INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta barco. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta barco. Mostrar todas las entradas

Apuestas - Roald Dahl

En la mañana del tercer día el mar se calmó. Hasta los pasajeros más delicados —los que no habían salido desde que el barco partió— abandonaron sus camarotes y fueron al puente, donde el camarero les dio sillas y puso en sus piernas confortables mantas. Allí se sentaron frente al pálido y tibio sol de enero. 

El mar había estado bastante movido los dos primeros días y esta repentina calma y sensación de confort habían creado una agradable atmósfera en el barco. Al llegar la noche, los pasajeros, después de dos horas de calma, empezaron a sentirse comunicativos y a las ocho de aquella noche el comedor estaba lleno de gente que comía y bebía con el aire seguro y complaciente de auténticos marineros.

Hacia la mitad de la cena los pasajeros se dieron cuenta, por un ligero balanceo de sus cuerpos y sillas, de que el barco empezaba a moverse otra vez. Al principio fue muy suave, un ligero movimiento hacia un lado, luego hacia el otro, pero fue lo suficiente para causar un sutil e inmediato cambio de humor en la estancia. 

Algunos pasajeros levantaron la vista de su comida, dudando, esperando, casi oyendo el movimiento siguiente, sonriendo nerviosos y con una mirada de aprensión en los ojos. Algunos parecían despreocupados, otros estaban decididamente tranquilos, e incluso hacían chistes acerca de la comida y del tiempo, para torturar a los que estaban asustados. 

El movimiento del barco se hizo de repente más y más violento y cinco o seis minutos después de que el primer movimiento se hiciera patente, el barco se tambaleaba de una parte a otra y los pasajeros se agarraban a sus sillas y a los tiradores como cuando un coche toma una curva.


Finalmente el balanceo se hizo muy fuerte y el señor William Botibol, que estaba sentado a la mesa del sobrecargo, vio su plato de rodaballo con salsa holandesa deslizarse lejos de su tenedor. Hubo un murmullo de excitación mientras todos buscaban platos y vasos. La señora Renshaw, sentada a la derecha del sobrecargo, dio un pequeño grito y se agarró al brazo del caballero.

—Va a ser una noche terrible —dijo el sobrecargo, mirando a la señora Renshaw—, me parece que nos espera una buena noche.

Hubo un matiz raro en su modo de decirlo.

Un camarero llegó corriendo y derramó agua en el mantel, entre los platos. La excitación creció. La mayoría de los pasajeros continuaron comiendo. Un pequeño número, que incluía a la señora Renshaw, se levantó y echó a andar con rapidez, dirigiéndose hacia la puerta.

—Bueno —dijo el sobrecargo—, ya estamos otra vez igual.

Echó una mirada de aprobación a los restos de su rebaño, que estaban sentados, tranquilos y complacientes, reflejando en sus caras ese extraordinario orgullo que los pasajeros parecen tener al ser reconocidos como buenos marineros.

Cuando terminó la comida y se sirvió el café, el señor Botibol, que tenía una expresión grave y pensativa desde que había empezado el movimiento del barco, se levantó y puso su taza de café en el sitio donde la señora Renshaw había estado sentada, junto al sobrecargo. Se sentó en su silla e inmediatamente se inclinó hacia él, susurrándole al oído:

—Perdón, ¿me podría decir una cosa, por favor?

El sobrecargo, hombre pelirrojo, pequeño y grueso, se inclinó para poder escucharle.

—¿Qué ocurre, señor Botibol?

—Lo que quiero saber es lo siguiente...

Al observarlo, el sobrecargo vio la inquietud que se reflejaba en el rostro del hombre.

—¿Sabe usted si el capitán ha hecho ya la estimación del recorrido para las apuestas del día? Quiero decir, antes de que empezara la tempestad.

El sobrecargo, que se había preparado para recibir una confidencia personal, sonrió y se echó hacia atrás, haciendo descansar su cuerpo.

—Creo que sí, bueno... sí —contestó.

No se molestó en decirlo en voz baja, aunque automáticamente bajó el tono de voz como siempre que se responde a un susurro.

—¿Cuándo cree usted que la ha hecho?

—Esta tarde. Él siempre hace eso por la tarde.

—Pero ¿a qué hora?

—¡Oh, no lo sé! A las cuatro, supongo.

—Bueno, ahora dígame otra cosa. ¿Cómo decide el capitán cuál será el número? ¿Se lo toma en serio?

El sobrecargo miró al inquieto rostro del señor Botibol y sonrió, adivinando lo que el hombre quería averiguar.

—Bueno, el capitán celebra una pequeña conferencia con el oficial de navegación, en la que estudian el tiempo y muchas otras cosas, y luego hacen el parte.

El señor Botibol asintió con la cabeza, ponderando esta respuesta durante algunos momentos. Luego dijo:

—¿Cree que el capitán sabía que íbamos a tener mal tiempo hoy?

—No tengo ni idea —replicó el sobrecargo. Miró los pequeños ojos del hombre, que tenían reflejos de excitación en el centro de sus pupilas—. No tengo ni idea, no se lo puedo decir porque no lo sé.

—Si esto se pone peor, valdría la pena comprar algunos números bajos. ¿No cree?

El susurro fue más rápido e inquieto.

—Quizá sí —dijo el sobrecargo—. Dudo que el viejo apostara por una noche tempestuosa. Había mucha calma esta tarde, cuando ha hecho el parte.

Los otros en la mesa habían dejado de hablar y escuchaban al sobrecargo mirándolo con esa mirada intensa y curiosa que se observa en las carreras de caballos, cuando se trata de escuchar a un entrenador hablando de su suerte: los ojos medio cerrados, las cejas levantadas, la cabeza hacia adelante y un poco inclinada a un lado. Esa mirada medio hipnotizada que se da a una persona que habla de cosas que no conoce bien.

—Bien, supongamos que a usted se le permitiera comprar un número. ¿Cuál escogería hoy? —susurró el señor Botibol.

—Todavía no sé cuál es la clasificación —contestó pacientemente el sobrecargo—, no se anuncia hasta que empieza la apuesta después de la cena. De todas formas no soy un experto, soy solo el sobrecargo.

En este punto el señor Botibol se levantó.

—Perdónenme —dijo, y se marchó abriéndose camino entre las mesas.

Varias veces tuvo que cogerse al respaldo de una silla para no caerse, a causa de uno de los bandazos del barco.

—Al puente, por favor —dijo al ascensorista.

El viento le dio en pleno rostro cuando salió al puente. Se tambaleó y se agarró a la barandilla con ambas manos. Allí se quedó mirando al negro mar, las grandes olas que se curvaban ante el barco, llenándolo de espuma al chocar contra él.

—Hace muy mal tiempo, ¿verdad, señor? —comentó el ascensorista cuando bajaban.

El señor Botibol se estaba peinando con un pequeño peine rojo.

—¿Cree que hemos disminuido la velocidad a causa del tiempo? —preguntó.

—¡Oh, sí, señor! La velocidad ha disminuido considerablemente al empezar el temporal. Se debe reducir la velocidad cuando el tiempo es tan malo, porque los pasajeros caerían del barco.

Abajo, en el salón, la gente empezó a reunirse para la subasta. Se agruparon en diversas mesas, los hombres un poco incómodos, enfundados en sus trajes de etiqueta, bien afeitados y al lado de sus mujeres, cuidadosamente arregladas. 

El señor Botibol se sentó a una mesa, cerca del que dirigía las apuestas. Cruzó las piernas y los brazos y se sentó en el asiento con el aire despreocupado del hombre que ha decidido algo muy importante y no quiere tener miedo.


La apuesta, se dijo a sí mismo, sería aproximadamente de siete mil dólares, o al menos esa había sido la cantidad de los dos días anteriores. Como el barco era inglés, esta cifra sería su equivalente en libras, pero le gustaba pensar en el dinero de su propio país; siete mil dólares era mucho dinero, mucho. 

Lo que haría sería cambiarlo en billetes de cien dólares, los llevaría en el bolsillo posterior de su chaqueta; no había problema. Inmediatamente compraría un Lincoln descapotable, lo recogería y lo llevaría a casa con la ilusión de ver la cara de Ethel cuando saliera a la puerta y lo viera. Sería maravilloso ver la cara que pondría cuando él saliera de un Lincoln descapotable último modelo, color verde claro.


«¡Hola, Ethel, cariño! —diría, hablando, sin darle importancia a la cosa—, te he traído un pequeño regalo. Lo vi en el escaparate al pasar y pensé que tú siempre deseaste uno. ¿Te gusta el color, cariño?». Luego la miraría.

El subastador estaba de pie detrás de la mesa.

—¡Señoras y señores! —gritó—, el capitán ha calculado el recorrido del día, que terminará mañana al mediodía; en total son quinientas quince millas. Como de costumbre, tomaremos los diez números que anteceden y siguen a esta cifra, para establecer la escala; por lo tanto serán entre quinientas cinco y quinientas veinticinco; y naturalmente, para aquellos que piensen que el verdadero número está más lejos, habrá un «punto bajo» y un «punto alto» que se venderán por separado. Ahora sacaré los primeros del sombrero..., aquí están... ¿Quinientos doce?

No se oyó nada. La gente estaba sentada en sus sillas observando al subastador; había una cierta tensión en el aire y al ir subiendo las apuestas, la tensión fue aumentando. Esto no era un juego: la prueba estaba en las miradas que dirigía un hombre a otro cuando este subía la apuesta que el primero había hecho; solo los labios sonreían, los ojos estaban brillantes y un poco fríos.

El número quinientos doce fue comprado por ciento diez libras. Los tres o cuatro números siguientes alcanzaron cifras aproximadamente iguales.

El barco se movía mucho y cada vez que daba un bandazo los paneles de madera crujían como si fueran a partirse. Los pasajeros se cogían a los brazos de las sillas, concentrándose al mismo tiempo en la subasta.

—Punto bajo —gritó el subastador—, el próximo número es el punto más bajo.

El señor Botibol tenía todos los músculos en tensión. Esperaría, decidió, hasta que los otros hubiesen acabado de apostar, luego se levantaría y haría la última apuesta. Se imaginaba que tendría por lo menos quinientos dólares en su cuenta bancaria, quizá seiscientos. Esto equivaldría a unas doscientas libras, más de doscientas. El próximo boleto no valdría más de esa cantidad.

—Como ya saben todos ustedes —estaba diciendo el subastador—, el punto bajo incluye cualquier número por debajo de quinientos cinco. Si ustedes creen que el barco va a hacer menos de quinientas millas en veinticuatro horas, o sea hasta mañana al mediodía, compren este número. ¿Qué apuestan?

Se subió hasta ciento treinta libras. Además del señor Botibol, había algunos que parecían haberse dado cuenta de que el tiempo era tormentoso. Ciento cincuenta... Ahí se paró. El subastador levantó el martillo.

—Van ciento cincuenta...

—¡Sesenta! —dijo el señor Botibol. Todas las caras se volvieron para mirarle.

—¡Setenta!

—¡Ochenta! —gritó el señor Botibol.

—¡Noventa!

—¡Doscientas! —dijo el señor Botibol, que no estaba dispuesto a ceder.

Hubo una pausa.

—¿Hay alguien que suba a más de doscientas libras?

«Quieto —se dijo a sí mismo—, no te muevas ni mires a nadie, eso da mala suerte. Contén la respiración. Nadie subirá la apuesta si contienes la respiración».

—Van doscientas libras...

El subastador era calvo y las gotas de sudor le resbalaban por su desnuda cabeza.

—¡Uno...!

El señor Botibol contuvo la respiración.

—¡Dos...! ¡Tres!

El hombre golpeó la mesa con el martillo. El señor Botibol firmó un cheque y se lo entregó al asistente del subastador, luego se sentó en una silla a esperar que todo terminara. No quería irse a la cama sin saber lo que se había recaudado.

Cuando se hubo vendido el último número lo contaron todo y resultó que habían reunido unas mil cien libras, o sea, seis mil dólares. El noventa por ciento era para el ganador y el diez por ciento era para las instituciones de caridad de los marineros. El noventa por ciento de seis mil eran cinco mil cuatrocientas; bien, era suficiente. Compraría el Lincoln descapotable y aún le sobraría. Con estos gloriosos pensamientos se marchó a su camarote feliz y contento, dispuesto a dormir toda la noche.

Cuando el señor Botibol se despertó a la mañana siguiente, se quedó unos minutos con los ojos cerrados, escuchando el sonido del temporal, esperando el movimiento del barco. No había señal alguna de temporal y el barco no se movía lo más mínimo. Saltó de la cama y miró por el ojo de buey. ¡Dios mío! El mar estaba como una balsa de aceite, el barco avanzaba rápidamente, tratando de ganar el tiempo perdido durante la noche. 

El señor Botibol se sentó lentamente en el borde de su litera. Un relámpago de temor empezó a recorrerle la piel y a encogerle el estómago. Ya no había esperanza, un número alto ganaría la apuesta. —¡Oh, Dios mío! —dijo en voz alta—. ¿Qué voy a hacer? ¿Qué diría Ethel, por ejemplo? 

Era sencillamente imposible explicarle que se había gastado la casi totalidad de lo ahorrado durante los dos últimos años en comprar un ticket para la subasta. Decirle eso equivalía a exigirle que no siguiera firmando cheques. 

¿Y qué pasaría con los plazos del televisor y de la Enciclopedia Británica? Ya le parecía estar viendo la ira y el reproche en los ojos de la mujer, el azul deviniendo gris y los ojos mismos achicándosele como siempre les ocurría cuando se colmaban de ira.


—¡Oh, Dios mío!, ¿qué puedo hacer?

No cabía duda de que ya no tenía ninguna posibilidad, a menos que el maldito barco empezase a ir marcha atrás. Tendrían que volver y marchar a toda velocidad en sentido contrario, si no, no podía ganar. Bueno, quizá podría hablar con el capitán y ofrecerle el diez por ciento de los beneficios, o más si él accedía.

El señor Botibol empezó a reírse, pero de repente se calló y sus ojos y su boca se abrieron en un gesto de sorpresa porque en aquel preciso momento le había llegado la idea. Dio un brinco de la cama, terriblemente excitado, fue hacia la ventanilla y miró hacia afuera.

«Bien —pensó—. ¿Por qué no?». El mar estaba en calma y no habría ningún problema en mantenerse a flote hasta que le recogieran. Tenía la vaga sensación de que alguien ya había hecho esto anteriormente, lo cual no impedía que lo repitiera. 

El barco tendría que parar y lanzar un bote y el bote tendría que retroceder quizá media milla para alcanzarlo. Luego tendría que volver al barco y ser izado a bordo; esto llevaría por lo menos una hora. Una hora eran unas treinta millas y así haría disminuir la estimación del día anterior. 

Entonces entrarían en el punto bajo y ganaría. Lo único importante sería que alguien le viera caer; pero esto era fácil de arreglar. Tendría que llevar un traje ligero, algo fácil para poder nadar. Un traje deportivo, eso es. Se vestiría como si fuera a jugar al frontón: una camisa, unos pantalones cortos y zapatos de tenis. ¡Ah!, y dejar su reloj.


¿Qué hora era? Las nueve y quince minutos. Cuanto más pronto mejor. Hazlo ahora y quítate ese peso de encima. Tienes que hacerlo pronto porque el tiempo límite es el mediodía.

El señor Botibol estaba asustado y excitado cuando subió al puente vestido con su traje deportivo. Su cuerpo pequeño se ensanchaba en las caderas y los hombros eran extremadamente estrechos. El conjunto tenía la forma de una pera. Las piernas, blancas y delgadas, estaban cubiertas de pelos muy negros.

Salió cautelosamente al puente y miró en derredor. Solo había una persona a la vista, una mujer de mediana edad, un poco gruesa, que estaba apoyada en la barandilla mirando al mar. Llevaba puesto un abrigo de cordero persa con el cuello subido de tal forma que era imposible distinguir su cara.

La empezó a examinar concienzudamente desde lejos. Sí, se dijo a sí mismo, esta, probablemente, servirá. Era casi seguro que daría la alarma en seguida. Pero espera un momento, tómate tiempo, William Botibol. ¿Recuerdas lo que pensabas hacer hace unos minutos en el camarote, cuando te estabas cambiando? ¿Lo recuerdas?

El pensamiento de saltar del barco al océano, a mil millas del puerto más próximo, le había convertido en un hombre extremadamente cauto. No estaba en absoluto tranquilo, aunque era seguro que la mujer daría la alarma en cuanto él saltara. 

En su opinión había dos razones posibles por las cuales no lo haría. La primera: que fuese sorda o ciega. No era probable, pero por otra parte podía ser así y ¿por qué arriesgarse? Lo sabría hablando con ella unos instantes. Segundo, y esto demuestra lo suspicaz que puede llegar a ser un hombre cuando se trata de su propia conservación, se le ocurrió que la mujer podía ser la poseedora de uno de los números altos de la apuesta y por lo tanto tener una poderosa razón financiera para no querer hacer detener el barco. 

El señor Botibol recordaba que había gente que había matado a sus compañeros por mucho menos de seis dólares. Se leía todos los días en los periódicos. ¿Por qué arriesgarse entonces? Arréglalo bien y asegura tus actos. Averígualo con una pequeña conversación. Si además la mujer resultaba agradable y buena, ya estaba todo arreglado y podía saltar al agua tranquilo.


El señor Botibol avanzó hacia la mujer y se puso a su lado, apoyándose en la barandilla.

—¡Hola! —dijo galantemente.

Ella se volvió y le correspondió con una sonrisa sorprendentemente maravillosa y angelical, aunque su cara no tenía en realidad nada especial.

—¡Hola! —le contestó.

Ya tienes la primera pregunta contestada, se dijo el señor Botibol, no es ciega ni sorda...

—Dígame —dijo, yendo directamente al grano—. ¿Qué le pareció la apuesta de anoche?

—¿Apuesta? —preguntó extrañada—. ¿Qué apuesta?

—Es una tontería. Hay una reunión después de cenar en el salón y allí se hacen apuestas sobre el recorrido del barco. Solo quería saber lo que piensa de ello.

Ella movió negativamente la cabeza y sonrió agradablemente con una sonrisa que tenía algo de disculpa.

—Soy muy perezosa —dijo—. Siempre me voy pronto a la cama y allí ceno. Me gusta mucho cenar en la cama.

El señor Botibol le sonrió y dio la vuelta para marcharse.

—Ahora tengo que ir a hacer gimnasia, nunca perdono la gimnasia por la mañana. Ha sido un placer conocerla, un verdadero placer...

Se retiró unos diez pasos. La mujer le dejó marchar sin mirarle.

Todo estaba en orden. El mar estaba en calma, él se había vestido ligeramente para nadar, casi seguro que no había tiburones en esa parte del Atlántico, y también contaba con esa buena mujer para dar la alarma. Ahora era solo cuestión de que el barco se retrasara lo suficiente a su favor. Era casi seguro que así ocurriría. De cualquier modo, él también ayudaría un poco. 

Podía poner algunas dificultades antes de subir al salvavidas, nadar un poco hacia atrás y alejarse subrepticiamente mientras trataban de ayudarle. Un minuto, un segundo ganado, eran preciosos para él. Se dirigió de nuevo hacia la barandilla, pero un nuevo temor le invadió. ¿Le atraparía la hélice? Él sabía que les había ocurrido a algunas personas al caerse de grandes barcos. Pero no iba a caer, sino a saltar y esto era diferente, si saltaba a buena distancia, la hélice no le cogería.


El señor Botibol avanzó lentamente hacia la barandilla a unos veinte metros de la mujer. Ella no le miraba en aquellos momentos. Mejor. No quería que le viera saltar. Si no lo veía nadie, podría decir luego que había resbalado y caído por accidente. Miró hacia abajo. Estaba bastante alto, ahora se daba cuenta de que podía herirse gravemente si no caía bien. 

¿No había habido alguien que se había abierto el estómago de ese modo? Tenía que saltar de pie y entrar en el agua como un cuchillo. El agua parecía fría, profunda, gris. Solo mirarla le daba escalofríos, pero había que hacerse el ánimo, ahora o nunca.


«Sé un hombre, William Botibol, sé un hombre. Bien... ahora... vamos allá».

Subió a la barandilla y se balanceó durante tres terribles segundos antes de saltar, al mismo tiempo que gritaba:

—¡Socorro!

—¡Socorro! ¡Socorro! —siguió gritando al caer.

Luego se hundió bajo el agua.

Al oír el primer grito de socorro la mujer que estaba apoyada en la barandilla dio un salto de sorpresa. Miró a su alrededor y vio al hombrecillo vestido con pantalones cortos y zapatillas de tenis, gritando al caer. Por un momento no supo qué decisión tomar: hacer sonar la campanilla, correr a dar la voz de alarma, o simplemente gritar. 

Retrocedió un paso de la barandilla y miró por el puente, quedándose unos instantes quieta, indecisa. Luego, casi de repente, se tranquilizó y se inclinó de nuevo sobre la barandilla mirando al mar. Pronto apareció una cabeza entre la espuma y un brazo se movió una, dos veces, mientras una voz lejana gritaba algo difícil de entender. La mujer se quedó mirando aquel punto negro; pero pronto, muy pronto, fue quedando tan lejos, que ya no estaba segura de que estuviera allí.


Después de un ratito apareció otra mujer en el puente. Era muy flaca y angulosa y llevaba gafas. Vio a la primera mujer y se dirigió a ella, atravesando el puente con ese andar peculiar de las solteronas.

—¡Ah, estás aquí!

La mujer se volvió y vio a la otra, pero no dijo nada.

—Te he estado buscando por todas partes —dijo la delgada.

—Es extraño —dijo la primera mujer—, hace un momento un hombre ha saltado del barco completamente vestido.

—¡Tonterías!

—¡Oh, sí! Ha dicho que quería hacer ejercicio y se ha sumergido sin siquiera quitarse el traje.

—Bueno, bajemos —dijo la mujer delgada. En su rostro había un gesto duro y hablaba menos amablemente que antes—. No salgas sola al puente otra vez. Sabes muy bien que tienes que esperarme.

—Sí, Maggie —dijo la mujer gruesa, y sonrió otra vez con una sonrisa dulce y tierna.

Cogió la mano de la otra y se dejó llevar por el puente.

—¡Qué hombre tan amable! —dijo—. Me saludaba con la mano.

Los crímenes de la calle Morgue - Edgar Allan Poe (Parte 4 y última)

Era una minuciosa descripción anatómica y descriptiva del gran orangután leonado de las islas de la India oriental. La gigantesca estatura, la prodigiosa fuerza y agilidad, la terrible ferocidad y las tendencias imitativas de estos mamíferos son bien conocidas. Instantáneamente comprendí todo el horror del asesinato.

—La descripción de los dedos —dije al terminar la lectura— concuerda exactamente con este dibujo. Solo un orangután, entre todos los animales existentes, es capaz de producir las marcas que aparecen en su diseño. Y el mechón de pelo coincide en un todo con el pelaje de la bestia descrita por Cuvier. De todas maneras, no alcanzo a comprender los detalles de este aterrador misterio. Además, se escucharon dos voces que disputaban y una de ellas era, sin duda, la de un francés.

—Cierto. Y recordará usted que, casi unánimemente, los testigos declararon haber oído decir a esa voz las palabras: «Mon Dieu!». Dadas las circunstancias, uno de los testigos (Montani, el confitero) acertó al sostener que la exclamación tenía un tono de reproche o reconvención. Sobre esas dos palabras, pues, he apoyado todas mis esperanzas de una solución total del enigma. 

»Un francés estuvo al tanto del asesinato. Es posible —e incluso muy probable— que fuera inocente de toda participación en el sangriento episodio. El orangután pudo habérsele escapado. Quizá siguió sus huellas hasta la habitación; pero, dadas las terribles circunstancias que se sucedieron, le fue imposible capturarlo otra vez. El animal anda todavía suelto. 

»No continuaré con estas conjeturas (pues no tengo derecho a darles otro nombre), ya que las sombras de reflexión que les sirven de base poseen apenas suficiente profundidad para ser alcanzadas por mi intelecto, y no pretenderé mostrarlas con claridad a la inteligencia de otra persona. Las llamaremos conjeturas, pues, y nos referiremos a ellas como tales. Si el francés en cuestión es, como lo supongo, inocente de tal atrocidad, este aviso que dejé anoche cuando volvíamos a casa en las oficinas de Le Monde (un diario consagrado a cuestiones marítimas y muy leído por los navegantes) lo hará acudir a nuestra casa.

Me alcanzó un papel, donde leí:
 

 CAPTURADO.—En el Bois de Boulogne, en la mañana del... (la mañana del asesinato), se ha capturado un gran orangután leonado de la especie de Borneo. Su dueño (de quien se sabe que es un marinero perteneciente a un barco maltés) puede reclamarlo, previa identificación satisfactoria y pago de los gastos resultantes de su captura y cuidado. Presentarse al número... calle... Faubourg Saint-Germain... tercer piso.

—Pero, ¿cómo es posible —pregunté— que sepa usted que el hombre es un marinero y que pertenece a un barco maltés?

—No lo sé —dijo Dupin— y no estoy seguro de ello. Pero he aquí un trocito de cinta que, a juzgar por su forma y su grasienta condición, debió de ser usado para atar el pelo en una de esas largas queues de que tan orgullosos se muestran los marineros. Además, el nudo pertenece a esa clase que pocas personas son capaces de hacer, salvo los marinos, y es característico de los malteses. 

»Encontré esta cinta al pie de la varilla del pararrayos. Imposible que perteneciera a una de las víctimas. De todos modos, si me equivoco al deducir de la cinta que el francés era un marinero perteneciente a un barco maltés, no he causado ningún daño al estamparlo en el aviso. Si me equivoco, el hombre pensará que me he confundido por alguna razón que no se tomará el trabajo de averiguar. 

»Pero si estoy en lo cierto, hay mucho ganado. Conocedor, aunque inocente de los asesinatos, el francés vacilará, como es natural, antes de responder al aviso y reclamar el orangután. He aquí cómo razonará: «Soy inocente y pobre; mi orangután es muy valioso y para un hombre como yo representa una verdadera fortuna. ¿Por qué perderlo a causa de una tonta aprensión? Está ahí, a mi alcance. Lo han encontrado en el Bois de Boulogne, a mucha distancia de la escena del crimen. ¿Cómo podría sospechar alguien que ese animal es el culpable? 

»La policía está desorientada y no ha podido encontrar la más pequeña huella. Si llegaran a seguir la pista del mono, les será imposible probar que supe algo de los crímenes o echarme alguna culpa como testigo de ellos. Además, soy conocido. El redactor del aviso me designa como dueño del animal. Ignoro hasta dónde llega su conocimiento. Si renuncio a reclamar algo de tanto valor, que se sabe de mi pertenencia, las sospechas recaerán, por lo menos, sobre el animal. Contestaré al aviso, recobraré el orangután y lo tendré encerrado hasta que no se hable más del asunto».

En ese momento oímos pasos en la escalera.

—Prepare las pistolas —dijo Dupin—, pero no las use ni las exhiba hasta que le haga una seña.

La puerta de entrada de la casa había quedado abierta y el visitante había entrado sin llamar, subiendo algunos peldaños de la escalera. Pero, de pronto, pareció vacilar y lo oímos bajar. Dupin corría ya a la puerta cuando advertimos que volvía a subir. Esta vez no vaciló, sino que, luego de trepar decididamente la escalera, golpeó en nuestra puerta.

—¡Adelante! —dijo Dupin con voz cordial y alegre.

El hombre que entró era, con toda evidencia, un marino, alto, robusto y musculoso, con un semblante en el que cierta expresión audaz no resultaba desagradable. Su rostro, muy atezado, aparecía en gran parte oculto por las patillas y los bigotes. Traía consigo un grueso bastón de roble, pero al parecer esa era su única arma. Inclinóse torpemente, dándonos las buenas noches en francés; a pesar de un cierto acento suizo de Neuchâtel, se veía que era de origen parisiense.

—Siéntese usted, amigo mío —dijo Dupin—. Supongo que viene en busca del orangután. Palabra, se lo envidio un poco; es un magnífico animal, que presumo debe de tener gran valor. ¿Qué edad le calcula usted?

El marinero respiró profundamente, con el aire de quien se siente aliviado de un peso intolerable, y contestó con tono reposado:

—No podría decirlo, pero no tiene más de cuatro o cinco años. ¿Lo guarda usted aquí?

—¡Oh, no! Carecemos de lugar adecuado. Está en una caballeriza de la rue Dubourg, cerca de aquí. Podría usted llevárselo mañana por la mañana. Supongo que estará en condiciones de probar su derecho de propiedad.

—Por supuesto que sí, señor.

—Lamentaré separarme de él —dijo Dupin.

—No quisiera que usted se hubiese molestado por nada —declaró el marinero—. Estoy dispuesto a pagar una recompensa por el hallazgo del animal. Una suma razonable, se entiende.

—Pues bien —repuso mi amigo—, eso me parece muy justo. Déjeme pensar: ¿qué le pediré? ¡Ah, ya sé! He aquí cuál será mi recompensa: me contará usted todo lo que sabe sobre esos crímenes en la rue Morgue.

Dupin pronunció las últimas palabras en voz muy baja y con gran tranquilidad. Después, con igual calma, fue hacia la puerta, la cerró y guardó la llave en el bolsillo. Sacando luego una pistola, la puso sin la menor prisa sobre la mesa.

El rostro del marinero enrojeció como si un acceso de sofocación se hubiera apoderado de él. Levantándose, aferró su bastón, pero un segundo después se dejó caer de nuevo en el asiento, temblando violentamente y pálido como la muerte. No dijo una palabra. Lo compadecí desde lo más profundo de mi corazón.

—Amigo mío, se está usted alarmando sin necesidad —dijo cordialmente Dupin—. Le aseguro que no tenemos intención de causarle el menor daño. Lejos de nosotros querer perjudicarlo: le doy mi palabra de caballero y de francés. Estoy perfectamente enterado de que es usted inocente de las atrocidades de la rue Morgue. Pero sería inútil negar que, en cierto modo, se halla implicado en ellas. Fundándose en lo que le he dicho, supondrá que poseo medios de información sobre este asunto, medios que le sería imposible imaginar. 

»El caso se plantea de la siguiente manera: usted no ha cometido nada que no debiera haber cometido, nada que lo haga culpable. Ni siquiera se le puede acusar de robo, cosa que pudo llevar a cabo impunemente. No tiene nada que ocultar ni razón para hacerlo. Por otra parte, el honor más elemental lo obliga a confesar todo lo que sabe. Hay un hombre inocente en la cárcel, acusado de un crimen cuyo perpetrador puede usted denunciar.

Mientras Dupin pronunciaba estas palabras, el marinero había recobrado en buena parte su compostura, aunque su aire decidido del comienzo habíase desvanecido por completo.

—¡Dios venga en mi ayuda! —dijo, después de una pausa—. Sí, le diré todo lo que sé sobre este asunto, aunque no espero que crea ni la mitad de lo que voy a contarle... ¡Estaría loco si pensara que van a creerme! Y, sin embargo, soy inocente, y lo confesaré todo aunque me cueste la vida.

En sustancia, lo que nos dijo fue lo siguiente: poco tiempo atrás, había hecho un viaje al archipiélago índico. Un grupo del que formaba parte desembarcó en Borneo y penetró en el interior a fin de hacer una excursión placentera. Entre él y un compañero capturaron al orangután. Como su compañero falleciera, quedó dueño único del animal. 

Después de considerables dificultades, ocasionadas por la indomable ferocidad de su cautivo durante el viaje de vuelta, logró finalmente encerrarlo en su casa de París, donde, para aislarlo de la incómoda curiosidad de sus vecinos, lo mantenía cuidadosamente recluido, mientras el animal curaba de una herida en la pata que se había hecho con una astilla a bordo del buque. Una vez curado, el marinero estaba dispuesto a venderlo.

Una noche, o más bien una madrugada, en que volvía de una pequeña juerga de marineros, nuestro hombre se encontró con que el orangután había penetrado en su dormitorio, luego de escaparse de la habitación contigua donde su captor había creído tenerlo sólidamente encerrado. Navaja en mano y embadurnado de jabón, habíase sentado frente a un espejo y trataba de afeitarse, tal como, sin duda, había visto hacer a su amo espiándolo por el ojo de la cerradura. 

Aterrado al ver arma tan peligrosa en manos de un animal que, en su ferocidad, era harto capaz de utilizarla, el marinero se quedó un instante sin saber qué hacer. Por lo regular, lograba contener al animal, aun en sus arrebatos más terribles, con ayuda de un látigo, y pensó acudir otra vez a ese recurso. Pero al verlo, el orangután se lanzó de un salto a la puerta, bajó las escaleras y, desde ellas, saltando por una ventana que desgraciadamente estaba abierta, se dejó caer a la calle.

Desesperado, el francés se precipitó en su seguimiento. Navaja en mano, el mono se detenía para mirar y hacer muecas a su perseguidor, dejándolo acercarse casi hasta su lado. Entonces echaba a correr otra vez. Siguió así la caza durante largo tiempo. Las calles estaban profundamente tranquilas, pues eran casi las tres de la madrugada. 

Al atravesar el pasaje de los fondos de la rue Morgue, la atención del fugitivo se vio atraída por la luz que salía de la ventana abierta del aposento de madame L’Espanaye, en el cuarto piso de su casa. Precipitándose hacia el edificio, descubrió la varilla del pararrayos, trepó por ella con inconcebible agilidad, aferró la persiana que se hallaba completamente abierta y pegada a la pared, y en esta forma se lanzó hacia adelante hasta caer sobre la cabecera de la cama. Todo esto había ocurrido en menos de un minuto. Al saltar en la habitación, las patas del orangután rechazaron nuevamente la persiana, la cual quedó abierta.

El marinero, a todo esto, se sentía tranquilo y preocupado al mismo tiempo. Renacían sus esperanzas de volver a capturar a la bestia, ya que le sería difícil escapar de la trampa en que acababa de meterse, salvo que bajara otra vez por el pararrayos, ocasión en que sería posible atraparlo. Por otra parte, se sentía ansioso al pensar en lo que podría estar haciendo en la casa. Esta última reflexión indujo al hombre a seguir al fugitivo. 

Para un marinero no hay dificultad en trepar por una varilla de pararrayos; pero, cuando hubo llegado a la altura de la ventana, que quedaba muy alejada a su izquierda, no pudo seguir adelante; lo más que alcanzó fue a echarse a un lado para observar el interior del aposento. Apenas hubo mirado, estuvo a punto de caer a causa del horror que lo sobrecogió. 

Fue en ese momento cuando empezaron los espantosos alaridos que arrancaron de su sueño a los vecinos de la rue Morgue. Madame L’Espanaye y su hija, vestidas con sus camisones de dormir, habían estado aparentemente ocupadas en arreglar algunos papeles en la caja fuerte ya mencionada, la cual había sido corrida al centro del cuarto. 

Hallábase abierta, y a su lado, en el suelo, los papeles que contenía. Las víctimas debían de haber estado sentadas dando la espalda a la ventana, y, a juzgar por el tiempo transcurrido entre la entrada de la bestia y los gritos, parecía probable que en un primer momento no hubieran advertido su presencia. El golpear de la persiana pudo ser atribuido por ellas al viento.

En el momento en que el marinero miró hacia el interior del cuarto, el gigantesco animal había aferrado a madame L’Espanaye por el cabello (que la dama tenía suelto, como si se hubiera estado peinando) y agitaba la navaja cerca de su cara imitando los movimientos de un barbero. La hija yacía postrada e inmóvil, víctima de un desmayo. 

Los gritos y los esfuerzos de la anciana señora, durante los cuales le fueron arrancados los mechones de la cabeza, tuvieron por efecto convertir los propósitos probablemente pacíficos del orangután en otros llenos de furor. Con un solo golpe de su musculoso brazo separó casi completamente la cabeza del cuerpo de la víctima. La vista de la sangre transformó su cólera en frenesí. 

Rechinando los dientes y echando fuego por los ojos, saltó sobre el cuerpo de la joven y, hundiéndole las terribles garras en la garganta, las mantuvo así hasta que hubo expirado. Las furiosas miradas de la bestia cayeron entonces sobre la cabecera del lecho, sobre el cual el rostro de su amo, paralizado por el horror, alcanzaba apenas a divisarse. La furia del orangután, que, sin duda, no olvidaba el temido látigo, se cambió instantáneamente en miedo. 

Seguro de haber merecido un castigo, pareció deseoso de ocultar sus sangrientas acciones, y se lanzó por el cuarto lleno de nerviosa agitación, echando abajo y rompiendo los muebles a cada salto y arrancando el lecho de su bastidor. Finalmente se apoderó del cadáver de mademoiselle L’Espanaye y lo metió en el cañón de la chimenea, tal como fue encontrado luego, tomó luego el de la anciana y lo tiró de cabeza por la ventana.

En momentos en que el mono se acercaba a la ventana con su mutilada carga, el marinero se echó aterrorizado hacia atrás y, deslizándose sin precaución alguna hasta el suelo, corrió inmediatamente a su casa, temeroso de las consecuencias de semejante atrocidad y olvidando en su terror toda preocupación por la suerte del orangután. Las palabras que los testigos oyeron en la escalera fueron las exclamaciones de espanto del francés, mezcladas con los diabólicos sonidos que profería la bestia.

Poco me queda por agregar. El orangután debió de escapar por la varilla del pararrayos un segundo antes de que la puerta fuera forzada. Sin duda, cerró la ventana a su paso. Más tarde fue capturado por su mismo dueño, quien lo vendió al Jardin des Plantes en una elevada suma.

Lebon fue puesto en libertad inmediatamente después que hubimos narrado todas las circunstancias del caso —con algunos comentarios por parte de Dupin— en el bureau del prefecto de policía. Este funcionario, aunque muy bien dispuesto hacia mi amigo, no pudo ocultar del todo el fastidio que le producía el giro que había tomado el asunto, y deslizó uno o dos sarcasmos sobre la conveniencia de que cada uno se ocupara de sus propios asuntos.

—Déjelo usted hablar —me dijo Dupin, que no se había molestado en replicarle—. Deje que se desahogue; eso aliviará su conciencia. Me doy por satisfecho con haberlo derrotado en su propio terreno. De todos modos, el hecho de que haya fracasado en la solución del misterio no es ninguna razón para asombrarse; en verdad, nuestro amigo el prefecto es demasiado astuto para ser profundo. No hay fibra en su ciencia: mucha cabeza y nada de cuerpo, como las imágenes de la diosa Laverna, o, a lo sumo, mucha cabeza y lomos, como un bacalao. Pero después de todo es un buen hombre. Lo estimo especialmente por cierta forma maestra de gazmoñería, a la cual debe su reputación. Me refiero a la manera que tiene de nier ce qui est, et d’expliquer ce qui n’est pas.


 

El misterio de los barcos perdidos - Arturo Pérez-Reverte

En cierta ocasión vi un barco fantasma. Tienen ustedes mi palabra de honor. Curiosamente no lo avisté en el mar, sino en tierra, o desde ella. Fue hace ocho o nueve años. Era un día de temporal terrible de levante en el estrecho de Gibraltar, y me encontraba sentado dentro de un coche en la costa de Tarifa, bajo la lluvia que caía casi horizontal, admirando el aspecto del mar, la espuma que el viento levantaba y el batir de las feroces olas en las rocas, a mis pies. 

Y entonces, al mirar hacia el horizonte gris, lo vi pasar a lo lejos, entre las turbonadas y rociones. Salí del coche a observarlo, admirado. Empapándome. Calculé que navegaba a menos de una milla de la costa. Era un velero muy grande, de tres palos, parecido a los clippers que todavía surcaban el mar a principios del siglo pasado. 

Se movía despacio de este a oeste, entre la lluvia y los espesos jirones de espuma, empujado por un viento de popa que aquel día rondaba el temporal duro, con fuerza diez en la escala de Beaufort. Lo vi salir lentamente de un chubasco espeso y pude contemplarlo durante dos o tres minutos antes de que su esbelta silueta tenaz, impávida, desapareciera tras una nube baja que se confundía con el oleaje y la lluvia. 

Y lo que me erizó la piel no fue que un velero antiguo navegara en tan extremas condiciones, sino el detalle inexplicable de que llevase sus velas desplegadas, tensas al viento, cuando ningún buque real, ningún barco tripulado por marinos de carne y hueso, por hombres vivos, podía soportar ese viento y esa mar con todo el trapo izado a la vez. Lo conté: ocho velas cuadras, tres foques y una cangreja, todo arriba. Por eso sé lo que vi. Y aquel barco era lo que era.


Durante un tiempo, de niño, creí en barcos fantasmas. Me criaron con esas leyendas y otras muchas del mar, aunque acompañadas de explicaciones racionales: la antigua superstición e ignorancia de los marinos, sus fantasías sobre fenómenos que tienen justificación seria, científica: espejismos náuticos, auroras boreales, fuego de San Telmo, calima, neblina, formas caprichosas del hielo flotante, enfermedades tropicales que mataban a tripulaciones enteras, piratas… Todo eso, causas concretas y probadas, podía convertirse fácilmente en visión fantástica en una taberna de puerto, en una conversación de castillo de proa. 

Retornaba así la vieja historia del barco fantasma, condenado a vagar por la inmensidad del mar, cuyo avistamiento solía anunciar desgracia. Como la leyenda más famosa, la del capitán Van Straten, inspirador de Heine y de Wagner y recientemente recuperado, por enésima vez, para el cine por Piratas del Caribe: el holandés que, a causa de una blasfemia —largó amarras en Viernes Santo—, fue castigado a vagar después de muerto hasta el Juicio Final, él y su tripulación, a la altura del cabo de Buena Esperanza, intentando una y otra vez, sin conseguirlo, una virada por avante.


Cuando crecí un poco, me volví escéptico. Dejé de creer en el junco espectral del río Yangtsé, en el bergantín de New Haven, en el hombre y la mujer que, abrazados en la popa de un velero sin nombre, rondan la costa de Canadá. Dudé de la maldición del Mary Celeste —uno de los pocos navíos espectrales cuyo misterio fue desvelado—, y del viaje de veintitrés años sin tocar tierra que hizo el Marlborough con un esqueleto amarrado al timón. 

Hasta albergué serias dudas sobre el San Telmo, único barco fantasma español digno de ese nombre, que después de esfumarse sin dejar rastro fue avistado varias veces, fundido con un iceberg, con sus tripulantes congelados en cubierta; y al que, siendo aún niño y crédulo, oí al capitán de un petrolero, amigo de mi padre, jurar que lo había visto con sus propios ojos. 

Los años me hicieron, como digo, perder la fe en esos barcos imaginarios o reales, anónimos o con sus nombres y tripulaciones detallados en los registros navales, que según las leyendas surcan los mares y aún excitan la imaginación de algunos marinos. Y supongo que la parte racional que hay en mí —la que sonríe mientras tecleo estas líneas— sigue sin creer en ellos. 
 
Sin embargo, insisto: aquel día de temporal, frente a Tarifa, vi pasar un barco fantasma. Yo también puedo jurarlo, como el capitán amigo de mi padre. Por mil millones de mil rayos. La prueba es que desde entonces, cuando estoy en el mar y arrizo las velas porque empeora el tiempo, siempre me sorprendo buscándolo, con los ojos del niño que fui, en el horizonte gris.

Drummer-Hinger - John Flanders

Era un milagro el que Harvey Simenson no estuviese borracho al contar su aventura. No era este el caso cuando la vivió. Desde luego, él mismo admitía que estaba ebrio como un cosaco cuando vivió aquella espantosa experiencia.

Hacía ya mucho tiempo que el Ptarmigan había zarpado del puerto de Altona cuando llegué al muelle. Me dolía mucho la cabeza y aún me duraban los vértigos que me produjera la borrachera de la noche anterior. Aún podía ver el humo que salía por la chimenea de mi barco. ¡Los muy canallas! No habían tenido siquiera la delicadeza de esperar unos minutos y recoger a un compañero de tripulación, que sólo había cometido el pequeño pecado de pasar una buena noche en tierra después de haber navegado durante tantos días.

Lo primero que se me ocurrió fue matar al capitán, al piloto y al timonel apenas se me presentase la ocasión. Luego me fui a ver al cónsul, quien no sólo me echó a la calle como a un perro sino que, además, me aseguró que, si volvía a molestarlo, no sólo haría que me dieran una buena paliza, sino que avisaría a la policía para que me encerrasen una buena temporada a la sombra.

«Otro miserable más de los muchos que hay en este cochino mundo», me dije a mí mismo mientras lanzaba un escupitajo sobre el umbral de la puerta de entrada al Consulado. No me quedaba ni un triste centavo. Me había gastado todo el dinero emborrachándome en Hamburgo. ¿Conocen ustedes Sankt-Pauli? Pues allí estuve a punto de estirar la pata, con la turca que pesqué vaciando botellas y más botellas.

Imagínense, mis queridos amigos, un flamante coche de nueve caballos. A lo mejor eran caballos de madera, pero esto no tiene ninguna importancia, ni viene al caso. Pues bien, fue en un chisme como ese donde me harté de beber Sekt y Berenfang hasta llenar esta bodega que tengo por estómago.

¿Saben lo que es el Berenfang? Una maravillosa bebida hecha con excelente miel y alcohol. ¡Tan buena que no me importaría que me llevasen al mismo infierno, a cambio de un buen barril de ella! Y tan suculenta que, después de cada sorbo, uno tiene la impresión de que va a caerse de la silla tieso como un muerto.

—Limítate a los hechos, charlatán —exclamaron todos los que le estaban escuchando.

—¡Era la introducción! —respondió Simenson—. Después de todo, en todos los librejos hay unos preliminares como estos. Y mi historia vale tanto como un librejo.

Cuando no se tiene un céntimo en el bolsillo y el barco en que uno va enrolado se ha largado, dejándole a uno en tierra, mientras en la mente las ideas se vuelven cada vez más lúcidas, decidme, amigos, ¿adónde se dirige entonces un hombre? Yo os lo diré: de diez probabilidades hay nueve de que se dirija a una estación de ferrocarril. ¿No están de acuerdo conmigo, eh, compañeros?

Se sube uno al primer vagón que encuentra, escoge el compartimento con más cojines por todas partes y nos dejamos adormecer de un modo placentero por el movimiento monótono del tren en marcha. Y así continuamos, hasta que de pronto aparece un revisor y nos expulsa del vagón al llegar a la próxima estación, acompañando su gesto con una sarta de frases nada agradables. 

Pero, por fortuna, en mi caso, la estación en la que el revisor me echó del tren era realmente magnífica. Estaba iluminada como una piedra preciosa en el escaparate de una joyería, pero muy abandonada, sin un alma viviente, pues era de noche.


Entonces me hice el borracho, con el fin de no contestar a las posibles preguntas que pudieran hacerme dos empleados de la estación. Me fijé en que uno de ellos le dijo en voz baja a su compañero:

—Este ya está maduro para Drummer-Hinger.

—¡Cállate! Estas cosas no se pueden decir —le contestó el otro, que tenía una especie de quepis dorado sobre su orondo cráneo.

Luego se acercaron unos cuantos tipos bien rellenos de grasa, me cogieron como si fuera un baúl, y me metieron sobre el entarimado de un miserable tabuco.

—Aquí te quedas, amigote, y a ver si revientas de una vez —dijeron bromeando, mientras se alejaban dejándome solo en aquel inmundo lugar.

Fue entonces cuando el destino vino en mi ayuda. Me estaba muriendo de sed. A mi mente acudieron las deliciosas bebidas que había paladeado durante la víspera, es decir, el Sekt, el Berenfang y otros exquisitos licores. De repente oí el típico ruido de botellas al chocar unas con otras y la boca se me hizo agua.

Seguramente será café, o té o algunas de esas repugnantes bebidas, me dije a mí mismo, mientras me apoderaba de una de esas botellas. Pero cuando la tuve en mi mano, quedé pasmado: ¡era Schnaps! Y de una calidad tan excelente, que me bebí toda la botella.

«Si alguno de aquellos tipos se da cuenta de que me he bebido su exquisito licor, estoy listo», pensé. Por fortuna, aún me quedaban las suficientes fuerzas como para huir del tabuco y salir corriendo, amparado por la obscuridad de la noche, a lo largo de las vías de ferrocarriles.

Había recorrido una buena milla cuando tropecé con uno de los maderos; caí al suelo como un saco de plomo, y sentí un inmenso dolor en todos los huesos de mi esqueleto. Mi caída tuvo que producir ruido forzosamente. Además, creo que grité y lancé un juramento.

Sí, debían haberme oído. Instantes después, alguien me enfocaba a los ojos con una potente linterna.

—Por favor, apague la linterna —dije—. Tengo la costumbre de dormir sin lámpara, ni vela.

—¿Qué es lo que estás haciendo aquí? —me graznó una voz seca y desagradable.

—Aquí no estoy haciendo nada, y por eso ahora mismo me voy; sí, debo irme.

—¿Y adónde debe ir el caballero?

No sé exactamente cómo, pero en aquel instante me vino a la mente el nombre de Drummer-Hinger, y se lo dije en voz alta, casi gritando.

Entonces observé que la linterna se movió un poco, como si la mano que la sostenía temblase.

—No hable tan alto, compañero —respondió el individuo con voz repentinamente dulcificada—. Le ruego que no hable, caballero. Pronto vendré a buscarle. El tren que sale para... en fin, usted ya sabe hacia dónde, no llega hasta aquí. Suele detenerse cerca de la señal roja que ve usted allí.

La luz de la linterna desapareció en la obscuridad de la noche, y otra voz, llena de compasión, me dijo:

—Comprendo muy bien que un hombre tan borracho...

«¿Pero qué es lo que aquí sucede? —me dije—. Debe ser un sueño.»

Me dirigí hacia los abetos, me senté en un lugar cómodo y, poco a poco, me quedé adormecido.

—¡Vamos...! Llegó el momento.

Me pusieron de pie, pues apenas tenía fuerzas en mis piernas. Me sentía tan débil como una jovencita. Luego aquellos individuos me arrastraron.

—Por mi parte, me podéis arrastrar así hasta el día de mi muerte, pues apenas tengo fuerzas para andar por mis propios pies —les dije.

—Ya tendrás tiempo para dormir cuando estés dentro del tren.

—¡Ah..., sí! Es verdad. Voy a ver a Drum...

—Cierra la boca. ¿Cómo es posible que puedas hablar con tanta ligereza de una cosa tan importante? ¡Cualquiera diría que estás contento con el viaje!

Aquella voz era despectiva, pero no severa. Incluso llegué a percibir cierto deje de compasión en ella. La señal roja brillaba en la obscuridad. Delante de mí había un tren negro muy largo. Sin fuego, ni luces, esperando que llegasen los viajeros.

De repente oí que se abría la puerta de un vagón. Instantes después me depositaban, con delicadeza verdaderamente maternal, sobre un montón de cómodos cojines.

—¡Gracias! ¡Gracias! —dije; pero ya no había nadie que pudiera escucharme.

La locomotora se puso en marcha con lentitud. Luego, se abrió la puerta de nuevo y una forma vaga y confusa se precipitó dentro de mi compartimento.

El tren empezó a aumentar su velocidad con una especie de chirrido quejumbroso, y pronto quedé sumido en un profundo sueño.

Cuando desperté, me sorprendí al comprobar la débil luz que reinaba en el compartimento. Un viejecito de pequeña estatura y mirada bondadosa, vestido como un burgués, se hallaba sentado frente a mí y me hacía señales de aprobación con su cabeza.

—Buenos días —le dije—. ¿También va usted a... cómo era... a Drummer-Hinger?

—¿Cómo dice usted? —respondió, extrañado.

—Drummer-Hinger —volví a insistir.

—Se trata de un nombre muy extraño —respondió el anciano, moviendo dulcemente la cabeza—. No creo haberlo oído mencionar nunca en mi vida.

—¡Esto es el colmo! ¡Ya no hay quién pueda soportarlo! Que yo no lo sepa es muy lógico, pues cuando me metieron en este tren estaba más borracho que un cosaco.

—¿Estaba usted borracho? Pues bien, me alegro de haberle despertado. Y ahora, quisiera hacerle algunas preguntas sobre este extraño viaje.

—Pues está usted listo, ya que yo sé tanto como usted, es decir, no sé nada. Puede que...

—Verá usted; yo tenía que hacer este viaje, cosa que ya de por sí es ridícula y a la que no estoy acostumbrado, pues nunca he viajado en toda mi vida. Soy profesor, y no tengo esposa ni hijos que me impidan hacer lo que me plazca. Lo único que amo en este mundo son los libros, y dentro de estos, aquellos relacionados con la antigüedad. Precisamente tenía que leer un magnífico libro de Encke. ¿Conoce usted a Encke?

—¿Encke? ¡Cómo no! Es el segundo oficial del Frauenlob. Un auténtico marrano. Aún no me ha pagado un dinero que le presté en cierta ocasión.

—Está usted equivocado, caballero —respondió el anciano—. Encke es un célebre historiador de la antigüedad. Pero, en fin, todo esto no tiene nada que ver con el asunto. Lo que yo me pregunto es cómo he podido emprender un viaje en el momento preciso en que me disponía a leer una obra tan famosa. ¿Yo, viajando? No tiene sentido, no lo comprendo.

—Bueno, no es para tanto. Yo siempre estoy viajando de una punta del mundo a la otra y, sin embargo, no veo nada extraño en ello.

—¿Es verdad? —dijo el anciano, con un tono algo despreciativo.— Espere un poco; tengo que acordarme. Me dirigía a la clase a dar un curso sobre historia universal, cuando he aquí que recibí un fuerte golpe. Fue un autobús...

El anciano se calló de repente, adoptando una postura como si estuviera soñando despierto.

—Sí, fue una cosa muy extraña —suspiró al fin—, pues justo después de aquel accidente me entraron unas ganas locas de salir de viaje. Partí de inmediato. ¿Pero adónde me dirijo en este momento? Recuerdo que pedí un billete en la estación de ferrocarril, pero nada más, no me acuerdo de nada más. ¡Ay, Dios mío, no sé lo que me ocurre, ni lo que estoy haciendo en este tren! Por favor, ¿señor...?

—Harvey Simenson —le respondí, presentándome—. Cuando alguien quiere halagarme me llama capitán Simenson; pero se lo confieso con sinceridad, no soy capitán.

—Capitán Simenson, ¿sería tan amable de pronunciar una vez más ese nombre de extrañas sonoridades?

—Drummer-Hinger.

Entonces, de repente, se produjo un misterioso cambio en las facciones del anciano. Sus labios temblaron y en sus ojos se reflejó una angustia indescriptible. Pero, momentos después, en su rostro sólo podía verse una profunda resignación.

—Creo que ahora lo comprendo todo —murmuró entre dientes—. Sí, ahora lo sé todo; ya no me queda la menor duda. Estoy completamente convencido de que todos los que van en este tren... están muertos.

—Eso son tonterías —le respondí.

El anciano se encogió de hombros, y añadió:

—Además, en este momento nos dirigimos hacia el Gran Destino, nuestro último destino...

Aquellas palabras me parecieron tan solemnes, tan sombrías y tétricas, que tuve la impresión de que una ola de agua helada acababa de caerme encima. Pero al mismo tiempo, dentro de mi alma sentía que había dicho la verdad.

Después de un prolongado silencio, me dirigí al viejecito y le dije, algo nervioso:

—La locomotora ya no hace ningún ruido. Las ruedas no chirrían. ¿Verdad que no se oyen las bielas? ¡No, no se oyen! Da la impresión de que el tren está bogando, ¿no le parece, caballero?

—Es muy posible —repuso con indiferencia—. Por el momento, estimado capitán, la única cosa que podemos hacer, lo único que nos está permitido, es pensar, sólo pensar. Claro que si pensamos con detenimiento, quizá tengamos una última oportunidad para... bueno, no vale la pena desperdiciar nuestro precioso tiempo y nuestras palabras. Capitán Simenson, si no tiene ningún inconveniente, preferiría estar callado.

A través de las pequeñas ventanas del vagón se percibía un claro día. El tren rodaba a través de una nube color lila que nos impedía ver el paisaje. De vez en cuando, a través de unos claros en aquella bruma, tuve la impresión de ver unas tierras sombrías, tenebrosas. De repente el tren disminuyó su marcha, y, sin poder contenerme, exclamé:

—¡Maldito sea el demonio! ¡Fíjese, caballero...! ¡Trenes! ¡No hay más que trenes! ¡Muchísimos trenes!

Mi compañero de viaje pareció no haberme oído. Sus ojos estaban fijos en mí, como si se extrañase de lo que acababa de decirle.

—No me mire de ese modo. Tiene usted el aspecto... no, no quiero decirlo, pero de todas formas, no me agrada que me mire de esa forma. Si tiene ganas de ver algo, contemple todos los trenes que están ahí fuera.

No me contestó nada. Su rostro estaba dominado por el terror.

—Los trenes, los trenes —repetía yo; pero el anciano seguía con los ojos fijos en mí, sin responderme.

De vez en cuando, y a través de aquellos claros en las nubes, se veían los trenes. Dirigí mi mirada hacia los cristales de las ventanas de esos vagones y quedé estupefacto y horrorizado al contemplar numerosos rostros apoyados en ellos; unos rostros deformados por el terror y la angustia.

—¡Muertos, todos están muertos! ¿Pero adónde los conducen? ¿Por qué están en esos trenes?

Ya no me atrevía a mirar al profesor. Su mirada se había hecho más horrible.

—Señor Simenson —me dijo de repente—, escúcheme...

—Es lo que estoy haciendo.

—Tengo la impresión —me respondió el profesor—, mejor dicho, el temor, de que ya me queda muy poco tiempo para conversar con usted. Es más, incluso pienso que, a partir de este instante, ya ni siquiera tengo el derecho de hablar con usted. Sin lugar a dudas, aún me queda una brizna de libertad antes de llegar al Gran Destino. Escúcheme, pues. Estoy convencido de que usted, sólo usted, no está muerto.

—¿Qué? ¿Cómo dice?

—¡Tiene que salir de inmediato de aquí! ¡Regrese cuanto antes a ese mundo al que usted aún pertenece! ¡Salte del tren!

—¿Pero por qué?

—¿Es que no comprendes nada, imbécil? ¿Es que no te das cuenta, ignorante criatura?

Si aquellas palabras me las hubiera dicho antes cualquier persona, se habría acordado de mí durante toda su vida; pero en aquel preciso instante, incluso un niño de pantalones cortos habría podido apalearme.

—De modo que no me comprende, ¿no es así? Pues bien, se lo diré de una forma más clara: los muertos odian a los vivos, y yo le odio. Huya, desaparezca, pues ya no puedo contenerme más. ¡Le odio, le detesto! Huya de inmediato o... ¡Voy a morderle!

Aquel viejecito, que hasta entonces me había parecido una persona simpática, empezaba a transformarse ante mis ojos en una horrible y amenazadora criatura, temblando de odio y de rabia de la cabeza a los pies.

—¡Voy..., voy a... debo morderle!

De un salto, se lanzó sobre mí. Lo rechacé con todas mis fuerzas e intenté abrir la puerta del compartimento. Unos instantes después, me hundía en las nubes, y al fin caí sobre una tierra húmeda que apestaba a algo mohoso y putrefacto.

En la lontananza, vi que el tren desaparecía poco a poco en la bruma.

Estoy convencido de que estuve errando allí por lo menos ocho días, envuelto en aquella bruma helada, caminando sobre una tierra húmeda y pegajosa, fría como un témpano de hielo. De vez en cuando, observaba unas sombras furtivas que parecían buscar alguna cosa con avidez. Y hubo un momento en que algo o alguien me atrapó en sus garras, y pude ver, a través de una espesa bruma, una especie de boca gris con dientes demasiado blancos, que crujían mientras se acercaban a mi garganta.

Hice un esfuerzo y me liberé de ser atrapado por aquellas horribles fauces, y entonces oí gemidos y lloriqueos.

De repente oí una campana, en medio de la espesa bruma. Sonaba con una claridad bastante extraña; los sonidos metálicos se sucedían unos a otros, con rapidez. Me dirigí de inmediato en dirección a los mismos. A causa de la espesa bruma, estuve a punto de romperme la nariz, al chocar contra un muro de piedras. Al final de aquel muro había una torre, en la que una campana sonaba con estrépito.

Un hombre de elevada estatura, vestido con un hábito de monje, tiraba sin parar de la cuerda de una campana, cuando aparecí ante él. Sus brillantes ojos reflejaron un rayo de alegría cuando me vio.

—¡Un hombre! —exclamó—. Estaba seguro de que alguien se había extraviado una vez más y por eso me puse a batir la campana, para orientarlo hacia aquí.

—¡Por el amor de Dios, ayúdeme! —le supliqué, mientras observaba que todo su cuerpo temblaba como la hoja de un árbol.

—Bueno... sí, sí..., ¡pero no puedo pronunciar una palabra!

—¿Es que... usted también... es un muerto? —dije temblando.

—¡No! —exclamó, dando un grito salvaje—. ¡Y nunca lo seré! ¡Soy Isaac Laquedem! ¡El Judío Errante! ¡Huya! —me dijo, mientras se retorcía las manos—. Aquí se encuentra usted en la misma frontera. Los muertos no pueden franquearla, pero Él, sí. ¡Huya, quizá no sea aún demasiado tarde!

Bruscamente, extendió su brazo, como queriendo indicar algo en la lontananza, donde no había bruma ni nubes. En el lugar que el monje me indicó estaba el mar; un mar tenebroso y sin fin, a cuyas orillas se alzaban altos acantilados. En medio de aquellas aguas, un barco negro se deslizaba.

—El Holandés Volante. Ese tampoco morirá nunca —me dijo con tono quejumbroso, como aquel mar silencioso—. ¡Huya! Haga un esfuerzo, si aún puede, y trate de...

Eché a correr como un loco. A medida que avanzaba, el suelo era más firme. Lancé un suspiro de alivio. Detrás de mí, los tañidos de la campana atravesaban la bruma, y se oían con más agudeza que nunca. Entonces me volví. ¡Nunca debí haberlo hecho! Nunca olvidaré la horrible visión que se presentó ante mis ojos, por muchos años que me queden de vida.

A unos pasos del muro de piedra, donde Isaac Laquedem tiraba de la cuerda de la campana, se agitaba una masa infinita, un mar humano de siniestros personajes apretujándose los unos contra los otros. Millones de ojos en llamas me contemplaban con insistencia, de un modo siniestro, con rabia y furor.

Millones y millones de miradas plenas de ese odio de los muertos al ver que un vivo había podido escapar de sus macabras garras. Sin embargo, por encima de aquel ejército de personajes siniestros, algo gigantesco estaba mirando. Algo de lo que nunca podré dar una descripción exacta. Era noche, fuego, tempestad, dolor. No, no creo que existan palabras que puedan describir lo que yo vi y sentí. El mismo pensamiento incluso no podría traducir una visión.

Aquella entidad —tengo que emplear esta palabra pues no encuentro otra más apropiada—, que no tenía ojos ni cuerpo, parecía, a pesar de todo, estar fijándose detenidamente en algo.

Como una bestia salvaje perseguida durante una cacería, seguí corriendo, corriendo, corriendo, hasta que perdí el conocimiento. Dos pescadores del Báltico me encontraron en medio de un montón de desechos de pescados. Tuve que haber estado allí mucho tiempo, ya que las ratas de las cloacas ya me habían mordido profundamente en las manos y orejas.

Harvey Simenson nos contó esta historia en una taberna de Rotterdam.

—Ahora ya sé qué es la Muerte, la misma Muerte, la que me ha olvidado, como me dio a entender Isaac Laquedem.

Estas fueron sus últimas palabras, o casi...

—Ya sé que me tomarán por un idiota por haberles contado todo eso —añadió, con cierta tristeza en la voz.

Después de estas palabras, abandonó la taberna, dejándonos a todos nosotros a la puerta de la misma, en aquel bulevar húmedo y frío, donde el viento de otoño hacía revolotear las hojas y las gotas de agua. Pronto desapareció en la bruma.

Nos quedamos largo tiempo contemplando el lugar por donde Simenson había desaparecido, y, de repente, un frío indescriptible se apoderó de todos nosotros.

Una sombra larga, muy larga, sin fin, apareció de pronto, como si hubiese surgido de alguna de aquellas callejuelas adyacentes, y se puso a seguir al marino.

Nadie volvió a ver jamás a Harvey Simenson.