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El arquillo del aquelarre

Mathieu Wilmart era, sin lugar a dudas, el mejor violinista de la pequeña ciudad y del país de Bouillon. Desde varios lustros, su violón hacía bailar, en diez leguas a la redonda, a los recién casados y a sus invitados; siempre era él quien en las fiestas populares atraía el mayor número de parejas, de jóvenes y viejos, con su melodía simple y seductora. En las fiestas familiares sabía hacer reír o llorar a los que le escuchaban, haciendo vibrar su instrumento como un mago; además, era muy popular y gozaba de la simpatía de todo el mundo.

Era el 15 de diciembre del año de gracia 1450. En la granja del molino Hideux, en Noirefontaine, se celebraba un gran banquete en ocasión de la boda de la hija mayor con un poderoso granjero de Curfooz. Había un gran número de invitados, abundaba comida y bebida y reinaba la alegría.

Al terminar la comida se iniciaron los preparativos para el baile. Los bailes, para todos los gustos, se sucedieron sin descanso, y la fiesta se prolongó hasta la madrugada; ya era muy tarde cuando nuestro músico, cansado, determinó marcharse a su casa.

Se hicieron esfuerzos inimaginables para disuadirlo. Unos porque su partida significaba el fin de las canciones y los bailes; otros por piedad y consideración hacia este hombre de avanzada edad que debía recorrer un largo camino antes de llegar a su destino.

–Quedaos, padre Mathieu –le decía uno–; el viento sopla del Norte e hiela hasta las piedras, y el bosque que debéis atravesar no es de fiar; sin contar los lobos y los jabalíes, están los salteadores. Y dicen que los brujos celebran en él su aquelarre.

Pero todo fue inútil. Mathieu había prometido volver hacia la medianoche y quería, a toda costa, mantener su palabra.

–Llevo una excelente provisión de vino en el estómago –replicó el testarudo ardenés–. Con mi esclavina forrada y mi bastón, desafío a lobos y a ladrones. En cuanto a las brujas o diablos, si acaso me los encuentro, los haré bailar al son de mi violón. ¡Y sea lo que Dios quiera!

Los jóvenes se reían de esta salida, mientras otros criticaban su testarudez. Insistieron hasta el final, pero fue inútil. Entonces quisieron que le acompañara el mozo, pero él se negó rotundamente, alegando que no temía a nada ni a nadie.

Acto seguido, Mathieu se envolvió cuidadosamente en su amplia capa, se ciñó su instrumento a la espalda, en bandolera, cogió su nudoso bastón, saludó cordialmente a los invitados y se marchó con la sonrisa en los labios.

Con paso firme se dirigió a Bouillon. El cielo estaba bastante estrellado y el viento había disminuido. Sólo hacía un poco más de un cuarto de hora que andaba, cuando el cielo se cubrió repentinamente de opacas y amenazadoras nubes, que sumieron la tierra en una casi total oscuridad. Entonces el músico empezó a arrepentirse de haber rechazado el cómodo albergue que le habían ofrecido y que tan soberbiamente había rechazado. 

Por un momento deseó volver sobre sus pasos, pero era demasiado orgulloso para reconocer que había tenido miedo. ¡Ah!, sí, se reirían de él, se burlarían... No, esto no podía ser. Y a pesar de la progresiva oscuridad, apretó el paso, con la mirada fija al frente, marchando al compás, con la cabeza erguida, confiado y resuelto... Pero no tardó en darse cuenta, para su mayor sorpresa, de que se había equivocado de camino. 

¡Esto ya era el colmo! ¿Y qué hacer? ¿Continuar o volver atrás? Continuar sólo serviría para perderse aún más; envolverse en su capa y acostarse bajo un árbol no le parecía seguro; podían comérselo las alimañas o morirse de frío. Los copos de nieve caían aquí y allá... Pero mientras, apoyado con las dos manos en su grueso bastón, Mathieu sufría una penosa ansiedad, he aquí que de pronto vislumbró una tenue luz en la lejanía.

«¡Ah, debe de ser una cabaña de leñador!», se dijo, con nuevos ánimos. E inmediatamente quiso encaminarse en aquella dirección; pero apenas había dado tres pasos, la luz desapareció. Se paró, golpeó el duro suelo con su bastón herrado y profirió un horrible reniego que resonó lúgubremente en el silencio sepulcral de la inmensa y desierta campiña. Y entonces volvió a aparecer la luz. Después de unos segundos de duda, Mathieu decidió proseguir, con la mirada obstinadamente fija sobre el tan codiciado objeto.

Sólo se oía el rechinar de sus pasos en la reciente capa de nieve. El camino le pareció desmesuradamente largo, y sólo después de muchos esfuerzos y peligrosísimos saltos, logró llegar al Camp des Montagnards, lugar donde se encontraba la luz hacia la que se dirigía con tanto esfuerzo desde hacía tantas horas... 

Pero su sorpresa fue enorme cuando de pronto se encontró ante un castillo de magnífico aspecto y del que nunca había oído hablar... Con sus ojos desmesuradamente abiertos miraba, miraba... Y vio pasar las elegantes siluetas de los bailarines ante las cortinas de las amplias ventanas, muy iluminadas, como negras sombras, movidas por una seductora melodía. De vez en cuando llegaban a sus oídos zumbantes ruidos de voces. Y miraba, miraba sin cesar, plácido, lleno de estupor y de temor... Al fin, sin poder contenerse más, decidió satisfacer su exacerbada curiosidad.

Después de dar varias vueltas al inmenso edificio, ya desesperaba de encontrar la puerta de entrada cuando se le apareció un viejo, que de repente se puso a tocar la trompeta. Un puente levadizo, que Mathieu no había visto hasta aquel momento, bajó inmediatamente; el violinista, respondiendo a la invitación del viejo, penetró en la mansión totalmente iluminada.

Había una multitud de hombres y mujeres de todas las edades, ricamente vestidos y adornados con carísimas joyas. Unos participaban en una suntuosa comida mientras otros jugaban a las cartas, al dominó, o a algún otro juego de azar; no obstante, la mayor parte bailaba incansablemente en una inmensa sala, decorada con gran lujo e inundada por una resplandeciente luz. 

Una música hechizadora marcaba el paso de los bailarines. Reinaba una gran animación en todas partes; gritos de alegría y comunicativas risas llenaban el aire perfumado de las distintas salas que se comunicaban entre sí.

Mathieu estaba allí, clavado en su sitio, inmóvil como una estatua, maravillado por todo aquel lujo que lo transportaba hasta enmudecerlo, cuando vio que se acercaba a él un hombre de elevada estatura, de mediana edad y simpática apariencia, que le preguntó qué deseaba. Balbuceó algunas palabras; luego, con voz dudosa que ponía en evidencia su azoramiento, dijo:

–Señor del castillo, soy un pobre músico perdido en el bosque; dignaos permitirme pasar la noche en un rincón de vuestra mansión; me marcharé al amanecer.

La persona a la que Mathieu había dirigido su ruego con tanta humildad, accedió con un simple movimiento de cabeza. Con una señal indicó a un paje que tomara el violón del músico y lo colgara de un clavo de oro que brillaba sobre el rico tapiz de la sala de baile. Este personaje, de misterioso aspecto, sonreía de un modo extraño, y allí donde su mano tocó el instrumento, ennegreció instantáneamente, como si esa mano, a pesar de su finura y lozanía, hubiese sido de fuego.

Impulsado por una irresistible curiosidad, Mathieu Wilmart empezó a examinar el lugar donde se encontraba; pero en vano intentó reconocer a alguno de los personajes que le rodeaban. Al parecer, nadie se preocupaba de su presencia insólita, en este ambiente tan elegante como ruidoso. Escuchaba, escuchaba... Miraba, miraba... 

Y entonces descubrió, no lejos de él, sobre una mesa dorada, un violón que en nada se parecía al suyo, pues era incomparablemente más bello: una forma impecable, madera reluciente, adornos de plata y piedras preciosas. Y en seguida sintió un incontenible deseo de utilizarlo. 

Se apropió del instrumento y se dirigió, fuera de sí, hacia el estrado en que estaban los músicos –violinistas como él–, que tocaban a las mil maravillas, sin interrupción, las melodías más endiabladas. Pero cuál sería su sorpresa al reconocer entre ellos a un amigo, muerto hacía ya treinta años, que le había dado las primeras lecciones de violón.

–¡Virgen Santa, apiadaos de mí! –gritó.

Y en el mismo instante, los músicos, los bailarines, los jugadores y el mismísimo castillo, todo desapareció ante sus confusos ojos.

Cuando a la mañana siguiente, los invitados del Moulin Hideux que, por prudencia, habían aplazado su partida, volvían a sus casas, encontraron a Mathieu Wilmart tendido sin conocimiento al pie de un enorme abeto.

–El padre Mathieu no escogió un lugar muy agradable para dormir–, no pudo aguantarse de comentar un inveterado bromista.

–Es muy original –dijo otro.

–Sin duda alguna –observó un tercero.

–Y un hombre precavido –añadió el cuarto–. Fijaos, llevaba consigo dos arquillos de violón, para no quedarse sin poder tocar si se le rompía uno de ellos.

Le friccionaron luego, después de levantarlo con mucha precaución, le dieron un poco de aguardiente. Poco a poco volvió en sí, abrió con esfuerzo los ojos, y al fin, se dio cuenta de la situación. Atribuyó al frío intenso la causa de su accidente, pero se guardó muy bien de mencionar las visiones infernales que había tenido. Juntos se dirigieron hacia Bouillon, donde se despidieron como buenos amigos.

Cuando llegó a su casa, Mathieu examinó detenidamente el arquillo que había llegado a su poder de una manera tan extraña. Un escalofrío sucedió a un sentimiento de terror, al constatar que este arquillo era un hueso humano trabajado con gran meticulosidad. 

Pero su sorpresa fue absoluta al leer sobre los ricos adornos de plata, el nombre de un habitante de Bouillon, considerado, y con justo título, como una persona que echaba maleficios, es decir, un brujo. Un malestar inexplicable se apoderó de todo su ser. Se tomó una tisana caliente de plantas y raíces, se echó en su camastro, y esperó que anocheciera...

Al atardecer se fue por caminos apartados, a casa de este hombre de mala reputación, que vivía en la colina de Auclin. Con el corazón, que le saltaba del pecho, abrió la ruinosa puerta que cedió sin resistencia alguna. Al ver al que buscaba le dijo, saludándolo con voz muy queda, como la de un niño asustado:

–Compadre, aquí traigo un arquillo que os pertenece, creo; me imagino que lo habéis perdido en alguna gira.

–¡Ah! –dijo Durand, con la boca muy abierta.

–Lo encontré por casualidad, y os lo devuelvo.

–¡Ah! –repitió el viejo brujo, aceptando el objeto.

Y permaneció unos instantes sin pronunciar una palabra, tanta era su emoción. Hizo un esfuerzo para dominarse y dijo al fin, con una voz ligeramente velada:

–¡Oh, oh! Mathieu, la pasada noche debisteis descubrir cosas muy singulares y... una palabra sobre ello... me haría mucho daño...

–¡Dios no quiera que yo hable de ello, compadre!

–Mathieu, sois un gran hombre. Hacéis bien en guardar silencio; pues si me quemasen vivo, cosa que seguramente ocurriría si se enterasen de que me visteis... donde, bien lo sabéis, también podrían iros mal las cosas.

Mathieu, un poco confuso, quiso marcharse, pero Durand lo llamó y, acercándose a su oído derecho, murmuró con voz muy baja:

–Decidme, Mathieu: ¿quiénes son vuestros enemigos? Esta noche echaré un maleficio sobre sus animales, o incluso les puedo contagiar a ellos mismos alguna enfermedad depresiva que acabará con ellos para siempre.

–No tengo enemigos –contestó tímidamente Wilmart–, y Dios no quiera que desee el mal del prójimo.

–Entonces, ¿en qué puedo seros útil? Decidme, os escucho, estoy a vuestras órdenes, Mathieu.

–¡En nada! –contestó resuelto el violinista, que maquinalmente se dirigió hacia la puerta: se ahogaba.

–Hablad con franqueza, Mathieu: ¿Qué queréis de mí? Como recom...

–Nada, Durand, absolutamente nada, os lo repito. No obstante, me siento muy feliz de poder devolveros un arquillo tan bello.

–Un arquillo extraordinario, este arquillo del aquelarre. Pero debo regalaros algo, un don, padre Mathieu, como recompensa por vuestro servicio.

Mathieu Wilmart iba a protestar, explicando su desinterés, cuando una voz misteriosa dijo: «Dale esta bolsa». Y al instante, apareció un hombre de siniestro aspecto, que no estaba en casa del brujo cuando llegó Mathieu. El violinista quiso huir, pero una fuerza invencible le retuvo; sus piernas temblaban y su frente se cubrió de sudor.

–Acepta –le dijo Durand.

–Sin duda será alguna obra de los malos espíritus –objetó con timidez el violinista.

–Es un talismán –respondió el desconocido, con una cierta arrogancia–. Un talismán que puede utilizarlo sin temor un cristiano.

Mathieu permaneció mudo e inmóvil; un estremecimiento recorrió todo su cuerpo.

–Dale esta bolsa –prosiguió Durand–. Le gustará hurgar en ella, pues siempre contendrá seis libras parisis, de gran valor.

–Si esta bolsa es obra del diablo, ¡que sea condenado! –añadió el extraño personaje, riendo amargamente.

Estas palabras parecieron convencer y tranquilizar a Mathieu Wilmart, que alargó una mano temblorosa y aceptó el tentador presente. Luego, envolviéndose en su amplia esclavina, huyó como un malhechor en el crepúsculo.

Mathieu Wilmart, que finalmente había sucumbido a la tentación, tantas veces hurgó en la bolsa maravillosa, que en poco tiempo se convirtió en propietario de una bonita casa y se puso a vivir como un rico burgués. Nada jactancioso, ¡no, eso no!, pero algo orgulloso, es decir, un poco vanidoso... No obstante, continuaba haciendo bailar a las gentes en las fiestas y festines; sólo que ahora poseía una mula para sus desplazamientos y un criado que le llevaba su violón.

Sin embargo, la nueva manera de vivir del violinista excitó algunos celos en la pequeña ciudad de Bouillon y provocó miles de habladurías contradictorias... Inacabables chismes circularon por la plaza para extenderse más allá... Se discutió, se insinuó... Y la versión más extendida era que Mathieu Wilmart había encontrado un tesoro que escondía en algún lugar secreto. Pero nadie osaba hablarle de ello, ni tan sólo aludir a la nueva situación, pues todos lo querían.

No obstante, Mathieu tenía cuatro sobrinos, que eran hermanos, con los que no tenía ninguna relación debido a su conducta. Bebedores infatigables y vagos incorregibles, vivían de la rapiña y de otros medios de existencia no menos condenables. Un día que estaban de juerga, la conversación recayó sobre la fortuna de su tío, y el mayor dijo:

–El tío Mathieu es rico, todos lo sabemos; y sólo nosotros podemos heredar su fortuna. Lo que pasa es que no parece querer «reventar». Los tiempos son duros..., ¿no es cierto? Entonces...

–¿Entonces...? Pues bien, hagámoslo «reventar» –dijo uno de ellos, sonriendo.

–¿Y por qué no? –añadió el más cínico de los cuatro.

–Por supuesto, si no quiere morir amablemente... –añadió el más joven.

Y la conversación que había empezado en un tono de broma macabra, tomó otro cariz: matarían al tío Mathieu, sin más.

Enterándose de que un sábado por la noche debía ir a La Grenelle, le fueron a esperar al borde del bosque: el violinista no pudo evitar el destino. Cuando llegó a una peligrosa encrucijada, los cuatro tunantes salieron de su escondite y se echaron a la vez sobre su víctima, que pereció en pocos segundos... Pero apenas habían empezado a vaciar sus bolsillos, un individuo de siniestro aspecto apareció de repente, se lanzó sobre el cuerpo, sacó de la alforja una pequeña bolsa y desapareció diciendo:

–Este es el fruto de mis dones.

Una risa siniestra, estridente, execrable, siguió a estas palabras.

Los asesinos de Mathieu Wilmart fueron muy pronto apresados y juzgados. Se dice que el preboste de justicia les hizo colgar de los árboles detrás de los que se habían escondido: de aquí viene que este lugar fuera denominado por mucho tiempo: «La encrucijada de los cuatro hermanos».

El príncipe rana - James Finn Garner

Érase una vez una joven princesa de la que cuentan que, cada vez que se cansaba de partirse la cabeza contra la estructura masculina de poder reinante en su castillo, solía relajarse paseando por los bosques y sentándose junto a un pequeño estanque. 

Allí, se entretenía lanzando al aire su pelota dorada preferida y cavilando acerca del papel de las luchadoras ecofeministas en su época.

Un día, mientras se recreaba imaginando la utopía en que podría convertirse su reino de ocupar las mujeres los círculos de poder, dejó caer la pelota, y ésta rodó hasta el estanque. 

El estanque era tan profundo y lóbrego que la princesa no lograba ver dónde había ido a parar. Ni qué decir tiene que no lloró, si bien sí anotó mentalmente que debería tener más cuidado en el futuro.

Súbitamente, oyó una voz que le decía: —Princesa, yo podría devolveros vuestra pelota.

Miró a su alrededor y vio la cabeza de una rana que asomaba sobre la superficie del estanque. —No, no —dijo—, jamás esclavizaría a un miembro de otra especie animal obligándolo a trabajar en beneficio de mis egoístas intereses. —Bien, ¿qué os parece entonces si llegamos a un acuerdo basado en estas circunstancias concretas? Recuperaré vuestra pelota si a cambio me hacéis un favor.

La princesa accedió de buen grado a tan cabal propuesta. La rana se sumergió bajo el agua y, a los pocos instantes, emergió portando en la boca la pelota dorada. Tras escupirla sobre la orilla, dijo: —Y ahora que yo os he hecho un favor, querría sondear vuestra opinión acerca de la atracción física entre especies distintas.

La princesa no lograba imaginar de qué podía estar hablando la rana, pero ésta continuó: —Veréis... lo cierto es que no soy ni mucho menos una rana. En realidad, soy un hombre, al que un malvado brujo hizo víctima de un hechizo. Por más que mi forma anfibia no sea ni mejor ni peor que mi forma humana —sino únicamente diferente—, me encantaría rodearme de nuevo de la compañía de las personas. Y lo único que puede romper este hechizo es el beso de una princesa.

La princesa reflexionó un momento acerca de las posibilidades de acoso sexual entre especies distintas, pero los argumentos de la rana habían ablandado su corazón. Se inclinó y depositó un beso sobre la frente de la rana. 

Y allí mismo, sobre el mismo estanque en el que había descubierto al animal, apareció ante sus ojos un hombre ataviado con una camisa de golf y unos pantalones a cuadros francamente chillones: se trataba de un individuo de mediana edad, verticalmente limitado y ligeramente escaso de cabello en su zona superior.

La princesa se quedó estupefacta. —Lamento mucho si lo que voy a decir suena algo clasista —tartamudeó—, pero... en fin, quiero decir que... tenía entendido que los brujos solían aplicar sus hechizos a príncipes. —Por lo general, sí —dijo él—, pero esta vez la víctima resultó ser un hombre de negocios normal y corriente. El caso es que trabajo en una compañía de promoción inmobiliaria, y el brujo pensó que pretendía engañarle en un litigio de lindes. Sea como fuere, me invitó a jugar al golf y, justamente cuando me disponía a dar el primer golpe, me transformó. Sin embargo, no quisiera que pensara que he perdido el tiempo durante el período que he pasado convertido en rana. He tenido ocasión de conocer cada centímetro cuadrado de estos bosques y pienso que se trata de una zona ideal para construir un complejo de oficinas, urbanizaciones y apartamentos en multipropiedad. ¡Está magníficamente situado, y las cifras encajan a la perfección! El banco no hubiera aprobado ningún préstamo tratándose su cliente de una rana, pero ahora que he recuperado mi forma humana, vendrán a comerme de la mano. ¿Os imagináis? ¡Qué maravilla! Y, os lo aseguro: hablo de un proyecto ambicioso. Basta con desecar el estanque, talar el ochenta por ciento de los árboles y contratar mano de obra para...

El promotor-rana vio interrumpido su discurso: la princesa le había embutido la pelota dorada entre los dientes. A continuación, la joven volvió a sumergirle bajo el agua y le sujetó allí con fuerza hasta que dejó de debatirse. 

Mientras regresaba caminando hacia el castillo, no pudo por menos de asombrarse ante el número de buenas acciones que puede llevar a cabo una persona en una sola mañana. Y, aunque pudo haber quien echara de menos a la rana, nadie volvió a acordarse jamás del promotor inmobiliario.

Juan y las habichuelas mágicas - James Finn Garner

Érase una vez una pequeña granja en la que habitaban un niño llamado Juan y su madre. Ambos vivían excluidos de los círculos normales de actividad económica, y aquella cruel realidad los mantenía en situación de grave apuro hasta que, un día, la madre dijo a Juan que fuera al mercado con la única vaca que poseían y que la vendiera al mejor precio posible.

¡Ni por un momento pensaron en los miles de litros de leche que le habían robado! ¡Ni en las horas de placer que habían obtenido de la compañía de su bovina amiga! ¡Por no hablar del estiércol del que se habían apropiado para abonar su jardín! La vaca, de repente, había pasado a ser un objeto de su propiedad como cualquier otro. Juan, aún inconsciente de que los animales no humanos poseen los mismos derechos que los humanos —si no más—, obedeció las órdenes de su madre.

De camino al pueblo, Juan se cruzó con un viejo brujo vegetariano, quien le previno acerca de los peligros que entraña el consumo de carnes y productos lácteos. 

—Oh, no tengo ninguna intención de comerme esta vaca —dijo Juan—. La llevo al pueblo para venderla. —Sí, pero al hacerlo no lograrás sino perpetuar el mito cultural de la carne de vacuno, descuidando así el impacto negativo que la industria cárnica ejerce sobre nuestra ecología y los problemas sanitarios y sociales resultantes de la consumición de carne. Sin embargo, jovencito, creo que aún eres demasiado torpe para desarrollar tales razonamientos. Te diré lo que haremos: te ofrezco cambiarte la vaca por estas tres habichuelas mágicas, que contienen tantas proteínas como el animal entero y, en cambio, se hallan desprovistas de grasa y sodio.

Juan aceptó el trato de buen grado y regresó a casa con sus tres habichuelas. Cuando detalló a su madre las condiciones del intercambio, esta se puso furiosa. Hasta entonces, había considerado a su hijo como un ser más cercano al conceptualismo que al pensamiento lineal, pero al oír aquello no le cupo duda de que se trataba claramente de una persona de dotes diferenciadas. 

Indignada, cogió las tres habichuelas, las arrojó por la ventana y, ese mismo día, asistió a una primera reunión de apoyo en el centro de Madres de Protagonistas de Cuentos Infantiles.

A la mañana siguiente, Juan asomó la cabeza por la ventana para comprobar si el sol había vuelto efectivamente a salir por el este (comenzaba a detectar cierta regularidad en aquel hecho). 

Advirtió, sin embargo, que las habichuelas habían desarrollado un formidable tallo que se elevaba hasta atravesar las nubes. Dado que ya no había en la casa vaca alguna que ordeñar, Juan decidió trepar hasta el cielo siguiendo el curso del tallo.

Al llegar a la cumbre, más allá de la capa de nubes, descubrió un enorme castillo. No solo era este de gran tamaño, sino que había sido construido en escala superior a la media, cual si se tratara del domicilio de alguien aquejado de gigantismo. 

Tan pronto como penetró en el castillo, Juan oyó una música deliciosa que inundaba el ambiente y fue siguiendo su sonido hasta localizar la fuente del mismo: un arpa de oro que sonaba sin que nadie la tocara. Junto a aquella arpa autosuficiente pudo ver una gallina sentada sobre un montón de huevos de oro.

Ahora bien, hay que considerar que la perspectiva del enriquecimiento fácil y de la distracción fútil constituía un poderoso reclamo para los aspectos más aburguesados de la sensibilidad de Juan y, así, este se apropió del arpa y de la gallina y echó a correr en dirección a la puerta. Inmediatamente, oyó unas pisadas atronadoras y una voz tonante que decía:

«FEE, FIE, FOE, FUM, ¡huelo a sangre de inglés! ¡Querría conocer su cultura y su estilo de vida! ¡Y compartir con él mis propias perspectivas desde un punto de vista abierto y generoso!»

Juan, por desgracia, se hallaba demasiado cegado por la codicia para aceptar el intercambio cultural que le ofrecía el gigante. 

«No es más que un truco —pensó—, y, además, ¿para qué iba a querer un gigante objetos tan finos y delicados? Sin duda, se los habrá apropiado de alguien, por lo que me asiste todo el derecho del mundo a arrebatárselos». 

Sus desesperadas justificaciones —notables en alguien de tan escasos recursos mentales como él— revelaban una terrible falta de sensibilidad hacia los derechos personales del gigante. 

Aparentemente, Juan era un terrible dimensionista, convencido de que todos los gigantes eran seres torpes, explotables y de perspicacia limitada.

Cuando el gigante vio que Juan se había apropiado del arpa mágica y de la gallina, le preguntó: —¿Por qué te llevas lo que me pertenece?

Juan sabía que no podía correr más deprisa que el gigante, por lo que se vio obligado a pensar apresuradamente. —No me lo llevo, amigo mío —farfulló—. Simplemente, someto estos objetos a mi tutela de modo que puedan ser administrados correctamente, y aprovechadas al máximo sus posibilidades. 

Espero que sepáis perdonarme, pero vosotros, los gigantes, poseéis un intelecto demasiado rudimentario e ignoráis cómo administrar vuestros recursos como es debido. Me limito a defender vuestros propios intereses. Ya tendréis tiempo de agradecérmelo.

Dicho esto, Juan contuvo el aliento y aguardó para ver si aquel farol le salvaba el pellejo. El gigante dejó escapar un profundo suspiro y dijo: —Sí, tienes razón. Es cierto que los gigantes empleamos nuestros recursos de modo alocado. ¡Con decirte que cada vez que descubrimos una nueva mata de habichuelas nos entusiasmamos tanto que la arrancamos del suelo!

Juan sintió que se le caía el alma a los pies. Girando sobre sus talones, asomó la cabeza por la puerta del castillo: efectivamente, el gigante había arrancado los tallos de sus habichuelas. Atemorizado, gritó: —¡Ahora me encuentro atrapado con vos en estas nubes para siempre!

El gigante dijo: —No te preocupes, amiguito. Aquí, somos todos unos estrictos vegetarianos, y siempre hay habichuelas en abundancia para comer. Además, no estarás solo. Hay otros trece hombrecillos de tu tamaño que ya han trepado por matas de habichuelas para visitarnos y se han quedado con nosotros.

Y así, Juan se resignó a su suerte como nuevo miembro de la nubosa comunidad del gigante. No echó demasiado de menos a su madre y a la granja, ya que en el cielo había menos trabajo, y comida más que suficiente. Y, gradualmente, fue aprendiendo a no juzgar nunca más a las personas por su tamaño, con excepción de aquellas que eran más reducidas que él.

Juego del crepúsculo - August Derleth

Al anochecer quedaba una preciosa hora de juego antes de acostarse, y, como de costumbre, Donald entró corriendo en el parque, en el sector de los hoyos y montones de tierra donde la oscuridad escarnecía ya a los últimos vestigios de luz del sol.

—¡Halcón! —llamó en voz baja—. ¡Halcón!

Nadie le contestó. En el centro de un roble, una lechuza aullaba suavemente, con una voz débil y solitaria. Allá en los campos gorjeaban las alondras y los petirrojos; en las orillas del parque sollozaban tres palomas que estaban de luto. El chiquillo se sentó en el montículo del ave de tormenta y aguardó.

La noche iba entrando. Las largas sombras del parque se volvían más oscuras; casi le escondían. El canto de las alondras y el gorjeo de los petirrojos disminuían, y un chotacabras se levantó a trazar círculos y a lanzarse en línea recta hacia las alturas del firmamento, para calarse luego con un áspero zumbido de aire en las alas. Las farolas se encendían en las esquinas de las calles; pero ninguna luz se extraviaba hacia aquella parte del parque.

—¡Halcón! —volvió a llamar, impaciente—. Sé que estás escondido. Ven.

Y Halcón estaba allí, como siempre, acercándose como una sombra salida de la oscuridad. Sus luminosos ojos brillaban en la noche, asustando a Donald.

—Siempre te sale bien —dijo Donald, admirado.

Al cabo de un momento estaban jugando... montando imaginarios caballos alrededor de los montículos, bailando juntos las danzas especiales de Halcón: la danza guerrera, la de la luna, la del ave nocturna y la del ave de tormenta... con profunda solemnidad, interrumpida solo de vez en cuando por un grito de entusiasmo de Donald. 

La noche invadía el terreno tras los reflejos naranja y magenta de poniente, y dentro de pocos momentos Donald y Halcón tendrían que retirarse a sus casas. Pero el juego continuaba, a pesar de que hasta el aire parecía estar esperando la voz de la madre de Donald llamando al hijo.

Desde la valla norte de los montecillos, que separaba el parque de los arbolados céspedes y la casa distante, se elevó la odiosa voz de Archer Connelly:

—¡Eh, Falditas Carstair! ¿Qué crees que estás haciendo?

—Nada que te importe —contestó Donald, tartamudeando.

Archer manoseaba una piedra angulosa.

—¡No me hables así, golfillo!

—Déjame en paz y cuídate de tus asuntos —replicó Donald.

Estaba enojado y con sobrada razón. Cuatro de cada seis noches, Archer Connelly salía en plan de dueño y señor. Archer, que tenía todo lo que el dinero de sus padres podía comprar, era demasiado señor para jugar con niños pobres, pero no podía dejarlos en paz. 

Cuando los encontraba por la calle, los ponía en fuga; en el colegio, los atormentaba, y, como su padre formaba parte de la junta de educación, los profesores procuraban no ver las malas acciones de Archer. Ni siquiera aquí, en el parque, sabía abstenerse de fastidiarlos por todos los medios a su alcance.

—Tienes los pantalones agujereados, Carstair el Falditas —dijo.

—Van muy bien para jugar —replicó Donald.

—Porque no tienes otros; por eso van tan bien —se burló Archer.

Se oyó el golpe de una puerta vidriera y alguien gritó:

—¡Archer!

El señorito dirigió una mirada hacia la casa. Luego se volvió y disparó la piedra que tenía en la mano, y que acertó a Donald en los lomos. El atacado dio un grito y tropezó. Al enderezarse se topó de narices con la carcajada de Archer. Instintivamente, cogió un palo para arrojárselo; pero luego vio a la madre de Archer que venía en dirección a la valla.

—Apártate de ahí, Archer —decía—. ¿No te he dicho mil veces que no te juntes con esos niños?

Donald soltó el palo, acobardado.

—Yo no jugaba con él. Solo miraba. Juega como un tipo raro —dijo Archer, alejándose con ella.

Donald miró a su entorno; pero Halcón se había marchado. Ya lo sabía de antemano. Casi cada vez que Archer salía, Halcón se marchaba. Donald se decía tristemente que Halcón no quería quedarse a oír las palabras de Archer, ni a esperar la piedra, el palo o lo que fuese que el otro quisiera tirarles. Halcón se marchaba. Tenía amor propio. 

Donald estaba viendo el moreno rostro de Halcón, apretados los labios y levantados los negros ojos, volviéndose y marchándose. Donald se avergonzaba de sí mismo. Pero también él era terco. ¿Por qué tenía que huir de Archer Connelly? ¿Por qué?

—¡Donaaald!

—¡Voy!

Se levantó y buscó en vano por las sombras.

—Buenas noches, Halcón. Hasta mañana —dijo. La lechuza del roble gimió y Donald corrió hacia su casa, cruzando el montecillo del oso, por el del ave de tormenta, dejando atrás la espesura de encinas, a lo largo de las filas de arces y olmos, corriendo junto al pabellón de la banda y el puesto de los helados, y cruzando el camino hasta la casita de la esquina, que era su hogar.

—¿Te has divertido? —le preguntó su madre.

—Sí, excepto por el maldito de Archer.

—Bah, no le hagas caso.

—No se lo hago, si no fuese porque tira piedras y esta noche me ha dado... y Halcón le tiene miedo y se va —añadió como una idea de última hora.

—¿Quién es Halcón?

—Ya lo sabes; te lo conté.

—Ah, sí, aquel chico cuyo padre le compró un hermoso atuendo indio.

—Ese, ése —Donald se puso a charlar animadamente—. Hasta tiene un tomahawk y dice llamarse Halcón Rojo; ese es su nombre, y sabe contar historias y bailar danzas...

—¿Qué clase de historias?

—Pues como cuentos de hadas. Que puede transformarse en un gran halcón y salir de caza...

—¿Es mayor que tú?

—Es más recio. Es mucho más corpulento. Pero ¿sabes una cosa? Entra en el parque y no hace el menor ruido. Lo mismo que un verdadero indio. Sabe venir y plantarse detrás de mí sin que yo me entere; de modo que a veces me asusta, de tan repentinamente que aparece. ¡Y su madre nunca le llama!

—¿Dónde vive?

—No lo sé. Nunca estuve en su casa.

—Bueno. Ahora vete corriendo a la cama. Mientras sea un buen chico, supongo que está bien que juegues con él. Acaso un día tu padre también te compre un traje indio.

—¡Oh! ¿De veras, madre? ¿De veras?

—Si eres bueno, puede que sí. Veremos. Quizá por Navidad...

—Seré bueno, madre. Seré bueno.

—Y es bueno; lo es —le decía mistress Carstair a su marido mucho rato después de haberse acostado Donald, seguido de sus dos hermanas—. Me gustaría poder comprarle un traje indio.

—No sé cómo. Bastante trabajo nos cuesta atender a lo más necesario. Por lo demás, no sé qué chico de la población posee un equipo como el que dices. Y no estamos en un pueblo tan grande como para que no pudiera enterarme. Con un nombre así, además... Halcón Rojo.

—Así se llamaba el hijo de un viejo cabecilla sauk. Ya sabes, tenían el poblado por estas cercanías. ¿No encontraron sus huesos en una excavación que hicieron por ahí?

—Ah, sí; eso pertenece a la historia de la población. Te lo cuentan cada dos por tres.

—Sí, un traje indio es exactamente lo que a un chiquillo le gustaría tener y lucir. Y ayuda a poner de relieve la multitud de cosas que no podemos proporcionarle; ese es el caso. —La mujer se encogió de hombros—. Ojalá hubiera quien supiera escarmentar al tal Connelly.

—No vale la pena sacar el asunto a colación otra vez. Sus padres le ayudan y encubren, y no podemos hacer nada contra ellos.

La tarde siguiente Halcón vino un poco antes. Había una hoz de luna nueva muy baja en el horizonte oeste y formaba un hermoso cuadro entre las oscuras siluetas de los árboles recortadas sobre el cielo del atardecer. 

Donald confiaba y ansiaba que sus padres le comprasen un traje indio; no tan bonito y completo como el de Halcón, no; pero sería un traje indio a pesar de todo. Y entonces podrían jugar más a gusto a los juegos que Halcón le enseñaba.

También Archer llegó más temprano.

—¿Quién es ese compañero de juegos que tienes? —le preguntó recelosamente, apoyado en la valla.

—Es mi amigo.

—Es mi amigo —remedó Archer, burlón—. ¿Cómo se llama?

—Su nombre soy yo quien debe saberlo, y tú quien debe averiguarlo.

—Será mejor que me lo digas, Falditas Carstair; si no, ya sabes lo que te pasará.

—Prueba de obligarme —le retó Donald.

—Halcón —dijo Halcón, con voz como un breve ladrido.

—Eso no es un nombre —dijo Archer.

—Claro que lo es, Archer Connelly —replicó Donald.

—No lo es.

—Sí lo es.

—Yo estoy más enterado. Dile a ese Halcón amigo tuyo que todos los chicos nuevos en el pueblo tienen que venir a verme.

Halcón emitió un profundo sonido gutural, como un perro furioso.

—Será mejor que tengas cuidado, Archer Connelly, si no quieres que Halcón se ponga furioso. Y cuando se pone furioso, te aseguro que se pone de veras, terriblemente. Lo lamentarías mucho.

—Lo lamentarías mucho —remedó de nuevo, en son de burla, Archer—. ¿Es otro pobretón como tú?

—¿Qué tiene de malo el ser pobre? —preguntó Donald.

—Tú deberías saberlo. ¿Me oyes, Halcón? ¿También eres pobre?

Halcón emitió una especie de gruñido.

—Me figuro que si no fueses pobre no jugarías con Falditas Carstair. —Y volvió la vista hacia Donald—. ¿A qué jugabais?

—A la danza de la lluvia.

—¿Qué clase de juego es?

—Es un juego; es el juego de Halcón —respondió Donald.

—¡Vaya qué ridículos estabais saltando por ahí de ese modo! Sencillamente estás loco, Donald Carstair. Y ese tal Halcón también lo está.

—No tienes necesidad de mirarnos.

—Yo puedo mirar todo lo que me plazca. Esta valla es nuestra. Si no os gusta, podéis iros a otra parte, y veréis si me importa mucho.

La inevitable mistress Connelly emergió de la oscuridad y cogió a Archer por el brazo, parándose lo suficiente nada más para regañar a Donald y Halcón por «tener a Archer fuera de casa».

Donald miró a su amigo. Hoy, por primera vez, Halcón no había huido. Los ojos de Halcón le devolvieron la mirada brevemente. Eran unos ojos extraños, encendidos, como poblados de llamas. Halcón no decía nada; pero permanecía sentado, muy tenso, como tratando de descubrir qué pensaba, sin preguntárselo.

—Si soy pobre, no puedo remediarlo —argumentó Donald—. ¿Puedes tú?

Halcón meneó la cabeza con aire comprensivo. Pero podía recomendar una cosa: sabía un juego que le había enseñado el anciano brujo de la tribu, explicó. Era el juego para saldarles las cuentas a chicos como Archer. Hacías como si le tuvieras indefenso, a tu merced; allí estaba él, atado a unos postes hundidos en el suelo; luego imaginabas que eras un halcón y él era un ratón o algo por el estilo, y tú bajabas del cielo y le hacías pedazos. Podían imaginar que el ratón era Archer.

En un momento, Donald olvidó la ofensa y se ensimismó en el maravilloso pasatiempo de imaginar que Archer Connelly estaba atado en un poste en el monte del ave de tormenta y que Halcón y él, que también era un halcón, le hacían pedazos, y Archer le pedía que le salvase la vida, prometiendo que no volvería a portarse más de aquel modo. 

Pero no importaba, le hacían pedazos igualmente, lo cual le estaba muy bien. A este juego se entregaron diligentemente, hasta que mistress Carstair llamó a Donald para que regresara a casa, abandonando el parque invadido por la noche.

—Buenas noches, Halcón —dijo Donald, volviendo la cabeza. Por un momento pudo ver a su amigo allí sobre el montecillo del ave de tormenta; pero un momento después había desaparecido. Donald reventaba de admiración por el arte de Halcón de moverse sin hacer el menor ruido.

La tercera noche, Archer Connelly —removido en las profundidades de su alma angosta y egoísta por la envidia de la patente y manifiesta dicha de Donald— decidió vengarse de ambos muchachos. Les daría una medida colmada de juegos indios. Había asaltado la colección de puntas de flechas indias que tenía su padre y cogido las más puntiagudas. 

Desechó el arco y las flechas, prefiriendo la honda, que hasta entonces no había servido para nada más peligroso que abatir los pajarillos canoros que se extraviaban por el parque. Salió temprano y se tendió detrás de una jeringuilla que crecía en el límite, junto a la valla, desde donde podía ver claramente los montecillos.

Archer vio llegar a Donald; pero este no le vio a él. Archer aguardaba, rencoroso.

—¡Halcón! —llamaba Donald en voz baja—. ¡Halcón!

No hubo respuesta. «No había que extrañarlo», pensaba Archer, «yo mismo casi no le oía». Pero tenía paciencia y aguardaba con su presunta víctima. Quería ver de qué dirección venía el muchacho llamado Halcón; pero el crepúsculo oscurecía los montecillos rápidamente, a pesar de que el sol seguía luciendo bermejo en las montañas distantes del este. Y de pronto Archer vio que Halcón había llegado, vestido otra vez con aquel estúpido traje indio, con las plumas y la piel de un ave en la espalda.

El agresor cambió levemente de posición, estiró la honda de goma y apuntó con la cabeza de flecha más afilada. El primer proyectil le dio a Donald en el hombro. El agredido se volvió a medias, buscando a Archer con la mirada. La segunda cabeza de flecha le dio sobre una ceja, rasgándole la piel de forma que la sangre empezó a descenderle sobre el ojo.

—¡Archer! —gritó Donald—. Me has hecho daño.

La tercera punta de flecha se le clavó en el costado. Donald cayó, llorando.

—Falditas Carstair no puede resistir un asalto indio —gritó Archer. Diciendo lo cual colocó otra punta de flecha en la honda y apuntó contra Halcón—. Como tampoco puede Falditas Halcón —gritó.

La punta de flecha silbó a través de la oscuridad, por encima del montecillo, en línea recta hacia Halcón, quien la recibió sin hacer el menor movimiento para evitarla. La punta de flecha le acertó en mitad del vientre y le atravesó de parte a parte.

Donald gritaba:

—¡Halcón! ¡Halcón! ¡Estás herido!

Pero algo terrible estaba ocurriendo en Halcón. Ya no era Halcón el que estaba allí. Era un ave grande. Donald pensó que sucedía como si aquella piel de ave que Halcón llevaba en la espalda hubiera crecido y le hubiese cubierto. Un instante después el ave se había remontado y volaba hacia el agresor. Luego se abatió sobre Archer, el cual profería unos gritos horribles. Donald cerró los ojos y corrió a ciegas hacia su casa.

Era cerca de medianoche cuando Frank Carstair llegó a su hogar. Su esposa continuaba levantada.

—Por fin han podido acostar a mistress Connelly. Le han administrado un sedante capaz de tumbar a un caballo. ¡Uf! —Y se estremeció.

—Yo también he tenido que darle algo a Donald. ¿Qué ha pasado, Frank?

—¿Donald sigue firme en su versión?

—Sí. Era un ave muy grande, mayor que un hombre, decía. Le han interrogado una y otra vez, hasta que he tenido que interrumpirlos. Y él ha repetido siempre lo mismo. ¿Has visto a Archer?

—Todo lo que pude resistir aquella visión. ¡Dios mío, cariño... era espantoso! Descuartizado, simplemente descuartizado. Los dos brazos arrancados... la cabeza también. —El hombre tuvo un escalofrío e hizo una mueca—. ¿De dónde habrá sacado Donald esa idea? —preguntó—. Serán los cuentos que aquel otro chico le contaba, supongo.

—Sí, por supuesto —concluyó luego—. Habremos de retenerlo en casa un poco más. —Y miró especulativamente hacia el parque—. Donald ha escuchado bastantes cuentos indios para que le duren años enteros. ¿Cómo soporta el golpe Connelly?

—Es un hombre duro.

—Pero ¡qué cosa tan terrible! No entiendo cómo ha podido ocurrir. ¿Ha sido un tiro esto?

—Sí. Unos cuantos hombres han salido de caza.

—¿De caza? ¿A estas horas?

—Sí. A cazar pájaros. Aves muy grandes.

—Acostémonos, Frank. Estoy rendida. Apaga la luz, ¿quieres? Aves. ¿Por qué diablos querrán cazar aves?

—Porque el forense ha dicho que Archer ha muerto atacado por un ave. Las señales del cuerpo parecían hechas por un ave de presa... aunque mucho mayores. Señales de garras, concretamente. Dijo que eran exactamente las huellas... solo que mayores, por supuesto... (no te figurarás que se topó con el amigo de Donald, ¿verdad que no?)... las huellas de un halcón.

La luz se apagó.

La palabra que libera - Úrsula K. Le Guin

 ¿Dónde estaba? El suelo era duro y fangoso, el aire negro y apestoso, y aquello era todo lo que había. Excepto el dolor de cabeza. Tendido de plano sobre el frío y húmedo suelo, Festín gimió y dijo:

–¡Báculo!

Cuando su báculo de brujo hecho en madera de aliso no acudió a su mano, supo que estaba en peligro. Se sentó, y al no poder recurrir a su báculo para que le diese la luz apropiada, encendió una chispa entre el índice y el pulgar, murmurando cierta Palabra. Una centelleante bola de fuego azulado saltó de la chispa y rodó débilmente a través del aire, chisporroteando.

–Arriba –dijo Festin.

Y la bola de fuego zigzagueó hacia arriba hasta iluminar una trampilla abovedada muy por encima de él, tan alta que Festin, al proyectarse al interior de la bola de fuego momentáneamente, vio su propia cara doce metros más abajo como un pálido punto entre las tinieblas. La luz no producía reflejos en las húmedas paredes; estaban entretejidas a partir de la noche, por medios mágicos. Volvió a su cuerpo y dijo:

–Fuera.

La bola murió. Festin se sentó en las tinieblas haciendo crujir los nudillos.

Debían de haberle hechizado desde detrás, por sorpresa; lo último que recordaba era que había estado caminando a través de sus bosques, al atardecer, hablando con los árboles.

Últimamente, en aquellos años solitarios de la mitad de su vida, se había sentido agobiado por un sentimiento de fuerza desperdiciado, sin usar; por eso, necesitando aprender lo que era paciencia, había abandonado las ciudades y se había ido a conversar con los árboles, especialmente con los robles, castaños y alisos, cuyas raíces están en profunda comunicación con las corrientes de agua. 

Hacía seis meses que no hablaba con un ser humano. Había estado ocupado con los elementos esenciales, sin lanzar hechizos, sin molestar a nadie. ¿Quién podía haberle encantado y encerrado en aquel pozo apestoso?

–¿Quién? –preguntó a las paredes; y, lentamente, un nombre llegó hasta él y le embistió como una gruesa gota negra que rezumase de poros de piedra y esporas de hongos–: Voll.

Por un momento, Festin sintió un sudor frío.

Hacía mucho tiempo que había oído hablar por primera vez de Voll el Funesto, de quien se decía que era más que un brujo pero menos que un hombre; que pasaba de isla en isla de la Región Exterior, deshaciendo el trabajo de los Antiguos, esclavizando a los hombres, devastando bosques y expoliando los campos, y sellando en tumbas subterráneas a cualquier brujo o mago que se atreviese a combatir con él.

Los refugiados de las islas destruidas contaban siempre la misma leyenda, que había llegado al atardecer en un viento obscuro por encima del mar. Sus esclavos le seguían en naves; eso lo habían visto. Pero nadie había visto al propio Voll... Había muchos hombres y criaturas del mal campando por las Islas, y Festín, un joven brujo ocupado con su entrenamiento, no había prestado mucha atención a los cuentos sobre Voll el Funesto. «Puedo proteger esta isla», había pensado, conociendo su todavía no probado poder, y había vuelto a sus robles y alisos, al sonido del viento en sus hojas, al ritmo del crecimiento en sus redondos troncos, ramas y ramitas, al sabor de la luz del Sol sobre las hojas, o a las obscuras aguas subterráneas fluyendo entre las raíces. ¿Dónde estarían ahora los árboles, sus viejos compañeros? ¿Habría destruido Voll el bosque?

Despierto al fin y puesto de pie, Festin hizo dos amplios movimientos con manos rígidas, gritando en voz alta un Nombre capaz de romper todas las cerraduras y abrir cualquier puerta hecha por el hombre. Pero aquellas paredes impregnadas de noche y del nombre de su creador no escuchaban, no oían. 

El nombre levantó ecos, que volvieron hacia Festin, resonando en sus oídos y haciéndole caer de rodillas y ocultar la cabeza entre los brazos hasta que los ecos murieron en las bóvedas que había sobre él. Entonces, todavía temblando, se sentó, meditabundo.

Estaban en lo cierto; Voll era fuerte. En su propio terreno, en el calabozo construido con sus propios hechizos, su magia resistiría cualquier ataque directo; y la fuerza de Festin no era ni la mitad de la que hubiese tenido de no haber perdido su báculo. Pero ni siquiera su captor podía arrebatarle sus poderes, relativos sólo a sí mismo, de Proyección y Transformación. Y así, tras frotarse la ahora doblemente dolorida cabeza, se transformó. Suavemente, su cuerpo se disolvió en una nube de fina bruma.

Perezosa, rastrera, la bruma se elevó del suelo, derivando sobre las fangosas paredes hasta que encontró, donde la cueva se hacía pared, una grieta fina como un cabello. A su través, gotita a gotita, se filtró. Había logrado pasar casi por completo, cuando un viento ardiente como la ráfaga de un horno le golpeó, dispersando las gotas de bruma, secándolas. 

Precipitadamente, la bruma retrocedió de nuevo hacia la cueva, bajando en espirales hasta el suelo, donde tomó de nuevo la forma de Festin, que apareció jadeando. La transformación es una característica emocional de los brujos introvertidos del tipo de Festin; cuando a esa característica se añade el shock de enfrentarse a una muerte inhumana en la forma asumida por uno, la experiencia deviene espantosa.

Festin estuvo por unos momentos simplemente respirando. Estaba irritado consigo mismo. Después de todo, había sido una estupidez intentar escapar como bruma. Hasta un loco se sabría ese truco. Probablemente, Voll había dejado fuera un viento caliente al acecho. Festin se convirtió en un pequeño murciélago negro y voló hacia el techo, donde se transformó en una ligera corriente de aire puro, que se filtró a través de la grieta.

Esa vez consiguió salir, y estaba soplando suavemente a través del vestíbulo en dirección a una ventana, cuando una aguda sensación de peligro le obligó a transformarse rápidamente, adquiriendo la primera forma pequeña y coherente que llegó a su mente... un anillo de oro. Lo hizo justo a tiempo. 

El huracán de aire ártico que habría dispersado su forma aérea como un caos irreconstruible simplemente enfrió un poco su forma de anillo. Mientras pasaba la tormenta permaneció sobre el pavimento de mármol, preguntándose qué forma debería adoptar para atravesar la ventana más rápidamente.

Empezó a moverse demasiado tarde. Un gigantesco troll de rostro inexpresivo avanzaba a largas zancadas por la habitación; se detuvo, recogió el anillo, que rodaba con rapidez, y lo levantó con una enorme mano como de piedra caliza. El troll avanzó hasta la trampilla, descorrió el cerrojo de hierro y murmurando un encantamiento arrojó a Festin a las tinieblas. Descendió a plomo doce metros y aterrizó sobre el suelo de piedra... con un diñe.

Reasumiendo su verdadera forma, se sentó, frotándose dolorosamente un codo herido. Demasiadas transformaciones para un estómago vacío. Deseó ardiente y amargamente tener su báculo, con el que podría haberse procurado algo para comer. Sin él, aunque pudiese cambiar de forma y ejercer determinados hechizos y poderes, no podía transformar o proveerse de ninguna cosa material... ni luces ni chuletas de cordero.

–Paciencia –se aconsejó Festin a sí mismo.

Cuando hubo recuperado el aliento, disolvió su cuerpo en la infinita delicadeza de aceites volátiles, convirtiéndose en el aroma de una chuleta de cordero frita. Nuevamente, derivó hacia la grieta. El acechante troll inhaló sospechoso, pero Festin ya se había convertido en un halcón y aleteaba en dirección a la ventana. El troll arremetió contra él, falló por escasos metros, y con voz despiadada dijo:

–¡El halcón, atrapad el halcón!

Mientras descendía en picado desde el castillo encantado hasta el bosque que se extendía obscuro hacia el oeste, la luz del Sol y el reflejo del mar le deslumhraron. Festín cortaba el aire corno una flecha. Pero una flecha más rápida chocó con él. Gritando, cayó. Sol, mar y torres giraron a su alrededor y desaparecieron.


Despertó nuevamente en el húmedo y malsano suelo del calabozo, con las manos, el cabello, y los labios mojados con su propia sangre. La flecha se había clavado en el ala del halcón, en el hombro del hombre. Se mantuvo inmóvil, y murmuró un hechizo para cerrar la herida. Al cabo de un rato pudo sentarse y rememorar un hechizo más largo y poderoso de curación. 

Pero había perdido mucha sangre y, con ella, poder. Un frío helado se había apoderado de la médula de sus huesos, que ni siquiera el hechizo de curación podía calentar. Sus ojos estaban sumidos en las tinieblas, incluso cuando recurrió a la bola de fuego e iluminó el aire hediondo: la misma bruma tenebrosa que había podido ver cerniéndose sobre su bosque y las pequeñas aldeas de su territorio.

Debía proteger aquella tierra.

No podría volver a intentar escapar directamente. Estaba demasiado débil y cansado. Confiando excesivamente en su poder, había perdido su fuerza. Cualquiera que fuese la forma que adoptase a partir de entonces, ésta compartiría su debilidad, y sería atrapada.

Temblando a causa del frío, se acuclilló, dejando que la bola de fuego chisporroteara con una última bocanada de metano... el gas de los pantanos. El olor le permitió ver con el ojo de la mente los pantanos que se extendían desde el bosque amurallando el mar, sus amados pantanos donde ningún hombre acudía, donde en otoño los cisnes volaban alineados, donde, entre tranquilos pozos y cañaverales, corrían hacia el mar rápidos y silenciosos riachuelos. Oh, poder ser un pez en una de esas corrientes; o mejor aún, estar más lejos, corriente arriba, cerca de los manantiales, en el bosque, a la sombra de los árboles, en el claro remanso bajo las raíces de un aliso, descansando y oculto...

Era una gran magia. Festín no la había practicado más de lo que lo hace cualquier hombre que, en el exilio, o viéndose en peligro, anhela la tierra o las aguas de su hogar, imaginando la vista desde el umbral de su casa, la mesa en la que comía, las ramas que se veían a través de la habitación en que solía dormir. 

Sólo en sueños conseguían los grandes magos realizar la magia de volver al hogar. Pero Festín, con el frío saliéndole de la médula e inundando nervios y venas, permaneció de pie entre las negras paredes, reuniendo su poder hasta que brilló como una candela en la obscuridad de su carne, y empezó a actuar con una magia, grande y silenciosa.

 

Los muros desaparecieron. Estaba en la tierra, con rocas y vetas de granito por huesos, aguas subterráneas por sangre, raíces por nervios. Como un gusano ciego, se movió a través de la tierra hacia el oeste, lentamente, con tinieblas por delante y por detrás. Toda la frialdad del subsuelo fluyó a lo largo de su espalda y de su vientre, una irresistible e inagotable caricia. Saboreó el agua con los costados, su lenta corriente; con ojos sin párpados vio ante él el profundo pozo marrón entre las grandes y nudosas raíces de un aliso. Se precipitó hacia delante, plateado, hacia las sombras. Estaba libre. Estaba en su hogar.

El agua brotaba intemporal de su clara fuente. Se quedó en la arena del fondo del remanso, dejando que el agua le acariciase, mucho más poderosa que cualquier hechizo de encantamiento, apaciguando su herida y con su frescura alejando el desolador frío que había penetrado en él. Mientras descansaba, sintió y oyó una sacudida y un temblor en la tierra. ¿Quién caminaba por su bosque? Demasiado fatigado para cambiar de forma, escondió el brillante cuerpo de trucha bajo el arco de las raíces del aliso, y se puso al acecho.

Grandes dedos grises tantearon en el agua, agitando la arena. A través de la palidez del agua, caras vagas, ojos en blanco surgieron y se desvanecieron, reaparecieron. Redes y manos buscaron a tientas, desaparecieron y volvieron a aparecer; le agarraron y le mantuvieron retorciéndose en el aire. Luchó para recobrar su propia forma, pero no pudo; su propio hechizo para regresar al hogar le encadenaba. Se agitó en la red, boqueando en el seco, brillante y terrible aire, sofocándose. La agonía continuó, y no supo nada más allá de ella.

Al cabo de mucho tiempo, poco a poco empezó a darse cuenta de que estaba de nuevo en su forma humana; por su garganta obligaban a bajar un líquido agrio y picante. Tras otro lapso de tiempo, se encontró tirado boca abajo sobre el suelo mojado y pestilente de la cueva. Estaba otra vez en poder de su enemigo. Y aunque podía respirar de nuevo, no estaba muy lejos de la muerte.

El frío le atravesaba; y los trolls, servidores de Voll, habían aplastado el frágil cuerpo de trucha, pues cuando se movió, la caja torácica y un antebrazo le dieron un navajazo de dolor. Roto y sin fuerza, se hundió en el fondo del pozo de la noche. No tenía poder para cambiar de forma; no saldría de allí de aquel modo, pero había otro.

Permaneciendo inmóvil, y casi, pero no totalmente, fuera del alcance del dolor, Festín pensó:

«¿Por qué no me ha matado? ¿Por qué quiere mantenerme con vida?

»¿Por qué nunca ha sido visto? ¿Con qué ojos se le puede ver, sobre qué tierra caminará?

»Me teme, aunque no me queden fuerzas.

»Dicen que todos los brujos y hombres poderosos que ha vencido viven encerrados en tumbas como ésta, viven año tras año intentando liberarse...

»Pero ¿y si uno elige no vivir?»

Así, Festín hizo su elección. Su último pensamiento fue:

«Si estoy equivocado, los hombres pensarán que fui un cobarde.»

Pero no se retrasó con aquel pensamiento. Girando la cabeza ligeramente hacia un lado, cerró los ojos, hizo una última inspiración profunda y susurró la palabra que libera, la que sólo se pronuncia una vez.

No hubo transformación. No hubo cambio. Su cuerpo, las largas piernas y brazos, las hábiles manos, los ojos que se habían deleitado mirando árboles y corrientes, permanecieron sin cambio, tranquilos, perfectamente tranquilos y llenos de frío. Pero las paredes desaparecieron. La cueva construida con magia desapareció, y las salas y torres; y el bosque, y el mar, y el cielo del atardecer. Desaparecieron, y Festín se dirigió lentamente hacia la lejana pendiente de la colina de la existencia, bajo nuevas estrellas.

En vida había tenido gran poder; allí no lo había olvidado. Como la llama de una vela, se movió en las tinieblas de aquella amplia tierra. Y, recordando, pronunció el nombre de su enemigo:

–¡Voll!

Llamado, incapaz de resistir, Voll se acercó a él, un denso y pálido espectro bajo la luz de las estrellas. Festín se acercó, y el otro se acobardó y gritó como si estuviera ardiendo. Festin le siguió cuando huyó, le siguió de cerca. Recorrieron un largo camino, sobre corrientes de lava seca de extintos volcanes, que recortaban sus conos contra las estrellas sin nombre; sobre los contrafuertes de las silenciosas colinas, a través de valles de corta hierba negra, atravesando ciudades o bajando por sus callejas obscuras entre casas por cuyas ventanas no miraba cara alguna. Las estrellas colgaban del cielo; ninguna descendía, ninguna se levantaba. No hubo cambios. Ningún día llegó. Pero ellos continuaron, Festin siempre siguiendo los pasos del otro, hacia el lugar por donde en un tiempo corrió un río, mucho tiempo antes: un río de las tierras vivientes. En el seco lecho, entre los cantos rodados, yacía un cuerpo muerto: el de un hombre viejo, desnudo, ojos mates mirando fijamente las estrellas, a las que la muerte no afecta.

–Entra –dijo Festin.

La sombra de Voll lloriqueó, pero Festin se acercó más. Voll retrocedió, se detuvo, y penetró por la boca abierta de su propio cuerpo muerto.

El cadáver se desvaneció de inmediato. Sin marcas, inmaculados, los secos cantos rodados centellearon bajo la luz estelar. Festin estuvo allí de pie un rato, luego se sentó a descansar sobre unas grandes rocas. A descansar, no a dormir; debería montar guardia hasta que el cuerpo de Voll, devuelto a su tumba, se convirtiera en polvo, y desapareciera todo su maléfico poder, esparcido por el viento y arrastrado por la lluvia hasta el mar. 

Debería vigilar aquel lugar, donde una vez la muerte había encontrado el camino de regreso al otro mundo. Paciente, infinitamente paciente, Festin esperó entre las rocas por las que ningún río volverá a correr, en el corazón del país donde no hay costas. Las estrellas permanecían fijas sobre él; y mientras las miraba, lenta, muy lentamente, empezó a olvidar la voz de las corrientes y el sonido de la lluvia sobre las hojas del bosque de la vida.