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Cerdo - Roald Dahl

I

Érase una vez un hermoso niño que vino al mundo en la ciudad de Nueva York y a quien sus padres, llenos de alegría, pusieron por nombre Lexington.

En cuanto la madre regresó del hospital, con él en brazos, le dijo a su marido:
—Cariño, tienes que llevarme a cenar a un restaurante maravilloso para celebrar la llegada de nuestro hijo y heredero.

Su marido la besó con ternura y le dijo que una mujer capaz de tener un niño tan hermoso como Lexington se merecía ir a donde quisiera; pero ¿se encontraba ya con fuerzas suficientes para empezar a ir de un lado a otro por la ciudad y trasnochar?, añadió.

«No», respondió ella, pero daba igual.

Así que aquella noche los dos se pusieron ropa de gala y se fueron al restaurante mejor y más caro de la ciudad, tras haber dejado al pequeño Lexington al cuidado de una niñera especializada, escocesa por más señas, y que les costaba veinte dólares al día. 

Cada uno se comió una langosta gigantesca, y se bebieron una botella de champán, y después fueron a un club nocturno, donde bebieron otra botella y estuvieron sentados durante varias horas, con las manos entrelazadas, mientras recordaban y discutían, admirados, cada uno de los rasgos físicos de su encantador hijo recién nacido.

Volvieron a su casa, situada en el East Side de Manhattan, hacia las dos de la madrugada; el marido pagó al taxista y se palpó los bolsillos para buscar la llave. Al rato anunció que la debía haber dejado en el bolsillo del otro traje y propuso que tocasen el timbre para que bajase la niñera y les abriese. Una niñera que cobra veinte dólares diarios tiene que estar dispuesta a que la saquen de la cama en mitad de la noche, dijo el marido.

Así que tocó el timbre. Esperaron. No pasó nada. Llamó de nuevo, un timbrazo largo y ruidoso. Esperaron otro minuto. Retrocedieron unos pasos por la acera y gritaron el nombre de la niñera (McPottle) hacia las ventanas del cuarto del niño, que estaba en el tercer piso, pero tampoco obtuvieron respuesta. La casa estaba oscura y silenciosa. 

La mujer empezó a sentir miedo: su hijo estaba prisionero en esa casa, se dijo, a solas con McPottle. ¿Y quién era McPottle? Solo hacía dos días que la conocían, y tenía unos labios finos, ojillos acusadores, la pechera almidonada y, como se estaba demostrando, una costumbre de dormir demasiado profundamente, que no la hacía persona de fiar. Si no oía el timbre de la puerta, ¿cómo demonios iba a oír el llanto de un niño? En aquel preciso instante el pobrecillo podía estar tragándose la lengua o ahogándose con la almohada.

—No usa almohada —dijo el marido—, así que no te preocupes. Pero, si te empeñas, entraremos.

Con tanto champán se sentía muy valiente; se agachó, deshizo la lazada de uno de sus zapatos de charol negro y se lo quitó. Después, cogiéndolo por la punta, lo lanzó con fuerza hacia la ventana del comedor, que estaba en el piso bajo.

—Ya está —dijo sonriendo—. Lo descontaremos de la paga de McPottle.

Avanzó unos pasos y, con mucho cuidado, pasó una mano por el agujero que había en el cristal y abrió el pestillo. Después levantó la ventana.

—Primero te subiré a ti, madrecita —dijo, y tomó a su mujer por la cintura y la alzó del suelo.

Con este movimiento, la gran boca roja de ella quedó a la altura suya, muy cerca, y empezó a besarla. Sabía por experiencia que a las mujeres les gusta mucho que las besen en esta posición, los cuerpos apretados con fuerza y las piernas balanceándose en el aire, de manera que siguió haciéndolo un buen rato, mientras ella agitaba los pies y hacía ruidos guturales, como si estuviera tragando algo. 

Por fin, el marido le dio la vuelta y comenzó a introducir a la mujer con delicadeza en el comedor por la ventana abierta. En ese momento un coche patrulla de la policía se dirigía silenciosamente hacia ellos. Se detuvo a unos treinta metros de distancia y tres polis de origen irlandés saltaron del coche y echaron a correr hacia el marido y la mujer, revólver en mano.

—¡Manos arriba! —gritaban los policías—. ¡Manos arriba!

Pero al marido le era imposible cumplir la orden sin soltar a su mujer, y si lo hubiera hecho ella se hubiera caído al suelo o bien se hubiera quedado colgando, con la mitad del cuerpo dentro de la casa y la otra fuera, postura terriblemente incómoda para una mujer; de modo que siguió empujándola galantemente para que entrara. 

Los polis, que habían recibido medallas por matar ladrones, abrieron fuego de inmediato, y a pesar de que todavía estaban corriendo y de que, sobre todo la señora, les ofrecía un blanco verdaderamente pequeño, lograron encajar varios tiros directos a los dos cuerpos, suficientes para que en ambos casos resultaran fatales.

Y así es como quedó huérfano el pequeño Lexington cuando apenas contaba doce días de edad.

II

Los familiares se enteraron de la muerte de la pareja por los periódicos, y los tres policías recibieron una medalla. A la mañana siguiente los parientes más cercanos, así como dos empleados de la funeraria, tres abogados y un cura se dirigieron a la casa de la ventana rota en sendos taxis. 

Se reunieron en el salón todos ellos y se sentaron en círculo en sillones y sofás, fumando cigarrillos y bebiendo jerez mientras discutían qué hacer con el niño de la habitación de arriba, Lexington el huérfano.

En seguida se puso de manifiesto que ninguno estaba dispuesto a asumir la responsabilidad del niño, y la discusión se prolongó durante todo el día. Todos afirmaron tener un deseo enorme, casi irresistible, de hacerse cargo de él, y lo hubiesen hecho con sumo gusto a no ser porque su casa era demasiado pequeña, o porque ya tenían un niño y no podían mantener otro, o porque no sabrían qué hacer con el nene cuando se fueran al extranjero en verano, o porque empezaban a cargarse de años y cuando el niño se hiciese mayor no se encontraría a gusto, y así sucesivamente. Naturalmente, todos sabían que el padre tenía grandes deudas, que la casa estaba hipotecada y que, en consecuencia, al acoger al niño no percibirían ni un céntimo.

A las seis de la tarde seguían discutiendo como locos; de pronto llegó de Virginia una vieja tía del fallecido padre (cuyo apellido era Glosspan), y sin quitarse siquiera los guantes ni el sombrero ni darse un respiro para sentarse, ajena a los que le ofrecían martini, whisky o jerez, anunció muy decidida a los familiares allí reunidos su intención de hacerse cargo de la criatura a partir de ese mismo momento. 

Y aún más, añadió, asumiría todas las responsabilidades financieras, incluyendo la educación, y todos los demás podían volverse a sus respectivas casas con la conciencia tranquila. Dicho lo cual trotó escaleras arriba, entró en el cuarto del niño, arrancó a Lexington de su cuna y salió apresuradamente de la casa con la criatura fuertemente apretada entre sus brazos, mientras los familiares seguían allí sentados y sonreían con alivio. 

McPottle, la niñera, contemplaba la escena en lo alto de la escalera, rígida y acusadora, con los labios apretados y los brazos cruzados sobre la pechera almidonada.

Y así fue como Lexington, a los trece días de edad, abandonó la ciudad de Nueva York y se dirigió hacia el sur para vivir con su tía abuela Glosspan en el estado de Virginia.

III

La tía Glosspan tenía casi setenta años cuando pasó a ser tutora de Lexington, pero nadie lo hubiera dicho al verla. Era tan vivaz como una mujer de la mitad de años; tenía un rostro pequeño y arrugado, pero todavía bastante hermoso, y unos encantadores ojos pardos que despedían chispitas al mirar. 

Era soltera, aunque nadie hubiera imaginado esto tampoco, porque la tía Glosspan no tenía ningún aspecto de solterona. Nunca estaba amargada ni malhumorada o irritable; no tenía bigote ni sentía la menor envidia de los demás, cosa que raramente puede decirse de una solterona o de una señora virgen, aunque, por supuesto, no se sabe a ciencia cierta si la tía Glosspan era ambas cosas.

Pero era una vieja excéntrica, de eso no cabe duda. Durante los últimos treinta años había vivido sola y aislada en una casita en la ladera de las montañas Blue Ridge, a varios kilómetros del pueblo más cercano. Tenía dos hectáreas de tierras de pasto, un huerto, un jardín, tres vacas, una docena de gallinas y un buen gallo.

Y ahora también tenía al pequeño Lexington.

Era una vegetariana rigurosa y consideraba el consumo de carne no solo algo insano y repugnante, sino terriblemente cruel. Consumía alimentos limpios, como leche, mantequilla, huevos, queso, verdura, nueces, hierbas y frutas, y le gustaba pensar que ningún animal sería sacrificado por ella, ni siquiera una gamba. Una vez, cuando una gallina marrón murió en la flor de la vida al poner huevos, la tía Glosspan se quedó tan triste que también estuvo a punto de dejar de comer estos productos.

No tenía ni la más elemental noción sobre niños pequeños, pero no le preocupaba lo más mínimo. En la estación de ferrocarril de Nueva York, mientras esperaba el tren que les llevaría a Virginia a ella y a Lexington, compró seis biberones, dos docenas de pañales, una caja de imperdibles, un cartón de leche para el viaje y un librito en rústica titulado El cuidado de los niños. ¿Qué más podía desear? Y cuando el tren se puso en marcha le dio un poco de leche al niño, le cambió los pañales a su manera y lo puso a dormir en el asiento. Después leyó El cuidado de los niños de cabo a rabo.

—Esto no tiene nada de particular —dijo, tirando el libro por la ventana—. Absolutamente nada de particular.

Y, curiosamente, no lo tenía. Una vez en casa, todo fue estupendamente. El pequeño Lexington bebía su leche y eructaba, chillaba y dormía exactamente como debía hacerlo un buen niño, y la tía Glosspan resplandecía de alegría cada vez que lo miraba, y lo cubría de besos todo el día.

IV

Cuando cumplió seis años Lexington era un niño guapísimo, de pelo largo y dorado y ojos de un azul oscuro como el aciano. Era listo y alegre, y aprendía a ayudar a su vieja tía en la finca: recogía los huevos del gallinero, daba vueltas a la manivela de la batidora de mantequilla, sacaba patatas del huerto y buscaba hierbas silvestres en la ladera de la montaña. Pronto tendría que empezar a pensar en su educación, se dijo la tía Glosspan.

Pero no podía soportar la idea de mandarlo lejos, al colegio. Lo quería tanto que le partiría el corazón separarse de él, aunque fuese por poco tiempo. Claro que en el pueblo había un colegio, pero tenía un aspecto espantoso, y si lo mandaba allí estaba segura de que lo obligarían a comer carne desde el primer día.

—¿Sabes una cosa, cielo? —le dijo en una ocasión, mientras el niño la miraba hacer queso, sentado en un taburete de la cocina—. La verdad es que no veo ningún motivo para no darte clases yo misma.

El niño se la quedó mirando con sus grandes ojos azules y le dirigió una encantadora sonrisa de confianza:
—Sería fantástico —dijo.

—Y lo primero que haría sería enseñarte a cocinar.
—Me encantaría, tía Glosspan.

—Te guste o no, tendrás que aprender algún día —dijo ella—. Los vegetarianos no podemos elegir entre tantas comidas como la gente corriente, y por eso tenemos que emplear lo que está a nuestro alcance con el doble de habilidad.

—Tía Glosspan —dijo el chico—, ¿qué comen las personas normales que no comamos nosotros?
—Animales —contestó ella, meneando la cabeza con desagrado.

—¿Quieres decir animales vivos?
—No —respondió la anciana—. Muertos.

El chico reflexionó un momento.
—¿Quieres decir que cuando se mueren se los comen en vez de enterrarlos?
—No esperan a que se mueren, bonito. Los matan.

—¿Y cómo los matan, tía Glosspan?
—Normalmente, les cortan el cuello con un cuchillo.

—¿Pero qué clase de animales?
—Vacas y cerdos sobre todo, y también ovejas.

—¡Vacas! —exclamó el niño—. ¿Como Daisy, o Snowdrop, o Lily?
—Eso es, bonito mío.

—¿Pero cómo se los comen, tía Glosspan?
—Los cortan en trozos y los guisan. Como más les gusta la carne es cuando está roja y sangrante y pegada al hueso. Les encanta comer pedazos de carne de vaca rezumando sangre.

—¿También se comen los cerdos?
—Les chiflan.

—Pedazos de carne de cerdo sangrienta —dijo el chico—. ¿Te imaginas? ¿Y qué más comen, tía Glosspan?
—Pollos.

—¿Pollos?
—A millones.

—¿Con plumas y todo?
—No, las plumas no. Anda, corre fuera y trae a la tía Glosspan un manojo de cebollinos, ¿quieres, mi vida?

Poco después empezaron las clases. Cubrían cinco áreas: lectura, escritura, geografía, aritmética y cocina, y esta última era la más apreciada por ambos, maestra y alumno. El joven Lexington demostró en seguida un talento verdaderamente extraordinario en esta materia. 

Era un cocinero nato, habilidoso y rápido. Manejaba las sartenes como un malabarista y era capaz de cortar una patata en veinte rodajas delgadas como papel de fumar en menos tiempo del que tardaba su tía en pelarla. Tenía un paladar de una sensibilidad exquisita y en un tazón de sopa de cebolla era capaz de descubrir la existencia de una hojita de salvia. 

A la tía Glosspan todo esto le resultaba un poco sorprendente en un muchacho tan joven, y la verdad es que no sabía qué hacer. Pero no podía sentirse más orgullosa y predecía un futuro brillante para el chico.

—Es una auténtica bendición contar con un jovencito como tú para que me cuide cuando empiece a chochear —decía.

Al cabo de dos años abandonó por completo la cocina, dejando a Lexington la responsabilidad de guisar él solo para toda la casa. El chico tenía entonces diez años, y la tía Glosspan, casi ochenta.

Con la cocina a su disposición, Lexington empezó a experimentar inmediatamente con platos de su invención. Ya no le interesaban sus comidas favoritas de toda la vida. Sentía una necesidad imperiosa de crear. Tenía cientos de ideas nuevas.

—Empezaré por un soufflé de castañas —dijo.

Lo hizo y lo sirvió para cenar aquella misma noche. Fue un éxito clamoroso.

—¡Eres un genio! —exclamó la tía Glosspan, saltando de su silla para besarle en ambas mejillas—. ¡Pasarás a la historia!

De ahí en adelante raro era el día en que no presentaba en la mesa una nueva y suculenta creación: sopa de castañas de Brasil, chuletas de maíz americano, ragoût vegetal, tortilla de diente de león, buñuelos de crema de queso, sorpresas rellenas de col, chalotas à la bonne femmemousse picante de remolacha, ciruelas Stroganoff, pan con queso tostado a la holandesa, rábanos a caballo, tartas flambeadas de agujas de pícea y muchas otras delicias. 

La tía Glosspan aseguraba que jamás había probado platos tan ricos, y por la mañana, mucho antes de la hora de comer, salía al porche y se sentaba en su mecedora a pensar sobre la próxima comida, relamiéndose y aspirando los aromas que salían por la ventana de la cocina.

—¿Qué vas a hacer hoy, chico? —gritaba.
—A ver si lo adivinas, tía Glosspan.

—A mí me huele un poco a buñuelos de salsifí —decía, aspirando con fuerza.

Y entonces salía aquel niño de diez años con una sonrisa triunfal y una cacerola grande y humeante de un estofado delicioso hecho enteramente con chirivías e hierbas.

—¿Sabes lo que deberías hacer? —le dijo su tía mientras devoraba el estofado—. Coger papel y lápiz y escribir un libro de cocina.

El niño la miró desde el otro extremo de la mesa masticando lentamente chirivías.

—¿Por qué no? —exclamó la anciana—. Te he enseñado a escribir y a guisar, y lo único que tienes que hacer es juntar las dos cosas. Escribe un libro de cocina y te harás famoso en el mundo entero.

—Muy bien —dijo el niño—. Lo haré.

Y aquel mismo día Lexington empezó a escribir la primera página de una obra monumental que habría de ocuparle el resto de su vida. Lo tituló Comer bien y sanamente.

Siete años más tarde, cuando tenía diecisiete, había recogido unas nueve mil recetas, todas originales, todas deliciosas.

Pero su tarea quedó interrumpida bruscamente por la trágica muerte de la tía Glosspan. Una noche sufrió un fuerte ataque y Lexington, que se había precipitado a su dormitorio para ver por qué hacía tanto ruido, se la encontró en la cama aullando y maldiciendo, el cuerpo encogido, formando complicados nudos. 

Era una visión espantosa, y el agitado joven saltaba de un lado a otro en pijama, retorciéndose las manos sin saber qué hacer. Finalmente fue a la charca del prado de las vacas a sacar un cubo de agua y se lo echó por la cabeza con la idea de calmarla, pero solo sirvió para intensificar la excitación de la anciana, que expiró en menos de una hora.

—Esto es terrible —se dijo el pobre chico, tras pellizcarla varias veces para asegurarse de que estaba muerta—. ¡Y ha sido tan rápido, y así, de repente! Si hace solo unas horas parecía estar estupendamente y hasta se sirvió tres buenos platos de mi último invento, hamburguesas de setas a la diabla, y me dijo que estaba riquísimo...

Después de sollozar con amargura durante varios minutos, pues quería mucho a su tía, se rehízo, la sacó de la casa y la enterró detrás del establo.

Al día siguiente, mientras arreglaba las cosas de la anciana, se topó con un sobre dirigido a él con la caligrafía de la tía Glosspan. Lo abrió y sacó dos billetes de cincuenta dólares y una carta:

«Querido muchacho —decía la carta—: sé que no has bajado de la montaña desde que tenías trece días de edad; pero en cuanto yo muera tienes que ponerte un par de zapatos, una camisa limpia, bajar al pueblo e ir a ver al médico. Pídele un certificado de defunción que demuestre que he muerto y llévaselo a mi abogado, un hombre llamado Samuel Zuckermann, que vive en Nueva York y tiene una copia de mi testamento. El señor Zuckermann lo solucionará todo. El dinero de este sobre es para pagar al médico por el certificado y para el viaje a Nueva York. El señor Zuckermann te dará más dinero cuando llegues allí, y es mi deseo que lo uses para ampliar tus investigaciones sobre temas culinarios y vegetarianos, y que sigas trabajando en ese gran libro hasta que esté acabado en todos los aspectos y te sientas satisfecho de él. Tu tía, que te quiere, Glosspan.»

Lexington, que siempre había hecho lo que le ordenaba su tía, se guardó el dinero, se puso unos zapatos y una camisa limpia y bajó al pueblo, donde vivía el médico.

—¿La vieja Glosspan? —dijo el médico—. ¡Dios mío! ¿Ha muerto?
—Sí, ha muerto —replicó el joven—. Si viene usted a casa conmigo, la desenterraré y podrá comprobarlo usted mismo.

—¿A qué profundidad la has enterrado? —preguntó el médico.
—Yo diría que a un metro y medio o dos.

—¿Cuánto tiempo hace de eso?
—Unas ocho horas.

—Entonces, está muerta —declaró el médico—. Aquí tienes el certificado.


VI

Tenemos a nuestro héroe camino de Nueva York para ver a Samuel Zuckermann. Viajó a pie y durmió junto a los setos, alimentándose de moras y hierbas silvestres, y tardó dieciséis días en llegar a la gran ciudad.

—¡Qué sitio tan fantástico! —exclamó, mirando a su alrededor en la esquina de la calle Cincuenta y siete con la Quinta Avenida—. No hay gallinas ni vacas por ningún lado, y las mujeres no se parecen en lo más mínimo a tía Glosspan.

En cuanto a don Samuel Zuckermann, no se parecía a ninguna persona que Lexington hubiera visto hasta entonces. Era un hombre pequeño y engreído, de mejillas lívidas y una gran nariz de color magenta, y cuando sonreía, en ciertos puntos del interior de su boca lanzaban destellos unos trocitos de oro de una forma prodigiosa. En su lujoso despacho estrechó cálidamente la mano de Lexington y le felicitó por la muerte de su tía.

—Supongo que sabrá usted que su querida tutora era una mujer con una fortuna considerable.
—¿Se refiere a las vacas y las gallinas?

—Me refiero a medio millón de billetes.
—¿Cuánto?

—Medio millón de dólares, muchacho, y se lo ha dejado todo a usted.

El señor Zuckermann se echó hacia atrás en su silla y cruzó las manos sobre su amplia barriga. Al mismo tiempo introdujo a escondidas el dedo índice de la mano derecha entre el chaleco y la camisa para rascarse la piel en torno a la circunferencia del ombligo: su ejercicio favorito, que le producía un extraño placer.

—Naturalmente, tendré que descontar el cincuenta por ciento por mis servicios —añadió—; pero aun así le quedan a usted doscientos cincuenta billetes de mil.

—¡Soy rico! —exclamó Lexington—. ¡Es fantástico! ¿Cuándo puedo recoger el dinero?

—Bueno —dijo el señor Zuckermann—, tiene usted la suerte de que mantengo unas relaciones bastante cordiales con los recaudadores de impuestos de por aquí, y confío en que podré convencerlos de que renuncien a todos los impuestos atrasados y derechos mortuorios.

—Es usted muy amable —murmuró Lexington.
—Naturalmente, tendré que darle a algunas personas un pequeño honorario.

—Lo que usted diga, señor Zuckermann.
—Pienso que con cien mil será suficiente.

—Por Dios, ¿no le parece un poco excesivo?
—Jamás se debe dar una propina pequeña a un inspector de impuestos ni a un policía —dijo el señor Zuckermann—. Recuérdelo.

—Pero, entonces, ¿cuánto me queda a mí? —preguntó el joven con timidez.
—Ciento cincuenta mil. Pero de eso tiene que restar los gastos del funeral.

—¿Gastos del funeral?
—Tiene usted que pagar a la funeraria, ¿o es que no lo sabía?

—Pero, señor Zuckermann, si la enterré yo mismo detrás del establo.
—No lo pongo en duda —replicó el abogado—. ¿Y qué?

—Pues que no ha intervenido ninguna funeraria.
—Escuche —dijo el señor Zuckermann pacientemente—. Puede que usted lo ignore, pero en este Estado hay una ley que dice que el beneficiario de un testamento no recibirá un solo céntimo de su herencia hasta que haya pagado a la funeraria.

—¿Quiere decir que eso es una ley?
—Claro que sí, y además muy buena. Una de nuestras grandes instituciones nacionales es la funeraria, y hay que protegerla a toda costa.

El señor Zuckermann, junto con un grupo de médicos de gran conciencia cívica, era propietario de una empresa que poseía una cadena de nueve lujosas funerarias en la ciudad, por no mencionar una fábrica de ataúdes en Brooklyn y una escuela de embalsamadores para posgraduados en Washington Heights. Por tanto, la celebración de la muerte era, a sus ojos, un asunto profundamente religioso. La verdad es que le conmovía tremendamente; podría decirse que casi tanto como la Navidad conmueve a los tenderos.

—No tenía usted derecho a enterrar a su tía así —dijo—. Ningún derecho.
—Lo siento, señor Zuckermann.

—Es algo completamente subversivo.
—Haré lo que usted diga, señor Zuckermann. Lo único que quiero saber es cuánto me darán al final, cuando haya pagado todo.

Se hizo el silencio. El señor Zuckermann suspiró, frunció el ceño y continuó sobándose con el dedo el borde del ombligo a escondidas.

—¿Digamos quince mil? —sugirió, haciendo relampaguear una gran sonrisa de oro—. Es una bonita cifra, en números redondos.

—¿Puedo llevármelo esta misma tarde?
—No veo por qué no.

El señor Zuckermann llamó al cajero jefe y le dijo que le diera a Lexington quince mil dólares del fondo dedicado a gastos menores y que este a su vez firmase un recibo. El joven, encantado de recibir por fin algo, cogió el dinero agradecido y lo metió en su mochila. Después estrechó calurosamente la mano del señor Zuckermann, le dio las gracias por su ayuda y salió del despacho.

—¡El mundo es mío! —exclamó nuestro héroe al llegar a la calle—. Tengo quince mil dólares para vivir hasta que se publique mi libro, y después tendré mucho más.

Se quedó allí parado, sin saber muy bien hacia dónde ir. Torció a la izquierda y empezó a pasear despacio calle abajo, contemplando la ciudad.

—Qué olor tan asqueroso —se dijo, olfateando el aire—. Es insoportable.

Sus delicados nervios olfativos, adiestrados para percibir únicamente los deliciosos aromas culinarios, se sentían torturados por el hedor de los gases de gasolina que despedían los autobuses.

—Tengo que marcharme de aquí antes de que se me destroce la nariz —se dijo—. Pero antes habrá que comer algo. Estoy desfallecido.

El pobre chico no había tomado más que hierbas y bayas silvestres durante las dos últimas semanas, y su estómago clamaba por una comida sólida. Me apetecería una chuleta de maíz, se dijo, o unos buñuelos de salsifí bien jugosos.

Cruzó la calle y entró en un pequeño restaurante. Hacía calorcito y estaba oscuro y silencioso. Aparte de él, el único cliente era un hombre con un sombrero marrón que estaba absorto, inclinado sobre su comida y no levantó la mirada cuando entró Lexington.

Nuestro héroe se acomodó en la mesa del rincón y colgó la mochila detrás de la silla. Esto va a ser muy interesante, se dijo. En mis diecisiete años de vida solo he probado los guisos de dos personas: los de tía Glosspan y los míos, a menos que cuente a McPottle, la niñera, que debió calentarme el biberón unas cuantas veces cuando era pequeñito. Ahora estoy a punto de probar el arte de un cocinero nuevo, y con un poco de suerte recogeré alguna idea útil para mi libro.

Un camarero salió de las sombras, se acercó a Lexington y se detuvo junto a su mesa.

—¿Cómo está usted? —preguntó Lexington—. Quisiera una chuleta de maíz grande, por favor. Pásela veinticinco segundos por cada lado, en una cazuela muy caliente con crema agria, y espolvoree unas hierbas aromáticas antes de servirla, a no ser que el cocinero jefe conozca un método más original, en cuyo caso lo probaré con mucho gusto.

El camarero ladeó la cabeza y miró detenidamente a su cliente.

—¿Quiere usted puerco asado con col? Es lo único que nos queda. 

—¿Asado de qué?

El camarero sacó del bolsillo de su pantalón un pañuelo bastante repugnante, lo desplegó con brusco molinete, como si restallase un látigo, y se sonó la nariz, produciendo un fuerte ruido de líquido.

—¿Lo quiere o no? —volvió a preguntar, secándose las narices.

—No tengo ni la más remota idea de lo que es —contestó Lexington—, pero me encantaría probarlo. Es que estoy escribiendo un libro de cocina, sabe usted, y yo...

—¡Una de puerco con col! —gritó el camarero, y desde la trastienda del restaurante, allá lejos en la oscuridad, le respondió una voz.

El camarero desapareció. Lexington cogió de la mochila su tenedor y su cuchillo, regalo de la tía Glosspan cuando tenía seis años. Eran de plata maciza, y desde que se los regaló no había usado otros instrumentos para comer. Mientras esperaba a que llegase la comida se dedicó a abrillantarlos cariñosamente con un trozo de muselina.

El camarero volvió al poco tiempo con un plato en el que se veía una gruesa tajada blanco-grisácea de una sustancia caliente. Lexington se inclinó hacia adelante, ansioso por olfatearlo en cuanto se lo sirvieran. Se le habían dilatado las aletas de la nariz para recibir el aroma, y le temblaban.

—¡Pero esto es una auténtica maravilla! —exclamó—. ¡Qué aroma! ¡Es fantástico!

El camarero retrocedió un paso, observando con curiosidad a su cliente.

—¡En mi vida había olido una cosa tan deliciosa! —exclamó nuestro héroe al tiempo que empuñaba el cuchillo y el tenedor—. ¿De qué está hecho?

El hombre del sombrero marrón se le quedó mirando y después volvió a concentrarse en su comida. El camarero se retiraba hacia la cocina.

Lexington cortó un trocito de carne, la empaló en el tenedor de plata y se lo acercó a la nariz para olfatearlo una vez más. A continuación se lo metió en la boca y empezó a masticarlo despacio, los ojos entrecerrados y el cuerpo en tensión.

—¡Es fantástico! —exclamó—. ¡Es un sabor completamente nuevo! ¡Ay, Glosspan, mi querida tía, cuánto me gustaría que estuvieses aquí conmigo para probar este plato tan extraordinario! ¡Camarero, venga inmediatamente! ¡Tengo que hablar con usted!

El asombrado camarero le observaba desde el otro extremo del comedor y no parecía muy dispuesto a aproximarse.

—Si viene a hablar conmigo, le haré un regalo —dijo Lexington, agitando un billete de cien dólares—. Venga usted, por favor.

El camarero volvió a la mesa con precaución, agarró el dinero y se lo acercó a la cara, mirándolo desde todos los ángulos. Después lo deslizó rápidamente en su bolsillo.

—¿Qué puedo hacer por usted, amigo mío? —preguntó.

—Verá —dijo Lexington—, si usted me dice con qué está hecho este delicioso plato y cómo está preparado exactamente, le daré otros cien.

—Ya se lo he dicho —replicó el hombre—. Es puerco.
—¿Y qué es eso exactamente?

—¿Nunca ha comido puerco asado? —le preguntó el camarero mirándolo fijamente.
—Por lo que más quiera, buen hombre, dígame lo que es y déjese de misterios.

—Pues cerdo —contestó el camarero—. Se mete en el horno y ya está.
—¡Cerdo!

—El puerco es cerdo. ¿Es que no lo sabía?
—¿Quiere decir que esto es carne de cerdo?

—Se lo garantizo.
—Pero..., pero... es imposible —tartamudeó el joven—. La tía Glosspan, que sabía de comida más que nadie, decía que la carne de cualquier clase es asquerosa, repugnante, horrible, nauseabunda y sucia. Y, sin embargo, este trozo que tengo en el plato es lo más exquisito que he probado nunca. ¿Cómo explica usted eso? Estoy seguro de que tía Glosspan no me hubiera dicho que era repugnante si no lo fuera.

—A lo mejor su tía no sabía cocinarlo —dijo el camarero.
—¿Usted cree?

—Es posible. Sobre todo con el cerdo: o se hace muy bien o no hay quien se lo coma.

—¡Eureka! —exclamó Lexington—. ¡Apuesto a que es eso lo que le pasaba, que lo hacía mal! —le ofreció al camarero otro billete de cien dólares—. Lléveme a la cocina —dijo—. Presénteme al genio que ha preparado esta carne.

El camarero llevó a Lexington a la cocina inmediatamente, y allí el joven conoció al cocinero, que era un hombre mayor con una erupción en el cuello.

—Esto le costará otros cien —dijo el camarero. Lexington lo complació de buena gana, pero en esta ocasión dio el dinero al cocinero.

—Mire, he de admitir que me ha dejado muy confundido lo que acaba de decirme el camarero —dijo—. ¿Está usted completamente seguro de que ese plato tan exquisito que he comido estaba preparado con carne de cerdo?

El cocinero alzó la mano derecha y se puso a rascarse la erupción del cuello.

—Bueno —respondió mirando al camarero y haciéndole un astuto guiño—, lo único que puedo decirle es que creo que era carne de cerdo.

—¿Quiere decir que no está seguro?
—Nunca se puede estar seguro.

—Pero ¿qué otra cosa podría ser?
—Pues... —empezó a decir el cocinero muy despacio, mirando aún al camarero— existe la posibilidad de que fuera un pedazo de carne humana.

—¿Quiere decir de hombre?
—Sí.

—¡Dios mío!
—O de mujer. Cualquiera de las dos cosas, porque saben igual.

—Me deja usted sorprendido —replicó el joven.
—Nunca te acostarás sin saber una cosa más.

—Desde luego.
—De hecho, últimamente el carnicero nos manda mucha carne de esta en lugar de cerdo —añadió el cocinero.

—¿En serio?
—El problema es que casi no se puede distinguir una de la otra. Son las dos muy buenas.

—El trozo que acabo de comer era sencillamente extraordinario.
—Me alegro de que le haya gustado —dijo el cocinero—, pero si quiere que le sea sincero, creo que era cerdo. Vamos, estoy casi seguro.

—¿Completamente seguro?
—Pues sí.

—En ese caso habrá que pensar que tiene usted razón —dijo Lexington—. Así que, por favor, dígame —y aquí tiene otros cien dólares por la molestia—, explíqueme cómo lo ha preparado exactamente.

El cocinero, tras guardarse el dinero, inició una descripción colorista de cómo usar una tajada de cerdo, mientras el joven, que no deseaba perderse una sola palabra de tan gran receta, se sentó a la mesa de la cocina y apuntó todos los detalles en su cuaderno.

Cuando el hombre terminó, le preguntó:
—¿Eso es todo?

—Efectivamente.
—Tiene que haber algo más.

—Para empezar, hay que contar con una buena pieza de carne —añadió el cocinero—. En eso consiste la mitad del secreto. Tiene que ser un buen cerdo, y tiene que estar bien despiezado, porque si no queda asqueroso por muy bien que se cocine.

—Enséñeme a hacerlo —dijo Lexington—. Despiéceme uno ahora para que aprenda.

—En la cocina no matamos cerdos —dijo el cocinero—. Lo que usted acaba de comer nos ha llegado de un matadero del Bronx.

—¡Pues deme la dirección!

El cocinero le dio la dirección, y nuestro héroe, tras deshacerse en agradecimientos por su amabilidad, se precipitó a la calle, cogió un taxi y se dirigió al Bronx.

VII

El matadero era un edificio grande de ladrillo, de cuatro pisos, y a su alrededor había un olor dulzón y fuerte, como de almizcle. En la verja se veía un gran cartel que decía: SE ADMITE LA ENTRADA DE VISITANTES A CUALQUIER HORA. Animado por él, Lexington atravesó la verja y entró en el patio empedrado que rodeaba el edificio.

Siguió una serie de señales (LAS VISITAS CON GUÍA POR AQUÍ) y finalmente llegó a un cobertizo de hierro ondulado que se encontraba muy lejos del edificio principal (SALA DE ESPERA PARA VISITANTES). Entró tras llamar educadamente a la puerta.

En la sala de espera había seis personas delante de él. Había una señora gorda con sus dos hijos, de unos nueve y once años, una pareja joven de ojos brillantes que parecían estar en plena luna de miel y una mujer pálida con largos guantes blancos sentada muy erguida y que miraba al frente, con las manos cruzadas en el regazo. Nadie hablaba. 

Lexington pensó si estarían todos escribiendo libros de cocina, como él, pero cuando se lo preguntó no le contestó nadie. Los adultos se limitaron a sonreír misteriosa y disimuladamente y negaron con la cabeza, y los dos niños se le quedaron mirando como si se tratara de un loco.


Pronto se abrió la puerta y un hombre de cara sonrosada y alegre asomó la cabeza y dijo:
—El siguiente, por favor.

La madre y los dos chicos se levantaron y salieron. Al cabo de unos diez minutos volvió el mismo hombre y repitió: «El siguiente, por favor», y la pareja en luna de miel se puso de pie de un salto y lo siguió afuera.

Entraron dos nuevos visitantes y se sentaron. Eran un hombre de mediana edad y su mujer, también de mediana edad, que llevaba una cesta de mimbre con comida.

—El siguiente, por favor —dijo el guía, y la mujer de los largos guantes blancos se levantó y se fue.

Entraron algunas personas más y tomaron asiento en las sillas de madera de respaldo recto.

El guía regresó por tercera vez al cabo de poco tiempo, y en esta ocasión era el turno de Lexington.

—Sígame, por favor —le dijo el guía, cruzando el patio delante del joven para dirigirse al edificio principal.

—¡Qué interesante es esto! —exclamó Lexington, saltando sobre un pie y luego sobre el otro—. Ojalá estuviese conmigo mi querida tía Glosspan y viese lo que voy a ver yo.

—Yo solo explico los preliminares —dijo el guía—. Después le pondré en manos de otra persona.

—Lo que usted quiera —replicó el joven, fascinado.

En primer lugar visitaron una zona amplia rodeada por una valla en la puerta trasera del edificio, donde holgazaneaban varios cientos de cerdos.

—Aquí es donde empiezan —explicó el guía—, y por allí entran.
—¿Dónde?

—Por allí —el guía señaló un cobertizo alargado de madera que se alzaba junto al muro exterior de la fábrica—. Lo llamamos el corral de encadenado. Por aquí, por favor.

Tres hombres con altas botas de caucho conducían una docena de cerdos al corral de encadenado en el momento en que se acercaban Lexington y el guía, así que entraron todos juntos.

—Mire cómo los amarran —dijo el guía.

Por dentro, el cobertizo era simplemente una habitación desnuda de madera sin techo, pero había un cable de acero con ganchos que se movía lentamente por una pared, paralelo al suelo, a menos de un metro de altura. Cuando llegaba al extremo del cobertizo el cable cambiaba bruscamente de dirección y trepaba verticalmente, atravesando el techo abierto, hacia el piso superior del edificio principal.

Los doce cerdos estaban amontonados en el extremo del cobertizo, sin moverse, con expresión de miedo. Uno de los hombres con botas de caucho bajó una cadena de metal de la pared y avanzó hacia el animal más cercano, por detrás. Se agachó y colocó con rapidez un extremo de la cadena en torno a una de las patas traseras del animal. Ató el otro extremo a un gancho del cable móvil cuando lo tuvo al alcance de la mano. 

El cable siguió moviéndose y la cadena se tensó. La pata del cerdo recibió un tirón hacia atrás y hacia arriba y luego el animal empezó a retroceder, arrastrándose, pero no se cayó. Era un cerdo bastante ágil y logró mantener el equilibrio sobre tres patas, saltando con una sola y luchando contra la cadena que tiraba de él, pero fue retrocediendo más y más hasta que al llegar al final del cobertizo, donde el cable cambiaba de dirección y subía, la pobre bestia perdió pie bruscamente y quedó colgando. El aire se llenó de chillidos de protesta.


—Es un proceso realmente fascinante —dijo Lexington—, pero ¿qué era ese ruido raro, ese chasquido que se oyó en el momento en que subía el cerdo?

—Probablemente, la pata —contestó el guía—. O la pelvis.
—¿Y eso no importa?

—¿Por qué iba a importar? —replicó el guía—. Los huesos no se comen.

Los hombres con botas de caucho no paraban de encadenar cerdos; los colgaban uno tras otro y los hacían pasar por el techo entre fuertes gruñidos de protesta.

—Esta receta no consiste solamente en recoger hierbas sin más —dijo Lexington—. La tía Glosspan jamás hubiera hecho una cosa así.

En ese momento, mientras Lexington miraba el último cerdo que subía hacia el techo, un hombre con botas de caucho se le acercó con precaución por detrás y ató un extremo de la cadena en torno al tobillo del muchacho, colgando el otro extremo del cinturón móvil. 

Al momento siguiente, sin que le diera tiempo a darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, nuestro héroe perdió el equilibrio y se vio arrastrado hacia atrás por el piso de cemento del corral de encadenado.


—¡Paren! —gritó—. ¡Deténganlo todo! ¡Se me ha enganchado una pierna!

Pero al parecer no le oyó nadie, y cinco segundos más tarde el infeliz joven fue arrancado del suelo y arrastrado hacia arriba. Pasó por el tejado abierto del corral, colgando cabeza abajo, agarrado por un tobillo y culebreando como un pez.

—¡Socorro! —gritó—. ¡Socorro! ¡Ha habido una terrible equivocación! ¡Paren las máquinas! ¡Déjenme bajar!

El guía se quitó el puro de la boca y miró serenamente hacia arriba, al joven que ascendía rápidamente, pero no dijo nada. Los hombres de las botas de caucho ya habían salido a recoger el siguiente grupo de cerdos.

—¡Sálveme! —chilló nuestro héroe—. ¡Déjeme bajar! ¡Por favor, déjeme bajar!

Pero ya se acercaba al piso superior del edificio, y allí el cinturón móvil se retorció como una serpiente y entró por un gran agujero de la pared, una especie de portal sin puerta; y en el umbral, esperando para recibirlo, cubierto con un delantal de caucho amarillo con manchas oscuras y contemplando el mundo como San Pedro a las puertas del cielo, estaba el matarife.

Lexington le vio del revés y solo breves segundos, pero aun así observó inmediatamente la expresión de paz y benevolencia en el rostro de aquel hombre, el alegre brillo de sus ojos, la sonrisilla melancólica, los hoyuelos de las mejillas... y todo aquello le hizo concebir esperanzas.

—¿Qué tal? —le preguntó el matarife sonriendo.
—¡Rápido! ¡Sálveme! —gritó nuestro héroe.

—Con mucho gusto —replicó el matarife y, cogiendo delicadamente a Lexington por una oreja con la mano izquierda, alzó la derecha y con suma habilidad le abrió la yugular con un cuchillo.

El cinturón continuó moviéndose y Lexington con él. Todo seguía del revés, y la sangre que le salía del cuello se le metía en los ojos, pero aun veía un poco y tuvo la borrosa impresión de encontrarse en una habitación enorme y alargada, en cuyo extremo había una gran caldera de agua humeante y a su alrededor unas oscuras siluetas, medio ocultas por el vapor, que bailaban blandiendo largas varas. 

Le pareció que la cinta transportadora pasaba justo por encima del caldero y que los cerdos caían uno tras otro al agua hirviendo, y que uno de ellos llevaba unos largos guantes blancos en las patas delanteras.


De repente nuestro héroe empezó a sentir mucho sueño, pero hasta que su fuerte corazón no hubo bombeado la última gota de sangre no pasó de este mundo, el mejor de todos los mundos posibles, al otro.

La historia de Willie El Vagabundo - Walter Scott

Puede que hayan oído hablar de Sir Robert Redgauntlet, del señorío de Redgauntlet, que vivió en estas tierras hace ya mucho tiempo. Siempre se le recordará en la región; nuestros padres solían contener el aliento cuando oían su nombre. Ya estaba con los Highlanders en tiempos de Montrose y estuvo nuevamente en las colinas con Glencairn en el año de 1652; y cuando volvió el rey Carlos II ¿quién gozaba más de su favor sino el señor de Redgauntlet? 

Fue armado caballero en la corte de Londres por la propia espada del rey. Y como era prelatista acérrimo vino a estas tierras, fiero como un león, con el nombramiento de teniente (y, por lo que sé, de loco) para aplastar a los Whigs y a los Covenanters del país. Y no se anduvo con contemplaciones. 

Porque los Whigs eran tan tercos como fieros los caballeros y se trataba de ver quién se cansaría primero. Redgauntlet era partidario de emplear mano dura y su nombre era tan conocido en el país como los de Claverhouse o Tom Dalyell. Ni valle, ni ladera, ni montaña, ni cueva servían para ocultar a la pobre gente de las montañas cuando Redgauntlet salía en su persecución con cuernos de caza y sabuesos, como si de ciervos se tratase. 

Y la verdad es que, cuando alcanzaban a alguien, no se andaban con más ceremonias que con un corzo. Tan solo le preguntaban: «¿Quieres prestar juramento?» Y si no: «Preparados, listos, ¡fuego!», y allí yacía el renegado.


Temido y odiado era Sir Robert a lo largo y ancho de la región. La gente pensaba que tenía tratos con el diablo, que era inmune al acero, y que las balas rebotaban en su armadura como el granizo en la piedra, que tenía una yegua que podía transformarse en liebre en la pared de Garrifragawns, y más cosas por el estilo, que contaré más adelante. La maldición más suave que le dirigían era: «¡Que el diablo se lleve a Redgauntlet!»

Sin embargo, no era un mal amo para los suyos, y sus vasallos le querían. Y los escuderos y soldados que cabalgaban con él durante las persecuciones, como llamaban los Whigs a aquellos tiempos turbulentos, hubieran estado dispuestos en cualquier momento a brindar a su salud hasta quedarse ciegos.

Pues bien, habéis de saber que mi abuelo vivía en los dominios de Redgauntlet. El lugar se llamaba PrimroseKnowe. Mi familia había vivido allí desde los tiempos de los bandoleros y aun antes. Era un sitio agradable, y estoy convencido de que el aire es más fresco y sano allí que en ninguna otra parte de la comarca. Hoy día está desierto. Hace sólo tres días estuve sentado en el roto umbral de la puerta y me alegré de no poder ver la ruina en que se había convertido.

Pero me estoy desviando de mi historia. Allí habitaba mi abuelo, Steenie Steenson, que había sido en su juventud algo bribón y un poco vagabundo y era un buen gaitero. Era famoso tocando Hoopers and Girders y no había en Cumberland quien le superase con Jockie Latin

Desde Berwick a Carlisle no había nadie mejor en la backlilt. Los hombres como Steenie no tienen madera de Whig, así que se hizo Tory, como los llamaban entonces, lo que ahora llamamos jacobitas, simplemente porque sentía una especie de necesidad de pertenecer a uno de los dos bandos. 

No les tenía inquina a los Whigs y le gustaba poco ver correr la sangre, aunque, obligado como estaba a seguir a Sir Robert cuando salía a cazar, a reclutar, de vigilancia o de guardia, vio hacer muchas cosas malas y puede que no pudiese evitar hacer algún daño a su vez.


Resulta que Steenie era un poco el favorito de su señor, y conocía a toda la gente del castillo, y a menudo le mandaban buscar para que tocase la gaita mientras se divertían. Al viejo Dougal McCallum, el mayordomo, que había servido a Sir Robert en las duras y en las maduras, en los buenos y en los malos tiempos, en la adversidad y en la fortuna, le gustaba muchísimo la gaita, y de ahí le venía a mi abuelo su buen cartel ante el señor, porque Dougal hacía lo que quería con su amo.

Bueno, llegó la Revolución, que debiera de haber roto los corazones de Dougal y su amo. Pero el cambio no fue tan grande como ambos se temían y otros deseaban. Mucho fanfarronearon los Whigs sobre lo que le iban a hacer a sus viejos enemigos, y en especial a Sir Robert Redgauntlet. 

Pero había demasiados señores importantes comprometidos en el asunto como para poder hacer tabla rasa y empezar el mundo desde los cimientos, así que el Parlamento hizo la vista gorda; y Sir Robert, salvo que tuvo que conformarse con cazar zorros en vez de Covenanters, siguió siendo el hombre que siempre había sido. 

Sus fiestas eran tan ruidosas y sus salones estaban tan bien iluminados como siempre, aunque es posible que echara de menos las multas de los no conformistas que solían irle a engordar la despensa y la bodega; porque lo cierto es que empezó a interesarse por las rentas de sus vasallos mucho más de lo que acostumbraba. 

Y estos se esforzaban por pagar a tiempo ya que, si no, el señor se disgustaba muchísimo. Y era tan temible que nadie se atrevía a provocar su ira, pues profería tales juramentos, se ponía tan furioso y adquiría un aspecto tan terrible que la gente pensaba que era el mismísimo demonio.


Bueno, mi abuelo no era un buen administrador, tampoco es que fuera despilfarrador, pero no tenía la virtud del ahorro, y se atrasó en dos recibos de la renta. Consiguió salir del primer aprieto el domingo de Pentecostés con buenas palabras y canciones de su gaita, pero, al llegar el día de San Martín, el oficial de guardia le transmitió la orden de que se presentase con la renta un día determinado o tendría que exiliarse del señorío. 

Arduo trabajo le costó conseguir el dinero. Pero tenía buenos amigos y por fin consiguió reunir el importe, mil monedas de plata. La mayor parte del dinero procedía de un vecino al que llamaban Laurie Lapraik, un zorro astuto. Laurie poseía todo tipo de riquezas, le ponía una vela a Dios y otra al Diablo y era Whig o Tory, pecador o santo según soplasen los vientos. 

Era un maestro en este mundo de la Revolución, pero le gustaba bastante un soplo de aire mundano de vez en cuando y alguna que otra canción de gaita y, sobre todo, pensó que hacía un buen negocio con el dinero que le prestaba a mi abuelo a cambio de todos los bienes de PrimroseKnowe como garantía.


Allá que se fue mi abuelo al castillo de Redgauntlet, con la bolsa pesada y el corazón ligero, contento de escapar a la ira de su señor. Bueno, pues lo primero de lo que se enteró en el castillo fue de que a Sir Robert le había dado un ataque de gota del enfado, porque no había aparecido antes de las doce. No era sólo por el dinero, creía Dougal, sino porque no le gustaba tener que prescindir de mi abuelo. 

Dougal se alegró mucho de ver a Steenie y lo condujo al gran salón de roble, y allí estaba el señor sentado en completa soledad, excepto por la compañía de un mono feo y grande que era su animal favorito; era una bestia maligna que gastaba muchas bromas pesadas —difícil de complacer y fácil de enfadar—, correteaba por todo el castillo parloteando y gritando, robando y mordiendo a la gente, sobre todo cuando iba a hacer mal tiempo o iba a haber problemas de gobierno. 

Sir Robert lo llamaba Mayor Weir, como a un brujo que habían quemado; y a muy poca gente le gustaba, ni el nombre ni la criatura —creían que había algo extraño en ella—, y mi abuelo no se sintió precisamente feliz cuando la puerta se cerró tras él y se encontró solo en la habitación con el señor, Dougal McCallum y el Mayor, cosa que nunca antes le había ocurrido.


Sir Robert estaba sentado o mejor dicho tendido, en un gran sillón, con su magnífica bata de terciopelo y los pies sobre un taburete, porque sufría de gota y arenilla, y su rostro estaba tan pálido y descompuesto como el de Satanás. El Mayor Weir estaba sentado frente a él, con una casaca roja de encaje y la peluca del señor en la cabeza, y juro que cuando Sir Robert se retorcía de dolor, el mono lo hacía también y formaban una pareja tan perversa como aterradora. 

El abrigo de cuero del señor colgaba de una percha a su espalda, y el sable y las pistolas estaban a su alcance; porque conservaba la vieja costumbre de tener las armas preparadas y un caballo ensillado día y noche, como solía hacer cuando aún podía montar a caballo y salir en persecución de cualquier montañés de que tuviera noticia. Algunos dicen que era por temor a que los Whigs intentaran vengarse, pero yo opino que era simplemente una vieja costumbre, pues no era hombre que se asustara por nada. 

El libro de cuentas, con sus tapas negras y sus cierres de cobre, estaba frente a él; y había un librillo de canciones obscenas entre las páginas, para mantenerlo abierto en el sitio en que figuraba la evidencia de que el buen hombre de PrimroseKnowe estaba atrasado en el pago de sus rentas e impuestos. 

La mirada que Sir Robert dirigió a mi abuelo parecía querer helarle el corazón en el pecho. Puede que hayáis oído decir a la gente que al fruncir las cejas se le formaba el dibujo de una herradura profundamente incrustada en la frente, como si se la hubiesen estampado allí.


—¿Vienes con las manos vacías, tú, hijo de una gaita desinflada? Brrrrr... si es así...

Mi abuelo, poniendo la mejor cara que pudo, dio un paso adelante y puso la bolsa del dinero sobre la mesa, con movimientos rápidos, como quien está muy seguro de lo que hace. El señor se apresuró a atraerla hacia sí:

—¿Está todo, Steenie?

—Su Excelencia comprobará que sí —dijo mi abuelo.

—Bien, Dougal, dale a Steenie una copa de brandy abajo, mientras cuento el dinero y le extiendo el recibo.

Pero apenas si habían terminado de salir de la habitación cuando Sir Robert dio un grito que conmovió los cimientos de roca del castillo. Volvió Dougal corriendo, volaron los lacayos, grito tras grito daba el señor, a cuál más horrible. Mi abuelo no sabía si quedarse o salir corriendo, pero se aventuró a regresar al salón, donde el lío era tan fenomenal que nadie se preocupaba de quién salía o entraba. 

El señor daba terribles alaridos pidiendo agua fría para los pies y vino para refrescar la garganta. Y la palabra infierno —infierno, infierno y sus llamas— no se le caía de la boca. Y cuando le trajeron agua y sumergieron sus hinchados pies en el barreño gritó que estaba ardiendo; y muchos dicen que realmente burbujeaba y humeaba como un caldero en ebullición. 

Le tiró la copa a la cabeza a Dougal y gritó que le había dado sangre en vez de borgoña; y efectivamente, al día siguiente los criados limpiaron sangre coagulada de la alfombra. El mono al que llamaban Mayor Weir se retorcía y gritaba como si estuviese haciéndole burla a su amo. 

Mi abuelo estuvo a punto de perder la cabeza, olvidó el dinero y el recibo y salió disparado escaleras abajo; pero conforme corría, los gritos fueron haciéndose cada vez más débiles, se oyó un largo y tembloroso gemido y la noticia de que el señor había muerto se extendió por el castillo.


Bueno, mi abuelo se fue con las manos vacías confiando en que Dougal hubiera visto la bolsa del dinero y hubiera oído al señor hablar de redactar el recibo. El joven señor, ahora Sir John, vino de Edimburgo para arreglar las cosas. Sir John y su padre nunca se habían llevado bien. 

Sir John había estudiado para abogado y luego había tenido un escaño en el último Parlamento escocés y votado a favor de la Unión, habiendo obtenido, se creía, un buen bocado de las compensaciones. Si su padre hubiera podido salir de la tumba le hubiera partido la cabeza con las piedras de su propia lápida.


Algunos creían que era más fácil tratar con el viejo y rudo caballero que con el joven, a pesar de sus suaves maneras, pero ya hablaremos de eso más adelante.

Dougal McCallum, pobre hombre, ni lloraba, ni se lamentaba, sino que se paseaba por la casa como un muerto, pero dirigiendo, como era su deber, todos los preparativos para el grandioso funeral. Pero conforme se aproximaba la noche Dougal tenía cada vez peor aspecto y era siempre el último en irse a la cama, que estaba en una pequeña alcoba justo enfrente de la cámara que su amo ocupaba mientras vivió, y donde ahora yacía de cuerpo presente, como se dice. 

La noche del funeral, Dougal no pudo mantenerse callado por más tiempo. Olvidó su orgullo y le pidió al viejo Hutcheon que se sentara con él durante un rato. Cuando estuvieron en la habitación, Dougal se sirvió una copa de brandy y le sirvió otra a Hutcheon, y le deseó salud y larga vida y dijo que, por su parte, no le quedaba mucho de estar en este mundo. 

Porque todas las noches desde la muerte de Sir Robert, había sonado el silbato de plata desde la cámara mortuoria, como lo solía hacer por la noche, en vida de Sir Robert, para llamar a Dougal a que le ayudase a darse la vuelta en la cama. Dougal dijo que, al estar solo en aquel piso de la torre (porque nadie quería velar a Sir Robert Redgauntlet como se vela a cualquier otro cadáver) no se había atrevido a responder a la llamada, pero que ahora su conciencia le reprochaba el haber descuidado su deber; porque:


—Aunque la muerte libera del voto de obediencia —dijo McCallum— nunca romperé mi voto a Sir Robert; y contestaré a su próximo silbido, así que te ruego que te quedes conmigo, Hutcheon.

Hutcheon no sentía deseo alguno de hacerlo, pero había luchado y pasado penalidades junto a Dougal y no iba a fallarle en aquel aprieto; así que los dos sirvientes se sentaron ante una copa de brandy y Hutcheon, que era algo clerical, hubiera leído un capítulo de la Biblia, pero Dougal no quiso oír sino un párrafo de David Lindsay, cosa que no era precisamente lo más adecuado.

A medianoche, cuando la casa estaba silenciosa como una tumba, se oyó el sonido del silbato, tan claro y penetrante como si Sir Robert estuviera tocándolo, y allá que se levantaron los dos viejos servidores y se dirigieron tambaleándose a la habitación donde yacía el muerto.

Hutcheon vio lo suficiente al primer vistazo, porque había antorchas en la habitación que le mostraron al maldito diablo en persona, sentado sobre el ataúd del señor. Se desplomó como un muerto y no pudo decir durante cuánto tiempo yació en trance en la puerta, pero cuando volvió en sí, llamó a su compañero y, al no encontrar respuesta, alertó al resto de la casa. 

Dougal fue encontrado muerto a dos pasos de la cama donde estaba colocado el ataúd de su señor. Respecto al silbato, este había desaparecido por completo, pero muchas veces se lo oía en lo alto de la casa, en las almenas y en las viejas chimeneas y torreones donde anidan los búhos. Sir John acalló el incidente y el funeral transcurrió sin más contratiempos.


Cuando todo hubo terminado y el Señor empezó a poner orden en sus asuntos, todos los vasallos fueron llamados a pagar sus atrasos y mi abuelo lo fue por toda la suma que se suponía que debía. Bueno, pues allá se va para el castillo a contar la historia, y allí fue llevado a presencia de Sir John, sentado en la silla de su padre, de luto riguroso, con brazalete y corbata negras y un pequeño estoque de paseo junto a él, en vez del viejo sable que, con la hoja, la empuñadura y la funda, pesaba un quintal. 

Tantas veces he oído contar la conversación que sostuvieron que casi me parece haberla presenciado, aunque aún no había nacido por aquel entonces.


—Le deseo felicidad, señor del gran asiento, el pan blanco y el ancho señorío. Su padre era un hombre amable para sus amigos y sirvientes; es un honor para usted, Sir John, llevar sus zapatos —sus botas debería decir— porque rara vez se ponía zapatos, a no ser las zapatillas cuando tenía la gota.

—Ay, Steenie —replicó el Señor, dando un profundo suspiro y llevándose el pañuelo a los ojos—, la suya fue una muerte repentina y el país lo echará de menos; no tuvo tiempo de ordenar sus asuntos, pero sin duda estaba preparado para Dios, que es lo que cuenta, y nos dejó una enredada madeja que deshilvanar. Ejem, ejem, Steenie... podemos ir al grano; tengo mucho trabajo que hacer y poco tiempo para hacerlo.

Y con esto abrió el libro fatídico. He oído hablar de algo a lo que llaman el libro del Juicio Final y estoy seguro de que era un libro de vasallos deudores.

—Stephen —dijo Sir John con el mismo tono de voz, suave y meloso— Stephen Stevenson o Steenson, apareces aquí con un año de atraso en el pago de tus rentas. Vencía el trimestre pasado.

Stephen: Por favor, Excelencia, Sir John, se lo pagué a vuestro padre.

Sir John: Entonces tendrás un recibo, Stephen. ¿Puedes presentarlo?

Stephen: No tuve tiempo, Excelencia, porque no había hecho más que entregar el dinero y justo cuando Su Excelencia Sir Robert, que en paz descanse, lo cogió para contarlo y extender el recibo, le asaltaron los dolores que le causaron la muerte.

—Mala suerte —dijo Sir John tras una pausa—, pero quizá lo pagaste en presencia de alguien. Sólo quiero una prueba palpable, Stephen. No pretendo aprovecharme de un pobre hombre.

Stephen: La verdad, señor, no había nadie en la habitación excepto Dougal McCallum, el mayordomo. Pero, como sabe Su Excelencia, ha seguido el mismo destino que su antiguo amo.

—Mala suerte otra vez —dijo Sir John, sin alterar la voz ni una octava—, el hombre al que le pagaste está muerto y el hombre que presenció el pago también, y del dinero, que debería haber aparecido, no hay ni rastro en los inventarios. ¿Cómo voy a creérmelo?

Stephen: No lo sé, Excelencia, pero aquí tengo anotadas cada una de las monedas; porque ¡Dios me ayude!, tuve que pedirlas prestadas a veinte bolsillos distintos, y estoy seguro de que todos estarán dispuestos a jurar para qué tomé prestado el dinero.

Sir John: No dudo de que tomaste prestado el dinero, Steenie. Es de la entrega del dinero a mi padre de lo que quiero alguna prueba.

Stephen: Puede que el dinero esté en algún sitio de la casa, Sir John. Y puesto que Vuestra Excelencia nunca lo recibió y Su Excelencia que en paz descanse no pudo llevárselo, puede que alguien de la familia lo haya visto.

Sir John: Preguntaremos a los criados, Stephen; es lo razonable.

Pero criados y criadas, pajes y caballerizos, todos negaron de firme haber visto nunca una bolsa de dinero como la que describía mi abuelo. Para empeorarlo, Steenie no había comunicado a ningún ser vivo que se proponía pagar la renta. Una doncella había notado que llevaba algo bajo el brazo, pero creyó que era la gaita.

Sir John Redgauntlet ordenó salir a los sirvientes y a continuación dijo a mi abuelo:

—Ahora, Steenie, ves que has tenido un trato justo; y puesto que no me cabe duda de que tú sabes mejor que nadie dónde encontrar la bolsa, te pido, de buenas maneras y por tu propio bien, que termines de una vez con este fastidioso asunto; o pagas o te vas de mis tierras.
 
—Que el Señor me perdone —dijo Steenie, ya agotados todos sus recursos—, yo soy un hombre honrado.

—Yo también, Stephen —dijo Su Excelencia— y también lo son todos los de esta casa, espero. Pero si hay algún granuja entre nosotros debe de ser aquel que cuenta una historia que no puede probar —hizo una pausa y añadió, con más seriedad—: si entiendo tu jugada, intentas aprovecharte de algunas habladurías maliciosas sobre mi familia y en especial sobre la repentina muerte de mi padre, para estafarme el dinero y quizá desacreditarme, insinuando que ya he recibido la renta que reclamo. ¿Dónde supones que puede estar el dinero? Insisto en saberlo.

Mi abuelo lo vio todo tan en su contra que casi se dejó llevar por la desesperación; sin embargo, se removió un poco, miró a todos lados y permaneció en silencio.

—Habla, bribón —dijo el señor, con el mismo aspecto de su padre, ese tan especial que tenía cuando se enfadaba (parecía como si las arrugas de la frente formaran la misma aterradora herradura en el ceño)—. ¡Habla! Quiero saber lo que piensas. ¿Crees que el dinero lo tengo yo?

—Lejos de mí afirmar tal cosa —respondió Stephen.

—¿Acusas a alguno de mis criados de haberlo robado?

—No me gustaría acusar a un inocente. Y si alguno fuera el culpable no tengo pruebas.

—En alguna parte tiene que estar el dinero, si hay algo de verdad en tu historia —dijo Sir John—, te pregunto dónde crees que está y exijo una respuesta.

—En el infierno, si de verdad quiere saber lo que pienso —dijo mi abuelo, sintiéndose completamente acorralado—; en el infierno, con el padre de Vuestra Excelencia, su mono y su silbato de plata.

Salió corriendo escaleras abajo (porque el salón no era un lugar seguro para él después de haber dicho tales palabras) y oyó al señor maldecirle a sus espaldas, con la misma soltura con que lo hacía Sir Robert, llamando a gritos al alguacil y al oficial de guardia. 

Cabalgó mi abuelo hasta la casa de su principal acreedor (aquel al que llamaban Laurie Lapraik) para ver si podía sacarle algo; pero cuando le contó la historia, no obtuvo más que los peores insultos de su repertorio —ladrón, mendigo y granuja fueron los más suaves—; y junto a los insultos sacó de nuevo a relucir la historia de que mi abuelo se había manchado las manos con la sangre de los justos, como si un vasallo hubiera podido negarse a cabalgar junto a su señor, y más junto a un señor como Sir Robert Redgauntlet. 

A estas alturas a mi abuelo se le había agotado la paciencia y cuando él y Laurie estaban a punto de echarse a las manos, tuvo la desfachatez suficiente de insultarle, tanto al hombre como a lo que este decía, y dijo unas cosas que hicieron ponerse lívidos a los que las oyeron; estaba fuera de sí, y además había convivido con gente que no se mordía la lengua.


Por fin les separaron y mi abuelo volvió a casa por el bosque de Pitmurkie, que, según dicen, está todo lleno de abetos negros —conozco el bosque, pero no sabría decir si los abetos son blancos o negros—. A la entrada del bosque hay un prado, y en el borde del prado una pequeña posada solitaria que en aquella época estaba a cargo de una posadera a la que llamaban Tibbie Faw, y allí el pobre Steenie pidió media pinta de brandy, porque no había tomado ningún refrigerio en todo el día. 

Tibbie insistió en que comiera algo, pero él no quiso ni oír hablar de ello, ni consintió en bajar de su cabalgadura, y se tomó todo el brandy en dos tragos, haciendo cada vez un brindis: el primero a la memoria de Sir Robert Redgauntlet, para que no descansara en su tumba hasta que hubiera hecho justicia a su pobre vasallo; y el segundo a la salud del Enemigo del Hombre si le devolvía el saco con el dinero o le decía lo que había sido de él, porque veía que todo el mundo iba a considerarle un ladrón y un estafador, y eso le sentaba aún peor que la pérdida de todos sus bienes.


Siguió cabalgando, sin importarle a dónde. La noche era oscura y los árboles la oscurecían todavía más, así que dejó al animal elegir su propio camino a través del bosque cuando, de repente, de estar cansado y agotado, el rocín empezó a trotar, galopar y encabritarse, hasta el punto de que mi abuelo apenas podía mantenerse en la silla. Y conforme sucedía esto, un jinete, acercándose de repente a él, le dijo:

—Una bestia valerosa la suya, amigo, ¿estaría dispuesto a venderla? —y diciendo esto, tocó el cuello del caballo con su fusta y este volvió a su antiguo trote cansino y vacilante—. Pero pronto se le acaba el valor, me parece —continuó el extraño— y lo mismo les ocurre a muchos hombres, que se creen capaces de grandes cosas hasta que les llega el momento de demostrarlo.

Mi abuelo apenas si prestó atención a sus palabras, sino que espoleó a su caballo con un:

—Buenas noches, amigo.

—Pero al parecer el extraño no era de los que dan fácilmente su brazo a torcer porque, cabalgase como cabalgase Steenie, siempre estaba a su lado. Por fin mi abuelo empezó a enfadarse y, a decir verdad, a asustarse.

—¿Qué quiere de mí, amigo? —dijo—. Si es un ladrón, no tengo dinero; si es un hombre honrado que quiere compañía, no tengo ánimos para hablar o bromear; y si quiere saber el camino, apenas lo conozco yo mismo.

—Si hay algo que te atormente —dijo el extraño— cuéntamelo, soy alguien que, aunque ha sido muy calumniado en este mundo, no tiene igual para ayudar a sus amigos.

Así que mi abuelo, más para aliviar su propia congoja que porque esperase ayuda alguna, le contó toda la historia.

—Estás en un buen aprieto —dijo el extraño—, pero creo que puedo ayudarte.

—Si puede prestarme el dinero y no espere que se lo devuelva en mucho tiempo... no sé de otra ayuda en la tierra —dijo mi abuelo.

—Puede que la haya debajo de ella —replicó el extraño—. Venga, seré sincero contigo. Podría prestarte el dinero a cambio de un contrato, pero puede que sintieses escrúpulos al ver los términos. Aun así puedo decirte que tus juramentos y los lamentos de tu familia han turbado el descanso de tu viejo Señor en su tumba y que si te atreves a aventurarte a ir a verle, te dará el recibo.

A mi abuelo se le pusieron los pelos de punta al oír la oferta, pero pensó que su compañero podía ser algún bromista que estaba tratando de amedrentarle y que quizá acabaría prestándole el dinero. Además, el brandy le infundía valor y estaba desperado por la angustia; así que le dijo que tenía suficientes agallas para ir a las puertas del infierno, y aún más allá, por aquel recibo. El extraño se echó a reír.

Bueno, pues siguieron cabalgando por lo más espeso del bosque cuando, de repente, el caballo se detuvo a la puerta de una gran casa; y, si no fuera porque sabía que el lugar estaba a diez millas de distancia, mi abuelo hubiera pensado que se trataba del castillo de Redgauntlet. 

Atravesando el arco de la vieja puerta, entraron en el patio. Vieron todo el frente de la casa iluminado y oyeron gaitas y violines, y había tanto baile y bullicio dentro como solía haber en la casa de Sir Robert en Navidades y en otras grandes ocasiones. Se apearon de sus caballos y a mi abuelo le pareció que ataba el suyo a la misma argolla a la que lo había atado aquella mañana cuando acudió a presentarse al joven Sir John.


—¡Dios! —exclamó mi abuelo— ¡si parece que la muerte de Sir Robert solo ha sido un sueño!

Llamó a la puerta del vestíbulo, como acostumbraba, y su viejo conocido Dougal McCallum, también como de costumbre, vino a abrir la puerta y dijo:

—Gaitero Steenie, ¿estás ahí, chico? Sir Robert ha estado llamándote.

A mi abuelo le parecía que estaba soñando. Buscó al extraño, pero había desaparecido por el momento. Por fin trató simplemente de decir:

—Hola, Dougal del Más Allá, ¿estás vivo? Creía que estabas muerto.

—No te preocupes por mí —dijo Dougal—, sino por ti; y cuida de no tomar nada de nadie aquí, ni comida, ni bebida, ni dinero, excepto el recibo que te pertenece.

Y dicho esto, le guio a través de salones y estancias que mi abuelo conocía muy bien, hasta llegar al viejo salón de roble; había en él ese mismo cantar, canciones profanas, escanciar vino, blasfemar y contar obscenidades que siempre había habido en el castillo de Redgauntlet en sus mejores tiempos. 

Pero ¡que Dios nos ampare! ¡Qué colección de juerguistas fantasmales se sentaban a la mesa! Mi abuelo reconoció a varios que hacía ya tiempo que se habían convertido en polvo, porque a menudo había tocado para ellos en el vestíbulo de Redgauntlet. 

Allí estaba el fiero Middleton, y el disoluto Rothes, y el astuto Lauderdale; y Dalyell, con la cabeza calva y barba hasta la cintura; y Earlshall, con la sangre de Cameron en sus manos; y el cruel Bonshaw, que desmembró a Mr. Cargill; y Dunbarton Douglas, dos veces traidor, a su patria y a su rey. Allí estaba el sanguinario abogado McKenyie que, por su sabiduría y su astucia mundana, había sido como un dios para el resto. 

Y allí estaba Claverhouse, tan bello como cuando vivía, con sus largos y oscuros rizos cayéndole sobre la casaca de encaje y la mano izquierda siempre en el hombro derecho, para ocultar la herida que la bala de plata le había hecho. 

Se sentaba aparte de todos los demás y los miraba con expresión melancólica y altiva; mientras, el resto aullaba, cantaba y reía de tal modo que la habitación retumbaba. Pero, de vez en cuando, sus sonrisas se contraían de manera tan horrible y sus risas eran tan salvajes que a mi abuelo se le pusieron azules las uñas y se le heló la médula de los huesos.


Los que servían las mesas eran los mismos sirvientes y soldados que habían ejecutado sus crueles órdenes en la tierra.

Estaba el Mozo Largo de Nethertown, que ayudó a tomar Argyle; y el que intimidó al obispo, al que llamaban el Sonajero del Diablo; y los malvados guardias con sus casacas de encaje; y los salvajes amoritas de las Tierras Altas, que derramaban sangre como si fuera agua; y muchos sirvientes altivos, de corazón soberbio y manos ensangrentadas, serviles con los ricos para hacerlos aún peores de lo que hubieran sido, despiadados con los pobres hasta convertirlos en polvo una vez despedazados por los ricos. Y muchos, muchos más iban y venían, tan atareados como en vida.

En medio de aquel terrible escándalo, Sir Robert Redgauntlet llamó con voz de trueno al gaitero Steenie, para que se acercase a la mesa principal, donde él estaba sentado, con las piernas extendidas y envueltas en franela; las pistolas estaban junto a él y el sable apoyado en la silla, justo como mi abuelo lo había visto por última vez en la tierra, incluso el cojín del mono estaba allí, pero no la criatura —no le había llegado la hora, probablemente, porque, al aproximarse, oyó decir a uno de ellos:

—¿No ha venido aún el Mayor? Y el otro contestó:

—Estará aquí antes de la mañana.

Y cuando mi abuelo se adelantó, Sir Robert, o su fantasma, o el diablo con su apariencia, dijo:

—Bueno, gaitero ¿has arreglado lo de la renta anual con mi hijo?

Con gran esfuerzo, mi abuelo consiguió el aliento suficiente para decir que Sir John no se conformaría sin el recibo de Su Excelencia.

—Lo tendrás a cambio de alguna melodía, Steenie —dijo la apariencia de Sir Robert—, toca para nosotros Veel Horldled Luckie.

Aquélla era una melodía que mi abuelo aprendió de un brujo, quien a su vez la había oído cuando estaban adorando a Satanás en sus aquelarres, y mi abuelo la había tocado algunas veces en las ruidosas cenas del castillo de Redgauntlet, pero siempre a disgusto. Y ahora, con solo mencionarla, sintió frío y, para excusarse, dijo que no llevaba la gaita consigo.

—McCallum, tú, hijo de Belcebú —dijo el terrible Sir Robert—, tráele a Steenie la gaita que tengo para él.

McCallum trajo una gaita que podía haber servido a Donald de las Islas. Pero, al ofrecérsela, le dio a mi abuelo un ligero codazo y, mirando de reojo con atención, Steenie vio que el caramillo era de acero y había sido calentado al rojo vivo. Así que tuvo buen cuidado de no tocarlo con los dedos. Se excusó de nuevo y dijo que estaba tan débil y asustado que no tenía bastante aliento para tocar.

—Entonces debes comer y beber, Steenie —dijo la figura—, porque poco más hacemos aquí; y no está bien que conversen un hombre harto y otro hambriento.

Pero aquéllas eran las mismísimas palabras que el sanguinario conde de Douglas dijo para entretener al mensajero del rey mientras le cortaba la cabeza a McLellan de Bombie en el castillo de Threave; y eso puso a Steenie aún más en guardia. 

Así que alzó la voz como un hombre y dijo que no había ido allí a comer, ni a beber ni a tocar la gaita, sino a recuperar lo suyo, a saber qué había sido del dinero que había pagado y a conseguir un recibo a cambio; y en ese momento se sentía tan valiente que instó a Sir Robert en nombre de su conciencia (no tuvo valor para decir el nombre sagrado) a que, si quería descansar en paz, no le tendiese más trampas y le diese lo que le pertenecía.


La aparición rechinó los dientes y se rio, pero sacó el recibo de una gran carpeta y se lo tendió a Steenie:

—Ahí tienes tu recibo, perro despreciable; y en cuanto al dinero, el hijo de perra de mi hijo puede ir a buscarlo a la Cuna del Gato.

Mi abuelo le dio las gracias y estaba a punto de retirarse cuando Sir Robert gritó:

—¡Detente, tú, condenado hijo de puta! No he terminado contigo. Aquí no hacemos nada gratis; tienes que volver dentro de doce meses, a rendir a tu amo el homenaje que le debes por su protección.

A Steenie se le desató la lengua de repente y dijo en voz alta:

—Me debo al servicio de Dios y no al vuestro.

No había terminado de pronunciar estas palabras cuando se hizo la oscuridad a su alrededor y cayó a tierra con tal fuerza que perdió a la vez la respiración y el sentido.

Cuánto tiempo yació tendido allí no supo decirlo, pero cuando volvió en sí estaba tendido en el viejo cementerio de la iglesia de Redgauntlet, justo en la puerta del panteón de la familia, y el escudo de armas del viejo caballero, Sir Robert, colgaba sobre su cabeza. 

Una densa niebla matinal se extendía sobre la hierba y alrededor de las lápidas, y su caballo pacía tranquilamente junto a las dos vacas del párroco. Steenie habría pensado que todo había sido un sueño de no haber tenido el recibo en la mano, claramente escrito y firmado por el viejo señor; tan solo las últimas letras del nombre eran un poco irregulares, como si hubiesen sido escritas por alguien víctima de un dolor repentino.


Profundamente preocupado, mi abuelo abandonó aquel triste lugar, cabalgó a través de la niebla hasta el castillo de Redgauntlet y con gran dificultad consiguió hablar con el señor.

—Bueno, ¿me traes la renta, bribón arruinado? —fueron sus primeras palabras.

—No —contestó mi abuelo—, no la traigo. Pero le traigo el recibo que Sir Robert me dio.

—¿Cómo, bribón? ¡El recibo de Sir Robert! ¡Me dijiste que no te había dado ninguno!

—¿Quiere Vuestra Excelencia ver si estas pocas líneas son correctas?

Sir John examinó cada línea y cada letra con gran atención y, por último, la fecha que mi abuelo no había notado. «En el lugar que me corresponde —leyó— a veinticinco de noviembre».

—¡Qué! ¡Eso fue ayer! Villano, debes de haber ido al infierno por esto.

—Lo obtuve del padre de Vuestra Excelencia; si está en el infierno o en el cielo no lo sé.

—Te denunciaré por brujo al Consejo Privado —dijo Sir John—, te enviaré junto a tu amo, el diablo, con ayuda de un barril de alquitrán y una antorcha.

—Tengo intención de presentarme yo mismo en la iglesia —dijo Steenie—, y decirles todo lo que vi ayer noche, que son cosas más apropiadas para ser juzgadas por ellos que por un ignorante como yo.

Sir John se detuvo, recuperó el control y quiso oír la historia completa; y mi abuelo se la contó punto por punto, como yo la he contado, palabra por palabra, ni más ni menos.

Sir John permaneció en silencio durante largo rato y por fin dijo, con gran comedimiento:

—Steenie, esta historia tuya afecta al honor de muchas familias nobles, además de la mía y si fuese una mentira para librarte de mí, lo menos que puedes esperar es que te perfore la lengua con un hierro candente, que será casi tan malo como abrasarse los dedos con un caramillo al rojo vivo. Pero puede que sea verdad; y si el dinero aparece no sabré qué pensar. Pero ¿dónde encontraremos esa Cuna del Gato? Hay gatos de sobra en el castillo, pero me parece que crían sin necesidad de cama o cuna.

—Es mejor que le preguntemos a Hutcheon —dijo mi abuelo—, conoce todos los rincones tan bien como... como otro antiguo servidor que ha desaparecido y al que no me gustaría nombrar. Bueno, pues Hutcheon, cuando le preguntaron, les dijo que había un torreón ruinoso, en desuso desde hacía largo tiempo, próximo a la torre del reloj, accesible solo por una escalerilla, porque la apertura estaba en el exterior y situada muy por encima de las almenas, al que desde antiguo se le llamaba la Cuna del Gato.

—Iré allí inmediatamente —dijo Sir John, y cogió (con qué propósito, solo el cielo lo sabe) una de las pistolas de su padre de la mesa del salón, donde habían estado desde la noche en que murió, y se dirigió apresuradamente a las almenas.

Era un lugar peligroso porque la escalerilla estaba vieja y carcomida, y le faltaban uno o dos peldaños. Sin embargo, Sir John trepó por ella y entró por la puerta de la torre, donde su cuerpo tapó la poca luz que se filtraba. Algo se abalanzó sobre él con violencia y casi lo tira de espaldas, la pistola del caballero se disparó y Hutcheon, que sostenía la escalera, y mi abuelo, que estaba a su lado, oyeron un fuerte alarido. 

Un minuto después Sir John lanzó el cuerpo del mono a los pies de ambos y gritó que había descubierto el dinero y que debían subir a ayudarle. Y allí estaba la bolsa con el dinero, efectivamente, y muchas otras cosas que se habían perdido hacía mucho tiempo.


Cuando Sir John hubo limpiado bien el torreón, condujo a mi abuelo al comedor, le cogió de la mano, le habló afablemente y le dijo que sentía haber dudado de su palabra, y que para compensarle en adelante sería un buen señor para él.

—Y ahora, Steenie —dijo Sir John—, aunque esa visión tuya, en general, acredita a mi padre como un hombre honrado que incluso después de muerto ha querido hacer justicia a un pobre hombre como tú, eres lo bastante sensato como para comprender que hombres malintencionados podrían poner en duda la salvación de su alma. 

Así que mejor le echamos toda la culpa a esa criatura ladrona, el Mayor Weir, y no decimos nada de tu sueño en el bosque de Pitmurkie. Habías bebido demasiado brandy para estar muy seguro de nada y, Steenie, este recibo (la mano le temblaba mientras lo sostenía) no es sino un extraño documento y lo mejor que podemos hacer es, creo, echarlo tranquilamente al fuego.


—Pero por muy extraño que sea, es la única garantía que tengo de haber pagado mi renta —dijo mi abuelo, que tenía miedo quizá de perder el beneficio del recibo de Sir Robert.

—Anotaré el importe a tu favor en el libro de rentas y te daré un recibo de mi propia mano —dijo Sir John— ahora mismo. Y Steenie, si eres capaz de mantener la boca cerrada sobre este asunto, a partir de ahora tendrás una renta más baja.

—Muchas gracias, Excelencia —dijo Steenie, que vio rápidamente cómo estaban las cosas—. Desde luego que seguiré en todo las órdenes de Vuestra Excelencia; solo que me gustaría hablar del asunto con algún hombre de la iglesia, porque no me gusta el emplazamiento que el padre de Vuestra Excelencia...

—No llames a ese fantasma mi padre —dijo Sir John, interrumpiéndole.

—Bueno, entonces, esa cosa que se le parecía tanto —dijo mi abuelo— habló de que tenía que regresar el mismo día al cabo de un año, y eso me pesa sobre la conciencia.

—Bien —dijo Sir John—, si estás tan angustiado puedes hablar con nuestro párroco; es un hombre justo, respeta el honor de nuestra familia y además creo que quiere conseguir mi protección. Y con esto mi abuelo estuvo enseguida de acuerdo en que se quemase el recibo y el señor lo tiró a la chimenea con su propia mano. Sin embargo, no ardió, sino que voló chimenea arriba con un cortejo de chispas y un ruido de cohete.

Mi abuelo fue a la casa del párroco y este, después de oír la historia, dijo que su opinión era que aunque mi abuelo había ido demasiado lejos en asuntos muy peligrosos, sin embargo, como había rechazado las arras del demonio (pues eso es lo que eran las ofertas de comida y bebida) y se había negado a rendirle homenaje tocando la gaita cuando se lo ordenó, esperaba que si de ahora en adelante se comportaba con circunspección, Satanás podría sacar muy pocas ventajas de lo ocurrido. 

Y desde luego mi abuelo, por su propia voluntad, estuvo durante bastante tiempo sin tocar la gaita ni el brandy y, hasta que no terminó el año y pasó el día fatídico, no hizo tan siquiera intención de coger el violín ni de beber whisky o cerveza.


Sir John contó la historia del mono a su manera, y hasta hoy día algunas personas creen que en aquel asunto todo se debió a la naturaleza ladrona del animal. Incluso hay quienes aseguran que no fue el Viejo Enemigo al que Dougal y Hutcheon vieron en la habitación del señor, sino a esa criatura, el Mayor Weir, brincando sobre el ataúd; y en cuanto al silbato del señor, oído después de su muerte, era el sucio animal, que lo tocaba tan bien como el propio señor, si no mejor.

Pero el cielo sabe la verdad y salió a la luz por vez primera por boca de la esposa del párroco, después de que Sir John y su marido estuvieran ambos en sus respectivas tumbas.

Entonces, mi abuelo, a quien le fallaban las piernas pero no el juicio ni la memoria —al menos no tanto como para que se le notara— se vio obligado a contar la verdadera historia a sus amigos, para defender su buen nombre. De otro modo le podían haber acusado de brujo.