En la mañana del tercer día, el mar se calmó. Incluso los pasajeros más
delicados —aquellos que no habían sido vistos a bordo desde que el barco
emprendió el viaje— salieron de sus camarotes y se arrastraron hasta la
cubierta superior, donde el camarero les atendió amablemente, proporcionándoles
sillas extensibles para tumbarse y mantas con que envolverse las piernas, bajo
los rayos del pálido sol de enero.
Los dos primeros
días habían resultado bastante agitados, y aquella repentina calma y la
sensación de comodidad que trajo consigo creó una atmósfera más jovial en todo
el buque. Cuando anocheció, los pasajeros, con doce horas de buen tiempo detrás
de ellos, empezaban a sentirse confiados, y a las ocho, el comedor principal
estaba lleno de gente que comía y bebía con el aire complacido y tranquilo de
un experto lobo de mar.
La cena no había
llegado a su mitad criando los pasajeros se dieron cuenta, a causa de una leve
fricción entre sus cuerpos y los asientos de sus sillas, de que el buque había
empezado de nuevo a bailar. Muy suavemente al principio, con un leve movimiento
oscilatorio, pero aquello bastó para provocar un sutil e inmediato cambio de
humor entre las personas que se encontraban en el comedor. Unos cuantos
pasajeros levantaron la cabeza, vacilando, esperando, casi escuchando que
llegara el siguiente bandazo, sonriendo nerviosamente, sin conseguir ocultar
del todo el miedo que se reflejaba en sus ojos. Los que no habían sido
afectados por la situación empezaron a bromear, haciendo chistes acerca de la
comida y del tiempo, para torturar a los que experimentaban una sensación de
malestar en la boca del estómago. El movimiento del barco se hizo cada vez más
violento, y cinco o seis minutos después del primer bandazo, oscilaba
pesadamente de lado a lado, mientras los pasajeros se agarraban a sus sillas,
como náufragos que se aferraran a una tabla de salvación.
Finalmente llegó lo
peor, y Mr. William Botibol, sentado a la mesa del sobrecargo, vio que su plato
de turbot escalfado con salsa holandesa se deslizaba
repentinamente por debajo de su tenedor. Hubo un murmullo de excitación y todo
el mundo trató de poner a salvo sus platos y sus vasos. Mrs. Renshaw, sentada a
la derecha del sobrecargo, lanzó un chillido y se agarró al brazo de aquel
caballero.
—Vamos a tener una
mala noche —dijo el sobrecargo, mirando a Mrs. Renshaw—. Creo que se prepara
una noche muy mala.
Un camarero roció
apresuradamente los manteles con agua, para evitar que los platos se
deslizaran. La excitación se calmó. La mayoría de los pasajeros continuaron
cenando. Un pequeño número, entre ellos Mrs. Renshaw, se puso en pie y abandonó
el comedor con paso inseguro.
—Bueno —dijo el
sobrecargo—, se ha marchado.
Se refería a Mrs.
Renshaw, a juzgar por el suspiro de alivio que acompañó a aquellas palabras.
Luego, el sobrecargo miró con aire de aprobación al resto de su rebaño que
estaba tranquilamente sentado, reflejando en sus rostros aquel extraordinario
orgullo que los viajeros parecen experimentar al ser reconocidos como «buenos
marinos».
Cuando terminó la
cena y sirvieron el café, Mr. Botibol, que había permanecido anormalmente serio
y pensativo desde que empezó el «baile», se puso repentinamente en pie y empujó
su taza de café hasta el lugar que había ocupado mistress Renshaw, al lado del
sobrecargo. Luego dio la vuelta a la mesa y se instaló en la silla que aquella
dama había abandonado. Inclinándose hacia el sobrecargo, le susurró al oído:
—Perdone… ¿Puedo
hacerle una pregunta, por favor?
El sobrecargo, un
hombre bajito y rechoncho, de rostro enrojecido, se inclinó hacia adelante para
escuchar.
—¿Qué sucede, Mr.
Botibol?
—Lo que deseo saber
es esto —el rostro del hombre tenía una expresión de ansiedad, y el sobrecargo
estaba contemplándolo—. Lo que deseo saber es si el capitán ha efectuado ya su
cálculo del trayecto a recorrer por el buque… para la subasta, quiero decir.
El sobrecargo, que
se había preparado para recibir una confidencia personal, sonrió y se retrepó
en su silla para relajar su estómago repleto.
—Yo diría que sí
—respondió.
No se molestó en
susurrar su respuesta, aunque maquinalmente bajó el tono de su voz, como suele
hacerse para contestar a un susurro.
—¿Cuánto hace que
lo calculó?
—Habrá sido esta
tarde. Suele hacerlo por la tarde.
—¿A qué hora?
—No lo sé. Supongo
que alrededor de las cuatro.
—Ahora, dígame otra
cosa. ¿Cómo decide el capitán el número que ha de servir de base a la subasta?
¿No es un poco complicado?
El sobrecargo
contempló el ansioso rostro de Mr. Botibol y sonrió, sabiendo perfectamente
adonde quería ir a parar con sus preguntas.
—Verá, el capitán
tiene una pequeña conferencia con el piloto, estudian el tiempo y otros
factores, y a base de ellos hacen su cálculo.
Mr. Botibol
asintió, rumiando aquella respuesta unos instantes. Luego dijo:
—¿Cree usted que el
capitán sabía que íbamos a tener mal tiempo?
—No puedo decírselo
—respondió el sobrecargo. Estaba mirando los ojillos negros de su interlocutor,
viendo las chispas de excitación que danzaban en sus pupilas—. No puedo
decírselo, Mr. Botibol. Lo ignoro.
—Si el tiempo
empeora, podría resultar conveniente comprar alguno de los números bajos, ¿no
cree?
El susurro era
ahora más apremiante, más ansioso.
—Tal vez —dijo el
sobrecargo, sin comprometerse—. Dudo de que el viejo previera que íbamos a
tener una mala noche. Cuando hizo el cálculo, esta tarde, la calma era
absoluta.
Los otros ocupantes
de la mesa se habían quedado en silencio y trataban de escuchar la conversación,
contemplando al sobrecargo con aquella intensa mirada que puede verse también
en los aficionados a las carreras de caballos, cuando tratan de oír lo que dice
un entrenador acerca de sus posibilidades: los labios ligeramente
entreabiertos, las cejas enarcadas, la cabeza tendida hacia adelante…
—Ahora, supongamos
que usted pudiera comprar un número —susurró Mr.
Botibol—. ¿Cuál escogería hoy?
—No sé todavía cuál
es el número base —respondió pacientemente el sobrecargo—. No lo anuncian hasta
que empieza la subasta, después de la cena. En realidad, no entiendo mucho en
la materia. No soy más que el sobrecargo…
Mr. Botibol se puso
en pie.
—Perdone la
molestia —dijo, y echó a andar cuidadosamente por entre las otras mesas,
agarrándose de cuando en cuando al respaldo de una silla para contrarrestar los
efectos del balanceo del barco.
—A la cubierta
superior, por favor —le dijo Mr. Botibol al ascensorista.
Al poner pie en
cubierta, el viento le dio de lleno en el rostro. Avanzó tambaleándose hasta la
borda, y se agarró fuertemente a la barandilla con las dos manos. Desde allí
contempló el mar, cada vez más oscuro, y las grandes olas coronadas de espuma
que cabalgaban a lomos del viento.
—Mal tiempo,
¿verdad? —dijo el ascensorista, cuando Mr. Botibol se decidió a bajar de nuevo.
Mr. Botibol estaba
pasándose un peine rojo por los alborotados cabellos.
—¿Cree usted que el
mal tiempo retrasará la marcha del barco? —preguntó.
—Desde luego que
sí. Ya la ha retrasado considerablemente desde que empezó el «baile». Con un
tiempo como éste hay que aminorar la velocidad, ya que de no hacerlo los
pasajeros botarían como pelotas por todo el barco.
Abajo, en uno de
los salones, la gente estaba reuniéndose ya para la subasta. Se agrupaban
alrededor de las diversas mesas, los hombres un poco rígidos en sus smokings,
las mujeres con los blancos brazos al aire. Mr. Botibol ocupó una silla cerca
de la mesa del subastador. Cruzó las piernas, plegó los brazos y adoptó el aire
más bien desesperado de un hombre que ha tomado una terrible decisión y se
niega a sí mismo el derecho a asustarse.
La subasta,
pensaba, ascendería probablemente a unos siete mil dólares, juzgando lo que
había sucedido los dos días anteriores, en que los números se habían vendido
entre trescientos y cuatrocientos dólares cada uno. Tratándose de un barco
inglés, cobraban en libras, pero a Mr. Botibol le gustaba pensar en términos de
su propia moneda. Siete mil dólares era mucho dinero. Muchísimo dinero. ¡Santo
cielo, lo que haría él si desembarcara con el bolsillo lleno de billetes de
cien dólares! En primer lugar, se compraría un «Lincoln» descapotable. Eso en
primer lugar. Lo compraría nada más desembarcar, y se presentaría con él en
casa. ¡La cara que pondría Ethel cuando se asomara a la puerta y lo viera! Valdría
la pena ver la expresión del rostro de Ethel ante un «Lincoln» descapotable
color verde pálido, último modelo.
«Hola, Ethel —diría
Mr. Botibol, en tono indiferente—. Te he traído un regalito. Lo vi en el
escaparate cuando pasaba, y pensé en ti y en lo mucho que siempre has deseado
tenerlo. ¿Te gusta, querida? —diría—. ¿Te gusta el color?».
Y luego
contemplaría su rostro.
El subastador
estaba ahora de pie detrás de su mesa.
—¡Damas y
caballeros! —gritó—. Va a empezar la subasta. El capitán ha calculado en quinientas
quince las millas a recorrer por el barco hasta el mediodía de mañana. Como de
costumbre, subastaremos los diez números anteriores y los diez posteriores al
quinientos quince, es decir, desde el quinientos cinco al quinientos
veinticinco, ambos inclusive. Y, desde luego, para los que opinen que las
millas recorridas estarán por encima o por debajo de esos números, subastaremos
separadamente «números altos» y «números bajos». ¡Atención! Ahora vamos a
extraer el primer número del sombrero… Aquí está… ¡Damas y caballeros! ¡El
quinientos doce!
El salón quedó en
silencio. Todos los presentes permanecían inmóviles en sus sillas, mirando al
subastador. Había cierta tensión en el aire, y a medida que las pujas eran más
altas la tensión iba en aumento. Aquello no era un juego ni una broma; para
convencerse de ello, bastaba con fijarse en cómo miraba un hombre a otro que
había superado su puja…, sonriendo, quizá, pero sólo de labios para afuera, los
ojos brillantes y completamente fríos.
El número
quinientos doce fue adjudicado en ciento diez libras. Los tres o cuatro números
siguientes fueron adquiridos por una suma parecida.
El barco oscilaba
fuertemente, y a cada bandazo el revestido de madera de las paredes crujía como
si fuera a partirse. Los pasajeros se agarraban a los brazos de sus asientos,
concentrados en la subasta.
—¡Números bajos!
—anunció el subastador—. A continuación subastaremos los números bajos.
Mr. Botibol se
irguió en su silla, con todo su cuerpo en tensión. Esperaría, había decidido,
hasta que los demás terminaran de pujar; en el último momento, se levantaría de
un salto y haría su oferta. Había calculado que tenía algo más de quinientos
dólares en su cuenta del banco…, casi seiscientos. Esto representaba unas
doscientas libras…, más de doscientos. Podía pujar hasta esa suma.
—Como todos ustedes
saben —estaba diciendo el subastador—, los números bajos cubren todos los números que se encuentran por debajo del
quinientos cinco. De modo que si ustedes opinan que el barco va a recorrer
menos de quinientas millas durante las veinticuatro horas que finalizarán
mañana al mediodía, ahora es el momento de que pujen. ¿Cuánto ofrecen por los
números bajos?
Las ofertas
alcanzaron rápidamente las ciento treinta libras. Por lo visto, Mr. Botibol no
era el único que se había dado cuenta de que el tiempo había empeorado. Ciento
cuarenta…, cincuenta…
El subastador
levantó su maza.
—Ciento cincuenta a
la una…
—¡Sesenta! —gritó
Mr. Botibol, y todos los rostros se volvieron hacia él.
—¡Setenta!
—¡Ochenta! —gritó
Mr. Botibol.
—¡Noventa!
—¡Doscientas!
—gritó Mr. Botibol. No iba a detenerse ahora… por nadie.
Se produjo una
pausa.
—¿Alguien ofrece
más de doscientas libras?
«Quédate quieto —se
dijo a sí mismo Mr. Botibol—. Absolutamente quieto, sin levantar la mirada.
Levantar la mirada trae mala suerte. No respires. Mientras contengas la
respiración, nadie va a pujar».
—Doscientas libras
a la una…
El subastador tenía
un cráneo sonrosado y calvo, y ahora brillaban en él unas gotitas de sudor.
—Doscientas libras
a las dos…
Mr. Botibol contuvo
la respiración.
—Doscientas libras…
¡a las tres!
El subastador dejó
caer la maza sobre la mesa. Mr. Botibol rellenó un cheque y se lo entregó al
ayudante del subastador. Luego se retrepó en su asiento para esperar el final
de la subasta. No quería acostarse sin saber a cuánto ascendía el total.
Efectuada la suma,
arrojó la cifra de dos mil cien libras. Seis mil dólares, aproximadamente. El
noventa por ciento para el ganador y el diez por ciento para el Colegio de
Huérfanos de la Marina Mercante. El noventa por ciento de seis mil dólares eran
cinco mil cuatrocientos dólares. Bueno, había suficiente. Podría comprar el
«Lincoln» descapotable, y aún le quedaría algo. Mr. Botibol se dirigió a su
camarote andando sobre algodonosas nubes de color de rosa.
Cuando Mr. Botibol
se despertó, a la mañana siguiente, permaneció completamente inmóvil durante
varios minutos, con los ojos cerrados, atento al sonido del vendaval, al
balanceo del barco. No hacía viento, y el barco no se balanceaba. Se levantó de
un salto y miró a través del ojo de buey. ¡Santo cielo! El barco se deslizaba
rápidamente por un mar tan liso como el cristal. Mr. Botibol dio media vuelta y
fue a sentarse en el borde de su litera. Notaba una intensa sensación de
malestar en la boca del estómago. Sus sueños empezaban a derrumbarse. Después
de lo que acababa de ver, era más que seguro que ganaría uno de los números
altos.
«¡Dios mío!
—murmuró—. ¿Qué voy a hacer?».
¿Qué diría Ethel,
por ejemplo? No podía decirle a su esposa que se había gastado casi todos sus
ahorros de dos años en un boleto de la subasta del barco… Y, por otra parte, no
podía dejar de decírselo. ¿Cómo justificaría la volatilización del dinero de su
cuenta corriente? ¿Y los plazos mensuales del aparato de televisión y de la
Enciclopedia Británica? Mr. Botibol veía ya la rabia y el desprecio en los ojos
de su esposa, el azul convirtiéndose en gris, como sucedía siempre que Ethel se
ponía furiosa.
«¡Dios mío! ¿Qué
voy a hacer?».
No tenía la menor
posibilidad de ganar, a menos que sucediera un milagro y el barco hiciera
marcha atrás. ¡Absurdo! Aunque… tal vez si se presentaba al capitán y le
ofrecía, el diez por ciento de los beneficios… O el veinte por ciento… De
repente, Mr. Botibol se quedó completamente inmóvil, con los ojos y la boca muy
abiertos, con una expresión en la que se mezclaban la incredulidad y la
sorpresa. ¿Cómo no se le había ocurrido antes? Mr. Botibol se puso en pie, muy
excitado, corrió hacia el ojo de buey y contempló de nuevo el mar. Bueno,
pensó, ¿por qué no? ¿Por qué no? El mar estaba tranquilo y no tendría
dificultades en mantenerse a flote hasta que le recogieran. Tenía la vaga
sensación de que alguien había apelado al mismo procedimiento con anterioridad,
pero eso no era obstáculo para que él volviera a hacerlo. El barco tendría que
detenerse, bajar un bote, y el bote tendría que retroceder media milla, como
mínimo, para recogerle, y luego tendrían que regresar hasta el barco y ser
izados a bordo. La operación duraría una hora, por lo menos. Una hora
representaba treinta millas. Lo suficiente para que ganaran los «números
bajos». Desde luego, tenía que asegurarse de que alguien le veía caer; pero eso
sería fácil de arreglar. Y sería preferible que llevara unas ropas ligeras, a
fin de poder nadar con más facilidad. Algo deportivo… Se vestiría como si fuera
a jugar un partido de tenis en cubierta: una camisa, unos pantalones cortos y
unas zapatillas de tenis. Y dejaría su reloj en el camarote. ¿Qué hora era? Las
nueve y cuarto. Bueno, cuanto antes, mejor. No podía olvidar que el plazo de la
subasta finalizaba a mediodía.
Mr. Botibol estaba
asustado y excitado al mismo tiempo cuando apareció en la cubierta superior.
Miró nerviosamente a su alrededor. Sólo había otra persona a la vista, una
mujer de edad madura, muy gorda, que estaba apoyada en la barandilla,
contemplando el mar. Llevaba un abrigo de piel de astracán con el cuello
levantado, de modo que Mr. Botibol no pudo verle la cara.
Avanzó
cautelosamente, examinándola desde cierta distancia.
«Sí —se dijo a sí
mismo—. Probablemente servirá. Probablemente dará la alarma con tanta rapidez
como cualquier otra persona. Pero, un momento, no te precipites, William
Botibol, no te precipites. ¿Recuerdas lo que te dijiste a ti mismo hace unos
instantes en el camarote, cuando te estabas cambiando de ropa? ¿Lo recuerdas?».
La idea de saltar
de un barco en pleno océano a mil millas de distancia de la costa más próxima
había convertido a Mr. Botibol —cauteloso por naturaleza— en un hombre
extraordinariamente prudente. Tenía que estar absolutamente
seguro de que la mujer que veía delante de él daría la alarma en cuanto
le viera saltar. En su opinión, existían dos posibles motivos por los cuales la
mujer podía fallarle. En primer lugar, podía tratarse de una mujer sorda y
ciega. No era muy probable, pero tampoco era imposible…
¿Por qué correr el riesgo? Lo único que tenía que hacer era comprobarlo,
hablando con ella unos instantes. Además —y esto demuestra lo suspicaz que se
hace la mente de un hombre cuando funciona apremiada por el miedo y el instinto
de conservación—, además, la mujer podía haber comprado uno de los números
altos de la subasta, y en consecuencia tener un buen motivo financiero para no
desear que el barco se detuviera. Mr. Botibol recordó a los individuos que
habían asesinado a camaradas suyos por mucho menos de seis mil dólares. No,
tampoco podía correr ese riesgo. No le costaba nada comprobarlo, a través de
unos instantes de conversación. Luego, suponiendo que la mujer resultara ser
una persona amable y encantadora, Mr. Botibol podría saltar por la borda con el
corazón ligero.
Mr. Botibol avanzó
de un modo casual hacia la mujer y se colocó a su lado, apoyado en la
barandilla.
—Buenos días —dijo
en tono afable.
La mujer se volvió
hacia él y sonrió, con una sonrisa sorprendentemente cordial, casi hermosa, a
pesar de que el rostro era más bien feo.
—Buenos días
—respondió la mujer.
No era ni ciega ni
sorda, desde luego. Mr. Botibol se frotó las manos, satisfecho.
—Dígame —continuó,
yendo directo al asunto—, ¿qué opina usted de la subasta de anoche?
—¿Subasta?
—inquirió la mujer, enarcando las cejas—. ¿Subasta? ¿Qué subasta?
—La que se celebra
en el salón después de la cena, vendiendo números que corresponden al recorrido
diario del barco. Me estaba preguntando qué opina usted de ella.
La mujer movió la
cabeza y volvió a sonreír, con una sonrisa dulce y agradable que pretendía ser
una disculpa.
—Soy muy perezosa
—dijo—. Me acuesto siempre muy temprano. Ceno en la cama, ¿sabe? Cenar en la
cama resulta muy agradable.
Mr. Botibol le
devolvió la sonrisa y se dispuso a separarse de la mujer.
—Voy a hacer un
poco de ejercicio —dijo—. Por la mañana hago siempre un poco de ejercicio.
Encantado de conocerla… Encantado de conocerla, señora…
Retrocedió unos
diez pasos, y la mujer le dejó marchar sin volver la cabeza.
Ahora todo estaba
en orden: el mar tranquilo, Mr. Botibol vestido adecuadamente para nadar, la
seguridad de que en aquella parte del Atlántico no había tiburones, y aquella
amable mujer para dar la voz de alarma. El único problema estribaba en si el
barco se detendría el tiempo suficiente para inclinar la balanza a su favor.
Sí, probablemente sí. De todos modos, Mr. Botibol podía ayudarse un poco a sí
mismo en ese sentido. Podía retrasar el momento de que le izaran a bordo del
bote salvavidas. Nadando alrededor de la embarcación, como si las olas le
empujaran contra su voluntad… Cada minuto, cada segundo ganado le ayudaría a
vencer. Empezó a avanzar de nuevo hacia la barandilla, pero ahora le asaltó un
nuevo temor. ¿Y si resultaba atrapado en el remolino de las hélices? Más de una
persona se había caído de un barco y había resultado destrozada por las
hélices… Bueno, pero él no iba a caerse, él iba a saltar,
lo cual cambiaba las cosas. En el supuesto de que saltara lo bastante lejos
como para evitar el peligroso remolino, claro está.
Mr. Botibol avanzó
lentamente hasta la barandilla, a unos veinte metros de distancia de la mujer.
En aquel momento, ella no le miraba. Mucho mejor. Mr. Botibol no deseaba que la
mujer le viera saltar. Así, él podría afirmar más tarde que había resbalado,
cayendo al mar, por accidente. Miró hacia abajo. Era un buen salto, desde
luego. Pensándolo bien, existía el peligro de que se lastimara seriamente al
chocar contra el agua. En cierta ocasión, alguien había resultado muerto al
saltar al agua desde un trampolín y caer sobre su estómago… ¡Cuidado! Tenía que
saltar de pie y hender el agua como un cuchillo. De acuerdo. El agua parecía
fría y profunda y gris, y Mr. Botibol tembló ligeramente al mirarla. Pero ahora
o nunca. De acuerdo: ahora…
Trepó a la
barandilla, se balanceó sobre ella durante tres terribles segundos y saltó…,
saltó tan lejos como le fue posible, y al mismo tiempo gritó:
—¡Socorro!
Mientras caía
volvió a gritar:
—¡Socorro! ¡Socorro!
Luego chocó contra
el agua y se hundió.
Cuando resonó el
primer grito, la mujer que estaba apoyada en la barandilla dio un respingo de
sorpresa. Miró rápidamente a su alrededor y vio volar por el aire a aquel
hombre que llevaba pantalones cortos y zapatillas de tenis, con los brazos
extendidos como las alas de un águila y gritando mientras descendía. Por un
instante, pareció como si la mujer no estuviera muy segura de lo que tenía que
hacer; lanzar al agua un cinturón salvavidas, echar a correr y dar la voz de
alarma, o simplemente aullar. Retrocedió un paso y se quedó inmóvil, tensa,
indecisa. Luego, todo su cuerpo pareció relajarse y volvió a inclinarse sobre
la barandilla, contemplando el agua. No tardó en divisar un puntito negro y
redondo…, una cabeza de hombre, y un brazo levantado por encima de aquella
cabeza, moviéndose desesperadamente, mientras una vocecita lejana decía algo
que la mujer no conseguía entender. Se inclinó un poco más sobre la barandilla,
tratando de no perder de vista el puntito negro, pero al cabo de unos
instantes, muy breves, el puntito se había alejado tanto que la mujer no pudo
tener la seguridad de que lo estaba viendo.
Al cabo de un rato
apareció otra mujer en cubierta. Una mujer huesuda y angulosa, con gafas. Se
dirigió rápidamente hacia la barandilla, andando con la marcialidad de un
sargento.
—¡De modo que está
usted aquí! —dijo.
La mujer gorda se
volvió a mirar a la recién llegada, pero no dijo nada.
—La he estado
buscando por todas partes —continuó la mujer huesuda—. Buscándola por todas
partes.
—Es muy raro —dijo
la mujer gorda—. Un hombre acaba de saltar por la borda, completamente vestido.
—¡Tonterías!
—¡Oh, sí! Dijo que
quería hacer un poco de ejercicio, y saltó al agua sin molestarse siquiera en
quitarse la ropa.
—Bueno, vamos para
abajo —dijo la mujer huesuda. Su anguloso rostro tenía ahora una expresión
vigilante, y habló con menos amabilidad que antes—. Y que sea la última vez que
sube sola a cubierta. Ya sabe que no me gusta que me desobedezca…
—Sí, Maggie —respondió
obedientemente la mujer gorda. Sonrió de nuevo, con una sonrisa tierna y
confiada, y se cogió de la mano de la mujer huesuda para cruzar la cubierta—.
Era un hombre encantador —murmuró—. Me saludaba desde el agua, agitando la
mano.