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Juego del crepúsculo - August Derleth

Al anochecer quedaba una preciosa hora de juego antes de acostarse, y, como de costumbre, Donald entró corriendo en el parque, en el sector de los hoyos y montones de tierra donde la oscuridad escarnecía ya a los últimos vestigios de luz del sol.

—¡Halcón! —llamó en voz baja—. ¡Halcón!

Nadie le contestó. En el centro de un roble, una lechuza aullaba suavemente, con una voz débil y solitaria. Allá en los campos gorjeaban las alondras y los petirrojos; en las orillas del parque sollozaban tres palomas que estaban de luto. El chiquillo se sentó en el montículo del ave de tormenta y aguardó.

La noche iba entrando. Las largas sombras del parque se volvían más oscuras; casi le escondían. El canto de las alondras y el gorjeo de los petirrojos disminuían, y un chotacabras se levantó a trazar círculos y a lanzarse en línea recta hacia las alturas del firmamento, para calarse luego con un áspero zumbido de aire en las alas. Las farolas se encendían en las esquinas de las calles; pero ninguna luz se extraviaba hacia aquella parte del parque.

—¡Halcón! —volvió a llamar, impaciente—. Sé que estás escondido. Ven.

Y Halcón estaba allí, como siempre, acercándose como una sombra salida de la oscuridad. Sus luminosos ojos brillaban en la noche, asustando a Donald.

—Siempre te sale bien —dijo Donald, admirado.

Al cabo de un momento estaban jugando... montando imaginarios caballos alrededor de los montículos, bailando juntos las danzas especiales de Halcón: la danza guerrera, la de la luna, la del ave nocturna y la del ave de tormenta... con profunda solemnidad, interrumpida solo de vez en cuando por un grito de entusiasmo de Donald. 

La noche invadía el terreno tras los reflejos naranja y magenta de poniente, y dentro de pocos momentos Donald y Halcón tendrían que retirarse a sus casas. Pero el juego continuaba, a pesar de que hasta el aire parecía estar esperando la voz de la madre de Donald llamando al hijo.

Desde la valla norte de los montecillos, que separaba el parque de los arbolados céspedes y la casa distante, se elevó la odiosa voz de Archer Connelly:

—¡Eh, Falditas Carstair! ¿Qué crees que estás haciendo?

—Nada que te importe —contestó Donald, tartamudeando.

Archer manoseaba una piedra angulosa.

—¡No me hables así, golfillo!

—Déjame en paz y cuídate de tus asuntos —replicó Donald.

Estaba enojado y con sobrada razón. Cuatro de cada seis noches, Archer Connelly salía en plan de dueño y señor. Archer, que tenía todo lo que el dinero de sus padres podía comprar, era demasiado señor para jugar con niños pobres, pero no podía dejarlos en paz. 

Cuando los encontraba por la calle, los ponía en fuga; en el colegio, los atormentaba, y, como su padre formaba parte de la junta de educación, los profesores procuraban no ver las malas acciones de Archer. Ni siquiera aquí, en el parque, sabía abstenerse de fastidiarlos por todos los medios a su alcance.

—Tienes los pantalones agujereados, Carstair el Falditas —dijo.

—Van muy bien para jugar —replicó Donald.

—Porque no tienes otros; por eso van tan bien —se burló Archer.

Se oyó el golpe de una puerta vidriera y alguien gritó:

—¡Archer!

El señorito dirigió una mirada hacia la casa. Luego se volvió y disparó la piedra que tenía en la mano, y que acertó a Donald en los lomos. El atacado dio un grito y tropezó. Al enderezarse se topó de narices con la carcajada de Archer. Instintivamente, cogió un palo para arrojárselo; pero luego vio a la madre de Archer que venía en dirección a la valla.

—Apártate de ahí, Archer —decía—. ¿No te he dicho mil veces que no te juntes con esos niños?

Donald soltó el palo, acobardado.

—Yo no jugaba con él. Solo miraba. Juega como un tipo raro —dijo Archer, alejándose con ella.

Donald miró a su entorno; pero Halcón se había marchado. Ya lo sabía de antemano. Casi cada vez que Archer salía, Halcón se marchaba. Donald se decía tristemente que Halcón no quería quedarse a oír las palabras de Archer, ni a esperar la piedra, el palo o lo que fuese que el otro quisiera tirarles. Halcón se marchaba. Tenía amor propio. 

Donald estaba viendo el moreno rostro de Halcón, apretados los labios y levantados los negros ojos, volviéndose y marchándose. Donald se avergonzaba de sí mismo. Pero también él era terco. ¿Por qué tenía que huir de Archer Connelly? ¿Por qué?

—¡Donaaald!

—¡Voy!

Se levantó y buscó en vano por las sombras.

—Buenas noches, Halcón. Hasta mañana —dijo. La lechuza del roble gimió y Donald corrió hacia su casa, cruzando el montecillo del oso, por el del ave de tormenta, dejando atrás la espesura de encinas, a lo largo de las filas de arces y olmos, corriendo junto al pabellón de la banda y el puesto de los helados, y cruzando el camino hasta la casita de la esquina, que era su hogar.

—¿Te has divertido? —le preguntó su madre.

—Sí, excepto por el maldito de Archer.

—Bah, no le hagas caso.

—No se lo hago, si no fuese porque tira piedras y esta noche me ha dado... y Halcón le tiene miedo y se va —añadió como una idea de última hora.

—¿Quién es Halcón?

—Ya lo sabes; te lo conté.

—Ah, sí, aquel chico cuyo padre le compró un hermoso atuendo indio.

—Ese, ése —Donald se puso a charlar animadamente—. Hasta tiene un tomahawk y dice llamarse Halcón Rojo; ese es su nombre, y sabe contar historias y bailar danzas...

—¿Qué clase de historias?

—Pues como cuentos de hadas. Que puede transformarse en un gran halcón y salir de caza...

—¿Es mayor que tú?

—Es más recio. Es mucho más corpulento. Pero ¿sabes una cosa? Entra en el parque y no hace el menor ruido. Lo mismo que un verdadero indio. Sabe venir y plantarse detrás de mí sin que yo me entere; de modo que a veces me asusta, de tan repentinamente que aparece. ¡Y su madre nunca le llama!

—¿Dónde vive?

—No lo sé. Nunca estuve en su casa.

—Bueno. Ahora vete corriendo a la cama. Mientras sea un buen chico, supongo que está bien que juegues con él. Acaso un día tu padre también te compre un traje indio.

—¡Oh! ¿De veras, madre? ¿De veras?

—Si eres bueno, puede que sí. Veremos. Quizá por Navidad...

—Seré bueno, madre. Seré bueno.

—Y es bueno; lo es —le decía mistress Carstair a su marido mucho rato después de haberse acostado Donald, seguido de sus dos hermanas—. Me gustaría poder comprarle un traje indio.

—No sé cómo. Bastante trabajo nos cuesta atender a lo más necesario. Por lo demás, no sé qué chico de la población posee un equipo como el que dices. Y no estamos en un pueblo tan grande como para que no pudiera enterarme. Con un nombre así, además... Halcón Rojo.

—Así se llamaba el hijo de un viejo cabecilla sauk. Ya sabes, tenían el poblado por estas cercanías. ¿No encontraron sus huesos en una excavación que hicieron por ahí?

—Ah, sí; eso pertenece a la historia de la población. Te lo cuentan cada dos por tres.

—Sí, un traje indio es exactamente lo que a un chiquillo le gustaría tener y lucir. Y ayuda a poner de relieve la multitud de cosas que no podemos proporcionarle; ese es el caso. —La mujer se encogió de hombros—. Ojalá hubiera quien supiera escarmentar al tal Connelly.

—No vale la pena sacar el asunto a colación otra vez. Sus padres le ayudan y encubren, y no podemos hacer nada contra ellos.

La tarde siguiente Halcón vino un poco antes. Había una hoz de luna nueva muy baja en el horizonte oeste y formaba un hermoso cuadro entre las oscuras siluetas de los árboles recortadas sobre el cielo del atardecer. 

Donald confiaba y ansiaba que sus padres le comprasen un traje indio; no tan bonito y completo como el de Halcón, no; pero sería un traje indio a pesar de todo. Y entonces podrían jugar más a gusto a los juegos que Halcón le enseñaba.

También Archer llegó más temprano.

—¿Quién es ese compañero de juegos que tienes? —le preguntó recelosamente, apoyado en la valla.

—Es mi amigo.

—Es mi amigo —remedó Archer, burlón—. ¿Cómo se llama?

—Su nombre soy yo quien debe saberlo, y tú quien debe averiguarlo.

—Será mejor que me lo digas, Falditas Carstair; si no, ya sabes lo que te pasará.

—Prueba de obligarme —le retó Donald.

—Halcón —dijo Halcón, con voz como un breve ladrido.

—Eso no es un nombre —dijo Archer.

—Claro que lo es, Archer Connelly —replicó Donald.

—No lo es.

—Sí lo es.

—Yo estoy más enterado. Dile a ese Halcón amigo tuyo que todos los chicos nuevos en el pueblo tienen que venir a verme.

Halcón emitió un profundo sonido gutural, como un perro furioso.

—Será mejor que tengas cuidado, Archer Connelly, si no quieres que Halcón se ponga furioso. Y cuando se pone furioso, te aseguro que se pone de veras, terriblemente. Lo lamentarías mucho.

—Lo lamentarías mucho —remedó de nuevo, en son de burla, Archer—. ¿Es otro pobretón como tú?

—¿Qué tiene de malo el ser pobre? —preguntó Donald.

—Tú deberías saberlo. ¿Me oyes, Halcón? ¿También eres pobre?

Halcón emitió una especie de gruñido.

—Me figuro que si no fueses pobre no jugarías con Falditas Carstair. —Y volvió la vista hacia Donald—. ¿A qué jugabais?

—A la danza de la lluvia.

—¿Qué clase de juego es?

—Es un juego; es el juego de Halcón —respondió Donald.

—¡Vaya qué ridículos estabais saltando por ahí de ese modo! Sencillamente estás loco, Donald Carstair. Y ese tal Halcón también lo está.

—No tienes necesidad de mirarnos.

—Yo puedo mirar todo lo que me plazca. Esta valla es nuestra. Si no os gusta, podéis iros a otra parte, y veréis si me importa mucho.

La inevitable mistress Connelly emergió de la oscuridad y cogió a Archer por el brazo, parándose lo suficiente nada más para regañar a Donald y Halcón por «tener a Archer fuera de casa».

Donald miró a su amigo. Hoy, por primera vez, Halcón no había huido. Los ojos de Halcón le devolvieron la mirada brevemente. Eran unos ojos extraños, encendidos, como poblados de llamas. Halcón no decía nada; pero permanecía sentado, muy tenso, como tratando de descubrir qué pensaba, sin preguntárselo.

—Si soy pobre, no puedo remediarlo —argumentó Donald—. ¿Puedes tú?

Halcón meneó la cabeza con aire comprensivo. Pero podía recomendar una cosa: sabía un juego que le había enseñado el anciano brujo de la tribu, explicó. Era el juego para saldarles las cuentas a chicos como Archer. Hacías como si le tuvieras indefenso, a tu merced; allí estaba él, atado a unos postes hundidos en el suelo; luego imaginabas que eras un halcón y él era un ratón o algo por el estilo, y tú bajabas del cielo y le hacías pedazos. Podían imaginar que el ratón era Archer.

En un momento, Donald olvidó la ofensa y se ensimismó en el maravilloso pasatiempo de imaginar que Archer Connelly estaba atado en un poste en el monte del ave de tormenta y que Halcón y él, que también era un halcón, le hacían pedazos, y Archer le pedía que le salvase la vida, prometiendo que no volvería a portarse más de aquel modo. 

Pero no importaba, le hacían pedazos igualmente, lo cual le estaba muy bien. A este juego se entregaron diligentemente, hasta que mistress Carstair llamó a Donald para que regresara a casa, abandonando el parque invadido por la noche.

—Buenas noches, Halcón —dijo Donald, volviendo la cabeza. Por un momento pudo ver a su amigo allí sobre el montecillo del ave de tormenta; pero un momento después había desaparecido. Donald reventaba de admiración por el arte de Halcón de moverse sin hacer el menor ruido.

La tercera noche, Archer Connelly —removido en las profundidades de su alma angosta y egoísta por la envidia de la patente y manifiesta dicha de Donald— decidió vengarse de ambos muchachos. Les daría una medida colmada de juegos indios. Había asaltado la colección de puntas de flechas indias que tenía su padre y cogido las más puntiagudas. 

Desechó el arco y las flechas, prefiriendo la honda, que hasta entonces no había servido para nada más peligroso que abatir los pajarillos canoros que se extraviaban por el parque. Salió temprano y se tendió detrás de una jeringuilla que crecía en el límite, junto a la valla, desde donde podía ver claramente los montecillos.

Archer vio llegar a Donald; pero este no le vio a él. Archer aguardaba, rencoroso.

—¡Halcón! —llamaba Donald en voz baja—. ¡Halcón!

No hubo respuesta. «No había que extrañarlo», pensaba Archer, «yo mismo casi no le oía». Pero tenía paciencia y aguardaba con su presunta víctima. Quería ver de qué dirección venía el muchacho llamado Halcón; pero el crepúsculo oscurecía los montecillos rápidamente, a pesar de que el sol seguía luciendo bermejo en las montañas distantes del este. Y de pronto Archer vio que Halcón había llegado, vestido otra vez con aquel estúpido traje indio, con las plumas y la piel de un ave en la espalda.

El agresor cambió levemente de posición, estiró la honda de goma y apuntó con la cabeza de flecha más afilada. El primer proyectil le dio a Donald en el hombro. El agredido se volvió a medias, buscando a Archer con la mirada. La segunda cabeza de flecha le dio sobre una ceja, rasgándole la piel de forma que la sangre empezó a descenderle sobre el ojo.

—¡Archer! —gritó Donald—. Me has hecho daño.

La tercera punta de flecha se le clavó en el costado. Donald cayó, llorando.

—Falditas Carstair no puede resistir un asalto indio —gritó Archer. Diciendo lo cual colocó otra punta de flecha en la honda y apuntó contra Halcón—. Como tampoco puede Falditas Halcón —gritó.

La punta de flecha silbó a través de la oscuridad, por encima del montecillo, en línea recta hacia Halcón, quien la recibió sin hacer el menor movimiento para evitarla. La punta de flecha le acertó en mitad del vientre y le atravesó de parte a parte.

Donald gritaba:

—¡Halcón! ¡Halcón! ¡Estás herido!

Pero algo terrible estaba ocurriendo en Halcón. Ya no era Halcón el que estaba allí. Era un ave grande. Donald pensó que sucedía como si aquella piel de ave que Halcón llevaba en la espalda hubiera crecido y le hubiese cubierto. Un instante después el ave se había remontado y volaba hacia el agresor. Luego se abatió sobre Archer, el cual profería unos gritos horribles. Donald cerró los ojos y corrió a ciegas hacia su casa.

Era cerca de medianoche cuando Frank Carstair llegó a su hogar. Su esposa continuaba levantada.

—Por fin han podido acostar a mistress Connelly. Le han administrado un sedante capaz de tumbar a un caballo. ¡Uf! —Y se estremeció.

—Yo también he tenido que darle algo a Donald. ¿Qué ha pasado, Frank?

—¿Donald sigue firme en su versión?

—Sí. Era un ave muy grande, mayor que un hombre, decía. Le han interrogado una y otra vez, hasta que he tenido que interrumpirlos. Y él ha repetido siempre lo mismo. ¿Has visto a Archer?

—Todo lo que pude resistir aquella visión. ¡Dios mío, cariño... era espantoso! Descuartizado, simplemente descuartizado. Los dos brazos arrancados... la cabeza también. —El hombre tuvo un escalofrío e hizo una mueca—. ¿De dónde habrá sacado Donald esa idea? —preguntó—. Serán los cuentos que aquel otro chico le contaba, supongo.

—Sí, por supuesto —concluyó luego—. Habremos de retenerlo en casa un poco más. —Y miró especulativamente hacia el parque—. Donald ha escuchado bastantes cuentos indios para que le duren años enteros. ¿Cómo soporta el golpe Connelly?

—Es un hombre duro.

—Pero ¡qué cosa tan terrible! No entiendo cómo ha podido ocurrir. ¿Ha sido un tiro esto?

—Sí. Unos cuantos hombres han salido de caza.

—¿De caza? ¿A estas horas?

—Sí. A cazar pájaros. Aves muy grandes.

—Acostémonos, Frank. Estoy rendida. Apaga la luz, ¿quieres? Aves. ¿Por qué diablos querrán cazar aves?

—Porque el forense ha dicho que Archer ha muerto atacado por un ave. Las señales del cuerpo parecían hechas por un ave de presa... aunque mucho mayores. Señales de garras, concretamente. Dijo que eran exactamente las huellas... solo que mayores, por supuesto... (no te figurarás que se topó con el amigo de Donald, ¿verdad que no?)... las huellas de un halcón.

La luz se apagó.

La palabra que libera - Úrsula K. Le Guin

 ¿Dónde estaba? El suelo era duro y fangoso, el aire negro y apestoso, y aquello era todo lo que había. Excepto el dolor de cabeza. Tendido de plano sobre el frío y húmedo suelo, Festín gimió y dijo:

–¡Báculo!

Cuando su báculo de brujo hecho en madera de aliso no acudió a su mano, supo que estaba en peligro. Se sentó, y al no poder recurrir a su báculo para que le diese la luz apropiada, encendió una chispa entre el índice y el pulgar, murmurando cierta Palabra. Una centelleante bola de fuego azulado saltó de la chispa y rodó débilmente a través del aire, chisporroteando.

–Arriba –dijo Festin.

Y la bola de fuego zigzagueó hacia arriba hasta iluminar una trampilla abovedada muy por encima de él, tan alta que Festin, al proyectarse al interior de la bola de fuego momentáneamente, vio su propia cara doce metros más abajo como un pálido punto entre las tinieblas. La luz no producía reflejos en las húmedas paredes; estaban entretejidas a partir de la noche, por medios mágicos. Volvió a su cuerpo y dijo:

–Fuera.

La bola murió. Festin se sentó en las tinieblas haciendo crujir los nudillos.

Debían de haberle hechizado desde detrás, por sorpresa; lo último que recordaba era que había estado caminando a través de sus bosques, al atardecer, hablando con los árboles.

Últimamente, en aquellos años solitarios de la mitad de su vida, se había sentido agobiado por un sentimiento de fuerza desperdiciado, sin usar; por eso, necesitando aprender lo que era paciencia, había abandonado las ciudades y se había ido a conversar con los árboles, especialmente con los robles, castaños y alisos, cuyas raíces están en profunda comunicación con las corrientes de agua. 

Hacía seis meses que no hablaba con un ser humano. Había estado ocupado con los elementos esenciales, sin lanzar hechizos, sin molestar a nadie. ¿Quién podía haberle encantado y encerrado en aquel pozo apestoso?

–¿Quién? –preguntó a las paredes; y, lentamente, un nombre llegó hasta él y le embistió como una gruesa gota negra que rezumase de poros de piedra y esporas de hongos–: Voll.

Por un momento, Festin sintió un sudor frío.

Hacía mucho tiempo que había oído hablar por primera vez de Voll el Funesto, de quien se decía que era más que un brujo pero menos que un hombre; que pasaba de isla en isla de la Región Exterior, deshaciendo el trabajo de los Antiguos, esclavizando a los hombres, devastando bosques y expoliando los campos, y sellando en tumbas subterráneas a cualquier brujo o mago que se atreviese a combatir con él.

Los refugiados de las islas destruidas contaban siempre la misma leyenda, que había llegado al atardecer en un viento obscuro por encima del mar. Sus esclavos le seguían en naves; eso lo habían visto. Pero nadie había visto al propio Voll... Había muchos hombres y criaturas del mal campando por las Islas, y Festín, un joven brujo ocupado con su entrenamiento, no había prestado mucha atención a los cuentos sobre Voll el Funesto. «Puedo proteger esta isla», había pensado, conociendo su todavía no probado poder, y había vuelto a sus robles y alisos, al sonido del viento en sus hojas, al ritmo del crecimiento en sus redondos troncos, ramas y ramitas, al sabor de la luz del Sol sobre las hojas, o a las obscuras aguas subterráneas fluyendo entre las raíces. ¿Dónde estarían ahora los árboles, sus viejos compañeros? ¿Habría destruido Voll el bosque?

Despierto al fin y puesto de pie, Festin hizo dos amplios movimientos con manos rígidas, gritando en voz alta un Nombre capaz de romper todas las cerraduras y abrir cualquier puerta hecha por el hombre. Pero aquellas paredes impregnadas de noche y del nombre de su creador no escuchaban, no oían. 

El nombre levantó ecos, que volvieron hacia Festin, resonando en sus oídos y haciéndole caer de rodillas y ocultar la cabeza entre los brazos hasta que los ecos murieron en las bóvedas que había sobre él. Entonces, todavía temblando, se sentó, meditabundo.

Estaban en lo cierto; Voll era fuerte. En su propio terreno, en el calabozo construido con sus propios hechizos, su magia resistiría cualquier ataque directo; y la fuerza de Festin no era ni la mitad de la que hubiese tenido de no haber perdido su báculo. Pero ni siquiera su captor podía arrebatarle sus poderes, relativos sólo a sí mismo, de Proyección y Transformación. Y así, tras frotarse la ahora doblemente dolorida cabeza, se transformó. Suavemente, su cuerpo se disolvió en una nube de fina bruma.

Perezosa, rastrera, la bruma se elevó del suelo, derivando sobre las fangosas paredes hasta que encontró, donde la cueva se hacía pared, una grieta fina como un cabello. A su través, gotita a gotita, se filtró. Había logrado pasar casi por completo, cuando un viento ardiente como la ráfaga de un horno le golpeó, dispersando las gotas de bruma, secándolas. 

Precipitadamente, la bruma retrocedió de nuevo hacia la cueva, bajando en espirales hasta el suelo, donde tomó de nuevo la forma de Festin, que apareció jadeando. La transformación es una característica emocional de los brujos introvertidos del tipo de Festin; cuando a esa característica se añade el shock de enfrentarse a una muerte inhumana en la forma asumida por uno, la experiencia deviene espantosa.

Festin estuvo por unos momentos simplemente respirando. Estaba irritado consigo mismo. Después de todo, había sido una estupidez intentar escapar como bruma. Hasta un loco se sabría ese truco. Probablemente, Voll había dejado fuera un viento caliente al acecho. Festin se convirtió en un pequeño murciélago negro y voló hacia el techo, donde se transformó en una ligera corriente de aire puro, que se filtró a través de la grieta.

Esa vez consiguió salir, y estaba soplando suavemente a través del vestíbulo en dirección a una ventana, cuando una aguda sensación de peligro le obligó a transformarse rápidamente, adquiriendo la primera forma pequeña y coherente que llegó a su mente... un anillo de oro. Lo hizo justo a tiempo. 

El huracán de aire ártico que habría dispersado su forma aérea como un caos irreconstruible simplemente enfrió un poco su forma de anillo. Mientras pasaba la tormenta permaneció sobre el pavimento de mármol, preguntándose qué forma debería adoptar para atravesar la ventana más rápidamente.

Empezó a moverse demasiado tarde. Un gigantesco troll de rostro inexpresivo avanzaba a largas zancadas por la habitación; se detuvo, recogió el anillo, que rodaba con rapidez, y lo levantó con una enorme mano como de piedra caliza. El troll avanzó hasta la trampilla, descorrió el cerrojo de hierro y murmurando un encantamiento arrojó a Festin a las tinieblas. Descendió a plomo doce metros y aterrizó sobre el suelo de piedra... con un diñe.

Reasumiendo su verdadera forma, se sentó, frotándose dolorosamente un codo herido. Demasiadas transformaciones para un estómago vacío. Deseó ardiente y amargamente tener su báculo, con el que podría haberse procurado algo para comer. Sin él, aunque pudiese cambiar de forma y ejercer determinados hechizos y poderes, no podía transformar o proveerse de ninguna cosa material... ni luces ni chuletas de cordero.

–Paciencia –se aconsejó Festin a sí mismo.

Cuando hubo recuperado el aliento, disolvió su cuerpo en la infinita delicadeza de aceites volátiles, convirtiéndose en el aroma de una chuleta de cordero frita. Nuevamente, derivó hacia la grieta. El acechante troll inhaló sospechoso, pero Festin ya se había convertido en un halcón y aleteaba en dirección a la ventana. El troll arremetió contra él, falló por escasos metros, y con voz despiadada dijo:

–¡El halcón, atrapad el halcón!

Mientras descendía en picado desde el castillo encantado hasta el bosque que se extendía obscuro hacia el oeste, la luz del Sol y el reflejo del mar le deslumhraron. Festín cortaba el aire corno una flecha. Pero una flecha más rápida chocó con él. Gritando, cayó. Sol, mar y torres giraron a su alrededor y desaparecieron.


Despertó nuevamente en el húmedo y malsano suelo del calabozo, con las manos, el cabello, y los labios mojados con su propia sangre. La flecha se había clavado en el ala del halcón, en el hombro del hombre. Se mantuvo inmóvil, y murmuró un hechizo para cerrar la herida. Al cabo de un rato pudo sentarse y rememorar un hechizo más largo y poderoso de curación. 

Pero había perdido mucha sangre y, con ella, poder. Un frío helado se había apoderado de la médula de sus huesos, que ni siquiera el hechizo de curación podía calentar. Sus ojos estaban sumidos en las tinieblas, incluso cuando recurrió a la bola de fuego e iluminó el aire hediondo: la misma bruma tenebrosa que había podido ver cerniéndose sobre su bosque y las pequeñas aldeas de su territorio.

Debía proteger aquella tierra.

No podría volver a intentar escapar directamente. Estaba demasiado débil y cansado. Confiando excesivamente en su poder, había perdido su fuerza. Cualquiera que fuese la forma que adoptase a partir de entonces, ésta compartiría su debilidad, y sería atrapada.

Temblando a causa del frío, se acuclilló, dejando que la bola de fuego chisporroteara con una última bocanada de metano... el gas de los pantanos. El olor le permitió ver con el ojo de la mente los pantanos que se extendían desde el bosque amurallando el mar, sus amados pantanos donde ningún hombre acudía, donde en otoño los cisnes volaban alineados, donde, entre tranquilos pozos y cañaverales, corrían hacia el mar rápidos y silenciosos riachuelos. Oh, poder ser un pez en una de esas corrientes; o mejor aún, estar más lejos, corriente arriba, cerca de los manantiales, en el bosque, a la sombra de los árboles, en el claro remanso bajo las raíces de un aliso, descansando y oculto...

Era una gran magia. Festín no la había practicado más de lo que lo hace cualquier hombre que, en el exilio, o viéndose en peligro, anhela la tierra o las aguas de su hogar, imaginando la vista desde el umbral de su casa, la mesa en la que comía, las ramas que se veían a través de la habitación en que solía dormir. 

Sólo en sueños conseguían los grandes magos realizar la magia de volver al hogar. Pero Festín, con el frío saliéndole de la médula e inundando nervios y venas, permaneció de pie entre las negras paredes, reuniendo su poder hasta que brilló como una candela en la obscuridad de su carne, y empezó a actuar con una magia, grande y silenciosa.

 

Los muros desaparecieron. Estaba en la tierra, con rocas y vetas de granito por huesos, aguas subterráneas por sangre, raíces por nervios. Como un gusano ciego, se movió a través de la tierra hacia el oeste, lentamente, con tinieblas por delante y por detrás. Toda la frialdad del subsuelo fluyó a lo largo de su espalda y de su vientre, una irresistible e inagotable caricia. Saboreó el agua con los costados, su lenta corriente; con ojos sin párpados vio ante él el profundo pozo marrón entre las grandes y nudosas raíces de un aliso. Se precipitó hacia delante, plateado, hacia las sombras. Estaba libre. Estaba en su hogar.

El agua brotaba intemporal de su clara fuente. Se quedó en la arena del fondo del remanso, dejando que el agua le acariciase, mucho más poderosa que cualquier hechizo de encantamiento, apaciguando su herida y con su frescura alejando el desolador frío que había penetrado en él. Mientras descansaba, sintió y oyó una sacudida y un temblor en la tierra. ¿Quién caminaba por su bosque? Demasiado fatigado para cambiar de forma, escondió el brillante cuerpo de trucha bajo el arco de las raíces del aliso, y se puso al acecho.

Grandes dedos grises tantearon en el agua, agitando la arena. A través de la palidez del agua, caras vagas, ojos en blanco surgieron y se desvanecieron, reaparecieron. Redes y manos buscaron a tientas, desaparecieron y volvieron a aparecer; le agarraron y le mantuvieron retorciéndose en el aire. Luchó para recobrar su propia forma, pero no pudo; su propio hechizo para regresar al hogar le encadenaba. Se agitó en la red, boqueando en el seco, brillante y terrible aire, sofocándose. La agonía continuó, y no supo nada más allá de ella.

Al cabo de mucho tiempo, poco a poco empezó a darse cuenta de que estaba de nuevo en su forma humana; por su garganta obligaban a bajar un líquido agrio y picante. Tras otro lapso de tiempo, se encontró tirado boca abajo sobre el suelo mojado y pestilente de la cueva. Estaba otra vez en poder de su enemigo. Y aunque podía respirar de nuevo, no estaba muy lejos de la muerte.

El frío le atravesaba; y los trolls, servidores de Voll, habían aplastado el frágil cuerpo de trucha, pues cuando se movió, la caja torácica y un antebrazo le dieron un navajazo de dolor. Roto y sin fuerza, se hundió en el fondo del pozo de la noche. No tenía poder para cambiar de forma; no saldría de allí de aquel modo, pero había otro.

Permaneciendo inmóvil, y casi, pero no totalmente, fuera del alcance del dolor, Festín pensó:

«¿Por qué no me ha matado? ¿Por qué quiere mantenerme con vida?

»¿Por qué nunca ha sido visto? ¿Con qué ojos se le puede ver, sobre qué tierra caminará?

»Me teme, aunque no me queden fuerzas.

»Dicen que todos los brujos y hombres poderosos que ha vencido viven encerrados en tumbas como ésta, viven año tras año intentando liberarse...

»Pero ¿y si uno elige no vivir?»

Así, Festín hizo su elección. Su último pensamiento fue:

«Si estoy equivocado, los hombres pensarán que fui un cobarde.»

Pero no se retrasó con aquel pensamiento. Girando la cabeza ligeramente hacia un lado, cerró los ojos, hizo una última inspiración profunda y susurró la palabra que libera, la que sólo se pronuncia una vez.

No hubo transformación. No hubo cambio. Su cuerpo, las largas piernas y brazos, las hábiles manos, los ojos que se habían deleitado mirando árboles y corrientes, permanecieron sin cambio, tranquilos, perfectamente tranquilos y llenos de frío. Pero las paredes desaparecieron. La cueva construida con magia desapareció, y las salas y torres; y el bosque, y el mar, y el cielo del atardecer. Desaparecieron, y Festín se dirigió lentamente hacia la lejana pendiente de la colina de la existencia, bajo nuevas estrellas.

En vida había tenido gran poder; allí no lo había olvidado. Como la llama de una vela, se movió en las tinieblas de aquella amplia tierra. Y, recordando, pronunció el nombre de su enemigo:

–¡Voll!

Llamado, incapaz de resistir, Voll se acercó a él, un denso y pálido espectro bajo la luz de las estrellas. Festín se acercó, y el otro se acobardó y gritó como si estuviera ardiendo. Festin le siguió cuando huyó, le siguió de cerca. Recorrieron un largo camino, sobre corrientes de lava seca de extintos volcanes, que recortaban sus conos contra las estrellas sin nombre; sobre los contrafuertes de las silenciosas colinas, a través de valles de corta hierba negra, atravesando ciudades o bajando por sus callejas obscuras entre casas por cuyas ventanas no miraba cara alguna. Las estrellas colgaban del cielo; ninguna descendía, ninguna se levantaba. No hubo cambios. Ningún día llegó. Pero ellos continuaron, Festin siempre siguiendo los pasos del otro, hacia el lugar por donde en un tiempo corrió un río, mucho tiempo antes: un río de las tierras vivientes. En el seco lecho, entre los cantos rodados, yacía un cuerpo muerto: el de un hombre viejo, desnudo, ojos mates mirando fijamente las estrellas, a las que la muerte no afecta.

–Entra –dijo Festin.

La sombra de Voll lloriqueó, pero Festin se acercó más. Voll retrocedió, se detuvo, y penetró por la boca abierta de su propio cuerpo muerto.

El cadáver se desvaneció de inmediato. Sin marcas, inmaculados, los secos cantos rodados centellearon bajo la luz estelar. Festin estuvo allí de pie un rato, luego se sentó a descansar sobre unas grandes rocas. A descansar, no a dormir; debería montar guardia hasta que el cuerpo de Voll, devuelto a su tumba, se convirtiera en polvo, y desapareciera todo su maléfico poder, esparcido por el viento y arrastrado por la lluvia hasta el mar. 

Debería vigilar aquel lugar, donde una vez la muerte había encontrado el camino de regreso al otro mundo. Paciente, infinitamente paciente, Festin esperó entre las rocas por las que ningún río volverá a correr, en el corazón del país donde no hay costas. Las estrellas permanecían fijas sobre él; y mientras las miraba, lenta, muy lentamente, empezó a olvidar la voz de las corrientes y el sonido de la lluvia sobre las hojas del bosque de la vida.