Capítulo I
El abandono
Ni
el menor soplo de aire, ni una onda en la superficie del mar, ni una nube en el
cielo. Las espléndidas constelaciones del hemisferio austral se destacan con
una pureza incomparable.
Las velas de la Bounty cuelgan a lo largo de los
mástiles, el barco está inmóvil y la luz de la Luna, que se va perdiendo ante
las primeras claridades del alba, ilumina el espacio con un fulgor indefinible.
La Bounty, velero de doscientas quince toneladas con una tripulación compuesta
por cuarenta y seis hombres, había zarpado de Spithead, el 23 de diciembre de
1787, bajo las ordenes del capitán Bligh, un rudo pero experimentado marinero,
quien había acompañado al capitán Cook en su último viaje de exploración.
La
misión especial de la Bounty consistía en transportar a las Antillas el árbol
del pan, que tan profusamente crece en el archipiélago de Taití. Después de una
escala de seis meses en la bahía de Matavai, William Bligh, luego de haber
cargado el barco con un millar de estos árboles, había zarpado con rumbo a las
Indias occidentales, después de una corta estancia en las Islas de los Amigos.
Muchas
veces, el carácter receloso y violento del capitán había ocasionado más de un
incidente desagradable entre algunos de los oficiales y él. Sin embargo, la
tranquilidad que reinaba a bordo de la Bounty, al salir el sol, el 28 de abril
de 1789, no parecía presagiar los graves sucesos que iban a ocurrir. Todo
parecía en calma, cuando de repente una insólita animación se propaga por todo
el navío. Algunos marineros se acercan, intercambian dos o tres palabras en
baja voz, y luego desaparecen rápidamente.
¿Es
el relevo de la guardia de la mañana? ¿Algún accidente imprevisto se ha
producido a bordo?
–Sobre
todo no hagan ruido, mis amigos –dijo Fletcher Christian, el segundo de la
Bounty–. Bob cargue su pistola, pero no tire sin mi orden. Churchill, tome su
hacha y destruya la cerradura del camarote del capitán. Una última
recomendación: ¡Le necesito vivo!
Seguido
por una decena de marineros armados de sables, machetes y pistolas, Christian
se dirigió al entrepuente, luego de haber dejado a dos centinelas custodiando
los camarotes de Stewart y Peter Heywood, el contramaestre y el guardiamarina
de la Bounty. Se detuvo ante la puerta del camarote del capitán.
–Adelante,
muchachos –dijo– ¡derríbenla con los hombros!.
La
puerta cedió bajo una vigorosa presión y los marineros se precipitaron al
camarote.
Sorprendidos
primero por la oscuridad, y quizás luego pensando en la gravedad de sus actos,
tuvieron un momento de vacilación.
–¡Eh!
¿Quién anda ahí? ¿Quién se atreve a...? –exclamó el capitán mientras se bajaba
de su catre.
–¡Silencio,
Bligh! –contestó Churchill–. ¡Silencio y no intentes resistirte, o te amordazo!
–Es
inútil vestirse –agregó Bob–. ¡Siempre tendrás buen aspecto, aún cuando te
colguemos del palo de mesana!
–¡Ata
sus manos por detrás de su espalda, Churchill –dijo Christian–, y súbele hacia
el puente!
–Los
capitanes más terribles se convierten en poco peligrosos, una vez que uno
conoce como tratarles –observó John Smith, el filósofo del grupo–.
Entonces
el grupo, sin preocuparse de despertar a los marineros de la última guardia,
aún dormidos, subieron la escalera y reaparecieron sobre el puente. Era un
motín con todas las de la ley. Sólo uno de los oficiales de a bordo, Young, un
guardiamarina, había hecho causa común con los amotinados.
En
cuanto a los hombres de la tripulación, los vacilantes habían cedido por el
momento a la dominación, mientras los otros, sin armas y sin jefe, permanecían
como espectadores del drama que iba a tener lugar ante sus ojos.
Todos
estaban en el puente, formados en silencio. Observaban el aplomo de su capitán
que, medio desnudo, avanzaba con la cabeza alta por el medio de aquellos
hombres acostumbrados a temblar ante él.
–Bligh
–dijo Christian, duramente–, queda destituido de su mando.
–No
reconozco su derecho... –contestó el capitán.
–No
perdamos el tiempo en protestas inútiles –exclamó Christian interrumpiendo a
Bligh. Soy, en este momento, la voz de toda la tripulación de la Bounty. Apenas
habíamos zarpado de Inglaterra, cuando ya tuvimos que soportar sus insultantes
sospechas, sus procedimientos brutales.
Cuando digo nosotros, me refiero tanto
a los oficiales como a los marineros. ¡No sólo nunca pudimos obtener la
satisfacción de ver cumplidas nuestras demandas, sino que siempre las rechazaba
con desprecio! ¿Somos acaso perros, para ser injuriados en todo momento?
¡Canallas, bandidos, mentirosos, ladrones! ¡No había expresión grosera que no
nos dirigiese! ¡En verdad, sería necesario no ser un hombre para soportar tal
tipo de vida!
Y yo, yo que soy su compatriota, yo que conozco su familia, yo
que he navegado dos veces bajo sus órdenes, ¿me ha respetado? ¿No me acusó ayer
nuevamente, de haberle robado unas miserables frutas? ¡Y los hombres! Por una
pequeñez, ¡los grilletes! Por una nimiedad, ¡veinticuatro azotes! ¡Pues bien!
¡Todo se paga en este mundo! ¡Fue muy liberal con nosotros, Bligh! ¡Ahora es
nuestro turno! ¡Sus injurias, sus injusticias, sus dementes acusaciones, sus
torturas morales y físicas con las que ha agobiado a su tripulación desde hace
más de un año y medio, las va a expiar, y a expiarlas duramente! Capitán, ha
sido juzgado por aquéllos a los cuales ha ofendido y usted ha sido condenado
¿No es así, camaradas?
–¡Sí,
sí, que muera! –exclamaron la mayoría de los marineros, mientras amenazaban a
su capitán.
–Capitán
Bligh –continuó Christian–, algunos me han hablado de suspenderle en el aire,
sujetado por el extremo de una cuerda; otros propusieron desgarrarle la espalda
con el gato de las nueve colas, hasta que la muerte sobreviniera. Les faltó
imaginación. Yo encontré algo mejor que eso. Además, usted no ha sido el único
culpable aquí. Aquéllos que siempre han ejecutado sus órdenes fielmente, por
crueles que fuesen, estarían desesperados de estar bajo mi mando. Ellos merecen
ir junto a usted donde el viento los lleve. ¡Que traigan la chalupa!
Un
murmullo de desaprobación acogió las últimas palabras de Christian que no
pareció preocuparse mucho por la reacción de los marineros. El capitán Bligh,
al cual estas amenazas no llegaron a perturbar, se aprovechó de un momento de
silencio para tomar la palabra.
–Oficiales
y marineros –dijo con voz firme–, en mi calidad de oficial de la marina real, y
capitán de la Bounty, protesto contra el tratamiento que se me quiere dar. Si
desean quejarse sobre la manera en que he ejercido mi mandato, pueden juzgarme
en una corte marcial.
Pero no han pensado, probablemente, en la gravedad del
acto que ustedes van a ejecutar. ¡Atentar contra el capitán es rebelarse contra
la ley, imposibilitar vuestro regreso a la patria, ser considerados piratas¡
¡Más tarde o más temprano les sobrevendrá la muerte ignominiosa, la muerte que
se le depara a los traidores y los rebeldes! ¡En el nombre del honor y la
obediencia que me juraron, les pido que cumplan su deber!
–Nosotros
sabemos perfectamente a lo que nos exponemos –respondió Churchill.
–¡Suficiente!
¡Suficiente! –gritaron a coro los hombres de la tripulación, preparándose para
pasar de las palabras a los hechos.
–¡Bien
–dijo Bligh–, si necesitan a una víctima, ese soy yo, pero yo solamente!
¡Aquellos compañeros que ustedes condenan junto conmigo, sólo ejecutaron mis
órdenes!
La
voz del capitán fue ahogada por un concierto de vociferaciones. Bligh tuvo que
renunciar a la idea de poder conmover a estos corazones que se habían
convertido en despiadados.
Mientras,
se habían tomado todas las medidas necesarias para que las órdenes de Christian
fuesen ejecutadas.
Sin
embargo, un intenso debate había surgido entre el segundo a bordo y algunos de
los amotinados que querían abandonar en el mar al capitán Bligh y a sus
compañeros sin darles un arma y sin apenas dejarles una onza de pan.
Algunos –y
esta era la opinión de Churchill– manifestaron que el número de los que tenían
que abandonar la nave no era lo suficientemente considerable. Era necesario
deshacerse también de aquellos hombres que al no haber intervenido directamente
en la rebelión, no estaban seguro de sus opiniones.
No se podría contar con
aquellos que se contentaban con aceptar los hechos consumados. En cuanto a él,
aún sentía en su espalda los dolores provocados por los azotes recibidos al
haber tratado de desertar en Taití. ¡La mejor, la más rápida forma de curarse,
sería entregándole al capitán a él!... ¡Él sabría como tomar venganza por su
propia mano!
–¡Hayward!
¡Hallett! –gritó Christian, dirigiéndose a dos de los oficiales, sin tener en
cuenta las observaciones de Churchill–, desciendan a la chalupa.
–¿Que
le hice, Christian, para que usted me trate así? – dijo Hayward. ¡Es a la
muerte a la que me envía!
–¡Las
recriminaciones son inútiles! ¡Obedezca, o si no!... Fryer, embarque usted
también.
Pero
estos oficiales, en lugar de dirigirse hacia la chalupa, se acercaron al
capitán Bligh, y Fryer que parecía ser el más determinado de todos se dirigió
hacia él diciéndole:
–¿Capitán,
quiere usted intentar retomar el barco? Nosotros no tenemos arma alguna, es
cierto, pero estos amotinados sorprendidos no podrán resistir. ¡Si algunos de
nosotros resulta muerto, eso no importaría! ¡Se puede intentar! ¿Qué le parece?
Ya
los oficiales habían tomado las disposiciones necesarias para lanzarse contra
los amotinados, que estaban ocupados en desmontar las chalupas, cuando
Churchill, a quien esta conversación por rápida que fuera, no se le había
escapado, les rodeó con varios hombres bien armados y les obligó a embarcar.
–¡Millward,
Muspratt, Birket, y ustedes –dijo Christian mientras se dirigía a algunos de
los marineros que no habían tomado parte en el motín–, vayan al entrepuente y
escojan lo que consideren más útil! ¡Ustedes acompañarán al capitán Bligh! ¡Tú,
Morrison, vigila a estos tunantes! Purcell, tome sus herramientas de
carpintero. Se las permito llevar. Dos mástiles con sus velas, algunos clavos,
una sierra, un pequeño pedazo de lona, cuatro pequeños envases que contenían
unos ciento veinticinco litros de agua, ciento cincuenta libras de galleta,
treinta y dos libras de carne de cerdo salada, seis botellas de vino, seis
botellas de ron y la caja de licores del capitán. Esto fue todo lo que los
abandonados pudieron llevar. Además
llevaban dos o tres sables viejos, pero se les negó llevar cualquier tipo de
armas de fuego.
–¿Dónde
están Heywood y Steward? –preguntó Bligh, cuando se encontraba en la chalupa–
¿Ellos también me traicionaron?.
Ellos
no le habían traicionado, pero Christian había decidido dejarlos a bordo. El
capitán tuvo un momento de desaliento y de debilidad perfectamente perdonable,
que no duró mucho tiempo.
–¡Christian
–dijo–, le doy mi palabra de honor de olvidarme de todo lo que ha ocurrido, si
usted renuncia a su abominable proyecto! ¡Se lo imploro, piense en mi mujer y
mi familia! ¡Muerto yo, qué será de todos los míos!
–Si
usted hubiera tenido honor –respondió Christian–, las cosas no habrían llegado
a este punto. ¡Si usted hubiera pensado más a menudo en su mujer, en su
familia, en las mujeres y en las familias de los otros, usted no habría sido
tan duro, tan injusto con todos nosotros!
A
su turno, el excapitán, en el momento de embarcar, estaba intentando convencer
a Christian.
Era
en vano.
–Hace
mucho tiempo que sufro –contestó este último con amargura–. ¡No sabe cuales han
sido mis torturas! ¡No! ¡Esto no podía durar un día más. Además, usted no
ignora que durante todo el viaje, yo, el segundo al mando de este navío, he
sido tratado como un perro! Sin embargo, al separarme del capitán Bligh, al que
probablemente no volveré a encontrar jamás, deseo, por una cuestión de
misericordia, no quitarle toda esperanza de salvación. ¡Smith! ¡Desciende al
camarote del capitán y trae su vestimenta, su diario y su cartera. Además,
entrégale mis tablas náuticas y mi propio sextante. ¡Tendrá la oportunidad de
poder salvar a sus compañeros y salir del apuro él mismo!
Las
órdenes de Christian fueron ejecutadas, no sin antes generar alguna protesta.
–¡Y
ahora, Morrison, suelte la amarra –gritó el segundo de a bordo devenido
primero–, y que Dios vaya con ustedes!
Mientras
que los amotinados con sus irónicas expresiones despedían al capitán Bligh y a
sus infelices compañeros, Christian, apoyado en la borda, no podía quitar los
ojos de la chalupa que se alejaba. Este bravo oficial, de conducta, hasta
entonces fiel y franca, había merecido los elogios de todos los capitanes a los
cuales había servido y ahora se había convertido en el jefe de una banda de
piratas. No estaría permitido para él volver a ver a su vieja madre, ni a su
novia, ni las playas de la isla de Man, su patria. ¡Su autoestima había caído
en un profundo vacío, deshonrada a los ojos de todos! ¡El castigo seguía ya a
la falta!
Capítulo II
Los abandonados
Con
sus dieciocho pasajeros, oficiales y marineros y las escasas provisiones que
contenía, la chalupa que transportaba a Bligh estaba tan cargada, que apenas
sobresalía unas quince pulgadas sobre el nivel del mar. Con una longitud de
veintiún pies y un ancho de seis, la chalupa parecía estar especialmente
apropiada para el servicio de la Bounty; pero, para contener una tripulación
tan numerosa, para hacer un viaje un poco largo, era difícil encontrar alguna
embarcación más detestable.
Los
marineros, confiados en la energía y la habilidad del capitán Bligh y de los
oficiales que compartían su misma suerte, remaban vigorosamente, haciendo
avanzar a la chalupa rápidamente sobre las olas del mar. Bligh no tenía dudas
sobre la conducta a seguir. Era necesario, en primer lugar, volver lo antes
posible a la isla Tofoa que era la más cercana del grupo de las islas de los
Amigos, de la cual habían salido algunos días antes; allí era necesario
recolectar los frutos del árbol del pan, renovar la provisión de agua y luego
dirigirse a Tonga-Tabú. Probablemente se podrían abastecer de provisiones en
cantidades suficientes como para intentar la travesía hasta los
establecimientos holandeses de Timor, si, debido a la hostilidad de los
indígenas, no pudieran hacer escala en algunos de los innumerables
archipiélagos existentes en esa ruta.
El
primer día transcurrió sin incidentes y al anochecer fueron avistadas las
costas de Tofoa. Desafortunadamente, la costa era tan rocosa y la playa tenía
tantos escollos, que no era posible desembarcar de noche por ese lugar. Era
necesario esperar al próximo día.
Bligh,
a menos que hubiera una necesidad apremiante, no quería consumir las
provisiones de la chalupa. Por tanto, era necesario que la isla alimentara a
sus hombres y a él. Pero esto parecía ser algo difícil, ya que al desembarcar
no encontraron rastro alguno de habitantes. Algunos, sin embargo, no demoraron
en aparecer, y al ser bien recibidos, llegaron otros, que les ofrecieron un
poco de agua y algunas nueces de coco.
La
turbación de Bligh era grande. ¿Qué decirles a estos indígenas que ya habían
comerciado con la Bounty durante su última escala? Antes que nada, lo que más
importaba era ocultarles la verdad con el objetivo de no destruir el prestigio que los extranjeros habían adquirido en estas islas. ¿Decirles que venían en
busca de provisiones y que la tripulación del barco los esperaban de vuelta?
¡Imposible! ¡La Bounty no era visible, incluso ni desde la más alta de las
colinas! ¿Decirles que la nave había naufragado y que ellos eran los únicos
sobrevivientes? Era quizás lo más verosímil. Quizás esto les conmovería y les
animaría a completar las provisiones de la chalupa. Bligh se decidió por esta
última explicación, sabiendo que era peligrosa, y se puso de acuerdo con sus
hombres de manera que todos contaran la misma historia.
Mientras
los indígenas escuchaban la narración, no eran visibles en ellos ni señales de
alegría ni signos de tristeza. Su cara sólo expresaba un profundo asombro y fue
imposible conocer cuáles eran sus verdaderos pensamientos. El 2 de mayo, la cantidad de indígenas
provenientes de otras partes de la isla aumentó de una manera considerable y
Bligh pronto comenzó a notar que sus intenciones eran hostiles. Algunos
trataron de varar la embarcación en la playa y sólo se retiraron ante las
enérgicas demostraciones del capitán que les amenazaba con su machete. Mientras
esto ocurría, algunos de los hombres que Bligh había enviado en busca de
provisiones, regresaban con tres galones de agua.
El
momento de abandonar esta isla inhospitalaria había llegado. Al atardecer,
todos estaban listos, aún cuando no sería fácil llegar hasta la chalupa. La
playa estaba cubierta por una gran cantidad de indígenas que hacían chocar
entre sí algunas piedras, que estaban listas para ser lanzadas. Por tanto, era
necesario que la chalupa estuviera cerca de la playa y disponible en el momento
en que los hombres estuvieran listos para embarcar. Los ingleses, seriamente
preocupados por la actitud hostil de los indígenas, se dirigieron a la playa,
rodeados por doscientos salvajes, que sólo esperaban una señal para comenzar el
ataque.
Sin embargo, afortunadamente, todos habían embarcado en la chalupa y
fue entonces cuando uno de los marineros, llamado Bancroft, tuvo la fatal idea
de regresar a la playa para recoger un objeto olvidado. En un instante, este
imprudente fue rodeado y recibido por los indígenas con una andanada de
piedras, sin que sus compañeros, que no poseían armas de fuego, pudieran
rescatarlo. Además, en ese propio momento, también ellos comenzaron a ser
atacados con una lluvia de piedras.
–¡Adelante,
muchachos –gritó Bligh–, de prisa, a los remos y remen fuerte!
Los
indígenas, entonces, se adentraron en el mar y comenzaron a lanzar una andanada
de piedras sobre la embarcación. Algunos hombres fueron heridos. Pero Hayward,
recogió una de las piedras que habían caído dentro de la chalupa y se la lanzó
a uno de los asaltantes en medio de los dos ojos. El indígena cayó de espaldas
dando un gran grito, al cual respondieron los hurras de los ingleses. Su
infortunado camarada había sido vengado.
Mientras
tanto, varias canoas aparecieron de inmediato en la playa y comenzó la caza.
Esta persecución podía haber terminado en una lucha en la cual su resultado no
parecía ser el más exitoso. Fue entonces cuando el oficial mayor de la
tripulación tuvo una idea luminosa. Sin sospechar que estaba imitando a
Hipómenes en su lucha con Atalanta,
se despojó de su chaqueta y la lanzó al mar. Los indígenas, a la vista de una
posible presa, se detuvieron para recogerla, y esto tiempo fue aprovechado por
la chalupa para doblar la punta de la bahía.
Mientras,
la noche había caído y los indígenas, ya sin esperanzas, abandonaron la
persecución de la chalupa.
Esta
primera tentativa de desembarco no había tenido un resultado feliz y la opinión
de Bligh era la de no volver a intentarlo.
–Ha
llegado el momento de tomar una decisión –dijo –. Los sucesos ocurridos en
Tofoa volverán a ocurrir, probablemente, en Tonga-Tabú, y en cualquier lugar
donde pretendamos entrar. Numéricamente débiles y sin armas de fuego, estaremos
absolutamente a merced de los indígenas. Sin objetos de intercambio, no podemos
comprar provisiones y nos es imposible conseguirlas mediante la fuerza. Por
tanto sólo dependemos de nuestros propios recursos. Sin embargo, ustedes
conocen, amigos míos, tan bien como yo, cuán miserables son ellos. ¿No es mejor
conformarse con lo que tenemos y no arriesgar, en cada desembarco, la vida de
muchos de nosotros?
Sin embargo, no quiero ocultarles el horror de nuestra
situación. ¡Para llegar a Timor, tendremos que viajar unas mil doscientas
millas y tendremos que contentarnos diariamente con una onza de galleta y un
cuarto de pinta de agua! Este es el precio de la salvación, contando además que
encontraré en ustedes la más absoluta obediencia. ¡Respóndanme sin segundas
intenciones! ¿Están de acuerdo en llevar esta empresa hacía delante? ¿Juran
ustedes obedecer mis órdenes, cualquiera que ellas sean? ¿Prometen someterse
sin protestar a estas privaciones?
–¡Sí,
sí, lo juramos! –exclamaron a una sola voz los compañeros de Bligh.
–¡Mis
amigos –dijo el capitán–, es necesario también olvidar nuestros recíprocos
resentimientos, nuestras antipatías y nuestros odios, en una palabra,
sacrificar nuestros rencores personales al interés de todos, que es lo que debe
guiarnos!
–Lo
prometemos.
–Si
ustedes cumplen su palabra –agregó Bligh–, y si fuera necesario sabré como
obligarles a cumplirla, respondo de nuestra salvación.
La
chalupa puso entonces rumbo al oeste-noroeste. El viento, que soplaba fuerte,
desató una gran tormenta en la noche del 4 de mayo. Las olas eran tan altas,
que la embarcación desaparecía entre ellas y parecía no poder sostenerse a
flote. El peligro aumentaba a cada instante. Empapados y helados, los pobres
desgraciados, aquel día, solo tuvieron para reconfortarse una copa de ron y la
cuarta parte del fruto de un árbol del pan casi podrido.
Al
siguiente día y durante los días siguientes, la situación no cambió. La
embarcación pasó en medio de innumerables islas, en las cuales se divisaban
algunas piraguas.
¿Estaban
éstas preparadas para darles caza, o para traficar? Debido a la duda, hubiera
sido imprudente haberse detenido. Además la chalupa, cuyas velas se hinchaban
debido al fuerte viento, pronto se alejaba a una buena distancia. El 9 de mayo,
se desató una terrible tormenta. El trueno y los relámpagos se sucedían sin
interrupción. La lluvia caía con tanta fuerza, que las más violentas tormentas
de nuestros climas no pudieran dar una idea exacta de la magnitud de esta.
Era
imposible que la ropa se secara. Bligh, entonces, tuvo la idea de mojar sus
vestimentas con el agua del mar y llenarlas de sal, con el propósito de
devolver a la piel, el calor quitado por la lluvia. Sin embargo, estas
torrenciales lluvias que causaron tantos sufrimientos al capitán y a sus
compañeros, les salvaron de una de las torturas más horribles, las torturas de
la sed, que un insoportable calor hubiera pronto provocado. El 17 de mayo, en
la mañana, luego de una espantosa tormenta, las lamentaciones llegaron a ser
unánimes.
–¡No
tendremos fuerzas para llegar a Nueva Holanda! –exclamaron los pobres
desgraciados. Calados por la lluvia, agotados por el cansancio, no tendremos
jamás un momento de descanso! Estamos casi muertos de hambre, ¿no aumentará
usted nuestras raciones, capitán? ¡Poco importa que nuestras provisiones se
agoten! ¡Las repondremos fácilmente cuando lleguemos a Nueva Holanda!
–Me
niego –contestó Bligh–. Hacerlo implicaría actuar como un loco. ¡Cómo! ¡Hemos
recorrido la mitad de la distancia que nos separa de Australia, y ya ustedes no
abrigan esperanzas! ¿Creen, además, que podremos encontrar provisiones
fácilmente en las costas de Nueva Holanda? No conocen ni el país ni a sus
habitantes.
Y
Bligh comenzó a describir a grandes rasgos las características del suelo, las
costumbres de los indígenas, lo que relató fue una parte de todas las cosas que
había llegado a conocer en su viaje con el capitán Cook. Por esta vez, sus
compañeros de infortunio le escucharon y permanecieron callados. Los quince
días siguientes fueron animados por un claro sol que les permitió secar sus
vestimentas. El 27 fue divisada la costa oriental de Nueva Holanda. El mar
estaba tranquilo, bajo este cinturón madrepórico y algunos grupos de islas de
exótica vegetación, hacían agradable la vista.
Desembarcaron en la isla,
avanzando con suma precaución. Las únicas huellas encontradas que denotaban la
presencia de los indígenas fueron restos de hogueras, hechas mucho tiempo atrás.
Por tanto era posible pasar una buena noche en tierra. Pero era necesario
comer. Afortunadamente uno de los marineros descubrió un banco de ostras. Era
un obsequio real.
Al
día siguiente, Bligh encontró en la chalupa un cristal de aumento, un eslabón y
azufre. Por tanto fue posible hacer fuego, y con él se cocieron algunos
moluscos y pescados.
Bligh
planeó dividir la tripulación en tres escuadras. Una de ellas debía poner en
orden la embarcación; las otras dos debían ir en busca de provisiones. Pero
varios hombres se quejaron con amargura, declarando que era mejor cenar que
aventurarse hacia el interior de la isla.
Uno
de ellos, más violento o más irritado que sus camaradas, llegó a decirle al
capitán:
–¡Un
hombre vale lo mismo que otro, y no veo porqué siempre está descansando! ¡Si
tiene hambre, vaya y busque algo que comer! ¡Lo que hace aquí, yo también lo
puedo hacer!
Bligh,
comprendiendo que este intento de motín debía ser detenido al momento, tomó uno
de los machetes y lanzando otro a los pies del rebelde, le gritó:
–¡Defiéndete,
o te mato como a un perro!.
Esta
enérgica actitud hizo replegarse al rebelde, y el descontento general se calmó.
Durante esta escala, la tripulación de la chalupa recolectó una gran cantidad
de ostras, moluscos e hizo acopio de agua dulce.
Un
poco después, de los dos destacamentos enviados a la caza de las tortugas y los
nodis,
el primero regresó con las manos vacías; el segundo había cazado seis nodis, y
hubieran atrapado más si uno de los cazadores, al apartarse de los demás, no
las hubiese espantado. Este hombre confesó, más tarde, que había capturado
nueve de aquellos volátiles y que se los había comido crudos inmediatamente.
Sin
las provisiones y el agua dulce, que habían recogido en la costa de Nueva
Holanda, era seguro que Bligh y sus compañeros hubieran perecido. Además, todos
estaban en un estado miserable, flacos, demacrados, exhaustos. Eran reales
cadáveres.
El
viaje por mar, para llegar a Timor, resultó ser la dolorosa repetición de los
sufrimientos ya soportados por estos pobres desgraciados antes de alcanzar las
costas de Nueva Holanda. Solamente, la fuerza de resistencia había disminuido a
todos, sin excepción. Después de algunos días, sus piernas permanecieron
hinchadas.
En
este estado de debilidad extrema, fueron agobiados por un incesante deseo de
dormir. Eran las señales iniciales de un final que no podía retrasarse mucho
más. Bligh, advirtiendo esta situación, distribuyó doble ración a aquellos que
se encontraban más débiles y procuró darles un poco de esperanza.
Finalmente,
en la mañana del 12 de junio, la costa de Timor apareció, después de una
travesía de tres mil seiscientas dieciocho millas recorridas en las más
difíciles condiciones. La bienvenida que los ingleses recibieron en Cupang fue
de las mejores. Permanecieron en la ciudad durante dos meses para recuperarse.
Luego, Bligh, que había comprado una pequeña goleta, llegó a Batavia, desde
donde embarcó para Inglaterra.
Fue
el 14 de marzo de 1790 cuando los abandonados desembarcaron en Portsmouth. La
narración de las torturas que habían soportado alentó la simpatía de muchas
personas y la indignación de todas las personas de buen corazón. Casi
inmediatamente, el Almirantazgo procedió a armar la fragata La Pandora, de
veinticuatro cañones y una tripulación de ciento sesenta hombres y la envió en
persecución de los amotinados de la Bounty.
Ahora
se verá en lo que se habían convertido.
Capítulo III
Los amotinados
La
Bounty, después de haber abandonado al capitán Bligh partió hacia Taití. Ese
mismo día, avistaron Tubuai. El agradable aspecto de esta pequeña isla, rodeada
de una gran cantidad de piedras madrepóricas, invitaba a Christian a
desembarcar; pero las demostraciones de los habitantes parecían muy
amenazadoras y no se efectuó el desembarco.
Fue
el 6 de junio de 1789 cuando anclaron en la bahía de Matavai. La sorpresa de
los taitianos fue grande al reconocer la Bounty. Los amotinados encontraron
allí a los indígenas con los que habían comerciado durante una escala anterior,
y ellos les contaron una historia, en la cual mezclaron el nombre del capitán
Cook, del cual los taitianos habían conservado el mejor recuerdo.
El 29 de
junio, los amotinados partieron nuevamente hacia Tubuai y comenzaron a buscar
alguna isla que estuviera situada fuera de la ruta habitual de los barcos, cuyo
suelo fuera lo suficientemente fértil para alimentarles, y en la cual pudieran
vivir en completa seguridad.
Vagaron
de archipiélago en archipiélago, cometiendo toda clase de saqueos y violencias,
que la autoridad de Christian podía raramente impedir. Luego, cansados de
buscar, fueron atraídos por la fertilidad de Taití, por las sencillas y
pacíficas costumbres de sus habitantes, retornaron a la bahía de Matavai. Allí,
las dos terceras partes de la tripulación descendieron inmediatamente a tierra.
Pero, en la tarde del propio día, la Bounty levó el ancla y desapareció, antes
de que los marineros que habían desembarcado comenzaran a sospechar la
intención de Christian de partir sin ellos.
Abandonados a su propia suerte,
estos hombres se establecieron sin muchos problemas en diferentes distritos de
la isla. Stewart, el contramaestre y Peter Heywood, el guardiamarina, los dos
oficiales a quienes Christian había excluido del castigo impuesto contra Bligh
y que habían sido retenidos en contra de sus voluntades, permanecieron en
Matavai cerca del rey Tippao, donde poco después Stewart esposó a la hermana.
Morrison y Millward se presentaron ante el jefe Peno, que les dio la
bienvenida.
En cuanto a los otros marineros, penetraron al interior de la isla
y no tardaron en casarse con algunas taitianas. Churchill y un loco furioso
llamado Thompson, después de haber cometido todo tipo de crímenes, riñeron.
Churchill murió en esta lucha y Thompson fue apedreado por los indígenas. Así
perecieron dos de los amotinados que habían tomado la parte más activa en la
rebelión. Los otros, al contrario, por su buena conducta, se ganaron la estima
de los taitianos.
Sin embargo, Morrison y Millward veían siempre el castigo
pendiendo sobre sus cabezas y no podían vivir tranquilos en esta isla donde
hubieran sidos fácilmente descubiertos. Entonces, tuvieron la idea de construir
una embarcación, sobre la cual tratarían de llegar a Batavia, con el propósito
de unirse al mundo civilizado.
Con ocho de sus compañeros y con herramientas de
carpintero, consiguieron, después de ardua labor, construir un pequeño velero
que llamaron La Resolución, y lo fondearon en una bahía ubicada detrás de una
de las puntas de la isla, llamada punta de Venus. Pero la imposibilidad
absoluta de proveerse de velas les impidieron hacerse a la mar. Durante este
tiempo, convencidos de su inocencia, Stewart cultivó un jardín y Peter Heywood
reunió los materiales de un vocabulario que fue, más tarde, muy útil a los
misioneros ingleses.
Sin
embargo, dieciocho meses habían transcurrido cuando, el 23 de marzo de 1791, un
velero bordeó la punta de Venus y se detuvo en la bahía Matavai. Era La
Pandora, que había sido enviada por el almirantazgo inglés, en persecución de
los amotinados.
Heywood
y Stewart se apresuraron en subir a bordo, dijeron sus nombres y funciones,
declarando que no habían tomado parte en el motín; pero no se les creyó y
fueron encadenados inmediatamente, así como a todos sus compañeros, sin
averiguar más detalles. Tratados con la inhumanidad más indignante, cargados de
cadenas, amenazados con ser fusilados si usaban la lengua taitiana para
conversar entre ellos, fueron encerrados en una jaula de once pies de largo,
ubicada en la extremidad del castillo de popa, al cual un aficionado de la
mitología identificó con el nombre de "caja de Pandora"
El 19 de
mayo, La Resolución que había sido proveída de velas y La Pandora se hicieron a
la mar. Durante tres meses, estos dos veleros cruzaron a través del archipiélago
de los Amigos, donde se suponía que Christian y el resto de los amotinados
pudieran haber buscado refugio. La Resolución, de un débil calado, había
prestado eficaces servicios durante esta travesía; pero desapareció en las
vecindades de la isla Chatam y aunque La Pandora permaneció durante varios días
buscando el velero, nunca más se oyó hablar de La Resolución, ni de los cinco
marineros que se encontraban a bordo.
La
Pandora había tomado el camino a Europa con sus prisioneros, cuando en el
estrecho de Torres, el barco chocó contra un arrecife de coral y se hundió
inmediatamente con treinta y uno de sus marineros y cuatro de los rebeldes. La
tripulación y los prisioneros que habían escapado al naufragio pudieron llegar
a un islote arenoso. Allí, los oficiales y los marineros construyeron tiendas
de lona; mientras los amotinados, expuestos a los ardores de un sol tropical,
tuvieron que, para encontrar un poco de alivio, enterrarse en la arena hasta el
cuello.
Los náufragos permanecieron en este islote durante algunos días; luego
todos llegaron hasta la isla Timor en las chalupas de La Pandora y la
vigilancia tan rigurosa a la que fueron sometidos los rebeldes no se desatendió
en momento alguno, a pesar de la gravedad de las circunstancias. Al llegar a
Inglaterra en el mes de junio de 1792, los amotinados comparecieron ante un
consejo de guerra presidido por el almirante Hood.
Los debates duraron seis
días y terminaron con la absolución de cuatro de los acusados y la condena a
muerte de otros seis, por el crimen de deserción y secuestro del navío confiado
a su custodia. Cuatro de los condenados fueron colgados a bordo de un barco de
guerra; los otros dos, Stewart y Peter Heywood, cuya inocencia había sido
finalmente reconocida, fueron perdonados.
¿Pero
que había ocurrido con la Bounty? ¿Había naufragado con los últimos rebeldes a
bordo? Era algo imposible de saber.
En
1814, veinticinco años después de ocurridos los hechos, con los cuales comienza
esta narración, dos buques de guerra ingleses cruzaron Oceanía bajo las órdenes
del capitán Staines. Se encontraban, al sur del archipiélago Peligroso, a la
vista de una isla montañosa y volcánica que Carteret había descubierto en su
viaje alrededor del mundo, y a la cual le había dado el nombre de Pitcairn.
Era
sólo un cono, casi sin playa, que se elevaba a pico sobre el mar, cubierto
hasta su cúspide de bosques de palmeras y árboles del pan. Esta isla nunca
había sido visitada; se encontraba a doscientas millas de Taití, a los 25
grados de latitud sur y los 180 grados y 8 minutos de longitud oeste; su
superficie no medía más de cuatro millas y media de circunferencia y una milla
y media solamente en su eje más grande, y solo se conocían los datos que
Carteret había suministrado.
El
capitán Staines decidió reconocer la isla y comenzó a buscar un lugar apropiado
para desembarcar.
Al
aproximarse a la costa, se sorprendió al ver algunas chozas, unas plantaciones
y en la playa dos indígenas que, luego de haber lanzado una embarcación al mar
y franquear hábilmente la resaca, se dirigían hacia el barco. Pero su asombro
llegó al máximo posible cuando escuchó, en excelente inglés, las siguientes
palabras:
–¡Eh!
¡Ustedes, necesitamos una cuerda para subir a bordo!
Apenas
llegaron a cubierta, los dos robustos remeros fueron rodeados por los
asombrados marineros que les agobiaron con preguntas a las cuales ellos no
supieron contestar. Conducidos ante el comandante, fueron interrogados
formalmente.
–¿Quiénes
son ustedes?
–Yo
me llamo Fletcher Christian y mi compañero, Young.
Estos
nombres no le decían nada al capitán Staines, que estaba muy lejos de pensar en
los supervivientes de la Bounty.
–¿Desde
cuando están aquí?.
–Nacimos
allí.
–¿Cuántos
años tienen?.
–Tengo
veinticinco años –respondió Christian– y Young dieciocho.
–¿Fueron
sus padres arrojados a esta isla por algún naufragio?
Entonces,
Christian le hizo al capitán Staines la conmovedora confesión que sigue y de la
cual estos son los principales hechos:
Al
abandonar Taití y dejar en ella a veintiuno de sus compañeros, Christian, que
tenía a bordo de la Bounty la narración del viaje del capitán Carteret, puso
proa directamente hacía la isla Pitcairn, cuya posición juzgo conveniente para
lograr sus propósitos. Veintiocho hombres componían entonces la tripulación de
la Bounty. Estaba formada por Christian, el aspirante Young y siete marineros,
seis taitianos que se le habían unido en Taití, entre los cuales habían tres
hombres acompañados de sus mujeres y un niño de diez meses, además tres hombres
y seis mujeres, indígenas de Tubuai.
La
primera medida de Christian y de sus compañeros, tan pronto como hubieron
llegado a la isla Pitcairn, fue destruir la Bounty para no ser descubiertos.
Sin duda, ellos perderían toda posibilidad de abandonar la isla, pero el
cuidado de su seguridad así lo exigía.
El
establecimiento de la pequeña colonia se hizo con dificultades, entre gentes a
las que solo les unía la complicidad de un crimen. Pronto, comenzaron las
peleas sangrientas entre los taitianos y los ingleses. En el año 1794, sólo
cuatro de los amotinados habían sobrevivido. Christian había sido acuchillado
por uno de los indígenas que él había secuestrado. Todos los taitianos habían
sido exterminados.
Uno
de los ingleses que había encontrado la forma de fabricar bebidas con la raíz
de una planta indígena, terminó siendo víctima de su embriaguez y en un momento
de delirium tremens, se precipitó al mar, cayéndose desde la punta de una
colina.
Otro,
preso de un momento de furiosa locura, se había lanzado sobre Young y uno de
los marineros, llamado John Adams, quien se vio forzado a matarle. En el año
1800, Young murió durante una violenta crisis de asma. John Adams era entonces
el último sobreviviente de la tripulación de amotinados. Sólo y acompañado por
varias mujeres y veinte niños, nacidos de la unión de sus compañeros con las
taitianas, el carácter de John Adams se modificó profundamente. Tenía entonces
treinta y seis años; había visto tantas escenas de violencia y crímenes, había
visto la naturaleza humana bajo sus más tristes instintos que después de haber
reflexionado, decidió enmendar el pasado.
En la biblioteca de la Bounty, que
había sido trasladada a la isla, había una Biblia y varios libros de oraciones.
John Adams que frecuentemente los leía, se convirtió, inculcó excelentes
principios a la joven población que lo consideraban como a un padre, y acabó
siendo, por la fuerza de los acontecimientos, el legislador, el gran sacerdote
y, por así decirlo, el rey de Pitcairn.
Sin embargo, hacia 1814, las alarmas comenzaron a ser incesantes. En
1795, un barco se había acercado a Pitcairn, los cuatro sobrevivientes de la
Bounty se habían escondido en los inaccesibles bosques y no se habían atrevido
a regresar nuevamente a la bahía hasta que el barco no se alejara. Este mismo
acto de prudencia se repitió en 1808, cuando un capitán americano desembarcó en
la isla, donde encontró un cronómetro y una brújula, los cuales envió al
almirantazgo inglés; pero el almirante no parecía interesado en estas reliquias
de la Bounty.
Es cierto que por esta época existían en Europa preocupaciones de
más gravedad. Tal fue la narración hecha al comandante Staines por los dos
jóvenes, ingleses por sus padres, uno hijo de Christian, el otro hijo de Young;
pero, cuando Staines pidió ver a John Adams, este se negó a subir a bordo sin
saber que ocurriría con él.
El
comandante, después de haberle asegurado a los dos jóvenes que John Adams
estaba amparado por la ley, debido a que habían transcurrido veinticinco años
desde el motín de la Bounty, descendió a tierra y fue recibido por una
población compuesta por cuarenta y seis adultos y un gran número de niños.
Todos eran grandes y vigorosos, con una marcada fisonomía inglesa; las jóvenes
sobre todo eran admirablemente bellas y su modestia le imprimía un carácter
realmente atractivo.
Las
leyes puestas en vigor en la isla eran muy simples. En un registro era anotado
lo que cada uno había ganado por su trabajo. El dinero era desconocido; todas
las transacciones se hacían por medio del intercambio, pero no había
industrias, porque la materia prima era escasa. La vestimenta de los habitantes
estaba solo conformada por inmensos sombreros y cinturones de hierba. La pesca
y la agricultura, eran sus principales ocupaciones. Los matrimonios sólo se
efectuaban con el permiso de Adams y sólo cuando el hombre hubiese desmontado y
plantado un pedazo de tierra lo suficientemente grande como para proporcionar
el sostén de su futura familia.
El
comandante Staines, después de haber obtenido los más curiosos documentos sobre
esta isla, perdida en las rutas menos frecuentadas del Pacífico, embarcó y
regresó a Europa.
Desde
entonces, el venerable John Adams terminó su azarosa vida. Murió en 1829 y fue
reemplazado por el reverendo George Nobbs, que lo reemplazó en la isla, en las
funciones de sacerdote, médico y maestro de escuela. En 1853, los descendientes
de los amotinados de la Bounty eran unos ciento setenta. Desde entonces, la
población aumentó y llegó a ser tan numerosa que, tres años después, gran parte
de ella debió establecerse en la isla Norfolk, que hasta ese momento había sido
usada como cárcel de convictos.
Pero una parte de los emigrantes recordaban a
Pitcairn, aún cuando Norfolk era cuatro veces más grande, la tierra era notable
por su fertilidad y las condiciones de existencia eran bien cómodas. Dos años
después, varias familias retornaron a Pitcairn, donde continúan prosperando.
Este
fue el epílogo de una aventura que había comenzado de una manera tan trágica.
Al inicio, los amotinados, los asesinos, los locos, y ahora, bajo la influencia
de los principios de la moral cristiana y de la instrucción dada por un pobre
marinero convertido, la isla de Pitcairn se convirtió en la patria de una
población sencilla, hospitalaria, feliz, donde se pueden encontrar nuevamente
las costumbres patriarcales de las primeras edades.