Aunque
estaba pasando a máquina sus notas taquigráficas, la secretaria, de edad media,
lanzaba sigilosas miradas a Sam Miller a través del despacho exterior. Esperaba
ver a su jefe, míster Collins, propietario y director del casino situado en el
hotel Starlight. Se trata de un establecimiento relativamente antiguo, no muy
lejos de la ciudad de Las Vegas.
Para
las mujeres en general, y sobre todo para las secretarias de edad media, Sam
era casi surrealísticamente elegante, demasiado buen americano para creérselo
de una sola mirada. Tenía poco más de veinte años, medía más de un metro
ochenta de altura, era ancho de hombros y parecía ágil. Su pelo rubio era
corto, su rostro curtido, su nariz perfectamente recta, sus dientes blancos, y
su sonrisa era un verdadero placer.
Sus ojos eran verdaderamente azules y la
expresión de su rostro resultaba tan clara y tan honesta que hasta una
secretaria con una conciencia pura y con una exquisita educación metodista se
sintió un poco fulana y pecadora cuando se encontró con él. Ella sabía que
míster Collins se sentiría ansioso de contratar a Sam, aunque aparentaría que
no lo estaba y primero haría pasar un mal rato al muchacho.
El Starlight
necesitaba personas adecuadas para saber tratar a la gente, y raramente se encontraba
a una con una imagen tan excelente de integridad. Y, mucho mejor que eso, las
miradas de Sam atraerían a la mayor parte de los jugadores de Las Vegas,
sintiendo las jóvenes la urgencia de acostarse con él, y las de mayor edad el
impulso de mostrarse maternales con él. Entonces sonó el intercomunicador y
míster Collins dijo que estaba dispuesto a recibir a míster Miller.
Sam
entró en el despacho y cerró la puerta tras de sí, despacio. Míster Collins, de
pie tras su enorme mesa de despacho, le extendió la mano derecha, con una
sonrisa de limitada cordialidad en su rostro. Sam había oído decir que míster
Collins había nacido en los Balcanes, con un nombre de muchas sílabas,
difíciles de pronunciar, que había sido cuidadosamente naturalizado y
neutralizado.
Era un hombre ya entrado en sus años sesenta, cuya piel poseía un
color oliváceo y que llevaba un traje de seda ligeramente gris, que concordaba
exactamente con el color de su pelo.
Sam
estrechó su mano, sonrió y dijo:
—¿Cómo
está usted, señor?
—Es
un gran placer recibirle, Sam Miller. Siéntese, por favor. Cuénteme la historia
de su vida.
Míster
Collins sólo tenía vestigios de un ligero acento extranjero.
—¿De
toda? —preguntó Sam, tomando asiento.
—Bueno,
no puede haber sido una vida muy larga. ¿Cuántos años tiene?
—Veintidós,
señor.
—¿Puedo
ver su permiso de conducir?
—Claro.
Sam
lo sacó de su cartera, se lo extendió por encima de la mesa y míster Collins le
echó un rápido vistazo, devolviéndoselo.
—¿Ha
sido detenido alguna vez?
—No,
señor.
—Asegúrese
ahora de lo que dice. Las reglas de la Comisión de Juego de Nevada me exigen
que lo compruebe.
—No,
señor. Nunca he sido detenido por nada.
—¿Por
qué quiere ser croupier?
—Para
ganar algún dinero y ahorrarlo, de modo que pueda ir a la Universidad.
—¿De
dónde procede usted?
—Nací
en Los Ángeles y estudié en la escuela superior de Hollywood; después, me
alisté en el cuerpo de marines, sin esperar el alistamiento forzoso.
—¿Qué
hizo usted en el cuerpo de marines?
—Me
enviaron al Vietnam.
—¿Le
ocurrió algo allí?
—Sí.
Fui herido tres veces.
—Cuenta
usted con mi más profunda simpatía. ¿Fueron heridas graves?
—Una
de ellas sí. Fue en el estómago. Las otras no tuvieron mayor importancia. En
cualquier caso, fui finalmente licenciado el verano pasado.
—¿Tiene
usted aquí su licencia?
Sam
se la entregó y míster Collins la miró, devolviéndosela después.
—¿Y
después de su licenciamiento?
—Mi
tío tenía una tienda de licores en Hollywood y me fui a trabajar con él. Pero
fuimos atracados cuatro veces. En dos ocasiones me amenazaron con armas de
fuego y en una ocasión me dispararon en un pie. Finalmente, mi tío recibió un golpe con una pistola y dijo que
al infierno con todo aquello, y vendió la tienda y yo me quedé sin trabajo.
—Ha
pasado usted por una buena cantidad de cosas en su corta vida.
Sam
sonrió.
—Le
aseguro que no fue intencionadamente. Entonces, alguien me sugirió que podría
encontrar un trabajo como croupier, aquí en Las Vegas. Como mis conocimientos de matemáticas ya eran
bastante buenos, vine aquí y seguí un curso en la academia de míster Ferguson
y, como habrá podido ver por el diploma que le ha entregado su secretaria, me
gradué ayer mismo.
Míster
Collins recogió el diploma y se lo entregó a Sam.
—¿Por
qué ha venido aquí... quiero decir en lugar de ir a cualquier otro casino?
—Míster
Ferguson me dijo que usted podría estar contratando croupiers y que era un buen hombre para quien poder trabajar. También me dijo
que era el hombre más inteligente de Las Vegas.
—¿Le
dijo eso? Es la primera vez que lo oigo decir. Precisamente, he estado hablando
por teléfono con Ferguson. Me dice que ha sido usted uno de los mejores
estudiantes que ha tenido en mucho tiempo. ¿Qué tal le va la ruleta?
—Creo
que bastante bien.
—Veamos.
Una pequeña prueba. Ha salido el treinta y dos —empezó a decir míster Collins,
y siguió diciendo—: y un jugador tiene dos fichas justo en ese número, una
ficha en número doble, dos en las esquinas, cuatro fichas en línea de tres a
través y tres fichas en la primera columna. ¿Cuántas fichas tendría que pagarle
a ese jugador?
Sam
tardó cuatro segundos en contestar.
—Ciento
cuarenta y siete.
—Ha
olvidado la apuesta de la columna.
—No,
señor, no la he olvidado. Me dijo la primera columna y el treinta y dos está en
la segunda columna —Sam sonrió un poco—, algo que usted sabe muy bien.
Míster
Collins no sonrió.
—Se
trata de cuartos de ficha —añadió—. ¿Cuánto ha ganado el jugador?
—Siete
montones más siete. Treinta y seis con setenta y cinco.
Entonces,
míster Collins sonrió.
—¿Puede
empezar a trabajar esta misma tarde, a las cuatro? Es el turno medio... desde
las cuatro hasta medianoche.
—Sí,
señor.
—Ganará
cuarenta dólares por turno, más su participación en las propinas. Al igual que
la mayor parte de los casinos, las juntamos y las repartimos cada noche.
Conseguirá así un promedio de doscientos cincuenta a doscientos setenta y cinco
dólares por semana de cuarenta horas. ¿Le parece bien?
—Sí,
señor —Sam se levantó como si fuera a marcharse.
—Siéntese.
Tengo algo que decirle. Yo y sólo yo poseo aquí la licencia de juego. No tengo
que responder ante nadie. No tengo ninguna relación con la mafia, ni con ningún
otro grupo de criminales. No les hacemos trampas a nuestros jugadores, tampoco
se las hacemos a la Comisión de Juego de Nevada, y tampoco a la delegación de
contribuciones. Es más, si cualquier croupier trata de engañar a la casa en favor de sí mismo o de un jugador, no
encontrará ninguna conmiseración por mi parte.
—Míster
Ferguson me dijo que dirigía usted un juego honrado.
—Es
algo más que un juego honrado. Veamos otra pequeña prueba. Ha salido el número
siete. Estando seguro de que el número no ha sido cubierto por nadie, retira
todas las fichas. Entonces, un jugador dice: «¡Eh, un momento! ¡Tenía una ficha
en el número siete y usted se la llevó!» Usted está seguro de que el jugador
está mintiendo, ¿qué hace?
—Bueno...,
envío a buscar a mi jefe de mesa.
—No.
Se disculpa usted ante el jugador y le paga. Únicamente en el caso de que el
jugador haga lo mismo más de una vez llama usted a su jefe de mesa... quien, de
todos modos, ya estará a su lado para entonces. Lo que deseo hacerle comprender
es que, en lo que a usted respecta, todo jugador es honrado y siempre tiene
razón. No es usted un policía, ni un detective. Ese trabajo queda a cargo de su
jefe de mesa y de mí mismo. No es tarea suya.
—Sí,
señor.
Míster
Collins se levantó y le extendió la mano.
—Me
alegro de tenerle con nosotros. Manténgase alejado de nuestras camareras. Hay
muchas otras chicas bonitas en esta ciudad.
Aquella
tarde, a las tres cuarenta y cinco, Sam volvió a entrar en el hotel Starlight.
Como era uno de los hoteles más antiguos, no era muy grande. El casino estaba
situado en un ala apartada del edificio. La gente acudía allí a jugar porque no
era ni ruidoso ni llamativo, como los nuevos y mucho mayores casinos
construidos posteriormente.
Las máquinas tragaperras se encontraban en una sala
aparte, de modo que su estruendo no molestaba a los jugadores serios. Sobre el
óvalo hundido que formaba el piso del casino, había dos mesas de dados, tres
mesas del 21 y tres ruletas. No había ninguna rueda de la fortuna, ni lotería,
ni apuestas de caballos. Era un casino destinado a los jugadores que apreciaban
la tranquilidad. Hasta los empleados que trabajaban en las mesas de dados
mantenían su continuo parloteo en voz baja.
Sam
no sabía dónde presentarse para comenzar a trabajar, pero en el piso superior
de la sala encontró un pequeño bar, al que se pasaba atravesando un arco, y al
que se dirigió, preguntándole al barman, que resultó llamarse Chuck. Él le dijo cómo encontrar la sala de los
empleados.
Sam
siguió un pasillo que conducía hacia la parte de atrás del edificio, donde
encontró una habitación en la que había algunos armarios de pared y unas
cuantas sillas y mesas. Ya había allí otros empleados, dejando colgadas sus
chaquetas y poniéndose sus viseras verdes. Un hombre pequeño y delgado, vestido
con un traje negro, se acercó a Sam. Parecía tener unos cincuenta años y tenia
un rostro agrio y cetrino.
—¿Sam
Miller? —preguntó.
—Sí,
señor.
—Me
llamo Pete y soy su jefe de mesa en este turno —se volvió entonces a los otros
empleados y añadió—: Muchachos, éste es Sam Miller.
Todos
ellos le saludaron amistosamente.
—Ya
los irá conociendo a todos —le dijo Pete—. Pero éste es Harry —llevó a Sam
hacia donde se encontraba un hombre alto de unos setenta años, con ojos
cansados—. Trabajarán juntos. Puede usted empezar preparándole los montones.
—Me
alegro de conocerle, muchacho —dijo Harry, estrechando la mano de Sam,
mirándole y reaccionando entonces—. ¡Dios mío! Si parece como si sólo tuviera
quince años.
En
el casino, Sam descubrió que su mesa de ruleta y accesorios eran casi idénticos
a los que poseía Ferguson en la academia. Había seis taburetes colocados a lo
largo de la parte de la mesa donde se colocaban los jugadores. Junto a la
ruleta, situada a la derecha del croupier, había montones de fichas de diversos colores: blancas, rojas, verdes,
azules, marrones y amarillas. Todas ellas llevaban una marca: STARLIGHT, aunque
no indicaban su valor. Como la apuesta mínima era de un cuarto, se presumía así
su valor.
Junto
a las fichas había montones de discos de dólar. Estaban hechos de metal de baja
ley y habían sido especialmente acuñados para el casino. A la derecha de los
discos había montones de cheques de la casa, con denominaciones marcadas de
cinco hasta cincuenta dólares. El casino también disponía de cheques de la casa
por valor de 100, de 500 y de 1.000 dólares, pero éstos raramente se veían en
una ruleta.
Frente
al croupier
había una ranura, y
cuando los jugadores compraban fichas con dinero en efectivo, los billetes eran
introducidos por la ranura y metidos en la caja cerrada que había bajo la mesa.
Como
ahora se hacía cambio de turno, míster Collins acudió con sus llaves y una caja
vacía. Cambió una caja por la otra y, llevándose la que estaba llena, se
dirigió al despacho del cajero, seguido por un guarda de seguridad, armado y
uniformado.
Durante
la primera hora, Sam se limitó a amontonar las fichas y los cheques ocasionales
que Harry le iba entregando. Se jugaba con tranquilidad, sin precipitaciones,
trampas ni discusiones. Después, Harry se marchó a descansar un poco y Sam se
hizo cargo del trabajo.
No
mucho después, una mujer se acercó a la mesa de Sam. Tenía unos cincuenta años,
era alta y delgada y en su boca se notaba la sonrisa de quien está bien situado
en el mundo. Llevaba una blusa dorada sobre unos pantalones de color naranja.
Parecía estar bastante bebida cuando dijo:
—Déme
un par de montones de cuarto —y extendió a Sam un billete de diez dólares.
El
introdujo el dinero en la ranura y entregó a la mujer dos montones de fichas
rojas.
—No
me gusta el rojo —dijo ella—. No hace juego con el color de mis pantalones. ¿No
tiene otro color?
—¿Qué
le parece el verde? —preguntó Sam, sonriendo.
—Me
parece bien —y cogió los dos montones de fichas que Sam colocó frente a ella.
Sam empezó a hacer girar la ruleta.
—He
estado jugando a esta ruleta durante años y años —dijo la mujer, dirigiéndose a
todos los presentes en la mesa—, y no existe ningún sistema para ganar. ¡No hay
ningún sistema! Tiene una que dejar las fichas donde caigan, como dice el
joven.
Entonces,
se volvió de espaldas a la mesa, con veinte fichas en cada mano, y las arrojó
por encima de sus hombros, sobre el tapete Cada ficha siguió su camino y empujó
otras apuestas, sacándolas de su posición; una buena cantidad de fichas
salieron rodando fuera del tapete y algunas cayeron al suelo.
Los otros
jugadores empezaron a gritar, disgustados. Sam quitó la bola de la ruleta. Pete
se acercó, pero antes se detuvo ante una mesa que había en el centro del
recinto y pulsó uno de los diversos botones que allí había.
—Lo
siento, señora —le dijo Sam a la mujer—, pero no se puede apostar de ese modo.
La
mujer empezó a reír.
—¡Si
sólo estoy dejando que las fichas caigan como quieran!
—Aun
así —dijo Sam, con una sonrisa forzada—. Si sus apuestas no están en una
posición correcta, no sabré lo que tengo que pagarle cuando gane.
Los
otros jugadores se habían inclinado pacientemente sobre la mesa y algunos
estaban recogiendo las fichas caídas al suelo. Sam las recogió todas,
apilándoselas a la mujer, y asegurándose de que estaban todas las que le
entregara.
—Siento
mucho haber causado todo este problema —dijo la mujer, sonriéndole a Sam—.
Veamos ahora. La mayor parte de ellas han caído alrededor del veinte, así es
que ahí las pondré todas.
Con
un cuidado propio de beodos empezó a colocar sus fichas alrededor del número
20.
A
cierta distancia, Sam vio a míster Collins que se aproximaba procedente de su
despacho, donde acababa de escuchar el timbre de advertencia pulsado por Pete.
Se dirigió hacia allí y se detuvo ante la cabecera de la mesa, pero no dijo
nada.
Sam
puso en movimiento la bola. La mujer observó cómo saltaba y rodaba.
—Va
a tener que pararse en el veinte —dijo—, o me quedaré en bancarrota.
La
bola se detuvo en el número 20.
—¡Oooooh!
—exclamó, dando un salto y uniendo las manos—. ¡He ganado! ¡He ganado!
Sam
contó las fichas verdes que había sobre el tapete.
—Seis
plenos en el veinte, nueve dobles, diez en esquinas. Eso hacen cuatrocientas
cuarenta y tres fichas, más estas veinticinco dejadas en el tapete.
—¿Cuánto
es eso en dinero? —preguntó la mujer.
—Ciento
diecisiete dólares —contestó Sam.
Míster
Collins se acercó a ella por detrás.
—Felicidades,
mistress Burke —dijo.
Ella
se volvió.
—¡Oh,
querido míster Collins! ¿Cómo está usted?
—Siempre
es un gran placer verla por aquí —dijo míster Collins—. De hecho, había estado
pensando en llamarla. Y antes de que haga usted saltar la banca, ¿por qué no
cobra su dinero y viene conmigo a tomar una copa? Necesito su consejo sobre un
pequeño terreno.
Al
cabo de un momento mistress Burke había cobrado sus ganancias y se alejaba,
felizmente cogida del brazo de míster Collins. Por debajo del parloteo de los
jugadores, Pete murmuró junto a Sam:
—Muy
bien resuelto, hijo mío. Lo que no es propiedad de Howard Hughes y de Kerkorian
en Las Vegas, es propiedad de mistress Burke.
Durante
la segunda noche de trabajo de Sam no ocurrió nada anormal. Pero a la tercera
noche, hubo un problema.
Un
joven de rostro rechoncho, boca taciturna y granos en la cara había estado
apostando regularmente al número 14, perdiendo siempre. Jugaba con cheques de
la casa de diez dólares, pero no parecía tener el aspecto de una persona que
puede permitirse el jugar así. A pesar de todo, fue aumentando sus apuestas
hasta que llegó a jugarse cincuenta dólares en una sola apuesta, justo al
número 14. La desesperación aparecía en sus ojos.
En
esta ocasión, salió el 15. No había ninguna apuesta en ese número. Sam limpió
el tapete.
—¡Eh,
un momento! —gritó el joven—. ¿Y qué hay de mis cincuenta apostados al quince?
Sam
sonrió amablemente.
—Creo
que estaban apostados al catorce, señor.
—¡No,
en esta ocasión no lo estaban! —afirmó el joven—. Al final me cansé del catorce
y aposté al quince. Lo que ha pasado es que estaba usted tan acostumbrado a
verme apostar al catorce que ha cometido un error, eso es todo.
Se
trataba de una cuestión de mil ochocientos dólares. Sam se quedó mirando a
Pete, pero antes de que el jefe de mesa pudiera hablar, un hombre de aspecto
distinguido y pelo blanco situado al final de la mesa, llamó la atención de
Sam.
—Me
temo que el joven tiene razón —su actitud era de desgana y pesar al mismo
tiempo—. Siento plantear dificultades, pero yo mismo le vi apostar en esta
ocasión al quince. Precisamente me pregunté si es que estaba cometiendo una
equivocación, o es que al final había decidido cambiar de número.
El
hombre más inteligente de Las Vegas ya había aparecido junto a la mesa.
—Pague
la apuesta, Sam —dijo—. No quiero discusiones aquí.
—Sí,
señor —dijo Sam, y empezó a buscar algunos cheques.
Pete
le detuvo con un movimiento de su mano y dijo:
—No
tenemos tanto aquí en la mesa, míster Collins.
Aquello
no era cierto.
—¡Oh!
—exclamó míster Collins—. Entonces, vayamos a mi despacho. Si usted y su amigo
quieren venir conmigo haré que...
—¿Mi
amigo? —preguntó el joven—. Yo nunca...
Desde
el fondo de la mesa, el más viejo dijo:
—¡Nunca
he visto a este joven antes!
—¡Oh!
—míster Collins parecía sorprendido—. Lo siento. Pensé que los dos eran amigos.
—¡Nunca
me había fijado antes en este caballero! —dijo el joven.
—Comprendo
—admitió míster Collins—. Sin embargo, señor —añadió, dirigiéndose al más
viejo—, necesitaré una breve declaración suya afirmando que vio usted el número
donde se hacía la apuesta. Es lo que exige la Comisión de Juego de Nevada en
estas circunstancias.
Aquello
era una tontería.
El
viejo suspiró, recogió sus fichas, rodeó la mesa y, extendiendo la mano al joven, le dijo, con una sonrisa:
—Me
llamo John Wood.
—Yo
soy George Wilkins, y siento haberle causado todo este problema, pero le
agradezco mucho que me haya defendido. Lo que quiero decir —añadió, haciendo
una indicación de cabeza hacia Sam— es que los jóvenes como éste son
evidentemente tan novatos que suelen cometer errores.
Sam
hubiera deseado lanzarse contra el joven, derribarle y romperle algunos
dientes. Los dos se marcharon junto con míster Collins. No volvieron a aparecer
por el casino. Cuando llegó la medianoche y Sam terminó su jornada, pasó a ver
a míster Collins en el piso de arriba y le preguntó:
—¿Qué
ocurrió con aquellos dos tramposos?
Míster
Collins sonrió.
—¿Por
qué supone eso, Sam?
—Porque
no se hizo ninguna apuesta al número quince, y cualquiera que diga otra cosa es
un embustero.
—Sam
—dijo míster Collins riendo—, no puede imaginarse lo estúpidas que son a veces
algunas personas. Les pedí que me mostraran sus permisos de conducir, como si
se tratara de una formalidad más. Sin pensárselo, me los enseñaron. ¿Y de qué
cree usted que me enteré?
—No
me diga que tenían el mismo apellido...
—No,
no. Pero sus direcciones demostraban que vivían en la misma calle, a sólo dos
casas de distancia, en Van Nuys, California.
—¡Dios
mío! ¿Y qué hizo usted entonces?
—Nada.
Les dejé solos en mi oficina un momento, y cuando volví ya se habían marchado. Supongo que a estas alturas ya
estarán de regreso en California —el hombre más inteligente de Las Vegas
sonrió, le dio una palmada a Sam en el hombro y dijo—: Buenas noches, Sam —y se marchó.
Eran
alrededor de las once de la noche, durante el cuarto día de trabajo de Sam,
cuando empezaron a suceder cosas. Sam estaba actuando de croupier, y Harry le ayudaba amontonando las fichas. La mesa estaba abarrotada y
se estaban utilizando todos los colores. Detrás de los jugadores sentados había
otros de pie, apostando con monedas y cheques de la casa. Cuando la Lola empezó
a detenerse, Sam dijo:
—No
más apuestas, por favor.
Un
hombre comenzó a protestar entonces:
—¡Déjenme!
Aquí, ahora... ¡déjeme! ¡Apártese, maldita sea!
Era
un hombre alto, que aparentaba tener unos setenta años y que llevaba un
sombrero «Stetson» de color blanco. Tenía un bigote blanco debajo de una nariz
roja. Se abrió paso a codazos entre los que estaban de pie. Mantenía sobre la
cabeza dos fajos de billetes de banco y cuando llegó a la mesa los arrojó sobre
la zona del número 23 y anunció:
—¡Son
dos mil dólares directos al veintitrés!
Rápidamente,
Sam recogió los fajos de billetes, apartándolos de la zona de apuestas.
—Lo
siento, señor.
La
bola se detuvo en el número 11.
La
aguda voz del anciano se elevó sobre los murmullos que se extendieron alrededor
de la mesa:
—¿Qué
pasa con usted, joven? ¿Ocurre algo malo con mi dinero?
Llevaba
una camisa de seda blanca, al estilo del Oeste y un lazo apache con un pasador
de oro en forma de una pepita; sobre todo ello llevaba una chaqueta de piel de
ante, sin una sola mancha, de color blanco, adornada con flequillos largos y
dotada de bolsillos arriba y abajo. Sam había visto un traje similar en los
escaparates de una tienda de Las Vegas, a un precio de 295 dólares.
—¡Se
trata de dinero perfectamente bueno! —dijo el anciano, mostrándole los dos
fajos.
Contenían
billetes de cien dólares que, según sabía Sam, suelen proceder del banco en
unidades de diez. Aquellos billetes parecían frescos, como si acabaran de salir
de la Oficina de Acuñación de Moneda y Timbre.
Sam
le sonrió al anciano.
—Claro
que lo es, señor. Pero, en primer lugar, llegó usted demasiado tarde para
apostar en esta jugada; en segundo lugar, sólo se puede apostar un máximo de
doscientos dólares a un solo número; y en tercer lugar, no utilizamos papel
moneda en esta mesa.
—Está
bien, véndame algunas fichas, ¡maldita sea!
—Lo
haría, señor, pero nos hemos quedado sin colores y...
Pete
se había acercado a la mesa y ahora preguntaba:
—¿Con
qué valor le gustaría jugar, señor?
—¡De
cien! ¡Con fichas de cien dólares, si es que tienen! —ahora, todo el mundo que
estaba en la mesa escuchó, y el anciano se volvió, sonrió y dijo—: ¡Me llamo
Premberton! ¡Bert Premberton! ¡De la zona de Elko! ¡Me alegro de conocerles a
todos! —y a continuación estrechó las manos de los que tenía más cerca.
—Tendré
que traer algunos cheques de cien dólares del cajero, míster Premberton —dijo
Pete—. ¿Cuántos le gustaría adquirir?
—Bueno,
ahora...
El
anciano reflexionó un momento y empezó a sacar un fajo de billetes tras otro,
extrayéndolos de los diversos bolsillos, y amontonándolos sobre la mesa, frente
a él. Todos eran de billetes de cien, y había veinte mil dólares en total.
Alrededor de la mesa se produjo un asombrado silencio.
—Hoy
he vendido un rancho —dijo Premberton simplemente, dirigiéndose a todo el
mundo—. O más bien debería decir que me he librado de él —después, dirigiéndose
a Pete, añadió—: ¡Oh, demonios! Empecemos, por ejemplo, con dos mil. Pero
traiga bastantes, ahora que lo hace.
Extendió
hacia Sam dos fajos de billetes de cien y volvió a colocar los restantes en sus
bolsillos.
Sam
se los entregó a Pete, que rompió los papeles que los rodeaban, sujetándolos,
contó los billetes y, asintiendo, dijo:
—Dos
mil. Vuelvo en seguida.
—¡Eh,
oiga! —gritó el anciano—. ¿Qué ocurre si el veintitrés sale mientras usted se
ha marchado, eh? Quiero doscientos en ese número cada vez. El veintitrés va a ser
un número caliente esta noche, ¡se lo digo en serio!
—Quedará
usted cubierto en cada jugada, míster Premberton —dijo Pete, alejándose.
—Hazte
cargo de mi puesto —le dijo Sam a Harry, y se marchó detrás de Pete,
alcanzándole fuera del recinto de las ruletas—. Pete —el jefe de mesa se
detuvo, volviéndose hacia él—. No me gusta ese viejo —dijo Sam—. Tengo una
cierta sensación con respecto a él.
—¿Por
qué?
—Bueno,
por una cosa: ha estado bebiendo y no me gustó la forma en que se abrió paso
hasta la mesa y... bueno, no confío para nada en él.
—Su
trabajo no es confiar en la gente. Mientras su dinero sea bueno, no me importa
si...
—Pero
quizá no lo sea. Quizá sea...
Míster
Collins se había acercado a ellos.
—¿Problemas?
—preguntó.
—Quizá
sea falso —terminó de decir Sam.
—Tiene
usted que estar bromeando —dijo Pete, sonriendo.
Míster
Collins cogió a Pete los billetes, les echó un vistazo, se los devolvió y con
un gesto indicó al jefe de mesa que se dirigiera hacia la ventanilla del
cajero. Después, suspiró.
—Sam,
aún tiene usted mucho que aprender. Para todos los propósitos prácticos, y en
cuanto nos concierne a nosotros, no existe ningún billete de cien dólares que
haya sido falsificado. ¡Oh, claro que existen! Pero son extraordinariamente
raros, por la sencilla razón de que los impresores no se molestan en
falsificarlos, porque saben que resulta muy difícil pasarlos. Se nos cuelan
billetes de cinco, de diez y de veinte; de vez en cuando aparece alguno de
cincuenta. Pero creo que no he visto un billete falsificado de cien dólares en
veinte años. En cualquier caso, hay dos lugares en los que nadie, excepto un
idiota, intentaría pasar deliberadamente billetes falsificados de cien: ni en
un banco, ni en un casino. Ambos lugares disponen de cajeros muy listos y de
hombres armados.
—Lo
siento —dijo Sam—. No sabía eso. Sólo estaba tratando de proteger a la casa.
—Su
trabajo no consiste en proteger a la casa. Pensé que eso ya lo había dejado
perfectamente aclarado la primera vez que me encontré con usted. Y ahora,
¿quiere regresar a su mesa, por favor?
—Sí,
señor.
Pete
se les acercó, trayendo consigo una caja de plástico casi llena con cheques de
la casa de cien dólares.
—He
traído unos cuantos, por si acaso —dijo—. Y para que nuestro detective esté
tranquilo he pedido a Ruth y a Hazel que comprobaran esos billetes; los dos son
expertos que trabajan en el departamento de moneda y me aseguran que todos los
billetes son buenos, con los números de serie seguidos, como si acabaran de
haber salido de la Oficina de Acuñación de Moneda y Timbre.
—Siento
haber sido tan estúpido —dijo Sam, que siguió a Pete hasta la mesa donde él y
el jefe de mesa apilaron los cheques en montones de veinte. Harry extendió la
mano hacia uno de los montones, contó cuatro cheques y entregó el resto a
Premberton, diciendo:
—Dos
mil, señor, menos cuatrocientos por las dos últimas jugadas.
El
anciano lanzó un gruñido, dando a entender que estaba de acuerdo y colocó dos
cheques en el número 23. Entonces, empezó a mirar por todo el casino, como si
estuviera buscando a alguien. Finalmente, la vio, se llevó dos dedos a la boca
y lanzó un estridente silbido. Después levantó la mano y gritó:
—¡Aquí,
cielo!
Una
mujer se acercó a la mesa y trató de abrirse paso por entre la multitud.
—¡Dejadla
pasar, aquí! —gritó el viejo—. Es mi pequeña novia, ¡eh, aquí! ¡Dejadla pasar,
maldita sea!
La
gente se apartó y la mujer se reunió con Premberton, quien la abrazó y besó. La
mujer se removió, diciendo:
—¡Oh,
Bert! ¡Aquí, no!
Era
espectacularmente bonita. Tenía poco más de veinte años, pelo rubio y unos
pechos jóvenes y grandes. Su boca era llena y sensual, pero sus grandes ojos
azules le daban una expresión de inocencia.
—¡Oigan!
Quiero que conozcan a mi dulce y pequeña novia, ¡Vikki! —la volvió a besar y
a abrazar, mientras su mano acariciaba las nalgas de la joven—. ¡Nos hemos
casado esta misma mañana! —se produjo un silencio alrededor de la mesa, en
parte de incredulidad y en parte de desaprobación—. Y la razón por la que va a
salir el veintitrés esta noche es porque hoy es veintitrés de febrero, y
también es el día en que yo nací, y ella también ha cumplido hoy mismo
veintitrés años. ¿Qué les parece eso? —Premberton se volvió hacia Harry y
preguntó—: ¿Está seguro ahora de que todo lo que puedo apostar en una sola
jugada son doscientos dólares?
—Sí,
señor —dijo Harry mientras la bola empezaba a girar—. Ese es nuestro límite.
La
bola giró un poco más y finalmente se detuvo en el 23, quedándose allí.
—Veintitrés
—anunció Harry y sonrió hacia Vikki—. Feliz cumpleaños, señora.
—¡Eh,
qué les parece! —exclamó el anciano, tocando a todo aquel que estaba a su
alcance—. ¿Qué les dije? El veintitrés va a ser un número caliente esta noche.
Harry
empujó tres montones y medio de cheques de la casa hacia el anciano, diciendo:
—Setenta
cheques, señor. Siete mil dólares.
Los
otros jugadores empezaron a lanzar exclamaciones de excitación y la gente que
escuchó el revuelo empezó a arremolinarse alrededor de la mesa, para observar.
Premberton le dijo a Vikki que abriera su bolso y arrojó dentro de él los
setenta cheques.
—Conseguirás
ese «Rolls-Royce» como regalo de boda, querida —después, dirigiéndose a Harry,
añadió—: Dígame una cosa. Mi pequeña novia también puede jugar, ¿verdad?
—Claro,
señor —confirmó Harry.
—Bien,
sólo tienes que hacer una cosa, Vikki, querida. Pones doscientos cada vez,
conmigo, al veintitrés, ¿de acuerdo?
Una
vez que el viejo hubo apostado sus dos cheques, Vikki añadió dos más que sacó
del bolso. Harry se volvió a Sam:
—¿Quieres
hacerte cargo durante un par de minutos?
Harry
se marchó y Sam ocupó su lugar, mientras Pete acudía para arreglar el dinero,
en el puesto de Sam. Otros jugadores empezaron a apilar fichas sobre el número
23. Sam lanzó la bola, haciendo girar la ruleta. En esta ocasión, cayó en el
número 5.
—¡Tiene
usted que hacerlo algo mejor, joven! —bramó el anciano.
—Lo
estoy intentando, señor —le contestó Sam, sonriendo—. Realmente lo estoy
intentando.
—Lo
que sí me gustaría es poder apostar más de cuatrocientos —dijo el viejo—. Estoy
seguro de que el veintitrés va a ser un número muy caliente esta noche.
Un
hombre que estaba cerca de Premberton se ofreció como voluntario, explicándole
que, en realidad, podía jugar más.
—También
puede jugar a dobles si quiere, y a esquinas y a tres a través.
—¿Y
cómo es eso?
Utilizando
el dedo, el hombre le señaló lo que quería decir.
—Bien,
entonces voy a apostar de ese modo —y empezó a cubrir el tapete alrededor del
número 23, diciendo—: Joven, voy a necesitar algunas fichas más.
Se
sacó tres fajos más de billetes de cien y los extendió hacia Sam, quien rompió
las tiras y contó los billetes.
—Tres
mil —anunció Sam, introduciendo el dinero por la ranura de la caja.
Después,
cogió el montón y medio de cheques que Pete le había preparado y se los pasó al
viejo, que terminó de cubrir el número 23 y todos sus alrededores. Mientras la
bola giraba, Sam calculó que si salía el número 23, los Premberton ganarían
20.200 dólares. El número que salió resultó ser el 22, pero el viejo ganó 5.000
dólares gracias a sus apuestas dobles, en esquinas y en tres a través.
Cuando
Sam le alcanzó sus ganancias, el viejo volvió a meterlas en la bolsa de Vikki y
volvió a apostar como antes. Los siguientes tres números representaron pérdidas
para los Premberton, quienes para entonces ya se estaban quedando sin cheques
visibles.
—Será
mejor que esta vez me dé cinco mil, joven —dijo el viejo, sacando cinco fajos
de billetes de su bolsillo.
El
dinero fue contado e introducido por la ranura de la caja y Sam le entregó dos
montones y medio de cheques de la casa. En aquel momento regresó Harry, que se
hizo cargo del trabajo realizado hasta entonces por Pete. La bola se detuvo en
el número 24. Sam le volvió a pagar al viejo otros cincuenta cheques, que
también fueron a parar al bolso de Vikki.
—Empieza
a pensar de qué color quieres ese «Rolls-Royce», querida.
Los
dos números siguientes fueron el 0 y el 36, y Premberton se volvió a quedar sin
cheques sobre la mesa.
—Otros
cinco mil más, joven.
Sacó
el dinero de su bolsillo, Sam lo contó y lo introdujo en la caja y el viejo
obtuvo sus dos montones y medio de cheques.
—¿Quieres
hacerte cargo un momento? —preguntó Sam a Harry.
Cuando
pasó junto a Pete, le dijo:
—¿Puede
ir a echar una mano?
Cruzó
el recinto del casino y subió al piso superior, donde estaba míster Collins,
observando y estudiando la actividad que se desarrollaba abajo.
—¿Qué
tal va, Sam?
—Míster
Collins, no me gusta lo que está sucediendo en mi mesa.
—¡Oh!
¿Problemas?
—Bueno,
cada vez que ese viejo gana se mete los cheques de la casa en el bolso de su
esposa, pero cuando pierde compra más, pagándolos con sus billetes de cien
dólares.
—¿De
verdad?
—Ahora
mismo, ella tiene cerca de diecisiete mil dólares en su bolso.
—¿De
verdad? —preguntó míster Collins, encogiéndose de hombros—. Sam, algunos
jugadores creen tener más suerte cuando juegan con dinero de la casa, mientras
que otros prefieren guardarse nuestro dinero y jugar con el suyo. Eso es asunto
suyo, y no de usted.
—Lo
sé, pero sigo teniendo la sensación de que hay algo sospechoso en ese viejo.
Quiero decir que parece como si fuera Walter Brennan jugando el papel del viejo
ranchero rico. Lo que sucede es que Walter Brennan me convencería, mientras que
este míster Premberton no. Parece como si estuviera exagerando demasiado la
nota. Y la forma en que trata a esa bonita muchacha, lo bastante joven para ser
su nieta... bueno, le hace a uno ponerse enfermo.
Míster
Collins sonrió.
—Por
lo que veo, no he contratado únicamente los servicios de un croupier, sino, además, los de un crítico dramático y un árbitro de la moral —su
sonrisa desapareció de repente—. ¿Ha intentado ese anciano caballero hacer
alguna trampa con sus apuestas?
—Bueno,
no. Al menos por ahora.
—Tampoco
lo hará, Sam. Le diré cómo descubrir a un tramposo potencial. Cuando un jugador
normal entra en el casino, echará un vistazo alrededor, de una forma casual, y
después decidirá dónde debe o quiere jugar, y se dirigirá hacia allí. Pero
cuando llega un tramposo, y cuando digo esto me refiero a alguien que ya ha
hecho trampas en otro sitio y que también intenta hacerlas aquí, se detendrá y
mirará cuidadosamente el rostro de todos los croupiers y jefes de mesa del local, por temor a que le reconozcan del pasado.
Cuando observo una situación así, procuro que esa persona sea mantenida bajo
vigilancia cada minuto que permanece aquí.
—Eso
es muy interesante —dijo Sam—. Nunca se me había ocurrido pensarlo.
—Vi
a ese anciano venir procedente del bar. Echó un vistazo a su alrededor y casi
echó a correr hacia la ruleta más cercana. Además, sucede que Chuck, el barman, le conoce. Procede de un lugar cercano a Elko y ha vendido
recientemente uno de sus ranchos. Esa es la razón por la que tiene con él tanto
dinero en efectivo. Por otra parte, se ha casado, efectivamente, esta misma
mañana, y lo está celebrando de algún modo.
—Así
nos lo dijo a todos, en la mesa.
—Está
bien, Sam. Se lo diré una vez más, y sólo una vez más: los problemas generales
que surjan en la dirección de este casino, me encargo de resolverlos yo. No son
sus problemas, sino míos. Por favor, no me haga perder la paciencia.
—No,
señor. Lo siento.
Sam
se alejó, estuvo un momento en el lavabo y al cabo de dos minutos salió. Cuando
pasó el arco que conducía hacia el bar, se detuvo y terminó por entrar en él.
Había muy pocos clientes y Chuck estaba secando vasos.
—¡Eh,
chico, qué tal!
—Chuck
—le dijo Sam—, ese viejo..., ese míster Premberton... Míster Collins me ha
dicho que tú le conoces.
—Es
un ranchero —afirmó Chuck— que vive cerca de Elko. Se ha casado esta...
—Pero
¿tú le conoces? —preguntó Sam, interrumpiéndole—. ¿Quiero decir si le conoces
de antes?
—Bueno,
no, pero...
—Entonces,
¿cómo sabes tantas cosas sobre él?
—Estuvo
aquí antes, hablando con la gente, invitando a todo el mundo, presentando a
todos a su nueva esposa... ya sabes.
—Gracias,
Chuck.
Sam
salió del bar y se volvió a dirigir a su mesa. Pete se apartó, de modo que Sam
pudiera ocupar su lugar. Por los montones de cheques de cien dólares, parecía
evidente que Premberton había perdido unos miles mientras Sam estuvo apartado.
En aquellos momentos, el viejo entregó a Harry otros cinco fajos de billetes de
cien, que también fueron a parar a la caja.
Sam
entregó a Harry dos montones y medio de cheques, y este le preguntó:
—¿Te
importa sustituirme? Estoy realmente cansado.
—Claro.
Cuando
Sam ocupó el puesto de Harry miró su reloj y se dio cuenta de que eran las once
cuarenta y cinco. Su turno terminaría dentro de quince minutos.
Salió
el número 34 y después el 6. Uno de los jugadores había ofrecido su asiento a
Vikki, que ahora estaba sentada directamente frente a Sam.
—¿Qué
habrá pasado con el número veintitrés? —preguntó con una sonrisa.
Empezó
como una sonrisa casual, pero después levantó la mirada y vio que el viejo
estaba embebido en las apuestas y entonces miró a Sam más directamente y le
sonrió. Con aquella sonrisa, toda la inocencia desapareció de sus ojos.
—Me
temo que está oculto bajo todo ese montón de fichas —dijo Sam, indicando hacia
el número 23.
—Bueno,
a ver si puede acertarlo para nosotros.
Sam
hizo girar la ruleta y arrojó la bola.
—Haré
lo que pueda, mistress Premberton.
En
esta ocasión salió el número 26. Sam entregó al anciano treinta y tres cheques,
que Vikki se volvió a meter en el bolso. En aquel bolso debía haber entonces
unos 20.000 dólares, casi el mismo dinero que Premberton había tenido
inicialmente en sus bolsillos.
Los
dos números siguientes fueron el 2 y el 12. El viejo había vuelto a quedarse
sin cheques.
—Querida
Vikki, dame alguna de esas fichas.
—¡Oh,
Bert! ¿No crees que deberíamos dejarlo? Ha sido un día muy largo y ya casi es
medianoche, y...
—Sólo
una jugada más. Tengo el presentimiento de que ahora va a salir el veintitrés.
Vikki
le pasó un puñado de cheques y Premberton se inclinó sobre la mesa para
apostar. Entonces, silenciosamente, se desmoronó, cayó sobre la mesa y se quedó
allí, quieto. Cuando fue evidente que no se movía, Vikki lanzó un grito y se
abalanzó sobre él, tocándole.
Otras
personas que estaban alrededor de la mesa, preguntaban:
—¿Está
muerto?
—¡Ha
tenido un ataque al corazón!
—¡Que
traigan a un médico!
Pete
ya había pulsado los botones. Dos guardas de seguridad se acercaron
rápidamente, apartaron a la gente y se acercaron al viejo, que entonces
balbució algo, abrió los ojos y se las arregló para levantarse un poco. Los
guardas le sostuvieron.
—¿Qué
ha ocurrido? —preguntó Premberton.
Míster
Collins se acercó rápidamente.
—Ayúdenle
a llevarlo a mi oficina —dijo a los guardas—. El médico del hotel ya viene para
acá.
—Estoy
bien —dijo Premberton—. Sólo he sufrido un pequeño mareo.
—Insisto
—dijo míster Collins.
Los
guardas empezaron a avanzar, acompañando al viejo. Vikki le siguió, pero Sam la
llamó:
—Mistress
Premberton, no olvide los cheques de su esposo.
Sam
aún no había dejado caer la bola sobre la ruleta. Recogió las apuestas del
viejo y se las entregó a la joven.
—Gracias.
Es usted muy amable —y se apresuró hacia el despacho de míster Collins.
La
mesa se tranquilizó y Sam hizo girar la bola sobre la ruleta.
—¿Cómo
han terminado en total? —preguntó Sam a Harry.
Estudió
los montones de cheques junto a la ruleta y contestó:
—Han
ganado cien dólares. Ya es cerca de medianoche, gracias a Dios. Estoy realmente
cansado.
Al
cabo de unos pocos minutos, en cuanto los empleados del nuevo turno se hicieron
cargo del trabajo, Sam y Harry se dirigieron al piso de arriba, donde se
encontraron con míster Collins, que en aquel momento salía de su despacho.
—¿Cómo
está el viejo? —preguntó Harry.
—El
médico dice que está bien. Sólo fue un desmayo. Su esposa me ha dicho que no
había cenado y que había bebido bastante. Por otra parte, supongo que se
pasaron la tarde en la cama.
—Eso
puede revolverle el estómago a uno —observó Sam—. Ese viejo y esa joven.
—Puede
que eso te pase a ti, muchacho —dijo Harry agriamente—. Pero yo todavía no
estoy muerto y no me revuelve el estómago pensarlo —y diciendo esto se marchó.
—Terminaron
por ganar cien dólares —le dijo Sam a míster Collins.
—Me
siento aliviado de saber que sólo ha sido un simple desmayo.
—¿Cree
usted que podrán regresar bien a su motel? —preguntó Sam.
—De
eso me tengo que preocupar yo, Sam —dijo míster Collins con un tono de
advertencia.
—Lo
siento —se disculpó Sam, marchándose.
En
la habitación de los empleados, Sam colgó su ropa y habló un poco con los
demás, se peinó, se puso su chaqueta y después se dirigió al bar, pidiendo una
cerveza. La bebió con placer y pidió otra, y estaba a punto de empezar a beber
la segunda cuando míster Collins entró en el bar y se dirigió a él:
—Sam,
el viejo quiere verle.
—¿A
mí? ¿Por qué? ¿Cómo está?
—Bien.
Están a punto de marcharse.
Sam
siguió a míster Collins hasta el despacho, donde Premberton estaba andando a
grandes zancadas, con un vaso en la mano. Vikki estaba sentada, también con una
bebida.
—¡Hola,
joven —le saludó el viejo.
—¿Qué
tal se siente, señor? —preguntó Sam.
—Tan
fino como un violín. Siento mucho haber causado todo aquel jaleo en su mesa. Y
quisiera dejarle una pequeña propina. Dame uno de cien, Vikki.
Ella
se lo dio y el viejo entregó el cheque a Sam.
—Muchísimas
gracias, señor. Y espero que usted y mistress Premberton tengan un matrimonio
muy feliz.
—Tendrán
que perdonarme —dijo entonces míster Collins—. Acaba de terminar un turno y
tengo que ir a recoger el efectivo de las mesas.
—Nosotros
también nos marchamos, señor —dijo Premberton—. Vikki, querida, vayamos a
cobrar nuestro dinero y veamos si hemos ganado algo.
Los
cuatro abandonaron el despacho y Sam se despidió de los Premberton, que se
dirigieron hacia la ventanilla del cajero. Míster Collins le dijo a Sam:
—La
propina va a parar a la caja común.
Sam
asintió y sonrió. Bajó al piso de abajo y echó el cheque en la caja de propinas
de los empleados. Míster Collins le observó, hizo un movimiento de aprobación
con la cabeza y se encaminó después hacia el despacho del cajero.
Sam
regresó al bar para terminar su cerveza. A través del arco pudo ver a los
Premberton cobrando su dinero. Míster Collins salió en aquellos momentos, con
algunas cajas vacías, saludó a la pareja con una sonrisa y se dirigió después
hacia las mesas. Sam no tardó en ver cómo el viejo y la muchacha abandonaban el
casino, cogidos del brazo. AI cabo de unos minutos, Sam terminó su cerveza y
abandonó el local, subiendo a su coche.
Tras
haber recorrido unos tres kilómetros llegó al motel Slumbertime y aparcó. Salió
y se dirigió directamente hacia la habitación 17, andando por el porche que
estaba al nivel del suelo. Había luz en la habitación. Sam llamó y un hombre
abrió la puerta.
—¿Sí?
—preguntó.
Sam
mostró un gesto de asombro.
—Perdón,
estoy buscando a míster Haskins.
—Tiene
que estar en otra habitación.
—No,
está aquí, en la diecisiete. O al menos estaba.
—Bueno,
yo vine aquí a las diez, alquilé esta habitación y ese hombre no estaba.
—Siento
haberle molestado.
Sam
bajó del porche y se dirigió rápidamente a la oficina, donde hizo sonar el
timbre que había sobre el mostrador. Al cabo de un momento, un hombre vestido
con una bata de estar por casa, salió de una habitación trasera.
—Estoy
buscando a míster Haskins y a su nieta —dijo Sam—. Ocupaban las habitaciones
diecisiete y dieciséis.
—Se
han marchado.
—¿Se
han marchado?
—Sí,
hacia las nueve de la noche.
—¡Oh!
¿Dejaron..., dejaron algo para mí? ¿Para Sam Miller?
—Sí,
han dejado algo —el hombre cogió un sobre y lo miró—. Para Sam Miller.
Sam
recogió el sobre, dio las gracias y se apresuró a regresar a su coche. Una vez
dentro, rasgó el sobre y encontró una hoja de papel escrito. Para poder leerlo,
encendió la luz interior del coche. La nota decía:
«Querido Sammy: Cuando te entreguen esto, el abuelo y yo ya estaremos
de viaje hacia alguna otra parte. Quiero decir, siempre que todo salga bien
esta noche en el casino. ¡Cruzo las piernas, en espera de la buena suerte! El
abuelo ha decidido no dejarte tu parte por dos razones. En primer lugar, él
necesita más que tú esos 6.000 dólares, porque tiene muchos años y ya no es
joven como tú. También piensa que tú eres una persona maravillosa y que debes
seguir un buen camino, y dice que teme que si consigues probar por primera vez
lo que él llama ganancias mal obtenidas, eso te hará convertirte en un maleante
como él para el resto de tu vida, y que eso no le gustaría a él. Adiós.
Realmente, te voy a echar mucho de menos. Eres muy bueno en la cama, querido
Sammy. Con amor,
»Vikki.»
Sam
apagó la luz y se quedó sentado en la oscuridad, en silencio. Sintió cómo la
furia se apoderaba de él y empezó a pegar con las dos manos sobre el volante
una y otra vez, y unas lágrimas de frustración comenzaron a brotar de sus ojos.
En
aquel momento se abrió la puerta correspondiente al acompañante del vehículo,
se encendió la luz interior y Sam se volvió para ver allí, junto a él, a míster
Collins.
—¿Algún
problema, Sam? —preguntó, sentándose junto a él y cerrando la puerta.
Los
ojos de Sam se abrieron mucho y abrió la boca.
—¿Cómo...?
¿Cómo...?
—Le
he seguido hasta aquí. He estado sentado en mi coche, allá, y le he visto
abandonar esa habitación y cómo salía del despacho con esa carta, y vi la
mirada de su rostro cuando la leyó —sacó un cigarrillo y añadió—: Así es que
sus amigos se han marchado, ¿verdad? ¿Y sin darle su parte?
—Yo...
Yo... no sé lo que quiere decir.
—¡Oh,
vamos, Sam! —exclamó, encendiendo el cigarrillo—. Se encuentra usted en un
problema muy serio. Su única esperanza es solucionarlo conmigo. En nombre de
Dios, ¿cómo se las arreglaron ustedes tres para conseguir ciento ochenta billetes falsos de cien dólares? ¿Y qué
son ese viejo y su mujer para usted?
Sam
consideró las preguntas por un momento y terminó por encogerse de hombros.
—Ella
es su nieta. Su apellido es Haskins —se volvió, encendiendo de nuevo la luz
interior—. ¡Oh, demonios! —exclamó, tendiéndole a míster Collins la nota de
Vikki—. También puede leer esto.
Míster
Collins lo hizo.
—Puede
que el viejo sea un egoísta, pero ya sabe usted que tiene razón. Esos seis mil
hubieran significado el fin de su carrera como persona honrada —Sam volvió a apagar
la luz—. ¿Dónde se encontró con esas dos personas?
—Eran
clientes de la tienda de licores de mi tío. Conocí a Vikki y no tardó en haber
algo realmente bueno entre nosotros. Después, cuando mi tío vendió la tienda,
me quedé sin trabajo y un día el viejo Bert me preguntó qué tal era yo como
persona honrada, y le dije que eso dependía, y me contó la historia de esos
billetes de cien que tenía.
—¿Dónde
los consiguió?
—Los
compró hace mucho tiempo, a un precio muy barato. Pero nunca había intentado
pasar ninguno. Tenía una idea sobre cómo podría cambiarlos todos al mismo
tiempo y en un mismo lugar: en un casino. Como ya ha visto, no le preocupaba
ganar... lo único que deseaba era cambiar sus billetes falsos por moneda buena.
Así es que me ofreció una tercera parte si le ayudaba y me pagó el curso que
hice en la academia de míster Ferguson. Tenía que conseguir un trabajo de croupier por aquí, para saber exactamente cómo se llevaban las cosas en un
casino.
—Sam,
es usted un maleante, un criminal.
—Todo
lo que hice esta noche fue advertirle continuamente a usted sobre el viejo y su
dinero.
—Lo
único que hizo fue ayudarme a sospechar.
—Supongo
que fue así —admitió Sam, suspirando—. ¡Por todo el bien que me hizo!
—El
desmayo del viejo, ¿también fue fingido?
—Sí.
Sabía que tenía que dejar de jugar antes de medianoche, antes de que usted
abriera las cajas y recogiera sus billetes. Pero pensó que si se detenía en
aquellos momentos, podría usted sospechar, así es que fingió un desmayo.
—¿Y
por qué trató usted de hacerme sospechar de ellos?
Sam
sonrió modestamente.
—Bueno,
ésa fue una idea mía... La tuve después de conocerle. Pensé que si aparentaba
sospechar de los dos mil primeros dólares y usted se aseguraba de que eran
buenos... no tendría ninguna otra duda sobre los siguientes dieciocho mil. Por
otra parte, también deseaba asegurarme de que usted no me relacionaría con
ellos cuando todo hubiera pasado.
Míster
Collins sonrió ligeramente.
—Fue
una operación muy astuta, Sam. Y casi salió bien. Pero su juego llegó a un
momento crítico con el número de la casa... que es el doble cero para usted.
—¿En
qué me equivoqué?
—Bueno,
por un lado puso usted demasiados reparos y empecé a preguntarme por qué. Al
final, me preguntó si creía que el viejo podría llegar bien a su motel. Pero
mientras tanto, la joven me había dicho que se hospedaban en el hotel Flamingo.
Me imaginé que algo estaba andando mal en alguna parte. Cuando abrí la caja de
su mesa y encontré todos aquellos billetes, todo encajó en su lugar.
—¿Qué...
piensa hacer... conmigo?
Míster
Collins se encogió de hombros.
—Nada.
Le espero mañana a trabajar, a la misma hora.
Sam
le miró con incredulidad.
—Sam
—añadió míster Collins—, a menos que sea usted un loco, nunca más volverá a
tratar de engañarme. Por otra parte, tengo el deber solemne, para con la
industria del juego de Nevada, de asegurarme de que no volverá usted a trabajar
para nadie más.
—Pero...,
¿pero qué ocurre con los dieciocho mil dólares en billetes falsos que se le han
colado?
—¿Y
qué le hace pensar eso, Sam?
—Porque
vi a Vikki cobrar el dinero antes de que usted abriera las cajas de las mesas.
¡Ella se marchó del casino con dinero bueno!
—¿Y
qué le hace pensar eso?
—Yo...
no le comprendo.
—Como
al final me hizo usted entrar en sospechas, abrí su caja diez minutos antes. Lo hice mientras estaba usted en la
habitación, cambiándose, y después en el bar. Entonces, me preocupé para que
entre los veinte mil dólares con que se marcharon sus amigos se encontraran los
mismos ciento ochenta billetes falsos de cien dólares con los que habían
llegado.
Míster
Collins abrió la puerta del coche y se bajó.
—Buenas
noches, Sam. Le veré mañana.
Tras
decir esto, el hombre más inteligente de Las Vegas cerró la puerta del coche y
echó a andar, perdiéndose en la oscuridad.