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La historia de Willie El Vagabundo - Walter Scott

Puede que hayan oído hablar de Sir Robert Redgauntlet, del señorío de Redgauntlet, que vivió en estas tierras hace ya mucho tiempo. Siempre se le recordará en la región; nuestros padres solían contener el aliento cuando oían su nombre. Ya estaba con los Highlanders en tiempos de Montrose y estuvo nuevamente en las colinas con Glencairn en el año de 1652; y cuando volvió el rey Carlos II ¿quién gozaba más de su favor sino el señor de Redgauntlet? 

Fue armado caballero en la corte de Londres por la propia espada del rey. Y como era prelatista acérrimo vino a estas tierras, fiero como un león, con el nombramiento de teniente (y, por lo que sé, de loco) para aplastar a los Whigs y a los Covenanters del país. Y no se anduvo con contemplaciones. 

Porque los Whigs eran tan tercos como fieros los caballeros y se trataba de ver quién se cansaría primero. Redgauntlet era partidario de emplear mano dura y su nombre era tan conocido en el país como los de Claverhouse o Tom Dalyell. Ni valle, ni ladera, ni montaña, ni cueva servían para ocultar a la pobre gente de las montañas cuando Redgauntlet salía en su persecución con cuernos de caza y sabuesos, como si de ciervos se tratase. 

Y la verdad es que, cuando alcanzaban a alguien, no se andaban con más ceremonias que con un corzo. Tan solo le preguntaban: «¿Quieres prestar juramento?» Y si no: «Preparados, listos, ¡fuego!», y allí yacía el renegado.


Temido y odiado era Sir Robert a lo largo y ancho de la región. La gente pensaba que tenía tratos con el diablo, que era inmune al acero, y que las balas rebotaban en su armadura como el granizo en la piedra, que tenía una yegua que podía transformarse en liebre en la pared de Garrifragawns, y más cosas por el estilo, que contaré más adelante. La maldición más suave que le dirigían era: «¡Que el diablo se lleve a Redgauntlet!»

Sin embargo, no era un mal amo para los suyos, y sus vasallos le querían. Y los escuderos y soldados que cabalgaban con él durante las persecuciones, como llamaban los Whigs a aquellos tiempos turbulentos, hubieran estado dispuestos en cualquier momento a brindar a su salud hasta quedarse ciegos.

Pues bien, habéis de saber que mi abuelo vivía en los dominios de Redgauntlet. El lugar se llamaba PrimroseKnowe. Mi familia había vivido allí desde los tiempos de los bandoleros y aun antes. Era un sitio agradable, y estoy convencido de que el aire es más fresco y sano allí que en ninguna otra parte de la comarca. Hoy día está desierto. Hace sólo tres días estuve sentado en el roto umbral de la puerta y me alegré de no poder ver la ruina en que se había convertido.

Pero me estoy desviando de mi historia. Allí habitaba mi abuelo, Steenie Steenson, que había sido en su juventud algo bribón y un poco vagabundo y era un buen gaitero. Era famoso tocando Hoopers and Girders y no había en Cumberland quien le superase con Jockie Latin

Desde Berwick a Carlisle no había nadie mejor en la backlilt. Los hombres como Steenie no tienen madera de Whig, así que se hizo Tory, como los llamaban entonces, lo que ahora llamamos jacobitas, simplemente porque sentía una especie de necesidad de pertenecer a uno de los dos bandos. 

No les tenía inquina a los Whigs y le gustaba poco ver correr la sangre, aunque, obligado como estaba a seguir a Sir Robert cuando salía a cazar, a reclutar, de vigilancia o de guardia, vio hacer muchas cosas malas y puede que no pudiese evitar hacer algún daño a su vez.


Resulta que Steenie era un poco el favorito de su señor, y conocía a toda la gente del castillo, y a menudo le mandaban buscar para que tocase la gaita mientras se divertían. Al viejo Dougal McCallum, el mayordomo, que había servido a Sir Robert en las duras y en las maduras, en los buenos y en los malos tiempos, en la adversidad y en la fortuna, le gustaba muchísimo la gaita, y de ahí le venía a mi abuelo su buen cartel ante el señor, porque Dougal hacía lo que quería con su amo.

Bueno, llegó la Revolución, que debiera de haber roto los corazones de Dougal y su amo. Pero el cambio no fue tan grande como ambos se temían y otros deseaban. Mucho fanfarronearon los Whigs sobre lo que le iban a hacer a sus viejos enemigos, y en especial a Sir Robert Redgauntlet. 

Pero había demasiados señores importantes comprometidos en el asunto como para poder hacer tabla rasa y empezar el mundo desde los cimientos, así que el Parlamento hizo la vista gorda; y Sir Robert, salvo que tuvo que conformarse con cazar zorros en vez de Covenanters, siguió siendo el hombre que siempre había sido. 

Sus fiestas eran tan ruidosas y sus salones estaban tan bien iluminados como siempre, aunque es posible que echara de menos las multas de los no conformistas que solían irle a engordar la despensa y la bodega; porque lo cierto es que empezó a interesarse por las rentas de sus vasallos mucho más de lo que acostumbraba. 

Y estos se esforzaban por pagar a tiempo ya que, si no, el señor se disgustaba muchísimo. Y era tan temible que nadie se atrevía a provocar su ira, pues profería tales juramentos, se ponía tan furioso y adquiría un aspecto tan terrible que la gente pensaba que era el mismísimo demonio.


Bueno, mi abuelo no era un buen administrador, tampoco es que fuera despilfarrador, pero no tenía la virtud del ahorro, y se atrasó en dos recibos de la renta. Consiguió salir del primer aprieto el domingo de Pentecostés con buenas palabras y canciones de su gaita, pero, al llegar el día de San Martín, el oficial de guardia le transmitió la orden de que se presentase con la renta un día determinado o tendría que exiliarse del señorío. 

Arduo trabajo le costó conseguir el dinero. Pero tenía buenos amigos y por fin consiguió reunir el importe, mil monedas de plata. La mayor parte del dinero procedía de un vecino al que llamaban Laurie Lapraik, un zorro astuto. Laurie poseía todo tipo de riquezas, le ponía una vela a Dios y otra al Diablo y era Whig o Tory, pecador o santo según soplasen los vientos. 

Era un maestro en este mundo de la Revolución, pero le gustaba bastante un soplo de aire mundano de vez en cuando y alguna que otra canción de gaita y, sobre todo, pensó que hacía un buen negocio con el dinero que le prestaba a mi abuelo a cambio de todos los bienes de PrimroseKnowe como garantía.


Allá que se fue mi abuelo al castillo de Redgauntlet, con la bolsa pesada y el corazón ligero, contento de escapar a la ira de su señor. Bueno, pues lo primero de lo que se enteró en el castillo fue de que a Sir Robert le había dado un ataque de gota del enfado, porque no había aparecido antes de las doce. No era sólo por el dinero, creía Dougal, sino porque no le gustaba tener que prescindir de mi abuelo. 

Dougal se alegró mucho de ver a Steenie y lo condujo al gran salón de roble, y allí estaba el señor sentado en completa soledad, excepto por la compañía de un mono feo y grande que era su animal favorito; era una bestia maligna que gastaba muchas bromas pesadas —difícil de complacer y fácil de enfadar—, correteaba por todo el castillo parloteando y gritando, robando y mordiendo a la gente, sobre todo cuando iba a hacer mal tiempo o iba a haber problemas de gobierno. 

Sir Robert lo llamaba Mayor Weir, como a un brujo que habían quemado; y a muy poca gente le gustaba, ni el nombre ni la criatura —creían que había algo extraño en ella—, y mi abuelo no se sintió precisamente feliz cuando la puerta se cerró tras él y se encontró solo en la habitación con el señor, Dougal McCallum y el Mayor, cosa que nunca antes le había ocurrido.


Sir Robert estaba sentado o mejor dicho tendido, en un gran sillón, con su magnífica bata de terciopelo y los pies sobre un taburete, porque sufría de gota y arenilla, y su rostro estaba tan pálido y descompuesto como el de Satanás. El Mayor Weir estaba sentado frente a él, con una casaca roja de encaje y la peluca del señor en la cabeza, y juro que cuando Sir Robert se retorcía de dolor, el mono lo hacía también y formaban una pareja tan perversa como aterradora. 

El abrigo de cuero del señor colgaba de una percha a su espalda, y el sable y las pistolas estaban a su alcance; porque conservaba la vieja costumbre de tener las armas preparadas y un caballo ensillado día y noche, como solía hacer cuando aún podía montar a caballo y salir en persecución de cualquier montañés de que tuviera noticia. Algunos dicen que era por temor a que los Whigs intentaran vengarse, pero yo opino que era simplemente una vieja costumbre, pues no era hombre que se asustara por nada. 

El libro de cuentas, con sus tapas negras y sus cierres de cobre, estaba frente a él; y había un librillo de canciones obscenas entre las páginas, para mantenerlo abierto en el sitio en que figuraba la evidencia de que el buen hombre de PrimroseKnowe estaba atrasado en el pago de sus rentas e impuestos. 

La mirada que Sir Robert dirigió a mi abuelo parecía querer helarle el corazón en el pecho. Puede que hayáis oído decir a la gente que al fruncir las cejas se le formaba el dibujo de una herradura profundamente incrustada en la frente, como si se la hubiesen estampado allí.


—¿Vienes con las manos vacías, tú, hijo de una gaita desinflada? Brrrrr... si es así...

Mi abuelo, poniendo la mejor cara que pudo, dio un paso adelante y puso la bolsa del dinero sobre la mesa, con movimientos rápidos, como quien está muy seguro de lo que hace. El señor se apresuró a atraerla hacia sí:

—¿Está todo, Steenie?

—Su Excelencia comprobará que sí —dijo mi abuelo.

—Bien, Dougal, dale a Steenie una copa de brandy abajo, mientras cuento el dinero y le extiendo el recibo.

Pero apenas si habían terminado de salir de la habitación cuando Sir Robert dio un grito que conmovió los cimientos de roca del castillo. Volvió Dougal corriendo, volaron los lacayos, grito tras grito daba el señor, a cuál más horrible. Mi abuelo no sabía si quedarse o salir corriendo, pero se aventuró a regresar al salón, donde el lío era tan fenomenal que nadie se preocupaba de quién salía o entraba. 

El señor daba terribles alaridos pidiendo agua fría para los pies y vino para refrescar la garganta. Y la palabra infierno —infierno, infierno y sus llamas— no se le caía de la boca. Y cuando le trajeron agua y sumergieron sus hinchados pies en el barreño gritó que estaba ardiendo; y muchos dicen que realmente burbujeaba y humeaba como un caldero en ebullición. 

Le tiró la copa a la cabeza a Dougal y gritó que le había dado sangre en vez de borgoña; y efectivamente, al día siguiente los criados limpiaron sangre coagulada de la alfombra. El mono al que llamaban Mayor Weir se retorcía y gritaba como si estuviese haciéndole burla a su amo. 

Mi abuelo estuvo a punto de perder la cabeza, olvidó el dinero y el recibo y salió disparado escaleras abajo; pero conforme corría, los gritos fueron haciéndose cada vez más débiles, se oyó un largo y tembloroso gemido y la noticia de que el señor había muerto se extendió por el castillo.


Bueno, mi abuelo se fue con las manos vacías confiando en que Dougal hubiera visto la bolsa del dinero y hubiera oído al señor hablar de redactar el recibo. El joven señor, ahora Sir John, vino de Edimburgo para arreglar las cosas. Sir John y su padre nunca se habían llevado bien. 

Sir John había estudiado para abogado y luego había tenido un escaño en el último Parlamento escocés y votado a favor de la Unión, habiendo obtenido, se creía, un buen bocado de las compensaciones. Si su padre hubiera podido salir de la tumba le hubiera partido la cabeza con las piedras de su propia lápida.


Algunos creían que era más fácil tratar con el viejo y rudo caballero que con el joven, a pesar de sus suaves maneras, pero ya hablaremos de eso más adelante.

Dougal McCallum, pobre hombre, ni lloraba, ni se lamentaba, sino que se paseaba por la casa como un muerto, pero dirigiendo, como era su deber, todos los preparativos para el grandioso funeral. Pero conforme se aproximaba la noche Dougal tenía cada vez peor aspecto y era siempre el último en irse a la cama, que estaba en una pequeña alcoba justo enfrente de la cámara que su amo ocupaba mientras vivió, y donde ahora yacía de cuerpo presente, como se dice. 

La noche del funeral, Dougal no pudo mantenerse callado por más tiempo. Olvidó su orgullo y le pidió al viejo Hutcheon que se sentara con él durante un rato. Cuando estuvieron en la habitación, Dougal se sirvió una copa de brandy y le sirvió otra a Hutcheon, y le deseó salud y larga vida y dijo que, por su parte, no le quedaba mucho de estar en este mundo. 

Porque todas las noches desde la muerte de Sir Robert, había sonado el silbato de plata desde la cámara mortuoria, como lo solía hacer por la noche, en vida de Sir Robert, para llamar a Dougal a que le ayudase a darse la vuelta en la cama. Dougal dijo que, al estar solo en aquel piso de la torre (porque nadie quería velar a Sir Robert Redgauntlet como se vela a cualquier otro cadáver) no se había atrevido a responder a la llamada, pero que ahora su conciencia le reprochaba el haber descuidado su deber; porque:


—Aunque la muerte libera del voto de obediencia —dijo McCallum— nunca romperé mi voto a Sir Robert; y contestaré a su próximo silbido, así que te ruego que te quedes conmigo, Hutcheon.

Hutcheon no sentía deseo alguno de hacerlo, pero había luchado y pasado penalidades junto a Dougal y no iba a fallarle en aquel aprieto; así que los dos sirvientes se sentaron ante una copa de brandy y Hutcheon, que era algo clerical, hubiera leído un capítulo de la Biblia, pero Dougal no quiso oír sino un párrafo de David Lindsay, cosa que no era precisamente lo más adecuado.

A medianoche, cuando la casa estaba silenciosa como una tumba, se oyó el sonido del silbato, tan claro y penetrante como si Sir Robert estuviera tocándolo, y allá que se levantaron los dos viejos servidores y se dirigieron tambaleándose a la habitación donde yacía el muerto.

Hutcheon vio lo suficiente al primer vistazo, porque había antorchas en la habitación que le mostraron al maldito diablo en persona, sentado sobre el ataúd del señor. Se desplomó como un muerto y no pudo decir durante cuánto tiempo yació en trance en la puerta, pero cuando volvió en sí, llamó a su compañero y, al no encontrar respuesta, alertó al resto de la casa. 

Dougal fue encontrado muerto a dos pasos de la cama donde estaba colocado el ataúd de su señor. Respecto al silbato, este había desaparecido por completo, pero muchas veces se lo oía en lo alto de la casa, en las almenas y en las viejas chimeneas y torreones donde anidan los búhos. Sir John acalló el incidente y el funeral transcurrió sin más contratiempos.


Cuando todo hubo terminado y el Señor empezó a poner orden en sus asuntos, todos los vasallos fueron llamados a pagar sus atrasos y mi abuelo lo fue por toda la suma que se suponía que debía. Bueno, pues allá se va para el castillo a contar la historia, y allí fue llevado a presencia de Sir John, sentado en la silla de su padre, de luto riguroso, con brazalete y corbata negras y un pequeño estoque de paseo junto a él, en vez del viejo sable que, con la hoja, la empuñadura y la funda, pesaba un quintal. 

Tantas veces he oído contar la conversación que sostuvieron que casi me parece haberla presenciado, aunque aún no había nacido por aquel entonces.


—Le deseo felicidad, señor del gran asiento, el pan blanco y el ancho señorío. Su padre era un hombre amable para sus amigos y sirvientes; es un honor para usted, Sir John, llevar sus zapatos —sus botas debería decir— porque rara vez se ponía zapatos, a no ser las zapatillas cuando tenía la gota.

—Ay, Steenie —replicó el Señor, dando un profundo suspiro y llevándose el pañuelo a los ojos—, la suya fue una muerte repentina y el país lo echará de menos; no tuvo tiempo de ordenar sus asuntos, pero sin duda estaba preparado para Dios, que es lo que cuenta, y nos dejó una enredada madeja que deshilvanar. Ejem, ejem, Steenie... podemos ir al grano; tengo mucho trabajo que hacer y poco tiempo para hacerlo.

Y con esto abrió el libro fatídico. He oído hablar de algo a lo que llaman el libro del Juicio Final y estoy seguro de que era un libro de vasallos deudores.

—Stephen —dijo Sir John con el mismo tono de voz, suave y meloso— Stephen Stevenson o Steenson, apareces aquí con un año de atraso en el pago de tus rentas. Vencía el trimestre pasado.

Stephen: Por favor, Excelencia, Sir John, se lo pagué a vuestro padre.

Sir John: Entonces tendrás un recibo, Stephen. ¿Puedes presentarlo?

Stephen: No tuve tiempo, Excelencia, porque no había hecho más que entregar el dinero y justo cuando Su Excelencia Sir Robert, que en paz descanse, lo cogió para contarlo y extender el recibo, le asaltaron los dolores que le causaron la muerte.

—Mala suerte —dijo Sir John tras una pausa—, pero quizá lo pagaste en presencia de alguien. Sólo quiero una prueba palpable, Stephen. No pretendo aprovecharme de un pobre hombre.

Stephen: La verdad, señor, no había nadie en la habitación excepto Dougal McCallum, el mayordomo. Pero, como sabe Su Excelencia, ha seguido el mismo destino que su antiguo amo.

—Mala suerte otra vez —dijo Sir John, sin alterar la voz ni una octava—, el hombre al que le pagaste está muerto y el hombre que presenció el pago también, y del dinero, que debería haber aparecido, no hay ni rastro en los inventarios. ¿Cómo voy a creérmelo?

Stephen: No lo sé, Excelencia, pero aquí tengo anotadas cada una de las monedas; porque ¡Dios me ayude!, tuve que pedirlas prestadas a veinte bolsillos distintos, y estoy seguro de que todos estarán dispuestos a jurar para qué tomé prestado el dinero.

Sir John: No dudo de que tomaste prestado el dinero, Steenie. Es de la entrega del dinero a mi padre de lo que quiero alguna prueba.

Stephen: Puede que el dinero esté en algún sitio de la casa, Sir John. Y puesto que Vuestra Excelencia nunca lo recibió y Su Excelencia que en paz descanse no pudo llevárselo, puede que alguien de la familia lo haya visto.

Sir John: Preguntaremos a los criados, Stephen; es lo razonable.

Pero criados y criadas, pajes y caballerizos, todos negaron de firme haber visto nunca una bolsa de dinero como la que describía mi abuelo. Para empeorarlo, Steenie no había comunicado a ningún ser vivo que se proponía pagar la renta. Una doncella había notado que llevaba algo bajo el brazo, pero creyó que era la gaita.

Sir John Redgauntlet ordenó salir a los sirvientes y a continuación dijo a mi abuelo:

—Ahora, Steenie, ves que has tenido un trato justo; y puesto que no me cabe duda de que tú sabes mejor que nadie dónde encontrar la bolsa, te pido, de buenas maneras y por tu propio bien, que termines de una vez con este fastidioso asunto; o pagas o te vas de mis tierras.
 
—Que el Señor me perdone —dijo Steenie, ya agotados todos sus recursos—, yo soy un hombre honrado.

—Yo también, Stephen —dijo Su Excelencia— y también lo son todos los de esta casa, espero. Pero si hay algún granuja entre nosotros debe de ser aquel que cuenta una historia que no puede probar —hizo una pausa y añadió, con más seriedad—: si entiendo tu jugada, intentas aprovecharte de algunas habladurías maliciosas sobre mi familia y en especial sobre la repentina muerte de mi padre, para estafarme el dinero y quizá desacreditarme, insinuando que ya he recibido la renta que reclamo. ¿Dónde supones que puede estar el dinero? Insisto en saberlo.

Mi abuelo lo vio todo tan en su contra que casi se dejó llevar por la desesperación; sin embargo, se removió un poco, miró a todos lados y permaneció en silencio.

—Habla, bribón —dijo el señor, con el mismo aspecto de su padre, ese tan especial que tenía cuando se enfadaba (parecía como si las arrugas de la frente formaran la misma aterradora herradura en el ceño)—. ¡Habla! Quiero saber lo que piensas. ¿Crees que el dinero lo tengo yo?

—Lejos de mí afirmar tal cosa —respondió Stephen.

—¿Acusas a alguno de mis criados de haberlo robado?

—No me gustaría acusar a un inocente. Y si alguno fuera el culpable no tengo pruebas.

—En alguna parte tiene que estar el dinero, si hay algo de verdad en tu historia —dijo Sir John—, te pregunto dónde crees que está y exijo una respuesta.

—En el infierno, si de verdad quiere saber lo que pienso —dijo mi abuelo, sintiéndose completamente acorralado—; en el infierno, con el padre de Vuestra Excelencia, su mono y su silbato de plata.

Salió corriendo escaleras abajo (porque el salón no era un lugar seguro para él después de haber dicho tales palabras) y oyó al señor maldecirle a sus espaldas, con la misma soltura con que lo hacía Sir Robert, llamando a gritos al alguacil y al oficial de guardia. 

Cabalgó mi abuelo hasta la casa de su principal acreedor (aquel al que llamaban Laurie Lapraik) para ver si podía sacarle algo; pero cuando le contó la historia, no obtuvo más que los peores insultos de su repertorio —ladrón, mendigo y granuja fueron los más suaves—; y junto a los insultos sacó de nuevo a relucir la historia de que mi abuelo se había manchado las manos con la sangre de los justos, como si un vasallo hubiera podido negarse a cabalgar junto a su señor, y más junto a un señor como Sir Robert Redgauntlet. 

A estas alturas a mi abuelo se le había agotado la paciencia y cuando él y Laurie estaban a punto de echarse a las manos, tuvo la desfachatez suficiente de insultarle, tanto al hombre como a lo que este decía, y dijo unas cosas que hicieron ponerse lívidos a los que las oyeron; estaba fuera de sí, y además había convivido con gente que no se mordía la lengua.


Por fin les separaron y mi abuelo volvió a casa por el bosque de Pitmurkie, que, según dicen, está todo lleno de abetos negros —conozco el bosque, pero no sabría decir si los abetos son blancos o negros—. A la entrada del bosque hay un prado, y en el borde del prado una pequeña posada solitaria que en aquella época estaba a cargo de una posadera a la que llamaban Tibbie Faw, y allí el pobre Steenie pidió media pinta de brandy, porque no había tomado ningún refrigerio en todo el día. 

Tibbie insistió en que comiera algo, pero él no quiso ni oír hablar de ello, ni consintió en bajar de su cabalgadura, y se tomó todo el brandy en dos tragos, haciendo cada vez un brindis: el primero a la memoria de Sir Robert Redgauntlet, para que no descansara en su tumba hasta que hubiera hecho justicia a su pobre vasallo; y el segundo a la salud del Enemigo del Hombre si le devolvía el saco con el dinero o le decía lo que había sido de él, porque veía que todo el mundo iba a considerarle un ladrón y un estafador, y eso le sentaba aún peor que la pérdida de todos sus bienes.


Siguió cabalgando, sin importarle a dónde. La noche era oscura y los árboles la oscurecían todavía más, así que dejó al animal elegir su propio camino a través del bosque cuando, de repente, de estar cansado y agotado, el rocín empezó a trotar, galopar y encabritarse, hasta el punto de que mi abuelo apenas podía mantenerse en la silla. Y conforme sucedía esto, un jinete, acercándose de repente a él, le dijo:

—Una bestia valerosa la suya, amigo, ¿estaría dispuesto a venderla? —y diciendo esto, tocó el cuello del caballo con su fusta y este volvió a su antiguo trote cansino y vacilante—. Pero pronto se le acaba el valor, me parece —continuó el extraño— y lo mismo les ocurre a muchos hombres, que se creen capaces de grandes cosas hasta que les llega el momento de demostrarlo.

Mi abuelo apenas si prestó atención a sus palabras, sino que espoleó a su caballo con un:

—Buenas noches, amigo.

—Pero al parecer el extraño no era de los que dan fácilmente su brazo a torcer porque, cabalgase como cabalgase Steenie, siempre estaba a su lado. Por fin mi abuelo empezó a enfadarse y, a decir verdad, a asustarse.

—¿Qué quiere de mí, amigo? —dijo—. Si es un ladrón, no tengo dinero; si es un hombre honrado que quiere compañía, no tengo ánimos para hablar o bromear; y si quiere saber el camino, apenas lo conozco yo mismo.

—Si hay algo que te atormente —dijo el extraño— cuéntamelo, soy alguien que, aunque ha sido muy calumniado en este mundo, no tiene igual para ayudar a sus amigos.

Así que mi abuelo, más para aliviar su propia congoja que porque esperase ayuda alguna, le contó toda la historia.

—Estás en un buen aprieto —dijo el extraño—, pero creo que puedo ayudarte.

—Si puede prestarme el dinero y no espere que se lo devuelva en mucho tiempo... no sé de otra ayuda en la tierra —dijo mi abuelo.

—Puede que la haya debajo de ella —replicó el extraño—. Venga, seré sincero contigo. Podría prestarte el dinero a cambio de un contrato, pero puede que sintieses escrúpulos al ver los términos. Aun así puedo decirte que tus juramentos y los lamentos de tu familia han turbado el descanso de tu viejo Señor en su tumba y que si te atreves a aventurarte a ir a verle, te dará el recibo.

A mi abuelo se le pusieron los pelos de punta al oír la oferta, pero pensó que su compañero podía ser algún bromista que estaba tratando de amedrentarle y que quizá acabaría prestándole el dinero. Además, el brandy le infundía valor y estaba desperado por la angustia; así que le dijo que tenía suficientes agallas para ir a las puertas del infierno, y aún más allá, por aquel recibo. El extraño se echó a reír.

Bueno, pues siguieron cabalgando por lo más espeso del bosque cuando, de repente, el caballo se detuvo a la puerta de una gran casa; y, si no fuera porque sabía que el lugar estaba a diez millas de distancia, mi abuelo hubiera pensado que se trataba del castillo de Redgauntlet. 

Atravesando el arco de la vieja puerta, entraron en el patio. Vieron todo el frente de la casa iluminado y oyeron gaitas y violines, y había tanto baile y bullicio dentro como solía haber en la casa de Sir Robert en Navidades y en otras grandes ocasiones. Se apearon de sus caballos y a mi abuelo le pareció que ataba el suyo a la misma argolla a la que lo había atado aquella mañana cuando acudió a presentarse al joven Sir John.


—¡Dios! —exclamó mi abuelo— ¡si parece que la muerte de Sir Robert solo ha sido un sueño!

Llamó a la puerta del vestíbulo, como acostumbraba, y su viejo conocido Dougal McCallum, también como de costumbre, vino a abrir la puerta y dijo:

—Gaitero Steenie, ¿estás ahí, chico? Sir Robert ha estado llamándote.

A mi abuelo le parecía que estaba soñando. Buscó al extraño, pero había desaparecido por el momento. Por fin trató simplemente de decir:

—Hola, Dougal del Más Allá, ¿estás vivo? Creía que estabas muerto.

—No te preocupes por mí —dijo Dougal—, sino por ti; y cuida de no tomar nada de nadie aquí, ni comida, ni bebida, ni dinero, excepto el recibo que te pertenece.

Y dicho esto, le guio a través de salones y estancias que mi abuelo conocía muy bien, hasta llegar al viejo salón de roble; había en él ese mismo cantar, canciones profanas, escanciar vino, blasfemar y contar obscenidades que siempre había habido en el castillo de Redgauntlet en sus mejores tiempos. 

Pero ¡que Dios nos ampare! ¡Qué colección de juerguistas fantasmales se sentaban a la mesa! Mi abuelo reconoció a varios que hacía ya tiempo que se habían convertido en polvo, porque a menudo había tocado para ellos en el vestíbulo de Redgauntlet. 

Allí estaba el fiero Middleton, y el disoluto Rothes, y el astuto Lauderdale; y Dalyell, con la cabeza calva y barba hasta la cintura; y Earlshall, con la sangre de Cameron en sus manos; y el cruel Bonshaw, que desmembró a Mr. Cargill; y Dunbarton Douglas, dos veces traidor, a su patria y a su rey. Allí estaba el sanguinario abogado McKenyie que, por su sabiduría y su astucia mundana, había sido como un dios para el resto. 

Y allí estaba Claverhouse, tan bello como cuando vivía, con sus largos y oscuros rizos cayéndole sobre la casaca de encaje y la mano izquierda siempre en el hombro derecho, para ocultar la herida que la bala de plata le había hecho. 

Se sentaba aparte de todos los demás y los miraba con expresión melancólica y altiva; mientras, el resto aullaba, cantaba y reía de tal modo que la habitación retumbaba. Pero, de vez en cuando, sus sonrisas se contraían de manera tan horrible y sus risas eran tan salvajes que a mi abuelo se le pusieron azules las uñas y se le heló la médula de los huesos.


Los que servían las mesas eran los mismos sirvientes y soldados que habían ejecutado sus crueles órdenes en la tierra.

Estaba el Mozo Largo de Nethertown, que ayudó a tomar Argyle; y el que intimidó al obispo, al que llamaban el Sonajero del Diablo; y los malvados guardias con sus casacas de encaje; y los salvajes amoritas de las Tierras Altas, que derramaban sangre como si fuera agua; y muchos sirvientes altivos, de corazón soberbio y manos ensangrentadas, serviles con los ricos para hacerlos aún peores de lo que hubieran sido, despiadados con los pobres hasta convertirlos en polvo una vez despedazados por los ricos. Y muchos, muchos más iban y venían, tan atareados como en vida.

En medio de aquel terrible escándalo, Sir Robert Redgauntlet llamó con voz de trueno al gaitero Steenie, para que se acercase a la mesa principal, donde él estaba sentado, con las piernas extendidas y envueltas en franela; las pistolas estaban junto a él y el sable apoyado en la silla, justo como mi abuelo lo había visto por última vez en la tierra, incluso el cojín del mono estaba allí, pero no la criatura —no le había llegado la hora, probablemente, porque, al aproximarse, oyó decir a uno de ellos:

—¿No ha venido aún el Mayor? Y el otro contestó:

—Estará aquí antes de la mañana.

Y cuando mi abuelo se adelantó, Sir Robert, o su fantasma, o el diablo con su apariencia, dijo:

—Bueno, gaitero ¿has arreglado lo de la renta anual con mi hijo?

Con gran esfuerzo, mi abuelo consiguió el aliento suficiente para decir que Sir John no se conformaría sin el recibo de Su Excelencia.

—Lo tendrás a cambio de alguna melodía, Steenie —dijo la apariencia de Sir Robert—, toca para nosotros Veel Horldled Luckie.

Aquélla era una melodía que mi abuelo aprendió de un brujo, quien a su vez la había oído cuando estaban adorando a Satanás en sus aquelarres, y mi abuelo la había tocado algunas veces en las ruidosas cenas del castillo de Redgauntlet, pero siempre a disgusto. Y ahora, con solo mencionarla, sintió frío y, para excusarse, dijo que no llevaba la gaita consigo.

—McCallum, tú, hijo de Belcebú —dijo el terrible Sir Robert—, tráele a Steenie la gaita que tengo para él.

McCallum trajo una gaita que podía haber servido a Donald de las Islas. Pero, al ofrecérsela, le dio a mi abuelo un ligero codazo y, mirando de reojo con atención, Steenie vio que el caramillo era de acero y había sido calentado al rojo vivo. Así que tuvo buen cuidado de no tocarlo con los dedos. Se excusó de nuevo y dijo que estaba tan débil y asustado que no tenía bastante aliento para tocar.

—Entonces debes comer y beber, Steenie —dijo la figura—, porque poco más hacemos aquí; y no está bien que conversen un hombre harto y otro hambriento.

Pero aquéllas eran las mismísimas palabras que el sanguinario conde de Douglas dijo para entretener al mensajero del rey mientras le cortaba la cabeza a McLellan de Bombie en el castillo de Threave; y eso puso a Steenie aún más en guardia. 

Así que alzó la voz como un hombre y dijo que no había ido allí a comer, ni a beber ni a tocar la gaita, sino a recuperar lo suyo, a saber qué había sido del dinero que había pagado y a conseguir un recibo a cambio; y en ese momento se sentía tan valiente que instó a Sir Robert en nombre de su conciencia (no tuvo valor para decir el nombre sagrado) a que, si quería descansar en paz, no le tendiese más trampas y le diese lo que le pertenecía.


La aparición rechinó los dientes y se rio, pero sacó el recibo de una gran carpeta y se lo tendió a Steenie:

—Ahí tienes tu recibo, perro despreciable; y en cuanto al dinero, el hijo de perra de mi hijo puede ir a buscarlo a la Cuna del Gato.

Mi abuelo le dio las gracias y estaba a punto de retirarse cuando Sir Robert gritó:

—¡Detente, tú, condenado hijo de puta! No he terminado contigo. Aquí no hacemos nada gratis; tienes que volver dentro de doce meses, a rendir a tu amo el homenaje que le debes por su protección.

A Steenie se le desató la lengua de repente y dijo en voz alta:

—Me debo al servicio de Dios y no al vuestro.

No había terminado de pronunciar estas palabras cuando se hizo la oscuridad a su alrededor y cayó a tierra con tal fuerza que perdió a la vez la respiración y el sentido.

Cuánto tiempo yació tendido allí no supo decirlo, pero cuando volvió en sí estaba tendido en el viejo cementerio de la iglesia de Redgauntlet, justo en la puerta del panteón de la familia, y el escudo de armas del viejo caballero, Sir Robert, colgaba sobre su cabeza. 

Una densa niebla matinal se extendía sobre la hierba y alrededor de las lápidas, y su caballo pacía tranquilamente junto a las dos vacas del párroco. Steenie habría pensado que todo había sido un sueño de no haber tenido el recibo en la mano, claramente escrito y firmado por el viejo señor; tan solo las últimas letras del nombre eran un poco irregulares, como si hubiesen sido escritas por alguien víctima de un dolor repentino.


Profundamente preocupado, mi abuelo abandonó aquel triste lugar, cabalgó a través de la niebla hasta el castillo de Redgauntlet y con gran dificultad consiguió hablar con el señor.

—Bueno, ¿me traes la renta, bribón arruinado? —fueron sus primeras palabras.

—No —contestó mi abuelo—, no la traigo. Pero le traigo el recibo que Sir Robert me dio.

—¿Cómo, bribón? ¡El recibo de Sir Robert! ¡Me dijiste que no te había dado ninguno!

—¿Quiere Vuestra Excelencia ver si estas pocas líneas son correctas?

Sir John examinó cada línea y cada letra con gran atención y, por último, la fecha que mi abuelo no había notado. «En el lugar que me corresponde —leyó— a veinticinco de noviembre».

—¡Qué! ¡Eso fue ayer! Villano, debes de haber ido al infierno por esto.

—Lo obtuve del padre de Vuestra Excelencia; si está en el infierno o en el cielo no lo sé.

—Te denunciaré por brujo al Consejo Privado —dijo Sir John—, te enviaré junto a tu amo, el diablo, con ayuda de un barril de alquitrán y una antorcha.

—Tengo intención de presentarme yo mismo en la iglesia —dijo Steenie—, y decirles todo lo que vi ayer noche, que son cosas más apropiadas para ser juzgadas por ellos que por un ignorante como yo.

Sir John se detuvo, recuperó el control y quiso oír la historia completa; y mi abuelo se la contó punto por punto, como yo la he contado, palabra por palabra, ni más ni menos.

Sir John permaneció en silencio durante largo rato y por fin dijo, con gran comedimiento:

—Steenie, esta historia tuya afecta al honor de muchas familias nobles, además de la mía y si fuese una mentira para librarte de mí, lo menos que puedes esperar es que te perfore la lengua con un hierro candente, que será casi tan malo como abrasarse los dedos con un caramillo al rojo vivo. Pero puede que sea verdad; y si el dinero aparece no sabré qué pensar. Pero ¿dónde encontraremos esa Cuna del Gato? Hay gatos de sobra en el castillo, pero me parece que crían sin necesidad de cama o cuna.

—Es mejor que le preguntemos a Hutcheon —dijo mi abuelo—, conoce todos los rincones tan bien como... como otro antiguo servidor que ha desaparecido y al que no me gustaría nombrar. Bueno, pues Hutcheon, cuando le preguntaron, les dijo que había un torreón ruinoso, en desuso desde hacía largo tiempo, próximo a la torre del reloj, accesible solo por una escalerilla, porque la apertura estaba en el exterior y situada muy por encima de las almenas, al que desde antiguo se le llamaba la Cuna del Gato.

—Iré allí inmediatamente —dijo Sir John, y cogió (con qué propósito, solo el cielo lo sabe) una de las pistolas de su padre de la mesa del salón, donde habían estado desde la noche en que murió, y se dirigió apresuradamente a las almenas.

Era un lugar peligroso porque la escalerilla estaba vieja y carcomida, y le faltaban uno o dos peldaños. Sin embargo, Sir John trepó por ella y entró por la puerta de la torre, donde su cuerpo tapó la poca luz que se filtraba. Algo se abalanzó sobre él con violencia y casi lo tira de espaldas, la pistola del caballero se disparó y Hutcheon, que sostenía la escalera, y mi abuelo, que estaba a su lado, oyeron un fuerte alarido. 

Un minuto después Sir John lanzó el cuerpo del mono a los pies de ambos y gritó que había descubierto el dinero y que debían subir a ayudarle. Y allí estaba la bolsa con el dinero, efectivamente, y muchas otras cosas que se habían perdido hacía mucho tiempo.


Cuando Sir John hubo limpiado bien el torreón, condujo a mi abuelo al comedor, le cogió de la mano, le habló afablemente y le dijo que sentía haber dudado de su palabra, y que para compensarle en adelante sería un buen señor para él.

—Y ahora, Steenie —dijo Sir John—, aunque esa visión tuya, en general, acredita a mi padre como un hombre honrado que incluso después de muerto ha querido hacer justicia a un pobre hombre como tú, eres lo bastante sensato como para comprender que hombres malintencionados podrían poner en duda la salvación de su alma. 

Así que mejor le echamos toda la culpa a esa criatura ladrona, el Mayor Weir, y no decimos nada de tu sueño en el bosque de Pitmurkie. Habías bebido demasiado brandy para estar muy seguro de nada y, Steenie, este recibo (la mano le temblaba mientras lo sostenía) no es sino un extraño documento y lo mejor que podemos hacer es, creo, echarlo tranquilamente al fuego.


—Pero por muy extraño que sea, es la única garantía que tengo de haber pagado mi renta —dijo mi abuelo, que tenía miedo quizá de perder el beneficio del recibo de Sir Robert.

—Anotaré el importe a tu favor en el libro de rentas y te daré un recibo de mi propia mano —dijo Sir John— ahora mismo. Y Steenie, si eres capaz de mantener la boca cerrada sobre este asunto, a partir de ahora tendrás una renta más baja.

—Muchas gracias, Excelencia —dijo Steenie, que vio rápidamente cómo estaban las cosas—. Desde luego que seguiré en todo las órdenes de Vuestra Excelencia; solo que me gustaría hablar del asunto con algún hombre de la iglesia, porque no me gusta el emplazamiento que el padre de Vuestra Excelencia...

—No llames a ese fantasma mi padre —dijo Sir John, interrumpiéndole.

—Bueno, entonces, esa cosa que se le parecía tanto —dijo mi abuelo— habló de que tenía que regresar el mismo día al cabo de un año, y eso me pesa sobre la conciencia.

—Bien —dijo Sir John—, si estás tan angustiado puedes hablar con nuestro párroco; es un hombre justo, respeta el honor de nuestra familia y además creo que quiere conseguir mi protección. Y con esto mi abuelo estuvo enseguida de acuerdo en que se quemase el recibo y el señor lo tiró a la chimenea con su propia mano. Sin embargo, no ardió, sino que voló chimenea arriba con un cortejo de chispas y un ruido de cohete.

Mi abuelo fue a la casa del párroco y este, después de oír la historia, dijo que su opinión era que aunque mi abuelo había ido demasiado lejos en asuntos muy peligrosos, sin embargo, como había rechazado las arras del demonio (pues eso es lo que eran las ofertas de comida y bebida) y se había negado a rendirle homenaje tocando la gaita cuando se lo ordenó, esperaba que si de ahora en adelante se comportaba con circunspección, Satanás podría sacar muy pocas ventajas de lo ocurrido. 

Y desde luego mi abuelo, por su propia voluntad, estuvo durante bastante tiempo sin tocar la gaita ni el brandy y, hasta que no terminó el año y pasó el día fatídico, no hizo tan siquiera intención de coger el violín ni de beber whisky o cerveza.


Sir John contó la historia del mono a su manera, y hasta hoy día algunas personas creen que en aquel asunto todo se debió a la naturaleza ladrona del animal. Incluso hay quienes aseguran que no fue el Viejo Enemigo al que Dougal y Hutcheon vieron en la habitación del señor, sino a esa criatura, el Mayor Weir, brincando sobre el ataúd; y en cuanto al silbato del señor, oído después de su muerte, era el sucio animal, que lo tocaba tan bien como el propio señor, si no mejor.

Pero el cielo sabe la verdad y salió a la luz por vez primera por boca de la esposa del párroco, después de que Sir John y su marido estuvieran ambos en sus respectivas tumbas.

Entonces, mi abuelo, a quien le fallaban las piernas pero no el juicio ni la memoria —al menos no tanto como para que se le notara— se vio obligado a contar la verdadera historia a sus amigos, para defender su buen nombre. De otro modo le podían haber acusado de brujo.

El ojo sin párpado - Philarète Chasles

«¡Hallowe'en!, ¡Hallowe'en! –gritaban todos–. Esta noche es la noche santa, la bella noche de las hadas y de los demonios de las aguas. ¡Carrick!, y tú, Colean, ¿venís? Están todos los campesinos de Carrick–Border, nuestras Megs y nuestras Jeannies también vendrán. Traeremos buen whisky en botijos de estaño, cerveza humeante y el sabroso parritch (gachas de avena). Hace buen tiempo; la luna brillará; ¡camaradas, jamás las ruinas de Cassilis–Downans habrán visto un grupo más alegre!»

Así hablaba Jock Muirland, granjero, viudo, joven todavía. Como la mayor parte de los campesinos de Escocia era teólogo, tenía sensibilidad poética, gran bebedor y, sin embargo, muy austero. Le rodeaban Muidock, Will Lapraik y Tom Dickat. Sostenían esta conversación cerca del pueblo de Cassilis.

Sin duda ustedes no deben saber en qué consiste Hallowe'en: es la noche de las hadas y se celebra a mediados de agosto. Entonces se consulta al brujo del pueblo; todos los duendes bailan sobre los brezos, atraviesan los campos, y cabalgan sobre los pálidos rayos de luna. Es el carnaval de los genios y de los gnomos. 

Durante esta noche todas las grutas, todas las rocas, celebran su baile y su fiesta, no hay flor que no se balancee al soplo de una sílfide, ni mujer que no cierre cuidadosamente su puerta, por miedo a que un spunkie se lleve la comida de mañana y sacrifique a sus travesuras la comida de los niños que duermen abrazados en la misma cuna.

Esta era la noche solemne, mezclada de caprichos fantásticos y un secreto terror, que iba a celebrarse en las colinas de Cassilis. Imaginaos un terreno montañoso, ondulado como el mar, cuyas numerosas colinas están tapizadas de un césped verde y brillante; a lo lejos, sobre un escarpado pico, los muros almenados de un castillo en ruinas, cuya capilla, desprovista de techumbre, se ha conservado casi intacta y proyecta sus afinadas columnas, esbeltas como el ramaje desnudo en invierno. 

La tierra no es fecunda en este cantón. La dorada retama sirve de escondite a la liebre. El hombre que solo conoce el poder supremo en la desolación y el terror, ve estas estériles tierras como marcadas por el mismo sello de la divinidad. La fecunda e inmensa buena voluntad del Altísimo no nos inspira demasiada gratitud: lo que de él veneramos es su castigo y su rigor. 

Los spunkies danzaban sobre el menudo césped de Cassilis; y la luna, ya en el cielo, se veía grande y roja a través de la vidriera rota del gran portal de la capilla. Parecía estar suspendida como una gran rosácea amaranta, sobre la que se dibujaba un trozo de trébol de piedra truncada. Los spunkies bailaban.

¡El spunkie! Es una cabeza de mujer, blanca como la nieve, con largos cabellos ardientes. Dos bellas alas, ropajes sostenidos por finísimas y elásticas fibras se unen, no a la espalda, sino a los blancos y delgados brazos a los que contornean. El 
spunkie es hermafrodita; une a su rostro femenino la elegancia esbelta y frágil de la primera adolescencia viril. El spunkie solo lleva por vestido sus alas, tejido fino y desliado, suave y apretado, impenetrable y ligero, como las alas de un murciélago. Una sombra negruzca, fundida en púrpura azulada, parpadea sobre este vestido natural que se repliega alrededor del spunkie en reposo, como un estandarte alrededor del bastón que lo sostiene. Largos filamentos, que parecen acero bruñido, sostienen los velos con los que el spunkie se abriga; garras de acero arman sus extremos. Desdichada la mujer que se aventure por la noche cerca del pantano donde permanece acurrucado, o por el bosque que suele recorrer.

La ronda de los 
spunkies empezaba en las riberas del Don, cuando el alegre grupo seguido por mujeres, niños y niñas, se acercó. Los duendes desaparecieron de inmediato. Sus enormes alas, desplegadas a la vez, obscurecieron el aire. Parecían una bandada de pájaros levantando el vuelo súbitamente de entre los rosales espinosos. Por unos momentos se veló la claridad de la luna; Muirland y sus compañeros se detuvieron.

–¡Tengo miedo! –dijo una niña.
–¡Bah! –contestó el granjero–. Son pájaros salvajes que levantan el vuelo.
–Muirland –le dijo el joven Colean en tono de reproche–, vas a acabar mal, no crees en nada.
–Quememos nuestras nueces, rompamos las avellanas –prosiguió Muirland, ignorando los reproches de su camarada–; sentémonos y vaciemos nuestras cestas. Aquí tenemos un refugio ideal; la roca nos protege; el césped nos ofrece una mullida cama. El gran diablo no perturbará mis pensamientos, que saldrán de estos botijos y de estas botellas.
–Pero los bogillies (
Espíritus de los bosques) y los brownillies (Espíritus de las landas) pueden encontrarnos aquí –dijo tímidamente una joven.
–El cranreuch (
Viento del norte) se los lleve –interrumpió Muirland–. Rápido, Lapraik, enciende cerca de la roca un fuego de hojas muertas y ramaje; calentaremos el whisky; y si las chicas quieren saber qué marido el buen Dios o el diablo les reserva, tenemos con qué satisfacerlas; Borne Lesley ha traído espejos, avellanas, grano de lino, platos y mantequilla. Muchachas, ¿no es todo lo que necesitan para sus ceremonias?
–Sí, sí –respondieron las jóvenes.
–Pero ante todo, bebamos –prosiguió el granjero, quien, por su carácter dominante, su fortuna, su bodega bien provista, su granero abarrotado de trigo y sus conocimientos agrícolas, había adquirido una cierta autoridad en el cantón.

Ya saben, amigos lectores, que de todos los países del mundo, Escocia es el que posee las clases inferiores mejor instruidas, pero más supersticiosas. Preguntarle a Walter Scott, este sublime campesino escocés, que debe su grandeza a esta facultad que recibió de Dios de representar simbólicamente la idiosincrasia nacional. 

En Escocia, se cree en todos los gnomos, y se discuten, en las cabañas, temas de la más abstracta filosofía. La noche de Hallowe'en está especialmente consagrada a la superstición. Entonces nos reunimos para vislumbrar el futuro. Los ritos necesarios para obtener este resultado son conocidos e inviolables. No hay religión más estricta en su cumplimiento. 

Era sobre todo esta ceremonia llena de expectativas, en la que cada uno es a la vez sacerdote y brujo, la que los habitantes de Cassilis consideraban como el final de su excursión y la distracción de su noche. Esta magia rústica posee un encanto difícil de expresar. Para decirlo de algún modo, nos detenemos en el punto límite entre la poesía y la realidad; nos comunicamos con las fuerzas infernales, sin renegar por ello de Dios; los objetos más vulgares se transmutan en objetos sagrados y mágicos; sobre una espiga de trigo y una hoja de sauce creamos esperanzas y temores. 

De acuerdo a la costumbre no se inician los sortilegios de Hallowe'en, hasta la medianoche, cuando consideran que toda la atmósfera está invadida por seres sobrenaturales, y en la que no solo los spunkies, principales actores del drama, sino también todos los batallones de la magia escocesa tomen posesión de sus dominios. 

Nuestros campesinos, reunidos desde las nueve, pasarán el tiempo cantando estas viejas y deliciosas baladas en las que un lenguaje melancólico e inseguro se combina tan bien con el ritmo brusco, con una melodía que desciende de cuarta en cuarta por medio de extraños intervalos, con un singular empleo del género cromático. 

Las chicas, con sus abigarradas capas escocesas y sus vestidos de sarga, de una impecable limpieza; las mujeres, con la sonrisa en los labios; los niños, ataviados con estas preciosas fajas rojas atadas a la rodilla que les sirve a la vez de liga y de adorno; los jóvenes, cuyos corazones latían más aprisa a medida que se acercaba el momento misterioso en que iba a ser consultado el destino; uno o dos viejos a quienes la sabrosa cerveza les devolvía la alegría de su juventud, formaban un grupo muy interesante, que Wilkie habría querido pintar, y que en Europa haría felices a todas las almas todavía accesibles, entre tantas emociones febriles, a las delicias de un sentimiento verdadero y profundo.

Muirland se abandonaba sobre todo a la ruidosa alegría que burbujeaba con la espesa espuma de la cerveza, y se comunicaba a todos los auditores.

Era uno de esos hombres a quienes la vida no logra dominar; y utilizan su poderosa inteligencia para luchar contra viento y marea. Una chica del cantón, que había unido su destino al de Muirland, murió al dar a luz a los dos años de matrimonio y este había jurado no volver a casarse jamás. Ningún habitante del pueblo ignoraba las causas de la muerte de Tuilzie; fueron los celos de Muirland. 

Tuilzie, delicada criatura, tenía apenas diecisiete años, cuando se casó con el granjero. Ella lo amaba y desconocía la violencia de su alma y el furor que era capaz de contener, el tormento diario que era capaz de infligir a sí misma y a las demás. Jock Muirland era celoso; la ingenua ternura de su joven compañera no le tranquilizaba. 

Un día, en pleno invierno, le hizo viajar a Edimburgo, para arrancarla de las supuestas seducciones de un joven laird (Terrateniente) a quien se le había antojado pasar la mala estación en su campiña. Todos los amigos del granjero, e incluso el cura, no dejaban de advertirle; él solo respondía que amaba ardientemente a Tuilzie y que se consideraba el juez más apropiado para determinar lo que podía contribuir a la felicidad de su matrimonio. 

Bajo el techo rústico de Jock, se oían a menudo quejas, gritos, sollozos; el hermano de Tuilzie había venido para exponer a su cuñado que había adoptado una conducta inexcusable; como consecuencia de este hecho se produjo una encendida discusión; la joven mujer languidecía por momentos. Al fin la pena que la consumía le ocasionó la muerte. 

Muirland cayó en una profunda desesperación que duró varios años; pero como en este mundo todo pasa, a pesar de su juramento de permanecer viudo, fue lentamente olvidando a la persona de quien él había sido un involuntario verdugo. Las mujeres, que durante muchos años lo despreciaron, lo perdonaron al fin, y la noche de Hallowe'en le volvía a encontrar tal como antes había sido, alegre, cáustico, divertido, buen bebedor y fecundo en maravillosos cuentos, en bromas rústicas, en altisonantes refranes que animaban la reunión nocturna y contagiaban su buen humor. 

Ya se habían agotado la mayor parte de las viejas leyendas tradicionales, cuando dieron las doce de la noche y propagaron a lo lejos el eco de sus vibraciones. Habían bebido mucho. Ahora llegaba el momento de las acostumbradas supersticiones. Todo el mundo excepto Muirland, se levantó.

–¡Busquemos el 
kail, busquemos el kail! –gritaron todos...

Hombres y mujeres se esparcieron por los campos, y volvieron uno tras otro con una raíz cada uno, arrancada del suelo: era el 
kail. Se trata de arrancar de cuajo la primera planta que uno se encuentra a sus pies; si la raíz está derecha, vuestra mujer o vuestro marido tendrán buena planta y belleza; si la raíz está torcida os casaréis con una persona contrahecha. Si queda tierra entre los filamentos, vuestro matrimonio será fecundo y feliz; si por el contrario, está desprovista de pelos y es pequeña, vuestro matrimonio durará muy poco. 

Imaginad las risas, el alegre tumulto, las bromas campesinas a las que da lugar esta búsqueda conyugal; se empujaban, se atropellaban precipitadamente, comparando los resultados de sus investigaciones; incluso los niños tenían su kail.

–¡Pobre Will Haverel! –exclamó Muirland, mirando la raíz que traía entre manos un muchacho–, tu mujer será tuerta, tu 
kail se parece a la cola de mi cerdo.

Luego se sentaron en corro, y cada uno probó el sabor de su raíz; cuando es amarga indica un mal marido; si es dulzona un marido imbécil; y en caso de ser olorosa, un esposo de buen humor. A esta gran ceremonia le sucedió la de tap–pickle. Las chicas deben recoger con los ojos vendados tres espigas de trigo cada una; si el grano que corona la espiga falta en una de ellas, no cabe la menor duda de que el futuro marido no le perdonará una sola ligereza cometida antes de las nupcias. 

«¡Oh, Nelly, oh, Nelly!, tus tres espigas carecían todas de tap–pickle, nadie te va a librar de las bromas. Es cierto que durante la misma víspera el granero de reserva había sido testigo de una larga conversación entre tú y Robert Luath.»

Muirland las miraba sin mezclarse activamente en sus juegos.

–¡Las avellanas, las avellanas! –gritaron.

Se sacó de una cesta una bolsa llena de avellanas y todos se acercaron al fuego que no habían dejado de mantener encendido. La luna brillaba pura y casi radiante. Cada uno tomó su avellana. Este sortilegio es célebre y venerado. Se distribuyen por parejas; se da a la avellana que cada uno ha cogido su propio nombre y al mismo tiempo se meten en el fuego la avellana bautizada con el nombre de la novia y la propia. 

Si las dos avellanas se queman lentamente una al lado de la otra, la unión será larga y tranquila; si las avellanas se rompen y se separan al quemarse; desgracia y separación en el matrimonio. A menudo es la chica quien se encarga de disponer en el fuego el doble símbolo al que está ligada toda su alma; y ¡cuál no será su tristeza cuando se da este divorcio, y cuando su futuro marido se aparta chispeando de su compañera!

Daban la una y todavía los campesinos no se habían cansado de consultar sus místicos oráculos. El terror y la fe que se mezclaban en estos sortilegios les conferían un nuevo atractivo. Los spunkies volvían a moverse por entre los juncos agitados. Las chicas temblaban. La luna, en lo alto del firmamento, se cubría con una nube. Se hizo la ceremonia de la maceta, la de la candela apagada, la de la manzana, grandes conjuraciones que no voy a descubrir. Willie Maillie, una de las muchachas más bonitas, sumergió tres veces su brazo en las aguas del Don, exclamando: 

–¡Mi futuro esposo, marido mío que todavía no existe!, ¿dónde está? Ahí tienes mi mano.

Tres veces había repetido el sortilegio, cuando la oyeron proferir un pavoroso grito.

–¡Dios mío!, el 
spunkie ha cogido mi mano –gritó.

Todo el mundo se precipitó a su alrededor, y todos temblaban, excepto Muirland. Maillie mostró su mano ensangrentada; los jueces de ambos sexos, a quienes una larga experiencia les confería habilidad en la interpretación de estos oráculos, convinieron sin vacilar que el arañazo no lo habían provocado, como afirmaba Muirland, las puntas de un junco espinoso, sino que el brazo de la chica presentaba realmente las huellas de las afiladas garras del 
spunkie. Todo el mundo reconoció que Maillie estaba amenazada por esta experiencia con tener en el futuro un marido celoso. El granjero viudo consideró que había bebido un poco más de lo conveniente.

–¡Celoso!, ¡celoso! –se exclamó.

Creyó ver en esta explicación de sus compañeros una alusión malintencionada a su propia historia.

–Yo –continuó Muirland vaciando un botijo de estaño lleno de whisky hasta los bordes–, preferiría mil veces casarme con el 
spunkie que volverme a casar. Yo he sabido en qué consiste vivir encadenado; preferiría permanecer encerrado en una botella herméticamente cerrada, con un mono, un gato o un verdugo por compañero. 

Yo estuve celoso de mi pobre Tuilzie: tal vez me haya equivocado; pero ¿cómo, os lo pregunto, no estar celoso?, ¿cuál es la mujer que no exige una continua vigilancia? No dormía por las noches, no la dejaba ni un solo momento en todo el día, no cerraba el ojo ni un instante. Los asuntos de mi mujer iban mal; todo languidecía. La misma Tuilzie palidecía ante mis ojos. ¡Que el matrimonio se vaya a los mil diablos!

Unos reían, los otros, escandalizados, se callaban. Quedaba todavía el último y el más temido de los sortilegios: la ceremonia del espejo. Uno se sitúa con una vela en la mano, ante un pequeño espejo; tres veces se sopla sobre el cristal, y tres veces se limpia repitiendo: «¡Aparece, marido mío!» o «¡Aparece, esposa mía!» Entonces, por encima del hombro izquierdo de la persona que consulta el destino, aparece claramente una cara que se refleja en el espejo; es la de la compañera o el marido invocado.

Nadie se atrevía, después del ejemplo de Maillie, a provocar a los poderes sobrenaturales. El espejo y la vela estaban en el suelo sin que nadie pensara utilizarlos para el sortilegio. El Don murmuraba entre los rosales; un largo trazo de plata, que temblaba sobre sus lejanas olas, era, ante los ojos de los campesinos, el rastro centelleante de los 
spunkies o espíritus de las aguas; la yegua de Muirland, su pequeña yegua de Highland de negra cola y blanco pecho rechinaba con todas sus fuerzas, signo evidente de que le rondaba un mal espíritu. 

El viento refrescaba; los tallos de los juncos balanceados provocaban un triste y largo murmullo; todas las mujeres empezaban a hablar del regreso; tenían muy buenas razones, reprimendas a sus maridos y a sus hermanos, consejos de salud para sus padres y una elocuencia doméstica a la que nosotros, reyes de la naturaleza y del mundo, nos resistimos en muy pocas ocasiones.

–¡Y bien! ¿Quién de vosotros se presentará ante el espejo? –preguntó Muirland.

Nadie respondió.

–Tienen muy poco valor –prosiguió–. El soplar del viento los hace temblar como al sauce. En cuanto a mí que jamás pienso coger mujer, como todos saben, porque quiero dormir, y como mis párpados no quieren cerrarse desde que me convierto en marido, me es absolutamente imposible empezar el sortilegio. Acaso piensan como yo.

Al fin, como nadie quería coger el espejo, Jock Muirland lo cogió.

–Yo voy a darles el ejemplo.

Entonces tomó sin vacilar el espejo fatal; fue encendida la vela y repitió bravamente el sortilegio.

–¡Aparece pues, esposa mía! –gritó Muirland.

Inmediatamente una cara pálida, cubierta de una cabellera rubia leonada, apareció sobre la espalda de Muirland. Se estremeció, se volvió para asegurarse de que ninguna de las muchachas del cantón estaba detrás suyo para simular la aparición. 

Pero nadie habría osado parodiar al espectro; y aunque el espejo se había roto al escaparse de la mano del granjero y caer al suelo, la misma cabeza blanca permanecía en su espalda, la misma cabellera ardiente: Muirland profirió un horrible grito y cayó de bruces en el suelo.

Hubieran visto a los habitantes del pueblo correr por todos lados, como las hojas esparcidas por el viento; sobre este lugar donde habían llevado a cabo hacía tan solo unos instantes sus diversiones rústicas, solo quedaron los despojos de la fiesta, el fuego apagado, los vasos y botijos vacíos y Muirland acostado sobre el césped. 

Los spunkies y sus acólitos regresaban con furia, y la tempestad que se preparaba en la atmósfera mezclaba con su canto sobrenatural este largo silbido que los escoceses designan de una manera tan pintoresca con el nombre de Sugh. Muirland, incorporándose, volvió a mirar sobre su espalda: siempre la misma cara. Esta sonreía al campesino, pero no decía nada y Muirland no podía adivinar si esta cabeza pertenecía a un cuerpo humano, pues solo se le aparecía cuando se volvía. 

Su lengua se paralizó, quedó adherida a su paladar. Intentó hablar con el ser infernal y probó en vano resucitar su valentía; cada vez que veía estos rasgos pálidos y los ardientes bucles, se estremecía de la cabeza a los pies. Empezó a correr con la idea de librarse de su acólito. Había desatado su pequeña yegua blanca y se disponía a poner el pie en el estribo cuando intentó todavía una última experiencia. ¡Terror!, siempre la misma cabeza, convertida en su inseparable compañera. 

Estaba atada a su espalda, como estas cabezas aisladas cuyo perfil los escultores góticos ponían a veces en lo alto de una columna o en el ángulo de una cornisa. La pobre Meg, la yegua del granjero, relinchaba con todas sus fuerzas y mediante frecuentes coces manifestaba cómo repercutía en ella el terror de su pobre dueño. 

El spunkie (pues debía ser uno de estos habitantes de los juncos quien perseguía al granjero), cada vez que Muirland se volvía, le miraba con dos ojos llameantes, de un azul profundo, sobre los que ninguna ceja dibujaba su sombra y ningún párpado velaba la insoportable claridad. Metió las dos espuelas; la misma curiosidad le empujaba constantemente a saber si su perseguidora estaba allí; esta no le abandonaba; en vano lanzó su yegua al galope, en vano el brezo y las montañas desaparecían y huían bajo el paso del animal; Muirland ya no sabía qué camino seguía, ni hacia dónde le conducía la pobre Meg. 

Solo tenía una idea en la cabeza, el spunkie, su compañero de ruta, o mejor su compañera, pues esta cara femenina tenía la malicia y la delicadeza propias de una joven de dieciocho años. La bóveda del cielo se cubría de espesas nubes que la disminuían por momentos. Jamás ningún pobre pecador se encontró solo y lanzado en medio de la campiña en una más satánica obscuridad. 

El viento soplaba como si quisiera despertar a los muertos; caía la lluvia diagonalmente empujada por la fuerza de la tormenta. Los rápidos fulgores del relámpago desaparecían devorados por las tenebrosas nubes que sobre ellos se cernían, de las que surgían largos, profundos y pesados mugidos. 

¡Pobre Muirland!, tu sombrero azul escocés, abigarrado de rojo, cayó, y no te atreviste a volverte para recogerlo. La tempestad redobló su furor; el Don desbordó de su cauce; y Muirland, después de galopar durante una hora, reconoció con dolor que volvía al mismo lugar del que había partido. 

La iglesia en ruinas de Cassilis se alzaba ante él; se hubiera dicho que el incendio abrasaba los restos de sus viejas pilastras; las llamas surgían por todas sus desiguales oberturas; las esculturas aparecían con toda su delicadeza sobre un fondo de lúgubres claridades. 

Meg no quería avanzar; pero el granjero, cuya razón ya no dirigía sus actos, y que creía notar esta terrorífica cara apoyada en sus hombros, hundía con tanta fuerza las espuelas en los flancos del pobre animal, que al fin cedió, a pesar suyo, a la violencia que se le imponía.

–Jock –dijo una voz dulce–, dejarás de tener miedo.

¿Se imaginan el profundo terror del desgraciado Muirland?

–Cásate conmigo –repetía el 
spunkie.

Mientras tanto huían hacia la catedral en llamas. Muirland, frenado en su carrera por las mutiladas columnas y los santos de piedra derribados, bajó de su montura; durante la noche había bebido tanto vino, cerveza y aguardiente, cabalgando tan extrañamente, que acabó por acostumbrarse a este estado de excitación sobrenatural; nuestro granjero entró con pie firme en la nave sin bóveda de la que surgían estos fuegos infernales.

El espectáculo que le sorprendió no lo había visto nunca. Un personaje agachado en medio de la nave sostenía, sobre su curvada espalda, una vasija octogonal de la que surgía una llama verde y roja. El altar mayor estaba cargado de sus viejos ornamentos religiosos. Demonios de ardientes cabelleras que se erizaban sobre sus cabezas estaban de pie sobre el altar en el lugar de los cirios. 

Todas las formas grotescas e infernales que la imaginación del pintor y el poeta han soñado se apresuraban, corrían, volaban, se balanceaban, se movían, se contorneaban de mil extrañas maneras. Las sillas del coro de los canónigos estaban ocupadas por graves personajes que conservaban los vestidos en perfecto estado. Pero sobre sus vestimentas se dibujaban manos de esqueletos, y de sus ojos socavados no salía resplandor alguno.

No diré, ya que el lenguaje humano es insuficiente, qué clase de incienso se quemaba en esta iglesia, ni qué abominable parodia de los santos misterios representaban los demonios. Cuarenta de estos duendes, encarnados en la antigua galería que en otros tiempos había sostenido el órgano de la catedral, tenían en sus manos gaitas escocesas de diversas dimensiones. 

Un enorme gato negro, sentado sobre un trono compuesto de una docena de estos señores, daba el tono con un prolongado maullido. La sinfonía infernal hacía vibrar los restos de las semiderruidas bóvedas y provocaba de vez en cuando la caída de escombros. 

Entre medio de este tumulto había bellas skelpies de rodillas; las habrían tomado por maravillosas vírgenes, si no fuera porque la cola demoníaca asomaba levantando las puntas de sus blancos vestidos; y más de cincuenta spunkies, con las alas extendidas o replegadas, bailando o en reposo. 

En las tumbas de los santos dispuestas simétricamente alrededor de la nave, había féretros abiertos, en los que el muerto, sobre un blanco sudario, aparecía con el cirio fúnebre en la mano. En cuanto a las reliquias sostenidas en el atrio, no me detendré a describirlas. 

Todos los crímenes cometidos en Escocia desde veinte años atrás habían acudido para preparar la iglesia en poder de los diablos. Allí habrían visto la cuerda del ahorcado, el cuchillo del asesino, el espantoso resto del aborto y los trazos del incesto. Habrían visto los corazones de los malvados ennegrecidos en el vicio y blancos cabellos paternos todavía colgantes de la hoja del puñal del parricida.

Muirland se detuvo, se volvió; la cara compañera de su camino continuaba allí. Uno de los monstruos encargados del servicio infernal lo tomó de la mano; él no opuso resistencia. Le condujeron al altar, siguió a su guía. Estaba dominado, sus fuerzas le habían abandonado. Todos se arrodillaron. Él se arrodilló. Cantaron extraños himnos, él nada escuchó; y permaneció allí, estupefacto, petrificado, esperando su suerte. 

Ahora los cantos infernales se hacían más ruidosos; los spunkies encargados del cuerpo de baile rodaban con más rapidez en su ronda infernal; las gaitas sonaban, chillaban, gritaban y silbaban con renovada vehemencia. Muirland volvió la cabeza para examinar su fatal hombro sobre el que un incómodo huésped había elegido domicilio.

–¡Ah! –exclamó, suspirando de satisfacción.

La cabeza había desaparecido.

Pero cuando su mirada deslumbrada y perdida se fijó sobre los objetos que le rodeaban, fue grande su sorpresa cuando vio, cerca de sí, de rodillas en un féretro, a una chica cuyo rostro era el mismo que el del fantasma que le había perseguido. 

Una camiseta escocesa de fino lino gris le cubría apenas hasta el muslo. Se le insinuaban los graciosos pechos y mostraba su blanca espalda, sobre la que caían dorados cabellos hasta el seno virginal que, debido a la ligereza de la ropa, se apercibía con toda su belleza. Muirland estaba conmovido; estas formas tan hermosas y delicadas contrastaban con todas las repugnantes apariciones que le rodeaban. 

El esqueleto que parodiaba la misa tomó con sus encorvados dedos la mano de Muirland y la unió a la de la chica; y este creyó sentir al abrazar a su extraña novia, la fina mordedura que el pueblo atribuye a las garras del spunkie. Esto ya era demasiado; cerró los ojos y se desmayó. 

Cuando aún no había logrado recuperar su lucidez, le pareció adivinar que manos infernales le volvían a poner sobre la fiel yegua que le había esperado a la puerta de la catedral; pero sus sentidos eran muy vagos, sus sensaciones indistintas.

Una noche así, como es evidente, dejó su huella en nuestro granjero; se despertó tal como uno se despertaría después de un letargo y quedó muy sorprendido al enterarse de que desde hacía unos días se había casado, que después de la noche de Hallowe'en había viajado hacia las montañas, de las que había traído una joven esposa, quien, en efecto, estaba a su lado en el lecho hereditario de su mujer.

Se frotó los ojos creyendo que soñaba, luego ya sin dudar, quiso contemplar a la que había elegido, ahora convertida en señora Muirland. Era por la mañana. ¡Qué bella era!, ¡qué dulce luz irradiaban sus prolongadas miradas!, ¡qué esplendor en sus ojos! No obstante, Muirland estaba sorprendido del extraño resplandor que emanaba de esos mismos ojos. 

Se acercó. Cosa extraña, su mujer, al menos así lo creía, no tenía párpados; grandes orbes de un azul obscuro se dibujaban bajo el arco negro de unas cejas de una curvatura admirablemente delicada. Muirland suspiró: el vago recuerdo del spunkie, de su carrera nocturna y de su terrible boda en la catedral, se le presentó súbitamente ante sí.

Al examinar con más detalles a su nueva esposa, creyó observar en ella todos los rasgos característicos de este ser sobrenatural, solo que un poco modificados, disimulados. Los dedos de la joven mujer eran largos y delgados, sus uñas blancas y afiladas; su rubia cabellera caía hasta el suelo. 

Permaneció como vencido por un profundo sueño. Sin embargo, todos sus vecinos le explicaron que la familia de su mujer residía en los Highlands; que justo al concluir la boda había cogido ardientes fiebres; que no era de extrañar que no tuviera ningún recuerdo de la ceremonia, ya que estaba enfermo, pero que pronto se encontraría bien con su nueva mujer, pues era guapa, dulce y buena ama de casa.

–¡Pero no tiene párpados! –exclamó Muirland.

La gente se le reía en las narices, pretendían que todavía le perseguían las fiebres; nadie, salvo el granjero, había notado esta extraña particularidad.

Llegó la noche; para Muirland era la noche de bodas, pues hasta este momento solo había sido marido formalmente. La belleza de su mujer le había conmovido, aunque según él, no tuviera párpados. Se prometió pues afrontar con resolución su propio terror, y por lo menos aprovecharse del singular favor que el cielo o el infierno le enviaba. 

En este punto pedimos al lector la concesión de todos los privilegios de la historia y pasar rápidamente por encima de los acontecimientos de esta noche: no diremos hasta qué punto la bella Spellie (este era su nombre) parecía todavía más bella con sus nocturnos atuendos.

Muirland se despertó, soñando que una sutil claridad solar inundaba la habitación baja en la que estaba el lecho nupcial. Deslumbrado por estos ardientes rayos, se levantó sobresaltado y vio los centelleantes ojos de su mujer mirándolo con ternura.

–¡Demonios! –exclamó–, realmente mi sueño es una injuria a su belleza.

Abandonó su sueño y dijo a Spellie mil cosas amables y tiernas, a las que la joven de las montañas respondió lo mejor que pudo. Spellie no había dormido en toda la noche.

«¿Cómo podrá dormir? –se preguntaba Muirland–. Pues no tiene párpados».

Y su peor espíritu volvía a caer en un abismo de meditaciones y de temores. Salió el sol. Muirland estaba pálido y fatigado; la granjera tenía los ojos luminosos como nunca. Pasaron la mañana paseándose por las orillas del Don. La joven esposa era tan bella que su marido, a pesar de su sorpresa y la fiebre que lo poseía, no pudo dejar de sentir admiración al contemplarla.

–Jock –le dijo esta–, te quiero tanto como querías a Tuilzie; tengo envidia de todas las muchachas de los alrededores, de tal forma que mira bien lo que haces, amigo mío. Seré celosa, os vigilaré de cerca.

Los besos de Muirland sellaron estas palabras; entretanto se sucedieron las noches y en medio de cada noche, los resplandecientes ojos no dejaban dormir al granjero; sus fuerzas sucumbían.

–Pero, querida –preguntó Jock a su mujer–, ¿es que no duermes nunca?

–¡Dormir yo!

–Sí, dormir. Tengo la impresión de que desde que nos hemos casado, no habéis dormido ni un instante.

–En mi familia, no se duerme nunca.

De las orbes azuladas de la muchacha emanaban rayos más ardientes.

–¡No duerme! –exclamó desesperado el granjero–, ¡no duerme!

Cayó vencido y aterrorizado sobre la almohada.

–¡No tiene párpados, no duerme! –repetía.

–No me canso de mirarte –contestó Spellie–, y de esta forma, te podré vigilar mejor.

Pobre Muirland. Los extraordinarios ojos de su mujer no le daban un momento de reposo; eran, como dicen los poetas, como astros eternamente alumbrados para deslumbrarle. En el cantón se compusieron más de treinta baladas dirigidas a los bellos ojos de Spellie. 

En cuanto a Muirland, un buen día desapareció. Tres meses habían pasado; el suplicio que había sufrido el granjero lo llevó a la desesperación, había agotado sus fuerzas; le parecía que aquella mirada de fuego le quemaba. Si volvía a los campos, si se quedaba en casa, si iba a la iglesia, siempre el mismo rayo terrible cuya presencia y esplendor penetraban hasta el fondo de su ser y le hacían temblar de horror. Acabó por detestar el sol, por huir del día.

El mismo suplicio que había sufrido la pobre Tuilzie se había convertido en el suyo; en vez de la inquietud moral que durante su primer matrimonio le había transformado en verdugo de su joven mujer, y a la que los hombres le dan el nombre de celos, se encontraba bajo la inquisición física e ineluctable de un ojo que nunca se cerraba: eran los celos también, pero convertidos en una imagen palpable, la inquisición convertida en tipo. 

Abandonó su granja, sus dominios, cruzó el mar y se hundió en los bosques de América septentrional, donde muchos hombres de su país habían fundado viviendas y construido tranquilamente su cabaña. Las sabanas de Ohio le ofrecían un seguro asilo, por lo menos así lo creía; prefería su pobreza, la vida de colono, la serpiente escondida en los espesos matorrales, una alimentación salvaje e insegura, a su casa de Escocia, bajo la que el ojo celoso y siempre abierto centelleaba para su tormento. 

Después de pasar un año en esta soledad, acabó por bendecir su suerte: al menos había encontrado la calma en el seno de esta naturaleza fecunda. No tenía la más mínima relación con Gran Bretaña, por miedo a tener noticias de su mujer; a veces, en sus sueños todavía veía aquel ojo abierto, aquel ojo sin párpado y se despertaba sobresaltado; pero este era todo el sufrimiento que tenía que soportar; se aseguró de que la vigilante y temida pupila ya no estaba cerca de él, no le penetraba, no lo devoraba con sus insoportables rayos y volvía a dormirse feliz.

Los narragansetts, tribu vecina de su vivienda, habían tomado por sachem o jefe a Massasoit, viejo enfermo y de pacífico carácter y con el que Jock Muirland estableció excelentes relaciones, al darle aguardiente, que él sabía destilar. Massasoit enfermó; su amigo Muirland le visitó en su choza.

Imaginen un wigwam indio, cabaña en punta, con un agujero por el que sale el humo; en medio de este humilde palacio, un fuego encendido; sobre las pieles de búfalo, extendidas por el suelo, el viejo jefe enfermo; a su alrededor los principales sagamores del cantón, chillando, gritando, llorando y haciendo tal ruido, que en vez de curar al enfermo hubieran enfermado a cualquiera en perfecta salud. 

Un powwow o médico indio dirigía el coro y la lúgubre danza. Resonaban los ecos vecinos por el ruido que provocaba esta extraña ceremonia: eran las oraciones públicas ofrecidas a las divinidades del país.

Seis muchachas se ocupaban de frotar los miembros desnudos y fríos del viejo: una de ellas, bastante guapa, de apenas dieciséis años, lloraba mientras cumplía este oficio. El sentido común del escocés le hizo ver que todo este aparato médico solo conseguiría la muerte de Massasoit; por su cualidad de europeo y blanco, pasaba por médico innato y se aprovechó de la autoridad que este título le confería, hizo salir a todos los vociferantes y se acercó al sachem.

–¿Quién se acerca? –preguntó el viejo.
–Jock, el hombre blanco.
–¡Oh! –respondió el sachem, tendiéndole su esquelética mano–, ya no nos veremos más, Jock.

Jock, aunque no tenía conocimientos médicos, se dio cuenta sin dificultades de que no tenía más que una indigestión; le socorrió, ordenó que todos se callaran, le puso a dieta, luego le cocinó un excelente potaje escocés, que el viejo tomó como medicina. 

En fin, que en tres días, Massasoit había vuelto a la vida; los gritos y los bailes de nuestros indios volvieron a empezar, pero estos himnos salvajes manifestaban alegría y gratitud. Massasoit hizo sentar a Jock en su cabaña, le dio a fumar de su calumet, y le presentó a su hija, la más joven y bonita de las que Muirland había visto en la cabaña.

–Tú no posees squaw –le dijo el viejo guerrero–, toma a mi hija y honra mis canas.

Jock tembló; se acordó de Tuilzie y Spellie, pensó hasta qué punto había fracasado en el matrimonio. No obstante, la joven 
squaw era dulce, ingenua, obediente. Una boda en los desiertos se lleva a cabo con muy pocas ceremonias; tiene escasas consecuencias funestas para un europeo. Jock se resignó, y la bella Anauket no le dio ningún motivo para arrepentirse de su elección.

Ocho días después de la boda, los dos, en una bella mañana de otoño, habían embarcado por el Ohio. Jock llevaba su fusil de caza. Anauket, acostumbrada a estas excursiones que componen toda la vida salvaje, ayudaba y servía a su marido. El tiempo era magnífico; las orillas de este hermoso río ofrecían a los amantes lugares encantadores. 

Jock había cobrado buenas piezas. Una pintada de brillantes alas hirió su mirada; apuntó, la hirió, y el pájaro, herido de muerte, cayó gimiendo, entre los espesos matorrales. Muirland no estaba dispuesto a perder una pieza tan magnífica; amarró su barca y corrió en busca del resultado de su conquista. 

Había chafado inútilmente varios matorrales y su obstinación de escocés le sumergía y hundía cada vez más en la espesura del bosque. Pronto se encontró rodeado de árboles de altas copas y en el centro de uno de estos espacios verdes naturales que se encuentran en las selvas de América, cuando un resplandor atravesó el follaje y llegó hasta él. Se estremeció: este rayo le quemaba; esta luz insoportable le obligaba a bajar la vista.

El ojo sin párpado estaba allí, vigilante y eterno.

Spellie había cruzado el mar; había encontrado el rastro de su marido y le seguía la pista; había mantenido su palabra y sus temibles celos abrumaban a Muirland con justos reproches. 

Corrió hacia la ribera, perseguido por el ojo sin párpado, vio el oleaje claro y puro del Ohio y enloquecido por el terror se precipitó en él. Este fue el fin de Jock Muirland. Está consagrado en una leyenda escocesa, y las mujeres la cuentan a su modo. Afirman que es una alegoría y que el «ojo sin párpado» es el ojo siempre abierto de la mujer celosa, el más terrible de los suplicios.