INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta maldad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta maldad. Mostrar todas las entradas

El mensajero de las sombras - David Zurdo

El chapoteo de la cascada subterránea era como un arrullo para los oídos de Miriam. Sólo allí se sentía a salvo, en la profundidad de una galería que, siglos antes, sirvió de conducto de ventilación para una antigua mina romana. Recordaba como si hubiera sido el día antes cuando su madre le mostró por primera vez su acceso, oculto en una pared de roca mediante ramas y arbustos que ella misma había colocado. Nadie en la aldea, salvo su madre, sabía de la existencia de esa entrada. «Si alguna vez te persiguen, escóndete aquí», rememoró las proféticas palabras que le dijo cuando Miriam tenía sólo ocho años. No le preguntó de qué podría verse obligada a huir ni por qué podría necesitar esconderse. A esa edad ya había sentido las miradas recelosas de los aldeanos y el temor que le tenían a su madre, e incluso a ella. 


Había corrido a esconderse en la mina tras huir de la abadía. Estaba hambrienta y tenía frío, pero confiaba en que nadie pudiera encontrarla allí. La oscuridad era total, aunque no le resultaba amenazadora. Al contrario, se sentía protegida dentro de ella, segura. Además, sólo le causaría inquietud ver los maderos colocados por los romanos para apuntalar la galería. El paso de los siglos y la humedad habían hecho estragos en ellos. Muchos estaban medio resquebrajados o peligrosamente torcidos. No tardarían en ceder del todo y hacer que la galería se colapsara, como había ocurrido con la mayoría del resto de la mina. Pero eso ya no le importaba. Había decidido dejar esa aldea en que había pasado toda su vida y probar suerte en cualquier otro lugar. Pensaba que no tenía elección si quería seguir viviendo, o al menos en libertad. 


Antes de marcharse para siempre iría una última vez a su casa. Se daba cuenta del riesgo, pero después de darle muchas vueltas llegó a la conclusión de que era necesario. No poseía casi nada, pero ese poco era todo lo que tenía. No mucho más que algunas ropas y los utensilios con los que hacía sus preparados y trataba de ganarse el pan de cada día. Sin unas y otros, le costaría aún más sobrevivir allá adonde fuera; ni siquiera llegaría a la población más próxima, pues se moriría de frío en el largo y duro camino. 


Se levantó y avanzó a oscuras sin vacilaciones, ayudándose sólo de una mano que iba rozando la pared de roca. Durante diez años se había obligado a memorizar cada recoveco de aquella mina, sus múltiples bifurcaciones, que se adentraban en la montaña y las profundidades de la tierra. Siempre pensó que eso quizá le salvara la vida si alguna vez tenía que huir. 


Redujo el paso al darse cuenta de que se acercaba al pozo, un imponente hueco vertical que se abría más adelante en el suelo. Ni siquiera su madre había sabido decirle qué profundidad tenía. Hacía mucho que se habían desmoronado los escalones de madera que permitían bajar por él a los buscadores de oro romanos. Sólo quedaban sus apoyos de piedra, firmemente insertados en las paredes verticales. De pequeña, Miriam se imaginaba que el pozo era tan hondo que llegaba hasta el mismo Infierno, si es que existía. 


Bordeó el hueco con cuidado, pegándose todo lo posible a la pared.
Nadie acudiría a salvarla si caía en él. Moriría sola y en la más completa oscuridad. Volvió a acelerar el paso y llegó a una nueva bifurcación. La galería de la derecha se sumergía en las entrañas de la mina. Ella tomó la otra, que llevaba al exterior. 

Llegó a la entrada oculta y retiró con cuidado los arbustos que la disimulaban. Ya era de noche, como suponía. Había estado esperándola para no toparse con nadie al regresar a la aldea y su casa. Salió de la mina y volvió a tapar concienzudamente el acceso. Podría haberlo dejado al descubierto, ya que no tenía intenciones de volver a usarlo, pero la costumbre es un tirano difícil de quebrantar. 

Avanzó campo a través mientras le fue posible, antes de verse obligada a tomar el camino hacia la aldea. Las tristes siluetas de las humildes viviendas eran sombras entre sombras. También las cruces que los aldeanos habían puesto por doquier, o pintado en sus puertas con sangre de animales sacrificados a su dios. Pensaban que así alejarían el Mal, pero Miriam sentía que ni todas las cruces del mundo serían capaces de ahuyentar a lo que notaba en cada fibra de su ser desde que cayó la estrella fugaz. 

Recordaba desde siempre ser capaz de percibir cosas que no conseguía explicar. En una ocasión, siendo todavía una cría, le preguntó la razón a su madre. «Eres como yo», fue la respuesta de ella, acompañada de una sonrisa melancólica. Luego le contó una historia sobre los orígenes de su familia y el colgante del que Miriam nunca se desprendía, su talismán. Lo acarició ahora, como entonces, con un gesto mil veces repetido. La historia empezaba más de dos mil años antes, en un lugar llamado Egipto, al otro lado del mundo; eso le dijo su madre. Aunque ya no fuera una niña, a Miriam seguía pareciéndole mágico el nombre de aquellas tierras desconocidas: «Egipto.» Según su madre, en esa época tan antigua había allí un poderoso sacerdote, el más poderoso de todos, a quien respetaba, e incluso temía, el propio faraón. «El faraón era el rey de Egipto, un dios en el cuerpo de un hombre», le explicó. A menudo pedía el consejo del sumo sacerdote, que tenía el poder de entrar en trance invocando al bienhechor dios Bes, y tener visiones de lo que iba a ocurrir. En una de ellas vio que algo terrible pasaría en un futuro muy lejano, un mal inimaginable que llegaría del cielo. 

En su visión aparecía también una mujer, una como ninguna otra, ungida por el propio dios Bes, protector de los malos espíritus. La distinguía una marca roja de nacimiento en su hombro derecho, con la forma de una estrella. «¡¿Como la mía?!», le había preguntado la pequeña Miriam, asombrada. «Como la tuya, así es. Exactamente igual que la tuya», respondió su madre, que tenía una marca idéntica justo en el mismo lugar. «Todas las mujeres de nuestra familia nacen con esa marca, porque todas venimos de aquella mujer egipcia, la que era especial... Como tú eres especial.» El sacerdote hizo un pacto con el dios Bes: entregarle su vida y su espíritu a cambio del de aquellos que morirían a manos de ese mal inimaginable. Durante largos años, buscó por todo Egipto a la mujer con la marca de la estrella. Cuando por fin la encontró, tuvo una hija con ella. Sus futuros descendientes se enfrentarían al mal caído del cielo. Ésa era su misión, su destino. Para protegerlos, fabricó un poderoso amuleto consagrado a Bes. Luego cumplió su parte del pacto, inmolándose a sí mismo al dios. Justo antes de morir, untó el amuleto con su sangre, para volverlo aún más poderoso. «Ese amuleto es el medallón que cuelga de tu cuello. Ha ido pasando de madre a hija desde entonces.» 

Miriam se había preguntado más de una vez si aquella historia era cierta o sólo algo imaginado por su madre. Ella no creía en el Bien y el Mal, ni en dioses ni demonios, sólo en la maldad de la mayoría de los hombres y en la bondad de unos pocos, como aquel fraile y el soldado que la habían salvado. O como el joven fray Alonso, que ahora yacía sin poder mover las piernas y a la espera de la muerte. Trató de advertirle aquel día de que no fuera tras el rastro de la estrella. Presintió que había llevado algo consigo. Algo... malo. No lograba darle un rostro ni una forma, o tan siquiera alguna explicación, pero era real como ella misma. Quizá fuera la propia Muerte, quizá fuera el mal que aquel sacerdote egipcio profetizó. 

Redobló las precauciones cuando llegó a la puerta de su vivienda, situada en el extremo de la aldea. Temía que estuvieran dentro esperándola, y esta vez no habría nadie dispuesto a defenderla. La celosía de la única ventana estaba cerrada. No conseguía recordar si ella la había dejado así o no, pero en cualquier caso le impidió escudriñar el interior de la casa. Pegó el oído a la puerta y escuchó, tratando de captar algún sonido delator. No oyó ninguno, y se sentía expuesta y vulnerable en el exterior, donde podrían verla si alguien se levantaba a hacer sus necesidades o por cualquier otra razón. 

Abrió la puerta y volvió a cerrarla deprisa después de entrar. Notó que había alguien dentro incluso antes de oír a una voz masculina decir: 

—Buenas noches. 

Miriam luchó torpemente con la puerta para intentar volver a abrirla y huir. El hombre fue más rápido y la agarró con fuerza de un brazo. A ella se le escapó un grito de rabia, que él se apresuró a ahogar tapándole la boca. 

—¡Cállate! —rugió el hombre. 

Miriam no se rindió. Clavó los dientes en la mano que la amordazaba y sacudió todo su frágil cuerpo, con codazos y pataleos, hasta que consiguió liberarse. 

Por fin logró abrir la puerta y lanzarse de nuevo a la noche. 

—¡Soy yo! —susurró el hombre a su espalda—. Soy José. 

Eso la hizo detenerse y mirar atrás. 

—¿José? 

—Entra antes de que alguien te vea —respondió el soldado. 

La joven dudó por un momento. Que le hubiera salvado la vida no le bastaba para fiarse de él. Nunca había confiado en nadie, salvo en su madre.
 —¡Entra! —insistió José. 

Lo que terminó de convencerla no fue su vehemencia, sino la nobleza que vio en sus ojos, a pesar de la sangre que le corría por la mano, donde ella lo había mordido sin contemplaciones. 

La puerta se cerró otra vez y el soldado se atrevió a encender una vela. 

—Casi me arrancas el dedo —se quejó, aunque sin rencor. 

Miriam no le pidió disculpas, sin importarle si era lo que él esperaba. José se sentó encima del camastro, como si fuera el dueño de la casa. Ella se mantuvo en pie donde estaba, cerca de la única entrada y dispuesta a huir de nuevo por ella en cuanto lo creyera necesario. 

—¿Qué haces aquí? —le preguntó—. ¿Qué quieres? 

—Estaba esperándote. He pasado horas buscándote por todas partes, hasta que se ha hecho de noche. No soy un hombre muy avispado, pero se me ocurrió que si no habías huido ya, quizá volvieras aquí antes de hacerlo. 

El soldado dio un repaso al interior de la vivienda. Los únicos muebles eran la cama y una alacena desvencijada, donde ella guardaba su escasa ropa, una manta raída y varios cacharros. En el fuego apagado del hogar había sólo unas cuantas perolas y otros utensilios de cocina, todo muy viejo y usado. 

—¿Qué quieres? —repitió Miriam. 

—Fray Gabriel quiere hablar contigo. 

—No tengo nada que decirle. 

Estaba decidida a recoger sus cosas cuanto antes y marcharse, como había planeado. Se puso a buscar dónde meter sus pertenencias. Entonces recordó lo que había guardado en un saco y escondido dentro de uno de los cajones de la alacena. Era un objeto que en realidad no le pertenecía. Lo robó de la abadía la noche en que murió el monje. No estaba donde ella lo había dejado. 

—¿Sabes? —dijo José—. Llevo media noche preguntándome qué es esto... 

Miriam le vio coger un saco del suelo al otro lado de la cama. Justo el mismo saco que ella estaba echando en falta. El soldado lo abrió y extrajo un objeto cúbico, de un negro imposible. 

—Está frío como el demonio —agregó José—. Y que el Diablo me lleve si he visto alguna vez algo parecido. 

—No sé qué es. 

Miriam decía la verdad, pero no toda. El soldado percibió ambas cosas. Se encogió de hombros y comentó: 

—Puede que fray Gabriel lo sepa. O que sea capaz de averiguarlo. Él es un hombre avispado como pocos. 

José volvió a meter el objeto en el saco y a depositarlo en el suelo, lejos de sí. Lo hizo con un movimiento en apariencia casual, pero Miriam juraría que le causaba inquietud. 

—Si no sabes lo que es —dijo el soldado—, al menos sabrás decirme de dónde lo has sacado. 

Miriam seguía teniendo dudas sobre si confiar o no en José. Una parte de ella le decía que podía hacerlo, pero si esa parte se equivocaba y le contaba al soldado toda la verdad, estaría perdida. 

—Si te lo digo, ¿dejarás luego que me vaya? 

—Te doy mi palabra. 

José no se llevó la mano al pecho ni hizo otro gesto ampuloso al decirlo. Nada que adornara su juramento para hacerlo parecer más férreo o convincente. 

—Está bien. Yo estuve en la abadía la noche en que murió aquel monje, Olegario. Quiero decir que estaba dentro de la abadía, en el mismo establo donde murió. 

Si al soldado le sorprendió esa revelación, no lo dejó traslucir. 

—Continúa. 

—Ese día, al atardecer, cayó algo del cielo. Pasó por encima de la abadía y se estrelló contra el otro lado del valle. Uno de los monjes, fray Alonso, fue a ver lo que era... No debió hacerlo —añadió sin pretenderlo, porque eso podría conducir a nuevas preguntas que no deseaba responder. 

—En la aldea me han hablado de esa bola de fuego... 

—Fray Alonso estaba como un lunático cuando salió a buscar dónde había caído. Nevaba mucho y empezaba a anochecer. Supongo que por eso el prior y otros monjes fueron tras él. No sé qué encontró ni qué le pasó, pero su caballo acabó muerto y él dejó de poder mover las piernas. Vi al prior y a los otros volver a la abadía. Fray Alonso casi no podía mantenerse sobre el caballo. Entonces supe que algo le había pasado. 

Miriam detuvo su historia. Ahora llegaba la parte que no quería contar, la que podría hacer que acabara enjaulada para siempre o incluso muerta. Y además iba a revelarle a un extraño la existencia del único lugar del mundo donde se sentía segura. 

—Sigue, te lo ruego. No tienes nada que temer de mí. 

—Hay una mina —soltó sin más, desarticuladamente—, una mina que dicen que fue de los romanos. La conocen todos en la aldea, pero creen que ya no hay forma de entrar en ella. Se equivocan. La entrada principal y todas las otras se derrumbaron hace mucho, antes de que existiera la aldea o hasta la abadía. Pero queda una entrada abierta, que mi madre conocía, aunque nunca he sabido cómo llegó a descubrirla. Desde entonces ha sido un secreto que he guardado sólo para mí. 

—Hasta ahora —comentó José, limitándose a atestiguar ese hecho. No había presunción alguna en sus palabras. 

—Hasta ahora, así es... Una de las galerías de la mina lleva a una entrada secreta dentro de la abadía. —Eso sí llamó la atención del soldado, que se puso más erguido—. Tampoco sé quién la construyó. Mi madre no estaba segura, pero pensaba que habían sido los romanos, y que conectaba con una fortificación que se dice que tenían donde está ahora la abadía. 

»Luego la aprovecharon los primeros monjes, como una forma de escapar si hacía falta. Ellos tenían que conocerla, porque la galería da a la cripta que hay debajo de la iglesia. 

—¿Y nadie la ha descubierto hasta ahora? 

—No lo sé. Espero que no. La entrada está en el sepulcro del patrón de la abadía. Dentro del sepulcro. 

—¿Está vacío? 

—Sí. Imagino que a nadie se le habrá ocurrido abrir nunca la losa que lo tapa. Pesa mucho menos de lo que parece y debajo hay un túnel estrecho que conduce a la mina. 

—Y tú entraste por él la noche en que mataron a ese monje, ¿no es así? ¿Para qué? 

—Intento usar la entrada lo menos posible, pero llevaba tres días sin comer. Todo lo que había en mi huerta se ha helado, en invierno es difícil encontrar en el campo algo que echarse a la boca, y cada vez me tienen todos más miedo... Casi nadie viene ya a mí para que los ayude a cambio de una hogaza de pan o un poco de leche. 

—¿No tienes a nadie que cuide de ti? ¿Un padre, una madre, algún otro familiar? 

—He aprendido a cuidar de mí misma. Mi madre murió, y también los familiares de que sabía. A mí padre no llegué a conocerle. Mi madre me contó que era un forastero, un hombre del norte de paso por la aldea, que la dejó preñada y se marchó. 

—¿Y entras en la abadía para robar comida? 

—Sólo cuando no me queda más remedio. Los monjes son los únicos a los que les sobra. Y, gracias a esa entrada, es más fácil robársela a ellos que a otros. Nadie ha notado nunca mis robos, o al menos nunca me han acusado de ellos. 

—¿Qué pasó la noche en que mataron a Olegario? 

—Entré en la mina y llegué a la entrada secreta de la abadía. 

—La que da al sepulcro del santo.
Miriam asintió. 

—Los monjes estaban celebrando en la iglesia el oficio de completas. —Con el tiempo, había aprendido la rutina diaria de la abadía. Tenía buenas razones para ello—. Siempre entro después de ese oficio, porque es cuando se van todos a acostar. Tuve que esperar a que acabara para salir. 

Se estremeció un poco al recordarse encerrada dentro del sepulcro de piedra, donde apenas cabía a pesar de su cuerpo menudo. No había nada en esta vida que odiara y temiera más que verse encerrada. 

Temía también siempre el momento de salir del falso sepulcro, que hubiera alguien fuera y la descubriera, aunque nunca se había encontrado con nadie dentro de la cripta. Estaba por debajo del altar y el suelo de la iglesia, y conectaba con ella mediante unos estrechos escalones en curva. Eso impedía ver el interior de la cripta a no ser que alguien bajara hasta ella. Además la protegía una verja cerrada con llave. Su madre le había dado una copia. 

Miriam siguió contando su historia. 

—Salí de la iglesia y fui al establo. 

—¿Estaba allí Olegario? 

—No, todavía no. Cuando yo entré estaba vacío. 

—¿Viste a alguien más? 

—No había nadie en la iglesia ni el patio. Y Olegario tampoco debía haber aparecido. A esa hora deberían estar todos los monjes en el dormitorio... Cogí una gallina del gallinero y le partí el cuello para llevármela. Hice unas marcas en la tierra para que pensaran que había sido un zorro. No iba a coger nada más, créeme. Sólo esa gallina, que me daría para comer durante más de una semana. 

»Entonces vi unas alforjas de cuero finamente repujadas. Pensé que alguien de la ciudad podría pagarme un buen dinero por ellas, con el que podría comprar comida para varios meses. Pero no las robé. Sabía que no podía llevármelas, porque llamaría demasiado la atención que desaparecieran. Dentro de las alforjas estaba eso. 

Miriam señaló el saco que contenía el objeto negro. No le contó a José que un estremecimiento feroz le sacudió el cuerpo la primera vez que lo vio, ni que la atrajo como la luz de los candiles a las polillas. Ni que se dijo que también ella quizá acabara quemándose, pero lo cogió de todos modos y lo metió dentro del saco de trigo donde ahora estaba. 

—Iba a marcharme ya cuando oí que alguien entraba en el establo —siguió—. Me escondí detrás de unos fardos, pero había dejado olvidada la gallina en el suelo. No sé si Olegario llegó a verla, porque salí por una ventana. 

—¿No sabes cómo murió? 
—Le oí gritar. Fue un grito que helaba la sangre... Y luego perdí los sentidos. 

—¿Que perdiste los sentidos? 

—Fue más bien como si estuviera soñando despierta. Como una pesadilla, pero no la recuerdo. —La expresión de Miriam se volvió distante y asustada, sumida en aquel recuerdo—. Sólo me acuerdo de estar en mitad del patio cuando salí de aquella horrible pesadilla. Nunca he sentido tanto miedo... Volví corriendo a la cripta y a casa. Al día siguiente me enteré de que habían matado a Olegario. 

—¿Y tampoco había nadie allí, aparte de él y tú, cuando le oíste gritar? 

—No había nadie más. 

El soldado se revolvió, incómodo. No le gustaban los misterios ni las muertes que no tuvieran la simple explicación del acero de una espada o la punta de una flecha. 

—¿Ahora vas a dejar que me marche? —le preguntó Miriam—... Deberíais iros también, tú y el fraile. Y todos los de la aldea y la abadía. Intentad convencerles, quizá a vosotros os presten oídos. Este lugar está ahora maldito. 

El soldado se puso en pie y se le acercó. Ella retrocedió un paso. 

—¿Cómo lo sabes? ¿Eres de verdad una bruja? 

Los ojos verdes de Miriam refulgieron con ira antes de contestar. 

—¡¿Una bruja?! ¡Eso piensan! ¡Todos ellos! Pero piden mi ayuda cuando sus mujeres no consiguen quedarse preñadas o cuando a sus hombres no se les levanta el colgajo que tienen entre las piernas. Yo... 

Se calló sin terminar lo que iba a decir. Su madre le había enseñado que las personas como ellas sólo podían sobrevivir si no llamaban la atención más de lo necesario, si se mantenían calladas. Y ella ya había hablado de más. 

—Yo no necesito tu ayuda —afirmó José—. No quiero dejar preñada a ninguna mujer y mi colgajo se levanta como el sol cada mañana. 

Ella se fijó en la expresión socarrona de aquel joven apuesto y valiente. Le había salvado la vida sin conocerla y ni siquiera se lo había agradecido. Por primera vez en mucho tiempo, sonrió. 

El soldado levantó la mano que Miriam le había mordido y colocó delicadamente dos dedos sobre esa sonrisa. El primer instinto de la joven fue apartar el rostro, pero luego lo volvió hacia él para mirarlo cara a cara. Agarró la mano de José, enorme entre las suyas, y recorrió sus propios labios con los dedos de él, todavía extendidos, y la giró para acariciarse la mejilla con el dorso. Él llevó por sí mismo la mano a la otra mejilla. Miriam cerró los ojos, y abrió los labios apenas un suspiro ante el contacto de la piel encallecida del soldado. 
José empezó a aflojar el cordón que ceñía bajo el cuello el sayo de Miriam. Era de una lana burda y mal tejida, y la única ropa que la cubría. Debajo sólo estaba su cuerpo esbelto y desnudo. Por él resbaló el sayo hasta caer al suelo, a sus pies. El soldado contempló su vulnerable desnudez a la luz de la vela. La marca de nacimiento de su hombro, el pelo negro, los ojos intensamente verdes, la piel blanca, los senos pequeños y firmes, la curva de su vientre y sus caderas, el fruto prohibido de Miriam. 

—Qué hermosa eres —susurró, creyendo que lo había dicho sólo dentro de su cabeza. 

Se desnudó él también, de forma atropellada y sin dejar de mirarla. Después la cogió en brazos. Ella le permitió que lo hiciera. La llevó hasta la cama en un abrazo apretado, piel contra piel, carne contra carne, compartiendo y transmitiendo su tibieza, su deseo. 

Sintió un placer como nunca antes había sentido cuando José entró en ella, una unión como nunca creyó que fuera posible sentir. 

Miriam contempló al soldado, que dormía profundamente después de su encuentro carnal. Estaba desnudo, encima de la sábana. Quiso taparlo, pero sólo tenía una manta e iba a necesitarla para el camino. Apartó la vista para fijarse en el bulto que formaban sus pertenencias. Todo lo que tenía, su vida entera, cabía en un saco tan menudo... 

Rodeó la cama y se agachó junto al otro saco, donde estaba el objeto negro. Llegó a estirar la mano hacia él, pero se obligó a retirarla como si fuera a meterla en el fuego. No lo abrió para ver el objeto por última vez, por más tentada que se sintiera a hacerlo. Volvería a hechizarla como había hecho en la abadía, y no quería llevárselo consigo. Rogó, no sabía a quién, para que lo destruyeran. 

Se inclinó levemente sobre la cama y el soldado. 

—Márchate, José —susurró—. Haz que se marchen todos. 

Cogió el bulto con sus enseres y salió otra vez a la noche, sin hacer el menor ruido. Suspiró al dejar atrás las últimas casas de la aldea, no porque previera una futura añoranza, sino de puro alivio. En el descampado que se abría delante, el frío era cruel y la noche parecía más oscura de lo que debía ser. Y más despiadada. 

«Te espera un mundo duro, hija mía, pero yo cuidaré de ti», pensó, con una determinación salvaje. La semilla que el soldado había puesto dentro de ella iba a germinar y darle un hijo. Una hija. Lo supo con toda certeza, sin saber el porqué. 

Siguió caminando y llegó al humilladero sin cruz. Su cuerpo se tensó de repente en un espasmo atroz. El saco se soltó de sus manos, que se abrieron en una garra. Quiso gritar pero no pudo. Era incapaz de moverse. 

Se le quedaron los ojos en blanco y el mundo a su alrededor desapareció. Vio en su lugar el interior de la iglesia de la abadía, con la misma claridad diáfana que si estuviera en ella: la vela del sagrario, sus figuras de santos y mártires, el gran crucifijo tras el altar, que tanta inquietud le provocaba. 

Soñaba otra vez despierta, como le había ocurrido en la noche de la muerte de Olegario. Y en su pesadilla sintió un miedo negro y profundo inundándole el alma. Había alguien más allí... un fraile. 

—No, no vengas —susurró, aterrorizada—. ¡No entres!... ¡DIOOOS! 

Se desplomó en la tierra helada. Sus ojos desencajados podían ver de nuevo el camino y el humilladero. Se echó las manos a la garganta. Luchaba para robar un poco de aire. El horror la asfixiaba. Por fin logró engullir una bocanada de aire helado. Su cuerpo se sacudía, en el suelo, temblando de arriba abajo. 

Deseó con todas su fuerzas no recordar nada de lo que había visto, como la última vez. 

Pero su deseo no se cumplió. 

Anillo de humo - Silvina Ocampo

Recuerdo el primer día que viste a Gabriel Bruno. El caminaba por la calle vestido con su traje azul, de mecánico; simultáneamente, pasó un perro negro que al cruzar la calle, fue atropellado por un automóvil. 

El perro, aullando porque estaba herido, corrió junto al paredón de la vieja quinta, para guarecerse. Gabriel lo ultimó a pedradas. Desdeñaste el dolor del perro para admirar la belleza de Gabriel.

¡Degenerado! exclamaron las personas que te acompañaban.
Amaste su perfil y su pobreza.

Una tarde de Navidad, en la quinta de tu abuela, repartieron en las caballerizas (donde ya no había caballos sino automóviles), ropa y juguetes para los niños del barrio. 

Gabriel Bruno y una intempestiva lluvia aparecieron. Alguien dijo: Ese chico tiene quince años; no tiene edad para venir a esta fiesta. Es un sinvergüenza y, además, un ladrón. El padre por cinco centavos mató al panadero. Y él mató un perro herido, a pedradas.

Gabriel tuvo que irse. Lo miraste hasta que desapareció bajo la lluvia.

Gabriel, hijo del guardabarreras que mató no sé por cuántos centavos al panadero, para ir de su casa al almacén pasaba todos los días, con la esperanza tal vez de verte, por un callejón que separaba las dos quintas: la quinta de tu tía y la quinta de tu abuela materna, donde vivías.

Sabías a qué hora Gabriel pasaba, galopando en su caballo oscuro, para ir al almacén o al mercado, y lo esperabas con el vestido que más te gustaba y con el pelo atado con la más bonita de las cintas. 

Te reclinabas sobre el alambrado en posturas románticas y lo llamabas con tus ojos. Bajaba del caballo, saltaba el zanjón para acercarse a Eulalia y a Magdalena, tus amigas, que no lo miraban. ¿Qué prestigio podía tener para ellas su pobreza? El traje de mecánico de Gabriel las obligaba a pensar en otros varones mejor vestidos.

Hablabas a Eulalia y a Magdalena de Gabriel Bruno el día entero, en vano. Ellas no conocían los misterios del amor.

Todos los días, a la hora de la siesta, corriste sola al callejón. De lejos brillaba la cinta de tu pelo como un barco de vela en miniatura o como una mariposa: la veías reflejada en la sombra. Eras la mera prolongación de tu sentimiento: el cirio que sostiene la llama. A veces, en el camino, se desataba el moño; entonces, colocando la cinta entre tus dientes, te recogías el pelo y volvías a atarlo, arrodillada en el suelo.

Como tenía que haber un pretexto para que pudieras hablar con Gabriel inventaste el pretexto de los cigarrillos: llevabas plata en tu bolsillo, se la dabas a Gabriel para que fuera al almacén a comprarlos. Después fumaban, mirándose en los ojos. 

Gabriel sabía hacer anillos con el humo y te los soplaba en la cara. Reías. Pero estas escenas, tan parecidas a las escenas de amor, iban penetrando en tu corazón apasionado. Una vez unieron los cigarrillos para encenderlos. Otra vez encendiste un cigarrillo y se lo diste.

Era en el mes de enero. Jubilosas las chicharras cantaban con ruido de matraca. Cuando volviste a la casa, oíste que tu padre hablaba con tu madre. Era de ti que hablaban.
-Estaba en el callejón, con ese atorrante. Con el hijo del guardabarreras. ¿Te das cuenta? Con el hijo del que mató al panadero por cinco centavos. Hay que ponerla en penitencia.
-Son cosas de chica, no hay que hacer caso.
-Tiene once años ya - dijo tu madre.
No se atrevieron a decirte nada, pero no te dejaban salir sola. 

Fingías dormir la siesta y en vez de correr al callejón, después de almorzar, llorabas detrás de las persianas o del mosquitero.
Oíste, entre el casero y un ciclista, un diálogo insólito: hablaban de Gabriel y de ti. Dijeron que Gabriel se vanagloriaba en el almacén hablando de los cigarrillos que fumaban juntos. Decían que te había dicho palabras obscenas o con doble sentido.

Te escapaste a la hora de la siesta, corriste al cerco, para perder tu anillo. Gabriel pasó a la hora de siempre. Fuiste a su encuentro.
-Vamos -le dijiste -a las vías del tren.
-¿Para qué?
-Se cayó mi anillo al cruzar las vías ayer cuando fui al río.
Verdad y mentira salían juntas de tus labios.

Fueron, él a caballo y tú caminando, sin hablarse. Cuando llegaron a las vías del tren, él dejó su caballo atado a un poste y tú te arrodillaste sobre las piedras.
-¿Dónde perdió el anillo? -te preguntó, arrodillándose a tu lado.
-Aquí -dijiste, apuntando el centro de los rieles.
Bajaron las señales. Va a pasar el tren. Salgamos de aquí  exclamó con desdén.
-Quiero que nos suicidemos -le dijiste.

Te tomó del brazo y te arrastró afuera de las vías, justo a tiempo. Las sombras, la trepidación, el viento, el silbato del tren, con mil ruedas pasaron sobre tu cuerpo.

Para Semana Santa, Gabriel te siguió hasta la iglesia. Lo miraste dentro del aire con incienso de la iglesia, como un pez en el agua mira un pez cuando hace el amor. Fue la última entrevista. Durante veranos sucesivos, lo imaginaste deambulando por las calles, cruzando frente a las quintas, con su traje de mecánico azul y ese prestigio que le daba la pobreza. 

El Caguamo - Eraclio Zepeda

—El Primitivo es un mal hombre —decían en el pueblo las viejas y los arrieros

Había tenido que irse de Jitotol desde aquella noche en que mató a su mujer, la Eugenia. Desde entonces fue que ya no pudo quedarse más. Por eso prendió fuego a su casa y rompió todas sus pertenencias.

Eugenia Martínez se llamaba la Eugenia. Era bonita y fuerte. Hasta la cintura le llegaban sus largas trenzas negras. Primitivo, desde que la vio, sólo en ella estaba pensando. No descansó hasta no verla trepada en la manzana de su montura, pasando a galope los últimos jacales del pueblo. Aquella noche empezó la desgracia del Primitivo.

Primitivo Barragán la vio por primera vez una tarde en que regresaba de la milpa. Estaba la Eugenia lavando ropa en las piedras del río; aquellas piedrotas que parecían grandes tortugas blancas.

—Hasta que jallé al venao —se dijo Primitivo.

Quiso hablarle allí mismo. Que desde ese momento supiera por qué a Primitivo Barragán le decían el Caguamo. Quiso llevársela de una vez para su casa.

La vio largamente. Sus pechos desnudos, fuertes como naranjas. Sus brazos, hechos para el trabajo y la caricia. Sus gruesas piernas bajo la falda mojada. Así la estuvo viendo hasta que se decidió a hablarle.

Cuando ella le vio venir, se cubrió los pechos con el huipil colorado que había puesto sobre un matorral cercano; uno de esos matorrales que se han cambiado a la orilla del río porque ya conocen la época de secas.

—Qué pasó, Eugenia. Ya me habían dicho que así es como te llamás. No había pierde: ojo color de zacate bueno, tiene la Eugenia, me dijeron en la tienda de Joaquín. Y por aquí vos sos la única ansina.

La muchacha no contestó nada; ni le vio a la cara siquiera. Continuó lavando.

—Quería decirte que si querés jalar pa mi milpa y pa mi casa, pues de una vez vámonos encaminando. Hay que ser aprevenidos pal tiempo de aguas que es cuando se enfría la madrugada. Y luego no hay nadie pa estar platicando. Vos me gustás mucho y quero que te vengás conmigo. ¿Qué decís?

Eugenia recogió la ropa y corrió hacia el pueblo sin contestar. No dijo una palabra. Cuando dobló la vereda, por el palo de alcanfor, volteó la cabeza y sonrió. Pero no se detuvo ni dijo nada.

—Ansina ta mejor. Caballo que se deja montar a la primera es bestia que no tiene brío. Cuanti más si es potranca. A ésta hay que acostumbrarla antes de echarle la pierna. Ta mejor ansina.

Primitivo Barragán pensó en mujer toda la noche. Amaneció con la boca seca. Bebió café y ensilló a Sombreado, el caballo negro. Paso a paso se dirigió a la milpa. Siempre había querido tener la mejor parcela de los alrededores. Su tata le había enseñado el cariño a la tierra y a las grandes hojas del maíz —Machetón sin filo ni maldad—, decía, y esto es cosa que no se olvida ni después de muchas secas. 

El tata había muerto hacía ya dos años. Lo mató Ramiro Zozaya; pero antes de boquear el tata le cerrajó un tiro en la frente con el “30”, ese mismo "30" que el Caguamo aceitaba todos los sábados después de regresar de la cacería. Dicen los que  vieron caer a Ramiro Zozaya (Primitivo no estaba en el pueblo) que murió con la frente abierta como por un machetazo. 

El tata era bueno para manejar la carabina y no era cosa de dejarse matar así nomás. Tanto que había aprendido en la bola sobre cómo matar gente, no podía olvidársele de un jalón. Esto pasó hace dos años, y Primitivo no olvidó nunca a su padre, no olvidó nunca el buen sudor, oloroso a abono, que corre por la espalda con el esfuerzo de la tierra, y trabajaba más que ninguno en Jitotol.

Pero aquel día no quiso hacer nada. Llegó a la parcela y ni siquiera agarró la coa. Aquel día no quiso lo sin hacer nada. Se quitó la camisa y la arrojó, junto con el machete, a un lado. Se acostó a la sombra de un guanacaste y se acarició perezosamente el pecho.

Si sigo sin probar la Eugenia me voy a fregar. No me da ansia de hacer trabajo ni de cuidar las milpitas questán saliendo apenas. Sólo quero a la Eugenia. Pa qué voy a estar sobre la tierra si no puedo estar con ella. Me tiene como caballo reventado; puro suspiro sin jalar macizo.

Cuando el sol ya no se vio sino por encima de las últimas ramas del guanacaste, Primitivo montó en Sombreado. Tomó el rumbo del pueblo procurando pasar por el recodo del río donde la Eugenia había estado el día anterior. Allí estaba nuevamente. Ahora ya no tenía los pechos al aire; llevaba un hermoso huipil bordado y se había peinado sus grandes trenzas con uno de esos listones amarillos que vende don Joaquín.

—Ahora es cuando —pensó Primitivo.

Se acercó sin desmontar, hasta donde estaba la muchacha. Le vio a los ojos y ella sonrió. Así se estuvieron sin decir palabra hasta que las voces de otras mujeres se acercaron por la cañada.

—Mejor es que te vayás, Primitivo. Entre la gente que viene está mi nana. Si te ve se lo dice a mi tata y ya ves como es de bravo. Capaz que te reclame.

—Ah, qué la Eugenia. Hasta que te oyí de hablar. Y ya que es la oportunidad, te digo que anoche no pude dormir pensando en vos. Ya era muy noche cuando quedé. Recordé con el aviso del gallo y entoavía te sentía. Y de una vez, pa que lo sepás, estoy pensando que lo mejor es que te lleve pa la casa. Si no, solo voy a estar como torcaza, piensa y piensa, y no voy a atender las siembras ni los animales. Y si el viejo Martínez es tan bravo como decís, pos que se enoje de una vez por algo bueno.

Eugenia se levantó y sonrió con aquellos sus dientes que parecían granitos de arroz alineado.

Cuando aparecieron las mujeres que venían a lavar, Primitivo se perdió en el camino. Eugenia le vio irse con la sangre abultada.

El Caguamo Barragán era hombre estimado. Se le reconocía su empeño en las labores, su hombría y su gran honradez. Recordaban cómo había recobrado las vacas que los abajeños quisieron robarle el año pasado a doña Matilde. 

El las encontró por allá, por el rumbo de Tapilula, y desde ese lugar se trajo amarrados a los dos ladrones y al ganado completo. Hombre honrado era Primitivo y en Jitotol y las riberas era conocido y respetado. 

Primitivo Barragán no había matado gente, ni había robado, ni siquiera peleaba en la cantina, ni rompía botellas a balazos. No tenía enemigos. Primitivo Barragán era hombre cabal; eso sí: todo mundo sabía que el olor de mujer lo encabritaba y que luego luego agarraba camino para buscarlas. Por eso es que, por mal nombre, le decían el Caguamo.

Llegó al pueblo en la tardecita, a la hora de la última contada del ganado. Las muchachas estaban entrando a la iglesia y allí iba la Eugenia. Se cruzaron la vista y Primitivo hizo bailar a Sombreado enfrentito del atrio.

A esa hora ya las moscas están buscando acomodo. Ya no molestan con su manía de pararse en la cara de la gente. Los que hacen enojar son los zancudos, y en la tienda de don Joaquín es peor; la lámpara de gasolina los llama y se están vuela que vuela y picando a los que están por allí.

Primitivo entró a la tienda de don Joaquín y pidió un trago. Le gustaba sentir cómo el comiteco le rebotaba adentro como si fuera el agua de una cascadita.

No quiso hablar con nadie. Ni siquiera con don Jacinto. Se le vio espantar los zancudos nada más; y la garganta que le subía y le bajaba en cada toma de aguardiente.

El viejo reloj de campana, que don Joaquín luce orgulloso al lado de los pomos de brillantina, marcó las siete. Primitivo pagó con un billete húmedo y viejo.

Dijo adiós tocándose el ala del sombrero con su mano derecha.

Eugenia salió de la iglesia; al verlo, desvió el rumbo por la casa de doña Asunción. Primitivo alcanzó a ver los nervios de la muchacha al pasar por el quinqué de don Epitacio.

El Caguamo echó a trotar su caballo por la calle. Los cascos sacaban luces del empedrado: mazorca de la calle graneada de lajas.

Alcanzó a la Martínez por allá, por la cerca que tiene un palo de tamarindo. Allí le habló. Sólo don Magín González, que había salido a darle agua a sus bestias fue testigo. Vio cómo la Eugenia se reía de las cosas que le decía el Caguamo. Vio cómo él bailaba su caballo. Vio cómo la Eugenia se le fue acercando y cómo el Primitivo la tomó de la cintura con su brazo izquierdo (aquel brazo izquierdo al que tata Barragán enseñó a manejar la pistola igual que el derecho). 

Vio también cómo la alzaba hasta la manzana de la silla. También vio cómo le ponía la mano sobre los pechos cuando empezó el galope. Sólo don Magín González vio todo esto. Hasta que se perdieron por las últimas casas, lo estuvo viendo. Y él mismo se encargó de avisarle al viejo Martínez que la Eugenia había agarrado camino con el Caguamo.

Y allí empezó todo lo malo para Primitivo. Allí empezó a ser lo que ahora es. Allí empezó a irse por el camino chueco. Allí empezó a matar.

Primero fue al viejo Martínez.

El viejo Martínez le puso una emboscada. Estaba echando espuma por la boca desde que supo que el Primitivo se había llevado a su hija. No comía sólo de pensar que el Primitivo dormía con la Eugenia.

Al principio, realmente, el viejo no se enrabió tanto. Era una molestia que la Eugenia se hubiera ido así nada más, sin avisar, como si fuera una gallina que ya le anda por hallar al gallo. Era cosa muy de ver que la Eugenia quería hombre. Su natural se lo exigía. Ya estaba reventándose. Pero pudo haberle avisado a sus tatas para que arreglaran todo. Y aun así, la cosa estaba bien; pase esto. 

El Primitivo era un buen hombre; trabajador y honrado. Hasta en fuerza estaba bueno. Todo se hubiera compuesto y la gente se hubiera olvidado de que el Caguamo se la llevó sin dar aviso. Todo se hubiera arreglado. ¡Palabra que todo hubiera salido derecho!

Pero luego empezaron las habladas. La gente inventó cosas que dizque decía el Primitivo: que la Eugenia no era hija del viejo Martínez. Que él había visto el lunar que es marca de la familia de don Alfonso, el arriero; el mismo lunar que aquél lleva en la barriga, ella lo tiene, sólo que un poco más por abajo. Eso decían que el Caguamo andaba contando.

Luego dijeron que el Primitivo hacía caminar desnuda, por el camino, a la Eugenia, para que todos vieran el lunar.

Luego le fueron con el chisme, de que el Caguamo decía que no solo con don Alfonso había tenido que ver la nana Martínez. Que también con don Crescencio el de la finca "El Suspiro", y que con don Rodrigo Yáñez el juez de Tapilula se había ido a pasar unas noches, para arreglar no se qué asunto pendiente del viejo Martínez. Y que hasta con el cura de Ixhuatán había vacilado.

El viejo ya no se aguantó. Toda la gente decía los chismes. Le empezó a dar rabia. Ya no soportaba que la Eugenia viviera con el Primitivo Barragán. Empezó a contar que el Primitivo era hijo de una vieja alegre de Tapachula. Que le quedaba muy bien el apellido porque Barragán quiere decir hijo de querida. Y también contó que lo iba a matar. Que lo iba a venadear. Tanto lo dijo, que ya no pudo echarse para atrás.

Se escondió detrás de unas piedras al lado del camino. Allí esperó el paso del Primitivo. Era la única vereda de la milpa a la casa del Caguamo. A fuerzas tenía que llegar. En ese lugar estuvo esperando el viejo Martínez.

Acariciaba, nervioso, la escopeta de chispa que le había prestado su compadre Herminio, el del rancho "La Buena Fe". Buena escopeta era esa. Ya antes la había usado para matar a Gregorio López, aquel arribeño que quería quitarle una mujer que tenía en Pueblo Nuevo. También la había usado para tirar venados en las cacerías.

Todo el día había estado preparando la carga para la escopeta. Pura posta grande había escogido, y pólvora bien fina, alemana, de paquetito verde, para que no fuera a salir con su domingo siete. Para que de una vez quedara muerto el Caguamo. Para que se lo llevara el diablo de un jalón. El Primitivo era muy hombre, muy valiente, y si quedaba herido podía rebotarle la suerte.

Como pasó a la mera hora.

Todo el día estuvo pues el viejo Martínez arreglando la muerte del Barragán. Asoleó bien la pólvora para que estuviera bien seca y lista para el chispazo. Pesó bien la carga. Taponeó con ixtle escarmenado el cañón de la escopeta para hacer el primer taco de pólvora. 

Puso las postas revisándolas cuidadosamente, como si estuviera comprando cuentecitas de vidrio en la feria, para que ninguna estuviera defectuosa. Hasta le puso un huesito de muerto que diera la buena suerte. Todo lo hizo con esmero. Que nada quedara a la mano de Dios. Así fue que preparó la muerte del Caguamo.

De pronto le empezaron a temblar las piernas. Primero muy poco y después muy fuerte. Un sudor frío le corrió la frente y se le fue a meter por todo el cuerpo. Cualquier ruido lo hacía saltar. Ese estar esperando al Caguamo era interminable.

—Cuándo pasará el maldecido para que ya todo acabe de un tirón.

El viejo sintió que le faltaba el ánimo. Este muerto no sería como el de Pueblo Nuevo. Entonces estaba más joven y además había amigos cerca. Y era de noche y aquél venía borracho. Ahora el Caguamo era el del turno, y era fuerte el condenado. Tenía que romperle la cabeza o el pecho para que cayera bien; si no, podía salir perdiendo, como sucedió al fin de cuentas.

—Si tan sólo estuviera ya encañonado... galán va a dar la machincuepa desde el caballo.

Echó saliva en el grano de puntería.

Sentía un peso en la boca del estómago que le subía hasta el pecho. Creyó que no podría mover las manos. Probó y vio que le sudaban y estaban gomosas. Ya no sentía los testículos. Se limpió el sudor de la frente para que no le cayera en los ojos.

—Que ya venga el Caguamo; que asome de un jalón.

El cuero del dorso se le pegaba a las costillas y le oprimía los pulmones. Tenía fría la nariz y los dedos. Quiso hacer una necesidad pero tuvo miedo de que el Primitivo asomara en ese momento. No se movió.

—Maldecido Caguamo. ¿Cómo habrá averiguado lo de don Alfonso? Si no fuera por eso le perdonaba el tiro. Que ya pase de una vez...

El viejo volvió a revisar la escopeta. Tuvo un sobresalto por el brinco que dio, en el matorral, un zanate. Casi dispara a lo loco. Trató de calmarse.

Quiso fumar pero no tenía tabaco y el papel solo no sirve. El peso del estómago aumentó y le empezó a doler la cabeza.

Nervioso estaba el viejo Martínez cuando oyó los cascos de Sombreado. Se puso a temblar; tenía miedo. Y eso fue lo que le perdió. No tuvo calma a la mera hora.

Apareció por el camino el Primitivo Barragán; venía silbando y acariciaba el cuello de su caballo. El Sombreado estaba como presintiendo algo porque bufaba de pura nerviosidad. El Caguamo creyó que habría tigre cerca y sacó el "30".

Primitivo no se dio cuenta de cómo fue. De repente oyó el bramido de la mechera. Sintió un ardor en el brazo derecho. El Sombreado pegó un respingo y cayó de lado. Movía las patas de un modo terrible. Primitivo rodó hasta unas matas de chaya que se le encajaron hasta el alma; pero él ni siquiera sintió el ardor. Desde allí vio cómo el viejo Martínez se acercaba con el machete en alto para rematarlo. Sintió que el brazo le dolía. Vio a Sombreado muerto. 

El viejo se acercaba decidido al golpe. El Caguamo tomó el "30" que había rodado junto con él; fue más rápido que el viejo. Disparó el rifle y el tata Martínez dio una voltereta. Todavía, ya en el suelo, el Primitivo le disparó dos veces más. Pero ya no era necesario. Al viejo se le había abierto la frente desde el primer disparo. Ni siquiera se movió cuando cayó.

Primitivo se acercó al muerto. Le vio la cabeza. Allí estaba la marca; el mismo blanco que hizo el tata Barragán en el Ramiro Zozaya. El tata Barragán había enseñado todo a su hijo; hasta a matar, sin que él se propusiera enseñárselo. El brazo le dolía más. Sintió miedo por lo que había hecho. Le repugnaba pensar que había matado a un hombre, a un cristiano, al viejo Martínez tata de la Eugenia. Había sido hombre de orden el Primitivo y ahora ya debía una muerte. Sintió un escalofrío pero sonrió al ver al viejo todo sucio por el polvo del camino y con los pantalones mojados por el último susto.

Sombreado estaba muerto también. Primitivo hubiera llorado si no fuera por la rabia. Quiso quitarle la montura pero le fue imposible por la herida del brazo. Si no fuera porque su tata le había enseñado a usar la zurda igual que la derecha ahora estaría muerto. Fue con la izquierda con la que apuntó la boca de la carabina a la cabeza del Martínez.

Llegó a su casa todo sudado. El brazo sangraba y le dolía. La Eugenia le curó sin preguntarle nada.

En el pueblo se dijo que el Caguamo había matado al viejo Martínez. Lo había venadeado. Lo quiso matar para que el rancho del viejo pasara a propiedad de la Eugenia y él fuera el dueño. Por eso lo había matado dijeron en el pueblo. El viejo todavía pudo disparar y mató al caballo del Caguamo, pero éste lo remató con un tiro en la frente. Ese fue el mortal. Así dijeron en el pueblo.

Ya nadie se acordó del Primitivo Barragán que había traído presos a los abajeños ladrones de ganado; ya nadie se acordó del Primitivo Barragán trabajador. El Caguamo es un asesino. El Caguamo es un mal hombre. Así fue como se dijo en Jitotol.

Así empezó la desgracia del Primitivo Barragán.

Nada de esto supo la Eugenia sino hasta aquella noche, dos días después de la muerte del viejo Martínez, en la que quisieron apresar al Primitivo. Ya estaban acostados, clarito oyeron el ladrido del Catrín, luego, más quedito, un moverse de pies sobre la tierra del corral.

Primitivo se levantó de un salto. Sintió el olor de la muerte que se le metía por las narices, igualito que si le sonaran una patada en la cara. Agarró el "30" y espió por la ventana. Vio a los tres policías del pueblo que se acercaban con las carabinas listas; los vio cómo se ponían a cubierto, dos atrás de la canoa de sal para la vaca y el otro en el bramadero. Oyó una voz, la de Lorenzo Méndez cabo de policía, que le gritaba:

—Date preso, Caguamo. Te venimos a agarrar por la muerte del viejo Martínez.

La Eugenia pegó un respingo y empezó a dar de gritos. Y fue de un jalón que lo averiguó la Eugenia.

El Caguamo, el que le había dado el hijo que ahora llevaba madurándole la sangre, fue el que venadeó a su tata.

El Primitivo le dio un golpe para que se callara, pero ella gritó más. Tuvo que pegarle fuerte para que quedara en silencio. Cuando volvió a la ventana se dio cuenta que sólo el Lorenzo Méndez, cabo de policía, estaba en el mismo lugar, en el bramadero; a otro que asomó la cabeza, lo descubrió más oculto en la canoa. Pero al tercero no pudo encontrarlo.

Lo vio de pronto ya muy cerca. Allí nada más por el palo de cupapé que el tata Barragán sembró para darle fresco al corredor. Vio también cómo levantaba la carabina y de pronto, el disparo ronco y seco. La bala rompió una esquina de la ventana en donde estaba Primitivo.

Supo que iban a matarle. No podría convencerlos de la verdad. Supo que no había más remedio; había que defenderse. El del palo de cupapé volvió a disparar; el plomo pegó adentro de la casa e hizo pedazos el jarro del café. Vio que el Lorenzo Méndez también disparaba y tuvo que decidirse. Le disparó primero al Lorenzo, cabo de policía, que desde el bramadero gritaba que tiraran a dar, y fue el primero que cayó.

El del palo de cupapé quiso regresarse a la canoa pero la muerte lo agarró por la espalda y quedó boca abajo, antes de llegar.

El otro salió huyendo. El fue el que dio parte en el pueblo de la muerte del cabo Lorenzo Méndez y del policía Remigio Pérez.

En Jitotol creció el odio a Primitivo. Todos hablaban de él. Todos le maldecían. Dijeron que desde siempre fue malo. Que desde siempre fue un asesino. Su tata también había sido malo; también había sido asesino. Dijeron que desde chico ya Primitivo era de mala sangre: robaba en la iglesia, mataba gallinas a pedradas, golpeaba a los perros con un leño.

Primitivo Barragán estaba amolado. Todo cambió de pronto. Primero la muerte del viejo. Ahora la de los policías. Y él no había querido matar a nadie. El quería seguir siendo como fue hasta el día en que se robó a la Eugenia. Quería que le dejaran tranquilo en su milpa, en su casa y entre las piernas de la Eugenia. Que no lo hicieran seguir pecando.

—Honrado soy y quero seguir así. Hombre de ley fui yo, y no quero condenarme más. Nunca quise desgraciar cristianos. Me han buscado y tuve que romperlos pa que me dejaran. No quero que me sigan buscando. Soy gente de orden. Déjenme aquí tranquilo. Pronto va a parir la Eugenia, cuestión de que se tapisque la cosecha y quero que mi hijo nazca bueno, que no le digan que seguí matando.

Esto dijo Primitivo al hombre que llegó a su rancho a levantar a los muertos ese mismo día.

—Decí en el pueblo lo que te he confiado –gritó todavía al que se alejaba con los dos cadáveres atravesados en el lomo de una mula.

Nadie creyó sus palabras en Jitotol. Todos escupieron su nombre. Dijeron que era un maldito y, para acabarla, un desgraciado mosca muerta. —Un desvergonzado es el Caguamo.

Pero no hubo nadie que quisiera ir a apresarlo. Le tenían miedo. Ya su nombre daba miedo. Primitivo Barragán, el hombre querido y estimado se convirtió, en una semana, en el odiado y temido Caguamo Barragán. Pero nadie quiso ir en su busca; esperaban que la escolta federal pasara su visita dentro de un mes para que ellos le aprehendieran.

La Eugenia cambió todita. Ya no era la misma. Antes llegó a querer mucho al Primitivo. Se le hacían cortas las noches cuando su hombre la besaba hasta al amanecer. Se le había dado entera; como está escrito que sea. Enamorada estaba la Eugenia. Pero desde aquella noche de los policías, la Martínez cambió.

El recuerdo de la muerte del viejo le mordía los pezones. Y cuando sentía los brazos del que lo había matado, se le enchinaba el cuerpo y le daba rabia. Ya ni quería dormir con el Primitivo. Quiso quedarse en un rincón de la casa. Allí la fue a buscar el Caguamo y no la dejó sino hasta la madrugada. La Eugenia lloraba mucho.

Quiso irse varias veces, pero el Primitivo la encontró siempre a tiempo para obligarla a volver. Ya no era vida la que llevaba la Eugenia Martínez. Y el Caguamo, picado por sus desprecios, tampoco podía estarse quieto.

Muchas veces el Primitivo quiso explicarle cómo ocurrió la muerte del viejo, pero ella nunca quiso creerle.

—Vos sos el que mató al tata, y yo no quero dormir contigo —eso era lo único que le importaba.

—Oí, Eugenia: Yo no te traje a la juerza a mi casa. Los dos pensamos en que te vinieras porque nos moríamos de las ansias. Te quero mucho; y más ahora que tenés adentro mi hijo. Pero por la misma razón de que te quero y de que no te traje a la juerza no voy a tenerte obligada. Si ya no querés estar conmigo, te aseguro que en cuanto nazca el chiquitío te llevo pa tu casa. 

Lo que me interesa es el chiquitío. El me ayudará a ser bueno. En cuanto nazca, te llevo pa Jitotol. Pero mi hijo se va a quedar conmigo. Al fin que vos no lo querés porque lleva mi sangre, como me dijiste anoche. Hasta dijiste que es sangre maldita. Palabra que me dio harto sentimiento y muina. Si no hubiera sido por el que tenés adentro te hubiera matado y ahorita estaría yo más maldito todavía. Vos sabés Eugenia que no soy malo. Ellos me han hecho matar. Empezando por el viejo, tu tata. Vos no lo querés creer pero así es.

Esto le dijo una mañana el Primitivo a su mujer. Así fue como se lo dijo.

La Eugenia no contestó nada. Se quedó callada y empezó a llorar. Sólo llorando estaba desde la noche en que se murieron el Lorenzo Méndez y el otro.

El Caguamo no quiso quedarse más tiempo allí. Se fue para la parcela sin tomar café, sin esperar las tortillas, ni nada.

En la milpa trabajó todo el día. Desde que supo que la Eugenia y él habían hecho un hijo trabajaba más. Quería que el muchachito tuviera de todo. Que nada le hiciera falta. Por eso se estaba todo el día en la parcela cuidando las matas de maíz y frijol.

Allá se estuvo hasta que el sol se metió en el cerro.

—Es una alcancía en que los ángeles meten todos sus ahorros del día —dijo sonriendo Primitivo. Los pájaros buscaron ramas en los árboles y el Caguamo los veía feliz. Estaba contento. Hizo planes para vender la milpa, después de la cosecha, e irse por aquellos cerros donde la montaña es tupida. Allá la tierra es mejor todavía. Es cosa de desmontar nada más. Y no hay peligro de que lo obliguen a seguir matando. Podría tener el doble de tierra y entonces su hijo sería rico. Así pensaba el Caguamo mientras veía sus tierras.

Cuando el sol se perdió, atrás del cerro, el cielo se puso rojo, y las nubes se pusieron rojas, y la serranía de enfrente estaba como sangrando. Primitivo tuvo un estremecimiento.

—Sólo sangre veo desde que troné al viejo Martínez, Que se pudra..., —escupió el Caguamo, y tomó el regreso.

Ya no había caballo para él. Ya no había saludos para él. La gente se escondía cuando él asomaba. Ya no había amigos ni compadres, Ya no había aguardiente en la tienda de don Joaquín. Ya no había amor en los brazos de la Eugenia. Ya no había nada. Sólo estaba el hijo; y era suficiente.

Cuando llegó a su casa llamó a su mujer: nadie contestó. Solo Catrín estaba. La buscó por toda la casa y el corral, sin encontrarla, Sólo el Catrín estaba.

Buscó por todos los alrededores gritándole a la Eugenia. Al fin, la divisó entre unos matorrales a la orilla del arroyo. Le gritó pero no le contestó. Corrió hasta donde ella estaba.

Sintió un chorrito frío que le bajaba de la espalda cuando llegó. Quiso gritar pero no pudo.

La Eugenia estaba tirada en el matorral. No tenía la falda. Sus gruesas piernas estaban manchadas de sangre; y allí sin moverse, ni hacer nada, como muerta. No hablaba. sólo de vez en cuando, como que quería quejarse o llorar.

Primitivo sintió miedo. No sabía qué había pasado pero sintió miedo. Le habló y nada contestó la Eugenia. Lavó sus piernas y su vientre con el agua del arroyo y la llevó en brazos hasta la casa. Vio que tenía cerrada la mano derecha. Se la abrió con cuidado y cayeron unas hojas ya marchitas.

Se estuvo cuidándola hasta que la Eugenia empezó como a querer revivir. Le dio agua y secó el sudor de la frente.

Poco a poco la Eugenia se fue reponiendo. El no quiso preguntarle nada. Sólo quería que descansara.

De pronto la Eugenia comenzó a reírse como una loca, y a gritar, y a llorar, todo al mismo tiempo. Primitivo trató de calmarla.

Debe de haber sido por eso de las dos de la mañana porque ya los gallos estaban cantando cuando pasó todo esto. La Eugenia habló:

—Me vengué Primitivo, me vengué...

La miró extrañado sin comprender nada.

—Me vengué Caguamo...

Eso fue como un chicotazo para Primitivo. Estaba bien que en el pueblo le dijeran Caguamo, y él, a veces se decía así cariñosamente. Pero que lo dijera su mujer, ya era otra cosa. Sin embargo, se estuvo quieto.

La cara de la Eugenia estaba toda sudada y se agarraba el vientre y hacía muecas que Primitivo veía nervioso.

—Me vengué Caguamo... Vengué a mi tata. .. nada querías tanto en el mundo como a tu hijo. Sólo por él  me tenías aquí. No me dejabas regresar a mi casa nomás por él. Por eso me comí hoy la hierba para matarlo. Por eso lo saqué antes de tiempo. Me vengué Caguamo. .. tiré a tu hijo al arroyo. Ahora debe de ir por casa del diablo... me vengué Caguamo...

Así dijo la Martínez y se empezó a reír.

Primitivo sintió que le rompían el espinazo. Se quedó parado, como tonto, como venado cuando le echan la linterna.

De pronto se volvió loco. Se le echó encima a la Eugenia y la golpeó hasta que le sangraron las manos. No sabía lo que estaba haciendo. Tenía los ojos como los de los ahogados en el río. Después sacó el cuchillo que tenía para beneficiar los animales en las cacerías,  y con él se le fue otra vez encima a la Eugenia.

Dicen los que la encontraron, a los dos días, que no tenía nada sano en la barriga. El Caguamo la vació todita. ¡Quién sabe cuántas veces enterró el cuchillo y todavía se lo dejó adentro! Sepa el diablo cómo no se quemó la Eugenia, porque el Caguamo prendió fuego a la casa y rompió todo y mató al becerro que estaba en el corral y a la vaca que lamía la sal en la canoa.  Hasta a su perro el Catrín le pegó un machetazo; todavía lo hallaron agonizando. Como decía, quién sabe cómo no se quemó Eugenia: donde estaba el petate en que la encontraron fue lo único que respetó el fuego.

El Caguamo agarró camino para la montaña. Sólo muy pocos supieron en donde estaba, y no lo dijeron nunca. La tropa llegó y no pudo prenderlo.

Primitivo se fue a la selva. Se quedó en uno de los cerros más altos. Abrió un claro en la montaña y allí sembró maíz, lejos de todos los que le conocían. Trató de que nadie supiera nunca nada, ni lo que era ni lo que había hecho. Se portó como hombre de ley, que así le enseñó a ser el tata Barragán; y así hubiera sido hasta que se muriera si no es por el viejo Martínez. Pero aquí nadie sabía nada.

Primitivo Barragán vio volar los primeros pájaros. Tomó entre sus manos un puñado, oloroso de tierra y lo amasó largamente. Tierra conocida por sus ojos la que tenía jugueteándole los dedos.

Aquel fue un amanecer limpio y claro como el agua del vertiente. Primitivo vio, desde la puerta de su jacal, cómo la luz se abría, poco a poco, entre las ramas de la selva que le rodeaba.

Desde donde estaba podía dominar mucho terreno con la vista. Había escogido el cerro más alto para estar siempre listo y prevenido. Todo lo veía. El mismo vallecito de Jitotol era visible, y cuando había buen tiempo, como ahora, y forzaba tantito la vista, era capaz de ver su terreno abandonado y aun el manchón negro de su casa derribada por el fuego. Y esto lo ponía triste y un temblor de huesos le traía recuerdos malos.

Dos años tenía en esta nueva tierra y sus pocos vecinos lo estimaban; sobre todo el viejo Bruno Farrera. Nadie tenía noticias de lo que pasó en Jitotol; de lo que le cayó de pronto al Caguamo como un cuervo sobre los  hombros. Nadie sabía nada.

No quero volver a hacerlo. Ese sudor pegajoso y la sangre rebotando como piedras; ese susto que da el andar matando no quero volverlo a sentir. Que me dejen quieto. Que me dejen solo y seguiré siendo hombre bueno. Ellos me hicieron creminar y pueden volver a hacerlo, pensaba el Caguamo viendo hacia Jitotol.

El temor comenzó a llenarle los muslos todos los días. Vivía como asustado. Siempre con los ojos colorados como con calentura.

Todavía esperó la llegada del tiempo de cosechas. Levantó la tapisca y después rompió los jarros y los horcones de su choza y agarró camino rumbo a tierra caliente, para la costa.

Antes de irse dejó su cosecha y su "30" en la puerta del viejo Bruno Farrera; regalo de amigo a amigo que es el que agradece. Nadie le vio irse y todos sintieron pena cuando no lo encontraron.

El Caguamo tomó camino sin rifle y sin nada. Se fue huyendo de sus muertos. Se fue huyendo de su hijo, de la Eugenia, de Jitotol, de él mismo. El Caguamo —Primitivo Barragán—, se perdió de todas sus conocencias.