asado. ¡Qué interesante!

- Interesantísimo -asintió la Camarera Mayor.

- Sí, pero de eso, ni una palabra a nadie; recordad que soy la hija del Emperador.

- ¡No faltaba más! -respondieron todas-. ¡Ni que decir tiene!

El porquerizo, o sea, el príncipe -pero claro está que ellas lo tenían por un porquerizo auténtico- no dejaba pasar un solo día sin hacer una cosa u otra. Lo siguiente que fabricó fue una carraca que, cuando giraba, tocaba todos los valses y danzas conocidos desde que el mundo es mundo.

- ¡Oh, esto es soberbio! -exclamó la princesa al pasar por el lugar.

- ¡Nunca oí música tan bella! Oye, entra a preguntarle lo que vale el instrumento; pero nada de besos, ¿eh?

- Pide cien besos de la princesa -fue la respuesta que trajo la dama de honor que había entrado a preguntar.

- ¡Este hombre está loco! -gritó la princesa, echándose a andar; pero se detuvo a los pocos pasos-. Hay que estimular el Arte -observó-. Por algo soy la hija del Emperador. Dile que le daré diez besos, como la otra vez; los noventa restantes los recibirá de mis damas.

- ¡Oh, señora, nos dará mucha vergüenza! -manifestaron ellas.

- ¡Ridiculeces! -replicó la princesa-. Si yo lo beso, también podéis hacerlo vosotras. No olvidéis que os mantengo y os pago-. Y las damas no tuvieron más remedio que resignarse.

- Serán cien besos de la princesa -replicó él- o cada uno se queda con lo suyo.

- Poneos delante de mí -ordenó ella; y, una vez situadas las damas convenientemente, el príncipe empezó a besarla.

- ¿Qué alboroto hay en la pocilga? -preguntó el Emperador, que acababa de asomarse al balcón. Y, frotándose los ojos, se caló los lentes-. Las damas de la Corte que están haciendo de las suyas; bajaré a ver qué pasa.

Y se apretó bien las zapatillas, pues las llevaba muy gastadas.

¡Demonios, y no se dio poca prisa!

Al llegar al patio se adelantó callandito, callandito; por lo demás, las damas estaban absorbidas contando los besos, para que no hubiese engaño, y no se dieron cuenta de la presencia del Emperador, el cual se levantó de puntillas.

- ¿Qué significa esto? -exclamó al ver el besuqueo, dándole a su hija con la zapatilla en la cabeza cuando el porquerizo recibía el beso número ochenta y seis.

- ¡Fuera todos de aquí! -gritó, en el colmo de la indignación. Y todos hubieron de abandonar el reino, incluso la princesa y el porquerizo.

Y he aquí a la princesa llorando, y al porquerizo regañándole, mientras llovía a cántaros.

- ¡Ay, mísera de mí! -exclamaba la princesa-. ¿Por qué no acepté al apuesto príncipe? ¡Qué desgraciada soy!

Entonces el porquerizo se ocultó detrás de un árbol, y, limpiándose la tizne que le manchaba la cara y quitándose las viejas prendas con que se cubría, volvió a salir espléndidamente vestido de príncipe, tan hermoso y gallardo, que la princesa no tuvo más remedio que inclinarse ante él.

- He venido a decirte mi desprecio -exclamó él-. Te negaste a aceptar a un príncipe digno. No fuiste capaz de apreciar la rosa y el ruiseñor, y, en cambio, besaste al porquerizo por una bagatela. ¡Pues ahí tienes la recompensa!

Y entró en su reino y le dio con la puerta en las narices. Ella tuvo que quedarse fuera y ponerse a cantar:

¡Ay, querido Agustín, todo tiene su fin!